Siguiendo el camino de la infancia espiritual

Monaguillos con el Padre Benigno 01 01 El Padre Benigno junto a sus monaguillos

Angelo Calvi nació en la región de Lombardía de Italia el 23 de julio de 1909. Su alegría, generosidad y la sencillez fueron evidentes desde el principio.

Siguiendo la llamada del Señor, ingresa en el Carmelo Descalzo en 1926. En 1928 junto con otros jóvenes tomó el hábito religioso y el nombre de Fray Benigno de Santa Teresa del Niño Jesús.
Aunque los primeros meses fueron muy difíciles por los estudios, se encomendó a Santa Teresita del Niño Jesús, que recientemente había sido canonizada y a quien profesaba una gran devoción, para que ella le ayudara a resolver sus problemas académicos, logrando superarse y ser el mejor de su clase. Fue ordenado sacerdote el 26 de mayo de 1934.

Ejerció como asistente del párroco en Concesa, y vice maestro de novicios, donde se destacó por su alegría, sencillez y estar siempre disponible para ayudar a todos, especialmente a los enfermos, niños y moribundos.
A principios de 1937, comenzó a tener fuertes dolores abdominales, y una gran fatiga comenzó a apoderarse de él. Sin embargo no dejó de cumplir sus funciones. El 25 de octubre entregó su alma a Dios, ofreciendo su vida por su provincia y la santificación de los sacerdotes, religiosos y misioneros. Fue declarado Venerable en el año 2003.

Fuente: cf. cuando-los-santos-son-amigos.blogspot.com.ar

Una rosa del cielo

Santa Rosa de Lima 01 12

En la fiesta de Santa Rosa de Lima, Patrona de América, ofrecemos algunos pincelazos de su angelical vida, relacionados con su continua oración y sus ansias de evangelización.

Siendo Rosa de unos cinco años, empezó a tener oración vocal, repitiendo constantemente: Jesús sea bendito y sea con mi alma. Amén. Esta oración, repetida noche y día, la hacía vida de su vida.
El padre Diego Martínez, jesuita y uno de sus confesores, declara que entre otros ejercicios que tenía era el de agradecimiento y reconocimiento a Dios Nuestro Señor y cada día decía tres mil veces estas palabras: “Gracias a Dios”. Mil a la madrugada, mil a mediodía y mil por la noche. Y cada diez veces decía un “Gloria al Padre”, que eran 300 “Gloria al Padre” y esto acordándose del ser infinito de Dios y de sus infinitas perfecciones y de los infinitos beneficios que de su mano había recibido…Y (también) usaba de estas palabras: “Glorificado sea Jesucristo y Él sea con mi alma”. Y otras veces decía: “Glorificado sea Dios y Él sea con mi alma”. Y esto con tanta continuación interior que obra ninguna exterior ni hablar le impedía que dejase de repetir las dichas palabras. Y, por este medio, alcanzó grande perfección y singulares favores de Dios Nuestro Señor.
A su confesor Juan de Lorenzana le dijo: a cada puntada que doy con la aguja, hago alguna especial alabanza a Nuestro Señor.

El padre Luis de Bilbao declara que tenía grandísima caridad para con los prójimos, compadecíase mucho de sus necesidades corporales y espirituales y, muchas veces, este testigo le pidió encomendase a Dios algunas necesidades y con tanta liberalidad repartía de sus buenas obras, ayunos, disciplinas, oración y otras obras, como si en esto no diese nada; de manera que siempre ofrecía más de lo que se le pedía. Hacía oración especial por el estado de la Iglesia católica, por las almas del purgatorio, por la conversión de los infieles y pecadores y, muy en especial, por esta ciudad de Lima, a quien tenía grande amor por ser su patria. Tenía tan grande deseo de la conversión de las almas que muchas veces le decía a este testigo: Procure convertir almas y ganarlas para Dios, no predique curiosidades.
A fray Antonio Rodríguez, le decía: Padre, pues le ha hecho Dios predicador, no gaste el tiempo en conceptos y flores, sino en persuadir virtudes y disuadir vicios, porque por estos caminos se ganan muchas almas para Dios... Si yo fuera predicador, iría descalza con un cilicio y un Cristo de noche y de día, dando voces por las calles para que mi Dios no fuese ofendido.
Les decía a sus confesores: ¡Oh, quién fuese hombre sólo para ocuparme en la conversión de las almas! Y así exhortaba a todos los predicadores para que convirtiesen muchas almas y que fuesen a reducir a Dios a los indios idólatras de esta tierra y que pusiesen en esto el blanco de sus estudios. Y concertó con uno de sus confesores que le diese él la mitad de las almas que por sus sermones convirtiese y que ella le ofrecía la mitad de todas las obras buenas que hiciese. Y esto lo hizo la santa para aficionarle a que sólo se ocupase en este ejercicio.

Fuente: P. Ángel Peña O.A.R., Santa Rosa de Lima, la alegría de Dios

Un joven católico hasta el heroísmo

Antonio Molle Lazo 01 01 Siervo de Dios Antonio Molle Lazo

Cuando estalló la guerra civil en España, el Siervo de Dios Antonio Molle Lazo tenía 21 años. Con el tercio de requetés de Nuestra Señora de la Merced actuó en Jerez y otros pueblos de Sevilla en defensa de la Fe de Cristo y de España. Veintitantos soldados defendían el 10 de agosto de 1936 la villa de Peñaflor.

Ante el brutal alud de milicianos hubieron de replegarse los heroicos defensores. Antonio cayó prisionero. Con intención de acobardarlo, gritaban al rostro de Antonio: «¡Muera España! ¡Viva Rusia!». Pero él respondía a cada provocación: «¡Viva España! ¡Viva Cristo Rey!».

Las burlas y las blasfemias continuaban sin poder doblegar el ánimo de aquel joven esforzado. Se les ocurrió entonces la idea de lograr que Antonio apostatara de su fe a fuerza de tormentos. Quisieron obligarle a decir: «¡Viva el comunismo!». Y respondía él con fuerza sobrehumana: «¡Viva Cristo Rey!».
Uno le cortó la oreja. Volvían a insistir en que pronunciara una blasfemia. El mártir, invicto, seguía dando vivas a Cristo Rey y a España. ¿Cómo iba a blasfemar Antonio, él, que tanto horror tenía por las blasfemias?
Los verdugos multiplicaban sus ofensas contra aquel joven desarmado que estaba a su merced. Le cortaron la otra oreja, le vaciaron un ojo, le hundieron el otro de un brutal puñetazo, le llevaron parte de la nariz de un tajo feroz.
Antonio iba resistiendo con heroica firmeza. Su sangre corría copiosa. Dios le daba de nuevo valor para resistir aquella cruenta pasión y exclamaba con renovados bríos: «¡Viva Cristo Rey!». Al fin uno gritó: «¡Apartarse... que voy a disparar!». Quedó nuestro Antonio solo, todo él empapado en sangre. Comprendió que llegaba su hora gloriosa, la de dar la vida por Dios y por la Patria. Extendió cuanto pudo sus brazos en forma de cruz y gritó con voz clara y potentísima: «¡Viva Cristo Rey!». Sonó la descarga que le abriría las puertas del cielo, y su cuerpo agonizante cayó pesadamente a tierra, con los brazos en cruz. Al ver los sicarios que aún respiraba, quisieron rematarle. Lo impidió uno: «No arrematarle... Dejadlo que sufra...».

Su cadáver fue recuperado a las veinticuatro horas, cuando el pueblo se reconquistó. Depositado en la iglesia cuando ya había sangrado el cuerpo toda su sangre generosa, fue la primera sorpresa el quedar en el templo una mancha fresca de ella. Los restos mortales fueron llevados después a Jerez y más tarde inhumados en la iglesia del Carmen de dicha ciudad, en donde se conservan incorruptos, según se refiere. Fue el suyo el primer proceso de beatificación incoado de entre los nuevos mártires de España.

Fuente: requetes.com

San Agustín: una búsqueda continua de Dios

San Agustin 05 13

San Agustín había sido educado cristianamente por su madre Santa Mónica. Como consecuencia de este desvelo materno, aunque hubo unos años en que estuvo lejos de la verdadera doctrina, siempre mantuvo el recuerdo de Cristo, cuyo nombre había bebido, dice él, con la leche materna.

Cuando, al cabo de los años, vuelva a la fe católica afirmará que regresará a la religión que me había sido imbuida desde niño y que había penetrado hasta la médula de mi ser. Esa educación primera ha sido, en innumerables casos, el fundamento de la fe, a la que muchos han vuelto después de una vida quizá muy alejada del Señor.
Después de años de buscar la Verdad sin encontrarla, con la ayuda de la Gracia que su madre imploró constantemente llegó al convencimiento de que sólo en la Iglesia Católica encontraría la Verdad y la paz para su alma.

Aunque Agustín veía claro dónde estaba la Verdad, su camino no había terminado. Buscaba excusas para no dar ese paso definitivo, que para él significaba, además, una entrega radical a Dios, con la renuncia, por predilección a Cristo, de un amor humano. Dio ese paso definitivo en el verano del año 386, y nueve meses más tarde, en la noche del 24 al 25 de abril del año siguiente, durante la vigilia pascual, tuvo su encuentro para siempre con Cristo, al recibir el bautismo de manos del obispo San Ambrosio.
Nunca olvidó San Agustín aquella noche memorable. “Recibimos el Bautismo -recuerda al cabo de los años- y se disipó en nosotros la inquietud de la vida pasada. Aquellos días no me hartaba de considerar con dulzura admirable tus profundos designios sobre la salvación del género humano”. Y añade: “Cuántas lágrimas derramé oyendo los acentos de tus himnos y cánticos, que resonaban dulcemente en tu Iglesia”.
“Buscad a Dios, y vivirá vuestra alma. Salgamos a su encuentro para alcanzarle, y busquémosle después de hallarlo. Para que le busquemos, se oculta, y para que sigamos indagando, aun después de hallarle, es inmenso. Él llena los deseos según la capacidad del que investiga”.

