El valor de la obediencia


¡Oh Jesús obedientísimo! Hazme comprender el valor de la obediencia.

“Más quiere Dios en ti -dice San Juan de la Cruz- el menor grado de obediencia y sujeción que todos esos servicios que le piensas hacer”. ¿Por qué? Porque la obediencia te obliga a renunciar a tu voluntad para unirte a la de Dios, manifestada en los preceptos de los superiores, y precisamente en la completa conformidad de tu voluntad con la voluntad divina consiste la perfección de la caridad, consiste la esencia de la unión con Dios. Tu caridad será perfecta cuando en toda acción que ejecutes te regules según la voluntad de Dios, con la cual debes conformar la tuya, y no según tus inclinaciones y deseos personales. Esto es propiamente vivir en estado de unión con Dios, pues el alma “que totalmente tiene su voluntad conforme y semejante a la de Dios totalmente, está unida y transformada en Dios sobrenaturalmente”.

La voluntad de Dios se te manifiesta en sus preceptos, en los preceptos de la Iglesia, en las obligaciones de tu estado; al margen de esto, tu propia elección encontrará un campo anchísimo de acción, donde a veces no será tan fácil el conocer con certeza qué es lo que Dios quiere de ti. Por el contrario, a través de la voz de la obediencia, la voluntad de Dios toma una forma clara y precisa y se explicita abiertamente, sin peligro alguno de equivocación. Si como enseña San Pablo “no hay autoridad sino por Dios”, obedeciendo a tus legítimos superiores tienes la seguridad de obedecer a Dios. Cuando Jesús confió a sus apóstoles la misión de anunciar el Evangelio a todas las gentes, dijo: “El que a vosotros oye, a Mí me oye, y el que a vosotros desecha a Mí me desecha”, lo cual quiere decir que los superiores eclesiásticos son sus representantes y hablan en su nombre. Santo Tomás enseña que en toda autoridad legítima, aunque sea de orden natural, civil o social, existe una expresión clara de la voluntad divina, siempre que en sus preceptos guarde los justos límites de su poder. Por esto San Pablo no duda en escribir: “Siervos, obedeced a vuestros amos según la carne como a Cristo... como siervos que cumplen de corazón la voluntad de Dios”.

“¡Oh, qué dulce y gloriosa es esta virtud de la obediencia que reúne en sí todas las demás virtudes! Porque ella nace de la caridad, en ella se apoya la piedra de la fe santísima; es la reina, y quien la tome por esposa no siente ningún mal, sino paz y descanso. Las ondas tempestuosas del mal no pueden hundirla, porque navega sobre tu voluntad, Dios mío. Ningún deseo suyo puede dejar de ser satisfecho, porque la obediencia solamente te desea a ti, oh Señor, que puedes, sabes y quieres realizar sus deseos. ¡Oh obediencia, que navegas mansamente y sin peligro llegas al puerto de salud! ¡Oh Jesús! Yo veo a la obediencia hecha una cosa contigo, y contigo la contemplo sobre la navecilla de tu Cruz santísima. Dame, pues, Señor, esta santa obediencia, perfumada por la humildad, recta, sin curva alguna, que es portadora de la luz de la gracia divina. Regálame, Señor, esta piedra preciosa, escondida y pisoteada por el mundo, que se humilla, sometiéndose por tu amor a las criaturas” (Santa Catalina de Sena).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

No hemos de avergonzarnos de la Cruz


Cualquier acción de Cristo es motivo de gloria para la Iglesia universal; pero el máximo motivo de gloria es la Cruz. Así lo expresa con acierto Pablo, que tan bien sabía de ello: En cuanto a mí, líbreme Dios de gloriarme si no es en la cruz de Cristo.

El triunfo de la cruz iluminó a todos los que padecían la ceguera del pecado, nos liberó a todos de las ataduras del pecado, redimió a todos los hombres.

Por consiguiente, no hemos de avergonzarnos de la cruz del Salvador, sino más bien gloriarnos de ella. Porque el mensaje de la cruz es escándalo para los judíos, necedad para los griegos, mas para nosotros es salvación. Para los que están en vías de perdición es necedad, mas para nosotros, que estamos en vías de salvación, es fuerza de Dios. Porque el que moría por nosotros no era un hombre cualquiera, sino el Hijo de Dios, Dios hecho hombre.

Él no perdió la vida coaccionado ni fue muerto a la fuerza, sino voluntariamente. Oye lo que dice: Soy libre para dar mi vida y libre para volverla a tomar. Fue, pues, a la pasión por su libre determinación, contento con la gran obra que iba a realizar, consciente del triunfo que iba a obtener, gozoso por la salvación de los hombres; al no rechazar la cruz, daba la salvación al mundo.

Por lo tanto, que la cruz sea tu gozo no sólo en tiempo de paz; también en tiempo de persecución has de tener la misma confianza, de lo contrario, serías amigo de Jesús en tiempo de paz y enemigo suyo en tiempo de guerra. Ahora recibes el perdón de tus pecados y las gracias que te otorga la munificencia de tu Rey; cuando sobrevenga la lucha, pelea denodadamente por tu Rey.

Jesús, que en nada había pecado, fue crucificado por ti; y tú, ¿no te crucificarás por él, que fue clavado en la cruz por amor a ti? No eres tú quien le haces un favor a él, ya que tú has recibido primero; lo que haces es devolverle el favor, saldando la deuda que tienes con aquel que por ti fue crucificado en el Gólgota.

Fuente: De las Catequesis de san Cirilo de Jerusalén, obispo

Si el mundo que busca a Dios supiera


Si el mundo que busca a Dios supiera... Si supieran esos sabios que buscan a Dios en la ciencia, y en las eternas discusiones. Si supieran los hombres dónde se encuentra Dios, cuántas guerras se impedirían, cuánta paz habría en el mundo, cuántas almas se salvarían.

Insensatos y necios, que buscáis a Dios donde no está.

Escuchad, y asombraos. Dios está en el corazón del hombre, yo lo sé. Pero mirad, Dios vive en el corazón del hombre, cuando este corazón vive desprendido de todo lo que no es Él. Cuando este corazón se da cuenta de que Dios llama a sus puertas, y barriendo y limpiando todos sus aposentos, se dispone a recibir al Único que llena de veras.

Qué dulce es vivir así, sólo con Dios dentro del corazón. Qué suavidad tan grande es verse lleno de Dios. Qué fácil debe ser morir así.

Qué poco cuesta, mejor dicho, nada cuesta, hacer lo que Él quiere, pues se ama su voluntad, y aun el dolor y el sufrimiento, es paz, pues se sufre por amor.

Sólo Dios llena el alma, y la llena toda.

No hay criaturas, no hay mundo, no hay nada que la turbe. Sólo el pensar en ofenderle y en perderlo, la hace sufrir.

Fuente: De los escritos de San Rafael Arnáiz

Castidad y caridad


La castidad, la caridad y la humildad carecen externamente de relieve, pero no de belleza; y, ciertamente, no es poca su belleza, ya que llenan de gozo a la divina mirada. ¿Qué hay más hermoso que la castidad, la cual purifica al que ha sido concebido de la corrupción, convierte en familiar de Dios al que es su enemigo y hace del hombre un ángel?

