Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo

San Jeronimo 04 09

Cumplo con mi deber, obedeciendo los preceptos de Cristo, que dice: Ocupaos en examinar las Escrituras, y también: Buscad y hallaréis, para que no tenga que decirme, como a los judíos: Estáis en un error; no entendéis las Escrituras ni el poder de Dios. Pues si, como dice el apóstol Pablo, Cristo es el poder de Dios y la sabiduría de Dios, y el que no conoce las Escrituras no conoce el poder de Dios ni su sabiduría, de ahí se sigue que ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo.

Por esto quiero imitar al amo de casa, que de su provisión saca lo nuevo y lo antiguo, y a la esposa que dice en el Cantar de los cantares: He guardado para ti, mi amado, lo nuevo y lo antiguo; y, así, expondré el libro de Isaías, haciendo ver en él no sólo al profeta, sino también al evangelista y apóstol. Él, en efecto, refiriéndose a sí mismo y a los demás evangelistas, dice: ¡Qué hermosos son los pies de los que anuncian el bien, de los que anuncian la paz! Y Dios le habla como a un apóstol, cuando dice: ¿A quién mandaré? ¿Quién irá a ese pueblo? Y él responde: Aquí estoy, mándame.

Nadie piense que yo quiero resumir en pocas palabras el contenido de este libro, ya que él abarca todos los misterios del Señor: predice, en efecto, al Emmanuel que nacerá de la Virgen, que realizará obras y signos admirables, que morirá, será sepultado y resucitará del país de los muertos, y será el Salvador de todos los hombres.

¿Para qué voy a hablar de física, de ética, de lógica? Este libro es como un compendio de todas las Escrituras y encierra en sí cuanto es capaz de pronunciar la lengua humana y sentir el hombre mortal.

Dice el Apóstol San Pablo: Cuanto a los dotados del carisma de profecía, que hablen dos o tres, y que los demás den su dictamen; y, si algún otro que está sentado recibiera una revelación, que calle el que está hablando. ¿Qué razón tienen los profetas para silenciar su boca, para callar o hablar, si el Espíritu es quien habla por boca de ellos? Por consiguiente, si recibían del Espíritu lo que decían, las cosas que comunicaban estaban llenas de sabiduría y de sentido. Lo que llegaba a oídos de los profetas no era el sonido de una voz material, sino que era Dios quien hablaba en su interior, como dice uno de ellos: El ángel que hablaba en mí, y también: Que clama en nuestros corazones: «¡Padre!», y asimismo: Voy a escuchar lo que dice el Señor.

Fuente: cf. San Jerónimo, Prólogo al comentario sobre el libro del profeta Isaías.Liturgia de las Horas.

La vocación del alma

Cascada 01 02

En el Banquete, después de considerar la fase negativa del amor y su paso de menesteroso que lo conduce a la belleza y al bien que no posee, Sócrates es interrogado por Diotima:

- El que ama lo bello, ¿qué busca en realidad?
- Que lo bello le pertenezca -responde Sócrates.
- ¿Y qué será del hombre, una vez que posea lo bello?
En este punto Sócrates guarda un silencio dubitativo. Pero Diotima, que conoce bien la naturaleza moral de su alumno, trueca lo bello por lo bueno y repite su interrogatorio:
- El que ama lo bueno, ¿qué busca en realidad?
- Que lo bueno le pertenezca.
- ¿Y qué será del hombre, una vez que posea lo bueno?
- Ese hombre será feliz -declara Sócrates ya seguro.
Pero más adelante observará Diotima que no basta poseer lo bueno para ser feliz: es necesario, además, poseerlo para siempre, sin lo cual no sería el hombre cabalmente dichoso. De lo que inferirá luego que “el amor se dirige a la posesión perpetua de lo bueno”.

Ese concepto de la felicidad en que Diotima concluye será el que sirva de comienzo a San Agustín cuando busque un día la noción de su Dios en el Palacio de la Memoria. En el libro décimo de sus Confesiones pregunta:
- «¿La dicha no es lo que todos quieren y a lo que todos aspiran? ¿Dónde la conocieron antes, para quererla tanto? Y no sólo se trata de mí -agrega- ni de un corto número de personas: todos, absolutamente todos quieren ser felices.»
Y Agustín dirige a todos esta pregunta:
- «¿Dónde prefieren encontrar la dicha, en la verdad o en el engaño?».
Y todos contestan que prefieren ser dichosos en la verdad. Porque -añade Agustín- “he visto a muchos que querían engañar, pero no he visto a nadie que quisiera ser engañado”.

Elbiamor, como no ignoras ya la relación de lo bello con lo verdadero y lo bueno, has de comprender fácilmente la duda inicial de Sócrates y la definición de Agustín. Y deducirás que los gestos del alma son los que le dicta su vocación natural. Y su vocación (palabra que significa “llamado”) no es otra que la de poseer a perpetuidad lo verdaderamente bueno.
Ahora bien, esta conclusión trae consecuencias dignas de ser estudiadas por la tortuga razonante. Pues, quien dice posesión dice reposo de la voluntad, puesto que nadie se fatiga buscando lo que ya posee; y quien dice posesión perpetua dice reposo perpetuo.
Y atención ahora. El reposo perpetuo es dable sólo en la posesión de un bien concebido como único, fuera del cual no existieran otros bienes; pues, en el caso de existir otros bienes, el alma se movería sin cesar del uno (el adquirido) al otro (el por adquirir), y su voluntad así agitada no tendría la quietud o reposo con que sueña. Y además ese bien único tendría que ser infinito, puesto que, si tuviera fin, acabaría con él la posesión, y con la posesión el reposo del alma. De lo cual has de inferir que la vocación del alma es la de una dicha perpetua lograda en el descanso que da la posesión infinita del bien, y de un bien que necesariamente debemos concebir como Uno y Eterno.
He ahí como, por la simple noción de su anhelo, el alma logra tocar la noción de un bien cuyos adjetivos no sabrían convenir sino a Dios. Y he ahí cómo, al descubrir su vocación por la felicidad, San Agustín no está lejos de dar con la esencia del Dios que busca en el palacio de su memoria.

Fuente: cf. Leopoldo Marechal, Descenso y ascenso del alma por la belleza

Corazón de Jesús, fuente de vida y de santidad

Sagrado Corazon 36 69

Recordemos cuando Jesús se acercó a la pequeña ciudad de Samaría, llamada Sicar, donde se encontraba una fuente que se remontaba a los tiempos del Patriarca Jacob.

En aquel lugar encontró a una samaritana que se acercaba para sacar agua de la fuente. Él le dice: «Dame de beber». La mujer responde: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, mujer samaritana?».
Entonces Jesús replicó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: Dame de beber, tú le pedirías a Él, y Él te daría a ti agua viva».
Y continuó: «El agua que yo te dé se hará en ti fuente que salte hasta la vida eterna» (cf. Jn 4, 5-14).
¡Fuente! ¡Fuente de vida y de santidad!
En otra ocasión, en el último día de la fiesta de los Tabernáculos en Jerusalén, Jesús ―como escribe también el Evangelista Juan― «gritó, diciendo: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, según dice la Escritura, ríos de agua viva correrán de su seno”.» El Evangelista añade: «Esto dijo del Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en Él» (Jn 7, 37-39).

Todos deseamos acercarnos a esta fuente de agua viva. Todos deseamos beber del Corazón divino, que es fuente de vida y de santidad.
En Él nos ha sido dado el Espíritu Santo, que se da constantemente a todos aquellos que con adoración y amor se acercan a Cristo, a su Corazón.
Acercarse a la fuente quiere decir alcanzar el principio. No hay en el mundo creado otro lugar del cual pueda brotar la santidad para la vida humana, fuera de este Corazón, que ha amado tanto. “Ríos de agua viva” han manado de tantos corazones... y ¡manan todavía! De ello dan testimonio los Santos de todos los tiempos.
Te pedimos, Madre de Cristo, que seas nuestra Guía al Corazón de tu Hijo. Te pedimos que nos acerques a Él y nos enseñes a vivir en intimidad con este Corazón, que es fuente de vida y de santidad.

Fuente: San Juan Pablo II, Ángelus del 10 de agosto de 1986

Itinerario del alma hacia Dios (IV)

Anunciacion 09 13

5º Cuando el hombre se entrega, Dios obra. Lo cual es la obra perfecta del puro amor. Porque ese amor, que fue viviendo, que fue creciendo por los caminos del conocer..., cuando llega a ser sumo, total; cuando con todo el corazón, porque ya no le quedan capacidades amorosas para amar nada fuera de Dios, pues a sí mismo se niega y de todas las criaturas prescinde y para todas y para sí mismo queda como muerto, cuando esto ocurre, el hombre se entrega...

Como muerto a la vida de imperfección que llevaba, dirigida por su razón, por su prudencia, por su egoísmo, más o menos disimulado. Como muerto a una vida que era incompatible con la vida sobrenatural, tan sólo sobrenatural; con la vida de Dios, que en él va a comenzar ahora plenamente.
Y entonces es cuando el hombre se convierte en un miembro vivo y perfectamente sano del Cuerpo místico de Jesucristo, docilísimo a la acción vital de la Cabeza, docilísimo a la dirección y al imperio y a la acción vital de su Santo Espíritu, que ya sin estorbos ni resistencias toma posesión del alma.

Nuestro yo queda allí, pero totalmente entregado al yo divino, sumado al yo divino, como si a Cristo le ofreciéramos une humanité de surcroit, como dice sor Isabel de la Trinidad: una humanidad sobreañadida a la que en el seno purísimo de María se dignó tomar por nosotros y para redención nuestra. Le ofrecemos a Cristo nuestra pobre humanidad personal, ya purificada y sublimada por su gracia y por su amor, para que en ella pueda El seguir viviendo sobre la tierra y continuando su obra redentora. Y así es como puede llegar el hombre a decir: «Ya no soy yo quien vive, sino que Cristo vive en mí».

