Cristo Redentor, solidario de la humanidad


Sustituirse voluntariamente a nosotros como víctima sin Mancilla para pagar nuestra deuda, y devolvernos, por su expiación y sus satisfacciones, la vida divina: tal fue la misión que debía realizar Cristo; el camino que le era preciso recorrer. “Dios cargó sobre Él”, hombre como nosotros, de la raza de Adán, justo sin embargo, inocente y sin pecado, “la iniquidad de todos nosotros”.

Por haberse hecho, por así decirlo, solidario de nuestra naturaleza y de nuestro pecado, Cristo ha merecido hacernos solidarios de su justicia y de su santidad. Dios, según la expresión tan enérgica de San Pablo, “al enviar por el pecado a su propio Hijo, en una carne semejante a la del pecado, condenó en la carne al pecado”. Y añade con una energía aún más acentuada: “Dios ha hecho por nosotros pecado a ese Cristo que no conocía el pecado”. ¡Qué vigor en esta expresión: lo hizo pecado! No dice el Apóstol: pecador, sino: pecado.

Cristo por su parte ha aceptado cargar sobre sus espaldas divinas con todos nuestros pecados hasta el punto de que se ha convertido, en cierto modo, sobre la cruz, en un pecado vivo, en el pecado universal. Se ha puesto voluntariamente en nuestro lugar, y por esta razón será condenado a muerte: “nuestro rescate será pagado con su sangre”. La humanidad quedará rescatada “no por cosas perecederas, oro o plata, sino por una sangre preciosa, la del Cordero sin mancha y sin defecto, que ha sido designado desde antes de la creación del mundo”.

¡Oh! No lo olvidemos: “hemos sido rescatados a gran precio...”

Fuente: Dom Columba Marmion, Palabras de Vida, Ed. Desclée de Brouwer, 1956, p. 118

Que la Pasión de Cristo no sea estéril en nosotros


¡Oh Jesús! Quiero acompañarte hoy en tu triunfo, para seguirte después hasta el Calvario.

La Semana Santa se abre con la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, acaecida el domingo que precede a su Pasión. Jesús permite que le lleven en triunfo, pero ¡qué humilde y manso aparece en medio de la gloria! Sabe muy bien que entre el pueblo, que grita hosannas, se esconden los enemigos, los que con insidias y mentiras, conseguirán convertir aquellos hosannas en “¡crucifícalo!”; lo sabe, y podría dominarlos con la fuerza de su divinidad, podría desenmascararlos públicamente y destruir todos sus planes, pero Jesús no quiere vencer ni reinar por la fuerza, sino por el amor, por la dulzura. Con mucha oportunidad dice el evangelista: “Decid a la hija de Sión: He aquí que tu Rey viene a ti manso y montado sobre un asno”. Con esta misma mansedumbre aceptará Él, que es el Inocente, el único verdadero Rey y Vencedor, presentarse al pueblo como un reo, condenado y vencido, como un rey de escarnio. Pero es precisamente así como atraerá todas las cosas hacia sí cuando sea levantado sobre la Cruz.

Mientras el cortejo prosigue triunfalmente, Jesús ve dibujarse a sus pies el panorama de Jerusalén. Y así que estuvo cerca, al ver la ciudad, lloró sobre ella, diciendo: “¡Si al menos en este día conocieras lo que hace a la paz tuya!... Tus enemigos... no dejarán en ti piedra sobre piedra; por no haber conocido el tiempo de tu visitación”. Jesús llora la obstinación de Jerusalén, la ciudad santa, que por no haberle reconocido como Mesías, y por no haber aceptado su Evangelio, será destruida hasta en sus cimientos. Jesús es al mismo tiempo verdadero Dios y verdadero hombre, y como hombre se conmueve y sufre por la triste suerte que Jerusalén se ha echado sobre sí, resistiendo obstinadamente a la gracia. Él ya se dirige a su Pasión, y morirá también por la salvación de Jerusalén, pero Jerusalén no se salvará, porque no ha querido, “porque no ha conocido el tiempo de su visitación”. He aquí la historia de tantas almas que resisten a la gracia; he aquí la causa del sufrimiento más profundo y más íntimo del Corazón dulcísimo de Jesús. Al menos tú, alma devota, alegra al Señor aprovechándote plenamente de los méritos de su dolorosísima Pasión, de toda la Sangre que Jesús derramó. Cuando resistes a las invitaciones de la gracia resistes a la Pasión de Jesús e impides que te sea aplicada en toda su plenitud.

