Sermón del P. Ezcurra sobre la Bandera (I)

 

Izamiento en Moody Brook 01 01

Izamiento en Moody Brook

Hoy es el día de la Bandera y la Bandera es el símbolo de esa realidad que amamos y por la cual rogamos, que es la Patria. El símbolo es aquello que representa algo. Es algo que puede ser constituido por los hombres, pero sin embargo es una cosa muy seria. Nos basta pensar solamente que la cruz es el símbolo de nuestra Fe cristiana y católica, y nos hace referencia a la tragedia del pecado y al amor inmenso de Cristo que muere en la cruz para salvarnos. 
La cruz antes de Cristo era un símbolo de ignominia, era la peor condena que se podía dar a los delincuentes, pero cuando Cristo muere en la cruz cargando sobre sus espaldas nuestros pecados -Cristo muriendo en la cruz nos salva- la cruz se transforma en el símbolo de la salvación. Y cuando nosotros miramos una Cruz, a través de ella adoramos a Dios y nosotros hacemos sobre nosotros mismos la Señal de la Santa Cruz. La Cruz es un símbolo y es una cosa seria, es una cosa sagrada, representa a Cristo, la Fe de Cristo, nuestra condición de cristianos. La señal del cristiano es la Santa Cruz, aprendíamos en el Catecismo.

Y así como la Cruz es símbolo de la Fe de la Iglesia de Cristo, la Bandera es un símbolo de esa realidad humana que Dios quiso para nosotros que es la Patria. Es un símbolo, y un símbolo que está por encima de cualquier otro símbolo. Muchas veces hemos afirmado aquí que la Patria está por encima de las divisiones de clases y de las divisiones de partidos y de cualquier otra división. Porque el Bien Común de la Patria está por encima, tiene que estar por encima de todos los intereses particulares. 
Puede haber símbolos que enfrentan a los hombres, que los distinguen, que los dividen. Los hombres se dividen a veces por banderías políticas y tienen un símbolo que los distingue; a veces hasta en el deporte, los colores, el escudo, el distintivo, es un símbolo que está representando a ese club. Pero por encima de los distintos colores de boinas o de distintivos políticos, por encima de las diversas camisetas de los clubes, por encima de todos aquellos símbolos de realidades menores, está la Bandera que es el único símbolo que une a todos los argentinos en una empresa común, en la cual Dios nos quiere. Y esa empresa común es la Patria.

Decíamos que el símbolo es algo que hacen los hombres. Pero los hombres para hacerlo tienen algún motivo, y... ese símbolo que ha sido elegido pudo a lo mejor ser de otro color, de otra forma, pero ese símbolo que ha sido elegido se une a la historia de una Patria. Y van pasando los siglos, los años, va pasando el tiempo y ya no se puede decir de ese símbolo: “se puede cambiar”, “es sólo un pedazo de trapo”, “es algo que podría ser distinto”. No. ¿Por qué? Porque cuando ese símbolo ha pasado a ser el distintivo de una Nación y de una historia, ese símbolo de alguna manera va siendo consagrado por los hombres. Por los hombres en el cual mirándolo se reconocen, por los hombres que han derramado su sangre para defender ese símbolo sabiendo que defendían a la Patria, por los hombres que han prestado por generaciones y generaciones el juramento, por los que han sentido un día en su corazón la emoción al ver la Bandera que se iza en la mañana en el patio de la escuela, o en el mástil del cuartel. El símbolo que une a los argentinos por encima de cualquier otra cosa, el símbolo que, como decíamos, dependiendo de quienes han derramado su sangre, ya no es algo accidental, ya es algo importante, es algo que va unido de manera profunda a la historia de una Patria.

Fuente: P. Alberto Ezcurra, Sermón en el día de la Bandera

 

Fiesta del Nacimiento de San Juan Bautista

 

San Juan Bautista 02 03

El día 24 de junio celebra la Iglesia la fiesta de la Natividad de San Juan Bautista, quien fue el Precursor de Jesucristo. 
Él fue llamado Precursor de Jesucristo porque Dios le envió para anunciar a los judíos la venida de Jesucristo y para prepararlos a que lo recibiesen.