El hombre se vació por completo de sí mismo y de todo ser creado para llenarse de Dios; el hombre murió a sí mismo como hijo de Adán, para resucitar o nacer de nuevo, «no de la carne ni de la sangre», sino del Espíritu de Dios; el hombre se negó a sí mismo, se enajenó a sí mismo, porque a sí mismo con todas sus energías y capacidades se entregó a Dios. El Verbo de Dios se unió primero a nuestra humanidad en Cristo con una unión hipostática, uniendo a la persona divina la humana naturaleza impersonal, es decir, sin más persona que la segunda de la Santísima Trinidad. Ahora quiere unirse con nuestra humanidad personal con unión mística, es decir, misteriosa también, no sólo sin detrimento de nuestra propia persona, sino sublimándola, divinizándola, dándosele Él mismo en posesión, a la vez que el alma queda totalmente poseída por Él.

Ese es el término de la vida cristiana. En eso consiste la perfección; en eso consiste la santidad: en esa unión mística, inefable, con Dios, en la que ya sin estorbos sólo Dios vive y obra en nosotros. No viven en nosotros las criaturas, que han perdido sobre nosotros todo influjo, toda atracción. No vive nuestro yo en cuanto nuestro, porque se enajenó a sí mismo, entregándose a Dios totalmente. Y cuando el hombre así se entrega, el que obra en nosotros es sólo Dios.

Fuente: Fr. Albino Menéndez-Reigada, O.P., Prólogo del libro “Teología de la perfección cristiana” de A. Royo Marín. B.A.C., Madrid, 1968.

La Batalla de Tucumán y la Virgen de la Merced (II)

Virgen de la Merced 01 02

Consígnase aquí un hecho sobrenatural a manera de ilustración de lo que entonces anduvo en lenguas.

Doña Felipa Zavaleta de Corvalán, contemporánea de la batalla, trae en su Recuerdos familiares esta curiosa referencia:
«Los mismos prisioneros enemigos decían que a la hora de la acción en la línea del ejército tucumano vieron una Señora vestida de blanco, y que les batía el manto sobre los militares, y que por eso las balas no les hacían nada, como fue que sólo dos faltaron, que fueron Miguel Rivadeneira y Tomás Balor. Por esto se cree que esta Señora fue Nuestra Madre de Mercedes».

Lo más curioso es que el tal dato, de oídas tan sólo y poco creíble en sí, viene corroborado por otro, ya de testigo de vista, en la Memoria del general don Juan Pardo de Zela, hecha de público dominio en 1964 por el Boletín de la Academia Nacional de la Historia.
Pardo de Zela, oficial entonces y guerrero en las acciones así de Huaqui como de Tucumán y Salta, expuso con llaneza lo que vio personalmente, cuando se disponía al ataque de las tropas de Tristán:
«Formó el ejército en línea de batalla con un horizonte despejado y limpio de nubes... En esto una pequeña nube se descubre en el cielo en figura piramidal, sostenida por una base que parecía sostener una efigie de la imagen de Nuestra Señora.
«Era día en que se celebraba la fiesta de Nuestra Señora de la Merced; y cada soldado creyó ver en la indicada nube la redentora de sus fatigas y privaciones; cuya ilusión, aumentándose progresivamente, daba más fortaleza a nuestra pequeña línea, que ya enfrentada con la del enemigo, que no había podido aún organizar la suya, empezó a sentir por el fuego de nuestras piezas de artillería el estrago que ellas causan».

(...)

Sucedió entonces un hecho llamativo, calificado de «sobrenatural» por el historiador tucumano Manuel Lizondo Borda; «que nunca habían visto los soldados enemigos del Alto Perú, y que, por lo mismo, contribuyó a desbandarlos y a llevarles el pánico». Y fue un ciclón, que llegó desatado por el sur, trayendo en su seno una tupida manga de langostas. Lo describe don Marcelino de la Rosa en sus Tradiciones históricas:
«En momentos tan azarosos para los españoles, vino a empeorar su angustiosa situación un terrible huracán. El ruido horrísono que hacía el viento en los bosques de la sierra y en los montes y árboles que arrastraba, cubriendo el cielo y oscureciendo el día, daba a la escena un aspecto terrífico».
Esto de las langostas parecería tema baladí y que debiera con preferencia soslayarse. No lo fue en la batalla de Tucumán. El doctor Lizondo Borda le dedica su párrafo justiciero:
«Las mismas langostas parece que ayudaron su poquito ese día. Porque millares de ellas, escapando del viento, al largarse en picada hacia tierra, hacían fuertes impactos en pechos y caras de los combatientes. Y si los mismos criollos, que las conocían, al sentir esos golpes, según Paz, se creyeron heridos de bala, es de imaginar el espanto de los altoperuanos o cuicos, al sentir en sus cuerpos tal granizada de balazos, que no eran sino langostazos».

Este conjunto de circunstancias desfavorables a las columnas españolas de la derecha, que aún se mantenían en el campo, determinaron su retirada. La que debió verificarse con precipitación, hasta una legua de distancia, donde logró Tristán constituir nuevo frente.

Fuente: Cayetano Bruno, SDB, Nuestra Señora de las Mercedes en la vida del General Belgrano - merced.org.ar

Itinerario del alma hacia Dios (III)

Meditar 13 13

3º Cuando el hombre escucha, Dios habla. Difícil es al hombre escuchar a un semejante suyo. Lo más difícil de la conversación es precisamente saber escuchar. Pero escuchar a Dios es mucho más difícil todavía. Vivimos entre una serie de ruidos infinitos; ruidos, digámoslo así, por fuera y por dentro. Por fuera, las ininterrumpidas impresiones de las criaturas a través de nuestros sentidos externos. Por dentro, los ruidos almacenados en nuestros sentidos internos, que aprovechan cualquier momento de silencio y calma exterior para ensordecernos y aturdimos. Y así no se puede oír la voz de Dios.

Porque la voz de Dios es dulce y suave. Dios «no clama ni deja oír su voz por defuera, ni se puede percibir esa voz en las plazas públicas ni entre el ruido del mundo» (Mt 12, 19). Por eso, cuando quiere Dios hablar a un alma, «la lleva a la soledad y le habla al corazón» (Os 2, 14). Y cuando de esa manera habla a un alma, como el esposo a la esposa, nadie más percibe lo que dice; y sólo al alma que por esposa se le da comienza a hablarle de ese modo.

Pero el alma que ha llegado a oír la respuesta (el llamamiento de Dios), le busca en la soledad y quiere seguirle oyendo, y escucha; y pone en este escuchar suplicante todos sus sentidos. Es decir: el alma ora. Y si supo aprovecharse de todo lo que Dios le dijo por mensajeros -las criaturas-, ahora, cuando ya los mensajeros no le saben decir más, ahora es cuando muy en el fondo de sí misma siente a Dios, que le dice: «Aquí estoy». Y Dios comienza a hablarle. Y, al comenzar este diálogo, todavía el alma tiene cosas que preguntar; pero poco a poco las preguntas van cesando, porque ya no le queda al alma nada que decir. Y el alma se hace toda oídos. Y escucha, escucha. Y Dios habla; sólo Dios habla.
El proceso de la oración es así. Al principio parece que sólo habla el alma, porque ésta no entiende bien el lenguaje de los libros, etcétera, por los cuales le habla Dios. Y ni apenas se da cuenta de que es Él... Después se entabla el diálogo (vía iluminativa...). Hasta que al fin cesa de hablar el alma, para escuchar tan sólo..., para que hable sólo Dios...

4º Cuando el hombre obedece, Dios gobierna. Cuando se sabe ya que Dios nos habla, con un pleno y perfecto convencimiento; que nos habla por medio de criaturas o que nos habla por sí directamente; cuando se sabe en forma vital que Dios es infinitamente sabio, infinitamente bueno, infinitamente amoroso, que infinitamente mejor que nosotros sabe el camino que tenemos que seguir para nuestro bien, entonces ¡qué fácil y qué grato es obedecer! Obedecerle a Él cuando nos habla por las Sagradas Escrituras; obedecerle a Él cuando nos manda por medio de sus representantes en la tierra; obedecerle a Él cuando nos habla por medio de un buen libro, de un buen consejero, o aun cuando nos habla sin palabras desde lo más íntimo de nuestro ser. Y así, cuando el hombre obedece, Dios gobierna. Dios entonces nos gobierna por fuera y por dentro. Y el hombre es un fiel servidor que ejecuta en todo y con la mayor perfección posible sus sagradas órdenes. Cuando el hombre obedece, Dios gobierna.

Fuente: Fr. Albino Menéndez-Reigada, O.P., Prólogo del libro “Teología de la perfección cristiana” de A. Royo Marín. B.A.C., Madrid, 1968.

La Batalla de Tucumán y la Virgen de la Merced (I)

Belgrano 01 01 Belgrano y la Virgen de la Merced de Tucumán

La afirmación de haberse puesto Belgrano antes de la batalla bajo la protección de nuestra Señora de las Mercedes, tiene buen lastre de documentos.


Según el parte remitido por el mismo Belgrano al gobierno el 26 de setiembre -dos días después de la batalla-, se había conseguido la victoria el «día de Nuestra Señora de las Mercedes, bajo cuya protección nos pusimos». Lo propio registra la proclama del 28 siguiente, dirigida por Belgrano a los pueblos del Interior: El ejército realista «ha sido completamente batido el 24 del corriente, día de Nuestra Señora de las Mercedes, bajo cuya protección se puso el de mi mando».

A este acto de angustiosa demanda, se unió la plegaria de la feligresía, que recuerda el combatiente Lorenzo Lugones, testigo presencial: En el fragor del combate las mujeres «del patriota pueblo dirigían sus plegarias al cielo y [a] la Virgen Santísima de Mercedes».
Con las mujeres, el resto de la población, según refirió un mes después el doctor don José Agustín Molina, en el discurso conmemorativo de «la gloria de la patria triunfante por la protección de María». Aludió el doctor Molina en presencia de Belgrano y de los oficiales del ejército, a «las fervorosas e incesantes plegarias», dirigidas a la Virgen «dentro y fuera de la ciudad por religiosos, sacerdotes, niños, mujeres y una infinidad de almas justas..., como otros tantos Moisés en el monte».

Apunta Belgrano en su Fragmento de memoria sobre la batalla de Tucumán:

«El campo de batalla no había sido reconocido por mí, porque no me había pasado por la imaginación que el enemigo intentase venir por aquel camino, a tomar la retaguardia del pueblo con el designio de cortarme toda retirada; por consiguiente, me hallé en posición desventajosa con parte del ejército en un bajío».

