Efectos de la venida del Espíritu Santo


El primer efecto que produjo en el corazón de los Apóstoles la venida del Espíritu Santo fue una sincera y ardiente caridad. El Espíritu Santo es el amor del Padre y del Hijo; por Él ama el Padre Eterno a su Hijo y el Hijo a su Padre; por Él nos aman a nosotros el Padre y el Hijo, y por Él amamos a la Santísima Trinidad. Por eso el Espíritu Santo bajó en figura de fuego, para darnos a entender que había venido a abrasar los corazones con el amor divino que Jesucristo había prometido hacer bajar del cielo a la tierra para encendernos a todos. Y así, apenas los apóstoles recibieron el Espíritu Santo se llenaron de fuego de amor divino, que fueron a repartir por todo el universo para encender aun los corazones más fríos.

El segundo efecto fue un ardiente celo por la gloria de Jesucristo, que llevó a los apóstoles por todo el mundo para publicar en todas partes las grandezas de Jesús. Entonces fue cuando doce pescadores sin estudios, sin elocuencia y sin talentos, pero llenos del Espíritu Santo, emprendieron su carrera por todo el mundo a anunciar la gloria de su Maestro, y a persuadir a los filósofos, a los oradores, a los sabios, a los grandes del mundo, y a los emperadores mismos, que un hombre muerto en una cruz era Dios. ¡Admirable empresa, llevada a cabo por el ministerio de doce pescadores, débiles en sí mismos, pero alentados por el vigor del Espíritu Santo, y llenos de aquella caridad ardiente a la cual nada hay imposible! ¿De dónde nace en ti el poco celo de la gloria de Jesucristo, sino de tu poco amor?

El tercer efecto que produjo la venida del Espíritu Santo en el corazón de los Apóstoles fue valor admirable en los peligros, y constancia heroica en los tormentos. Habían sido tan cobardes, que en la Pasión abandonaron todos a su Maestro, y aun el principal de todos ellos tembló a la voz de una mujer, hasta negar a Jesucristo. Más apenas recibieron el Espíritu Santo, se trocaron en mártires valerosísimos, que exponiéndose gallardamente a los mayores peligros, predicaron a Jesucristo, en el circo y en el cadalso, y sufrieron la muerte, no sólo con constancia, sino con alegría, sellando con su propia sangre la verdad que habían predicado acerca de la divinidad de su Maestro. Éste es el efecto que produjo el Espíritu Santo en el corazón de los Apóstoles. ¿Lo ha producido en el tuyo?

¡Espíritu divino, Rey amoroso de las almas! Ilustra la mía para que conozca las grandezas de Dios y mueve mi lengua como la de los Apóstoles para que hable de ella sin miedo ni respeto humano, y con tal fervor que Tú quedes glorificado y mi alma encendida en tu amor. Ven y llena hoy el corazón de los fieles y enciende en todos el fuego de tu amor. Envía un rayo de tu fuego divino y seamos de nuevo creados, y renovarás la faz de la tierra.

Fuente: Cf. V. P. Luis de la Puente S.J., Meditaciones Espirituales para todos los días del año

El Espíritu de Cristo (II)


El Espíritu Santo es el Espíritu de Cristo y habita en Él como en el templo preferido. El Espíritu Santo mora en el alma de Cristo para llevarla continuamente a Dios, para conducirla al cumplimiento de su misión redentora, para solicitarla a unirse con la voluntad del Padre Celestial. Vemos esto concretamente en el Evangelio, donde San Lucas, después de haber descrito el bautismo de Jesús, sobre quién el Espíritu Santo “descendió en figura corpórea, en forma de paloma”, añade: “Jesús, lleno del Espíritu Santo, se retiró del Jordán y fue conducido al desierto por el Espíritu”. He aquí una declaración explícita de la plenitud sin medida con que el Espíritu Santo habitaba en el alma de Jesús, plenitud que sin duda se remonta al primer instante de la vida de Salvador, y de la cual Dios quiso darnos una prueba sensible en el momento de su bautismo; y he aquí también un ejemplo patente de lo que el Espíritu Santo obraba incesantemente en el alma de Jesús, inspirando todas sus acciones y guiándole al cumplimiento de su misión redentora, según lo que dice San Pablo: “Cristo, por el Espíritu Eterno, se ofreció a sí mismo inmaculado a Dios”.