El hombre casto y el ángel son diferentes por su felicidad, pero no por su virtud. Y, si bien la castidad del ángel es más feliz, sabemos que la del hombre es más esforzada. Sólo la castidad significa el estado de la gloria inmortal en este tiempo y lugar de mortalidad; sólo la castidad reivindica para sí, en medio de las solemnidades nupciales, el modo de vida de aquella dichosa región en la cual ni los hombres ni las mujeres se casarán, y permite, así, en la tierra la experiencia de la vida celestial.

Sin embargo, aunque la castidad sobresalga de modo tan eminente, sin la caridad no tiene ni valor ni mérito. La castidad sin la caridad es una lámpara sin aceite; y, no obstante, como dice el sabio, qué hermosa es la generación casta, con caridad, con aquella caridad que, como escribe el Apóstol, brota del corazón limpio, de la buena conciencia y de la fe sincera.

Fuente: De las cartas de san Bernardo, abad

Meditando en la Navidad (IV)


Jesús había sido concebido en Nazaret, domicilio de San José y de María, y allí era de creerse que había de nacer, según todas las probabilidades. Más Dios lo tenía dispuesto de otra manera y los profetas habían anunciado que el Mesías nacería en Belén de Judá, ciudad de David. Para que se cumpliese esa predicción, Dios se sirvió de un medio que no parecía tener ninguna relación con este objeto, a saber: la orden dada por el emperador Augusto de que todos los súbditos del imperio romano se empadronasen en el lugar de donde eran originarios. María y José como descendientes que eran de David, no estaban dispensados de ir a Belén, y ni la situación de la Virgen Santísima ni la necesidad en que estaba José del trabajo diario que les aseguraba la subsistencia, pudo eximirles de este largo y penoso viaje, en la estación más rigurosa e incómoda del año.

No ignoraba Jesús en qué lugar debería nacer, e inspiraba a sus padres que se entreguen a la Providencia, y que de esta manera concurran inconscientemente a la ejecución de sus designios.

Almas interiores, observad este manejo del divino Niño, porque es el más importante de la vida espiritual: aprended que quien se haya entregado a Dios ya no ha de pertenecerse a sí mismo, ni ha de querer en cada instante sino lo que Dios quiera para él; siguiéndole ciegamente aún en las cosas exteriores, tales como el cambio de lugar donde quiera que le plazca conducirle. Ocasión tendréis de observar esta dependencia y esta fidelidad inviolable en toda la vida de Jesucristo, y este es el punto sobre el cual se han esmerado en imitarle los santos y las almas verdaderamente interiores, renunciando absolutamente a su propia voluntad.

Fuente: Fernando de Jesús Larrea, Novena de Navidad

No temamos ser cristianos


Para trabajar por la conservación de la fe es necesario adoptar un lenguaje cristiano, usar el lenguaje de la fe. Cambiad el lenguaje del mundo. Por una culpable tolerancia hemos dejado que Nuestro Señor Jesucristo fuese desterrado de las costumbres, de las leyes, de las formas y conveniencias sociales, y en los salones de los grandes nadie se atrevería a hablar de Jesucristo. Aun entre católicos prácticos, parecería extraño hablar de Jesucristo sacramentado.

Hay tantos -dicen- que no cumplen con la Iglesia ni asisten al sacrificio de la misa, que teme uno molestar a alguno de los contertulios, y tal vez el mismo dueño de la casa se encuentra en este caso. Se hablará del arte religioso, de las verdades morales, de la belleza de la religión; pero de Jesucristo, de la Eucaristía... jamás. Cambiad todo esto; haced profesión de vuestra fe. En fin, es necesario demostrar que Nuestro Señor tiene derecho a vivir y a reinar en el lenguaje social. Es una deshonra para los católicos tener siempre a Jesucristo bajo el celemín, como lo hacen. Es preciso mostrarle en todas partes. El que hace profesión explícita de su fe y el que sin respetos humanos pronuncia reverentemente el Nombre de Jesucristo se coloca en la corriente de su Gracia. ¡Hace falta que todos sepan públicamente cuál es nuestra fe!

Se oye a cada paso proclamar principios ateos; por doquiera se encuentran gentes que se jactan de no creer en nada, y nosotros ¿hemos de temer afirmar nuestras creencias y pronunciar el Nombre de nuestro divino Maestro?

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Cumplir la Voluntad de Dios hasta la vida eterna

El Beato Carlos de Austria, fallecido santamente el 1 de abril de 1922

El que está unido a la divina voluntad disfruta, aun en este mundo, de admirable y continua paz. “No se contristará el justo por cosa que le acontezca”, porque el alma se contenta y satisface al ver que sucede todo cuanto desea; y el que sólo quiere lo que quiere Dios, tiene todo lo que puede desear, puesto que nada acaece sino por efecto de la divina voluntad.

No debemos pedir, decía el santo Abad Nilo, que haga Dios lo que deseamos, sino que nosotros hagamos lo que Él quiera.

Quien así proceda tendrá venturosa vida y santa muerte. El que muere resignado por completo a la divina voluntad nos deja certeza moral de su salvación. Mas el que no vive así unido a la voluntad de Dios, tampoco lo estará al morir, y no se salvará.

Procuremos, pues, familiarizarnos con ciertos pasajes de la Sagrada Escritura, que sirven para conservarnos en esa unión incomparable: “Dime, Señor, lo que quieres que haga, pues yo deseo hacerlo” (Hch. 9, 6). “He aquí a tu siervo: manda y serás obedecido” (Lc. 1, 38). “Sálvame, Señor, y haz de mí lo que quieras. Tuyo soy, y no mío” (Sal. 118, 94).

Y cuando nos suceda alguna adversidad, digamos en seguida: “Hágase así, Dios mío, porque así lo quieres” (Mateo 11, 26). Especialmente, no olvidemos la tercera petición del Padrenuestro: “Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el Cielo”. Digámosla a menudo, con gran afecto, y repitámosla muchas veces... ¡Dichosos nosotros si vivimos y morimos diciendo: Fiat voluntas tua!

Fuente: San Alfonso María de Ligorio, Preparación para la muerte

Luchar contra el espíritu del mundo


El mundo hace los mayores esfuerzos para impedir que se ame a Jesucristo en el santísimo Sacramento con un amor práctico y verdadero, para impedir que se acuda a visitarle y lograr que se paralicen los efectos de este amor.

El mundo sujeta, cautiva y absorbe la atención de las almas con las ocupaciones y aun con las buenas obras externas desviándolas de la meditación seria y detenida del amor de Jesús.

Llega hasta combatir directamente este amor práctico, presentándolo como innecesario y como posible únicamente dentro de un claustro.

El demonio no cesa un instante de luchar contra nuestro amor a Jesús sacramentado.

Sabe que está allí Jesús sustancialmente y que está vivo, atrayendo directamente las almas y tomando posesión de ellas; y procura borrar en nosotros el pensamiento y la buena impresión de la Eucaristía: es decisivo para sus malvados fines.

Y, sin embargo, Dios es todo amor.

