El trabajo para Gloria de Dios


“Haz prósperas, Señor, las obras de nuestras manos”.

Nuestra tarea, en los hogares, en los campos, en las industrias y en las oficinas, podría convertirse en una actividad afanosa, en definitiva, vacía de significado. Pedimos al Señor que sea más bien la realización de su designio, de modo que nuestro trabajo recupere su significado originario. Al hombre, creado a su imagen y semejanza, Dios le da este mandato: “Llenad la tierra y sometedla”. San Pablo, se hace eco de estas palabras: “Cuando estábamos entre vosotros, os mandábamos esto: si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma”, y los exhorta “a que trabajen con sosiego para comer su propio pan”. Por tanto, en el proyecto de Dios el trabajo aparece como un derecho-deber. Necesario para que los bienes de la tierra sean útiles a la vida de los hombres y de la sociedad, contribuye a orientar la actividad humana hacia Dios en el cumplimiento de su mandato de “someter la tierra”. A este propósito, resuena en nuestro corazón otra exhortación del Apóstol: “Por tanto, ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios”.

La vida oculta de Jesús en Nazaret. Fue allí donde pasó la mayor parte de su existencia terrena. Con su laboriosidad silenciosa en el taller de san José, Jesús dio la más alta demostración de la dignidad del trabajo. El Hijo de Dios no desdeñó la calificación de carpintero, y no quiso eximirse de la condición normal de todo hombre. La elocuencia de la vida de Cristo es inequívoca: pertenece al mundo del trabajo; tiene reconocimiento y respeto por el trabajo humano; se puede decir incluso más: mira con amor el trabajo, sus diversas manifestaciones, viendo en cada una de ellas un aspecto particular de la semejanza del hombre con Dios, Creador y Padre.

Del Evangelio de Cristo deriva la enseñanza de los Apóstoles y de la Iglesia; deriva una verdadera y característica espiritualidad cristiana del trabajo. El mundo contemporáneo tiene necesidad de este “evangelio del trabajo”, para que la actividad humana promueva el auténtico desarrollo de las personas y de toda la humanidad. En este momento, no puedo por menos de expresar mi solidaridad a todos los que sufren por falta de empleo, por salario insuficiente, por indigencia de medios materiales. Tengo muy presentes en mi corazón a las poblaciones sometidas a una pobreza que ofende su dignidad, impidiéndoles compartir los bienes de la tierra. Comprometerse a remediar estas situaciones es obra de justicia y paz.

Amadísimos trabajadores, la figura de José de Nazaret, cuya estatura espiritual y moral era tan elevada como humilde y discreta. En él se realiza la promesa del Salmo: “¡Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos! Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien”. El Custodio del Redentor enseñó a Jesús el oficio de carpintero, pero, sobre todo, le dio el ejemplo valiosísimo de lo que la Escritura llama “el temor de Dios”, principio mismo de la sabiduría, que consiste en la religiosa sumisión a él y en el deseo íntimo de buscar y cumplir siempre su voluntad. Esta es la verdadera fuente de bendición para cada hombre, para cada familia y para cada nación.

Bendice, Señor, el trabajo diario con el que el hombre se procura el pan para sí y para sus seres queridos. Amén.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 1 de mayo de 2000

La Misericordia de Dios nos espera


¡Oh Amor inestimable, oh dulce Amor, Fuego eterno! Eres el fuego que siempre arde, ¡oh alta Trinidad! Dirige los ojos de la misericordia a tus criaturas. Reconozco que te es propia la misericordia; es más, adonde quiera que me vuelva, me encuentro con ella. Por eso grito y corro a tu misericordia para que la tengas con el mundo.

Tú quieres, Padre eterno, que te sirvamos según tu beneplácito y llevas a tus servidores por diversos modos y caminos.

¡Oh Verdad eterna! ¿Cuál es tu enseñanza y cuál el camino por el que quieres que vayamos al Padre? No acierto a ver otro sino el que tú has pavimentado con las verdaderas y reales virtudes del fuego de tu caridad, Verbo eterno. Lo has edificado con tu sangre. Este es, pues, el camino. Nuestro pecado no consiste sino en amar lo que tú has aborrecido y en aborrecer lo que has amado.

¡Oh eterna Deidad! ¿Y qué diremos de ti? ¿Qué juicio nos formaremos de ti? Diremos y pensaremos que eres nuestro dulce Dios, que no quiere sino nuestra santificación. Esto aparece evidente en la sangre de tu Hijo. Él, como enamorado, corrió, por nuestra santificación a la afrentosa muerte de cruz. Que se avergüence el hombre de levantar la cabeza con soberbia viéndote, altísimo Dios, humillado hasta el lodo de nuestra humanidad.

¡Oh eterna Deidad! ¡Qué propia te es la misericordia! Lo es tanto que tus servidores apelan a ella contra la justicia que el mundo merece por sus pecados. Tu misericordia nos ha creado; la misma misericordia nos redimió de la muerte eterna; ella nos gobierna y ella contiene a la justicia para que no mande a la tierra que se abra y nos trague y que los animales nos devoren, sino, por el contrario, todas las cosas nos sirven y la tierra nos da su fruto. Todo esto lo hace la misericordia. Ella nos conserva y prolonga la vida, concediéndonos tiempo para que podamos volver a ti y reconciliarnos contigo.

¡Oh misericordioso y piadoso Padre! ¿Quién frena a la naturaleza angélica para que no tome venganza del hombre que es enemigo tuyo? La misericordia. Por ella nos concedes grandes consuelos para que nos veamos obligados a amarte, porque el corazón de la criatura está inclinado al amor. Esa misericordia nos da y permite las penas y aflicciones para que aprendamos a conocernos a nosotros mismos y adquiramos la modesta virtud de la verdadera humildad, y también para que tengas motivos de recompensar a los que varonilmente han combatido sufriendo con verdadera paciencia. Por misericordia conservaste las cicatrices en el cuerpo de tu Hijo, para que con ella pida misericordia por nosotros ante tu Majestad. Por misericordia te has dignado mostrarme a mí, miserable, que en modo alguno debemos juzgar las intenciones de las criaturas racionales, pues tú las conduces por variedad infinita de caminos. Por lo cual te doy gracias.

¡Oh Verbo eterno, Hijo de Dios! ¿Por qué tuviste tan perfecto dolor de la culpa, no hallándose en ti el veneno del pecado? Veo, Amor inestimable, que quisiste satisfacer corporal y espiritualmente, lo mismo que el hombre corporal y espiritualmente había ofendido y cometido el pecado. Pequé contra el Señor, ten misericordia de mí.

Fuente: Santa Catalina de Siena, Oraciones y soliloquios.

Hay que proteger a la familia


En un momento histórico en que la familia es objeto de muchas fuerzas que tratan de destruirla o deformarla, la Iglesia, consciente de que el bien de la sociedad y de sí misma está profundamente vinculado al bien de la familia, siente de manera más viva y acuciante su misión de proclamar a todos el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia.

Todos aquellos que en la sociedad dirigen las escuelas, no deben olvidar nunca que los padres han sido constituidos por Dios mismo como los primeros y principales educadores de los hijos, y que su derecho es del todo inalienable.

Si en las escuelas se enseñan ideologías contrarias a la fe cristiana, la familia junto con otras familias, si es posible mediante formas de asociación familiar, debe con todas las fuerzas y con sabiduría ayudar a los jóvenes a no alejarse de la fe. En este caso la familia tiene necesidad de ayudas especiales por parte de los pastores de almas, los cuales no deben olvidar que los padres tienen el derecho inviolable de confiar sus hijos a la comunidad eclesial.

Este apostolado se desarrollará sobre todo dentro de la propia familia, con el testimonio de la vida vivida conforme a la ley divina en todos sus aspectos, con la formación cristiana de los hijos, con la ayuda dada para su maduración en la fe, con la educación en la castidad, con la preparación a la vida, con la vigilancia para preservarles de los peligros ideológicos y morales por los que a menudo se ven amenazados, con su gradual y responsable inserción en la comunidad eclesial y civil, con la asistencia y el consejo en la elección de la vocación, con la mutua ayuda entre los miembros de la familia para el común crecimiento humano y cristiano, etc.

Fuente: San Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Familiaris Consortio

El valor de la obediencia (II)


Uno de los obstáculos más fuertes a la plena conformidad de tu voluntad con la de Dios es el apego a tu querer, a tus deseos, a tus inclinaciones. Ahora bien, la obediencia que te impone la voluntad ajena como norma en el obrar, es el mejor ejercicio para acostumbrarte a contradecir tu voluntad, a desprenderte de ella y a unirte a la voluntad de Dios, que se te manifiesta a través de las órdenes de los superiores. Y cuanto más estrecha es la forma de obediencia a que estás sometido, es decir, cuanto más amplia es, abrazando no sólo algún aspecto particular, sino toda tu vida, más intenso será este ejercicio y más eficazmente te introducirá en la voluntad de Dios. Aquí está el valor inmenso de la obediencia: poner toda la vida del hombre en la voluntad de Dios, hacer posible que el hombre en toda circunstancia regule su conducta no según su voluntad, tan débil, frágil y sujeta a error, tan limitada y ciega, sino según la voluntad de Dios, tan perfecta y santa, que jamás puede equivocarse, ni querer el mal, sino sólo el bien, y no el bien pasajero, que hoy existe y mañana no, sino el eterno e imperecedero.

