Disposiciones para recibir dignamente el Pan Eucarístico

 

Eucaristia 08  11

Fue en la soledad, lejos del mundo, sobre una montaña, donde Jesús realizó el milagro de la multiplicación de los panes, símbolo de la sagrada Eucaristía, queriéndonos enseñar que, para que participemos abundantemente de las gracias de la Comunión, debemos vivir, a lo menos de deseo, alejados del mundo, de sus vanidades, de sus placeres y de sus máximas. Los israelitas, para comer el Cordero pascual, figura de la Eucaristía, se mantenían en pie, con un cayado en la mano, como viajeros que se aprestaran a abandonar el país. Nosotros, que somos extranjeros sobre la tierra, debemos vivir en ella completamente desprendidos de lo terreno, no atándonos con lazos de afecto a nada de lo perecedero y creado.

Perfectamente desligados de todo lo caduco, hemos de hallarnos en las mejores disposiciones de recibir con fruto al Creador, Rey inmortal de nuestras almas. Los israelitas en el desierto tenían que recoger el Maná, símbolo de la Eucaristía, antes de la aurora, porque si no, al calor del sol, se deshacía este celestial manjar. También el ardor de las pasiones, si no está combatido por la voluntad ayudada de la gracia, impide que la paz y la tranquilidad necesarias para comulgar devotamente se posesionen de nuestro corazón. 
Jesús, antes de realizar el milagro de la multiplicación de los panes, hizo que se sentasen sobre el césped las personas que le seguían, para que con comodidad pudiesen alimentarse del pan del milagro. Con esto nos dio a entender que quiere que tengamos paz y tranquilidad interior siempre que nos acerquemos a su sagrada mesa, paz y tranquilidad interior que no obtendremos sin abnegación.

Apliquémonos a reprimir nuestras pasioncillas, genio vivo, inquietudes y excesiva actividad. Seamos menos sensibles a las heridas del amor propio. Así nos habituaremos a recibir la sagrada Comunión con los sentimientos requeridos para participar con fruto en el banquete del Príncipe de la Paz. Tal es la preparación remota debida a este divino Sacramento. 
En cuanto a la preparación inmediata, ¡cuántos actos de fervoroso deseo y de inflamado amor no deberemos de hacer! Estos fervientes deseos fueron simbolizados por el hambre grande de aquella multitud, que fue de modo milagroso plenamente saciada por Jesús. «Además -dice San Francisco de Sales-, hay que recibir por amor a aquel que se nos da por amor». Después de haber comido los panes multiplicados por el Salvador, el pueblo se sintió movido de tal modo hacia él, que quiso proclamarle rey de Judea, según se relata en el Evangelio. También nosotros estemos firmemente decididos, antes de tomar parte en el banquete Eucarístico, a proclamar a Jesús por Rey de nuestros corazones y a consagrarle pensamientos, deseos y acciones, colocándonos totalmente bajo su soberano dominio.

¡Oh Jesús, alimento divino! Por los piadosos ruegos de tu santísima Madre, hazme participar del banquete Eucarístico: 1º, llevando el cuerpo adornado de castidad y mortificación; 2º, con el corazón desprendido del mundo y de las pasiones; 3º, con voluntad sumisa y generosa, elevados sentimientos y ardentísimos deseos de pertenecerte sin reserva hasta el último suspiro de mi vida.

Fuente: Manual de Meditaciones, pp. 257s

La práctica del renunciamiento cristiano

 

San Nicoas de Tolentino 01  01b

San Nicolás de Tolentino

Pensemos, durante el día, en nuestra Misa. Nos hemos unido a la inmolación de Jesús; nos hemos colocado sobre el altar con la víctima divina; aceptamos entonces generosamente los sufrimientos, las contrariedades, el peso del día y del calor, las dificultades. Así es cómo prácticamente viviremos nuestra Misa. Porque, ¿no es acaso nuestro corazón un altar del que debe subir sin cesar hacia Dios el incienso de nuestro sacrificio, de nuestra sumisión a sus adorables designios? ¿qué altar podría ser más agradable a Dios que un corazón lleno de amor que se ofrece continuamente a El? Porque siempre podemos hacer sacrificios sobre este altar, y ofrecernos con el Hijo de sus complacencias, para su gloria y para el bien de las almas.

