Efectos de la venida del Espíritu Santo


El primer efecto que produjo en el corazón de los Apóstoles la venida del Espíritu Santo fue una sincera y ardiente caridad. El Espíritu Santo es el amor del Padre y del Hijo; por Él ama el Padre Eterno a su Hijo y el Hijo a su Padre; por Él nos aman a nosotros el Padre y el Hijo, y por Él amamos a la Santísima Trinidad. Por eso el Espíritu Santo bajó en figura de fuego, para darnos a entender que había venido a abrasar los corazones con el amor divino que Jesucristo había prometido hacer bajar del cielo a la tierra para encendernos a todos. Y así, apenas los apóstoles recibieron el Espíritu Santo se llenaron de fuego de amor divino, que fueron a repartir por todo el universo para encender aun los corazones más fríos.

El segundo efecto fue un ardiente celo por la gloria de Jesucristo, que llevó a los apóstoles por todo el mundo para publicar en todas partes las grandezas de Jesús. Entonces fue cuando doce pescadores sin estudios, sin elocuencia y sin talentos, pero llenos del Espíritu Santo, emprendieron su carrera por todo el mundo a anunciar la gloria de su Maestro, y a persuadir a los filósofos, a los oradores, a los sabios, a los grandes del mundo, y a los emperadores mismos, que un hombre muerto en una cruz era Dios. ¡Admirable empresa, llevada a cabo por el ministerio de doce pescadores, débiles en sí mismos, pero alentados por el vigor del Espíritu Santo, y llenos de aquella caridad ardiente a la cual nada hay imposible! ¿De dónde nace en ti el poco celo de la gloria de Jesucristo, sino de tu poco amor?

El tercer efecto que produjo la venida del Espíritu Santo en el corazón de los Apóstoles fue valor admirable en los peligros, y constancia heroica en los tormentos. Habían sido tan cobardes, que en la Pasión abandonaron todos a su Maestro, y aun el principal de todos ellos tembló a la voz de una mujer, hasta negar a Jesucristo. Más apenas recibieron el Espíritu Santo, se trocaron en mártires valerosísimos, que exponiéndose gallardamente a los mayores peligros, predicaron a Jesucristo, en el circo y en el cadalso, y sufrieron la muerte, no sólo con constancia, sino con alegría, sellando con su propia sangre la verdad que habían predicado acerca de la divinidad de su Maestro. Éste es el efecto que produjo el Espíritu Santo en el corazón de los Apóstoles. ¿Lo ha producido en el tuyo?

¡Espíritu divino, Rey amoroso de las almas! Ilustra la mía para que conozca las grandezas de Dios y mueve mi lengua como la de los Apóstoles para que hable de ella sin miedo ni respeto humano, y con tal fervor que Tú quedes glorificado y mi alma encendida en tu amor. Ven y llena hoy el corazón de los fieles y enciende en todos el fuego de tu amor. Envía un rayo de tu fuego divino y seamos de nuevo creados, y renovarás la faz de la tierra.

Fuente: Cf. V. P. Luis de la Puente S.J., Meditaciones Espirituales para todos los días del año

Ansias de Comulgar


¡Cuánto amor y cuántas bendiciones recibimos al comulgar! Deberíamos tener verdaderas ansias de comulgar como los santos. La Sierva de Dios Teresa María de Jesús Ortega dice así: Vino la guerra civil y Teruel, donde yo estaba, quedó cercado por los rojos. La angustia más dura era la comunión diaria. Comulgar..., por encima de todo, comulgar. No había formas. No había máquinas para hacer formas. No había. No había... tantas cosas. Pero había una cosa: hambre y sed de Dios. Había que comulgar, había que hacer lo imposible. Era el grito del alma, era la necesidad de la vida. ¡Comulgar, comulgar! Por encima de todo, comulgar. ¿Qué sería la vida sin comunión?

Busqué dos planchas de carbón y las calentaba en un fuego que había por allí, busqué harina y un poco de agua. Con esa harina y esa agua hacía una masa y la metía entre las dos planchas. Salían unas formas empolvadas, deformes, pero Dios bajaba allí. El Padre franciscano las consagraba a diario. ¡Qué misterio! No faltó un solo día la comunión. Faltó todo..., pan, agua, descanso, pero Dios no faltó, porque tenía Él más sed de nosotras que nosotras de Él.

Un día, haciendo esas formas tan sin forma, se cayó el techo encima. El techo y las paredes... La masa quedó convertida en algo negro, no servía para nada. Había que peregrinar de nuevo a otro rinconcito para seguir haciendo pan y poder alimentar nuestra alma de Dios. Pero se acabó el asedio y me metieron en la cárcel... ¡Un mes sin comulgar! Al salir de la cárcel, alguien me dio una cajita muy chica, pero llena de hostias consagradas. La llevaba a todas partes. ¡Cuántas comuniones ocultas! ¡Cuántos repartos diarios! ¡Qué comuniones de catacumbas! Paseaba por Valencia con el Misterio... ¡Qué procesión del Corpus entre aquellos milicianos rojos! Él iba oculto y paseaba por las calles sin que nadie lo supiera. ¡Misterios invisibles! ¡Qué bueno eres Señor! Estás loco de amor por tus criaturas.

Almiro Faccenda era un niño de unos diez años que vivía en Torcegno, un pueblecito de Italia. En 1915, durante la primera guerra mundial, el párroco del pueblo fue hecho prisionero por los austriacos y el otro sacerdote decidió huir para no correr la misma suerte; pero, antes de hacerlo, le dijo a Almiro: Te entrego la llave del sagrario. Si ves que nuestras tropas comienzan la ofensiva, toma las hostias consagradas del sagrario y las distribuyes, dando la comunión a la gente del pueblo.

Cuatro días después, el 15 de noviembre de 1915, comenzó el ataque y la gente del pueblo buscó refugio en la iglesia. Entonces, Almiro creyó que había llegado el momento y les dijo a todos lo que el sacerdote le había encomendado. Y empezó a distribuir la Comunión, mientras sonaban los disparos de la artillería. En la noche, Almiro le preguntó a su madre: ¿Qué haré con esta mano con la que he dado la Comunión y con la que he tocado a Jesús? ¿No debería ser la mano de Jesús para servirle siempre?

Terminada la guerra, entró al Seminario y se ordenó de sacerdote un hermoso día de 1932.

Fuente: P. Ángel Peña, Los niños y la eucaristía

Un impresionante testimonio de conversión (II)

Libros de Devin Rose

Pero la evolución era positiva sólo en parte. De hecho, sus ansiedades seguían ahí. Y fue entonces cuando aceptó su problema: era clínicamente depresivo, una lucha que se le presentaba titánica e interminable.

“Creía que mis problemas eran sólo un producto químico en mi cerebro, pero ya había intentado todas las tácticas posibles para vencer la ansiedad y no habían funcionado. Mi otrora confiable inteligencia me había fallado por completo, así que me enfrenté a una elección: o me suicido o trato de creer en Dios”.

Con esta dicotomía ante el camino, el antes ardiente ateo se lanzó a la empresa de creer: “Sabía que, si Dios no existía, tratar de creer en él no iba a funcionar, pues sería sólo una táctica mental más entre la multitud que había intentado antes, sin éxito alguno. Y aunque pedir ayuda a Dios era algo que sublevaba mi interior, no teniendo nada que perder, le di una oportunidad”. Y así, después de muchos años, Devin lanzó su primera oración: “Dios, tú sabes que yo no creo en ti, pero estoy en problemas y necesito ayuda. Si eres real, ayúdame”.

Al principio, el resultado de sus oraciones fue nulo, por lo que, irónicamente, le confirmó en su ateísmo. “Pero cuando se está en el océano y todo lo que tienes es un salvavidas, por pequeño que sea, ésa es la única esperanza que tenemos”. Así que continuó a orar.

Así, poco a poco, se atisbaron ligeros signos de mejoría. Y aunque en su interior los pretextos ateos se revelaban y querían romper ese arbolito que empezaba a crecer, Devin se decía que debía darle una oportunidad a la fe. Así que se protegía y continuaba con su oración, acompañada de la lectura de la Biblia.

Su compañero de cuarto en la universidad era un fiel bautista (protestante) y le empezó a llevar a su iglesia todos los domingos. Aunque seguía sintiendo ataques de ansiedad, se hizo violencia para permanecer en las reuniones y, sorprendentemente, su fe comenzó a fortalecerse y crecer, aunque estaba sumergido en un mar de dudas. Al final de ese año, Devin se consideraba ya, sin lugar a duda, un cristiano.

Fue en ese momento cuando Dios se hizo presente: “Dios se precipitó y era como nada de lo que antes hubiera podido experimentar. Me dio el coraje y la fuerza para afrontar mis ansiedades y empezar a superarlas [...] Dios me dio esperanza para hacerle frente a mi desesperación, y la fe y el amor empezaron a sanar mis profundas heridas”. En otras palabras: se topó con el amor de Dios. Al final de ese año, se bautizó en la iglesia bautista, dándole un nuevo rumbo a su vida.

Continúa.

Fuente: Juan Antonio Ruiz LC/ReL, Publicado en religionenlibertad.com, 22 de marzo de 2012

El Matrimonio cristiano


Esta que llama, con mucha propiedad, San Agustín, fidelidad en la castidad, florece más fácil y mucho más agradable y noblemente, considerado otro motivo importantísimo, a saber: el amor conyugal, que penetra todos los deberes de la vida de los esposos y tiene cierto principado de nobleza en el matrimonio cristiano: “Pide, además, la fidelidad del matrimonio que el varón y la mujer estén unidos por cierto amor santo, puro, singular; que no se amen como adúlteros, sino como Cristo amó a la Iglesia, pues esta ley dio el Apóstol cuando dijo: Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia, y cierto que El la amó con aquella su infinita caridad, no para utilidad suya, sino proponiéndose tan sólo la utilidad de la Esposa”. Amor, decimos, que no se funda solamente en el apetito carnal, fugaz y perecedero, ni en palabras regaladas, sino en el afecto íntimo del alma y que se comprueba con las obras, puesto que, como suele decirse, obras son amores y no buenas razones.

