Un nuevo «Tarcisio»

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János Brenner

János Brenner nació el 27 de diciembre de 1931 en Szombathely (Hungría), en una familia profundamente religiosa. Tanto él como sus dos hermanos se hicieron sacerdotes. 
Asistió a la Escuela Primaria Episcopal, luego a la escuela primaria de los monjes cistercienses en Pécs, y por último a la escuela primaria de los canónigos premonstratenses regulares en Szombathely. 
Tras la nacionalización de las escuelas, pasa los exámenes de egreso en Zirc como oblato cisterciense, y después es admitido en el noviciado, donde recibe el nombre de Anasztáz. 
Después de la disolución de las órdenes religiosas, estudió durante un año en la Academia Teológica de Budapest como laico, y luego lo hizo en el seminario de Szombathely como seminarista de la diócesis. Cuando el seminario fue cerrado, continuó sus estudios teológicos en Györ. 
Fue ordenado sacerdote el 19 de junio de 1955.

El joven sacerdote comenzó su ministerio como capellán en Rábakethely. Llevó a cabo una actividad pastoral dinámica, especialmente entre los jóvenes. Las autoridades, que perseguían a la Iglesia, desaprobaron su actividad, sobre todo por medio de las represalias que siguieron a la revolución de 1956. 
Durante la noche del 15 de diciembre de 1957, cuando preparaba su homilía dominical para el día siguiente, el Padre János recibió una llamada para que visitara un enfermo; la llamada era falsa. Tomó su portaviático -donde llevaba el Santísimo Sacramento- que usaba para visitar a los enfermos, y se fue a la aldea de Zsida por el camino que cruza las colinas. Fue atacado y brutalmente apuñalado 32 veces. La gente que vivía cerca llamó al médico, pero ya era demasiado tarde: el joven capellán había fallecido. Incluso mientras sufría las puñaladas, defendió con su mano izquierda la Eucaristía. 
Fue enterrado el 18 de diciembre en la cripta familiar de la iglesia salesiana de San Quirinus en Szombathely. Su lema sacerdotal estaba inscrito en su tumba: “Todas las cosas obran juntas para el bien de los que aman a Dios”. 
Fue beatificado el 1 de mayo de 2018.

Fuente: cf. es.catholic.net

Siervos de Dios Ulises Amendolagine y Lelia Cossidente

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Siervos de Dios Ulises Amendolagine y Lelia Cossidente

Lelia Cossidente (Potenza, 4 de mayo de 1893) y Ulises Amendolagine (Salerno, 14 de mayo de 1893), han vivido el amor en una relación conyugal arropada por la experiencia carmelitana de la Parroquia de Santa Teresa, en Roma, encomendada a los Carmelitas Descalzos, en donde contraen matrimonio el 29 de septiembre de 1930. Ulises pertenece al Carmelo Seglar, mientras que Lelia se encamina a la Cofradía de la Virgen del Carmen. De su amor nacieron cinco hijos. Los días de la familia estaban llenos de referencias a Dios, de oración personal de los cónyuges, de lecturas, de meditaciones, que Ulises organizada para los niños, de altares preparados por Lelia durante las distintas fiestas religiosas, de bendiciones todos los días, de visitas al Santísimo en las Iglesias como algo natural que se hacía en familia.

Nada excluye, sin embargo, la experiencia de las dificultades, vividas también en familia, como las ocasionadas por la segunda guerra mundial, los momentos de dificultad económica, y el gozoso dolor de la separación cuando dos de sus hijos abrazan la vida religiosa (uno con los Hermanos de La Salle y otro con los Carmelitas Descalzos)…

Lelia fallecerá de un cáncer el 3 de julio de 1951. Ulises vivirá unos años más, falleciendo el 30 de mayo de 1969. 
Lelia y Ulises son testigos de la santidad conyugal vivida en el hogar espiritual del Carmelo Teresiano. Ellos convirtieron la vida matrimonial en el lugar de la presencia continua del amor de Dios que se da a través de la concreción de obras en la vida cotidiana y se convierte en experiencia de atención y afecto de los lazos familiares. En el hogar, Lelia y Ulises viven con la conciencia de su dependencia de Dios en una relación de comunión donde cada uno encuentra su edificación personal.

