Trono de la Sabiduría


El Verbo Divino se encamó en el seno purísimo de María, así vino al ser Madre de Dios, Madre del Verbo, Madre de Cristo Hombre, Madre de la Sabiduría. Por eso, principalmente se le invoca como Trono de la Sabiduría porque puso el Verbo su sede en las Purísimas entrañas de Ella.

Él se hizo para Sí, en el seno Virginal, una morada muy digna y escogida, habitó en Ella, y después de nacer fue llevado en sus brazos durante sus primeros años y estuvo sentado sobre sus rodillas. Siendo realmente también, por decirlo así, el Trono humano de Aquel que reina en el Cielo.

Por encima de todos los santos, María poseyó en grado perfecto la virtud de la Sabiduría, más aún, Ella es la Sede de la Sabiduría. Fue dotada por Dios de un entendimiento naturalmente perfecto, ejercitado y enriquecido por la continua y altísima contemplación y por el conocimiento de la Escritura. En los treinta años que vivió en íntima unión con la Sabiduría Encarnada, cuántas veces recibiría María en el secreto de la Casa de Nazaret los vívidos rayos de la Sabiduría Eterna.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Espejo de Justicia


Por justicia no debemos entender aquí la virtud de la lealtad, de la equidad, de la rectitud en la conducta, sino más bien la justicia o perfección moral, en cuanto abarca, a la vez, todas las virtudes y significa un estado del alma virtuoso y perfecto, de tal manera que el sentido de la palabra justicia es casi equivalente al sentido de la palabra santidad.

Por esto, al ser llamada María, espejo de justicia, lo hemos de entender en el sentido de que es espejo de santidad, de perfección y de bondad sobrenatural. Ella reflejaba a Nuestro Señor, que es la Santidad Infinita.

María llegó a reflejar la santidad de Jesús viviendo con El. ¡Cuán semejantes llegan a ser los que se aman y viven juntos! María amaba a su Divino Hijo con un amor indecible ya que lo tuvo consigo durante treinta años. Si estuvo llena de gracia antes de haberlo concebido en su Seno, debió alcanzar una santidad incomprensiblemente mayor después de haber vivido tan íntimamente con El durante aquellos treinta años.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Virgen Clemente


La clemencia según Santo Tomás de Aquino es aquella virtud que templa el rigor de la justicia con la misericordia; que concede y obtiene el perdón o la disminución del castigo merecido. Esta hermosa y amable virtud, prosigue Santo Tomás, nace del amor. Quien ama a una persona no quiere que ésta sea castigada.

De esto se sigue que cuando el perdón total o la disminución de la pena son compatibles con el verdadero bien, entonces la amorosa clemencia perdona o impetra el perdón.

La clemencia, resplandece en María Santísima más que en cualquier otra persona. Ella se ocupa y se preocupa de impetrar el perdón para los pecadores. Por eso la Iglesia la honra con el título de Virgen Clemente. Nuestra Madre Santísima nos ama porque ama a Dios. El amor de Dios y el amor del prójimo son dos amores inseparables y nadie nos ama como Ella.

No se puede medir el amor Infinito del Corazón de Jesús, aquel Corazón inflamado con las llamas del Amor Divino y que fue atravesado por la lanza. Ningún otro corazón está tan cerca del amor de Jesús, como el de su Madre. Ninguno alcanza tan encendida caridad. Ella nos ama en Cristo, ama en nosotros la Sangre del Hijo derramada en el Calvario y aplicada en los Sacramentos. Ella más que nadie conoce en Dios el altísimo valor de un alma. No hay otro amor más hermoso y más fuerte que el de María porque brota de la purísima fuente del amor de Dios.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Virgen Poderosa


Cuando decimos que María Santísima es omnipotente, no la igualamos a Dios, ni decimos que Ella lo sea por sí misma, este poder, del cual Ella está revestida le viene de Dios, le fue comunicado por gracia especial de Dios.

María es poderosa porque su poder se asocia al de su Hijo Jesucristo. Su divina Maternidad es el fundamento principal de su poder.

Es imposible determinar los límites de esta omnipotencia participada.

Existen dos mundos: el mundo de la materia y el mundo sobrenatural de las almas.

Dos órdenes de omnipotencia: La omnipotencia de Dios Creador y la omnipotencia de Dios Redentor y Santificador.

La omnipotencia participada de María brilla principalmente en el universo sobrenatural en el cual Ella ha sido constituida Madre espiritual de los redimidos, cooperadora de Cristo en la redención y en la salvación de las almas. Decimos principalmente, porque también en el orden físico Ella ejerce un gran poder, como lo prueban las numerosas curaciones que concede a sus devotos. Basta recordar los milagros de Lourdes.

El poder de María Santísima tiene por fin cooperar a la obra de la Redención, a la cual están llamados todos los seres humanos sin distinción y, a alcanzar los bienes de los que tienen necesidad.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Virgen digna de alabanza


Debemos imitar las virtudes de la Virgen María y procurar que los demás también lo hagan y que se conozca y admire su singular santidad. Es una exigencia del amor, que es difusivo por naturaleza, propagar, glorificar, hacer conocer a la persona amada. Este es el sentido de esta invocación: Virgen digna de alabanza.

María vivió en la piadosa sombra de una oscuridad que conmueve, en profunda y perfecta humildad. Aparece en la primera parte del Evangelio y después solamente reaparece en el Calvario cuando participó en las penas de la Cruz.

Después de Jesucristo, el alma más santa y más excelsa fue sin duda la de María Santísima, por eso debe ser, la más exaltada y colmada de alabanzas.

Estas alabanzas y esta gloria tuvieron principio antes que Ella estuviera sobre la tierra participando del privilegio del Hijo. Fue exaltada mucho antes de nacer.