Ésta fue la vida de San Agustín: una continua búsqueda de Dios; y ésta ha de ser la nuestra. Cuanto más le encontremos y le poseamos, mayor será nuestra capacidad para seguir creciendo en su amor.

Santa Mónica y la confianza en la providencia

Santa Monica y San Agustin 01 01 Santa Mónica y San Agustín

San Agustín destaca en sus escritos el gozo de su madre, Santa Mónica, a raíz de la conversión de aquél.

Y no era para menos: le pedía simplemente católico, y desde el momento de su conversión se le manifiesta con unos propósitos que van mucho más allá. Por lo mismo, no puede extrañar que saltara de alegría, cantase victoria y se volviese loca de contento.
Una mirada al pasado lo explica todo. Un pasado que nos habla de su heroísmo para llegar a esta meta. Que nos hace recordar su fortaleza, tenacidad y constancia. Que nos pone ante el poder de la oración y ante una tal fe religiosa que siempre la sostuvo. Un pasado que nos habla de una Mónica de tan profundas intuiciones religiosas que estaba segura de que algún día la gracia y misericordia triunfarían sobre el inquieto y desordenado corazón de su hijo. ¡Qué modelo para tantas madres ante el desánimo, desilusión o cansancio en la lucha con sus hijos!

No podemos cerrar el tema sin unas reflexiones que se desprenden de lo narrado.
Si nos detenemos en la santa, ya su matrimonio, desde una óptica meramente humana, no sólo no era aconsejable, sino que estaba ciertamente abocado a un desastre. Y de él nace Agustín.
Tanto Patricio como Mónica, convencidos pronto de las excelentes dotes intelectuales de su hijo, buscan a toda costa y con grandes sacrificios darle unos estudios en los que asiente un brillante porvenir, y lo consiguen, porque Agustín triunfó. Y esa carrera, que quedará arrinconada cuando se convierta a la fe, ya que el brillante porvenir material no le interesa, ha servido, no obstante -planes de Dios en los que nadie había pensado-, para poder enfrentarse a los maniqueos y superar otros errores que encontró en su camino, y, sobre todo, ha servido para darnos el paladín de la fe en las iglesias de África y pasar a la posteridad como el Águila de Hipona, gran doctor de la Iglesia.

La misma Mónica, en su trabajoso buscar la conversión del hijo, más de una vez pudo hacerlo por modos no acertados. Y así, entre otros casos, la vimos llorando, desconsolada, en las playas de Cartago, al no haber podido impedir la marcha de su hijo a Roma. No vio o imaginó que en ese viaje estaba su salvación. Y el mismo Agustín, al emprender el viaje, solamente era guiado por miras terrenas: buscar un campo mejor para triunfar en lo suyo. Los planes del Señor eran otros: llevarle a la meta, poniendo en su camino tantas mediaciones, entre ellas y muy tangible la de San Ambrosio, que le abrirían al encuentro de la verdad. Es la gracia, admirable en su actuación, que va empedrando todo el itinerario de Agustín.
Gracia que actuó siempre en Mónica. Y Mónica, una madre tal que fuerza a pensar y admitir que sin ella no tendríamos al Agustín del que nos gloriamos. Dios pudo lograrlo sin ella, pero no quiso hacerlo. Vemos con total claridad que quiso valerse de ella, y esto engrandece su figura y le da una talla que pocas mujeres han podido alcanzar.

Fuente: cf. Ulpiano Álvarez, Santa Mónica. Retrato de una madre.

La fe da a cada sacrificio su valor

Peregrinos de Nuestra Senora de la Cristiandad en Argentina 01 01 Jóvenes en la peregrinación Nuestra Señora de la Cristiandad

Extractos de cartas del Beato Pier Giorgio Frassati:

“Como católicos tenemos un amor que sobrepuja a todos los demás, y que, después del que le debemos a Dios, es inmensamente bello, como bella es nuestra religión. Ese amor es la caridad de la que se hiciera abogado San Pablo, que la predicó diariamente a sus fieles: la caridad sin la cual, dice, nada son las demás virtudes. Sólo ella puede ser la finalidad de toda una vida, sólo ella puede cumplir un programa” 06/03/1925

“Mis afectuosos augurios, mejor diré, uno solo, pero creo que es el único que un verdadero amigo puede hacer a un querido amigo, y es que ¡la paz del Señor sea siempre contigo!, pues si posees cada día la paz serás verdaderamente rico” 10/04/1925

“Doy gracias también por las oraciones que son la mejor prueba de amistad, porque es una exquisita prueba de caridad cristiana rezar por el que lo necesita” 23/04/1925

“Cada día que pasa comprendo mejor lo grande que es la gracia de ser católico. ¡Pobres desgraciados los que no tienen fe! Vivir sin una fe, sin un patrimonio que defender, sin sostener, en lucha incesante, la verdad no es vivir sino es ir tirando” 27/02/1925
“En el curso de mis luchas interiores, me formulé a menudo estas preguntas: ¿por qué estar tristes…? ¿Por qué renegar contra el sacrificio? ¿Habré perdido acaso la fe…? No, a Dios gracias, mi fe es aún bastante fuerte. Entonces, aseguremos y fortalezcamos esta fe; es el único gozo que puede satisfacernos en este mundo; sólo ella da a cada sacrificio su valor”.
“Hay que agarrarse con fuerza a la fe; ¿qué sería sin ella toda nuestra vida? Nada, pasaría inútilmente. La fe que me dio el Bautismo me dice con voz segura: solo no harás nada, pero si tienes a Dios por centro de todos tus actos, llegarás hasta el final”. 15/01/1925

“Me preguntas si estoy alegre. ¿Cómo no estarlo mientras la fe me de fuerzas? ¡La tristeza debe ser barrida del alma del católico! El dolor no es la tristeza, la más detestable de todas las enfermedades. Esta enfermedad es casi siempre fruto del ateísmo; pero el fin para el cual hemos sido creados nos señala el camino, sembrado, si se quiere, de muchas espinas, pero de ningún modo triste. Es alegre, incluso a través del dolor” 14/09/1925

“Nuestra vida, por ser cristiana, tiene que ser una constante renuncia, un continuo sacrificio, que no pesa si se considera qué son estos pocos años pasados en el dolor en comparación con la eterna felicidad, donde la alegría no tendrá medida ni fin, donde disfrutaremos de una paz que no se puede imaginar”.

Fuente: Beato Pier Giorgio Frassati, cartas

Testamento de San Luis Rey a su hijo

San Luis Rey de Francia 01 10

Hijo amadísimo, lo primero que quiero enseñarte es que ames al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con todas tus fuerzas; sin ello no hay salvación posible.

Hijo, debes guardarte de todo aquello que sabes que desagrada a Dios, esto es, de todo pecado mortal, de tal manera que has de estar dispuesto a sufrir toda clase de martirios antes que cometer un pecado mortal.
Además, si el Señor permite que te aflija alguna tribulación, debes soportarla generosamente y con acción de gracias, pensando que es para tu bien y que es posible que la hayas merecido. Y, si el Señor te concede prosperidad, debes darle gracias con humildad y vigilar que no sea en detrimento tuyo, por vanagloria o por cualquier otro motivo, porque los dones de Dios no han de ser causa de que le ofendas.
Asiste, de buena gana y con devoción, al culto divino y, mientras estés en el templo, guarda recogida la mirada y no hables sin necesidad, sino ruega devotamente al Señor, con oración vocal o mental.

Ten piedad para con los pobres, desgraciados y afligidos, y ayúdalos y consuélalos según tus posibilidades. Da gracias a Dios por todos sus beneficios, y así te harás digno de recibir otros mayores. Para con tus súbditos, obra con toda rectitud y justicia, sin desviarte a la derecha ni a la izquierda; ponte siempre más del lado del pobre que del rico, hasta que averigües de qué lado está la razón. Pon la mayor diligencia en que todos tus súbditos vivan en paz y con justicia, sobre todo las personas eclesiásticas y religiosas.
Sé devoto y obediente a nuestra madre, la Iglesia romana, y al sumo pontífice, nuestro padre espiritual. Esfuérzate en alejar de tu territorio toda clase de pecado, principalmente la blasfemia y la herejía.

Hijo amadísimo, llegado al final, te doy toda la bendición que un padre amante puede dar a su hijo; que la santísima Trinidad y todos los santos te guarden de todo mal. Y que el Señor te dé la gracia de cumplir su voluntad, de tal manera que reciba de ti servicio y honor, y así, después de esta vida, los dos lleguemos a verlo, amarlo y alabarlo sin fin. Amén.

Fuente: Del testamento espiritual de san Luis a su hijo, Oficio de Lecturas del día, Liturgia de las Horas

Yo soy el Pan de Vida (III)

Ultima Cena 08 11 - “Este es el pan que descendió del cielo. No como el maná que comieron vuestros padres, y murieron. Quien come este pan, vivirá eternamente”.

San Agustín: Y bajó del cielo para que vivamos comiendo aquel pan los que no podemos obtener la vida eterna por nosotros mismos. Por esto sigue: “Este es el pan que descendió del cielo”.

Teofilacto: No comemos a Dios en su pura esencia, porque es impalpable e incorpóreo, como tampoco comemos la carne de un puro hombre, que de nada nos podría aprovechar. Mas como Dios unió a sí la carne humana, su carne tiene propiedades que dan vida, no porque se haya convertido en naturaleza divina, sino como sucede al hierro candente, que permanece hierro y tiene las propiedades del fuego. Pues así la carne del Señor es dadora de vida como carne del Verbo.

San Beda: Y para manifestar la diferencia de la sombra y de la luz, de la figura y la realidad, añadió: “No como el maná que comieron vuestros padres, y murieron”.

San Agustín: Aquello de que murieron quiere que se entienda en el sentido de que no viven eternamente, porque ciertamente en lo temporal también morirán los que comen a Jesucristo, pero vivirán eternamente, porque Jesucristo es la vida eterna.