La Iglesia honra con fiesta especial el nacimiento de San Juan Bautista porque este nacimiento fue santo y trajo al mundo una santa alegría. No nació en pecado como los demás hombres, porque fue santificado en las entrañas de su madre Santa Isabel, a la presencia de Jesucristo y de la Santísima Virgen. 
El mundo se alegró con el nacimiento de San Juan Bautista porque indicaba estar próxima la venida del Mesías.

Dios mostró a San Juan Bautista en su nacimiento como Precursor de Jesucristo con varios milagros y principalmente con éste: que su padre Zacarías recobró el habla perdido y prorrumpió en aquel cántico: Bendito el Señor Dios de Israel, con que dio gracias al Señor por el cumplimiento de la promesa hecha a Abraham de enviar al Salvador y se alegró con su propio hijo de que fuese el Precursor.

San Juan Bautista, desde sus primeros años, se retiró al desierto, donde pasó la mayor parte de su vida, y juntó constantemente a la inocencia de costumbres la más austera penitencia. 
Fue degollado por orden de Herodes Antipas, por la santa libertad con que había reprendido la vida escandalosa de este príncipe.

En San Juan Bautista hemos de imitar: 1.º, el amor al retiro, a la humildad y a la mortificación; 2.º, el celo por hacer conocer y amar a Jesucristo; 3.º, su fidelidad con Dios, prefiriendo su gloria y la salvación del prójimo a los respetos humanos.

Fuente: Cfr. San Pío X, Catecismo Mayor, Ed. Magisterio Español, 3ª ed. 1973, pp. 161s

Escritos de Santa Margarita sobre el Sagrado Corazón de Jesús (III)

 

Sagrado Corazon 19 32b

“Mas volviendo a lo que desea respecto del Sagrado Corazón, la primera gracia que me parece haber recibido con relación a él, fue un día de San Juan Evangelista. Después de haberme hecho reposar muchas horas en aquel sagrado pecho, recibí de este amable Corazón varias gracias cuyo recuerdo me enajena, y que no creo necesario especificar, si bien conservaré toda mi vida su recuerdo e impresión. 
Después de esto, se me presentó el Corazón Divino como en un trono de llamas, más ardiente que el sol, y transparente como un cristal, con su adorable llaga. Estaba rodeado de una corona de espinas que representaban las punzadas que nuestros pecados le inferían; y una cruz encima significaba que desde los primeros instantes de su Encarnación, es decir, desde que fue formado este Sagrado Corazón, fue implantada en Él la cruz. Desde aquellos primeros momentos se vio lleno de todas las amarguras que debían causarle las humillaciones, pobreza, dolor y desprecio que su Sagrada Humanidad debió sufrir durante todo el curso de su vida y en su Sagrada Pasión.

Me hizo ver que el ardiente deseo que tenía de ser amado de los hombres y de apartarlos del camino de la perdición, adonde Satanás los precipitaba en tropel, le había hecho formar el designio de manifestar su Corazón a los hombres con todos los tesoros de amor, de misericordias, de gracia, de santificación y de salvación que contiene. A todos aquellos que quisieran tributarle y procurarle todo el amor, honor y gloria que esté en su poder, los enriquecerá con abundancia y profusión con esos Divinos tesoros del Corazón de Dios, que es la fuente de ellos. 
Pero es preciso honrarle bajo la figura de ese Corazón de carne, cuya imagen quería que se expusiera y que llevara yo sobre mi corazón, para grabar en él su amor, llenarlo de todos los dones de que él estaba lleno, y destruir todos sus movimientos desarreglados. Y donde quiera que esta imagen fuese expuesta para ser honrada, derramaría sus gracias y bendiciones.

Esta devoción era como un supremo esfuerzo de su amor que quería favorecer a los hombres en estos últimos tiempos con esta redención amorosa, para sacarlos del imperio de Satán que Él pretendía arruinar parar colocarnos bajo la dulce libertad del imperio de Su Amor, el cual quería restablecer en los corazones de todos los que quisieran abrazar esta devoción. 
Luego me dijo este Soberano de mi alma: he ahí los designios para los cuales te he escogido y hecho tantos favores. Yo he tenido cuidado muy particular de ti desde la cuna: no me he hecho tu maestro y tu director más que para disponerte para el cumplimiento de este gran designio, y para confiarte este gran tesoro que te muestro aquí al descubierto. Entonces, prosternándome en tierra, le dije con Santo Tomás: ¡Señor mío y Dios mío! Pero no puedo expresar lo que entonces sentía, pues no sabía si estaba en el cielo o en la tierra.