Ya se verá después cómo el elemento humano contó para muy poco en la batalla de Tucumán.
(...)
Y henos aquí ante lo extraño de este hecho histórico. La batalla de Tucumán no pertenece al orden común de los acontecimientos similares, desde que resultaron fallidas todas las disposiciones tomadas para asegurar sus resultas.
«Los movimientos de ambas fuerzas -puso de manifiesto Paz en sus Memorias póstumas- fueron tan variados, tan fuera de todo cálculo, imprevistos y tan desligados entre sí, que resultó una complicación como nunca he visto en otras acciones en que me he encontrado».

Su remate no pudo ser tampoco fruto de humana previsión. Parecería como si nuestra Señora de las Mercedes hubiese tomado el mando de las bisoñas huestes patriotas para conducirlas a la victoria.

Fuente: Cayetano Bruno, SDB, Nuestra Señora de las Mercedes en la vida del General Belgrano - merced.org.ar

Itinerario del alma hacia Dios (II)

Meditar 12 12

2º Cuando el hombre pregunta, Dios responde. Este preguntar del hombre puede ser en formas variadísimas. Una desgracia nos puede hacer preguntar por la causa de la misma. Y, si ahondamos lo bastante, nos encontraremos con Dios, que comienza a respondernos.

Un fenómeno de la naturaleza, o el orden del Universo, la marcha de la Historia, o el origen de la autoridad -si ésta ha de ser verdadera-, o del Derecho o de la Moral... En todo esto, si ahondamos, si preguntamos, Dios comienza a respondernos por medio de la razón.
Otras veces el hombre pregunta: ¿Qué haré para ser feliz? ¿Dónde está la felicidad? ¿Dónde la verdad y el bien que ansío?... Otras, como San Pablo: ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?...

O ¿quién podrá traer la paz a la tierra?... La paz del alma, la paz de las sociedades... Y Dios sigue respondiendo por medio de la razón, o por medio de un consejero, o por medio de un libro humano, o por medio de un libro divino, escrito por Él mismo (Sagrada Escritura), o, en fin, por una iluminación interior, como muchas veces ocurre con los que se convierten. El caso es preguntar con ansias de saber. Preguntar sin tregua ni descanso. Preguntarse a sí mismo y preguntar a todas las criaturas. Con reconocimiento de nuestra radical incapacidad; con un sincero deseo de obtener respuesta y, una vez obtenida, aceptarla. Cuando así se pregunta, Dios responde.

Fuente: Fr. Albino Menéndez-Reigada, O.P., Prólogo del libro “Teología de la perfección cristiana” de A. Royo Marín. B.A.C., Madrid, 1968.

Itinerario del alma hacia Dios (I)

Meditar 11 11b

Podríamos esquematizar esta marcha o ascensión del hombre hacia Dios, analizando las diversas actitudes del primero para con el segundo y del segundo para con el primero. Las cuales pueden reducirse a cinco, reflejadas en las siguientes proposiciones: 1º, cuando el hombre busca, Dios se acerca; 2º, cuando el hombre pregunta, Dios responde; 3º, cuando el hombre escucha, Dios habla; 4º, cuando el hombre obedece, Dios gobierna; y 5º, cuando el hombre se entrega, Dios obra. Estas proposiciones necesitan aclaración y vamos a dársela en seguida.

Ante todo no hemos de creer que cada una de ellas representa una etapa de nuestra vida totalmente separada y que excluya del todo a las demás, pues suelen entrelazarse más o menos las unas con las otras. Se trata simplemente de una caracterización general de cada una, según lo que de ley ordinaria ocurre. Los mismos términos de cada proposición no son del todo propios, y por eso necesitan explicación. Pero, una vez explicados, creemos que podrán dar alguna luz sobre lo que venimos diciendo. En esta clase de doctrina ni el lenguaje matemático ni la precisión lógica y exacta son generalmente posibles.

1º Cuando el hombre busca, Dios se acerca. Cuando el hombre busca, ¿qué? Pues, naturalmente, cuando el hombre busca a Dios. Pero no siempre en forma concreta y definida. A veces se busca a Dios sin saberlo, sin nombrarlo ni pensarlo. Se busca la Verdad; se busca el Bien; se busca, en fin, la Belleza infinita... Pero, como todo eso tan sólo en Dios verdaderamente se encuentra..., se busca a Dios. Pero hay que buscarlo con sinceridad, cueste lo que cueste; es decir, con sacrificio. Con una especie de comienzo a salir de sí, a romper la concha esclavizadora del egoísmo.
Decía Newmann que para juzgar a un alma no importa tanto ver la distancia a que se encuentra de Dios como ver la dirección que lleva. ¿Va hacia Él o se aleja?... Pues si va hacia Él, si le busca con sinceridad, es que Dios comienza a atraerle; es que Dios se le acerca.
No otra cosa quiere decir aquella sed de que el mismo Cristo nos habla (Jn 7, 37): «El que tenga sed -de cosas grandes y nobles, de Verdad, de Belleza, de Amor...- venga a mí y beba». Y bebiendo -conociéndole-creerá en mí. Y «el que cree en mí, ríos de agua viva correrán de su seno». Y esto decía, añade el evangelista, «refiriéndose al Espíritu que habrían de recibir los que creyeren en El».


Fuente: Fr. Albino Menéndez-Reigada, O.P., Prólogo del libro “Teología de la perfección cristiana” de A. Royo Marín. B.A.C., Madrid, 1968.

Oración a la Virgen Niña

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Famosa imagen de la Virgen Niña en Milán

Dulcísima Niña María, radiante Aurora del Astro Rey, Jesús, escogida por Dios desde la eternidad para ser la Reina de los cielos, el consuelo de la tierra, la alegría de los ángeles, el templo y sagrario de la adorable Trinidad, la Madre de un Dios humanado; me tienes a tus plantas, oh infantil Princesa, contemplando los encantos de tu santa infancia. En tu rostro bellísimo se refleja la sonrisa de la Divina Bondad, tus dulces labios se entreabren para decirme: “Confianza, paz y amor...”

¿Cómo no amarte, María, luz y consuelo de mi alma..., ya que te complaces en verte obsequiada y honrada en tu preciosa imagen de Reina Niña? Yo me consagro a tu servicio con todo mi corazón. Te entrego, amable Reina, mi persona, mis intereses temporales y eternos. Bendíceme Niña Inmaculada, bendice también y protege a todos los seres queridos de mi familia. Se tú, Infantil Soberana, la alegría, la dulce Reina de mi hogar, a fin de que por tu intercesión y tus encantos reine e impere en mi corazón y en todos los que amo, el dulcísimo Corazón de Jesús Sacramentado. Amén.

Fuente: devocionario.com

El empresario de Dios

Enrique Shaw 01 01 Siervo de Dios Enrique Shaw

El Siervo de Dios Enrique Shaw, hijo de padres argentinos, Sara Tornquist y Alejandro Shaw, nació en París el 26 de febrero de 1921. En el año 1923, su familia regresa al país. Estudió en el Colegio de La Salle de Buenos Aires, donde fue un alumno sobresaliente. Pero lo que más distinguía a Enrique era su profunda fe religiosa: comulgaba diariamente y era miembro directivo de la Congregación Mariana.

A principios de 1936, después de cumplir 14 años, desea ingresar en la Escuela Naval Militar. Fue principalmente en los rigurosos mares del Sur donde ejerció una comprometida labor apostólica, dando un fuerte testimonio de fe. Figuró entre los tres mejores promedios de su clase y fue el más joven de los graduados hasta entonces en la institución.

Enrique fue siempre muy buen lector y buscaba ansiosamente responder a sus inquietudes. Autodidacta desde muy joven, a los 16 años comenzó a leer libros de economía, política, filosofía, historia y ciencia. Pero en ninguno de estos libros encontró la respuesta que él necesitaba. Una tarde del verano de 1939, en un folleto sobre Doctrina Social de la Iglesia, finalmente encuentra lo que estaba buscando. Él siempre llamó a esto su “conversión”.
Se casa con Cecilia Bunge en 1943 y Dios bendice este matrimonio con nueve hijos, uno de ellos es sacerdote del Opus Dei. Una de sus hijas escribe: “papá admiraba mucho en Santo Tomás Moro cómo transcurrió su vida familiar y demostró su fortaleza al asumir la muerte en el patíbulo en defensa de su fe católica”.

En 1945 Enrique vio que Dios le pedía de ahora en más un apostolado específico. Renuncia a la Marina y se inicia como ejecutivo de las Cristalerías Rigolleau. En poco tiempo llegó a ser Gerente General y a conformar distintos directorios de otras empresas. Durante esos años fue formando una espiritualidad propia relacionada con su vocación de empresario cristiano. Se incorporó a la Acción Católica y al Movimiento Familiar Cristiano.
En 1946 el Episcopado le encarga organizar con otros empresarios la ayuda a la Europa de post-guerra e intenta crear una entidad para que los empresarios sean más cristianos. Enrique funda en 1952 la ACDE (Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa) de la cual es su primer Presidente. Despliega así, una intensa acción evangelizadora dirigida a la clase empresarial tanto del país como de América Latina.

En 1957 se le descubre un cáncer. Inicia una tenaz lucha contra la enfermedad. Sin embargo esto no le impide mantener una intensa actividad participando en congresos, dictando conferencias, editando publicaciones, elaborando su diario y manuscritos. En estos últimos, empieza a despuntar el perfil de un hombre que va uniéndose cada vez más a Cristo: “No basta con hacer las cosas bien, o tal vez muy bien. Es necesario estar totalmente entregado a Cristo, pensar si cada acto está de acuerdo con las intenciones del Corazón de Cristo”,escribe.
En 1958 integra el primer Consejo de Administración de la Universidad Católica Argentina, organiza una librería a la que llama "Casa del Libro", entre otros apostolados. Gran devoto de la Virgen, en 1962 viajó a Lourdes a pedido de los suyos, para pedir el milagro de su curación. Pero él ofreció su vida por familiares y amigos. Fallece en Buenos Aires, el 27 de agosto de 1962, a los 41 años, tras dolorosos padecimientos que enfrentó con entereza, coraje y una profundidad cristiana conmovedora.

Fuente: cf. aciprensa.com

Vivir con Jesús en su Corazón

Herman Wijns 01 01 Siervo de Dios Herman Wijns

El Siervo de Dios Herman Wijns nació el 15 de marzo de 1931 en Merksen, Bélgica. De sus padres aprendió a rezar cada día, por la mañana y por la noche, a participar en la Santa Misa los domingos y a querer bien a todos. Creció convirtiéndose en un amigo de Jesús. Un día, al volver a casa después de sus juegos, encontró a su padre rezando a la Virgen con el rosario. -"Quiero rezar también contigo", -le dice.

