El Magnificat de María Santísima

 

Visitacion de la Virgen 03  03

Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador. Con estas palabras, María reconoce en primer lugar los dones singulares que le han sido concedidos, pero alude también a los beneficios comunes con que Dios no deja nunca de favorecer al género humano.

Se alegra en Dios su salvador el espíritu de aquel cuyo deleite consiste únicamente en el recuerdo de su creador, de quien espera la salvación eterna. 
Estas palabras, aunque son aplicables a todos los santos, hallan su lugar más adecuado en los labios de la Madre de Dios, ya que ella, por un privilegio único, ardía en amor espiritual hacia aquel que llevaba corporalmente en su seno. 
Ella con razón pudo alegrarse, más que cualquier otro santo, en Jesús, su salvador, ya que sabía que aquel mismo al que reconocía como eterno autor de la salvación había de nacer de su carne, engendrado en el tiempo, y había de ser, en una misma y única persona, su verdadero hijo y Señor.

Porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo. No se atribuye nada a sus méritos, sino que toda su grandeza la refiere a la libre donación de aquel que es por esencia poderoso y grande, y que tiene por norma levantar a sus fieles de su pequeñez y debilidad para hacerlos grandes y fuertes. 
Muy acertadamente añade: Su nombre es santo, para que los que entonces la oían y todos aquellos a los que habían de llegar sus palabras comprendieran que la fe y el recurso a este nombre había de procurarles, también a ellos, una participación en la santidad eterna y en la verdadera salvación, conforme al oráculo profético que afirma: Todo el que invoque el nombre del Señor se salvará, ya que este nombre se identifica con aquel del que antes ha dicho: Se alegra mi espíritu en Dios mi salvador. 
Por esto se introdujo en la Iglesia la hermosa y saludable costumbre de cantar diariamente este cántico de María en la salmodia de la alabanza vespertina, ya que así el recuerdo frecuente de la encarnación del Señor enardece la devoción de los fieles y la meditación repetida de los ejemplos de la Madre de Dios los corrobora en la solidez de la virtud. Y ello precisamente en la hora de Vísperas, para que nuestra mente, fatigada y tensa por el trabajo y las múltiples preocupaciones del día, al llegar el tiempo del reposo, vuelva a encontrar el recogimiento y la paz del espíritu.

Fuente: cf. Homilía de San Beda el Venerable, Oficio de Lecturas del día, Liturgia de las Horas

Orar confiadamente (I)

 

Virgen Maria 09  21b

En plena conciencia de nuestra pequeñez e indignidad (oración humilde), hemos de traspasar por la confianza los cielos.

Nuestra condición de hijos de Dios nos exige confiar. 
Jesús nos instruye en la doctrina de la confianza de una manera en extremo gráfica. «Si entre vosotros un hijo pide pan a su padre, ¿acaso le dará una piedra? Si le pide un pez, ¿le dará una serpiente? ¿O le dará un escorpión? Pues si vosotros, siendo malos como sois, sabés dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos!»

El sentido de las palabras de Cristo es claro. Si vosotros -dice-, siendo malos, no llegáis a la perversidad de engañar al hijo que pide con lágrimas en los ojos el precioso sustento, ¿cuáles serán las finezas de un Dios para con sus hijos? La argumentación no podía ser más apremiante. De ahí la consecuencia: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Hagamos actos de fe en la palabra divina.

Fuente: Joaquín Sánchis Alventosa, o.f.m., Misal Meditado, p. 809s

Venerable Montserrat Grases

 

Montserrat Grases 01  01

Venerable Montserrat Grases

María Montserrat Grases García —Montse— nació en Barcelona, el 10 de julio de 1941. Fue la segunda de los nueve hijos de Manuel Grases y Manolita García. Después de cursar el bachillerato, que alternó con los estudios de piano, ingresó en la Escuela Profesional para la Mujer de la Diputación de Barcelona. Le gustaban los deportes, la música, las danzas populares de su tierra —como las sardanas— y también disfrutaba actuando en obras de teatro. Tenía muchos amigos. 
Sus padres le enseñaron a tratar a Dios con confianza. En el hogar de los Grases, asimiló algunos de los rasgos distintivos de su carácter: la alegría, la sencillez, el olvido de sí y la preocupación por el bien material y espiritual de los demás. Con unas cuantas compañeras de su escuela, visitaba zonas pobres de la ciudad de Barcelona y daba catequesis a niños, a los que en ocasiones llevaba juguetes o caramelos. Tenía un temperamento vivaz, espontáneo, y sus reacciones a veces eran un poco bruscas, aunque sus familiares y profesores recuerdan que luchaba por dominarse y ser amable y jovial con todos. Sus padres la ayudaron a consolidar su vida espiritual y a luchar por vivir mejor las virtudes cristianas.