La Iglesia en su Liturgia, ha coronado a María con las fiestas en su honor introducidas en el año eclesiástico, los oficios, los himnos, las Letanías, las procesiones, la solemne coronación de sus imágenes, etc., que manifiestan el amor de la Iglesia hacia su Madre Celestial. Para Ella, el genio de los grandes Doctores de la Iglesia, la pluma de los Teólogos, la palabra enamorada de los oradores sagrados y la oración confiada de todos los que la aman.

Bienaventurada la boca que habla de María Santísima frecuentemente y con reverencia. Bienaventurada la persona que a través de la pluma celebra y escribe con santo entusiasmo las grandezas y la gloria de tan excelsa Madre.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Virgen Venerable


La santidad es la perfección en el amor. La esencia de la perfección evangélica consiste en la unión con Dios. Dios es Santo por naturaleza; nosotros cuando estamos unidos a Él, somos santos por gracia. La unión con Dios es efecto de la caridad, cuando el cristiano observa y vive perfectamente el precepto básico de la ley evangélica: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” y el segundo: “Ama al prójimo como a ti mismo”, está viviendo la santidad.

La medida de la santidad de María es su ardiente Caridad de Madre de Dios. Para conocer lo digna que es de veneración, sería necesario profundizar en los abismos inaccesibles de su corazón y medir su amor y esto solo Dios puede hacerlo.

La gracia de Dios es la que nos hace santos, es por eso que la plenitud de la gracia confiere la plenitud de la santidad. La gracia, semilla y fruto de la santidad, hace que Dios esté en nosotros y nosotros en Dios.

María fue declarada y proclamada solemnemente de parte de Dios, por medio del Arcángel Gabriel: llena de Gracia.

¡Cuán Santa y Venerable eres, oh Madre!

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Madre del Salvador


Antes de su venida, Jesús era conocido como Mesías, pero cuando apareció en la tierra fue conocido bajo tres títulos nuevos: Hijo de Dios, Hijo del hombre y Salvador. El primero expresa su naturaleza Divina; el segundo su naturaleza humana; el tercero su ministerio personal.

El Ángel que se apareció a María le llamó Hijo de Dios; el que se apareció en sueños a José le llamó Jesús, que quiere decir Salvador; también le dieron este nombre los ángeles que se aparecieron a los pastores en la noche de su Nacimiento. Pero Él en el Evangelio se llama a sí mismo de un modo particular: Hijo del hombre.

Verdaderamente es nuestro Salvador, porque con su Pasión y Muerte nos ha redimido y nos ha liberado del pecado. Unió en la unidad de su Persona Divina la naturaleza divina y la naturaleza humana. Dios verdadero, debía ser verdadero hombre para poder realmente sufrir y morir y al mismo tiempo para que el precio de nuestro rescate, su Pasión y Muerte, tuviera el valor infinito que exigía la Majestad de Dios y la culpa cometida por el ser humano. Y, María Santísima es Madre de Jesucristo, Madre del Dios-Hombre; así, Ella es Madre del Salvador.

Pero hay una segunda razón de este título y es que Ella cooperó y coopera de modo singular en la obra redentora de Jesucristo, como corredentora al pie de la Cruz y como corredentora en el corazón de sus hijos. Sobre la Cruz debía consumarse el sacrificio de la redención y la victoria sobre el pecado y María Santísima está íntimamente asociada a la Cruz. Ella ofreció generosamente al Padre en el Calvario, la Carne y la Sangre del Hijo, que era también carne y sangre suya. Después del amor a Dios no hay afecto que tanto nos aparte del pecado y sea tan fuerte y eficaz para librarnos de él como el amor a María, Madre del Salvador y Madre nuestra.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Madre del Creador


María en el plan de la creación y de la restauración: es la Madre de Cristo, del Verbo del Padre hecho carne. El Verbo es el centro de la creación “por medio de Él fueron hechas todas las cosas y sin Él no se hizo nada de cuanto existe”. En Cristo, lo que se atribuye a Dios se puede atribuir también al Dios-Hombre, así, habiendo sido hecho de María Santísima Aquel por el que han sido hechas todas las cosas, puede decirse que toda cosa fue hecha por Ella, porque engendró al Hacedor, al Creador. Por esto María tomó parte, en cierto modo, en la obra de la Creación.

Pero la restauración, la renovación de todas las cosas, según enseñan los Santos Padres, es una segunda creación y ésta fue realizada por medio de Jesucristo. En esta segunda creación, en esta Redención del género humano, el centro es también Jesucristo, de manera que el Verbo Divino es doblemente Creador. También María Santísima tomó parte activa en esta restauración que se realizó con su consentimiento.

El “Hagamos” de Dios produjo de la nada todas las cosas,. El “Hágase en mí según tu palabra” pronunciado por María cooperó a restaurar todas las cosas en Cristo y a devolverles su primitiva perfección. Sin el “Hagamos” Divino, todo habría permanecido en la nada; sin el “Hágase” de María, todo habría permanecido en una condición, bajo muchos aspectos, peor que la nada. El “Hagamos” levantó a la criatura humana hasta la semejanza con Dios; el “Hágase” levantándola aún más alto, la unió en Cristo personalmente a Dios. El “Hagamos” Divino es, por consiguiente, omnipotente y creador por naturaleza; el “Hágase” de María es omnipotente, restaurador y creador por gracia. De esta manera María Santísima tomó parte en la creación.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Madre del Buen Consejo


Son muchos y todos ellos magníficos y gloriosos, los títulos que la Iglesia da a la Madre de Dios, pero es particularmente bello el de Madre del Buen Consejo porque: es la Obra del Eterno Consejo. Fue llena, de manera singular, del Don de Consejo, y debemos recurrir a Ella para obtener este Don.

Obra del Eterno Consejo quiere decir que Dios, desde toda la eternidad, pensó en María y la miró con complacencia; la amó con especial afecto y quiso hacer de Ella la Obra Maestra de su Infinito Poder, Sabiduría y Bondad, puesto que desde toda la eternidad la eligió y predestinó para ser la Madre de su Divino Hijo.