Apenas tiene cinco años, pero es muy inteligente. Sus padres lo inscriben en una escuela regida por buenos religiosos. Cada trimestre las notas son mejores. En el colegio, Herman se apasiona por todo, pero especialmente en conocer más y mejor al Señor, cultivando una cada vez más estrecha amistad con Él.
Es el primero de la clase, pero está siempre pronto a ayudar a todos. Acepta con gusto los pequeños sacrificios del estudio, de la disciplina, del respeto a los demás.

En su parroquia, en la primavera de 1937 empieza a asistir al catecismo para prepararse a la 1ª Comunión. Tiene sólo seis años pero insiste a sus padres y al párroco: "Quiero prepararme también, quiero recibir este año la Primera Comunión". El 14 de julio de 1937 realiza su gran sueño: recibe a Jesús Eucaristía por vez primera. Desde aquel momento asistirá a Misa cada día, siempre con la Comunión, acompañado de una confesión frecuentísima, de la oración y de un intenso compromiso de vida cristiana.
Por la tarde regresaba rápidamente a la iglesia, para agradecer a Jesús por haberlo recibido en su corazón por la mañana, y prometerle que viviría "con Él en su Corazón".
Un día su padre le pregunta: "¿Qué quieres ser de mayor?" La respuesta no se deja esperar: "Primero aprenderé a servir en la Misa, después me haré sacerdote". Le responde el padre: "Tienes que prepararte siendo cada día mejor, ofreciendo a Dios tus sacrificios".

Mientras tanto llega una gran desgracia a la familia: el señor Wijns pierde el trabajo. Herman, a la salida del colegio, gana un dinerillo haciendo pequeños recados, contento de poder ayudar en casa.
Continúa fiel a su programa: Oración y penitencia. Se levanta prontísimo, a las cinco de la mañana, corre hacia la iglesia, desgrana su primer rosario, asiste a Misa. Después de comer, el segundo rosario; por la noche, el tercero. Y es solo un niño de 9 años. Con una grandísima fe decide resolver él la triste situación. Empieza una novena a la Virgen, después una segunda, y una tercera... hasta veinticinco novenas. En el último día, después de 25 novenas, su papá encuentra trabajo en el Ministerio. Comenta Herman: "¿Veis cómo cuando se persevera en la oración uno consigue todo de Dios?"

El 24 de mayo de 1941 encuentra por la calle un crucifijo, lo lleva a casa, lo limpia, lo besa, lo cuelga en su habitación diciendo: "Tengo que ofrecerle la vida en reparación por los pecados del mundo, por los llamados al sacerdocio." Al atardecer, jugando con sus amigos, cae y queda herido gravemente en una pierna, perdiendo mucha sangre. En el hospital sufre dos intervenciones muy dolorosas. El 26 de mayo, plenamente consciente, se confiesa, recibe a Jesús Eucaristía en el Viático, y la Extremaunción.
Está tranquilo, con una grande alegría en su rostro, como quien va a una fiesta largamente esperada. El sacerdote que lo asistió le oyó murmurar: "In saecula saeculorum. Amen".
"Papá, mamá, voy a Jesús. Me quedaré con él para siempre". Al instante partía para ver a Dios. Su causa de beatificación fue iniciada en su diócesis natal, en Bélgica.

Fuente: cf. santiebeati.it

El Beato Pier Giorgio y la devoción a la Virgen (II)

Beato Pier Giorgio Frassati 08 08

Un sacerdote recuerda: "Jamás se podría olvidar el haber visto rezar a aquel joven. Se fijaba en la Virgen y parecía devorarla con los ojos".

En sus excursiones a la montaña de esta zona, no dejaba de refugiarse junto a la Virgen. Un compañero de una de estas salidas, que no era católico militante, evoca este recuerdo:
“Regresando con algunos compañeros de una excursión por «sus montañas» pasamos por el santuario de Oropa. Ni bien llegamos nos sentamos en un café. Nos contamos, todos estaban presentes, salvo Pier Giorgio. Había desaparecido sin decir palabra. Al instante cada cual fue en busca de él y le hallamos al fin en el antiguo santuario orando... A nadie le avisó, obró como siempre, sin ostentación, pero también sin respeto humano, del modo más sencillo. Por supuesto que se cuidó bien de hacernos notar nuestra indiferencia, pero ¡cuánto más elocuentes que una reprimenda o una exhortación fueron su silencio y su ejemplo!”

Era un admirador del Dante, lo leía con asiduidad y gusto. Se había copiado el canto que el poeta le dedica en el Paraíso a la Virgen María, lo había aprendido de memoria, y lo recitaba muchas veces, en cualquier lugar... en su casa, en el campo, en la montaña, y hasta en el tren, en las excursiones con sus compañeros:
"¡Oh Virgen Madre, oh Hija de tu Hijo,
alta y humilde más que otra criatura,
término fijo de eterno decreto!"
Dante, La divina comedia, El Paraíso, canto XXXIII

Fuente: P. Diego Cano IVE, Escalada al cielo, biografía de Pier Giorgio Frassati

Heidi y el abandono en Dios (III)

Heidi 02 02 Heidi, película de 1968

Cuando ese día las niñas estaban contemplando el brillo de las estrellas desde sus camas, Heidi dijo:

- ¿No se te ha ocurrido hoy en todo el día lo estupendo que es que el buen Dios no ceda cuando no dejamos de rogarle algo con mucha insistencia, pero él sabe que hay otra cosa mucho mejor?
- ¿Por qué dices eso ahora de repente, Heidi? -preguntó Klara.
- Porque en Frankfurt yo le rogaba con mucha insistencia que pudiera volver a casa de inmediato, y como no podía, yo pensaba que el buen Dios no me escuchaba. Pero ¿sabes qué? Si yo me hubiera ido tan pronto, tú nunca habrías venido y no te habrías curado en los Alpes.
Klara se quedó muy pensativa.
- Pero, Heidi -empezó a decir-, entonces no tendríamos que rogarle nada, porque el buen Dios siempre sabe mucho mejor que nosotros lo que nos conviene y lo que vamos a rogarle.
- Vaya, Klara, ¿entonces crees que sólo es eso? -se apresuró a decir Heidi-. Todos los días hay que rezar al buen Dios y por todo por todo; porque él tiene que oír que no le olvidamos para que nos lo dé todo. Y si olvidamos al buen Dios, él también se olvida de nosotros, eso lo ha dicho la abuelita. Pero ¿sabes? Si no nos da lo que nos gustaría, no debemos pensar que el buen Dios no nos ha escuchado y dejar de rezar, sino que tenemos que rezar así: «Ahora sé, querido Dios, que tú estás pensando en algo que me conviene más, y yo me alegro de que quieras hacer las cosas tan bien.»
- ¿Cómo se te ha ocurrido todo esto, Heidi? -preguntó Klara.
- La abuelita me lo explicó primero, y luego ha sucedido así, y entonces me he dado cuenta. Pero yo creo, Klara -continuó diciendo Heidi mientras se incorporaba-, que hoy debemos darle muchas gracias al buen Dios, porque nos ha concedido la gran dicha de que ahora puedas andar.
- Sí, claro, Heidi, tienes razón, y me alegro de que me lo recuerdes, de pura alegría casi lo había olvidado.
Entonces las niñas se pusieron a rezar y le dieron las gracias al buen Dios, cada una a su manera, por el magnífico don que le había regalado a Klara después de tantos años enferma.

Fuente: Johanna Spyri, Heidi, ed. Nórdica

Grábame como un sello sobre tu Corazón

Sagrado Corazon 35 67

Visitando San Luis IX de Francia las plazas fuertes de su reino, llegó un día a Dornix, fortaleza de Flandes, donde los habitantes le habían preparado un curioso recibimiento. Habían escogido a la joven más agraciada del pueblo y, vestida de gala y con un precioso estuche en la mano, la enviaron al encuentro de su Majestad, en nombre de la población entera. El rey la recibió con singulares muestras de agrado, abrió con curiosidad el estuche y ¡cuál no sería su sorpresa! al encontrar en él un corazón de oro, en el que iba incrustado un hermosísimo lirio, formado con riquísimos diamantes, en cuyos pétalos había grabada esta preciosa leyenda: «Así ama el pueblo a su rey y lo encierra en su corazón». Conmovido el soberano por tan delicadísima muestra de amor, apretó el corazón de oro contra su corazón real, exclamando: “Y así ama y encierra el rey a su pueblo en su corazón”.

Bellísima representación del amor de un Rey a sus vasallos, sólo superado por el amor del Corazón de Jesús a sus apóstoles. Dice Santa Margarita: “Me parece que me ha hecho ver (el Señor) que muchos estaban allí escritos (en su Corazón) a causa del deseo que tienen de hacerle honrar, y que por eso no permitirá jamás que sean borrados”. El Beato Bernardo de Hoyos, primer propagador de esta devoción en España, se consagraba al Sagrado Corazón de Jesús el 12 de junio de 1733, primer viernes después de la octava del Corpus, con la devota fórmula del P. Claudio de la Colombière, en la Iglesia de San Ambrosio de Valladolid, ante Jesús Sacramentado, y firmaba después la consagración con estas palabras: “El amado y amantísimo discípulo del Sacratísimo Corazón de Jesús, Bernardo Francisco de Hoyos”.Dice que al firmar “conocí por un modo suavísimo, no tanto de visión cuanto de tacto o experiencia palpable, que Jesús escribía mi nombre en su Corazón”.
Si interpretamos estas palabras en el sentido del lenguaje humano, quiere decir que Jesucristo promete una amistad entrañable y eterna. Y, si se interpretan en el lenguaje divino de las Sagradas Escrituras, hemos de deducir la misma conclusión. La Sagrada Escritura nos habla de un libro, que llama “de la vida”. Libro, donde están escritos los nombres de los predestinados. Y ¿qué libro es ése? “Mi Corazón es el Libro de la Vida”, dijo a Santa Margarita Nuestro Señor, que en su vida mortal había asegurado: “Yo soy la vida”.