En 1954 Manolita animó a su hija Montse a frecuentar un centro del Opus Dei, Llar, que ofrecía formación cristiana y humana a chicas jóvenes. Poco a poco, se dio cuenta de que Dios la llamaba a este camino de la Iglesia y, el 24 de diciembre de 1957 —tras meditar, orar y pedir consejo—, solicitó ser admitida. A partir de entonces, se esforzó con mayor decisión y constancia en buscar la santidad en su vida cotidiana; en su lucha ascética puso en primer plano la contemplación de la vida de Jesús, la piedad eucarística, la devoción a la Virgen, una profunda humildad y el empeño por servir a los demás. También los partidos de baloncesto o de tenis eran para ella una ocasión de dedicarse al prójimo. Montse se esforzó por descubrir la voluntad divina en el cumplimiento de sus deberes y en el cuidado, por amor, de los pequeños detalles, y logró transmitir a muchos de sus parientes y amigos la paz que da vivir cerca de Dios.

Pronto empezó a sentir molestias en la pierna izquierda. Seis meses más tarde se descubrió que la causa era un cáncer (sarcoma de Ewing) en el fémur. Esta enfermedad le ocasionó dolores muy intensos, que aceptó con serenidad y con fortaleza. Mientras estuvo enferma, manifestó siempre una alegría contagiosa y una capacidad de hacer amigos que tenía origen en su amor por las almas. Acercó a Dios a muchas de sus amigas y compañeras de clase que iban a visitarla. Encontró a Jesús y a la Virgen en el dolor. Los que estuvieron cerca de ella fueron testigos de su progresiva unión con Dios y del modo en que Montse transformaba el sufrimiento en oración y en apostolado: en santidad. Una de sus amigas afirma que, cuando la veía rezar, palpaba su proximidad con Cristo. 
Murió el 26 de marzo de 1959, Jueves Santo, poco antes de cumplir los 18 años. Fue sepultada en el cementerio del Sudoeste de Barcelona. Numerosas personas manifestaron que su vida había sido heroica y ejemplar. Desde entonces, esta fama de santidad ha ido aumentando progresivamente, no solo en España sino en los cinco continentes. Fue declarada venerable el 26 de abril de 2016.

Fuente: opusdei.org

La Ascensión del Señor

 

Ascension 01  01

¡Oh Jesús, que subiste al cielo! Haz que también yo habite en el cielo con el corazón. 
El pensamiento central de la liturgia de este día consiste en levantar nuestros corazones al cielo, para comenzar a habitar espiritualmente allá donde Jesús nos ha precedido: «La Ascensión de Cristo, dice San León, es nuestra elevación; y el cuerpo tiene la esperanza de estar algún día allí donde le ha precedido su gloriosa Cabeza» (Breviario Romano). De hecho, ya en el discurso de la última Cena, había dicho el Señor: «Voy a prepararos un lugar. Y cuando me haya ido y preparado un lugar para vosotros, volveré de nuevo y os llevaré conmigo, para que donde Yo esté estéis también vosotros» (Jn. 14, 2-3). 
La Ascensión es por lo tanto una fiesta de alegre esperanza, de suave degustación del cielo: adelantándosenos Jesús, nuestra Cabeza, nos ha dado el derecho de seguirle algún día; más aún, podemos decir con San León «que con Cristo nosotros mismos hemos penetrado en lo más alto de los cielos» (Breviario Romano). Así como en Cristo crucificado hemos muerto al pecado y en Cristo resucitado hemos resucitado a la vida de la gracia, así en Él, ascendido al cielo, hemos subido también nosotros.

