Para ser buenos adoradores


Para ser buenos adoradores es preciso que recordéis continuamente que Jesucristo, realmente presente en la sagrada Eucaristía, reproduce y glorifica en ella todos los misterios y todas las virtudes de su vida mortal.

Recordad que la santísima Eucaristía es Jesucristo con su pasado, presente y futuro; que es el último desenvolvimiento de la Encarnación y de la vida mortal del Salvador. Por la sagrada Eucaristía Jesucristo nos comunica todas las gracias, a Ella afluyen todas las verdades, y al pronunciar la palabra Eucaristía lo hemos dicho todo, puesto que es Jesucristo mismo.

Sea la adorable Eucaristía el punto de partida al comenzar vuestras meditaciones sobre los misterios, las virtudes y verdades de la religión. Puesto que ella es el foco y las demás verdades los rayos, partamos siempre del foco y así irradiaremos también nosotros.

¿Qué cosa más sencilla que relacionar el nacimiento de Jesús en el establo de Belén con su nacimiento sacramental sobre el altar y en nuestros corazones?

¿Quién no ve en la Hostia encerrada en el sagrario una continuación de la vida oculta de Jesús en Nazaret; y en el santo sacrificio de la Misa, que se ofrece sin interrupción en todas partes, una celebración de la Pasión del Hombre-Dios en el calvario?

¿No es Jesucristo en el santísimo Sacramento tan dulce y humilde como lo fue en su vida mortal?

¿No es ahora, como entonces, el buen Pastor, el consolador por excelencia, el amigo más fiel de todos los hombres? ¡Feliz el alma que sabe encontrar en la Eucaristía a Jesús y todas las cosas!

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Id a Nuestro Señor con toda naturalidad


Id a Nuestro Señor como sois, haciendo la meditación con toda naturalidad. Antes de echar mano de los libros, agotad el caudal de vuestra piedad y de vuestro amor. Aficionaos al libro de la humildad y del amor, cuya lectura es inagotable. Bien está que os valgáis de algún libro piadoso, para volver al buen camino del que os habíais desviado cuando el espíritu comenzó a divagar, o se adormecían vuestros sentidos; pero tened en cuenta que el buen Maestro prefiere la pobreza de vuestro corazón a los más sublimes pensamientos y santos afectos que os puedan prestar otros. Busca vuestro corazón y no el de los demás; busca los pensamientos y la oración que de él os broten como expresión natural del amor que le profesáis.

Frecuentemente, el no querer presentarnos al Señor con nuestra propia miseria y pobreza, que nos humilla, es efecto de un sutil amor propio, de la impaciencia o de la cobardía; y, sin embargo, eso es lo que prefiere a todo lo demás y lo que en nosotros ama y bendice.

Si os halláis con el espíritu sumido en tinieblas, os encontráis tristes y afligidos, de manera que todo se revela en vosotros y os impulsa a dejar la adoración, so pretexto de que ofendéis a Dios, de que, en vez de servirle, le deshonráis... ¡Oh, no!, no le prestéis oídos, ni os seduzca tan especiosa tentación, pues esa adoración es la adoración del combate, con lo que probáis vuestra fidelidad a Jesús contra vosotros mismos. No, no; no le desagradáis, antes al contrario, regocijáis a vuestro Señor que os está mirando. Si Satanás ha turbado vuestra quietud y sosiego es porque Él se lo ha permitido, y ahora, viendo cómo peleáis, espera que le prestéis el homenaje de vuestra perseverancia hasta el último instante del tiempo que le habéis prometido. Que la confianza, la sencillez y un grande amor a Jesús os acompañen siempre que vayáis a adorarle.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Jesús está vivo en el Santísimo Sacramento y quiere que le hablemos


La adoración eucarística tiene por objeto la divina Persona de Nuestro Señor Jesucristo presente en el santísimo Sacramento. En este divino Sacramento Jesús está vivo y quiere que le hablemos. Él por su parte hablará con nosotros. Todos pueden conversar con Nuestro Señor, puesto que allí se ha quedado para todos. Además, ¿no dijo, sin exceptuar a nadie, “Venid a mí todos”?

Este coloquio espiritual que se establece entre el alma y Nuestro Señor es la verdadera meditación eucarística, es lo que constituye en realidad la adoración. A todos se conceden las gracias necesarias para hacer bien esta adoración.

Vuestra hora de adoración la habéis de considerar como una hora de paraíso; id a ella como si fueseis al cielo, como a un banquete divino, y veréis cuánto la deseáis, y cómo la saludáis con regocijo. Fomentad suavemente en vuestro corazón su deseo. Repetid en vuestro interior: “iré a la audiencia de amor y de gracia que me ha concedido Nuestro Señor Jesucristo. Él es quien me llama, me espera, y desea tenerme a su lado”.

Si por vuestros achaques, enfermedad o por otra causa cualquiera os encontráis imposibilitados de hacer vuestra adoración, dejad que el corazón se contriste un instante y volad con el pensamiento al lado de Jesús, uniéndoos espiritualmente a los que le adoran en esos momentos. Durante vuestros viajes, cuando estéis ocupados en vuestros trabajos o postrados en el lecho del dolor, procurad guardar mayor recogimiento y conseguiréis el mismo fruto que si hubieseis podido ir a postraros a los pies del buen Maestro. Él os tomará en cuenta esta hora y tal vez se duplicará su valor.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Meditando en el Vía Crucis (X)


Décima estación: Jesús es despojado de sus vestiduras

Ningún hombre hay ni habrá en la tierra, tan puro y casto como Jesús. Dios y hombre verdadero, por la unión íntima de la naturaleza divina con la humana, llevó una vida de sublime pureza. ¡Qué ignominia para el Señor, verse despojado de sus vestidos y soportar sobre sí las miradas de aquella turba lasciva!

Sólo el alma generosa es capaz de comprender la amargura de este nuevo dolor.

Amado Salvador mío: padeces el tormento de la vergüenza, para preservarnos de la vergüenza eterna.