Acérquense, pues, los futuros esposos, bien dispuestos y preparados, al estado matrimonial, y así podrán ayudarse mutuamente, como conviene, en las circunstancias prósperas y adversas de la vida, y, lo que vale más aún, conseguir la vida eterna y la formación del hombre interior hasta la plenitud de la edad de Cristo. Esto les ayudará también para que en orden a sus queridos hijos, se conduzcan como quiso Dios que los padres se portasen con su prole; es decir, que el padre sea verdadero padre y la madre verdadera madre; de suerte que por su amor piadoso y por sus solícitos cuidados, la casa paterna, aunque colocada en este valle de lágrimas y quizás oprimida por dura pobreza, sea una imagen de aquel paraíso de delicias en el que colocó el Creador del género humano a nuestros primero padres. De aquí resultará que puedan hacer a los hijos hombres perfectos y perfectos cristianos, al imbuirles el genuino espíritu de la Iglesia católica y al infiltrarles, además, aquel noble afecto y amor a la patria que la gratitud y la piedad del ánimo exigen.

Fuente: S.S. Pío XI, Carta encíclica Casti Connubii

El Espíritu de Cristo (II)


El Espíritu Santo es el Espíritu de Cristo y habita en Él como en el templo preferido. El Espíritu Santo mora en el alma de Cristo para llevarla continuamente a Dios, para conducirla al cumplimiento de su misión redentora, para solicitarla a unirse con la voluntad del Padre Celestial. Vemos esto concretamente en el Evangelio, donde San Lucas, después de haber descrito el bautismo de Jesús, sobre quién el Espíritu Santo “descendió en figura corpórea, en forma de paloma”, añade: “Jesús, lleno del Espíritu Santo, se retiró del Jordán y fue conducido al desierto por el Espíritu”. He aquí una declaración explícita de la plenitud sin medida con que el Espíritu Santo habitaba en el alma de Jesús, plenitud que sin duda se remonta al primer instante de la vida de Salvador, y de la cual Dios quiso darnos una prueba sensible en el momento de su bautismo; y he aquí también un ejemplo patente de lo que el Espíritu Santo obraba incesantemente en el alma de Jesús, inspirando todas sus acciones y guiándole al cumplimiento de su misión redentora, según lo que dice San Pablo: “Cristo, por el Espíritu Eterno, se ofreció a sí mismo inmaculado a Dios”.

Si queremos comprender más a fondo esta misteriosa acción del divino Paráclito en el alma de Jesús, podemos pensar en lo que Él obra en el alma que ha llegado a la transformación de amor. San Juan de la Cruz enseña que en este altísimo estado, el Espíritu Santo invade el alma, ya totalmente dócil a su moción, y la dirige y mueve en todas sus acciones, empujándola incesantemente hacia adelante mediante una perfecta adhesión a su santa voluntad. Inmensamente más -ya que de manera inmensamente más perfecta- obraba el Espíritu Santo en el alma de Cristo, el cual le secundaba dócilmente y estaba bajo su impulso del modo más perfecto. El Espíritu divino sale al encuentro de esta sublime criatura que es el alma de Jesús: la invade, la dirige, la mueve al cumplimiento de su misión y la lleva a Dios con un impulso fortísimo, precisamente porque ella está totalmente bajo la influencia de su moción.

“¡Oh Jesús! Te presento mi pobre amor, dejándolo en los brazos de tu ardiente Espíritu, en el horno ardiente de tu amor. ¡Oh Amado mío! Por tu divina virtud prepárame al combate espiritual con las armas de tu Espíritu, ya que no confío en mí, sino en sola tu bondad. Todo lo que no es totalmente tuyo arráncalo de mí con tu inestimable caridad, de modo que por tu dulce amor, invitada y fortalecida con la viva suavidad de tu amor, no ame sino a Ti. Que los dulces efluvios de tu Espíritu me hagan breve y ligero el peso de la vida; y Tú mismo dígnate unir tu cooperación a mis obras, de tal modo que mi alma te glorifique eternamente, que mi vida esté consagrada a ti, y se goce mi espíritu en Dios, mi Salvador, de tal modo que mi pensamiento y acción sean alabanza y acción de gracias a ti” (Santa Gertrudis).

¡Oh Espíritu Santo que con tanta plenitud has obrado en el alma santísima de Jesús! Dígnate obrar también en mi pobre alma y tomarla enteramente bajo tu dirección, para que en toda acción interna y externa me mueva según tus inspiraciones, tus gustos y tu beneplácito.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

Una santa infancia

Sierva de Dios Anna Gabriella Caron

Anna Gabriella nació el 29 de enero de 2002 en Tolón, Francia. Era la mayor de cuatro hermanos, y enfermó cuando apenas tenía seis años después de quejarse de un dolor en la pierna que la hacía cojear. Los dolores eran tremendos y pronto empezó la quimioterapia. Cuando parecía que el tumor había desaparecido de repente reincidió y se extendió por todo el cuerpo.

Fue en este momento cuando comenzó la lección de esperanza que esta niña dio al mundo. "Aunque no me gusta estar enferma tengo suerte porque puedo ayudar al buen Dios a llevarle a la gente de nuevo a Él. Quiero ayudar a los que sufren".

Durante su enfermedad, Anna fue un foco de atracción para sus familiares, para otros enfermos y también para muchos religiosos. Algunos de estos últimos la acompañaron durante todo este proceso y recuerdan un momento especial para la niña: su primera comunión. Tres días antes de este acontecimiento tan importante para ella tuvo que ser hospitalizada de urgencia por un problema cardíaco. Finalmente llegó el día y pudo cumplir su sueño. De hecho, Anna dejó escrito: "Estoy feliz porque puedo decir: estoy cerca de ti, mi Dios". Después de su muerte, el sacerdote que aquel día le dio la comunión recordaba "nunca he visto a nadie recibir la comunión como ella lo hizo".

Cinco meses antes de morir, ella confesó a su madre algo que le marcó profundamente: "Le he pedido a Dios que me dé todos los sufrimientos de los niños del hospital". Para la pequeña Anna su ejemplo era santa Teresa de Lisieux, a la que quería imitar en su vida. Y tenía tal confianza en Dios que ella alegremente, pese al sufrimiento, decía claramente: "seré santa".

El corazón de esta pequeña de ocho años no parecía el de una niña pues sólo pensaba en hacer el bien pese al sufrimiento que rodeaba su vida.

Sin embargo, pese a su niñez el dolor también le llevó a momentos de dudas y a un desierto espiritual del que pronto salió con fuerza. Recuerda su madre que la pequeña llegó a decir expresiones como "necesito que alguien me diga que Dios es realmente bueno" o "cuando veo que tan pocas personas creen en Dios, me pregunto si realmente existe".

Pero esas dudas pronto se disiparon y el último tramo de su vida estuvo marcado por la oración y la comunión. Hasta el obispo de Toulon, monseñor Dominique Rey, llegó incluso a ir a su casa a llevarle la comunión a la niña. Su madre recuerda que Anna creía firmemente estar viviendo su propia Pasión junto a Jesucristo.

El último mes de su vida estuvo marcado por momentos de gracia. Anna perdonó a quienes la habían lastimado, así como a quienes se habían burlado de ella. También expresó su voluntad de pedir perdón a todos aquellos a quienes pudo haber hecho daño. Y expresó una y otra vez su amor por sus padres, su hermano y sus dos hermanas.

Sosteniendo una imagen de Cristo en la cruz, exclamó: "Es demasiado... Jesús… Él sufrió demasiado…". Unas horas más tarde, se la encontró en paz. Así se despidió. Murió en la tarde del 23 de julio de 2010.

Oración

Santísima Trinidad, por el Inmaculado Corazón de María, te damos gracias por la pequeña Anna Gabriella, por todo lo que has realizado en su corta vida. Ella se entregó libremente a Tu Amor y fue animada de un gran celo por la salvación de las almas. Te pedimos, por su intercesión, que nos concedas esta gracia..., que pedimos de Tu Misericordia infinita, si tal es Tu Voluntad de Amor para nosotros. Amén.

Fuente: Cf. anne-gabrielle.com


Amar la Patria


El amor de Patria es una obligación de virtud cristiana; pertenece en primer lugar el amor de Patria a la virtud de la Piedad, que es aquella por la cual amamos a los padres, amamos a los antepasados, amamos a la Patria. Esa virtud que nos lleva a amar el pasado y las raíces puestas en la tierra y que nos lleva a comprender que los frutos del árbol se dan abundantes en el aire, o que las flores surgen hermosas porque las raíces están clavadas en profundidad en la tierra.

Sin las raíces hundidas en la tierra no hay frutos, sin las raíces hundidas en el pasado, en la familia, en la Patria, no hay fruto, no hay porvenir; no se hace el porvenir con las rupturas, no se hace el porvenir con la negación del pasado. No podemos renegar de aquello que hemos recibido en la familia y en la Patria; no podemos renegar de nuestra herencia biológica, de nuestro idioma, de nuestra cultura, de todo aquello que hemos recibido. Es mucho más lo que recibimos en el pasado que lo que hemos hecho nosotros de nosotros mismos; mucho más lo que recibimos por la herencia, mucho más lo que recibimos por la educación, mucho más lo que recibimos por el ejemplo, mucho más lo que recibimos por la alimentación, tanto física como espiritual. Y entonces hacia eso: una gratitud, hacia los padres y hacia la Patria que es etimológicamente “tierra de los Padres”. No sólo la tierra, sino aquellas comunidades de hombres, que han poblado esta tierra y que han hecho una Patria.

Que la han hecho en las luchas de la Conquista, que la han hecho en las guerras de la Independencia, que la han hecho en el trabajo silencioso y callado de cada día.

