La oración nos fortalece en la batalla espiritual

Durante el tiempo de Pascua, la Iglesia lee el libro del Apocalipsis, en el que se encuentran las palabras referentes a la gran señal que apareció en el cielo: una Mujer vestida de sol, una Mujer que estaba a punto de dar a luz. El apóstol Juan ve aparecer, ante ella, un dragón rojo, dispuesto a devorar al niño en cuanto lo diera a luz.

Es una imagen que tiene expresiones también en nuestros tiempos, pues, cuando se ciernen sobre la mujer todas las amenazas contra la vida que está para dar a luz debemos volver nuestra mirada hacia la Mujer vestida de sol, Madre de la Vida, la Madre del Amor hermoso, para que rodee con su cuidado maternal a todo ser humano amenazado en el seno materno. Deseamos que nuestra oración sirva a la causa más grande de las familias humanas: la causa del amor y de la vida.

Quiera Dios que la oración nos fortalezca para la batalla espiritual de la que habla la carta a los Efesios: “Fortaleceos en el Señor y en la fuerza de su poder”. A esa misma batalla se refiere el libro del Apocalipsis, reviviendo ante nuestros ojos la imagen de san Miguel arcángel. Seguramente tenía muy presente esa escena el Papa León XIII cuando, al final del siglo pasado, introdujo en toda la Iglesia una oración especial a san Miguel: “San Miguel arcángel, defiéndenos en la batalla; sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio. Reprímale Dios, pedimos suplicantes; y tú, Príncipe de la milicia celestial, arroja al infierno con el divino poder a Satanás y a los otros espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén”.

Os invito a todos a no olvidar rezarla para obtener ayuda en la batalla contra las fuerzas de las tinieblas y contra el espíritu de este mundo.

Fuente: cf. San Juan Pablo II, Regina Coeli 24 de abril de 1994

Malvinas - Oración a Nuestra Señora

8 de mayo en Malvinas

Oh dulce Virgen María, Madre de Dios y nuestra, Reina de la Argentina, Tú que viste nacer nuestra Patria a la sombra de la Cruz y bajo tu cetro real, y que para custodiar su cuerpo y su alma suscitaste tantos héroes, escucha benigna nuestras súplicas por esta porción de la Patria tan dolida y tan amada: nuestras islas Malvinas.

Te pedimos por los caídos, que en la turba o en el fondo del mar siguen de guardia permanente, esperando el relevo de un puesto que nos pertenece, y que son para cada argentino un ejemplo, un estímulo y un reto.

Por los que volvieron, dejando atrás días de gloria. Que su sola presencia entre nosotros sea un reproche a nuestra comodidad. Que tanto unos como otros, que supieron desposarse con el honor, nos recuerden siempre que tenemos para con ellos un compromiso y un deber, y que aún sigue una deuda pendiente: la victoria final. Que su sangre derramada generosamente no sea estéril, sino que sirva para redimir el alma de la Patria de tantos pecados.

Por todos los argentinos, para que jamás nos avergoncemos de aquellas cosas grandes que nos identifican y nos unen como Nación. Que teniendo por delante el ejemplo de los héroes y aquella gesta que ellos comenzaron un glorioso 2 de abril, no perdamos nunca la esperanza. Hasta que tu manto amoroso, nuestra bandera, vuelva a flamear en Malvinas y la Cruz de Cristo quede clavada en sus entrañas. Amén.

Fuente: Oración a Nuestra Señora de Malvinas

Sobre la veneración de las reliquias de los santos


Reliquias de la Sierva de Dios Zita y de su esposo, el Beato Carlos de Austria, de quien hoy recordamos el día de su santa muerte, acaecida el 1 de abril de 1922.


Dios nos invita a esta práctica de devoción por los innumerables milagros que obró por medio de las santas reliquias de sus siervos. Lo vemos en los sepulcros de los mártires y de los santos confesores, que son, como dicen los Concilios, fuentes saludables que Jesucristo nos ha dejado, de las que brotan todo tipo de alivio para los enfermos, y donde encontramos el manantial de dulzura que cura las dolencias, disipa las tristezas malignas y las tentaciones, por la virtud de Jesucristo que en ellas radica.

Lo vemos en la traslación de las reliquias de san Esteban, protomártir, y las de otros varios santos, de manera que no podemos dudar que Dios, según su palabra, honra las cenizas y los huesos de sus siervos, que fueron miembros vivos y templos animados por el Espíritu Santo.

Por este mismo principio, encarga a sus mismos ángeles que entierren el cuerpo de santa Catalina, o pone de manifiesto los sagrados cuerpos por medio de luces milagrosas, para que no permanezcan en la oscuridad de un sepulcro común o poco digno, y para que aprendamos a venerarlos para bien de nuestros cuerpos y de nuestras almas.

Si la bondad de Dios nos concede tantos bienes en consideración a los sencillos honores que tributamos a estas reliquias inanimadas, ¿qué gracias no preparará para quienes se hacen imitadores de aquellas nobles almas?

Los santos que están en la gloria desean justamente este honor porque son en el cielo los protectores de los vivos. Es excelente medio para ser socorrido por su intercesión pues, al encontrarse en el estado de la caridad consumada, recompensan generosamente la veneración que les tributamos. Cuando honramos sus reliquias, excitan nuestra devoción con sus oraciones: presentan nuestras oraciones a Dios, y nos invitan a desear ser, como ellos, holocaustos vivos ante la faz del Señor.

De esta veneración debemos obtener especial estima, y tener particulares sentimientos de piedad y de respeto por todas las sagradas reliquias; de manera que todo esto nos cause profunda confianza en la intercesión de los santos, de quienes tenemos la suerte de conservar sus reliquias cerca de nosotros.

Dirijamos nuestros pensamientos hacia el cielo, y que la vista de las sagradas reliquias nos sirva de motivo para incrementar y encender en nosotros el espíritu de martirio, el desprecio del mundo y amor ardiente a Nuestro Señor Jesucristo. Adorad a Dios, que tan admirable es en sus santos.

Fuente: San Juan Bautista de la Salle, Meditaciones

Letanías de la Humildad

San Pío X junto a su secretario el Cardenal Rafael Merry del Val, Siervo de Dios.

Letanías de la humildad compuestas por el Siervo de Dios Rafael Merry del Val

-Jesús manso y humilde de Corazón, Óyeme.

-Del deseo de ser lisonjeado, Líbrame Jesús.

-Del deseo de ser alabado,

-Del deseo de ser honrado,

-Del deseo de ser aplaudido,

-Del deseo de ser preferido a otros,

-Del deseo de ser consultado,

-Del deseo de ser aceptado,

-Del temor de ser humillado,

-Del temor de ser despreciado,

-Del temor de ser reprendido,

-Del temor de ser calumniado,

-Del temor de ser olvidado,

-Del temor de ser puesto en ridículo,

-Del temor de ser injuriado,

-Del temor de ser juzgado con malicia.

-Que otros sean más estimados que yo, Jesús dame la gracia de desearlo.

-Que otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse,

-Que otros sean alabados y de mí no se haga caso,

-Que otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil,

-Que otros sean preferidos a mí en todo,

-Que los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda.

Oración

Oh Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta gozar eternamente de ti en el cielo. Amén.

San José en la vida de la Iglesia


En tiempos difíciles para la Iglesia, Pío IX, queriendo ponerla bajo la especial protección del santo patriarca José, lo declaró «Patrono de la Iglesia Católica». El Pontífice sabía que no se trataba de un gesto peregrino, pues, a causa de la excelsa dignidad concedida por Dios a este su siervo fiel, «la Iglesia, después de la Virgen Santa, su esposa, tuvo siempre en gran honor y colmó de alabanzas al bienaventurado José, y a él recurrió sin cesar en las angustias».

¿Cuáles son los motivos para tal confianza? León XIII los expone así: «Las razones por las que el bienaventurado José debe ser considerado especial Patrono de la Iglesia, y por las que a su vez, la Iglesia espera muchísimo de su tutela y patrocinio, nacen principalmente del hecho de que él es el esposo de María y padre putativo de Jesús (...). José, en su momento, fue el custodio legítimo y natural, cabeza y defensor de la Sagrada Familia (...). Es, por tanto, conveniente y sumamente digno del bienaventurado José que, lo mismo que entonces solía tutelar santamente en todo momento a la familia de Nazaret, así proteja ahora y defienda con su celeste patrocinio a la Iglesia de Cristo».

Aún hoy tenemos muchos motivos para orar con las mismas palabras de León XIII: «Aleja de nosotros, oh padre amantísimo, este flagelo de errores y vicios... Asístenos propicio desde el cielo en esta lucha contra el poder de las tinieblas...; y como en otro tiempo libraste de la muerte la vida amenazada del niño Jesús, así ahora defiende a la santa Iglesia de Dios de las hostiles insidias y de toda adversidad». Aún hoyexisten suficientes motivos para encomendar a todos los hombres a san José.