La obediencia realizará en ti este trueque dichosísimo: abandonar tu voluntad para abrazar la de Dios. Es este el motivo que hacía correr a los Santos en busca de la obediencia. De Santa Teresa Margarita del Corazón de Jesús, se dice: “no solamente volaba en el ejecutar los preceptos, sino que gozaba enormemente y se divertía obedeciendo”. La naturaleza siente dificultad en denegar la propia voluntad, en renunciar a un proyecto, a un plano, a un trabajo en que se tiene toda la ilusión y el cariño; pero el alma de vida interior no se detiene a considerar esta renuncia, sino que, a pesar del sufrimiento y de la lucha que supone este vencerse a sí mismo, lanza su mirada más lejos: la fija en la voluntad de Dios, que se le presenta escondida en la voz de la obediencia; y hacia esa voluntad tiende con toda la energía de sus fuerzas, porque abrazar la voluntad de Dios es abrazar a Dios mismo.

¡Señor! Sólo dispongo de una vida, ¿y puede existir por ventura una manera mejor de emplearla toda en tu gloria y en mi santificación que poniéndola directamente bajo tu obediencia? Solamente así estaré seguro de no perder el tiempo y de no equivocarme, porque entregarse a la obediencia es entregarse a tu voluntad. Si mi voluntad está llena de defectos, la tuya es santa y santificante; si mi voluntad posee la triste capacidad de poder extraviarme, la tuya es poderosa para santificar mi pobre vida, para santificar todas mis acciones, aun las más simples e indiferentes, cuando son realizadas bajo su impulso.

¡Oh Señor! Es precisamente el deseo de vivir totalmente en las manos de tu voluntad lo que me empuja hacia la obediencia, a amar y abrazar esa virtud, a pesar de la ardiente ansia de libertad y de independencia que me abrasa.

¡Oh voluntad santa y santificadora de mi Dios! Quiero amarte sobre todas las cosas quiero vivir siempre abrazado a ti, nada quiero hacer sin ti o fuera de ti.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

«Conozco mis ovejas y ellas me conocen»


Jesús añade: “Yo conozco mis ovejas y ellas me conocen, como me conoce mi Padre y Yo conozco a mi Padre” (Jn. 10, 11-16). Aunque no se trate de igualdad, sino de simple semejanza, es sin embargo muy consolador y honroso para nosotros ver cómo gusta Jesús de comparar sus relaciones con nosotros a sus relaciones con el Padre. También en la última Cena dijo: “Como me amó el Padre, también Yo os amé” y “que todos sean uno; como Tú, Padre, en mí y yo en ti, para que sean uno como nosotros somos uno”. Esto nos demuestra cómo entre nosotros -las ovejas- y Jesús -el Pastor- no existe solamente una relación de conocimiento, sino también de amor y más todavía, de comunión de vida, semejante a la que existe entre el Padre y el Hijo. Y a estos contactos con Dios, tan profundos que nos hacen participar de su vida íntima, llegamos mediante la gracia, la fe y la caridad que el Buen Pastor nos conquistó dando su vida por nosotros.

De este modo se entabla entre el Buen Pastor y sus ovejas una relación íntima de conocimiento amoroso, tan íntima que el Pastor conoce una a una sus ovejas y las llama por su nombre, y ellas conocen su voz y le siguen dócilmente. Cada alma puede afirmar: Jesús me conoce y me ama, no de modo genérico y abstracto, sino en lo concreto de mis necesidades, de mis deseos, de mi vida; y conocerme y amarme significa para Él hacerme bueno, envolverme cada vez más con su gracia, santificarme. Porque Jesús me ama, me llama por mi nombre; me llama cuando en la oración me abre nuevos horizontes de vida espiritual o me hace conocer mejor mis defectos, mis miserias; me llama cuando, me reprende o purifica mediante la sequedad y cuando me consuela y anima, infundiéndome nuevo fervor; me llama cuando me hace sentir el apremio de mayor generosidad, cuando me pide sacrificios o me concede alegrías, y todavía más, cuando me infunde un amor más profundo a Él. De frente a sus llamadas, mi postura debe ser la de una ovejita mansa que conoce la voz de su Pastor y le sigue siempre.

“¡Oh benignísimo Señor; mi dulce Pastor! ¿Cómo restituiré todo lo que me diste? ¿Qué te daré por el don de ti mismo que me hiciste? Aunque me diese mil veces a ti, todo sería nada, pues nada soy comparado contigo. ¡Tú tan grande, me amaste gratuitamente y tanto, a mí tan pequeño, malo e ingrato! Señor, sé que tu amor aspira a lo infinito e inmenso pues Tú eres inmenso e infinito. Por eso, dime, ¡oh Señor! cómo debo amarte.

Mi amor, Señor, no es gratuito, pues te es debido... Aunque no puedo amarte cuanto debo, acepta, con todo, mi poco amor. Te podré amar más, cuando te agradare aumentar mi virtud, pero jamás te daré lo que mereces. Dame, por lo tanto, tu amor ardentísimo con el que, por tu gracia, te ame, te agrade, te sirva, cumpla tus preceptos, no me separe de ti, ni en el tiempo presente ni en el futuro, sino que por todos los siglos permanezca unido a ti por amor”.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

Oración ante las aflicciones


Altísimo Dios de cielos y tierra, Padre de bondad y misericordia infinita, humildemente me postro ante tu presencia divina, gimiendo bajo el peso de una gran tribulación.

Ya ves cuán grande es mi aflicción; he perdido lo que más estimaba en la tierra... me veo acosado por todas partes de infortunios y tribulaciones...

Creo, Dios mío, que nada sucede por acaso en este mundo, sino que todo viene regulado y dispuesto por tu benévola Providencia. Creo que todos estos golpes, por dolorosos que sean, vienen todos dirigidos desde lo alto para mi bien, o para que abra los ojos y ordene mi vida, o que me purifique de mis culpas pasadas en este purgatorio lento, o para que mejor te ayude en la obra de la Redención realizada por tu Hijo con el derramamiento de su Sangre, o para que sobrellevando esta prueba como venida de tu mano me labre una corona de gloria inmortal.

Justo será, pues, que me resigne: Tú solo conoces lo que más me conviene, yo no. Siendo Tú, por otra parte, omnipotente, y amándome con un cariño infinitamente más delicado que el de la madre más amorosa, no dudo que esta adversidad es lo que en este momento más me conviene.

Así lo creo, Señor, y por más que la naturaleza lo sienta y apetezca lo que quizás no le conviene, me someto decididamente a tu santísima voluntad. Por dura y pesada que ahora me parezca, beso y bendigo tu Mano paternal, no menos justa cuando castiga que cuando premia, no menos amorosa cuando atribula que cuando halaga, no menos sabia cuando permite que cuando manda, no menos solícita de mi bien cuando me abate que cuando me levanta. ¡Cuántos que con la prosperidad se perdieron, se salvaron en la adversidad! Hágase, pues, Señor, en mí según tu santa voluntad. Amén.

Fuente: P. Ramiro Sáenz, Solo Dios basta

Triunfo de Cristo por la cruz, y de sus discípulos por la fe


Al fin de su vida, decía Nuestro Señor Jesucristo a sus discípulos: “Tened confianza, que Yo he vencido al mundo”.

¿Y cómo lo ha vencido? ¿Por el éxito temporal, inmediato, de sus empresas? ¿Por ventajas humanas, capaces de imponerse, de dominar?

De ninguna manera. Cristo ha sido puesto en ridículo, crucificado. A los ojos de los “sabios” de su tiempo, la misión de Cristo había fracasado de la manera más lamentable sobre la cruz. Sus discípulos se han dispersado, la muchedumbre menea la cabeza, los fariseos se mofan: “Ha salvado a los demás, y no puede salvarse a sí mismo...”

Y sin embargo el fracaso no era más que aparente; de hecho en ese preciso momento consigue Cristo la victoria; a los ojos del mundo, desde un punto de vista natural, Cristo era un vencido; pero a los ojos de Dios, era, en ese preciso momento, vencedor del príncipe de las tinieblas y vencedor del mundo.

Y desde entonces, Jesucristo “ha quedado establecido rey de las naciones por su Padre”; “no existe en el mundo otro nombre que sea para nosotros causa de salvación y de gracia”, y “sus enemigos servirán de escabel de sus pies”.

Jesús concede a sus discípulos ese poder de vencer al mundo.

¿Qué les permite y les hace capaces de conseguir semejante victoria?

La fe en Jesucristo: “¿Quién triunfa del mundo, sino quien cree que Cristo es el Hijo de Dios?”.

¡Feliz victoria que nos libera de una de las más duras servidumbres, para darnos la libertad de los hijos de Dios, a fin de que de esta manera podamos unirnos del modo más perfecto al único que es digno de nuestro amor!

Fuente: Dom Columba Marmion, Palabras de Vida, Ed. Desclée de Brouwer, 1956, p. 136

Es necesario orar siempre


Alguien ha dicho que la oración es semejante a un molino de moler granos. Si al girar la piedra del molino no se le va echando grano, la misma acabará por girar en el vacío. La oración es la piedra. El grano es el contenido: la fe, la palabra de Dios, los conocimientos de las verdades fundamentales de la vida cristiana, las exigencias de la vida en gracia. Una oración sin esos contenidos será un girar en el vacío.

