Buscar a Dios en la actividad (II)

Marta y Maria 01  01

Marta y María

«Es preciso andar con aviso de no descuidarse en las obras, aunque sean de obediencia y caridad, de manera que no acudan muchas veces a lo interior, a su Dios» (Santa Teresa). Esta es la segunda condición para que la actividad externa no turbe el recogimiento interno.

«No haré nada con prisa o turbación», era el constante propósito de Santa Teresa Margarita, que en medio de una sorprendente actividad, mantenía “un continente siempre pacífico y tranquilo, que daba la impresión de que en todos sus actos era dueña de sí misma”. Esto significa tener siempre pleno dominio de sí y de la propia actividad y, por lo tanto, aleja todo peligro de dejarse dominar y arrastrar por la acción. Quien se lanza de bruces a la acción sin ninguna cautela, verá bien pronto que el alma se le va de entre las manos: perderá la calma, se agitará, se hará incapaz de recogerse en su interior, y esto tanto más cuanto la acción se vaya haciendo más exigente y agobiadora.

Jesús no reprendió a Marta porque se daba a la actividad externa, sino porque lo hacía con demasiado afán: «Marta, Marta, tú te afanas y te turbas por muchas cosas» (Lc. 10, 41) El Señor quiere la actividad, pero no la inquietud afanosa, porque, aun sumergida en sus ocupaciones, el alma ha de atender «a la única cosa necesaria», esto es, a la unión con Él. Por eso, apenas se dé cuenta de que la paz interior comienza a desvanecerse, debe interrumpir, si le es posible, a lo menos por un instante, su actividad externa, y retirarse al interior de su espíritu con Dios. Estos breves momentos de pausa repetidos con frecuencia, la acostumbrarán poco a poco a mantenerse tranquila y recogida en Dios aun en medio de la actividad.

Dadme fuerzas, Señor, para que no me arrastre y domine la actividad, externa. Que sepa yo mantenerme siempre sereno y recogido aun en medio de la actividad más intensa, siempre en paz delante de ti, el Pacífico. 
Sólo en esta calma y paz interior conservaré unidas en un solo haz las potencias de mi alma para tenerlas fijas en ti, a pesar de las múltiples exigencias de la actividad exterior. ¡Oh, Jesús mío! ¿No es esto por ventura lo que querías decir cuando hablabas a María Magdalena del unum necessarium -lo único necesario-? “¡Y qué bien lo había comprendido la Santa! Los ojos de su alma, iluminados por la fe, te habían reconocido bajo el velo de la humanidad, y en el silencio y en la unidad de sus potencias escuchaba las palabras que le decías. Podía cantar de veras: 'llevo siempre mi alma en mis manos', y añadir la breve palabra nescivi, 'no sé nada más'. ¡Sí, ya no sabía otra cosa que a ti, Dios mío! Ya podían hacer ruido y agitarse alrededor de ella: nescivi! Podían acusarla: nescivi! (B. Isabel de la Trinidad). Y aun cuando por necesidad tenía que retirarse de tus pies, y ocuparse en las cosas de la tierra, su corazón permanecía fijo en ti. Y el día de tu Resurrección, cuando por orden tuya tuvo que abandonarte para ir a anunciar a los Apóstoles tu triunfo, su alma quedó inmóvil... en una actitud de profunda calma, recogida y concentrada siempre en ti. ¡Ojalá pueda yo con tu gracia vivir también así, oh Señor! 
Pidámoselo hoy especialmente por intercesión de Santa Marta, en el día de su fiesta.

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Influencia de la amistad

Amistad 01  01

La amistad requiere una gran comunicación entre los amigos; de lo contrario, no puede nacer ni subsistir. Por esta causa, ocurre que, con la comunicación propia de la amistad, se deslizan y pasan insensiblemente de corazón a corazón otras comunicaciones, por una mutua infusión y recíproco cambio de afectos, de tendencias e impresiones. Pero, de un modo particular, ocurre esto cuando tenemos en grande aprecio a aquel a quien amamos, porque, entonces, de tal manera abrimos el corazón a la amistad, que, con ella, fácilmente entran todas sus inclinaciones y afectos, tanto si son buenos como si son malos.

