El primer Legionario de María en Argentina

Alfonso Lambe 01 01 Siervo de Dios Alfonso Lambe

EAlfonso Lambe nació en Irlanda en la fiesta de San Juan Bautista de 1932. Y como Juan, tuvo misión de precursor. A Alfonso Lambe le tocó serlo de la Legión de María. A los 21 años llegó a América como Delegado Internacional de la Legión de María y recorrió los países latinoamericanos fundando millares de praesidia - grupos legionarios - dejando a su paso la estela de la santidad y la alegría de las almas marianas. Dios lo proveyó de grandes dotes naturales que él cimentó en la humildad e hizo fructificar en una ardiente caridad.

Para llevar las almas a Cristo ofrendó su heroica juventud en manos de María.

Alfonso había escrito: “He de esforzarme para que el reinado de María se realice; sí, para que María reine en todos los corazones. Debemos rezar mucho y pedir también a otros que recen para que María impere, como Reina, en nuestro propio corazón.
Yo creo que no sería muy difícil ser santos, yo creo que si dejáramos que se haga en nosotros siempre la Voluntad de Dios, podríamos de verdad, ser santos. Si realmente nos lo propusiéramos, poniendo en ello toda nuestra vida, lo podríamos lograr, porque Dios quiere nuestro esfuerzo, nuestra lucha y después sólo hay que dejarlo hacer a Él.”

En diciembre de 1958, cayó enfermo. Los rayos-x indicaron que había que efectuar una operación, por lo que fue trasladado en avión a Buenos Aires. La operación comprobó la existencia de cáncer generalizado.
El Arzobispo de Buenos Aires, Cardenal Copello, le administró los últimos Sacramentos. El Nuncio, que siempre fue un apoyo y un consuelo para Alfonso, le dio la bendición final. El Señor aceptó su holocausto el 21 de enero de 1959. Sus restos descansan en la bóveda de los Hermanos Cristianos Irlandeses en el cementerio de la Recoleta.

Fuente: alfonsolambe.org

El que sufre generosamente contribuye a la salvación de todos

Beato Carlos 05 08 El Beato Carlos de Austria visitando un enfermo

La grandeza y dignidad del hombre están en ser hijo de Dios y estar llamado a vivir en íntima unión con Cristo. Esa participación en su vida lleva consigo el compartir su dolor. El más inocente de los hombres -el Dios hecho hombre- fue el gran sufriente que cargó sobre sí con el peso de nuestras faltas y de nuestros pecados. Cuando Él anuncia a sus discípulos que el Hijo del Hombre debía sufrir mucho, ser crucificado y resucitar al tercer día, advierte a la vez que si alguno quiere ir en pos de Él, ha de negarse a sí mismo, tomar su cruz de cada día, y seguirle (cf. Lc 9, 22ss).

Existe, pues, una íntima relación entre la Cruz de Jesús -símbolo del dolor supremo y precio de nuestra verdadera libertad- y nuestros dolores, sufrimientos, aflicciones, penas y tormentos que pueden pesar sobre nuestras almas o echar raíces en nuestros cuerpos. El sufrimiento se transforma y sublima cuando se es consciente de la cercanía y solidaridad de Dios en esos momentos. Es esa la certeza que da la paz interior y la alegría espiritual propias del hombre que sufre generosamente y ofrece su dolor “como hostia viva, consagrada y agradable a Dios” (Rm 12, 1).
El que sufre con esos sentimientos no es una carga para los demás, sino que contribuye a la salvación de todos con su sufrimiento.

Fuente: San Juan Pablo II, Discurso en una visita a los enfermos en México, 24 de enero de 1999

Un padre y maestro de la juventud

MisionesSalesianas 01 01

Es especialmente vivo mi sentimiento de gratitud a Dios por haber dado a la Iglesia un educador tan distinguido.

Los problemas de la juventud hoy en día confirman la permanente actualidad de los principios del método de enseñanza ideado por San Juan Bosco, que se centró en la importancia de la prevención en los jóvenes de las experiencias negativas, la educación positiva con valiosas propuestas y ejemplos, basada en la razón, la religión y la bondad.
Es mi deseo que los frutos de este año conmemorativo duren mucho tiempo tanto en la Sociedad Salesiana como en la Iglesia universal que en Don Bosco ha reconocido y reconoce un modelo ejemplar de apóstol de los jóvenes. Por lo tanto, acogiendo el voto de muchos hermanos en el episcopado, de sacerdotes salesianos e Hijas de María Auxiliadora, de sus ex alumnos y de muchos fieles, en virtud de la potestad apostólica, declaro y proclamo a San Juan Bosco, padre y maestro de la juventud, estableciendo que con este título sea honrado e invocado.
Confiando en que mi decisión ayudará a promover cada vez más el culto de tan amado santo y suscitará muchos imitadores de su celo como educador, imparto mi Bendición Apostólica.

