Meditando en el Vía Crucis (VIII)


Octava estación: Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén

Jesús, al contemplar los niños en los brazos de sus madres, olvida un momento sus dolores; tanto era su cariño por aquellos inocentes pequeñuelos. Las madres miran compasivas las heridas, la sangre, la corona de espinas de Cristo. Pero él les insinúa las heridas de sus almas y los peligros espirituales que amenazan a sus hijos, por quienes padece y va a morir.

Amado Salvador mío: al ver a los niños y a sus madres, piensas en la familia cristiana, la gran preocupación de tu Corazón. Por eso elevaste la unión de los casados a la dignidad de alianza consagrada por las gracias sacramentales del matrimonio.

Con qué pesar ves la profanación de este sacramento, consecuencia detestable del amor egoísta que rehúye todo sacrificio. Danos la gracia de respetar y santificar lo que fue santificado con la Sangre de tu Corazón.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

Tres Beatos padres de familia

Los Beatos José Tovini, Ladislao Batthyány Strattmann y José Toniolo

El 20 de septiembre de 1998, en la homilía de la beatificación de José Tovini, Juan Pablo II dijo: Un gran testigo del Evangelio encarnado en las vicisitudes sociales y económicas de la Italia del siglo pasado es, ciertamente, el beato Giuseppe Tovini. Brilla por su profunda espiritualidad familiar y laical, así como por el empeño con que se prodigó para mejorar la sociedad. Tovini, ferviente, leal y activo en la vida social y política, proclamó con su vida el mensaje cristiano, siempre fiel a las indicaciones del Magisterio de la Iglesia. La defensa de la fe fue su constante preocupación, pues, como afirmó en un congreso, estaba convencido de que “nuestros hijos sin la fe no serán jamás ricos; con la fe no serán jamás pobres”. Gracias a la competencia jurídica y al rigor profesional que lo distinguían, promovió y guió numerosas organizaciones sociales, con el deseo de dar a conocer la doctrina y la moral cristiana. Consideró el esfuerzo por la educación como una prioridad. La honradez y la coherencia de Tovini tenían sus raíces en su relación profunda y vital con Dios, que alimentaba constantemente con la Eucaristía, la meditación y la devoción a la Virgen. De la escucha de Dios en la oración constante obtenía la luz y la fortaleza para las grandes batallas sociales y políticas que debió sostener a fin de tutelar los valores cristianos.

El 23 de marzo de 2003, en la beatificación del Venerable Ladislao, el mismo Papa dijo: “Lo débil de Dios es más fuerte que la fuerza de los hombres” (1 Co 1, 25). Estas palabras del apóstol san Pablo reflejan la devoción y el estilo de vida del beato Ladislao Batthyány Strattmann, que fue padre de familia y médico. Utilizó la rica herencia de sus nobles antepasados para curar gratuitamente a los pobres y construir dos hospitales. Su mayor interés no eran los bienes materiales; en su vida no buscó el éxito y la carrera. Eso fue lo que enseñó y vivió en su familia, convirtiéndose así en el mejor testigo de la fe para sus hijos. Sacando su fuerza espiritual de la Eucaristía, mostró a cuantos la divina Providencia ponía en su camino la fuente de su vida y de su misión. El beato Ladislao jamás antepuso las riquezas de la tierra al verdadero bien, que está en los cielos. Que su ejemplo de vida familiar y de generosa solidaridad cristiana anime a todos a seguir fielmente el Evangelio.

El 29 de abril de 2012, el Cardenal Salvatore De Giorgi, en la homilía de la beatificación de José Toniolo, dijo: El profesor Giuseppe Toniolo fue un ejemplo de padre de familia, como sabio educador de los jóvenes en la búsqueda de la verdad, como laico en la Acción Católica, testigo del Reino de Dios en el mundo de la cultura, la economía y la política. De ahí su firme decisión: “Quiero ser santo”. En su vida espiritual y profesional, valoró los medios siempre presentes del ascetismo cristiano: oración, meditación, misa diaria y comunión, confesión frecuente, examen de conciencia, dirección espiritual, retiros mensuales y ejercicios espirituales anuales. Un verdadero contemplativo de la acción. Casado y padre de siete hijos, consideraba a la familia el lugar principal de su santificación y misión.

Santos Patronos de las embarazadas

San Ramón Nonato, San Gerardo Mayela y Santo Domingo Savio

Oh excelso patrono, San Ramón, a vos, glorioso protector acudo para que bendigáis al hijo que llevo en mi seno. Protegedme a mí y al hijo de mis entrañas ahora y durante el parto. Os prometo educarlo según las leyes y mandamientos de Dios. Escuchad mis oraciones, bendito protector mío, San Ramón, y hacedme madre feliz de este hijo que espero dar a luz por medio de vuestra poderosa intercesión. Amén.

A ti te invocamos, Dios y Padre nuestro, Señor de toda vida, que concediste a San Gerardo, a lo largo de su corta existencia, un especial cuidado por la vida naciente y las mujeres embarazadas. Bendice, por intercesión de san Gerardo, a todas las mujeres que esperan un nuevo nacimiento y a los hijos que llevan en sus entrañas, para que ambos lleguen sanos a un feliz alumbramiento. Y a toda tu Iglesia dale el don de amar, anunciar, defender y ofrecer la vida, como hizo nuestro Redentor Jesucristo, que vive y reina contigo por los siglos de los siglos. Amén.

Señor Jesús, por intercesión de Santo Domingo Savio, patrono de las mujeres embarazadas y de los matrimonios que tienen problemas para concebir, te ruego por esta dulce criatura que llevo en mi seno. Tú me has concedido el inmenso don de esta pequeña vida que crece dentro de mí. Humildemente te doy gracias por haberme escogido como instrumento de tu amor. En esta dulce espera, ayúdame a vivir en continuo abandono a tu divina voluntad. Concédeme el corazón de una madre pura, valiente y generosa. Te ofrezco todas mis preocupaciones, miedos y necesidades en favor de este bebé que está por venir. Haz durante la gestación no sufra ningún mal, que se forme en mi interior con toda normalidad, que el parto sea sin problemas y que este bebé pueda nacer sano. Aparta de él todo mal físico y todo peligro para su alma. Y a ti, oh María, que gozaste de las inefables alegrías de una maternidad santa, dame un corazón capaz de transmitir una fe viva y ardiente. Santifica y bendice mi dulce espera, y por medio de tu ayuda y la de tu Divino Hijo, concédeme, por intercesión de Santo Domingo Savio, que en el fruto de mi vientre pueda florecer una vida de virtud y santidad. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén

Fuente: Cf. devocionario.com

El confesor y guía espiritual de santa Faustina Kowalska


Treinta y tres años después de su muerte, el Padre Miguel Sopocko (1888-1975), gran promotor del mensaje de la Divina Misericordia y confesor de Santa María Faustina Kowalska, fue beatificado en Polonia el 28 de septiembre de 2008. El Cardenal Estanislao Dziwisz, entonces Arzobispo de Cracovia, en su homilía dijo que “la Divina Providencia usó este sacerdote para que la invariable verdad de la Divina Misericordia pudiera alcanzar un camino especial hacia la mente y los corazones de la gente del siglo XX. Ese siglo se ha caracterizado de cierta manera por sus crueles sistemas totalitarios los cuales trataron de remover por la fuerza la esperanza de la vida de las personas, donde se trató de arrancar su dignidad, condenándolos a un sentimiento de desesperación. Entre los momentos de oscuridad de la vida, la lucha diaria con la maldad y las experiencias difíciles asociadas con la vida, había la necesidad de un rayo de luz y esperanza. Ese rayo fue un poderoso recordatorio de la verdad de nuestro destino el cual está en las manos de Dios misericordioso. El Beato Sopocko proclamó la misericordia de Dios no sólo a través de su participación directa en esta labor, la cual fue iniciada por la Hermana Faustina. El mismo fue un hombre de infinita confianza en la misericordia de Dios. Esa fue su actitud espiritual, una característica especial de su identidad cristiana”.

