Los primeros esposos beatificados juntos (I)

Beltrame Quattrocchi - Corsini 02 02 Tapiz de la beatificación del matrimonio Beltrame, 21 de octubre de 2001

Amadísimas familias, hoy nos hemos dado cita para la beatificación de dos esposos: Luis y María Beltrame Quattrocchi. Dos esposos que vivieron en Roma en la primera mitad del siglo XX, un siglo durante el cual la fe en Cristo fue sometida a dura a prueba. También en aquellos años difíciles los esposos Luis y María mantuvieron encendida la lámpara de la fe -lumen Christi- y la transmitieron a sus cuatro hijos, tres de los cuales están presentes hoy en esta basílica.

Queridos hermanos, vuestra madre escribió estas palabras sobre vosotros: “Los educábamos en la fe, para que conocieran a Dios y lo amaran”. Pero vuestros padres también transmitieron esa llama viva a sus amigos, a sus conocidos y a sus compañeros. Y ahora, desde el cielo, la donan a toda la Iglesia.

Estos esposos vivieron, a la luz del Evangelio y con gran intensidad humana, el amor conyugal y el servicio a la vida. Cumplieron con plena responsabilidad la tarea de colaborar con Dios en la procreación, entregándose generosamente a sus hijos para educarlos, guiarlos y orientarlos al descubrimiento de su designio de amor. En este terreno espiritual tan fértil surgieron vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, que demuestran cómo el matrimonio y la virginidad, a partir de sus raíces comunes en el amor esponsal del Señor, están íntimamente unidos y se iluminan recíprocamente.

Los beatos esposos, inspirándose en la palabra de Dios y en el testimonio de los santos, vivieron una vida ordinaria de modo extraordinario. En medio de las alegrías y las preocupaciones de una familia normal, supieron llevar una existencia extraordinariamente rica en espiritualidad. En el centro, la Eucaristía diaria, a la que se añadían la devoción filial a la Virgen María, invocada con el rosario que rezaban todos los días por la tarde, y la referencia a sabios consejeros espirituales. Así supieron acompañar a sus hijos en el discernimiento vocacional.
En su vida, como en la de tantos otros matrimonios que cumplen cada día sus obligaciones de padres, se puede contemplar la manifestación sacramental del amor de Cristo a la Iglesia.

Queridas familias, hoy tenemos una singular confirmación de que el camino de santidad recorrido juntos, como matrimonio, es posible, hermoso y extraordinariamente fecundo, y es fundamental para el bien de la familia, de la Iglesia y de la sociedad.
Esto impulsa a invocar al Señor, para que sean cada vez más numerosos los matrimonios capaces de reflejar, con la santidad de su vida, el misterio grande del amor conyugal, que tiene su origen en la creación y se realiza en la unión de Cristo con la Iglesia (cf. Ef 5, 22-33).


Fuente: SS. Juan Pablo II, Homilía del domingo 21 de octubre de 2001

La eterna juventud del heroísmo

San Jose Luis Sanchez del Rio 01 02

Si Tertuliano dijo que el alma humana es naturalmente cristiana, se puede decir igualmente que la juventud, por lo que tiene de permanente osadía, es naturalmente cristiana. Más aún, la juventud se completa, se robustece y se asegura contra su debilitamiento o su extinción, poniéndose bajo el aliento perpetuamente juvenil de Cristo. Porque el cristianismo es la doctrina del riesgo, o mejor, la que nos permite cruzar victoriosamente a través de todos los riesgos. Incorporada la juventud de cada hombre en la juventud eterna de Cristo, se sumará una osadía a otra osadía, y sumadas esas dos grandes audacias, se formará el nudo que abarcará todos los destinos.

Será preciso desposar la propia juventud, que es la audacia de un día, con la juventud de Cristo, que es la audacia de lo eterno. Los jóvenes deberán juntar sus dos manos, todavía mojadas en el odre de la vida, con las dos manos de Cristo, mojadas todavía en la sangre de su audacia. He ahí lo que afirmaba Lacordaire: "La juventud es irresistiblemente bella, con la belleza del riesgo, es decir, con la belleza de la osadía",y también: "La juventud es sagrada a causa de sus peligros". Habrá que arrojarse en el mar del peligro, en la corriente de los riesgos, con la canción en los labios, con un gesto de desdén en la boca y con plena confianza en el logro final.