Fuente: José María Sáes de Tejada S.J., Vida y obras de Santa Margarita. Primera parte: Cartas. Editorial Apostolado Mariano, Sevilla.

San Antonio de Padua por Benedicto XVI (III)

 

San Antonio de Padua 07  23

Escribe san Antonio: "La caridad es el alma de la fe, hace que esté viva; sin el amor, la fe muere". 
Sólo un alma que reza puede avanzar en la vida espiritual: este es el objeto privilegiado de la predicación de san Antonio. Conoce bien los defectos de la naturaleza humana, nuestra tendencia a caer en el pecado; por eso exhorta continuamente a luchar contra la inclinación a la avidez, al orgullo, a la impureza y, en cambio, a practicar las virtudes de la pobreza, la generosidad, la humildad, la obediencia, la castidad y la pureza. A principios del siglo XIII, en el contexto del renacimiento de las ciudades y del florecimiento del comercio, crecía el número de personas insensibles a las necesidades de los pobres. Por ese motivo, san Antonio invita repetidamente a los fieles a pensar en la verdadera riqueza, la del corazón, que haciéndonos ser buenos y misericordiosos nos hace acumular tesoros para el cielo. "Oh ricos -así los exhorta- haced amigos... a los pobres, acogedlos en vuestras casas: luego serán ellos, los pobres, quienes os acogerán en los tabernáculos eternos, donde existe la belleza de la paz, la confianza de la seguridad, y la opulenta serenidad de la saciedad eterna".

San Antonio, siguiendo la escuela de san Francisco, pone siempre a Cristo en el centro de la vida y del pensamiento, de la acción y de la predicación. Este es otro rasgo típico de la teología franciscana: el cristocentrismo. Contempla de buen grado, e invita a contemplar, los misterios de la humanidad del Señor, el hombre Jesús, de modo particular el misterio de la Natividad, Dios que se ha hecho Niño, que se ha puesto en nuestras manos: un misterio que suscita sentimientos de amor y de gratitud hacia la bondad divina.

Benedicto XVI, Audiencia general del miércoles 10 de febrero de 2010

Corpus Christi

 

Corpus Christi 04  06

Dios utilizó a santa Juliana de Mont Cornillon para propiciar la fiesta del Corpus Christi. La santa desde joven, tuvo una gran veneración al Santísimo Sacramento, y siempre añoraba que se tuviera una fiesta especial en su honor. Este deseo se dice haberse intensificado por una visión que ella tuvo de la Iglesia bajo la apariencia de luna llena con una mancha negra, que significaba la ausencia de esta solemnidad. Ella le hizo conocer sus ideas a Roberto de Thorete, el entonces obispos de Liège, también al docto Dominico Hugh, más tarde cardenal legado de los Países Bajos; a Jacques Pantaleón, en ese tiempo archidiácono de Liège, después obispo de Verdun, Patriarca de Jerusalén y, finalmente, Papa Urbano IV. 
El obispo Roberto se impresionó favorablemente y como en ese tiempo los obispos tenían el derecho de ordenar fiestas para sus diócesis, invocó un sínodo en 1246 y ordenó que la celebración se tuviera el año entrante; también el Papa ordenó, que un monje de nombre Juan debía escribir el oficio para esa ocasión. El decreto está preservado en Binterim junto con algunas partes del oficio. El obispo Roberto no vivió para ver la realización de su orden, ya que murió el 16 de octubre de 1246, pero la fiesta se celebró por primera vez por los cánones de San Martín en Liège.

Jacques Pantaleón llegó a ser Papa el 29 de agosto de 1261. La ermitaña Eva, con quien Juliana había pasado un tiempo y quien también era ferviente adoradora de la Santa Eucaristía, le insistió a Enrique de Guelders, obispo de Liège, que pidiera al Papa que extendiera la celebración al mundo entero. Urbano IV, siempre siendo admirador de esta fiesta, publicó la bula “Transiturus” el 8 de septiembre de 1264, en la cual, después de haber ensalzado el amor de nuestro Salvador expresado en la Santa Eucaristía, ordenó que se celebrara la solemnidad de “Corpus Christi” en el día jueves después del domingo de la Santísima Trinidad, al mismo tiempo otorgando muchas indulgencias a todos los fieles que asistieran a la santa misa y al oficio. 
Este oficio, compuesto por el doctor angélico, Santo Tomás de Aquino, por petición del Papa, es uno de los más hermosos en el breviario Romano. La muerte del Papa Urbano IV (el 2 de octubre de 1264), un poco después de la publicación del decreto, obstaculizó que se difundiera la fiesta. Pero el Papa Clemente V tomó el asunto en sus manos y en el concilio general de Viena (1311), ordenó una vez más la adopción de esta fiesta. Publicó un nuevo decreto incorporando el de Urbano IV. Juan XXII, sucesor de Clemente V, instó su observancia. Luego las procesiones con el Santísimo fueron dotadas de indulgencias por los Papas Martín V y Eugenio IV y se hicieron bastante comunes a partir del siglo XIV.