En los últimos tiempos, por el prurito de “cambiarlo” todo por el hecho de cambiar, o para satisfacer los “gustos” de los hombres, que más responden a la poca formación que a una real necesidad, también la oración ha sido objeto de “reformas”, tanto en el modo o la forma, como sobre todo, y esto es lo más grave, en el contenido. Dicho más claro: oraciones sin contenido, molino sin granos. La oración, entiéndase también el canto, no es para que salgamos del templo “satisfechos” nosotros, como el fariseo del Evangelio, sino para agradar a Dios. Esto, tratándose de celebraciones y actos litúrgicos.

Otro peligro de nuestro tiempo es creer que solamente la oración comunitaria tiene valor. No pocos sacerdotes dejan de celebrar la Santa Misa cuando no cuentan con la presencia de una “comunidad”. Un ejemplo bastante distinto nos ha dado el mismo Jesucristo, que se iba a un “lugar solitario”, o se “retiraba Él solo”, o “pasaba la noche en oración”, o se iba “muy de madrugada” para hacer oración, sin contar los cuarenta días con sus noches en el desierto, antes de comenzar su vida pública. También contamos con innumerables ejemplos de santos, de todos los tiempos, que han hecho de la oración una norma de su vida. No estamos, de ningún modo, contra la oración comunitaria. Jesús mismo nos ha dicho que “donde dos o tres se reúnen en su nombre, Él está presente”, y asegura además que “si dos unen sus voces en la tierra para pedir cualquier cosa, la conseguirán del Padre que está en los cielos”. Lo que quiero destacar es que la oración privada, personal, es tan, o incluso más necesaria que la hecha en común. Quien no sabe rezar en privado, difícilmente podrá hacerlo bien en público, porque no se trata de emitir la voz correctamente sino de unir el corazón a Dios. (Mons. León Kruk)

Fuente: P. Ramiro Sáenz, Solo Dios basta

La Acedia (I)


De la Acedia no se suele hablar. No se la enumera habitualmente en la lista de los pecados capitales. Algunos Padres del desierto, en vez de hablar de pecados o vicios capitales, hablan de pensamientos. Por ejemplo, Evagrio Póntico, enumera ocho pensamientos. Con este nombre, estos padres de la espiritualidad ponen de relieve que estos vicios, en su origen, son tentaciones, o sea pensamientos; y que si no se los resiste, acaban convirtiéndose en modos de pensar y de vivir. Cuando se acepta el pensamiento tentador, uno termina viviendo como piensa y justificando su manera de vivir. Difícilmente se encontrará su nombre fuera de los manuales o de algunos diccionarios de moral o de espiritualidad. Muchos son los fieles, religiosos y catequistas incluidos, que nunca o rarísima vez la oyeron nombrar y pocos sabrán ni podrán explicar en qué consista.

Sin embargo, como veremos, la acedia sí que existe y anda por ahí, aunque pocos sepan cómo se llama. Se la puede encontrar en todas sus formas: en forma de tentación, de pecado actual, de hábito extendido como una epidemia, y hasta en forma de cultura con comportamientos y teorías propias que se trasmiten por imitación o desde sus cátedras, populares o académicas. Si bien se mira, puede describirse una verdadera y propia civilización de la acedia.

La acedia existe pues en forma de semilla, de almácigo y de montes. Crece y prospera con tanta mayor impunidad cuanto que, a fuerza de haber dejado de verla se ha dejado de saberla nombrar, señalar y reconocer. Parece conveniente, pues, ocuparse de ella. En este primer capítulo comenzaremos con las definiciones que se han dado de ella. Si al lector este camino le resulta difícil o árido, le aconsejamos empezar por el capítulo cuarto y seguir luego con el segundo, tercero, y los demás.

Fuente: Horacio Bojorge, S. J., En mi sed me dieron vinagre, pto. 1.

¡Que arda nuestro corazón en el deseo de los Sacramentos!


Oigo en mi corazón: “Buscad mi rostro”. Tu rostro buscaré, Señor; no me escondas tu rostro. (Salmo 26)

Cuando el amor es grande, la ausencia de lo que se ama hace aumentar el deseo de poseerlo, y ese ardiente deseo acrecienta aún más el amor. Dios quiera concedernos que esto nos ocurra a nosotros en estos momentos en que, por misteriosa permisión divina, la gran mayoría de los fieles se ve privada del acceso a los Sacramentos, imposibilitada de participar del Santo Sacrificio de la Misa, de las visitas al Santísimo Sacramento.

¡Que esta privación no sea causa de que se enfríe nuestro amor, nuestra fe, nuestro deseo de participar de los divinos misterios, sino todo lo contrario! Que el ejemplo de la Santísima Virgen y de San José sacudan nuestra desidia. Ellos, en efecto, al perder a Jesús lo buscaron afanosamente, mereciendo encontrarlo nuevamente en el Templo luego de tres días de ausencia. Así nos suceda a nosotros: que, buscándolo con nuestro ardiente deseo y llamándolo con los gemidos de nuestro amor, merezcamos abrazarlo nuevamente -purificados y renovados- en los santos Sacramentos.

¿Nos vemos privados de la confesión sacramental? Avivemos en nosotros el fuego del deseo de la purificación que este Sacramento nos obtiene en virtud de la Pasión del Salvador. Anhelemos vivamente poder acercarnos pronto a este tribunal del perdón, para disolver en la Sangre redentora de Cristo las espinas que con nuestros pecados hemos clavado en su Corazón. Recordemos hacer frecuentes actos de contrición perfecta, doliéndonos de nuestras faltas por la ofensa que con ellas hemos hecho a Dios, sabiendo que estos actos -unidos al deseo de una pronta confesión sacramental- pueden alcanzarnos, por los méritos de Cristo, el perdón de nuestros pecados.

¿Nos está vedado el acceso a la Eucaristía? Ardamos en deseos de recibir sacramentalmente a nuestro amado Señor. Sigamos en esto el ejemplo de la Magdalena que, llevada de un incontenible deseo de ver a Jesús, lo llama con sus lágrimas, lo busca entre gemidos, y tan absorta está en su búsqueda del Amado que ni siquiera atiende a la maravillosa aparición de los ángeles, limitándose a decirles: Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto. Y es en ese momento que el mismo Jesús se le aparece, pero ella no lo reconoce hasta que Él la llama por su nombre. Imitémosla en el ardor de la búsqueda, deseando vivamente recibir al Amado en la Sagrada Comunión, adorarlo en su presencia real en el Sagrario, asistir a las Exposiciones Eucarísticas. Pero aprendamos también de este episodio que -aún antes de que el Señor nos llame por nuestro nombre para recibirlo en el augusto Sacramento- Él ya está espiritualmente presente en nosotros si le manifestamos nuestros anhelos de recibirlo. No dejemos, pues, de hacer frecuentes y fervorosas Comuniones espirituales. Digámosle a menudo: Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre y con el espíritu y el fervor de los santos.

¡Qué decir de la imposibilidad de participar presencialmente del Santo Sacrificio de la Misa! Cierto que es para nosotros como una herida abierta en el corazón. Pero hagamos -y roguemos- que esta herida sea causa de una verdadera purificación interior y de una mayor penetración en el misterio de este divino Sacrificio. Unámonos espiritualmente a las Misas que los sacerdotes celebran en forma privada -este es el sentido de verlas por medios electrónicos-. No dejemos pasar un solo día sin meditar la realidad maravillosa de esta sentencia verdadera: La Santa Misa es la actualización del mismo Sacrificio de Jesús en la Cruz.

En fin, no perdamos en este tiempo la oportunidad de hacer un sincero examen de conciencia: ¿Cómo ha sido, antes de la cuarentena actual, mi participación en la Santa Misa? ¿La he valorado al punto de no desaprovechar las oportunidades de asistir a ella aún entre semana? ¿He aprovechado los momentos de adoración eucarística que, sin faltar a mis deberes de estado, haya tenido oportunidad de asistir? Mis confesiones y comuniones ¿han sido frecuentes y fervorosas? Y la pregunta capital: ¿Cuál será mi actitud cuando, Dios mediante, vuelva a tener acceso a estos divinos Misterios?

Ciertamente pedimos por el fin de esta epidemia, pero de ningún modo deseamos “que todo vuelva como antes” ¡No! Pidamos al Señor salir de esta prueba purificados, interiormente elevados y grandemente fortalecidos en la fe y en el amor a los santos Sacramentos.

Que nuestra Madre celestial nos lo alcance del Señor Resucitado para poder vivir un tiempo pascual verdaderamente gozoso por la presencia de Cristo en nuestro interior.

Situación de la familia en el mundo de hoy


La situación en que se halla la familia presenta aspectos positivos y negativos: signo, los unos, de la salvación de Cristo operante en el mundo; signo, los otros, del rechazo que el hombre opone al amor de Dios.

No faltan, signos de preocupante degradación de algunos valores fundamentales: una equivocada concepción teórica y práctica de la independencia de los cónyuges entre sí; las graves ambigüedades acerca de la relación de autoridad entre padres e hijos; las dificultades concretas que con frecuencia experimenta la familia en la transmisión de los valores; el número cada vez mayor de divorcios, la plaga del aborto, el recurso cada vez más frecuente a la esterilización, la instauración de una verdadera y propia mentalidad anticoncepcional.

En la base de estos fenómenos negativos está muchas veces una corrupción de la idea y de la experiencia de la libertad, concebida no como la capacidad de realizar la verdad del proyecto de Dios sobre el matrimonio y la familia, sino como una fuerza autónoma de autoafirmación, no raramente contra los demás, en orden al propio bienestar egoísta.