Fuente: cuando-los-santos-son-amigos.blogspot.com.ar

Amar la Eucaristía desde la infancia


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Venerable Silvio Dissegna en el día de su Primera Comunión

La Primera Comunión es sin duda alguna un encuentro inolvidable con Jesús, un día que se recuerda siempre como uno de los más hermosos de la vida. La Eucaristía, instituida por Cristo la víspera de su pasión durante la Última Cena, es un sacramento de la Nueva Alianza, más aún, el más importante de los sacramentos. En ella el Señor se hace alimento de las almas bajo las especies del pan y del vino. Los niños la reciben solemnemente la primera vez ―en la Primera Comunión― y se les invita a recibirla después cuantas más veces mejor para seguir en amistad íntima con Jesús. 
Para acercarse a la Sagrada Comunión, como sabéis, se debe haber recibido el Bautismo: este es el primer sacramento y el más necesario para la salvación. ¡Es un gran acontecimiento el Bautismo! En los primeros siglos de la Iglesia, cuando los que recibían el Bautismo eran sobre todo los adultos, el rito se concluía con la participación en la Eucaristía, y tenía la misma solemnidad que hoy acompaña a la Primera Comunión. Más adelante, al empezar a administrar el Bautismo principalmente a los recién nacidos la fiesta más solemne se trasladó al momento de la Primera Comunión.

El día de la Primera Comunión es además una gran fiesta en la parroquia. Recuerdo como si fuese hoy mismo cuando, junto con otros muchachos de mi edad, recibí por primera vez la Eucaristía en la Iglesia parroquial de mi pueblo. Es costumbre hacer fotos familiares de este acontecimiento para así no olvidarlo. Por lo general, las personas conservan estas fotografías durante toda su vida. Con el paso de los años, al hojearlas, se revive la atmósfera de aquellos momentos; se vuelve a la pureza y a la alegría experimentadas en el encuentro con Jesús, que se hizo, por amor, Redentor del hombre. 
¡Cuántos niños en la historia de la Iglesia han encontrado en la Eucaristía una fuente de fuerza espiritual, a veces incluso heroica! ¿Cómo no recordar, por ejemplo, los niños y niñas santos, que vivieron en los primeros siglos y que aún hoy son conocidos y venerados en toda la Iglesia? Santa Inés, que vivió en Roma; santa Águeda, martirizada en Sicilia; san Tarsicio, un muchacho llamado con razón el mártir de la Eucaristía, porque prefirió morir antes que entregar a Jesús sacramentado, a quien llevaba consigo.

Un testimonio conmovedor de amor pastoral por los niños la dio mi predecesor san Pío X con su decisión sobre la Primera Comunión. No solamente redujo la edad necesaria para acercarse a la Mesa del Señor, sino que dio la posibilidad de recibir la comunión incluso antes de haber cumplido los siete años si el niño muestra tener suficiente discernimiento. La Sagrada Comunión anticipada fue una decisión pastoral que merece ser recordada y alabada. Ha producido muchos frutos de santidad y de apostolado entre los niños. Y así, a lo largo de los siglos hasta nuestros días, no han faltado niños y muchachos entre los santos y beatos de la Iglesia. Al igual que Jesús muestra en el Evangelio una confianza particular en los niños, así María, la Madre de Jesús, ha dirigido siempre, en el curso de la historia, su atención maternal a los pequeños. Pensad en santa Bernardita de Lourdes, en los niños de La Salette y, ya en este siglo, en Lucía, Francisco y Jacinta de Fátima.

Fuente: cf. Carta de Juan Pablo II a los niños del 13 de diciembre de 1994

El Corazón Eucarístico de Jesús

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Fiesta litúrgica del Corazón Eucarístico de Jesús: jueves siguiente a la Solemnidad del Sagrado Corazón.