Fuente: San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Redemptoris Custos

Corazón de Jesús, saciado de oprobios

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Santísimo Cristo de la Victoria

Las palabras de las letanías del Sagrado Corazón nos ayudan a releer el Evangelio de la pasión de Cristo.

Repasemos con los ojos del alma aquellos momentos y acontecimientos desde la captura en Getsemaní al juicio de Anás y de Caifás, la encarcelación nocturna, la sentencia matutina del Sanedrín, el tribunal del Gobernador romano, el tribunal de Herodes el galileo, la flagelación, la coronación de espinas, la sentencia de crucifixión, el vía crucis hasta el lugar del Gólgota, y, a través de la agonía sobre el árbol de la ignominia, hasta el último «Todo está cumplido».

Corazón de Jesús, saciado de oprobios.

Corazón de Jesús ―el corazón humano del Hijo de Dios―, tan conocedor de la dignidad de todo hombre, tan conocedor de la dignidad de Dios-Hombre.

Corazón del Hijo, que es Primogénito de toda creatura:

― tan conocedor de la peculiar dignidad del alma y del cuerpo del hombre;

tan sensible por todo lo que ofende esta dignidad: «saciado de oprobios».

Recordemos las palabras del Profeta Isaías: “He aquí a mi Siervo, a quien sostengo yo; mi elegido, en quien se complace mi alma... Él dará el derecho a las naciones. No gritará, no hablará recio... No romperá la caña cascada ni apagará la mecha que se extingue” (Is 42, 1-3).

“Como de Él se pasmaron muchos, tan desfigurado estaba su aspecto, que no parecía ser de hombre” (Is 52, 14).

“...Varón de dolores y familiarizado con el sufrimiento, y como uno ante el cual se oculta el rostro, menospreciado sin que le tengamos en cuenta” (Is 53, 3).

¡Corazón de Jesús, saciado de oprobios!

Signo de contradicción...

“Y una espada atravesará tu alma...” (Lc 2, 4-35).

Fuente: San Juan Pablo II, Ángelus del 24 de agosto de 1986

Corazón de Jesús, víctima por los pecadores

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«Cor Iesu, victima peccatorum».

«Corazón de Jesús, víctima de los pecadores».

Esta invocación de las letanías del Sagrado Corazón nos recuerda que Jesús, según la palabra del Apóstol Pablo, fue entregado por nuestros pecados(Rm4, 25); pues, aunque Él no había cometido pecado, Dios le hizo pecado por nosotros(2 Co5, 21). Sobre el Corazón de Cristo gravó,enorme, el peso del pecado del mundo.

En Él se cumplió de modo perfecto la figura del cordero pascual,víctima ofrecida a Dios para que en el signo de su sangre fuesen librados de la muerte los primogénitos de los hebreos (cf. Ex12, 21-27). Por tanto, justamente Juan Bautista reconoció en Él al verdadero cordero de Dios(Jn1, 29): cordero inocente,que había tomado sobre sí el pecado del mundo para sumergirlo en las aguas saludables del Jordán (cf. Mt3, 13-16 y paralelos); cordero manso, al degüello era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda(Is53, 7), para que por su divino silencio quedase confundida la palabra soberbia de los hombres inicuos.

Jesús es víctima voluntaria,porque se ofreció libremente a su pasión,como víctima de expiación por los pecados de los hombres que consumió en el fuego de su amor.

Jesús es víctima eterna.Resucitado de la muerte y glorificado a la derecha del Padre, Él conserva en su cuerpo inmortal las señales de las llagasde las manos y de los pies taladrados, del costado traspasado (cf. Jn20, 27; Lc24, 39-40) y los presenta al Padre en su incesante plegaria de intercesión a favor nuestro (cf. Hb7, 25; Rm8, 34).

Hemos contemplado el Corazón de Jesús víctima de nuestros pecados; pero antes que todos y más profundamente que todos lo contempló su Madre dolorosa, de la que la liturgia canta: «Por los pecados del puebloElla vio a Jesús en los tormentos del duro suplicio» (Secuencia Stabat Mater).

Fuente: cf. S.S. Juan Pablo II, Ángelus del 10 de septiembre de 1989

Mes de marzo en honor del santo Patriarca

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Es una práctica saludable y verdaderamente laudable consagrar el mes de marzo al honor del santo Patriarca por medio de diarios ejercicios de piedad (especialmente durante su novena, del 10 al 18 de este mes).

Oración a San José

A ti, bienaventurado san José, acudimos en nuestra tribulación, y después de implorar el auxilio de tu santísima esposa, solicitamos también confiadamente tu patrocinio.

Con aquella caridad que te tuvo unido con la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios, y por el paterno amor con que abrazaste al Niño Jesús, humildemente te suplicamos que vuelvas benigno los ojos a la herencia que con su Sangre adquirió Jesucristo, y con tu poder y auxilio socorras nuestras necesidades.

Protege, oh providentísimo Custodio de la divina Familia, la escogida descendencia de Jesucristo; aleja de nosotros, oh padre amantísimo, este flagelo de errores y vicios. Asístenos propicio desde el cielo en esta lucha contra el poder de las tinieblas; y, como en otro tiempo libraste de la muerte la vida amenazada del Niño Jesús, así ahora defiende a la santa Iglesia deDios de las hostiles insidias y de toda adversidad.
Y a cada uno de nosotros protégenos con tu constante patrocinio, para que, a ejemplo tuyo, y sostenidos por tu auxilio, podamos vivir y morir santamente y alcanzar en los cielos la eterna bienaventuranza. Amén.

Fuente: cf. S.S. León XIII,Carta Encíclica Quamquam pluries

El Corazón de Jesús, nuestro Tesoro

Cada uno de nosotros puede decir con San Bernardo: “El Corazón de Jesús es mi corazón y lo diré con atrevimiento, porque si Jesús es mi cabeza ¿lo que es de mi cabeza, no es mío? Como los ojos de mi cabeza corporal son verdaderamente míos, así el Corazón de mi cabeza espiritual es verdaderamente mi Corazón. ¡Oh, qué dicha, pues que es cierto que no tengo con Jesús sino un solo Corazón!”

Nuestro amabilísimo Salvador nos ha dado su amabilísimo Corazón para que sea nuestro tesoro. Es un tesoro inmenso e inagotable que enriquece el cielo y la tierra con infinidad de bienes.

Saquemos de ese tesoro con qué pagar a la justicia divina lo que le debemos por todas nuestras faltas, ofreciéndole ese Sacratísimo Corazón en satisfacción por nuestros innumerables pecados, ofensas y negligencias. Si tenemos necesidad de alguna virtud, saquémosla de nuestro tesoro que contiene en grado eminente todas las virtudes, y supliquemos a nuestro Señor, que por la profundísima humildad de su Corazón, nos dé humildad verdadera; que por la ardentísima caridad de su Corazón, nos dé caridad perfecta; y así en cuanto a las demás virtudes.

Cuando en las diversas circunstancias haya necesidad de alguna gracia particular saquémosla de nuestro tesoro pidiéndole a nuestro Señor que por su benignísimo Corazón nos la conceda. Si deseamos ayudar a las almas del Purgatorio para que paguen sus deudas a la Justicia divina ofrezcamos a éstas nuestro precioso tesoro para que saquen de él con qué pagarse. Cuando alguien se encomiende a nuestras oraciones o nos pida alguna cosa, levantemos nuestro corazón hacia nuestro tesoro y digamos con humildad y confianza: “Oh Corazón amable de mi Salvador, haced sentir los efectos de vuestra caridad a todos los que recurran a mí.”

Finalmente, ya que nuestro corazón está unido a su tesoro, procuremos que los afectos y la ternura de nuestro corazón estén unidos al amabilísimo Corazón de Jesús.

Fuente: San Juan Eudes, El Corazón de Jesús

Voy a hablarte de piedad... (III)

Beato Carlos de Austria 03 07 Beato Carlos de Austria en Misa

¿Os parece cansada y ridícula la repetición de cincuenta Ave Marías que forma el Rosario de María? Comprendo que lo sea para vosotros si no acompañáis el murmurio de los labios con el afecto del corazón. Dadme un corazón que ame a la Virgen; aquella repetición de súplicas y alabanzas le parecerá lo más natural. Al amor nunca le cansa repetir sus proclamas.

Examinad con este criterio todos los actos de la Religión; paraos en los sencillos ejercicios populares los que teméis rebajaros entregándoos a ellos. ¿Nunca habéis comprendido el afecto tiernísimo, el amor acendrado que encierran aquellos ósculos, aquellas cruces, aquellas fórmulas breves y sencillas? ¡Vuestra fría ilustración no las comprende! ¡Mirad en cambio cómo las comprende el corazón! ¡Mirad cómo las conserva y las transmite el pueblo fiel; cómo las entiende, cómo se regala con ellas, cómo las saborea! Es que siente en ellas el perfume de la piedad. Ama, y por esto comprende el idioma del amor, que para vosotros es extranjero.

