El amanecer de la Iglesia

Con razón se designa con el nombre de amanecer oaurora a toda la Iglesia de los elegidos, ya que el amanecer o aurora es el paso de las tinieblas a la luz. La Iglesia, en efecto, es conducida de la noche de la incredulidad a la luz de la fe, y así, a imitación de la aurora, después de las tinieblas se abre al esplendor diurno de la claridad celestial. Por esto dice oportunamente el Cantar de los cantares: ¿Quién es ésta que se levanta como la aurora? Efectivamente, la santa Iglesia, por su deseo del don de la vida celestial, es llamada aurora, porque, al tiempo que va desechando las tinieblas del pecado, se va iluminando con la luz de la justicia.

Pero además, si consideramos la naturaleza del amanecer o aurora, hallaremos un pensamiento más sutil. La aurora o amanecer anuncia que la noche ya ha pasado, pero no muestra todavía la íntegra claridad del día, sino que, por ser la transición entre la noche y el día, tiene algo de tinieblas y de luz al mismo tiempo. Por esto, los que en esta vida vamos en seguimiento de la verdad somos como la aurora o amanecer, porque en parte obramos ya según la luz, pero en parte conservamos también restos de tinieblas. Se dice a Dios, por boca del salmista: Ningún hombre vivo es inocente frente a ti. Y también está escrito: Todos tenemos muchos tropiezos.

Por esto Pablo, cuando dice: La noche va pasando, no añade: «El día ha llegado», sino: El día está encima. Al decir, por tanto, que después de la noche el día está encima, no que ya ha llegado, enseña claramente que nos hallamos todavía en la aurora, en el tiempo que media entre las tinieblas y el sol.

La santa Iglesia de los elegidos será pleno día cuando no tenga ya mezcla alguna de la sombra del pecado. Será pleno día cuando esté perfectamente iluminada con la fuerza de la luz interior. Por esto, con razón, la Escritura nos enseña el carácter transitorio de esta aurora, cuando dice: Asignaste a la aurora su lugar, pues aquel a quien se le ha de asignar su lugar tiene que pasar de un sitio a otro. Y este lugar de la aurora no puede ser otro que la perfecta claridad de la visión eterna. Cuando haya sido conducida a esta perfecta claridad, ya no quedará en ella ningún rastro de tinieblas de la noche transcurrida.

Este anhelo de la aurora por llegar a su lugar propio viene expresado por el salmo que dice: Mi alma tiene sed del Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios? También Pablo manifiesta la prisa de la aurora por llegar al lugar que ella reconoce como suyo, cuando dice que desea morir para estar con Cristo. Y también: Para mí la vida es Cristo, y la muerte una ganancia.

Fuente: De los libros de las Morales de san Gregorio Magno, Liturgia de las Horas

Convertíos a mí de todo corazón

Simple, Free Image and File Hosting at MediaFire

Conversión de Santa Magdalena

El tiempo de cuaresma nos invita a la conversión, y esta conversión debe ser pronta y completa.

«Convertíos a Mí de todo corazón.» El mismo Dios es quien nos convida, quien nos insta, quien nos manda que nos convirtamos a él de todo corazón.A vista de esta bondad de Dios, ¿qué pecador puede desconfiar? Pero al mismo tiempo, ¿qué pecador puede diferir el convertirse?

Si un Príncipe ofreciera gratuitamente el perdón un reo; si él mismo convidara a un cortesano caído de su gracia a volver a la corte, ofreciéndole su amistad y su generosidad, ¿se encontrarían muchos que dilatarían su regreso, que difiriesen su vuelta? ¿A quién parecería que el favor del Príncipe era muy costoso y que las condiciones con que se ofrecía eran demasiado pesadas? ¡Ay! ¿Y qué es el favor de un Príncipe de la tierra respecto de la amistad del soberano Señor del Universo, del Dios omnipotente, origen de todo bien y único árbitro de nuestro eterno destino? Y no obstante esto, ¿quién se rinde a su voz? ¿Quién responde con prontitud a sus convites? ¿Quién se apresura por volver a su amistad, aunque nos la ofrezca tan de veras y con tantas instancias?

Ninguno hay que no quiera convertirse; porque aun esas gentes del mundo, esos pecadores abandonados, esas mujeres mundanas, esos libertinos de profesión no querrían morir en desgracia de Dios; se quieren convertir; pero temen siempre no sea demasiado prontosi se convierten en este instante; y no advierten que la dilación de la conversión es el indicio más seguro y una señal poco equívoca de la impenitencia final.