“¿Queréis conocer la vida del Corazón de Jesús? Está distribuida entre su Padre y nosotros. El Corazón de Jesús nos guarda: mientras el Salvador, encerrado en una débil Hostia parece dormir el sueño de la impotencia, su Corazón vela. 
Vela, tanto si pensamos como si no pensamos en El; no reposa: continuamente está pidiendo perdón por nuestros pecados a su Padre. Jesús nos escucha con su Corazón en la Eucaristía; como en la cruz, está su Corazón abierto, dejando caer sobre nuestras cabezas torrentes de gracias y de amor. 
Está también allí este Corazón para defendernos de nuestros enemigos, como la madre que para librar a su hijo de un peligro lo estrecha contra su corazón, con el fin de que no se hiera al hijo sin alcanzar también a la madre. Y Jesús nos dice: "Aun cuando una madre pudiera olvidar a su hijo, Yo no os olvidaré jamás".

La segunda mirada del Corazón de Jesús es para su Padre. Lo adora con sus inefables humillaciones, con su adoración de anonadamiento lo alaba y le da gracias por los beneficios que concede a los hombres sus hermanos; se ofrece como víctima a la justicia de su Padre, y no cesa su oración en favor de la Iglesia, de los pecadores y de todas las almas por Él rescatadas. 
¡Oh Padre eterno! Mirad con complacencia el Corazón de vuestro hijo Jesús. Contemplad su amor, oíd propicio sus peticiones y que el Corazón Eucarístico de Jesús sea nuestra salvación.

Las razones por las cuales fue instituida la fiesta del Sagrado Corazón y la manera que ha tenido Jesús de manifestar su Corazón nos enseñan, además, que en la Eucaristía debemos honrarlo y que allí lo encontraremos con todo su amor. 
Delante del Santísimo Sacramento expuesto recibió Santa Margarita María la revelación del Sagrado Corazón; en la Hostia consagrada se manifestó a ella el Señor con su Corazón entre las manos y dirigiéndole aquellas adorables palabras, que son el comentario más elocuente de su presencia en el Santísimo Sacramento: "¡He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres!"

Para penetraros del espíritu de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús debéis honrar los sufrimientos que padeció el Salvador y reparar las ingratitudes de que es objeto todos los días en la Eucaristía. ¡Y el Corazón que los sufrió con tanto amor está ahí... no muerto, sino vivo y activo; no insensible, sino más amante todavía! 
Mas, ¡ay!, aunque Jesús no pueda ya sufrir, los hombres muestran con Él una ingratitud monstruosa. ¡Esa ingratitud al Dios presente, que vive con nosotros para conseguir nuestro amor, es el tormento supremo del Corazón de Jesús en el Santísimo Sacramento! 
¡Hoy más que nunca, es necesaria la satisfacción, hace falta la reparación de honor para ofrecerla al Corazón adorable de Jesucristo! Rodeemos la Eucaristía de adoraciones y de actos de amor. 
Al Corazón de Jesús, vivo en el Santísimo Sacramento, ¡honor, alabanza, adoración y dignidad regia por los siglos de los siglos! Ofreced vuestra persona a Cristo, vuestras acciones, vuestra vida. Adorad al Padre por medio del Corazón Eucarístico de Jesús. Él es Dios y hombre, vuestro Salvador, vuestro hermano, todo junto. Adorad al Padre Celestial por su Hijo, objeto de todas sus complacencias, y vuestra adoración tendrá el valor de la de Jesús: será la suya”.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

San Antonio de Padua por Benedicto XVI (IV)

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Por una parte, la Natividad, un punto central del amor de Cristo por la humanidad, pero también la visión del Crucificado le inspira [a San Antonio] pensamientos de reconocimiento hacia Dios y de estima por la dignidad de la persona humana, para que todos, creyentes y no creyentes, puedan encontrar en el Crucificado y en su imagen un significado que enriquezca la vida. Escribe san Antonio: "Cristo, que es tu vida, está colgado delante de ti, para que tú mires en la cruz como en un espejo. Allí podrás conocer cuán mortales fueron tus heridas, que ninguna medicina habría podido curar, a no ser la de la sangre del Hijo de Dios. Si miras bien, podrás darte cuenta de cuán grandes son tu dignidad humana y tu valor... En ningún otro lugar el hombre puede comprender mejor lo que vale que mirándose en el espejo de la cruz".