No es buen juez el ciego en materia de colores, ni el corazón frío en punto a sentimientos. ¿No tenéis piedad? En vano es que os pondere sus excelencias. Pero sabedlo, aunque decoraseis toda la Biblia y pudieseis explicar en cátedra las obras de los mejores teólogos, sin piedad nada apenas sabríais de la Religión, nada poseeríais de ella. Sin el amor, sin la caridad, sin el sentimiento de la piedad nada seríais.
¿Por ventura no lo ha dicho con mayor y más subida elocuencia el Apóstol en aquellas palabras: «Cuando yo hablara todas las lenguas de los hombres y el lenguaje de los Ángeles mismos, si no tuviera caridad vengo a ser como metal que suena o campana que retiñe.»?
¿Lo oís, católicos a vuestro modo? ¿Podéis ser verdaderamente religiosos si nos sois profundamente piadosos?

Fuente: Pbro. Félix Sardá y Salvany, Revista Popular, marzo de 1872.

Voy a hablarte de piedad... (II)

Meditar 16 16

La Religión, aunque exige el homenaje exterior del hombre, es principal y esencialmente interior; del exterior puede prescindir algunas veces, del interior nunca. Este homenaje interior, este afecto del corazón es lo que llamamos devoción o piedad: he aquí, pues, por qué no se puede ser religioso sin ser piadoso. Y el que no es piadoso no es religioso. O más claro, el que no tiene piedad no tiene Religión. Esta consecuencia pudo parecer al principio inverosímil. ¿No es verdad que se la encuentra ahora muy ajustada?

Ama y haz lo que quieras, ha dicho con valentía un Santo Padre: si no amas, nada harás aunque hagas todo lo que quieras, podemos añadir nosotros. Comprendo hasta cierto punto que los pobres incrédulos hallen ridícula nuestra Religión. Lo comprendo. No viendo en ella más que un conjunto de prácticas exteriores, como lo es la de tantos católicos, claro está, la Religión es una puerilidad. Poned, empero, en cada uno de estos actos un átomo solo de amor, un latido solo del corazón, y lo que os parecía pueril, vano, ridículo, lo veréis grandioso, sublime y digno de llenar, como ha llenado, la existencia de los hombres más eminentes.

Todo es pueril y ridículo cuando no lo vivifica un sentimiento poderoso. Nada es pueril y ridículo cuando es inspirado por el corazón. El martirio por la Religión o por la patria, ¿qué es si prescindimos del corazón? Una terquedad. En cambio, ¿cuántos tesoros de sublimidad y de poesía no se encierra en el sencillo beso que unos labios amantes y fervorosos depositan en una imagen? ¡Y es la acción más vulgar, más trivial, más ordinaria!

Fuente: Pbro. Félix Sardá y Salvany, Revista Popular, marzo de 1872.

El milagro que convirtió al Dr. Carrel

Dr. Alexis Carrel 01 01

El 11 de febrero es el día de Nuestra Señora de Lourdes, de cuya primera aparición hoy se cumplen 161 años. Narraremos el magnífico milagro ocurrido en julio de 1903, ante los ojos del Dr. Alexis Carrel (1873-1944, Premio Nobel de medicina en 1912).

El doctor Carrel, incrédulo, reemplazó a uno de sus compañeros para ir como médico a una peregrinación de 300 enfermos al santuario de Lourdes. No creía en Dios ni en milagros. Era un científico, que sólo creía en la razón, pero era un hombre sincero y, al final del viaje, debió reconocer que existía Dios y lo sobrenatural. Él mismo nos cuenta su aventura espiritual en su libro Viaje a Lourdes, donde escribe sus impresiones, bajo el pseudónimo de Dr. Lerrac (Carrel al revés).

Dice así: Al llegar los enfermos al hospital, Lerrac se acercó a la cama que ocupaba una joven enferma de peritonitis tuberculosa... María Ferrand (su verdadero nombre era María Bailly) tenía las costillas marcadas en la piel y el vientre hinchado. La tumefacción era casi uniforme, pero algo más voluminosa hacia el lado izquierdo. El vientre parecía distendido por materias duras y, en el centro, notábase una parte más depresible llena de líquido. Era la forma clásica de la peritonitis tuberculosa... El padre y la madre de esta joven murieron tísicos; ella escupe sangre desde la edad de quince años; y a los dieciocho contrajo una pleuresía tuberculosa y le sacaron dos litros y medio de líquido del costado izquierdo, después tuvo cavernas pulmonares y, por último, desde hace ocho meses sufre esta peritonitis tuberculosa. Se encuentra en el último período de caquexia. El corazón late sin orden ni concierto. Morirá pronto; puede vivir tal vez unos días, pero está sentenciada.

A María Ferrand, después de hacerle unas abluciones con el agua milagrosa de la Virgen -porque su estado era sumamente grave y no se atrevieron a meterla en la piscina- la llevaron ante la imagen de la Virgen en la gruta.
La mirada de Lerrac se posó en María Ferrand y le pareció que algo había cambiado su aspecto, parecía que su cutis tenía menos palidez... Lerrac se acercó a la joven y contó las pulsaciones y la respiración y comentó: “La respiración es más lenta”. Evidentemente, tenía ante sus ojos una mejoría rápida en el estado general. Algo iba a suceder y se resistió a dejarse llevar por la emoción. Concentró su mirada en María Ferrand sin mirar a nadie más. El rostro de la joven, con los ojos brillantes y extasiados, fijos en la gruta, seguía experimentando modificaciones. Se había producido una importante mejoría. De pronto, Lerrac se sintió palidecer al ver cómo, en el lugar correspondiente a la cintura de la enferma, el cobertor iba descendiendo, poco a poco, hasta el nivel del vientre... “Creo que me volveré loco”, pensó Lerrac.

Algunos minutos después, la tumefacción del vientre pareció que había desaparecido por completo... Lerrac no hablaba ni pensaba. Aquel suceso inesperado estaba en contradicción con todas sus ideas y previsiones y le parecía estar soñando. Le dieron una taza llena de leche a la joven y la bebió por entero. A los pocos momentos, levantó la cabeza, miró en torno suyo, se removió algo y reclinóse sobre un costado sin dar la menor muestra de dolor. Acababa de suceder lo imposible, lo inesperado, ¡el milagro! Aquella muchacha agonizante poco antes, estaba casi curada.
Hacia las siete y media volvió al hospital, ardiendo de curiosidad y angustia... Quedóse mudo de asombro. La transformación era prodigiosa. La joven, vistiendo una camisa blanca, se hallaba sentada en la cama.
“Doctor, estoy completamente curada -dijo a Lerrac- aunque me siento débil”... La curación era completa. ¡Es el milagro, el gran milagro, que hace vibrar a las multitudes, atrayéndolas alocadas a Lourdes! ¡Qué feliz casualidad ver cómo, entre tantos enfermos, ha sanado la que yo mejor conocía y a la que había observado largamente!

Fuentes:
Alexis Carrel, Viaje a Lourdes
P. Ángel Peña O.A.R., Santa Bernardita, la vidente de Lourdes

Voy a hablarte de piedad... (I)

Francisco Jose rezando 01 01 Francisco José rezando

Voy a hablarte, o lector despreocupado o ilustrado, de la piedad, de esa cosa tan de iglesia y tan de mal gusto que nuestro siglo ha creído deber relegar únicamente a las mujeres y a los viejos.

Voy a hablar de la piedad y a exhortarte a ser piadoso, a ti, trabajador o amo, estudiante o militar, bullicioso joven de veinte abriles o reposado varón de cuarenta y cinco octubres. Voy a decíroslo con el lenguaje franco de siempre: habéis de ser piadosos; y dando un paso más adelante, aunque os sorprenda y no me creáis por de pronto, voy a probaros que si no sois piadosos no sois religiosos. Con lo cual quedará demostrado que, en buena lógica, no hay en el mundo más que dos grupos, el de los devotos y el de los ateos.

¿Qué es la piedad? Es la intervención del corazón en las cosas de Religión.Es la afición, el gusto, el cariñoso afecto acompañando el ejercicio de sus prácticas. La piedad es el amor. Es amar lo que se cree, amar lo que se practica, amar la obligación que se impone, amar la prohibición aunque mortifique. Este amor se manifiesta en la afición, en el gusto, en la facilidad por las obras de la Religión. Véase ahora si esta facilidad, este gusto, esta afición no son los caracteres esenciales y distintivos de las personas verdaderamente piadosas, y se conocerá si es verdadera o no esta explicación que acabo de dar de la piedad.

