Santidad conyugal - Matrimonio Vanier

Georges y Pauline Vanier 01 01 Siervos de Dios Georges y Pauline Vanier

Nacido en Montreal, Canadá, el 23 de abril de 1888, Georges Vanier estudió en el Loyola College of Montreal y se licenció en Derecho en la sección de Laval University de Montreal. Durante la Primera Guerra Mundial, fue uno de los miembros fundadores del 22° batallón del Cuerpo Expéditionnaire Canadien. Fue condecorado con la Cruz Militar en 1916 y recibió la Orden de Servicio Distinguido. En 1918, durante una ofensiva a Chérisy en Francia, perdió su pierna derecha. Después de una larga convalecencia, regresó a Montreal para practicar su profesión. El 29 de septiembre de 1921, se casó con Pauline Archer, matrimonio que fue bendecido con cinco hijos. La vida de fe de los Vanier se basa en la participación diaria en la Misa y una gran devoción Mariana y Eucarística. Unidos por la espiritualidad de Santa Teresita del Niño Jesús, desean alcanzar el espíritu de la infancia espiritual, aspiran a la perfección, y a través de prolongados momentos de oración buscan unirse a la Voluntad de Dios.

En 1942 Georges fue ascendido a general de división y coloca en su escudo de armas las palabras “Fiat voluntas Dei”: “Hágase la voluntad de Dios”. Tras la liberación de Francia fue nombrado primer embajador de Canadá en Francia, cargo que ocupó hasta 1953.
Georges escribió a su esposa: “Reza para que siempre trabaje para la gloria de Dios en pequeñez y humildad. No es fácil, pero confiamos en el amor misericordioso del Sagrado Corazón de Jesús. Contamos con su ayuda para atravesar todas las dificultades”.

Georges Vanier murió santamente el 5 de marzo de 1967. La viuda Pauline falleció de cáncer intestinal el 23 de marzo de 1991, a solo cinco días de cumplir 93 años. Fue enterrada junto al general Vanier en la Ciudadela de Québec.

Fuente: cf. santiebeati.it

5 consejos prácticos para padres, de los santos Luis y Celia Martin

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1. Consagrad cada niño a Dios desde el nacimiento

Celia tenía la costumbre de consagrar a sus hijos a Dios inmediatamente después de dar a luz, usando la siguiente oración: "Señor, concédeme la gracia de que este niño Te sea consagrado y que nada venga a empañar la pureza de su alma". Quería que todos sus hijos fueran santos, y decía que "ahora" es el mejor momento para empezar.

2. Amad a vuestros hijos con inmenso afecto
Luis y Celia amaban a sus hijas con un gran cariño, se aseguraban de que todas supieran el grandísimo amor que sus padres sentían por ellas. Celina Martin escribió sobre su padre: "Aunque duro consigo mismo, siempre era cariñoso con nosotras. Se desvivía por nosotras. Ningún corazón de madre podía sobrepasar el suyo".

3. No os rindáis si vuestro hijo es difícil
Celia tranquilizaba a su hermano en una carta: "No te intranquilice si descubres que tu pequeña Jeanne manifiesta mal genio. Eso no evitará que madure hasta ser una excelente muchacha más adelante, y que incluso sea tu consuelo. Recuerdo que Paulina, hasta los dos años, era igual, y yo estaba angustiadísima con ella... y ahora es la mejor de todas. Pero debo decirte que tampoco la consentí. Por pequeña que fuera, nunca permití que se saliera con la suya".
Paulina no fue la única en la familia Martin que generó estrés parental. Tanto Teresa como su hermana Leonia mortificaron a su madre. Sin embargo, Celia y Luis no se rindieron y continuaron esforzándose aunque su trabajo pareciera infructífero al principio.

4. Sed un ejemplo de caridad para vuestros hijos
Nuestros hijos imitan todos nuestros actos, para bien y para mal. Luis y Celia hicieron lo posible para servir de modelo a sus hijas con el buen trato. Celina escribió: "En una ocasión acompañé a papá a cobrar la renta de la casa de una inquilina; era en la calle principal de Lisieux. La mujer se negó a pagar y corrió tras él profiriendo insultos. Yo estaba horrorizada, pero él permaneció tranquilo y no pronunció réplica alguna, tampoco se quejó de ella después".
¿Cómo podemos esperar que nuestros hijos sean pacientes y amables con otras personas si primero nosotros mismos no somos ejemplos de ello?