Convertíos a Mí de todo corazón. Quien dice de todo corazón,pide una conversión entera, perfecta, sin división. Ninguna conversión es verdadera si no es de todo corazón. Reformar la exuberancia de los vestidos, cercenar el juego, romper las amistades culpables, no asistir más a espectáculos deshonestos, prohibirse toda diversión poco cristiana; esta es una conversión de mucha edificación. Pero si todavía queda alguna pasión dominante que domar, alguna mala inclinación que vencer, alguna injuria que perdonar, alguna frialdad que extinguir, algún lazo que cortar, la conversión no es entera, no es de todo corazón.

Pidamos a la Santísima Virgen nos alcance de su divino Hijo la gracia de una sincera, pronta y completa conversión de nuestra vida a Dios.

Fuente: cf. J. Croisset, SJ, Año cristiano

Amemos la Cruz de Jesús que nos santifica


No conviene que el honor que hemos de tributar a la cruz de Nuestro Señor se limite a respetarla y adorarla; es preciso, además, que la amemos con todo el afecto de nuestro corazón y que deseemos morir clavados en ella, como lo deseó Jesucristo, nuestro divino maestro. Pues como dice el autor de la Imitación, quienes se abrazan de buen grado a la cruz de Jesucristo no temerán la terrible sentencia de la condenación; pues habiendo sido, por su medio, arrancados al pecado, no es posible dudar.

Y hemos de tener la confianza de que si la amamos, en unión con Jesucristo, que la amó tiernamente y la llevó con sumo gozo, todas las miserias de esta vida se nos convertirán en dulces y agradables; y seremos realmente felices al haber encontrado nuestro paraíso en este mundo, puesto que estaremos participando del espíritu paciente de Jesucristo que nos reconcilió mediante su muerte sobre esta santa cruz,dice san Pablo, para hacernos santos, puros e irreprensibles ante Dios.

Consideremos, pues, atentamente, cuán deudores somos a este sagrado madero por haber contribuido de tal modo a nuestra santificación. Elevémoslo, con el celo del ferviente amor, hasta Jesucristo, para unirlo a él, que sigue amándolo todavía, porque ama nuestra salvación y se siente satisfecho de haber cargado con él para nuestra santificación. Así, pues, cuando tengáis alguna aflicción, uníos a Jesús doliente; amad su cruz, ya que sois uno de sus miembros.Esa unión y ese amor suavizarán vuestras penas y os las tornarán mucho más tolerables.

Fuente: San Juan Bautista de la Salle, Meditaciones

La voluntad de Dios es que seamos santos (III)

Beato Carlos de Austria 07 11 El Beato Carlos de Austria y su esposa Zita

En esta Iglesia entramos por medio del santo Bautismo: y es en este momento cuando nosotros prometemos hacernos santos. En esta Iglesia se participa de los santos Sacramentos, pero éstos no se administran sino a los que son santos o que tomaron la firme resolución de hacerse santos. De esta Iglesia se pasa al paraíso, que es la misma Iglesia triunfante, pero no pasa más que el que es santo; y vosotros bien sabéis que si alguno de estos santos tuviera alguna mancha, la debe reparar primero en el fuego del Purgatorio. ¿Y vosotros, quisierais decirme ahora que no estamos obligados a hacernos santos?

Es ciertísimo que para salvarse, basta morir en gracia de Dios; y que alguno entra en el Paraíso quizás después de una vida tibia, fría y alguna vez también mala; pero esto será un milagro que Dios lo hace de vez en cuando, y pretender que lo haga con nosotros sería lo mismo que obligarlo a que no lo hiciera. Observad un poco cómo os molesta tener un súbdito o un servidor cualquiera que hace todo a la fuerza y más bien muestra empeño en engañaros que en serviros. Vosotros no estáis dispuestos a compadecerlo, y compadecerán más bien a un pobre enfermo, a un impotente que hiciera menos que él pero que muestra deseo de hacer más de lo que puede. Así hace el Señor con nosotros. Él sufre, compadece, ayuda, perdona a quien ve empeñado en hacer todo lo que puede, que desea hacer más de lo que hace y se preocupa por no poder hacer todo lo que él quisiera. Pero se enfada y detesta a quien siempre se muestra con pesar de huir del mal y hacer el bien, se contenta con poco y no piensa en lo mejor, lleva una mala vida, o alterna el mal con el bien, y no se apresura ni piensa en repararla.