Esto es lo que necesita el catolicismo... una transfusión de juventud. Es de ella de donde deben salir los valores que acabarán con nuestro empobrecimiento y con nuestra mediocridad y que saltarán por encima de todas las murallas para quebrar medianías, para pisar nulidades y para empinar a Dios, majestuoso y radiante, sobre los tejados y sobre los hombros de patrias y de multitudes. Nada de valores a medias; nada de valores incompletos; nada de valores que se aferran a su aislamiento, que titubean, que se ponen en fuga frente a la Historia y que se satisfacen con un milímetro de tierra.
Sólo harán la gran revolución, la revolución de lo eterno, las banderas tremoladas por la juventud que todavía le reza y le canta al joven carpintero que a los 33 años comenzó la única verdadera revolución, que es la revolución de lo eterno, y que pasa por nuestras vidas como un huracán preñado de heroísmo.

Fuente: P. Alfredo Sáenz, La gesta de los cristeros

Santa Teresa de Lisieux, Doctora del Divino Amor

Santa Teresita 20 47 La ciencia del amor divino, que el Padre de las misericordias derrama por Jesucristo en el Espíritu Santo, es un don concedido a los pequeños y a los humildes para que conozcan y proclamen los secretos del Reino, ocultos a los sabios e inteligentes: por esto Jesús se llenó de gozo en el Espíritu Santo, y bendijo al Padre, que así lo había establecido (cf. Lc 10, 21-22; Mt 11, 25-26). Entre los pequeños, a los que han sido revelados de manera muy especial los secretos del Reino, resplandece Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz, monja profesa de la orden de los Carmelitas Descalzos.

Los pastores de la Iglesia, comenzando por mis predecesores los Sumos Pontífices de este siglo, que propusieron su santidad como ejemplo para todos, también han puesto de relieve que Teresa es maestra de vida espiritual con una doctrina sencilla y, a la vez, profunda que ella tomó de los manantiales del Evangelio bajo la guía del Maestro divino y luego comunicó a sus hermanos y hermanas en la Iglesia con amplísima eficacia.

Teresa, en sus tres manuscritos, que coinciden en una unidad temática y en una progresiva descripción de su vida y de su camino espiritual, nos ha entregado una original autobiografía, que es la historia de su alma. En ella se pone claramente de manifiesto que en su existencia Dios ofrece al mundo un mensaje preciso, al señalar un camino evangélico, el «caminito», que todos pueden recorrer, porque todos están llamados a la santidad. Ella ha hecho resplandecer en nuestro tiempo el atractivo del Evangelio; ha cumplido la misión de hacer conocer y amar a la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo; ha ayudado a curar las almas de los rigores y de los temores de la doctrina jansenista, más propensa a subrayar la justicia de Dios que su divina misericordia. Ha contemplado y adorado en la misericordia de Dios todas las perfecciones divinas.
Con la infancia espiritual experimentamos que todo viene de Dios, a él vuelve y en él permanece, para la salvación de todos, en un misterio de amor misericordioso. Ese es el mensaje doctrinal que enseñó y vivió esta santa.

Teresa de Lisieux es una joven. Alcanzó la madurez de la santidad en plena juventud. Como tal se presenta como maestra de vida evangélica, particularmente eficaz a la hora de iluminar las sendas de los jóvenes, a los que corresponde ser protagonistas y testigos del Evangelio entre las nuevas generaciones. Acogiendo los deseos de gran número de hermanos en el episcopado y de muchísimos fieles de todo el mundo, tras haber escuchado el parecer de la Congregación para las causas de los santos y obtenido el voto de la Congregación para la doctrina de la fe en lo que se refiere a la doctrina eminente, con conocimiento cierto y madura deliberación, en virtud de la plena autoridad apostólica, declaramos a santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz, virgen, Doctora de la Iglesia universal.

Fuente: San Juan Pablo II, extracto de la Carta Apostólica «Divini amoris scientia», 19 de octubre de 1997

Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo

San Jeronimo 04 09

Cumplo con mi deber, obedeciendo los preceptos de Cristo, que dice: Ocupaos en examinar las Escrituras, y también: Buscad y hallaréis, para que no tenga que decirme, como a los judíos: Estáis en un error; no entendéis las Escrituras ni el poder de Dios. Pues si, como dice el apóstol Pablo, Cristo es el poder de Dios y la sabiduría de Dios, y el que no conoce las Escrituras no conoce el poder de Dios ni su sabiduría, de ahí se sigue que ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo.