Cuanto más se empeñan los impíos en desconocer los fines de la creación, más los respetaremos. Su alma, y también su cuerpo, fueron creados a tu imagen y semejanza. Por eso seremos, en la continencia y la honestidad, una generación casta que brille por su virtud a despecho de tantos malvados que pecan contra el honor y la dignidad de su cuerpo.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

Meditando en el Vía Crucis (IX)


Novena estación: Jesús cae por tercera vez

Los soldados, impacientes por la demora, dispersan a las mujeres, pues se acercaba la hora del mediodía. En su apresuramiento, golpean y maltratan a la sagrada víctima entre exclamaciones y blasfemias. Jesús está extenuado y sin fuerzas. Desde la última cena le habían negado todo refrigerio. En un supremo esfuerzo llega hasta la cima del Calvario, donde su cuerpo exhausto se desploma sobre la dura roca. Pero el rostro de Jesús resplandece de alegría: ¡ha llegado!

Amado Salvador mío: Ni la honra ni la recompensa te mueve a sufrir por los hombres, sino sólo el amor. Ahora comprendo por qué tu Corazón acepta sin dudar el supremo sacrificio. Querías, con tu caída, convertir nuestros dolores humanos en dones y gracias. Con nuestros sufrimientos, podemos ayudarte en la salvación del mundo. Las continuas recaídas en el pecado te entristecen profundamente. Son muchos los que llevan sobre sus frentes el sello de la embriaguez y de la incontinencia. Odios y enemistades, discordias en las familias y en los pueblos, ocasionan continuas desgracias y ruinas. Para reparar tantas abominaciones dominaremos las tempestades que se levanten dentro y fuera de nuestra alma, anhelando escalar con amor entusiasta, las cumbres de la virtud.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

Meditando en el Vía Crucis (VIII)


Octava estación: Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén

Jesús, al contemplar los niños en los brazos de sus madres, olvida un momento sus dolores; tanto era su cariño por aquellos inocentes pequeñuelos. Las madres miran compasivas las heridas, la sangre, la corona de espinas de Cristo. Pero él les insinúa las heridas de sus almas y los peligros espirituales que amenazan a sus hijos, por quienes padece y va a morir.

Amado Salvador mío: al ver a los niños y a sus madres, piensas en la familia cristiana, la gran preocupación de tu Corazón. Por eso elevaste la unión de los casados a la dignidad de alianza consagrada por las gracias sacramentales del matrimonio.

Con qué pesar ves la profanación de este sacramento, consecuencia detestable del amor egoísta que rehúye todo sacrificio. Danos la gracia de respetar y santificar lo que fue santificado con la Sangre de tu Corazón.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

Las obras esclarecidas y los admirables beneficios de la Cruz


¿Te das cuenta, qué victoria tan admirable? ¿Te das cuenta de cuán esclarecidas son las obras de la Cruz? ¿Puedo decirte algo más maravilloso todavía? Entérate cómo ha sido conseguida esta victoria, y te admirarás más aún. Pues Cristo venció al diablo valiéndose de aquello mismo con que el diablo había vencido antes, y lo derrotó con las mismas armas que él había antes utilizado. Escucha de qué modo.

Una virgen, un madero y la muerte fueron el signo de nuestra derrota. Eva era virgen, porque aún no había conocido varón; el madero era un árbol; la muerte, el castigo de Adán. Mas he aquí que de nuevo una Virgen, un madero y la muerte, antes signo de derrota, se convierten ahora en signo de victoria. En lugar de Eva está María; en lugar del árbol de la ciencia del bien y del mal, el árbol de la cruz; en lugar de la muerte de Adán, la muerte de Cristo.

¿Te das cuenta de cómo el diablo es vencido en aquello mismo en que antes había triunfado? En un árbol el diablo hizo caer a Adán, en un árbol derrotó Cristo al diablo. Aquel árbol hacía descender a la región de los muertos; éste, en cambio, hace volver de este lugar a los que a él habían descendido. Aquella primera muerte condenó a todos los que habían de nacer después de ella; esta segunda muerte resucitó incluso a los nacidos anteriormente a ella. ¿Quién podrá contar las hazañas de Dios? Una muerte se ha convertido en causa de nuestra inmortalidad: éstas son las obras esclarecidas de la Cruz.

¿Has entendido el modo y significado de esta victoria? Entérate ahora cómo esta victoria fue lograda sin esfuerzo ni sudor por nuestra parte. Nosotros no tuvimos que ensangrentar nuestras armas, ni resistir en la batalla, ni recibir heridas, ni tan siquiera vimos la batalla, y, con todo, obtuvimos la victoria; fue el Señor quien luchó, y nosotros quienes hemos sido coronados. Por tanto, ya que la victoria es nuestra, imitando a los soldados, cantemos hoy, llenos de alegría, las alabanzas de esta victoria, y alabemos al Señor, diciendo: La muerte ha sido absorbida por la victoria. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?

Éstos son los admirables beneficios de la Cruz en favor nuestro: la Cruz es el trofeo erigido contra los demonios, la espada contra el pecado, la espada con la que Cristo atravesó a la serpiente; la Cruz es la voluntad del Padre, la gloria de su Hijo único, el júbilo del Espíritu Santo, el ornato de los ángeles, la seguridad de la Iglesia, el motivo de gloriarse de Pablo, la protección de los santos, la luz de todo el orbe.

Fuente: De las Homilías de san Juan Crisóstomo, Liturgia de las Horas

Meditando en el Vía Crucis (VII)


Séptima estación: Jesús cae por segunda vez

Jesús pareció cobrar nuevas fuerzas con la caridad de la Verónica, por eso los verdugos le cargan de nuevo la Cruz. Pero pesa tanto y el camino es tan escarpado. Extenuado y anhelante prosigue el camino, que apenas ve por el sudor y la sangre que le velan los ojos. Su pie tropieza con una piedra del camino y cae. Con gran dolor se desploma el santo cuerpo bajo la carga de la Cruz. Al volver del desmayo el Señor se pone otra vez de pie, y mirando al cielo, se alienta a continuar el camino doloroso.

Amable Redentor: lleno de gratitud me pongo de rodillas a tu lado. Caes y te levantas para merecernos la gracia de levantarnos después de haber caído en el pecado. Por toda recompensa, nos pides penitencias y reparación, pues “más gozo te causa un pecador penitente que noventa y nueve justos que no necesitan convertirse”.