El Cardenal Ángelo Amato invitó a todos a seguir las enseñanzas del Beato Miguel Sopocko, especialmente en las relaciones familiares. Él dijo: “En las familias, hay una necesidad de misericordia cada día, cada día la esposa debe ser compasiva con su esposo y vise-versa, continuamente reconfirmando su fidelidad recíproca. Cada día los padres deben ser magnánimos al perdonar a sus hijos, al experimentar sus errores. Pero los hijos, también deben ser pacientes con sus padres. Todos en la familia, en el trabajo, en la sociedad, en todas partes, deben ejercer la misericordia”.

El Papa Benedicto XVI, después de su mensaje del Ángelus en Roma, dijo: “Saludo con afecto a los fieles reunidos para la beatificación del siervo de Dios Miguel Sopocko, confesor y guía espiritual de santa Faustina Kowalska. Por su sugerencia, la santa describió sus experiencias místicas y las apariciones de Jesús misericordioso. También gracias a sus esfuerzos se pintó y transmitió al mundo la imagen con la inscripción Jesús, en ti confío. Este siervo de Dios se dio a conocer como celoso sacerdote, educador y propagador del culto de la Misericordia divina”.

Fuente: marian.org

Meditando en el Vía Crucis (IV)


Cuarta estación: Jesús encuentra a su Santísima Madre

Jesús sigue adelante con paso tembloroso. ¿No habrá nadie que comprenda su dolor y lo compadezca? De pronto sus manos se sienten oprimidas con cálida emoción. Demasiado conoce Él la ternura de aquellas manos que lo estrechan. Su Corazón se estremece de dolor y consuelo. Vuelve sus ojos y se encuentra con su desolada Madre. ¡Qué encuentro! La amargura paraliza sus lenguas, las miradas se confunden, las almas se compenetran. Ahora el mejor de los hijos y la mejor de las madres seguirán paso a paso el mismo camino, llevando a cuestas la misma Cruz.

Salvador mío, ¡cuánta ternura humana alberga tu Corazón en su grandeza divina! Tu pueblo y tu suelo patrio te son caros; no quieres pasar por este mundo como hombre extraño a tus familiares; amas a tu madre con profundo amor filial. Durante toda tu vida te esforzaste para librar a la familia del pecado y transformarla en la sociedad feliz de los hijos de Dios. Por eso observaste el cuarto mandamiento, desde la infancia hasta la muerte. Pero cuánto sufriste en este encuentro con tu madre al pensar que en los tiempos actuales los lazos de la familia serían desechos y profanados. Te prometemos soportar las dificultades de la vida de familia con el mismo espíritu de caridad que anima a tu Corazón en esta estación. La autoridad será ayuda servicial y la obediencia se cumplirá con alegría por amor a ti y a tu Madre santísima.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

Ejemplo y legado

A la izquierda un bisnieto del Beato Carlos de Austria junto a su familia, y a la derecha una histórica foto

La pareja que aparece a la derecha de esta foto, eran el emperador Carlos y la emperatriz Zita de Habsburgo. Su biznieto el archiduque Imre de Habsburgo-Lorena, descifra esta histórica fotografía: “Esta foto siempre me ha conmovido muchísimo. Muestra a mis bisabuelos, el beato Carlos de Austria y la Sierva de Dios Zita, de rodillas junto a un tren detenido, en una misa al aire libre.

Fue tomada en octubre de 1921 durante el segundo intento de restauración en Hungría. En efecto, Carlos, rey legítimo de Hungría, había sido coronado y consagrado rey en 1916 y, para él, esta coronación representaba prácticamente un sacramento. Dios le había confiado Hungría y Carlos quería honrar su compromiso hasta su término. La misa a la que asistía la pareja tenía lugar justamente antes de un momento trágico. El almirante Horthy, en el poder en Hungría, estaba decidido a no dejar a Carlos subir de nuevo al trono, él que sin embargo había jurado fidelidad a mi bisabuelo unos años antes. Poco tiempo después, Carlos y Zita fueron apresados y finalmente embarcados en un barco que debía conducirles al exilio en Portugal.

Esta foto dice mucho de la manera como Carlos y Zita vivían su fe. Ambos asistían a misa cada día. Dios era claramente el centro de sus vidas, tanto en las alegrías como en las penas. Durante el reinado de Carlos, la pareja vivió momentos muy difíciles. Desde su ascenso al trono, el emperador no dejó de promover la paz en una Europa que se rasgaba. Había sido además el único monarca que aceptó la propuesta de paz de Benedicto XV. Pero conoció la traición, a veces incluso de sus mismos familiares, y la humillación de ver el imperio disolverse después de más de 600 años de vínculo entre una familia, los Habsburgo, y sus pueblos. A pesar de los momentos difíciles y la pobreza, el emperador nunca cultivó el rencor. A sus hijos les repetía que tenían que estar agradecidos por lo que tenían. Mi abuelo (hijo de Carlos y Zita) nos repetía a menudo que su madre había seguido este ejemplo. Para ella, la voluntad de Dios era perfecta, había un plan. Por tanto intentaba acoger cada uno de los episodios de su vida como los frutos de la voluntad divina.

Esta foto ilustra también la humildad. Ante Dios, Carlos y Zita tenían conciencia de no ser más que pequeños instrumentos. El emperador Carlos dirigía un imperio gigantesco. Él siempre vivió esta misión con un gran sentimiento de servicio. Esta dimensión de servicio se palpa en esta foto.

Su ejemplo está todavía muy presente en nuestra familia. El 3 de octubre de 2004, estuvimos todos presentes en la plaza de San Pedro para la beatificación de Carlos. Su fiesta es el 21 de octubre, día de su matrimonio. Carlos y Zita son una fuente de inspiración para todas las parejas. El día de su compromiso, ante el Santísimo Sacramento, se prometieron el uno al otro que se ayudarían a convertirse en santos. Como padre de familia, son un modelo en el día a día para nuestra pareja. Siguiéndolos a ellos, intentamos poner a Dios en el centro de nuestra vida, especialmente rezando el rosario en familia. Después, como todo cristiano, intentamos servir al bien común en nuestras actividades de cada día. A pesar de los grandes desafíos de nuestra sociedad, estamos animados por una gran esperanza en el futuro, que deseamos transmitir a nuestros hijos”.

Fuente: es.aleteia.org

Los niños y el Reino de los cielos

El Siervo de Dios Ángel Bonetta

Los niños son, desde luego, el término del amor delicado y generoso de Nuestro Señor Jesucristo: a ellos reserva su bendición y, más aún, les asegura el Reino de los cielos. En particular, Jesús exalta el papel activo que tienen los pequeños en el Reino de Dios: son el símbolo elocuente y la espléndida imagen de aquellas condiciones morales y espirituales, que son esenciales para entrar en el Reino de Dios y para vivir la lógica del total abandono en el Señor: “Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Así pues, quien se haga pequeño como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos. Y el que reciba incluso a uno solo de estos niños en mi nombre, a mí me recibe”.

La niñez nos recuerda que la fecundidad misionera de la Iglesia tiene su raíz vivificante, no en los medios y méritos humanos, sino en el don absolutamente gratuito de Dios. La vida de inocencia y de gracia de los niños, como también los sufrimientos que injustamente les son infligidos, en virtud de la Cruz de Cristo, obtienen un enriquecimiento espiritual para ellos y para toda la Iglesia. Todos debemos tomar de esto una conciencia más viva y agradecida.

Además, se ha de reconocer que también en la edad de la infancia y de la niñez se abren valiosas posibilidades de acción tanto para la edificación de la Iglesia como para la humanización de la sociedad. Los hijos, como miembros vivos de la familia, contribuyen, a su manera, a la santificación de los padres, y se ha de repetir de los niños en relación con la Iglesia. Ya lo hacía notar Juan Gersón, teólogo y educador del siglo xv, para quien “los niños y los adolescentes no son, ciertamente, una parte de la Iglesia que se pueda descuidar”.