Si queremos comprender más a fondo esta misteriosa acción del divino Paráclito en el alma de Jesús, podemos pensar en lo que Él obra en el alma que ha llegado a la transformación de amor. San Juan de la Cruz enseña que en este altísimo estado, el Espíritu Santo invade el alma, ya totalmente dócil a su moción, y la dirige y mueve en todas sus acciones, empujándola incesantemente hacia adelante mediante una perfecta adhesión a su santa voluntad. Inmensamente más -ya que de manera inmensamente más perfecta- obraba el Espíritu Santo en el alma de Cristo, el cual le secundaba dócilmente y estaba bajo su impulso del modo más perfecto. El Espíritu divino sale al encuentro de esta sublime criatura que es el alma de Jesús: la invade, la dirige, la mueve al cumplimiento de su misión y la lleva a Dios con un impulso fortísimo, precisamente porque ella está totalmente bajo la influencia de su moción.

“¡Oh Jesús! Te presento mi pobre amor, dejándolo en los brazos de tu ardiente Espíritu, en el horno ardiente de tu amor. ¡Oh Amado mío! Por tu divina virtud prepárame al combate espiritual con las armas de tu Espíritu, ya que no confío en mí, sino en sola tu bondad. Todo lo que no es totalmente tuyo arráncalo de mí con tu inestimable caridad, de modo que por tu dulce amor, invitada y fortalecida con la viva suavidad de tu amor, no ame sino a Ti. Que los dulces efluvios de tu Espíritu me hagan breve y ligero el peso de la vida; y Tú mismo dígnate unir tu cooperación a mis obras, de tal modo que mi alma te glorifique eternamente, que mi vida esté consagrada a ti, y se goce mi espíritu en Dios, mi Salvador, de tal modo que mi pensamiento y acción sean alabanza y acción de gracias a ti” (Santa Gertrudis).

¡Oh Espíritu Santo que con tanta plenitud has obrado en el alma santísima de Jesús! Dígnate obrar también en mi pobre alma y tomarla enteramente bajo tu dirección, para que en toda acción interna y externa me mueva según tus inspiraciones, tus gustos y tu beneplácito.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

El Espíritu de Cristo (I)


¡Oh Espíritu Santo que señoreaste plenamente en el alma de Jesús! Dígnate tomar la dirección de mi pobre alma.

El Espíritu Santo es llamado en la Sagrada Escritura “Espíritu de Cristo” (Rm. 8, 9); esta expresión está llena de significado. Cristo es el Verbo Encarnado, hecho hombre, y, sin embargo, permanece siempre el Verbo, el Hijo de Dios, del cual -como del Padre- procede el Espíritu Santo; por eso puede decirse muy bien que el Espíritu Santo es el Espíritu de Cristo, precisamente porque la Persona de Cristo no es otra que el Verbo. Mas cuando se habla de Cristo ha de entenderse que se habla no sólo de Cristo en cuanto Dios, sino de Cristo en cuanto Hombre, es decir, el Verbo Encarnado. Pues bien, también en este sentido se puede decir que el Espíritu Santo es el Espíritu de Cristo.

