En torno a Sarmiento

Sarmiento 01 01b

“Si los pobres de los hospitales, de los asilos de mendigos y de las casas de huérfanos se han de morir, que se mueran; porque el Estado no tiene caridad, no tiene alma. El mendigo es un insecto, como la hormiga. Recoge los desperdicios. De manera que es útil sin necesidad de que se le dé dinero. ¿Qué importa que el Estado deje morir al que no puede vivir por sus defectos? Los huérfanos son los últimos seres de la sociedad, hijos de padres viciosos, no se les debe más que de comer.”

Estas espantosas frases fueron pronunciadas por Domingo Faustino Sarmiento el 13 de septiembre de 1859, en un discurso en el Senado de Buenos Aires (cualquier similitud con la realidad actual no es pura coincidencia). Hoy, como ocurre cada 11 de septiembre, aniversario de su muerte, se lo propone como modelo de patriota argentino, «Padre del aula», el «gran maestro». Otro caso entre tantos de falseamiento de la historia por parte de los enemigos de Dios y de la Patria. Los verdaderos próceres son olvidados, opacados o desfigurados en la enseñanza impartida desde la niñez, mientras se ensalza a quienes han trabajado positivamente en la descristianización de la Nación.

Y no se piense que las frases anteriormente citadas sean una excepción entre las expresiones del «gran sanjuanino». Así de cínico era su pensamiento, y así lo expresó en numerosas ocasiones. Decía el ilustre prócer en 1840: “Es preciso emplear el terror para triunfar. Debe darse muerte a todos los prisioneros y a todos los enemigos. Todos los medios de obrar son buenos y deben emplearse sin vacilación alguna imitando a los jacobinos de la época de Robespierre.” Y, en carta a Mitre, se expresaba así: “No trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre de esta chusma criolla, incivil, bárbara y ruda, es lo único que tienen de seres humanos.” “En las provincias viven animales bípedos de tan perversa condición que no sé qué se obtenga con tratarlos mejor.”
En los periódicos “El Progreso” y “El Nacional” vertía los siguientes conceptos: “¿Lograremos exterminar los indios? Por los salvajes de América siento una invencible repugnancia sin poderlo remediar. Esa canalla no son más que unos indios asquerosos a quienes mandaría colgar ahora si reapareciesen. Incapaces de progreso, su exterminio es providencial y útil, sublime y grande. Se les debe exterminar, sin siquiera perdonar al pequeño, que tiene ya el odio instintivo al hombre civilizado.”
¡Qué diferencia con el espíritu de los monarcas, conquistadores y evangelizadores españoles, hoy anatemizados por la leyenda negra que la masonería labrara en torno a ellos! Y el mismo Sarmiento compartía ese odio visceral a la España católica: su anticlericalismo era una forma de este odio.

Cuando en el año 1884 la Congregación del Santo Oficio advirtió a los católicos acerca de los peligros de la masonería, Sarmiento reaccionó expresándose en los siguientes términos: “Todos se estrellan contra la ceguedad vetusta de la cancillería romana; contra aquella roca endurecida por los siglos; contra ese obscurantismo clerical italiano que se llama Curia Romana...”
¿Acaso pertenecía Sarmiento a la “secta maldita”, como llamara León XIII a la masonería? No sólo perteneció, sino que fue uno de sus máximos exponentes en nuestro país. En el año 1860 él y Bartolomé Mitre son elevados a Soberanos Grandes Inspectores Generales, Grado 33. Y en 1882 Sarmiento es nombrado Gran Maestre de la Masonería Argentina.
Sabiendo esto no habrán de extrañarnos las siguientes frases del “ilustre sanjuanino”:
“Córdoba, en tres siglos de monjas, frailes y clérigos con colegios, universidades y seminarios, fundados por obispos, curas y jesuitas, sólo enseñó a ser, con orgullo, ignorantes por principio...”
“La educación monacal, clerical, de monjas y frailes mata la inteligencia y la estorba desenvolver su capacidad...”
El paroxismo del odio religioso eclosiona en Sarmiento cuando, en 1883, exclama: “Las congregaciones de hermanas docentes son bandas de mujeres emigrantes confabuladas que se apoderan de todas las escuelas públicas para embrutecer a las chicuelas del país... Son fanáticas e ignorantes... Tal hierba maligna es preciso extirpar.”
Otros insultos y blasfemias contra la fe católica y quienes la viven repugna reproducirlas aquí.
Terminemos este somero análisis del «Padre del aula» diciendo con Alberto Ezcurra Medrano: todo lo que podemos hacer por Sarmiento es rogar a Dios por su alma y esperar que le haya perdonado sus errores.

Fuente: cf. Blas Barisani, En torno a Sarmiento

Una rosa del cielo

Santa Rosa de Lima 01 12

En la fiesta de Santa Rosa de Lima, Patrona de América, ofrecemos algunos pincelazos de su angelical vida, relacionados con su continua oración y sus ansias de evangelización.