El Señor odia y detesta, en pocas palabras, a todos los que quieren salvarse sin ser buenos, a los que quisieran ir al Paraíso sin ser santos: Escribe, -dice un día el Señor a San Juan,- escribe al Obispo de Laodicea, que no me gusta su conducta, y que empezaré a abandonarlo. ¿Por qué, Señor mío, por qué debo darle una noticia de tan mal gusto? Porque es muy tibio, no piensa en el Paraíso, porque se ocupa demasiado de las cosas de este mundo. No digo que sea un malvado, pero es muy dejado y no me gusta; y por eso, si no se arrepiente, si no hace penitencia, y si no es más fervoroso, yo lo alejo de mí.

Fuente: San Antonio Gianelli, Homilía “De la obligación de hacernos santos”

Debemos pedir con frecuencia la «perseverancia final»

Santa Teresa de Jesus 12 36 Muerte de Santa Teresa de Jesús

Si bien es cierto que la perseverancia final en la gracia de Dios [morir en estado de gracia] es un don de Dios enteramente gratuito y que nadie puede merecer, sin embargo, con la oración revestida de las debidas condiciones puede obtenerse infaliblemente de Dios este gran don de la perseverancia final.

La Sagrada Escritura nos dice con toda claridad que obtendremos de Dios todo cuanto le pidamos en orden a nuestra eterna salvación; y, como es obvio, ninguna otra cosa es más necesaria para conseguirla que la perseverancia final. La promesa divina consta con toda claridad en la Sagradas Páginas. He aquí algunos textos del todo explícitos e inequívocos:
Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla y a quien llama se le abre (Mt 7, 7-8)
Y todo cuanto con fe pidiereis en la oración, lo recibiréis (Mt 21, 22)
Y lo que pidiereis en mi nombre, eso haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo; si me pidiereis alguna cosa en mi nombre, yo lo haré (Jn 14, 13-14).
Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros pedid lo que quisiereis y se os dará (Jn 15, 7).
Y la confianza que tenemos en él es que, si le pedimos alguna cosa conforme con su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que nos oye en cuanto le pedimos, sabemos que obtenemos las peticiones que le hemos hecho (I Jn 5, 14-15)

He aquí cómo expone Santo Tomás los argumentos de razón:
«Con la oración podemos impetrar incluso lo que no podemos merecer. Porque Dios escucha a los mismos pecadores cuando le piden perdón, aunque de ningún modo lo merecen. (...) De otra suerte hubiera sido inútil la oración del publicano cuando decía: Compadécete de mí, Señor, que soy un hombre pecador (Lc 18, 13). De semejante manera podemos impetrar el don de la perseverancia final para nosotros o para otros, aunque no caiga bajo el mérito.» (S. Tomás, Suma Teológica) [Es decir, no hay ninguna obra que yo pueda realizar al presente y que me haga merecerinfaliblemente el morir en la gracia de Dios. Por eso es que debemos suplicar esta gracia en la oración.]

«Hay también en la Sagrada Escritura muchas oraciones en las cuales se pide a Dios la perseverancia; por ejemplo, en el Salmo: Asegura mis pasos en tus senderos para que mis pisadas no resbalen (Sal 16, 5). Y en la epístola segunda a los Tesalonicenses (2, 16-17): Dios, nuestro Padre, consuele vuestros corazones y los confirme en toda obra y palabra buena.» (S. Tomás, Suma contra gentiles)

Todo hombre está obligado a asegurar su salvación por todos los medios a su alcance. Ahora bien, como la perseverancia final -condición indispensable para salvarse- no puede ser merecida por nadie, si no tuviéramos a nuestra disposición un medio seguro e infalible de conseguirla, sería vano e injusto el precepto divino que nos obliga a salvarnos. Tiene que haber, pues, un medio seguro e infalible de salvación colocado al alcance de todos los hombres, y ese medio no es otro que la oración de súplica revestida de las debidas condiciones.

Fuente: Cf. Fr. Antonio Royo Marín, op, Teología de la salvación

El tesoro del tiempo

Reloj del Corazon de Jesus 01 01

Los que andan en negocios humanos dicen que el tiempo es oro. Me parece poco: para los que andamos en negocios de almas el tiempo es ¡gloria!