Es una herencia de la cual somos responsables. La Piedad es una virtud cristiana que nos hace mirar hacia el pasado; pero esa herencia de la cual somos responsables es algo que tenemos también que transmitir hacia el futuro. La Patria no es un continuo simultáneo, como la extensión, sino que es un continuo sucesivo, como el tiempo. Es algo que se da en el tiempo.

La Patria no somos solamente los que hoy la habitamos en el territorio. La Patria, decía el poeta, son los hombres y los muertos, y yo agregaría: y son también aquellos que van a venir. Por eso no somos dueños, no podemos jugar, no tenemos derecho a traicionar ni a arruinar el destino de esta Patria concreta.

Es una herencia que hemos recibido y que tenemos que transmitirla hacia el futuro. La virtud de la Piedad es aquella que nos hace amar y respetar a aquellos de quienes hemos recibido la herencia, pero la virtud de la Justicia, sobre todo entendida como Justicia legal, que nos hace mirar hacia la promoción y hacia la defensa del Bien Común de la sociedad en que vivimos, es algo que nos hace mirar hacia el futuro y nos señala que esa herencia que recibimos somos responsables de conservarla, de aumentarla, de mejorarla y de que se transmita a nuestros descendientes.

Fuente: P. Ezcurra, Alberto, Sermón de la Misa por la Patria, 25 de mayo de 1981

El culto de María Auxiliadora

San Pío V ante la visión del triunfo de Lepanto

Para que conozcáis el origen y propagación de esta fiesta, sabed que, en el año 1571, los turcos amenazaron invadir y asolar Europa entera. El gran Pontífice San Pío V, para contrarrestar su terrible poder y ferocidad, recurrió a los príncipes cristianos, reuniendo éstos un ejército de valerosos católicos.

Juan de Austria, y muchos ilustres y valientes guerreros italianos, unidos en santa alianza bajo una bandera enviada por el Pontífice, que llevaba bordada en oro la imagen de Jesús Crucificado, acudieron presurosos a defender los derechos de la Iglesia y de la civilización.

Después de un triduo de ayunos y públicas oraciones, estos jóvenes y animosos soldados se acercaron todos a recibir los Santos Sacramentos, e invocando el nombre de María Auxilio de los Cristianos, el día 7 de octubre, en el Golfo de Lepanto, acometieron al enemigo.

Después de un encarnizado combate, en que apareció visible el auxilio de Dios y de María Santísima, fue muerto el caudillo de los turcos. Entonces la confusión y el espanto se apoderaron de toda la flota musulmana, que cayó en poder de los cristianos, quienes al grito de ¡Viva María! enarbolaron la bandera de Jesucristo.

Estando San Pío V en oración, Dios le reveló la milagrosa victoria, y para perpetuo recuerdo, añadió a las Letanías Lauretanas el título de María Auxílium Christianórum.

Más tarde, con motivo de haber sido librada Viena del sitio de los turcos en 1683, fue erigida en Baviera la primera Cofradía de María Auxiliadora, en reconocimiento de tan gran favor, y con pasmosa rapidez difundióse esta devoción en Alemania e Italia y por todo el orbe.

En fin, al recobrar Pio VII la libertad, después de haber estado injustamente oprimido, a principios del siglo XIX, estableció la fiesta de María Auxiliadora el día 24 de mayo.

San Juan Bosco fue un gran difusor de su devoción.

Fuente: San Juan Bosco, La juventud instruida

El Espíritu de Cristo (I)


¡Oh Espíritu Santo que señoreaste plenamente en el alma de Jesús! Dígnate tomar la dirección de mi pobre alma.

El Espíritu Santo es llamado en la Sagrada Escritura “Espíritu de Cristo” (Rm. 8, 9); esta expresión está llena de significado. Cristo es el Verbo Encarnado, hecho hombre, y, sin embargo, permanece siempre el Verbo, el Hijo de Dios, del cual -como del Padre- procede el Espíritu Santo; por eso puede decirse muy bien que el Espíritu Santo es el Espíritu de Cristo, precisamente porque la Persona de Cristo no es otra que el Verbo. Mas cuando se habla de Cristo ha de entenderse que se habla no sólo de Cristo en cuanto Dios, sino de Cristo en cuanto Hombre, es decir, el Verbo Encarnado. Pues bien, también en este sentido se puede decir que el Espíritu Santo es el Espíritu de Cristo.

Sabemos, efectivamente, que el divino Consolador, con el Padre y con el Hijo, mora en todas las almas en gracia. Y no solamente mora, sino que lo hace con complacencia. Aún más: tanto más se complace cuanto mayor es el grado de gracia que encuentra en el alma, ya que en donde la gracia es más abundante allí existen más intenso y luminoso reflejo de la naturaleza y de la bondad de Dios. Precisamente por esto el Espíritu Santo se complacía inmensamente en el alma de María Santísima que, llena de gracia, aumentaba constantemente de plenitud en plenitud. Y sin embargo, la gracia existente en María era sólo un pálido reflejo de la que Jesús poseía, que era, como dicen los teólogos, “infinita”.

Sí, pues, Cristo posee la gracia de manera infinita, se puede decir que el Espíritu Santo se complace infinitamente en el alma de Cristo y que en ella mora como en su templo preferido. Tal es la forma de expresarse de la Encíclica Mystici Corporis cuando afirma que el divino Paráclito “tiene sus delicias en habitar en el alma del Redentor como en su templo preferido”. Y si se puede afirmar que el Espíritu Santo es nuestro porque habita en las almas santificadas por la gracia, con razón infinitamente mayor se puede decir que es “de Cristo”, cuya alma Santísima posee la gracia en inmensa medida.

“¡Oh Espíritu Santo! Tu clemencia, tu amor inefable ha tenido clavado al Hijo de Dios en el madero santo de la Cruz, pues que ni los clavos ni las cuerdas le hubieran podido tener ligado sin el vínculo de la caridad. Y después, cuando Cristo elevándose a las alturas regresó al Padre, tú, Espíritu Santo, fuiste enviado al mundo con la potencia del Padre, con la sabiduría del Hijo y con tu clemencia, para afianzar el camino de la doctrina que Cristo dejó en el mundo...

¡Oh Espíritu Santo! Ven a mi corazón, atráelo a ti con tu potencia, Dios verdadero; concédeme caridad con temor, defiéndeme de todo mal pensamiento; caliéntame y abrázame en tu dulce amor, de tal modo que cualquier trabajo me parezca ligero. ¡Santo Padre mío y dulce Señor mío! Ayúdame en todas mis acciones” (Santa Catalina de Sena).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

Confiar en Dios


Seréis salvos si os convertís y estáis tranquilos; en la serenidad y la confianza estará vuestra fuerza (Isaías 30,15)

El testimonio de la Escritura es unánime: la solicitud de la divina Providencia es concreta e inmediata; tiene cuidado de todo, desde las cosas más pequeñas hasta los grandes acontecimientos del mundo y de la historia.

“Dios todopoderoso, al ser sumamente bueno, no permitiría nunca que cualquier tipo de mal existiera en sus obras, si no fuera suficientemente poderoso y bueno como para sacar bien del mismo mal” (san Agustín).

Estamos llamados a colaborar con Dios, mediante una actitud de gran confianza.

La certeza del amor de Dios nos lleva a confiar en su providencia paterna incluso en los momentos más difíciles de la existencia. Santa Teresa de Jesús expresa admirablemente esta plena confianza en Dios Padre providente, incluso en medio de las adversidades: “Nada te turbe, nada te espante; todo se pasa. Dios no se muda. La paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta”.

La Escritura nos brinda un ejemplo elocuente de confianza total en Dios cuando narra que Abraham había tomado la decisión de sacrificar a su hijo Isaac. En realidad, Dios no quería la muerte del hijo, sino la fe del padre. Y Abraham la demuestra plenamente, dado que, cuando Isaac le pregunta dónde está el cordero para el holocausto, se atreve a responderle: “Dios proveerá”. E, inmediatamente después, experimentará precisamente la benévola providencia de Dios, que salva al niño y premia su fe, colmándolo de bendición.

Por consiguiente, es preciso interpretar esos textos a la luz de toda la revelación, que alcanza su plenitud en Jesucristo. Él nos enseña a poner en Dios una inmensa confianza, incluso en los momentos más difíciles: Jesús, clavado en la cruz, se abandona totalmente al Padre: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Con esta actitud, eleva a un nivel sublime lo que Job había sintetizado en las conocidas palabras: “El Señor me lo dio; el Señor me lo quitó; bendito sea el nombre del Señor”. Incluso lo que, desde un punto de vista humano, es una desgracia puede entrar en el gran proyecto de amor infinito con el que el Padre provee a nuestra salvación.

Fuente: San Juan Pablo II, Audiencia General del 24 de marzo de 1999

Un impresionante testimonio de conversión (I)


El camino de Devin Rose: ateo orgulloso, agnóstico deprimido, protestante dudoso, católico ferviente.

“Mi otrora confiable inteligencia me había fallado por completo,así que me enfrenté a una elección: o me suicido o trato de creer en Dios”.

Devin Rose nació en una familia de tradición cristiana, entendiendo con eso que lo eran sólo de nombre. De hecho, en casa le habían inculcado que los hombres provenían de una evolución del “fango original”. Por eso, no es de maravillarse que, en su adolescencia, una vez obtenido el uso de razón, Devin se haya declarado con orgullo no creyente. Había nacido un ateo.

Su paso por la escuela secundaria le ayudó a envalentonarse aún más en esta posición, dado el supuesto amplio consenso de sus compañeros en este campo. Pero al llegar a la universidad, algo pasó. A pesar de tener éxito en aquello que realizaba (buenas notas, una novia bonita, el amor de su familia, un montón de amigos,...) había algo que no funcionaba: “empecé a ser devorado por la ansiedad”, cuenta él mismo.