Siendo Rosa de unos cinco años, empezó a tener oración vocal, repitiendo constantemente: Jesús sea bendito y sea con mi alma. Amén. Esta oración, repetida noche y día, la hacía vida de su vida.
El padre Diego Martínez, jesuita y uno de sus confesores, declara que entre otros ejercicios que tenía era el de agradecimiento y reconocimiento a Dios Nuestro Señor y cada día decía tres mil veces estas palabras: “Gracias a Dios”. Mil a la madrugada, mil a mediodía y mil por la noche. Y cada diez veces decía un “Gloria al Padre”, que eran 300 “Gloria al Padre” y esto acordándose del ser infinito de Dios y de sus infinitas perfecciones y de los infinitos beneficios que de su mano había recibido…Y (también) usaba de estas palabras: “Glorificado sea Jesucristo y Él sea con mi alma”. Y otras veces decía: “Glorificado sea Dios y Él sea con mi alma”. Y esto con tanta continuación interior que obra ninguna exterior ni hablar le impedía que dejase de repetir las dichas palabras. Y, por este medio, alcanzó grande perfección y singulares favores de Dios Nuestro Señor.
A su confesor Juan de Lorenzana le dijo: a cada puntada que doy con la aguja, hago alguna especial alabanza a Nuestro Señor.

El padre Luis de Bilbao declara que tenía grandísima caridad para con los prójimos, compadecíase mucho de sus necesidades corporales y espirituales y, muchas veces, este testigo le pidió encomendase a Dios algunas necesidades y con tanta liberalidad repartía de sus buenas obras, ayunos, disciplinas, oración y otras obras, como si en esto no diese nada; de manera que siempre ofrecía más de lo que se le pedía. Hacía oración especial por el estado de la Iglesia católica, por las almas del purgatorio, por la conversión de los infieles y pecadores y, muy en especial, por esta ciudad de Lima, a quien tenía grande amor por ser su patria. Tenía tan grande deseo de la conversión de las almas que muchas veces le decía a este testigo: Procure convertir almas y ganarlas para Dios, no predique curiosidades.
A fray Antonio Rodríguez, le decía: Padre, pues le ha hecho Dios predicador, no gaste el tiempo en conceptos y flores, sino en persuadir virtudes y disuadir vicios, porque por estos caminos se ganan muchas almas para Dios... Si yo fuera predicador, iría descalza con un cilicio y un Cristo de noche y de día, dando voces por las calles para que mi Dios no fuese ofendido.
Les decía a sus confesores: ¡Oh, quién fuese hombre sólo para ocuparme en la conversión de las almas! Y así exhortaba a todos los predicadores para que convirtiesen muchas almas y que fuesen a reducir a Dios a los indios idólatras de esta tierra y que pusiesen en esto el blanco de sus estudios. Y concertó con uno de sus confesores que le diese él la mitad de las almas que por sus sermones convirtiese y que ella le ofrecía la mitad de todas las obras buenas que hiciese. Y esto lo hizo la santa para aficionarle a que sólo se ocupase en este ejercicio.

Fuente: P. Ángel Peña O.A.R., Santa Rosa de Lima, la alegría de Dios

Un joven católico hasta el heroísmo

Antonio Molle Lazo 01 01 Siervo de Dios Antonio Molle Lazo

Cuando estalló la guerra civil en España, el Siervo de Dios Antonio Molle Lazo tenía 21 años. Con el tercio de requetés de Nuestra Señora de la Merced actuó en Jerez y otros pueblos de Sevilla en defensa de la Fe de Cristo y de España. Veintitantos soldados defendían el 10 de agosto de 1936 la villa de Peñaflor.

Ante el brutal alud de milicianos hubieron de replegarse los heroicos defensores. Antonio cayó prisionero. Con intención de acobardarlo, gritaban al rostro de Antonio: «¡Muera España! ¡Viva Rusia!». Pero él respondía a cada provocación: «¡Viva España! ¡Viva Cristo Rey!».

Las burlas y las blasfemias continuaban sin poder doblegar el ánimo de aquel joven esforzado. Se les ocurrió entonces la idea de lograr que Antonio apostatara de su fe a fuerza de tormentos. Quisieron obligarle a decir: «¡Viva el comunismo!». Y respondía él con fuerza sobrehumana: «¡Viva Cristo Rey!».
Uno le cortó la oreja. Volvían a insistir en que pronunciara una blasfemia. El mártir, invicto, seguía dando vivas a Cristo Rey y a España. ¿Cómo iba a blasfemar Antonio, él, que tanto horror tenía por las blasfemias?
Los verdugos multiplicaban sus ofensas contra aquel joven desarmado que estaba a su merced. Le cortaron la otra oreja, le vaciaron un ojo, le hundieron el otro de un brutal puñetazo, le llevaron parte de la nariz de un tajo feroz.
Antonio iba resistiendo con heroica firmeza. Su sangre corría copiosa. Dios le daba de nuevo valor para resistir aquella cruenta pasión y exclamaba con renovados bríos: «¡Viva Cristo Rey!». Al fin uno gritó: «¡Apartarse... que voy a disparar!». Quedó nuestro Antonio solo, todo él empapado en sangre. Comprendió que llegaba su hora gloriosa, la de dar la vida por Dios y por la Patria. Extendió cuanto pudo sus brazos en forma de cruz y gritó con voz clara y potentísima: «¡Viva Cristo Rey!». Sonó la descarga que le abriría las puertas del cielo, y su cuerpo agonizante cayó pesadamente a tierra, con los brazos en cruz. Al ver los sicarios que aún respiraba, quisieron rematarle. Lo impidió uno: «No arrematarle... Dejadlo que sufra...».

Su cadáver fue recuperado a las veinticuatro horas, cuando el pueblo se reconquistó. Depositado en la iglesia cuando ya había sangrado el cuerpo toda su sangre generosa, fue la primera sorpresa el quedar en el templo una mancha fresca de ella. Los restos mortales fueron llevados después a Jerez y más tarde inhumados en la iglesia del Carmen de dicha ciudad, en donde se conservan incorruptos, según se refiere. Fue el suyo el primer proceso de beatificación incoado de entre los nuevos mártires de España.

Fuente: requetes.com

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