Tengo que hablaros del tiempo, de este tiempo que se marcha. No voy a repetir la conocida afirmación de que un año más es un año menos... Tampoco os sugiero que preguntéis por ahí qué piensan del transcurrir de los días, ya que probablemente -si lo hicierais- escucharíais alguna respuesta de este estilo: Juventud, divino tesoro, que te vas para no volver... Aunque no excluyo que oyerais otra consideración con más sentido sobrenatural.
Tampoco quiero detenerme en el punto concreto de la brevedad de la vida, con acentos de nostalgia. A los cristianos, la fugacidad del caminar terreno debería incitarnos a aprovechar mejor el tiempo, de ninguna manera a temer a Nuestro Señor, y mucho menos a mirar la muerte como un final desastroso. Un año que termina -se ha dicho de mil modos, más o menos poéticos-, con la gracia y la misericordia de Dios, es un paso más que nos acerca al Cielo, nuestra definitiva Patria.

Al pensar en esta realidad, entiendo muy bien aquella exclamación que San Pablo escribe a los de Corinto: tempus breve est!, ¡qué breve es la duración de nuestro paso por la tierra! Estas palabras, para un cristiano coherente, suenan en lo más íntimo de su corazón como un reproche ante la falta de generosidad, y como una invitación constante para ser leal. Verdaderamente es corto nuestro tiempo para amar, para dar, para desagraviar. No es justo, por tanto, que lo malgastemos, ni que tiremos ese tesoro irresponsablemente por la ventana: no podemos desbaratar esta etapa del mundo que Dios confía a cada uno.

No existen fechas malas o inoportunas: todos los días son buenos, para servir a Dios. Sólo surgen las malas jornadas cuando el hombre las malogra con su ausencia de fe, con su pereza, con su desidia que le inclina a no trabajar con Dios, por Dios. ¡Alabaré al Señor, en cualquier ocasión! El tiempo es un tesoro que se va, que se escapa, que discurre por nuestras manos como el agua por las peñas altas. Ayer pasó, y el hoy está pasando. Mañana será pronto otro ayer. La duración de una vida es muy corta. Pero, ¡cuánto puede realizarse en este pequeño espacio, por amor de Dios!

Fuente: San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios

La voluntad de Dios es que seamos santos (I)

Beato Carlos 04 07 Beato Carlos de Austria

Diciéndoos que todos tenemos la obligación de hacernos santos, no quiero haceros creer que todos tenemos la obligación de hacer milagros y de obrar maravillas. Aquellos que nosotros llamamos santos por excelencia, suelen ser honrados por Dios con la gracia de los milagros, pero la verdadera santidad no consiste en hacer milagros. Éstos son indicios de santidad, pero no son la santidad. La verdadera santidad consiste en el exacto cumplimiento de la ley de Dios y en un empeño vivo de crecer en la virtud.

Digámoslo más brevemente. La verdadera santidad consiste en hacer la voluntad de Dios. Quien la hace, dice el Señor, entra triunfalmente en el reino de Dios: El que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ese entrará en el reino de los cielos.(Mt 7, 21).
¿Queréis persuadiros ahora de que todos estamos obligados a hacernos santos? Primeramente decidme: ¿Estamos obligados a intentar ir al Paraíso? ¿Quién puede dudarlo? Pero si en el Paraíso no entra sino el que trata de hacer la divina voluntad, y hemos dicho ya que es lo mismo que hacerse santos, ¿cómo podemos hacerlo, a menos de intentarlo? ¿Queréis un mandato más expreso y más claro?

Sabed -dice San Pablo- que la voluntad de Dios respecto a vosotros, es ésta, que os hagáis santos: Haec est voluntas Dei, santificatio vestra. Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación (I Tes 4, 3).
Entonces, ¿por qué razones creéis que el Señor os haya provisto de tantos instrumentos de gracia y de santidad: sacramentos, oraciones, indulgencias, el santo sacrificio de la misa, la palabra divina y la asistencia del Espíritu Santo? Son medios y ayudas para la santidad: no puede habérnoslos dado sino para que nos sirviéramos de ellos y hacernos santos. ¿Por qué razón, creéis que nos haya dado en su Pasión tantos ejemplos de pobreza, de humildad, de dulzura, de mortificación, de retiro, de penitencia, de padecimiento? ¿Por qué razón creéis que él haya llamado a los apóstoles y a los discípulos sus amigos, sus parientes, sus hermanos? Lo dice él mismo ante las turbas: porque hacían la divina voluntad, que es lo mismo que decir, porque eran santos.