Desde la Hostia sacrosanta nos grita este dulce Salvador: “Amadme como Yo os he amado, perseverad en mi amor. Yo he venido a traer sobre la tierra el fuego del amor y mi deseo más ardiente es que abrase vuestros corazones”.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Recemos el Santo Rosario


Persevera en pedir a Dios, mediante el Santo Rosario, todas las gracias espirituales y corporales que necesitas, especialmente la divina Sabiduría, que es un tesoro infinito. Tarde o temprano, la obtendrás infaliblemente, con tal que no abandones el Rosario ni te desanimes a medio camino. Te queda aún largo camino. Sí, aún te queda mucho por andar, muchas adversidades por atravesar, muchas dificultades por superar, muchos enemigos por vencer. Te faltan muchos Padrenuestros y Avemarías para alcanzar el Paraíso y ganar la hermosísima corona que espera a todo fiel del Rosario.

No sea que alguien te arrebate el premio. Pon mucho cuidado en que otro más fiel que tú en rezar bien y diariamente el Rosario, no te arrebate la corona. Esa que constituye tu premio. Dios te la había preparado y la tenías casi ganada con los rosarios bien rezados. Pero por haberte detenido en el hermoso camino por el que avanzabas tan de prisa, otro pasó adelante; sí, otro más diligente y fiel adquirió y ganó con sus rosarios y buenas obras lo que necesitaba para comprar esa corona. ¿Quién, pues, te cortó el camino, hacia la conquista de tu corona? ¡Ah! ¡Los enemigos del Santo Rosario que son muchos!

¡Créeme! Sólo alcanzarán esa corona los valerosos que la arrebatan por la fuerza. Tales coronas no son para los cobardes, que temen las burlas y amenazas del mundo. Ni para los perezosos y holgazanes, que rezan el Rosario con negligencia, a la carrera, por rutina o a intervalos y según su capricho. Ni para los cobardes que se descorazonan y rinden las armas tan pronto ven a todo el infierno desencadenado contra su Rosario. Si quieres matricularte al servicio de Jesús y María rezando el Rosario todos los días, prepárate para la tentación: Hijo mío, si te decides a servir al Señor, prepara tu alma para la prueba. ¡No te hagas ilusiones! Los herejes, los libertinos, las “gentes de bien” según el mundo, los semidevotos y falsos profetas, en sintonía con tu naturaleza corrompida y los poderes infernales, te harán una guerra sin cuartel para obligarte a abandonar esta práctica.

Fuente: San Luis María Grignion de Montfort, El secreto admirable del Santísimo Rosario

No debemos turbarnos de ningún modo


Principalmente a las almas que comienzan a dar los primeros pasos en el camino de la perfección, San Francisco de Sales les inculca el conocimiento práctico de su flaqueza. Ellas son las que, por inexperiencia, con mayor facilidad se desconciertan cuando han caído en una falta, con las consecuencias funestas de ese desconcierto. Perturbarse y desalentarse cuando uno cae en el pecado es no conocerse a sí mismo.

Veamos con cuánta gracia nuestro bienaventurado Doctor reprende e instruye a esas almas: “Tenéis todavía, me decís, muy vivo y delicado el sentimiento para sufrir las injurias. Pero, hija mía, ese todavía ¿a qué se refiere? ¿Habéis ya derrotado a muchos enemigos de esa clase? No es posible que tan pronto seáis dueña y señora de vuestra alma, como si la tuvierais totalmente en vuestra mano. Contentaos con ir ganando, poco a poco, alguna pequeña ventaja sobre vuestro defecto dominante. Nuestra imperfección nos acompañará hasta el sepulcro. No podemos caminar sin tocar el suelo. Es preciso no caer y no enlodarse, pero tampoco hay que pensar en volar, porque somos polluelos y todavía no tenemos alas. Las flechas que vuelan a lo alto son las esperanzas vanas y las presunciones que, al principio de su conversión, ciertas almas deseosas de la perfección tienen de llegar pronto a la santidad. Se figuran que van a llegar a ser muy pronto nada menos que una Teresa de Jesús o una Santa Catalina de Siena. Esto está muy bien, pero decidme: ¿Cuánto tiempo pensáis emplear en llegar a ello? Tres meses; menos, si es posible. Hacéis bien en decir si es posible, porque de otro modo podríais equivocaros. El alma que sube desde el pecado a la devoción se puede comparar con el alba que, al levantarse, no ahuyenta las tinieblas de repente, sino que las va disipando poco a poco; la curación que se hace lentamente es la más segura, pues las enfermedades, tanto del alma como del cuerpo, vienen a caballo y corriendo, y se van a pie y paso a paso. Hay, pues, que tener paciencia, y no pretender desterrar en un solo día tantos malos hábitos como hemos adquirido, por el poco cuidado que tuvimos de nuestra salud espiritual”.

Y, como conclusión, el buen Santo no cesaba de decir: “Aunque, por nuestra debilidad, vislumbremos muchas caídas, no debemos turbarnos de ningún modo”.

Fuente: José Tissot, El arte de aprovechar nuestras faltas

El desaliento es la pérdida del alma


Es, al mismo tiempo, honra y tormento del hombre que ha caído el no poder acostumbrarse a sus faltas. Es como un príncipe destronado, sin ningún prestigio, por culpa de sus primeros padres; pero en el fondo de su alma conserva siempre el recuerdo de la nobleza de su origen y de la inocencia que tendría que ser su patrimonio. Apenas puede contener una exclamación de sorpresa en sus caídas, como si le hubiera ocurrido una desgracia inmerecida. Se diría que era Sansón, agotadas sus fuerzas por la mano malvada que le cortó los cabellos. Le gritaron los filisteos: “¡Levántate sobre ti!” Él se levantó, creyendo que, como otras veces, derribaría a sus enemigos; pero las fuerzas de otros tiempos le habían abandonado.

Por muy noble que este sentimiento sea en nosotros, sus resultados son nefastos y hay que combatirlo. El desaliento es la pérdida del alma; pero no podrá invadirnos, si el asombro que sigue a la falta no le abre el camino.

Contra este peligro nos va a prevenir San Francisco de Sales. Igual que otros eminentes doctores y otros sabios lúcidos, el bienaventurado Obispo siempre se enternecía a la vista de las flaquezas del hombre. “Miseria humana, miseria humana, repetía, ¡hasta qué punto estamos rodeados de debilidades! ¿Qué se puede esperar de nosotros, sino caídas?” Todas sus palabras y todos sus escritos muestran que desde la cumbre de la santidad a la que había llegado veía con especial claridad, sondeando con mirada profunda el abismo de miserias y de flaquezas que el pecado original había cavado en nosotros. Su espíritu abierto no lo olvidaba, al tratar a las almas que acudían a su dirección espiritual, y no se cansaba de recordarles su condición frágil: “Vivís, escribía a una señora, con mil imperfecciones, según me decís. Es verdad, hermana mía; pero ¿no tratáis sin descanso hacerlas morir? Es cosa cierta que, mientras vivimos oprimidos por este cuerpo tan pesado y corruptible, siempre habrá en nosotros algo que vacile”. En otro lugar decía: “Os quejáis de que en vuestra vida se entremezclan muchas imperfecciones y defectos, contrariando el deseo que tenéis de perfección de pureza en el amor de Dios. Os respondo que no es posible desasirnos del todo de nosotros mismos hasta que Dios nos lleve al Cielo; no llevaremos cosa de gran valor mientras tengamos que cargar con el peso de nosotros mismos. ¿No es regla general que nadie habrá tan santo en esta vida que no esté siempre sujeto a imperfecciones?”