En algunos países la solemnidad se celebra el domingo después de la Solemnidad de la Santísima Trinidad. 
El Concilio de Trento declara que muy piadosa y religiosamente fue introducida en la Iglesia de Dios la costumbre, que todos los años, determinado día festivo, se celebre este excelso y venerable sacramento con singular veneración y solemnidad, y reverente y honoríficamente sea llevado en procesión por las calles y lugares públicos. En esto los cristianos atestiguan su gratitud y recuerdo por tan inefable y verdaderamente divino beneficio, por el que se hace nuevamente presente la victoria y triunfo de la muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

Fuente: cf. corazones.org

San Antonio de Padua por Benedicto XVI (II)

 

San Antonio de Padua 06  11

Elegido superior provincial de los Frailes Menores del norte de Italia, continuó el ministerio de la predicación, alternándolo con las funciones de gobierno. Cuando concluyó su cargo de provincial, se retiró cerca de Padua, donde ya había estado otras veces. Apenas un año después, el 13 de junio de 1231, murió a las puertas de la ciudad. Padua, que en vida lo había acogido con afecto y veneración, le tributó para siempre honor y devoción. El propio Papa Gregorio IX, que después de haberlo escuchado predicar lo había definido "Arca del Testamento", lo canonizó apenas un año después de su muerte, en 1232, también a consecuencia de los milagros acontecidos por su intercesión.

En el último período de su vida, san Antonio puso por escrito dos ciclos de "Sermones", titulados respectivamente "Sermones dominicales" y "Sermones sobre los santos", destinados a los predicadores y a los profesores de los estudios teológicos de la Orden franciscana. En ellos comenta los textos de la Escritura presentados por la liturgia, utilizando la interpretación patrístico-medieval de los cuatro sentidos: el literal o histórico, el alegórico o cristológico, el tropológico o moral y el anagógico, que orienta hacia la vida eterna. Hoy se redescubre que estos sentidos son dimensiones del único sentido de la Sagrada Escritura y que la Sagrada Escritura se ha de interpretar buscando las cuatro dimensiones de su palabra. Estos sermones de san Antonio son textos teológico-homiléticos, que evocan la predicación viva, en la que san Antonio propone un verdadero itinerario de vida cristiana. La riqueza de enseñanzas espirituales contenida en los "Sermones" es tan grande, que el venerable Papa Pío XII, en 1946, proclamó a san Antonio Doctor de la Iglesia, atribuyéndole el título de "Doctor evangélico", porque en dichos escritos se pone de manifiesto la lozanía y la belleza del Evangelio; todavía hoy podemos leerlos con gran provecho espiritual.

En estos sermones, san Antonio habla de la oración como de una relación de amor, que impulsa al hombre a conversar dulcemente con el Señor, creando una alegría inefable, que suavemente envuelve al alma en oración. San Antonio nos recuerda que la oración necesita un clima de silencio que no consiste en aislarse del ruido exterior, sino que es una experiencia interior, que busca liberarse de las distracciones provocadas por las preocupaciones del alma, creando el silencio en el alma misma. Según las enseñanzas de este insigne Doctor franciscano, la oración se articula en cuatro actitudes indispensables que, en el latín de san Antonio, se definen: obsecratio, oratio, postulatio, gratiarum actio. Podríamos traducirlas así: abrir confiadamente el propio corazón a Dios; este es el primer paso del orar, no simplemente captar una palabra, sino también abrir el corazón a la presencia de Dios; luego, conversar afectuosamente con él, viéndolo presente conmigo; y después, algo muy natural, presentarle nuestras necesidades; por último, alabarlo y darle gracias. 
En esta enseñanza de san Antonio sobre la oración observamos uno de los rasgos específicos de la teología franciscana, de la que fue el iniciador, a saber, el papel asignado al amor divino, que entra en la esfera de los afectos, de la voluntad, del corazón, y que también es la fuente de la que brota un conocimiento espiritual que sobrepasa todo conocimiento. De hecho, amando conocemos.

