Creer en el amor que Dios nos tiene

 

Hijo prodigo 03  05

El hijo pródigo

Un expositor claro y profundo del Evangelio trae esta meditación, que puede iluminar toda una vida: 
“Mientras no tomemos en serio el dogma de que Dios es amor (I Jn. 4, 16), es decir, mientras no lo creamos del todo, no podremos decir que vivimos la fe. Si uno invita a su mesa como padre, y alguien va a ella como a un hotel en que debe pagar con dinero y no con amor, no puede decir que acepta la invitación. «Yo os lo digo, ninguno de aquellos varones que fueron convidados gozará de mi festín» (Lc. 14, 24). Bien vemos que no se trata de cosas dejadas a nuestra elección, como tal o cual práctica devota: se trata de la recta fe, sin la cual, dice San Pablo, «es imposible agradar a Dios» (Hebr. 11, 6).

Porque si yo creía que un señor es un comerciante, o un verdugo, y resulta que es mi padre, no puedo decir que creía en él. Y en vano querré entonces suplir con otros obsequios la falta de la verdadera fe, pues que, como lo define el Concilio Tridentino, «la fe es el principio de la humana salvación, el fundamento y raíz de toda justificación, y sin ella es imposible agradar a Dios»
¿Cómo podría, en efecto, agradar una doncella a un poderoso príncipe que lleno de amor pide su mano, si ella le contesta que no puede corresponder a su amor, pero, en cambio, le ofrece algún dinero?”

Jesús, quien es el retrato perfecto del Padre (Hebr. 1, 3), nos hace comprender fácilmente esta actitud “maternal” de Dios que por su exceso de bondad resulta increíble para el criterio humano cuando nos dice: “Al que viene a Mí no lo echaré fuera ciertamente” (Jn. 6, 37). 
Más aún, las que consideramos como miserias, sean las que fueren, lejos de ser un obstáculo, son un título, el gran título para reclamar la benevolencia del que vino como Salvador y no se cansó de insistir en que no buscaba justos sino pecadores, no sanos sino enfermos (Lc. 5, 30-32).

Y puesto que Dios es amor (I Jn. 4, 8 y 16), es evidente que su mensaje a los hombres, enviado por medio del propio Hijo, víctima de amor, no puede ser sino un mensaje de amor. Por donde se ve que no entenderá nunca ese mensaje, ni podrá salir de la dura vida purgativa, quien se resista a creer en ese «loco amor» de Dios y se empeñe en hallar en Él a una especie de funcionario de policía. 
No solamente se construyen falsos dioses fabricando ídolos de palo y piedra, sino también, como observa San Agustín, formándose un falso concepto del verdadero Dios. 
Dios ha alzado las banderas de su amor para conquistarnos.

Fuente: Mons. Dr. Juan Straubinger, La Santa Biblia, traducción directa de los textos primitivos, Nota a Is. 66, 11 y Ct. 2, 4; Jer. 16, 20.

Fe en la divinidad de Jesucristo

 

San Pedro 06  13

La festividad de los Santos Apóstoles es una festividad maravillosa que debemos amar de todo corazón. 
Ya desde los primeros tiempos del Cristianismo es celebrada con toda pompa y entusiasmo, y no sólo en Roma, sino en toda la cristiandad. 
Bien pudiéramos llamarla la festividad del fundamento de la Iglesia, nuestra Madre.

Antes de dejarnos, Nuestro Señor ha asegurado a su Iglesia un fundamento que había de permanecer visible entre nosotros, y que había de participar de la solidez del fundamento divino, es decir, de Él mismo. Y ¿a quién ha querido escoger como base de su edificio? A San Pedro.

Para poder comprender cómo queda justificada esta elección de Pedro, recordemos una escena del Evangelio: Jesús está en Cesarea de Filipo, y pregunta a los discípulos que le rodean: «¿Quién dice la gente que soy yo?» Y le responden: «Unos dicen que eres Juan el Bautista, otros que Elías, otros en fin que Jeremías». «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Y exclama entonces Pedro: «¡Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo!» «Feliz tú, Simón, le responde Jesús, porque has creído en mi divinidad por una revelación de mi Padre. Y yo por mi parte te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». Al testimonio de tu fe, yo respondo con otro testimonio: el edificio que se ha de levantar sobre ti, será indestructible.