Fuente: cf. Santo Tomás de Aquino, Catena aurea

Jesús me ama y me estrecha a su Corazón

Aldo Marcozzi 01 01b

El Siervo de Dios Aldo Marcozzi nació en Milán el 25 de julio de 1914. Recibió una excelente educación cristiana, primero por sus padres, luego por los maestros de la escuela, y a la edad de nueve años comenzó a asistir al Instituto Gonzaga en Milán, dirigido por los Hermanos de las Escuelas Cristianas.

De su breve existencia no hay episodios extraordinarios, pero todo en su vida diaria fue excepcional, como la inteligencia, la candidez de su alma, el estudio, la devoción ardiente a Jesús y la Virgen, la fidelidad a los deberes cotidianos, la bondad hacia los demás, la oración. Le gustaba el deporte y leía el Evangelio todos los días.

Aldo era un amante de Jesús Eucaristía, un día escribió en su cuaderno: “Jesús me ama y me estrecha a su Corazón con los dulces vínculos de su amor”. Desde la edad de diez años participaba en la misa todas las mañanas haciendo de monaguillo y recibiendo la Comunión; se confesaba todas las semanas, convencido de que incluso el más mínimo pecado ofendía el amor de Jesús Eucaristía. La madre dijo: “La Eucaristía era el deseo más grande de Aldo en la vida y su supremo deseo en la muerte”.
Después de la Misa, el Rosario fue su oración favorita.
En 1927 ingresa en la Acción Católica. Aldo lee atentamente la vida del actual Beato Pier Giorgio Frassati, el titular de su Centro de la Acción Católica, y se propone imitarlo. Llegará a ser, como Pier Giorgio, un cristiano de una sola pieza.

Aldo Marcozzi, golpeado por una enfermedad grave, tuvo una larga agonía, durante la cual no hizo más que suspirar el nombre de Jesús; su muerte, más que una muerte, fue un triunfo de la santidad.
El “adolescente radiante y eucarístico”, murió sonriendo a sus padres y parientes cerca de su cama, el sábado 24 de noviembre de 1928 en su casa en Milán.
Durante el Congreso Eucarístico Internacional de Buenos Aires en 1934 fue distribuida a los niños una estampa de este joven Siervo de Dios.

Fuente: cf. santiebeati.it

Reina del Cielo bendita

Maria Reina 03 12

Considera cómo fue coronada esta Señora con la corona de doce estrellas, de que se hace mención en el Apocalipsis (Ap 12,1); porque como concurrieron en Ella las grandezas y virtudes de todos los órdenes de santos que hay en el cielo así fue coronada con los premios de todos ellos, figurados por las doce estrellas.

Resplandeció en Ella con grandes ventajas la fe y esperanza de los patriarcas, la luz y contemplación de los Profetas, la caridad y celo de los Apóstoles, la fortaleza y magnanimidad de los mártires, la paciencia y penitencia de los confesores, la sabiduría y discreción de los doctores, la santidad y pureza de los sacerdotes, la soledad y oración de los ermitaños, la pobreza y obediencia de los monjes, la caridad y limpieza de las vírgenes, la humildad y sufrimiento de las viudas, con la fidelidad y concordia de los santos casados; y, por consiguiente, recibió los premios y coronas de todos ellos con exceso incomparable; porque a ella cuadra con gran propiedad lo que dice el Sabio: Muchas hijas allegaron para sí riquezas, pero Tú has excedido a todas (Prov 31, 21); que es decir: muchas almas allegaron grandes tesoros de merecimientos y virtudes, pero Tú allegaste mucho más que todas ellas.

Levántate, pues, alma mía, en el espíritu, y mira con los ojos de la fe a esta Madre del verdadero rey Salomón, con la corona de gloria con que la coronó su Hijo en el día de su entrada en el cielo y en el día de la alegría de su corazón. Contempla el inefable gozo de esta Reina soberana, y el afecto con que renovaría su antiguo cántico, diciendo: Mi alma engrandece al Señor, y mi espíritu se alegró en Dios mi salvador; porque miró la pequeñez de su sierva; de hoy más me llamarán bienaventurada todas las generaciones; porque ha obrado en mí grandes cosas el que es Todopoderoso, y santo su nombre.

Coloquio.- ¡Virgen gloriosísima! Grandes cosas obró siempre en Vos el que es Todopoderoso; pero el día de hoy echó el sello a todas las coronas de gloria que os ha dado en premio a vuestra humilde pequeñez. Coronada estáis de estrellas, porque los santos que os siguieron son gloria y corona vuestra, y por vuestra intercesión y ayuda alcanzaron sus victorias. Y así, con mucha humildad arrojan sus coronas a vuestros pies, reconociendo que por vuestro medio las ganaron.
¡Oh medianera poderosísima! Socorredme con vuestra intercesión para que yo también sea gozo y corona vuestra, peleando con tanto valor en esta vida, que por vuestro medio gane la victoria y alcance la corona eterna de la gloria.

Fuente: P. Francisco de Paula Garzón, Meditaciones espirituales

Yo soy el Pan de Vida (II)

Eucaristia - Comunion 02 13

- “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna: y yo le resucitaré en el último día”.

San Beda: Y para que no entendiesen que se refería a esta vida y cuestionasen acerca de ello, añadió: “Tiene vida eterna”. Mas no la tiene el que no come esta carne ni bebe esta sangre, puesto que podemos tener la vida temporal prescindiendo de Él, pero de ninguna manera la vida eterna.
No sucede así respecto de la comida que tomamos para alimentar esta vida temporal, porque los que no la reciben, no viven, ni tampoco vivirá el que la tome, puesto que sucede que mueren todos los que la toman, o por enfermedad, o por ancianidad, o por cualquier otra causa. Mas respecto de esta comida y esta bebida, esto es, del cuerpo y la sangre del Señor, no sucede así. Porque el que no la toma no tiene vida eterna y el que la toma tiene vida y ésta es eterna.

Teofilacto: Porque no es carne de un mero hombre, sino de Dios, quien deseando hacer al hombre divino, como que lo embriaga en su divinidad.

San Agustín: Y para que no creyesen que por medio de esta comida y esta bebida se ofrecía la vida eterna de tal modo que aquéllos que la recibiesen ya no morirían ni aun en cuanto al cuerpo, saliendo al encuentro de esta idea, continuó diciendo: “Y yo le resucitaré en el último día”, con el fin de que tenga entre tanto la vida eterna, según el espíritu, en el descanso donde se encuentran las almas de los justos. Mas en cuanto al cuerpo, ni aun éste carecerá de vida eterna, porque en la resurrección de los muertos, cuando llegue el último día, la tendrá.

- “Porque mi carne verdaderamente es comida: y mi sangre verdaderamente es bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí mora, y yo en él. Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, así también el que me come, él mismo vivirá en mí.”

San Agustín: Los hombres desean conseguir mediante la comida y bebida saciar para siempre su hambre y su sed; esto en realidad no lo satisface nada sino esta comida y esta bebida, que hace inmortales e incorruptibles a aquéllos que la reciben.
Después manifiesta en qué consiste comer su cuerpo y beber su sangre, diciendo: “El que come mi carne... permanece en mí y yo en él”. Esto es, pues, comer aquella comida y beber aquella bebida, a saber: permanecer en Cristo y tener a Cristo permaneciendo en sí.
Y por esto el que no permanece en Cristo y aquél en quien Cristo no permanece, sin duda alguna ni come su carne ni bebe su sangre, sino que, por el contrario, come y bebe sacramento de tan gran valía para su condenación. Pero hay cierta manera de comer aquella carne y de beber aquella sangre, para que el que la coma y la beba permanezca en Cristo y Cristo en él.

Fuente: cf. Santo Tomás de Aquino, Catena aurea

Oración a las insignias del Corazón de Jesús

Sagrado Corazon 33 65

Te adoro, oh Señor y Redentor mío, y saludo la hermosa Llaga que por nuestro amor recibió vuestro Corazón, la preciosa Sangre que vertió por la salud del mundo, el Agua santísima que de la Llaga manó por mí, las Llamas de amor que en vuestro Corazón arden, la Corona de espinas que quisiste llevar en el exceso de vuestro Amor, y saludo la Santa Cruz, en que te ofreciste por la salvación del mundo y quisiste fuese abierto con una lanza vuestro Corazón.

Perdónanos las injurias y afrentas que, pendiente de ella, padeciste por mí y por todos los hombres.

Te adoro, oh Señor, por la extrema Caridad cuyas llamas no pudiste contener más tiempo en vuestro bendito Corazón. Os doy gracias por todo ello y desearía, por gratitud y amor, publicarlo así a la faz de todo el mundo, para inflamar los corazones y rendir a vuestro amor todas las almas.
Otórganos la gracia de que estos misterios, que descubres a los pequeños y humildes, sean de todos conocidos, amados y glorificados, y que por ello alcancemos la eterna salvación. Amen.

Sagrado Corazón de Jesús, en Voz confío.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

Yo soy el Pan de Vida (I)

Eucaristia - Comunion 01 12

- “Yo soy el pan vivo, que descendí del cielo. Si alguno comiere de este pan, vivirá eternamente. Y el pan que yo os daré es mi carne por la vida del mundo”. (Jn 6, 51)

San Agustín: Por tanto, comed el pan del cielo en espíritu y llevad vuestra inocencia ante el altar. Los pecados, ya que son diarios, que no sean mortales. Antes que os aproximéis al altar, ved lo que hacéis, ved lo que decís: perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Si perdonas, te serán perdonadas. Aproxímate tranquilo, es Pan, no veneno. Y si alguno comiese de este pan, no morirá, esto es, el que lo come interiormente y no exteriormente.

Alcuino: Mi vida es la que vivifica. Por esto sigue: “Si alguno comiere de este pan, vivirá”,no sólo en la vida presente por medio de la fe y de la santidad, sino “vivirá eternamente. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo”.

Teofilacto: Entregó su carne por la vida del mundo, porque muriendo destruyó la muerte. Yo también entiendo la resurrección en aquellas palabras “por la vida del mundo”. Porque la muerte del Señor concedió la resurrección general a todo el género humano.

