Santificación en el matrimonio (III)

Beato Carlos de Austria 06 10

No se puede hablar del matrimonio sin pensar a la vez en la familia, que es el fruto y la continuación de lo que con el matrimonio se inicia. Una familia se compone no sólo del marido y de la mujer, sino también de los hijos y, en uno u otro grado, de los abuelos, de los otros parientes y de las empleadas del hogar. A todos ellos ha de llegar el calor entrañable, del que depende el ambiente familiar.

La paternidad y la maternidad no terminan con el nacimiento: esa participación en el poder de Dios, que es la facultad de engendrar, ha de prolongarse en la cooperación con el Espíritu Santo para que culmine formando auténticos hombres cristianos y auténticas mujeres cristianas.

Los padres son los principales educadores de sus hijos, tanto en lo humano como en lo sobrenatural, y han de sentir la responsabilidad de esa misión, que exige de ellos comprensión, prudencia, saber enseñar y, sobre todo, saber querer; y poner empeño en dar buen ejemplo. No es camino acertado, para la educación, la imposición autoritaria y violenta. El ideal de los padres se concreta más bien en llegar a ser aquellos a los que los hijos confían sus inquietudes, con quienes consultan sus problemas, de los que esperan una ayuda eficaz y amable.

Es necesario que los padres encuentren tiempo para estar con sus hijos y hablar con ellos. Los hijos son lo más importante: más importante que los negocios, que el trabajo, que el descanso. En esas conversaciones conviene escucharles con atención, esforzarse por comprenderlos, saber reconocer la parte de verdad -o la verdad entera- que pueda haber en algunas de sus rebeldías. Y, al mismo tiempo, ayudarles a encauzar rectamente sus afanes e ilusiones, enseñarles a considerar las cosas y a razonar; no sólo imponerles una conducta, sino mostrarles los motivos, sobrenaturales y humanos, que la aconsejan. En una palabra, respetar su libertad, ya que no hay verdadera educación sin responsabilidad personal, ni responsabilidad sin libertad.

Los padres educan fundamentalmente con su conducta. Lo que los hijos y las hijas buscan en su padre o en su madre no son sólo unos conocimientos más amplios que los suyos o unos consejos más o menos acertados, sino algo de mayor categoría: un testimonio del valor y del sentido de la vida encarnado en una existencia concreta, confirmado en las diversas circunstancias y situaciones que se suceden a lo largo de los años.

Fuente: cf. San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa

La Eucaristía nos hace santos

Beato Carlos de Austria 05 09

Reliquia del “Emperador de la Eucaristía”, Beato Carlos de Austria, sobre el Sagrario en la Iglesia de San Gottardo, Italia. El Beato Carlos vivía profundamente la Santa Misa a la cual asistía a diario y su amor por la Eucaristía creció a lo largo de su vida. Cuando se le preguntaba de donde le venía tanta alegría y optimismo respondía que de su comunión diaria. Incluso pidió matrimonio a la princesa Zita delante del Santísimo Sacramento, en el Santuario de la Virgen de Mariazell.

Jesucristo, aunque oculto a mis ojos, actúa eficazmente en la obra de mi santificación. Veámoslo: si yo me quiero hacer santo, tengo que principiar por vencer el orgullo, y hacer que la humildad ocupe su lugar; y ¿dónde encontraré ejemplo de humildad más eficaz que en la Eucaristía y dónde, fuera de ella, la gracia que necesito para conseguirla?

Jesús es quien pronunció estas admirables palabras: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29); mas si desde el principio del cristianismo no tuviéramos otros ejemplos de humildad que el recuerdo de los que nos dio el Salvador durante su vida mortal, la humildad no sería más que una palabra vana y sin sentido. Podríamos decirle con razón: “Pero, Señor, yo no te he visto humillado”.

En la Eucaristía Jesucristo responde a nuestras excusas y a nuestras quejas. Desde el tabernáculo, por debajo de los velos eucarísticos, especialmente, se escapa esta voz divina: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. ¡Aprended de mí a ocultar vuestras buenas obras, vuestras virtudes y sacrificios: descended... y venid a mí!
En el estado de anonadamiento de nuestro Señor en el Santísimo Sacramento es donde se encuentra la gracia de la humildad. Si Jesús, Rey de la gloria, se rebaja y humilla hasta ese estado, ¿quién, por muy elevado que esté, podrá temer el rebajarse? Aunque sea muy favorecido por la fortuna, ¿cómo no estimar la amable pobreza de Jesús sacramentado?

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Voy a hablarte de piedad... (III)

Beato Carlos de Austria 03 07 Beato Carlos de Austria en Misa

¿Os parece cansada y ridícula la repetición de cincuenta Ave Marías que forma el Rosario de María? Comprendo que lo sea para vosotros si no acompañáis el murmurio de los labios con el afecto del corazón. Dadme un corazón que ame a la Virgen; aquella repetición de súplicas y alabanzas le parecerá lo más natural. Al amor nunca le cansa repetir sus proclamas.

Examinad con este criterio todos los actos de la Religión; paraos en los sencillos ejercicios populares los que teméis rebajaros entregándoos a ellos. ¿Nunca habéis comprendido el afecto tiernísimo, el amor acendrado que encierran aquellos ósculos, aquellas cruces, aquellas fórmulas breves y sencillas? ¡Vuestra fría ilustración no las comprende! ¡Mirad en cambio cómo las comprende el corazón! ¡Mirad cómo las conserva y las transmite el pueblo fiel; cómo las entiende, cómo se regala con ellas, cómo las saborea! Es que siente en ellas el perfume de la piedad. Ama, y por esto comprende el idioma del amor, que para vosotros es extranjero.