Preciso es observar que Pedro no es fundamento de la Iglesia más que por participación en el fundamento divino. El único fundamento es Cristo, en cuanto Verbo Encarnado, en cuanto Hombre-Dios. 
Así pues, lo que en nuestra Iglesia tenemos de primordial es la fe en la divinidad de Jesucristo; todo el edificio espiritual se basa sobre esta fe.

Fuente: Dom Columba Marmion, Palabras de Vida

Nuestro negocio espiritual - Parte 1ª (II)

Vanidad 01  01

Vanidad

(Primera Parte: El Fin del Cristiano)

Capítulo II: Nuestro último fin no está en lo creado. 
¿Cuál es nuestro último fin? - Ninguna cosa creada puede serlo. 
Las cosas vanas y deleznables ¿pueden ser de por sí dignas de un alma inmortal como la nuestra? Quien trae esculpida en la frente la imagen del Creador, ¿podría tener su última felicidad en los bienes terrenos? 
¿Qué son, en efecto, las riquezas? ¿Qué los placeres sensuales? ¿Qué la hermosura y gentileza? ¿Qué la estimación y la fama? ¿Qué la misma ciencia humana? Oigamos al Espíritu Santo por boca del Eclesiastés (1, 1): "Vanidad de vanidades, todo es vanidad y aflicción de espíritu".

Para almas eternas no puede haber sino fines eternos, que jamás se hallan en las cosas temporales. 
Nuestra misma estructura temporal, el de ser erguidos, según San Gregorio, patentiza que no hemos nacido para la tierra. 
Luego, ¿hasta cuándo, hijos de los hombres -decimos con el Salmista (4, 3)- seremos de duro corazón? ¿Por qué amamos la vanidad y vamos en pos de la mentira?

Traigamos a menudo a la memoria dicha verdad, y convencidos prácticamente de ella, viviremos siempre desprendidos de los bienes caducos de la tierra. Por los Sagrados Corazones de Jesús y María pidamos al Señor perfecto y total desprendimiento de lo creado y la gracia de usar de la criatura sin poner en ella nuestro último descanso.

Fuente: Eutimio Tamalet, ss. cl., Principios de sólida piedad

Nuestro negocio espiritual - Parte 1ª (I)

Santo Domingo Savio 02  03

Santo Domingo Savio

PRIMERA PARTE: Fin del Cristiano. 
Mucho aprovecha el forjarse ideas exactas sobre el fin común a todos los cristianos: la posesión de Dios en la tierra por medio de la gracia o vida divina, y de la gloria en el cielo. Tal es el pensamiento que breve y sucintamente deseamos desenvolver en esta primera parte.

Capítulo I: Necesidad de recordar el fin 
Lo que es el plomo o el nivel en manos del artífice, eso debe ser una idea del fin de su creación para el empresario espiritual. 
Sigamos pues el consejo del antiguo filósofo: tengamos siempre puestos los ojos en el fin: respice finem, y a imitación del Salmista pidamos a Dios de continuo nos dé a conocer nuestro fin (Sal 38, 5). 
Cuanto más atenta y frecuentemente consideremos nuestro fin, tanto más aprovecharemos en nuestro negocio espiritual. 
Por no usar esta regla con la debida frecuencia, hacemos tantas obras torcidas.

¡Oh Sagrado Corazón de Jesús!, otórganos, mediante la intercesión del Inmaculado Corazón de María, la gracia eficaz de servirnos siempre del pensamiento de nuestro último fin para regularizar todas nuestras obras espirituales.