Meditando estas palabras podemos comprender mejor la importancia de la imagen del Crucifijo para nuestra cultura, para nuestro humanismo nacido de la fe cristiana. Precisamente contemplando el Crucifijo vemos, como dice san Antonio, cuán grande es la dignidad humana y el valor del hombre. En ningún otro punto se puede comprender cuánto vale el hombre, precisamente porque Dios nos hace tan importantes, nos ve así tan importantes, que para él somos dignos de su sufrimiento; así toda la dignidad humana aparece en el espejo del Crucifijo y contemplarlo es siempre fuente del reconocimiento de la dignidad humana.

Queridos amigos, que Antonio de Padua, tan venerado por los fieles, interceda por toda la Iglesia, y de modo especial por quienes se dedican a la predicación; pidamos al Señor que nos ayude a aprender un poco de este arte de san Antonio. Que los predicadores, inspirándose en su ejemplo, traten de unir una sólida y sana doctrina, una piedad sincera y fervorosa, y la eficacia en la comunicación. Pidamos para que los sacerdotes y los diáconos desempeñen con solicitud este ministerio de anuncio y actualización de la Palabra de Dios a los fieles, sobre todo mediante las homilías litúrgicas. Que estas sean una presentación eficaz de la eterna belleza de Cristo, precisamente como san Antonio recomendaba: "Si predicas a Jesús, él ablanda los corazones duros; si lo invocas, endulzas las tentaciones amargas; si piensas en él, te ilumina el corazón; si lo lees, te sacia la mente".

Benedicto XVI, Audiencia general del miércoles 10 de febrero de 2010

Los buscadores del Corazón de Jesús

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Jesús en casa del fariseo

¡Encuentro en el Evangelio tantos modos de buscar al Corazón de Jesús y tan distintos fines en los que lo buscan! 
La primera clasificación que salta a la vista es la de los buenos y malos buscadores de Jesús. 
Son buenos buscadores, los que buscan a Jesús para darle algo que le guste a Él u obtener de Él algo de provecho propio. Esto es, lo buscan bien los que lo buscan para bien. 
Son malos buscadores los que buscan a Jesús para hacerle daño y, si posible fuera, para perderlo. Esto es, los que le buscan para mal. 
De éstos ¡cuántos descubre el Evangelio! Con cuánta tristeza intercala en la vida de Jesús, desde su infancia, frases como éstas: buscaban (los emisarios de Herodes) la vida del Niño(Mt 2,20). Buscándolo (los fariseos o sus secuaces) para cogerlo en su palabra, para prenderlo... para perderlo... para matarlo... ¡Qué misterio de iniquidad y de incomprensión! ¡Cuánto buscar a Jesús, al siempre buenísimo Jesús, para quitarlo de en medio!

¡Con cuánta pena ha tenido que decir a sus malos buscadores: me buscaréis y no me hallaréis!(Jn 7,34-36) 
Cuánto harían sufrir y estarán haciendo sufrir al Corazón de Jesús, esos malos buscadores aferrados con obstinado y diabólico empeño en buscar sus manos para traspasarlas con clavos. Su boca para amargarla con hieles. Su cabeza para coronarla burlescamente con espinas. Su palabra para cogerlo en embustes. Su cara para abofetearla. Su Corazón para atravesarlo. Su nombre para raerlo de sobre la faz de la tierra. 
¡Él, todo amor, odiado a muerte, a exterminio! Y no una vez en su vida mortal, sino muchas, ¡constantemente en su vida mortal y en la eucarística! ¡Qué misterio de dolor para Él y de dureza de corazón y ceguera de cabeza de los hombres!