Sabemos, efectivamente, que el divino Consolador, con el Padre y con el Hijo, mora en todas las almas en gracia. Y no solamente mora, sino que lo hace con complacencia. Aún más: tanto más se complace cuanto mayor es el grado de gracia que encuentra en el alma, ya que en donde la gracia es más abundante allí existen más intenso y luminoso reflejo de la naturaleza y de la bondad de Dios. Precisamente por esto el Espíritu Santo se complacía inmensamente en el alma de María Santísima que, llena de gracia, aumentaba constantemente de plenitud en plenitud. Y sin embargo, la gracia existente en María era sólo un pálido reflejo de la que Jesús poseía, que era, como dicen los teólogos, “infinita”.

Sí, pues, Cristo posee la gracia de manera infinita, se puede decir que el Espíritu Santo se complace infinitamente en el alma de Cristo y que en ella mora como en su templo preferido. Tal es la forma de expresarse de la Encíclica Mystici Corporis cuando afirma que el divino Paráclito “tiene sus delicias en habitar en el alma del Redentor como en su templo preferido”. Y si se puede afirmar que el Espíritu Santo es nuestro porque habita en las almas santificadas por la gracia, con razón infinitamente mayor se puede decir que es “de Cristo”, cuya alma Santísima posee la gracia en inmensa medida.

“¡Oh Espíritu Santo! Tu clemencia, tu amor inefable ha tenido clavado al Hijo de Dios en el madero santo de la Cruz, pues que ni los clavos ni las cuerdas le hubieran podido tener ligado sin el vínculo de la caridad. Y después, cuando Cristo elevándose a las alturas regresó al Padre, tú, Espíritu Santo, fuiste enviado al mundo con la potencia del Padre, con la sabiduría del Hijo y con tu clemencia, para afianzar el camino de la doctrina que Cristo dejó en el mundo...

¡Oh Espíritu Santo! Ven a mi corazón, atráelo a ti con tu potencia, Dios verdadero; concédeme caridad con temor, defiéndeme de todo mal pensamiento; caliéntame y abrázame en tu dulce amor, de tal modo que cualquier trabajo me parezca ligero. ¡Santo Padre mío y dulce Señor mío! Ayúdame en todas mis acciones” (Santa Catalina de Sena).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

Meditando en la Navidad (I)


Admirando en primer lugar el alma del divino Niño, consideremos en ella la plenitud de su gracia santificadora. Pidámosle que sus divinas facultades suplan la debilidad de las nuestras y les den nueva energía; que su memoria nos enseñe a recordar sus beneficios, su entendimiento a pensar en Él, su voluntad a no hacer sino lo que Él quiere y en servicio suyo.

Del alma del Niño Jesús pasemos ahora a su cuerpo, que era un mundo de maravillas, una obra maestra de la mano de Dios. El Espíritu Santo formó ese cuerpecillo divino con tal delicadeza y tal capacidad de sentir, que pudiese sufrir hasta el exceso para cumplir la grande obra de nuestra Redención.

La belleza de ese cuerpo del divino Niño fue superior a cuanto se ha imaginado jamás; la divina Sangre que por sus venas empezó a circular desde el momento de la Encarnación es la que lava todas las manchas del mundo culpable.

Pidámosle que lave las nuestras en el sacramento de la Penitencia, para que el día de su Navidad nos encuentre purificados, perdonados y dispuestos a recibirle con amor y provecho espiritual.

Fuente: Fernando de Jesús Larrea, Novena de Navidad

Madre del Buen Consejo


Son muchos y todos ellos magníficos y gloriosos, los títulos que la Iglesia da a la Madre de Dios, pero es particularmente bello el de Madre del Buen Consejo porque: es la Obra del Eterno Consejo. Fue llena, de manera singular, del Don de Consejo, y debemos recurrir a Ella para obtener este Don.

Obra del Eterno Consejo quiere decir que Dios, desde toda la eternidad, pensó en María y la miró con complacencia; la amó con especial afecto y quiso hacer de Ella la Obra Maestra de su Infinito Poder, Sabiduría y Bondad, puesto que desde toda la eternidad la eligió y predestinó para ser la Madre de su Divino Hijo.