Merece también nuestra atención el hecho de que en los países más ricos, el excesivo bienestar y la mentalidad consumista, paradójicamente unida a una cierta angustia e incertidumbre ante el futuro, quitan a los esposos la generosidad y la valentía para suscitar nuevas vidas humanas; y así la vida en muchas ocasiones no se ve ya como una bendición, sino como un peligro del que hay que defenderse.

La Iglesia cree firmemente que la vida humana, aunque débil y enferma, es siempre un don espléndido del Dios de la bondad. Contra el pesimismo y el egoísmo, que ofuscan el mundo, la Iglesia está en favor de la vida: y en cada vida humana sabe descubrir el esplendor de aquel “Sí”, de aquel “Amén” que es Cristo mismo. Al “no” que invade y aflige al mundo, contrapone este “Sí” viviente, defendiendo de este modo al hombre y al mundo de cuantos acechan y rebajan la vida.

La Iglesia está llamada a manifestar nuevamente a todos, con un convencimiento más claro y firme, su voluntad de promover con todo medio y defender contra toda insidia la vida humana, en cualquier condición o fase de desarrollo en que se encuentre.

Por esto la Iglesia condena, como ofensa grave a la dignidad humana y a la justicia, todas aquellas actividades de los gobiernos o de otras autoridades públicas, que tratan de limitar de cualquier modo la libertad de los esposos en la decisión sobre los hijos. Por consiguiente, hay que condenar totalmente y rechazar con energía cualquier violencia ejercida por tales autoridades en favor del anticoncepcionismo e incluso de la esterilización y del aborto procurado. Al mismo tiempo, hay que rechazar como gravemente injusto el hecho de que, en las relaciones internacionales, la ayuda económica concedida para la promoción de los pueblos esté condicionada a programas de anticoncepcionismo, esterilización y aborto procurado.

Fuente: San Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Familiaris Consortio

Frutos pascuales


¡Oh Jesús! Como el apóstol Tomás me acerco a ti. ¡Que no sea incrédulo sino fiel!

El Oficio litúrgico de hoy, domingo in albis, se refiere en sus oraciones y textos sagrados a los recién bautizados que, ocho días después de Pascua, dejaban la blanca vestidura que habían recibido en la fuente bautismal. A ellos va dirigida la afectuosa recomendación de San Pedro que leemos en el Introito de la Misa: “Como niños recién nacidos, apeteced la leche espiritual”. En estas palabras se siente el eco de la solicitud materna de la Iglesia para con los hijos que ella ha regenerado en Cristo y su preocupación tiernísima por los recién nacidos. Pero este cuidado y esta solicitud se repiten también con nosotros; porque, aunque fuimos bautizados apenas vinimos a este mundo, todos los años en la fiesta de Pascua resucitamos con Cristo y de esa manera renacemos en Él a una nueva vida. Debemos, por lo tanto, asemejarnos también nosotros a los “niños recién nacidos”, que no conocen la malicia, el engaño, el orgullo, ni la presunción, sino que todo son candor y sencillez, confianza y amor. Hermosa invitación a la infancia espiritual que Jesús nos propuso como condición indispensable para llegar a la salvación: “Si no os hiciereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos”. Cada infusión de gracia, al purificar y sanar nuestra alma del pecado y de sus malas raíces, nos hace renacer a una nueva vida en Cristo, vida de inocencia y de pureza, que aspira “únicamente a beber la leche espiritual” de la doctrina de Cristo, de su amor y de sus gracias. Pero en la liturgia de hoy la Iglesia quiere centrar todos nuestros deseos, nuestra atención, en la fe: esa fe que nos une a Jesús, para que Él nos instruya, nos nutra y nos guíe a la vida eterna. Recordemos las palabras del divino maestro que nos harán penetrar en la sublimidad de la fe: “El que cree en Mí..., correrán de su seno ríos de agua viva... que salte hasta la vida eterna” (Jn. 7, 38; 4, 14). Acerquémonos a Jesús con la fe sencilla y sincera de los niños y Él nos dará la abundancia de su gracia, que es prenda de vida eterna.

¡Oh Dios mío! Dame un corazón puro y sencillo, sin malicia y sin engaño: “¡Oh Señor! Concédeme verdadera pureza y sencillez: en los ojos, en las palabras, en el corazón, en la intención, en las obras y en todo mi porte interior y exterior. ¿Quieres saber, alma mía, las cosas que se oponen a estas virtudes? Toda mirada que no sea según Dios, toda palabra que no sea proferida para alabanza de Dios o para alivio del prójimo. ¿Quieres saber también cuándo arrojas de tu corazón estas virtudes? Pues óyelo: las arrojas cuando en tus obras no llevas la intención pura de dar gloria a Dios y de ayudar a tu prójimo, cuando quieres disimular y excusar tus culpas sin pensar que Dios lo ve todo y penetra hasta en el fondo de tu corazón. ¡Oh Señor! Dame una pureza y sencillez verdadera, pues no puedes encontrar tu descanso en el alma que no es sencilla ni pura” (Santa María Magdalena de Pazzis).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

La paciencia


La virtud del alma que se llama paciencia es un don de Dios tan grande, que Él mismo, que nos la otorga, pone de relieve la suya, cuando aguarda a los malos hasta que se corrijan. Así, aunque Dios nada puede padecer, y el término paciencia se deriva de padecer, no solo creemos firmemente que Dios es paciente, sino que también lo confesamos para nuestra salvación. Pero ¿quién podrá explicar con palabras la calidad y grandeza de la paciencia de Dios, que nada padece pero tampoco permanece impasible, e incluso aseguramos que es pacientísimo? Así pues, su paciencia es inefable como lo es su celo, su ira y otras cosas parecidas. Porque si pensamos estas cosas a nuestro modo, en Él, ciertamente, no se dan así. En efecto, nosotros no sentimos ninguna de estas cosas sin molestias, pero no podemos ni sospechar que Dios, cuya naturaleza es impasible, sufra tribulación alguna. Así, tiene celos sin envidia, ira sin perturbación alguna, se compadece sin sufrir, se arrepiente sin corregir una maldad propia. Así es paciente sin pasión. Pero ahora voy a exponer, en cuanto el Señor me lo conceda y la brevedad del presente discurso lo consienta, la naturaleza de la paciencia humana de modo que podamos comprenderla y también procuremos tenerla.

La auténtica paciencia humana, digna de ser alabada y de llamarse virtud, se muestra en el buen ánimo, con el que toleramos los males, para no dejar de mal humor los bienes que nos permitirán conseguir las cosas mejores. Pues los impacientes, cuando no quieren padecer cosas malas, no consiguen escapar de ellas, sino sufrir males mayores. Pero los que tienen paciencia prefieren soportar los males antes que cometerlos y no cometerlos antes que soportarlos, aligeran el mal que toleran con paciencia y se libran de otros peores en los que caerían por la impaciencia. Pues los bienes eternos y más grandes no se pierden mientras no se rinden a los males temporales y mezquinos: porque no son comparables los padecimientos de esta vida con la gloria futura que se ha de revelar en nosotros. Y también: lo que en nuestra tribulación es temporal y leve, de una forma increíble, nos produce un peso eterno de gloria.

Fuente: San Agustín, Obras Completas

¡Señor mío y Dios mío!


“Tomás, uno de los Doce, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Le dijeron los demás discípulos: ¡Hemos visto al Señor! Respondió él: Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré.

Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: ¡La paz esté con vosotros!

Luego dijo a Tomás: Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe. Tomás respondió: ¡Señor mío y Dios mío!” (Jn 20, 24ss).

Tomás, hondamente conmovido por lo que veía y oía, y vencido de la gran bondad del Señor, se echó a sus pies, diciendo: ¡Señor mío y Dios mío!

¡Cuánto se encierra en estas pocas palabras! Fe, humildad, reverencia, amor, arrepentimiento, acción de gracias, total entrega de sí mismo para cuanto el Señor quisiese mandarle.

Es un acto de fe por el que ve en el Señor, no sólo al amado Maestro, sino a su Dios y Señor. Abierta y solemnemente confiesa su fe, no sólo en la Humanidad de Cristo, sino en su Divinidad también.

Es una retractación de la falta cometida y una reparación del escándalo dado a sus hermanos. Es reconocer la gracia inmensa que ha recibido y la seguridad que tiene del perdón, y la expresión más explícita de su íntima gratitud y ardiente amor.

¡Señor mío y Dios mío! Todo está encerrado en estas palabras. Fue como decir al Señor: ¡Cómo pude yo estar tan ciego! ¡Cómo pude obrar con tanta obstinación! ¡Perdóname, Señor! En adelante quiero ser todo tuyo y reparar mi pecado con una fe doblemente fervorosa y activa.

Graba en tu alma el sentido de estas palabras y repítelas con frecuencia. Son un compendio de aquellas otras de San Ignacio: “Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer; Vos me lo disteis, a Vos, Señor, lo torno; todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad; dadme vuestro amor y gracia, que ésta me basta”. Y a la vez es un acto de contrición perfecta.

Fuente: P. Saturnino Osés, S. J., Horas de Luz, p. 226-227

Sobre el rezo del Rosario en familia


Es nuestro deseo especial que sea en el seno de las familias donde la práctica del santo Rosario, poco a poco y doquier, vuelva a florecer, se observe religiosamente y cada día alcance mayor desarrollo. Pues vano será, ciertamente, empeñarse en buscar remedios a la continua decadencia de la vida pública, si la sociedad doméstica -principio y fundamento de toda la humana sociedad- no se ajusta diligentemente a la norma del Evangelio. Nos, afirmamos que el rezo del santo Rosario en familia es un medio muy apto para conseguir un fin tan arduo.