Pero aun entre los mismos buenos buscadores, ¡qué pocos del todo buenos y rectos buscadores! Es decir, ¡qué pocos buscadores de sólo su Corazón! 
Me explicaré. 
Veo en el Evangelio a unos buscar la “mano” de Jesús, como los que le pedían que la posara sobre sus cabezas o sus ojos o sus dolencias para que los curara. Veo a otros buscar el “prestigio” de Jesús, como sus paisanos de Nazaret pidiéndole prodigios para no ser menos que los de Cafarnaúm. Veo a éstos buscar el “poder” de Jesús para recrearse en el espectáculo de grandes milagros, como los curiosos que se le acercaban diciéndole: “queremos verte hacer un milagro” (Mt 12,38). Veo a aquéllos buscar los “dineros” de Jesús para robárselos como Judas. Pero ¡a qué pocos veo buscando su Corazón! ¡Sólo su Corazón!

Fuente: San Manuel González, Así ama el corazón de Jesús en la Eucaristía. Versión digital tomada de alexandriae.org

El trato íntimo con Dios (II)

San Bernardo de Claraval 05 06

San Bernardo de Claraval

No se debe creer que para tratar íntimamente con Dios y manifestarle nuestro amor sea necesario valerse siempre de la palabra; al contrario, con el progresar de la vida espiritual, el alma, por una reacción espontánea, prefiere muchas veces callar y fijar dulcemente su mirada en el Señor para escucharle a Él, que es el Maestro interior, y amarle en silencio. La manifestación de su amor se hace menos impetuosa y vivaz, pero gana en profundidad lo que pierde en emoción y en exterioridad. El alma expresa su amor más serena y tranquilamente, pero el movimiento de su voluntad hacia Dios es mucho más decidido y firme. 
Dejando aparte los discursos y las palabras, se concentra del todo en una mirada sintética y amorosa al Señor, esa mirada sencilla que, con más eficacia y más directamente que los discursos y coloquios animados, la introduce y abisma en las profundidades de los misterios divinos.

Antes de llegar a este punto ha tenido que leer, meditar y analizar; pero ahora, gozando y saboreando ya en parte el fruto de sus esfuerzos, se detiene a contemplar a Dios en silencio y en amor. Su coloquio se hace de esta manera un coloquio silencioso, contemplativo, en conformidad con la noción tradicional de la contemplación, entendida como un «simplex intuitus veritatis», como una mirada sencilla que penetra la verdad. Pero, digámoslo una vez más, no es una mirada especulativa; es una mirada amorosa que conserva al alma en íntimo contacto con Dios, en verdadero trato de amistad con El.

Cuanto más contempla el alma a Dios, más se enamora de Él y más siente la necesidad de concentrar su amor en una generosidad total y absoluta para con El; por otra parte, el Señor sale al encuentro de los suspiros y del amor del alma y se deja encontrar de ella, iluminándola con su luz y atrayéndola más fuertemente a sí con su gracia. 
Pero no siempre le será fácil al alma perseverar largo tiempo en esta mirada contemplativa, en este coloquio silencioso; de vez en cuando tendrá que volver al discurso y sentirá necesidad de expresar verbalmente sus afectos. Es más, será conveniente que lo haga con cierta frecuencia, especialmente cuando aún no está habituada a esta forma de oración, para no caer en la vacuidad y en las distracciones. Sin embargo, tenga siempre presente que gana más en este estarse silenciosa a los pies del Señor que en pasarse la oración discurriendo y razonando.

