María nos enseña a prestar servicios de caridad

Apenas la Virgen recibe aviso de que su prima ha sido bendecida por el cielo, se pone en camino hacia las montañas de Judea, en dirección a la ciudad de residencia del sacerdote Zacarías. Ni le espantan las dificultades del viaje; ni le asusta su tierna edad; ni le detiene el pensamiento de que también Ella presenta títulos, y aún mayores que los de su prima, para ser congratulada. Para el mundo es una joven cualquiera, y a sus propios ojos no es más que la «esclava del Señor», y como tal debe cumplir sus oficios de caridad para con la anciana Isabel. María lo hace de buen grado y sin sentirse por ello humillada.

 

Aprendamos de aquí a olvidarnos de nosotros mismos y a cumplir con presteza y fervor nuestros deberes sociales. Mientras no nos sea dado huir a la soledad del desierto, nos resultará imposible eludir obligaciones a veces harto penosas para con el prójimo. La caridad fraterna y hasta simplemente la buena crianza nos ligan muchas veces con ataduras sobradamente molestas. Sobrenaturalicemos todas estas insignificantes acciones. Es incalculable el caudal de méritos que podemos acumular con ello. Cuando creemos perder el tiempo aguantando, por ejemplo, la insípida conversación de una pobre viejecita que busca en nosotros consuelo, estamos quizá escribiendo una de las mejores páginas del Libro de la vida. ¿Quién sabe, además, si el Altísimo ha vinculado la salvación de un alma a un acto de caridad para con ella? No perdamos, pues, ocasión alguna de hacer el bien, ya que ignoramos lo que el Espíritu Santo quiere obrar por nosotros. Y así como al final de aquella jornada de caridad por las montañas de Judea esperaba a María una hora de júbilo, la hora del alumbramiento del Magnificat, así puede suceder que siga a un insignificante deber de cortesía sobrenaturalizado, un placer y gozo espiritual que nunca hubiéramos imaginado.

 

Ponderemos asimismo que, como nota el Evangelio, María caminaba apresuradamente, enseñándonos con ello, dice San Ambrosio, que no era el deseo de ostentación, sino el deber de caridad, lo que la constreñía a mostrarse en público; así que andaba como sobre ascuas hasta poderse encerrar otra vez en el retiro de su casa. ¡Qué ejemplos tan instructivos para las almas consagradas a Dios y también para todo bautizado! No dejemos de leer en ellos y de apropiarnos la doctrina que encierran.

Fuente: Joaquín Sánchis Alventosa, o.f.m., Misal Meditado

Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús

El Evangelio y la Epístola de la Liturgia de hoy nos llevan directamente a la consideración del Corazón de Jesús. El Evangelio (Jn. 19, 31-37) nos muestra su Corazón descubierto por la herida de la lanza: «uno de los soldados le abrió el costado con la lanza»: y San Agustín comenta: «El evangelista dijo abrió para mostrarnos que en cierto modo allí se nos abre la puerta de la vida, de donde han brotado los Sacramentos».

Del Corazón traspasado de Cristo -símbolo del amor que le ha inmolado por nosotros en la Cruz- han brotado los Sacramentos figurados en el agua y la sangre salidos de su herida, y precisamente mediante estos Sacramentos recibimos nosotros la vida de la gracia; sí, es exactísimo decir que el Corazón de Jesús ha sido abierto para introducirnos en la vida. «Angosta es la puerta que conduce a la vida» (Mt. 7, 14), dijo un día Jesús; mas si por esta puerta entendemos la herida de su Corazón, cabe decir que no podía abrirnos una puerta más acogedora.

 

Pero San Pablo, en su bellísima Epístola (Ef. 3, 8-19), nos invita a entrar más adentro aún en el Corazón de Jesús para contemplar sus «incalculables riquezas» y penetrar «el misterio oculto desde los siglos en Dios». Este «misterio» es precisamente el misterio del amor infinito de Dios, que nos ha prevenido desde la eternidad y que nos ha sido revelado por el Verbo hecho carne; es el misterio de aquel amor que nos ha querido redimir y santificar en Cristo, «en el cual tenemos franco acceso a Dios». Una vez más Jesús se nos presenta como la puerta que conduce a la salvación: «Yo soy la puerta. Quien entre por Mí se salvará» (Jn. 10, 9); y la puerta es su Corazón que, rasgándose por nosotros, nos ha introducido en la vida. Sólo el amor nos puede permitir penetrar este misterio de amor infinito; pero no basta un amor cualquiera, es menester -como dice San Pablo- estar «arraigados y fundados en el amor»; sólo así podremos «conocer el amor de Cristo, que supera toda ciencia, para que seamos llenos de toda la plenitud de Dios».