Esta vital participación en los misterios de Cristo es la gran consecuencia de nuestra incorporación a Él; siendo Él nuestra Cabeza y nosotros sus miembros, dependemos de Él totalmente y estamos íntimamente ligados a su suerte. «Dios, rico en misericordia -enseña San Pablo- por el gran amor que nos tenía... nos llamó a la vida en Cristo... nos ha resucitado en Jesucristo y nos ha sentado con Él en el cielo» (Ef. 2, 4-6). El derecho al cielo ya ha sido adquirido, el lugar está preparado, a nosotros toca vivir en el mundo de tal modo que un día merezcamos ocuparlo. Entre tanto, mientras dura la espera, debemos actualizar la hermosa petición que la liturgia pone en nuestros labios: «Concédenos, oh Dios omnipotente, que también nosotros habitemos en espíritu en la celestial mansión» (Colecta). «Donde está tu tesoro, allí está tu corazón» (Mt. 6, 21), dijo un día Jesús. Si Jesús es verdaderamente nuestro tesoro, nuestro corazón no puede estar sino en el cielo junto a Él. Este debe ser el gran anhelo del alma cristiana, tan bien expresado en el himno de las Vísperas de hoy: «¡Oh Jesús!, sé la meta de nuestros corazones, sé el consuelo de nuestras lágrimas, sé Tú el dulce premio de nuestra vida» (Breviario Romano).

“¡Oh Dios mío, Dios mío! ¡Oh Jesús mío! Tú te vas y nos dejas. ¡Oh, qué gozo habrá en el cielo! Pero nosotros nos quedamos aquí sobre la tierra. ¡Oh Verbo eterno! ¿Qué ha hecho por ti la criatura, por la cual has hecho tan grandes cosas y ahora subes al cielo para mayor gloria suya? Dime, ¿qué ha hecho por ti para que la ames tanto? ¿Qué le das? ¿Qué esperas de ella? La amas tanto que le das a ti mismo que eres el Todo y fuera de ti no hay cosa alguna. Quieres de ella todo su querer y saber, porque dándote esto, te da todo lo que tiene. ¡Oh sabiduría infinita! ¡Oh Bondad suma! ¡Oh Amor! ¡Oh Amor poco conocido, menos amado y por pocos poseído! ¡Oh ingratitud nuestra, razón de tanto mal! ¡Oh Pureza poco conocida y poco deseada! ¡Oh Esposo mío! ¡Oh Esposo mío, ahora que estás en el cielo con tu Humanidad, sentado a la diestra del Eterno Padre, crea en mí un corazón puro y renueva en mi seno un espíritu recto” (Santa María Magdalena de Pazzis).

Fuente: P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

¡Gracias! (I)

 

Gracias Senor 01  01b

1. Manera de decir gracias. - ¿De qué manera es preciso aceptar el sufrimiento? Digámoslo en seguida: con agradecimiento. Con agradecimiento digno, no con gozo: el gozo frecuentemente no depende de mí, Dios me lo da como recompensa; pero el agradecimiento depende siempre de mí. Al primer golpe de vista y para un alma que no está habituada puede parecer difícil llegar hasta el agradecimiento cuando somos víctimas de las acometidas del dolor; en realidad, creo que es más fácil decir un “gracias” con resolución que estar gimiendo con paciencia. Para eso es preciso un arranque de generosidad: digo un arranque, porque esto sólo se hace bien por un impulso del corazón. 
Cuando se presenta el sufrimiento, me determino a un acto muy breve, muy generoso: “¡Dios mío, gracias!”. Y esto es todo. No es preciso insistir sobre este acto ni de repetirlo muchas veces febrilmente, como para hacer arraigar violentamente en el alma, en seguida y de un modo permanente, un sentimiento de agradecimiento, no; debo contentarme con este acto, con ese “gracias” pronunciado con rapidez y con viveza. Cuando me hacéis un regalo, os digo sencilla y cordialmente “gracias”, y esto basta a mi gratitud y a vuestro favor, porque ese “gracias” os dice que mi amor ha reconocido vuestra generosidad. De igual modo debo portarme con Dios cuando se digna hacerme su gran regalo, el dolor. “¡Dios mío, gracias!”¡Cuánta elocuencia hay en este “gracias”!... Él dice a Dios que comprendo su acción y su amor: ¡una sola palabra entre amigos dice a veces tantas cosas!...

