La esposa del Beato Carlos de Austria camino a los altares

Beato Carlos y Emperatriz Zita 04 05 La Sierva de Dios Zita junto a su esposo el Beato Carlos de Austria

Zita de Borbón Parma nació el 9 de mayo de 1892 en Villa delle Pianore, Italia. Ella es la decimoséptima hija de Roberto I de Parma y su esposa María Antonia de Braganza, hija del rey Miguel I, el último rey de Portugal, que perderá su trono y se instalará en Austria.

Zita se casa con el archiduque Carlos, sobrino del emperador Francisco José, el 21 de octubre de 1911. El 20 de noviembre de 1912, da a luz a Otto, el primero de sus ocho hijos. El 28 de junio de 1914, Carlos y Zita se enteran con dolor del asesinato del príncipe heredero y de su esposa en Sarajevo, de manos de un nacionalista serbio. El archiduque Carlos se convierte en general del ejército austriaco y es enviado al Tirol. Zita y sus hijos se instalan en el Palacio de Schönbrunn. A veces, acompaña a su esposo al frente, especialmente en el frente rumano, donde pasa horas con los heridos.
Francisco José intenta una manera de restablecer la paz, pero sus consejeros y el espíritu del pueblo, influenciado por la propaganda alemana, se oponen a ello. Seguía trabajando con ese propósito cuando expira, a la edad de ochenta y seis años, el 21 de noviembre de 1916. Carlos se convierte entonces en emperador. La cabeza de Zita recibe la corona de las reinas de Hungría; luego, tras ser ceñido su esposo con la corona de san Esteban, primer rey de Hungría, el arzobispo primado se la pone a ella sobre el hombro derecho y dice: « Recibe la corona de la soberanía, para que sepas que eres la esposa del rey y que siempre debes cuidar al pueblo de Dios. Cuanto más alto te encuentres, más humilde debes ser y más debes permanecer en Jesucristo ».

En octubre de 1918 una revolución de inspiración comunista estalla en Budapest, y el imperio se fragmenta rápidamente. Exilian entonces a la familia a la isla de Madeira (Portugal), donde se instalan el 19 de noviembre de 1921. El clima invernal es frío y húmedo. El 9 de marzo de 1922, el emperador sufre una congestión pulmonar, muriendo el 1 de abril. Zita se queda viuda a la edad de 30 años, con siete hijos, y su octava, Elisabeth nacerá dos meses después. Zita vestirá de luto toda su vida.
El 13 de mayo de ese año, aniversario de la primera aparición de la Virgen en Fátima, Zita consagra su familia al Corazón Inmaculado de María, antes de abandonar Madeira hacia España. En 1962, cuando todos sus hijos estaban establecidos y en su mayoría casados, se establece en Zizers, en el cantón suizo de los Grisones. Tras levantarse a las cinco de la mañana, la emperatriz asiste cada día a varias Misas, medita sobre la Pasión de Jesús y reza asiduamente el Rosario. Finalmente puede regresar a Austria en 1982, cuando las autoridades austríacas finalmente acuerdan que la emperatriz como esposa no se ve afectada por las leyes del exilio que golpean a los Habsburgo. Después de sesenta y tres años de exilio, representa una de sus mayores alegrías. El 13 de noviembre, más de 20.000 personas asisten a la Misa celebrada en su presencia en la catedral de San Esteban de Viena.
Su salud se deteriora, pierde la vista y sus últimos meses son particularmente dolorosos debido a la neumonía. Sus allegados dan testimonio de su enorme paciencia, a la espera serena de la muerte que le permitirá reencontrarse con su esposo. Tras fallecer el 14 de marzo de 1989, a la edad de 96 años, es inhumada en la cripta de los Capuchinos de Viena. Su corazón reposa junto al de su esposo en la abadía de Muri, en la diócesis de Basilea.

Oración
Dios Padre, que redimiste al mundo por el anonadamiento de tu Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, que siendo Rey se hizo servidor y dio su vida por una multitud, por eso Tú lo exaltaste. Dígnate ahora conceder a tu Sierva Zita, emperatriz y reina, la gracia de ser elevada al honor de los altares. En ella nos das un ejemplo admirable de fe y esperanza ante las pruebas, así como una confianza inquebrantable en Tu divina Providencia. Te pedimos que junto a su esposo, el Beato Carlos de Austria, Zita se convierta en ejemplo de amor y fidelidad conyugal para los matrimonios de hoy; para las madres de familia, en modelo de educación cristiana, y para todos, en ejemplo de servicio y amor al prójimo. Por su intercesión, escucha nuestra oración (se pide la gracia). Te lo pedimos por Cristo Nuestro Señor. Amén.
Padre nuestro, Ave María y Gloria.