Fuente: José Tissot, El arte de aprovechar nuestras faltas

El Padre Pío en los altares (I)


Este humilde fraile capuchino ha asombrado al mundo con su vida dedicada totalmente a la oración y a la escucha de sus hermanos.

Innumerables personas fueron a visitarlo al convento de San Giovanni Rotondo, y esas peregrinaciones no han cesado, incluso después de su muerte. Cuando yo era estudiante, aquí en Roma, tuve ocasión de conocerlo personalmente.

“El que cree en mí, también hará las obras que yo hago, e incluso mayores”. Escuchamos estas palabras de Cristo y nuestro pensamiento se dirige al humilde fraile capuchino del Gargano. La vida de este humilde hijo de san Francisco fue un constante ejercicio de fe, corroborado por la esperanza del cielo, donde podía estar con Cristo.

¿Qué otro objetivo tuvo la durísima ascesis a la que se sometió el Padre Pío desde su juventud, sino la progresiva identificación con el divino Maestro, para estar donde está Él? Quien acudía a San Giovanni Rotondo para participar en su misa, para pedirle consejo o confesarse, descubría en él una imagen viva de Cristo doliente y resucitado. En el rostro del Padre Pío resplandecía la luz de la Resurrección. Su cuerpo, marcado por los estigmas, mostraba la íntima conexión entre la muerte y la resurrección. Para el Padre Pío la participación en la Pasión tuvo notas de especial intensidad: los dones singulares que le fueron concedidos y los consiguientes sufrimientos interiores y místicos le permitieron vivir una experiencia plena y constante de los padecimientos del Señor, convencido firmemente de que el Calvario es la montaña de los santos.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 2 de mayo de 1999

El sublime apostolado de la cruz y del sufrimiento

San Josemaría Escrivá junto al Venerable Isidoro Zorzano en su lecho de enfermo

¡Cuántos Hospitales y Orfanatos y Asilos cuentan con Adoradores Nocturnos que son nada menos que los enfermos, las enfermeras y los asilados! Con frecuencia estas almas son oro bruñido, admirables de generosidad en el sacrificio. Todo depende del fervor de los Directores de esos establecimientos de misericordia.

He visto en muchos de ellos maravillas de piedad y de penitencia. Y no es, por cierto, el menor beneficio de este apostolado del Sagrado Corazón en esas casas del dolor, el enseñarles el sublime apostolado de la cruz y del sufrimiento. Esto es: que sepan no sólo arrastrar la cruz de sus enfermedades y penas con resignación, sino que sepan convertirla en gracia y en vida, en precio de salvación para tantos pecadores.

Es preciso enseñar a sufrir y a llorar como apóstoles. Una lágrima vertida con amor y ofrecida al Sagrado Corazón puede convertir uno y muchos pecadores. Que no se pierdan inútilmente tantos dolores físicos, tantas agonías morales... Compremos con ese tesoro, y con la Preciosa Sangre del Cáliz, muchos pobrecitos al borde de un abismo; salvémoslos con nuestra cruz.

Fuente: P. Mateo Crawley, Jesús Rey de Amor

Trabajemos en la santidad


Ser leal a los deberes propios del estado de vida y la gracia que recibimos constantemente no es tarea fácil. Nuestro temperamento, nuestras debilidades, la sociedad, el trabajo e incluso el clima pueden desviar nuestra atención. Vivir la vida espiritual, vivida dentro de un mundo que no es espiritual, y mantener los principios de Jesús sobre los principios del mundo, no es tarea fácil tampoco. La paradoja está en que si elegimos el mal sobre el bien, es un infierno total hasta llegar al infierno y eso es más difícil todavía.

El Cristianismo es un modo de vida, - una manera de pensar - una manera de actuar que es contraria a la manera del mundo. Esto hace que el cristiano se quede solo y esta soledad es la que lo desalienta en su esfuerzo por alcanzar la santidad. A pesar de ello, esta misma soledad es la que le permite confrontar a una multitud. El cristiano se vuelve una luz para alumbrar las mentes de aquellos que no disfrutan de la oscuridad, un fuego que calienta los corazones fríos.

Lucha como lucha todo hombre, trabaja, come, duerme, llora y ríe; pero el espíritu en el que cumple las necesidades humanas necesita y demanda de él que sea santo.

Fuente: Madre Angélica, La santidad es para todos

Tres ejemplos de jóvenes Santos

Los Santos: Luis Gonzaga, Juan Berchmans y Estanislao de Kostka

Ferrante Gonzaga, marqués de Castiglione delle Stiviere hubiera querido que su primogénito Luis Gonzaga, que nació el 9 de marzo de 1568, siguiera sus huellas de soldado y comandante en el ejército imperial. Pero ese niño le daría fama a la familia de los Gonzaga, con otras armas. A los doce años, después de haber recibido la primera Comunión de manos de San Carlos Borromeo, resolvió entrar en la Compañía de Jesús. Las duras penitencias a las que se sometió son el signo de una determinación no común hacia una meta que se había fijado desde su infancia. Para que su alma se perfumara con las virtudes cristianas, Luis renunció al título y a la herencia paterna, y a los catorce años entró al noviciado romano de la Compañía de Jesús, y escogió para si los encargos más humildes, dedicándose al servicio de los enfermos, sobre todo durante la epidemia de peste que afligió a Roma en 1590. Quedó contagiado al encontrar en la calle a un enfermo y, sin pensarlo dos veces, se lo echó a la espalda y lo llevó al hospital. Murió a los 23 años el 21 de junio de 1591.

San Juan Berchmans nació en Bélgica, el 13 de marzo de 1599. Inició sus estudios en el Seminario de Malinas, luego entró en el Noviciado de los jesuitas de la misma ciudad. Más tarde pasó a Roma. En el Seminario y en el Noviciado se distinguió por su candor, estudio y piedad. Su devoción a la Virgen era proverbial. “Si amo a María, decía, tengo segura mi salvación”. Pululaban por entonces los errores de Bayo, quien afirmaba que María había sido concebida en pecado. El gran teólogo español Juan de Lugo atribuye el movimiento a favor de la Inmaculada a las oraciones de Berchmans. En el último año de su vida Juan se había comprometido, firmando con su propia sangre, a “afirmar y defender el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María”. Hacía cada cosa en su momento, y sobrenaturalizando la intención. Cuando hay que orar, decía, ora con todo amor. Cuando hay que estudiar, estudia con toda ilusión. Cuando hay que practicar deporte, practícalo con todo entusiasmo. Y siempre con más amor, en cada instante del programa diario, bajo la dulce mirada maternal de la Virgen María. Murió el 13 de agosto de 1621. Sus últimas palabras fueron: Jesús, María.