2. El río de gozo. - ¡Y qué efectos en mi alma! Parece que al saltar este “gracias” ha abierto una brecha en lo más profundo de ella. Pero esto pasa en tales profundidades que antes nunca hubiese sospechado que existiera semejante inmensidad en mi alma. Y aquí no tienen ya los sentidos participación alguna. En esas profundidades, antes ignoradas para mí (este “gracias”es quien me las revela), siento que, como por una hendidura misteriosa (se diría que este “gracias” es un golpe de lanceta que ha abierto esa hendidura), mana como una fuente hasta entonces ignorada; fuente que a veces de un solo golpe, a veces lentamente, llena las profundidades más íntimas. El alma es inundada de un agua sabrosa, de un gozo tan suave, tan tranquilo, tan penetrante, que ningún otro gozo que nos venga de fuera puede igualarse a él. 
Cualquiera que beba el agua de las alegrías exteriores tendrá otra vez sed; por el contrario, el que beba del agua profunda nunca jamás volverá a tener sed; antes el agua que yo le daré vendrá a ser dentro de él un manantial de agua viva que le manará sin cesar hasta la vida eterna(Jn. 4, 13). Este acto de agradecimiento es el que la hace manar... Del seno de aquel que cree en mí manarán, como dice la Escritura, ríos de agua viva (Jn. 7, 38). No, nada es comparable a esta suavidad; y cuando se ha gustado se comienza a comprender el gozo y la alegría de los santos en el sufrimiento. De ellos manaban torrentes de esta agua viva; bebían del torrente y por eso levantaban la cabeza triunfantes (cf. Salmo 109, 7). Sin duda el primer “gracias” no hará manar este río de gozo; pero lo que al principio no es más que un hilo imperceptible de agua no tarda en convertirse en arroyo, en torrente y aún en río caudaloso. Vosotros, todos los que sentís sed, venid a estas aguas (Is. 54, 1).

Fuente: José Tissot, La vida interior

Imitar la vida de Cristo (X)

 

El buen Pastor 09  24b

Extractos del libro La imitación de Cristo.

Señor, ¿qué confianza tengo yo en esta vida? ¿O cuál es mi mayor contento de cuanto hay debajo del cielo, sino Tú, Señor, mi Dios, cuyas misericordias no tienen número? ¿Adónde me fue bien sin Ti? ¿O cuándo me pudo ir mal estando Tú presente? Más quiero ser pobre por Ti, que rico sin Ti. Por mejor tengo peregrinar contigo en la tierra, que poseer sin Ti el Cielo. Donde Tú estás allí es el Cielo, y donde no estas allí es la muerte y el infierno. 
Yo no puedo confiar cumplidamente en alguno que me ayude con más oportunidad en las necesidades, sino en Ti solo, Dios mío. Tú eres mi esperanza y mi confianza, Tú mi consolador, y muy fiel en todas las cosas.

Todos buscan sus intereses, Tú buscas solamente mi salud y mi aprovechamiento, y todas las cosas me conviertes en bien. Aunque algunas veces me expongas a diversas tentaciones y adversidades, todo lo ordenas para mi provecho, porque sueles de mil modos probar a tus elegidos. No menos debes ser loado cuando me pruebas, que si me colmases de consolaciones celestiales. 
En Ti, pues, Señor Dios, pongo yo toda mi esperanza y mi refugio, en Ti pongo toda mi tribulación y mi angustia, porque todo lo que miro fuera de Ti, todo lo veo flaco y deleznable. Porque no me aprovecharán los muchos amigos, ni me podrán ayudar los defensores valientes, ni los consejeros discretos me darán respuesta provechosa, ni los libros de los doctores me podrán consolar, ni algún lugar retirado y seguro defender, si Tú mismo no estás presente, y me ayudas, me esfuerzas, consuelas, enseñas y guardas.

A Ti, Señor, levanto mis ojos, en Ti confío, Dios mío, Padre de misericordias. Bendice y santifica mi alma con bendición celestial, para que sea morada santa tuya, y silla de tu gloria eterna, y no haya en el templo de tu dignidad cosa que ofenda los ojos de Su Majestad. Mírame según la grandeza de tu bondad, y según la multitud de tus misericordias, y oye la oración de este pobre siervo tuyo, desterrado tan lejos en la región de la sombra de la muerte. Defiende y conserva el alma de éste tu pequeño esclavo, entre tantos peligros de esta vida corruptible; y acompañándola tu Gracia, guíala por la carrera de la paz a la Patria de la perpetua claridad. Amén.