Esta doctrina es la que Nuestro Señor enseñó a Santa Matilde. “Un día en que ella pensaba que su enfermedad la hacía inútil y que sus sufrimientos no daban fruto, el Señor le dijo: Deposita todas las penas en mi Corazón, y yo les daré la más absoluta perfección que puede poseer un sufrimiento. Como mi Divinidad atrajo hacia sí los sufrimientos de mi Humanidad y los hizo suyos, así yo trasladaré tus penas a mi Divinidad, las uniré a mi Pasión y te haré participar en la gloria que Dios Padre confirió a mi santa Humanidad por todos sus padecimientos... Mi Pasión, añadió Jesucristo, ha producido infinitos frutos para el cielo y para la tierra; así también, tus penas, tus tribulaciones confiadas a Mí mismo y unidas a mi Pasión, serán en tal manera fructuosa, que procurarán a los elegidos más gloria, a los justos un nuevo mérito, a los pecadores el perdón y a las almas del purgatorio el alivio de sus penas”.

Fuente: Dom Columba Marmion, Jesucristo ideal del monje.

Vida oculta de San José. Ocultarnos con Jesucristo. (III)

 

San Jose 22  60b

Cristianos, ¿no sabéis que Jesucristo está aún oculto? Sufre que se blasfeme diariamente su nombre y que se burlen de su Evangelio, porque no ha llegado la hora de su gran gloria. Está oculto con su Padre, y nosotros estamos escondidos con Él en Dios, como dice el divino Apóstol. Puesto que estamos escondidos con Él, no debemos buscar la gloria en este lugar de destierro, sino cuando Jesús se mostrará en su majestad, ése será entonces el tiempo de aparecer: “Cuando se manifieste nuestra vida, que es Cristo, entonces vosotros también seréis manifestados con Él en gloria.” (Col. 3,4).

Oh, Dios, ¡qué hermoso será aparecer en ese día, cuando Jesús nos alabará delante de sus santos ángeles, ante todo el universo y ante su Padre celestial! ¿Qué noche, qué oscuridad bastante larga podrá merecernos esta gloria? Que los hombres se callen de nosotros eternamente, con tal de que Jesucristo hable de nosotros en ese día. 
Sin embargo, cristianos, tenemos esa terrible palabra que pronuncia en su Evangelio: “Habéis recibido vuestra recompensa” (Mt. 6, 2). Queríais la gloria de los hombres: la habéis tenido; estáis pagados; no hay más nada que esperar. ¡Oh, envidia ingeniosa de nuestro enemigo, que nos da los ojos de los hombres para quitarnos los de Dios; que con una justicia maliciosa se ofrece a recompensar nuestras virtudes, de miedo que las recompense Dios!

Desgraciado, yo no quiero tu gloria, ni tu brillo, ni tu vana pompa: no pueden pagar mis trabajos. Espero mi corona de una mano más querida y mi recompensa de un brazo más potente. Cuando Jesús aparecerá en su majestad, entonces, es entonces que quiero aparecer. 
Allí, fieles, veréis lo que yo no os puedo decir hoy: descubriréis las maravillas de la vida oculta de José; sabréis lo que hizo durante tantos años y qué glorioso es ocultarse con Jesucristo. ¡Ah! sin duda no es de aquéllos que han recibido su recompensa en este mundo: es por eso, que él aparecerá entonces, porque no ha aparecido; se manifestará, porque no se ha manifestado. Dios reparará la oscuridad de su vida; y su gloria será tanto más grande, cuanto que está reservada para la vida futura.