 

“¡Oh Jesús! Ahora que ya he entrado en tu dulcísimo Corazón -y 'bueno es estarnos aquí'- no queremos dejarnos fácilmente separar de ti. ¡Oh cuán bueno y dulce es habitar en tu Corazón! Tu Corazón, ¡oh buen Jesús!, es el rico tesoro, la perla preciosa que hemos descubierto en el campo excavado de tu Cuerpo. ¿Quién arrojará esta perla? Más bien, tiraré todas las perlas del mundo, daré a cambio todos mis pensamientos y afectos y me la compraré: arrojaré toda mi solicitud en tu Corazón, ¡oh buen Jesús!, y ciertamente Él me saciará. Yo he encontrado tu Corazón, ¡oh Señor!, tu Corazón, ¡oh Jesús benignísimo!, Corazón de rey, Corazón de hermano, Corazón de amigo… atráeme enteramente a tu Corazón”. (San Buenaventura).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Santa Juana de Arco, la heroína de Dios

Relato del confesor de S. Juana de Arco sobre la liberación de Orleans

El padre Juan Pasquerel, agustino, declaró sobre el sitio de Orleans: Juana me dijo que exhortara públicamente a todos los soldados a confesarse y dar gracias a Dios por la victoria. Y manifestó también en víspera de la Ascensión que, en cinco días, el asedio de Orleans sería levantado y no quedaría ningún inglés en la ciudad; lo que sucedió como ella dijo.

 

Volviendo a su alojamiento me dijo que al otro día era fiesta de la Ascensión y no haría la guerra por respeto a la fiesta; y que ese día quería confesarse y recibir la Eucaristía, lo que hizo. Y ordenó  que en ese día nadie se atreviera a salir de la ciudad y hacer ningún ataque, si no se había antes confesado, y que tuvieran cuidado con las mujeres de mala vida para que no siguieran al ejército, porque era por los pecados que Dios permitía que se pierda la guerra.

Ese mismo día de la Ascensión escribió una carta a los ingleses de las fortalezas en la que les decía: “Vosotros no tenéis ningún derecho sobre el reino de Francia, el rey de los cielos os ordena y manda por mí, Juana la Doncella, que dejéis las fortalezas y retornéis a vuestro país, porque si no los hacéis, tendréis una derrota de la que habrá perpetua memoria. Os escribo por tercera y última vez. Firmado Jesús, María, Juana la Doncella…”

Después ella tomó una flecha, ató [la carta] con un hilo al extremo de la flecha y ordenó a un arquero lanzarla a los ingleses, gritando: “Leed, ahí van noticias”. Los ingleses recibieron la flecha con la carta y la leyeron. Después de leerla, comenzaron a dar gritos: “Son las nuevas de la ramera de los Armañacs”. A estas palabras ella comenzó a suspirar y a llorar con abundantes lágrimas, invocando al rey del cielo en su ayuda. Y enseguida fue consolada, porque había tenido noticias de su Señor...

 

Al día siguiente de la Ascensión, me levanté temprano, la oí en confesión y canté la misa ante ella y las gentes de Orleans, pues ellos irían al asalto que duró desde la mañana hasta la noche. Ese día fue tomada la fortaleza des Augustins y Juana, que tenía costumbre de ayunar los viernes, no pudo ayunar ese día, porque estaba demasiado fatigada, y cenó. Después de cenar, vino un caballero diciendo que los capitanes habían tenido consejo y, viendo que eran poco numerosos en relación a los ingleses y dado que la ciudad tenía víveres, podrían esperar hasta que el rey les enviara ayuda y no salir a la mañana al ataque.

