Es nuestro deber y salvación darte gracias

Corazon Eucaristico de Jesus 06 08

No pocas almas interiores nos han expresado el dolor y pena que sienten ante el hecho de que, en algunos lugares, la mayor parte de los fieles se van de la iglesia inmediatamente después de la misa en que han comulgado. Aún más, tal costumbre tiende a hacerse general, aun en muchos pensionados y colegios católicos, en los que antes los alumnos que habían comulgado continuaban en la capilla como unos diez minutos después de la misa, dando gracias; costumbre que muchos han conservado toda la vida.

En ese tiempo, para hacer comprender la necesidad de la acción de gracias, se contaba, y con mucho fruto, lo que una vez hizo San Felipe de Neri, quien mandó en cierta ocasión que dos monaguillos, con cirios encendidos, acompañasen un buen trecho a una dama que solía salir de la iglesia inmediatamente después de la misa de comunión.

Mas hoy van introduciéndose por todas partes ciertos modales de irrespetuosidad hacia todo el mundo, hacia los superiores como hacia los iguales e inferiores, y aun hacia Nuestro Señor. De continuar así, habrá pronto muchos que comulgan y muy pocos que comulgan bien. Si las almas celosas no se esfuerzan por contrarrestar esta corriente de despreocupación, en vez de disminuir irá en aumento, destruyendo poco a poco el espíritu de mortificación y de verdadera y sólida piedad.
Mas lo cierto es que Nuestro Señor permanece siempre el mismo, y nuestros deberes hacia él son también los mismos de antes. La acción de gracias es un deber siempre que hayamos recibido un beneficio, y tanto mayor cuanto el favor es más notable.
Cuando obsequiamos con un objeto de algún valor a una persona amiga, nos causa no poca pena el ver que, a veces, ni siquiera se toma la molestia de pronunciar una sola palabra de agradecimiento. Cosa que sucede con más frecuencia de lo que sería de desear. Y si tal despreocupación, que es ingratitud, nos molesta, ¿qué no podremos decir de las ingratitudes sin cuento para con Nuestro Señor cuyos beneficios son inmensos e infinitos?

El mismo Jesús dio con frecuencia gracias a su eterno Padre por todos sus beneficios. La acción de gracias es uno de los cuatro fines del sacrificio, junto con la adoración, la súplica y la reparación. Y aun después del fin del mundo, una vez que la última misa esté ya celebrada, y cuando no habrá ya sacrificio propiamente dicho, sino sólo su consumación; cuando la impetración y reparación se hubieren terminado, el culto de adoración y de acción de gracias durará eternamente, y su expresión será el Sanctus, que será el eterno cántico de los elegidos.
Los fieles que se alejan de la iglesia casi al momento de haber comulgado, diríase que se olvidan de que la presencia real de Jesús subsiste en ellos, como las especies sacramentales, un cuarto de hora más o menos después de la comunión, ¿y no serán capaces de hacer compañía a este divino Huésped durante esos pocos minutos? ¿Cómo no caen en la cuenta de su irreverencia? (Nota: No nos referimos aquí a las personas verdaderamente piadosas que, por obligación o alguna necesidad, se ven en la precisión de abandonar la iglesia luego de la comunión.)

Pidamos a María medianera que venga en nuestro auxilio y nos haga tomar parte en la acción de gracias que ella ofreció al Señor después del sacrificio de la Cruz, después del Consummatum est, y después de las misas del apóstol San Juan. Tanta negligencia en la acción de gracias por la santa comunión proviene de que no conocemos como debiéramos el Don de Dios: Si conocieras el don de Dios (Jn 4, 10) Pidamos al Señor, humilde pero ardientemente, la gracia de un vivísimo espíritu de fe, que nos permita comprender mejor cada día el valor de la Eucaristía. Esa finalidad tiene precisamente la devoción al Corazón Eucarístico de Jesús.

Fuente: P. Réginald Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior

El Escapulario de la Virgen del Carmen (I)

Nuestra Senora del Carmen 02 10

Hoy, festividad de Nuestra Señora del Carmen, hablaremos sobre un importantísimo sacramental: el Escapulario.

Importancia
Llevar puesto el Escapulario de Ntra. Sra. del Carmen ayuda a las almas a llegar al Cielo, salvándolas del infierno.
No es un asunto de poca importancia, sino el más importante de todos: ganar la vida eterna por la promesa de la Virgen María. (Papa Pío XII).
Dijo Jesús: ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?

¿Qué es?
El Escapulario es un vestido, es el hábito de la Virgen María. Es un escudo espiritual. El hábito o uniforme indica pertenecer a alguna asociación. El Escapulario indica que el que lo lleva pertenece a la Virgen, y Ella prometió socorrer a quien lo llevara puesto, especialmente en el momento de la muerte.
Deben ser dos cuadrados o rectángulos de tela marrón, unidos por cintas, cadenitas o cualquier material. Se le pone una imagen de la Virgen del Carmen por devoción, pero no es necesaria.

