Los santos ejercicios son luz

Beata Catalina de Maria Rodriguez 01 01 Beata Catalina de María Rodríguez, nacida y fallecida en Córdoba, Fundadora de las Hermanas Esclavas del Corazón de Jesús, la primera congregación femenina de vida apostólica de Argentina.

Extractos de cartas de la Madre Catalina:

Los santos ejercicios son luz; ellos nos descubren las gracias que hasta entonces estaban ocultas a nuestra vista, dejándonos percibir con claridad nuevos y fáciles medios de practicar las virtudes; sí, fáciles digo, porque la abundancia de gracias que el Señor derrama en esos días de dicha para el alma, le hacen mirar como muy sencillas las cosas que antes tenía por muy dificultosas.
Y ¿qué es lo que resta enseguida? Ser fiel a estas gracias, procurando guardar cuidadosamente en nuestros corazones el tesoro que hemos recibido, no para tenerlo allí ocioso, sino para hacerlo producir los frutos que le son propios: esto es, la verdadera reforma de nuestras faltas; pensando siempre que ninguna es tan pequeña que no deba hacerse de ella mucho caso, puesto que con cada una perdemos gracias; y al mismo tiempo perdemos fuerzas para resistir a las que vendrán enseguida. Y lo que es más triste que todo; el ultraje que hacemos a Dios en cambio de sus beneficios.

Aunque carezcan de todo y estén como abandonados de las criaturas, entonces están de un modo especial en las manos de Dios que vela por ustedes como único verdadero Padre y les dará fuerza, luz y ánimo generoso para seguir de cerca a nuestro Amantísimo Amo que marcha delante de ustedes cargando con su cruz y les muestra el camino por donde él quiere que vayan.

Esta reflexión me ha servido infinidad de veces en las pruebas por las que nuestro Señor me ha hecho pasar, diciéndome a mí misma: “nunca estoy mejor que cuando estoy sola con Dios”, y para no ir más lejos le diré que éstas son las palabras que repito ahora mismo con frecuencia en la situación presente.

Cuando la pobre alma sufre la tentación, el desconsuelo y la triste soledad del espíritu; es entonces cuando el Señor de ella está más cerca y cuando con más cuidado vela para que no sea vencida del enemigo; y entonces también es cuando Dios ama a esa alma con mayor ternura. No piense ni por un momento que Dios la deja; crea esto no es sino una prueba que pasará más o menos pronto, según el beneplácito divino, y procure ser muy fiel en ella.

Fuente: De las cartas de la Beata Catalina Rodríguez

El milagro que convirtió al Dr. Carrel

Dr. Alexis Carrel 01 01

El 11 de febrero es el día de Nuestra Señora de Lourdes, de cuya primera aparición hoy se cumplen 161 años. Narraremos el magnífico milagro ocurrido en julio de 1903, ante los ojos del Dr. Alexis Carrel (1873-1944, Premio Nobel de medicina en 1912).

El doctor Carrel, incrédulo, reemplazó a uno de sus compañeros para ir como médico a una peregrinación de 300 enfermos al santuario de Lourdes. No creía en Dios ni en milagros. Era un científico, que sólo creía en la razón, pero era un hombre sincero y, al final del viaje, debió reconocer que existía Dios y lo sobrenatural. Él mismo nos cuenta su aventura espiritual en su libro Viaje a Lourdes, donde escribe sus impresiones, bajo el pseudónimo de Dr. Lerrac (Carrel al revés).

Dice así: Al llegar los enfermos al hospital, Lerrac se acercó a la cama que ocupaba una joven enferma de peritonitis tuberculosa... María Ferrand (su verdadero nombre era María Bailly) tenía las costillas marcadas en la piel y el vientre hinchado. La tumefacción era casi uniforme, pero algo más voluminosa hacia el lado izquierdo. El vientre parecía distendido por materias duras y, en el centro, notábase una parte más depresible llena de líquido. Era la forma clásica de la peritonitis tuberculosa... El padre y la madre de esta joven murieron tísicos; ella escupe sangre desde la edad de quince años; y a los dieciocho contrajo una pleuresía tuberculosa y le sacaron dos litros y medio de líquido del costado izquierdo, después tuvo cavernas pulmonares y, por último, desde hace ocho meses sufre esta peritonitis tuberculosa. Se encuentra en el último período de caquexia. El corazón late sin orden ni concierto. Morirá pronto; puede vivir tal vez unos días, pero está sentenciada.