Fuente: San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Christifideles Laicis

La vida matrimonial es un campo de santidad


La vida matrimonial es un campo de santidad, donde el amor es la semilla plantada por Dios. Este sacramento vivo debiera ser considerado con devoción, devoción hacia la pareja y devoción hacia el sacramento mismo. Las parejas casadas debieran tener la posibilidad de recurrir al poder de su propio Sacramento cuando las dificultades surgen. Hay escondido en este sacramento de la vida diaria, un poder especial. Este poder hace a dos personas capaces de vivir juntas en el amor, para traer al mundo otros seres humanos hechos a imagen y semejanza de Dios. Como el sacerdote, por el poder de su ordenación, ofrece un pedazo de pan y dice “este es mi cuerpo”, así los esposos, por el poder de su Sacramento Vivo, contemplan este niño, fruto de su amor, y dicen “este es nuestro cuerpo, este es Su templo”.

En la vida de cada pareja de esposos debe darse una continua edificación del Sacramento. Ya que cada sacramento nos trae la presencia de Dios de una manera especial, esta Presencia en el Matrimonio debiera ser una continua experiencia de vida. Los esposos debieran situarse en Su maravillosa Presencia diariamente poniendo sus vidas frente a Dios en un encuentro necesario de amor. Si un matrimonio empezara su día de la mano, se pusiera silenciosamente en la presencia de Dios, si fuera consciente de dicha presencia a su alrededor y en ellos, si tomaran de Dios las hermosas cualidades que les hicieran falta, si buscaran su bendición cada nuevo día, ese día empezaría inmerso en el amor de Dios, y ese Amor, más fuerte que la muerte, los mantendría unidos pase lo que pase.

Fuente: Mini libros de la Madre Angélica, El Sacramento Vivo: El Matrimonio

Casados y Santos

Los esposos Martin, (hoy celebramos su memoria litúrgica) canonizados en 2015, y los esposos Beltrame, beatificados en 2001. Los primeros Matrimonios de la Historia de la Iglesia en ser elevados juntos al honor de los altares

“Sí, queridas familias, en la Iglesia ha llegado la hora de la familia. Lo confirma la beatificación del matrimonio Luis Beltrame y María Corsini, que acabamos de celebrar. A su intercesión, unida a la de María Santísima, encomendamos de modo particular el compromiso misionero de las familias cristianas”. (San Juan Pablo II, Ángelus del 21 de octubre de 2001)

Oración a los Beatos Luis y María

Señor Jesús, Tú llamaste a los Beatos Luis y María, esposos y padres según tu Corazón, a vivir día tras día, en el mundo actual, la gracia santificante del sacramento del matrimonio, ayudándose con el amor sincero a recorrer juntos el “camino angosto” pero luminoso de la santidad cristiana. Tú, que imprimes en la familia humana tu divino sello del Amor del Padre, haz que el testimonio luminoso y la intercesión de estos esposos, unida a la de la Virgen Madre y San José, nos obtengan a todas las familias perseverancia en la oración, fortaleza en la tribulación, unión sincera, perdón recíproco, amor fecundo. Por su intercesión sostiene y protege a los jóvenes matrimonios. Hazlos fieles en el amor, y ábrelos al don divino de la vida. Haz que siguiendo su ejemplo, podamos vivir también nosotros fielmente nuestra vocación a la santidad. Amén.

Beatos Luis y María, rogad por nosotros.

“Los santos esposos Luis Martin y Celia Guérin vivieron el servicio cristiano en la familia, construyendo cada día un ambiente lleno de fe y de amor; y en este clima brotaron las vocaciones de las hijas, entre ellas santa Teresa del Niño Jesús”. (S.S. Francisco, Homilía del 18 de octubre de 2015)

Oración al santo matrimonio Martin

Dios de eterno amor, nos has dado en los santos esposos Luis y Celia Martin un hermoso ejemplo de santidad vivida en el matrimonio. Ambos conservaron su fe y su esperanza en medio de los trabajos y pruebas de la vida, y educaron a sus hijos para que llegaran a ser santos. Te pedimos que su ejemplo sostenga a las familias de hoy en la vida cristiana y nos ayuden a todos a caminar hacia la santidad. Amén.

Santos Luis y Celia, rogad por los matrimonios y las familias del mundo entero.

Este es el Corazón que tanto ha amado a los hombres


El culto al Corazón de Jesús es el acto por el cual honramos ese divino Corazón lleno de amor por nosotros. Este culto es ante todo personal, ya que ha venido a "reinar sobre los corazones", y el corazón es algo propio de cada uno.

En la santa misa: Dando gracias a Dios por habernos dado a Jesús, que nos ha abierto los brazos de su paternidad. Pidiendo que ese Corazón escondido en el sagrario difunda su amor en nuestras almas y en todo el mundo. Ofreciéndola en reparación de las injurias que sufre en el sagrario, altar del sacrificio de su amor. En la comunión: Para recibir el torrente de gracias que nuestra alma necesita. Para darle la alegría de nuestra intimidad, que El busca ardientemente. En las visitas a su tabernáculo: ¿Podría Jesús desear con más ardor la presencia del amigo por quien murió y se encerró en el Sagrario? Es un deber no sólo de gratitud, sino de honor. Pero nos espera sobre todo para ser nuestra fortaleza y ayuda.

En cuanto a la consagración personal: quedamos totalmente bajo el influjo del divino Corazón para que haga de nosotros lo que quiera. Esta entrega, por expresa Voluntad suya, es la clave para consumar nuestra santificación, ya que nunca se deja ganar en generosidad. También es su voluntad que le imitemos: el amor lleva a identificación con la persona amada. Debemos imitar sus sentimientos, amar lo que El ama: la gracia, la virtud... Imitar sus virtudes: el amor al Padre, la conformidad con su voluntad, el espíritu de oración, la humildad de su encarnación. Y detestar lo que El detesta: pecados, tibieza para con Dios...

En el orden familiar el acto supremo de culto es la consagración, el reconocimiento del Sagrado Corazón como Rey del hogar. Es un reconocimiento de los derechos del Sagrado Corazón a reinar sobre la familia y un sometimiento a su voluntad. La familia es obra de Dios, por tanto le pertenece. Pero esta soberanía del divino Corazón hay que aceptarla no sólo como un derecho de El sobre nosotros, sino como un acto de nuestro amor hacia El, fruto de agradecimiento. El fin próximo es la regeneración de la familia en los principios cristianos: la familia en función de la gloria de Dios y de la salvación eterna. Y a través de esta regeneración se trasluce el fin remoto: la preparación del reinado social del Sagrado Corazón en todos los hombres. Es preciso hacer florecer en la familia la piedad intensa, que supera la simple obligación del propio estado; la frecuencia de sacramentos será la puerta que lleve a este estado de verdadera perfección.

¡Vamos a dar sentido cristiano a un día más en la semana: el viernes del Sagrado Corazón! Porque en él se manifestó su amor del modo más supremo. Porque en él su Corazón se abrió como un tesoro. Porque en él nos dio a su propia Madre, la Virgen María.

Fuente: Antonio Royo Marín, El Corazón De Jesús

El deber más sagrado de un padre de familia

El deber más sagrado de un padre de familia es el procurar la santificación de los suyos. La naturaleza se lo impone, Dios se lo exige, y va en ello su salvación eterna. Los deberes de un padre para con sus hijos son importantísimos, ya que tienen por objeto hacer de ellos buenos cristianos, ciudadanos valiosos y almas dignas del cielo. Un padre, ante todo, debe esmerarse en procurar a sus hijos una educación cristiana, base sólida e indispensable de una vida honesta y de un porvenir feliz. Tendrá especial cuidado de la moralidad de las escuelas y colegios a los que quiere encomendar la inocencia de sus hijos.

a) El niño está lleno de defectos que se desarrollan en él paralelos a su edad. Lo que importa es atacarlos en su misma raíz, y continuar siguiéndolos de cerca. La corrección de un niño debe ser: Sosegada: para que sea justa. Razonable: proporcionada a la falta, más bien moderada que severa. La misericordia de Dios obra de igual suerte con nosotros. Lo que se ha de buscar en la corrección es hacer ver al niño el porqué, el castigo y el mal de su falta, para que su espíritu odie el mal y ame el bien. Cordial: en toda corrección, aun en la más severa, ha de aparecer el corazón del padre, al objeto de procurarse el arrepentimiento humilde y contrito del hijo. Digna: un padre es siempre un jefe; debe honrar y hacer honrar en sí la autoridad de Dios, debe ser digno en sus palabras, noble en la paciente espera del arrepentimiento, bondadoso en la concesión de la gracia del perdón.