San Estanislao de Kostka era hijo de un rico senador de Polonia, y nació en 1550. A los 14 años partió a Roma, donde San Francisco de Borja lo recibió en la Compañía de Jesús. En el noviciado resultó ser un verdadero modelo de santidad para todos. Se propuso hacer extraordinariamente bien las cosas ordinarias. Solamente alcanzó a durar nueve meses en aquella vida religiosa, pero fueron suficientes para dejar gran fama de piadoso, amable, servicial, buen trabajador, y excelente estudiante. Su amor a Jesús Sacramentado era ardiente.

Un día le preguntaron qué hay que hacer para demostrarle a la Virgen que la amamos, y respondió: “Ofrecerle pequeños homenajes, pero no dejar nunca de ofrecérselos”. Y a un religioso le dijo: “Estoy pensando cómo será de grande y bonita en el cielo la fiesta de la Asunción de la Virgen María. Desearía ir este año a presenciarla”. Y así el 15 de agosto de 1568 voló a la eternidad.

Fuente: Cf. es.catholic.net

Santidad en Argentina - Venerable Leonor de Santa María Ocampo


Isora Ocampo, nació el 15 de agosto de 1841, en la provincia de La Rioja. Desde pequeña prefirió la soledad y el silencio. Junto a su familia participó en las devociones populares y practicó la caridad. A los 7 años, aprendió a leer y, en adelante, su personal afición a la lectura le brindará una buena formación religiosa. Con sólo 8 años perdió a su madre y quedó al cuidado de su padre, hermanos y familiares; desde entonces confió su vida a la Virgen.

Compartió el hogar con unas primas que la hicieron sufrir combatiendo su piedad y recogimiento, hasta con agresiones que soportó con gran paciencia. En ese tiempo comenzó a sentir el deseo de ser toda de Dios.

Al demorarse su deseado ingreso al convento dominico de Santa Catalina de Siena (Córdoba), hizo voto privado de castidad, con el padre Paulino Albarracín OP, su confesor y guía por varios años. Finalmente en junio de 1868, tomó el hábito con el nombre de sor Leonor de Santa María. Fue observante, humilde y servicial, paciente en el sufrimiento, asidua en la penitencia, abandonada en la providencia.

En los últimos años de su vida tuvo la serena conducción del Venerable padre José León Torres, mercedario. Sor Leonor escribió sus memorias que quedó en manos del Padre Torres y fue devuelto al Monasterio en 1937, cuando recién se reveló la profundidad y grandeza de su vida espiritual. Falleció de pulmonía a los 59 años de edad, el 28 de diciembre de 1900, y fue declarada Venerable el 19 de mayo de 2018.

Fuente: Cf. sorleonordesantamaria.com

Nuestro trabajo y su alcance apostólico

Amados hermanos míos -la voz de San Pablo-, estad firmes y constantes, trabajando siempre más y más en la obra del Señor, pues que sabéis que vuestro trabajo no quedará sin recompensa delante de Dios. ¿Veis? Es toda una trama de virtudes la que se pone en juego al desempeñar nuestro oficio, con el propósito de santificarlo: la fortaleza, para perseverar en nuestra labor, a pesar de las naturales dificultades y sin dejarse vencer nunca por el agobio; la templanza, para gastarse sin reservas y para superar la comodidad y el egoísmo; la justicia, para cumplir nuestros deberes con Dios, con la sociedad, con la familia, con los colegas; la prudencia, para saber en cada caso qué es lo que conviene hacer, y lanzarnos a la obra sin dilaciones... Y todo, insisto, por Amor, con el sentido vivo e inmediato de la responsabilidad del fruto de nuestro trabajo y de su alcance apostólico.

Obras son amores, y no buenas razones, reza el refrán popular, y pienso que es innecesario añadir nada más.

Señor, concédenos tu gracia. Ábrenos la puerta del taller de Nazaret, con el fin de que aprendamos a contemplarte a Ti, con tu Madre Santa María, y con el Santo Patriarca José -a quien tanto quiero y venero-, dedicados los tres a una vida de trabajo santo. Se removerán nuestros pobres corazones, te buscaremos y te encontraremos en la labor cotidiana, que Tú deseas que convirtamos en obra de Dios, obra de Amor.

Fuente: San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios

Conquistemos la cima de la santidad

Beato Pier Giorgio Frassati

Vosotros y yo formamos parte de la familia de Cristo, porque El mismo nos escogió antes de la creación del mundo, para que seamos santos y sin mancha en su presencia por la caridad, habiéndonos predestinado como hijos adoptivos por Jesucristo, a gloria suya, por puro efecto de su buena voluntad. Esta elección gratuita, que hemos recibido del Señor, nos marca un fin bien determinado: la santidad personal, como nos lo repite insistentemente San Pablo: hæc est voluntas Dei: sanctificatio vestra, ésta es la Voluntad de Dios: vuestra santificación. No lo olvidemos, por tanto: estamos en el redil del Maestro, para conquistar esa cima.

¡Si los hombres nos decidiésemos a albergar en nuestros corazones el amor de Dios! Cristo, Señor Nuestro, fue crucificado y, desde la altura de la Cruz, redimió al mundo, restableciendo la paz entre Dios y los hombres. Jesucristo recuerda a todos: si vosotros me colocáis en la cumbre de todas las actividades de la tierra, cumpliendo el deber de cada momento, siendo mi testimonio en lo que parece grande y en lo que parece pequeño, todo lo atraeré hacia mí. ¡Mi Reino entre vosotros será una realidad!

El cristiano vive en el mundo con pleno derecho, por ser hombre. Si acepta que en su corazón habite Cristo, que reine Cristo, en todo su quehacer humano se encontrará -bien fuerte- la eficacia salvadora del Señor. No importa que esa ocupación sea, como suele decirse, alta o baja; porque una cumbre humana puede ser, a los ojos de Dios, una bajeza; y lo que llamamos bajo o modesto puede ser una cima cristiana, de santidad y de servicio.

Fuente: De los escritos de San Josemaría Escrivá de Balaguer

La voluntad de Dios es que seamos santos (IX)

Todos nosotros tenemos un corazón y un alma hecha sólo para amar, y capaz de amar lo indecible. A todos se propone el mismo Dios a amar, todos tenemos las mismas razones para amarlo; por lo tanto todos podemos amarlo cuanto queramos; en este amor consiste la verdadera y sublime santidad; por lo tanto podemos ser santos en el grado más sublime que queramos. Imaginen el amor más grande que haya tenido una criatura por Dios; cada hombre ayudado por la divina gracia, que Dios no niega nunca a quien se la pide con humildad, puede amarlo aún más. Y la razón principal es ésta: porque siendo Dios más amable cuanto más nos ama, puede amarse siempre más, y siempre más merece ser amado. ¡Oh Dios! ¡Oh Caridad! ¡Oh Divino Amor! ¿cuándo aprenderemos a amarte como se debe?.

Aprende de una vez, que en cualquier estado en que te encuentres eres capaz de amar a tu Dios, y de amarlo cuanto quieras; que en todos los estados hubo santos, y que se hicieron santos justamente por la gracia de este amor. Aprende, que tienes un alma, la cual te asemeja a Dios, creada por Dios, que es espiritual y que la envileces forzándola a amar a las criaturas. Aprende, que esta alma no puede encontrar reposo si no es en Dios.