Solemnemente afirmamos cuán grande es la esperanza que Nos ponemos en el santo Rosario para curar los males que afligen a nuestro tiempo. No es con la fuerza, ni con las armas, ni con la potencia humana, sino con el auxilio divino obtenido por medio de la oración, al igual que David con su honda, como la Iglesia se presenta impávida ante el enemigo infernal.

Si aumentan los males y los asaltos de los malvados, crezca igualmente y aumente sin cesar la piedad de todos los buenos; esfuércense éstos por obtener de nuestra amantísima Madre, especialmente por medio del santo Rosario a ella tan acepto, que cuanto antes brillen tiempos mejores para la Iglesia y para la humana sociedad.

Fuente: S.S. Pío XII, Encíclica Ingruentium malorum

Buscar en todo únicamente a Dios


¡Oh Señor! ¡Que siempre te busque y únicamente a ti solo, y que, buscándote, te encuentre!

Las Misas de la semana de Pascua nos van recordando en sus Evangelios las diversas apariciones de Cristo resucitado. La primera y una de las más conmovedoras es en la que Jesús se manifestó a María Magdalena. En este episodio María se nos presenta de nuevo con su inconfundible carácter de alma completamente arrebatada por el amor de Dios. Llega al sepulcro, y apenas ve “la piedra quitada del monumento”, un solo pensamiento la obsesiona: “Han quitado al Señor del sepulcro”: ¿quién habrá sido?, ¿dónde le habrán puesto? Y va preguntando a todos los que encuentra, creyéndolos a todos dominados por la misma idea, por esa misma ansia en que ella se abrasa: les pregunta a Pedro y a Juan, a quienes ha venido a avisar, a los ángeles, al mismo Jesús. Las otras mujeres, apenas advierten que está el sepulcro abierto, entran en él para ver lo que ha pasado; ella corre a toda prisa para comunicar la noticia a los Apóstoles. Y después vuelve: ¿qué va a hacer allí junto a la tumba vacía? No lo sabe, pero su amor la arrastra hacia el sepulcro y la ata al lugar donde había sido colocado el cuerpo del Maestro, aquel Cuerpo que ella quiere encontrar de nuevo a toda costa.

Ve a los ángeles, pero no se maravilla ni se turba como las otras mujeres: el dolor absorbe su alma haciendo imposible cualquier otra emoción. Y cuando los ángeles le preguntan: ¿Por qué lloras, mujer?, ella responde inmediatamente: “Porque han tomado a mi Señor y no sé dónde le han puesto”. Poco después Jesús le hace la misma pregunta, y María, absorta y ensimismada en sus pensamientos, no le reconoce, y “creyendo que era el hortelano”, le dice: “Señor si lo has llevado tú, dime dónde le has puesto, y yo lo tomaré”. La obsesión por hallar de nuevo a Jesús domina de tal manera todo su ser que ni siquiera siente la necesidad de nombrarle: cree que todos piensan en su Jesús y que entenderán al vuelo su petición, como si todos estuviesen poseídos por el mismo estado de ánimo en que vive ella.

Cuando el amor y el deseo de Dios se han apoderado totalmente de un alma, hacen imposible que surjan en ella otros amores, otros deseos o preocupaciones. Todos sus movimientos están orientados hacia Dios, y el alma no hace más que buscar en todo únicamente a Dios.

“¡Oh Señor mío Jesucristo, qué cosa tan buena y feliz, tan sabrosa es sentir la violencia de tu amor! Abrasa cada día mi pecho con los rayos de tu santo amor, disipa las tinieblas de mi mente, ilumina los secretos del corazón, robustece mi voluntad, enciéndela, y alegra y fortalece mi alma. ¡Oh cuán dulce es tu misericordia, cuán grande es la suavidad de tu amor de ese amor que das con abundancia, Señor mío Jesucristo, y cuya suavidad gozan sólo aquellos que no aman ni quieren pensar en otra cosa fuera de Ti! ¡Tú te has anticipado a nosotros en el amor; para eso ahora nos invitas, nos atraes y nos arrebatas; tan grande es la violencia de tu amor! Ciertamente nada hay que invite, atraiga e impulse tanto a amar como el anticiparse en el amor, como amar antes de pedir amor, entonces el alma, que antes se arrastraba lánguida y perezosa, al sentirse amada, recibe una fuerza especial, y si, por el contrario, ya amaba fervorosamente, al tener conciencia ahora de ser amada y de haber sido amada antes que ella amase, se enciende mucho más en el amor”.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

La Sábana Santa


Lo que cuenta sobre todo para el creyente es que la Sábana Santa es un espejo del Evangelio. De hecho, si se reflexiona sobre el sagrado lienzo, no se puede olvidar que la imagen que se encuentra presente en él tiene una relación tan profunda con lo que narran los cuatro Evangelios sobre la Pasión y muerte de Jesús, que cada hombre sensible se siente interiormente tocado y conmovido al contemplarla. Quien se acerca a ella es consciente también de que la Sábana Santa no sólo impresiona el corazón de la gente, sino que hace referencia a Aquel a cuyo servicio la ha puesto la Providencia amorosa del Padre. Por lo tanto, es justo alimentar la conciencia de la preciosidad de esta imagen, que todos ven y que nadie puede explicar por ahora. Para toda persona profunda es motivo de hondas reflexiones que pueden llegar a implicar la vida.

La Sábana Santa constituye de este modo un signo verdaderamente singular que hace referencia a Jesús, la Palabra verdadera del Padre, e invita a modelar la propia existencia según la de Aquel que se dio a sí mismo por nosotros.

La imagen del cuerpo martirizado del Crucificado, al testimoniar la tremenda capacidad del hombre para causar dolor y muerte a sus semejantes, se presenta como un ícono del sufrimiento del inocente de todos los tiempos: de las innumerables tragedias que han marcado la historia pasada y de los dramas que continúan consumándose en el mundo.

En el sufrimiento inconmensurable que documenta, el amor de Aquel que tanto amó al mundo que le dio a su Hijo unigénito (Jn 3,16) se hace casi palpable y manifiesta sus sorprendentes dimensiones. Ante ella, los creyentes no pueden dejar de exclamar y con plena verdad: “¡Señor, no me podías amar más!”, y darse cuenta inmediatamente de que el responsable de este sufrimiento es el pecado: los pecados de cada ser humano.

“La Sábana Santa... nos invita a descubrir el misterio del dolor que, santificado por el sacrificio de Cristo, genera salvación para toda la humanidad”. Juan Pablo II

Fuente: Miguel Ángel Fuentes, El dolor salvífico

La participación en los sufrimientos de Cristo, condición para nuestra gloria eterna


Nuestros sufrimientos, nuestras expiaciones, los esfuerzos que hacemos por practicar el bien, luego de haber restablecido el orden en este mundo, para permitir que crezca y aumente en nosotros la vida de Cristo, aseguran a nuestra alma una parte de la gloria celestial.

Recordemos la conversación que tenían los dos discípulos que iban a Emaús al día siguiente de la Pasión.

Desconcertados por la muerte del Maestro, muerte que echaba por tierra todas las esperanzas que habían ellos colocado en un reino mesiánico, sin saber aún que Jesús había resucitado, van comunicándose mutuamente su profunda decepción.

Cristo se une a ellos con figura extraña, y les pregunta por el tema de su conversación. Y tras de haber escuchado la expresión de su descorazonamiento, sperabamus, “nosotros esperábamos...”, les reprocha inmediatamente: “Oh hombres sin inteligencia, tardos de corazón... ¿acaso no era necesario que Cristo sufriera todas estas cosas antes de entrar en su gloria?”.

Lo mismo nos acontece a nosotros; es preciso que tomemos parte en los sufrimientos de Cristo para que podamos luego participar de su gloria.

Esta gloria, esta bienaventuranza, han de ser inmensas. “Como hijos que somos de Dios, escribe San Pablo, somos herederos, coherederos junto con Cristo, con tal que suframos con Él para ser luego glorificados juntamente con Él”. Y añade: “creo yo en efecto que no guardan proporción los sufrimientos de esta vida con la gloria futura que ha de manifestarse en nosotros”.

De ahí que sea preciso que “nos regocijemos en la medida en que participamos de los sufrimientos de Cristo, ya que cuando se manifieste, en el último día, la gloria de Cristo, rebosaremos también nosotros de contento”.

Fuente: Dom Columba Marmion, Palabras de Vida, Ed. Desclée de Brouwer, 1956, p. 125

La Pascua del Señor


¡Oh Jesús resucitado! Hazme digno de participar del gozo de tu resurrección.

“¡Este es el día que hizo el Señor: alegrémonos y regocijémonos en Él!”. Es el día por excelencia, el día más alegre del año, porque en él “nuestra Pascua, Cristo, ha sido inmolado”. La Navidad es también una fiesta de alegría, pero de una alegría toda, transida de inefable dulzura; mientras que la alegría de Pascua lleva el sello inconfundible del triunfo: es el gozo por el triunfo y la victoria de Cristo. La liturgia de la Misa nos indica las dos notas características de la alegría pascual: alegría en la verdad, alegría en la caridad.