b) Debe proteger a sus hijos contra el escándalo que despiertan en el niño las viciosas tendencias adormecidas; es un deber importantísimo del padre el preservar a los niños de sus peligros morales. Su ignorancia curiosa, su debilidad y el afán de imitar, pronto los harán caer en el pecado. A medida que el niño avanza en edad es de todo punto indispensable fortalecerlo con prudencia, pero con energía, contra el escándalo que inevitablemente le esperará a su entrada en el mundo. Sea el padre severo en no permitir la lectura de libros peligrosos: la impresión que dejan en el niño es imborrable; asimismo ha de ser intransigente con las malas compañías.

c) Un padre debe igualmente vigilar con cuidado sobre las amistades de sus hijos. La amistad es la necesidad del corazón. Un padre y una madre deben ordenar sus medios comunes para fomentar y desarrollar el espíritu y el amor de la familia a fin de que sus hijos sean felices tan sólo en la familia. El peligro comienza al despertarse el amor propio o cuando el joven adolescente vive lejos del hogar paterno. Sus padres deben entonces prevenirlo contra los falsos amigos, manteniendo con todo cuidado el lazo del amor filial. Si se dieren cuenta de una amistad peligrosa, deben servirse del consejo y de la autoridad. Esas relaciones han de ser totalmente rotas. Vale más un duro golpe, mientras haya esperanza, que esperar el deshonor y la muerte. Tarde o temprano el amor filial volverá felizmente sobre sus pasos.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Una gran figura del laicado católico

"El beato Federico Ozanam, apóstol de la caridad, esposo y padre de familia ejemplar, gran figura del laicado católico... hombre de pensamiento y de acción, sigue siendo un modelo de compromiso valiente, en la búsqueda de la verdad y en la defensa de la dignidad de toda persona humana". (Palabras de la homilía de S.S. Juan Pablo II en la beatificación de Federico Ozanam, 22 de agosto de 1997)

He aquí algunos breves escritos del beato Federico Ozanam: "Zarandeado algún tiempo por la duda, sentía una imperiosa necesidad de sujetarme con todas mis fuerzas a las columnas del Templo... extenderé mi brazo para mostrar la religión como un faro liberador a los que navegan por el mar de la vida, sintiéndome dichoso si algunos amigos vienen a agruparse alrededor de mí. El catolicismo se elevará súbitamente sobre el mundo y se pondrá a la cabeza de este siglo que renace....

Muero en el seno de la Iglesia católica, apostólica y romana. He conocido las dudas de nuestro siglo, pero a lo largo de mi vida me he convencido de que no hay reposo para el espíritu y el corazón más que en la Iglesia y bajo su autoridad...

Ruego por mi familia, mi esposa, mi hija y demás parientes para que perseveren en la fe y sean testigos a pesar de los escándalos y demás sufrimientos de la vida".

Oración para pedir por su canonización

Señor, has hecho del Beato Federico Ozanam un testigo del Evangelio, maravillado con el misterio de la Iglesia y le has dotado de una incansable generosidad al servicio de los que sufren. En familia, se reveló hijo, hermano, esposo y padre ejemplar. En el mundo, su ardiente pasión por la verdad iluminó su pensamiento, su enseñanza y sus escritos. En cada uno de los aspectos de su breve existencia, aparece su visión profética de la sociedad tanto como la evidencia de sus virtudes. Señor, si tal es tu voluntad, te pedimos que la Iglesia proclame su santidad, tan providencial para los tiempos presentes. Te lo pedimos por Cristo Nuestro Señor. Amén.

Matrimonio y familia en el apostolado

La redención está vinculada a la Cruz, y esto ayuda a comprender y a valorar el significado de las pruebas, que ciertamente nunca faltan en la vida de todas las parejas, pero que en el plan divino están destinadas a afianzar el amor y a proporcionar una fecundidad mayor a la vida conyugal. Jesucristo, lejos de prometer un paraíso terrestre a sus seguidores que se unen en matrimonio, les ofrece la posibilidad y la vocación a recorrer con Él un camino que, a través de dificultades y sufrimientos, refuerza su unión y los lleva a un gozo mayor, como lo demuestra la experiencia de tantas parejas cristianas, incluso en nuestro tiempo.

Ya el cumplimiento de la misión de la procreación contribuye a la santificación de la vida conyugal, el amor de los cónyuges, que no se encierra en sí mismo, sino que, de acuerdo con el impulso y la ley de la naturaleza, se abre a nuevas vidas, se convierte, con la ayuda de la gracia divina, en un ejercicio de caridad santa y santificadora mediante el cual los cónyuges contribuyen al crecimiento de la Iglesia.

Lo mismo acontece con el cumplimiento de la misión de educar a los hijos, que es un deber vinculado con la procreación. Los esposos cristianos deben inculcar la doctrina cristiana y las virtudes evangélicas a los hijos. Es el apostolado más esencial en el ámbito de la familia. Esta labor de formación espiritual y moral de los hijos santifica, al mismo tiempo, a los padres, pues también ellos reciben el beneficio de la renovación y profundización de su fe, como lo demuestra a menudo la experiencia de las familias cristianas.

Una vez más, podemos concluir que la vida conyugal es camino de santidad y de apostolado.

Fuente: San Juan Pablo II, Audiencia general del 3 de agosto de 1994

Santificación de las relaciones de familia

La gracia no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona. Mas las relaciones de familia fueron instituidas por Dios, que quiso se propagara la especie humana por la unión legítima e indisoluble del hombre y de la mujer, y que esta unión se consolidara aún más por los hijos que de ella nacieran.

Respeto y amor mutuos, lo más parecidos posible al amor de Cristo a su Iglesia; obediencia de la mujer al marido en todo cuanto sea de ley; abnegación del marido y protección de la mujer, son los deberes que señala el Apóstol para los esposos cristianos.

Cuando Dios les da hijos, recíbenlos de su mano como un sagrado depósito, ámanlos, no solamente como a una parte de sí mismos, sino también como a hijos de Dios, y miembros de Jesucristo, y futuros ciudadanos del cielo; rodéanlos de abnegados cuidados y de solicitud continua; danles educación cristiana, atendiendo a formar en ellos las mismas virtudes de Nuestro Señor; para esto ejercen la autoridad que Dios les ha comunicado, con tacto y delicadeza, con fuerza y con dulzura. Tienen muy presente que, por ser los representantes de Dios, han de evitar la excesiva blandura, que estropea a los hijos, y el egoísmo, que quisiera gozar siempre de ellos sin acostumbrarlos al trabajo y a la virtud. Con la ayuda de Dios y de los educadores que habrán de escoger con mucho cuidado, harán de ellos hombres cristianos, y ejercerán una especie de sacerdocio en el seno de la familia; y así gozarán de las bendiciones de Dios, y del agradecimiento de sus hijos.

Fuente: Adolfo Tanquerey, Compendio de Teología ascética y mística

La voluntad de Dios es que seamos santos (VII)

La divina Voluntad en general para todos los hombres es su Santa Ley, la divina Voluntad para cada uno en particular son los deberes del propio estado. Cúmplanlos y serán santos. Ustedes padres, sean un buen jefe de casa, custodiando, gobernando y dirigiendo con el santo temor de Dios sus familias. Madres, sean madres atentas, ejemplares y diligentes, educando en el santo temor de Dios a sus hijos e hijas. Los dependientes e hijos de familia, sean dulces, obedientes, mansos y devotos; los trabajadores sean exactos en el cumplimiento de sus oficios, sinceros en los contratos, justos en las ventas y en las compras. Los campesinos sean asiduos y diligentes en sus trabajos. Los ricos sean piadosos, den limosnas y sean afables y benignos con los pobres. Los pobres sean respetuosos, pacientes y resignados en sus necesidades. Todos, en fin, estudiemos el modo de cumplir con exactitud nuestros propios deberes y todos seremos santos. En todos los oficios del mundo hay santos, y en todos pueden haberlos; ellos se hicieron santos, y nosotros debemos hacernos santos con el cumplimiento de nuestros deberes.