Fuente: Tomás de Kempis, La imitación de Cristo, L. III, c. LIX, ed. Lumen.

Nuestra vocación patriótica

 

Cabildo 01  01

No hemos nacido aquí por casualidad. Si Dios quiso, para Dios es su Plan infinito; todo es Providencia y todo está previsto, si Dios quiso que yo naciera en este lugar del mundo, en este rincón del mundo, en este rincón del hemisferio sur; si Dios quiso que yo naciera en este tiempo y no en otro tiempo, o en este siglo y no en otro siglo, o en esta parte del siglo y no en la otra, todo ello no es casualidad. Dios, que se preocupa hasta de los mínimos detalles de mi existencia, no me arrojó al mundo como quien tira por casualidad una pelota para ver adónde va a caer, sino que en la Providencia de Dios estuvo el que yo naciera y que yo me hiciera presente en el mundo en medio de estas determinadas coordenadas espacio-temporales que me ubican en este siglo, que me ubican en este lugar del mundo que se llama República Argentina.

Eso también está dentro del Plan de Dios y al estar dentro del Plan de Dios, eso también marca mi vocación, esto también marca mi misión, eso también marca aquello que la Providencia de Dios tiene pensado sobre mí, no es indiferente el que Dios me haya puesto en un lugar o en otro, porque eso de alguna manera me condiciona, de alguna manera me forma. Los que hablan de universalismo, dice por ahí el Padre Castellani, dicen: «Mi Patria es el mundo», pero si uno los trasladara a la China o al Congo, que también son parte del mundo, al poco tiempo llorarían de emoción si sienten hablar a alguien castellano o cuando sienten que alguien toca, qué sé yo, un tango, una zamba, o pongámosle, una chamarrita. Mi Patria es el mundo, pero en la otra punta del mundo extrañarían ciertamente este pedazo, este terruño, aquello donde han nacido. 
Porque uno, aun cuando racionalmente quisiera renegar de su Patria, no puede renegar de su herencia, no puede renegar de su sangre, de su lengua, de la tierra en que ha nacido, no puede renegar de sus padres, no puede renegar de aquello que lo constituye física y espiritualmente y que le penetra hasta por el aire que respira. Es amarla entonces, sí, con un amor cristiano, que no supone exclusiones, que no supone un amor cerrado, que no niega sino que al contrario, es mediador, único mediador terreno para ese amor universal.

Y ese amor, como alguna vez lo hemos señalado, tiene también dos aspectos: por una parte, ese amor es amor de complacencia; y el amor de complacencia es el amor más sensible de la Patria y el que mira sobre todo a su pasado. La emoción que uno puede sentir en el folklore, en la historia, en las tradiciones de la Patria, en aquello que es típico o propio de nuestro terruño o de nuestro pueblo; la emoción que uno puede sentir cuando contempla un paisaje, sobre todo cuando contempla un paisaje que le es querido por muchos motivos. Y todo aquello que hace para nosotros el contorno físico o el contorno humano sensible de nuestra Patria. Todo esto es el amor sensible. 
Pero luego hay otro amor, y es ese amor que mira hacia el futuro. Existe ese amor que mira a la Patria no solamente como la tierra sino como la comunidad de hombres que viven en esta tierra y que teniendo una herencia común en el pasado, en la historia, en la religión, en la cultura, en la raza, tiene un destino común de Patria.

Y este amor, que mira a la Patria en su presente o en su futuro, no es tanto un amor sensible como aquél que se complace en el folklore o en el terruño, sino que es un amor crítico. Es un amor a veces dolorido. Lo expresa este dolor el Padre Castellani cuando dice: «De las ruinas de este país que llevo edificado sobre mis espaldas, cada minuto me cae un ladrillo al corazón. Y ¡ay de mí! Dios me ha hecho el órgano sensible de todas las vergüenzas de mi Patria y en particular de cada alma que se desmorona». Esto nos muestra hasta qué punto ese amor, sin dejar de ser sensible, puede ser un amor crítico. 
O sea, amar la Patria no es solamente complacerse sino condolerse en esta realidad de la Patria, donde hay tanta miseria, donde hay tanta corrupción, tanta cobardía, donde hay tanta estupidez, tanta traición, tanta injusticia. 
Es un amor crítico. Es como el amor del que ama al enfermo para llevarlo a curar, o el amor del que ama al pecador para enderezarlo en el camino.