Alegría en la verdad, según la vibrante exhortación de San Pablo: “Celebremos la fiesta, no con la vieja levadura..., sino con los ácimos de la pureza y la verdad”. Existen en este mundo muchas alegrías efímeras porque se apoyan en fundamentos frágiles e inconsistentes, pero la alegría pascual es el gozo de sentirse en posesión de la verdad, la verdad que Cristo trajo al mundo y que confirmó con su resurrección. La resurrección de Cristo nos asegura que no es vana nuestra fe y que no pusimos nuestra esperanza en un muerto, sino en un vivo, en el viviente por excelencia, cuya vida es tan abundante que puede vivificar a todos los que creen en Él, no sólo durante el tiempo, sino también durante toda la eternidad: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en Mí, aunque estuviere muerto, vivirá”. Alegría en la verdad, porque solamente las almas sinceras y rectas que buscan con amor la verdad y, más aún, practican la verdad, pueden gozar plenamente la resurrección de Cristo. Ser alma sincera es reconocerse tal cual es, con sus defectos, con sus deficiencias: es sentir continuamente la necesidad de convertirse y estar decidida, precisamente por este conocimiento de su miseria, a purgarse del viejo fermento de las pasiones para renovarse del todo en Cristo resucitado.

Pero la verdad debe practicarse en la caridad, “andando en la verdad por el amor” (Ef. 4, 15); por eso es tan oportuna la oración que reza el sacerdote al final de la Misa, en la poscomunión: “Infúndenos, Señor, el espíritu de caridad... y por tu misericordia consérvanos concordes y unidos”. No puede darse verdadera alegría pascual donde no existe concordia y benevolencia mutua.

“Señor Jesús, Jesús piadoso. Jesús bueno, que te dignaste morir por nuestros pecados y resucitaste para nuestra Justificación, te ruego por tu gloriosa resurrección que me resucites del sepulcro de mis vicios y pecados, para que merezca tomar parte de verdad en tu resurrección. ¡Dulcísimo Señor, que subiste triunfante a la gloria del cielo y estás sentado a la diestra de Dios Padre! Levántame con tu infinito poder a las alturas, atráeme hasta ti para que corra al olor de tus perfumes y no desfallezca cuando Tú me llevas y me guías... Aplica la boca de mi alma sedienta a la fuente viva y soberana de la eterna saciedad, para que beba de ella lo que ha de ser mi vida; Dios mío, vida mía” (San Agustín).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

Oración ante el sufrimiento


Gracias te doy, Señor, por los golpes con que azotas mis espaldas; porque con este castigo me has salvado de la ruina. Me castigas, porque no quieres que queden impunes mis pecados; y con ello me das una gran lección.

Por eso me someto humildemente a los golpes de tu látigo; y te bendigo por la amargura que mezclas con la dulzura de la vida temporal, para que no me apegue a los deleites terrenales y aspire siempre a las delicias eternas.

Tú, Señor, iluminas mis tinieblas cuando castigas mis pecados con adversidades y mis perversos deleites con amarguras.

¡Qué bondadoso eres, Dios mío! Si en mi vida terrena no pusieras dolor tal vez me olvidaría completamente de Ti.

Pensaré cuánto has sufrido Tú por mí; y por pesados que sean mis trabajos, y grandes mis dolores, no igualarían jamás a los que Tú padeciste: insultos, humillaciones, flagelación, coronación de espinas, crucifixión.

Beberé, Señor, este amargo cáliz para recobrar la salud de mi alma; lo beberé sin temblar, porque para animarme lo has bebido Tú primero. Beberé este cáliz hasta que pase toda la amargura de este mundo y llegue a la otra vida en la que no habrá más maldad ni dolor. Amén.

Fuente: Oración compuesta por San Agustín de Hipona

Frutos abundantes de la victoria del Señor


Jesús, no teniendo en sí nada de común con la muerte, al triunfar de ella lo hizo en provecho nuestro. El Señor quiso hacérnosla dulce al convertirla en puerta de entrada para una vida infinitamente mejor que la terrena.

Antes de la venida de nuestro Redentor era muy duro abandonar este mundo aún para los justos, porque era sabido que el cielo permanecía cerrado para todos. Con su muerte, dice el Apóstol, Cristo desató a aquellos que el temor tenía sujetos durante toda su vida.

¡Oh! y de qué manera tan admirable la Confesión, la Eucaristía, la Extremaunción y las indulgencias, frutos preciosos de la muerte del Salvador, contribuyen a endulzar nuestras últimas horas. “¡Oh muerte! -exclamaba San Francisco de Asís-, ¿quién pudo decir jamás que eras amarga?”

El Salvador, en efecto, bebió Él primero del cáliz que nos asustaba, presentándonoslo a todos para que bebiésemos a nuestra vez. Pero ¡cuanto más dulce es nuestra muerte que la suya! Sobre la Cruz en que agonizaba no hallaba ningún reposo: el mar tempestuoso de la cólera divina parecía anegarle por completo, y expiró de dolor y colmado de oprobios por sus propias criaturas. Este espectáculo es capaz por sí solo de dulcificar la amargura de las postreras angustias y de consolarnos en la hora de la muerte. Acostumbrémonos a meditar en Jesús crucificado, para que, al llegar el momento final de nuestra vida, el crucifijo que entonces contemplarán nuestros ojos nos anime y dé la paz con la esperanza de la salvación.

Recordemos, sin embargo, que si la muerte perdió su amargura fue por la victoria que Jesús logró sobre el pecado, y que para participar de los frutos de esta victoria habremos de triunfar también nosotros del pecado y de las inclinaciones que lo llevan. Reprimamos, pues, el orgullo que nos induce a resistir a la autoridad legítima y nos impulsa a la desobediencia; reprimamos la sensualidad, que sólo se complace en halagar los sentidos, y que, a pesar de los remordimientos de conciencia, nos incita a los placeres; reprimamos la culpable avaricia, que nos apega a los bienes caducos y perecederos, y de los que no se sacia, y, en cambio, no se preocupa de buscar las riquezas eternas y verdaderas.

¡Oh Dios mío! Dame fuerza para triunfar en mí de las tres concupiscencias, vencidas por Jesús y María en el Calvario. Para lograr esto te ruego me ayudes: a aficionarme a todo lo que me rebaje a los ojos de las criaturas, a amoldarme a todo cuanto contraríe mis sentidos y mortifique mi amor propio, a no preocuparme de buscar bienestar, comodidad, salud y satisfacciones, al recuerdo de que Jesús y María vivieron en este destierro privados hasta de lo necesario.

Fuente: Manual de Meditaciones, pp. 330-332

El Via Crucis


El Vía Crucis o Camino de la Cruz, es una de las formas más expresivas, más sólidas y extendidas de la devoción del pueblo cristiano a la Pasión de Cristo.

Desde los primeros siglos los peregrinos de Jerusalén veneraban los lugares santos, especialmente el Gólgota y el Sepulcro. Según las revelaciones de Dios a Santa Brígida, luego de la muerte de Cristo, el mayor consuelo de su Madre era recorrer los lugares de aquel sagrado camino regados con la sangre de su Hijo.

La imposibilidad de ir a Jerusalén o el deseo de recordar con frecuencia en su propia tierra los momentos de la Pasión, hizo nacer en la cristiandad diversas formas de representar aquellos lugares para hacer recorridos en una especie de peregrinación espiritual. Variando en tiempos y lugares, prácticas y estaciones, parece que el actual Vía Crucis de 14 estaciones procede de la España del s. XVII, luego difundido por todo el mundo.

Su ejercicio tiene indulgencia plenaria cuando se hace ante estaciones legítimamente erigidas. Aunque es costumbre laudable leer un texto y rezar determinadas oraciones, puede hacerse meditando mentalmente lo que propone cada estación.

“No hay cosa tan eficaz para curar las llagas de nuestra conciencia y purgar y perfeccionar nuestra alma como la frecuente y continúa meditación de las llagas de Cristo y de su Pasión y Muerte” (San Bernardo).

Fuente: P. Ramiro Sáenz, Solo Dios basta

Cristo Redentor, solidario de la humanidad


Sustituirse voluntariamente a nosotros como víctima sin Mancilla para pagar nuestra deuda, y devolvernos, por su expiación y sus satisfacciones, la vida divina: tal fue la misión que debía realizar Cristo; el camino que le era preciso recorrer. “Dios cargó sobre Él”, hombre como nosotros, de la raza de Adán, justo sin embargo, inocente y sin pecado, “la iniquidad de todos nosotros”.

Por haberse hecho, por así decirlo, solidario de nuestra naturaleza y de nuestro pecado, Cristo ha merecido hacernos solidarios de su justicia y de su santidad. Dios, según la expresión tan enérgica de San Pablo, “al enviar por el pecado a su propio Hijo, en una carne semejante a la del pecado, condenó en la carne al pecado”. Y añade con una energía aún más acentuada: “Dios ha hecho por nosotros pecado a ese Cristo que no conocía el pecado”. ¡Qué vigor en esta expresión: lo hizo pecado! No dice el Apóstol: pecador, sino: pecado.

Cristo por su parte ha aceptado cargar sobre sus espaldas divinas con todos nuestros pecados hasta el punto de que se ha convertido, en cierto modo, sobre la cruz, en un pecado vivo, en el pecado universal. Se ha puesto voluntariamente en nuestro lugar, y por esta razón será condenado a muerte: “nuestro rescate será pagado con su sangre”. La humanidad quedará rescatada “no por cosas perecederas, oro o plata, sino por una sangre preciosa, la del Cordero sin mancha y sin defecto, que ha sido designado desde antes de la creación del mundo”.