5. Jugad con vuestros hijos
Hoy en día nos tienta la facilidad con la que podemos dejar a los niños delante de una pantalla y a duras penas dedicar tiempo a jugar con ellos. Sin embargo, a veces nuestros hijos necesitan nuestra atención, incluso en el reino de los juegos.
Celina escribió que su madre incluso jugaba con ellas de buena gana, a riesgo de que sus propias labores diarias se alargaran luego hasta medianoche o más. Luis se unía también a los juegos y a menudo elaboraba pequeños juguetes para sus hijas, inventaba juegos y les cantaba canciones.

Fuente: cf. es.aleteia.org

La oración del Corazón de Cristo

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Llama la atención la frecuencia con que hablan los Evangelios de las oraciones de Cristo. Y los teólogos andan en cavilaciones preguntándose por qué oró Cristo, siendo así que por virtud de la unión hipostática estaba en posesión-en posesión plena y natural-de todo aquello por lo cual nosotros rezamos y en ejercicio continuo de aquello por lo que nosotros glorificamos a Dios.

No entra en mi propósito exponer aquí la teología de la oración de Cristo; y por lo que respecta a la psicología de su incomparable ánimo de oración, no me siento con valor para tocar a la puerta del más dulce de los misterios. Sin embargo, no puedo pasar en silencio que la clave para comprender la oración de Cristo es su espíritu y su misión sacerdotal.

Lo que el sabio del Antiguo Testamento dice de Jeremías: «Este es el verdadero amante de sus hermanos y del pueblo de Israel; éste es el que ruega incesantemente por el pueblo y por toda la ciudad santa» (II Mac 15, 14), brilla con misteriosos caracteres de fuego sobre las incontables horas y noches que Cristo pasó en oración.
¡Qué horas, qué noches fueron aquéllas! En su profundo silencio extendía sus alas toda alma noble afanosa de Dios, subían hacia las alturas anhelos y suspiros santos y se reunían en torno de la montaña en que oraba Cristo. En su espíritu se abría el pasado y el porvenir, y todos los gérmenes de santidad -por muy pequeños que fuesen- que pudo haber jamás en los esfuerzos y en los tormentos humanos, todos se abrían en flor en su corazón.
Toda obstinación y abyección humana, todo orgullo que se rebela contra Dios y todo sensualismo hacían acto de presencia, y también lo que de súplica y expiación siguió a los mismos, asaltando los cielos, todo se reunía y estaba tenso en el alma de Cristo: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.

Por los senderos silenciosos de aquellas noches santas, el alma de Cristo entraba en todas las chozas de la Palestina, y en todos los palacios de la magnífica Asia, y en todas las tiendas de los desiertos; encontraba las escuelas filosóficas de Corinto, y los templos de Osiris y de Mitra en Roma, los antros de los trogloditas del valle de Neander y las ciudades de palacios de los faraones; y lo que hallaba allí de miseria, impotencia y sufrimiento humanos, lo recogía todo con amor fraternal y lo presentaba en el cáliz de oro de su corazón ante el trono de su Padre.
Todo lo que ha habido de noble movimiento, de acción de gracias y de súplica en el corazón humano, se levantaba allí del alma de Cristo, subiendo con llamaradas al cielo; lo que ha habido de obstinación, de rebeldía, de condenación y de blasfemia contra Dios, todo aquello lo reunía contra sí mismo, como Arnaldo de Winkelried juntó las lanzas del enemigo, y aceptaba la deuda, y expiaba la blasfemia, e imploraba a Dios.
¡Y toda la fidelidad que haya podido consolar a aquel Corazón santo y sensible, y toda la infidelidad que haya podido entristecerlo a través de la historia...! ¡Ah! ¿Quién tiene siquiera una pálida idea de las profundidades de aquel Corazón? ¿Quién se atrevería a describir la oración de aquel Corazón? En Jesucristo oró toda la humanidad, y sigue orando hasta la consumación de los siglos... Semper interpellans pro nobis!, siempre intercediendo por nosotros. El sacerdocio de Jesucristo constituye otra de las consecuencias de la encarnación con relación al Padre. Tiene también una gran trascendencia y repercusión con relación a nosotros, pues Jesucristo ejerce su sacerdocio ante el Padre precisamente en favor de los hombres.