Queremos ayudarte a expiar los pecados de orgullo, ya que nada hiere tanto tu Corazón como la actitud de esos hombres que creen poderlo todo con sus propias fuerzas. Para ellos no existe pecado ni caída, y por eso no necesitan un Salvador. Su Dios es su propio yo, tu Pasión y muerte les parece escándalo digno de desprecio. Nosotros viviremos en la humildad y la modestia, aun en el éxito, dando ejemplo de heroísmo cristiano con la abnegación de nuestra vida.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

Meditando en el Vía Crucis (VI)


Sexta estación: Verónica enjuga el rostro de Jesús

Simón camina de prisa y Jesús apenas puede seguirlo. El sol ardiente de mediodía lo fatiga y un sudor copioso baña su frente. La sangre y el polvo ensombrecen el rostro divino y velan sus ojos. Una mujer atraviesa con paso firme las filas de soldados, se acerca a Jesús y le enjuga el rostro con un blanco lienzo.

¡Qué alivio para el Señor! Verónica al retirarse contempla emocionada el velo: los pliegues llevan impreso el rostro dolorido de Cristo.

Amado Salvador mío: el odio te maltrata y perdonas; encuentras amor reparador y lo recompensas generosamente. Haz que aprendamos de tu Corazón la gratitud y el amor, y de Verónica la caridad comprensiva; que así como tu Corazón está patente a todos, así el nuestro lo esté a ti y a nuestros hermanos. Verónica precede a las almas reparadoras que se esfuerzan en consolar tu Corazón afligido por la ingratitud humana. Aunque no tengamos la fortaleza suficiente para tomar sobre nosotros las cruces ajenas, siempre podemos enjugar las lágrimas de los ojos que lloran.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

Sumergida en la Divina Misericordia (II)


Jesús dijo a sor Faustina: “La humanidad no encontrará paz hasta que no se dirija con confianza a la misericordia divina”. ¿Qué nos depararán los próximos años? ¿Cómo será el futuro del hombre en la tierra? No podemos saberlo. Sin embargo, es cierto que, además de los nuevos progresos, no faltarán, por desgracia, experiencias dolorosas. Pero la luz de la misericordia divina iluminará el camino de los hombres.

Pero, como sucedió con los Apóstoles, es necesario que también la humanidad de hoy acoja en el cenáculo de la historia a Cristo, que muestra las heridas de su crucifixión y repite: “Paz a vosotros”. Es preciso que la humanidad se deje penetrar e impregnar por el Espíritu que Cristo le infunde. El Espíritu sana las heridas de nuestro corazón, derriba las barreras que nos separan de Dios y nos desunen entre nosotros, y nos devuelve la alegría del amor del Padre.

“Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”. El amor a Dios y el amor a los hermanos son efectivamente inseparables: “En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos”. El Apóstol nos recuerda aquí la verdad del amor, indicándonos que su medida y su criterio radican en la observancia de los mandamientos. Este amor se aprende sólo en la escuela de Dios, al calor de su caridad.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 30 de abril de 2000

Meditando en el Vía Crucis (V)


Quinta estación: Jesús ayudado por Simón Cireneo

Las mejillas del Señor palidecen por momentos y sus pasos se hacen más vacilantes. Los verdugos se alarman: si falleciera Jesús en el camino terminaría el gran acontecimiento del día. Los orgullosos soldados romanos no se rebajan a llevar la Cruz.

En aquel momento pasa por allí un pobre labrador y le obligan a cargar el pesado madero. Los soldados y los fariseos se burlan. Jesús premia la bondad de Simón con una palabra de gratitud, y más tarde con la gracia de la fe.

¡Oh buen Jesús!, cuán comprensivo sois de nuestra naturaleza, que en ciertas horas dolorosas se niega a proseguir luchando. Tú conoces las agonías de la vida y el consuelo de un amor abnegado. Las manos bienhechoras de Simón simbolizan las manos de quienes se dedican generosamente a la caridad, interviniendo allí donde una cruz deja sentir su peso. Tu palabra nos anima: “Todo lo que hicisteis con uno de estos pequeños, conmigo lo hicisteis”. Te prometemos reparar la dureza de corazón que tanto te aflige, con el espíritu de Simón, haciendo el bien al prójimo. Si me has dado mucho, daré mucho; si poco, sacrificaré gustoso de ese poco, pues las obras de caridad nunca empobrecen.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

Excelencias del estado matrimonial


Es un error, hermano mío, y aun herejía condenada el decir que el estado del matrimonio es malo: no hay duda que es más perfecto el de virginidad y continencia; pero esto no quita que el del matrimonio sea santo, justo y perfecto en su grado, y que puedan ser perfectos, justos y santos los que viven en él con verdadero temor y amor de Dios, como en las historias se lee de muchos que en dicho estado se han santificado, cumpliendo bien sus obligaciones.

Este estado es santo, por ser obra de Dios; pues él lo instituyó luego de haber criado a nuestros padres Adán y Eva en estado de inocencia; lo confirmó después del diluvio, y en la ley de gracia lo elevó a Sacramento, haciéndolo uno de los siete. Además viniendo el Hijo de Dios para redimir al género humano, quiso nacer de una casada, aunque virgen la más pura y casta; convidado a las bodas de Caná de Galilea, no rehusó, antes bien asistió, y en ellas hizo aquel admirable milagro de convertir el agua en vino el más generoso: y no solo es excelente este estado por su antigua institución y elevación a Sacramento, sino también por su significación; pues significa la unión de Cristo con la Iglesia, como dice el apóstol san Pablo.

¡Oh si considerasen los contrayentes la institución, significación y elevación del matrimonio al estado de Sacramento!

El que desee alcanzar la gracia que necesita, dispóngase bien para recibirla, y pídala a Dios, que se la dará con abundancia: por lo mismo procure recibir la misa de bendición nupcial, en la que se contienen muchas y grandes deprecaciones a Dios nuestro Señor, para que a los contrayentes el matrimonio los haga santos; les infunda el divino Amor; les dé fortaleza para llevar con paciencia cristiana los trabajos de su estado; les dé fruto de bendición, y los llene de las bendiciones del Cielo.

Fuente: San Antonio María Claret, Colección de opúsculos

Con la mirada en el Cielo

Hace ya bastantes años, con un convencimiento que se acrecentaba de día en día, escribí: espéralo todo de Jesús: tú no tienes nada, no vales nada, no puedes nada. El obrará, si en Él te abandonas. Ha pasado el tiempo, y aquella convicción mía se ha hecho aún más robusta, más honda. He visto, en muchas vidas, que la esperanza en Dios enciende maravillosas hogueras de amor, con un fuego que mantiene palpitante el corazón, sin desánimos, sin decaimientos, aunque a lo largo del camino se sufra, y a veces se sufra de veras.