Fuente: Eutimio Tamalet, ss. cl., Principios de sólida piedad

Imitar la humillación del Verbo

 

Jesus camina sobre el mar 01  01

Tened en vuestros corazones los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús; el cual, siendo su naturaleza la de Dios, no miró como botín el ser igual a Dios, sino que se despojó a sí mismo, tomando la forma de siervo, hecho semejante a los hombres. Y hallándose en la condición de hombre se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz. (Filip. 2, 5-8)

S. Pablo nos descubre aquí la inmensa, la infinita paradoja de la humillación de Jesús, en la cual reside todo su misterio íntimo, que es de amorosa adoración a su Padre, a quien no quiso disputar ni una gota de gloria entre los hombres, como habría hecho si hubiera retenido ávidamente, como una rapiña o un botín que debiera explotar a su favor, la divinidad que el Padre comunicara a su Persona al engendrarle eternamente igual a Él. Por eso, sin perjuicio de dejar perfectamente establecida esa divinidad y esa igualdad con el Padre (Jn. 3, 13; 5, 18-23; 6, 27, 33, 40, 46, 51 y 57; 7, 29; 8, 23, 38, 42, 54 y 5 8; 10, 30; 12, 45; 14, 9-11, etc.), para lo cual el Padre mismo se encarga de darle testimonio de muchas maneras (Mt. 3, 17; 5, 17; Jn. 1, 33; 3, 35; 5, 31-37; 8, 18 y 29; 11, 46 s.; 12, 28 ss.; Lc. 22, 42 s., etc.), Jesús renuncia, en su aspecto exterior, a la igualdad con Dios, y abandona todas sus prerrogativas para no ser más que el Enviado que sólo repite las palabras que el Padre le ha dicho y las obras que le ha mandado hacer.

Y, lejos de ser “un mayordomo que se hace alabar so pretexto que redundará la gloria en favor del amo”, Él nos enseña precisamente que “quien habla por su propia cuenta, busca su propia gloria, pero quien busca la gloria del que lo envió, ése es veraz y no hay en él injusticia” (Jn. 7, 18). Y así Jesús es, tal como lo anunció Isaías, el Siervo de Yahvé, a quien alaba y adora postrado en tierra y a quien llama su Dios, declarándolo “más grande” que Él; a quien sigue rogando por nosotros, y a quien se someterá eternamente, después de haberle entregado el reino conquistado para Él. Pero hay más aún, Jesús no sólo es el siervo de su Padre, que vive como un simple israelita sometido a la Ley y pasando por hijo del carpintero, sino que, desprovisto de toda pompa de su Sumo Sacerdocio, no tiene donde reclinar su cabeza y declara que es el sirviente nuestro (Lc. 22, 27) y que lo será también cuando venga a recompensar a sus servidores (Lc. 12, 37).

¿Qué deducir ante tales abismos de humillación divina? Un horror instintivo a la alabanza, que es la característica del Anticristo (Jn. 5, 43; 2 Ts. 2, 4; Ap. 4 y 7 ss.). Porque Jesús dijo que sus discípulos no éramos más que Él y que, por lo tanto, también entre nosotros, el primero debe ser el sirviente de los demás. Fácil es así explicarse por qué Pablo enseña que los apóstoles están puestos como basura del mundo, y por qué conservando él su trabajo manual de tejedor, lejos de todos los poderosos del mundo, ajeno a sus cuestiones temporales y perseguido de ellos por su predicación de este misterio de Cristo, puede decir a sus oyentes lo que pocos podríamos decir hoy: “Sed imitadores míos como yo soy de Cristo” (1 Co. 4, 16 y 11, 1). Ante estos datos que Dios nos muestra en la divina Escritura, quedamos debidamente habilitados para descubrir a los falsos profetas que son lobos con piel de oveja (Mt. 7, 15), y de los cuales debemos guardarnos, porque así lo dice Jesús, y a quienes Él caracteriza diciendo: “Guardaos de los escribas que se complacen en andar con largos vestidos, en ser saludados en las plazas públicas, en ocupar los primeros sitiales en la sinagoga y los primeros puestos en los convites”.

Fuente: Mons. Dr. Juan Straubinger, nota a Filip. 2, 7 y ss.