Pues bien, Filotea, en este punto, es menester practicar las palabras que el Salvador de nuestras almas solía decir, como nos lo enseñan los antiguos: «Sed buenos cambistas y buenos negociantes de moneda», es decir, no aceptéis la moneda falsa junto a la buena, ni el oro de baja ley con el oro fino; separemos lo precioso de lo ruin, porque nadie hay que no tenga alguna imperfección. Y ¿qué razón hay para recibir mezcladas las taras y las imperfecciones del amigo, junto con su amistad? Ciertamente, es menester amarle, a pesar de su imperfección, pero sin amar ni recibir ésta, porque la amistad supone la comunicación del bien, mas no la del mal. 
Así como los que extraen las arenas del río, las dejan en la ribera después de haber separado el oro, para llevárselo, de la misma manera los que gozan de la comunicación de alguna buena amistad, han de separar de ella la arena de las imperfecciones, y no dejarla penetrar en el alma.

Cuenta San Gregorio que muchos amaban y admiraban tanto a San Basilio que se dejaban llevar hasta el extremo de imitarle aun en sus imperfecciones exteriores «en su hablar lento, en su espíritu abstracto y pensativo, en la forma de su barba y en su porte». Y conocemos a maridos, esposas, hijas, amigos que, por tener en grande estima a sus amigos, a sus padres, a sus maridos, a sus esposas, adquieren, por condescendencia o por imitación, mil pequeños defectos, con el trato amistoso que sostienen. 
Ahora bien, esto en manera alguna se ha de hacer, pues cada uno harto y demasiado tiene con sus malas inclinaciones, sin necesidad de echar sobre sí las de los demás; y la amistad, no sólo no exige esto, sino que, al contrario, nos obliga a ayudarnos los unos a los otros para librarnos mutuamente de toda clase de imperfecciones. 
Es indudable que se han de soportar pacientemente en el amigo sus imperfecciones, pero no nos hemos de inclinar a ellas ni mucho menos trasladarlas a nosotros.

Y no hablo sino de las imperfecciones, porque, en cuanto a los pecados, ni los hemos de admitir, ni los hemos de soportar en el amigo. Es una amistad débil o mala ver al amigo en peligro y no socorrerle, verle morir de una apostema y no atreverse a clavarle el bisturí de la corrección para salvarle. 
La verdadera y viva amistad, no puede conservarse entre los pecados. Se dice de la salamandra que apaga el fuego sobre el cual se acuesta, y el pecado destruye la amistad, porque no puede subsistir si no es sobre la verdadera virtud. ¡Cuánto menos, pues, hay que pecar por motivos de amistad! El amigo es enemigo, cuando quiere inducirnos al pecado, y merece perder la amistad cuando pretende perder y condenar al amigo; y una de las señales más seguras de la falsa amistad es verla sostenida con una persona viciada por el pecado, sea cual sea éste.

Fuente: S. Francisco de Sales, Introducción a la vida devota

La resurrección está próxima (II)

Concilio de Trento 01  01

Concilio de Trento

No estamos, pues, hoy, llamados ni a una operación de prospección ni a una operación de salvamento
No estamos llamados a una operación de prospección dirigida a naturalizar y a racionalizar a la Iglesia en función del mundo de mañana. Tampoco estamos llamados a una operación de salvamento como si tuviéramos que salvar a la Iglesia, cuando es Ella la que nos salva y la que nos salvará. 
El secreto de la vida del cristianismo no está en una prospección natural ni tampoco en una supervivencia, como pudieron sobrevivir, por ejemplo, durante cierto tiempo, la religión druídica o la filosofía marxista. El secreto vital del cristianismo está para cada hombre y para cada generación, en cada momento de la historia, en un nuevo nacimiento, en una resurrección. 
No es por supervivencia ni por prospección; es por resurrección como el alma muerta por el pecado renace a la vida de la gracia. Y, paralelamente, no es por prospección ni por supervivencia, sino por resurrección como una Iglesia abierta al mundo y aparentemente abocada a la muerte renace en el esplendor original de su institución divina.