El escapulario es un sacramental, esto es, un objeto religioso que la Iglesia ha aprobado como signo que nos ayuda a vivir santamente y a aumentar nuestra devoción. Los sacramentales deben mover nuestros corazones a renunciar a todo pecado, incluso al venial.
El escapulario, al ser un sacramental, no nos comunica gracias del mismo modo que lo hacen los sacramentos. Las gracias nos vienen por nuestra respuesta de amor a Dios y de verdadera contrición del pecado, lo cual el sacramental debe motivar.

¿Cómo hay que hacer para usarlo?
La primera vez debe imponerlo un sacerdote. Desde entonces, siempre debe llevarse el escapulario. Si se pierde o se estropea simplemente se deberá conseguir otro y ponérselo uno mismo, sin que sea necesaria una nueva imposición por parte del sacerdote.
Se puede reemplazar por una medalla de metal que tenga de un lado el Sagrado Corazón y del otro la Santísima Virgen, la cual debe ser bendecida por un sacerdote. Se reciben las mismas gracias, pero es recomendable usar el Escapulario de tela.

(Como se explicará en la próxima entrega, en este día pueden ganar indulgencia plenaria aquellos que, teniendo impuesto el santo Escapulario, comulguen, recen por las intenciones del Sumo Pontífice y se confiesen. La confesión puede ser unos días antes o después de esta fiesta de Nuestra Señora del Carmen).

La aridez (I)


Meditar 08 08

¡Oh Señor! Ayúdame a serte fiel, para que no se apague en mí, por mi culpa, el espíritu de oración.
Ordinariamente, al principio de una vida espiritual más intensa, el alma suele gozar de cierto fervor sensible que le hace fáciles y gustosos los ejercicios espirituales. Le brotan espontáneos los buenos pensamientos, los afectos, los impulsos amorosos del corazón; le es de suma alegría el recogerse a solas con Dios en la oración; pasa rápidamente el tiempo de la meditación y hasta le parece que la presencia de Dios se le hace sensible. Esta misma facilidad experimenta también en la práctica de la mortificación y de las demás virtudes. Pero, generalmente, este estado, esta disposición no dura mucho tiempo, de tal modo que a un cierto momento el alma se encuentra privada de todo consuelo sensible.

Esta supresión de la devoción sensible es lo que constituye precisamente el estado de aridez o sequedad, que puede depender de varias causas.
A veces puede ser efecto de la falta de fidelidad del alma, que se ha ido debilitando poco a poco por haber querido gustar ciertas pequeñas satisfacciones de pasatiempos, de curiosidad, de egoísmo o de amor propio, a que ya había renunciado. Si las almas comprendieran de cuántos bienes se privan por semejante conducta, abrazarían cualquier sacrificio antes de volver a caer en tales debilidades. El hábito de la mortificación, adquirido con tantos esfuerzos se pierde pronto, y el alma se ve de nuevo esclava de sus pasiones. El amor propio, que estaba adormecido, pero no muerto, se despierta con mayor vigor y se convierte en fuente no sólo de innumerables imperfecciones voluntarias, que ya habían sido vencidas, sino también de pecados veniales deliberados, e incluso puede arrastrar y sumergir en la tibieza a un alma que corría fervorosa por los caminos del Señor.

¿Cómo podrá esta alma, infiel a sus propósitos y hundida de nuevo en la mediocridad, asegurar al Señor en la oración que le ama y que quiere crecer en su amor? ¿Cómo podrá sentir la alegría de quien tiene conciencia de amar verdaderamente a su Dios? El alma, en consecuencia, cae necesariamente en la aridez espiritual. El único remedio para salir de este estado es volver al fervor primitivo. Esta nueva conversión estará sembrada de dificultades y exigirá del alma grandes esfuerzos; sin embargo es necesario que se empeñe decididamente en ella y que no se desanime nunca. El Señor se complace tanto en perdonarnos...

«Mira y ve mi aflicción, Tú que eres Santo, ¡oh Señor y Dios mío! Ten piedad de este tu hijo que engendraste con tan grandes dolores, y no mires mis pecados, de modo que te olvides de tu posesión. ¿Qué padre no desea librar a su hijo?; y ¿qué hijo no se corrige al sentir la mano piadosa de su padre? ¡Oh, Padre y Señor mío! Aunque pecador, no puedo dejar de ser tu hijo, pues me hiciste y me regeneraste. ¿Hay madre que pueda olvidar al hijo de sus entrañas? Pues aunque la hubiera, Tú, ¡oh Padre nuestro!, no te olvidarías de nosotros porque nos lo prometiste.
¡Heme aquí, Señor! Grito y no me escuchas; estoy desgarrado por el dolor, y no me consuelas. ¿Qué diré, qué haré, miserable de mí?
¡Oh Jesús! ¿Dónde están tus antiguas misericordias? ¿Permanecerás airado contra mí hasta el fin? Aplácate, Señor, y no apartes de mí tu rostro... Pequé, Señor, lo confieso; pero tu misericordia es infinita, por eso sobrepasa infinitamente mis culpas y pecados. Llora, alma mía, llora y gime, pues tu Esposo, Jesucristo, te ha abandonado. ¡Oh Señor omnipotente! No te irrites contra mí, pues no podré soportar el peso de tu cólera. Ten piedad de mí y no me dejes caer en la desesperación. Si yo hice cosas que me hacen digno de ser condenado, Tú no has perdido el poder y la misericordia para salvar a los pecadores» (San Agustín).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