Benedicto XVI, Audiencia general del miércoles 10 de febrero de 2010

 

Símbolo de San Atanasio

 

Santisima Trinidad 05  27

Ofrecemos el texto completo del Símbolo o Credo de San Atanasio, en el cual se expone de manera más detallada este misterio.

Antífona. Gloria a ti, Trinidad igual, única Deidad, antes de los siglos, y ahora, y siempre. (T. P. Aleluya). 
1. Todo el que quiera salvarse, es preciso ante todo que profese la fe católica: 
2. Pues quien no la observe íntegra y sin tacha, sin duda alguna perecerá eternamente. 
3. Y ésta es la fe católica: que veneremos a un solo Dios en la Trinidad santísima y a la Trinidad en la unidad. 
4. Sin confundir las personas, ni separar la sustancia. 
5. Porque una es la persona del Padre, otra la del Hijo y otra la del Espíritu Santo. 
6. Pero el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son una sola divinidad, les corresponde igual gloria y majestad eterna. 
7. Cual es el Padre, tal es el Hijo, tal el Espíritu Santo. 
8. Increado el Padre, increado el Hijo, increado el Espíritu Santo. 
9. Inmenso el Padre, inmenso el Hijo, inmenso el Espíritu Santo. 
10. Eterno el Padre, eterno el Hijo, eterno el Espíritu Santo. 
11. Y, sin embargo, no son tres eternos, sino un solo eterno. 
12. De la misma manera, no tres increados, ni tres inmensos, sino un increado y un inmenso. 
13. Igualmente omnipotente el Padre, omnipotente el Hijo, omnipotente el Espíritu Santo. 
14. Y, sin embargo, no tres omnipotentes, sino un omnipotente. 
15. Del mismo modo, el Padre es Dios, el Hijo es Dios, el Espíritu Santo es Dios. 
16. Y, sin embargo, no son tres Dioses, sino un solo Dios. 
17. Así, el Padre es Señor, el Hijo es Señor, el Espíritu Santo es Señor. 
18. Y, sin embargo, no son tres Señores, sino un solo Señor. 
19. Porque así como la verdad cristiana nos obliga a creer que cada persona es Dios y Señor, la religión católica nos prohíbe que hablemos de tres Dioses o Señores. 
20. El Padre no ha sido hecho por nadie, ni creado, ni engendrado. 
21. El Hijo procede solamente del Padre, no hecho, ni creado, sino engendrado. 
22. El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, no hecho, ni creado, ni engendrado, sino procedente. 
23. Por tanto hay un solo Padre, no tres Padres; un Hijo, no tres Hijos; un Espíritu Santo, no tres Espíritus Santos. 
24. Y en esta Trinidad nada hay anterior o posterior, nada mayor o menor: pues las tres personas son coeternas e iguales entre sí. 
25. De tal manera que, como ya se ha dicho antes, hemos de venerar la unidad en la Trinidad y la Trinidad en la unidad. 
26. Por tanto, quien quiera salvarse, es necesario que crea estas cosas sobre la Trinidad. 
27. Pero para alcanzar la salvación eterna es preciso también creer firmemente en la encarnación de nuestro Señor Jesucristo. 
28. La fe verdadera consiste en que creamos y confesemos que nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, es Dios y Hombre. 
29. Es Dios, engendrado de la misma sustancia que el Padre, antes del tiempo; y hombre, engendrado de la sustancia de su Madre santísima en el tiempo. 
30. Perfecto Dios y perfecto hombre: que subsiste con alma racional y carne humana. 
31. Es igual al Padre según la divinidad; menor que el Padre según la humanidad. 
32. El cual, aunque es Dios y hombre, no son dos Cristos, sino un solo Cristo. 
33. Uno, no por conversión de la divinidad en cuerpo, sino por asunción de la humanidad en Dios. 
34. Uno absolutamente, no por confusión de sustancia, sino en la unidad de la persona. 
35. Pues como el alma racional y el cuerpo forman un hombre; así, Cristo es uno, siendo Dios y hombre. 
36. Que padeció por nuestra salvación: descendió a los infiernos y al tercer día resucitó de entre los muertos. 
37. Subió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios Padre todopoderoso: desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos. 
38. Y cuando venga, todos los hombres resucitarán con sus cuerpos, y cada uno rendirá cuentas de sus propios hechos. 
39. Y los que hicieron el bien gozarán de vida eterna, pero los que hicieron el mal irán al fuego eterno. 
40. Esta es la fe católica, y quien no la crea fiel y firmemente no se podrá salvar.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
Antífona. Gloria a ti, Trinidad igual, única Deidad, antes de los siglos, y ahora, y siempre. (T. P. Aleluya). 