Llena del Don de Consejo, don del Espíritu Santo por el cual somos iluminados para conocer y para escoger siempre entre todas las cosas, aquella que mejor sirve para la Gloria de Dios y para nuestra salvación. De este Don estuvo singularmente llena María Santísima por lo que Ella supera incomparablemente a toda la humanidad.

Debemos recurrir a Ella para obtener este Don y así poder conocer, escoger y hacer siempre lo mejor para Gloria de Dios y bien del alma. Tenemos necesidad del Don de Consejo para defender nuestra Fe, para guardar el gran tesoro de la gracia de Dios, para huir del ambiente anticristiano, de todo el mal que nos rodea.

¡Oh querida Madre! Ruega a tu Divino Hijo que su Espíritu Santo, desarrolle en nuestras almas el Don de Consejo y los otros seis Dones de los que tenemos tanta necesidad. ¡Madre del Buen Consejo, ruega por nosotros!

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Madre de la Divina Gracia


El Arcángel San Gabriel saludó a María diciéndole: “llena de gracia”, por lo tanto, es de fe que al realizarse en Ella el Misterio de la Encarnación del Verbo, estaba plena de Gracia. Pero desde aquel instante creció más en Ella la Gracia. Plena quiere decir completa, llena, pero se usa este término para resaltar aquello de lo que se está hablando, en este sentido se dice que María estaba plena de gracia, llena, pero en su vida el momento central o culmen es el de la Encarnación del Verbo y desde entonces en Ella continuó aumentando la Gracia en plenitud.

La Santidad de Jesús, cuánto aprovechó a Su Madre que con tanta atención recibía y conservaba en su Corazón las palabras y los actos de su Divino Hijo. El formó la Santidad de su Madre, tan próxima a la suya cuanto es posible en una pura criatura y la elevó a un grado altísimo, más alto, sin comparación, que el de todos los elegidos, de todos los santos.

Llena de Gracia, ninguna hay que Ella no pueda obtener. Cristo es el Manantial de la Gracia y su Madre Santísima es como un depósito, un recipiente que recibe, de dónde por su intercesión alcanzamos gracias y al Autor de la Gracia.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Madre de Cristo


Siendo Jesucristo Dios, Creador y Salvador, podría parecer que es lo mismo llamar a María, Santa Madre de Dios, Madre de Cristo, Madre del Creador, Madre del Salvador. Pero estos diversos títulos no expresan lo mismo, indican diversos aspectos bajo los cuales es considerada la misma Persona adorable del Redentor, diversos oficios de esta divina Persona, o distintos beneficios que se derivan de Cristo y de María. Madre de Cristo significa que María participa, en cuanto es posible a la criatura, de la dignidad y excelencia de Cristo y de los beneficios por El otorgados.

La palabra griega Cristo significa ungido o consagrado. Antiguamente eran consagrados con la unción los sacerdotes, los reyes y los profetas; y Jesús es por excelencia el Sacerdote, el Rey y el Profeta; también se consagraban los vasos sagrados destinados al culto divino.

Cuando saludamos e invocamos a María como Madre de Cristo, significamos que Ella es vaso consagrado a Dios; que por las íntimas y singulares relaciones que la acercan a su Divino Hijo, participa en cierto modo de la dignidad de sacerdote, de rey y de profeta. María fue vaso consagrado y tiene participación en el sumo Sacerdocio de Cristo.

Desde el primer momento de su existencia Ella estuvo llena de la Divina Gracia, óleo precioso y fue destinada a contener durante nueve meses a la Santidad por esencia.

María participa del Eterno Sacerdocio de Jesucristo, de Cristo Sacerdote que se ofreció a Dios una vez sobre el altar de la Cruz, derramando entre grandes dolores su Sangre de precio infinito por nuestros pecados y se ofrece cada día de modo incruento sobre los altares por manos de los Sacerdotes. Ella participa del sacrificio de la Cruz y del de la Eucaristía.

En primer lugar suministró la materia: aquel Cuerpo Divino que fue inmolado en la Cruz, en el Calvario y que continuamente se inmola en las Iglesias, es Cuerpo formado de la sola substancia de María Santísima, puesto que Ella es Madre Virgen; la Sangre que un día fue derramada en la Pasión y en la Muerte del Hombre-Dios y que todos los días se derrama místicamente en el Perenne Sacrificio, es Sangre de María, suministrada por Ella al Hijo de Dios. En segundo lugar, participa del Sacrificio de la Cruz y del de la Eucaristía, porque ofreció con Jesucristo Primero y Sumo Sacerdote, el Sacrificio del Calvario y sigue ofreciendo sobre los altares la Víctima Divina porque el Sacrificio de la Misa es prolongación del de la Cruz.

Por esto María Santísima es llamada Corredentora e invocada como Madre de Cristo.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Santa Madre de Dios


Después de haber invocado a María con su Nombre, pasamos ahora a invocarla con una serie de títulos muy apropiados. Y ante todo con la más excelsa de sus dignidades, principio y fundamente de todas las demás, la sublime y singular dignidad de Madre de Dios.

La Divina Maternidad de María es Dogma y Artículo fundamental de nuestra fe.

En la base de nuestra religión tenemos dos inefables misterios: el Misterio de la Santísima Trinidad y el de la Encarnación del Verbo.

La Encarnación supone la Trinidad. El Hijo que se ha encarnado supone El Padre del cual ha sido engendrado, y si se ha encarnado por obra del Espíritu Santo, confirma la existencia de esta tercera Persona de la Santísima Trinidad y no se puede imaginar la Encarnación sin una Madre que proporcione la naturaleza humana al Verbo. He aquí cómo la divina Maternidad de María entra en el fundamento y en el nexo esencial de las supremas verdades de nuestra religión. Y así como los principales artículos de la fe revelada (la Redención, la Gracia, la Iglesia, los Sacramentos, la vida eterna, etc.) son consecuencias del Misterio de la Encarnación, así estas importantes verdades tienen una íntima e indiscutible relación con el Dogma de la Divina Maternidad de María.

