En la Beatificación del Papa Pio IX


En la Homilía del 3 de septiembre de 2000, S.S. Juan Pablo II dijo: Al escuchar las palabras de la aclamación al Evangelio: “Señor, guíanos por el recto camino”, nuestro pensamiento ha ido espontáneamente a la historia humana y religiosa del Papa Pío IX, Giovanni Maria Mastai Ferretti. En medio de los acontecimientos turbulentos de su tiempo, fue ejemplo de adhesión incondicional al depósito inmutable de las verdades reveladas. Fiel a los compromisos de su ministerio en todas las circunstancias, supo atribuir siempre el primado absoluto a Dios y a los valores espirituales. Su larguísimo pontificado no fue fácil, y tuvo que sufrir mucho para cumplir su misión al servicio del Evangelio. Fue muy amado, pero también odiado y calumniado.

Sin embargo, precisamente en medio de esos contrastes resplandeció con mayor intensidad la luz de sus virtudes: las prolongadas tribulaciones templaron su confianza en la divina Providencia, de cuyo soberano dominio sobre los acontecimientos humanos jamás dudó. De ella nacía la profunda serenidad de Pío IX, aun en medio de las incomprensiones y los ataques de muchas personas hostiles. A quienes lo rodeaban, solía decirles: “En las cosas humanas es necesario contentarse con actuar lo mejor posible; en todo lo demás hay que abandonarse a la Providencia, la cual suplirá los defectos y las insuficiencias del hombre”.

Sostenido por esa convicción interior, convocó el Concilio Vaticano I, que aclaró con autoridad magistral algunas cuestiones entonces debatidas, confirmando la armonía entre fe y razón. En los momentos de prueba, Pío IX encontró apoyo en María, de la que era muy devoto. Al proclamar el dogma de la Inmaculada Concepción, recordó a todos que en las tempestades de la existencia humana resplandece en la Virgen la luz de Cristo, más fuerte que el pecado y la muerte.

Oración: Señor Dios nuestro, que, en tiempos de grandes transformaciones culturales y sociales, guiaste el camino de tu Iglesia, confiándola al seguro magisterio, al infatigable celo apostólico y a la ferviente caridad de tu siervo el papa Pío IX, te pedimos humildemente, por la intercesión de la Santísima Virgen, a quien proclamó Inmaculada, que confirmes nuestra fe, que alimentes nuestra esperanza y fortalezcas nuestra caridad. Amén.

Niños Santos e intercesores de la infancia

Niños en peregrinación con las imágenes de los pequeños hermanos Francisco y Jacinta Marto; que se han convertido en los santos “no mártires” más jóvenes en la historia de la Iglesia, luego de haberse comprobado por su intercesión, la curación milagrosa de una grave lesión cerebral que padecía Luca Baptista, un niño brasileño.

“Yo te bendigo, Padre, porque has revelado estas verdades a los pequeños”. La alabanza de Jesús reviste hoy la forma solemne de la beatificación de los pastorcitos Francisco y Jacinta. Con este rito, la Iglesia quiere poner en el candelero estas dos velas que Dios encendió para iluminar a la humanidad en sus horas sombrías e inquietas. Mis últimas palabras son para los niños. La Virgen tiene mucha necesidad de todos vosotros para consolar a Jesús, triste por los pecados que se cometen; tiene necesidad de vuestras oraciones y sacrificios por los pecadores. Pedid a vuestros padres y educadores que os inscriban a la “escuela” de Nuestra Señora, para que os enseñe a ser como los pastorcitos, que procuraban hacer todo lo que Ella les pedía. Os digo que “se avanza más en poco tiempo de sumisión y dependencia de María, que en años enteros de iniciativas personales, apoyándose sólo en sí mismos” (san Luis María de Montfort). Fue así como los pastorcitos rápidamente alcanzaron la santidad, entregándose con total generosidad a la dirección de tan buena Maestra, alcanzaron en poco tiempo las cumbres de la perfección. Yo te bendigo, Padre, por todos tus pequeños, comenzando por la Virgen María, tu humilde sierva, hasta los pastorcitos Francisco y Jacinta. Que el mensaje de su vida permanezca siempre vivo para iluminar el camino de la humanidad. (Palabras de San Juan Pablo II en la homilía del 13 de mayo de 2000)

Como un ejemplo para nosotros, tenemos ante los ojos a san Francisco Marto y a santa Jacinta, a quienes la Virgen María introdujo en el mar inmenso de la Luz de Dios, para que lo adoraran. De ahí recibían ellos la fuerza para superar las contrariedades y los sufrimientos. (Palabras del Papa Francisco en la Misa de la Canonización el 13 de mayo de 2017)

Oración

Santos Francisco y Jacinta, vosotros que, aunque siendo niños fuisteis capaces de ofrecer grandes sacrificios a la Virgen María para la salvación de los pecadores, ayudadnos a no desperdiciar las pequeñas cruces cotidianas sino a transformarlas en ofrendas preciosas y agradables a Dios para la salvación del mundo. Nuestra Señora de Fátima, por intercesión de los Santos Pastorcitos Francisco y Jacinta, proteged y custodiad la inocencia de los niños en su infancia. Haz que ellos encuentren en vuestro Corazón Inmaculado y materno, refugio y protección. Amén.