Fuente: Fr. Antonio Royo Marín O.P., Jesucristo y la vida cristiana

San Alberto Magno

San Alberto Magno 01 05 15 de noviembre: San Alberto Magno, maestro de S. Tomás de Aquino.

San Alberto Magno nos recuerda que entre ciencia y fe existe amistad, y que los hombres de ciencia pueden recorrer, mediante su vocación al estudio de la naturaleza, un auténtico y fascinante camino de santidad.

Aquí está uno de los grandes méritos de san Alberto: con rigor científico estudió las obras de Aristóteles, convencido de que todo lo que es realmente racional es compatible con la fe revelada en las Sagradas Escrituras. En otras palabras, san Alberto Magno contribuyó así a la formación de una filosofía autónoma, diferente de la teología, a la cual la une sólo la unidad de la verdad. Así nació en el siglo XIII una distinción clara entre los dos saberes, filosofía y teología, que, dialogando entre sí, cooperan armoniosamente al descubrimiento de la auténtica vocación del hombre, sediento de verdad y de felicidad: es sobre todo la teología, definida por san Alberto “ciencia afectiva”, la que indica al hombre su llamada a la alegría eterna, una alegría que brota de la adhesión plena a la verdad.
San Alberto Magno fue capaz de comunicar estos conceptos de modo sencillo y comprensible. Auténtico hijo de santo Domingo, predicaba de buen grado al pueblo de Dios, que era conquistado por su palabra y por el ejemplo de su vida.

Queridos hermanos y hermanas, pidamos al Señor que nunca falten en la santa Iglesia teólogos doctos, piadosos y sabios como san Alberto Magno, y que nos ayude a cada uno de nosotros a hacer nuestra la fórmula de la santidad que él siguió en su vida: “Querer todo lo que yo quiero para la gloria de Dios, como Dios quiere para su gloria todo lo que él quiere”, es decir, conformarse siempre a la voluntad de Dios para querer y hacerlo todo sólo y siempre para su gloria.

Fuente: Benedicto XVI, Audiencia general del miércoles 24 de marzo de 2010

Oración en las aflicciones de esta vida

Beato Carlos y Emperatriz Zita 05 06 El Beato Emperador Carlos de Austria de rodillas junto a su esposa en una Misa de campaña en un momento trágico, durante el segundo intento de restauración de la monarquía en Hungría.

Altísimo Dios de cielos y tierra, Padre de bondad y misericordia infinita, humildemente me postro ante tu presencia divina, gimiendo bajo el peso de una gran tribulación.

Ya ves cuán grande es mi aflicción; he perdido lo que más estimaba en la tierra... me veo acosado por todas partes de infortunios y tribulaciones...
Creo, Dios mío, que nada sucede por acaso en este mundo, sino que todo viene regulado y dispuesto por tu benévola Providencia. Creo que todos estos golpes, por dolorosos que sean, vienen todos dirigidos desde lo alto para mi bien, o para que abra los ojos y ordene mi vida, o que me purifique de mis culpas pasadas en este purgatorio lento, o para que mejor te ayude en la obra de la Redención realizada por tu Hijo con el derramamiento de su Sangre, o para que sobrellevando esta prueba como venida de tu mano me labre una corona de gloria inmortal.
Justo será, pues, que me resigne: Tú solo conoces lo que más me conviene, yo no. Siendo Tú, por otra parte, omnipotente, y amándome con un cariño infinitamente más delicado que el de la madre más amorosa, no dudo que esta adversidad es lo que en este momento más me conviene.
Así lo creo, Señor, y por más que la naturaleza lo sienta y apetezca lo que quizás no le conviene, me someto decididamente a tu santísima voluntad. Por dura y pesada que ahora me parezca, beso y bendigo tu Mano paternal, no menos justa cuando castiga que cuando premia, no menos amorosa cuando atribula que cuando halaga, no menos sabia cuando permite que cuando manda, no menos solícita de mi bien cuando me abate que cuando me levanta. ¡Cuántos que con la prosperidad se perdieron, se salvaron en la adversidad! Hágase, pues, Señor, en mí según tu santa voluntad. Amén.

Fuente: P. Ramiro Sáenz, Solo Dios basta

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