Prácticas para la santa cuaresma

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Sor Benigna Consolata Ferrero - Apóstol de la Divina Misericordia

Estamos entrando en Cuaresma, por eso es bueno renovar el desafío que Jesús dio a Sor Benigna Consolata para que trasmitiera a las almas en este período que se abre.

"Si este desafío", dice Jesús, "se practica con amor y con verdadero deseo de agradarme y de consolarme, haré a las almas conseguir un no pequeño progreso en la intimidad con mi Sagrado Corazón". 
"Deseo que, durante la Cuaresma, me hagan especialmente compañía en mi Pasión, meditando con más frecuencia sobre mis sufrimientos, el precio de la redención del hombre. Y sobre todo, imitando a la Verónica, enjugando mi Rostro por amor".


Cómo es el desafío 
El desafío consistirá más bien en prácticas interiores, porque ha de ser principalmente el corazón el que trabaje. 
Pero se agregarán también prácticas exteriores, sobre todo las de caridad, dulzura y humildad, las cuales son aquellas que más unen los corazones.


1 - Meditar sobre la pasión de Jesús 
"Es mi deseo que los corazones se dejen penetrar del pensamiento tan saludable de mi Pasión, como una tela empapada de aceite, que se vierte sobre ella sin hacer ruido; pero que, sin embargo, ésta se queda llena de él. 
Pero esto sin obligación, sino como un convite del Amor. 
Me agradaría que aunque no fuera más que una vez al día, la meditación fuera sobre mi Pasión. 
El pensamiento de mi Pasión ha de ser como un ramo de flores que siempre lleven sobre el corazón".


2 - Acompañar a Jesús durante el día con pensamientos 
"Yo desearía que cada alma me hiciese una especial compañía durante el día, acostumbrándose a acompañarme con el pensamiento. 
Para esto, será preciso al final de cada meditación, escoger dos o tres pensamientos, sobre los cuales volverá a menudo para mantenerse más fácilmente unida a Mí".


3 - Imitar algo de Jesús 
"Y como el amor no queda satisfecho de contemplar, sino que también quiere imitar, por esto cada alma se propondrá para la Cuaresma, una práctica que observará con particular fidelidad, para tratar de volver a copiarme más fielmente en sí. 
Por ejemplo, se pondrá en silencio".


4 - Realizar el Vía Crucis y rezar el Rosario de las Santas Llagas 
"Los viernes de Cuaresma, hacer el Vía Crucis, o rezar el Rosario de mis Santas Llagas".


5 - Hacer todas las acciones lo mejor que se puedan 
"Para enjugar mi Rostro, como la Verónica, harán todas sus acciones lo mejor que puedan, no solamente con la disposición interior, sino también con la práctica exterior. 
La pureza de corazón será la blancura del lienzo; y la fidelidad y el amor en la ejecución, serán la suavidad".


6 - Caridad con el prójimo 
"Me quitarán las espinas, cuidando de evitar al prójimo, con una exquisita caridad, todas las espinitas de las dificultades y de las incomodidades, tomándolas para sí, lo más que puedan. 
Quien quiera amarme más tiernamente, se hará un deber de curar las heridas que el prójimo haya recibido en cualquier encuentro, con alguna buena palabra llena del bálsamo de la caridad".


7 - Practicar la humildad 
"En cuanto a la práctica de la humildad, imitarán a la Verónica en su valor, pasando entre los soldados para llegar hasta Mí. 
El alma más humilde será aquella sobre la cual Yo imprimiré antes y mejor mi divino Rostro".

Fuente: forosdelavirgen.org

Miércoles de Ceniza

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Rito de la imposición de las cenizas

Hoy, hermanos míos muy amados, dice San Bernardo, hoy comenzamos el santo tiempo de Cuaresma, este tiempo de combates, y de victorias para los Cristianos; pero victorias que se han de conseguir con las armas del ayuno y de la penitencia. ¿Con qué ánimo, con qué confianza, con qué fervor no debemos comenzar esta carrera?