Alza de una vez, alza esta alma y este corazón del mundo y lánzate en Dios, busca a Dios, ama a Dios y serás santo. Si alguno te dice que no debes hacerlo, te engaña; si alguno te dice que no puedes, te engaña todavía más. Animo entonces, animo. Todos debemos hacernos santos, todos podemos serlo; hagámonos santos de verdad. No es difícil el hacerse santos, lo difícil es querer serlo.

Fuente: San Antonio Gianelli, Homilía “De la obligación de hacernos santos”

Consejos de Don Bosco para un joven que vive en el mundo (II)

6. Hasta que no vayas a gusto a confesarte y a comulgar, y hasta que no te agraden los libros piadosos y los compañeros devotos, no creas tener todavía una sincera devoción.

7. El muchacho que todavía no es capaz de soportar una injuria sin vengarse de ella, que no tolera las reprensiones, aun injustas, de sus superiores, y más aún de sus padres, está todavía muy atrás en el camino de la virtud.

8. No hay veneno más perjudicial para los jóvenes que los libros malos. [Nota: ¡Qué diría Don Bosco hoy del peligro de las malas películas, programas de TV, sitios de internet, redes sociales...!] Hay que temerlos mucho en nuestros tiempos, porque son muy numerosos y descarados en cuanto a religión. Si amas la fe, si amas tu alma, no los leas, sin que antes hayan sido aprobados por el confesor u otras personas de reconocida doctrina y esclarecida piedad; pero reconocida y esclarecida, entiéndelo bien.

9. Mientras no tengas miedo y no huyas de las malas compañías no sólo debes pensar que te encuentras en gran peligro, sino incluso teme ser malo tú mismo.

10. Elige siempre los amigos y compañeros entre los buenos, y de éstos, los mejores; más aún, imitad lo bueno y lo mejor de éstos y huid de sus defectos, porque todos los tenemos.

11. No seas obstinado en tu obrar, pero tampoco seas inconstante. Siempre he visto que los inconstantes, que fácilmente cambian de resolución sin graves motivos, acaban mal en todo.

12. Una de las mayores locuras de un cristiano es la de aguardar a ponerse en el buen camino, diciendo: Después, después; como si estuviese seguro del tiempo venidero y como si le importase poco el hacerlo pronto y ponerse a salvo. Sé, pues, prudente y ponte en regla enseguida como si tuvieses la certeza de no poderlo hacer después. Confiésate cada quince días a más tardar; haz un poco de meditación y de lectura espiritual cada día; el examen de conciencia todas las noches; haz el ejercicio de la buena muerte; pero sobre todo ten una grande, tierna, verdadera y constante devoción a la Santísima Virgen. ¡Oh, si supieses la importancia de esta devoción, no la cambiarías por todo el oro del mundo! Tenla, y espero que un día dirás: Todos los bienes me vinieron junto con ella.

Fuente: cf. Don Lemoyne,Memorias biográficas de San Juan Bosco

Consejos de Don Bosco para un joven que vive en el mundo (I)

1. Procura vencer la ilusión que suelen padecer los muchachos de tu edad pensando que aún tenéis mucho tiempo por delante. Esto es muy incierto, querido amigo mío, y, en cambio, es cierto y seguro que haz de morir y que, si mueres mal, estás perdido para siempre. Preocúpate, por tanto, de prepararte para la muerte, procurando más que ninguna otra cosa estar en gracia de Dios.

2. Si haces algún bien, el demonio y tu pereza te dirán que es demasiado y quizá el mundo te tachará de beato y escrupuloso; pero tú piensa que en la muerte todo te parecerá poco y mal hecho, y entonces verás el engaño que sufriste. Esfuérzate por reconocerlo ahora.

3. Una de las cosas que deberían considerar y estudiar siempre los jóvenes es la elección de estado. Tú reflexiona en ello, pide siempre a Dios que te ilumine y no te equivocarás.

4. Hay dos cosas contra las que no se lucha y que nunca se superan suficientemente: nuestra carne y el respeto humano. Dichoso tú si te acostumbras a combatir contra ellas y a vencerlas en tu tierna edad.

5. Un poco de diversión no es malo; pero resulta difícil escogerla y después moderarse. Haz, pues, así: que tus distracciones y tus diversiones estén aprobadas por tu confesor y no llegues nunca hasta la saciedad. Y cuando te abstengas de ellas para vencerte, sabe que haz obtenido una gran victoria y una hermosa ganancia.

Fuente: cf. Don Lemoyne,Memorias biográficas de San Juan Bosco

El Santo Abandono

La Venerable Luisa Margarita Claret de la Touche, y la Sierva de Dios Benigna Consolata Ferrero, almas que han vivido santamente el Voto de Abandono

Santo y perfecto es quien ha llegado a ver en todas las cosas la mano y el beneplácito de Dios, y no tiene jamás otra regla que esa voluntad. Cuando se ha llegado a esto, ¿qué resta por hacer para ser aún más santo y más perfecto? Conformar cada vez mejor nuestra voluntad a la de Dios, y según la enérgica expresión de San Alfonso, “uniformarla” a la de Dios, hasta el punto que “de dos voluntades no hagamos -por decirlo así-, sino una; que no queramos sino lo que Dios quiere, y permanezca sola su voluntad y no la nuestra. Aquí está la cumbre de la perfección, y a ella debemos aspirar de continuo. La Santísima Virgen no ha sido la más perfecta entre todos los santos, sino por haber estado más perfectamente unida a la voluntad de Dios”.

Si queremos, pues, escalar las cumbres de la vida interior, no hay mejor sendero que el del Santo Abandono; ningún otro sabría conducirnos tan pronto ni tan lejos. Sigámosle con fidelidad hasta nuestro postrer momento. Mas cuando hubiéramos llegado por este camino a la conformidad perfecta, amorosa y filial, entonces habremos dado con el camino de la santidad.

Fuente: Dom Vital Lehodey, El Santo Abandono

Efectos de la confesión sacramental

No cabe duda que la confesión es un medio de altísima eficacia santificadora, porque en ella:

1. La sangre de Cristo ha caído sobre nuestra alma, purificándola y santificándola. Por eso, los santos que habían recibido luces vivísimas sobre el valor infinito de la sangre redentora de Jesús tenían verdadera hambre y sed de recibir la absolución sacramental.

2. Se nos aumenta la gracia santificante por el solo poder del Sacramento, aunque en grados diferentísimos según las disposiciones del penitente. De cien personas que hayan recibido la absolución de las mismas faltas, no habrá dos que hayan recibido la gracia en el mismo grado. Depende de la intenisdad de su arrepentimiento y del grado de humildad con que se hayan acercado al sacramento.

3. El alma se siente llena de paz y de consuelo. Y esta disposición psicológica es indispensable para correr por los caminos de la perfección.

4. Se reciben mayores luces en los caminos de Dios. Y así, por ejemplo, después de confesarnos comprendemos mejor la necesidad de perdonar las injurias, viendo cuán miseridordiosamente nos ha perdonado el Señor; o se advierte con más claridad la malicia del pecado venial, que es una mancha que afea y ensucia el alma, privándola de gran parte de su brillo y hermosura.

