Eficacia apostólica del sufrimiento

Muerte de San Jose 01 01 San José junto a Jesús y María antes de su muerte

Principio fundamental de la fe cristiana es la fecundidad del sufrimiento y, por tanto, la invitación, hecha a todos los que sufren, a unirse a la ofrenda redentora de Cristo. El sufrimiento se convierte así en ofrenda, en oblación: como aconteció y acontece en tantas almas santas. Especialmente los que se hallan oprimidos por sufrimientos morales, que pudieran parecer absurdos, encuentran en los sufrimientos morales de Jesús el sentido de sus pruebas, y entran con él en Getsemaní. En él encuentran la fuerza para aceptar el dolor con santo abandono y confiada obediencia a la voluntad del Padre. El sufrimiento, destinado a santificar a los que sufren, también está destinado a santificar a los que les proporcionan ayuda y consuelo.

La enfermedad es un tiempo de fe más intensa y, por consiguiente, como un tiempo de santificación y de acogida más plena y más consciente de la salvación que viene de Cristo. Es una gracia enorme recibir esa luz sobre la verdad profunda de la enfermedad. En la perspectiva de la fe, la enfermedad asume una nobleza superior y manifiesta una eficacia particular como ayuda al ministerio apostólico. En este sentido la Iglesia no duda en declarar que tiene necesidad de los enfermos y de su oblación al Señor para obtener gracias más abundantes para la humanidad entera.
Si a la luz del Evangelio la enfermedad puede ser un tiempo de gracia, un tiempo en que el amor divino penetra más profundamente en los que sufren, no cabe duda de que, con su ofrenda, los enfermos se santifican y contribuyen a la santificación de los demás.
Eso vale en particular para los que se dedican al servicio de los enfermos. Dicho servicio, al igual que la enfermedad, es un camino de santificación. A lo largo de los siglos, ha sido una manifestación de la caridad de Cristo, que es precisamente la fuente de la santidad.

Fuente: San Juan Pablo II, Audiencia General del 27 de abril y 15 de junio de 1994 y Mensaje del 30 de septiembre de 1997

Tras la tristeza, espera con alegría el gozo que vendrá

Job 04 05 Job y sus amigos

Me has pedido, dilectísimo hermano, que te transmita por carta unas palabras de consuelo capaces de endulzar tu corazón, amargado por tantos sufrimientos como te afligen.

Pero si tu inteligencia está despierta, a mano tienes el consuelo que necesitas, pues la misma palabra divina te instruye como a hijo, destinado a obtener la herencia. Medita en aquellas palabras: Hijo mío, cuando te acerques al temor de Dios, prepárate para las pruebas; mantén el corazón firme, sé valiente.
Donde está el temor está la justicia. La prueba que para nosotros supone cualquier adversidad no es un castigo de esclavos, sino una corrección paterna.
Por esto Job, en medio de sus calamidades, si bien dice: Que Dios se digne triturarme y cortar de un tirón la trama de mi vida, añade a continuación: Sería un consuelo para mí; aun torturado sin piedad, saltaría de gozo.
Para los elegidos de Dios, sus mismas pruebas son un consuelo, pues en virtud de estos sufrimientos momentáneos dan grandes pasos por el camino de la esperanza hasta alcanzar la felicidad del cielo.

Lo mismo hacen el martillo y la lima con el oro, quitándole la escoria para que brille más. El horno prueba la vasija del alfarero, el hombre se prueba en la tribulación.Por esto dice también Santiago: Hermanos míos: Teneos por muy dichosos cuando os veáis asediados por toda clase de pruebas.
Con razón deben alegrarse quienes sufren por sus malas obras una pena temporal, y, en cambio, obtienen por sus obras buenas los premios sempiternos del cielo.