“Me ponía nervioso en las reuniones sociales, en los restaurantes, en el cine; incluso estando en clase. Mi estómago se agitaba y tenía miedo de tener que salir corriendo de la clase, poniéndome en ridículo delante de todos”.

Con el paso del tiempo, esta ansiedad no hizo sino aumentar, llegando a verdaderos ataques de pánico, aparentemente sin ningún motivo. Llegó incluso a desear la muerte: él, un estudiante de honor, con beca completa, atleta talentoso y rodeado de buenos amigos y el amor de su familia.

Ante esta situación, por fin se enfrentó a su ateísmo, que para él era ahora sinónimo de su desesperación: “La delgada capa de la comodidad, la prosperidad y el bienestar general me habían protegido siempre en mi vida de enfrentarme a las terribles conclusiones existenciales de mi visión del mundo. Un día, en un inquietante sueño despierto, vi ante mí, de manera total, la oscuridad, una vacía manifestación viva de mi desesperación”.

En medio de este dolor, acudió a su madre y le abrió su alma: “Doy gracias a Dios ahora que, incluso en la desesperación, me dio una madre cariñosa a la que podría acudir en una situación en la que pensaba que no tenía otro lugar adonde ir”. Juntos, acudieron a un psicólogo -otro palo para Devin, que miraba con desdén a las personas que acudían a uno- y la terapia empezó a dar sus resultados.

Fuente: Juan Antonio Ruiz LC/ReL, Publicado en religionenlibertad.com, 22 de marzo de 2012

El Nombre de Jesús jamás será destruido

San Bernardino de Siena, difusor del culto al Nombre de Jesús

El Nombre de Jesús contiene todo: Dios y el hombre y toda la Economía de la creación y de la salvación. Decir “Jesús” es invocarlo desde nuestro propio corazón. Su Nombre es el único que contiene la presencia que significa. Jesús es el resucitado, y cualquiera que invoque su Nombre acoge al Hijo de Dios que le amó y se entregó por él. (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2666)

El Nombre de Jesús es la luz de los predicadores, pues es su resplandor el que hace anunciar y oír su palabra. ¿Por qué crees que se extendió tan rápidamente y con tanta fuerza la fe por el mundo entero, sino por la predicación del nombre de Jesús? ¿No ha sido por esta luz y por el gusto de este nombre como nos llamó Dios a su luz maravillosa? Iluminados todos y viendo ya la luz en esta luz, puede decirnos el Apóstol: En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor; caminad como hijos de la luz.

Es preciso predicar este nombre para que resplandezca y no quede oculto. Pero no debe ser predicado con el corazón impuro o la boca manchada, sino que hay que guardarlo y exponerlo en un vaso elegido.

Por esto dice el Señor, refiriéndose al Apóstol: Ese hombre es un vaso elegido por mí para dar a conocer mi nombre a pueblos, reyes, y a los israelitas. Un vaso elegido por mí, como aquellos vasos elegidos en que se expone a la venta una bebida de agradable sabor, que el brillo y esplendor del recipiente invite a beber de ella; para dar a conocer mi Nombre.

Pablo hablaba del Nombre de Jesús en sus cartas, en sus milagros y ejemplos. Alababa y bendecía el nombre de Jesús. El Apóstol llevaba este nombre, como una luz, a pueblos, reyes y a los israelitas, y con él iluminaba las naciones, proclamando por doquier aquellas palabras: La noche está avanzada, el día se echa encima: dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz. Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad.

Mostraba a todos la lámpara que arde y que ilumina sobre el candelero, anunciando en todo lugar a Jesús, y éste crucificado.

Fuente: De los sermones de san Bernardino de Siena, Liturgia de las Horas

Descubrir en la aridez el llamado a una oración más profunda (II)


Introduciendo a las almas en la sequedad, Dios pretende elevarlas del modo demasiado humano y bajo de tratar con Él a otro más sobrenatural. En la meditación discursiva el alma se acercaba a Dios mediante el trabajo de su inteligencia, que aun siendo medio óptimo, siempre es inadecuado y pobre para conocer a Dios infinito y, como tal, inmensamente superior a la capacidad de nuestro entendimiento. Sometiéndola ahora a la aridez, le hace imposible la meditación y la obliga a ir a Él por camino diverso.

Este camino, según San Juan de la Cruz, es el de la contemplación inicial, consistente en comenzar a conocer a Dios añadiendo a la inteligencia algo de experiencia de amor, experiencia que no infunde en el alma ideas nuevas, pero que le comunica un “sentimiento” de la grandeza de Dios. Ya vimos, en efecto, que precisamente con la sequedad nace en el alma una pena aguda de no amar al Señor, de no sentir ya el amor, y esa pena no existiría si el alma no hubiera adquirido un sentimiento profundo de las grandezas divinas y de cuán digno es de ser amado.

Tal sentimiento no es fruto de raciocinios, que ya no puede hacer el alma, sino de su experiencia amorosa; y, en verdad, el alma ama a Dios mucho más que antes, aunque no se da cuenta, y la prueba mejor es aquella aguda pena que la tormenta por el temor de no amarlo. Precisamente por medio de su penosa experiencia de amor, consistente en la preocupación de no amar y servir a Dios, nace en el alma el conocimiento contemplativo, o sea, el “sentimiento” de Dios. Es este un conocimiento que por ahora tiene poco de consolador para el alma, pero sin embargo encierra muy subido valor, pues mejor que cualquier meditación, le infunde el sentimiento de la Divinidad y la enamora cada vez más de Dios, cuya amabilidad infinita intuye ahora mejor. Tales ventajas son tan dignas de aprecio que el alma debe, ante ellas, no sólo abrazarse con generosidad a la aridez que el Señor le envía, sino reconocer en ella una de las mayores misericordias que ha tenido con ella.

¡Dios mío! Sólo te pido una cosa: que en esta sequedad crezca mi amor y te sea yo siempre fiel; que, cuanto menos sienta el amor, más te ame con la realidad de las obras; que cuanto menos alegría encuentre en el amor, más gloria te procure a ti. Y, si para crecer en el amor es necesario sufrir, bendita sea esa prueba, pues tú me hieres para instruirme, me mortificas para sanarme y darme una vida mejor.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

Descubrir en la aridez el llamado a una oración más profunda (I)


Llévame, Señor, a ti por la vía que Tú prefieras y como Tú quieras: tan sólo te pido la gracia de seguirte siempre.

La aridez enviada por Dios tiene la ventaja no sólo de hacernos avanzar en la virtud, sino de introducirnos también en una oración más elevada. San Juan de la Cruz enseña que precisamente mediante esta especie de sequedad invita el Señor a las almas a una forma de oración más sencilla y profunda que llama “contemplación inicial”. Para poder distinguir esta sequedad de la originada por otras causas, nos da tres señales. La primera es que “así como el alma no haya gusto ni consuelo en las cosas de Dios, tampoco le haya en alguna de las cosas criadas”. También cuando la sequedad proviene de faltas cometidas, pierde el alma el gusto de las cosas divinas, pero entonces va en busca de satisfacciones humanas; mientras que en este caso, aun no sintiendo la alegría de estar con Dios, no se vuelve a las criaturas, antes bien, permanece fiel a su decisión de conservar el afecto desligado de ellas. La segunda señal es que, no obstante su aridez, el alma “ordinariamente trae la memoria en Dios con solicitud y cuidado penoso, pensando que no sirve a Dios”; en otras palabras, el alma sufre por su insensibilidad espiritual, teme no amar al Señor, no servirle, y con todo continúa buscándole con el ansia de quien no logra encontrar su tesoro. Consiguientemente permanece siempre ocupada en Dios, si bien en modo negativo y penoso, semejante a quien sufre la ausencia de una persona amada. Si por el contrario las sequedad es culpable, especialmente si proviene de un estado de tibieza habitual, el alma no se preocupa en modo alguno de no amar a Dios; se ha vuelto indiferente. La última señal consiste en “no poder ya meditar ni discurrir en el sentido de la imaginación como solía, aunque más haga de su parte. El alma querría meditar, lo pretende, se esfuerza cuanto puede, pero no lo consigue. Cuando es continuo este estado -si durase sólo algún período podría provenir de especiales circunstancias físicas o morales- y, si bien fluctuando entre días de mayor y menor intensidad, se apodera del alma haciéndole imposible habitualmente la meditación, entonces es el caso de descubrir en la aridez la llamada divina a una oración más profunda.

¡Oh Jesús, qué pesada y amarga es la vida cuando os ocultáis a nuestro amor! ¿Qué hacéis entonces, o dulce Amigo? ¿No veis nuestras angustias, el peso que nos oprime? ¿Dónde estáis?, ¿por qué no venís a consolarnos, puesto que no tenemos otro amigo que Vos?

Pero si os place dejarme en este estado, ayudadme a aceptarlo por vuestro amor. Que os ame lo bastante para sufrir por vos todo lo que queráis, aún las penas del alma, las arideces, las angustias, las frialdades aparentes. ¡Ah! Es gran amor amar a Jesús sin sentir la dulzura de este amor: es un martirio...

Muchos ¡oh Jesús!, os sirven cuando les consoláis, pero pocos consienten en haceros compañía cuando dormís sobre las olas, o cuando sufrís en el jardín de la agonía... ¿Quién, pues, querrá serviros por Vos solo? ¡Ah... lo haré yo!

El santo Evangelio me enseña que dejas las ovejas fieles en el desierto. ¡Cuánto me dice esto!... Estáis seguro de ellas, no podrían descarriarse porque están cautivas del amor. Por eso le hurtas la presencia sensible para dar vuestros consuelos a los pecadores. O bien, si las conducís al Tabor, es por pocos instantes. Señor, haced de mí lo que os plazca. Si parece que me olvidáis, pues bien, sois libre de hacerlo, puesto que yo no soy mía sino vuestra... Antes os cansaréis vos de hacerme esperar que yo de esperaros” (Santa Teresa del Niño Jesús).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

La Acedia (II)


¿Qué es la Acedia? Definiciones.