Amemos pues esta vida oculta en la cual Jesús se envolvió con José. ¿Qué importa que los hombres nos vean? Es locamente ambicioso aquél a quien no le bastan los ojos de Dios y es injuriarlo demasiado el no contentarse con tenerlo por espectador. Si es que tenéis grandes cargos y empleos importantes, si es necesario que vuestra vida sea toda pública, meditad al menos seriamente que al final haréis una muerte privada, puesto que todos esos honores no os seguirán. Que el ruido que los hombres hacen a vuestro alrededor no os impida escuchar las palabras del Hijo de Dios. Él no dice: Felices aquéllos a los que se elogia, sino dice en su Evangelio: “Felices aquéllos a los que se maldice por mi amor” (Mt. 5, 11).

Temblad, pues, en esta gloria que os rodea, porque no sois juzgados dignos de los oprobios del Evangelio. Pero si el mundo nos los niega, cristianos, hagámonoslos a nosotros mismos; reprochémonos ante Dios nuestra ingratitud y nuestras ridículas vanidades; pongámonos ante nosotros mismos, ante nuestra faz, toda la vergüenza de nuestra vida; seamos al menos oscuros ante nuestros ojos por una humilde confesión de nuestros crímenes; y participemos como podemos en el retiro de Jesús, para participar en su gloria. Amén.

Fuente: Jacobo Benigno Bossuet, Sermones sobre San José.

Dificultad de aceptar bien el consuelo

 

Santo Tomas de Aquino 04  14b

Santo Tomás de Aquino

Conviene, en la práctica, examinar separadamente los dos modos de la operación divina y ver cómo debo aceptar uno y otro. Ambos son bastante difíciles de ser debida y útilmente aceptados. No digo que ambos sean difíciles de aceptar, porque el consuelo se acepta fácilmente; pero aceptarlo bien no es ya cosa tan fácil. Y ello bien considerado, no sé si la aceptación pura del consuelo no es más difícil que la del sufrimiento.

No es frecuente, cuando Dios me envía un consuelo, ver ante todo la mano de Dios que me lo regala, amarlo sobre todo como operación divina, y no detenerse sino en el fruto espiritual que Dios quiere producir en mí por medio del consuelo. Mi primer movimiento es detenerme en el mismo consuelo, complacerme en él y no amar más que el gozo que por él experimento. Estoy agradecido a Dios por el placer que me envía, al cual soy sensible, del cual disfruto y en el que descanso; y no pienso en darle gracias por su acción ni sobre todo por el fruto espiritual que espera producir en mí, que es mi aprovechamiento y progreso hacia Él, y así el consuelo se convierte para mí en un fin, cesa de ser un medio. Esto es el desorden, el trastorno tan conocido y tan frecuente.

Si quiero salvar este desorden debo habituarme a no desear tanto el consuelo, sabiendo como sé que no es Dios, sino simplemente un instrumento de Dios; a no hacer nada para procurarlo directamente, a soportar generosamente su privación cuando me es impuesta, a recibirlo con sencillez cuando Dios se sirva mandármelo, a gozar de él sin agitación, a verlo desaparecer sin pena, teniendo mi vista fija tan sólo en lo único necesario: la gloria de Dios, a la cual debe venir a parar todo consuelo.

Fuente: José Tissot, La vida interior

Imitar la vida de Cristo (II)

 

San Luis Gonzaga 03  05

San Luis Gonzaga

Extractos del libro La imitación de Cristo.

Todos los hombres naturalmente desean saber, ¿más qué aprovecha la ciencia sin el temor de Dios? Por cierto, mejor es el rústico humilde que le sirve, que el soberbio filósofo que dejando de conocerse, considera el curso de los astros. El que bien se conoce tiénese por vil y no se deleita en loores humanos. Si yo supiese cuánto hay que saber en el mundo, y no tuviese caridad, ¿qué me aprovecharía delante de Dios, que me juzga según mis obras?

Cuanto más y mejor entiendas, tanto más gravemente serás juzgado si no vivieres santamente. Por esto no te envanezcas si posees alguna de las artes o ciencias; sino que debes temer del conocimiento que de ella se te ha dado. Si te parece que sabes mucho y bien, ten por cierto que es mucho más lo que ignoras. No quieras con presunción saber cosas altas; sino confiesa tu ignorancia. ¿Por qué te quieres tener en más que otro, hallándose muchos más doctos y sabios que tú en la ley? Si quieres saber y aprender algo provechosamente, desea que no te conozcan ni te estimen.