Ella respondió: “Vosotros tenéis vuestro consejo y yo el mío. El consejo de mi Señor es el bueno y será cumplido y vuestro consejo quedará en nada”. Y dirigiéndose a mí que estaba detrás de ella, me dijo: “Levántese mañana temprano, antes que lo ha hecho hoy. Esté siempre detrás de mí. Porque mañana tendré mucho que hacer y más que nunca. Mañana la sangre me saldrá del cuerpo por encima del seno”.

 

Al día siguiente, sábado, me levanté temprano y celebré la misa y Juana fue al asalto contra la fortaleza del Puente (du Pont), donde estaba el inglés Glansdale. El asalto duró desde la mañana hasta el ocaso del sol sin parar. En este asalto, después de desayunar, Juana, como había predicho, fue herida de flecha sobre su seno, y, cuando ella se sintió herida, tuvo miedo y lloró. Algunos soldados, viéndola herida, quisieron aplicarle un encantamiento, pero ella no quiso, diciendo: “Prefiero morir que hacer una cosa que sepa es pecado o contra la voluntad de Dios”. Se puso sobre su herida aceite de oliva y un poco de tocino. Después se confesó conmigo llorando, y después volvió al asalto gritando: “Glansdale, Glansdale, ríndete, ríndete al rey del cielo. Tú me llamas ramera; pero yo tengo piedad de tu alma y de las de los tuyos”.

Entonces Glansdale, armado de pies a cabeza, cayó en el río Loira y se ahogó. Juana, movida de piedad, comenzó a llorar mucho por el alma de Glansdale y de los otros que estaban ahogados en gran número. Y ese día los ingleses que estaban más allá del puente fueron tomados prisioneros o muertos.

 

Al día siguiente, domingo, antes de salir el sol, todos los ingleses que habían quedado se reunieron y se fueron a la villa de Meung-sur-Loire. Ese domingo hubo en Orleans una procesión solemne con sermón.

Fuente: P. Ángel Peña O.A.R., Santa Juana de Arco, la  heroína de Dios

Reflexión para la Solemnidad de Corpus Christi

Por primera vez entra la palabra transubstanciación en un documento solemne de la Iglesia en el Concilio Ecuménico de Letrán IV del año 1215. Y allí se afirma que es el mismo Cristo resucitado, el mismo Cristo histórico, su ser real, a quien, en la Eucaristía, vemos bajo la apariencia de pan y de vino. Eso -diría Tertuliano- no depende de mi fe, ni de mi convencimiento, ni de mi opinión subjetiva, sino que es la realidad misma que veo delante de mí y puedo recibir en la comunión. El pan es de verdad la carne de Cristo. "Esto es mi cuerpo" decimos en la Misa los sacerdotes con toda la fuerza de la palabra 'es'. Cuerpo de Cristo que, por supuesto, podemos recibir con dignidad y fruto si lo hacemos sabiendo de su presencia real bajo apariencia de pan. Pero que, también objetivamente, podemos profanar e insultar si lo recibimos o tratamos con indignidad, con falta de decoro, con carencia de esa solemnidad piadosa y no estirada de la cual habla el Papa Benedicto, rodeando su soberana presencia de serenidad, de belleza, de señales de respetuosa alegría, de acción de gracias, de formas nobles. Sin juicios excesivamente temerarios podemos medir la fe del cristiano en la presencia real del Señor en la Eucaristía por la forma que tiene de actuar frente a ella o con ella.

 

Fue en medio del desarrollo de la doctrina de la transubstanciación que el papa Urbano IV instituyó, en 1264, la fiesta de Corpus Christi. Encargó a Santo Tomás de Aquino la redacción de su oficio. Y este gran teólogo compuso para la fiesta las hermosas poesías de la secuencia Lauda Sion y los himnos Pange lingua, con su Tantum ergo, Sacris solemniis y Verbum supernum, todas vertidas bellamente al castellano por nuestro Francisco Luis Bernárdez.

Fiesta por excelencia de la verdad católica: acción de gracias por la creación de nuestra vida humana corporal, de nuestro mundo, del mundo futuro. Acción de gracias por el acercarse a nosotros de Dios en Jesucristo, en su plena humanidad, en su simplicidad de hombre, en su carne.