Importancia y necesidad de la salvación (IX)

4. Negocio trascendental.- Esta es la característica más importante que resume y compendia todas las demás. No hay ni puede haber negocio alguno que pueda compararse con el de la salvación eterna. Como decíamos más arriba, la vida del hombre sobre la tierra no tiene otra razón de ser ni otra finalidad que la de prepa­rarse para la vida eterna. No tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la futura (Hebr. 13, 14). Todos somos huéspedes y peregrinos acá en la tierra y vamos caminando hacia la verdadera patria. En fin de cuentas, importa muy poco ser feliz o desgraciado en este mundo, estar sano o enfermo, vivir largos años o acabar en edad temprana. Todo lo de acá es fugaz y pasajero, todo ha de pa­sar como una exhalación. Precisamente la vida del hombre sobre la tierra ha sido comparada a «un relámpago entre dos eternidades»: la eternidad de la nada, de donde venimos, y la eternidad feliz o desgraciada, adonde nos encaminamos. Nadie puede renunciar a esta aventura formidable, pues «estamos ya embarcados», como dice gráficamente Pascal. La renuncia equivale al suicidio y al naufragio eterno.

 

Con razón decía Nuestro Señor Jesucristo que una sola cosa es necesaria (Lc. 10, 42), que es la salvación eterna de nuestra alma. Porque ¿con qué otra cosa podríamos compensar en este mundo o en el otro la tremenda desventura de perderla? ¿Qué le aprovecha al hombre hacerse el amo del mundo si después de esta brevísima vida pierde su alma para toda la eternidad? (Mt. 16, 26).

 

 

ANÉCDOTAS HISTÓRICAS

 

PRIMERA.- De la infeliz reina Isabel de Inglaterra, que tanto persi­guió a la Iglesia, se cuenta que en cierta ocasión exclamó con increíble insen­satez: «A mí déme Dios cuarenta años de reinado y renuncio al cielo». ¡Des­dichada! Sí, así como cumplió Dios su deseo en la primera parte -reinó cuarenta y un años, uno más de lo que pedía-, la escuchó también en la segunda (cosa que nadie puede asegurar con certeza), ¿de qué le valieron aquellos cuarenta y un años de reinado, si compró con ellos la esclavitud eterna del infierno?

 

SEGUNDA.- El rey Felipe VI de Francia visitó en Aviñón en marzo de 1336 al papa Benedicto XII para pedirle un favor. Al oír su pretensión, co­locada al margen de la moral católica, el papa le contestó con dulzura pa­ternal, pero a la vez con toda firmeza: «Hijo mío, no os puedo conceder lo que me pedís, porque es un pecado. Si yo tuviera dos almas, sacrificaría una por vos; pero no tengo más que una, y quiero salvarla a toda costa». Una respuesta semejante dio dos siglos más tarde Clemente VII a los emi­sarios del rey de Inglaterra Enrique VIII, que tuvieron la osadía de propo­nerle la anulación de su legítimo matrimonio con Catalina de Aragón para contraer nuevas nupcias con la infame y perversa Ana Bolena.

 

Tales son, brevemente expuestas, las características generales del problema de nuestra salvación. Es, en efecto, un negocio personal, urgente, arriesgado, trascendental.

Fuente: Fr. Antonio Royo Marín, O. P., Teología de la salvación

Santo Tomás Moro y la educación de sus hijos

Transcribimos parte de una carta de Santo Tomás Moro a Gunnel, uno de los preceptores de sus hijos.

 

« [...] Lo que más me encanta es la seriedad de que ha dado pruebas mi pequeña Elizabeth en la ausencia de su madre, seriedad que no siempre se encuentra en niñas de su edad. Hacedla entender que esta conducta de su parte me es aún más agradable que la mayor instrucción que podría haber adquirido, porque si la ciencia unida a la virtud es preferible a todos los tesoros de la tierra, los bienes que la ciencia nos procura, si son ajenos a la inocencia de costumbres, no son más que falsos e imaginarios.

 