¿Es obligatoria la piedad? Respuesta: Amarás a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma.
¿Es obligatorio este precepto del Decálogo? Claro que sí, y más que todos, como que es el primero y fundamental. Luego es obligatorio el amor en los actos de Religión. Es así que la piedad no es sino el amor acompañando los actos externos de la Religión: luego es obligatoria la piedad. ¿Qué se puede oponer a este raciocinio tan llano, tan corriente y tan natural?
Si nuestros actos exteriores, nuestras prácticas, nuestros rezos, nuestras devociones han de significar algo, ¿qué han de significar sino el afecto, el amor, el rendimiento del corazón? Si eso no significan, nada significan, son cuerpos sin alma, palabras sin sentido, son meras formalidades, puras ceremonias, sola exterioridad, pura hipocresía.

Fuente: Pbro. Félix Sardá y Salvany, Revista Popular, marzo de 1872.

La familia que reza unida permanece unida

Beato Carlos de Austria 02 02

Además de oración por la paz, el Rosario es también, desde siempre, una oración de la familia y por la familia. Antes esta oración era apreciada particularmente por las familias cristianas, y ciertamente favorecía su comunión. Conviene no descuidar esta preciosa herencia. Se ha de volver a rezar en familia y a rogar por las familias, utilizando todavía esta forma de plegaria.

Pido a cuantos se dedican a la pastoral de las familias que recomienden con convicción el rezo del Rosario.

La familia que reza unida, permanece unida. El Santo Rosario, por antigua tradición, es una oración que se presta particularmente para reunir a la familia. Contemplando a Jesús, cada uno de sus miembros recupera también la capacidad de volverse a mirar a los ojos, para comunicar, solidarizarse, perdonarse recíprocamente y comenzar de nuevo con un pacto de amor renovado por el Espíritu de Dios.

Muchos problemas de las familias contemporáneas, especialmente en las sociedades económicamente más desarrolladas, derivan de una creciente dificultad para comunicarse. No se consigue estar juntos y a veces los raros momentos de reunión quedan absorbidos por las imágenes de un televisor. Volver a rezar el Rosario en familia significa introducir en la vida cotidiana otras imágenes muy distintas, las del misterio que salva: la imagen del Redentor, la imagen de su Madre Santísima. La familia que reza unida el Rosario reproduce un poco el clima de la casa de Nazaret: Jesús está en el centro, se comparten con él alegrías y dolores, se ponen en sus manos las necesidades y proyectos, se obtienen de él la esperanza y la fuerza para el camino.

Fuente: San Juan Pablo II, Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae

Los buenos buscadores del Corazón de Jesús

Crucifixion 12 25

Los que buscan sólo su Corazón

¡Qué poquitos son!
Los que buscan a Jesús -más que por lo que da o promete- por lo bueno que es, por lo que se merece ser buscado. Es decir, por lo que es Él. ¡Por su Corazón! ¡En qué escaso número se encuentran en el Evangelio! ¡Somos los hombres tan indigentes en nuestro ser y tan interesados en nuestro querer!
Pero, aunque en corto número, en el Evangelio se encuentran, para gloria de Dios y honor del género humano, buscadores constantes, invariables, enloquecidos, si vale decirlo así, de su Corazón.

Los tres buscadores del Corazón de Jesús
Y, con más propiedad, diría tres tipos de buscadores con sus características muy marcadas que son: el grupo de las Marías, Juan Evangelista y la Madre de Jesús.
A este grupo no se le conoce en el Evangelio más que una ocupación para su vida y una sola dirección para sus pasos, sus miradas y sus anhelos. A saber: buscar el Corazón de Jesús, pero cada uno a su modo.
Dejo para más adelante presentaros el modo que cada uno tiene de buscar al Corazón de Jesús. Conténtome ahora con presentaros un solo cuadro en el que todos y solamente ellos, aparecen absorbidos por esa preciosa ocupación.

Las horas del Sacrificio
“Muchos son, dice el autor de la Imitación de Cristo, los que siguen a Jesús hasta partir el pan, hasta la mesa; pocos los que llegan con Él hasta beber el cáliz de la Pasión” (Libro II, c. 11).
Es decir, muchos son los seguidores y enamorados de las dádivas y regalos de Jesús. Pero pocos los de verdad enamorados de su Corazón, y menos aún en la hora de su Sacrificio.
Poned un momento vuestros ojos en la cima del Calvario en la hora de la crucifixión de Jesús. ¿Qué da allí Jesús?
Allí no hay multiplicación de panes ni peces. No hay curaciones milagrosas de ciegos y tullidos. No hay caricias para niños ni consuelos para los que lloran... Allí no hay más que una vida que se extingue, unos ojos vidriosos que se cierran, unas heridas que manan sangre, una boca cárdena que se reseca, unos miembros que se contraen, un amor infinito que se deshace en un infinito dolor. Y, cuando la vida se extingue del todo, queda de cuerpo presente un pecho abierto y un Corazón traspasado por la lanza de un soldado.

¿Quién está con Jesús en esa hora?
Responde el Evangelio: Estaban junto a la Cruz, María Madre de Jesús, Juan el Discípulo a quien Jesús amaba y las Marías (Cf. Jn 19,25).
¡Éstas son las almas que buscan a Jesús crucificado! “Sé, dirá poco después un ángel a una de ellas, que buscáis a Jesús crucificado" (Mc 16, 6)
Ésas son las buenas, las óptimas buscadoras de Jesús. Las que sólo buscan su Corazón, para, con Él y como Él, amar padeciendo o gozando, trabajando o descansando, muriendo o resucitando...

Fuente: San Manuel González, Así ama el corazón de Jesús en la Eucaristía. Versión digital de alexandriae.org

El nombre de Jesús jamás será destruido

Santisimo Nombre de Jesus 02 03

Este es aquel santísimo nombre que fue tan deseado por los antiguos patriarcas, anhelado en tantas angustias, prolongado en tantas enfermedades, invocado en tantos suspiros, suplicado en tantas lágrimas, pero donado misericordiosamente en el tiempo de la gracia.

Así pues, el gran fundamento de la fe es el nombre de Jesús, que hace hijos de Dios. En efecto, la fe de la religión católica consiste en el conocimiento y la luz de Jesucristo, que es la luz del alma, la puerta de la vida, el fundamento de la salvación eterna.
Si alguien carece de ella o la ha abandonado, camina sin luz por las tinieblas de la noche, y avanza raudo por los peligros con los ojos cerrados y, por mucho que brille la excelencia de la razón, sigue a un guía ciego mientras siga a su propio intelecto para comprender los misterios celestes, o intenta construir una casa olvidándose de los cimientos, o quiere entrar por el tejado dejando de lado la puerta.
Por tanto, Jesús es ese fundamento, luz y puerta, que, habiendo de mostrar el camino a los que andaban perdidos, se manifestó a todos como la luz de la fe, por la que el Dios conocido puede ser deseado y, suplicado, puede ser creído y, creído, puede ser encontrado. Este fundamento sustenta la Iglesia, que se edifica en el nombre de Jesús.

¡Oh nombre glorioso, nombre grato, nombre amoroso y virtuoso! Por tu medio son perdonados los delitos, por tu medio son vencidos los enemigos, por tu medio son librados los débiles, por tu medio son confortados y alegrados los que sufren en las adversidades.
Tú, honor de los creyentes; tú, doctor de los predicadores; tú, fortalecedor de los que obran; tú, sustentador de los vacilantes. Con tu ardiente fervor y calor, se inflaman los deseos, se alcanzan las ayudas suplicadas, se extasían las almas al contemplarte y, por tu medio, son glorificados todos los que han alcanzado el triunfo en la gloria celeste.
Dulcísimo Jesús, haznos reinar juntamente con ellos por medio de tu santísimo nombre.

Fuente: San Bernardino de Siena, Sermón 49

La devoción al Niño Jesús

Santos con Nino 01 01

Ama Jesucristo la inocencia de los niños desde que Él mismo se hizo Niño en el cuerpo y en los afectos. Ama Cristo la infancia, como maestra de humildad, regla de inocencia y modelo de mansedumbre. Ama Cristo la infancia y la propone por ejemplo de costumbres a los hombres ya provectos; quiere que todas las edades se conformen con la sencillez de los niños y que se arreglen a ella los que ha de elevar al eterno reino (San León Magno).