Estamos llamados a consentir y a participar en una operación de resurrección. Y el cristianismo, como Cristo, no resucita a medias, en un compromiso de partición negociado con la muerte o con el mundo. Estamos llamados a una operación de resurrección integral. Por la fe, por la fidelidad que confía plenamente en Cristo resucitado, maestro de la historia por su Cruz y que ejerce su señorío por la resurrección.

Diréis que, a pesar de esto, el mal es profundo. Os contesto que es todavía más profundo de lo que os imaginéis. Porque aun la más inquieta razón humana no consigue medir la profundidad del misterio de iniquidad. Lo que estamos oyendo resonar en el mundo de hoy es el ruido de los martillos que golpean los clavos, los tres clavos de la crucifixión. Y además vemos las tinieblas que invaden la tierra. Y además he aquí que los príncipes de los sacerdotes y los soldados han tomado la precaución suplementaria de sellar la losa y han puesto una guardia. Estos signos no engañan: de una manera o de otra, la resurrección está próxima.

Fuente: Jean Madiran, Introducción al sentido de la historia

La resurrección está próxima (I)

Panteon romano 01  01

Panteón romano

En toda época la Iglesia se ha visto presionada, de fuera y de dentro, a “adaptarse” a fin de “sobrevivir” en el mundo moderno. Compartimos un esclarecido artículo que nos ayudará a mantenernos esperanzados y perseverantes en la situación actual.

Hemos visto el mismo proceso varias veces en la historia. En la época del arrianismo; en el momento del humanismo del siglo XVI; en el siglo XVIII. Y este proceso de muerte desemboca siempre en la misma resurrección. 
He aquí su diagrama trazado por Chesterton: 
"El arrianismo tenía toda la apariencia humana de ser la forma natural bajo la cual se podía prever la desaparición progresiva de la superstición constantiniana. La fe se había transformado en una cosa respetable, y después en una cosa ritual. Seguidamente se había transformado en una cosa racional: y los racionalistas estaban dispuestos a borrar sus últimos vestigios, exactamente como ahora. Cuando de pronto el cristianismo reapareció y los revolcó, fue una cosa casi tan inesperada como la aparición de Cristo resucitado de entre los muertos."

Cada vez que la Iglesia se ha "abierto al mundo", en lugar de resistir al mundo y convertir al mundo, se ha visto a la religión cristiana hacerse más natural y más racional; y cada vez se ha comprobado que, viniendo a ser más natural y más racional, la religión cristiana tenía la seguridad de recoger muchos aplausos de parte del mundo, pero que al mismo tiempo estaba en trance de desaparecer por desleimiento y por asfixia. 
Ella se acerca al Panteón moderno de los ídolos profanos, está en el umbral, se dispone a entrar, ya tiene un pie en el interior: todos sus antiguos enemigos están ahí, han venido a animarla amistosamente, en la coexistencia y en el diálogo. 
Siempre en este momento pasa alguna cosa. Pasa alguna cosa, pero de ninguna manera en el umbral del Panteón, de ninguna manera entre los que están reunidos alrededor. Algo sucede en otra parte, apartadamente, más lejos: el cristianismo reaparece siempre en el exterior del compromiso con el mundo con el cual estaba, en la puerta del Panteón, negociando las últimas estipulaciones.