¡Oh! No lo olvidemos: “hemos sido rescatados a gran precio...”

Fuente: Dom Columba Marmion, Palabras de Vida, Ed. Desclée de Brouwer, 1956, p. 118

Oración para alcanzar la gracia de no morir repentinamente


Oh Misericordiosísimo Jesús, por vuestra agonía y sudor de sangre, por vuestra muerte, libradme, os suplico, de la muerte súbita y repentina.

Oh benignísimo Señor Jesús, por el acerbísimo e ignominiosísimo tormento de los azotes y coronación de espinas, y por vuestra cruz y pasión amarguísima, y por vuestra bondad, humildemente os ruego, que no permitáis, que yo muera repentinamente, ni pase de esta a la otra vida, sin recibir primero los santos Sacramentos.

Oh mi amantísimo Jesús, Señor y Dios mío, por todos vuestros trabajos y dolores, por vuestras sagradas llagas, por aquellas vuestras últimas palabras, oh mi dulcísimo Jesús, que dijisteis en la cruz: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me habéis desamparado? y por aquel fuerte clamor: Padre, en vuestras manos encomiendo mi espíritu, ardentísimamente os ruego, no me saquéis repentinamente de este mundo. Oh Redentor mío, vuestras manos me han hecho y formado enteramente. Oh Señor, dadme, os suplico, arrepentimiento y penitencia, concededme un tránsito feliz y en vuestra gracia, para que os ame de todo corazón, os alabe y os bendiga por toda la eternidad. Amén.

Señor mío Jesucristo, por aquellas cinco llagas, que por nuestro amor recibisteis en la cruz, socorred a vuestros siervos redimidos con vuestra preciosísima sangre.

Fuente: Ejercicio cotidiano, 1847

El apóstol debe conocer a Jesús


Si no hay más vida sobrenatural que la que da el conocimiento amoroso de Jesús, y la obra esencial del apóstol es dar y difundir ese conocimiento, nadie debe conocer más y mejor a Jesús que su apóstol.

Ésa es la única asignatura, no escrita, sino viva, de la carrera de apóstol: saberse a Jesús de todos los modos. Y ésa es la única que quiere enseñar Jesús: darse a conocer, solo y acompañado, presente y echado de menos, público y privado, visto de cerca y de lejos. Aclamado y perseguido. Abofeteado y escarnecido. Glorioso en el cielo y sacramentado en la tierra. Y darse a conocer no sólo a los ojos y oídos de carne, sino a la cabeza, al corazón, y hasta al instinto de los que han de ser sus apóstoles.

Ved, si no, la gradación con que se va dando a conocer a los que preparaba para apóstoles. El primer llamamiento a los cinco se hace por Jesús sin acompañamiento de gentes, sin aureola de milagros, sin sermones. No más el “ven”, el “sígueme”. ¡Jesús solo! Primera lección.

El segundo llamamiento se hace por Jesús asediado de muchedumbres hambrientas de verlo, oírlo y estar con Él y en plena florescencia de milagros. ¡Jesús buscado y seguido! Segunda lección.

El tercer llamamiento, el definitivo, se hace, es verdad, bajo un cielo de aclamaciones de las gentes y maravillas de palabras y obras de Jesús. Pero sombreado con nubes de maledicencias, envidias y maquinaciones de fariseos y escribas. ¡Jesús querido, discutido y odiado! Tercera lección.

Sin atreverme a afirmar que con esas tres lecciones los seleccionados se sabían ya a Jesús por entero, sí aseguro que tenían bastante para prestar razonable aceptación al cargo que les ofrecía y a las renuncias y asperezas que éste les imponía.

Su fórmula suprema será la afirmación que más tarde hará el doctor de las gentes, san Pablo: “Yo no sé más que a Jesucristo, y éste crucificado”.

Ése es el apóstol: el hombre que sabe y se sabe a Jesucristo, y no cuenta con sitio, ni tiempo, ni ganas para saber más.

Fuente: San Manuel González, Así ama el corazón de Jesús en la Eucaristía

Que la Pasión de Cristo no sea estéril en nosotros


¡Oh Jesús! Quiero acompañarte hoy en tu triunfo, para seguirte después hasta el Calvario.

La Semana Santa se abre con la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, acaecida el domingo que precede a su Pasión. Jesús permite que le lleven en triunfo, pero ¡qué humilde y manso aparece en medio de la gloria! Sabe muy bien que entre el pueblo, que grita hosannas, se esconden los enemigos, los que con insidias y mentiras, conseguirán convertir aquellos hosannas en “¡crucifícalo!”; lo sabe, y podría dominarlos con la fuerza de su divinidad, podría desenmascararlos públicamente y destruir todos sus planes, pero Jesús no quiere vencer ni reinar por la fuerza, sino por el amor, por la dulzura. Con mucha oportunidad dice el evangelista: “Decid a la hija de Sión: He aquí que tu Rey viene a ti manso y montado sobre un asno”. Con esta misma mansedumbre aceptará Él, que es el Inocente, el único verdadero Rey y Vencedor, presentarse al pueblo como un reo, condenado y vencido, como un rey de escarnio. Pero es precisamente así como atraerá todas las cosas hacia sí cuando sea levantado sobre la Cruz.

Mientras el cortejo prosigue triunfalmente, Jesús ve dibujarse a sus pies el panorama de Jerusalén. Y así que estuvo cerca, al ver la ciudad, lloró sobre ella, diciendo: “¡Si al menos en este día conocieras lo que hace a la paz tuya!... Tus enemigos... no dejarán en ti piedra sobre piedra; por no haber conocido el tiempo de tu visitación”. Jesús llora la obstinación de Jerusalén, la ciudad santa, que por no haberle reconocido como Mesías, y por no haber aceptado su Evangelio, será destruida hasta en sus cimientos. Jesús es al mismo tiempo verdadero Dios y verdadero hombre, y como hombre se conmueve y sufre por la triste suerte que Jerusalén se ha echado sobre sí, resistiendo obstinadamente a la gracia. Él ya se dirige a su Pasión, y morirá también por la salvación de Jerusalén, pero Jerusalén no se salvará, porque no ha querido, “porque no ha conocido el tiempo de su visitación”. He aquí la historia de tantas almas que resisten a la gracia; he aquí la causa del sufrimiento más profundo y más íntimo del Corazón dulcísimo de Jesús. Al menos tú, alma devota, alegra al Señor aprovechándote plenamente de los méritos de su dolorosísima Pasión, de toda la Sangre que Jesús derramó. Cuando resistes a las invitaciones de la gracia resistes a la Pasión de Jesús e impides que te sea aplicada en toda su plenitud.

¡Oh Jesús! ¡Qué amargamente lloras sobre la ciudad que no quiere reconocerte! ¡Cuántas almas, como Jerusalén, se pierden por resistir obstinadamente a la gracia! Por todas ellas te pido misericordia con todas mis fuerzas. “Aquí, Dios mío, se ha de mostrar vuestro poder, aquí vuestra misericordia. ¡Oh, qué recia cosa os pido, verdadero Dios mío!, que queráis a quien no os quiere, que abráis a quien no os llama, que deis salud a quien gusta de estar enfermo y anda procurando la enfermedad. Vos decís, ¡Señor mío!, que venís a buscar los pecadores; éstos, Señor, son los verdaderos pecadores. No miréis nuestra ceguedad, mi Dios, sino a la mucha sangre que derramó vuestro Hijo por nosotros. Resplandezca vuestra misericordia en tan crecida maldad; mirad, Señor, que somos hechura vuestra. Válganos vuestra bondad y misericordia” (S. Teresa de Jesús).

¡Oh Jesús! Aunque nos obstinemos en resistir a la gracia, siempre será verdad que Tú eres el Vencedor, que tu victoria sobre el príncipe de la muerte ha sido completa y que Tú has salvado y redimido a la Humanidad. Tú eres también el buen Pastor que conoce una por una todas las ovejas y a todas quiere salvarlas. Tu Corazón amantísimo no se siente satisfecho con haber merecido la salvación de todo el rebaño, desea ardientemente que cada oveja en particular se aproveche de esta salvación... ¡Oh Señor! Dispón nuestra voluntad para que acepte devotamente tu don, tu gracia, haz que tu Pasión no sea estéril para nosotros.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

Mensaje a las mujeres


Y ahora es a vosotras a las que nos dirigimos, mujeres de todas las condiciones, hijas, esposas, madres y viudas; a vosotras también, vírgenes consagradas y mujeres solas. Sois la mitad de la inmensa familia humana.

En este momento en que la humanidad conoce una mutación tan profunda, las mujeres llenas del espíritu del Evangelio pueden ayudar tanto a que la humanidad no decaiga.

Vosotras, las mujeres, tenéis siempre como misión la guarda del hogar, el amor a las fuentes de la vida, el sentido de la cuna. Estáis presentes en el misterio de la vida que comienza. Consoláis en la partida de la muerte. Nuestra técnica corre el riesgo de convertirse en inhumana. Reconciliad a los hombres con la vida. Y, sobre todo, velad, os lo suplicamos, por el porvenir de nuestra especie. Detened la mano del hombre que en un momento de locura intentase destruir la civilización humana.

Esposas, madres de familia, primeras educadores del género humano en el secreto de los hogares, transmitid a vuestros hijos las tradiciones de vuestros padres, al mismo tiempo que los preparáis para el porvenir insondable. Acordaos siempre de que una madre pertenece, por sus hijos, a ese porvenir que ella no verá probablemente.