Fuente: P. Alberto Ezcurra. Sermón pronunciado en el Seminario de Paraná, Entre Ríos, el 25 de mayo de 1981. Cf. Ezcurra Alberto, Sermones Patrióticos, Cruz y Fierro Editores.

María, auxilio de los cristianos (IV)

 

San Juan Bosco 06  39

“En esta próxima fiesta de María Auxiliadora, si viniesen a veros y, si no vienen, escribiéndoles una carta, o dándoles recado en familia, decidles de mi parte: -Don Bosco os asegura que si queréis obtener alguna gracia espiritual, recéis a la Virgen con esta jaculatoria: María Auxilium Christianorum, ora pro nobis, y seréis escuchados. 
Se entiende que se rece con las condiciones que ha de tener toda oración. 
Si no sois escuchados, haréis un favor a Don Bosco escribiéndole. 
Si yo llego a saber que uno de vosotros ha rezado bien, pero en vano, escribiré inmediatamente una carta a San Bernardo diciéndole que se equivocó cuando dijo: “Acuérdate oh Madre Santa, que jamás se oyó decir que alguno te haya invocado sin tu auxilio recibir”... 
Pero, podéis estar seguros de que no ocurrirá que tenga que escribir una carta a san Bernardo. 
Y, si tal me ocurriese, entonces el santo Doctor sabrá encontrar en seguida algún defecto en la oración del suplicante…

Haced, pues, la prueba que os he dicho y si no sois escuchados no encontraremos dificultad en enviar una carta a san Bernardo. 
Bromas aparte, os repetiré que al fin de esta novena que todavía está en curso, grabéis en vuestro corazón estas palabras: María, Auxilium Christianorum, ora pro me, y las recéis en todo peligro, en toda tentación, en toda necesidad y siempre; y que pidáis también a María Auxiliadora la gracia de poder invocarla. 
Y yo os prometo que el demonio fracasará. 
¿Sabéis qué quiere decir que el demonio fracasará? Quiere decir que no tendrá ningún poder sobre vosotros, no logrará nunca haceros cometer un pecado, y tendrá que batirse en retirada. Mientras tanto, en el santo sacrificio y en los otros ejercicios piadosos, yo os recomendaré a todos al Señor para que os ayude, os bendiga, os proteja y os conceda sus gracias por medio de María Santísima.”

Fuente: Palabras dadas por Don Bosco a sus alumnos el 20 de mayo de 1877.

Venerable Isidoro Zorzano

 

Vble. Isidoro Zorzano Ledesma 01  01

Venerable Isidoro Zorzano

Isidoro Zorzano nació en Buenos Aires el 13 de septiembre de 1902. A los tres años se trasladó a Logroño (España). Durante su adolescencia conoció a S. Josemaría Escrivá en el instituto, quien también vivía en Logroño con su familia. En 1927 terminó sus estudios de Ingeniería Industrial y trabajó en un astillero de Cádiz y posteriormente en otros proyectos en Málaga (España). Fue entonces cuando comenzó a sentir una profunda inquietud espiritual.

Durante la Guerra Civil española asistió a muchas personas, proporcionándoles provisiones, alimentos y ayuda espiritual. Puso de manifiesto su amor a la Eucaristía: a pesar de las restricciones, proporcionaba a San Josemaría y a otros sacerdotes el pan y el vino para que pudieran celebrar la Misa en la clandestinidad, guardaba las sagradas formas para que comulgaran los refugiados y facilitaba a los conocidos la asistencia a la celebración eucarística. Para ayudar a todas esas personas, se amparaba en su condición de extranjero, precariamente documentada con su partida de nacimiento en Buenos Aires, pese al peligro que eso suponía porque podía ser arrestado y ejecutado en cualquier momento. Terminada la guerra, Isidoro trabajó en la Compañía Nacional de Ferrocarriles del Oeste. Además, San Josemaría lo nombró administrador de las obras de apostolado del Opus Dei. Desempeñó ese encargo con disponibilidad, humildad y sin perder la paz ante las dificultades económicas.