San Agustín: Háganse cuerpo de Jesucristo, si quieren vivir del espíritu de Jesucristo, porque no vive del espíritu de Jesucristo sino el cuerpo de Jesucristo. ¿Acaso mi cuerpo vive de tu espíritu? El Apóstol da a conocer este pan diciendo (ICo 10,17): “Muchos somos un solo cuerpo, todos los que participamos de este solo pan”. ¡Oh sacramento de piedad! ¡Oh signo de unidad! ¡Oh vínculo de caridad! El que quiere vivir, tiene de dónde vivir; acérquese, crea, incorpórese para que sea vivificado.

- Comenzaron entonces los judíos a altercar unos con otros, y decían: “¿Cómo nos puede dar éste su carne a comer?” Y Jesús les dijo: “En verdad, en verdad os digo: Que si no comiereis la carne del Hijo del hombre, y bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros.” (Jn 6, 52-53)

San Beda: Creían pues los judíos que el Señor dividiría en trozos su propia carne y se la daría a comer; por esto disputaban porque no entendían.

San Crisóstomo: Y como decían que esto era imposible, esto es, que diese a comer su propia carne, les dio a entender que no sólo no era imposible, sino muy necesario; por esto sigue: “Y Jesús les dijo: en verdad, en verdad os digo que si no comiereis la carne”, etc. Como diciendo: de qué modo se da y cómo debe comerse este pan, vosotros no lo sabéis, mas si no lo comiereis, no tendréis vida en vosotros.

San Agustín: Como si dijese: vosotros ignoráis de qué manera alguien puede ser comido y cuál sea el modo de comer aquel pan, pero aun así “si no comiereis la carne del Hijo del hombre y bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros”.

Fuente: cf. Santo Tomás de Aquino, Catena aurea

El Corazón de Jesús está en el Sagrario y te llama

Sagrado Corazon 32 64

Llamo tu atención, toda tu atención, lector, quienquiera que seas, sobre la ocupación primera que he descubierto del Corazón de Jesús. Así, estar, y no añado ningún verbo que exprese un fin, una manera, un tiempo, una acción de ese estar. No te fijes ahora en que está allí consolando, iluminando, curando, alimentando..., sino sólo en esto, en que está.

Pero ¿eso es una ocupación?, me argüirá alguno. ¡Si parece que estar es lo opuesto a hacer! Y, sin embargo, te aseguro, después de haber meditado en ese verbo aplicado al Corazón de Jesús en su vida de Sagrario, que pocos, si hay alguno, expresarán más actividad, más laboriosidad, más amor en incendio que ese verbo estar. ¿Vamos a verlo?

Estar en el Sagrario significa venir del cielo todo un Dios, hacer el milagro más estupendo de sabiduría, poder y amor para poder llegar hasta la ruindad del hombre, quedarse quieto, callado y hasta gustoso, lo traten bien o lo traten mal, lo pongan en casa rica o miserable, lo busquen o lo desprecien, lo alaben o lo maldigan, lo adoren como a Dios o lo desechen como mueble viejo... y repetir eso mañana y pasado mañana, y el mes que viene, y un año, y un siglo, y hasta el fin de los siglos... y repetirlo en este Sagrario y en el del templo vecino y en el de todos los pueblos... y repetir eso entre almas buenas, finas y agradecidas, y entre almas tibias, olvidadizas, inconstantes y entre almas frías, duras, pérfidas, sacrílegas... Eso es estarel Corazón de Jesús en el Sagrario, poner en actividad infinita un amor, una paciencia, una condescendencia tan grandes por lo menos como el poder que se necesita para amarrar a todo un Dios al carro de tantas humillaciones.
¡Está aquí! ¡Santa, deliciosa, arrebatadora palabra que dice a mi fe más que todas las maravillas de la tierra y todos los milagros del Evangelio, que da a mi esperanza la posesión anticipada de todas las promesas y que pone estremecimientos de placer divino en el amor de mi alma!
Está aquí. Sabedlo, demonios que queréis perderme, que tratáis de sonsacarme, enfermedades que ponéis tristeza en mi vida, contrariedades, desengaños, que arrancáis lágrimas a mis ojos y gotas de sangre a mi corazón, pecados que me atormentáis con vuestros remordimientos, cosas malas que me asediáis, sabedlo, que el Fuerte, el Grande, el Magnífico, el Suave, el Vencedor, el Buenísimo Corazón de Jesús está aquí, ¡aquí en el Sagrario mío!

Padre eterno, ¡bendita sea la hora en que los labios de vuestro Hijo unigénito se abrieron en la tierra para dejar salir estas palabras: «Sabed que yo estoy todos los días con vosotros hasta la consumación de los siglos»!
Padre, Hijo y Espíritu Santo, benditos seáis por cada uno de los segundos que está con nosotros el Corazón de Jesús en cada uno de los Sagrarios de la tierra. ¡Bendito, bendito Emmanuel, Dios con nosotros!

Fuente: San Manuel González, Qué hace y qué dice el Corazón de Jesús en el Sagrario

La aridez (II)

Santa Teresita 18 45 Santa Teresita rezando

Otras veces, por el contrario, la aridez espiritual proviene de causas físicas o morales completamente independientes de nuestra voluntad. Pueden ser indisposiciones, malestar, cansancio, nerviosismo o abatimiento por el excesivo trabajo o por preocupaciones dolorosas, etc., que pueden hacer desaparecer toda sensación de alivio espiritual, siendo a veces imposible por el momento poner remedio a tan doloroso estado. Es ésta una prueba que podrá prolongarse más o menos, pero en la cual hemos de ver con plena certeza la mano de Dios que todo lo dispone para nuestro bien, y que no dejará de concedernos la gracia necesaria para convertir en provecho este sufrimiento.

Aunque entonces no sienta consuelo ni atractivo alguno por la oración, el alma debe ejercitarse en ella por puro deber, porque es su obligación, valiéndose de los remedios que están en su mano para suplir su incapacidad. A este propósito enseña Santa Teresa de Jesús: «Así que, hermanas, oración mental; y quien ésta no pudiere, vocal, y lección y coloquios con Dios... No se deje las horas de oración.»

Y si a pesar de todo, el alma no consigue mover y encender su corazón, ejercítese en el amor al Señor y ámele con sola la voluntad. No será tiempo perdido; pues, por el gran esfuerzo que requiere semejante ejercicio, la voluntad se robustecerá y se hará capaz de un amor más eficaz, más generoso, quizás sin que el alma se dé cuenta de este crecimiento en el amor.
Se trata, en verdad, de un amor privado de sentimiento, pero no nos olvidemos que la substancia del amor no consiste en sentir, sino en querer a toda costa agradar a la persona amada. Por eso, quien, no hallando gusto alguno, sino más bien repugnancia en la oración, persevera en ella únicamente por agradar al Señor, le da una prueba hermosísima de que le ama sincera y verdaderamente.
El progreso en la vida espiritual no se mide por el consuelo y alivio que experimenta el alma; estas cosas ni siquiera se requieren para la vida espiritual, ya que la verdadera devoción se valora únicamente por la prontitud de nuestra voluntad para servir a Dios, prontitud y decisión que pueden darse aun en medio de la aridez y de la lucha que la voluntad debe sostener contra las repugnancias sensibles.

“Confío ilimitadamente, ¡oh Señor! en tu bondad, pues Tú mismo me enseñas a pedir, a buscar y a llamar. Por eso, cumpliendo tus palabras, pido y busco, y llamo. Ahora, pues, ya que me mandas pedir, haz que yo reciba; ya que me incitas a buscar, haz que yo encuentre; ya que me dices que llame, ábreme la puerta. Estoy enfermo, dame fuerzas; me encuentro perdido, vuélveme al buen camino; resucítame de esta muerte y dígnate dirigir y gobernar todos mis sentidos, pensamientos y acciones según tu beneplácito, para que yo viva de ti y me entregue a ti por completo” (San Agustín).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

El Corazón de Jesús en el Sagrario

Sagrado Corazon 31 63

He aquí una pregunta que a no pocos cristianos y, diré más, piadosos, dejará perplejos: ¿Qué hace y qué dice el Corazón de Jesús? ¡No habían parado mientes en que en el Sagrario hay quien pueda hablar y hable!, ¡quien pueda obrar en el Sagrario virtud! ¿Verdad que para muchos cristianos la idea del Sagrario es esto: Un lugar de mucho respeto, porque en él habita un Señor muy alto, muy grande, muy poderoso, todo majestad, pero muy callado y muy quieto?

Y no es que no crean que Jesucristo en el Sagrario esté todo entero como en el Cielo. Creen ciertamente que está allí con divinidad y alma y cuerpo y por consiguiente con ojos que ven, con oídos que oyen, con manos que se pueden mover, con boca que puede hablar... Sí, la fe de todo esto la tienen, pero es una fe que se quedó sólo en la cabeza y no bajó al corazón y mucho menos a la sensibilidad. Es una fe que, por quedarse allí estancada, apenas se ha convertido en luz de aquella vida, en criterio, en calor, en amor, en persuasión íntima, en entusiasmo, en impulsor de acción y de acción decidida.