Un cristiano sincero, coherente con su fe, no actúa más que cara a Dios, con visión sobrenatural; trabaja en este mundo, al que ama apasionadamente, metido en los afanes de la tierra, con la mirada en el Cielo. Nos lo confirma San Pablo: buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios; saboread las cosas del Cielo, no las de la tierra. Porque muertos estáis ya -a lo que es mundano, por el Bautismo-, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios.

El Cielo es la meta de nuestra senda terrena. Jesucristo nos ha precedido y allí, en compañía de la Virgen y de San José, de los Angeles y de los Santos, aguarda nuestra llegada.

Fuente: San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios

Meditando en el Via Crucis (II)


Segunda Estación: Jesús cargado con la Cruz

La sentencia es injusta, pero el Corazón de Jesús no vacila y ansioso de sufrimientos abraza la Cruz. El Inocente se inclina bajo el madero de los malhechores. El símbolo del crimen pesa sobre los hombros de la bondad. El Rey de los reyes carga con el leño de la vergüenza. Jesús soporta la Cruz de nuestras culpas, no por temor ni por fuerza, sino por ser fiel a su misión salvadora.

Amado Salvador mío, vas con la Cruz a cuestas precediéndonos en el camino, pues ser cristiano no sólo significa estar bautizado, sino más bien vivir vida cristiana. Danos la gracia de reparar con el fiel cumplimiento de nuestros deberes, las infidelidades de tantos cristianos tibios. Cuando la cruz del dolor pese sobre nuestros hombros, cuando las enfermedades y miserias nos atormentan, haz que olvidando el dolor, atendamos a imitar los sentimientos de tu Corazón, a fin de santificarnos con el cumplimiento exacto de los deberes cotidianos.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

Meditando en el Via Crucis (I)


Primera Estación: Jesús condenado a muerte

El odio arrastra al Amor ante el tribunal, pero el Corazón de Jesús palpita con igual caridad en su pecho dolorido, bajo el manto de burla y empapado de sangre. Alrededor de Cristo se levantan puños amenazadores y resuenan gritos blasfemos. En lugar de argumentos sólo se oyen acusaciones falsas e insidiosas contra el Inocente. Mas Él guarda silencio.

Las manos cobardes de Pilato quiebran la vara de la justicia; un aullido de júbilo frenético se eleva de la muchedumbre; la injusticia sentencia a la Justicia. El odio triunfa y el Amor calla.

¡Jesús, Salvador Nuestro!, te sometes al juicio de los pecadores, para librarnos de la condenación debida a nuestros pecados. Estás pálido y exangüe siendo la fuente de vida de nuestras almas. Llevas la corona de espinas, para que nosotros llevemos la joya de la gracia. Todos los miembros de tu cuerpo sufren, para que seamos miembros vivos de tu Cuerpo Místico, la Iglesia.

¡Pueblo escogido de la Nueva Alianza, reparemos las faltas contra el amor de su Corazón!

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

Los niños y el Reino de los cielos

El Siervo de Dios Ángel Bonetta

Los niños son, desde luego, el término del amor delicado y generoso de Nuestro Señor Jesucristo: a ellos reserva su bendición y, más aún, les asegura el Reino de los cielos. En particular, Jesús exalta el papel activo que tienen los pequeños en el Reino de Dios: son el símbolo elocuente y la espléndida imagen de aquellas condiciones morales y espirituales, que son esenciales para entrar en el Reino de Dios y para vivir la lógica del total abandono en el Señor: “Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Así pues, quien se haga pequeño como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos. Y el que reciba incluso a uno solo de estos niños en mi nombre, a mí me recibe”.

La niñez nos recuerda que la fecundidad misionera de la Iglesia tiene su raíz vivificante, no en los medios y méritos humanos, sino en el don absolutamente gratuito de Dios. La vida de inocencia y de gracia de los niños, como también los sufrimientos que injustamente les son infligidos, en virtud de la Cruz de Cristo, obtienen un enriquecimiento espiritual para ellos y para toda la Iglesia. Todos debemos tomar de esto una conciencia más viva y agradecida.

Además, se ha de reconocer que también en la edad de la infancia y de la niñez se abren valiosas posibilidades de acción tanto para la edificación de la Iglesia como para la humanización de la sociedad. Los hijos, como miembros vivos de la familia, contribuyen, a su manera, a la santificación de los padres, y se ha de repetir de los niños en relación con la Iglesia. Ya lo hacía notar Juan Gersón, teólogo y educador del siglo xv, para quien “los niños y los adolescentes no son, ciertamente, una parte de la Iglesia que se pueda descuidar”.

Fuente: San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Christifideles Laicis

Predilección de Jesús por quienes son como niños


Oh Jesús amigo de los niños, bendecid a los niños de todo el mundo

Tú, Jesús, cuando los discípulos refunfuñaban contra los que te presentaban a los niños para que los tocaras y los bendijeras, lo llevaste a mal, y les dijiste: "Dejad en paz a los niños, y no les estorbéis venir a mí; porque de los que son como ellos es el reino de los cielos". Y estrechándolos contra tu pecho e imponiéndoles las manos los bendecías.

En esta escena conmovedora se me revela toda la ternura de tu Corazón dulcísimo para con los niños.

¡Cómo me alegro de contemplarte en el acto de mirar con intenso amor al joven que te preguntó qué había de hacer para obtener la vida eterna!

¡Y cuán estupenda respuesta diste a los Apóstoles el día que te preguntaron quién era el mayor en el reino de los cielos! Habiendo Tú colocado a un niño en medio de ellos, les dijiste: "En verdad os digo, que si no os volvéis y hacéis semejantes a los niños, no entraréis en el reino de los cielos". Y luego, para que los Apóstoles ardieran en amor y en celo por la educación de los pequeñuelos, te pusiste Tú mismo en la persona de ellos, añadiendo: "El que acogiere a un niño en nombre mío, a mí me acoge". Y aun no te diste por satisfecho; previendo que muchos demonios de carne y hueso atentarían contra la inocencia de tus pequeños, saliste en defensa de ellos fulminando una terrible amenaza: "Quien escandalizare a uno de estos niños, que creen en mí, mejor le sería que le colgasen del cuello una de esas piedras de molino, y así fuese sumergido en lo profundo del mar... ¡Ay de aquel hombre que causa el escándalo!"