El verdadero conocimiento y desprecio de sí mismo, es altísima y doctísima lección. Gran sabiduría y perfección es sentir siempre bien y grandes cosas de otros, y tenerse y reputarse en nada. Si vieres a alguno pecar públicamente, o comentar culpas graves, no te debes juzgar por mejor que él, porque no sabes hasta cuando podrás perseverar en el bien. Todos somos frágiles, mas a nadie tengas por más frágil que tú.

Fuente: Tomás de Kempis, La imitación de Cristo

La multiplicación del Pan Eucarístico

 

Eucaristia 07  09

¡Qué gran milagro hizo Jesús al multiplicar cinco panes y dos peces, hasta satisfacer el hambre de cinco mil hombres y llenar doce cestos con las sobras de aquella comida! Pero ¿no es mil veces más grande el divino milagro Eucarístico? Ahora multiplica el Salvador, no un pan material para alimentar nuestros cuerpos, sino el Pan vivo, bajado del cielo para alimentar nuestras almas y que no es sino su sacratísima Persona adorada por las celestiales jerarquías. Se multiplica inmolándose cada día sobre millares de altares, aún más: permaneciendo en millones de hostias consagradas por las palabras del sacerdote. Y allí está prisionero bajo las más humildes apariencias para servirnos de alimento. ¡Prodigio incomprensible!

Allí, dice el Doctor Angélico, su cuerpo glorioso y su sangre adorable unidos a su alma y a su divinidad, nos preparan el banquete más augusto y sustancial que jamás pudo haber sido. Quien de él participe, asegura el mismo Jesús, no morirá espiritualmente, y tendrá sobre la tierra la vida de la gracia, y en el cielo la vida de la gloria (Jn 6, 52). «Cuando tú me recibes,decía el Señor a San Agustín, no eres tú quien me transformas y hace vivir por ti, sino yo soy quien te transformo y hago vivir por mí». Luego Jesús nos comunica su propia vida; su espíritu pasa a nosotros y nos dirige en nuestros caminos; su imaginación cura la nuestra enferma de disipación y le enseña el recogimiento; su divina voluntad ennoblece nuestros sentimientos, purifica nuestros afectos y eleva nuestros deseos por encima de lo creado, nos hace capaces de huir de toda infidelidad y nos ejercita en la práctica de todas las virtudes. Así, nos convertimos por la gracia, dice Ruperto, en lo que el Señor es por naturaleza, haciéndonos por tanto santos y agradables a los ojos de Dios. ¡Qué maravillosos los efectos del alimento Eucarístico y cuánto más grande este misterio que el milagro de la multiplicación de los panes! ¿No será quizá la prueba más decisiva que Jesús nos ha dado de su infinita caridad?

¡Oh divino Maestro!, concédeme que por ti ame a mi prójimo como tú me amaste, es decir, con fuerza y ternura, con constancia, con abnegación, multiplicándome en cierto modo para acudir en su ayuda, como tú, por mi salvación, has querido multiplicar tus tabernáculos. Haz que comprenda cuánto más admirable es en sí y en sus efectos el milagro de la Eucaristía, que el milagro de la multiplicación de los panes. Concédeme la gracia de apreciar como la más estupenda de todas las maravillas este divino don de la Eucaristía y que en ella encuentre siempre, al comulgar, el valor de consagrarme, a tu ejemplo, al servicio de Dios y de mi prójimo.

Fuente: Manual de Meditaciones, pp. 255s

El cántico del Verbo en el seno de la Divinidad y en la creación

 

Transfiguracion 03  06

La Transfiguracion

Como consecuencia de la Encarnación, “el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”: Et Verbum caro factum est et habitavit in nobis (Jn. 1, 14). Pero no olvidemos esta verdad que cantamos en los días de Navidad: al tomar la humanidad, el Verbo no se aminoró; quedó como es: Verbo eterno; y por consiguiente es la glorificación infinita de su Padre. Sin embargo, como unió, en la unidad de su Persona divina, a una naturaleza humana, esta santa humanidad entra, por el Verbo, en la participación de la obra de glorificación.