Oremos. Oh Dios todopoderoso y eterno, que con la luz de la verdadera fe diste a tus siervos conocer la gloria de la Trinidad eterna, y adorar la Unidad en el poder de tu majestad: haz, te suplicamos, que, por la firmeza de esa misma fe, seamos defendidos siempre de toda adversidad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

Fuente: opusdei.org

Escritos de Santa Margarita sobre el Sagrado Corazón de Jesús (II)

 

Santa Margarita Maria de Alacoque 01  03

“…no es posible ser útil a los demás, si primeramente no nos reformamos a nosotros mismos; porque ¡si viera cuán lejos me veo de lo que debe ser una verdadera Hija de Santa María, que ha de poner toda su atención en hacerse verdadera copia de su Esposo Crucificado! Y veo que todo nos puede servir de medio para esto; porque ¿qué nos importa la madera de que está hecha nuestra cruz? Con tal que sea cruz y que nos tenga clavadas el amor de Aquél que ha muerto en ella por nuestro amor, debe bastarnos. La tengo por muy dichosa al ver que sus oficios le proporcionan medios eficaces para esto, pues le obligan a caminar contra sus inclinaciones.

Y en cuanto a entrar en su Sagrado Corazón, ¿a qué temer, si Él la invita a que vaya a tomar allí su reposo? ¿No es Él el trono de la Misericordia donde los más miserables son los mejor recibidos, con tal que el amor los presente abismados en su miseria? Y si somos cobardes, fríos, impuros e imperfectos, ¿no es Él horno encendido donde nos debemos perfeccionar y purificar, como el oro en el crisol, siendo para Él hostia viva, inmolada y sacrificada a sus adorables designios? No tema, pues, abandonarse sin reserva a su amorosa providencia, porque no perecerá el hijo en los brazos de un Padre omnipotente. Paréceme haberle dicho ya, que a mi entender no le agrada tanto ese temor como le agradaría una confianza filial; y puesto que le ama, ¿por qué tanto temor, a menos que sea de no corresponderle con el amor que vuestra caridad desearía, y que consiste, si no me engaño, en ese perfecto abandono y olvido de usted misma? Déjese a sí, y lo encontrará todo. Olvídese de sí, y Él pensará en usted. Abísmese en su nada, y le poseerá.”

Fuente: José María Sáes de Tejada S.J., Vida y obras de Santa Margarita. Primera parte: Cartas. Editorial Apostolado Mariano, Sevilla.

 

Orar confiadamente (II)

 

Santisimo Sacramento 02  06

Jesús, interesado por ganarnos la confianza. 
Todos los esfuerzos de Jesús parecen encaminados a ganarnos el corazón, a robar nuestra confianza. «Hijo mío, dame tu corazón.» (Pr 23, 26). Estas palabras del Antiguo Testamento vibran en todos sus actos. Considéralo si no junto al pozo de Jacob convirtiendo a la Samaritana. Mírale también ante la adúltera. Contémplale sobre todo en los últimos momentos de su vida, cuando sentado con los suyos en el Cenáculo les da sus últimos consejos. ¡Qué sentimiento de cariño publican sus palabras! «Con gran deseo he deseado comer esta Pascua con vosotros... Ya no os diré siervos; más bien os llamaré amigos, porque os he dado a conocer los secretos de mi Padre...» (Lc 22, 15; Jn 15, 15). Lava los pies a sus discípulos. Se entrega totalmente a los mortales en el Sacramento del amor, y por los mortales ofrécese a la muerte. Y por si todas estas finezas no bastaran todavía, nos ha manifestado en estos postreros tiempos los últimos pliegues de su afecto en la revelación de su Divino Corazón. Quien así está interesado en ganarnos la voluntad, ¿qué no hará cuando nos halle conquistados por la confianza? ¡Ah!, entonces se entregará totalmente a nuestros deseos.