Desde tiempos muy antiguos los católicos han tenido mucha devoción al Divino Niño Jesús, y han honrado su santa infancia, considerando esta edad de Jesucristo como una maravilla de inocencia y amabilidad.
San José fue quien junto a la Santísima Virgen ha custodiado a Nuestro Señor Jesucristo en su más tierna infancia. Santa Teresa de Ávila tenía un amor tan grande al Divino Niño que un día al subir una escalera tuvo una visión en la que contemplaba al Niño Jesús tal cual había sido en la tierra. En recuerdo de esta visión la santa llevó siempre en sus viajes una estatua del Divino Niño, y en cada casa de su comunidad mandó tener y honrar una bella imagen del Niño Jesús que casi siempre ella misma dejaba de regalo al despedirse.
En la historia de la Iglesia muchos santos han sido agraciados con la visión del Niño Jesús, entre ellos: San Cayetano, Santa Rosa de Lima, San Antonio de Padua, San Cristóbal, San Bernardino Realino, Santa Inés de Asís, San Estanislao de Kostka, San Félix de Cantalicio, San Juan de Dios.
En el año 1636 Nuestro Señor le hizo a la Venerable Margarita del Santísimo Sacramento esta promesa: "Todo lo que quieras pedir, pídelo por los méritos de mi infancia y tu oración será escuchada".

Fuente: cf. devocionario.com

Corazón de Jesús, formado por el Espíritu Santo en el seno de la Virgen Madre

Nuestra Senora de la Esperanza 01 01 Nuestra Señora de la Esperanza

Encontramos aquí el eco de un artículo central del Credo en el que profesamos nuestra fe en Jesucristo, Hijo único de Dios, que bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre. La santa humanidad de Cristo es, por consiguiente, obra del Espíritu divino y de la Virgen de Nazaret.

Es obra del Espíritu. Esto afirma explícitamente el Evangelista Mateo refiriendo las palabras del Ángel a José: Lo engendrado en Ella (María) es del Espíritu Santo, (Mt1, 20); y lo afirma también el Evangelista Lucas, recordando las palabras de Gabriel a María: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra (Lc 1, 35).

El Espíritu ha plasmado la santa humanidad de Cristo: su cuerpo y su alma, con toda la inteligencia, la voluntad, la capacidad de amar. En una palabra, ha plasmado su corazón. La vida de Cristo ha sido puesta enteramente bajo el signo del Espíritu. Del Espíritu le viene la sabiduría que llena de estupor a los doctores de la ley y a sus conciudadanos, el amor que acoge y perdona a los pecadores, la misericordia que se inclina hacia la miseria del hombre, la ternura que bendice y abraza a los niños, la comprensión que alivia el dolor de los afligidos. Es el Espíritu quien dirige los pasos de Jesús, lo sostiene en las pruebas, sobre todo lo guía en su camino hacia Jerusalén, donde ofrecerá el sacrificio de la Nueva Alianza, gracias al cual se encenderá el fuego que Él trajo a la tierra (Lc 12, 49).

Por otra parte, la humanidad de Cristo es también obra de la Virgen. El Espíritu plasmó el Corazón de Cristo en el seno de María, que colaboró activamente con Él como madre y como educadora.
Como Madre, Ella se adhirió consciente y libremente al proyecto salvífico de Dios Padre, siguiendo trémula, en silencio lleno de adoración, el misterio de la vida que de Ella había brotado y se desarrollaba.
Como educadora, Ella plasmó el Corazón de su propio Hijo, introduciéndolo, junto con San José, en las tradiciones del pueblo elegido, inspirándole el amor a la ley del Señor, comunicándole la espiritualidad de los “pobres del Señor”. Ella lo ayudó a desarrollar su inteligencia y seguramente ejerció influjo en la formación de su temperamento. Aun sabiendo que su Niño la trascendía por ser Hijo del Altísimo (cf. Lc 1, 32), no por ello la Virgen fue menos solícita de su educación humana (cf. Lc 2, 51).

Por tanto podemos afirmar con verdad: en el Corazón de Cristo brilla la obra admirable del Espíritu Santo; en Él se hallan también los reflejos del corazón de la Madre.
Sea el corazón de todo cristiano como el Corazón de Cristo: dócil a la acción del Espíritu, dócil a la voz de la Madre.

Fuente: cf. San Juan Pablo II, Ángelus del 2 de julio de 1989

La hora providencial del Corazón de Jesús

CristoRey 05 11

Una palabra de extrema gravedad y de suma importancia sobre la teología y la devoción del Corazón de Jesús.

Este es, en toda verdad, la suprema y única esperanza de redención y de paz en los tiempos apocalípticos que estamos viviendo. No lo digo yo; lo dice el gran Pío XI: «Vivimos -dice- la hora más tempestuosa y negra que haya vivido la Humanidad desde el Diluvio... ¡Ah! ¡Pero la Iglesia tiene una inmensa confianza porque vivimos, en toda su plenitud, la hora providencial del Corazón de Jesús!»
Al decir esto el gran Pontífice tuvo seguramente muy presente la promesa del Salvador hecha a Margarita María: «¡Reinaré por mi Divino Corazón a pesar de Satán y sus secuaces!» Si, pues, los secuaces de Satán están haciendo desbordar el Mar Rojode odio sectario y de persecución, es ésta la hora en que el Rey de Amor, entronizado profundamente en almas, en hogares y en la sociedad, conquiste bajo Su cetro blando las naciones y así las salve. ¡Venga a nos tu Reino de justicia, de paz y de amor!... ¡Sálvanos!

¡Pero no lo olvidemos: la ciudadela santa, construida sobre la roca y que desafiará victoriosa todas las tormentas, es el Hogar cristiano! Con razón las furias del averno se desencadenan contra esta fortaleza, inexpugnable cuando Cristo Rey reina y manda en ella. Por esto los Papas han, no sólo aprobado, sino recomendado y aplaudido, la Cruzada de la Entronización, cuyo fin primordial, único, es salvar y santificar el Hogar con la presencia del Corazón de Jesús, Rey que preside la familia y Amigo íntimo de esta su Betania.
Y si el ataque del infierno contra este santuario es formidable, tenemos una promesa del Salvador que nos da bríos y que sostendrá nuestro coraje... Dijo una vez Jesús a Margarita María: «No temas, te faltará socorro sólo cuando a Mí me falte omnipotencia.» Esto es: ¡jamás!... Si el Rey de Amor está con nosotros, ¿quién podrá algo contra nosotros? Valor, pues, y adelante bajo el Lábaro del Rey que no será jamás vencido... ¡Que reine, sí, que triunfe en el Hogar y, a Su hora, reinará en la sociedad y en las naciones!

Hemos llamado «Cruzada» la obra de la Entronización y merece por cierto ese título sagrado. En efecto, ¿qué empresa sería poderosa y fecunda como acción de redención social que el Hogar, convertido en un Tabernáculo de oración, en un Sagrario eucarístico y en una escuela de penitencia? Pues ese es precisamente el ideal y el espíritu de una Betania auténtica del Corazón de Jesús.
Y precisamente porque cuatro grandes Pontífices consideraron la Entronización como una verdadera Cruzada de restauración social cristiana, por esto, Pío X, Benedicto XV, Pío XI y Pío XII, se han dignado recomendarla solemnemente y oficialmente. ¡Qué garantía! Si, pues, la Santa Iglesia nos cobija maternalmente bajo su manto y, apretándonos sobre su corazón, quiere darnos alientos y energías, podemos seguramente creer, con tanto derecho como sinceridad, que en esta gran batalla por los derechos de Cristo Rey Dios está seguramente con nosotros.
Si esto es así, ¡confianza! ¡Vamos y luchemos, vamos y muramos por Él que ya no puede morir!... ¡Vamos, adelante; es indispensable que reine Cristo Rey; es urgente que triunfe por su Sagrado Corazón!

Fuente: P. Mateo Crawley, Jesús Rey de Amor

Una nueva forma de festejar el mes de María: con espíritu de reparación

Flores a Maria 02 14

¿Quién podría decir que -en general- la Santísima Virgen está contenta con la actual actitud de los hombres? Sería, pues, muy oportuno aprovechar este mes, todo él dedicado a Nuestra Señora, para enfocarlo y vivirlo como un acto de reparación.

Como todos saben, el mes de María es eminentemente festivo. Naturalmente nuestro espíritu se vuelve a festejar a Nuestra Señora durante todos los días del mes. Sucede, sin embargo, que existe un principio de sentido común por el cual no se festeja a una persona que está pasando por un pesar muy grande. Por ejemplo, a una madre que tiene a su hijo muy enfermo, no se va, durante la enfermedad del hijo, a hacerle una fiesta de aniversario. Porque su ánimo no está para eso.
Entonces, ésta es una ocasión para testimoniarle a Ella veneración, cariño, etc., pero manifestarlo de otra manera, es decir, solidarizándose con su dolor. Decirle dos cosas: "Yo me acuerdo que es tu aniversario. Esta fecha despierta en mí buenas disposiciones, pero considerando tu estado, tu situación, quería decirte también cuánto me pesa verte pasar por esta prueba difícil, y hago votos para que tu hijo se mejore". Es lo que cualquier persona sensata diría.

