Cumplimiento de nuestros deberes de estado

Familia 02 03

La voluntad de Dios exige que cumplamos con amorosa fidelidad todos los deberes que comporta nuestro estado de vida, que por esa razón se les llama «deberes de estado».

Santa Francisca era una mujer casada que vivía en Roma en el siglo XV. Estaba persuadida de que la santidad está en el camino que nos ofrece cada una de nuestras jornadas, en que los deberes de nuestra vida cotidiana se presentan ante nosotros con desigual atractivo. Un día, mientras rezaba el Oficio de nuestra Señora, su marido la llamó para algún quehacer doméstico. Dejó la oración y acudió inmediatamente junto a su marido. Apenas vuelta a su rezo del Oficio, la volvieron a llamar; y así hasta cuatro veces seguidas. Y cada vez, con la misma prontitud, dejaba la oración, convencida de que sus deberes de esposa y de ama de casa eran más importantes que un ejercicio piadoso. Y cuando al fin pudo ponerse en oración, el versículo que tantas veces había dejado por obediencia y vuelto a tomar por devoción, lo encontró escrito en bellas letras de oro.

Me diréis: ¡una piadosa leyenda! ¿Lo creéis así? Cuántas veces nos sucede tener que dejar nuestras ocupaciones: a veces, porque llega una visita cuando estamos sumidos en un trabajo que nos absorbe; en otras ocasiones, son los niños, una tarea doméstica, nuestra vida social o las múltiples molestias cotidianas las que interfieren en nuestra actividad y la interrumpen. Y cuando por la noche volvemos la mirada hacia ese día tan fragmentado y vemos nuestros trabajos interrumpidos, nuestras ocupaciones abandonadas y nuestros proyectos echados por tierra, sentimos la tentación de entristecernos y lamentarnos del vacío y pobreza de nuestra vida. Pero si consintiésemos en admitir un sentido más exacto de la realidad, ¿no nos daríamos cuenta de que todo eso es oro puro, porque con ello estamos cumpliendo nuestro deber y, en definitiva, la voluntad de Dios sobre nosotros? Nuestra vida será tanto más rica cuanto más estrecha sea nuestra unión con la voluntad divina.
«Pensad a menudo que todo el valor de lo que hacemos está en la conformidad que tengamos con la voluntad de Dios. Si yo como o bebo porque ésa es la voluntad de Dios, le soy más agradable que si sufriera la muerte sin tener esa intención». El amor que ponemos en nuestros actos es lo que les da diferente valor, cualesquiera que sean las tareas en que nos ocupemos: «Estas tareas pueden ser, ciertamente, muy variadas, pero el amor con el que las tenemos que hacer es siempre el mismo. Solamente el amor es el que da diferente valor a nuestras acciones».

Fuente: Francisco Vidal Sánchez, En las fuentes de la alegría (Recopilación de textos de San Francisco de Sales)

Buscar a Dios en la actividad (I)

Dios en la actividad 01 01

Compartimos este artículo que, si bien se aplica en primer lugar a aquellos que viven bajo votos religiosos, contiene valiosas enseñanzas que cada uno aprovechará según su propio estado.


Abandonando toda actividad externa me postro a los pies de Jesús y le pido que me enseñe a permanecer en esta disposición interna aun en medio de mis ocupaciones.
He aquí cómo habla San Juan de la Cruz al alma que quiere llegar en breve al santo recogimiento: «Jamás, fuera de lo que por orden estás obligado, te muevas a cosa, por buena que parezca y llena de caridad... sin orden de la obediencia».

Con esta norma el alma está segura de moverse siempre dentro de la voluntad de Dios; y la voluntad de Dios no puede permitir que las ocupaciones impuestas por ella -por absorbentes y apremiantes que sean- dificulten o tan sólo disminuyan el recogimiento del alma. «Obrando sólo por obediencia y con obediencia -en la cual es Dios quien manda-, no me parece que pueda Él destruir su obra», o sea, la unión íntima entre sí y el alma -afirma Santa Teresa Margarita-. Cuando la actividad externa está regulada en todo por la obediencia, no solamente disminuye el peligro de hacer las cosas por amor propio o de exponerse temerariamente a distracciones, sino que en cualquier trabajo se tiene la seguridad de abrazarse con la santa voluntad de Dios. Y quien abraza la voluntad de Dios, no corre peligro de separarse de Él, ni de arrancar su espíritu de la continua orientación hacia Él.
La unión del alma con Dios, más que en la dulzura de la oración, se realiza cuando se abraza con perfección su santa voluntad.