Llena del Don de Consejo, don del Espíritu Santo por el cual somos iluminados para conocer y para escoger siempre entre todas las cosas, aquella que mejor sirve para la Gloria de Dios y para nuestra salvación. De este Don estuvo singularmente llena María Santísima por lo que Ella supera incomparablemente a toda la humanidad.

Debemos recurrir a Ella para obtener este Don y así poder conocer, escoger y hacer siempre lo mejor para Gloria de Dios y bien del alma. Tenemos necesidad del Don de Consejo para defender nuestra Fe, para guardar el gran tesoro de la gracia de Dios, para huir del ambiente anticristiano, de todo el mal que nos rodea.

¡Oh querida Madre! Ruega a tu Divino Hijo que su Espíritu Santo, desarrolle en nuestras almas el Don de Consejo y los otros seis Dones de los que tenemos tanta necesidad. ¡Madre del Buen Consejo, ruega por nosotros!

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Honremos a la Virgen en el día de su nacimiento


Honremos a la Santísima Virgen en el día de su nacimiento, y participemos del gozo extraordinario que siente toda la Iglesia, al solemnizar hoy el feliz día en que Dios hizo aparecer en el mundo a aquella que dio inicio a la salvación de todos los hombres.

Dios, que conduce todas las cosas con sabiduría, teniendo el designio de salvar a todos los hombres y de nacer como ellos, prefirió escogerse una virgen que fuese digna de ser su templo y morada. Y para preparársela tal como la deseaba, dispuso que fuera adornada, por el Espíritu Santo, con todas las cualidades naturales y sobrenaturales que podían convenir a la madre de Dios.

Para este fin, era preciso que el cuerpo de esta Virgen Santa estuviese formado tan perfectamente, y tan bien dispuesto, desde su nacimiento, que pudiera contribuir a la santidad de su alma; y que el Espíritu Santo, descendiendo sobre ella, la pusiera en disposición de hallar gracia ante Dios y ser objeto de sus complacencias; y que le diera interiormente tal fuerza, que pudiera resistir a todos los ataques del espíritu maligno, capaces de corromper, o al menos de alterar, la pureza de su corazón.

¡Ah!, cuán justo era que aquella que había de servir para formar al Hombre-Dios, fuese, en todos los sentidos, la obra de Dios mismo, y lo más perfecto que pudiera darse entre las puras criaturas.

Fuente: San Juan Bautista de la Salle, Meditaciones

Sumergida en la Divina Misericordia (I)


“Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”. Cristo resucitado, en el Cenáculo da el gran anuncio de la misericordia divina y confía su ministerio a los Apóstoles: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos”.

Antes de pronunciar estas palabras, Jesús muestra sus manos y su costado, es decir, señala las heridas de la Pasión, sobre todo la herida de su Corazón, fuente de la que brota la gran ola de misericordia que se derrama sobre la humanidad. De ese Corazón sor Faustina Kowalska, verá salir dos haces de luz que iluminan el mundo: “Estos dos haces representan la sangre y el agua”.

¡Sangre y agua! Nuestro pensamiento va al testimonio del evangelista san Juan, quien, cuando un soldado traspasó con su lanza el costado de Cristo en el Calvario, vio salir “sangre y agua”. Y si la sangre evoca el sacrificio de la cruz y el don eucarístico, el agua, no sólo recuerda el bautismo, sino también el don del Espíritu Santo.

La misericordia divina llega a los hombres a través del Corazón de Cristo crucificado: “Hija mía, di que soy el Amor y la Misericordia en persona”, pedirá Jesús a sor Faustina. Cristo derrama esta misericordia sobre la humanidad mediante el envío del Espíritu que, en la Trinidad, es la Persona-Amor.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 30 de abril de 2000

Supliquemos al Señor que encienda nuestros corazones


La doctrina de la Iglesia se resume en una sola palabra: amor. Por el contrario, la palabra odio produce división y ruina, porque corrompe el corazón de los hombres.