Le pasa a esa fe lo que a las semillas de plantas grandes sembradas en macetas pequeñas. Por muy fecunda que sea la semilla, por mucha agua y luz con que la regaléis, si no dais a sus raíces tierra y lugar para su expansión, no conseguiréis sino una planta raquítica y encogida. Y hay cristianos que hacen eso mismo con su fe, de tal modo la ahogan en su rutinario modo de ver y entender que, sin que se pueda negar que tienen fe, ésta apenas si da señales de vida y de influencia.
Me he convencido hace tiempo de que el mal de muchísima gente no es no saber cosas buenas, sino no darse cuenta de las cosas buenas que saben. Mucha ignorancia hay, y de cosas religiosas es una ignorancia que espanta; pero con ser tan grande, es mucho más la que yo llamaría falta de darse cuenta. Y prácticamente, creo, que es causa más frecuente de la indiferencia religiosa y de tanta clase de pecados públicos y privados, como hoy lamentamos, la falta de darse cuenta, que la falta de saber.
La mayor parte de los cristianos que viven sin cumplir con ninguno de los preceptos que su religión les impone, saben que tienen obligación de oír Misa los domingos y fiestas, de confesar y comulgar una vez al año, etcétera; todos esos tienen fe en la Misa, en la Confesión, en la Comunión, en la autoridad docente de la Iglesia, y, sin embargo, no practican, ni se inquietan por no practicar. Yo creo que su mal está en que han metido su fe en la maceta de sus rutinas, de sus comodismos, de sus idiosincrasias, de su egoísmo, ya dije la palabra, de su egoísmo, porque éste es el único interesado en tener encerrada y ahogada la fe en el alma.
Así como la humildad y la caridad, si no son la sabiduría, son los elementos que mejor preparan para recibirla y fomentarla, la soberbia y el amor propio, que son los componentes del egoísmo, entorpecen, inutilizan y paralizan la ciencia adquirida.
El remedio, por consiguiente, estará en tratar de hacer añicos esa maceta para que la fe, como las raíces de la planta cautiva, se extienda libre por toda su alma, y se convierta en amor, y en obras y en hábitos de vida recta cristiana.

Y en nada se echa de ver tanto esa falta de darse cuenta, como en la conducta de los cristianos con respecto a la santa Eucaristía. Todos saben lo que allí hay, pero ¡qué pocos se dan por enterados! ¡Qué feliz sería yo si consiguiera con mis escritos despertar en algunos cristianos el sentido de darse cuenta de la Eucaristía! ¡Qué feliz si por resultado de estas lecturas algunos cristianos se levantaran decididos a ir al Sagrario para ver lo que allí se HACE y para oír lo que allí se DICE por el más bueno y más constante de nuestros amadores! Porque sabedlo, cristianos, el Corazón de Jesús no está en el Sagrario ni callado ni ocioso.

Fuente: San Manuel González, Qué hace y qué dice el Corazón de Jesús en el Sagrario

El Dogma de la Asunción de la Virgen al Cielo

Asuncion de la Virgen Maria 04 16

Nos, que hemos puesto nuestro pontificado bajo el especial patrocinio de la Santísima Virgen, a la que nos hemos dirigido en tantas tristísimas contingencias; Nos, que con rito público hemos consagrado a todo el género humano a su Inmaculado Corazón y hemos experimentado repetidamente su validísima protección, tenemos firme confianza de que esta proclamación y definición solemne de la Asunción será de gran provecho para la Humanidad entera, porque dará gloria a la Santísima Trinidad, a la que la Virgen Madre de Dios está ligada por vínculos singulares.

Es de esperar, en efecto, que todos los cristianos sean estimulados a una mayor devoción hacia la Madre celestial y que el corazón de todos aquellos que se glorían del nombre cristiano se mueva a desear la unión con el Cuerpo Místico de Jesucristo y el aumento del propio amor hacia Aquella que tiene entrañas maternales para todos los miembros de aquel Cuerpo augusto.
Es de esperar, además, que todos aquellos que mediten los gloriosos ejemplos de María se persuadan cada vez más del valor de la vida humana, si está entregada totalmente a la ejecución de la voluntad del Padre Celeste y al bien de los prójimos; que, mientras el materialismo y la corrupción de las costumbres derivadas de él amenazan sumergir toda virtud y hacer estragos de vidas humanas, suscitando guerras, se ponga ante los ojos de todos de modo luminosísimo a qué excelso fin están destinados los cuerpos y las almas; que, en fin, la fe en la Asunción corporal de María al cielo haga más firme y más activa la fe en nuestra resurrección.

Por tanto, después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces e invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia; para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para acrecentar la gloria de esta misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, por la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y por la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma de revelación divina que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste.
Por eso, si alguno, lo que Dios no quiera, osase negar o poner en duda voluntariamente lo que por Nos ha sido definido, sepa que ha caído de la fe divina y católica.

Fuente: Pío XII, Constitución Apostólica “Munificentissimus Deus”

Restáuranos, Señor, por tu misericordia

Santa Catalina de Siena 05 06

Mi Señor dulcísimo, vuelve benignamente tus ojos misericordiosos a este pueblo y al cuerpo místico que es tu Iglesia; porque mayor gloria se seguirá para tu santo nombre al perdonar tan gran muchedumbre de tus creaturas que si tan sólo me perdonas a mí, miserable pecadora, que tan gravemente he ofendido a tu majestad.

¿Qué consuelo podría hallar yo en poseer la vida, viendo que tu pueblo está privado de ella, y viendo cómo las tinieblas del pecado cubren a tu amada Esposa, por mis pecados y los de las demás creaturas tuyas?
Deseo, pues, y te pido como una gracia especial este perdón, por aquel amor incomparable que te movió a crear al hombre a tu imagen y semejanza.
¿Cuál, me pregunto, fue la causa de que colocaras al hombre en tan alta dignidad? Ciertamente, sólo el amor incomparable con el cual miraste en ti mismo a tu creatura y te enamoraste de ella. Mas veo con claridad que por culpa de su pecado perdió merecidamente la dignidad en que lo habías colocado.

Pero tú, movido por aquel mismo amor, queriendo reconciliarte gratuitamente al género humano, nos diste la Palabra que es tu Hijo unigénito, el cual fue verdaderamente reconciliador y mediador entre tú y nosotros. Él fue nuestra justicia, ya que cargó sobre sí todas nuestras injusticias e iniquidades y sufrió el castigo que por ellas merecíamos, por obediencia al mandato que tú, Padre eterno, le impusiste, cuando decretaste que había de asumir nuestra humanidad. ¡Oh incomparable abismo de caridad! ¿Qué corazón habrá tan duro que no se parta al considerar cómo la sublimidad divina ha descendido tan abajo, hasta nuestra propia humanidad?

Nosotros somos tu imagen y tú imagen nuestra, por la unión verificada en el hombre, velando la divinidad eterna con esta nube que es la masa infecta de la carne de Adán. ¿Cuál es la causa de todo esto? Solamente tu amor inefable. Por éste tu amor incomparable imploro, pues, a tu majestad, con todas las fuerzas de mi alma, para que otorgues benignamente tu misericordia a tus miserables creaturas.

Santa Catalina de Siena, Diálogo sobre la divina providencia, Liturgia de las Horas

Heidi y el abandono en Dios (II)

Alpes 01 02

El doctor continuó un buen rato mirando en silencio las poderosas montañas y el soleado y verde valle, y luego volvió a decir: -¿Sabes, Heidi? Aquí podría venir a sentarse alguien que tuviera una gran sombra en los ojos y no pudiera percibir la belleza que lo rodea. Entonces el corazón también estaría triste, el doble de triste, cuando todo podría ser tan bonito. ¿Lo comprendes?

En ese momento Heidi sintió un dolor en su alegre corazón. La gran sombra en los ojos le recordó a la abuela que no podía ver ya la luz del sol ni todas las maravillas que había allí arriba. Aquello era una pena que Heidi llevaba consigo y que despertaba cada vez que se le venía a la cabeza. Guardó silencio durante un rato, porque el dolor la había sorprendido en medio de la alegría. Luego dijo muy seria:
-Sí, eso puedo comprenderlo. Pero sé una cosa: cuando eso pasa hay que recitar los cánticos de la abuela, le iluminan a uno un poco y a veces incluso tanto que se siente muy feliz. Me lo ha dicho la abuela.
-¿Qué cánticos, Heidi? -preguntó el doctor.
-Sólo me sé el del sol y el hermoso jardín, de los otros más largos también los versos que le gustan a la abuela, porque tengo que leérselos siempre tres veces -respondió Heidi.
-Pues recítame los versos, a mí también me gustaría oírlos -y el doctor se incorporó para escuchar con más atención.
Heidi cruzó las manos y pensó un poquito:
-¿Empiezo allí donde dice la abuela, cuando uno vuelve a tener confianza en el corazón?
El doctor asintió con la cabeza.
Entonces Heidi empezó a recitar:

Deja, deja que haga y gobierne,
Él es un sabio regente,
y las cosas hará de tal modo
que no saldrás de tu asombro;
porque él, como sabe hacerlo,
con sus sabios y buenos consejos
todo aquello se lleva
que a ti te causa gran pena.

Es posible que un poco tarde
en venir a consolarte,
y seguirá trabajando
como si estuviera pensando
en que no podría ir a verte,
como si tuvieras siempre
que vivir entre mil penas,
como si de ti no saber quisiera.

Pero si luego acontece
que tú fiel a Él permaneces,
Él te librará de esa carga
cuando tú no lo esperabas,
tu corazón ya no se verá preso
de ese terrible peso
que, por nada malo,
hasta ahora has llevado.

Heidi se detuvo de repente; no estaba segura de que el doctor siguiera escuchándola. Se había puesto las manos delante de los ojos y no se movía lo más mínimo. Pensó que a lo mejor se había adormilado; cuando despertase, y si quería oír más versos, entonces se los recitaría. Ahora todo estaba tranquilo.
El doctor no decía nada, pero no estaba durmiendo. Había regresado a un tiempo muy lejano. Allí estaba él de joven, al lado de su adorada madre, que rodeaba su cuello con el brazo y le recitaba el cántico que acababa de escuchar a Heidi y que llevaba tanto tiempo sin oír. Entonces escuchó de nuevo la voz de su madre y vio sus bondadosos ojos posándose sobre él llenos de ternura y, cuando se acallaron las palabras del canto, escuchó aquella amable voz que le decía otras palabras; debía agradarle escucharlas y recordarlas en su memoria, porque siguió así un buen rato, con las manos sobre el rostro, sin decir palabra y sin moverse. Cuando finalmente se incorporó, vio que Heidi lo miraba asombrada. Cogió la mano de la niña:
-Heidi, el cántico ha sido muy hermoso -dijo, y su voz sonó más alegre de lo que había sonado hasta ese momento-. Volveremos aquí y me lo volverás a recitar.