 

En la subversión de los valores y la verdad de los últimos tiempos no ha dejado de hacerse presente otra vez la negación de esta augusta Presencia. Lo denunciaron en su momento Pablo VI en su Mysterium Fidei de 1965, donde frenaba el intento de algunos teólogos de cambiar la palabra transubstanciación por transignificación, y Juan Pablo II en su última encíclica Ecclesia de Eucharistia. También el papa Benedicto en sus obras de teología anteriores al pontificado.

 

Es necesario volver no solo a reactualizar, en nuestra convicción, la doctrina, sino manifestar su verdad cada vez con mayor valentía, con esa única vergüenza que puede tener la verdad que es 'la de ocultarse' -como decía Tertuliano-, y reflejarla en nuestras actitudes, en nuestras visitas al Santísimo, en nuestras comuniones y acciones de gracias, en nuestro modo de asistir a Misa, en nuestra forma de recibir el sagrado don de la presencia de Dios, de la carne que se hace pan -como acaba de decir Benedicto [año 2005] en su homilía de Corpus Christi-. Frase, la última, ante la cual Tertuliano se hubiera regocijado, él que defendía que la carne era el eje de la salvación y se horrorizaba de que las manos que habían fabricado ídolos o jugado con ellos se atrevieran a recibir el cuerpo del Señor. "¡Oh escándalo! -escribía- los judíos pusieron sus manos en Cristo una sola vez, pero éstos desgarran su cuerpo todos los días. ¡Oh manos dignas de ser cortadas!"

Pero también escribía Tertuliano, para los que recibían a Jesús dignamente: "Nuestra carne, ¡dichosa carne!, es alimentada con el cuerpo y la sangre de Cristo, y nuestro corazón se llena de gozo y de Dios."

 

¡Sea por siempre bendito y alabado el Santísimo Sacramento del Altar!

Fuente: Pbro. Mons. Gustavo E. Podestá, Sermones de Corpus Christi. www.catecismo.com.ar

Meditaciones marianas (II)

Virgen de Luján, consoladora de los afligidos

Invocando a María, bajo el título de Consoladora de los afligidos, la Iglesia nos enseña a pedir, no el alejamiento de las tribulaciones, la exención de la adversidad, sino el consuelo de la Bienaventurada Virgen que es la alegría de los atribulados y desgraciados. Ella, en efecto, ve la miseria, las perplejidades de los hombres y se apura a subvenir a ellas.

Ella aligera las aflicciones y las dulcifica. De aquí proviene que San Buenaventura llame a María “el asilo seguro de todos los afligidos” y que San Juan Damasceno la salude así: “Yo os saludo, a Vos que aliviáis todas las intranquilidades. Yo os saludo, remedio de todos los males del corazón”.

 

San Efrén la llama la fuente de todo consuelo. Sólo en ella, fuera de duda, se encuentran la verdadera alegría, la dicha sólida. Sí; no hay tristeza tan abrumadora que no encuentre su dulcificación en María, ni cruz tan pesada, aflicción tan profunda, ni perplejidad tan amarga que no encuentre en ella su alivio.

La Virgen de Luján es Consoladora de los afligidos, de los corazones tristes, de los que sufren amarguras en la vida y confiadamente la invocan, pues esta dulce Madre les devuelve a todos la alegría dulcificando las olas amargas de la tristeza y atrayendo la serenidad a su frente atribulada. El solo nombre de la Virgen de Luján, su grato recuerdo, ha levantado muchos corazones agobiados de su abatimiento y los ha consolado en sus sinsabores; ha endulzado sobre todo la indigencia y la miseria de una infinidad de pobres desvalidos regocijándolos en sus privaciones.

Así pues, cualesquiera que sean nuestros apuros y las causas de nuestra tristeza, recurramos confiadamente a la misericordiosa Virgen de Luján. Ella tiene cuidado de nosotros. Ella comprende perfectamente todas nuestras necesidades. Ella las observa con una atención verdaderamente maternal, y lleva a todas una ayuda oportuna y un consuelo imponderable.

Fuente: Padre Salvaire, Solemne novena a Nuestra Señora de Luján.

