Yo soy el Pan de Vida (III)

Ultima Cena 08 11 - “Este es el pan que descendió del cielo. No como el maná que comieron vuestros padres, y murieron. Quien come este pan, vivirá eternamente”.

San Agustín: Y bajó del cielo para que vivamos comiendo aquel pan los que no podemos obtener la vida eterna por nosotros mismos. Por esto sigue: “Este es el pan que descendió del cielo”.

Teofilacto: No comemos a Dios en su pura esencia, porque es impalpable e incorpóreo, como tampoco comemos la carne de un puro hombre, que de nada nos podría aprovechar. Mas como Dios unió a sí la carne humana, su carne tiene propiedades que dan vida, no porque se haya convertido en naturaleza divina, sino como sucede al hierro candente, que permanece hierro y tiene las propiedades del fuego. Pues así la carne del Señor es dadora de vida como carne del Verbo.

San Beda: Y para manifestar la diferencia de la sombra y de la luz, de la figura y la realidad, añadió: “No como el maná que comieron vuestros padres, y murieron”.

San Agustín: Aquello de que murieron quiere que se entienda en el sentido de que no viven eternamente, porque ciertamente en lo temporal también morirán los que comen a Jesucristo, pero vivirán eternamente, porque Jesucristo es la vida eterna.

Fuente: cf. Santo Tomás de Aquino, Catena aurea

Yo soy el Pan de Vida (II)

Eucaristia - Comunion 02 13

- “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna: y yo le resucitaré en el último día”.

San Beda: Y para que no entendiesen que se refería a esta vida y cuestionasen acerca de ello, añadió: “Tiene vida eterna”. Mas no la tiene el que no come esta carne ni bebe esta sangre, puesto que podemos tener la vida temporal prescindiendo de Él, pero de ninguna manera la vida eterna.
No sucede así respecto de la comida que tomamos para alimentar esta vida temporal, porque los que no la reciben, no viven, ni tampoco vivirá el que la tome, puesto que sucede que mueren todos los que la toman, o por enfermedad, o por ancianidad, o por cualquier otra causa. Mas respecto de esta comida y esta bebida, esto es, del cuerpo y la sangre del Señor, no sucede así. Porque el que no la toma no tiene vida eterna y el que la toma tiene vida y ésta es eterna.

Teofilacto: Porque no es carne de un mero hombre, sino de Dios, quien deseando hacer al hombre divino, como que lo embriaga en su divinidad.

San Agustín: Y para que no creyesen que por medio de esta comida y esta bebida se ofrecía la vida eterna de tal modo que aquéllos que la recibiesen ya no morirían ni aun en cuanto al cuerpo, saliendo al encuentro de esta idea, continuó diciendo: “Y yo le resucitaré en el último día”, con el fin de que tenga entre tanto la vida eterna, según el espíritu, en el descanso donde se encuentran las almas de los justos. Mas en cuanto al cuerpo, ni aun éste carecerá de vida eterna, porque en la resurrección de los muertos, cuando llegue el último día, la tendrá.

- “Porque mi carne verdaderamente es comida: y mi sangre verdaderamente es bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí mora, y yo en él. Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, así también el que me come, él mismo vivirá en mí.”

San Agustín: Los hombres desean conseguir mediante la comida y bebida saciar para siempre su hambre y su sed; esto en realidad no lo satisface nada sino esta comida y esta bebida, que hace inmortales e incorruptibles a aquéllos que la reciben.
Después manifiesta en qué consiste comer su cuerpo y beber su sangre, diciendo: “El que come mi carne... permanece en mí y yo en él”. Esto es, pues, comer aquella comida y beber aquella bebida, a saber: permanecer en Cristo y tener a Cristo permaneciendo en sí.
Y por esto el que no permanece en Cristo y aquél en quien Cristo no permanece, sin duda alguna ni come su carne ni bebe su sangre, sino que, por el contrario, come y bebe sacramento de tan gran valía para su condenación. Pero hay cierta manera de comer aquella carne y de beber aquella sangre, para que el que la coma y la beba permanezca en Cristo y Cristo en él.

Fuente: cf. Santo Tomás de Aquino, Catena aurea

Yo soy el Pan de Vida (I)

Eucaristia - Comunion 01 12

- “Yo soy el pan vivo, que descendí del cielo. Si alguno comiere de este pan, vivirá eternamente. Y el pan que yo os daré es mi carne por la vida del mundo”. (Jn 6, 51)

San Agustín: Por tanto, comed el pan del cielo en espíritu y llevad vuestra inocencia ante el altar. Los pecados, ya que son diarios, que no sean mortales. Antes que os aproximéis al altar, ved lo que hacéis, ved lo que decís: perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Si perdonas, te serán perdonadas. Aproxímate tranquilo, es Pan, no veneno. Y si alguno comiese de este pan, no morirá, esto es, el que lo come interiormente y no exteriormente.

Alcuino: Mi vida es la que vivifica. Por esto sigue: “Si alguno comiere de este pan, vivirá”,no sólo en la vida presente por medio de la fe y de la santidad, sino “vivirá eternamente. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo”.