“¡Oh Señor! Tú nada ganas en estar con nosotros; y sin embargo, nos amas tanto, que dijiste que tus delicias eran estar con nosotros. ¡Oh, cuánto nos amas Dios mío, pues eres más feliz en darte a ti mismo que en darnos las cosas que te pedimos! Ya no quiero poseer nada, porque, si yo quiero y te lo pido, puedo poseerte a ti, Dios mío, y tratar tan íntimamente contigo. 
Me adornaré con las joyas de las virtudes y te invitaré a que entres en el tálamo de mi corazón para descansar contigo en íntima unión. Sé que Tú no pides ni quieres otra cosa sino visitar mi alma y entrar en ella. 
Y ¡qué triste es, Señor, me hayas estado llamando tanto tiempo y no te haya abierto y me haya privado de tan grande felicidad! Me acercaré a ti en el secreto de mi corazón y te diré: Sé que Tú me amas mucho más de lo que yo me amo, por eso ya no me preocuparé más de mí; me acercaré a ti, pondré mi vida en tus manos y Tú cuidarás de mí. Yo no puedo atender y preocuparme de mí y de ti; por eso viviremos en un intercambio mutuo de pensamientos y de afectos: Tú pensarás en mí y en mi debilidad para socorrerme, y yo pensaré en tu bondad para deleitarme en ella. Y aunque en este cambio el que gana soy yo, porque Tú nada puedes recibir de mí, sé que Tú te complaces más en permanecer conmigo y en ayudarme que yo en estar gozando de tu bondad. 
¿Cuál es la causa de esto? La causa soy yo, porque yo me quiero mal y Tú me quieres bien, como Dios que eres. Si quisiera, ¡oh Señor!, recordar todas las pruebas que me has dado de tu amor, no sería capaz de hacerlo; aunque tuviera las lenguas de todos los hombres y de todos los ángeles, no llegaría a expresar y cantar dignamente los bienes de naturaleza, de gracia y de gloria que de ti proceden. 
¿Es posible, Señor, que yo pueda pensar y meditar en otra cosa que no sea tu amor? ¿Por qué deseo y ansío otras cosas que no sean tu amor? ¿Por qué no me siento atado, preso de tu amor? Tu amor me rodea por todas partes y yo aún no lo comprendo, aún no sé lo que es tu amor” (San Buenaventura).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Perenne actualidad del Evangelio

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El Evangelio es el relato de una vida y de una doctrina, no sólo de un Jesús que pasó, que hizo, que dijo..., sino de un Jesús que está viviendo en el cielo y en los Sagrarios de la tierra, en su Cuerpo místico, la Iglesia, y en el alma de los justos. 
Es cierto que las personas y los acontecimientos, que se mueven en torno del gran Protagonista del Evangelio, pasaron. Pero los tipos por aquellas personas representados y las acciones iguales o parecidas a las que aquellas realizaban, perduran en renovada sucesión que constantemente se va reproduciendo en torno del Jesús del Sagrario, de la Iglesia y de las almas. Las mismas escenas del Jesús de Palestina, con sus llamamientos y seguimientos de apóstoles. Sus abandonos, cobardías y traiciones de amigos, conspiraciones de enemigos, sus aclamaciones y sus “crucifícalo” de turbas. Sus atracciones de niños, de enfermos, de pecadores. Sus intimidades y confidencias de almas selectas. Sus deferencias y blanduras con su Madre y con las madres intercesoras.

Ese libro, en suma, escrito ayer, cuenta con palabra infalible lo que Jesús hizo y dijo ayer, amándome y entregándose por mí. Lo que hace y dice hoy. Y lo que hará y dirá mañana y eternamente, conjugando los mismos verbos: amar y entregarse. 
Este aspecto del Evangelio me regala con esta gratísima noticia: Por él yo puedo sentir las palpitaciones del Corazón de Jesús, no ya durante un período de su acción o de su vida, sino de todos los períodos y de toda su vida mortal, celestial, eucarística, mística y eterna. 
¡Qué dulce alegría penetra e invade a mi alma al descubrir este mágico secreto que la pone en disposición para conocer en cada momento qué siente y cómo palpita el Corazón de Jesús en la intimidad con sus almas fieles; en sus días y noches sin fin de Sagrarios abandonados; en las Misas de sus sacerdotes, de los buenos y de los que no lo son; en las persecuciones y exaltaciones de su Iglesia; en su glorificación eterna del cielo!