El apóstol Pablo de Tarso -cuya profunda teología debiera ser familiar a todos, muy especialmente entre la juventud- lo expresa con palabras admirables, que servirían incluso de compendio de una vida: Hermanos, todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio, todo eso tenedlo en cuenta, y el Dios de la paz estará con vosotros.

Hagamos nuestras esas palabras. También nuestro dulcísimo Salvador, riqueza nuestra, esperanza nuestra, gozo nuestro, lo reafirma al darnos este mandato: Sed perfectos, como es perfecto vuestro Padre celestial. Y debemos entender que la perfección está en el amor, como maravillosamente escribió el apóstol predilecto de Jesús: Dios es amor.

Supliquemos al Señor del amor, que vino a prender fuego por toda la tierra, que encienda también nuestros corazones en su ardor; supliquemos al Espíritu Consolador, amor consustancial del Padre y del Hijo, que nos dé la caridad que nunca se sacia; supliquemos, finalmente, que nuestra alma, rotas las cadenas que la aprisionan en este mundo, se sumerja con angelical dulzura en la posesión del Amor.

Fuente: Beato Contardo Ferrini, Pensamientos y oraciones

Ser sumisos al Espíritu Santo

“Os voy a revelar un secreto para ser santo y dichoso. Si todos los días, durante cinco minutos, sabéis hacer callar vuestra imaginación, cerráis los ojos a las cosas sensibles y los oídos a todos los rumores de la tierra, para penetrar en vosotros mismos, y allí, en el santuario de vuestra alma bautizada, que es el templo del Espíritu Santo, habláis a este Espíritu Divino, diciéndole:

Oh Espíritu Santo, alma de mi alma, os adoro. Iluminadme, guiadme, fortalecedme, consoladme. Decidme que debo hacer; dadme vuestras órdenes: os prometo someterme a todo lo que deseéis de mí y aceptar todo lo que permitáis que me suceda. Hacedme tan sólo conocer vuestra Voluntad.

Si esto hacéis, vuestra vida se será feliz, serena y llena de consuelo, aun en medio de las penas, porque la gracia será en proporción a la prueba, dándonos la fuerza de sobrellevarla, y llegaréis así a la puerta del Paraíso cargados de méritos. Esta sumisión al Espíritu Santo es el secreto de la santidad”.

Fuente: de los escritos del Cardenal Mercier

Corazón de Jesús, formado por el Espíritu Santo en el seno de la Virgen Madre

Nuestra Senora de la Esperanza 01 01 Nuestra Señora de la Esperanza

Encontramos aquí el eco de un artículo central del Credo en el que profesamos nuestra fe en Jesucristo, Hijo único de Dios, que bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre. La santa humanidad de Cristo es, por consiguiente, obra del Espíritu divino y de la Virgen de Nazaret.

Es obra del Espíritu. Esto afirma explícitamente el Evangelista Mateo refiriendo las palabras del Ángel a José: Lo engendrado en Ella (María) es del Espíritu Santo, (Mt1, 20); y lo afirma también el Evangelista Lucas, recordando las palabras de Gabriel a María: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra (Lc 1, 35).

El Espíritu ha plasmado la santa humanidad de Cristo: su cuerpo y su alma, con toda la inteligencia, la voluntad, la capacidad de amar. En una palabra, ha plasmado su corazón. La vida de Cristo ha sido puesta enteramente bajo el signo del Espíritu. Del Espíritu le viene la sabiduría que llena de estupor a los doctores de la ley y a sus conciudadanos, el amor que acoge y perdona a los pecadores, la misericordia que se inclina hacia la miseria del hombre, la ternura que bendice y abraza a los niños, la comprensión que alivia el dolor de los afligidos. Es el Espíritu quien dirige los pasos de Jesús, lo sostiene en las pruebas, sobre todo lo guía en su camino hacia Jerusalén, donde ofrecerá el sacrificio de la Nueva Alianza, gracias al cual se encenderá el fuego que Él trajo a la tierra (Lc 12, 49).