Pentecostés debe perdurar a través de nuestra vida (II)

La estancia del Espíritu Santo en nuestras almas se puede definir con mucha razón como un modo de ser enteramente dinámico. Se trata de un germen que pide crecimiento y que necesita para ello de nuestra colaboración. Por eso pide la Iglesia atención a ese misterio, interesada en que demos auge durante el año a la gracia renovada en nuestras almas en los días de Pentecostés.

 

El Espíritu divino lucha con el espíritu propio, es puesto en aprieto por la propia voluntad. Agradecido a tu Bienhechor, resuélvete a morir a ti mismo, para que viva en ti el Espíritu de Cristo. Se trata de una balanza muy delicada. A medida que baja un platillo, sube el otro. Despójate del espíritu propio, no te busques a ti mismo; no te cuides de tu propia satisfacción, de tus gustos, y entonces dominará en ti el Espíritu de Cristo, que te empujará a buscar la honra del Padre, el bien de las almas, aun a cambio de incomodidades y sacrificios personales.

Olvidémonos de nosotros mismos, atentos a que en el fondo de nuestro ser vive Cristo. Ésta es la gran realidad de Pentecostés. «El Espíritu es el que da vida; pero la carne de nada aprovecha. ¡Aleluya!»

Fuente: Joaquín Sánchis Alventosa, o.f.m., Misal Meditado

Meditaciones marianas (I)

Demostrar con obras el amor a la Virgen

El mejor modo de honrar es amar. Se ama lo que es amable, esto es, bueno. Lo bueno puede serlo en sí mismo, y entonces es amado con amor de benevolencia o caridad, o en cuanto que nos aprovecha a nosotros, en cuyo caso el amor es de concupiscencia y forma parte de la virtud de la esperanza.

A María la amamos porque es Madre de Dios y llena de gracia. Nuestro amor es de caridad. La amamos agradecidos por los bienes de que nos ha colmado y todavía es de caridad. La amamos esperando nuevos bienes y gozar de su presencia en el Cielo. Este amor puede ser de concupiscencia.

 

Parécenos por completo inútil traer testimonios de la tradición de la Iglesia. Sería lo mismo que querer explicar lo que son todos los mares enseñando una gota de agua.

Sólo diremos que el amor se prueba evitando desagradarla y procurando agradarla, y para que nos entiendan los protestantes diremos que se la desagrada desagradando a su Hijo y se la agrada obedeciéndole.

Recordemos sólo la conocida anécdota del que saludaba a María repitiéndole: “Monstra te ese matrem” (muestra que eres mi madre), hasta que oyó un día la respuesta: “Y tú muestra que eres mi hijo”.

Fuente: La Palabra de Cristo, colección Verbum Vitae, B.A.C., tomo X.

Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará (XII)

Fiestas Patrias en Luján (capítulo extraordinario)

Buen día querido amigo lector. Feliz día de la Patria.

En este día de fiesta y también de descanso te propongo elevar por un instante el pensamiento hacia el querido Santuario de Luján, y hacia la tan amada Imagencita de la Santísima Virgen, que hace 386 años se quiso quedar en esos pagos benditos.

Nuestra Señora de Luján fue testigo del nacimiento y desarrollo de nuestra Patria. Podemos leer en las crónicas del año 1810, unos días después del histórico 25 de mayo: “el 2 de junio el Cabildo de Luján recibe una nota oficial de la creación de la nueva Junta Gubernativa de Buenos Aires, acatándola por unanimidad. Y determina: celebrar una Misa cantada con Te Deum, costeada por el peculio de Su Señoría, para que concurriendo el vecindario rueguen a Dios por el éxito de Nuestra Madre Patria”.

 

Y así, cada año, fueron encargándosele al Santuario de Luján, para el 25 de Mayo, que se realicen Misas y Te Deum en acción de gracias y pidiendo por nuestra Patria. Y en 1910, en el centenario de la Primera Junta de Gobierno, se realizaron en este Santuario varios actos de culto y peregrinaciones que estaban incluidas en los actos oficiales de los festejos. Ese año, como parte de ellos, se realizó la bendición de la actual Basílica, como así también la visita de la Infanta Isabel de Borbón, quien hizo entrega en este Santuario de una bandera española como obsequio a nuestra Patria.