Finalmente, ¿por qué razón creéis que el Señor ha tenido y tiene tanto cuidado de nosotros, unas veces afligiéndonos otras consolándonos, a veces con su gracia y otras veces con castigos?: porque nos quiere santos: Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación. Todo lo que Dios ha hecho por nosotros y todo lo que quiere que nosotros hagamos, tiende a la santidad.

Fuente: San Antonio Gianelli, Homilía “De la obligación de hacernos santos”

Vivir lo ordinario con alma extraordinaria

Maria de la Concepcion Barrecheguren 01 01 Sierva de Dios María de la Concepción Barrecheguren

María de la Concepción Barrecheguren nace en Granada el 27 de noviembre de 1905. La vida de María de la Concepción fue breve. No llegó a cumplir veintidós años. Pese a ello, supo utilizar su tiempo y vivirlo intensamente.

Al regreso de un viaje a Lisieux (octubre 1926), una leve ronquera es el anuncio de la tuberculosis. El desarrollo de la enfermedad de Concepción, y de los sufrimientos que la acompañan, provocan la admiración de quienes la conocieron. Su fe inquebrantable y su fidelidad, no dejan de sorprender. Lo extraordinario de ella es su vida ordinaria y común; pero, además, su modo de aceptar y afrontar la cruz no pasó desapercibido.

"Hoy cumplo veintiún años -escribe-. Esto quiere decir que la vida corre mucho más aprisa [de lo] que nosotros creemos; quizá haya transcurrido la mitad, la tercera parte de mi vida..., quizá muera dentro de poco..., y aun cuando viva muchos años, se pasarán con igual rapidez que los anteriores. ¿Qué es una larga vida, comparada con la eternidad? Menos que una gota de agua, comparada con el océano. Dentro de poco partiré de este mundo y de mi vida no quedará rastro alguno; así como tampoco deja señal de su paso la nave que atraviesa los mares. Y esta vida tan corta, tan fugaz, me la da Dios, para ganar una eternidad. ¡Desgraciada de mí si la desperdicio! ¡Desdichada de mí si la empleo en otra cosa que no sea amar a Dios! ¡Oh, Dios mío! En tu misericordia infinita me concedes estos años de vida; no sé si me quedarán ya pocos...; lo que sí sé es que me los das para que te ame, te sirva y, mediante esto, gane el cielo; haz que no los desaproveche, que no me entretenga con las cosas de la tierra y, mucho menos, ponga en ellas mi corazón, que mis días no sean vacíos, sino llenos de tu amor y de buenas obras. Te agradezco los innumerables beneficios y gracias que me has concedido en el transcurso de estos 21 años, y te ruego me perdones lo mal que he correspondido a ellos. Sí, Dios mío, vergüenza me da, pero es cierto que tú no has cesado de amarme y yo no he cesado de desagradarte. ¿Podías esperar esto de mí? Pero ya, Señor, quiero enmendarme, quiero amarte, quiero conformarme en todo lo que dispongas de mí. Haz que los años que me queden de vida sean sólo para ti".

Murió el 13 de mayo de 1927. Quienes la conocieron, supieron que estaban ante una persona especial, extraordinaria y santa.

Fuente: barrecheguren.com

Meditar en la elección del Cielo

Angel Custodio 03 04 Ángel Custodio

Ponte en la presencia de Dios. Humíllate en su presencia y pídele que te ilumine.

Consideraciones: Imagina que te encuentras en campo raso, solo con tu buen ángel, como el jovencito Tobías cuando iba a Rages, y que te hace ver: arriba el cielo, con todos los goces, y, abajo, el infierno, con todos los tormentos, arrodíllate delante de tu ángel:

1.Considera que es una gran verdad el que tú te encuentras entre el cielo y el infierno, y que uno y otro están abiertos para recibirte, según la elección que hubieres hecho.
2.Considera que la elección del uno o del otro, hecha en este mundo, durará eternamente.
3.Aunque ambos están abiertos para recibirte, según la elección que hicieres, es cierto que Dios, que está presto a darte o el uno por su misericordia o el otro por su justicia, desea, empero, con deseo no igualado, que escojas el paraíso; y tu ángel bueno te impele a ello, con todo su poder, ofreciéndote, de parte de Dios, mil gracias y mil auxilios, para ayudarte a subir.
4.Jesucristo, desde lo alto del cielo, te mira con bondad y te invita amorosamente: «Ven, ¡oh alma querida!, al descanso eterno: entre los brazos de mi bondad, que te ha preparado delicias inmortales, en la abundancia de su amor». Contempla, con los ojos del alma, a la Santísima Virgen, que te llama maternalmente: «Ánimo, hijo mío, no desprecies los deseos de mi Hijo, ni tantos suspiros que yo hago por ti, anhelando con Él, tu salvación eterna».