Isidoro meditaba detenidamente la vida de Cristo, acudía a la santísima Virgen con afecto filial, manifestaba su amor a Dios en el servicio a los demás y en el cuidado de las cosas pequeñas. 
A comienzos de 1943 le diagnosticaron una linfogranulomatosis maligna. Sobrellevó la dolorosa enfermedad con fortaleza y abandono en la voluntad de Dios. 
Una de las enfermeras que le asistió declaró: «Nunca necesitaba nada; para él todo estaba bien; nunca se quejó». Falleció con fama de santidad el 15 de julio de ese mismo año, a la edad de cuarenta años, y fue enterrado en el cementerio de La Almudena. «Era frecuente entre nosotros -relata uno de sus compañeros en los Ferrocarriles del Oeste- cuando hablábamos de unos y otros jefes el decir: “Don Isidoro es un santo”». Fue declarado venerable el 21 de diciembre de 2016.

Fuente: cfr. aciprensa.com

Santa Rita, una santa sencilla

 

Santa Rita 01  01

Santa Rita de Cascia

El 10 de febrero de 1982, con motivo del sexto centenario de su nacimiento, el Papa Juan Pablo II envió una carta al arzobispo de Spoleto y obispo de Norcia, en la que dice: ¿Por qué Rita es santa? No tanto por la fama de los prodigios que la devoción popular atribuye a la eficacia de su intercesión ante Dios omnipotente, sino por la maravillosa normalidad de su existencia vivida por ella, primero como esposa y madre, y después como viuda y religiosa agustina. 
El año 2000, al celebrar los cien años de su canonización, llevaron los restos mortales de santa Rita los días 19 y 20 de mayo ante el Papa, quien en la plaza de san Pedro ante 70.000 personas, dijo: Me complace hoy, cien años después de su canonización, volver a proponerla como signo de esperanza a las familias. Queridas familias cristianas, imitando su ejemplo, encontrad también vosotras en la adhesión a Cristo, la fuerza para cumplir vuestra misión al servicio de la civilización del amor... A cada uno de vosotros, queridos devotos y peregrinos, santa Rita os entrega su rosa: Al recibirla espiritualmente, comprometeos a vivir como testigos de una esperanza que no defrauda y como mensajeros de la vida que vence a la muerte.

El Papa la propone como signo de esperanza para las familias que están en problemas. Ella supo superar grandes dificultades y soportar grandes sufrimientos, pero Dios la enalteció, poniéndola como modelo y haciendo grandes milagros por su intercesión. El padre Trapè, ex-general de la Orden agustiniana, dice: S. Rita no es una santa que haya escrito libros de alta espiritualidad ni ha fundado obras de caridad a las que quedase ligado su nombre. Y, sin embargo, esta santa del silencio y de la aparente inactividad, que pasó 40 años en el monasterio, esta santa, que humanamente hablando, no tenía nada de atrayente, es amada por el pueblo que la siente cercana y confía en su intercesión.

Ella es la santa del silencio, la que supo compartir con Jesús los sufrimientos de su Pasión, ofreciéndose como víctima por la salvación de los demás, llevando durante 15 años una espina de su corona. Ella supo perdonar a los asesinos de su esposo como Cristo nos enseñó. Ella siempre buscó la paz y la concordia entre todos. Ella nos enseña a confiar siempre en Dios, pase lo que pase, y a saber decir con el Salmista: Aunque pase por un valle de tinieblas, no temeré mal alguno, porque Tú (Señor) estás conmigo (Sal 22). Y ella nos invita a escuchar siempre las palabras de Jesús a Jairo; palabras que Jesús nos dice también a cada uno en los momentos difíciles de la vida: No tengas miedo, solamente confía en Mí. (Mc 5, 36). 
Santa Rita, una santa sencilla, que pasó por los estados de hija, madre, esposa, viuda y religiosa, es un buen ejemplo, especialmente para las mujeres, en cualquiera de esos estados. Pero también lo es para todo cristiano que quiera vivir su vida cristiana en plenitud con una entrega total al servicio de Dios y de los demás. Ella lo dio todo por Dios. ¿Qué eres capaz de dar tú por Él?

Fuente: cfr. P. Ángel Peña OAR, Santa Rita, vida y milagros