El Verbo Encarnado, Jesucristo, ha dicho: “Yo vivo para glorificar al Padre” (Jn. 6,58); toda mi actividad tiende a procurar la gloria de mi Padre. Esta actividad es de una naturaleza humana, glorifica a Dios de una manera humana; pero como emana de una “persona” divina, como se apoya sobre el Verbo, las alabanzas que tributa, aunque humanas en la expresión, son alabanzas del Verbo, y adquieren por esto un valor infinito.

Cuando Cristo rogaba, cuando recitaba los Salmos, cuando, como lo dice el Evangelio, pasaba la noche en oración, eran acentos humanos de un Dios los que se dejaba oír; de una absoluta simplicidad en la eternidad, el cántico del Verbo se multiplicaba, se detallaba en los labios de la humanidad. Así pues, este mismo cántico que desde toda la eternidad el Verbo hacía resonar en el santuario de la divinidad, se prolongó y fue cantado en la tierra de una manera humana, cuando el Verbo se encarnó. Y en adelante se prolongará sin fin en la creación; siempre la humanidad de Cristo cantará, con un cántico de expresión humana, pero de un precio inconmensurable y por consiguiente digno de Dios, la gloria del Padre.

Fuente: Dom Columba Marmion, Jesucristo ideal del monje.

Vida oculta de San José. Ocultarnos con Jesucristo. (II)

 

San Jose 21  59

San José carpintero

Pero, cristianos, ¿podremos explicar bien, por qué es necesario que Jesús se oculte, por qué este eterno esplendor de la faz del Padre celestial se cubre con una oscuridad voluntaria durante el espacio de treinta años? Ah, soberbio, ¿lo ignoras? Hombre mundano, ¿no lo sabes? Tu orgullo es su causa, es tu vanidoso deseo de aparecer, es tu infinita ambición y esta complacencia criminal que te hace desviar vergonzosamente hacia una perniciosa diligencia por agradar a los hombres cuando debe emplearse para agradar a tu Dios. 
Es por eso que Jesús se esconde, Él ve el desorden que produce este vicio; Él ve el daño, que esta pasión hace en las almas, las raíces que echa ahí y cuánto corrompe toda nuestra vida desde la infancia hasta la muerte: Él ve las virtudes ahogadas por este cobarde y vergonzoso temor por parecer prudente y devoto: Él ve los crímenes cometidos, o para acomodarse a la sociedad por una condenable complacencia, o para satisfacer la ambición, a la cual se sacrifica todo en el mundo.

Pero, fieles, eso no es todo: Él ve que este deseo de parecer destruye las virtudes más eminentes, haciéndolas equivocar, substituyendo la gloria del mundo en lugar de la del cielo, haciéndonos hacer por el amor de los hombres lo que se debe hacer por el amor de Dios. Jesucristo ve todos estos males causados por el deseo de aparentar y se esconde para enseñarnos a despreciar el ruido y el brillo del mundo. Él no cree que su cruz baste para domar esta furiosa pasión; Él elige, si es posible, una condición más baja y donde, de alguna manera, está más anonadado. 
Él no rehúsa esta ignominia; quiere sí que esta injuria sea agregada a todas las otras que ha sufrido, con tal de que ocultándose con José y con la bienaventurada María nos enseñe por este gran ejemplo, que si un día se exhibe al mundo, será por el deseo de sernos útil y por obedecer a su Padre; que, en efecto, toda la grandeza consiste en conformarse a las órdenes de Dios, de cualquier manera que le plazca disponer de nosotros: y, finalmente, que esa oscuridad a la cual tanto tememos, es tan ilustre y tan gloriosa, que puede ser elegida incluso por un Dios.

He aquí lo que nos enseña Jesucristo oculto con toda su humilde familia, con María y José, a quienes asocia a la oscuridad de su vida, porque le son muy queridos. Participemos pues con ellos, y ocultémonos con Jesucristo.