Bien eso es lo que nosotros también debemos decir a Nuestra Señora. Debemos decir que nos acordamos de todas las razones perennes de alegría que Ella significa para todos los católicos, en todas las circunstancias. Nuestra Señora es de tal manera causa nostrae laetitiae, causa de nuestra alegría, como se dice en las letanías Lauretanas, que significó una alegría para nosotros, incluso en la más triste de las situaciones, que fue cuando Nuestro Señor Jesucristo murió. Hasta en esa ocasión, su presencia era un elemento de alegría y de satisfacción para nosotros.
Por otro lado, hay que comprender que una actitud de mera conmemoración festiva no es oportuna, y que nosotros debemos unir al recuerdo de toda la alegría que Ella nos da, la consideración de toda la tristeza que Ella tiene en las circunstancias actuales, y tener en vista esa tristeza. Tener muy presentes y actuales las razones de su tristeza, por tantas ofensas contra Ella, contra su Divino Hijo y contra la Santa Iglesia que vemos cotidianamente en esta sociedad que cada día se vuelve más contra Dios y contra su Ley. Y si, viendo todos estos crímenes, mi indignación fuese pequeña, no se podrá sino concluir que la causa es que mi amor es pequeño. Se podría decir que la actitud que tenemos en relación a los enemigos de la Iglesia y de la Civilización Cristiana es el termómetro de nuestro amor a la Iglesia y a Nuestra Señora.

Quizá esas consideraciones nos hagan ver que nuestro amor es débil, escaso, pequeño... Ese será un buen motivo para pedirle a Ella, que en este mes hace llover de modo especial gracias sobre sus hijos, que nos conceda un mayor celo en la defensa de sus intereses, frente a la obra de demolición emprendida por las fuerzas de las tinieblas, y nos dé al mismo tiempo una creciente incompatibilidad con el mal, en todas las formas que él se presente ante nosotros. Esta sería una linda suplica en todos los días de este mes dedicado a Ella.

Fuente: Adaptado de una conferencia de Plinio Corrêa de Oliveira del 1 de Mayo de 1967

San Luis Gonzaga, celestial Patrono de la juventud (II)

San Luis Gonzaga 07 13

Plegaria por los jóvenes

¡Oh admirable joven San Luis Gonzaga! Admirable en la modestia de los ojos, admirable en la penitencia con vuestro cuerpo, admirable en la abstinencia, admirable en la oración, en que gastabais cada día, admirable en la inocencia, conservando la gracia bautismal hasta la muerte ¡Oh, cuánto me confundo al verme tan lejos de la perfección! Proteged a la tierna edad y alejadla de los peligros, ¡oh amable protector de la juventud! Y ya que no supe imitaros en la inocencia de la vida, alcanzadme al menos del Señor que imite vuestra penitencia, si no en los santos rigores al menos en la victoria de mis pasiones y mortificación de los sentidos, a fin de que caminando por la única senda que conduce a los pecadores al Cielo, os acompañe en el triunfo de la gloria. Amén.

“Al atardecer de esta vida, te examinarán en el amor”. Es a este amor, en una total entrega, al que Dios nos llama desde nuestra juventud, tal como lo hizo con el joven rico del Evangelio: “Ven y sígueme” (Mt 19, 21). Que la juventud actual -tan carente de modelos a seguir y tan confundida acerca del amor- no tome la actitud del joven rico, que se entristeció por tener que desapegarse de las cosas de este mundo, sino que se encuentre con el ejemplo de su patrono, San Luis Gonzaga. A eso incentivó el recordado Papa Juan Pablo II, al dirigirse a los jóvenes de Mantua: “San Luis es sin duda un santo a ser redescubierto en su alta estatura cristiana. Es un modelo indicado también para la juventud de nuestro tiempo, un maestro de la perfección y un experimentado guía hacia la santidad. 'El Dios que me llama es Amor -se lee en uno de sus apuntes-, ¿cómo puedo circunscribir este amor, cuando para hacerlo sería demasiado pequeño el mundo entero?'”

Fuente: cf. Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

Las almas fervorosas se elevarán rápidamente a gran perfección

Sagrado Corazon 37 70 Santos Ignacio de Loyola y Luis Gonzaga

En la lucha por la santidad hay muchas dificultades que superar, y muchos enemigos que vencer. Entonces una mirada al Corazón de Jesús, “nuevo estandarte de la victoria” (León XIII. Encíclica Annum Sacrum), y el triunfo será nuestro. Esta promesa es para los católicos fervorosos. San Ignacio dice que, aquel que está obligado a Dios por tantos beneficios, no puede contentarse con un servicio vulgar. Al menos deberíamos encontrarnos en este estado: “Quiero tener deseos de ser santo”.

Dos elementos son imprescindibles: Dios y mi esfuerzo. Sin su gracia, ni puedo desear lo bueno, ni pronunciar con provecho el nombre de Jesús. Él me dará siempre más de lo necesario: Dios no se ha agotado, ni se agotará por muchos santos que haga.
Por otra parte, nadie sabe lo que su parte estorba a lo que Dios obraría en él, si no pusiera obstáculo a la gracia, según el profundo pensamiento de San Ignacio de Loyola. Cuando yo diga a Dios la palabra “quiero”, me abrumará con su gracia.
“Todo lo que me sirva para la santificación, lo abrazaré, aunque me cueste; todo lo que me estorbe lo desecharé; todo lo que sea indiferente, lo despreciaré” (San Luis Gonzaga)

La promesa del Sagrado Corazón incluye tres elementos: los que practiquen esta devoción se elevarán a perfección grande y rápidamente.
1º Se elevarán a perfección. Esta perfección comprende a todo hombre y en toda su vida sobrenatural. Perfección de la mente con toda sabiduría y dones del Espíritu Santo; del corazón, dándole la perfección en el amor hasta hacerlo capaz del sacrificio; y de la voluntad, en la práctica de los mandamientos y consejos.
2º Perfección grande. En esta devoción lo primero es el acrecentamiento de la virtud de la caridad, la cual, enseña Santo Tomás, da su forma y perfección a todas las virtudes, ordenándolas a su último fin. Pío XII decía que es la síntesis de toda religión y la norma de vida más perfecta, porque como afirmaba Pío XI, esta devoción “lleva los entendimientos con mayor facilidad al conocimiento completo de Cristo Nuestro Señor, e inclina las voluntades eficazmente a amarle con más ardor y a imitarle más cerca.” (Miserentissimus Redemptor)
3º Perfección rápida. Por el camino común el trabajo de purificación interior se duplica y es mucho más fatigoso y lento. Pero el Corazón de Jesús es el árbitro de la gracia, puede abreviar la obra de nuestra santificación. “Les dará la perfección pronto”. Abracémosla con ahínco, lectores amigos, y practiquemos con entusiasmo la devoción al Sagrado Corazón, porque es el Camino más abreviado, para conseguir la perfección.

Fuente: P. Manuel Mosquero Martin SJ, Las promesas del Sagrado Corazón de Jesús

Elogio de la Virgen del Pilar

Virgen del Pilar 01 02

Según una piadosa y antigua tradición, ya desde los albores de su conversión, los primitivos cristianos levantaron una ermita en honor de la Virgen María, a las orillas del Ebro, en la ciudad de Zaragoza, donde la Santísima Virgen se apareciera al Apóstol Santiago. La primitiva y pequeña capilla, con el correr de los siglos, se ha convertido hoy en una basílica grandiosa que acoge, como centro vivo y permanente de peregrinaciones, a innumerables fieles que, desde todas las partes del mundo, vienen a rezar a la Virgen y a venerar su Pilar.

La advocación de nuestra Señora del Pilar ha sido objeto de un especial culto por parte de los españoles: difícilmente podrá encontrarse en el amplio territorio patrio un pueblo que no guarde con amor la pequeña imagen sobre la santa columna. Muchas instituciones la veneran también como patrona.

Muy por encima de milagros espectaculares, de manifestaciones clamorosas y de organizaciones masivas, la virgen del Pilar es invocada como refugio de pecadores, consoladora de los afligidos, madre de España. Su quehacer es, sobre todo, espiritual. Y su basílica en Zaragoza es un lugar privilegiado de oración, donde sopla con fuerza el Espíritu.
La devoción al Pilar tiene una gran repercusión en Hispanoamérica, cuyas naciones celebran la fiesta del descubrimiento de su continente el doce de octubre, es decir, el mismo día del Pilar. Como prueba de su devoción a la Virgen, los numerosos mantos que cubren la sagrada imagen y las banderas que hacen guardia de honor a la Señora ante su santa capilla testimonian la vinculación fraterna que Hispanoamérica tiene, por el Pilar, con la patria española.

Fuente: cf. Liturgia de las Horas. Oficio de Lectura del día.

Plegaria del joven

Carlo Acutis y Montserrat Grasses 01 01 Los jóvenes Carlo Acutis y Montserrat Grases actualmente en proceso de beatificación

Santísima Trinidad, eterna vida y juventud, Tú que eres la fuente de mi ser, haz que la aventura de mi vida, que recién comienza con toda la fuerza de lo nuevo, tenga el único sentido de caminar de retorno a la casa del Padre. Señor Jesús, que un día pensaste y amaste con alma de joven, imprime en mi corazón tus mismos ideales y sentimientos.