Una primera idea de lo que es la Acedia nos la dan las definiciones, aunque ellas solas no sean suficientes para un conocimiento cabal de su realidad. El Catecismo de la Iglesia Católica (=CIC) la nombra - acentuando la í: acedía - entre los pecados contra el Amor a Dios. Esos pecados contra la Caridad que enumera el Catecismo son: 1) la indiferencia, 2) la ingratitud, 3) la tibieza, 4) la acedía y 5) el odio a Dios.

El Catecismo la define así: “La acedía o pereza espiritual llega a rechazar el gozo que viene de Dios y a sentir horror por el bien divino” (CIC 2094). Nuevamente, en otro lugar, tratando de la oración, la enumera entre las tentaciones del orante: “otra tentación a la que abre la puerta la presunción es la acedía. Los Padres espirituales entienden por ella una forma de aspereza o desabrimiento debidos a la pereza, al relajamiento de la ascesis, al descuido de la vigilancia, a la negligencia del corazón. El espíritu está pronto, pero la carne es débil (Mt 26, 41)” (CIC 2733).

Por la naturaleza de la obra, el Catecismo no entra en detalles acerca de la conexión que tienen entre sí estos cinco pecados contra la Caridad. En realidad puede decirse que son uno solo: acedia, en diferentes formas. La indiferencia, la ingratitud y la tibieza son otras tantas formas de la acedia.

En cuanto al odio a Dios no es sino su culminación y última consecuencia. De ahí que, por ser fuente, causa y cabeza de los otros cuatro, amén de muchos otros, la acedia sea considerada pecado capital, y no así los demás. Y aunque el odio a Dios sea el mayor de estos y de todos los demás pecados, no se lo considera pecado capital, porque no es lo primero que se verifica en la destrucción de la virtud sino lo último, y no es causa sino consecuencia de los demás pecados. (Cf. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica 2-2, q. 34, art. 3, 4 y 5).

Fuente: Horacio Bojorge, S. J., En mi sed me dieron vinagre, pto. 1.1.

Oración universal


Creo en Ti, Señor, pero aumenta mi fe; espero en Ti, pero ayúdame a esperar sin desconfianza; Te amo, Señor, pero ayúdame a demostrarte que te quiero; estoy arrepentido, pero ayúdame a no volver a ofenderte.

Te adoro, porque eres mi Creador y te anhelo porque eres mi fin; te alabo, porque no te cansas de hacerme el bien y me refugio en ti, porque eres mi protector.

Dirígeme con tu sabiduría, contenme con tu justicia; que tu misericordia me consuele y tu poder me defienda.

Te ofrezco, Dios mío, mis pensamientos, para pensar en Ti, mis palabras, para hablar de Ti, mis obras, para cumplir Tu Voluntad, mis sufrimientos, para padecerlos por Ti.

Todo aquello que quieres Tú, Señor, lo quiero yo, precisamente porque lo quieres Tú, como Tú lo quieras y durante todo el tiempo que lo quieras.

No me inficione la soberbia, no me altere la adulación, no me engañe el mundo, no me atrape en sus redes el demonio.

Concédeme la gracia de depurar la memoria, de refrenar la lengua, de recoger la vista, y mortificar los sentidos.

Te ruego, Señor, que ilumines mi entendimiento, que fortalezcas mi voluntad, que purifiques mi corazón y santifiques mi espíritu.

Hazme llorar, Señor, mis pecados pasados, rechazar las tentaciones futuras, corregir mis inclinaciones al mal y cultivar las virtudes necesarias.

Concédeme tu gracia, oh Buen Dios, para amarte a Ti, para olvidarme de mí mismo, para buscar el bien de mi prójimo y para desapegarme del mundo.

Que pueda obedecer a mis superiores, comprender a mis inferiores, ser solícito con mis amigos y perdonar a mis enemigos.

Que venza la sensualidad con la mortificación, la avaricia con la generosidad, la ira con la amabilidad, la tibieza con la devoción.

Hazme prudente en las determinaciones, constante en los peligros, paciente en las adversidades, humilde en la prosperidad.

Concédeme, Señor, ser atento al orar, sobrio al comer, responsable en mi trabajo y firme en mis propósitos.

Ayúdame a alcanzar la pureza de corazón, a ser modesto en mis actitudes, ejemplar en mi trato con el prójimo y verdaderamente cristiano en mi conducta.

Concédeme tu ayuda para dominar mis instintos, para fomentar en mí tu vida de gracia, para cumplir tus mandamientos y obtener mi salvación.

Dame a conocer cuán frágil es lo terreno, cuán grande lo celestial, cuán breve lo temporal, cuán perdurable lo eterno.

Concédeme, Señor, una buena preparación para la muerte y un santo temor al juicio, para librarme del infierno y alcanzar el Paraíso.

Por Cristo nuestro Señor. Amén.

Fuente: Oración compuesta por S.S. Clemente XI

Los hijos, don preciosísimo del matrimonio


Según el designio de Dios, el matrimonio es el fundamento de la comunidad más amplia de la familia, ya que la institución misma del matrimonio y el amor conyugal están ordenados a la procreación y educación de la prole, en la que encuentran su coronación.

En su realidad más profunda, el amor es esencialmente don y el amor conyugal, a la vez que conduce a los esposos al recíproco “conocimiento” que les hace “una sola carne”, no se agota dentro de la pareja, ya que los hace capaces de la máxima donación posible, por la cual se convierten en cooperadores de Dios en el don de la vida a una nueva persona humana. De este modo los cónyuges, a la vez que se dan entre sí, dan más allá de sí mismos la realidad del hijo, reflejo viviente de su amor, signo permanente de la unidad conyugal y síntesis viva e inseparable del padre y de la madre.

Al hacerse padres, los esposos reciben de Dios el don de una nueva responsabilidad. Su amor paterno está llamado a ser para los hijos el signo visible del mismo amor de Dios, “del que proviene toda paternidad en el cielo y en la tierra”.

Sin embargo, no se debe olvidar que incluso cuando la procreación no es posible, no por esto pierde su valor la vida conyugal. La esterilidad física, en efecto, puede dar ocasión a los esposos para otros servicios importantes a la vida de la persona humana, como por ejemplo la adopción, las diversas formas de obras educativas, la ayuda a otras familias, a los niños pobres o minusválidos.

Fuente: San Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Familiaris Consortio

El Examen de conciencia como Oración


Si es verdad que lo interior es lo principal, no podría ser descuidado lo exterior sin verdadero daño para nosotros y frecuentemente sin escándalo para el prójimo.

Se echa de ver, pues, por este doble examen de conciencia, la necesidad de la mortificación, como asimismo de las purificaciones pasivas o de cruces que el Señor nos envíe para purificarnos de todo apego al mundo y a nosotros mismos, y para que verdaderamente el amor hacia Él ocupe el primer lugar en nuestra alma y reine sobre todos nuestros actos.

Para hacer bien este examen, bajo cualquiera de las dos formas, tiene suma importancia, el no separar la mirada que sobre nosotros mismos echamos, de aquella que debe siempre dirigirse a Dios, ejemplar de toda perfección. Esta mirada sobre Dios es una mirada de la fe, perfeccionada por el don de sabiduría, que nos hace juzgar de todo con relación a Dios, causa primera de salvación y fin último. Al considerar las perfecciones divinas de Verdad, de Bondad, de Amor, de Justicia, de Misericordia, se comprende mucho mejor, por antítesis, la miseria del hombre y el desorden del pecado. Al recorrer el libro de la vida, donde se halla estampada la historia toda de nuestra alma, conforme a la verdad más absoluta, se puede entrever mejor, y como desde lo alto, en qué cosa nos hemos buscado a nosotros mismos, en el transcurso de una semana o de un año, por orgullo, vanidad, envidia, concupiscencia, en lugar de habernos entregado por entero a Dios, por la humildad, dulzura, espíritu de fe, confianza y amor. Hecho de esta manera, el examen de conciencia tiende a transformarse en oración, en aquella oración que implora la gracia eficaz para entrar en la intimidad de Dios.

Fuente: Reginald Garrigou Lagrange, El amor de Dios y la mortificación

Fátima, siempre actual


Los Pastorcitos han hecho de su vida una ofrenda a Dios y un compartir con los otros por amor de Dios. La Virgen los ha ayudado a abrir el corazón a la universalidad del amor. En particular, Jacinta se mostraba incansable en su generosidad con los pobres y en el sacrificio por la conversión de los pecadores. Sólo con este amor fraterno y generoso lograremos edificar la civilización del Amor y de la Paz.

Se equivoca quien piensa que la misión profética de Fátima está acabada. Aquí resurge aquel plan de Dios que interpela a la humanidad desde sus inicios: “¿Dónde está Abel, tu hermano? La sangre de tu hermano me está gritando desde la tierra”. El hombre ha sido capaz de desencadenar una corriente de muerte y de terror, que no logra interrumpirla... En la Sagrada Escritura se muestra a menudo que Dios se pone a buscar a los justos para salvar la ciudad de los hombres y lo mismo hace aquí, en Fátima, cuando Nuestra Señora pregunta:“¿Queréis ofreceros a Dios para soportar todos los sufrimientos que Él quiera mandaros, como acto de reparación por los pecados por los cuales Él es ofendido, y como súplica por la conversión de los pecadores?” (Memorias de la Hna. Lucía).

Que estos años impulsen el anunciado triunfo del Corazón Inmaculado de María para gloria de la Santísima Trinidad.

Fuente: S.S. Benedicto XVI, Homilía del 13 de mayo de 2010

La Esclavitud Mariana


“Soy todo tuyo, ¡oh María!, y cuanto tengo es tuyo”

La plenitud de nuestra perfección consiste en ser conformes, vivir unidos y consagrados a Jesucristo. Por consiguiente, la más perfecta de todas las devociones es, sin duda alguna, la que nos conforma, une y consagra más perfectamente a Jesucristo. Ahora bien, María es la creatura más conforme a Jesucristo. Por consiguiente, la devoción que mejor nos consagra y conforma a Nuestro Señor es la devoción a su Santísima Madre. Y cuanto más te consagres a María, tanto más te unirás a Jesucristo.