 

Así la santísima Virgen fue tomando un papel Protagonista en nuestra nación: nuestros próceres le tuvieron gran devoción y, confiados, le encomendaban cada acción y cada campaña que realizaban, se postraban a sus pies pidiendo que los protegiera ante los enemigos y librara a nuestra Patria de sucumbir ente el poder del enemigo. Y Ella, la Santísima Virgen, en su tierna imagen de Luján, tan pequeña y aparentemente tan indefensa, hecha toda de barro cocido, aparece toda fuerte y poderosa en el momento de defender a Nuestra Patria. Podemos citar a grandes héroes y próceres como San Martín y Belgrano, que toda su vida se presentaron como devotos de tan excelsa Señora y le encomendaron todas sus actividades y empresas patrióticas. También esta Imagen fue testigo de hechos dolorosos, ya que delante de ella se realizaron las exequias del general Manuel Dorrego, quien en vida se mostró también devoto amante de esta Virgencita al mandar decir Misas delante de su imagen y asistir él mismo en cuanto sus ocupaciones se lo permitían.

 

Estimado lector, vemos que desde el origen mismo de nuestra Nación la Santísima Madre de Dios toma un papel relevante en los destinos de nuestra gran República Argentina, nacida bajo la sombra y el cobijo de su manto, puesto que el milagro de Luján se realizó 180 años antes de aquel 25 de mayo de 1810; es como si la Virgen viniera a estas tierras en aquella época para preparar el nacimiento de nuestra Patria.

A Ella, pues, los argentinos nos seguimos encomendando con confianza de hijos, seguros de su amor y protección hacia nuestra patria, como lo viene haciendo desde hace 386 años. Nuestra Madre del Cielo no nos va a abandonar ni un instante, siempre estamos bajo su Manto Milagroso, aunque las circunstancias históricas muchas veces nos hagan perder el equilibrio.

 

Para despedirnos podemos citar a Don José Manuel de Estrada quien dijo: “La Basílica será la expresión de nuestra confianza en el Divino Auxilio y prenda de victoria en la restauración del Reino social de Jesucristo”. Y recordemos que la santísima Virgen dijo a tres  pequeños en la lejana  Fátima estas palabras que podemos  aplicar a nuestra Nación: “POR FIN MI INMACULADO CORAZÓN TRIUNFARÁ”

 

Hasta la próxima entrega. Y no olvides rezar diariamente el Santo Rosario y difundirlo entre tus conocidos.

Fiesta de María Auxiliadora

En el siglo XIX sucedió un hecho bien lastimoso: El emperador Napoleón llevado por la ambición y el orgullo se atrevió a poner prisionero al Sumo Pontífice, el Papa Pío VII.

Varios años llevaba en prisión el Vicario de Cristo y no se veían esperanzas de obtener la libertad, pues el emperador era el más poderoso gobernante de ese entonces. Hasta los reyes temblaban en su presencia, y su ejército era siempre el vencedor en las batallas.

El Sumo Pontífice hizo entonces una promesa: "Oh Madre de Dios, si me libras de esta indigna prisión, te honraré decretándote una nueva fiesta en la Iglesia Católica". Y muy pronto vino lo inesperado. Napoleón que había dicho: "Las excomuniones del Papa no son capaces de quitar el fusil de la mano de mis soldados", vio con desilusión que, en los friísimos campos de Rusia, a donde había ido a batallar, el frío helaba las manos de sus soldados, y el fusil se les iba cayendo, y él que había ido deslumbrante, con su famoso ejército, volvió humillado con unos pocos y maltrechos hombres.

Y al volver se encontró con que sus adversarios le habían preparado un fuerte ejército, el cual lo atacó y le proporcionó total derrota. Fue luego expulsado de su país y el que antes se atrevió a aprisionar al Papa, se vio obligado a pagar en triste prisión el resto de su vida.

El Papa pudo entonces volver a su sede pontificia y el 24 de mayo de 1814 regresó triunfante a la ciudad de Roma. En memoria de este noble favor de la Virgen María, Pío VII decretó que en adelante cada 24 de mayo se celebrara en Roma la fiesta de María Auxiliadora en acción de gracias a la madre de Dios.