Cada vez que se ha visto en la historia del cristianismo entrar en un compromiso con el mundo, no ha sido de ninguna manera en el interior de ese compromiso donde ha podido sobrevivir o renacer, a pesar de los esfuerzos a menudo sinceros de los que se ocupaban en conseguir que el tratado de compromiso fuera lo menos malo o lo menos duro posible. El cristianismo reaparece fuera del compromiso en el que una fe debilitada se liaba a la suerte precaria de un mundo que estaba pasando. Porque es lo propio del mundo estar siempre pasando y es lo propio del cristianismo estar siempre renaciendo: dos operaciones que son no solamente distintas, sino absolutamente heterogéneas una de la otra. Y el cristianismo renace siempre haciendo referencia, no al más reciente estado de decadencia de la teología, sino a su primer estado de luz integral: no haciendo referencia a los teólogos de la última hornada, ni siquiera para corregirlos parcialmente, sino tomando referencia de la fe de San Pedro y de San Pablo en su inconmovible integridad y en su actualidad eterna

Fuente: Jean Madiran, Introducción al sentido de la historia

Meditaciones marianas (VI)

Flores a Maria  01   01

Obsequios a la Santísima Virgen

Santa Gema Galgani, la estigmatizada de Lucca, escribía a su director espiritual: “Reposaba en mi cama, sin dormirme, cuando mi Madre celestial me miró con su sonrisa y me dijo: -Querida hija mía. 
Yo me abandoné a mi dulce Madre, quien me tomó en sus brazos. Pensé morir, sí, morir de exceso de dicha... ¡Qué caricias!... ella me decía que había venido a buscar mi ramillete. Usted comprende. Me encontró muy pobre, y me animó a la virtud, sobre todo a la humildad y a la obediencia.” 
¿Nosotros ofrecemos diariamente algún ramillete a María?

Se cuenta de Santa Rosa de Lima, que los sábados, llevaba o hacía llevar a los pies de la Santísima Virgen, un ramo de hermosas flores. Los santos amaron esta práctica, como lo prueba también el ejemplo de San Juan Bautista de Lasalle quien, siendo niño, ofrecía flores a una estatua de María que adornaba el jardín de su casa. 
Con todo, no es de las flores naturales que nos queremos referir aquí. El ramo que hemos de ofrendar a María está formado tan sólo de flores espirituales: flores de actos de virtud, de pequeños sacrificios.

Algunos niños son muy ingeniosos para demostrar su amor a María. He aquí algunos hechos: 
-“Tenía curiosidad de saber qué hora era, pero por amor a María no miré el reloj”. 
-“En casa, pasando junto a un ciruelo, se me hizo agua la boca a la vista de las tentadoras frutas maduras, pero ni siquiera las toqué, para honrar a María.” 
-“Un compañero me había molestado durante el recreo. Me vino el pensamiento de vengarme, pero no lo hice, para agradar a María.” 
-“No me reí cuando mis compañeros querían que me riera con ellos durante la clase”. 
-“Di todo mi dinero a los pobres en vez de comprar golosinas”. 
-“Acepté sin decir palabra, un castigo que no merecía”. 
-“Soporté voluntariamente durante todo el día piedritas en mis zapatos”.

Y nosotros, ¿qué hacemos para honrar a María?

Fuente: Hno. Mutien Marie, fsn, Cómo amar y hacer amar a María, Editorial Stella, Buenos Aires.

La Virgen María, Madre del Amor hermoso

 

Virgen con el Nino 03  07

«Yo soy la Madre del Amor hermoso, del temor y de la santa esperanza» (Epístola de la Misa).

En sentido literal estas palabras se hallan aplicadas a la Sabiduría eterna. Pero Nuestra Madre, la Iglesia, las aplica también a María. Siendo como es Ella Madre de la Sabiduría, cuanto es verdad absolutamente de Cristo, lo es también, guardadas las proporciones, de María, porque han sido conferidos a María por su Hijo los mismos dones. 
María es el modelo inmaculado de la humanidad pura, la obra maestra de toda simple criatura. La raíz de los dones que ha recibido no es más que su prerrogativa de Madre de Dios, de madre de la Sabiduría eterna.