Fuente: Johanna Spyri, Heidi, ed. Nórdica

Heidi y el abandono en Dios (I)

Heidi 01 01

Heidi miraba a un lado y a otro. Las flores que se agachaban divertidas, el cielo azul, los alegres rayos del sol, el complacido pájaro en el aire, ¡todo era tan bonito...! ¡Tan bonito...! Los ojos de Heidi echaban chispas de tanta dicha. Entonces miró a su amigo, para ver si él lo veía todo igual de bonito. Hasta entonces el doctor había estado mirando a su alrededor callado y pensativo. Al encontrarse ahora con la mirada radiante de dicha de la niña, dijo:

-Sí, Heidi, todo podría ser hermoso aquí arriba, pero ¿tú qué crees? Si alguien viniera aquí con el corazón triste, ¿qué es lo que tendría que hacer para poder alegrarse con estas cosas tan hermosas?
-¡Oh! ¡Oh! -exclamó Heidi muy contenta-. Aquí nadie tiene nunca el corazón triste, sólo en Frankfurt.
El doctor sonrió un poco, pero la sonrisa fue muy fugaz.

Luego volvió a preguntar:
-Y si viniera alguien y trajera consigo toda la tristeza de Frankfurt, Heidi, ¿sabes de algo que lo pudiera ayudar?
-Sólo hay que contárselo al buen Dios cuando uno ya no sabe qué hacer -dijo Heidi con mucha confianza.
-Sí, ésa es una buena idea, niña -apuntó el doctor-. Pero, y si lo que a uno le hace tan triste e infeliz viene de Él, ¿qué se le puede decir entonces al buen Dios?
Heidi tuvo que pensar qué había que hacer entonces; pero ella tenía absoluta confianza en que el buen Dios ayudaba siempre en todas las tristezas. Buscó su respuesta en sus propias vivencias:
-Entonces hay que esperar -dijo con mucha seguridad al cabo de un rato- y pensar únicamente: «El buen Dios ya sabe qué alegría me va a enviar después de esto y de lo otro, sólo hay que esperar un poco tranquilos y no abandonarlo». Luego todo sucede de repente, de manera tal que uno puede ver perfectamente cómo el buen Dios había tenido todo el tiempo en mente algo bueno, pero como eso no puede verse de antemano, sino que lo único que se ve es lo triste y lo terrible, entonces uno piensa que las cosas van a ser siempre así.

Fuente: Johanna Spyri, Heidi, ed. Nórdica

El Beato Pier Giorgio y la adoración al Santísimo (II)

Beato Pier Giorgio Frassati 06 06

Era una noche de 1920, durante la adoración en la igle-sia de Santa María de Piazza. Ya entrada la noche, más de las once, cuando el Hno. Ludovico, de los sacramentinos, escucha sonar repetidamente la campanilla de la puerta de la casa. Sale un momento de la iglesia para ver quién llamaba.

Cuál fue mi sorpresa -relata el hermano-, cuando vi a un joven que me era desconocido que me rogó tuviera a bien permitir¬le hacer su hora de adoración ante el Santísimo Sacramento. Agregó que aquella noche (segundo sábado del mes) era el turno asignado a los adoradores universitarios.
Le hice notar a mi gentil interlocutor que los estudiantes no po¬dían hacer su adoración aquella noche, sino únicamente los re¬ligiosos; y le invité a volver a su casa, dado que ya era tarde. Pero, lejos de seguir mi consejo me suplicó que tuviera a bien permitirle la entrada, para poder hacer su adoración junto con los religiosos. Traté aún de disuadirle, insistiendo en lo difícil que le resultaría pasar toda una larga noche en oración y sin dormir. Mis argumentos no tuvieron éxito alguno. Como siguió insistiendo, lo complací.
Contento de su victoria, entró en la iglesia, se fue al coro, y lue¬go, después de haberse inclinado profundamente ante el altar, se arrodilló en uno de los escalones y se puso a orar. Pasó toda la noche hasta las cuatro de la mañana, conforme lo atestiguan los hermanos que fueron después de mí, se ponía de pie, o leía, o rezaba el rosario. Luego pidió e hizo la santa comunión, asistió a una Misa de acción de gracias y recién a las cinco -hora en que abrimos la iglesia para el público- se fue, dichoso de haber fortalecido de nuevo su alma con la devoción eucarística y de haberse saciado con el Pan de los Ángeles.

Laura Hidalgo, una de las jóvenes que pertenecía al grupo de La Joven Montaña cuenta que en una oportunidad llega¬ron a la estación de tren y no veían a Pier Giorgio. Se fijaron si no estaba en la lista de los esquiadores que iban a pasar los días de carnaval en la montaña (actividad que se realizaba para apartarse de esas fiestas en la ciudad, y vivir unos días sanos allí). Pensaron que les había jugado una broma, partiendo por anticipado en un tren anterior. Pero en ese momento escucha¬ron una voz fuerte que los llamaba y vieron subir a Pier Giorgio todo agitado al tren. Mientras dejaba los esquíes y se sacaba de las espaldas la mochila, les decía con satisfacción: En la Iglesia de San Segundo hubo vigilia nocturna, ¡he podido hacer una hora de adoración antes de partir!
Un participante de esas adoraciones atestigua:
Jamás he visto a nadie rezar como él, con aquella tenacidad. Podía entrar quien quiera en la iglesia, y ciertamente que él no se hubiera dado vuelta... es algo que no olvidaré jamás.

Fuente: P. Diego Cano IVE, Escalada al cielo, biografía de Pier Giorgio Frassati

Fiesta del glorioso mártir San Lorenzo

San Lorenzo 01 01

La Iglesia de Roma nos invita hoy a celebrar el triunfo de san Lorenzo, que superó las amenazas y seducciones del mundo, venciendo así la persecución diabólica. Él, como ya se os ha explicado más de una vez, era diácono de aquella Iglesia. En ella administró la sangre sagrada de Cristo, en ella también derramó su propia sangre por el nombre de Cristo. El apóstol san Juan expuso claramente el significado de la Cena del Señor, con aquellas palabras: Como Cristo dio su vida por nosotros, también nosotros, debemos dar nuestra vida por los hermanos. Así lo entendió san Lorenzo; así lo entendió y así lo practicó; lo mismo que había tomado de la mesa del Señor, eso mismo preparó. Amó a Cristo durante su vida, lo imitó en su muerte.

También nosotros, hermanos, si lo amamos de verdad, debemos imitarlo. La mejor prueba que podemos dar de nuestro amor es imitar su ejemplo, porque Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas. Según estas palabras de san Pedro, parece como si Cristo sólo hubiera padecido por los que siguen sus huellas, y que la pasión de Cristo sólo aprovechara a los que siguen sus huellas. Lo han imitado los santos mártires hasta el derramamiento de su sangre, hasta la semejanza con su pasión; lo han imitado los mártires, pero no sólo ellos. El puente no se ha derrumbado después de haber pasado ellos; la fuente no se ha secado después de haber bebido ellos.
Tenedlo presente, hermanos: en el huerto del Señor no sólo hay las rosas de los mártires, sino también los lirios de las vírgenes y las yedras de los casados, así como las violetas de las viudas. Ningún hombre, cualquiera que sea su género de vida, ha de desesperar de su vocación: Cristo ha sufrido por todos. Con toda verdad está escrito de él: Nuestro Salvador quiere que todos los hombres se salven y lleguen al pleno conocimiento de la verdad.

Entendamos, pues, de qué modo el cristiano ha de seguir a Cristo, además del derramamiento de sangre, además del martirio. El Apóstol, refiriéndose a Cristo, dice: A pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios. ¡Qué gran majestad! Al contrario, se anonadó a sí mismo, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. ¡Qué gran humildad!
Cristo se rebajó: esto es, cristiano, lo que debes tú procurar. Cristo se sometió: ¿cómo vas tú a enorgullecerte? Finalmente, después de haber pasado por semejante humillación y haber vencido la muerte, Cristo subió al cielo: sigámoslo. Oigamos lo que dice el Apóstol: Si habéis sido resucitados con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios.

Fuente: San Agustín, Sermones, Oficio de Lecturas del día, Liturgia de las Horas

Un amor para la eternidad

Eduardo y Laura Ortiz de Landazuri 01 01 Siervos de Dios Eduardo y Laura Ortiz de Landázuri junto a sus hijos

Eduardo Ortiz de Landázuri nació en Segovia el 31 de octubre de 1910. Estudió la carrera de medicina en Madrid. El 17 de junio de 1941 contrajo matrimonio con Laura Busca Otaegui en el Santuario viejo de la Virgen de Arantzazu (Oñate). Tuvieron siete hijos. En 1946 obtuvo la Cátedra de Patología General. En septiembre de 1958 se incorporó a la naciente Facultad de Medicina de la Universidad de Navarra, en cuya Facultad y Clínica Universitaria gastó sus años de trabajo hasta el día de su jubilación. En 1952 pidió la admisión en el Opus Dei.

Se esforzó por cuidar sus deberes familiares y buscar también a Dios a través de su trabajo como médico y profesor universitario. Especialmente destacó en su amor por los enfermos, en quienes veía a Jesucristo. Irradiaba paz y alegría a su alrededor. Falleció con fama de santidad en 1985.

Laura nació el 3 de noviembre de 1912 en Zumárraga (Guipúzcoa). Se licenció en Farmacia en la Universidad Central de Madrid en 1935. También fue miembro del Opus Dei. Junto con su marido, construyó una familia cristiana alegre y numerosa. Su vida estuvo marcada por una extraordinaria generosidad en la entrega a su marido y a sus hijos, así como a otras muchas personas. Sustentó sus acciones en el amor a Dios y a los demás, que brotaba de una recia y honda piedad. Falleció en Pamplona, con fama de santidad, el 11 de octubre de 2000.

Oración
Dios Padre misericordioso que concediste a tus siervos Laura y Eduardo la abundancia de tu gracia para que vivieran las virtudes cristianas en el cumplimiento de sus deberes familiares y profesionales, haz que yo sepa también como ellos ser un instrumento de paz y alegría en el mundo. Dígnate glorificar a tus siervos y concédeme por su intercesión el favor que te pido... Amén.