Fuente: cf. associationimperatricezita.com

Corazón de Jesús, esperanza de los que en ti mueren

Beato Pier Giorgio Frassati 10 10 Beato Pier Giorgio Frassati

“Preciosa es a los ojos del Señor la muerte de sus santos.” Salmo 115, 6.
La reciente conmemoración de todos los fieles difuntos nos invita hoy a contemplar, bajo una luz de fe y de esperanza, la muerte del cristiano, para la que las Letanías del Sagrado Corazón nos ponen en los labios la invocación: “Corazón de Jesús, esperanza de los que en ti mueren, ten piedad de nosotros”.
La muerte forma parte de la condición humana; es el momento terminal de la fase histórica de la vida. En la concepción cristiana, la muerte es un paso: de la luz creada a la luz increada, de la vida temporal a la vida eterna.
Ahora bien, si el Corazón de Cristo es la fuente de la que el cristiano recibe luz y energía para vivir como hijo de Dios, ¿a qué otra fuente se dirigirá para sacar la fuerza necesaria para morir de modo coherente con su fe? Como vive en Cristo, así no puede menos de morir en Cristo.

La invocación de las letanías recoge la experiencia cristiana ante el acontecimiento de la muerte: el Corazón de Cristo, su amor y su misericordia, son esperanza y seguridad para quien muere en Él.
Pero conviene que nos detengamos un momento a preguntarnos: ¿Qué significa “morir en Cristo”? Significa ante todo leer el evento desgarrador y misterioso de la muerte a la luz de la enseñanza del Hijo de Dios y verlo, por ello, como el momento de la partida hacia la casa del Padre, donde Jesús, pasando también Él a través de la muerte, ha ido a prepararnos un lugar (cf. Jn 14, 2); es decir significa creer que, a pesar de la destrucción de nuestro cuerpo, la muerte es premisa de vida y de fruto abundante (cf. Jn 12, 24).
“Morir en Cristo” significa, además, confiar en Cristo y abandonarse totalmente a Él, poniendo en sus manos el propio destino, así como Él, muriendo, puso su espíritu en las manos del Padre (cf. Lc 23, 46). Significa cerrar los ojos a la luz de este mundo en la paz, en la amistad, en la comunión con Jesús, porque nada, ni la muerte ni la vida... podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro (Rm 8, 38-39).
En aquella hora suprema, el cristiano sabe que, aunque el corazón le reproche algunas culpas, el Corazón de Cristo es más grande que el suyo y puede borrar toda su deuda si él está arrepentido (cf. 1 Jn 3, 20).

“Morir en Cristo” significa también, fortificarse para aquel momento decisivo con los signos santos del paso pascual: el sacramento de la Penitencia, que nos reconcilia con el Padre y con todas las creaturas; el santo Viático, Pan de vida y medicina de inmortalidad; y la Unción de los enfermos, que da vigor al cuerpo y al espíritu para el combate supremo.
“Morir en Cristo” significa, finalmente, “morir como Cristo” orando y perdonando;teniendo junto a sí a la bienaventurada Virgen. Como madre, Ella estuvo junto a la cruz de su Hijo (cf. Jn 19, 25); como madre está al lado de sus hijos moribundos, Ella que, con el sacrificio de su corazón, cooperó a engendrarlos a la vida de la gracia; está al lado de ellos, presencia compasiva y materna, para que del sufrimiento de la muerte nazcan a la vida de la gloria.

Fuente: cf. San Juan Pablo II, Ángelus del 5 de noviembre de 1989

La esperanza de la resurrección

Santa Teresita 21 48 Santa Teresita del Niño Jesús

Cristo, esperanza de todos los creyentes, llama durmientes, no muertos, a los que salen de este mundo, ya que dice: Lázaro, nuestro amigo, está dormido.

Y el apóstol san Pablo quiere que no nos entristezcamos por la suerte de los difuntos, pues nuestra fe nos enseña que todos los que creen en Cristo, según se afirma en el Evangelio, no morirán para siempre: por la fe, en efecto, sabemos que ni Cristo murió para siempre ni nosotros tampoco moriremos para siempre.
Pues Él mismo, el Señor, a la voz del arcángel y al son de la trompeta divina, descenderá del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán.

Así, pues, debe sostenernos esta esperanza de la resurrección, pues a los que hemos perdido en este mundo, los volveremos a encontrar en el otro; es suficiente que creamos en Cristo de verdad, es decir, obedeciendo sus mandatos, ya que es más fácil para Él resucitar a los muertos que para nosotros despertar a los que duermen.
Mas he aquí que, por una parte, afirmamos esta creencia y, por otra, no sé por qué profundo sentimiento, nos refugiamos en las lágrimas, y el deseo de nuestra sensibilidad hace vacilar la fe de nuestro espíritu. ¡Oh miserable condición humana y vanidad de toda nuestra vida sin Cristo!
¡Oh muerte, que separas a los que estaban unidos y, cruel e insensible, desunes a los que unía la amistad! Tu poder ha sido ya quebrantado. Ya ha sido roto tu cruel yugo por aquel que te amenazaba por boca del profeta Oseas: ¡Oh muerte, yo seré tu muerte! Por esto podemos apostrofarte con las palabras del Apóstol: ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?

Fuente: San Braulio de Zaragoza, Carta 19. Oficio de Difuntos. Liturgia de las Horas.