Todo ello significa que no deben deprimir tu espíritu los sufrimientos que padeces y las correcciones con que te aflige la disciplina celestial; no murmures ni te lamentes, no te consumas en la tristeza o la pusilanimidad. Que resplandezca en tu rostro la serenidad, en tu mente la alegría, en tu boca la acción de gracias.
Alabanza merece la dispensación divina, que aflige temporalmente a los suyos para librarlos del castigo eterno, que derriba para exaltar, corta para curar y deprime para elevar.
Robustece tu espíritu con éstos y otros testimonios de la Escritura y, tras la tristeza, espera con alegría el gozo que vendrá.
Que la esperanza te levante ese gozo, que la caridad encienda tu fervor. Así tu mente, bien saciada, será capaz de olvidar los sufrimientos exteriores y progresará en la posesión de los bienes que contempla en su interior.

Fuente: De las cartas de san Pedro Damián, Liturgia de las Horas.

Palabras de consuelo de San Pío de Pietrelcina

Jesus 22 31

“Si el miedo os aprieta estrechamente, debéis exclamar con San Pedro: Señor sálvanos. Os tenderá la mano, apretadla con fuerza y seguid vuestro camino con alegría. Aunque el mundo se ponga cabeza abajo, aunque todo esté en tinieblas, lleno de humo y de estruendo. ¡Dios estará con vosotros!

En el tumulto de las pasiones y de las vicisitudes adversas nos sostenga la grata esperanza de la inagotable misericordia de Dios. Dios os deja en esas tinieblas para su gloria; aquí está la gran oportunidad de vuestro progreso espiritual.”

“Cuando os veáis despreciados, haced como el Martín Pescador que construye su nido en los mástiles de las naves es decir, levantaos de la tierra, elevaos con el pensamiento y con el corazón hacia Dios, que es el único que os puede consolar y daros fuerza para sobrellevar santamente la prueba.”

“El sufrimiento soportado cristianamente es la condición que Dios, autor de todas las gracias y de todos los dones que conducen a la salvación, ha establecido para concedernos la gloria.”

“Recuerda que no se vence en la batalla si no es por la oración; a ti te corresponde la elección.”

“Cuando nos ponemos a orar a Dios, busquemos desahogar todo nuestro espíritu. Nuestras súplicas le cautivan de tal modo que no puede menos de venir en nuestra ayuda; ora y espera; no te inquietes. La inquietud no conduce a nada. Dios es misericordioso y escuchará tu oración.”

Habrá niños santos - Siervo de Dios Ángel Bonetta

Angel Bonetta 01 01

Ángel nace el 18 de septiembre de 1948 en Cigole, Italia, hijo de Francisco y Julia. Es un niño vivaz que apenas es posible mantenerlo bajo control, con travesuras propias de su edad. Estudió en el jardín de infancia de las hermanas Canosianas. Guiado por la ayuda de las hermanas se vuelve más reflexivo y cuidadoso. Presentaba una fuerte inclinación a la oración y al amor a Jesús, y se prepara para recibirlo en la Eucaristía. El 14 de abril de 1955 con tan sólo seis años recibe la primera comunión.

Se convierte en monaguillo, con entusiasmo en el servicio de la Misa todos los domingos; es simpático con sus compañeros, cuidadoso con los demás niños. Jugaba muy bien al fútbol; muy a menudo los compañeros le buscan para arbitrar, ya que tienen plena confianza en él.
Aprovecha su carisma y simpatía para arrastrar a sus compañeros con el fin de involucrarlos en su fuerte dimensión religiosa.

Joven inteligente, completó la escuela primaria, y a los once años entra en un internado en Brescia para continuar sus estudios, pero después de sólo quince días comienza a cojear visiblemente por un dolor agudo en la rodilla. Informaron a toda prisa a su casa; sus padres le ingresaron en el hospital en Brescia para ser examinado: el diagnóstico es cáncer, un sarcoma óseo. Así comenzó un Vía Crucis de dolorosos y largos tratamientos. A pesar de los cuidados intensivos no se logra impedir la amputación de la pierna, efectuada el 2 mayo de 1961. En la larga convalecencia en el hospital se une a los Voluntarios del Sufrimiento; lee la historia de los pastorcitos, Francisco y Jacinta de Fátima, a quien la Virgen María había dirigido la invitación a la penitencia y oración por la conversión de los pecadores; Ángel encuentra en Fátima y en el testimonio de los pastorcitos un modelo a seguir.
Lo que para otros sería un desastre para maldecir, él lo acepta como un don que debe ofrecer, “Señor te ofrezco todo por los pobres pecadores, pero ayúdame tú a no negarte nada”.

