La voluntad de Dios es que seamos santos (III)

Beato Carlos de Austria 07 11 El Beato Carlos de Austria y su esposa Zita

En esta Iglesia entramos por medio del santo Bautismo: y es en este momento cuando nosotros prometemos hacernos santos. En esta Iglesia se participa de los santos Sacramentos, pero éstos no se administran sino a los que son santos o que tomaron la firme resolución de hacerse santos. De esta Iglesia se pasa al paraíso, que es la misma Iglesia triunfante, pero no pasa más que el que es santo; y vosotros bien sabéis que si alguno de estos santos tuviera alguna mancha, la debe reparar primero en el fuego del Purgatorio. ¿Y vosotros, quisierais decirme ahora que no estamos obligados a hacernos santos?

Es ciertísimo que para salvarse, basta morir en gracia de Dios; y que alguno entra en el Paraíso quizás después de una vida tibia, fría y alguna vez también mala; pero esto será un milagro que Dios lo hace de vez en cuando, y pretender que lo haga con nosotros sería lo mismo que obligarlo a que no lo hiciera. Observad un poco cómo os molesta tener un súbdito o un servidor cualquiera que hace todo a la fuerza y más bien muestra empeño en engañaros que en serviros. Vosotros no estáis dispuestos a compadecerlo, y compadecerán más bien a un pobre enfermo, a un impotente que hiciera menos que él pero que muestra deseo de hacer más de lo que puede. Así hace el Señor con nosotros. Él sufre, compadece, ayuda, perdona a quien ve empeñado en hacer todo lo que puede, que desea hacer más de lo que hace y se preocupa por no poder hacer todo lo que él quisiera. Pero se enfada y detesta a quien siempre se muestra con pesar de huir del mal y hacer el bien, se contenta con poco y no piensa en lo mejor, lleva una mala vida, o alterna el mal con el bien, y no se apresura ni piensa en repararla.

El Señor odia y detesta, en pocas palabras, a todos los que quieren salvarse sin ser buenos, a los que quisieran ir al Paraíso sin ser santos: Escribe, -dice un día el Señor a San Juan,- escribe al Obispo de Laodicea, que no me gusta su conducta, y que empezaré a abandonarlo. ¿Por qué, Señor mío, por qué debo darle una noticia de tan mal gusto? Porque es muy tibio, no piensa en el Paraíso, porque se ocupa demasiado de las cosas de este mundo. No digo que sea un malvado, pero es muy dejado y no me gusta; y por eso, si no se arrepiente, si no hace penitencia, y si no es más fervoroso, yo lo alejo de mí.

Fuente: San Antonio Gianelli, Homilía “De la obligación de hacernos santos”

La conversión de San Pablo (I)

San Pablo 05 11

La catequesis de hoy estará dedicada a la experiencia que san Pablo tuvo en el camino de Damasco y, por tanto, a lo que se suele llamar su conversión. Precisamente en el camino de Damasco, en los inicios de la década del año 30 del siglo I, después de un período en el que había perseguido a la Iglesia, se verificó el momento decisivo de la vida de san Pablo. Sobre él se ha escrito mucho y naturalmente desde diversos puntos de vista. Lo cierto es que allí tuvo lugar un viraje, más aún, un cambio total de perspectiva. A partir de entonces, inesperadamente, comenzó a considerar pérdida y basura todo aquello que antes constituía para él el máximo ideal, casi la razón de ser de su existencia (cf. Flp 3, 7-8) ¿Qué es lo que sucedió?

Cristo resucitado se presenta como una luz espléndida y se dirige a Saulo, transforma su pensamiento y su vida misma. El esplendor del Resucitado lo deja ciego; así, se presenta también exteriormente lo que era su realidad interior, su ceguera respecto de la verdad, de la luz que es Cristo. Y después su definitivo a Cristo en el bautismo abre de nuevo sus ojos, lo hace ver realmente.

En la Iglesia antigua el bautismo se llamaba también iluminación, porque este sacramento da la luz, hace ver realmente. En Pablo se realizó también físicamente todo lo que se indica teológicamente: una vez curado de su ceguera interior, ve bien. San Pablo, por tanto, no fue transformado por un pensamiento sino por un acontecimiento, por la presencia irresistible del Resucitado, de la cual ya nunca podrá dudar, pues la evidencia de ese acontecimiento, de ese encuentro, fue muy fuerte. Ese acontecimiento cambió radicalmente la vida de san Pablo. En este sentido se puede y se debe hablar de una conversión.

Él mismo nunca habló detalladamente de este acontecimiento, tal vez porque podía suponer que todos conocían lo esencial de su historia, todos sabían que de perseguidor había sido transformado en apóstol ferviente de Cristo. Eso no había sucedido como fruto de su propia reflexión, sino de un acontecimiento fuerte, de un encuentro con el Resucitado. Sin dar detalles, en muchas ocasiones alude a este hecho importantísimo, es decir, al hecho de que también él es testigo de la resurrección de Jesús, cuya revelación recibió directamente del mismo Jesús, junto con la misión de apóstol.

Fuente: S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del Miércoles 3 de septiembre de 2008

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