Elección
1. ¡Oh infierno!, te detesto ahora y eternamente; detesto tus tormentos y tus penas; detesto tu infortunada y desdichada eternidad, y, sobre todo, las eternas blasfemias y maldiciones que vomitas continuamente contra Dios. Y, volviendo mi alma y mi corazón hacia ti, ¡oh hermoso paraíso, oh gloria eterna, felicidad perdurable!, escojo irrevocablemente y para siempre mi morada y mi estancia dentro de tus bellas y sagradas mansiones, y en tus santos y deseables tabernáculos. Bendigo, ¡oh Dios mío!, tu misericordia y acepto el ofrecimiento que de ella te plazca hacerme. ¡Oh Jesús, Salvador mío!, acepto tu amor eterno y la adquisición, que para mí has hecho, de un lugar en esta bienaventurada Jerusalén, más que para otra cosa, para amarte y bendecirte eternamente,

1.Acepta los favores que la Virgen y los santos te hacen; promételes que te encaminarás hacia ellos; da la mano a tu buen ángel, para que te conduzca; alienta a tu alma para esta elección.

Fuente: cf. San Francisco de Sales, Introducción a la Vida Devota

Sobre la Fiesta de Cristo Rey

Sagrado Corazon 40 73

Nos place, venerables hermanos, indicar brevemente las utilidades que en bien, ya de la Iglesia y de la sociedad civil, ya de cada uno de los fieles, esperamos y Nos prometemos de este público homenaje de culto a Cristo Rey.

a) Para la Iglesia
En efecto: tributando estos honores a la soberanía real de Jesucristo, recordarán necesariamente los hombres que la Iglesia, como sociedad perfecta instituida por Cristo, exige -por derecho propio e imposible de renunciar- plena libertad e independencia del poder civil; y que en el cumplimiento del oficio encomendado a ella por Dios, de enseñar, regir y conducir a la eterna felicidad a cuantos pertenecen al Reino de Cristo, no puede depender del arbitrio de nadie.

b) Para la sociedad civil
La celebración de esta fiesta, que se renovará cada año, enseñará también a las naciones que el deber de adorar públicamente y obedecer a Jesucristo no sólo obliga a los particulares, sino también a los magistrados y gobernantes. A éstos les traerá a la memoria el pensamiento del juicio final, cuando Cristo, no tanto por haber sido arrojado de la gobernación del Estado cuanto también aun por sólo haber sido ignorado o menospreciado, vengará terriblemente todas estas injurias; pues su regia dignidad exige que la sociedad entera se ajuste a los mandamientos divinos y a los principios cristianos, ora al establecer las leyes, ora al administrar justicia, ora finalmente al formar las almas de los jóvenes en la sana doctrina y en la rectitud de costumbres. Es, además, maravillosa la fuerza y la virtud que de la meditación de estas cosas podrán sacar los fieles para modelar su espíritu según las verdaderas normas de la vida cristiana.

c) Para los fieles
Porque si a Cristo nuestro Señor le ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra; si los hombres, por haber sido redimidos con su sangre, están sujetos por un nuevo título a su autoridad; si, en fin, esta potestad abraza a toda la naturaleza humana, claramente se ve que no hay en nosotros ninguna facultad que se sustraiga a tan alta soberanía.
Es, pues, necesario que Cristo reine en la inteligencia del hombre, la cual, con perfecto acatamiento, ha de asentir firme y constantemente a las verdades reveladas y a la doctrina de Cristo; es necesario que reine en la voluntad, la cual ha de obedecer a las leyes y preceptos divinos; es necesario que reine en el corazón, el cual, posponiendo los efectos naturales, ha de amar a Dios sobre todas las cosas, y sólo a Él estar unido; es necesario que reine en el cuerpo y en sus miembros, que como instrumentos, o en frase del apóstol San Pablo, como armas de justicia para Dios, deben servir para la interna santificación del alma. Todo lo cual, si se propone a la meditación y profunda consideración de los fieles, no hay duda que éstos se inclinarán más fácilmente a la perfección.