Quisiera tener siempre sed de la verdad, buscada en el bellísimo libro de la creación, en los acontecimientos de todos los días y, sobre todo, en ti mismo, el único Maestroque tiene para mí palabras de vida eterna. Concédeme un amor limpio y generoso, capaz de amar a mi prójimo y a mi patria, a los amigos y a los enemigos; que se entusiasme con prontitud y facilidad por todo lo que es noble, justo y grande; que sintonice con los héroes y santos de la historia; que sienta en lo más hondo del alma el llamado a las grandes empresas y tenga instintivo horror de lo mediocre, lo injusto, lo doble, lo hipócrita y lo bajo; que por encima de todo y con un corazón ensanchado y dilatado, logre correr por el camino de tus mandatos amándote con todo el corazón, toda el alma, toda la mente y todas las fuerzas. Educa mis pasiones, afectos y sentimientos para que nunca me desordenen ni me manchen, y sean los que me den fuerza y sensibilidad para el dolor, el amor y la belleza.

Yo también quisiera, Señor, que como Tú, toda mi vida estuviese dedicada a las cosas de mi Padre, que ninguna de sus cosas me fuese indiferente, no me venciese el respeto humano y jamás buscase agradar a los hombres sino sólo a mi Dios. Quiero ser, con tu gracia, dedicado en el estudio, alegre en las diversiones, esforzado y limpio en el deporte, noble en la amistad, devoto en la oración y magnánimo en tu servicio.
Sólo porque he vivido poco, aún no tengo que lamentar grandes fracasos ni me pesa la decrepitud de arraigados malos hábitos. Pero Tú sabes, Señor, que tengo necesidad de amar y ser amado, y que a veces siento el vértigo de la libertad, que mis pasiones me sacuden como un mar embravecido, el mundo me seduce con facilidad y mis propósitos son frágiles. Te imploro que madures y temples mi corazón como el del joven Juan, tu discípulo amado, con la castidad y la caridad, pues yo también quiero serte fiel en la amistad hasta la cruz.
Mas si algún día te traicionara por el pecado, como Pedro, no te quedes en silencio soportando mi afrenta, mírame y muéstrame como te plazca, aunque tu mano me parezca dura, que he equivocado el camino, pues estoy dispuesto al arrepentimiento y a comenzar de nuevo.

Tengo, por fin, Señor, un futuro que me atrae y mil proyectos que me fascinan. No sé qué querrás hacer de mi vida ni qué planes e ilusiones tienes sobre mí, pero quisiera decirte que estoy dispuesto a todo, sólo que me ayudes en lo que mandes. Más allá de ello, manda lo que quieras. Quisiera que tu Madre, Señor, me tratase como a ti: formándome un corazón como el tuyo, buscándome con angustia cuando me pierda, estando siempre al pie de mi cruz y esperándome gloriosa en la gran alegría de la eternidad. Amén.

Fuente: P. Ramiro Sáenz, Solo Dios basta

La Batalla de Tucumán y la Virgen de la Merced (II)

Virgen de la Merced 01 02

Consígnase aquí un hecho sobrenatural a manera de ilustración de lo que entonces anduvo en lenguas.

Doña Felipa Zavaleta de Corvalán, contemporánea de la batalla, trae en su Recuerdos familiares esta curiosa referencia:
«Los mismos prisioneros enemigos decían que a la hora de la acción en la línea del ejército tucumano vieron una Señora vestida de blanco, y que les batía el manto sobre los militares, y que por eso las balas no les hacían nada, como fue que sólo dos faltaron, que fueron Miguel Rivadeneira y Tomás Balor. Por esto se cree que esta Señora fue Nuestra Madre de Mercedes».

Lo más curioso es que el tal dato, de oídas tan sólo y poco creíble en sí, viene corroborado por otro, ya de testigo de vista, en la Memoria del general don Juan Pardo de Zela, hecha de público dominio en 1964 por el Boletín de la Academia Nacional de la Historia.
Pardo de Zela, oficial entonces y guerrero en las acciones así de Huaqui como de Tucumán y Salta, expuso con llaneza lo que vio personalmente, cuando se disponía al ataque de las tropas de Tristán:
«Formó el ejército en línea de batalla con un horizonte despejado y limpio de nubes... En esto una pequeña nube se descubre en el cielo en figura piramidal, sostenida por una base que parecía sostener una efigie de la imagen de Nuestra Señora.
«Era día en que se celebraba la fiesta de Nuestra Señora de la Merced; y cada soldado creyó ver en la indicada nube la redentora de sus fatigas y privaciones; cuya ilusión, aumentándose progresivamente, daba más fortaleza a nuestra pequeña línea, que ya enfrentada con la del enemigo, que no había podido aún organizar la suya, empezó a sentir por el fuego de nuestras piezas de artillería el estrago que ellas causan».

(...)

Sucedió entonces un hecho llamativo, calificado de «sobrenatural» por el historiador tucumano Manuel Lizondo Borda; «que nunca habían visto los soldados enemigos del Alto Perú, y que, por lo mismo, contribuyó a desbandarlos y a llevarles el pánico». Y fue un ciclón, que llegó desatado por el sur, trayendo en su seno una tupida manga de langostas. Lo describe don Marcelino de la Rosa en sus Tradiciones históricas:
«En momentos tan azarosos para los españoles, vino a empeorar su angustiosa situación un terrible huracán. El ruido horrísono que hacía el viento en los bosques de la sierra y en los montes y árboles que arrastraba, cubriendo el cielo y oscureciendo el día, daba a la escena un aspecto terrífico».
Esto de las langostas parecería tema baladí y que debiera con preferencia soslayarse. No lo fue en la batalla de Tucumán. El doctor Lizondo Borda le dedica su párrafo justiciero:
«Las mismas langostas parece que ayudaron su poquito ese día. Porque millares de ellas, escapando del viento, al largarse en picada hacia tierra, hacían fuertes impactos en pechos y caras de los combatientes. Y si los mismos criollos, que las conocían, al sentir esos golpes, según Paz, se creyeron heridos de bala, es de imaginar el espanto de los altoperuanos o cuicos, al sentir en sus cuerpos tal granizada de balazos, que no eran sino langostazos».

Este conjunto de circunstancias desfavorables a las columnas españolas de la derecha, que aún se mantenían en el campo, determinaron su retirada. La que debió verificarse con precipitación, hasta una legua de distancia, donde logró Tristán constituir nuevo frente.

Fuente: Cayetano Bruno, SDB, Nuestra Señora de las Mercedes en la vida del General Belgrano - merced.org.ar

La Batalla de Tucumán y la Virgen de la Merced (I)

Belgrano 01 01 Belgrano y la Virgen de la Merced de Tucumán

La afirmación de haberse puesto Belgrano antes de la batalla bajo la protección de nuestra Señora de las Mercedes, tiene buen lastre de documentos.


Según el parte remitido por el mismo Belgrano al gobierno el 26 de setiembre -dos días después de la batalla-, se había conseguido la victoria el «día de Nuestra Señora de las Mercedes, bajo cuya protección nos pusimos». Lo propio registra la proclama del 28 siguiente, dirigida por Belgrano a los pueblos del Interior: El ejército realista «ha sido completamente batido el 24 del corriente, día de Nuestra Señora de las Mercedes, bajo cuya protección se puso el de mi mando».

A este acto de angustiosa demanda, se unió la plegaria de la feligresía, que recuerda el combatiente Lorenzo Lugones, testigo presencial: En el fragor del combate las mujeres «del patriota pueblo dirigían sus plegarias al cielo y [a] la Virgen Santísima de Mercedes».
Con las mujeres, el resto de la población, según refirió un mes después el doctor don José Agustín Molina, en el discurso conmemorativo de «la gloria de la patria triunfante por la protección de María». Aludió el doctor Molina en presencia de Belgrano y de los oficiales del ejército, a «las fervorosas e incesantes plegarias», dirigidas a la Virgen «dentro y fuera de la ciudad por religiosos, sacerdotes, niños, mujeres y una infinidad de almas justas..., como otros tantos Moisés en el monte».

Apunta Belgrano en su Fragmento de memoria sobre la batalla de Tucumán:

«El campo de batalla no había sido reconocido por mí, porque no me había pasado por la imaginación que el enemigo intentase venir por aquel camino, a tomar la retaguardia del pueblo con el designio de cortarme toda retirada; por consiguiente, me hallé en posición desventajosa con parte del ejército en un bajío».

