Dónde se encuentra la verdadera alegría

Transfiguracion 05 08

Considera que es tan natural al hombre el amor a todo lo que es placer; es tanta su inclinación al gusto, al contento, a la paz del corazón, que esta inclinación y este amor son como el general resorte que da movimiento a todas las acciones de la vida. ¡Mas ah, y qué grande es su ilusión cuando busca fuera de Dios esta paz, esta quietud, este contento y esta satisfacción! Sólo en servicio de tan buen amo se encuentran todas esas utilidades.
Estar con Jesús, dice el autor del libro de la imitación de Cristo, es dulce paraíso; pero estar sin Jesús, aunque seas el hombre más feliz del mundo, es un infierno. Asombroso es que, después de tan largas y tan funestas experiencias como los hombres han hecho de esta verdad, todavía no reconozcan su error, descubriendo el vacío y la iniquidad de las falsas alegrías de este mundo. Experimentan toda su amargura; palpan su inestabilidad, y con todo eso, sólo suspiran por ellas.

Si domina la pasión del contento y del consuelo, ¿a qué fin buscarle donde no se halla, y huir de aquella condición donde únicamente se encuentra, que es la de los que sirven a Dios de veras y con fervor? ¿A qué fin arrastrar toda la vida en una mediocridad de virtud, en la cual nunca se gustan las dulzuras de la vida verdaderamente espiritual? La gloria de la majestad de Cristo sólo se descubre en la elevación del monte; en el fondo de la soledad, en lo más silencioso del retiro se dejan percibir los consuelos celestiales.
Por eso el Señor se escogió la cumbre de un monte solitario para la Transfiguración. ¿Por qué no se obraría este dulcísimo misterio sino a la vista de solos tres discípulos? Porque siempre es corto el número de las almas fervorosas. Seamos de este corto número y seremos favorecidos.

Bueno será que nos quedemos aquí, exclama San Pedro. Cuando Dios se comunica a un alma pura, fácilmente se olvidan todos los bienes creados. Los más exquisitos gustos de la tierra parecen insípidos a quien gusta una vez los consuelos espirituales, que son como una prueba de los gozos de la gloria. Luego que Dios se deja sentir en el alma, ninguna fuerza hacen ni esos honores imaginarios, ni esas distinciones pueriles, ni esas quiméricas fortunas con que el mundo apacienta a sus parciales.
Aquella paz interior, que excede todo cuanto se puede imaginar; aquella inexplicable alegría, que es el fruto de los más duros trabajos; aquella alegría pura sin mezcla de tristeza; aquella alegría permanente, que no se acaba cuando se acaba una fiesta pública; aquella alegría constante, sin peligro de producir efecto alguno enfadoso; todo esto sólo se reserva para los buenos.
Compara todas estas ventajas con la turbación y la tiranía de las pasiones; con aquellas inquietudes y con aquellos enfados, que son como la herencia de las almas cobardes, de las almas tibias, y descubrirás el verdadero origen de todos tus disgustos y de todas tus sequedades.

Conozco, Dios mío, que mi infidelidad y mi tibieza me han privado hasta aquí de aquellas señaladas gracias que sólo se reservan para los fervorosos. No os pido, Señor, esos favores extraordinarios que hacen tan fácil y tan dulce la virtud; sólo os pido, por los méritos de mi Señor Jesucristo, me deis gracia para salir de este infeliz estado de tibieza, que me ha hecho tan pesado tu suavísimo yugo. Concededme aquel fervor con que se os debe servir, y la merced de que os sirva de hoy en adelante con la mayor fidelidad.

Fuente: J. Croisset, sj, Año cristiano

Daré a los sacerdotes la gracia de mover los corazones endurecidos

Santa Misa 05 06

Promesa magnífica, que llena todas las aspiraciones de un apóstol, que alcanza hasta los últimos y más irreductibles baluartes de los dominios del pecado. Tocar, convertir los corazones endurecidos es la victoria más espléndida que se puede soñar. Ni el oro, ni la espada, ni la palabra del hombre. Y lo consigue en un instante la gracia de Dios, por medio de las almas poseídas de una tierna devoción al Corazón de Jesús. Ahora dejemos hablar a un pecador convertido:

“La víspera de mi primera comunión prometí solemnemente a Jesús amarle siempre... Más ¡ay! Fui víctima de esas plagas terribles, que a tantos hacen perder en nuestros días la virtud y el honor: las malas compañías y las lecturas peligrosas. A los veinte años era el primer libertino de mi ciudad. Treinta años seguidos añadí heridas sobre heridas. Por acaso acerté a pasar por Paray-Le-Monial. La ciudad estaba de fiesta. Sorprendido, me acerqué a una mujercita y le pregunté: -¿Qué es lo que pasa?
-¿Cómo? ¿No lo sabe Ud.? Pues es la gran peregrinación.
-¿Para qué?
-Para honrar al Corazón de Jesús.
-¿El Corazón de Jesús? ¿Dónde está? ¿Se puede ver?
-No se le puede ver; pero este Sagrado Corazón se manifestó a una religiosa de la Visitación, a Santa Margarita María, y le recomendó que trabajase, para que fuese honrado por todos los hombres.

Y, siguiendo las indicaciones de aquella buena mujer, me dirigí hacia aquel célebre santuario. Llegué a la Visitación, quise entrar en la capilla, pero estaba repleta de gente. Esperando a que la muchedumbre se dispersase, miraba en torno mío. ¿En qué pensaba? Yo mismo no lo sé. Mis miradas se fijaron con curiosidad en unas franjas de tela blanca, sobre las cuales resplandecían en rojo unas inscripciones. Leí: “Promesas de Ntro. Señor a Santa Margarita María”. Fui recorriendo, una por una, todas las inscripciones; muchas frases me parecían faltas de sentido; eran para mí un enigma aquellas palabras: “Gracia..., favor..., misericordia..., tibieza..., perfección...; Mas una línea hirió de pronto mi corazón: “Daré a los sacerdotes el poder de mover los corazones más empedernidos”. Revolvióse en el acto toda impiedad, que bullía en mi alma. Mover los corazones endurecidos... ¡Así está escrito... Pues bien: veremos si es verdad. ¿Por qué no hacer la prueba? Llamaré a un sacerdote. ¿Qué palabras dirá tan inspiradas, que puedan conmover a un corazón como el mío? Y me mofaba tocándome el pecho.

En aquel momento pasó junto a mí una religiosa, y volviéndome a ella bruscamente, le dije: “Querría hablar con un sacerdote de Paray-LeMonial”. Ella me introdujo en una pequeña habitación. De pronto entró un sacerdote. Nos encontramos frente a frente. Pasaron algunos segundos... El me miraba, esperando que le hablase. Yo no tenía en mi alma más que impiedad y sarcasmo, y, con todo, experimentaba un estremecimiento pasajero. El sacerdote salió a mi encuentro: “Y bien, ¿qué es lo que desea, amigo mío?” ¡Amigo suyo! ¡Ah!, usted no me conoce. Yo no tengo fe. Yo no creo una palabra de todo cuanto ustedes dicen y escriben. Llámeme usted excomulgado, impío, infiel, lo que quiera; pero amigo... eso a otro. Así continué hablando un rato. La frase, que leí sobre la blanca tela, estaba clavada en mi mente con esta irónica pregunta: “¿Qué me dirá?”. El sacerdote estaba pálido. Con todo, ningún gesto de indignación se le escapó. Yo me reía... Él lo veía bien, pero no entendía las señales de cabeza, que acogían todas sus preguntas y que querían decir: “Y a mí, ¿qué?”. Era vencedor... Triunfaba... Estaba a punto de estallar en una carcajada y confesarle llanamente toda la verdad, cuando de pronto ¡ah!, tiemblo al recordarlo.
Amigo mío -me dice- ¿vive la madre de Ud.?

¡Qué emoción tan intensa la que sufrí en aquel momento! Aquí me esperaba el Sagrado Corazón. Algunas lágrimas brotaron de mis ojos; estaba temblando. ¡Mi madre! ¡Las palabras de mi madre! ¡Oh, sí!, ¡es verdad! ¡El Sagrado Corazón de Jesús! Quisiera tener delante aquella imagen ante la cual me arrodillaba con mi madre, de niño. Volver a leer aquellas líneas, que me escribió con mano temblorosa, y a las cuales ¡desgraciado de mí!, jamás había prestado atención: “Hijo mío, te escribo desde mi lecho de agonía. Muero de los disgustos que me has causado; pero no te maldigo, porque he esperado siempre que el Corazón de Jesús te convierta”. Entré en el Santuario del Sagrado Corazón para arrodillarme ante un confesionario... Pocos días después me acerqué a la Sagrada Mesa”.
Sacerdotes, amad al Sagrado Corazón y convertiréis muchas almas.