De la misma manera que todos los dones del Espíritu Santo, que todas las gracias, son en nosotros efecto de nuestra predestinación como hijos de Dios, así también, por lo que a María se refiere, todos esos magníficos dones que posee tienen su fuente en su cualidad de Madre de Dios; María ha recibido del Padre el corazón materno más perfecto. Jamás se ha dado en este corazón una brizna de egoísmo; es una maravilla de amor, un tesoro de gracias: gratia plena.Este corazón ha sido modelado, no sólo para Cristo, que venido a los suyos no había de ser recibido por ellos, y que encontraría una compensación de amor en su Madre, sino también para ese otro Cristo, por así llamarlo, que es el Cuerpo místico de Cristo.

Cuanto más amamos a Dios, más amamos a nuestro prójimo. Lo mismo acontece con María; estrecha con un mismo amor a Cristo y a sus miembros. 
Y hace partícipes de este amor a sus siervos. Las almas devotas de María obtienen en ella un amor sumamente puro; y toda su vida es un reflejo de la vida de María. 
Hay almas a las que conduce el Espíritu Santo a este elevado signo de caridad, y deseo de María es hacer partícipes del amor que la anima a quienes se hallan con ella. 
La devoción a María es una gracia que concede Dios a quienes le son queridos, y la Santísima Virgen hará nacer en sus corazones el amor de Cristo.

Fuente: Dom Columba Marmion, Palabras de Vida

Meditaciones marianas (V)

San Bernardo de Claraval 04  05b

San Bernardo de Claraval

María Inmaculada, Reina y Madre de los que se conservan puros 
En la vida de varios santos se lee, como en la de San Juan Berchmans y San Estanislao de Kostka, que simplemente bastaba mirarlos para hacer nacer en el alma castos y santos pensamientos. Esta especie de hermosura santa provenía del candor, de la pureza de sus almas, que, íntimamente unidas a Dios, conservaban los reflejos de la Hermosura Infinita, reflejos que, como efluvios, emanaban de sus personas.

Era tal la pureza de San Bernardino de Sena, que la menor palabra malsana, le sonrojaba el rostro, como si alguien le hubiese dado una cachetada. A su llegada sus compañeros decían: “Callémonos, ahí viene Bernardino.” ¿Cuál era el origen de tan maravillosa irradiación de pureza? Su indecible amor para con la Madre de los corazones puros. “Estoy enamorado de la Virgen María, decía; siempre la he amado y mi corazón se consume en amor para con Ella. Es mi confidente; y quisiera poner siempre en Ella mis miradas con la veneración que le es debida.”

Como prenda de su amor a María, San Juan Berchmans, contando solo diez años, hizo voto de virginidad. Sabía muy bien que el mejor medio de agradar a la Madre de los vírgenes era ofrecerle el perfumado lirio de su castidad. Como a San Luis, María le obtuvo la gracia extraordinaria de la pureza sin combate.

También ante el altar de María San Edmundo de Cantorbery prometió permanecer virgen. Escogió para tan solemne acto un día y un Santuario dedicados a María. Ante la estatua de la Reina de la Pureza colocó dos anillos de oro con la inscripción: “Ave María”. Acto seguido, toma un anillo y lo coloca en el dedo de la estatua de María Santísima y el otro se lo pone a sí mismo. Este anillo fue para él cosa sagrada; quiso guardarlo como prenda del amor indisoluble que contrajo con María Inmaculada. Elevado a la dignidad de Obispo de Cantorbery, no quiso como anillo pastoral sino ése, y ese mismo anillo se encontró en su dedo después de su muerte.

Dejémonos prendar de la hermosura Virginal y la sencillez purísima de María. 
¡Oh María, has robado mi corazón!

Fuente: Hno. Mutien Marie, fsn, Cómo amar y hacer amar a María, Editorial Stella, Buenos Aires.