Haga el Señor, venerables hermanos, que todos cuantos se hallan fuera de su reino deseen y reciban el suave yugo de Cristo; que todos cuantos por su misericordia somos ya sus súbditos e hijos llevemos este yugo no de mala gana, sino con gusto, con amor y santidad, y que nuestra vida, conformada siempre a las leyes del reino divino, sea rica en hermosos y abundantes frutos; para que, siendo considerados por Cristo como siervos buenos y fieles, lleguemos a ser con El participantes del reino celestial, de su eterna felicidad y gloria.

Fuente: S.S. Pío XI, Carta Encíclica Quas Primas

Corazón de Jesús, esperanza de los que en ti mueren

Beato Pier Giorgio Frassati 10 10 Beato Pier Giorgio Frassati

“Preciosa es a los ojos del Señor la muerte de sus santos.” Salmo 115, 6.
La reciente conmemoración de todos los fieles difuntos nos invita hoy a contemplar, bajo una luz de fe y de esperanza, la muerte del cristiano, para la que las Letanías del Sagrado Corazón nos ponen en los labios la invocación: “Corazón de Jesús, esperanza de los que en ti mueren, ten piedad de nosotros”.
La muerte forma parte de la condición humana; es el momento terminal de la fase histórica de la vida. En la concepción cristiana, la muerte es un paso: de la luz creada a la luz increada, de la vida temporal a la vida eterna.
Ahora bien, si el Corazón de Cristo es la fuente de la que el cristiano recibe luz y energía para vivir como hijo de Dios, ¿a qué otra fuente se dirigirá para sacar la fuerza necesaria para morir de modo coherente con su fe? Como vive en Cristo, así no puede menos de morir en Cristo.

La invocación de las letanías recoge la experiencia cristiana ante el acontecimiento de la muerte: el Corazón de Cristo, su amor y su misericordia, son esperanza y seguridad para quien muere en Él.
Pero conviene que nos detengamos un momento a preguntarnos: ¿Qué significa “morir en Cristo”? Significa ante todo leer el evento desgarrador y misterioso de la muerte a la luz de la enseñanza del Hijo de Dios y verlo, por ello, como el momento de la partida hacia la casa del Padre, donde Jesús, pasando también Él a través de la muerte, ha ido a prepararnos un lugar (cf. Jn 14, 2); es decir significa creer que, a pesar de la destrucción de nuestro cuerpo, la muerte es premisa de vida y de fruto abundante (cf. Jn 12, 24).
“Morir en Cristo” significa, además, confiar en Cristo y abandonarse totalmente a Él, poniendo en sus manos el propio destino, así como Él, muriendo, puso su espíritu en las manos del Padre (cf. Lc 23, 46). Significa cerrar los ojos a la luz de este mundo en la paz, en la amistad, en la comunión con Jesús, porque nada, ni la muerte ni la vida... podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro (Rm 8, 38-39).
En aquella hora suprema, el cristiano sabe que, aunque el corazón le reproche algunas culpas, el Corazón de Cristo es más grande que el suyo y puede borrar toda su deuda si él está arrepentido (cf. 1 Jn 3, 20).

“Morir en Cristo” significa también, fortificarse para aquel momento decisivo con los signos santos del paso pascual: el sacramento de la Penitencia, que nos reconcilia con el Padre y con todas las creaturas; el santo Viático, Pan de vida y medicina de inmortalidad; y la Unción de los enfermos, que da vigor al cuerpo y al espíritu para el combate supremo.
“Morir en Cristo” significa, finalmente, “morir como Cristo” orando y perdonando;teniendo junto a sí a la bienaventurada Virgen. Como madre, Ella estuvo junto a la cruz de su Hijo (cf. Jn 19, 25); como madre está al lado de sus hijos moribundos, Ella que, con el sacrificio de su corazón, cooperó a engendrarlos a la vida de la gracia; está al lado de ellos, presencia compasiva y materna, para que del sufrimiento de la muerte nazcan a la vida de la gloria.

Fuente: cf. San Juan Pablo II, Ángelus del 5 de noviembre de 1989

Mostrar más publicaciones ...

Suscríbase al Blog de ARCADEI

Stacks Image 25