Es un gran engaño del demonio el decir: me salvaría más fácilmente en otro estado; como es también otro gran engaño el esperar un tiempo más cómodo para hacer el bien. Dios los guarde, mis queridos, de diferir el empeño por hacerse santos con la esperanza de que podrán hacerse santos más fácilmente.

Les parece que dejándolo para más adelante les será menos difícil: mas yo sé por experiencia y por pruebas, y puedo decírselos y asegurarles, que sus dificultades crecerán siempre más, hasta la muerte. Examínense ustedes mismos, y se darán cuenta que están ahora más embrollados de lo que estaban antes, y asegúrense después, que el demonio no gana nunca tanto como cuando gana con la adulación de que el bien se puede hacer más tarde: El infierno, decía un alma santa, está lleno de buenas intenciones, ¿saben porqué? porque casi todos los condenados tenían la intención de hacer el bien, pero lo dejaban siempre para después y esperando un tiempo más cómodo. Por lo tanto no nos engañemos más, no nos engañemos por más tiempo. Todos podemos hacer el bien, y hacernos santos en nuestro estado: mas quien tenga ocasión no espere otro tiempo para hacer el bien.

Fuente: San Antonio Gianelli, Homilía “De la obligación de hacernos santos”

Aviso para los casados

El matrimonio es un gran sacramento, lo digo en Jesucristo y en su Iglesia; es honorable para todos, en todos y en todo, es decir, en todas sus partes: para todos, porque aun las mismas vírgenes han de honrarlo con humildad; en todos, porque es igualmente santo entre los pobres y entre los ricos; en todo, porque su origen, su fin, sus utilidades, su forma y su materia son santas. Es el plantel del cristianismo, que llena la tierra de fieles, para completar, en el cielo, el número de los elegidos; de manera que la conservación del bien del matrimonio es en extremo importante.

Sobre todo exhorto a los casados al amor mutuo, que tanto les recomienda el Espíritu Santo en la Sagrada Escritura. El primer efecto de este amor es la unión indisoluble de vuestros corazones. El segundo es la fidelidad inviolable y mutua. El tercer fruto es la procreación y crianza de los hijos. Es un gran honor para vosotros los casados, el que Dios, al querer multiplicar las almas que puedan bendecirle y alabarle eternamente, os haga cooperadores de una labor tan digna, mediante la producción de los cuerpos, sobre los cuales, como gotas celestiales, hace llover las almas, creándolas, como las crea, al infundirlas en aquellos.

Dice San Gregorio Nacianceno que, en su tiempo, los casados festejaban el aniversario de sus bodas. Ciertamente aprobaría que se introdujese esta costumbre, con tal que no se hiciese con ostentación de fiestas, sino confesando y comulgando los esposos aquel día, encomendando a Dios, con mayor fervor que el de costumbre, el feliz éxito de su matrimonio, renovando los buenos propósitos de santificarlo cada día más con recíproco amor y fidelidad, y recobrando fortaleza en el Señor para sobrellevar las cargas de su estado.

Fuente: San Francisco de Sales, Introducción a la vida devota

Carta de una mujer santa

"Quiero decirte todo lo que siento, todo lo que está en mi corazón, pero no puedo. Pero tú ya sabes lo que son mis sentimientos, así que tienes que saber cómo comprenderme.
Mi queridísimo Pietro, estoy segura que siempre me harás feliz como lo soy ahora y que el Señor escuchará tus oraciones, que salen de un corazón que siempre lo ha amado y servido en una forma santa... Con la ayuda de Dios y su bendición, haremos todo lo que podamos para que nuestra nueva familia sea un cenáculo donde Jesús reine sobre todos nuestros afectos, deseos y acciones.
Mi Pietro, nuestro matrimonio está solo a unos días ahora y me siento conmovida por estar muy cerca a recibir el sacramento del amor. Trabajaremos con Dios en su creación y así podremos darle hijos que lo amen y lo sirvan.
Pietro, ¿podré ser la esposa y madre de tus hijos que siempre has querido? Eso espero porque lo mereces y porque te amo muchísimo".

Fuente: De las cartas de Santa Gianna a su novio Pietro Molla antes del casamiento

Santidad conyugal - Matrimonio Gheddo

Rosetta nació en 1902 en Crova, Italia. Se graduó como maestra de primaria y se dedicó al servicio de la parroquia y al cuidado de los niños, dejando un fuerte recuerdo de santidad. Por su parte, Giovanni nació en 1900 en Viancino. Después de la Primera Guerra Mundial, entró en la Academia Militar de Turín. Fue nombrado teniente y enviado a la zona de armisticio donde encontró trabajo de topógrafo. Un día que iba en su bicicleta, se cruzó con Rosetta y le gustó. Finalmente, se casaron el 16 de Junio de 1928 e hicieron un voto delante de la Virgen y del Señor pidiendo dos gracias: la primera, tener muchos hijos (propusieron doce) y la segunda, que al menos uno de ellos se consagrara al Señor. Tuvieron tres hijos, el Padre Piero, Francesco y Mario. Transmitían la fe a sus hijos viviendo una fe auténtica. Por la noche, después de la cena, se rezaba el Rosario alrededor de la mesa.

Después de dos abortos involuntarios, Rosetta quedó embarazada de gemelos pero, a los cinco meses de embarazo, murió de una neumonía. Sólo habían pasado 6 años desde que se casaron. Giovanni se fue a vivir con su madre y con dos de sus hermanas, que fueron las que cuidaron de sus hijos.

El 10 de Julio de 1942, Giovanni fue enviado al frente ruso en la Segunda Guerra Mundial. No tendría que haber ido por ser viudo con tres hijos pequeños, pero fue castigado de esa manera por ser de la Acción Católica y además no haber querido nunca afiliarse al Partido Fascista, cosa que en aquel tiempo era obligatorio. Con los heridos graves debía quedarse el oficial más joven, pero Giovanni le dijo: “Tú eres joven y tienes que construirte una vida; yo tengo a mis hijos en buenas manos. Escapa, que me quedo yo”. Este soldado fue a Tronzano, donde vivían los hijos de Giovanni, a contarles lo que había hecho su padre por él y a darles las gracias por haberle salvado la vida, confirmándoles que, habiendo podido escapar, se quedó con los heridos que no podían ser trasladados.

Verdaderamente este fue un acto heroico y podríamos decir extraordinario, ciertamente, los actos heroicos no se improvisan, son consecuencia de una vida muy normal, pero cargada de fidelidad y compromiso, una fuerte vida de oración y actos pequeños de caridad en su vida cotidiana.

Fuente: cf. infofamilialibre.com

Los ancianos y el don de la sabiduría

La Sierva de Dios Zita de Borbón junto al Pontífice que más tarde beatificó a su esposo, el Emperador Carlos de Austria.


A las personas ancianas -muchas veces injustamente consideradas inútiles, cuando no incluso como carga insoportable- recuerdo que la Iglesia pide y espera que sepan continuar esa misión apostólica y misionera, que no sólo es posible y obligada también a esa edad, sino que esa misma edad la convierte, en cierto modo, en específica y original.

La Biblia siente una particular preferencia en presentar al anciano como el símbolo de la persona rica en sabiduría y llena de respeto a Dios (cf. Si 25, 4-6). En este mismo sentido, el «don» del anciano podría calificarse como el de ser, en la Iglesia y en la sociedad, el testigo de la tradición de fe, el maestro de vida, el que obra con caridad.

El acrecentado número de personas ancianas en diversos países del mundo, y la cesación anticipada de la actividad profesional y laboral, abren un espacio nuevo a la tarea apostólica de los ancianos. Es un deber que hay que asumir, por un lado, superando decididamente la tentación de refugiarse nostálgicamente en un pasado que no volverá más, o de renunciar a comprometerse en el presente por las dificultades halladas en un mundo de continuas novedades; y, por otra parte, tomando conciencia cada vez más clara de que su propio papel en la Iglesia y en la sociedad de ningún modo conoce interrupciones debidas a la edad, sino que conoce sólo nuevos modos. Como dice el salmista: «Todavía en la vejez darán frutos, serán frescos y lozanos, para anunciar lo recto que es el Señor» (Sal 92, 15-16).