Meditaciones marianas (IV)

Inmaculada Concepcion 12  23

Ser hijo de María 
¿Qué hace un buen hijo en el trato con su amada madre? La ama, se confía en ella, la respeta y la ayuda en cuanto le sea posible. 
¿Amamos a María? ¿Cuántas veces por día le decimos: “¡Oh María! ¡Buena Madre mía, yo te amo!”? ¿Le decimos como los santos: “¡Oh, mi buena Madre!”? ¡Le agrada tanto que le digan esto! 
¿Confiamos en Ella? ¿Qué hace el chiquitín asustado por los ladridos de un perro? Llama a su madre, se arroja en sus brazos y el temor desaparece como por encanto. ¡Un niño tiene tanta confianza en su madre! ¿Tenemos nosotros esa confianza con nuestra buena Mamá del Cielo? Cuando el perro infernal venga a tentarnos, refugiémonos en Su regazo. El demonio es impotente contra aquellos que María protege.

¿Tenemos el debido respeto a María? ¿Con qué veneración saludamos su imagen? ¿Con qué fervor rezamos nuestro Rosario? ¿No miramos a todos lados cuando hablamos con María? ¿Qué diría una reina si uno de sus súbditos le hablara dándole la espalda? 
¿Obedecemos a María? El mandato que hace a todos sus hijos es el mismo que hizo en las bodas de Caná: “Haced todo cuanto Él os diga.” Cumplir la voluntad de Jesús es cumplir la suya.

¿Ayudamos a María? Nuestra Buena Madre tiene una deuda inmensa de gratitud a Dios. Por Ella y con Ella demos gracias a Dios. ¡Gracias Dios mío, por el incomparable privilegio de la Inmaculada Concepción que te dignaste conceder a María! ¡Gracias Dios mío, por la Virginidad perfecta con que adornaste a tu amadísima Madre!.., etc. 
Seamos hijos pequeñitos y delicados, con María, como niños recién nacidos, que no tienen de por sí ni voluntad, ni vida; niños alimentados por María, llevados en los brazos de María, entregados a María, a sus deseos y a su beneplácito. ¡Con qué ternura nos tomará Ella, nos cobijará! Y ¡qué soberanas caricias no recibiremos de tan Augusta y Buena Madre!

Fuente: Hno. Mutien Marie, fsn, Cómo amar y hacer amar a María, Editorial Stella, Buenos Aires.

La lectura meditada (I)

Lectura espiritual 01  01

¡Oh Señor! Enséñame a buscarte, aun cuando mi corazón esté seco y mi mente distraída.

La oración vocal bien hecha es el medio más sencillo para conversar con Dios; pero, al progresar el alma en la vida espiritual, es natural que sienta la necesidad de una oración más interior, más íntima y, espontáneamente, sin esfuerzo, se vaya orientando hacia la oración mental. Si esta atracción hacia la intimidad va favorecida por la devoción sensible, entonces el alma no siente ninguna dificultad en recogerse en Dios; al contrario, la oración mental es para ella un ejercicio fácil y suave.

Otra cosa muy diversa es cuando es dejada a sus propias fuerzas, especialmente si la excesiva excitación de su fantasía la hace incapaz de fijar el pensamiento sobre un punto determinado. Santa Teresa afirma que son muchos los que padecen este sucederse inquieto y continuo de ideas e imaginaciones: son «almas y entendimientos tan desbaratados como unos caballos desbocados, que no hay quien los haga parar; ya van aquí, ya van allí, siempre con desasosiego: es su misma naturaleza, o Dios que lo permite». 
Los que se encuentran en estas circunstancias, sienten frecuentes tentaciones de abandonar la oración mental, porque se les hace tan pesada y difícil que llegan a creerla una empresa poco menos que imposible. 
La Santa no piensa así, al contrario, enseña con insistencia que también esas almas pueden darse con fruto a la oración mental, aunque tendrán que hacerla de una manera especial, es decir, ayudándose con la lectura: «A quien de esta manera procede le es necesario leer, aunque sea poco lo que lea, en lugar de la oración mental que no puede tener».