Santa Madre de Dios porque Ella es madre de la naturaleza humana de Cristo; pero esta naturaleza humana está en Cristo indisolublemente, personalmente, hipostáticamente unida a la naturaleza divina en unidad de Persona, y ésta es divina. María es por lo tanto, Madre de esta Persona divina, Jesucristo, Dios y hombre verdadero.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Santa María


Hoy comienza el Mes de María

Debemos aceptar y entender que solo Dios es Santo y que comunica sus grandes Atributos, en diferente medida, a sus criaturas racionales, ante todo, el de la Santidad, por ser el más necesario.

Por esta razón llamamos a Nuestra Señora: Santa María.

Cuando Dios quiso preparar una madre humana para su Hijo, la hizo Inmaculada en su Concepción, la hizo Santa aún antes de que hubiera nacido, antes de que pudiera pensar, hablar, obrar, la preservó del pecado original y de toda mancha. Por esto, difiere de todos los santos. ¡Toda Pura, toda Santa es María!

María es Nombre de ayuda y consuelo. Cuando la invocamos con fe, con devoción y con amor recibimos inmediatamente ayuda, aliento y consuelo. Dice San Bernardo, del santísimo Nombre de Jesús, pero muy bien puede aplicarse al dulce Nombre de María, que este nombre es alimento suave que conforta, es medicina que alivia los dolores y las penas, es miel en la boca, melodía en los oídos, alegría en el corazón.

Procuremos honrar este santo nombre y reparar las ofensas que se hacen a esta Buena Madre. Invoquémosla en todas nuestras necesidades.

El Nombre de Jesús y el Nombre de María, concluye San Bernardo, producen la curación de nuestras miserias y dominan las pasiones violentas. Tengamos estos Nombres en el corazón y en los labios durante la vida y los tendremos en el corazón y en los labios en nuestra última hora, y así seremos auxiliados en aquel momento, pues esos Nombres santamente invocados serán para nosotros prenda de luz, de gracia, de perdón y de seguridad en aquella eternidad feliz que todos esperamos.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Es preciso comulgar bien


La sagrada Comunión es Jesús mismo recibido sustancialmente en nosotros, en nuestra alma y en nuestro cuerpo, bajo forma de alimento, para transformarnos en sí comunicándonos su santidad primero y después su felicidad y su gloria.

Por la sagrada Comunión Jesucristo nace, crece y se desarrolla en nosotros. Todo su deseo es que le recibamos y le recibamos a menudo; tal es también el consejo de la santa Iglesia, la cual pone a nuestra disposición todos sus medios de santificación para mejor disponernos a recibirle bien, así como todo su culto tiende a prepararnos la Comunión y a dárnosla.

Si conociéramos los dones y las virtudes que nos trae la Comunión, suspiraríamos de continuo por ella. Una Comunión basta para santificar a uno en un instante, por ser el mismo Jesucristo, autor de toda santidad, quien viene.

Mas es preciso comulgar bien, y una buena Comunión no se concibe sin la debida preparación y acción de gracias.

Adorad con viva fe a Jesús, presente en el santísimo Sacramento, en la sagrada Hostia que vais a recibir; adoradle exteriormente con el más profundo respeto del cuerpo y con la mayor modestia de los sentidos; adoradle también interiormente con profunda humildad, rendidle homenaje con todas las facultades del alma, diciéndole, con santo Tomás, a impulsos de vuestra fe: Vos sois mi Señor y mi Dios.

Dad gracias por don tan soberano del amor de Jesús, por esta invitación a su mesa eucarística que os dirige a vosotros.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Hemos de consolar a Nuestro Señor


Hemos de consolar a Nuestro Señor Jesucristo. Él espera vuestros consuelos. Pedidle que suscite en su Iglesia sacerdotes santos, de esos sacerdotes apóstoles y salvadores que dan carácter a su siglo, que conquistan a Dios nuevos reinos. Consoladle de que se le considere tan poco como rey en su reino. Ya no reina sobre las sociedades católicas: hagamos que reine, al menos, sobre nosotros y trabajemos por extender su reinado por todas partes.

Nuestro Señor no desea tantos artísticos monumentos como nuestros corazones. Jesús los busca, y ya que los pueblos lo han expulsado, erijámosle nosotros un trono sobre el altar de nuestros corazones. ¡Cuánto ama Jesucristo nuestros corazones y cuánto los desea! Mendiga nuestro corazón. Pide, suplica, insiste... ¡Cien veces se le habrá negado lo que pide! ...; no importa. ¡Él tiende siempre la mano! ¡Verdaderamente es deshonrarse a sí mismo solicitar todavía, después de tantas negativas!

Sobre todo anda solícito tras de los católicos. Entre los católicos que hay en el globo, ¿cuántos le aman con amor de amistad, con ese amor que da la vida, con un verdadero amor del corazón? Amémosle siquiera por nosotros, amémosle por aquéllos que no le aman, por nuestros padres y por nuestros amigos; paguemos la deuda de amor de nuestra familia y de nuestra patria: así lo hacen todos los santos; imitad en esto a Nuestro Señor, que ama por todos los hombres y sale fiador por el mundo entero.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Meditando en el Vía Crucis (XIV)


Decimocuarta estación: La sepultura de Jesús

Los fieles discípulos, José de Arimatea y Nicodemo, depositan el cuerpo de Jesús en el sepulcro y le dirigen la última despedida. Los representantes de la ley sellan la losa. Los enemigos lanzan un alarido de triunfo: ¡todo se acabó! Hasta en los corazones de los fieles el dolor es más grande que la esperanza. Sólo María espera con ansia la llegada de la mañana de Pascua.