La sociedad perpetúa la memoria de sus grandes bienhechores, poniendo sus nombres en monumentos, estatuas... Jesucristo no es menos agradecido y quiere recompensar a los que le ayudan en propagar su reinado de amor por el mundo. Él no promete escribirlos en mármol, o en bronce: los grabará en su propio Corazón. Llevar a una persona en el corazón es la mayor prueba de cariño. Sentirse amado por otra persona produce satisfacción muy honda. No sólo nos asegura Jesucristo que escribirá en su Corazón el nombre de sus apóstoles, sino que se realza la promesa con la indelebilidad.

El corazón de los hombres es voluble y lo que escribe en él es inestable. Es como la arena de la playa. Escribes un nombre en la arena y qué poco dura. Una racha de viento, unas gotas de agua bastan para borrarlo. Así es el corazón humano. Se escribe en él un nombre, y pronto desaparece. Las gotitas de agua de un disgusto bastan para hacer deshacer la amistad, que se creía eterna. El viento frío de una separación, un poco prolongada, apaga la llama del amor. Mal libro es el corazón humano, para conservar los nombres escritos en él. Pero el Corazón de Jesús es todo lo contrario. Los nombres que Jesucristo escribe en su Corazón, ahí quedan para la eternidad, si el hombre no se empeña en borrarlo. ¡Jesús haz que yo cuide de Ti, y de tus cosas, para que Tú cuides de mí y de las mías; y escribe mi nombre en tu Corazón Divino!

Fuente: P. Manuel Mosquero Martin S.J, Las promesas del Sagrado Corazón de Jesús

La Madre Dolorosa es consuelo de los afligidos

Virgen de los Dolores 13 34

Considera que la contemplación de los dolores de María es un antídoto sumamente provechoso contra las aflicciones que se padecen en esta vida y, al mismo tiempo, un motivo para esperar con mayor confianza en la divina misericordia.

Los dolores de María Santísima, bien considerados, deben fortalecer el alma del cristiano y llenarle de soberanos consuelos, por más que las aguas amargas de la tribulación le hayan sumergido hasta lo más hondo.
Porque, ¿qué penas pueden ser las tuyas, oh cristiano, que merezcan compararse con las de aquella Señora? ¿Te han usurpado tus posesiones? A María Santísima le quitaron su Hijo, en donde estaban encerrados todos los inmensos tesoros de las riquezas divinas.
¿Han vulnerado tu honor, afeándole con imposturas y ennegreciéndole con calumnias afrentosas? María Santísima tiene a su Hijo, que es la misma inocencia, crucificado por revoltoso, por embaucador, por un hombre tan malo que quería levantarse por rey; y llegó a tanto el vilipendio que llegaron a posponerle al facineroso Barrabás.
¿Te han privado de tu pariente, de tu esposo, o de tu hijo? María Santísima se ve viuda, porque Jesucristo es el esposo de las vírgenes; le han quitado un hijo Dios de quien era verdadera madre, y con él le han quitado todos los bienes imaginables, pues todos se contienen en la naturaleza divina.
¿Padeces enfermedades, tienes tu cuerpo cubierto de llagas, te afligen el hambre, la sed, la pobreza y todos los dolores? María Santísima se ve despreciada de todos, sin tener modo de aliviar la sed de su Hijo, ni darle sepultura, y su bendita alma está hecha el teatro más lastimoso de cuantos inventó la crueldad, y del más triste desamparo.

Sin embargo de eso, María es inocentísima y se conforma perfectamente con la voluntad de su Dios. ¿Quién eres tú, pues, que pretendes eximirte de los trabajos de este mundo con una conducta llena de delitos? ¿No será más razonable pensamiento el llenar tu corazón de una santa tranquilidad y consuelo, considerando en las dificultades con que Dios te trata cómo trató a su misma Madre? A más de que, en esto mismo, puedes asegurar una dulce esperanza de las eternas recompensas. El mismo Dios tiene dicho que no será coronado sino el que hubiese peleado con fortaleza. El sufrimiento de las penalidades de esta vida es la lucha a la cual está prometida la palma y la victoria.
Por otra parte, el haber padecido tanto la Madre de Dios te asegura que en sus dolores tienes un caudal con que pagar tus deudas, y un repuesto de merecimientos en que afianzar tus esperanzas. María, inocentísima y sin la más leve mancha de pecado, a imitación de su Hijo, no padeció para sí sino para beneficio del linaje humano. Ensancha, pues, ese corazón, y conoce que en los dolores de María tienes todo tu consuelo y en donde colocar la esperanza de conseguir la vida eterna.

Fuente: J. Croisset, sj, Año cristiano

La espesura de la Cruz

Exaltacion de la Cruz 03 04

Por más misterios y maravillas que han descubierto lo santos doctores y entendido las santas almas en este estado de vida, les quedó todo lo más por decir y aun por entender, y así hay mucho que ahondar en Cristo, porque es como una abundante mina con muchos senos de tesoros, que, por más que ahonden, nunca les hallan fin ni término, antes van hallando en cada seno nuevas venas de nuevas riquezas acá y allá.

Que por eso dijo san Pablo del mismo Cristo, diciendo: En Cristo moran todos los tesoros y sabiduría escondidos. En los cuales el alma no puede entrar ni llegar a ellos, si, como habemos dicho, no pasa primero por la estrechura del padecer interior y exterior a la divina Sabiduría.
Porque, aun a lo que en esta vida se puede alcanzar de estos misterios de Cristo, no se puede llegar sin haber padecido mucho y recibido muchas mercedes intelectuales y sensitivas de Dios, y habiendo precedido mucho ejercicio espiritual, porque todas estas mercedes son más bajas que la sabiduría de los misterios de Cristo, porque todas son como disposiciones para venir a ella.

¡Oh, si se acabase ya de entender cómo no se puede llegar a la espesura y sabiduría de las riquezas de Dios, que son de muchas maneras, si no es entrando en la espesura del padecer de muchas maneras, poniendo en eso el alma su consolación y deseo! ¡Y cómo el alma que de veras desea sabiduría divina desea primero el padecer, para entrar en ella, en la espesura de la Cruz!
Que, por eso, san Pablo amonestaba a los de Éfeso que no desfalleciesen en las tribulaciones,que estuviesen bien fuertes y arraigados en la caridad, para que pudiesen comprender, con todos los santos, qué cosa sea la anchura y la longura y la altura y la profundidad, y para saber también la supereminente caridad de la ciencia de Cristo, para ser llenos de todo henchimiento de Dios.
Porque para entrar en estas riquezas de su sabiduría la puerta es la cruz, que es angosta. Y desear entrar por ella es de pocos; mas desear los deleites a que se viene por ella es de muchos.

Fuente: San Juan de la Cruz, Cántico espiritual

Mira a la estrella, llama a María

Santa Teresita 19 46 Santa Teresita novicia

Y el Nombre de la Virgen, dijo, era María. Digamos algo acerca de este nombre, que significa estrella del mar, adaptándose a la Virgen Madre con toda conveniencia. Compárase María oportunísimamente a una estrella; porque así como la estrella lanza el rayo de su luz sin corrupción de sí misma, así, sin lesión suya, dio a luz la Virgen a su Hijo. Ni el rayo disminuye en la estrella su claridad ni el Hijo en la Virgen su integridad. Ella, pues, es aquella noble estrella nacida de Jacob, cuyos rayos alumbran todo el orbe, cuyo resplandor brilla en las alturas y cala los abismos; y alumbrando también a la tierra y calentando más bien los corazones que los cuerpos, fomenta virtudes y consume vicios. Esta misma, repito, es la esclarecida y singular estrella, elevada por necesarias causas sobre este mar grande y espacioso, brillando con méritos, ilustrando con ejemplos.

Oh, quienquiera que seas el que en la impetuosa vorágine de este siglo te miras más bien fluctuando entre borrascas y tempestades que andando por el suelo, no apartes los ojos del resplandor de esta estrella si quieres no ser oprimido por las borrascas.
Si se levantaren los vientos de tentaciones, si tropezares en escollos de tribulaciones, mira a la estrella, llama a María. Si fueres agitado por olas de soberbia, o de detracción, o de ambición, o de la emulación, mira a la estrella, llama a María. Si la ira, o la avaricia, o el deleite carnal sacudiere la navecilla de tu alma, mira a María. Si turbado ante la memoria de la enormidad de tus culpas, confuso a la vista de la fealdad de tu conciencia, aterrado ante la idea del horror del juicio, comienzas a ser absorbido en la sima sin fondo de la tristeza, en el abismo de la desesperación, piensa en María, invoca a María.

No se aparte María de tu boca, no se aparte de tu corazón; y para conseguir los sufragios de su intercesión, no te desvíes de los ejemplos de su virtud. No te extravías si la sigues, no desesperas si la ruegas, no te pierdes si en ella piensas. Si ella te tiene de su mano, no caes; si ella te protege, nada temas; si ella te guía, no te fatigas; si ella te ampara, llegas al puerto; y así, en ti mismo experimentas con cuánta razón se dijo: Y el nombre de la Virgen era María.

Fuente: San Bernardo, Homilía 2 sobre Missus est

El Santísimo Nombre de María

Santisimo Nombre de Maria 01 01

Hoy, 12 de septiembre, la Iglesia celebra la memoria del Santísimo Nombre de María. En esta conmemoración se propone a Nuestra Señora, Madre de Dios y Madre de los hijos de Dios, ante los ojos de los fieles, como figura de la Madre del Redentor, cuyo nombre piadosamente debemos invocar.

Ofrecemos el siguiente texto tomado de los sermones de San Antonio de Padua como meditación propicia para la celebración de este día.

«Refúgiate en la Virgen María, oh pecador, porque es ella la ciudad de refugio. En efecto, como se dice en el libro de los Números, en otro tiempo el Señor mandó: Elegiréis ciudades que sean para vosotros ciudades de refugio, donde pueda refugiarse el homicida que hubiere muerto a alguno sin querer. Así ahora la misericordia del Señor ha puesto como refugio de misericordia el nombre de María hasta para los homicidas voluntarios.
Torre fortísima es el nombre de la Señora. En ella se refugiará el pecador y se salvará. Nombre dulce, nombre que conforta al pecador, nombre de dichosa esperanza. Señora, tu nombre está en el deseo de mi alma.
El nombre de la Virgen era María, dice san Lucas. Es tu nombre perfume que se difunde. El nombre de María es júbilo en el corazón, miel en la boca, melodía en el oído. Noblemente, pues, en alabanza de la Virgen Santísima se dice: Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que mamaste.
Por eso, te pedimos, Señora nuestra, esperanza nuestra, que Tú, Estrella del mar, irradies luz a nosotros, sacudidos por la tempestad de este mar, nos encamines al puerto, y protejas nuestra muerte con la tutela de tu presencia, a fin de que merezcamos salir seguros de la cárcel y lleguemos alegres al gozo interminable. Ayúdenos Aquel a quien llevaste en tu vientre bendito y amamantaste en tus pechos sacratísimos. A Él sea dada honra y gloria por los siglos de los siglos. Amén.»