«Sea lo que fuere, si una de mis hijas llega a juntar a la modestia y a la piedad una sólida instrucción, la consideraría como más favorecida por el Cielo que si reuniese a la belleza de Helena las riquezas de Creso. No porque la sabiduría deba ser para ella una ocasión de gloria sino porque, acompañada de la virtud, es un don precioso que no nos puede ser quitado como nos son quitadas las riquezas y la belleza. No debemos pues buscar solamente la gloria de las letras, sino el saber, que da la felicidad. [...] He aquí, pues, mi querido Gunnel, los motivos que tengo para no buscar para mis hijos el renombre literario sin la virtud. [...] Además, como siempre he pensado que era de suma importancia el no salirme del camino que me he trazado para asegurar la felicidad de mis hijos, os recomiendo a vos, mi querido Gunnel, así también como a mis mejores amigos, que les enseñéis a evitar los tropiezos del lujo y del orgullo; como a permanecer fieles a los preceptos de la modestia; a no dejarse encandilar por la vista del oro; a no buscar su propia estimación ni la de los otros en suntuosos vestidos; a no degradar por una negligencia culpable los dones que hayan recibido de la naturaleza; y, en fin, a ser ávidos por adquirir los tesoros de la ciencia para hacerlos servir únicamente en defensa de la verdad y para gloria del Todopoderoso. Es así como merecerán obtener un día la recompensa de una vida ejemplar. Afirmados en esa consoladora esperanza, no temerán jamás la muerte, que no será a sus ojos más que el término de las pruebas que acá abajo habrán tenido que sufrir. He aquí, a mi juicio, los frutos que uno debe retirar del estudio de las ciencias humanas. Confieso que esos frutos no siempre los consiguen aquellos que parecen pretenderlos, pero sostengo que los hombres que buscan este único fin llegarán a él después de algunos esfuerzos, y se convertirán no sólo en eruditos sino en buenos cristianos y en hombres de bien. [...]».

Fuente: Cfr. Lucrecia Sáenz Quesada de Sáenz, Sir Thomas More, humanista y mártir, Buenos Aires 1934, pp. 106-109

Pureza angelical de San Luis Gonzaga

Sólo con nombrar a San Luis Gonzaga evocamos su angélica pureza y nos sentimos inclinados a amar esta preciosa virtud. Apenas comenzó Luis a hablar, le enseñaron a invocar a Jesús y a María, y era tan piadoso, que cuando oraba más bien parecía ángel que criatura humana. No contaba más de siete años cuando tomó la resolución de renunciar al mundo y escoger a María Santísima por abogada y protectora. A los ocho años, cosa admirable e inaudita en un niño, hizo voto de virginidad, atrayéndole esta promesa gracias tan maravillosas, que jamás tuvo pensamiento contrario a la pureza. A pesar de esto, huía cuidadosamente de todos los peligros, y era tan modesto, que no quería apenas levantar los ojos del suelo. ¡Qué lección para las almas presuntuosas que pretenden permanecer puras y conceden amplia libertad a los sentidos!

 

Las austeridades de San Luis a los doce y trece años eran tan rigurosas, que asustaban. Convencido de que la castidad ha de ser como un lirio rodeado de espinas, ayunaba tres días por semana y comía siempre tan poco, que parecía sostenerse de manera milagrosa. Después de haber ingresado en la Compañía de Jesús, si no le daban permiso para practicar alguna penitencia, él procuraba suplirla mortificándose con posturas incómodas; ¡tan grande era el afán que tenía de sujetar su carne al espíritu!

 

¿Trabajamos de esta manera para conservar la pureza del alma y del cuerpo? ¿No nos asusta demasiado la fatiga que mortifica los sentidos y amortigua el fuego de las pasiones?

Pensamos quizá encontrar la paz huyendo de la pena, pero esta paz, fundada en una vida cómoda y sensual, encenderá en nosotros la guerra. ¿No es acaso mejor padecer seguros las leves picaduras de la mortificación que sentir el cruel aguijón de la concupiscencia, expuestos a perecer?

 

¡Oh Dios mío! Por intercesión de San Luis Gonzaga, dame valor para mortificar mis miradas, paladar y todos los sentidos, y vigilarme interiormente sin tregua para apartar de mí toda imagen, todo recuerdo peligroso, sobre todo cualquier otro amor que no se refiera a ti. «Vigilad y orad para no caer en la tentación».

Fuente: L. B., c. ss. r., Meditaciones

Los colores de la bandera Argentina

Mucho se ha dicho sobre el origen de los colores de la bandera Argentina. Se dice que su creador, General Manuel Belgrano, se inspiró en los colores del cielo para imprimir el azul/celeste y blanco que la caracteriza.