La perfecta consagración a Jesucristo es, por lo mismo, una perfecta y total consagración de sí mismo a la Santísima Virgen. Ésta es la devoción que yo enseño, y que consiste -en otras palabras- en una perfecta renovación de los votos y promesas bautismales.

Consiste, pues, esta devoción en una entrega total a la Santísima Virgen, para pertenecer, por medio de Ella, totalmente a Jesucristo.

Esta devoción nos consagra, al mismo tiempo, a la Santísima Virgen y a Jesucristo. A la Santísima Virgen, como al medio perfecto escogido por Jesucristo para unirse a nosotros, y a nosotros con Él. A Nuestro Señor, como a nuestra meta final, a quien debemos todo lo que somos, ya que es nuestro Dios y Redentor.

Todo cristiano, en el Bautismo, por su propia boca o las de sus padrinos, renunció a Satanás, a sus pompas y a sus obras, y eligió a Jesucristo como a su Dueño y Señor, para depender de Él en calidad de esclavo de amor. Es precisamente lo que hacemos por la presente devoción: renunciar al demonio, al mundo, al pecado y a nosotros mismos, y consagrarnos totalmente a Jesucristo por manos de María.

En el Bautismo no nos consagramos explícitamente por manos de María, ni entregamos a Jesucristo el valor de nuestras buenas acciones. Y, después de él, quedamos completamente libres para aplicar dicho valor a quien queramos o conservarlo para nosotros. Por esta devoción, en cambio, nos consagramos expresamente a Nuestro Señor por manos de María y le entregamos el valor de todas nuestras acciones.

Fuente: San Luis María Grignion de Montfort, Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen

La Virgen de Fátima y sus Pastorcitos (III)


Mis últimas palabras son para los niños. La Virgen tiene mucha necesidad de todos vosotros para consolar a Jesús, triste por los pecados que se cometen; tiene necesidad de vuestras oraciones y sacrificios por los pecadores.

Pedid a vuestros padres y educadores que os inscriban a la “escuela” de Nuestra Señora, para que os enseñe a ser como los pastorcitos, que procuraban hacer todo lo que Ella les pedía. Os digo que se avanza más en poco tiempo de sumisión y dependencia de María, que en años enteros de iniciativas personales, apoyándose sólo en sí mismos. Fue así como los pastorcitos rápidamente alcanzaron la santidad. Una mujer que acogió a Jacinta en Lisboa, al oír algunos consejos muy buenos y acertados que daba la pequeña, le preguntó quién se los había enseñado: “Fue Nuestra Señora”, le respondió. Jacinta y Francisco, entregándose con total generosidad a la dirección de tan buena Maestra, alcanzaron en poco tiempo las cumbres de la perfección.

“Yo te bendigo, Padre, porque has ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños”. Yo te bendigo, Padre, por todos tus pequeños, comenzando por la Virgen María, tu humilde sierva, hasta los pastorcitos Francisco y Jacinta. Que el mensaje de su vida permanezca siempre vivo para iluminar el camino de la humanidad.

Como sucedió en Lourdes, también en Fátima la Virgen eligió a unos niños, Francisco, Jacinta y Lucía, como destinatarios de su mensaje. Ellos lo acogieron tan fielmente que no sólo merecieron ser reconocidos como testigos creíbles de las apariciones, sino también se convirtieron ellos mismos en ejemplo de vida evangélica.

Francisco era un niño bueno, reflexivo, de espíritu contemplativo. Jacinta muy dulce y amable. Sus padres los habían educado en la oración, y el Señor mismo los atrajo más íntimamente hacia sí mediante la aparición de un ángel que, con un cáliz y una Hostia en las manos, les enseñó a unirse al sacrificio eucarístico para reparación de los pecados. Esta experiencia los preparó para los sucesivos encuentros con la Virgen, la cual los invitó a orar asiduamente y a ofrecer sacrificios por la conversión de los pecadores.

Su santidad no depende de las apariciones, sino de la fidelidad y del esmero con que correspondieron al don singular que recibieron del Señor y de María Santísima. Después del encuentro con el ángel y con la hermosa Señora, rezaban el Rosario varias veces al día, ofrecían frecuentes penitencias por el fin de la guerra y por las almas más necesitadas de la misericordia divina, y sentían el intenso deseo de “consolar” al Corazón de Jesús y al de María. Por su fidelidad a Dios, constituyen un luminoso ejemplo, para niños y adultos, de cómo conformarse de modo sencillo y generoso a la acción transformadora de la gracia divina.

No es difícil comprender mejor cuánta misericordia ha derramado Dios sobre la Iglesia y sobre la humanidad por medio de María. Desde Fátima se difunde por todo el mundo un mensaje de conversión y esperanza. Invita a los creyentes a orar con asiduidad por la paz en el mundo y a hacer penitencia para abrir los corazones a la conversión. La llamada que Dios nos ha comunicado mediante la Virgen Santísima sigue siendo plenamente actual. Que su Corazón Inmaculado sea nuestro refugio y el camino que nos lleve a Cristo.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilia del 13 de mayo y Audiencia general del 17 de mayo de 2000

Perseverar en la oración (II)


No abandone el alma la oración, aunque haya caído por culpa propia en la sequedad, sino persevere en ella no obstante la violencia que deberá hacerse y las vivas repugnancias que tendrá que vencer. Si persevera con valentía, “por pecados y tentaciones y caídas de mil maneras que ponga el demonio, tengo por cierto -dice Santa Teresa- que la saca el Señor a puerto de salvación”. Acepte el tormento de pasar el tiempo de la oración en aridez completa, con la pena, además, de sentirse tan miserable e indigna de tratar con Dios, en cuya presencia se halla; acepte los reproches de la conciencia por sus debilidades y ofrezca todo al Señor en expiación de las faltas cometidas y para obtener la gracia de la enmienda. No se canse de repetir con sinceridad salida del corazón la plegaria del publicano: “¡Oh Dios! Sé propicio conmigo, pecador”; y Dios, que ama tanto a quien reconoce su propia miseria, no dejará de venir en su ayuda. Pero es menester esperar con paciencia la hora por Él establecida.

Santa Teresa de Jesús pasó cerca de dieciocho años en semejante sequedad: “Hartas veces -dice ella- no sé qué penitencia grave se me pusiera delante que no la acometiera de mejor gana que recogerme a tener oración. Era tan incomportable la fuerza que el demonio me hacía, o mi ruin costumbre, para que no fuese a la oración..., que era menester ayudarme de todo mi ánimo... para forzarme. Y, en fin, me ayudaba el Señor”; era éste el premio a su fidelidad.

Por eso la Santa tiene toda la autoridad que deriva de la experiencia vivida para insistir en que jamás por motivo alguno se abandone la oración, y lo recomienda con mucha insistencia: “No os quedéis en el camino, sino pelead como fuertes hasta morir en la demanda, pues no estáis aquí a otra cosa sino a pelear”. También a la oración se puede aplicar el dicho de Jesús: “El reino de los cielos se conquista con la fuerza y lo arrebatan los esforzados”.

He visto esto claro por mí, y no veo, Criador mío, por qué todo el mundo no se procure llegar a Vos por esta particular amistad: los malos, que no son de vuestra condición, para que nos hagáis buenos con que os sufran estéis con ellos siquiera dos horas cada día, aunque ellos no estén con Vos sino con mil revueltas de cuidados y pensamientos de mundo, como yo hacía. Por esta fuerza que se hacen a querer estar en tan buena compañía, miráis que en esto a los principios no pueden más, ni después algunas veces; forzáis Vos, Señor, los demonios para que no los acometan y que cada día tengan menos fuerza contra ellos, y se la dais a ellos para vencer. Sí, que no matáis a nadie ¡vida de todas las vidas! de los que se fían de Vos y de los que os quieren por amigo; sino sustentáis la vida del cuerpo con más salud y la dais al alma”.

Concédeme, pues, Señor, un ánimo esforzado para perseverar siempre en la oración, no obstante la sequedad, las deficiencias internas y externas, y a pesar de mi falta de correspondencia a tu gracia... Por medio de ella Tú me darás remedio para todos mis males.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

La felicidad está en la rectitud del corazón


Es un dogma de fe que Dios cuida con amorosísima providencia de todos nosotros. Es nuestro Padre, que sabe mucho mejor que nosotros lo que nos conviene y nos gobierna con infinito amor, aunque no acertamos muchas veces a descubrir sus secretos designios en lo que dispone o permite sobre nosotros, sobre nuestros familiares o el mundo entero. (P. A. Royo Marín, Teología de la perfección cristiana)

Ajustarse a la divina voluntad y conformarse con ella, queriendo lo que ella quiere y como ella lo quiere y por lo que ella lo quiere, es tener rectitud de voluntad, rectitud de intención y rectitud de corazón. (P. S. Ramírez, La prudencia)

¿Quiénes son los rectos de corazón? Los que quieren lo que Dios quiere. Cuando tú quieres una cosa y Dios otra distinta, eres de corazón torcido y de voluntad perversa. Endereza tu corazón y dirígele a Dios. No pretendas encauzar la voluntad de Dios a la tuya, sino endereza la tuya hacia Dios.

Pero ¿qué quieren los hombres? Poco es que tengan torcida la voluntad; pretenden aún más: quieren torcer la voluntad de Dios según tienen ellos torcido su corazón para que así haga Dios lo que ellos quieren, siendo así que ellos deben hacer lo que Dios quiere. ¿Y quiénes son los rectos de corazón? Los que son como fue Job, el cual dijo: El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; conforme agradó a Dios, así se hizo; bendito sea el nombre del Señor. He aquí el corazón recto. Si hemos recibido los bienes de la mano de Dios, ¿por qué no soportaremos los males? Siendo Dios recto, cuando afianzas en Él tu corazón, te sirve de molde para que tu corazón sea recto. Fija, pues, tu corazón en Él, y le tendrás recto.