Por otra parte, la humanidad de Cristo es también obra de la Virgen. El Espíritu plasmó el Corazón de Cristo en el seno de María, que colaboró activamente con Él como madre y como educadora.
Como Madre, Ella se adhirió consciente y libremente al proyecto salvífico de Dios Padre, siguiendo trémula, en silencio lleno de adoración, el misterio de la vida que de Ella había brotado y se desarrollaba.
Como educadora, Ella plasmó el Corazón de su propio Hijo, introduciéndolo, junto con San José, en las tradiciones del pueblo elegido, inspirándole el amor a la ley del Señor, comunicándole la espiritualidad de los “pobres del Señor”. Ella lo ayudó a desarrollar su inteligencia y seguramente ejerció influjo en la formación de su temperamento. Aun sabiendo que su Niño la trascendía por ser Hijo del Altísimo (cf. Lc 1, 32), no por ello la Virgen fue menos solícita de su educación humana (cf. Lc 2, 51).

Por tanto podemos afirmar con verdad: en el Corazón de Cristo brilla la obra admirable del Espíritu Santo; en Él se hallan también los reflejos del corazón de la Madre.
Sea el corazón de todo cristiano como el Corazón de Cristo: dócil a la acción del Espíritu, dócil a la voz de la Madre.

Fuente: cf. San Juan Pablo II, Ángelus del 2 de julio de 1989

Valor de la Gracia

Jesus y la Samaritana 05 10 Jesús y la Samaritana

¡Si conocieses el don de Dios!

El Espíritu Santo, feliz en el mutuo amor del Padre y del Hijo, no tenía ciertamente necesidad de nuestro amor. Y, con todo, para santificarnos desciende a nuestro pobre corazón y hace de él su templo, a fin de que, viviendo nosotros en santidad y en justicia, alcancemos el Cielo. He aquí nuestra herencia, he aquí nuestra recompensa sobremanera grande. Y únicamente podemos obtenerla por medio de la gracia.
¡Oh alma mía!, vales la Sangre de Dios. ¡Ah, si conocieses el don de Dios! La gracia es con toda verdad la perla preciosa, el tesoro escondido que es preciso comprar y guardar a toda costa.

He de tener, pues, en sumo aprecio la vida de la gracia; es una vida nueva, una vida que une y me hace semejante a Dios; una vida mucho más perfecta y noble que la vida natural. Como la vida intelectual es muy superior a la vida vegetativa y a la sensitiva, así la vida cristiana es infinitamente superior a la vida puramente natural. En efecto, ella supera todas las actividades y todos los méritos de las criaturas, aun de las más perfectas.
¿Quién pudo jamás soñar con el derecho de llegar a ser hijo adoptivo de Dios y con el privilegio de ver a Dios cara a cara por toda la eternidad? Debo, pues, apreciar esa vida más que todos los bienes creados, y considerarla como el tesoro escondido por cuya adquisición y posesión no debo titubear en vender todo cuanto poseo.
¿He tenido siempre este aprecio de la gracia?

Fuente: Pbro. José Zaffonato, Meditaciones para jóvenes

Corazón de Jesús, fuente de vida y de santidad

Sagrado Corazon 36 69

Recordemos cuando Jesús se acercó a la pequeña ciudad de Samaría, llamada Sicar, donde se encontraba una fuente que se remontaba a los tiempos del Patriarca Jacob.