Teofilacto: Entregó su carne por la vida del mundo, porque muriendo destruyó la muerte. Yo también entiendo la resurrección en aquellas palabras “por la vida del mundo”. Porque la muerte del Señor concedió la resurrección general a todo el género humano.

San Agustín: Háganse cuerpo de Jesucristo, si quieren vivir del espíritu de Jesucristo, porque no vive del espíritu de Jesucristo sino el cuerpo de Jesucristo. ¿Acaso mi cuerpo vive de tu espíritu? El Apóstol da a conocer este pan diciendo (ICo 10,17): “Muchos somos un solo cuerpo, todos los que participamos de este solo pan”. ¡Oh sacramento de piedad! ¡Oh signo de unidad! ¡Oh vínculo de caridad! El que quiere vivir, tiene de dónde vivir; acérquese, crea, incorpórese para que sea vivificado.

- Comenzaron entonces los judíos a altercar unos con otros, y decían: “¿Cómo nos puede dar éste su carne a comer?” Y Jesús les dijo: “En verdad, en verdad os digo: Que si no comiereis la carne del Hijo del hombre, y bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros.” (Jn 6, 52-53)

San Beda: Creían pues los judíos que el Señor dividiría en trozos su propia carne y se la daría a comer; por esto disputaban porque no entendían.

San Crisóstomo: Y como decían que esto era imposible, esto es, que diese a comer su propia carne, les dio a entender que no sólo no era imposible, sino muy necesario; por esto sigue: “Y Jesús les dijo: en verdad, en verdad os digo que si no comiereis la carne”, etc. Como diciendo: de qué modo se da y cómo debe comerse este pan, vosotros no lo sabéis, mas si no lo comiereis, no tendréis vida en vosotros.

San Agustín: Como si dijese: vosotros ignoráis de qué manera alguien puede ser comido y cuál sea el modo de comer aquel pan, pero aun así “si no comiereis la carne del Hijo del hombre y bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros”.

Fuente: cf. Santo Tomás de Aquino, Catena aurea

El Corazón de Jesús en el Sagrario

Sagrado Corazon 31 63

He aquí una pregunta que a no pocos cristianos y, diré más, piadosos, dejará perplejos: ¿Qué hace y qué dice el Corazón de Jesús? ¡No habían parado mientes en que en el Sagrario hay quien pueda hablar y hable!, ¡quien pueda obrar en el Sagrario virtud! ¿Verdad que para muchos cristianos la idea del Sagrario es esto: Un lugar de mucho respeto, porque en él habita un Señor muy alto, muy grande, muy poderoso, todo majestad, pero muy callado y muy quieto?

Y no es que no crean que Jesucristo en el Sagrario esté todo entero como en el Cielo. Creen ciertamente que está allí con divinidad y alma y cuerpo y por consiguiente con ojos que ven, con oídos que oyen, con manos que se pueden mover, con boca que puede hablar... Sí, la fe de todo esto la tienen, pero es una fe que se quedó sólo en la cabeza y no bajó al corazón y mucho menos a la sensibilidad. Es una fe que, por quedarse allí estancada, apenas se ha convertido en luz de aquella vida, en criterio, en calor, en amor, en persuasión íntima, en entusiasmo, en impulsor de acción y de acción decidida.

Le pasa a esa fe lo que a las semillas de plantas grandes sembradas en macetas pequeñas. Por muy fecunda que sea la semilla, por mucha agua y luz con que la regaléis, si no dais a sus raíces tierra y lugar para su expansión, no conseguiréis sino una planta raquítica y encogida. Y hay cristianos que hacen eso mismo con su fe, de tal modo la ahogan en su rutinario modo de ver y entender que, sin que se pueda negar que tienen fe, ésta apenas si da señales de vida y de influencia.
Me he convencido hace tiempo de que el mal de muchísima gente no es no saber cosas buenas, sino no darse cuenta de las cosas buenas que saben. Mucha ignorancia hay, y de cosas religiosas es una ignorancia que espanta; pero con ser tan grande, es mucho más la que yo llamaría falta de darse cuenta. Y prácticamente, creo, que es causa más frecuente de la indiferencia religiosa y de tanta clase de pecados públicos y privados, como hoy lamentamos, la falta de darse cuenta, que la falta de saber.
La mayor parte de los cristianos que viven sin cumplir con ninguno de los preceptos que su religión les impone, saben que tienen obligación de oír Misa los domingos y fiestas, de confesar y comulgar una vez al año, etcétera; todos esos tienen fe en la Misa, en la Confesión, en la Comunión, en la autoridad docente de la Iglesia, y, sin embargo, no practican, ni se inquietan por no practicar. Yo creo que su mal está en que han metido su fe en la maceta de sus rutinas, de sus comodismos, de sus idiosincrasias, de su egoísmo, ya dije la palabra, de su egoísmo, porque éste es el único interesado en tener encerrada y ahogada la fe en el alma.
Así como la humildad y la caridad, si no son la sabiduría, son los elementos que mejor preparan para recibirla y fomentarla, la soberbia y el amor propio, que son los componentes del egoísmo, entorpecen, inutilizan y paralizan la ciencia adquirida.
El remedio, por consiguiente, estará en tratar de hacer añicos esa maceta para que la fe, como las raíces de la planta cautiva, se extienda libre por toda su alma, y se convierta en amor, y en obras y en hábitos de vida recta cristiana.