Fuente: San Antonio de Padua, Sermones

En torno a Sarmiento

Sarmiento 01 01b

“Si los pobres de los hospitales, de los asilos de mendigos y de las casas de huérfanos se han de morir, que se mueran; porque el Estado no tiene caridad, no tiene alma. El mendigo es un insecto, como la hormiga. Recoge los desperdicios. De manera que es útil sin necesidad de que se le dé dinero. ¿Qué importa que el Estado deje morir al que no puede vivir por sus defectos? Los huérfanos son los últimos seres de la sociedad, hijos de padres viciosos, no se les debe más que de comer.”

Estas espantosas frases fueron pronunciadas por Domingo Faustino Sarmiento el 13 de septiembre de 1859, en un discurso en el Senado de Buenos Aires (cualquier similitud con la realidad actual no es pura coincidencia). Hoy, como ocurre cada 11 de septiembre, aniversario de su muerte, se lo propone como modelo de patriota argentino, «Padre del aula», el «gran maestro». Otro caso entre tantos de falseamiento de la historia por parte de los enemigos de Dios y de la Patria. Los verdaderos próceres son olvidados, opacados o desfigurados en la enseñanza impartida desde la niñez, mientras se ensalza a quienes han trabajado positivamente en la descristianización de la Nación.

Y no se piense que las frases anteriormente citadas sean una excepción entre las expresiones del «gran sanjuanino». Así de cínico era su pensamiento, y así lo expresó en numerosas ocasiones. Decía el ilustre prócer en 1840: “Es preciso emplear el terror para triunfar. Debe darse muerte a todos los prisioneros y a todos los enemigos. Todos los medios de obrar son buenos y deben emplearse sin vacilación alguna imitando a los jacobinos de la época de Robespierre.” Y, en carta a Mitre, se expresaba así: “No trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre de esta chusma criolla, incivil, bárbara y ruda, es lo único que tienen de seres humanos.” “En las provincias viven animales bípedos de tan perversa condición que no sé qué se obtenga con tratarlos mejor.”
En los periódicos “El Progreso” y “El Nacional” vertía los siguientes conceptos: “¿Lograremos exterminar los indios? Por los salvajes de América siento una invencible repugnancia sin poderlo remediar. Esa canalla no son más que unos indios asquerosos a quienes mandaría colgar ahora si reapareciesen. Incapaces de progreso, su exterminio es providencial y útil, sublime y grande. Se les debe exterminar, sin siquiera perdonar al pequeño, que tiene ya el odio instintivo al hombre civilizado.”
¡Qué diferencia con el espíritu de los monarcas, conquistadores y evangelizadores españoles, hoy anatemizados por la leyenda negra que la masonería labrara en torno a ellos! Y el mismo Sarmiento compartía ese odio visceral a la España católica: su anticlericalismo era una forma de este odio.

Cuando en el año 1884 la Congregación del Santo Oficio advirtió a los católicos acerca de los peligros de la masonería, Sarmiento reaccionó expresándose en los siguientes términos: “Todos se estrellan contra la ceguedad vetusta de la cancillería romana; contra aquella roca endurecida por los siglos; contra ese obscurantismo clerical italiano que se llama Curia Romana...”
¿Acaso pertenecía Sarmiento a la “secta maldita”, como llamara León XIII a la masonería? No sólo perteneció, sino que fue uno de sus máximos exponentes en nuestro país. En el año 1860 él y Bartolomé Mitre son elevados a Soberanos Grandes Inspectores Generales, Grado 33. Y en 1882 Sarmiento es nombrado Gran Maestre de la Masonería Argentina.
Sabiendo esto no habrán de extrañarnos las siguientes frases del “ilustre sanjuanino”:
“Córdoba, en tres siglos de monjas, frailes y clérigos con colegios, universidades y seminarios, fundados por obispos, curas y jesuitas, sólo enseñó a ser, con orgullo, ignorantes por principio...”
“La educación monacal, clerical, de monjas y frailes mata la inteligencia y la estorba desenvolver su capacidad...”
El paroxismo del odio religioso eclosiona en Sarmiento cuando, en 1883, exclama: “Las congregaciones de hermanas docentes son bandas de mujeres emigrantes confabuladas que se apoderan de todas las escuelas públicas para embrutecer a las chicuelas del país... Son fanáticas e ignorantes... Tal hierba maligna es preciso extirpar.”
Otros insultos y blasfemias contra la fe católica y quienes la viven repugna reproducirlas aquí.
Terminemos este somero análisis del «Padre del aula» diciendo con Alberto Ezcurra Medrano: todo lo que podemos hacer por Sarmiento es rogar a Dios por su alma y esperar que le haya perdonado sus errores.

Fuente: cf. Blas Barisani, En torno a Sarmiento

El Beato Pier Giorgio y la devoción a la Virgen (I)

Beato Pier Giorgio Frassati 07 07

Para Pier Giorgio, la devoción a la Virgen fue: dulzura y fortaleza. En ella encontraba el consuelo en las horas amargas, en las dificultades; y Ella era quien le infundía valor y fuerzas para los combates cotidianos. Esta devoción, tierna y viril a la vez, la concebía sin amaneramiento ni exageraciones. Consistía principalmente en el rezo del Santo Rosario y la visita a los santuarios más amados por la piedad de los católicos.

Entre estos santuarios más amados por Pier Giorgio, se encuentra en principalísimo lugar el de Nuestra Señora de Oropa, en el Piamonte. Situado a una altura de 1.180 metros, en la mitad del monte Mucrone, en una gran explanada que domina la montaña. Desde pequeño asistía frecuentemente a este santuario en compañía de sus padres o de sus amigos. Siendo ya mayor, cuando iba solo, le gustaba mucho recorrer caminando los ocho kilómetros que separaban la casa de campo, desde Pollone hasta el Santuario. Salía de su casa cantando alguna canción a la Virgen, y llegaba a la iglesia rezando el Rosario. Después entraba en la iglesia, donde se confesaba y comulgaba.

Pollone, el lugar de veraneo en la casa de los abuelos maternos, era muy grato a Pier Giorgio, sobre todo por la cercanía al Santuario, y porque ese tiempo le permitía cumplir con esta tierna devoción, que durante el año era más difícil llevar a cabo con tanta fruición. En ese oasis de paz de Pollone podía dedicarse mejor al estudio. Pero a la vez, disfrutaba el poder honrar todos los días a la Virgen en su Santuario. Con el fin de no ser regañado por sus familiares, cumplía con todas sus devociones muy temprano, antes que se levantara del resto de la familia.

Para poder estudiar y a la vez ir frecuentemente a honrar a la Virgen sin faltar a sus deberes, de acuerdo con su jardinero, había planeado una estrategia muy original. Los motivos eran dos: no robar tiempo al estudio en las horas del día, y no molestar a los familiares con sus salidas a la madrugada.
El jardinero lo despertaba al alba jalando una cuerda que colgaba por la ventana hasta el jardín, y que estaba atada a la mesa de luz de Pier Giorgio. Cuando el jardinero llegaba a la casa, bien temprano, tiraba de la cuerda, y Pier Giorgio se levantaba rápido de la cama. Se vestía a toda prisa, y salía de la casa por una puerta secundaria, y recorría a pie los ocho kilómetros hacia el Santuario. Allí escuchaba la Misa, comulgaba, y luego regresaba a la casa. A las ocho estaba puntualmente sentado a la mesa para desayunar, para proseguir luego con el estudio.
Los familiares -poco religiosos- se alegraban, convencidos de que se trataban de bellos paseos matutinos para despejarse y poder aplicarse después, con mayor provecho, al estudio. En realidad se trataban de verdaderas peregrinaciones eucarísticas y marianas.

Fuente: P. Diego Cano IVE, Escalada al cielo, biografía de Pier Giorgio Frassati

La Natividad de la Santísima Virgen

Natividad de Maria 01 02

Después del nacimiento de Jesús, ningún nacimiento ha sido tan importante a los ojos de Dios, ni tan importante para el bien de la humanidad, como el de María. Y sin embargo, ese nacimiento permanece en completa oscuridad. En el Evangelio la figura de María está casi completamente oscurecida por la de su divino Hijo. Los evangelistas nos dicen de Ella lo imprescindible para presentar a la Madre del Redentor; y, en efecto, entra en escena sólo cuando se inicia la narración de la encarnación del Verbo.

La vida de María se confunde, se pierde en la de Jesús; María vivió verdaderamente escondida con Cristo en Dios. Y notemos que vivió en la oscuridad no sólo durante los años de su infancia, sino también en los días de su maternidad divina, hasta en los momentos de triunfo de su Hijo, hasta cuando una mujer entusiasmada por las maravillas que Jesús realizaba, alzó su voz en medio de la turba, gritando: «¡Bienaventurado el seno que te llevó y los pechos que mamaste!» (Lc 11, 27).

Sea, pues, para nosotros la solemnidad mariana que hoy celebramos una invitación a la vida escondida, a escondernos con María en Cristo y con Cristo en Dios. Muchas veces es Dios mismo el que, a través de las circunstancias, se encarga de hacernos vivir en la oscuridad; debemos entonces estarle muy agradecidos y valernos de estas ocasiones para progresar cada vez más en la práctica de la humildad y de la vida oculta. Otras veces, por el contrario, el Señor nos puede confiar misiones, oficios, obras de apostolado que nos pongan en el candelero; pues bien, en tales circunstancias, igualmente debemos procurar desaparecer lo más posible. No debemos negarnos a obrar pero tenemos que obrar de forma que sepamos eclipsarnos apenas nuestra palabra deje de ser estrictamente necesaria para el feliz éxito de las obras a nosotros encomendadas.
Todo lo demás: las alabanzas, los aplausos, la relación de los triunfos o la apología de los fracasos, no nos debe interesar; frente a todo esto nuestra táctica debe ser la de retirarnos con santa naturalidad.
Un alma de vida interior debe abrigar el ansia de esconderse lo más que pueda bajo la sombra de Dios, porque, si algo bueno ha podido hacer, está convencida de que todo ha sido obra de Dios y por eso procura con premurosa delicadeza que todo redunde únicamente en gloria suya.
Que la vida humilde y escondida de María sea el modelo de la nuestra, y, si para emularla tenemos que luchar contra las tendencias siempre renacientes del orgullo, recurramos confiados a su ayuda materna y María nos hará triunfar de toda suerte de vanagloria.