5. Aumenta considerablemente las fuerzas del alma, proporcionándole energía para vencer las tentaciones y fortaleza para el perfecto cumplimiento del deber. Claro que estas fuerzas se van debilitando poco a poco, y por eso es menester aumentarlas otra vez con la frecuente confesión.

Fuente: cf. Fray Antonio Royo Marín, Teología de la perfección cristiana

La Eucaristía en el combate espiritual

Misa en Malvinas

A las almas que desean llegar a la santidad, el Divino Espíritu les recuerda frecuentemente aquellas palabras de Jesús: “Si alguien quiere venir conmigo, niéguese a sí mismo, acepte su cruz de sufrimientos de cada día, y sígame”. Y les invita a seguir a Cristo imitando sus santos ejemplos, venciéndose a sí mismo, y aceptando con paciencia las adversidades. Para esto les será de enorme utilidad el frecuentar los sacramentos, especialmente el de la penitencia y el de la Eucaristía. Éstos les permitirán conseguir nuevo vigor y adquirir fuerzas y energías para luchar contra los enemigos de la santidad.

El medio más excelente que existe para progresar en perfección es la Sagrada Eucaristía. De todas las armas espirituales es la más eficaz para lograr vencer a los enemigos de nuestra virtud y santificación.

Los otros sacramentos reciben toda su fuerza en los méritos de Cristo, de la gracia que Él nos ha obtenido y de su poderosa intercesión en favor nuestro. Pero la Eucaristía contiene al mismo Jesucristo, con su Cuerpo y su Sangre, su Alma y su Divinidad. Con los demás sacramentos combatimos a los enemigos del alma con los medios que nos proporciona Jesucristo. Con éste combatimos apoyados y acompañados por el mismo Redentor en persona, ya que Él dijo: “Quien come mi carne y bebe mi sangre, permanece en Mí y yo en él”.

Fuente: P. Lorenzo Scúpoli, El combate espiritual

¡Ante todo, el deber de estado!


Todos los estados de la vida son otros tantos caminos que, según el orden de la divina Providencia, nos guían y nos llevan a nuestro último fin. Es una tentación imaginarnos que obraríamos mejor en otro estado que en el que hemos abrazado. ¡Qué error no ocupar la imaginación sino en lo que se haría si se estuviera en otro puesto, y no cuidar de cumplir con las obligaciones del empleo que se tiene!

Hay pocos artificios que le salgan mejor al enemigo de la salvación que esta inquietud. Dios no te quiere al presente sino en el estado en que estás: no pienses sino en cumplir con las obligaciones de él. Mira como una ilusión perniciosa todas aquellas inconstancias del corazón y del espíritu, que consumen el alma en vanos pesares y en frívolos deseos. Después de haber elegido un estado de vida no pienses sino en cumplir con puntualidad con todas las obligaciones del estado que abrazaste.

Considera particularmente hoy cuáles son estas obligaciones y cuáles son con las que menos cumples. Mira si te sirves de todos los medios que tienes en tu estado para santificarte. No hay estado sin cruz ni tampoco rosas sin espinas: las dulzuras de una fortuna floreciente, las amarguras de una familia cargada de deudas, las dificultades de una condición llena de ocupaciones, los cuidados de la casa, las alegrías y los llantos de esta vida: todo puede servir para la salvación. Examina cómo has usado hasta aquí de todo esto.

Es una cosa muy santa y muy útil hacer todas las mañanas una oración para pedir a Dios la gracia de cumplir bien con todas las obligaciones de tu estado. La que se sigue es de Santo Tomás; apenas se podrá hacer otra mejor:

Concédeme, misericordioso Dios, que conozca verdaderamente, que desee ardientemente, que investigue con prudencia y que cumpla perfectamente todo lo que fuere de vuestro agrado, y siempre para mayor honra y gloria vuestra. Arregla todas las cosas en el estado a que me has llamado y hazme conocer lo que quieres que haga. Haz que conozca todas mis obligaciones y que las cumpla con puntualidad y con fruto. Concédeme, Señor y Dios mío, la gracia de no desagradarte jamás en los diversos incidentes de la vida: haz que sea humilde en la prosperidad y que las adversidades no abatan mi confianza; que no sienta otro dolor ni otra alegría que el de apartarme de ti o la de unirme contigo; que sólo desee agradarte y que nada tema tanto como desagradarte; que no me mueva todo lo que pasa; que sólo ame lo que viene de ti -por amor a ti-, y a ti más que a todas las cosas; que todo gozo en que tú no tienes parte me sea amargo y que no halle gusto sino en lo que es de tu agrado. Finalmente, concédeme Señor que de tal suerte use de tus beneficios durante esta vida, que tenga la dicha de poseerte y de gozar de la eterna felicidad en la Patria celestial. Por Cristo nuestro Señor. Amén.

Fuente: J. Croisset, Año cristiano

La voluntad de Dios es que seamos santos (VI)


¿Cómo, me decís, cómo podemos nosotros aspirar a ser santos, a hacernos santos con tantos vicios, con tantas debilidades, con tantas pasiones, con tantos pecados? ¿Cómo podemos pretender la santidad nosotros, que no tenemos tiempo suficiente para recitar alguna breve oración, visitar una iglesia, y practicar alguna obra de piedad? ¿Cómo nos haremos santos nosotros, que nunca hacemos penitencia, y sudamos y fatigamos para hacer un ayuno mandado por la Iglesia, y muy raramente lo observamos? ¿Cómo podemos nosotros ser santos, si no somos capaces de abstenernos de ciertas faltas y de ciertos pecados, de los cuales siempre nos confesamos, y en los cuales de tanto en tanto más o menos recaemos? ¿Cómo?...

He entendido todo, mis oyentes, y, después de haberos puesto en una justa y necesaria agitación, paso a consolaros y a tranquilizaros. Y como lo que más debe aterrorizaros son vuestros pecados, yo me atrevo a interrogaros así: ¿Hacéis vosotros todo lo posible para no volver a cometerlos? ¿Lo deseáis al menos vivamente? ¿Pedís al Señor que os libre de ellos? O, recayendo nuevamente en ellos, ¿os sentís amargados? ¿Tratáis de confesaros en seguida? Si no es así, tenéis mucha razón de temer; pero si tenéis estos santos temores; esta santa premura, estos santos deseos, este santísimo disgusto, no temáis; no seréis todavía santos, pero podéis llegar a serlo. Continuando el camino con este santo temor por vuestros pecados, movéis al Señor para que tenga compasión hacia vosotros: Él os ayudará con su gracia; y poco a poco triunfaréis en todo, y os haréis santos de verdad. Por lo tanto el ser pecadores no debe haceros desesperar de haceros santos; más bien debe empeñaros a serlo con más fuerza y vigor.

Pero vosotros no podéis rezar, no tenéis comodidad, no tenéis tiempo, ocasiones, y no podéis hacer aquel bien que pueden hacer tantos otros. Este es uno de los engaños más grandes y más universales. Todos dicen que querrían hacer y que harían mucho bien si se encontrasen en un estado diverso de aquél en el que se encuentran, y no advierten que harían aún menos, y que la verdadera santidad, después de la observancia general de la ley de Dios, consiste en el cumplimiento de los propios deberes. El Señor nos lo ha dicho muy claro, que no se salva aquél que solamente reza: No todo el que me dice: Señor, Señor; sino aquél que cumple la divina voluntad.