Fuente: P. Manuel Mosquero Martin S.J, Las promesas del Sagrado Corazón de Jesús

Reine su Corazón

Sagrado Corazon 28 46

El huracán contra el hogar, contra el santuario de la familia cristiana, arrecia y es formidable en estos días. Sabedlo: de todos los antros anticristianos brota un solo grito de combate, voz de orden del infierno, que dice: «Paganizad la familia.» « ¿De qué manera? Neutralizar la influencia de la mujer, cueste lo que cueste; embriagad con placer y vanidad a la joven en espectáculos y modas relajadas; haced del niño un ente laico, y hemos vencido.»

Pero ¿y cuál es la finalidad suprema de toda esta campaña? «Señor Jesús, perdóname, pero déjame gritarlo a este tu pueblo: Quieren, con cólera satánica, destronarte a Ti, reclamando tu muerte; exigen que te vayas.» ¿Qué les importa lo demás?
Y hubo un momento en que el infierno pensó en lanzar un grito salvaje de victoria: ¡había avanzado tanto, profanado a mansalva los tabernáculos del Señor! No penséis que exagero; levantad si no la mirada, pasad las fronteras de vuestra patria y recorred de una ojeada las ruinas morales gigantescas en tantos otros pueblos de Europa y del mundo y os convenceréis que estoy en lo cierto al afirmaros que Satán estuvo a punto de exclamar: ¡He vencido!

Más ¿quién lo ha detenido en las puertas mismas de la ciudadela del hogar? Recordad aquel momento de sublime majestad en Getsemaní, el Jueves Santo: se acerca Judas, el amigo infiel, el traidor; tras él vienen los sicarios y verdugos. Preséntase Jesús y les dice: ¿A quién buscáis?Y ellos responden: A Jesús de Nazaret. Entonces se presenta el Señor, avanza unos pasos y les afirma: ¡Soy yo! Y caen de espaldas, aterrados, vencidos.
Pues así ocurrió en nuestros días: Satán creía ya suya la familia, conquistado el hogar destartalado, batido furiosamente; pero al presentarse en los umbrales para reclamar las llaves se encontró con el Maestro, con el Amo, con el Rey de Amor que velaba por Nazaret, la fuente de la vida; el Águila Real cubría con sus alas el nido y los polluelos, Jesús, sentado en el brocal del pozo de Jacob, conversaba con la familia y le decía: Dejadme entrar en la intimidad de vuestra casa. Yo soy la vida. Y el hogar le contestaba: ¡Entra en casa, Señor; entra como Rey, quédate con nosotros!

¿Qué ha ocurrido? ¿Recordáis que Constantino arrolló con el lábaro de la cruz a Majencio? Con el mismo estandarte San Fernando y Juan de Austria dieron a la Iglesia victorias cuyas felices consecuencias son eco vivo todavía en nuestros días; antes que éstos, Santo Domingo de Guzmán luchó contra los herejes, y con la Cruzada del Rosario batió en brecha a los formidables albigenses.
¿Y qué decir de la transfiguración de aquellas familias ya cristianas, pero que pueden y deben ser mejores en la práctica de un cristianismo más fuerte, más puro y acendrado? Entra en esas casas Jesús, digo, nace en ellas, y gracias a la fidelidad con que le escuchan y le tratan, crece y se desarrolla como en Nazaret. Sobre Cristo en el hogar se debe levantar, regenerada y fuerte, la nueva sociedad cristiana.

Amadísimos hermanos, renunciad en estos días solemnes a vivir de un cristianismo artificial y de barniz. Entronizad profundamente el Corazón de Cristo en vuestro hogar, hacedle convivir en el toda vuestra vida, pues Él quiere y pide cantar cuando cantéis vosotros, Él quiere llorar cuando lloréis vosotros, sus amigos. Como la luz, testigo silencioso e íntimo de alegrías y pesares, así Jesús ha venido, Jesús se ha quedado, Jesús avanza victorioso en nuestros días, ansioso de compartir y de divinizar nuestra vida, toda nuestra vida.

Fuente: P. Mateo Crawley, Jesús Rey de Amor

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