La entrada en la tercera edad ha de considerarse como un privilegio; y no sólo porque no todos tienen la suerte de alcanzar esta meta, sino también y sobre todo porque éste es el período de las posibilidades concretas de volver a considerar mejor el pasado, de conocer y de vivir más profundamente el misterio pascual, de convertirse en ejemplo en la Iglesia para todo el Pueblo de Dios.

No obstante la complejidad de los problemas que debéis resolver y el progresivo debilitamiento de las fuerzas, y a pesar de las insuficiencias de las organizaciones sociales, los retrasos de la legislación oficial, las incomprensiones de una sociedad egoísta, vosotros no sois ni debéis sentiros al margen de la vida de la Iglesia, elementos pasivos de un mundo en excesivo movimiento, sino sujetos activos de un período humana y espiritualmente fecundo de la existencia humana. Tenéis todavía una misión que cumplir, una ayuda que dar. Según el designio divino, cada uno de los seres humanos es una vida en crecimiento, desde la primera chispa de la existencia hasta el último respiro.

Fuente: S.S. Juan Pablo II, Exhortación apostólica Christifideles laici

Santificación en el matrimonio (V)


A todo cristiano, cualquiera que sea su condición -sacerdote o seglar, casado o célibe-, se le aplican plenamente las palabras del apóstol que se leen precisamente en la epístola de la festividad de la Sagrada Familia: Escogidos de Dios, santos y amados. Eso somos todos, cada uno en su sitio y en su lugar en el mundo: hombres y mujeres elegidos por Dios para dar testimonio de Cristo y llevar a quienes nos rodean la alegría de saberse hijos de Dios, a pesar de nuestros errores y procurando luchar contra ellos.

Es muy importante que el sentido vocacional del matrimonio no falte nunca tanto en la catequesis y en la predicación, como en la conciencia de aquellos a quienes Dios quiera en ese camino, ya que están real y verdaderamente llamados a incorporarse en los designios divinos para la salvación de todos los hombres.

Puede proponerse a los esposos cristianos, modelo de familias de los tiempos apostólicos: el centurión Cornelio, que fue dócil a la voluntad de Dios y en cuya casa se consumó la apertura de la Iglesia a los gentiles; Aquila y Priscila, que difundieron el cristianismo en Corinto y en Éfeso y que colaboraron en el apostolado de San Pablo; Tabita, que con su caridad asistió a los necesitados de Joppe. Y tantos otros hogares de judíos y de gentiles, de griegos y de romanos, en los que prendió la predicación de los primeros discípulos del Señor.

Familias que vivieron de Cristo y que dieron a conocer a Cristo. Pequeñas comunidades cristianas, que fueron como centros de irradiación del mensaje evangélico. Hogares iguales a los otros hogares de aquellos tiempos, pero animados de un espíritu nuevo, que contagiaba a quienes los conocían y los trataban. Eso fueron los primeros cristianos, y eso hemos de ser los cristianos de hoy: sembradores de paz y de alegría, de la paz y de la alegría que Jesús nos ha traído.

Fuente: San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa

Ataques contra la familia, de ayer y de hoy

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De la película ¡Qué bello es vivir!

Realmente, apenas cabe expresar el cúmulo de males que el divorcio lleva consigo. Debido a él, las alianzas conyugales pierden su estabilidad, se debilita la benevolencia mutua, se ofrecen peligrosos incentivos a la infidelidad, se malogra la asistencia y la educación de los hijos, se da pie a la disolución de la sociedad doméstica, se siembran las semillas de la discordia en las familias, se empequeñece y se deprime la dignidad de las mujeres. Y puesto que, para perder a las familias, nada contribuye tanto como la corrupción de las costumbres, fácilmente se verá cuán enemigo es de la prosperidad de las familias y de las naciones el divorcio, que nace de la depravación moral de los pueblos, y, conforme atestigua la experiencia, abre las puertas y lleva a las más relajadas costumbres de la vida privada y pública. (S.S. León XIII, Encíclica Arcanum Divinae Sapientiaesobre la familia)

Por todos los inventos de la ciencia moderna, se conculca y se pone en ridículo la santidad del matrimonio, mientras los divorcios, los adulterios y los vicios más torpes son ensalzados. Estas doctrinas las inculcan a toda clase de hombres, adultos y jóvenes, siendo a éstos principalmente, como más fáciles de seducir, a quienes ponen peores asechanzas.

Todavía hay que recordar, otro crimen gravísimo con el que se atenta contra la vida de la prole cuando aún está encerrada en el seno materno. Unos consideran esto como cosa lícita. Por lo que atañe a la indicación médica y terapéutica, cuánto Nos mueve a compasión el estado de la madre a quien amenaza, por razón del oficio natural, el peligro de perder la salud y aun la vida; pero ¿qué causa podrá excusar jamás de alguna manera la muerte directamente procurada del inocente? Porque, en realidad, no de otra cosa se trata. Ya se cause tal muerte a la madre, ya a la prole, siempre será contra el precepto de Dios y la voz de la naturaleza, que clama: ¡No matarás!

Es, en efecto, igualmente sagrada la vida de ambos y nunca tendrá poder, ni siquiera la autoridad pública, para destruirla. Son muy de alabar aquellos honrados y expertos médicos que trabajan por defender y conservar la vida, tanto de la madre como de la prole; mientras que, por lo contrario, se mostrarían indignos del ilustre nombre y del honor de médicos quienes procurasen la muerte de una o de la otra, so pretexto de medicinar o movidos por una falsa misericordia.

Finalmente, no es lícito que los que gobiernan los pueblos y promulgan las leyes echen en olvido que es obligación de la autoridad pública defender la vida de los inocentes con leyes y penas adecuadas; y esto, tanto más cuanto menos pueden defenderse aquellos cuya vida se ve atacada y está en peligro, entre los cuales, sin duda alguna, tienen el primer lugar los niños todavía encerrados en el seno materno. Y si los gobernantes no sólo no defienden a esos niños, sino que con sus leyes y ordenanzas les abandonan, o prefieren entregarlos en manos de médicos o de otras personas para que los maten, recuerden que Dios es juez y vengador de la sangre inocente, que desde la tierra clama al cielo. (S.S. Pio XI, Encíclica Casti Connubiisobre el matrimonio cristiano)

Santificación en el matrimonio (IV)

Meditar 17 17

Si tuviera que dar un consejo a los padres, les daría sobre todo éste: que vuestros hijos vean -lo ven todo desde niños, y lo juzgan: no os hagáis ilusiones- que procuráis vivir de acuerdo con vuestra fe, que Dios no está sólo en vuestros labios, que está en vuestras obras; que os esforzáis por ser sinceros y leales, que os queréis y que los queréis de veras.

Es así como mejor contribuiréis a hacer de ellos cristianos verdaderos, hombres y mujeres íntegros capaces de afrontar con espíritu abierto las situaciones que la vida les depare, de servir a sus conciudadanos y de contribuir a la solución de los grandes problemas de la humanidad, de llevar el testimonio de Cristo donde se encuentren más tarde, en la sociedad.

Escuchad a vuestros hijos, dedicadles también el tiempo vuestro, mostradles confianza; creedles cuanto os digan, aunque alguna vez os engañen; no os asustéis de sus rebeldías, puesto que también vosotros a su edad fuisteis más o menos rebeldes; salid a su encuentro, a mitad de camino, y rezad por ellos, que acudirán a sus padres con sencillez -es seguro, si obráis cristianamente así-, en lugar de acudir con sus legítimas curiosidades a un amigote desvergonzado o brutal. Vuestra confianza, vuestra relación amigable con los hijos, recibirá como respuesta la sinceridad de ellos con vosotros: y esto -aunque no falten contiendas e incomprensiones de poca monta- es la paz familiar, la vida cristiana.