Fuente: Pbro. José Zaffonato, Meditaciones para jóvenes

Supliquemos al Señor que encienda nuestros corazones


La doctrina de la Iglesia se resume en una sola palabra: amor. Por el contrario, la palabra odio produce división y ruina, porque corrompe el corazón de los hombres.

El apóstol Pablo de Tarso -cuya profunda teología debiera ser familiar a todos, muy especialmente entre la juventud- lo expresa con palabras admirables, que servirían incluso de compendio de una vida: Hermanos, todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio, todo eso tenedlo en cuenta, y el Dios de la paz estará con vosotros.

Hagamos nuestras esas palabras. También nuestro dulcísimo Salvador, riqueza nuestra, esperanza nuestra, gozo nuestro, lo reafirma al darnos este mandato: Sed perfectos, como es perfecto vuestro Padre celestial. Y debemos entender que la perfección está en el amor, como maravillosamente escribió el apóstol predilecto de Jesús: Dios es amor.

Supliquemos al Señor del amor, que vino a prender fuego por toda la tierra, que encienda también nuestros corazones en su ardor; supliquemos al Espíritu Consolador, amor consustancial del Padre y del Hijo, que nos dé la caridad que nunca se sacia; supliquemos, finalmente, que nuestra alma, rotas las cadenas que la aprisionan en este mundo, se sumerja con angelical dulzura en la posesión del Amor.

Fuente: Beato Contardo Ferrini, Pensamientos y oraciones

La Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo


No puede negarse que el Señor, siempre rico en misericordia, en todo tiempo ha suscitado aquellos medios válidos, capaces de llamar a las almas al estudio del Crucificado, y de esta forma contemplar en ellas la aplicación de la Redención de su divina Sangre. Excluyendo los primeros siglos de la Iglesia, siglos fecundos de mártires, en las épocas posteriores que nos recuerda la historia, ahora se ha combatido un dogma, ora otro, ahora se han visto denigradas las cosas sagradas en una parte del orbe católico, ora en otra; pero en nuestros desventurados tiempos es general la crisis de los pueblos, e indecible la perversión de las máximas y de las costumbres, donde se ocasionan injurias a la Redención y se ve frustrada por la malicia humana la aplicación de los méritos de Jesucristo que nos ha redimido con el precio de su Sangre.

Los pecadores abusan con horror de ella y el Señor en los arrebatos de su amor se pregunta: “¿Cuál es la utilidad de mi Sangre?” Por consiguiente, haya quien la proporcione con el sagrado culto, la adoración de desagravio y a la vez predique a los pueblos sus glorias, señalando que en esta devoción está compendiada la fe misma. Así decimos en la consagración del cáliz: “Misterio de la fe”; y en ella, por consecuencia, está puesta la salvación de las almas.

Se puede añadir que con esta devoción se reaviva la memoria del bautismo, donde la divina Sangre purifica nuestras almas, lo mismo que la de la penitencia y de los demás sacramentos. Y concluyendo, podemos decir: Porque nos redimiste, Señor, con tu Sangre, nos has hecho para nuestro Dios un reino de sacerdotes. Santo Tomás dice: “La Sangre de Cristo es la llave del paraíso”. Y san Juan Crisóstomo: “La Sangre de Cristo es la salvación de las almas, oro inestimable es la Sangre de Jesús”.

Fuente: De los escritos de San Gaspar del Búfalo

El culto al Corazón Eucarístico de Jesús (I)


Hace más de un siglo -en 1854- nació en Francia la devoción al Corazón Eucarístico de Jesús. A partir de entonces los Pontífices desde Pío IX a Juan Pablo II la han apoyado, concediéndoles abundantes indulgencias.

Su objeto es honrar en la eucaristía el Corazón de Cristo, que, aun cuando velado, se halla realmente presente, ardiendo con el mismo amor que le llevó a instituir este sacramento.

FUNDAMENTOS DOGMÁTICOS

Esta devoción no es un mero sentimentalismo, sino una “estimadísima práctica religiosa” (León XIII, Encíclica Annum Sacrum), con sólido fundamento dogmático.

El culto de latría

Es el honor que rendimos a Dios y que sólo a El corresponde. Pero Jesucristo es una persona divina (la segunda de la Trinidad) y por tanto a El le corresponde propiamente este culto.

Y adoramos por este culto a Jesucristo todo entero, es decir, como Dios y como hombre, ya que por la unión hipostática, estas dos naturalezas se encuentran unidas en una sola personalidad divina.

La unión hipostática exige que en Jesucristo se adore todo lo que está unido a la divinidad: el cuerpo, el alma, cada uno de los miembros del cuerpo y, por lo mismo, su propio corazón de carne.

La devoción al Corazón Eucarístico es esta misma adoración tributada al Corazón de Jesús en la eucaristía.

Fuente: Antonio Royo Marín, El Corazón De Jesús

María, Madre eucarística


Si queremos descubrir en toda su riqueza la relación íntima que une Iglesia y Eucaristía, no podemos olvidar a María, Madre y modelo de la Iglesia. Puesto que la Eucaristía es misterio de fe, que supera de tal manera nuestro entendimiento que nos obliga al más puro abandono a la palabra de Dios, nadie como María puede ser apoyo y guía en una actitud como ésta. Repetir el gesto de Cristo en la Última Cena, en cumplimiento de su mandato: “¡Haced esto en conmemoración mía!”, se convierte al mismo tiempo en aceptación de la invitación de María a obedecerle sin titubeos: “Haced lo que él os diga”. Con la solicitud materna que muestra en las bodas de Caná, María parece decirnos: “no dudéis, fiaros de la Palabra de mi Hijo. Él, que fue capaz de transformar el agua en vino, es igualmente capaz de hacer del pan y del vino su Cuerpo y su Sangre, entregando a los creyentes en este misterio la memoria viva de su Pascua, para hacerse así Pan de Vida”.