Se puede decir con verdad que el ayuno de la Cuaresma es tan antiguo como el Evangelio, pues el Hijo de Dios no comenzó a predicar su Evangelio sino después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches. El Salvador, dice San Jerónimo, santificó con su ayuno de cuarenta días el ayuno solemne de los cristianos, y su ejemplo fue la primera institución de la Cuaresma; pero no hizo entonces un mandamiento expreso; cuando quiso que se estableciera fue probablemente desde su Resurrección hasta su Ascensión, cuando enseñó a sus Apóstoles el modo con que debían formar su Iglesia y las observancias religiosas que habían de tener. 
El ejemplo del Salvador del mundo fijó el número de los días de ayuno; y el tiempo inmediato antes de Pascua les pareció el más propio para servir de preparación para esta gran festividad. En efecto, dice San Agustín, no se podía escoger en todo el año tiempo más a propósito para el ayuno de la Cuaresma que aquel que viene a parar en la Pasión de Jesucristo.

Como las seis semanas de la Cuaresma sólo incluyen treinta y seis días de ayuno, la Iglesia, gobernada siempre por el Espíritu Santo, ha añadido los cuatro días precedentes, y ha fijado el principio de esta santa cuarentena al Miércoles de Ceniza. Todos saben que esta santa ceremonia de poner la ceniza sobre la cabeza es la que ha dado el nombre a este primer día del ayuno de la Cuaresma. La ceniza, no sólo en la nueva Ley, sino también en la antigua, era símbolo de la penitencia y señal sensible de aflicción y de dolor. 
Reginon tomó de los antiguos Concilios el modo con que se ponían en penitencia los grandes pecadores y la ceremonia del día de ceniza: Todos los penitentes, dice, se presentaban a la puerta de la Iglesia vestidos de un saco, los pies descalzos, y con todas las señales de un corazón contrito y humillado. El Obispo, o el Penitenciario, les imponía una penitencia proporcionada a sus pecados; después, habiendo rezado los siete Salmos Penitenciales, les imponían las manos, les rociaban con agua bendita, y les cubrían la cabeza de ceniza.

Esta era la ceremonia del día de ceniza, o de los primeros días del ayuno de la Cuaresma, para los pecadores públicos, cuyas faltas enormes habían hecho ruido y causado escándalo. Pero como todos los hombres son pecadores, dice San Agustín, todos deben ser penitentes; y esto es lo que movió a los Fieles, aún a aquellos mismos que eran más inocentes, a dar en este día esta señal pública de penitencia, recibiendo la ceniza sobre la cabeza. Ningún fiel estuvo exento de esta ceremonia. Los Príncipes y los súbditos, los Sacerdotes, y aún los Obispos, dieron al público desde los primeros tiempos este ejemplo de penitencia. 
Y lo que al principio había sido particular y propio de los penitentes públicos, vino después a ser común a todos los hijos de la Iglesia, por la persuasión en que deben estar, según la moral de Jesucristo, de que no hay persona, por inocente que se crea, que no tenga necesidad de hacer penitencia.

Fuente: J. Croisset, sj, Año cristiano

San Pedro y San Pablo, Apóstoles (II)

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San Pablo predicando en Atenas

Espíritu de San Pablo: fe en los merecimientos de Cristo. 
Un profundo conocimiento de su nada y una estima extraordinaria de los merecimientos de Jesucristo: He ahí a qué puede reducirse el espíritu de San pablo: «No podemos tener un solo pensamiento bueno por nosotros mismos, pero nuestro poder tiene en Dios su fuente.»

San Pablo ve en sí dos hombres: cuenta sus éxtasis, las gracias que ha recibido, lo que por Cristo ha sufrido. «En cuanto a mí, prosigue, en nada me he de gloriar más que en mis debilidades». Exterior desmedrado, ojos enfermos, humillaciones, tentaciones... «en todo esto me he de gloriar, ya que cuando soy débil, entonces precisamente soy fuerte, y mora de esta manera en mí la fuerza de Cristo».