Amado Salvador, quisiste morir para darnos la vida, ser sepultado para que participásemos de tu resurrección. Qué triste es, sin embargo que hoy día, después de dos mil años de tu muerte, haya todavía tantos hombres que te ignoran, a pesar de haber muerto por todos. Concede a los pobres paganos que viven en las sombras de la infidelidad, la buena nueva de la Cruz.

También te dirigimos una súplica por nuestros queridos difuntos, haz, por el amor de tu Corazón, que de los dolores del Purgatorio pasen a la Patria eterna. Concédenos también que descansemos un día bajo la sombra de tu Cruz. Sea nuestro sepulcro la puerta por la cual entremos a la ciudad dichosa que ha preparado tu Corazón a los que te aman. Amén.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

El Gozo de todos los santos


De la esperanza al cumplimiento, del deseo a la realización, de la tierra al cielo: este parece ser, el ritmo según el cual suceden las tres últimas invocaciones de las letanías del Sagrado Corazón. Tras las invocaciones “salvación de los que en ti esperan”, y “esperanza de los que en ti mueren”, las letanías concluyen dirigiéndose al Corazón de Jesús como “gozo de todos los santos”. Es ya visión de paraíso: es anotación veloz acerca de la vida del cielo; es palabra breve que abre horizontes infinitos de bienaventuranza eterna.

El Corazón de Cristo es la fuente de la vida de amor de los santos: en Cristo y por medio de Cristo los bienaventurados del cielo son amados por el Padre, que los une a Sí con el vínculo del Espíritu, divino Amor; en Cristo y por medio de Cristo, ellos aman al Padre y a los hombres, sus hermanos, con el amor del Espíritu.

El Corazón de Cristo es el espacio vital de los bienaventurados: el lugar donde ellos permanecen en el amor, sacando de él gozo perenne y sin límite. La sed infinita de amor, misteriosa sed que Dios ha puesto en el corazón humano, se apaga en el Corazón divino de Cristo.

Elevando hacia ellos la mirada del alma y contemplándolos en torno a Cristo juntamente con su Reina, la Virgen Santísima, nosotros repetimos hoy, con firme esperanza, la alegre invocación: “¡Corazón de Jesús, gozo de todos los santos, ten piedad de nosotros!”.

Fuente: San Juan Pablo II, Ángelus del 12 de noviembre de 1989

Práctica del amor al Corazón de Jesús


Animarnos al amor del Corazón de Jesús

Mediante la consideración frecuente de su amor hacia nosotros. Para ayudamos a esto poseemos dos libros:

El santo Evangelio. En él tenemos: La vida de Jesús y su entrega al Sacrificio de la cruz por nosotros. El poema del amor que jamás imaginó ningún poeta. La historia del amor más grande, del amor que ha asombrado a los cielos y a la tierra. Las palabras de Jesús.

El Corazón de Jesús. Es el libro del amor en el que los santos han aprendido, mejor que en los otros libros, el camino de la Verdad y de la salvación.

Mediante la oración. Por este “trato de amistad a solas con quien sabemos nos ama” (Santa Teresa), crecerá día tras día nuestro amor por El.

Mostrar nuestro amor al Corazón de Jesús

Con sentimientos: práctica del amor afectivo. Los afectos principales son: La complacencia. Contemplando sus perfecciones y gozándonos de su gloria. La benevolencia. Mostraremos nuestro amor a Jesús tomando como nuestros sus intereses y deseos, deseando que se realicen y mostrándonos dispuestos a cooperar en la medida de nuestras fuerzas y recursos. El deseo de unión. Ansiando vivir sólo para Jesús y aprovechando todos los medios que nos permitan unimos más a Él.

Con obras: práctica del amor efectivo. Prácticas generales. Evitar cuanto desagrada al Corazón de Jesús: el pecado. Y no resistir a las gracias con las cuales nos llama a una vida mejor y más santa. Hacer cuanto agrada al Corazón de Jesús. Guardar sus preceptos, seguir sus inspiraciones y consejos, obrar con la intención de glorificarle.

Prácticas particulares. La comunión de los nuevos primeros viernes. Práctica excelente, recomendada por la Iglesia.

Consagración al Corazón de Jesús: Consagración personal.

Consagración de las familias, las naciones y el género humano. Son las tres formas de reconocer el reinado social del Corazón de Jesús.

Fuente: Antonio Royo Marín, El Corazón De Jesús

Jesús manso y humilde de Corazón


En su forma eucarística, Jesús nos enseña a anonadarnos para asemejarnos a Él: la amistad exige la igualdad de vida y de condición; para vivir de la Eucaristía nos es indispensable anonadarnos con Jesús, que en ella se anonada.

Entremos ahora en el Alma de Jesús y en su Sagrado Corazón, y veamos qué sentimientos han animado y animan a este divino Corazón en el Santísimo Sacramento.

Nosotros pertenecemos a Jesús sacramentado. ¿No se da a nosotros para hacernos una misma cosa con Él? Necesitamos que su espíritu informe nuestra vida, que sus lecciones sean escuchadas por nosotros, porque Jesús en la Eucaristía es nuestro Maestro. Él mismo desea enseñarnos a servirle para que lo hagamos a su gusto y según su voluntad, lo cual es muy justo, puesto que Él es nuestro Señor y nosotros sus servidores.

