Itinerario del alma hacia Dios (III)

Meditar 13 13

3º Cuando el hombre escucha, Dios habla. Difícil es al hombre escuchar a un semejante suyo. Lo más difícil de la conversación es precisamente saber escuchar. Pero escuchar a Dios es mucho más difícil todavía. Vivimos entre una serie de ruidos infinitos; ruidos, digámoslo así, por fuera y por dentro. Por fuera, las ininterrumpidas impresiones de las criaturas a través de nuestros sentidos externos. Por dentro, los ruidos almacenados en nuestros sentidos internos, que aprovechan cualquier momento de silencio y calma exterior para ensordecernos y aturdimos. Y así no se puede oír la voz de Dios.

Porque la voz de Dios es dulce y suave. Dios «no clama ni deja oír su voz por defuera, ni se puede percibir esa voz en las plazas públicas ni entre el ruido del mundo» (Mt 12, 19). Por eso, cuando quiere Dios hablar a un alma, «la lleva a la soledad y le habla al corazón» (Os 2, 14). Y cuando de esa manera habla a un alma, como el esposo a la esposa, nadie más percibe lo que dice; y sólo al alma que por esposa se le da comienza a hablarle de ese modo.

Pero el alma que ha llegado a oír la respuesta (el llamamiento de Dios), le busca en la soledad y quiere seguirle oyendo, y escucha; y pone en este escuchar suplicante todos sus sentidos. Es decir: el alma ora. Y si supo aprovecharse de todo lo que Dios le dijo por mensajeros -las criaturas-, ahora, cuando ya los mensajeros no le saben decir más, ahora es cuando muy en el fondo de sí misma siente a Dios, que le dice: «Aquí estoy». Y Dios comienza a hablarle. Y, al comenzar este diálogo, todavía el alma tiene cosas que preguntar; pero poco a poco las preguntas van cesando, porque ya no le queda al alma nada que decir. Y el alma se hace toda oídos. Y escucha, escucha. Y Dios habla; sólo Dios habla.
El proceso de la oración es así. Al principio parece que sólo habla el alma, porque ésta no entiende bien el lenguaje de los libros, etcétera, por los cuales le habla Dios. Y ni apenas se da cuenta de que es Él... Después se entabla el diálogo (vía iluminativa...). Hasta que al fin cesa de hablar el alma, para escuchar tan sólo..., para que hable sólo Dios...

4º Cuando el hombre obedece, Dios gobierna. Cuando se sabe ya que Dios nos habla, con un pleno y perfecto convencimiento; que nos habla por medio de criaturas o que nos habla por sí directamente; cuando se sabe en forma vital que Dios es infinitamente sabio, infinitamente bueno, infinitamente amoroso, que infinitamente mejor que nosotros sabe el camino que tenemos que seguir para nuestro bien, entonces ¡qué fácil y qué grato es obedecer! Obedecerle a Él cuando nos habla por las Sagradas Escrituras; obedecerle a Él cuando nos manda por medio de sus representantes en la tierra; obedecerle a Él cuando nos habla por medio de un buen libro, de un buen consejero, o aun cuando nos habla sin palabras desde lo más íntimo de nuestro ser. Y así, cuando el hombre obedece, Dios gobierna. Dios entonces nos gobierna por fuera y por dentro. Y el hombre es un fiel servidor que ejecuta en todo y con la mayor perfección posible sus sagradas órdenes. Cuando el hombre obedece, Dios gobierna.

Fuente: Fr. Albino Menéndez-Reigada, O.P., Prólogo del libro “Teología de la perfección cristiana” de A. Royo Marín. B.A.C., Madrid, 1968.

Dónde se encuentra la verdadera alegría

Transfiguracion 05 08

Considera que es tan natural al hombre el amor a todo lo que es placer; es tanta su inclinación al gusto, al contento, a la paz del corazón, que esta inclinación y este amor son como el general resorte que da movimiento a todas las acciones de la vida. ¡Mas ah, y qué grande es su ilusión cuando busca fuera de Dios esta paz, esta quietud, este contento y esta satisfacción! Sólo en servicio de tan buen amo se encuentran todas esas utilidades.
Estar con Jesús, dice el autor del libro de la imitación de Cristo, es dulce paraíso; pero estar sin Jesús, aunque seas el hombre más feliz del mundo, es un infierno. Asombroso es que, después de tan largas y tan funestas experiencias como los hombres han hecho de esta verdad, todavía no reconozcan su error, descubriendo el vacío y la iniquidad de las falsas alegrías de este mundo. Experimentan toda su amargura; palpan su inestabilidad, y con todo eso, sólo suspiran por ellas.

Si domina la pasión del contento y del consuelo, ¿a qué fin buscarle donde no se halla, y huir de aquella condición donde únicamente se encuentra, que es la de los que sirven a Dios de veras y con fervor? ¿A qué fin arrastrar toda la vida en una mediocridad de virtud, en la cual nunca se gustan las dulzuras de la vida verdaderamente espiritual? La gloria de la majestad de Cristo sólo se descubre en la elevación del monte; en el fondo de la soledad, en lo más silencioso del retiro se dejan percibir los consuelos celestiales.
Por eso el Señor se escogió la cumbre de un monte solitario para la Transfiguración. ¿Por qué no se obraría este dulcísimo misterio sino a la vista de solos tres discípulos? Porque siempre es corto el número de las almas fervorosas. Seamos de este corto número y seremos favorecidos.

Bueno será que nos quedemos aquí, exclama San Pedro. Cuando Dios se comunica a un alma pura, fácilmente se olvidan todos los bienes creados. Los más exquisitos gustos de la tierra parecen insípidos a quien gusta una vez los consuelos espirituales, que son como una prueba de los gozos de la gloria. Luego que Dios se deja sentir en el alma, ninguna fuerza hacen ni esos honores imaginarios, ni esas distinciones pueriles, ni esas quiméricas fortunas con que el mundo apacienta a sus parciales.
Aquella paz interior, que excede todo cuanto se puede imaginar; aquella inexplicable alegría, que es el fruto de los más duros trabajos; aquella alegría pura sin mezcla de tristeza; aquella alegría permanente, que no se acaba cuando se acaba una fiesta pública; aquella alegría constante, sin peligro de producir efecto alguno enfadoso; todo esto sólo se reserva para los buenos.
Compara todas estas ventajas con la turbación y la tiranía de las pasiones; con aquellas inquietudes y con aquellos enfados, que son como la herencia de las almas cobardes, de las almas tibias, y descubrirás el verdadero origen de todos tus disgustos y de todas tus sequedades.

Conozco, Dios mío, que mi infidelidad y mi tibieza me han privado hasta aquí de aquellas señaladas gracias que sólo se reservan para los fervorosos. No os pido, Señor, esos favores extraordinarios que hacen tan fácil y tan dulce la virtud; sólo os pido, por los méritos de mi Señor Jesucristo, me deis gracia para salir de este infeliz estado de tibieza, que me ha hecho tan pesado tu suavísimo yugo. Concededme aquel fervor con que se os debe servir, y la merced de que os sirva de hoy en adelante con la mayor fidelidad.

Fuente: J. Croisset, sj, Año cristiano

Mostrar más artículos...

Suscríbase al Blog de ARCADEI