Y en nada se echa de ver tanto esa falta de darse cuenta, como en la conducta de los cristianos con respecto a la santa Eucaristía. Todos saben lo que allí hay, pero ¡qué pocos se dan por enterados! ¡Qué feliz sería yo si consiguiera con mis escritos despertar en algunos cristianos el sentido de darse cuenta de la Eucaristía! ¡Qué feliz si por resultado de estas lecturas algunos cristianos se levantaran decididos a ir al Sagrario para ver lo que allí se HACE y para oír lo que allí se DICE por el más bueno y más constante de nuestros amadores! Porque sabedlo, cristianos, el Corazón de Jesús no está en el Sagrario ni callado ni ocioso.

Fuente: San Manuel González, Qué hace y qué dice el Corazón de Jesús en el Sagrario

Es nuestro deber y salvación darte gracias

Corazon Eucaristico de Jesus 06 08

No pocas almas interiores nos han expresado el dolor y pena que sienten ante el hecho de que, en algunos lugares, la mayor parte de los fieles se van de la iglesia inmediatamente después de la misa en que han comulgado. Aún más, tal costumbre tiende a hacerse general, aun en muchos pensionados y colegios católicos, en los que antes los alumnos que habían comulgado continuaban en la capilla como unos diez minutos después de la misa, dando gracias; costumbre que muchos han conservado toda la vida.

En ese tiempo, para hacer comprender la necesidad de la acción de gracias, se contaba, y con mucho fruto, lo que una vez hizo San Felipe de Neri, quien mandó en cierta ocasión que dos monaguillos, con cirios encendidos, acompañasen un buen trecho a una dama que solía salir de la iglesia inmediatamente después de la misa de comunión.

Mas hoy van introduciéndose por todas partes ciertos modales de irrespetuosidad hacia todo el mundo, hacia los superiores como hacia los iguales e inferiores, y aun hacia Nuestro Señor. De continuar así, habrá pronto muchos que comulgan y muy pocos que comulgan bien. Si las almas celosas no se esfuerzan por contrarrestar esta corriente de despreocupación, en vez de disminuir irá en aumento, destruyendo poco a poco el espíritu de mortificación y de verdadera y sólida piedad.
Mas lo cierto es que Nuestro Señor permanece siempre el mismo, y nuestros deberes hacia él son también los mismos de antes. La acción de gracias es un deber siempre que hayamos recibido un beneficio, y tanto mayor cuanto el favor es más notable.
Cuando obsequiamos con un objeto de algún valor a una persona amiga, nos causa no poca pena el ver que, a veces, ni siquiera se toma la molestia de pronunciar una sola palabra de agradecimiento. Cosa que sucede con más frecuencia de lo que sería de desear. Y si tal despreocupación, que es ingratitud, nos molesta, ¿qué no podremos decir de las ingratitudes sin cuento para con Nuestro Señor cuyos beneficios son inmensos e infinitos?

El mismo Jesús dio con frecuencia gracias a su eterno Padre por todos sus beneficios. La acción de gracias es uno de los cuatro fines del sacrificio, junto con la adoración, la súplica y la reparación. Y aun después del fin del mundo, una vez que la última misa esté ya celebrada, y cuando no habrá ya sacrificio propiamente dicho, sino sólo su consumación; cuando la impetración y reparación se hubieren terminado, el culto de adoración y de acción de gracias durará eternamente, y su expresión será el Sanctus, que será el eterno cántico de los elegidos.
Los fieles que se alejan de la iglesia casi al momento de haber comulgado, diríase que se olvidan de que la presencia real de Jesús subsiste en ellos, como las especies sacramentales, un cuarto de hora más o menos después de la comunión, ¿y no serán capaces de hacer compañía a este divino Huésped durante esos pocos minutos? ¿Cómo no caen en la cuenta de su irreverencia? (Nota: No nos referimos aquí a las personas verdaderamente piadosas que, por obligación o alguna necesidad, se ven en la precisión de abandonar la iglesia luego de la comunión.)

Pidamos a María medianera que venga en nuestro auxilio y nos haga tomar parte en la acción de gracias que ella ofreció al Señor después del sacrificio de la Cruz, después del Consummatum est, y después de las misas del apóstol San Juan. Tanta negligencia en la acción de gracias por la santa comunión proviene de que no conocemos como debiéramos el Don de Dios: Si conocieras el don de Dios (Jn 4, 10) Pidamos al Señor, humilde pero ardientemente, la gracia de un vivísimo espíritu de fe, que nos permita comprender mejor cada día el valor de la Eucaristía. Esa finalidad tiene precisamente la devoción al Corazón Eucarístico de Jesús.

Fuente: P. Réginald Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior

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