Postrado ante ti, Señor, y a la luz de tu divina presencia quiero examinar con toda sinceridad mis ocupaciones, para ver si mi actividad está verdaderamente regulada por la santa obediencia.
Tú me has hecho comprender que cuando obro sólo por propia iniciativa, sin un verdadero motivo de obediencia o caridad, entonces muy fácilmente mis acciones me distraen de ti; y esto, o porque empleo en ellas el tiempo que debiera dedicar a la oración, o porque, moviéndome por propio impulso, no hago muchas veces más que seguir mi amor propio, mi natural tendencia a la actividad, mis caprichos, mi voluntad. Cuando así obro, estoy unido no a tu voluntad, sino a la mía: no a ti, sino a mi amor propio. Líbrame, te ruego, Señor, de tan gran peligro. Fatigarme y sufrir por cumplir tu voluntad, por unirme a ti, esto sí, Señor, quiero que sea la única ilusión de mi vida; pero fatigarme y sufrir por hacer mi voluntad, por seguir mi amor propio, sería una verdadera necedad que mi alma pagaría muy caro.

Guárdame, Dios mío, de semejante locura y no permitas que sea tan ciego, que consuma mis fuerzas en un intento tan vano y con detrimento de mi vida interior.
Dame, Señor, “pasión” por tu voluntad, de modo que no sepa querer ni hacer sino lo que Tú quieres, lo que Tú me pides en los preceptos y deseos de mis superiores o en el consejo de quien guía mi alma. Todo lo demás no debe existir ya para mí, porque únicamente ansío vivir para ti y cumplir tu voluntad.

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Restáuranos, Señor, por tu misericordia

Santa Catalina de Siena 05 06

Mi Señor dulcísimo, vuelve benignamente tus ojos misericordiosos a este pueblo y al cuerpo místico que es tu Iglesia; porque mayor gloria se seguirá para tu santo nombre al perdonar tan gran muchedumbre de tus creaturas que si tan sólo me perdonas a mí, miserable pecadora, que tan gravemente he ofendido a tu majestad.

¿Qué consuelo podría hallar yo en poseer la vida, viendo que tu pueblo está privado de ella, y viendo cómo las tinieblas del pecado cubren a tu amada Esposa, por mis pecados y los de las demás creaturas tuyas?
Deseo, pues, y te pido como una gracia especial este perdón, por aquel amor incomparable que te movió a crear al hombre a tu imagen y semejanza.
¿Cuál, me pregunto, fue la causa de que colocaras al hombre en tan alta dignidad? Ciertamente, sólo el amor incomparable con el cual miraste en ti mismo a tu creatura y te enamoraste de ella. Mas veo con claridad que por culpa de su pecado perdió merecidamente la dignidad en que lo habías colocado.

Pero tú, movido por aquel mismo amor, queriendo reconciliarte gratuitamente al género humano, nos diste la Palabra que es tu Hijo unigénito, el cual fue verdaderamente reconciliador y mediador entre tú y nosotros. Él fue nuestra justicia, ya que cargó sobre sí todas nuestras injusticias e iniquidades y sufrió el castigo que por ellas merecíamos, por obediencia al mandato que tú, Padre eterno, le impusiste, cuando decretaste que había de asumir nuestra humanidad. ¡Oh incomparable abismo de caridad! ¿Qué corazón habrá tan duro que no se parta al considerar cómo la sublimidad divina ha descendido tan abajo, hasta nuestra propia humanidad?

Nosotros somos tu imagen y tú imagen nuestra, por la unión verificada en el hombre, velando la divinidad eterna con esta nube que es la masa infecta de la carne de Adán. ¿Cuál es la causa de todo esto? Solamente tu amor inefable. Por éste tu amor incomparable imploro, pues, a tu majestad, con todas las fuerzas de mi alma, para que otorgues benignamente tu misericordia a tus miserables creaturas.

Santa Catalina de Siena, Diálogo sobre la divina providencia, Liturgia de las Horas

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