Ahora bien, el Espíritu de Jesús se revela en aquellas palabras: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. El espíritu de Jesús es de humildad y de mansedumbre, humildad y mansedumbre de corazón, es decir, humildad y mansedumbre aceptadas y amadas por imitar a Jesús. Nuestro señor Jesucristo quiere formarnos en estas virtudes y para esto se halla en el Santísimo Sacramento y viene a nosotros. Quiere ser nuestro Maestro y nuestro guía en estas virtudes: sólo Él puede enseñárnoslas y darnos la gracia necesaria para practicarlas.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Jesús está realmente entre nosotros


Nuestro Señor Jesucristo está en el Santísimo Sacramento para recibir de los hombres los mismos homenajes que recibió de los que tuvieron la fortuna de tratarle durante su vida mortal. Está allí para que todo el mundo pueda tributar a su santa humanidad honores personales. Deberíamos considerarnos dichosos por poder rendir a Jesucristo en persona los homenajes que dimanan de nuestros deberes de cristianos.

Nuestro Señor, como hombre, no está más que en el Cielo y en el santísimo Sacramento. Por la Eucaristía podemos aproximarnos al Salvador en Persona estando vivo, y podemos verle y hablarle... Sin esta Presencia el culto caería en una abstracción.

Mediante esta Presencia vamos a Dios directamente y nos acercamos a Él como cuando vivía en la tierra.

Por estar Jesucristo realmente en la Eucaristía, puedo yo hoy en día adorar como los pastores y postrarme ante Él como los magos: no hay por qué envidiar la dicha de los que estuvieron en Belén o en el Calvario.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

¡Que reine Cristo Rey, que triunfe por su Sagrado Corazón!


La Entronización es un apostolado social, organizado con el fin de realizar en la familia, y por ésta en la sociedad, esa palabra soberana... La Entronización trabaja para que esa afirmación inefable, “Reinaré por mi Corazón”, sea un hecho consumado y una dichosa realidad, hoy en el hogar, y mañana en la sociedad y en la nación.

El título, pues, de “Entronización”, o sea colocar al Rey sobre su trono, no es un mero título cualquiera y arbitrario; fue éste elegido y fue mantenido como una bandera contra mil críticas y oposiciones... El título es ya en sí todo un programa de apostolado. Sí, Cristo no es, no debe ser, un Rey de sacristía; es un Soberano y, como tal, quiere reinar en la sociedad.

Doctrinalmente podríamos, definir la Entronización: el homenaje social de adoración, de reparación y de amor que la familia, en su calidad de célula social, rinde al Corazón de Jesús, reconociéndole Señor y Soberano de la sociedad. En este sentido, eminentemente teológico y doctrinal, la Entronización no es, pues, una mera bellísima Consagración de la familia; es nada menos que un homenaje de “latría” en espíritu de amor y de desagravio por la horrenda apostasía de la sociedad moderna... La Entronización, pues, en un pobre tugurio o en un palacio, es el “Ave Rex” de la familia; ésta le dice y le canta: “¡Tus amigos queremos, Jesús, que Tú reines! Te lo pide este hogar, la patria pequeñita, en nombre de la gran Patria”.

Fuente: P. Mateo Crawley, Jesús Rey de Amor

«Quédate con nosotros Señor»


Los discípulos que iban a Emaús se sintieron interiormente conmovidos, inflamados e iluminados con la conversación de aquel divino extranjero que se les juntó en el camino. Cuando éste los quiso dejar le dijeron: “Permanece con nosotros, porque se hace tarde”. No se cansaban de oír al Señor, y, al perderle, les parecía que lo perdían todo.

Lo mismo podemos decir ahora a Nuestro Señor: “Quédate con nosotros, Señor, porque sin Ti se nos echa encima la noche, una noche terrible”. La Eucaristía es, en efecto, el bien supremo del mundo. La mayor desgracia que nos puede sobrevenir es privarnos de la Eucaristía.

Sí, Jesús es el soberano bien. “Con Él -dice la Sabiduría- me han venido todos los bienes”. Y san Pablo exclama: “Habiéndonos dado Dios a su propio Hijo, ¿cómo no nos había de dar con Él todas las cosas?”. En efecto, nos ha dado todo lo que tiene, todo lo que es; no pudo hacer más. Con Jesús Eucaristía la luz brilla sobre la tierra. Con la Eucaristía tenemos el pan de los fuertes, el viático para los caminantes, el pan de Elías que nos da fuerza para subir hasta la montaña de Dios, el maná que nos hace tolerable el horror del desierto. Con Jesús tenemos consuelo, tenemos reposo en las fatigas y agitaciones de nuestra alma y bálsamo que sirva de lenitivo a los acerbos dolores del corazón. En la Eucaristía encontramos el remedio para nuestros males, un medio seguro de satisfacer por las nuevas deudas de los pecados que continuamente contraemos con la justicia divina. Jesucristo Nuestro Señor se ofrece todos los días como víctima de propiciación por los pecados del mundo.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Meditando en el Vía Crucis (XIII)


Decimotercera estación: El descendimiento de la Cruz

El cuerpo de Jesús reposa en el regazo de su Santísima Madre como si su amor maternal hubiese de expiar las torturas de la Cruz. El Corazón de Jesús ya no palpita.

Llegó para María la hora de recoger los frutos del sacrificio común para distribuirlos al mundo. Los latidos de su corazón de Madre no eran más que el eco del de su divino Hijo.

Oh Señor mío Jesucristo, muerto y deshecho por mí, yo venero tu santísimo y divinísimo cuerpo reclinado en los brazos de tu piadosísima Madre, te suplico me concedas un vivo dolor de tanto como a Ti y tu Madre os hice padecer con mis pecados, y gracia para enmendarme de todos ellos.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

El Sagrado Corazón es Dios hecho Hombre


Si queremos describir a Jesucristo, Dios y Hombre, con una sola palabra, si queremos comprender todo lo que es en un solo vocablo, todo lo que hace y hasta la razón de su ser, podemos decir: Jesucristo es su Corazón.

El Sagrado Corazón es Jesucristo totalmente Dios y Hombre, Verbo Encarnado. No es sólo su Corazón de carne que late en su pecho, ese Corazón humilde y manso que adoramos como el símbolo u órgano de su incomparable Amor; es todo su ser divino y humano.