¡Oh Jesús! ¡Qué amargamente lloras sobre la ciudad que no quiere reconocerte! ¡Cuántas almas, como Jerusalén, se pierden por resistir obstinadamente a la gracia! Por todas ellas te pido misericordia con todas mis fuerzas. “Aquí, Dios mío, se ha de mostrar vuestro poder, aquí vuestra misericordia. ¡Oh, qué recia cosa os pido, verdadero Dios mío!, que queráis a quien no os quiere, que abráis a quien no os llama, que deis salud a quien gusta de estar enfermo y anda procurando la enfermedad. Vos decís, ¡Señor mío!, que venís a buscar los pecadores; éstos, Señor, son los verdaderos pecadores. No miréis nuestra ceguedad, mi Dios, sino a la mucha sangre que derramó vuestro Hijo por nosotros. Resplandezca vuestra misericordia en tan crecida maldad; mirad, Señor, que somos hechura vuestra. Válganos vuestra bondad y misericordia” (S. Teresa de Jesús).

¡Oh Jesús! Aunque nos obstinemos en resistir a la gracia, siempre será verdad que Tú eres el Vencedor, que tu victoria sobre el príncipe de la muerte ha sido completa y que Tú has salvado y redimido a la Humanidad. Tú eres también el buen Pastor que conoce una por una todas las ovejas y a todas quiere salvarlas. Tu Corazón amantísimo no se siente satisfecho con haber merecido la salvación de todo el rebaño, desea ardientemente que cada oveja en particular se aproveche de esta salvación... ¡Oh Señor! Dispón nuestra voluntad para que acepte devotamente tu don, tu gracia, haz que tu Pasión no sea estéril para nosotros.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

La Eucaristía y la muerte del Salvador


La Sagrada Eucaristía, desde cualquier aspecto que se la considere, nos recuerda de una manera patente la muerte del Señor.

¿Por qué quiso Jesucristo establecer relaciones tan íntimas entre su muerte y la Eucaristía? Ante todo, para recordarnos cuánto le ha costado este Sacramento. La Eucaristía es, en efecto, fruto de la muerte de Jesús. Cuantas veces nos hallamos en presencia de la Eucaristía debemos exclamar: Este precioso testamento ha costado la vida a Jesucristo y nos da a conocer la inmensidad de su amor, ya que Él mismo dijo que la mayor prueba de amor es dar la vida por sus amigos. La prueba suprema del Amor de Jesús es el haber muerto por conquistarnos y dejarnos la Eucaristía. ¡Cuán pocos son los que tienen en cuenta este precio de la Eucaristía!

Jesucristo quiso igualmente establecer estas relaciones señaladas para significarnos incesantemente los efectos que debe producir la Eucaristía en nosotros. Los cuales son: primero, hacernos morir al pecado y a las inclinaciones viciosas. Segundo, hacernos morir al mundo y crucificarnos con Jesucristo, según expresión de San Pablo. Tercero, hacernos morir a nosotros mismos, a nuestros gustos, a nuestros deseos, a nuestros sentidos, para que podamos revestirnos de Jesucristo, para que pueda Él vivir en nosotros y nosotros no ser otra cosa que miembros suyos sumisos a su voluntad. Por último, la Eucaristía nos hace partícipes de la resurrección gloriosa de Jesús.