No es buen juez el ciego en materia de colores, ni el corazón frío en punto a sentimientos. ¿No tenéis piedad? En vano es que os pondere sus excelencias. Pero sabedlo, aunque decoraseis toda la Biblia y pudieseis explicar en cátedra las obras de los mejores teólogos, sin piedad nada apenas sabríais de la Religión, nada poseeríais de ella. Sin el amor, sin la caridad, sin el sentimiento de la piedad nada seríais.
¿Por ventura no lo ha dicho con mayor y más subida elocuencia el Apóstol en aquellas palabras: «Cuando yo hablara todas las lenguas de los hombres y el lenguaje de los Ángeles mismos, si no tuviera caridad vengo a ser como metal que suena o campana que retiñe.»?
¿Lo oís, católicos a vuestro modo? ¿Podéis ser verdaderamente religiosos si nos sois profundamente piadosos?

Fuente: Pbro. Félix Sardá y Salvany, Revista Popular, marzo de 1872.

Voy a hablarte de piedad... (II)

Meditar 16 16

La Religión, aunque exige el homenaje exterior del hombre, es principal y esencialmente interior; del exterior puede prescindir algunas veces, del interior nunca. Este homenaje interior, este afecto del corazón es lo que llamamos devoción o piedad: he aquí, pues, por qué no se puede ser religioso sin ser piadoso. Y el que no es piadoso no es religioso. O más claro, el que no tiene piedad no tiene Religión. Esta consecuencia pudo parecer al principio inverosímil. ¿No es verdad que se la encuentra ahora muy ajustada?

Ama y haz lo que quieras, ha dicho con valentía un Santo Padre: si no amas, nada harás aunque hagas todo lo que quieras, podemos añadir nosotros. Comprendo hasta cierto punto que los pobres incrédulos hallen ridícula nuestra Religión. Lo comprendo. No viendo en ella más que un conjunto de prácticas exteriores, como lo es la de tantos católicos, claro está, la Religión es una puerilidad. Poned, empero, en cada uno de estos actos un átomo solo de amor, un latido solo del corazón, y lo que os parecía pueril, vano, ridículo, lo veréis grandioso, sublime y digno de llenar, como ha llenado, la existencia de los hombres más eminentes.

Todo es pueril y ridículo cuando no lo vivifica un sentimiento poderoso. Nada es pueril y ridículo cuando es inspirado por el corazón. El martirio por la Religión o por la patria, ¿qué es si prescindimos del corazón? Una terquedad. En cambio, ¿cuántos tesoros de sublimidad y de poesía no se encierra en el sencillo beso que unos labios amantes y fervorosos depositan en una imagen? ¡Y es la acción más vulgar, más trivial, más ordinaria!

Fuente: Pbro. Félix Sardá y Salvany, Revista Popular, marzo de 1872.

Voy a hablarte de piedad... (I)

Francisco Jose rezando 01 01 Francisco José rezando

Voy a hablarte, o lector despreocupado o ilustrado, de la piedad, de esa cosa tan de iglesia y tan de mal gusto que nuestro siglo ha creído deber relegar únicamente a las mujeres y a los viejos.

Voy a hablar de la piedad y a exhortarte a ser piadoso, a ti, trabajador o amo, estudiante o militar, bullicioso joven de veinte abriles o reposado varón de cuarenta y cinco octubres. Voy a decíroslo con el lenguaje franco de siempre: habéis de ser piadosos; y dando un paso más adelante, aunque os sorprenda y no me creáis por de pronto, voy a probaros que si no sois piadosos no sois religiosos. Con lo cual quedará demostrado que, en buena lógica, no hay en el mundo más que dos grupos, el de los devotos y el de los ateos.

¿Qué es la piedad? Es la intervención del corazón en las cosas de Religión.Es la afición, el gusto, el cariñoso afecto acompañando el ejercicio de sus prácticas. La piedad es el amor. Es amar lo que se cree, amar lo que se practica, amar la obligación que se impone, amar la prohibición aunque mortifique. Este amor se manifiesta en la afición, en el gusto, en la facilidad por las obras de la Religión. Véase ahora si esta facilidad, este gusto, esta afición no son los caracteres esenciales y distintivos de las personas verdaderamente piadosas, y se conocerá si es verdadera o no esta explicación que acabo de dar de la piedad.

¿Es obligatoria la piedad? Respuesta: Amarás a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma.
¿Es obligatorio este precepto del Decálogo? Claro que sí, y más que todos, como que es el primero y fundamental. Luego es obligatorio el amor en los actos de Religión. Es así que la piedad no es sino el amor acompañando los actos externos de la Religión: luego es obligatoria la piedad. ¿Qué se puede oponer a este raciocinio tan llano, tan corriente y tan natural?
Si nuestros actos exteriores, nuestras prácticas, nuestros rezos, nuestras devociones han de significar algo, ¿qué han de significar sino el afecto, el amor, el rendimiento del corazón? Si eso no significan, nada significan, son cuerpos sin alma, palabras sin sentido, son meras formalidades, puras ceremonias, sola exterioridad, pura hipocresía.

Fuente: Pbro. Félix Sardá y Salvany, Revista Popular, marzo de 1872.

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