El Sagrado Corazón es Dios hecho Hombre, es Jesucristo humillado, entregado, crucificado; es Jesús Eucaristía, inefable Hostia de amor, Jesús inmolado en el altar, Jesús prisionero del Tabernáculo.

Para designar a Dios, uno en tres Personas, ha sido suficiente una sola palabra de tres sílabas: Charitas! Para designar a Jesucristo con sus dos naturalezas unidas en una sola persona, ha sido menester un término compuesto de dos palabras unidas entre sí: ¡Sagrado Corazón! La primera es la divinidad, la segunda es la humanidad, y es preciso que estén unidas para designar a Jesucristo.

El Sagrado Corazón es la Caridad divina encarnada, el Amor Infinito humanado.

Fuente: Venerable Luisa Margarita Claret de la Touche, Al servicio de Dios-Amor

El combate de la Bondad contra la ingratitud


La Bondad de Jesús llega hasta mostrarse Él agradecido; se contenta con lo que se le da y además se muestra regocijado. Pudiera decirse que tiene necesidad de nuestras cosas...; hasta nos pide, nos suplica: ¡Hijo mío, Yo te pido...! Dame tu corazón.

Jesús aparenta tal debilidad en el santísimo Sacramento que se deja insultar, deshonrar, despreciar, profanar..., y a su vista, en su propia presencia, al pie de los altares... ¿Y el ángel no hiere a estos traidores? Nada de eso. ¿Y el Padre celestial permite tales ultrajes a su Hijo amado? Porque aquí es peor que en el calvario. Allí, al menos, se oscureció el sol en señal de horror; los elementos lloraban a su manera la muerte de su Criador; aquí... nada.

El calvario de la Eucaristía se levanta en todas partes. Principió en el cenáculo; está erigido en todos los lugares de la tierra y aquí ha de permanecer hasta el último momento de la vida del mundo. ¡Oh, Señor! ¿Por qué llegáis a tal exceso? Se ve que es el combate de la bondad contra la ingratitud. Jesús quiere tener más amor que el hombre odio; quiere amar al hombre aun a pesar suyo: hacerle bien, mal que le pese. Por todo pasará antes que vengarse; quiere rendir al hombre por su Bondad.

Esta es la Bondad de Jesús, sin gloria, sin esplendor, toda debilidad..., pero rebosante de Amor para los que tengan ojos y quieran ver.

¡Señor mío Jesucristo, Dios de la Eucaristía, qué Bueno sois!

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Jesucristo siempre nos espera


Jesucristo se nos da a todos sin reserva. Con una paciencia y una longanimidad admirables espera, siempre, que vamos a recibirle, dándose a todos sin excepción.

Espera lo mismo al pobre que al pecador. El pobre va por la mañana antes de dirigirse al trabajo y recibe para aquel día su dulce bendición. El maná caía en el campo de los israelitas antes de amanecer, para que no se hiciese esperar el celestial alimento.

Siempre está sobre el altar Nuestro Señor Jesucristo, adelantándose al visitante por mucho que éste madrugue para ir a verle. ¡Feliz aquel que recibe la primera bendición del Salvador! Por lo que hace a los pecadores, Jesús sacramentado les espera semanas enteras..., durante meses..., aun años; quién sabe si durante cuarenta, sesenta o más años no ha estado con los brazos abiertos esperando a alguno que termine por rendirse a sus instancias.

“Venid a mí todos”. ¡Ah, si pudiésemos comprender la alegría que experimenta Nuestro Señor cuando vamos hacia Él! ¡Se diría que está muy interesado en ello y que es Él quien sale ganando!

¿Estará bien que hagamos esperar tanto tiempo a este buen Salvador? Algunos, triste es decirlo, jamás se le acercarán, o solamente cuando, ya difuntos, sean llevados por otros.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Memoria del Beato Carlos de Austria

El Beato Carlos de Austria junto a su esposa Zita, Sierva de Dios

La historia del Beato Carlos tiene un atractivo universal. Su fe inspira a hombres y mujeres católicos, esposos y padres, militares, políticos y jefes de estado. Su influencia se extiende más allá de las fronteras de Austria y abraza al mundo con su ejemplo cristiano.

En un mundo donde muchos no creen en Dios, necesitamos la fe del Beato Carlos. Donde hay indiferencia hacia los más necesitados, necesitamos el ejemplo de caridad y limosna del Beato Carlos.

Donde invade el aborto, necesitamos la protección del Beato Carlos hacia toda vida humana. Donde el número de parejas que cohabitan sin la bendición del matrimonio es cada vez mayor, necesitamos el ejemplo de matrimonio cristiano del Beato Carlos y su esposa la Sierva de Dios Zita. Donde el divorcio es desenfrenado y los padres ausentes son muy comunes, necesitamos el amor constante del Beato Carlos por su esposa e hijos.

En países donde los políticos confían en las encuestas para crear sus políticas más que en principios morales y éticos, necesitamos la convicción moral del Beato Carlos. Donde los políticos buscan un cargo para obtener ganancias personales, necesitamos el desinterés del Beato Carlos. Donde los políticos católicos votan en contra de la enseñanza católica y su conciencia, para permanecer en el cargo, necesitamos la fidelidad a las enseñanzas de la Iglesia del Beato Carlos.