En aquel lugar encontró a una samaritana que se acercaba para sacar agua de la fuente. Él le dice: «Dame de beber». La mujer responde: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, mujer samaritana?».
Entonces Jesús replicó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: Dame de beber, tú le pedirías a Él, y Él te daría a ti agua viva».
Y continuó: «El agua que yo te dé se hará en ti fuente que salte hasta la vida eterna» (cf. Jn 4, 5-14).
¡Fuente! ¡Fuente de vida y de santidad!
En otra ocasión, en el último día de la fiesta de los Tabernáculos en Jerusalén, Jesús ―como escribe también el Evangelista Juan― «gritó, diciendo: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, según dice la Escritura, ríos de agua viva correrán de su seno”.» El Evangelista añade: «Esto dijo del Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en Él» (Jn 7, 37-39).

Todos deseamos acercarnos a esta fuente de agua viva. Todos deseamos beber del Corazón divino, que es fuente de vida y de santidad.
En Él nos ha sido dado el Espíritu Santo, que se da constantemente a todos aquellos que con adoración y amor se acercan a Cristo, a su Corazón.
Acercarse a la fuente quiere decir alcanzar el principio. No hay en el mundo creado otro lugar del cual pueda brotar la santidad para la vida humana, fuera de este Corazón, que ha amado tanto. “Ríos de agua viva” han manado de tantos corazones... y ¡manan todavía! De ello dan testimonio los Santos de todos los tiempos.
Te pedimos, Madre de Cristo, que seas nuestra Guía al Corazón de tu Hijo. Te pedimos que nos acerques a Él y nos enseñes a vivir en intimidad con este Corazón, que es fuente de vida y de santidad.

Fuente: San Juan Pablo II, Ángelus del 10 de agosto de 1986

San Ignacio y el discernimiento de los espíritus

San Ignacio de Loyola 02 04

Ignacio era muy aficionado a los llamados libros de caballerías, narraciones llenas de historias fabulosas e imaginarias. Cuando se sintió restablecido, pidió que le trajeran algunos de esos libros para entretenerse, pero no se halló en su casa ninguno; entonces le dieron para leer un libro llamado Vida de Cristo y otro que tenía por título Flos sanctorum, escritos en su lengua materna.
Con la frecuente lectura de estas obras, empezó a sentir algún interés por las cosas que en ellas se trataban. A intervalos volvía su pensamiento a lo que había leído en tiempos pasados y entretenía su imaginación con el recuerdo de las vanidades que habitualmente retenían su atención durante su vida anterior.

Pero entretanto iba actuando también la misericordia divina, inspirando en su ánimo otros pensamientos, además de los que suscitaba en su mente lo que acababa de leer. En efecto, al leer la vida de Jesucristo o de los santos, a veces se ponía a pensar y se preguntaba a sí mismo: «¿Y si yo hiciera lo mismo que san Francisco o que santo Domingo?» Y, así, su mente estaba siempre activa. Estos pensamientos duraban mucho tiempo, hasta que, distraído por cualquier motivo, volvía a pensar, también por largo tiempo, en las cosas vanas y mundanas. Esta sucesión de pensamientos duró bastante tiempo.

Pero había una diferencia; y es que, cuando pensaba en las cosas del mundo, ello le producía de momento un gran placer; pero cuando, hastiado, volvía a la realidad, se sentía triste y árido de espíritu; por el contrario, cuando pensaba en la posibilidad de imitar las austeridades de los santos, no sólo entonces experimentaba un intenso gozo, sino que además tales pensamientos lo dejaban lleno de alegría. De esta diferencia él no se daba cuenta ni le daba importancia, hasta que un día se le abrieron los ojos del alma y comenzó a admirarse de esta diferencia que experimentaba en sí mismo, que, mientras una clase de pensamientos lo dejaban triste, otros, en cambio, alegre.
Y así fue como empezó a reflexionar seriamente en las cosas de Dios. Más tarde, cuando se dedicó a las prácticas espirituales, esta experiencia suya le ayudó mucho a comprender lo que sobre la discreción de espíritus enseñaría luego a los suyos.

Fuente: De los hechos de san Ignacio recibidos por Luis Gonçalves de labios del mismo santo, Liturgia de las Horas, Oficio de lectura del día

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