Y vosotras también, mujeres solitarias, sabed que podéis cumplir toda vuestra vocación de entrega. La sociedad os llama por todas partes. Y las mismas familias no pueden vivir sin la ayuda de aquellas que no tienen familia.

Vosotras, sobre todo, vírgenes consagradas, en un mundo donde el egoísmo y la búsqueda de placeres quisieran hacer la ley, sed guardianes de la pureza, del desinterés, de la piedad. Jesús, que dio al amor conyugal toda su plenitud, exaltó también el renunciamiento a ese amor humano cuando se hace por el Amor infinito y por el servicio a todos.

Mujeres que sufrís, en fin, que os mantenéis firmes bajo la cruz a imagen de María; vosotras, que tan a menudo, en el curso de la historia, habéis dado a los hombres la fuerza para luchar hasta el fin, para dar testimonio hasta el martirio, ayudadlos una vez más a conservar la audacia de las grandes empresas, al mismo tiempo que la paciencia y el sentido de los comienzos humildes.

Mujeres del universo todo, a quienes os está confiada la vida en este momento tan grave de la historia, a vosotras toca también, velar por la paz del mundo.

Fuente: San Pablo VI, cf. Discurso del 8 de diciembre de 1965

El martirio de María Santísima al pie de la Cruz


Nosotros, hijos adoptivos de la más afligida de las Madres, consideremos, llenos de compasión y devoción filial, a esta dulce Mediadora de nuestra salvación, sufriendo mil torturas por cada llaga y dolor de su Hijo adorable. Ella oyó las blasfemias que le dirigieron y presenció los escarnios de que fue objeto, y cada uno de aquellos insultos, cada una de aquellas burlas atravesaban como puñales agudos su corazón de madre. El mismo Jesús se quejó de la sed ardiente que le devoraba, y María no pudo aliviarle.

“Yo contemplaba -dijo la Virgen a Santa Brígida- el doloroso espectáculo de Jesús agonizante: sus ojos hundidos, entre abiertos, apagados; anhelante la boca, las mejillas caídas; el rostro pálido y la cabeza pendiendo sobre el pecho; todo el cuerpo hecho una sangrienta llaga”. ¡Qué dolor hubo de sentir esta Madre, la más tierna de las madres! “Fue tan grande este dolor -dice San Bernardino de Siena-, que, repartido entre todos los hombres, hubiese bastado para causarles la muerte instantáneamente”.

Y ¿qué hacía esta Purísima Virgen en medio de semejantes angustias? San Juan nos la hace contemplar en pie, junto a la cruz, soportando, a la par que su divino Hijo, el peso inmenso de nuestros pecados y los golpes abrumadores de la Justicia de Dios. Ella, lo mismo que Jesús, preveía la inutilidad de tan acerbos dolores, que había de desaprovechar gran número de las almas, y esta mirada hacia lo por venir pesaba como losa sobre su corazón de Madre. Por eso, y para ayudarnos con más eficacia, María se acercó la cruz en lugar de permanecer alejada de ella. Bien distinta de aquellos que se horrorizan de las penas, la Virgen estima el dolor como el más precioso tesoro y quiere a este precio merecer aún más por nosotros.

¡Oh!, si conociéramos, como ella, el misterio de la cruz, en vez de quejarnos cuando nos prueba el dolor, nos sentiríamos felices al cruzarse las penas en nuestro camino, humillando nuestro orgullo, arrancándonos de raíz los defectos, amortiguando las pasiones, doblegándonos la voluntad, haciéndola más flexible y dócil a la gracia.

Jesús y María, modelos perfectos de resignación y amor a la cruz, haced que me acostumbre a pensar en vuestros dolores, cuando me embargue la tristeza, tan contraria a mi progreso espiritual. Os pido de todo corazón que, cuando llegue para mí la hora de la prueba, me conservéis siempre la paz interior, aún en los trances más angustiosos de la vida.

Fuente: Manual de Meditaciones, pp. 296-298

El valor de la obediencia


¡Oh Jesús obedientísimo! Hazme comprender el valor de la obediencia.

“Más quiere Dios en ti -dice San Juan de la Cruz- el menor grado de obediencia y sujeción que todos esos servicios que le piensas hacer”. ¿Por qué? Porque la obediencia te obliga a renunciar a tu voluntad para unirte a la de Dios, manifestada en los preceptos de los superiores, y precisamente en la completa conformidad de tu voluntad con la voluntad divina consiste la perfección de la caridad, consiste la esencia de la unión con Dios. Tu caridad será perfecta cuando en toda acción que ejecutes te regules según la voluntad de Dios, con la cual debes conformar la tuya, y no según tus inclinaciones y deseos personales. Esto es propiamente vivir en estado de unión con Dios, pues el alma “que totalmente tiene su voluntad conforme y semejante a la de Dios totalmente, está unida y transformada en Dios sobrenaturalmente”.

La voluntad de Dios se te manifiesta en sus preceptos, en los preceptos de la Iglesia, en las obligaciones de tu estado; al margen de esto, tu propia elección encontrará un campo anchísimo de acción, donde a veces no será tan fácil el conocer con certeza qué es lo que Dios quiere de ti. Por el contrario, a través de la voz de la obediencia, la voluntad de Dios toma una forma clara y precisa y se explicita abiertamente, sin peligro alguno de equivocación. Si como enseña San Pablo “no hay autoridad sino por Dios”, obedeciendo a tus legítimos superiores tienes la seguridad de obedecer a Dios. Cuando Jesús confió a sus apóstoles la misión de anunciar el Evangelio a todas las gentes, dijo: “El que a vosotros oye, a Mí me oye, y el que a vosotros desecha a Mí me desecha”, lo cual quiere decir que los superiores eclesiásticos son sus representantes y hablan en su nombre. Santo Tomás enseña que en toda autoridad legítima, aunque sea de orden natural, civil o social, existe una expresión clara de la voluntad divina, siempre que en sus preceptos guarde los justos límites de su poder. Por esto San Pablo no duda en escribir: “Siervos, obedeced a vuestros amos según la carne como a Cristo... como siervos que cumplen de corazón la voluntad de Dios”.

“¡Oh, qué dulce y gloriosa es esta virtud de la obediencia que reúne en sí todas las demás virtudes! Porque ella nace de la caridad, en ella se apoya la piedra de la fe santísima; es la reina, y quien la tome por esposa no siente ningún mal, sino paz y descanso. Las ondas tempestuosas del mal no pueden hundirla, porque navega sobre tu voluntad, Dios mío. Ningún deseo suyo puede dejar de ser satisfecho, porque la obediencia solamente te desea a ti, oh Señor, que puedes, sabes y quieres realizar sus deseos. ¡Oh obediencia, que navegas mansamente y sin peligro llegas al puerto de salud! ¡Oh Jesús! Yo veo a la obediencia hecha una cosa contigo, y contigo la contemplo sobre la navecilla de tu Cruz santísima. Dame, pues, Señor, esta santa obediencia, perfumada por la humildad, recta, sin curva alguna, que es portadora de la luz de la gracia divina. Regálame, Señor, esta piedra preciosa, escondida y pisoteada por el mundo, que se humilla, sometiéndose por tu amor a las criaturas” (Santa Catalina de Sena).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

500 años de la primera Misa en suelo argentino

Expedición de Magallanes. La primera misa en la costa patagónica (puerto de San Julián). (Óleo de José Bouchet: Museo Histórico Nacional.)

El 20 de septiembre de 1519 partía de España la expedición de Hernando de Magallanes, la cual completaría -el 8 de septiembre del siguiente año- la primera vuelta al mundo. Pero mayor relevancia tendría para nuestra Patria el hecho de haberle correspondido a esta expedición el honor de ofrecer por primera vez en suelo argentino el Santo Sacrificio.

En los primeros días de enero de 1520 ya recorrían las naves de Magallanes el Río de la Plata, continuando luego por el sur hasta el puerto de San Julián, donde decidió invernar. A bordo viajaban dos sacerdotes, los padres Pedro de Valderrama y Pedro Sánchez de Reina, “con todo su aderezo necesario para con que puedan decir misa”.

El 31 de marzo entraban los navíos en la ensenada, y a la mañana siguiente asistía la tripulación en tierra a la Santa Misa:

“Y luego el mismo día domingo de Ramos... -escribe Juan López de Recalde al Obispo de Burgos- hizo llamar el dicho Magallanes a todos los dichos capitanes, oficiales y pilotos para que fuesen a tierra a oír misa, y que después fuesen a comer a su nao”.

Si bien no lo precisa nadie, hubo de celebrarla el capellán de la Trinidad -nave capitana de la expedición-, el padre Pedro de Valderrama.

Las relaciones de viaje no especifican más datos, pero es posible conjeturar el ceremonial a partir de lo que éstas refieren acerca de ceremonias similares:

Sacaron a tierra, de los navíos, las velas y otros atavíos; e hicieron en la ribera del mar, de los ramos y velas, una devota capilla y en ella un altar, al modo de nuestra España, en que se celebrase la misa”. A la elevación de la Sagrada Hostia “los navíos, previa señal dada desde tierra con las armas de fuego, descargaron a un tiempo toda la artillería”.

Es la primera Misa en tierra argentina documentalmente comprobada.

Era el 1º de abril de 1520.

Fuente: Cf. Cayetano Bruno, S.D.B., Historia de la Iglesia en Argentina

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