Son rectos de corazón los que hacen en esta vida la voluntad de Dios. Es voluntad de Dios que estés sano algunas veces; otras, que estés enfermo. Si la voluntad de Dios es dulce para ti cuando estás sano y amarga cuando estás enfermo, no eres de corazón recto. ¿Por qué? Porque no quieres encauzar tu voluntad en la voluntad de Dios, sino que pretendes torcer la voluntad de Dios a la tuya. La de Él es recta; la tuya, torcida. Tu voluntad debe ser encaminada a la de Dios, no torcer la de Dios hacia la tuya; así serás recto de corazón. ¿Vives bien en este mundo? Bendice a Dios que te consuela. ¿Sufres? Bendice a Dios porque te corrige y prueba. Serás recto de corazón diciendo: Bendeciré al Señor en todo tiempo; siempre su alabanza esté en mi boca (Salmo 31, 2).

Soporta cuanto sufres con recto corazón. Dios conoce lo que te da y lo que te quita. Lo que te da, que te sirva de alivio, no de ruina o destrucción; y lo que te quita, que te sirva de resignación, no de desesperación. Si maldices, Dios te desagrada y te agradas a ti. ¿Pretendes inclinar el corazón de Dios, que siempre es recto, a la perversidad del tuyo? ¡Cuánto mejor te sería encauzar tu corazón hacia la justicia de Dios!

Así como la madera torcida aunque la coloques sobre un pavimento allanado no asienta, no se compagina, no se ajusta, siempre se mueve y cruje -no porque esté desnivelado el piso donde la colocaste sino porque está torcido lo que colocaste- de igual modo cuando tu corazón está depravado y torcido no puede alinearse con la rectitud de Dios ni colocarse en Él para unirse y hacerse un espíritu con el Señor (I Cor 6, 17). Tú querías vivir y no deseabas que te sucediera algo adverso; pero Dios quiso otra cosa. Hay dos voluntades; encáucese la tuya a la de Dios, no se tuerza la de Dios a la tuya. La tuya es anormal; la de Dios es normal. Permanezca la normal para que se corrija, conforme al modelo, la normal.

Fuente: San Agustín, Enarratio in Psalmos

Consagración de Argentina a la Virgen de Luján

Foto del Papa San Juan Pablo II en Argentina, el 12 de abril de 1987

¡Dios te salve, María, llena de gracia, Madre del Redentor!

Ante tu imagen de la Pura y Limpia Concepción, Virgen de Luján, patrona de Argentina, me postro en este día aquí, en Buenos Aires, con todos los hijos de esta patria querida cuyas miradas y cuyos corazones convergen hacia Ti; con todos los jóvenes de Latinoamérica que agradecen tus desvelos maternales, prodigados sin cesar en la evangelización del continente en su pasado, presente y futuro; con todos los jóvenes del mundo, congregados espiritualmente aquí, por un compromiso de fe y de amor; para ser testigos de Cristo tu Hijo en el tercer milenio de la historia cristiana, iluminados por tu ejemplo, joven Virgen de Nazaret, que abriste las puertas de la historia al Redentor del hombre, con tu fe en la Palabra, con tu cooperación maternal.

¡Dichosa tú porque has creído!

En el día del triunfo de Jesús, que hace su entrada en Jerusalén manso y humilde, aclamado como Rey por los sencillos, te aclamamos también a Ti, que sobresales entre los humildes y pobres del Señor; son éstos los que confían contigo en sus promesas, y esperan de El la salvación.

Te invocamos como Virgen fiel y Madre amorosa, Virgen del Calvario y de la Pascua, modelo de la fe y de la caridad de la Iglesia, unida siempre, como Tú, en la cruz y en la gloria, a su Señor.

¡Madre de Cristo y Madre de la Iglesia!

Te acogemos en nuestro corazón, como herencia preciosa que Jesús nos confió desde la cruz.

Y en cuanto discípulos de tu Hijo, nos confiamos sin reservas a tu solicitud porque eres la Madre del Redentor y Madre de los redimidos.

Te encomiendo y te consagro, Virgen de Luján, la patria argentina, pacificada y reconciliada, las esperanzas y anhelos de este pueblo, la Iglesia con sus Pastores y sus fieles, las familias para que crezcan en santidad, los jóvenes para que encuentren la plenitud de su vocación, humana y cristiana, en una sociedad que cultive sin desfallecimiento los valores del espíritu.

Te encomiendo a todos los que sufren, a los pobres, a los enfermos, a los marginados; a los que la violencia separó para siempre de nuestra compañía, pero permanecen presentes ante el Señor de la historia y son hijos tuyos, Virgen de Luján, Madre de la Vida.

Haz que Argentina entera sea fiel al Evangelio, y abra de par en par su corazón a Cristo, el Redentor del hombre, la Esperanza de la humanidad.

¡Dios te salve, Virgen de la Esperanza!

Te encomiendo a todos los jóvenes del mundo, esperanza de la Iglesia y de sus Pastores; evangelizadores del tercer milenio, testigos de la fe y del amor de Cristo en nuestra sociedad y entre la juventud.

Haz que, con la ayuda de la gracia, sean capaces de responder, como Tú, a las promesas de Cristo, con una entrega generosa y una colaboración fiel.

Haz que, como Tú, sepan interpretar los anhelos de la humanidad; para que sean presencia saladora en nuestro mundo.

Aquel que, por tu amor de Madre, es para siempre el Emmanuel, el Dios con nosotros, y por la victoria de su cruz y de su resurrección está ya para siempre con nosotros, hasta el final de los tiempos. Amén. (Juan Pablo II, 12 de abril de 1987)

Fuente: vatican.va

Perseverar en la oración (I)


Haz Señor que yo te busque y sirva siempre, a pesar de todas las dificultades que pueda encontrar.

Enseña Santa Teresa de Jesús que a quien desea darse con provecho a la oración le “importa mucho y el todo una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella” en el camino emprendido. O sea, se trata de darse a la oración no sólo por un período, sino siempre, todos los días, toda la vida, sin dejarse disuadir por razón alguna. “Venga lo que viniera, suceda lo que sucediera, trabájese lo que se trabajare, murmure quien murmurare... siquiera se muera en el camino...”, aspire siempre a la meta (Cam. 21, 2). Y la meta, recordémoslo, es el agua viva prometida por Jesús a quienes sinceramente tienen sed de Él y de su amor.

Sin una voluntad firme y decidida, frecuentemente encontrará el alma motivos más o menos plausibles para abandonar la oración. Por una parte la sequedad que encuentra le hará pensar que para ella es tiempo perdido el empleado en un ejercicio del que al parecer no saca fruto alguno, y que por eso sería mejor emplearlo en otras obras. Tampoco será difícil que las muchas ocupaciones que frecuentemente la abruman le presenten más legítima esa postura. Otras veces el sentimiento de su miseria -principalmente la consideración de su escasa fidelidad a la gracia- le hará creer que es indigna de la intimidad con Dios y que por lo mismo es inútil para ella perseverar en la oración. “Esta -dice la Santa- fue la mayor tentación que tuve; por medio de ella es grande el daño que nos hace el demonio. Quien la ha comenzado, no la deje; pues es el medio por donde puede tornarse a remediar, y sin ella será muy más dificultoso. Y no le tiente el demonio por la manera que a mí, a dejarla por humildad”.

Señor, lo sé; para que el amor sea verdadero y la amistad durable es necesario que entre los dos amigos reine paridad de condición. Y sé también que Tú no puedes tener defecto alguno, mientras mi naturaleza es viciosa, sensual e ingrata, por lo que no puedo amarte cuanto mereces.

“¡Oh bondad infinita de mi Dios, que me parece os veo y me veo de esta suerte! ¡Oh regalo de los ángeles, que toda me querría, cuando esto veo, deshacer en amaros! ¡Cuán cierto es sufrir Vos a quien os sufre que estéis con él! ¡Oh, qué buen amigo hacéis, Señor mío! ¡Cómo le vais regalando y sufriendo, y esperáis a que se haga a vuestra condición y tan de mientras le sufrís Vos la suya! ¡Tomáis en cuenta, mi Señor, los ratos que os quiere, y con un punto de arrepentimiento olvidáis lo que os ha ofendido!”

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Santo Domingo Savio y su devoción a la Virgen


Grande era la devoción de Domingo hacia la Madre de Dios.

Nutría una devoción especial al Corazón Inmaculado de María. No sólo era devoto de María Santísima, sino que se alegraba sobremanera siempre que lograba que alguien lo acompañara a cumplir alguna práctica de piedad en honor de la Virgen. Cierto sábado había invitado a un compañero para que recitase con él en la iglesia las vísperas de la Santísima Virgen. El otro había aceptado a regañadientes, alegando que sentía mucho frío en las manos. Domingo se quitó los guantes que llevaba puestos y se los dio al compañero, y así ambos fueron a la iglesia. En otra ocasión se despojó del abrigo, para prestárselo a otro, a fin de que fuese con él de buen grado a la iglesia para rezar. ¿Quién no se siente embargado de admiración ante semejantes ejemplos de generosa piedad?

Nunca se mostraba Domingo tan fervoroso para con su celestial patrona la Virgen como en el mes de María. Se ponía de acuerdo con otros para realizar cada día alguna práctica particular, además de cuánto se efectuaba en común en la iglesia. Preparaba una serie de ejemplos edificantes, que luego narraba con gusto para animar a otros a ser devotos de María. Hablaba de Ella a menudo en los recreos, instaba a todos a confesarse y a recibir la santa comunión. El daba el ejemplo llegándose cada día al banquete eucarístico con tal recogimiento, que mayor no se podía pedir.