Ya se verá después cómo el elemento humano contó para muy poco en la batalla de Tucumán.
(...)
Y henos aquí ante lo extraño de este hecho histórico. La batalla de Tucumán no pertenece al orden común de los acontecimientos similares, desde que resultaron fallidas todas las disposiciones tomadas para asegurar sus resultas.
«Los movimientos de ambas fuerzas -puso de manifiesto Paz en sus Memorias póstumas- fueron tan variados, tan fuera de todo cálculo, imprevistos y tan desligados entre sí, que resultó una complicación como nunca he visto en otras acciones en que me he encontrado».

Su remate no pudo ser tampoco fruto de humana previsión. Parecería como si nuestra Señora de las Mercedes hubiese tomado el mando de las bisoñas huestes patriotas para conducirlas a la victoria.

Fuente: Cayetano Bruno, SDB, Nuestra Señora de las Mercedes en la vida del General Belgrano - merced.org.ar

Oración a la Virgen Niña

Virgen Nina 03 03

Famosa imagen de la Virgen Niña en Milán

Dulcísima Niña María, radiante Aurora del Astro Rey, Jesús, escogida por Dios desde la eternidad para ser la Reina de los cielos, el consuelo de la tierra, la alegría de los ángeles, el templo y sagrario de la adorable Trinidad, la Madre de un Dios humanado; me tienes a tus plantas, oh infantil Princesa, contemplando los encantos de tu santa infancia. En tu rostro bellísimo se refleja la sonrisa de la Divina Bondad, tus dulces labios se entreabren para decirme: “Confianza, paz y amor...”

¿Cómo no amarte, María, luz y consuelo de mi alma..., ya que te complaces en verte obsequiada y honrada en tu preciosa imagen de Reina Niña? Yo me consagro a tu servicio con todo mi corazón. Te entrego, amable Reina, mi persona, mis intereses temporales y eternos. Bendíceme Niña Inmaculada, bendice también y protege a todos los seres queridos de mi familia. Se tú, Infantil Soberana, la alegría, la dulce Reina de mi hogar, a fin de que por tu intercesión y tus encantos reine e impere en mi corazón y en todos los que amo, el dulcísimo Corazón de Jesús Sacramentado. Amén.

Fuente: devocionario.com

El Beato Pier Giorgio y la devoción a la Virgen (II)

Beato Pier Giorgio Frassati 08 08

Un sacerdote recuerda: "Jamás se podría olvidar el haber visto rezar a aquel joven. Se fijaba en la Virgen y parecía devorarla con los ojos".

En sus excursiones a la montaña de esta zona, no dejaba de refugiarse junto a la Virgen. Un compañero de una de estas salidas, que no era católico militante, evoca este recuerdo:
“Regresando con algunos compañeros de una excursión por «sus montañas» pasamos por el santuario de Oropa. Ni bien llegamos nos sentamos en un café. Nos contamos, todos estaban presentes, salvo Pier Giorgio. Había desaparecido sin decir palabra. Al instante cada cual fue en busca de él y le hallamos al fin en el antiguo santuario orando... A nadie le avisó, obró como siempre, sin ostentación, pero también sin respeto humano, del modo más sencillo. Por supuesto que se cuidó bien de hacernos notar nuestra indiferencia, pero ¡cuánto más elocuentes que una reprimenda o una exhortación fueron su silencio y su ejemplo!”

Era un admirador del Dante, lo leía con asiduidad y gusto. Se había copiado el canto que el poeta le dedica en el Paraíso a la Virgen María, lo había aprendido de memoria, y lo recitaba muchas veces, en cualquier lugar... en su casa, en el campo, en la montaña, y hasta en el tren, en las excursiones con sus compañeros:
"¡Oh Virgen Madre, oh Hija de tu Hijo,
alta y humilde más que otra criatura,
término fijo de eterno decreto!"
Dante, La divina comedia, El Paraíso, canto XXXIII

Fuente: P. Diego Cano IVE, Escalada al cielo, biografía de Pier Giorgio Frassati

El Santísimo Nombre de María

Santisimo Nombre de Maria 01 01

Hoy, 12 de septiembre, la Iglesia celebra la memoria del Santísimo Nombre de María. En esta conmemoración se propone a Nuestra Señora, Madre de Dios y Madre de los hijos de Dios, ante los ojos de los fieles, como figura de la Madre del Redentor, cuyo nombre piadosamente debemos invocar.

Ofrecemos el siguiente texto tomado de los sermones de San Antonio de Padua como meditación propicia para la celebración de este día.

«Refúgiate en la Virgen María, oh pecador, porque es ella la ciudad de refugio. En efecto, como se dice en el libro de los Números, en otro tiempo el Señor mandó: Elegiréis ciudades que sean para vosotros ciudades de refugio, donde pueda refugiarse el homicida que hubiere muerto a alguno sin querer. Así ahora la misericordia del Señor ha puesto como refugio de misericordia el nombre de María hasta para los homicidas voluntarios.
Torre fortísima es el nombre de la Señora. En ella se refugiará el pecador y se salvará. Nombre dulce, nombre que conforta al pecador, nombre de dichosa esperanza. Señora, tu nombre está en el deseo de mi alma.
El nombre de la Virgen era María, dice san Lucas. Es tu nombre perfume que se difunde. El nombre de María es júbilo en el corazón, miel en la boca, melodía en el oído. Noblemente, pues, en alabanza de la Virgen Santísima se dice: Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que mamaste.
Por eso, te pedimos, Señora nuestra, esperanza nuestra, que Tú, Estrella del mar, irradies luz a nosotros, sacudidos por la tempestad de este mar, nos encamines al puerto, y protejas nuestra muerte con la tutela de tu presencia, a fin de que merezcamos salir seguros de la cárcel y lleguemos alegres al gozo interminable. Ayúdenos Aquel a quien llevaste en tu vientre bendito y amamantaste en tus pechos sacratísimos. A Él sea dada honra y gloria por los siglos de los siglos. Amén.»

Fuente: San Antonio de Padua, Sermones

El Beato Pier Giorgio y la devoción a la Virgen (I)

Beato Pier Giorgio Frassati 07 07

Para Pier Giorgio, la devoción a la Virgen fue: dulzura y fortaleza. En ella encontraba el consuelo en las horas amargas, en las dificultades; y Ella era quien le infundía valor y fuerzas para los combates cotidianos. Esta devoción, tierna y viril a la vez, la concebía sin amaneramiento ni exageraciones. Consistía principalmente en el rezo del Santo Rosario y la visita a los santuarios más amados por la piedad de los católicos.

Entre estos santuarios más amados por Pier Giorgio, se encuentra en principalísimo lugar el de Nuestra Señora de Oropa, en el Piamonte. Situado a una altura de 1.180 metros, en la mitad del monte Mucrone, en una gran explanada que domina la montaña. Desde pequeño asistía frecuentemente a este santuario en compañía de sus padres o de sus amigos. Siendo ya mayor, cuando iba solo, le gustaba mucho recorrer caminando los ocho kilómetros que separaban la casa de campo, desde Pollone hasta el Santuario. Salía de su casa cantando alguna canción a la Virgen, y llegaba a la iglesia rezando el Rosario. Después entraba en la iglesia, donde se confesaba y comulgaba.

Pollone, el lugar de veraneo en la casa de los abuelos maternos, era muy grato a Pier Giorgio, sobre todo por la cercanía al Santuario, y porque ese tiempo le permitía cumplir con esta tierna devoción, que durante el año era más difícil llevar a cabo con tanta fruición. En ese oasis de paz de Pollone podía dedicarse mejor al estudio. Pero a la vez, disfrutaba el poder honrar todos los días a la Virgen en su Santuario. Con el fin de no ser regañado por sus familiares, cumplía con todas sus devociones muy temprano, antes que se levantara del resto de la familia.

Para poder estudiar y a la vez ir frecuentemente a honrar a la Virgen sin faltar a sus deberes, de acuerdo con su jardinero, había planeado una estrategia muy original. Los motivos eran dos: no robar tiempo al estudio en las horas del día, y no molestar a los familiares con sus salidas a la madrugada.
El jardinero lo despertaba al alba jalando una cuerda que colgaba por la ventana hasta el jardín, y que estaba atada a la mesa de luz de Pier Giorgio. Cuando el jardinero llegaba a la casa, bien temprano, tiraba de la cuerda, y Pier Giorgio se levantaba rápido de la cama. Se vestía a toda prisa, y salía de la casa por una puerta secundaria, y recorría a pie los ocho kilómetros hacia el Santuario. Allí escuchaba la Misa, comulgaba, y luego regresaba a la casa. A las ocho estaba puntualmente sentado a la mesa para desayunar, para proseguir luego con el estudio.
Los familiares -poco religiosos- se alegraban, convencidos de que se trataban de bellos paseos matutinos para despejarse y poder aplicarse después, con mayor provecho, al estudio. En realidad se trataban de verdaderas peregrinaciones eucarísticas y marianas.

Fuente: P. Diego Cano IVE, Escalada al cielo, biografía de Pier Giorgio Frassati

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