Grande, interesante, revelador es siempre el Evangelio como doctrina y como historia. Pero cuando con ojos de fe viva, miro sus páginas y las veo moverse, subir y bajar suavemente, como suavemente baja y sube el pecho a impulso del corazón que guarda adentro; cuando siento que aquel subir y bajar son la sístole y la diástole del Corazón más grande, más generoso, más incansable, más inverosímilmente amante y dadivoso, el libro ya no es libro, sino un pecho vivo. La palabra una palabra hablada. El ayer es hoy. El mañana la eternidad. El milagro contado es milagro repetido. El misterio de la doctrina no es misterio, sino claridad de mediodía. La fe y la esperanza casi, casi, se van eclipsando, porque por entre letra y letra, renglón y renglón, van saliendo rayos de un sol, el sol del Amor... 
¡Jesús descubriendo su Corazón y repitiendo: “Yo soy” con palabra de luz y de fuego! 
La letra dirá: mano que bendice, mano agujereada, ojos que miran, que lloran, que se velan; cabeza herida por espinas; pies cansados de caminar; boca abierta para enseñar, seca de sed, ardiente de fiebre... pero la luz y el fuego que debajo de las letras salen, van diciendo: ¡El Corazón de Jesús amando y entregándose! 
¡Con qué razón y justicia el Evangelio de Jesús puede llamarse el Evangelio del Corazón de Jesús!

¿Que en aquellas páginas no se nombra ni una sola vez? 
Es cierto. Pero también es cierto que así como por la lanzada del soldado quedó “abierto el costado” de Jesús y por esa abertura podía verse y tocarse su Corazón de carne, por el espíritu de fe y mejor, por don del Espíritu Santo, a través de cada palabra del Evangelio de Jesús, puede verse y sentirse su Corazón, y por tanto, que no hay que escribir un libro sobre lo que es Él, sino dedicarse a buscarlo en el gran libro, en el libro eterno de su Evangelio. 
Ésa, ésa quisiera yo que fuera la ocupación de los ojos y de las inteligencias de los cristianos: leer y contemplar el Evangelio, buscando el Corazón de Jesús sin parar hasta encontrarlo.

Fuente: San Manuel González, Así ama el corazón de Jesús en la Eucaristía. Versión digital tomada de alexandriae.org

El Corazón de María invita a la confianza

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En la segunda aparición de Fátima dijo la Virgen que su devoción era “un medio providencial de salvar muchas almas”. Dice a Lucía las siguientes palabras: “A Jacinta y a Francisco los llevaré pronto. Tú debes permanecer aquí un largo tiempo. Jesús quiere servirse de ti para hacerme conocer y amar”. Lucía preguntó: “¿voy a quedarme sola?” “No, hija mía -dice la Virgen-. No te abandonaré jamás. Mi Corazón inmaculado será tu refugio y el camino que te llevará a Dios.” 
Al pronunciar las anteriores palabras, cuenta la historia de las apariciones que la Virgen abrió sus manos, reverberó la luz misteriosa en la cual los pastorcitos se veían como sumergidos.Un haz de luz subía de aquellas manos radiantes hacia el cielo. Otro se dirigía hacia la tierra. Delante de la mano derecha, un corazón rodeado de espinas que lo estrujaban y punzaban por todas partes. Los videntes comprendieron que era el Corazón de María, “afligido por los muchos pecados de los hombres.” 
Las espinas simbolizan la ofensa cometidas por los pecadores que hieren el Corazón de la Madre. Como lo simboliza la espada.

Entre nosotros una ofensa suele producir indignación y nos lleva a la venganza. No así en María. Su Corazón es como el de una madre, y al verse ofendido por los hijos de sus entrañas llora en soledad por la compasión que le da la ingratitud de su hijo. La misma espada que atraviesa el Corazón de la Virgen lo dejó abierto para cobijar al que lo atraviesa. Como sucedió con el Corazón de Cristo. 
Al pecar crucificamos nuevamente a Cristo. Sin embargo, dijo el Señor a Santa Margarita María de Alacoque: “Los pecadores hallarán en mi Corazón la fuente y el océano infinito de la Misericordia”. Al pecar ofendemos también a María. Ella, sin embargo, no tiene sino pensamientos de paz. Y así pedía: “Rezad por los pecadores, sacrificaos por ellos.” 
Por muchos y muy graves que sean los que hayamos cometido, acudamos al Corazón de la Virgen. Seamos apóstoles de la confianza en María.