En cierto sentido, María ha practicado su fe eucarística antes incluso de que ésta fuera instituida, por el hecho mismo de haber ofrecido su seno virginal para la encarnación del Verbo de Dios. La Eucaristía, mientras remite a la pasión y la resurrección, está al mismo tiempo en continuidad con la Encarnación. María concibió en la anunciación al Hijo divino, incluso en la realidad física de su cuerpo y su sangre, anticipando en sí lo que en cierta medida se realiza sacramentalmente en todo creyente que recibe, en las especies del pan y del vino, el cuerpo y la sangre del Señor. Hay, pues, una analogía profunda entre el fiat pronunciado por María a las palabras del Ángel y el amén que cada fiel pronuncia cuando recibe el cuerpo del Señor. A María se le pidió creer que quien concibió “por obra del Espíritu Santo” era el “Hijo de Dios”. En continuidad con la fe de la Virgen, en el Misterio eucarístico se nos pide creer que el mismo Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, se hace presente con todo su ser humano-divino en las especies del pan y del vino.

¿Cómo imaginar los sentimientos de María al escuchar de la boca de Pedro, Juan, Santiago y los otros Apóstoles, las palabras de la Última Cena: “Éste es mi cuerpo que es entregado por vosotros”? Aquel cuerpo entregado como sacrificio y presente en los signos sacramentales, ¡era el mismo cuerpo concebido en su seno! Recibir la Eucaristía debía significar para María como si acogiera de nuevo en su seno el corazón que había latido al unísono con el suyo y revivir lo que había experimentado en primera persona al pie de la Cruz.

Fuente: San Juan Pablo II, Carta Encíclica Ecclesia De Eucharistia

El Corazón de Cristo (I)

Vemos morir en el Calvario a un hombre como nosotros, abrumado de angustias y atormentado cual nadie podrá serlo jamás, y llegamos a comprender el amor que este hombre nos demuestra; pero amor que por ser tan excesivo, supera nuestro conocimiento, es la expresión concreta y tangible del amor divino. El Corazón de Jesús alanceado, nos revela el amor humano de Cristo; mas por entre el velo de su Humanidad, muéstrase el inefable e incomprensible amor del Verbo.

Ved cuán amplias perspectivas nos abre esta devoción. Ved si no ofrece particular atractivo para el alma fiel, pues que le facilita el medio de honrar lo más grande y subido, lo más eficaz que hallamos en Jesucristo, Verbo encarnado, cual es el Amor que tiene al mundo, y cuyas llamas están siempre ardiendo, como horno encendido, en su Corazón sacratísimo.

Invítanos la Iglesia en la oración de la fiesta del Sagrado Corazón a repasar con el pensamiento los principales beneficios que debemos al Amor de Jesucristo: la redención por medio de la Pasión, la institución de los Sacramentos, y de un modo especial, el de la Eucaristía, debidos tanto al amor humano de Jesús, como a su amor increado.

Fuente: Beato Columba Marmión, Jesucristo en sus Misterios

Junio está consagrado especialmente al Corazón Divino

Es sabido que el mes de junio está consagrado especialmente al Corazón Divino, al Sagrado Corazón de Jesús. Le expresamos nuestro amor y nuestra adoración mediante las letanías que hablan con profundidad particular de sus contenidos teológicos en cada una de sus invocaciones.

Por esto quiero detenerme, al menos brevemente, con vosotros ante este Corazón, al que se dirige la Iglesia como comunidad de corazones humanos. Quiero hablar, siquiera brevemente de este misterio tan humano, en el que con tanta sencillez y a la vez con profundidad y fuerza se ha revelado Dios.

En la transfixión de la lanza del soldado todas las generaciones de cristianos han aprendido y aprenden a leer el misterio del Corazón del Hombre crucificado, que era el Hijo de Dios. Para conocer con el corazón, con cada corazón humano, fue abierto, al final de la vida terrestre, el Corazón divino del Condenado y Crucificado en el Calvario.

Cristo dice: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29). Quizá una sola vez el Señor Jesús nos ha llamado con sus palabras al propio corazón. Y ha puesto de relieve este único rasgo: “mansedumbre y humildad”. Como si quisiera decir que sólo por este camino quiere conquistar al hombre; que quiere ser el Rey de los corazones mediante la mansedumbre y la humildad. Todo el misterio de su reinado está expresado en estas palabras. La mansedumbrey la humildad encubren, en cierto sentido, toda la “riqueza” del Corazón del Redentor. Pero también esa mansedumbre y humildad lo desvelan plenamente; y nos permiten conocerlo y aceptarlo mejor; lo hacen objeto de suprema admiración.

Las hermosas letanías del Sagrado Corazón de Jesús están compuestas por muchas palabras semejantes, más aún, por las exclamaciones de admiración ante la riqueza del Corazón de Cristo. Meditémoslas con atención. Así, al final de este fundamental ciclo litúrgico de la Iglesia, que comenzó con el primer domingo de Adviento, y ha pasado por el tiempo de Navidad, luego por el de la Cuaresma, de la Resurrección hasta Pentecostés, domingo de la Santísima Trinidad y Corpus Christi, se presenta discretamente la fiesta del Corazón divino, del Sagrado Corazón de Jesús. Todo este ciclo se encierra definitivamente en Él; en el Corazón del Dios-Hombre. De Él también irradia cada año toda la vida de la Iglesia.

Fuente: San Juan Pablo II, Audiencia general del Miércoles 20 de junio de 1979

La virtud del Abandono en los santos (III)

Jesús al alma:

¿Por qué os confundís, angustiándoos? Dejad a mí la gestión de vuestros asuntos y todo se calmará. En verdad os digo que cada acto de verdadero, ciego y completo abandono en mí, produce el efecto que deseáis y resuelve los problemas más espinosos. Abandonarse en mí no significa atormentarse, alterarse o desesperarse, dirigiéndome luego una oración llena de inquietud. Abandonarse significa cerrar plácidamente los ojos del alma, apartar el pensamiento de la tribulación y confiarse a mí para que sólo Yo obre, diciéndome: “ocúpate Tú de ello”. La preocupación, la turbación, el querer pensar en las consecuencias de un hecho son cosas contrarias al abandono. Cerrad los ojos y dejaos llevar por la corriente de mi Gracia; cerrad los ojos y no pensad más que en el momento presente, alejándoos del pensamiento del futuro como de una tentación; reposad en mi creyendo en mi Bondad, y os juro por mi Amor que, diciéndome con estas disposiciones: “ocúpate Tú de ello”, yo lo haré por entero, os consolaré, os libraré, os guiaré.