“Cuando en el mar de este mundo me siento juguete de las borrascas y tempestades, tengo los ojos fijos en ti, oh María, fúlgida estrella, para no ser sumergido por las olas.
Cuando se levantan los vientos de las tentaciones, cuando encallo en la escollera de las tribulaciones, pongo en ti mis ojos y te invoco, oh María.
Cuando me agitan las olas de la soberbia, de la ambición, de la maledicencia y de la envidia, pongo en ti mis ojos y te invoco, oh María.
Cuando la cólera o la avaricia o las seducciones de la carne azotan la frágil barquilla de mi alma, siempre miro a ti, oh María.
Y si, turbado por la enormidad de las culpas, confundido por la fealdad de mi conciencia, aterrado por la severidad del juicio, me sintiese arrastrado al vórtice de la tristeza, al abismo de la desesperación, elevaría aún a ti los ojos, invocándote siempre, oh María” (San Bernardo).

Fuente: cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Sequedad en la oración (II)

Meditar 10 10

Por medio de la sequedad el alma adelanta también en la humildad. En efecto, la incapacidad de meditar, de fijar su atención, de excitar buenos sentimientos en su corazón, la convence todavía más de su nada, se la hace tocar con la mano, de modo que no necesita esfuerzo ni razonamiento para ver que sin la ayuda de Dios no puede en verdad hacer nada. Y así, poco a poco, se va despojando de aquella estima de sí, de aquel sentimiento de confianza en las propias fuerzas que más o menos en secreto se habían adentrado en ella cuando todo le resultaba fácil y gustoso en su vida de oración.

Al mismo tiempo, viéndose tan pobre y necesitada delante del Señor, nace en ella un sentimiento de mayor respeto, de mayor reverencia a la Majestad infinita de Dios. Cuando lograba en la oración tratar con Él de corazón a corazón, quizás olvidaba un poco la infinita distancia que siempre media entre Dios y la criatura.

Sí, Dios quiere que tratemos con Él con gran confianza y nos invita de mil modos a su intimidad; con todo, Él permanece siempre el Inaccesible y nosotros la nada, la miseria. Por eso, es muy apreciable ese sentimiento de mayor reverencia que madura en el alma a través de la experiencia de su nada, y que le permitirá acercarse a Dios con verdadera humildad de corazón, aun en los momentos de intimidad más estrecha.
Por eso, si el alma no puede hacer en la oración otra cosa que humillarse delante del Señor, reconocer su propia nada, mostrarle las debilidades e incapacidades propias, y adorar su grandeza infinita, habrá empleado muy bien el tiempo.
En este estado de sequedad, sobre todo cuando el alma es atormentad por las distracciones, se tiene la impresión de que es poco el fruto de la oración; pero no se desanime, porque, como dice San Pedro de Alcántara, delante de Dios mucho hace quien hace todo lo poco que puede.
No es gran cosa perseverar en la oración cuando se halla consuelo, pero lo es cuando la devoción sensible es poca. Antes bien, acaece que la oración entonces es mucha y mucha la humildad, la paciencia, la perseverancia.

“¡Oh Jesús! A vuestro lado, nada. ¡Sequedad!... ¡Sueño!... Con todo soy demasiado dichosa de que no os toméis molestia por mí; tratándome así demostráis que no soy para Vos una extraña.
Que mis tinieblas sirvan, Señor, para esclarecer a las almas. Yo estaré contenta y consentiré, si es vuestra voluntad, en caminar toda mi vida por la ruta oscura que sigo con tal que un día llegue al término de la montaña del amor.
Sí, soy muy dichosa de no tener consuelo alguno, pues veo que así mi amor no es como el de las prometidas de la tierra, que miran siempre las manos de sus prometidos para ver si les llevan algún regalo, o bien su rostro, para sorprender en él una sonrisa de amor que las cautive... No deseo el amor sensible, sino sólo el conocido por Vos” (S. Teresa del Niño Jesús)

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

La reinstauración de la Cristiandad

Peregrinacion NSC 01 01

¿Qué podemos hacer para colaborar en la reinstauración de la Cristiandad? Aquí tres medios que pueden acercarnos a ello:

.1. Rezar por nuestros gobernantes, actuales y futuros, ya que ellos son un factor fundamental porque cuentan con poderosos medios para fomentar un orden social cristiano. Como decía San Alfonso María de Ligorio: “Lo que puede hacer un soberano tocado por la gracia de Dios, en interés de la Iglesia y de las almas, no lo harán nunca mil misiones”.
En una época en que quienes acceden al poder no son dignos de imitación, parece ésta una causa perdida, pero volvamos a recordar al Beato Carlos de Austria. Fue un gobernante verdaderamente católico de hace no tanto tiempo (S. XX), convencido de que su misión era un mandato de Dios. Aunque pocos, aún hay gobernantes que se proponen instaurar el reinado de Cristo a través de su gobierno, creando las condiciones sociales que hacen posible una vida cristiana y de santidad, y los habrá más si rezamos y nos formamos para ello.

.2. La legislación debe ser garantía para que el ciudadano pueda vivir en paz y dignamente, según la ley natural. Sólo sobre esa base el cristiano puede cumplir con la ley de Dios. ¿Cómo podrá lograrse un orden social cristiano si retrocedemos a un “orden” donde ya no se respeta ni lo meramente humano? Todos, con nuestras oraciones, ofrecimientos y testimonios podemos luchar en contra de ese mal.

.3. Por último, militar como laicos tanto en el orden público como en el privado. Es obligatorio para un católico dar testimonio de su fe como defensa contra el mundo (que desde siempre se opone a ella) y por la vocación de profeta que recibe en el Bautismo.
Santo Tomás pensaba que “cada uno está obligado a manifestar públicamente su fe, ya sea para instruir y animar a los otros fieles, ya para rechazar los ataques de los adversarios”.Esto no puede reducirse a la devoción privada ni a los actos públicos de beneficencia, sino que implica un testimonio de vida íntegramente cristiana, un afán primordial de hacer triunfar la Realeza social de Cristo, un dejar de lado aquella falsa “tolerancia” que sólo favorece que persista el error y tapa el noble deber de corrección, al que nos llama la caridad.

Como bautizados, tenemos el deber de expandir el Reino de Cristo. La apostasía general actual no puede ser una excusa para el refreno o desánimo, sino motivo de aliento y fortalecimiento para nuestro obrar evangelizador. No podemos tomar una postura intermedia, porque como Cristo enseñó, “El que no está conmigo está contra mí” (Mt 12, 30). Prudencia sí, pero no tibieza. Auténtica tolerancia, pero nunca complacencia o negociación con el error. Una religión vivida a medias no salva a nadie. Sólo es eficaz la fe vivida en plenitud.

Fuente: Nuestra Señora de la Cristiandad, Libro del Peregrino 2018

Sequedad en la oración (I)

Roca de salvacion 01 01 Roca de salvación

Ayúdame Señor, a buscarte y unirme a ti, aun en la sequedad y debilidades de espíritu.

Aun sin la intervención de las causas físicas o morales que ya mencionamos anteriormente (en el tema de “La aridez”), se puede caer repentinamente de un estado fervoroso en la sequedad más absoluta. Esto acaece por obra directa de Dios que pone al alma en la imposibilidad de hacer oración ayudándose de la imaginación, y de ejercitarse, como antes, en actos sensibles de amor. Mientras antes el alma meditaba o se entretenía con Dios afectuosamente, con gusto y facilidad, ahora ya no saca jugo de nada: le es imposible reunir dos conceptos. Pensamientos y lecturas, que otras veces la conmovían tanto, la dejan ahora totalmente indiferente y el corazón permanece duro y frío como una piedra.
Aunque vigila cuidadosamente el mantenimiento fiel de la mortificación y generosidad, a pesar de intensificar la preparación a la meditación y de pedir fervorosamente al Señor que la ayude, no logra obtener de su corazón una gotita de amor. Entonces la pobrecilla se aflige e intimida, pensando que por alguna culpa pasada el Señor la ha abandonado y no sabe que esta especie de aridez esconde una grande gracia de Dios, gracia de purificación y de adelanto en los caminos del espíritu.

De hecho, mediante la sequedad, el Señor pretende librarla de las niñerías de la sensibilidad para trasladarla al grado más puro y sólido del amor de voluntad. Cuando el alma encontraba tanto consuelo en la oración, sin darse cuenta se apegaba un poco a las consolaciones sensibles, y así buscaba y amaba la oración no únicamente por Dios, sino también un poco por sí misma. Privada ahora de todo gusto, aprenderá a ocuparse en ella sólo por agradar al Señor.
Además, no encontrando apoyo alguno en los pensamientos sutiles y en las dulces emociones, aprenderá a vivir sólo con la energía de la voluntad, ejercitándose en actos de fe y amor completamente áridos pero tanto más meritorios cuanto más voluntarios. Así su amor a Dios será más puro, siendo más desinteresado y más sólido, por ser más voluntario.

“Bendito sea, Señor, tu nombre por todos los siglos, porque dispusiste que sufra esta tribulación. Yo no puedo evitarla, por eso recurro a ti para que me ayudes y me la conviertas en bien. Señor, estoy profundamente afligido, mi corazón no tiene reposo y está muy apenado por esta dura prueba ¿qué diré, oh Padre amadísimo? Estoy angustiado: sálvame, Señor. Esto me acaece para mayor gloria tuya, pues seré muy humillado y Tú me librarás después. Dígnate, Señor, librarme, porque solo, miserable como soy, ¿qué puedo hacer y a dónde iré sin ti?
Dame también ahora la gracia de la paciencia: ayúdame, Señor, y no temeré cualquier prueba. Y entre tanto ¿qué diré yo en medio de estas congojas? Señor, que sea hecha tu voluntad. He merecido, por desgracia, ser atribulado y agobiado por el dolor. Y me es útil el sufrir: al menos concédeme soportarlo con paciencia hasta que la tormenta pase y torne la calma” (Imitación de Cristo, III, 29, 1-2).