¿Cómo describiré -se pregunta un escritor de los primeros siglos- la felicidad de ese matrimonio que la Iglesia une, que la entrega confirma, que la bendición sella, que los ángeles proclaman, y al que Dios Padre tiene por celebrado?... Ambos esposos son como hermanos, siervos el uno del otro, sin que se dé entre ellos separación alguna, ni en la carne ni en el espíritu. Porque verdaderamente son dos en una sola carne, y donde hay una sola carne debe haber un solo espíritu... Al contemplar esos hogares, Cristo se alegra y les envía su paz; donde están dos, allí está también El, y donde El está no puede haber nada malo.
Hemos procurado resumir y comentar algunos de los rasgos de esos hogares, en los que se refleja la luz de Cristo, y que son, por eso, luminosos y alegres -repito-, en los que la armonía que reina entre los padres se trasmite a los hijos, a la familia entera y a los ambientes todos que la acompañan. Así, en cada familia auténticamente cristiana se reproduce de algún modo el misterio de la Iglesia, escogida por Dios y enviada como guía del mundo.

Fuente: San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa

La vida ordinaria no es cosa de poco valor

Beato Carlos de Austria 08 12

No es la vida corriente y ordinaria, la que vivimos entre los demás conciudadanos, nuestros iguales, algo chato y sin relieve. Es precisamente en esas circunstancias donde el Señor quiere que se santifique la inmensa mayoría de sus hijos.

Es necesario repetir una y otra vez que Jesús no se dirigió a un grupo de privilegiados, sino que vino a revelarnos el amor universal de Dios. Todos los hombres son amados de Dios, de todos ellos espera amor. De todos, cualesquiera que sean sus condiciones personales, su posición social, su profesión u oficio. La vida corriente y ordinaria no es cosa de poco valor: todos los caminos de la tierra pueden ser ocasión de un encuentro con Cristo, que nos llama a identificarnos con El, para realizar -en el lugar donde estamos- su misión divina.

Dios nos llama a través de las incidencias de la vida de cada día, en el sufrimiento y en la alegría de las personas con las que convivimos, en los afanes humanos de nuestros compañeros, en las menudencias de la vida de familia. Dios nos llama también a través de los grandes problemas, conflictos y tareas que definen cada época histórica, atrayendo esfuerzos e ilusiones de gran parte de la humanidad.

Fuente: San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa

Santificación en el matrimonio (III)

Beato Carlos de Austria 06 10

No se puede hablar del matrimonio sin pensar a la vez en la familia, que es el fruto y la continuación de lo que con el matrimonio se inicia. Una familia se compone no sólo del marido y de la mujer, sino también de los hijos y, en uno u otro grado, de los abuelos, de los otros parientes y de las empleadas del hogar. A todos ellos ha de llegar el calor entrañable, del que depende el ambiente familiar.

La paternidad y la maternidad no terminan con el nacimiento: esa participación en el poder de Dios, que es la facultad de engendrar, ha de prolongarse en la cooperación con el Espíritu Santo para que culmine formando auténticos hombres cristianos y auténticas mujeres cristianas.

Los padres son los principales educadores de sus hijos, tanto en lo humano como en lo sobrenatural, y han de sentir la responsabilidad de esa misión, que exige de ellos comprensión, prudencia, saber enseñar y, sobre todo, saber querer; y poner empeño en dar buen ejemplo. No es camino acertado, para la educación, la imposición autoritaria y violenta. El ideal de los padres se concreta más bien en llegar a ser aquellos a los que los hijos confían sus inquietudes, con quienes consultan sus problemas, de los que esperan una ayuda eficaz y amable.

Es necesario que los padres encuentren tiempo para estar con sus hijos y hablar con ellos. Los hijos son lo más importante: más importante que los negocios, que el trabajo, que el descanso. En esas conversaciones conviene escucharles con atención, esforzarse por comprenderlos, saber reconocer la parte de verdad -o la verdad entera- que pueda haber en algunas de sus rebeldías. Y, al mismo tiempo, ayudarles a encauzar rectamente sus afanes e ilusiones, enseñarles a considerar las cosas y a razonar; no sólo imponerles una conducta, sino mostrarles los motivos, sobrenaturales y humanos, que la aconsejan. En una palabra, respetar su libertad, ya que no hay verdadera educación sin responsabilidad personal, ni responsabilidad sin libertad.

Los padres educan fundamentalmente con su conducta. Lo que los hijos y las hijas buscan en su padre o en su madre no son sólo unos conocimientos más amplios que los suyos o unos consejos más o menos acertados, sino algo de mayor categoría: un testimonio del valor y del sentido de la vida encarnado en una existencia concreta, confirmado en las diversas circunstancias y situaciones que se suceden a lo largo de los años.

Fuente: cf. San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa

Santificación en el matrimonio (II)

Beato Carlos y Emperatriz Zita 07 08

La tradición cristiana ha visto frecuentemente en la presencia de Jesucristo en las bodas de Caná una confirmación del valor divino del matrimonio: fue nuestro Salvador a las bodas -escribe San Cirilo de Alejandría- para santificar el principio de la generación humana.

El matrimonio es un sacramento que hace de dos cuerpos una sola carne; como dice con expresión fuerte la teología, son los cuerpos mismos de los contrayentes su materia. El Señor santifica y bendice el amor del marido hacia la mujer y el de la mujer hacia el marido: ha dispuesto no sólo la fusión de sus almas, sino la de sus cuerpos. Ningún cristiano, esté o no llamado a la vida matrimonial, puede desestimarla.
Las personas que están pendientes de sí mismas, que actúan buscando ante todo la propia satisfacción, ponen en juego su salvación eterna, y ya ahora son inevitablemente infelices y desgraciadas. Sólo quien se olvida de sí, y se entrega a Dios y a los demás -también en el matrimonio-, puede ser dichoso en la tierra, con una felicidad que es preparación y anticipo del cielo.

Durante nuestro caminar terreno, el dolor es la piedra de toque del amor. En el estado matrimonial, considerando las cosas de una manera descriptiva, podríamos afirmar que hay anverso y reverso. De una parte, la alegría de saberse queridos, la ilusión por edificar y sacar adelante un hogar, el amor conyugal, el consuelo de ver crecer a los hijos. De otra, dolores y contrariedades, el transcurso del tiempo que consume los cuerpos y amenaza con agriar los caracteres, la aparente monotonía de los días aparentemente siempre iguales.

Tendría un pobre concepto del matrimonio y del cariño humano quien pensara que, al tropezar con esas dificultades, el amor y el contento se acaban. Precisamente entonces, cuando los sentimientos que animaban a aquellas criaturas revelan su verdadera naturaleza, la donación y la ternura se arraigan y se manifiestan como un afecto auténtico y hondo, más poderoso que la muerte.
Esa autenticidad del amor requiere fidelidad y rectitud en todas las relaciones matrimoniales.

Fuente: San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa

Santificación en el matrimonio (I)

Beato Carlos y Emperatriz Zita 06 07 Beato Carlos y su esposa Zita

El matrimonio no es, para un cristiano, una simple institución social, ni mucho menos un remedio para las debilidades humanas: es una auténtica vocación sobrenatural. Sacramento grande en Cristo y en la Iglesia, dice San Pablo, y, a la vez e inseparablemente, contrato que un hombre y una mujer hacen para siempre, porque -queramos o no- el matrimonio instituido por Jesucristo es indisoluble: signo sagrado que santifica, acción de Jesús, que invade el alma de los que se casan y les invita a seguirle, transformando toda la vida matrimonial en un andar divino en la tierra.

Los casados están llamados a santificar su matrimonio y a santificarse en esa unión; cometerían por eso un grave error, si edificaran su conducta espiritual a espaldas y al margen de su hogar. La vida familiar, las relaciones conyugales, el cuidado y la educación de los hijos, el esfuerzo por sacar económicamente adelante a la familia y por asegurarla y mejorarla, el trato con las otras personas que constituyen la comunidad social, todo eso son situaciones humanas y corrientes que los esposos cristianos deben sobrenaturalizar.