Fuente: opusdei.org

«¡Gracias, madres heroicas, por vuestro amor invencible!»

Santa Gianna y las Siervas de Dios Cecilia Perrin Maria Cristina Mocellin y Chiara Corbella 01 01

Foto: Santa Gianna y las Siervas de Dios Cecilia Perrín, María Cristina Mocellin y Chiara Corbella que dieron la vida por su hijo. Haga clic en el siguiente enlace para ver un videoque reseña brevemente sus heroicas vidas: Madres heroicas

El domingo 24 de abril de 1994 en el Año de la Familia, S.S. Juan Pablo II beatificó a Gianna Beretta Molla, hoy Santa.
En la Homilía el Pontífice rindió homenaje a todas las madres valerosas, “que se dedican sin reservas a sus familias, que sufren al dar a luz a los hijos, y que después están dispuestas a afrontar cualquier sacrificio para transmitirles lo mejor que tienen”.

Juan Pablo II señaló que hoy el ambiente es hostil a la maternidad: “los modelos de civilización, promovidos por los medios de comunicación, no favorecen la maternidad, en nombre del progreso y de la modernidad se presentan como superados los valores de la fidelidad, la castidad y el sacrificio, en los que se distinguen gran número de esposas y madres cristianas. A menudo, una mujer decidida a ser coherente con sus principios se siente profundamente sola, sola con su amor, que no puede traicionar y al que debe permanecer fiel. Su principio guía es Cristo. Una mujer que cree en Cristo encuentra un poderoso apoyo precisamente en este amor que soporta todo. Es un amor que le permite pensar que todo lo que hace por un hijo concebido, nacido, adolescente o adulto, lo hace al mismo tiempo por un hijo de Dios ¡Gracias, madres heroicas, por vuestro amor invencible!”.

Luego del rezo del Regina Caeli, en la Plaza de San Pero, el Santo Padre volvió a hablar de la defensa de la vida no nacida, que encomendó a la Virgen, “para que rodee con su cuidado maternal a todo ser humano amenazado en el seno materno. Es especialmente importante en estos tiempos, cuando ante la mujer se acumulan todas las amenazas contra la vida que ella está para traer al mundo”.

La Eucaristía, medio para caminar seguros en esta selva

San Cayetano 01 02b Yo soy pecador y me tengo en muy poca cosa, pero me acojo a los que han servido al Señor con perfección, para que rueguen por ti a Cristo bendito y a su Madre; pero no olvides una cosa: todo lo que los santos hagan por ti poco serviría sin tu cooperación; antes que nada es asunto tuyo, y, si quieres que Cristo te ame y te ayude, ámalo tú a él y procura someter siempre tu voluntad a la suya, y no tengas la menor duda de que, aunque todos los santos y criaturas te abandonasen, él siempre estará atento a tus necesidades. Ten por cierto que nosotros somos peregrinos y viajeros en este mundo: nuestra patria es el cielo; el que se engríe se desvía del camino y corre hacia la muerte. Mientras vivimos en este mundo, debemos ganarnos la vida eterna, cosa que no podemos hacer por nosotros solos, ya que la perdimos por el pecado, pero Jesucristo nos la recuperó. Por esto, debemos siempre darle gracias, amarlo, obedecerlo y hacer todo cuanto nos sea posible por estar siempre unidos a él.

Él se nos ha dado en alimento: desdichado el que ignora un don tan grande; se nos ha concedido el poseer a Cristo, Hijo de la Virgen María, y a veces no nos cuidamos de ello; ¡ay de aquel que no se preocupa por recibirlo! Hija mía, el bien que deseo para mí lo pido también para ti; mas para conseguirlo no hay otro camino que rogar con frecuencia a la Virgen María, para que te visite con su excelso Hijo; más aún, que te atrevas a pedirle que te dé a su Hijo, que es el verdadero alimento del alma en el santísimo sacramento del altar. Ella te lo dará de buena gana, y él vendrá a ti, de más buena gana aún, para fortalecerte, a fin de que puedas caminar segura por esta oscura selva, en la que hay muchos enemigos que nos acechan, pero que se mantienen a distancia si nos ven protegidos con semejante ayuda.
Hija mía, no recibas a Jesucristo con el fin de utilizarlo según tus criterios, sino que quiero que tú te entregues a él, y que él te reciba, y así él, tu Dios salvador, haga de ti y en ti lo que a él le plazca. Éste es mi deseo, y a esto te exhorto y, en cuanto me es dado, a ello te presiono.

Fuente: De las cartas de san Cayetano, presbítero, Oficio de Lectura del 7 de Agosto, Liturgia de las Horas.

Dónde se encuentra la verdadera alegría

Transfiguracion 05 08

Considera que es tan natural al hombre el amor a todo lo que es placer; es tanta su inclinación al gusto, al contento, a la paz del corazón, que esta inclinación y este amor son como el general resorte que da movimiento a todas las acciones de la vida. ¡Mas ah, y qué grande es su ilusión cuando busca fuera de Dios esta paz, esta quietud, este contento y esta satisfacción! Sólo en servicio de tan buen amo se encuentran todas esas utilidades.
Estar con Jesús, dice el autor del libro de la imitación de Cristo, es dulce paraíso; pero estar sin Jesús, aunque seas el hombre más feliz del mundo, es un infierno. Asombroso es que, después de tan largas y tan funestas experiencias como los hombres han hecho de esta verdad, todavía no reconozcan su error, descubriendo el vacío y la iniquidad de las falsas alegrías de este mundo. Experimentan toda su amargura; palpan su inestabilidad, y con todo eso, sólo suspiran por ellas.

Si domina la pasión del contento y del consuelo, ¿a qué fin buscarle donde no se halla, y huir de aquella condición donde únicamente se encuentra, que es la de los que sirven a Dios de veras y con fervor? ¿A qué fin arrastrar toda la vida en una mediocridad de virtud, en la cual nunca se gustan las dulzuras de la vida verdaderamente espiritual? La gloria de la majestad de Cristo sólo se descubre en la elevación del monte; en el fondo de la soledad, en lo más silencioso del retiro se dejan percibir los consuelos celestiales.
Por eso el Señor se escogió la cumbre de un monte solitario para la Transfiguración. ¿Por qué no se obraría este dulcísimo misterio sino a la vista de solos tres discípulos? Porque siempre es corto el número de las almas fervorosas. Seamos de este corto número y seremos favorecidos.

Bueno será que nos quedemos aquí, exclama San Pedro. Cuando Dios se comunica a un alma pura, fácilmente se olvidan todos los bienes creados. Los más exquisitos gustos de la tierra parecen insípidos a quien gusta una vez los consuelos espirituales, que son como una prueba de los gozos de la gloria. Luego que Dios se deja sentir en el alma, ninguna fuerza hacen ni esos honores imaginarios, ni esas distinciones pueriles, ni esas quiméricas fortunas con que el mundo apacienta a sus parciales.
Aquella paz interior, que excede todo cuanto se puede imaginar; aquella inexplicable alegría, que es el fruto de los más duros trabajos; aquella alegría pura sin mezcla de tristeza; aquella alegría permanente, que no se acaba cuando se acaba una fiesta pública; aquella alegría constante, sin peligro de producir efecto alguno enfadoso; todo esto sólo se reserva para los buenos.
Compara todas estas ventajas con la turbación y la tiranía de las pasiones; con aquellas inquietudes y con aquellos enfados, que son como la herencia de las almas cobardes, de las almas tibias, y descubrirás el verdadero origen de todos tus disgustos y de todas tus sequedades.

Conozco, Dios mío, que mi infidelidad y mi tibieza me han privado hasta aquí de aquellas señaladas gracias que sólo se reservan para los fervorosos. No os pido, Señor, esos favores extraordinarios que hacen tan fácil y tan dulce la virtud; sólo os pido, por los méritos de mi Señor Jesucristo, me deis gracia para salir de este infeliz estado de tibieza, que me ha hecho tan pesado tu suavísimo yugo. Concededme aquel fervor con que se os debe servir, y la merced de que os sirva de hoy en adelante con la mayor fidelidad.

Fuente: J. Croisset, sj, Año cristiano

Mi Corazón se conmueve dentro de mí

Sagrado Corazon 30 62

El sacerdote tiene debilidades, es hombre. Arrojemos un velo sobre las humanas miserias, elevémonos más. Veamos las grandezas divinas ocultas en la bajeza y la nada, veamos la acción de Jesús oculta entre las sombras humanas. Y aunque la decadencia sea total, respetemos todavía al sacerdote. ¿Es una ruina? Lloremos sobre esos restos dispersos, lloremos sobre ese templo que Dios se había reservado para morada, sobre ese templo consagrado por una unción sagrada y que ahora, profanado y abatido, sirve de refugio a las fieras. Lloremos y recemos...

“Oh, Jesús, Pontífice Eterno, Divino Sacrificador, Tú que en un arranque incomparable de amor por los hombres, tus hermanos, has hecho brotar de tu Sagrado Corazón el Sacerdocio cristiano, dígnate continuar derramando en tus Sacerdotes las ondas vivificantes de tu Amor Infinito. Vive en ellos, transfórmales en Ti, hazlos por medio de tu Gracia instrumentos de tu Misericordia; obra en ellos y por ellos haz que después de ser revestidos de Ti, por medio de la fiel imitación de tus adorables virtudes, hagan en tu nombre y por la fuerza de tu Espíritu, las obras que has realizado Tú mismo por la salvación del mundo.
Oh, Divino Redentor de las almas, mira cuán grande es la multitud de los que duermen todavía en las tinieblas del error; cuenta el número de aquellas ovejas infieles que caminan por el borde del precipicio; considera la multitud de pobres, de hambrientos, de ignorantes y de débiles que gimen en el abandono. Vuelve a nosotros por medio de tus Sacerdotes; vive, oh buen Jesús, en ellos, obra por ellos y pasa de nuevo por el mundo enseñando, perdonando, consolando, sacrificando, reanudando los sagrados vínculos de amor entre el Corazón de Dios y el corazón del hombre. Amén.”