Donde hay guerra, luchas, discordias y conflictos, necesitamos el anhelo de paz del Beato Carlos. Donde millones de personas sufren enfermedades, necesitamos el ejemplo del Beato Carlos, quien soportó todas las pruebas y tribulaciones con las palabras: “Hágase tu voluntad”. (Cf. Nathan Cochran, emperorcharles.org)

Oración al Beato Carlos de Austria

Padre Celestial, en la persona del Beato Carlos de Austria, has dado a Tu Iglesia un ejemplo de cómo podemos llevar a cabo una vida espiritual y exigente de manera convincente y valiente. Sus acciones públicas como emperador y rey y sus acciones personales como jefe de familia, estaban firmemente basadas en las enseñanzas de la fe católica. Su amor por la Eucaristía creció en tiempos de prueba y le ayudó a unirse al sacrificio de Cristo a través del sacrificio de su propia vida por su pueblo. El Emperador Carlos honraba a la Madre de Dios y rezó con amor el Rosario durante toda su vida. Fortalécenos mediante su intercesión cuando el desaliento, la debilidad, la soledad, la amargura y la depresión nos preocupan. Que sigamos el ejemplo de tu fiel servidor, y sirvamos desinteresadamente a nuestros hermanos según Tu voluntad. Concédeme alcanzar la gracia (mencione su intención aquí) por su intercesión, si es tu Voluntad, y para mayor gloria de Tu Nombre. Amén

Beato Carlos de Austria, ruega por nosotros.

Meditando en el Vía Crucis (XII)


Decimosegunda estación: Jesús muere en la Cruz

El lecho de muerte del Hijo de Dios está formado por dos vigas y tres clavos. En él está pendiente durante tres largas horas, cubierto de sangre, abrasado por la fiebre y por la sed, abandonado de todos, de sus amigos, de sus discípulos y -profundo misterio- hasta de su Padre celestial. Llega el instante supremo: "Todo está consumado", e inclinando la cabeza, expira.

El Corazón de Jesús deja de latir... La lanza del soldado lo abre para derramar por nosotros las últimas gotas de su Sangre.

Amado Salvador mío: tu sacrificio está cumplido y los hombres superabundantemente redimidos. ¡Cuánto hubiera deseado poder estar en aquellos momentos junto al altar de tu Cruz! Pero mayor beneficio nos concedes al poder, cada día en la Santa Misa, contemplar la Cruz y recoger tu Sangre redentora. Cuánto debió sufrir tu Corazón en la agonía de la Cruz, al prever la frialdad y tibieza de tantos católicos para con el sacrificio del altar. En adelante, cada Misa será para nosotros una oportunidad para presenciar con devoción tu muerte mística en la Cruz y cada primer viernes recordaremos tus dolores con una comunión reparadora.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

Para ser buenos adoradores


Para ser buenos adoradores es preciso que recordéis continuamente que Jesucristo, realmente presente en la sagrada Eucaristía, reproduce y glorifica en ella todos los misterios y todas las virtudes de su vida mortal.

Recordad que la santísima Eucaristía es Jesucristo con su pasado, presente y futuro; que es el último desenvolvimiento de la Encarnación y de la vida mortal del Salvador. Por la sagrada Eucaristía Jesucristo nos comunica todas las gracias, a Ella afluyen todas las verdades, y al pronunciar la palabra Eucaristía lo hemos dicho todo, puesto que es Jesucristo mismo.

Sea la adorable Eucaristía el punto de partida al comenzar vuestras meditaciones sobre los misterios, las virtudes y verdades de la religión. Puesto que ella es el foco y las demás verdades los rayos, partamos siempre del foco y así irradiaremos también nosotros.

¿Qué cosa más sencilla que relacionar el nacimiento de Jesús en el establo de Belén con su nacimiento sacramental sobre el altar y en nuestros corazones?

¿Quién no ve en la Hostia encerrada en el sagrario una continuación de la vida oculta de Jesús en Nazaret; y en el santo sacrificio de la Misa, que se ofrece sin interrupción en todas partes, una celebración de la Pasión del Hombre-Dios en el calvario?

¿No es Jesucristo en el santísimo Sacramento tan dulce y humilde como lo fue en su vida mortal?

¿No es ahora, como entonces, el buen Pastor, el consolador por excelencia, el amigo más fiel de todos los hombres? ¡Feliz el alma que sabe encontrar en la Eucaristía a Jesús y todas las cosas!

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

El verdadero amor atiende a lo que merece el Amado


¿Queréis ser felices en el amor a Jesús? Vivid pensando continuamente en la bondad de Jesús, bondad siempre nueva para vosotros. Ved cómo trabaja el amor de Jesús sobre vosotros. Contemplad la belleza de sus virtudes. Comenzad todas vuestras adoraciones por un acto de amor, que así abriréis deliciosamente el alma a la acción de la divina gracia. Muchas veces os detenéis en el camino porque empezáis por vosotros mismos; otras os extraviáis, porque os fijáis en alguna otra virtud que no es la del amor. ¿No abrazan los niños a su madre aún antes de hacer lo que les manda? El amor es la única puerta del corazón.

El secreto del amor está en olvidarse, como san Juan Bautista, de sí mismo, para ensalzar y alabar a Jesucristo. El verdadero amor no atiende a lo que da, sino a lo que merece el amado.

El obstáculo más deplorable al desenvolvimiento de la gracia del amor en nosotros es el comenzar por nosotros mismos tan pronto como llegamos a los pies del buen Maestro, hablándole, enseguida, de nuestros pecados, de nuestros defectos y de nuestra pobreza espiritual; es decir, que nos cansamos la cabeza con la vista de nuestras miserias, y contristamos el corazón oprimiéndolo por el pensamiento de tanta ingratitud e infidelidad. No procedáis así en adelante. Y comoquiera que los primeros movimientos de vuestra alma determinan, de ordinario, las acciones subsiguientes, ordenadlos a Dios y decidle “Amado Jesús mío, ¡cuánta es mi felicidad y qué alegría experimento al tener la dicha de venir a verte, de venir a pasar en tu compañía esta hora y poderte expresar mi amor! ¡Qué bueno eres, pues que me has llamado; cuán amable, no desdeñándote en amar a un ser tan despreciable como yo! ¡Oh, sí, sí; quiero corresponder amándote con toda mi alma!”. El amor os ha abierto ya la puerta del Corazón de Jesús: entrad, amad y adorad.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

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