 

Sin embargo, otra es la verdad: los colores de la bandera Argentina fueron tomados de los colores de la Virgen María, de Luján. Lo confirman muchos testimonios escritos, como por ejemplo los textos del historiador Aníbal Rottjer: "El sargento mayor Carlos Belgrano, que desde 1812 era comandante y presidente de su Cabildo, dijo: 'Mi hermano tomó los colores de la bandera del manto de la Inmaculada de quien era ferviente devoto'. Y en este sentido se han pronunciado también sus coetáneos, según afamados historiadores". El mismo autor dice: "Después de implorar el auxilio de la Virgen, y usar de reconocimiento los colores de su imagen, por medio de dos cintas anudadas al cuello, una azul y otra blanca, y las llaman de la medida de la Virgen, porque cada una de ella media 40 cm., que era la altura de la imagen de Lujan". O también "al fundarse el Consulado en 1794, quiso Manuel Belgrano que su patrona fuera la Concepción y que, por esta causa, la bandera de dicha institución constaba de los colores azul y blanco. Belgrano en 1812 para el pabellón nacional ¿escogería los colores azul y blanco por otras razones distintas de las dichas en 1794?".

 

El Padre Jorge Salvaire no conocía estos detalles y sin embargo afirma que "con razón cuentan, no pocos ancianos, que al dar Belgrano a la gloriosa bandera de su Patria los colores blanco y azul había querido, cediendo a los impulsos de su piedad, obsequiar a la Pura y Limpia Concepción de María (como) ardiente devoto".

 

Manuel Belgrano, que había concurrido a Luján en 1812 con su ejército a visitar a María y rezar el Rosario con los soldados, ofrece a la Virgen en 1813 dos banderas tomadas al enemigo en la batalla de Salta. El 27… (se lee) en la sesión del Cabildo de Luján el siguiente oficio: "Remito a Usía dos banderas de división, que el … de febrero se arrancaron de las manos de los enemigos, a fin de que se sirva presentarlas a la Señora, a nombre del Ejército de mi mando, en el Templo de ésa, para que se haga notorio el reconocimiento que mis hermanos de armas y yo estamos a los beneficios que el Todopoderoso nos ha dispensado por ella y exciten con su vista la devoción de los fieles para que siga concediéndonos sus gracias. Dios guarde años. Jujuy, 3 de mayo de 1813. Manuel Belgrano. Al Sr. Presidente, Justicia y Regimiento del Muy … la Villa de Luján". Cumplidos todos los trámites oficiales y notificaciones debidas, las banderas fueron colocadas ante la Santísima Virgen de Luján el sábado 1 de julio de 1813.

 

Luego de conocer estos hechos históricos que nos revelan que la bandera Argentina procede del Manto de la Madre de Dios, debemos comprender que Dios no se aparta de la historia. Somos los hombres los que nos apartamos de Dios, pese a Su insistencia en ayudarnos en la intercesión de Su amorosa Madre.

Fuente: P. Gabino Tabossi, Art. "Luján: origen indudable de la bandera Argentina", Sitio: paramayorgloriadedios.blogspot.com.ar

El Culto al Sagrado Corazón de Jesús (IV)

Jesucristo desea la consagración.

A este doble fundamento de su poder y dominio, benignamente permite que se añada, de parte nuestra, si nos place, la voluntaria consagración. Ahora bien, Jesucristo, Dios al mismo tiempo que Redentor, es rico por la colmada y cumplida posesión de todas las cosas; nosotros, en cambio, tan desprovistos y necesitados, que, por cierto, no hay cosa de nuestra propiedad con que nos sea posible obsequiarle.

 

Sin embargo, dada su bondad y caridad suma, no rehúye en modo alguno que le demos y dediquemos lo que es suyo como si nos perteneciese; y no sólo no lo rehúye, antes insistentemente lo pide: Hijo, dame tu corazón.

 

Podemos, pues, ciertamente acceder a sus deseos con la voluntad y el afecto. Pues, consagrándonos a Él, no sólo reconocemos y aceptamos abierta y gustosamente su imperio, sino que en verdad atestiguamos que si fuese nuestro lo que le regalamos se lo daríamos gustosísimos, y que le pedimos que no lleve a mal recibir de nosotros eso mismo, aunque sea totalmente suyo. Éste es el significado del acto de que tratamos, ésta la idea expresada con Nuestras palabras.

Fuente: S.S. León XIII, Enc. «Annum Sacrum», Nº 7