A María Ferrand, después de hacerle unas abluciones con el agua milagrosa de la Virgen -porque su estado era sumamente grave y no se atrevieron a meterla en la piscina- la llevaron ante la imagen de la Virgen en la gruta.
La mirada de Lerrac se posó en María Ferrand y le pareció que algo había cambiado su aspecto, parecía que su cutis tenía menos palidez... Lerrac se acercó a la joven y contó las pulsaciones y la respiración y comentó: “La respiración es más lenta”. Evidentemente, tenía ante sus ojos una mejoría rápida en el estado general. Algo iba a suceder y se resistió a dejarse llevar por la emoción. Concentró su mirada en María Ferrand sin mirar a nadie más. El rostro de la joven, con los ojos brillantes y extasiados, fijos en la gruta, seguía experimentando modificaciones. Se había producido una importante mejoría. De pronto, Lerrac se sintió palidecer al ver cómo, en el lugar correspondiente a la cintura de la enferma, el cobertor iba descendiendo, poco a poco, hasta el nivel del vientre... “Creo que me volveré loco”, pensó Lerrac.

Algunos minutos después, la tumefacción del vientre pareció que había desaparecido por completo... Lerrac no hablaba ni pensaba. Aquel suceso inesperado estaba en contradicción con todas sus ideas y previsiones y le parecía estar soñando. Le dieron una taza llena de leche a la joven y la bebió por entero. A los pocos momentos, levantó la cabeza, miró en torno suyo, se removió algo y reclinóse sobre un costado sin dar la menor muestra de dolor. Acababa de suceder lo imposible, lo inesperado, ¡el milagro! Aquella muchacha agonizante poco antes, estaba casi curada.
Hacia las siete y media volvió al hospital, ardiendo de curiosidad y angustia... Quedóse mudo de asombro. La transformación era prodigiosa. La joven, vistiendo una camisa blanca, se hallaba sentada en la cama.
“Doctor, estoy completamente curada -dijo a Lerrac- aunque me siento débil”... La curación era completa. ¡Es el milagro, el gran milagro, que hace vibrar a las multitudes, atrayéndolas alocadas a Lourdes! ¡Qué feliz casualidad ver cómo, entre tantos enfermos, ha sanado la que yo mejor conocía y a la que había observado largamente!

Fuentes:
Alexis Carrel, Viaje a Lourdes
P. Ángel Peña O.A.R., Santa Bernardita, la vidente de Lourdes

Habrá niños santos- Venerable Anna de Guigné

Anna de Guigne 01 01

Anna nació en Annecy (Francia), el 25 de abril de 1911. «Anna, si quieres consolarme, tienes que ser buena» le dijo un día su madre que había quedado viuda. Desde aquel momento la niña, a menudo desobediente, soberbia y celosa, llevará una lucha continua y acérrima para ser buena.

Para Anna el faro que alumbra su camino de conversión es su primera comunión a los 6 años, que deseó con toda su alma, y que preparó con alegría. Llegado el momento, y porque a su corta edad necesitaba una dispensa, el obispo la sometió a un examen que aprobó con extrema facilidad. «Mi deseo es que tengamos todos el nivel de conocimiento de la religión de esta niña» dijo el examinador.

El transcurso de su corta vida expresa la paz de una gran felicidad íntima, alimentada por su amor a Dios que se extiende, a medida que va avanzando en edad, a un círculo cada vez más amplio de personas: sus padres, su familia, su entorno, los enfermos, los pobres, los incrédulos. Ella vive, reza, sufre por los demás.
Padeció de reuma muy joven, supo lo que era el sufrimiento y lo hizo ofrenda: «Jesús, te lo ofrezco»; o bien: «Oh no, no sufro, aprendo a sufrir». Pero en diciembre de 1921 sufrió una meningitis, que la obligó a quedarse en la cama. Repetía sin cesar: «Dios mío, quiero todo lo que Tú quieras», añadiendo sistemáticamente a las oraciones que hacían para su recuperación: «... y cura también a los demás enfermos».

Anna falleció al alba del 14 de enero 1922, después de un último intercambio con la monja que la acompañaba: «Hermana, ¿puedo ir con los ángeles? - Sí, mi niña bonita. - ¡Gracias, Hermana, oh gracias!»
El 3 de marzo 1990 el Papa Juan Pablo II firmó el decreto reconociendo la heroicidad de las virtudes de Anna de Guigné, proclamándola Venerable.