Y cuando tenga que llevaros por un camino diferente de aquel que veis vosotros, yo os adiestraré, os llevaré en mis brazos, haré que os encontréis en la otra orilla, como niños dormidos en los brazos maternos. ¡Cuántas cosas realizo cuando el alma, tanto en sus necesidades espirituales como en aquellas materiales, se vuelve a mí, me mira y diciéndome: “ocúpate Tú de ello”, cierra los ojos y reposa. Si me decís de verdad: “hágase tu Voluntad”, que es lo mismo que decir: “ocúpate Tú de ello”, yo intervendré con toda mi omnipotencia y venceré las mayores dificultades.

No descansáis nunca, queréis valorarlo todo, escudriñarlo todo, pensar en todo, y os abandonáis así a las fuerzas humanas, o peor, a los hombres, confiando en su intervención. Es esto lo que obstaculiza. ¡Oh, como deseo vuestro abandono para beneficiaros!, ¡y cuanto me aflijo al veros turbados! Satanás tiende precisamente a esto: a turbaros para apartaros de mi acción y arrojaros a la merced de las iniciativas humanas. Confiad por eso sólo en mí, reposad en mí, abandonaos a mí en todo. Yo obro milagros en proporción del pleno abandono en mí, y a la ausencia de preocupaciones vuestras. Rogad siempre con esta disposición de abandono y tendréis gran paz y grandes frutos, incluso cuando yo os concedo la gracia de la inmolación de reparación y de amor, que importa el sufrimiento. ¿Te parece imposible? Cierra los ojos y di con toda el alma: “Jesús, ocúpate Tú de ello”. No temas, me ocuparé de ello y bendecirás mi Nombre humillándote. Mil plegarias no valen lo que un solo acto de abandono vale: recordadlo bien.

Fuente: Oración compuesta por el Siervo de Dios Dolindo Ruotolo

El Padre Garrigou-Lagrange nos habla del Abandono

La esperanza heroica se echa de ver no sólo en su firmeza, sino también en el confiado abandono en los brazos de la Providencia y en la todopoderosa bondad de Dios. Este abandono difiere del quietismo, en cuanto que va acompañado de esperanza y de la constante fidelidad al deber, aun en las cosas pequeñas, según las palabras del Señor: “Qui fidelis est in minimo, et in majori fidelis est: El que es fiel en las cosas pequeñas, también lo es en las grandes” (Lc 16, 10). Y este tal tendrá el auxilio divino hasta para soportar el martirio, si es preciso. La constante fidelidad a la voluntad de Dios conocida en el deber de cada momento nos dispone a abandonarnos con entera confianza en la divina voluntad, de la cual, dependen nuestro futuro y nuestra eternidad.

No hay cosa que dé contento a nuestro corazón como el amor de Jesucristo, por el camino del desasimiento, que tan íntimamente nos une a la divina voluntad. Este amor de conformidad con la divina voluntad conocida por sus preceptos, consejos y sucesos de la vida, nos permite abandonarnos a lo que de esa voluntad no conocemos, y de lo que depende nuestro futuro. En este filial abandono está encerrada la fe, la confianza y el amor de Dios; y puede condensarse en estas palabras: “Señor, en vos confío”. El abandono es el camino que debemos seguir; la fidelidad de cada día y cada momento son los pasos que damos en este camino.

La práctica del puro amor consiste sobre todo en abandonarse en la divina Providencia y en el beneplácito de la divina voluntad. Tal acto de abandono supone la fe, y la esperanza, y un amor de Dios cada día más puro y ardiente.

Fuente: Réginald Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior

La Iglesia y la verdad vencerán

Pedro, por lo que a él respecta, era hombre por naturaleza, cristiano por gracia, apóstol, y el primero entre ellos, por una gracia de privilegio; pero, cuando Cristo le dijo: Yo te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares sobre la tierra será atado en el cielo; y todo lo que desatares sobre la tierra será desatado en el cielo, representaba a toda la Iglesia, que en este mundo es azotada por diversas pruebas, como si fuesen tempestades, pero, a pesar de todo, no cae, porque está fundada sobre piedra, de donde viene el nombre de Pedro.

El Señor dice: Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, porque Pedro había dicho: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. “Sobre esta piedra que tú has confesado edificaré mi Iglesia”. Porque la piedra era Cristo; Él es el cimiento sobre el cual fue edificado el mismo Pedro, pues nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo.

La Iglesia, pues, que tiene a Cristo por fundamento, ha recibido de Él, en la persona de Pedro las llaves del reino de los cielos, es decir, el poder de atar y desatar los pecados. La Iglesia, amando y siguiendo a Cristo, vence todas las pruebas. Y los que siguen a Cristo más de cerca son aquellos que luchan por la verdad hasta la muerte.

Fuente: De los tratados de San Agustín

Matrimonio y familia en el apostolado

La redención está vinculada a la Cruz, y esto ayuda a comprender y a valorar el significado de las pruebas, que ciertamente nunca faltan en la vida de todas las parejas, pero que en el plan divino están destinadas a afianzar el amor y a proporcionar una fecundidad mayor a la vida conyugal. Jesucristo, lejos de prometer un paraíso terrestre a sus seguidores que se unen en matrimonio, les ofrece la posibilidad y la vocación a recorrer con Él un camino que, a través de dificultades y sufrimientos, refuerza su unión y los lleva a un gozo mayor, como lo demuestra la experiencia de tantas parejas cristianas, incluso en nuestro tiempo.

Ya el cumplimiento de la misión de la procreación contribuye a la santificación de la vida conyugal, el amor de los cónyuges, que no se encierra en sí mismo, sino que, de acuerdo con el impulso y la ley de la naturaleza, se abre a nuevas vidas, se convierte, con la ayuda de la gracia divina, en un ejercicio de caridad santa y santificadora mediante el cual los cónyuges contribuyen al crecimiento de la Iglesia.

Lo mismo acontece con el cumplimiento de la misión de educar a los hijos, que es un deber vinculado con la procreación. Los esposos cristianos deben inculcar la doctrina cristiana y las virtudes evangélicas a los hijos. Es el apostolado más esencial en el ámbito de la familia. Esta labor de formación espiritual y moral de los hijos santifica, al mismo tiempo, a los padres, pues también ellos reciben el beneficio de la renovación y profundización de su fe, como lo demuestra a menudo la experiencia de las familias cristianas.