Fuente: cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Bienes de la enfermedad (II)

San Juan Bautista de La Salle 01 01 San Juan Bautista de La Salle

Debe aconsejarse a los enfermos que consideren cuán grande don es la molestia del cuerpo, con la que pueden lavar los pecados cometidos y reprimir los que podrían cometerse. Mediante las llagas exteriores, en efecto, el dolor causa en el alma las llagas de la penitencia, conforme a lo que está escrito: los males se purgan por las llagas y con incisiones que penetran hasta las entrañas (Pr 20, 30).

Se purgan los males por las llagas, esto es, el dolor de los castigos purifica las maldades, tanto las de pensamiento como las de obra, ya que con el nombre de entrañas suele entenderse generalmente el alma, y así como el vientre consume las viandas, así el alma, considerando las molestias, las purifica.

Para que los enfermos conserven la virtud de la paciencia, se les debe exhortar a que continuamente consideren cuántos males soportó Nuestro Redentor por sus criaturas; cómo aguantó las injurias que le inferían sus acusadores; cómo Él, que continuamente arrebata de las manos del antiguo enemigo a las almas cautivas, recibió las bofetadas de los que le insultaban; cómo Él, que nos lava con el agua de la salvación, no hurtó su rostro a las salivas de los pérfidos; cómo Él, que con su palabra nos libra de los suplicios eternos, toleró en silencio los azotes; cómo Él, que nos concede honores permanentes entre los coros de los ángeles, aguantó los bofetones; cómo Él, que nos libra de las punzadas de los pecados, no sustrajo su cabeza a la corona de espinas; cómo Él, que nos embriaga de eterna dulcedumbre, aceptó en su sed la amargura de la hiel; cómo Él, que adoró por nosotros al Padre, aun siendo igual al Padre en la eternidad, calló cuando fue burlonamente adorado; cómo Él, que dispensa la vida a los muertos, llegó a morir siendo Él mismo la Vida.

Fuente: San Gregorio Magno, Regla pastoral. textoshistoriadelaiglesia.blogspot.com

Devoción a la Purísima Virgen María

Meditar 09 09

La devoción a la Virgen es fundamental en la vida del joven. Decía San Alfonso que es imposible que un cristiano sea bueno sin la devoción a María. También podríamos agregar que es imposible que un joven sea puro sin la devoción a María.

La devoción a la Virgen es dulce, y a su vez nos da fuerzas para nuestra alma. Es algo muy grato, es decir, es gozo para el alma, porque la Virgen María es nuestra Madre. Si es nuestra Madre, podemos pedirle ayuda, cuando nuestra alma está herida por la tentación, y cuando ha caído en el pecado. Si es nuestra Madre, nos ayudará a curar esas heridas, a curar el alma triste, el alma casi desesperada por la lucha. Si es nuestra Madre, nos mirará compasiva, aun cuando acudamos cubiertos de muchos pecados. Si es nuestra Madre, no despreciará nuestras súplicas en las horas de angustia, en los momentos difíciles, en medio de las tentaciones. Ella nos va a defender. Hay que tener siempre este pensamiento: "La Virgen María es mi Madre Celestial". Y este pensamiento hará que su devoción sea dulce, o mejor dicho, que endulce los momentos amargos de nuestra vida.

Pero decimos a la vez que esta devoción a nuestra Madre del Cielo nos da fuerzas. Esto es así, como cuando vemos las Cumbres nevadas de las montañas... y al verlas se convierten en un ideal a alcanzar... y deseamos llegar a la nieve, esa nieve pura, sin mancha... y eso nos da energías para superar las dificultades. Del mismo modo cuando miramos a la Virgen María, que es un ideal puro, alto, bello... nuestra alma se siente atraída hacia la Purísima, desea imitar su vida pura, y nos mueve a esforzamos en la práctica de las virtudes. De esta manera su devoción se transforma en fuerzas para luchar.
Podemos acudir con confianza a Ella, ya que sabemos que no ha habido, ni habrá, un solo caso en la historia de alguien que invocara a la Virgen María y no fuera socorrido. También nos fortalece el pensar que ella sufrió por nosotros, y por lo tanto debemos poner todo nuestro empeño en no darle más motivos de tristeza con nuevos pecados.

Fuente: P. Diego Cano IVE, Escalada al cielo, biografía de Pier Giorgio Frassati

Bienes de la enfermedad (I)

Beata Ana Catalina Emmerick 01 01 Beata Ana Catalina Emmerick

En este día de San Gregorio Magno, Papa, ofrecemos algunos párrafos escritos por el santo en los que trata de los beneficios que nos concede Dios por medio de la enfermedad.

A los enfermos se les debe exhortar a que se tengan por hijos de Dios, precisamente porque los flagela con el azote de la corrección. Si no determinara dar la herencia a los corregidos, no cuidaría de enseñarlos con las molestias; por eso el Señor dice a San Juan por el ángel (Ap 3, 19): Yo, a los que amo, los reprendo y castigo; y por eso está también escrito: no rehúses, hijo mío, la corrección del Señor ni desmayes cuando Él te castigue, porque el Señor castiga a los que ama, y azota a todo el que recibe por hijo (Pr 3, 11). Y el Salmista dice: muchas son las tribulaciones de los justos, pero de todas los librará el Señor (Sal 33, 20).

Hay, pues, que enseñar a los enfermos que, si verdaderamente creen que su patria es el Cielo, es necesario que en la patria de aquí abajo, como en lugar extraño, padezcan algunos trabajos. Se nos enseña que en la construcción del templo del Señor [el templo de Jerusalén], las piedras que se labraban se colocaban fuera, para que no se oyera ruido de martillazos. Así ahora nosotros sufrimos con los azotes, para ser luego colocados en el templo del Señor sin golpes de corrección. Quienes eviten los golpes ahora, tendrán luego que quitar todo lo que haya de superfluo, para poder ser acoplados en el edificio de la concordia y la caridad (...)

Se debe aconsejar a los enfermos que consideren cuán saludable para el alma es la molestia del cuerpo, ya que los sufrimientos son como una llamada insistente al alma para que se conozca a sí misma. El aviso de la enfermedad, en efecto, reforma al alma, que por lo común vive con descuido en el tiempo de salud. De este modo el espíritu, que por el olvido de sí era llevado al engreimiento, por el tormento que sufre en la carne, se acuerda de la condición a que está sujeto.

Fuente: San Gregorio Magno, Regla pastoral. textoshistoriadelaiglesia.blogspot.com

Jefe en las filas de la juventud

Beato Ivan Merz 03 03 Beato Iván Merz

El justo, inundado por la luz divina, se convierte a su vez en antorcha que resplandece y da calor. Es lo que nos enseña hoy la figura del nuevo beato Iván Merz.

Joven brillante, supo multiplicar los ricos talentos naturales de los que estaba dotado y obtener numerosos éxitos humanos: se puede decir que su vida fue un éxito. Lo que le introduce en el coro de los beatos es su éxito ante Dios. La gran aspiración de toda su vida, de hecho, fue la de «no olvidarse nunca de Dios, desear unirse siempre a Él».
En toda su actividad, buscó el sublime conocimiento de Jesucristo y se dejó conquistar por Él (cf. Filip 3, 8.12). Participando en la Misa, alimentándose del Cuerpo de Cristo y de la Palabra de Dios, encontró el empuje para convertirse en apóstol de los jóvenes. No es casualidad que escogiera como lema «Sacrificio - Eucaristía - Apostolado».
Consciente de la vocación recibida en el Bautismo, hizo de su existencia una carrera hacia la santidad, «elevada medida» de la vida cristiana. Por este motivo, no desaparecerá su recuerdo, su nombre vivirá de generación en generación (Eclo 39, 9).

El nombre de Iván Merz ha supuesto un programa de vida y de acción para toda una generación de jóvenes católicos. ¡También hoy debe seguir siéndolo! Queridos jóvenes, me dirijo, a cada uno de vosotros para invitaros a que no os echéis atrás, a que no cedáis a la tentación del desaliento. No busquéis en otro lugar una vida más cómoda, no huyáis de vuestras responsabilidades esperando que otros resuelvan los problemas, poned más bien remedio al mal con la fuerza del bien.
Al igual que el beato Iván, buscad el encuentro personal con Cristo, que ilumina con una nueva luz la vida. ¡Que el Evangelio sea el gran criterio que guíe vuestras orientaciones y vuestras decisiones! De este modo, os convertiréis en misioneros con vuestros gestos y palabras y seréis signos del amor de Dios, testigos creíbles de la presencia misericordiosa de Cristo. No olvidéis: No se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón (Mt 5, 15).

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía en la Misa de beatificación de Iván Merz, 22 de junio del 2003

Oración al Divino Corazón por las almas del purgatorio

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Oh Dios de todo consuelo, Dios Redentor y Salvador, autor y consumador de la fe, que os mueva a piedad y misericordia el estado de las almas que veis sufriendo en el purgatorio: son el precio de vuestra Sangre. Abridles vuestro piadosísimo Corazón; oíd sus gemidos y concededles el librarse de sus penas y la felicidad de ir a glorificaros en el cielo. Dejaos mover por consideración de la fidelidad con que os han servido en la vida y olvidad las faltas que la fragilidad humana les hizo cometer.

Sacadlas, por la bondad de vuestro misericordioso Corazón y por la intercesión y méritos del dulcísimo Corazón Inmaculado de vuestra Madre, María Santísima, de aquel lugar de pruebas para hacerlas entrar en la morada de la luz y de la paz.
Oíd, Corazón adorable, la humilde súplica que os hago, y conceded esta gracia a aquellas almas por las que debo especialmente pediros. Padre celestial os lo pido por los infinitos méritos del Corazón de Aquel que se encargó de satisfacer por todos nosotros, y que, siendo vuestro Hijo Unigénito, vive contigo y con el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

Divino Corazón de Jesús, convertid a los pecadores, salvad a los moribundos y liberad a las benditas almas del purgatorio.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

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