Ángel siempre estaba sonriendo, y no se dejó detener por el deterioro de su salud. No se cierra en su dolor; siempre bromeando y en un buen estado de ánimo se mueve con facilidad en las muletas, restando importancia a su malestar, consolando a los pacientes de los distintos departamentos del hospital donde era hospitalizado de vez en cuando, animándoles a tener una tranquila resignación y a fortalecerse espiritualmente a través de la oración.
En agosto de 1961 participó en el retiro celebrado en Re (Novara) por los Voluntarios del Sufrimiento, convirtiéndose en un amigo de todos y un modelo para otros enfermos. El fundador de la Asociación de Voluntarios del Sufrimiento, el Beato Luis Novarese (1914 - 1984), dándose cuenta de su aspiración de entrega total a Jesús Crucificado, en mayo de 1962 lo invitó a tomar una decisión de consagración al Señor. Fue el 21 de septiembre de 1962 con poco menos de catorce años, que hace sus votos de castidad, obediencia y pobreza, en la Asociación de los Silenciosos Operarios de la Cruz. Ese día pudo decir: “Ahora soy verdaderamente todo tuyo, Jesús. Todo tuyo y de la Virgen María para la conversión de los pecadores”.
Para Ángel esa fue la mayor alegría en todos sus años de dolor, pero, veinte días más tarde, el 12 de octubre de 1962, se vio obligado a quedarse en cama, de la cual ya nunca se levantaría debido al imparable avance del tumor. El 27 de enero 1963 se confiesa, recibe el Viático y la unción de los enfermos; cerca de la medianoche invita a orar a los presentes y ora con sus seres queridos alrededor de la cama, y luego se queda dormido. Alrededor de las dos de la mañana se despierta y mirando a la estatua de la Virgen que estaba en la mesa de noche se queda dormido en el Señor. Tenía 14 años. Su causa de beatificación se abrió oficialmente el 19 de mayo de 1998.

Fuente: cf. santiebeati.it

Oración en las aflicciones de esta vida

Beato Carlos y Emperatriz Zita 05 06 El Beato Emperador Carlos de Austria de rodillas junto a su esposa en una Misa de campaña en un momento trágico, durante el segundo intento de restauración de la monarquía en Hungría.

Altísimo Dios de cielos y tierra, Padre de bondad y misericordia infinita, humildemente me postro ante tu presencia divina, gimiendo bajo el peso de una gran tribulación.

Ya ves cuán grande es mi aflicción; he perdido lo que más estimaba en la tierra... me veo acosado por todas partes de infortunios y tribulaciones...
Creo, Dios mío, que nada sucede por acaso en este mundo, sino que todo viene regulado y dispuesto por tu benévola Providencia. Creo que todos estos golpes, por dolorosos que sean, vienen todos dirigidos desde lo alto para mi bien, o para que abra los ojos y ordene mi vida, o que me purifique de mis culpas pasadas en este purgatorio lento, o para que mejor te ayude en la obra de la Redención realizada por tu Hijo con el derramamiento de su Sangre, o para que sobrellevando esta prueba como venida de tu mano me labre una corona de gloria inmortal.
Justo será, pues, que me resigne: Tú solo conoces lo que más me conviene, yo no. Siendo Tú, por otra parte, omnipotente, y amándome con un cariño infinitamente más delicado que el de la madre más amorosa, no dudo que esta adversidad es lo que en este momento más me conviene.
Así lo creo, Señor, y por más que la naturaleza lo sienta y apetezca lo que quizás no le conviene, me someto decididamente a tu santísima voluntad. Por dura y pesada que ahora me parezca, beso y bendigo tu Mano paternal, no menos justa cuando castiga que cuando premia, no menos amorosa cuando atribula que cuando halaga, no menos sabia cuando permite que cuando manda, no menos solícita de mi bien cuando me abate que cuando me levanta. ¡Cuántos que con la prosperidad se perdieron, se salvaron en la adversidad! Hágase, pues, Señor, en mí según tu santa voluntad. Amén.

Fuente: P. Ramiro Sáenz, Solo Dios basta

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