Fuente: San Juan Pablo II, Carta del 24 de enero de 1989

La conversión de San Pablo (I)

San Pablo 05 11

La catequesis de hoy estará dedicada a la experiencia que san Pablo tuvo en el camino de Damasco y, por tanto, a lo que se suele llamar su conversión. Precisamente en el camino de Damasco, en los inicios de la década del año 30 del siglo I, después de un período en el que había perseguido a la Iglesia, se verificó el momento decisivo de la vida de san Pablo. Sobre él se ha escrito mucho y naturalmente desde diversos puntos de vista. Lo cierto es que allí tuvo lugar un viraje, más aún, un cambio total de perspectiva. A partir de entonces, inesperadamente, comenzó a considerar pérdida y basura todo aquello que antes constituía para él el máximo ideal, casi la razón de ser de su existencia (cf. Flp 3, 7-8) ¿Qué es lo que sucedió?

Cristo resucitado se presenta como una luz espléndida y se dirige a Saulo, transforma su pensamiento y su vida misma. El esplendor del Resucitado lo deja ciego; así, se presenta también exteriormente lo que era su realidad interior, su ceguera respecto de la verdad, de la luz que es Cristo. Y después su definitivo a Cristo en el bautismo abre de nuevo sus ojos, lo hace ver realmente.

En la Iglesia antigua el bautismo se llamaba también iluminación, porque este sacramento da la luz, hace ver realmente. En Pablo se realizó también físicamente todo lo que se indica teológicamente: una vez curado de su ceguera interior, ve bien. San Pablo, por tanto, no fue transformado por un pensamiento sino por un acontecimiento, por la presencia irresistible del Resucitado, de la cual ya nunca podrá dudar, pues la evidencia de ese acontecimiento, de ese encuentro, fue muy fuerte. Ese acontecimiento cambió radicalmente la vida de san Pablo. En este sentido se puede y se debe hablar de una conversión.

Él mismo nunca habló detalladamente de este acontecimiento, tal vez porque podía suponer que todos conocían lo esencial de su historia, todos sabían que de perseguidor había sido transformado en apóstol ferviente de Cristo. Eso no había sucedido como fruto de su propia reflexión, sino de un acontecimiento fuerte, de un encuentro con el Resucitado. Sin dar detalles, en muchas ocasiones alude a este hecho importantísimo, es decir, al hecho de que también él es testigo de la resurrección de Jesús, cuya revelación recibió directamente del mismo Jesús, junto con la misión de apóstol.

Fuente: S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del Miércoles 3 de septiembre de 2008

Apóstoles del Corazón de Jesús

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“Y aconteció en aquellos días (agudizado el odio de los fariseos) que salió (Jesús) al monte a hacer oración, y pasó la noche orando a Dios, y cuando fue de día llamó junto a sí a sus discípulos, a los que Él quiso, y vinieron a El. Y escogió doce de entre ellos, a los que también llamó apóstoles: para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar” (Lc 6,12-16; Mt 10,1-4; Mc 3,13-19).

Una de las más espléndidas manifestaciones de la bondad de nuestro Padre Dios es que, pudiendo hacer todo por sí mismo, se digna buscar y admitir la colaboración de sus criaturas y por medio de ellas repartir sus bienes.
Él es la Luz y el calor indeficientes y se digna alumbrarnos y calentarnos por medio del sol. Él es la Vida y se digna repartírnosla por medio de las semillas... Y en el orden sobrenatural, Jesús, el restaurador del universo, prosigue manifestando la bondad de su Corazón al modo de su Padre: alumbra, calienta, cura, redime, vivifica, diviniza a unas almas por medio de otras.

¡El APÓSTOL!
He aquí la gran institución del amor del Corazón de Jesús. Su más rico y abundante desbordamiento, después de la Eucaristía.
Él, por sí mismo o por medio de su Espíritu santo, ha podido tocar los ojos, los oídos y el corazón de cada uno de los hombres de ayer, de hoy y de mañana, e iluminarlos y transformarlos. Ha podido y puede continuar aplicando los méritos y la virtud de su gran Obra, la que Él solo comenzó y Él solo consumó, de la redención del género humano. Pero ha querido, se ha dignado querer asociarse colaboradores, no de entre los espíritus angélicos, sino de entre los hombres de carne y hueso, de barro de Adán.
¡Ésos son los Apóstoles!

¿Qué es un apóstol?
Etimológicamente es un enviado. Históricamente, según el Evangelio, las Epístolas y demás libros inspirados del Nuevo Testamento y la Historia de la Iglesia, apóstol es, sí, un enviado de Jesús con una sola ocupación: ir, y un solo fin: salir de Jesús, haciendo de Jesús, y volver después de haber hecho a Jesús en muchas almas, para volver a salir, y así cumplir el “id” del mandato apostólico. Es decir, a un apóstol le es todo permitido menos el estarse quieto. ¡Siempre yendo! ¡O saliendo de Jesús solo, o volviendo acompañado de almas a Jesús! El apóstol es un perpetuo viajante con este solo divino encargo: ir desde Jesús solo hasta Jesús acompañado. Él lo dejó dicho: Yo os elegí y os puse para que vayáis...

Fuente: San Manuel González, Así ama el corazón de Jesús en la Eucaristía. Versión digital de alexandriae.org

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