Fuente: cf. annedeguigne.fr

La conversión de San Pablo (II)

San Pablo 06 13

Este viraje de su vida, esta transformación de todo su ser no fue fruto de un proceso psicológico, de una maduración o evolución intelectual y moral, sino que llegó desde fuera: no fue fruto de su pensamiento, sino del encuentro con Jesucristo. En este sentido no fue sólo una conversión, una maduración de su yo; fue muerte y resurrección para él mismo: murió una existencia suya y nació otra nueva con Cristo resucitado. De ninguna otra forma se puede explicar esta renovación de san Pablo.

En relación con nuestra vida, podemos preguntarnos: ¿Qué quiere decir esto para nosotros? Quiere decir que tampoco para nosotros el cristianismo es una filosofía nueva o una nueva moral. Sólo somos cristianos si nos encontramos con Cristo. Ciertamente no se nos muestra de esa forma irresistible, luminosa, como hizo con san Pablo para convertirlo en Apóstol de todas las gentes. Pero también nosotros podemos encontrarnos con Cristo en la lectura de la sagrada Escritura, en la oración, en la vida litúrgica de la Iglesia. Podemos tocar el corazón de Cristo y sentir que él toca el nuestro. Sólo en esta relación personal con Cristo, sólo en este encuentro con el Resucitado nos convertimos realmente en cristianos.
Por tanto oremos al Señor para que nos ilumine, para que nos conceda en nuestro mundo el encuentro con su presencia y para que así nos dé una fe viva, un corazón abierto, una gran caridad con todos, capaz de renovar el mundo.

Fuente: Benedicto XVI, Audiencia general del Miércoles 3 de septiembre de 2008

La conversión de San Pablo (I)

San Pablo 05 11

La catequesis de hoy estará dedicada a la experiencia que san Pablo tuvo en el camino de Damasco y, por tanto, a lo que se suele llamar su conversión. Precisamente en el camino de Damasco, en los inicios de la década del año 30 del siglo I, después de un período en el que había perseguido a la Iglesia, se verificó el momento decisivo de la vida de san Pablo. Sobre él se ha escrito mucho y naturalmente desde diversos puntos de vista. Lo cierto es que allí tuvo lugar un viraje, más aún, un cambio total de perspectiva. A partir de entonces, inesperadamente, comenzó a considerar pérdida y basura todo aquello que antes constituía para él el máximo ideal, casi la razón de ser de su existencia (cf. Flp 3, 7-8) ¿Qué es lo que sucedió?

Cristo resucitado se presenta como una luz espléndida y se dirige a Saulo, transforma su pensamiento y su vida misma. El esplendor del Resucitado lo deja ciego; así, se presenta también exteriormente lo que era su realidad interior, su ceguera respecto de la verdad, de la luz que es Cristo. Y después su definitivo a Cristo en el bautismo abre de nuevo sus ojos, lo hace ver realmente.

En la Iglesia antigua el bautismo se llamaba también iluminación, porque este sacramento da la luz, hace ver realmente. En Pablo se realizó también físicamente todo lo que se indica teológicamente: una vez curado de su ceguera interior, ve bien. San Pablo, por tanto, no fue transformado por un pensamiento sino por un acontecimiento, por la presencia irresistible del Resucitado, de la cual ya nunca podrá dudar, pues la evidencia de ese acontecimiento, de ese encuentro, fue muy fuerte. Ese acontecimiento cambió radicalmente la vida de san Pablo. En este sentido se puede y se debe hablar de una conversión.

Él mismo nunca habló detalladamente de este acontecimiento, tal vez porque podía suponer que todos conocían lo esencial de su historia, todos sabían que de perseguidor había sido transformado en apóstol ferviente de Cristo. Eso no había sucedido como fruto de su propia reflexión, sino de un acontecimiento fuerte, de un encuentro con el Resucitado. Sin dar detalles, en muchas ocasiones alude a este hecho importantísimo, es decir, al hecho de que también él es testigo de la resurrección de Jesús, cuya revelación recibió directamente del mismo Jesús, junto con la misión de apóstol.

Fuente: S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del Miércoles 3 de septiembre de 2008

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