La Palabra de Dios, fuente inagotable de vida

Meditar 07 07

¿Quién hay capaz, Señor, de penetrar con su mente una sola de tus frases?
Como el sediento que bebe de la fuente, mucho más es lo que dejamos que lo que tomamos. Porque la palabra del Señor presenta muy diversos aspectos, según la diversa capacidad de los que la estudian. El Señor pintó con multiplicidad de colores su palabra, para que todo el que la estudie pueda ver en ella lo que más le plazca. Escondió en su palabra variedad de tesoros, para que cada uno de nosotros pudiera enriquecerse en cualquiera de los puntos a que afocara su reflexión.
La palabra de Dios es el árbol de vida que te ofrece el fruto bendito desde cualquiera de sus lados, como aquella roca que se abrió en el desierto y manó de todos lados una bebida espiritual. Comieron -dice el Apóstol- el mismo, manjar espiritual y bebieron la misma bebida espiritual.

Aquel, pues, que llegue a alcanzar alguna parte del tesoro de esta palabra no crea que en ella se halla solamente lo que él ha hallado, sino que ha de pensar que, de las muchas cosas que hay en ella, esto es lo único que ha podido alcanzar. Ni por el hecho de que esta sola parte ha podido llegar a ser entendida por él, tenga esta palabra por pobre y estéril y la desprecie, sino que, considerando que no puede abarcarla toda, dé gracias por la riqueza que encierra. Alégrate por lo que has alcanzado, sin entristecerte por lo que te queda por alcanzar. El sediento se alegra cuando bebe y no se entristece porque no puede agotar la fuente. La fuente ha de vencer tu sed, pero tu sed no ha de vencer la fuente, porque, si tu sed queda saciada sin que se agote la fuente, cuando vuelvas a tener sed podrás de nuevo beber de ella; en cambio, si al saciarse tu sed se secara también la fuente, tu victoria sería en perjuicio tuyo.

Da gracias por lo que has recibido y no te entristezcas por la abundancia sobrante. Lo que has recibido y conseguido es tu parte, lo que ha quedado es tu herencia. Lo que, por tu debilidad, no puedes recibir en un determinado momento lo podrás recibir en otra ocasión, si perseveras. Ni te esfuerces avaramente por tomar de un solo sorbo lo que no puede ser sorbido de una vez, ni desistas por pereza de lo que puedes ir tomando poco a poco.

Fuente: San Efrén, diácono, Comentario sobre el Diatéssaron. Liturgia de las Horas, Oficio de Lecturas del domingo VI del tiempo ordinario.

La Comunión nos une al Corazón del Salvador

Sagrado Corazon 27 45

Si alguna vez sentimos que nuestro cuerpo se debilita, sin dilación le proporcionamos manjares sustanciosos que lo reconfortan. El manjar por excelencia que restituye las fuerzas espirituales es la Eucaristía.
Nuestra sensibilidad, tan inclinada a la sensualidad y a la pereza, tiene gran necesidad de ser vivificada por el contacto del cuerpo virginal de Cristo, que por amor nuestro sufrió los más terribles tormentos. Nuestro espíritu siempre inclinado a la soberbia, a la inconsideración, al olvido de las verdades fundamentales, a la idiotez espiritual, tiene gran necesidad de ser esclarecido por el contacto de la inteligencia soberanamente luminosa del Salvador, que es “el camino, la verdad y la vida”.

También nuestra voluntad tiene sus fallas; está falta de energías y está helada porque no tiene amor. Y ése es el principio de todas sus debilidades. ¿Quién será capaz de devolverle ese ardor, esa llama esencial para que siempre vaya hacia arriba en lugar de descender? El contacto con el Corazón Eucarístico de Jesús, ardiente horno de caridad, y con su voluntad, inconmoviblemente fija en el bien, y fuente de mérito de infinito valor. De su plenitud hemos de recibir todos, gracia tras gracia. Tal es la necesidad en que nos encontramos de esta unión con el Salvador, que es el principal efecto de la comunión.

Si viviéramos firmemente persuadidos de que la Eucaristía es el alimento esencial y siempre necesario de nuestras almas, ni un solo momento dejaríamos de sentir esa hambre espiritual,que se echa de ver en todos los santos.
Para comulgar con buenas disposiciones, pidamos a María nos haga participar del amor con que de las manos de San Juan recibía la santa comunión.

Fuente: P. Réginald Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior

Mostrar más artículos...

Suscríbase al Blog de ARCADEI