La fe y la esperanza se han de manifestar en el sosiego con que se enfocan los problemas, pequeños o grandes, que en todos los hogares ocurren, en la ilusión con que se persevera en el cumplimiento del propio deber. La caridad lo llenará así todo, y llevará a compartir las alegrías y los posibles sinsabores; a saber sonreír, olvidándose de las propias preocupaciones para atender a los demás; a escuchar al otro cónyuge o a los hijos, mostrándoles que de verdad se les quiere y comprende; a pasar por alto menudos roces sin importancia, que el egoísmo podría convertir en montañas; a poner un gran amor en los pequeños servicios de que está compuesta la convivencia diaria.
Santificar el hogar día a día, crear, con el cariño, un auténtico ambiente de familia: de eso se trata. Para santificar cada jornada se han de ejercitar muchas virtudes cristianas; las teologales en primer lugar y, luego, todas las otras: la prudencia, la lealtad, la sinceridad, la humildad, el trabajo, la alegría...

Fuente: San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa

La familia que reza unida permanece unida

Beato Carlos de Austria 02 02

Además de oración por la paz, el Rosario es también, desde siempre, una oración de la familia y por la familia. Antes esta oración era apreciada particularmente por las familias cristianas, y ciertamente favorecía su comunión. Conviene no descuidar esta preciosa herencia. Se ha de volver a rezar en familia y a rogar por las familias, utilizando todavía esta forma de plegaria.

Pido a cuantos se dedican a la pastoral de las familias que recomienden con convicción el rezo del Rosario.

La familia que reza unida, permanece unida. El Santo Rosario, por antigua tradición, es una oración que se presta particularmente para reunir a la familia. Contemplando a Jesús, cada uno de sus miembros recupera también la capacidad de volverse a mirar a los ojos, para comunicar, solidarizarse, perdonarse recíprocamente y comenzar de nuevo con un pacto de amor renovado por el Espíritu de Dios.

Muchos problemas de las familias contemporáneas, especialmente en las sociedades económicamente más desarrolladas, derivan de una creciente dificultad para comunicarse. No se consigue estar juntos y a veces los raros momentos de reunión quedan absorbidos por las imágenes de un televisor. Volver a rezar el Rosario en familia significa introducir en la vida cotidiana otras imágenes muy distintas, las del misterio que salva: la imagen del Redentor, la imagen de su Madre Santísima. La familia que reza unida el Rosario reproduce un poco el clima de la casa de Nazaret: Jesús está en el centro, se comparten con él alegrías y dolores, se ponen en sus manos las necesidades y proyectos, se obtienen de él la esperanza y la fuerza para el camino.

Fuente: San Juan Pablo II, Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae

Lo que Dios ha unido en la tierra... y en el Cielo

Santos Matrimonios 01 01 Matrimonios en proceso de beatificación y canonización

Toda la vida cristiana está marcada por el amor esponsal de Cristo y de la Iglesia. Ya el Bautismo, entrada en el Pueblo de Dios, es un misterio nupcial. Es, por así decirlo, como el baño de bodas que precede al banquete de bodas, la Eucaristía. El Matrimonio cristiano viene a ser por su parte signo eficaz, sacramento de la alianza de Cristo y de la Iglesia. Puesto que es signo y comunicación de la gracia, el matrimonio entre bautizados es un verdadero sacramento de la Nueva Alianza.

El consentimiento por el que los esposos se dan y se reciben mutuamente es sellado por el mismo Dios. De su alianza nace una institución estable por ordenación divina, también ante la sociedad. La alianza de los esposos está integrada en la alianza de Dios con los hombres: el auténtico amor conyugal es asumido en el amor divino.
El sacramento del Matrimonio significa la unión de Cristo con la Iglesia. Da a los esposos la gracia de amarse con el amor con que Cristo amó a su Iglesia; la gracia del sacramento perfecciona así el amor humano de los esposos, reafirma su unidad indisoluble y los santifica en el camino de la vida eterna.

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Fuente: Catecismo de la Iglesia Católica: 1617, 1639 y 1661

Un matrimonio de santos

San Isidro Labrador 03 04 Santos Isidro labrador y María Toribia

San Isidro y Santa María lograron una perfecta unión de corazón y alma, de fe y de vida cristiana. Su caridad ilimitada hace que sus contemporáneos ya les admiraran y veneraran como a unos Santos, siendo uno de los pocos ejemplos en la historia de la Iglesia en que ambos cónyuges han alcanzado la gloria de los altares.

La vida del santo matrimonio encendía más y más el fervor del pueblo de Madrid, tras el conocimiento de su estilo de vida y de los prodigios que realizaban con total naturalidad.
Fueron un matrimonio santo y padres de familia en sentido cristiano y evangélico que, por su amor a Cristo y a la Santísima Virgen, se santificaron mediante el ejercicio de sus grandes amores y virtudes, dejándonos como ejemplo su testimonio de vida:
- Amor al Señor, mediante la Oración y la Eucaristía (S. Isidro siempre visitaba la Iglesia antes del trabajo).
- Amor a la figura de la Virgen María (en sus advocaciones madrileñas de Almudena y Atocha, sobre todo).
- Amor a la familia (como esposos y con su hijo).
- Amor al prójimo, mediante sus continuas prácticas, en ocasiones milagrosas, de caridad.
- Amor al trabajo, entendiéndolo y viviéndolo como medio de santificación y alabanza a Dios.

San Isidro y Santa María de la Cabeza, siguen siendo hoy en día un modelo a imitar, pues su ejemplo de vida es absolutamente actual; esa vida que ya en su tiempo suscitó admiración y veneración por sus virtudes no usuales, lo que les llevó a ser considerados santos en vida.
Son, por tanto, para nosotros:
- Modelo de cristianos
- Modelo de caridad
- Modelo de trabajadores y

-Modelo de matrimonio y familia ejemplar.

Oración
Señor Dios todopoderoso, te pedimos que por la intercesión de san Isidro y santa María de la Cabeza, matrimonio de santos que vivieron una vida comprometida con el Evangelio de Jesucristo y son ejemplo de familia cristiana, recibamos la fuerza del Espíritu para confirmarnos en la fe y, con la ayuda de la Santísima Virgen, nos sigan protegiendo, al igual que a las familias y a los matrimonios. Amén.

Fuente: congregacionsanisidro.org

Un solo Corazón

Sagrada Familia 11 23

En el episodio de Jesús a los doce años se registran sus primeras palabras: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?» (Lc 2,49).

Aquí, cuando Jesús todavía está completamente integrado en la vida de la Familia de Nazaret, es importante notar la resonancia que puede haber tenido en el corazón de María y de José escuchar de labios de Jesús la palabra «Padre», y revelar, poner de relieve quién es el Padre, y escuchar de sus labios esta palabra con la consciencia del Hijo Unigénito, que precisamente por esto quiso permanecer durante tres días en el templo, que es la «casa del Padre».
Desde entonces, podemos imaginar, la vida en la Sagrada Familia se vio aún más colmada de un clima de oración, porque del corazón de Jesús todavía niño -y luego adolescente y joven- no cesará ya de difundirse y de reflejarse en el corazón de María y de José este sentido profundo de la relación con Dios Padre. Este episodio nos muestra la verdadera situación, el clima de estar con el Padre. De este modo, la Familia de Nazaret es el primer modelo de la Iglesia donde, en torno a la presencia de Jesús y gracias a su mediación, todos viven la relación filial con Dios Padre, que transforma también las relaciones interpersonales, humanas.

Queridos amigos, por estos diversos aspectos que, a la luz del Evangelio, he señalado brevemente, la Sagrada Familia es icono de la Iglesia doméstica, llamada a rezar unida. La familia es Iglesia doméstica y debe ser la primera escuela de oración. En la familia, los niños, desde la más temprana edad, pueden aprender a percibir el sentido de Dios, gracias a la enseñanza y el ejemplo de sus padres: vivir en un clima marcado por la presencia de Dios. Una educación auténticamente cristiana no puede prescindir de la experiencia de la oración. Si no se aprende a rezar en la familia, luego será difícil colmar ese vacío. Y, por lo tanto, quiero dirigiros la invitación a redescubrir la belleza de rezar juntos como familia en la escuela de la Sagrada Familia de Nazaret. Y así llegar a ser realmente un solo corazón y una sola alma, una verdadera familia.

Fuente: S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del 28 de diciembre de 2011

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