''Estad siempre alegres en el Señor''

Don Bosco ensenandoComo acabáis de escuchar en la lectura de hoy, amados hermanos, la misericordia divina, para bien de nuestras almas, nos llama a los goces de la felicidad eterna, mediante aquellas palabras del Apóstol: Estad siempre alegres en el Señor. Las alegrías de este mundo conducen a la tristeza eterna, en cambio, las alegrías que son según la voluntad de Dios durarán siempre y conducirán a los goces eternos a quienes en ellas perseveren. Por ello añade el Apóstol: Otra vez os lo digo: Estad alegres.

Se nos exhorta a que nuestra alegría, según Dios y según el cumplimiento de sus mandatos, se acreciente cada día más y más, pues cuanto más nos esforcemos en este mundo por vivir entregados al cumplimiento de los mandatos divinos, tanto más felices seremos en la otra vida y tanto mayor será nuestra gloria ante Dios.

Que vuestra bondad sea conocida de todos, es decir, que vuestra santidad de vida sea patente no sólo ante Dios, sino también ante los hombres; así seréis ejemplo de modestia y sobriedad para todos los que en la tierra conviven con vosotros y vendréis a ser también como una imagen del bien obrar ante Dios y ante los hombres.

El Señor está cerca; no os inquietéis por cosa alguna: El Señor está siempre cerca de los que lo invocan sinceramente, es decir, de los que acuden a él con fe recta, esperanza firme y caridad perfecta; él sabe, en efecto, lo que vosotros necesitáis ya antes de que se lo pidáis; él está siempre dispuesto a venir en ayuda de las necesidades de quienes lo sirven fielmente. Por ello no debemos preocuparnos desmesuradamente ante los males que pudieran sobrevenirnos, pues sabemos que Dios, nuestro defensor, no está lejos de nosotros, según aquello que se dice en el salmo: El Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos. Aunque el justo sufra muchos males, de todos lo libra el Señor. Si nosotros procuramos observar lo que él nos manda, él no tardará en darnos lo que prometió.

En toda necesidad presentad a Dios vuestras peticiones mediante la oración y la súplica, acompañadas con la acción de gracias, no sea que, afligidos por la tribulación, nuestras peticiones sean hechas -Dios no lo permita- con murmuraciones o tristeza; antes, por el contrario, oremos con paciencia y alegría, dando continuamente gracias a Dios por todos sus beneficios.

Fuente: San Ambrosio, Tratado sobre la carta a los Filipenses, Liturgia de las Horas.

Heidi y el abandono en Dios (III)

Heidi 02 02 Heidi, película de 1968

Cuando ese día las niñas estaban contemplando el brillo de las estrellas desde sus camas, Heidi dijo:

- ¿No se te ha ocurrido hoy en todo el día lo estupendo que es que el buen Dios no ceda cuando no dejamos de rogarle algo con mucha insistencia, pero él sabe que hay otra cosa mucho mejor?
- ¿Por qué dices eso ahora de repente, Heidi? -preguntó Klara.
- Porque en Frankfurt yo le rogaba con mucha insistencia que pudiera volver a casa de inmediato, y como no podía, yo pensaba que el buen Dios no me escuchaba. Pero ¿sabes qué? Si yo me hubiera ido tan pronto, tú nunca habrías venido y no te habrías curado en los Alpes.
Klara se quedó muy pensativa.
- Pero, Heidi -empezó a decir-, entonces no tendríamos que rogarle nada, porque el buen Dios siempre sabe mucho mejor que nosotros lo que nos conviene y lo que vamos a rogarle.
- Vaya, Klara, ¿entonces crees que sólo es eso? -se apresuró a decir Heidi-. Todos los días hay que rezar al buen Dios y por todo por todo; porque él tiene que oír que no le olvidamos para que nos lo dé todo. Y si olvidamos al buen Dios, él también se olvida de nosotros, eso lo ha dicho la abuelita. Pero ¿sabes? Si no nos da lo que nos gustaría, no debemos pensar que el buen Dios no nos ha escuchado y dejar de rezar, sino que tenemos que rezar así: «Ahora sé, querido Dios, que tú estás pensando en algo que me conviene más, y yo me alegro de que quieras hacer las cosas tan bien.»
- ¿Cómo se te ha ocurrido todo esto, Heidi? -preguntó Klara.
- La abuelita me lo explicó primero, y luego ha sucedido así, y entonces me he dado cuenta. Pero yo creo, Klara -continuó diciendo Heidi mientras se incorporaba-, que hoy debemos darle muchas gracias al buen Dios, porque nos ha concedido la gran dicha de que ahora puedas andar.
- Sí, claro, Heidi, tienes razón, y me alegro de que me lo recuerdes, de pura alegría casi lo había olvidado.
Entonces las niñas se pusieron a rezar y le dieron las gracias al buen Dios, cada una a su manera, por el magnífico don que le había regalado a Klara después de tantos años enferma.

Fuente: Johanna Spyri, Heidi, ed. Nórdica

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