No se trata ciertamente de estar leyendo todo el tiempo de la oración mental, sino de servirse de algún libro devoto, cuya lectura, pausada y a intervalos, nos sugiera un buen pensamiento que nos ayude a recogemos en Dios y a ponernos en contacto con Él. Santa Teresa del Niño Jesús, que padeció habitualmente estas sequedades, se sirvió frecuentemente de este método: «En medio de tanta impotencia, la Sagrada Escritura y la Imitación vienen en mi ayuda. Encuentro en ellas un alimento sólido y totalmente puro. Pero lo que me sostiene durante la oración es, sobre todo, el Evangelio; hallo en él lo que necesita mi pobrecita alma. Siempre descubro en él nuevas luces de sentidos ocultos y misteriosos» (Historia de un alma).

“¡Oh Señor! Enséñame a buscarte. No te ocultes a mis miradas, porque tengo necesidad de encontrarte, de entretenerme contigo, de acercarme a ti, ¡oh Amor infinito!, para ser inflamado y atraído por ti. 
Yo, polvo y ceniza, ¿te hablaré a ti, Señor? Sí: hundido en este valle de lágrimas, en este lugar de destierro, me atrevo a alzar mis ojos y fijarlos en ti, Bondad suprema. Con la misma atención con que los siervos y las siervas fieles miran a sus señores, fijo yo mi mirada en tus manos, ¡oh Señor!, y humildemente te suplico que seas misericordioso conmigo. 
¡Oh buen Dios! Ten misericordia de mí, pues soy obra de tus manos. Envía, Señor, tu espíritu e ilumíname desde lo alto de los cielos con los rayos de tu luz, porque yo soy incapaz de concebir un buen pensamiento, pues todo lo que soy lo recibí de ti, ni puedo invocar tu nombre sin la ayuda de tu Espíritu. 
Ven, ¡oh Espíritu dulcísimo!; ven, Padre de los pobres; ven, dispensador de las gracias; ven, luz de los corazones; ven, consolador óptimo, dulce huésped y refugio de nuestras almas. Tú eres descanso en la fatiga, fresco rocío en el estío, consuelo en el llanto. ¡Oh Luz beatísima!, llena las más íntimas profundidades de mi corazón” (San Pedro de Alcántara).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina.

Evangelización: comenzar por uno mismo

Aposstolado 01  01

Si queremos que [la doctrina social de la Iglesia] aparezca con todo su atractivo, debemos mostrar qué realizaciones concretas permite. 
Para ello, debemos conocer la doctrina y ser competentes en nuestra, vida profesional. 
Además, hay que aplicar la doctrina. Juan XXIII lo pidió en la Mater et Magistra: 
"En el ejercicio de una función tan noble (la de «nuestros hijos del laicado que en virtud de su estado de vida se hallan habitualmente ocupados en el desenvolvimiento de actividades y en la creación de instituciones de contenido y finalidad temporales») no sólo sean profesionalmente competentes y ejerzan sus actividades temporales según las leyes naturales que conducen con eficacia al fin, sino que también es indispensable que, en el ejercicio de dichas actividades, se muevan en el ámbito de los principios y directrices de la doctrina social cristiana...". 
Dicho de otro modo, debemos ser capaces de traducir la doctrina a términos concretos, de saber colocar la doctrina sobre el raíl.

Cultivemos nuestras facultades superiores con la ascesis, la oración, los ejercicios espirituales. Pidamos a Dios los siete dones del Espíritu Santo y supliquémosle que se digne hacer crecer en nosotros la fe, la esperanza y la caridad. 
Hoy no tendríamos excusa de no sentir esa necesidad, incluso en el plano temporal. 
Cultivemos, también en nosotros, las virtudes de la fortaleza, la templanza, la justicia y la prudencia. Un buen catecismo nos mostrará lo que estas virtudes implican. Algunos descubrirán, quizás, que la prudencia, por ejemplo, es la virtud por la cual buscamos los medios convenientes para que la acción resulte bien hecha de todas las maneras.

Para ejercitar estas virtudes en todos los planos de nuestra vida profesional, familiar, social, cívica, las reforzaremos en nosotros mismos. Así nos ayudarán a merecer la confianza de aquellos a quienes hablemos, de aquellos en quienes queremos influir.

Fuente: André Frament, Actuar en la esperanza