Fuente: Jacobo Benigno Bossuet, Sermones sobre San José.

Los dos modos de la operación divina (V)

 

Jesus en la Cruz 02  03

Jesús en la Cruz

V. Divino testimonio de amor. - No es muy difícil a la naturaleza reconocer en el gozo una sonrisa de Dios. Al alma a quien Dios consuela le parece que está contento de ella y ella está contenta de Él. Es indudable que el consuelo es, de parte de Dios, un testimonio de su amor. ¡Pero el sufrimiento!... ¡Ah, el sufrimiento!... ¡supremo misterio de amor! ¡El sufrimiento bajo todas sus formas, sufrimiento interior y exterior, sufrimiento del espíritu, del corazón y de los sentidos, es también un testimonio, todo divino, del amor de Aquel que tanto me ama!

Dios no me ama nunca tanto como cuando me destina un sufrimiento. Y es fácil convencerme de esto. Entre amigos, la prueba de afecto más concluyente, el más alto grado de amistad, es prestar a un amigo, por amor, un servicio que le será doloroso, pero necesario. Causar agrado, decir cosas lisonjeras y halagüeñas, todo esto no excede la altura ni la capacidad de los afectos más vulgares y necios; pero decir una verdad amarga, comunicar una desgracia abrumadora, pedir un sacrificio desgarrador, dar un consejo o hacer una advertencia desagradable, hacer todo esto como amigo y porque la amistad nos da, no solamente derecho, sino valor y fuerzas para ello, esto es la última palabra de la amistad. 
Pues así es como obra Dios conmigo. Dios se resigna a hacerme sufrir por amor: su amor le empuja, su amor le apremia a ello. Es una operación necesaria para la purificación y dilatación de mi vida, y su amor no le permite dejarme languidecer y marchitarme lejos de Él, sin recurrir a todos los medios para hacerme vivir en Él. ¡Hasta ese punto me ama! ¡Dios mío, cuán poco comprendo vuestro amor!

Fuente: José Tissot, La vida interior.

Imitar la vida de Cristo (I)

 

San Pablo de la Cruz 01  02

San Pablo de la Cruz

Extractos del libro Imitación de Cristo:

“Quien me sigue no anda en tinieblas, dice el Señor. Estas palabras son de Cristo, con las cuales nos exhorta a que imitemos su vida y costumbres, si queremos ser verdaderamente iluminados y libres de toda ceguedad del corazón. Sea pues todo nuestro estudio pensar en la vida de Jesús. 
La doctrina de Cristo excede a la de todos los santos; y el que tuviese su espíritu, hallará en ella maná escondido. Más acaece que muchos, aunque a menudo oigan el evangelio, gustan poco de él, porque no tienen el espíritu de Cristo. El que quiere pues, entender con placer y perfección las palabras de Cristo, procure conformar con Él toda su vida.

¿Qué te aprovecha disputar altas cosa de la Trinidad, si no eres humilde, y con esto desagradas a la Trinidad? Por cierto las palabras sublimes, no hacen al hombre santo ni justo; más la virtuosa vida le hace amable a Dios. Más deseo sentir la contrición que saber definirla. Si supieses toda la Biblia a la letra, y las sentencias de todos los filósofos, ¿qué te aprovecharía todo, sin la caridad y gracia de Dios? Vanidad de vanidades, y todo es vanidad sino amar y servir solamente a Dios. La suprema sabiduría consiste en aspirar a ir a los reinos celestiales por el desprecio del mundo. 
Luego, vanidad es buscar riquezas perecederas y esperar en ellas; también es vanidad desear honras y ensalzarse vanamente. Vanidad es seguir el apetito de la carne y desear aquello por donde después te sea necesario ser castigado gravemente. Vanidad es desear larga vida y no cuidar que sea buena. Vanidad es mirar solamente esta presente vida y no prever lo venidero. Vanidad es amar lo que tan presto se pasa y no buscar con solicitud el gozo perdurable”

Fuente: Tomás de Kempis, La imitación de Cristo