Por lo demás, es muy humano sentirse obligado por aquel que, al pedir un favor, deposita toda su confianza en su bienhechor. Jesucristo, cuyo corazón siente más finamente que el nuestro, no puede menos de dejarse mover por sentimiento tan humano. Le hacemos poco favor, si no le atribuimos lo que concedemos a cualquier mortal. ¡Cuánta confusión para nosotros, por no haber sabido aprovechar doctrina tan clara y patente! Acudamos al Señor, pidiéndole perdón y demandando su ayuda, para que el grado de nuestra confianza corresponda a sus deseos. «Creo, Señor, pero aumenta mi fe.».

Fuente: Joaquín Sánchis Alventosa, o.f.m., Misal Meditado, p. 810s

San Antonio de Padua por Benedicto XVI (I)

 

San Antonio de Padua 05  10b

Queridos hermanos y hermanas: 
Hace dos semanas presenté la figura de san Francisco de Asís. Esta mañana quiero hablar de otro santo perteneciente a la primera generación de los Frailes Menores: san Antonio de Padua o, como también se le suele llamar, de Lisboa, refiriéndose a su ciudad natal. Se trata de uno de los santos más populares de toda la Iglesia católica, venerado no sólo en Padua, donde se erigió una basílica espléndida que recoge sus restos mortales, sino en todo el mundo. Los fieles estiman las imágenes y las estatuas que lo representan con el lirio, símbolo de su pureza, o con el Niño Jesús en brazos, recordando una milagrosa aparición mencionada por algunas fuentes literarias. San Antonio contribuyó de modo significativo al desarrollo de la espiritualidad franciscana, con sus extraordinarias dotes de inteligencia, de equilibrio, de celo apostólico y, principalmente, de fervor místico.

Nació en Lisboa, en una familia noble, alrededor de 1195, y fue bautizado con el nombre de Fernando. Entró en los Canónigos que seguían la Regla monástica de san Agustín, primero en el monasterio de San Vicente en Lisboa y, sucesivamente, en el de la Santa Cruz en Coimbra, célebre centro cultural de Portugal. Se dedicó con interés y solicitud al estudio de la Biblia y de los Padres de la Iglesia, adquiriendo la ciencia teológica que utilizó en la actividad de enseñanza y de predicación.

En Coimbra tuvo lugar el episodio que imprimió un viraje decisivo a su vida: allí, en 1220 se expusieron las reliquias de los primeros cinco misioneros franciscanos, que habían ido a Marruecos, donde habían sufrido el martirio. Su testimonio hizo nacer en el joven Fernando el deseo de imitarlos y de avanzar por el camino de la perfección cristiana: pidió dejar los Canónigos agustinos y hacerse Fraile Menor. Su petición fue acogida y, tomando el nombre de Antonio, también él partió hacia Marruecos, pero la Providencia divina dispuso las cosas de otro modo. A consecuencia de una enfermedad, se vio obligado a regresar a Italia y, en 1221, participó en el famoso "Capítulo de las esteras" en Asís, donde se encontró también con san Francisco. Luego vivió durante algún tiempo totalmente retirado en un convento de Forlí, en el norte de Italia, donde el Señor lo llamó a otra misión. 
Por circunstancias completamente casuales, fue invitado a predicar con ocasión de una ordenación sacerdotal, y demostró que estaba dotado de tanta ciencia y elocuencia, que los superiores lo destinaron a la predicación. Comenzó así, en Italia y en Francia, una actividad apostólica tan intensa y eficaz que indujo a volver a la Iglesia a no pocas personas que se habían alejado de ella. Asimismo, fue uno de los primeros maestros de teología de los Frailes Menores, si no incluso el primero. Comenzó su enseñanza en Bolonia, con la bendición de san Francisco, el cual, reconociendo las virtudes de Antonio, le envió una breve carta que comenzaba con estas palabras: "Me agrada que enseñes teología a los frailes". Antonio sentó las bases de la teología franciscana que, cultivada por otras insignes figuras de pensadores, alcanzaría su culmen con san Buenaventura de Bagnoregio y el beato Duns Scoto.

Benedicto XVI, Audiencia general del miércoles 10 de febrero de 2010