Nada glorifica tanto a Cristo como la confianza que en sus méritos tengamos a pesar de nuestras debilidades. Cuando nos apoyamos en Él, en el dolor, obramos grandes cosas en el reino sobrenatural. Así un San Pablo hizo tanto por la gloria de Dios en la cárcel, como pudo hacerlo en sus misiones. 
El pensamiento de lo ricos que somos en Jesucristo debe darnos una santa audacia para acercarnos al Padre.

Cuando está nuestra alma henchida de este espíritu de San Pablo, no nos desanima en lo más mínimo la vista de nuestras miserias, ya que nos apoyamos en Cristo, y en Él tan sólo. Un alma que dice: «Son demasiado grandes mis miserias...» es un alma que no ha llegado aún a comprender la grandeza de las riquezas que en Cristo poseemos, es un alma que no ha llegado a comprender lo que Pablo escribió un día: «Dios ha amado al mundo hasta el punto de entregarle a su Hijo.».

Fuente: Dom Columba Marmion, Palabras de Vida, Ed. Desclée de Brouwer, 1956, p. 324

La Presentación del Señor

 

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La fiesta de la Presentación celebra una llegada y un encuentro; la llegada del anhelado Salvador, núcleo de la vida religiosa del pueblo, y la bienvenida concedida a él por dos representantes dignos de la raza elegida, Simeón y Ana. Por su provecta edad, estos dos personajes simbolizan los siglos de espera y de anhelo ferviente de los hombres y mujeres devotos de la antigua alianza. En realidad, ellos representan la esperanza y el anhelo de la raza humana. 
Al dramatizar el recuerdo de este encuentro de Cristo con Simeón, la Iglesia nos pide que profesemos públicamente nuestra fe en la Luz del mundo, luz de revelación para todo pueblo y persona.

En la bellísima introducción a la bendición de las candelas y a la procesión, el celebrante recuerda cómo Simeón y Ana, guiados por el Espíritu, vinieron al templo y reconocieron a Cristo como su Señor. Y concluye con la siguiente invitación: "Unidos por el Espíritu, vayamos ahora a la casa de Dios a dar la bienvenida a Cristo, el Señor. Le reconoceremos allí en la fracción del pan hasta que venga de nuevo en gloria". 
Se alude claramente al encuentro sacramental, al que la procesión sirve de preludio. Respondemos a la invitación: "Vayamos en paz al encuentro del Señor"; y sabemos que este encuentro tendrá lugar en la Eucaristía y en la Palabra. Entramos en contacto con Cristo a través de la liturgia; por ella tenemos también acceso a su gracia. San Ambrosio escribe de este encuentro sacramental en una página insuperable: "Te me has revelado cara a cara, oh Cristo. Te encuentro en tus sacramentos".

El nombre "presentación" tiene un contenido muy rico. Habla de ofrecimiento, sacrificio. Recuerda la auto-oblación inicial de Cristo, palabra encarnada, cuando entró en el mundo: "Heme aquí que vengo a hacer tu voluntad". Apunta a la vida de sacrificio y a la perfección final de esa auto-oblación en la colina del Calvario.

Dicho esto; tenemos que pasar a considerar el papel de María en estos acontecimientos salvíficos. Después de todo, ella es la que presenta a Jesús en el templo; o, más correctamente, ella y su esposo José, pues se menciona a ambos padres. Y preguntamos: ¿Se trataba exclusivamente de cumplir el ritual prescrito, una formalidad practicada por muchos otros matrimonios? ¿O encerraba una significación mucho más profunda que todo esto? Los padres de la Iglesia y la tradición cristiana responden en sentido afirmativo. 
Para María, la presentación y ofrenda de su hijo en el templo no era un simple gesto ritual. Ella no alcanza a ver todas las consecuencias de su fiat en la anunciación, pero fue un acto de ofrecimiento verdadero y consciente. Significaba que ella ofrecía a su Hijo para la obra de la redención con la que él estaba comprometido desde un principio. Ella renunciaba a sus derechos maternales y a toda pretensión sobre él; y lo ofrecía a la voluntad del Padre. San Bernardo ha expresado muy bien esto: "Ofrece a tu hijo, santa Virgen, y presenta al Señor el fruto bendito de tu vientre. Ofrece, para reconciliación de todos nosotros la santa Víctima que es agradable a Dios”.