Tales son algunas de las razones que indujeron a Jesucristo a rodear con tantas señales de muerte este sacramento de vida, donde reside glorioso y donde triunfa su amor. Quiere ponernos continuamente a la vista el precio de nuestro rescate y la manera de corresponder a su amor. ¡Oh, Señor, le diremos con la Iglesia, que nos dejaste en el admirable Sacramento la memoria de tu pasión, concédenos que de tal manera veneremos los sagrados misterios de tu cuerpo y sangre, que experimentemos continuamente en nosotros los frutos de tu redención!

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

El Varón saturado de oprobios

Busqué quien me consolara y no lo hallé (Salmo 68)

En ese dolor, suma de todos los dolores que se llama la Pasión de nuestro Señor Jesucristo, cuatro veces se lee en el Evangelio que se quejó el Varón saturado de oprobios.

La primera, de sus tres íntimos que se duermen: “¿No pudisteis velar una hora conmigo?”.

La segunda, de Judas, que lo vende y traiciona: “Amigo, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?”.

La tercera, del esbirro del tribunal que le abofetea: “Si he hablado mal, dime en qué, y si bien, ¿por qué me hieres?”.

Y la cuarta de su Padre que le priva de su presencia sensible: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.

Estas cuatro quejas tan serenas y reposadas, que más parecen lamentos que quejas, han sido arrancadas de los labios y del Corazón de Jesucristo más que por cuatro dolores distintos por uno solo manifestado bajo cuatro formas.

Ésa es la gran pena del Corazón de Cristo, ése es el dolor que flota sobre el mar sin fondo ni riberas de dolores en que se anega su Corazón. El abandono de la amistad humana, en la soñolienta desidia de sus íntimos y en la perfidia de Judas, el abandono de la justicia humana en la insolente bofetada y el abandono de los consuelos de Dios... Recoged y saboread esta enseñanza y responded a una pregunta. ¿Seguirá contando con vosotros en esa hora sin término de abandonos de Sagrario por la que aun está pasando?

Fuente: San Manuel González, Qué hace y qué dice el Corazón de Jesús en el Sagrario

Comprobaréis que soy Padre

Os exhorto por la misericordia de Dios. Pablo, o, mejor dicho, Dios por boca de Pablo, nos exhorta porque prefiere ser amado antes que temido. Nos exhorta porque prefiere ser padre antes que Señor. Nos exhorta Dios, por su misericordia, para que no tenga que castigarnos por su rigor.

Oye lo que dice el Señor: “Ved, ved en mí vuestro propio cuerpo, vuestros miembros, vuestras entrañas, vuestros huesos, vuestra sangre. Y si teméis lo que es de Dios, ¿por qué no amáis lo que es también vuestro? Si rehuís al que es Señor, ¿por qué no recurrís al que es padre?

Quizás os avergüence la magnitud de mis sufrimientos, de los que vosotros habéis sido la causa. No temáis. La cruz, más que herirme a mí, hirió a la muerte. Estos clavos, más que infligirme dolor, fijan en mí un amor más grande hacia vosotros. Estas heridas, más que hacerme gemir, os introducen más profundamente en mi interior. La extensión de mi cuerpo en la cruz, más que aumentar mi sufrimiento, sirve para prepararos un regazo más amplio. La efusión de mi sangre, más que una pérdida para mí, es el precio de vuestra redención.

Venid, pues, volved a mí, y comprobaréis que soy padre, al ver cómo devuelvo bien por mal, amor por injurias, tan gran caridad por tan graves heridas.”

Fuente: Del Sermón 108 de San Pedro Crisólogo, Liturgia de las Horas

Contemplando a Jesús, herido por mí


Véante mis ojos, dulce Jesús bueno;

véante mis ojos, muérame yo luego.

Santa Teresa de Jesús


No me mueve, mi Dios, para quererte

el cielo que me tienes prometido,

ni me mueve el infierno tan temido

para dejar por eso de ofenderte.