Hay que decir más. Las madres de la tierra, todas tienen sus imperfecciones. María no. Nos ama como Madre perfectísima, su amor hacia nosotros es desinteresado, puro, entregado…, pero sin limitaciones ni imperfecciones. El Corazón de María se extiende a todos. Para todos están abiertas sus puertas. 
Como nos ama María, amémonos nosotros, teniendo en cuenta que la caridad “es paciente, es benigna, no es envidiosa, no es jactanciosa, no se ensoberbece, no piensa mal, no se complace en la injusticia, sino en la verdad…, todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera…”

Fuente: El Inmaculado Corazón de María, guiones homiléticos. Verbum vitae, la palabra de Cristo, tomo X. editorial B.A.C.

Las grandes revelaciones del Corazón de Jesús (I)

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Primera gran revelación

En la fiesta de San Juan Evangelista, el discípulo amado (27 diciembre 1673). Santa Margarita María, que era una monja salesa, se encontraba en el coro bajo, de su convento de Paray, en presencia de su Amor Sacramentado. Él la hace reposar en su divino pecho, donde le descubre por vez primera las maravillas de su amor y los secretos de su Corazón. Lo describe así: “Jesús me ha dicho: 'Mi divino Corazón está tan apasionado de amor a los hombres, en particular hacia ti, que no pudiendo contener en él las llamas de su ardiente caridad, es menester que las derrame valiéndose de ti, y se manifieste a ellos para enriquecerlos con los preciosos dones que te estoy descubriendo'.” 
En esto le pide su corazón y le introduce en el suyo, y a su contacto se convierte en llama encendida, lo saca y se lo vuelve a colocar en su pecho “como una llama ardiente en forma de corazón”. Este fuego le producirá toda su vida un fuerte dolor de costado, garantía de la verdad de la aparición. Durante muchos días queda la santa como embriagada y toda abrasada en el amor divino.

Segunda gran revelación

Escribe Santa Margarita María: “El divino Corazón se me presentó en un trono de llamas, más esplendoroso que el sol, y transparente como el cristal la llaga adorable, rodeado con una corona de espinas, significando las punzadas producidas por nuestros pecados, y una cruz en su parte superior...”

El pensamiento de Jesús se va precisando; la devoción a su sagrado Corazón, que quiere difundir por todo el mundo, es como el último esfuerzo de su amor para abrasar el frío mundo. Será necesario en la nueva devoción venerar el Corazón divino bajo la forma de un corazón de carne; la llaga de la lanza estará bien visible; le rodearán llamas y le ceñirán las espinas, llevando en la parte superior una cruz. 
Los que honren esta santa representación recibirán gracias muy especiales.

Tercera gran revelación

Escribe la vidente: “Una vez, estando expuesto el Santísimo Sacramento, sentí en mi interior un recogimiento extraordinario de todos mis sentidos y potencias, se me presenta mi Señor Jesucristo todo resplandeciente de gloria, con sus cinco llagas brillantes como cinco soles, y despidiendo de su sagrada humanidad rayos de luz, sobre todo de su adorable pecho, que parecía un horno encendido: entonces me abrió su Corazón y me explicó las inexplicables maravillas de su puro amor para con los hombres, de quienes no recibe sino ingratitudes. Después me dijo: 'Comulgarás sobre todo los primeros viernes de cada mes. Todas las noches del jueves al viernes te llamaré para que, delante del Sagrario, te postres durante una hora con el rostro en el suelo, tanto para calmar la cólera divina, pidiendo misericordia para los pecadores, como para suavizar, en cierto modo, la amargura que sentí al ser abandonado por mis apóstoles, obligándome a echarles en cara el no haber velado una hora conmigo: durante esta hora harás lo que yo te enseñare'.”

Fuente: Ginés de María Rodríguez F.S.C., Los Sagrados Corazones, Ed. Apostolado Mariano.