La fiesta de hoy no se limita a permitirnos revivir un acontecimiento pasado, sino que nos proyecta hacia el futuro. Prefigura nuestro encuentro final con Cristo en su segunda venida. San Sofronio, patriarca de Jerusalén desde el año 634 hasta su muerte, acaecida en el año 638, expresó esto con elocuencia: "Por eso vamos en procesión con velas en nuestras manos y nos apresuramos llevando luces; queremos demostrar que la luz ha brillado sobre nosotros y significar la gloria que debe venirnos a través de él. Por eso corramos juntos al encuentro con Dios".

Fuente: cfr. aciprensa.com

No olvides la Gran Promesa de los primeros viernes

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Sagrado Corazón de Jesús y Santa Margarita

Ahora que has decidido asegurar, a toda costa, la salvación eterna de tu alma, con la práctica de las nueve Comuniones en nueve primeros viernes de mes consecutivos, el demonio lleno de furor y rabia, al ver que llegarás tú un día a ser eternamente feliz, te espera en acecho con una infinidad de dificultades, para impedir la realización de tus propósitos. 
Te presentará la dificultad de la confesión y comunión por el horario de la Misa o tu trabajo. Todo está en que tú, bien convencido del gran beneficio que estás persiguiendo, sepas imponerte algún sacrificio. 
Otra dificultad que suele ocurrir es la de hallar sin demora un confesor para reconciliarte con Dios. Pero fácilmente podrás solucionar avisando con anticipación al sacerdote, o para mayor seguridad, confesándote el día anterior. 
También el clima podrá poner dificultades. Pues bien, tendrás entonces oportunidad para demostrar que estás realmente animado de espíritu de fe, si dijeres: vale la pena un sacrificio para ganarme el Cielo. Jesucristo, para salvar mi alma, ha muerto por mí en la Cruz y yo ¿no sabré aguantar un poco de agua, frío o de calor, por amor suyo, procurando así mi eterna felicidad?

El demonio puede hacernos una mala jugada haciéndonos olvidar un viernes, pero habrá que tener paciencia y volver a empezar, así habrá mayor mérito delante de Dios. En cuanto al peligro de olvidarse, cosa que tan fácilmente puede ocurrir, será muy oportuno entenderse entre tres o cuatro personas, para recordarse recíprocamente el empeño tomado.

¿No es verdad ¡oh cristiano que lees estas líneas!, que te propones practicar esta gran devoción? Pero no basta que atiendas solamente a tu interés; es preciso que procures comunicarla a los demás, y verás qué gracias tan abundantes atraerás sobre tu alma. 
Los hombres se distinguen entre sí, unos por su fortuna, otros por su nobleza, otros por su ciencia; pero tú, que lees esto, procura distinguirte, de hoy en adelante, por tu celo en propagar la práctica de los nueve primeros viernes de mes. La riqueza, el talento, la ciencia y la nobleza, todo desaparecerá algún día; pero, si eres Apóstol de esta santa práctica, tu nombre será escrito en el divino Corazón con letras indelebles, para nunca jamás ser borrado de él. 
Algún fruto producirá, y felices vosotros, si hay almas que Dios las salve con vuestra ayuda. 
Así pues, oh cristiano a quien me dirijo, de cualquier estado o condición que seas, yo te invito a que no desoigas este deseo del sagrado Corazón de Jesús.

Fuente: del libro La Gran Promesa