Fuente: Venerable Luisa Margarita Claret de la Touche, El Sagrado Corazón y el Sacerdocio

Daré a los sacerdotes la gracia de mover los corazones endurecidos

Santa Misa 05 06

Promesa magnífica, que llena todas las aspiraciones de un apóstol, que alcanza hasta los últimos y más irreductibles baluartes de los dominios del pecado. Tocar, convertir los corazones endurecidos es la victoria más espléndida que se puede soñar. Ni el oro, ni la espada, ni la palabra del hombre. Y lo consigue en un instante la gracia de Dios, por medio de las almas poseídas de una tierna devoción al Corazón de Jesús. Ahora dejemos hablar a un pecador convertido:

“La víspera de mi primera comunión prometí solemnemente a Jesús amarle siempre... Más ¡ay! Fui víctima de esas plagas terribles, que a tantos hacen perder en nuestros días la virtud y el honor: las malas compañías y las lecturas peligrosas. A los veinte años era el primer libertino de mi ciudad. Treinta años seguidos añadí heridas sobre heridas. Por acaso acerté a pasar por Paray-Le-Monial. La ciudad estaba de fiesta. Sorprendido, me acerqué a una mujercita y le pregunté: -¿Qué es lo que pasa?
-¿Cómo? ¿No lo sabe Ud.? Pues es la gran peregrinación.
-¿Para qué?
-Para honrar al Corazón de Jesús.
-¿El Corazón de Jesús? ¿Dónde está? ¿Se puede ver?
-No se le puede ver; pero este Sagrado Corazón se manifestó a una religiosa de la Visitación, a Santa Margarita María, y le recomendó que trabajase, para que fuese honrado por todos los hombres.

Y, siguiendo las indicaciones de aquella buena mujer, me dirigí hacia aquel célebre santuario. Llegué a la Visitación, quise entrar en la capilla, pero estaba repleta de gente. Esperando a que la muchedumbre se dispersase, miraba en torno mío. ¿En qué pensaba? Yo mismo no lo sé. Mis miradas se fijaron con curiosidad en unas franjas de tela blanca, sobre las cuales resplandecían en rojo unas inscripciones. Leí: “Promesas de Ntro. Señor a Santa Margarita María”. Fui recorriendo, una por una, todas las inscripciones; muchas frases me parecían faltas de sentido; eran para mí un enigma aquellas palabras: “Gracia..., favor..., misericordia..., tibieza..., perfección...; Mas una línea hirió de pronto mi corazón: “Daré a los sacerdotes el poder de mover los corazones más empedernidos”. Revolvióse en el acto toda impiedad, que bullía en mi alma. Mover los corazones endurecidos... ¡Así está escrito... Pues bien: veremos si es verdad. ¿Por qué no hacer la prueba? Llamaré a un sacerdote. ¿Qué palabras dirá tan inspiradas, que puedan conmover a un corazón como el mío? Y me mofaba tocándome el pecho.

En aquel momento pasó junto a mí una religiosa, y volviéndome a ella bruscamente, le dije: “Querría hablar con un sacerdote de Paray-LeMonial”. Ella me introdujo en una pequeña habitación. De pronto entró un sacerdote. Nos encontramos frente a frente. Pasaron algunos segundos... El me miraba, esperando que le hablase. Yo no tenía en mi alma más que impiedad y sarcasmo, y, con todo, experimentaba un estremecimiento pasajero. El sacerdote salió a mi encuentro: “Y bien, ¿qué es lo que desea, amigo mío?” ¡Amigo suyo! ¡Ah!, usted no me conoce. Yo no tengo fe. Yo no creo una palabra de todo cuanto ustedes dicen y escriben. Llámeme usted excomulgado, impío, infiel, lo que quiera; pero amigo... eso a otro. Así continué hablando un rato. La frase, que leí sobre la blanca tela, estaba clavada en mi mente con esta irónica pregunta: “¿Qué me dirá?”. El sacerdote estaba pálido. Con todo, ningún gesto de indignación se le escapó. Yo me reía... Él lo veía bien, pero no entendía las señales de cabeza, que acogían todas sus preguntas y que querían decir: “Y a mí, ¿qué?”. Era vencedor... Triunfaba... Estaba a punto de estallar en una carcajada y confesarle llanamente toda la verdad, cuando de pronto ¡ah!, tiemblo al recordarlo.
Amigo mío -me dice- ¿vive la madre de Ud.?

¡Qué emoción tan intensa la que sufrí en aquel momento! Aquí me esperaba el Sagrado Corazón. Algunas lágrimas brotaron de mis ojos; estaba temblando. ¡Mi madre! ¡Las palabras de mi madre! ¡Oh, sí!, ¡es verdad! ¡El Sagrado Corazón de Jesús! Quisiera tener delante aquella imagen ante la cual me arrodillaba con mi madre, de niño. Volver a leer aquellas líneas, que me escribió con mano temblorosa, y a las cuales ¡desgraciado de mí!, jamás había prestado atención: “Hijo mío, te escribo desde mi lecho de agonía. Muero de los disgustos que me has causado; pero no te maldigo, porque he esperado siempre que el Corazón de Jesús te convierta”. Entré en el Santuario del Sagrado Corazón para arrodillarme ante un confesionario... Pocos días después me acerqué a la Sagrada Mesa”.
Sacerdotes, amad al Sagrado Corazón y convertiréis muchas almas.

Fuente: P. Manuel Mosquero Martin S.J, Las promesas del Sagrado Corazón de Jesús

La santificación de los laicos en el mundo

Maria Cristina Cella Mocellin 02 02

Sierva de Dios María Cristina Cella Mocellin

En este mundo santo, bueno, reconciliado, salvado, mejor dicho, necesitado de salvación, de momento salvado en esperanza, porque sólo en esperanza poseemos esta salvación; en este mundo, pues, es decir, en la Iglesia, que toda entera sigue a Cristo, a todos se ha dicho: Quien quiera seguirme, niéguese a sí mismo.

Estas palabras no están destinadas solo a las vírgenes y no las casadas; o a las viudas y no las que viven en matrimonio; o a los monjes y no a los casados; ni solo a los clérigos y no a los laicos: toda la Iglesia, todo el cuerpo, todos sus miembros según sus funciones asignadas, deben seguir a Cristo.
Sígale, pues, toda entera la Iglesia única: esta paloma, esta esposa redimida y dotada con la sangre del Esposo. En ella encuentra su lugar específico la integridad virginal, la continencia de los viudos y la castidad de los cónyuges.

Sigan a Cristo estos miembros que tienen allí su lugar, cada uno en su género, en su puesto, a su manera; niéguense a sí mismos, es decir, no presuman de sí; tomen su cruz, es decir, mientras están en el mundo toleren por Cristo cuantos sufrimientos les procure el mundo. Amen al único que no decepciona, al único que no engaña. Ámenle porque es verdad lo que promete. Más como no lo da al instante, la fe titubea. Resiste, persevera, aguanta, soporta la dilación, y es así como tomarás la cruz.

Fuente: San Agustín, Sermón 96

El Beato Pier Giorgio y la adoración al Santísimo (I)

Beato Pier Giorgio Frassati 05 05b

“Los soberanos de noche dan los turnos de las guardias en sus castillos. Y Jesucristo merece honores mucho más que los soberanos y reyes”, decía Pier Giorgio. Ciertamente que para él era un honor poder velar junto a su Rey durante la noche.
(...) Por esta razón, nuestro héroe se proponía hacer con gran esfuerzo la adoración nocturna, dedicando a la oración aquel tiempo que tantos jóvenes emplean para divertirse, bailar y be¬ber, y ponerse muchas veces en ocasión de pecar. Así, durante el tiempo del carnaval y de las grandes fiestas, eran los momen¬tos en que dedicaba mayor tiempo para ir a rezar de noche y pasar largas horas de rodillas en el reclinatorio, en diálogo íntimo con el Señor.

Es así que la adoración nocturna, la noche heroica, fue una de sus principales devociones. En 1920 se afilió a la Adoración Nocturna Universitaria, que tenía su turno de vela la noche de los segundos sábados del mes. Nunca faltaba a este compromiso y se hizo notorio por su asiduidad en concurrir y por su espíritu de fe, que dejaba impresionados a todos los tes¬tigos de sus largas horas pasadas ante el Santísimo Sacramento. Era costumbre, entonces, hacer una vigilia especial de adoración en las vísperas de carnaval, con la intención de re¬parar por tantos males que se cometen en ese tiempo. El sá¬bado anterior a las fiestas del año 1925, Mons. Pinardi lo ve entrar en la sacristía con mayor equipo que el acostumbrado para una excursión. Y recuerda este diálogo con Pier Giorgio:
- Monseñor, me ausento por tres días, pasaré carnaval en la nieve.
- Bien, le dijo el sacerdote, ¿cuándo partes?
- A pri¬meras horas de la mañana. La noche la pasaré aquí. Después de Misa de medianoche y de comulgar, salgo en el primer tren para la montaña.
Es decir, noche de vigilia y oración. A primera hora, sin descansar, a escalar montañas.
Termina Mons. Pinardi su relato de esta manera: En esas circunstancias admiré más su espíritu de fe y su fervor. El tan robusto y lleno de vida permanecía postrado largas horas sobre las losas, el tan bullicioso hallaba sus delicias en la oración, el que por su piedad atraía la atención de todos permanecía absorto sólo en Dios.
En algunas ocasiones Pier Giorgio acompañaba a Mons. Pinardi de regreso a su casa al terminar la adoración. Y éste recuerda que Pier Giorgio en sus conversaciones ardía de fe, y su alma rebosaba de alegría al pensar que Jesús Hostia había reinado durante esas benditas horas sobre tantos jóvenes reco-gidos en su presencia.

Fuente: P. Diego Cano IVE, Escalada al cielo, biografía de Pier Giorgio Frassati

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