Fuente: San Juan Bosco, Vida de Domingo Savio

La Virgen de Fátima y sus Pastorcitos (II)

Santa Jacinta Marto

Y apareció otra señal en el cielo: un gran Dragón” (Ap. 12, 3). Estas palabras nos hacen pensar en la gran lucha que se libra entre el bien y el mal, pudiendo constatar cómo el hombre, al alejarse de Dios, no puede hallar la felicidad, sino que acaba por destruirse a sí mismo. ¡Cuántas víctimas durante el último siglo del segundo milenio! Vienen a la memoria los horrores de las dos guerras mundiales y de otras muchas en diversas partes del mundo, las persecuciones, el terrorismo, la droga y los atentados contra los hijos por nacer y contra la familia.

El mensaje de Fátima es una llamada a la conversión. La meta última del hombre es el cielo, su verdadera casa, donde el Padre celestial, con su amor misericordioso, espera a todos. Dios quiere que nadie se pierda.

Con su solicitud materna, la santísima Virgen vino a Fátima, a pedir a los hombres que “no ofendieran más a Dios, nuestro Señor, que ya ha sido muy ofendido”. Su dolor de madre la impulsa a hablar; está en juego el destino de sus hijos. Por eso pedía a los pastorcitos: “Rezad, rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores, pues muchas almas van al infierno porque no hay quien se sacrifique y pida por ellas”.

La pequeña Jacinta sintió y vivió como suya esta aflicción de la Virgen, ofreciéndose heroicamente como víctima por los pecadores. Un día -cuando tanto ella como Francisco ya habían contraído la enfermedad que los obligaba a estar en cama- la Virgen María fue a visitarlos a su casa, como cuenta la pequeña: “Nuestra Señora vino a vernos, y dijo que muy pronto volvería a buscar a Francisco para llevarlo al cielo. Y a mí me preguntó si aún quería convertir a más pecadores. Le dije que sí”. Y, al acercarse el momento de la muerte de Francisco, Jacinta le recomienda: “Da muchos saludos de mi parte a nuestro Señor y a nuestra Señora, y diles que estoy dispuesta a sufrir todo lo que quieran con tal de convertir a los pecadores”. Jacinta se había quedado tan impresionada con la visión del infierno, durante la aparición del 13 de julio, que todas las mortificaciones y penitencias le parecían pocas con tal de salvar a los pecadores.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilia del 13 de mayo de 2000

Amigos de la Cruz (III)


Luchamos bajo la mirada paternal de Dios.

Dios, como un gran rey, desde lo alto de una torre, contempla a sus soldados en medio de la pelea, complacido y alabando su valor. ¿Qué contempla Dios sobre la tierra? ¿A los reyes y emperadores en sus tronos? -a menudo los mira con desprecio. ¿Mira las grandes victorias de los ejércitos del estado, las piedras preciosas; en una palabra, las cosas que los hombres consideran grandes?-lo que es grande para los hombres es abominable para Dios (Lc. 16,15) Entonces, ¿Qué es lo que mira con gozo y complacencia, pidiendo noticias de ello a los ángeles y a los mismos demonios? Dios mira al hombre que lucha por El contra la fortuna, el mundo, el infierno y contra sí mismo, al hombre que lleva la cruz con alegría. ¿Has reparado sobre la tierra en una maravilla tan grande que el Cielo entero la contempla con admiración?- dice el Señor a satanás-. ¿Te has fijado en mi siervo Job, que sufre por mí? (Job. 2,3)

¡Mirad!, Dios nos sostiene. Con su brazo poderoso alcanza del uno al otro extremo de nuestra vida, suave y poderosamente; suavemente, porque no permite que seamos tentados y afligidos por encima de nuestras fuerzas; poderosamente, porque nos ayuda por una gracia poderosa y proporcionada a la fuerza y duración de la tentación o aflicción; poderosamente también, porque-como lo dice el Espíritu de su santa Iglesia- se hace nuestro apoyo al borde del precipicio ante el cual nos hallamos; nuestro compañero, si nos extraviamos en el camino; nuestra sombra, si el calor nos abrasa; nuestro vestido, si la lluvia nos empapa y el frio nos hiela; nuestro vehículo, si el cansancio nos oprime; nuestro socorro, si la adversidad nos acosa; nuestro bastón, si resbalamos en el camino; nuestro puerto, en medio de las tempestades que nos amenazan con ruina y naufragio.

Fuente: San Luis María Grignion de Montfort, Carta circular a los amigos de la Cruz

Domingo del Buen Pastor


¿Dónde pastoreas, pastor bueno, tú que cargas sobre tus hombros a toda la grey?; (toda la humanidad, que cargaste sobre tus hombros, es, en efecto, como una sola oveja). Muéstrame el lugar de reposo, guíame hasta el pasto nutritivo, llámame por mi nombre para que yo, oveja tuya, escuche tu voz, y tu voz me dé la vida eterna: Avísame, amor de mi alma, dónde pastoreas.

Te nombro de este modo, porque tu nombre supera cualquier otro nombre y cualquier inteligencia, de tal manera que ningún ser racional es capaz de pronunciarlo o de comprenderlo. Este nombre, expresión de tu bondad, expresa el amor de mi alma hacia ti. ¿Cómo puedo dejar de amarte, a ti que de tal manera me has amado, a pesar de mi negrura, que has entregado tu vida por las ovejas de tu rebaño? No puede imaginarse un amor superior a éste, el de dar tu vida a trueque de mi salvación.

Enséñame, pues -dice el texto sagrado-, dónde pastoreas, para que pueda hallar los pastos saludables y saciarme del alimento celestial, que es necesario comer para entrar en la vida eterna; para que pueda asimismo acudir a la fuente y aplicar mis labios a la bebida divina que tú, como de una fuente, proporcionas a los sedientos con el agua que brota de tu costado, venero de agua abierto por la lanza, que se convierte para todos los que de ella beben en manantial, cuyas aguas brotan para comunicar vida eterna.

Si de tal modo me pastoreas, me harás recostar al mediodía, sestearé en paz y descansaré bajo la luz sin mezcla de sombra; durante el mediodía, en efecto, no hay sombra alguna, ya que el sol está en su vértice; bajo esta luz meridiana haces recostar a los que has pastoreado, cuando haces entrar contigo en tu refugio a tus ayudantes. Nadie es considerado digno de este reposo meridiano si no es hijo de la luz y del día. Pero el que se aparta de las tinieblas, tanto de las vespertinas como de las matutinas, que significan el comienzo y el fin del mal, es colocado por el sol de justicia en la luz del mediodía, para que se recueste bajo ella.

Enséñame, pues, cómo tengo que recostarme y pacer, y cuál sea el camino del reposo meridiano, no sea que por ignorancia me sustraiga de tu dirección y me junte a un rebaño que no sea el tuyo.

Esto dice (la esposa del Cantar), solícita por la belleza que le viene de Dios y con el deseo de saber cómo alcanzar la felicidad eterna.

Fuente: Del Comentario de san Gregorio de Nisa, sobre el Cantar de los cantares

La Virgen de Fátima y sus Pastorcitos (I)

San Francisco Marto

Yo te bendigo, Padre, porque has ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños”. Con estas palabras, Jesús alaba los designios del Padre celestial; sabe que nadie puede ir a él si el Padre no lo atrae, por eso alaba este designio y lo acepta filialmente: “Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito” (Mt 11, 26). Has querido abrir el Reino a los pequeños.

Por designio divino, “una mujer vestida del sol” (Ap 12, 1) vino del cielo a esta tierra en búsqueda de los pequeños privilegiados del Padre. Les habla con voz y corazón de madre: los invita a ofrecerse como víctimas de reparación, mostrándose dispuesta a guiarlos con seguridad hasta Dios. Entonces, de sus manos maternas salió una luz que los penetró íntimamente, y se sintieron sumergidos en Dios, como cuando una persona -explican ellos- se contempla en un espejo.

Más tarde, Francisco, uno de los tres privilegiados, explicaba: “Estábamos ardiendo en esa luz que es Dios y no nos quemábamos. ¿Cómo es Dios? No se puede decir. Esto sí que la gente no puede decirlo”. Dios: una luz que arde, pero no quema. Moisés tuvo esa misma sensación cuando vio a Dios en la zarza ardiente; allí oyó a Dios hablar, preocupado por la esclavitud de su pueblo y decidido a liberarlo por medio de él: “Yo estaré contigo”. Cuantos acogen esta presencia se convierten en morada y, por consiguiente, en “zarza ardiente” del Altísimo.

Lo que más impresionaba y absorbía a Francisco era Dios en esa luz inmensa que había penetrado en lo más íntimo de los tres. Además sólo a él Dios se dio a conocer “muy triste”, como decía. Una noche, su padre lo oyó sollozar y le preguntó por qué lloraba; el hijo le respondió: “Pensaba en Jesús, que está muy triste a causa de los pecados que se cometen contra él”. Vive movido por el único deseo -que expresa muy bien el modo de pensar de los niños- de “consolar y dar alegría a Jesús”. En su vida se produce una transformación que podríamos llamar radical; una transformación ciertamente no común en los niños de su edad. Se entrega a una vida espiritual intensa, que se traduce en una oración asidua y ferviente y llega a una verdadera forma de unión mística con el Señor. Esto mismo lo lleva a una progresiva purificación del espíritu, a través de la renuncia a los propios gustos e incluso a los juegos inocentes de los niños. Soportó los grandes sufrimientos de la enfermedad que lo llevó a la muerte, sin quejarse nunca. Todo le parecía poco para consolar a Jesús; murió con una sonrisa en los labios. En el pequeño Francisco era grande el deseo de reparar las ofensas de los pecadores, esforzándose por ser bueno y ofreciendo sacrificios y oraciones. Y Jacinta, su hermana, casi dos años menor que él, vivía animada por los mismos sentimientos.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilia del 13 de mayo de 2000

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