 

La Palabra de Don Bosco:

“El demonio anda alrededor vuestro buscando devoraros. Pero tenéis ante vosotros una augusta Señora, la cual os tiende la mano y, sosteniéndoos Ella, es imposible que caigáis.”

“Amad, honrad, servid a María; procurad hacerla conocer, amar y honrar por otros. No sólo no se perderá un hijo que haya honrado a esta Madre, sino que podrá aspirar aún a una gran corona.”

“En adelante, cuando te encuentres en algún apuro, cuando te halles ante una expresión obscura que necesites explicación, di solamente: María Auxilium Christianorum, ora pro nobis, y verás…”

“Propagad la devoción a Jesús sacramentado y a María Auxiliadora y veréis lo que son los milagros.”

“Don Bosco os asegura que si tenéis alguna gracia espiritual que obtener, y rezáis a la Virgen con esta jaculatoria: “María  Auxiliadora, ruega por nosotros”, seréis escuchados.”

Importancia y necesidad de la salvación (V)

Características generales del problema de la salvación

Las principales son cuatro: es un negocio personal, urgente, arries­gado y verdaderamente trascendental.

 

l. Negocio personal.- El de la propia salvación es el más personal de todos los negocios. Nadie absolutamente puede substituirnos en él. Es algo que hemos de realizar nosotros mismos, con nues­tra actuación personal e intransferible.

«El médico te devuelve la salud perdida; el abogado te defiende y te gana el pleito; el mayordomo te cuida la hacienda; y el dinero pone a tu dis­posición obreros, empleados, transportes, diversiones, viajes, confort, de­leites, honores... Pero tu propia salvación depende de tu propia actividad, de tu propia libertad, de que tú tengas un enérgico ante el cumplimiento del deber costoso, y un no valiente ante el halago de la pasión repugnante. Dios te proporciona mil medios que te ayudarán a salvarte: los santos sacramentos, que dan la gracia, y los sacerdotes, que te los administran; buenos maestros, buenos ejemplos, muertes repentinas, oraciones de tus hijos y amigos, que te impetran gracias abundantes... Pero, si tú no pones de tu parte el esfuerzo personal, que a veces será heroico, no te salvas. Dios, que te hizo a ti sin ti, no te salvará sin ti» (P. Sánchez-Céspedes).

 

Estas últimas palabras -que recogen una conocida sentencia de San Agustín- nos dan la clave y explicación de este misterio. La creación de nuestra alma -el tránsito de la nada al ser- fue un regalo de Dios enteramente gratuito, en el cual no tuvimos nosotros interven­ción alguna; pero la salvación de la misma -el tránsito de la vida temporal a la bienaventuranza eterna- exige indispensablemente nuestra colaboración personal. Dios ha querido que se nos dé el cielo a título de premio o recompensa por nuestras buenas obras. Sin ellas es imposible para el adulto la consecución de la bienaventuranza eterna.

 

La fe sólo no basta, como dice el apóstol Santiago (Sant. 2, 14-26). Es menester, como explica San Pablo, que la fe vaya acom­pañada de la caridad y de las obras: Fides quae per caritatem operatur (“La fe que obra por la caridad”, Gal. 5,6); ya que los que realizan las obras de la carne no poseerán el reino de Dios: Quoniam qui talia agunt regnum Dei non consequentur (ibid. 5,21). Y si la misma incorporación a Cristo por medio de la fe no bastaría, sin las obras, para asegurarnos la salvación, calcúlese lo que servirán para ese fin las cosas puramente humanas: el dinero, la influencia, la posición social, las recomendaciones, etc., etc. Todo eso no tiene absolutamente ningún valor. Al comparecer delante de Dios un alma que acaba de desprenderse de su cuerpo, no se tiene en cuenta para nada si perteneció a un emperador en cuyos dominios no se ponía el sol o a un pobre mendigo que iba pidiendo limosna de puerta en puerta. Sus buenas o malas obras: he ahí lo único que se examina en aquel tribunal inapelable. El negocio de nuestra eterna salvación es, pues, un asunto absolutamente personal e intransfe­rible.

Fuente: Fr. Antonio Royo Marín, O. P., Teología de la salvación