Una vez más, podemos concluir que la vida conyugal es camino de santidad y de apostolado.

Fuente: San Juan Pablo II, Audiencia general del 3 de agosto de 1994

Oración por las vocaciones sacerdotales

Jesús, Pastor eterno de las almas, escucha la oración que te dirigimos por los Sacerdotes. Hacia ellos sientes el amor más afectuoso y más delicado de tu Corazón, ese amor profundo en que parecen reunirse todos los lazos íntimos que te unen a las almas.

Mira misericordiosamente a toda esa multitud de almas ignorantes, para las cuales el Sacerdote ha de ser luz; a todos los esclavos del pecado, que buscan a alguien que los libre de los engaños y que los salve en tu Nombre.

Piensa en todos esos niños, en todos esos jóvenes, que buscan un guía capaz de llevarles hasta Ti.

Piensa, Señor, en tantas criaturas que sufren y tienen necesidad de un corazón que las consuele y que las lleve a tu Corazón.

Piensa en todas las almas que podrían llegar a la perfección, si encontrasen en su camino la ayuda de un Sacerdote santo.

Haz que tus Sacerdotes conduzcan hacia Ti a toda esta Humanidad que sucumbe de debilidad, para que toda la tierra se renueve, sea exaltada la Iglesia, y el Reino de tu Divino Corazón quede establecido en la paz.

Oh Virgen Inmaculada Madre del Sacerdote Eterno, que tuviste a Juan, el sacerdote amado de Jesús, como primer hijo adoptivo, y que, en el cenáculo presidiste como Reina la reunión de los Apóstoles, alcanza a la Iglesia de tu Hijo un continuo Pentecostés, incesantemente renovado. Así sea.

Fuente: Oración compuesta por el Cardenal Mercier

María Madre del Buen Pastor

¡Cristianos! Ovejas sois de Jesucristo, y él es vuestro Pastor. ¡Oh dichosas ovejas, que tienen tal Pastor! Mis ovejas -dice el Señor- oyen mi voz; y yo las conozco, y ellas me siguen a mí, y yo les daré la vida eterna, y no perecerán para siempre jamás, y no habrá nadie tan poderoso que me las arrebate de la mano. ¡Oh bendito tan buen Pastor! ¡Bendito tal Señor, Rey y Pastor!

Hacía Dios, a todos los principales: pastores; a todos los ocupaba en guardar ovejas, y de allí sacaba unos para profetas, otros para patriarcas, otros para reyes. Querría significar que Jesucristo había de ser profeta de los profetas, patriarcas, rey y pastor. También las mujeres de aquel tiempo, como era Rebeca y Lía y Raquel y otras muchas, denotaban a la Virgen sin mancilla, que, después de Jesucristo, no ha habido otra pastora, ni hay quien así guarde las ovejas de Jesucristo, y pues la Virgen sin mancilla es nuestra pastora después de Dios, supliquémosle que nos apaciente, alcanzándonos gracia.

San Pablo dice que daba leche y regalaba a sus hijos pequeños y que, para ganar a todos, se hacía todas las cosas a todos; ¡cuánto más verdaderamente haría el oficio de Madre esta Virgen sagrada, pues sin ninguna comparación les tenía mayor caridad que san Pablo! Sus entrañas santísimas se henchían de consolación viendo que el fruto de la Pasión de su benditísimo Hijo no salía en balde, pues por el mérito de ella tanta gente se convertía a él. Y parecíale que acoger y regalar, enseñar y esforzar a los que a ella venían, era recoger la Sangre de su Hijo bendito, que delante los ojos de ella se había derramado por ellos. Alababa a la divina bondad, y ningún trabajo le parecía pesado, y ninguna hora era fuera de hora para recoger aquel ganado que entendía que el Señor le enviaba para que lo aceptase en la gracia del Señor.

¡Dichosas ovejas, que tal pastora tenían y tal pasto recibían por medio de ella! Pastora, no jornalera que buscase su propio interés, pues que amaba tanto a las ovejas que, después de haber dado por la vida de ellas la vida de su amantísimo Hijo, diera de muy buena gana su vida propia, si necesidad de ella tuvieran. ¡Oh, qué ejemplo para los que tienen cargo de almas! Del cual pueden aprender la saludable ciencia del regimiento de almas, la paciencia para sufrir los trabajos que en apacentarlas se ofrecen. Y no sólo será su maestra que los enseña, mas, si fuere con devoción de ellos llamada, les alcanzará fuerzas y lumbre para hacer bien el oficio.

Fuente: San Juan de Ávila, Sermones 15 y 70

Corazón de Jesús, vida y resurrección nuestra

Esta invocación de las letanías del Sagrado Corazón, fuerte y convencida como un acto de fe, encierra en una frase lapidaria todo el misterio de Cristo Redentor; nos recuerda las palabras dirigidas por Jesús a Marta, afligida por la muerte de su hermano Lázaro: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá”. En el íntimo ser de Cristo, en su Corazón, la vida divina y la vida humana se unen armónicamente, en plena e inseparable unidad.

Jesús es vida para nosotros. “Dar la vida” es el objetivo de la misión que Él, Buen Pastor, recibió del Padre: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”.

Jesús es también la resurrección. Nada es tan radicalmente contrario a la santidad de Cristo como el pecado; nada es tan opuesto a Él, fuente de vida, como la muerte.

Un vínculo misterioso une pecado y muerte: ambas son realidades esencialmente contrarias al proyecto de Dios sobre el hombre, que no fue hecho para la muerte, sino para la vida. Ante toda expresión de muerte, el Corazón de Cristo se conmovió profundamente, y por amor al Padre y a los hombres, sus hermanos, hizo de su vida un “prodigioso duelo” contra la muerte (Misal Romano, Secuencia de Pascua): con una palabra restituyó la vida física a Lázaro, al hijo de la viuda de Naín, a la hija de Jairo; con la fuerza de su amor misericordioso devolvió la vida espiritual a Zaqueo, a María Magdalena, a la adúltera y a cuantos supieron reconocer su presencia salvadora.

Fuente: San Juan Pablo II, Ángelus del 27 de agosto de 1989

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