Por esto quiero imitar al amo de casa, que de su provisión saca lo nuevo y lo antiguo, y a la esposa que dice en el Cantar de los cantares: He guardado para ti, mi amado, lo nuevo y lo antiguo; y, así, expondré el libro de Isaías, haciendo ver en él no sólo al profeta, sino también al evangelista y apóstol. Él, en efecto, refiriéndose a sí mismo y a los demás evangelistas, dice: ¡Qué hermosos son los pies de los que anuncian el bien, de los que anuncian la paz! Y Dios le habla como a un apóstol, cuando dice: ¿A quién mandaré? ¿Quién irá a ese pueblo? Y él responde: Aquí estoy, mándame.

Nadie piense que yo quiero resumir en pocas palabras el contenido de este libro, ya que él abarca todos los misterios del Señor: predice, en efecto, al Emmanuel que nacerá de la Virgen, que realizará obras y signos admirables, que morirá, será sepultado y resucitará del país de los muertos, y será el Salvador de todos los hombres.

¿Para qué voy a hablar de física, de ética, de lógica? Este libro es como un compendio de todas las Escrituras y encierra en sí cuanto es capaz de pronunciar la lengua humana y sentir el hombre mortal.

Dice el Apóstol San Pablo: Cuanto a los dotados del carisma de profecía, que hablen dos o tres, y que los demás den su dictamen; y, si algún otro que está sentado recibiera una revelación, que calle el que está hablando. ¿Qué razón tienen los profetas para silenciar su boca, para callar o hablar, si el Espíritu es quien habla por boca de ellos? Por consiguiente, si recibían del Espíritu lo que decían, las cosas que comunicaban estaban llenas de sabiduría y de sentido. Lo que llegaba a oídos de los profetas no era el sonido de una voz material, sino que era Dios quien hablaba en su interior, como dice uno de ellos: El ángel que hablaba en mí, y también: Que clama en nuestros corazones: «¡Padre!», y asimismo: Voy a escuchar lo que dice el Señor.

Fuente: cf. San Jerónimo, Prólogo al comentario sobre el libro del profeta Isaías.Liturgia de las Horas.

Corazón de Jesús, fuente de vida y de santidad

Sagrado Corazon 36 69

Recordemos cuando Jesús se acercó a la pequeña ciudad de Samaría, llamada Sicar, donde se encontraba una fuente que se remontaba a los tiempos del Patriarca Jacob.

En aquel lugar encontró a una samaritana que se acercaba para sacar agua de la fuente. Él le dice: «Dame de beber». La mujer responde: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, mujer samaritana?».
Entonces Jesús replicó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: Dame de beber, tú le pedirías a Él, y Él te daría a ti agua viva».
Y continuó: «El agua que yo te dé se hará en ti fuente que salte hasta la vida eterna» (cf. Jn 4, 5-14).
¡Fuente! ¡Fuente de vida y de santidad!
En otra ocasión, en el último día de la fiesta de los Tabernáculos en Jerusalén, Jesús ―como escribe también el Evangelista Juan― «gritó, diciendo: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, según dice la Escritura, ríos de agua viva correrán de su seno”.» El Evangelista añade: «Esto dijo del Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en Él» (Jn 7, 37-39).

Todos deseamos acercarnos a esta fuente de agua viva. Todos deseamos beber del Corazón divino, que es fuente de vida y de santidad.
En Él nos ha sido dado el Espíritu Santo, que se da constantemente a todos aquellos que con adoración y amor se acercan a Cristo, a su Corazón.
Acercarse a la fuente quiere decir alcanzar el principio. No hay en el mundo creado otro lugar del cual pueda brotar la santidad para la vida humana, fuera de este Corazón, que ha amado tanto. “Ríos de agua viva” han manado de tantos corazones... y ¡manan todavía! De ello dan testimonio los Santos de todos los tiempos.
Te pedimos, Madre de Cristo, que seas nuestra Guía al Corazón de tu Hijo. Te pedimos que nos acerques a Él y nos enseñes a vivir en intimidad con este Corazón, que es fuente de vida y de santidad.

Fuente: San Juan Pablo II, Ángelus del 10 de agosto de 1986

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