Fuente: San Antonio Gianelli, Homilía “De la obligación de hacernos santos”

La virtud del Abandono en los santos (I)

El alma se abandona a la divina Providencia, reposa y duerme dulcemente en sus brazos, como un niño en los brazos de su madre. Hace suyas entonces aquellas palabras de David: En paz me duermo luego que me acuesto porque tú, Señor, me das seguridad.

Llena de la alegría que le inspira también suaves palabras el alma recibe con respecto a esta dichosa disposición, todos los acontecimientos presentes de manos de la divina Providencia y espera todos los venideros con una dulce tranquilidad de espíritu, con una paz deliciosa. Vive como un niño, al abrigo de toda inquietud.

Pero esto no quiere decir que ella permanezca en una espera ociosa de las cosas teniendo necesidad de ellas, o que descuide el aplicarse a los asuntos que se presenten. Al contrario, hace por su parte, todo lo que depende de su mano, para llevarlos bien, emplea en ellos todas sus facultades; pero sólo se da a tales cuidados bajo la dirección de Dios, no mira su propia previsión más que como sometida enteramente a la de Dios y le abandona la libre disposición de todo, no esperando otro éxito que el que está en los designios de la voluntad divina.

El alma que se abandona a la Providencia, que le deja el timón de su barca, boga con tranquilidad en el océano de esta vida, en medio de las tempestades del cielo y de la tierra, mientras que los que quieren gobernarse ellos mismos el Sabio los llama almas en tinieblas, excluidas de tu eterna Providencia (Sab 17, 1-2), están en continua agitación y, no teniendo por piloto más que su voluntad inconstante y ciega, acaban en un funesto naufragio después de haber sido el juguete de los vientos y de la tempestad.

Abandonémonos completamente a la divina Providencia, dejémosle todo el poder de disponer de nosotros; comportémonos como sus verdaderos hijos, sigámosla con verdadero amor como a nuestra madre; confiémonos a ella en todas nuestras necesidades, esperemos sin inquietud que aporte los remedios de su caridad. En fin, dejémosla obrar y ella nos proveerá de todo en el tiempo, en el lugar y del modo más conveniente; ella nos conducirá por caminos admirables al reposo del espíritu y a la dicha a que estamos llamados a gozar incluso desde esta vida, como un anticipo de la eterna felicidad que nos ha sido prometida.

Fuente: De los escritos de San Claudio de la Colombiere

La voluntad de Dios es que seamos santos (V)


El Señor mismo, como si no fuera suficiente ejemplo de santidad, propone a sus seguidores, no su ejemplo, sino el ejemplo mismo de su divino Padre: Sed misericordiosos, y sed perfectos como es perfecto el Padre que está en los cielos. Cuando hayáis cumplido toda la ley, agregaba, y cuando hayáis hecho todas las cosas que yo os he enseñado y mandado, decid entre vosotros mismos: Nosotros somos siervos inútiles sobre la tierra.

¿Quién, por más santo que sea, tiene el coraje de decir: He hecho tanto que basta, ya no debo hacer más? Adelante, adelante, grita san Juan, no es tiempo de reposo. Quien es justo se haga más justo, y quien es santo se haga más santo. No quien ha comenzado alcanza al Señor, sino el que persevera hasta el final, éste será salvo.

Vayamos a Dios, busquemos a Dios, deseemos a Dios; no tengamos otro fin ni otra medida que Dios mismo. Ninguno llegará a ser santo como María Santísima, pero si alguno pudiera llegar, aunque fuera santo como Ella, no podría aún decir basta; porque el modelo de nuestra santidad y de nuestra perfección es solamente Dios. No porque nosotros debemos o podemos llegar a ser perfectos como Dios, sino porque sobre nuestra santidad no debemos ponernos límites; porque debemos procurar ir siempre adelante, y porque ninguno puede decir basta.

Sed santos, dice Dios, porque yo soy santo: Sancti estote, quia ego sanctus sum. Juzgad ahora vosotros, y decidid si tenemos todos o no la obligación de hacernos santos.

Fuente: San Antonio Gianelli, Homilía “De la obligación de hacernos santos”

Letanías de la Humildad

San Pío X junto a su secretario el Cardenal Rafael Merry del Val, Siervo de Dios.

Letanías de la humildad compuestas por el Siervo de Dios Rafael Merry del Val

-Jesús manso y humilde de Corazón, Óyeme.

-Del deseo de ser lisonjeado, Líbrame Jesús.

-Del deseo de ser alabado,

-Del deseo de ser honrado,

-Del deseo de ser aplaudido,

-Del deseo de ser preferido a otros,

-Del deseo de ser consultado,

-Del deseo de ser aceptado,

-Del temor de ser humillado,

-Del temor de ser despreciado,

-Del temor de ser reprendido,

-Del temor de ser calumniado,

-Del temor de ser olvidado,

-Del temor de ser puesto en ridículo,

-Del temor de ser injuriado,

-Del temor de ser juzgado con malicia.

-Que otros sean más estimados que yo, Jesús dame la gracia de desearlo.

-Que otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse,

-Que otros sean alabados y de mí no se haga caso,

-Que otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil,

-Que otros sean preferidos a mí en todo,

-Que los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda.

Oración

Oh Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta gozar eternamente de ti en el cielo. Amén.

Contemplando a Jesús, herido por mí


Véante mis ojos, dulce Jesús bueno;

véante mis ojos, muérame yo luego.

Santa Teresa de Jesús


No me mueve, mi Dios, para quererte

el cielo que me tienes prometido,

ni me mueve el infierno tan temido

para dejar por eso de ofenderte.


Tú me mueves, Señor, muéveme el verte

clavado en una cruz y escarnecido,

muéveme ver tu cuerpo tan herido,

muévenme tus afrentas y tu muerte.


Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,

que aunque no hubiera cielo, yo te amara,

y aunque no hubiera infierno, te temiera.


No me tienes que dar porque te quiera,

pues aunque lo que espero no esperara,

lo mismo que te quiero te quisiera.


Anónimo


En esta tarde, Cristo del Calvario,

vine a rogarte por mi carne enferma;

pero, al verte, mis ojos van y vienen

de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.


¿Cómo quejarme de mis pies cansados,

cuando veo los tuyos destrozados?

¿Cómo mostrarte mis manos vacías,

cuando las tuyas están llenas de heridas?


¿Cómo explicarte a ti mi soledad,

cuando en la cruz alzado y solo estás?

¿Cómo explicarte que no tengo amor,

cuando tienes rasgado el corazón?


Ahora ya no me acuerdo de nada,

huyeron de mí todas mis dolencias.

El ímpetu del ruego que traía

se me ahoga en la boca pedigüeña.


Y sólo pido no pedirte nada,

estar aquí, junto a tu imagen muerta,

ir aprendiendo que el dolor es sólo

la llave santa de tu santa puerta.

Amén.


Gabriela Mistral

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