Tú me mueves, Señor, muéveme el verte

clavado en una cruz y escarnecido,

muéveme ver tu cuerpo tan herido,

muévenme tus afrentas y tu muerte.


Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,

que aunque no hubiera cielo, yo te amara,

y aunque no hubiera infierno, te temiera.


No me tienes que dar porque te quiera,

pues aunque lo que espero no esperara,

lo mismo que te quiero te quisiera.


Anónimo


En esta tarde, Cristo del Calvario,

vine a rogarte por mi carne enferma;

pero, al verte, mis ojos van y vienen

de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.


¿Cómo quejarme de mis pies cansados,

cuando veo los tuyos destrozados?

¿Cómo mostrarte mis manos vacías,

cuando las tuyas están llenas de heridas?


¿Cómo explicarte a ti mi soledad,

cuando en la cruz alzado y solo estás?

¿Cómo explicarte que no tengo amor,

cuando tienes rasgado el corazón?


Ahora ya no me acuerdo de nada,

huyeron de mí todas mis dolencias.

El ímpetu del ruego que traía

se me ahoga en la boca pedigüeña.


Y sólo pido no pedirte nada,

estar aquí, junto a tu imagen muerta,

ir aprendiendo que el dolor es sólo

la llave santa de tu santa puerta.

Amén.


Gabriela Mistral

Convertíos a mí de todo corazón

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Conversión de Santa Magdalena

El tiempo de cuaresma nos invita a la conversión, y esta conversión debe ser pronta y completa.

«Convertíos a Mí de todo corazón.» El mismo Dios es quien nos convida, quien nos insta, quien nos manda que nos convirtamos a él de todo corazón.A vista de esta bondad de Dios, ¿qué pecador puede desconfiar? Pero al mismo tiempo, ¿qué pecador puede diferir el convertirse?

Si un Príncipe ofreciera gratuitamente el perdón un reo; si él mismo convidara a un cortesano caído de su gracia a volver a la corte, ofreciéndole su amistad y su generosidad, ¿se encontrarían muchos que dilatarían su regreso, que difiriesen su vuelta? ¿A quién parecería que el favor del Príncipe era muy costoso y que las condiciones con que se ofrecía eran demasiado pesadas? ¡Ay! ¿Y qué es el favor de un Príncipe de la tierra respecto de la amistad del soberano Señor del Universo, del Dios omnipotente, origen de todo bien y único árbitro de nuestro eterno destino? Y no obstante esto, ¿quién se rinde a su voz? ¿Quién responde con prontitud a sus convites? ¿Quién se apresura por volver a su amistad, aunque nos la ofrezca tan de veras y con tantas instancias?

Ninguno hay que no quiera convertirse; porque aun esas gentes del mundo, esos pecadores abandonados, esas mujeres mundanas, esos libertinos de profesión no querrían morir en desgracia de Dios; se quieren convertir; pero temen siempre no sea demasiado prontosi se convierten en este instante; y no advierten que la dilación de la conversión es el indicio más seguro y una señal poco equívoca de la impenitencia final.

Convertíos a Mí de todo corazón. Quien dice de todo corazón,pide una conversión entera, perfecta, sin división. Ninguna conversión es verdadera si no es de todo corazón. Reformar la exuberancia de los vestidos, cercenar el juego, romper las amistades culpables, no asistir más a espectáculos deshonestos, prohibirse toda diversión poco cristiana; esta es una conversión de mucha edificación. Pero si todavía queda alguna pasión dominante que domar, alguna mala inclinación que vencer, alguna injuria que perdonar, alguna frialdad que extinguir, algún lazo que cortar, la conversión no es entera, no es de todo corazón.

Pidamos a la Santísima Virgen nos alcance de su divino Hijo la gracia de una sincera, pronta y completa conversión de nuestra vida a Dios.

Fuente: cf. J. Croisset, SJ, Año cristiano

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