¡Santos pastorcitos de Fátima, rogad por todos los niños del mundo!

Una antigua devoción

En el siglo XVI El Papa Nicolás V otorgó indulgencia a la devoción por los Catorce Santos Auxiliadores.

Oh Santos Auxiliadores: San Blas, celoso obispo y benefactor de los pobres; San Jorge, valiente Mártir de Cristo; San Acacio, útil abogado en la muerte; San Erasmo, poderoso protector de los oprimidos; San Vito, protector especial de la castidad; San Cristóbal, poderoso intercesor en los peligros; Santa Margarita, valiente campeona de la Fe; San Pantaleón, milagroso ejemplar de caridad; San Ciríaco, terror del Infierno; San Gil, despreciador del mundo; San Eustaquio, ejemplar de la paciencia en la adversidad; San Dionisio, brillante espejo de fe y confianza; Santa Catalina, victoriosa defensora de la Fe y la pureza; Santa Bárbara, poderosa patrona de los moribundos, Rogad por nosotros.

Oh Señor, que a través de la intercesión de San Blas,

nos confirmes en la Esperanza.

Que a través de la intercesión de San Jorge,

nos preserves en la Fe.

Que a través de la intercesión de San Acacio,

nos otorgues una muerte santa.

Que a través de la intercesión de San Erasmo,

enardezcas en nosotros tu Santo Amor.

Que a través de la intercesión de San Vito,

nos enseñes el valor del alma.

Que a través de la intercesión de San Cristóbal,

nos preserves del pecado.

Que a través de la intercesión de Santa Margarita,

nos preserves del Infierno.

Que a través de la intercesión de San Pantaleón,

nos des caridad para nuestro prójimo.

Que a través de la intercesión de San Ciríaco,

nos otorgues la resignación a tu Santa Voluntad.

Que a través de la intercesión de San Gil,

nos otorgues un Juicio piadoso.

Que a través de la intercesión de San Eustaquio,

nos des paciencia en la adversidad.

Que a través de la intercesión de San Dionisio,

nos des tranquilidad de conciencia.

Que a través de la intercesión de Santa Catalina,

acortes nuestro Purgatorio.

Que a través de la intercesión de Santa Bárbara,

nos recibas en el Cielo. Amén.

Fuente: Cf. es.aleteia.org

La fecundidad del apostolado reside en la oración y los sacramentos

Cristo convoca a todos a santificarse en la realidad de la vida cotidiana; por ello, el trabajo es también medio de santificación personal y de apostolado cuando se vive en unión con Jesucristo, pues el Hijo de Dios, al encarnarse, se ha unido en cierto modo a toda la realidad del hombre y a toda la creación.

El creyente, en virtud del bautismo, que lo incorpora a Cristo, está llamado a entablar con el Señor una relación ininterrumpida y vital. Está llamado a ser santo y a colaborar en la salvación de la humanidad.

“Tomó, pues, Dios al hombre y lo dejó en el jardín de Edén, para que lo labrase y cuidase”. El libro del Génesis, nos recuerda que el Creador ha confiado la tierra al hombre, para que la “labrase” y “cuidase”. Los creyentes, actuando en las diversas realidades de este mundo, contribuyen a realizar este proyecto divino universal. El trabajo y cualquier otra actividad, llevada a cabo con la ayuda de la gracia, se convierten en medios de santificación cotidiana.

Difundid en la sociedad, la conciencia de que todos estamos llamados a la santidad. Esforzaos por ser santos vosotros mismos en primer lugar, cultivando un estilo evangélico de humildad y servicio, de abandono en la Providencia y de escucha constante de la voz del Espíritu. De este modo, seréis “sal de la tierra” y brillará “vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”.

Pero para cumplir una misión tan ardua hace falta un incesante crecimiento interior alimentado por la oración. La fecundidad del apostolado reside, ante todo, en la oración y en una vida sacramental intensa y constante. Este es, en el fondo, el secreto de la santidad y del verdadero éxito de los santos.

Que la Virgen haga de cada uno un testigo auténtico del Evangelio, dispuesto a dar en todo lugar una generosa contribución a la construcción del reino de Cristo.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilías del 17 de mayo de 1992 y 6 de octubre de 2002

Oración por los Sacerdotes


¡Oh Jesús!

Te ruego por tus fieles y fervorosos sacerdotes,

por tus sacerdotes tibios e infieles,

por tus sacerdotes que trabajan cerca o en lejanas misiones,

por tus sacerdotes que sufren tentación,

por tus sacerdotes que sufren soledad y desolación,

por tus jóvenes sacerdotes,

por tus sacerdotes ancianos,

por tus sacerdotes enfermos,

por tus sacerdotes agonizantes,

por los que padecen en el purgatorio.

Pero sobre todo, te encomiendo a los sacerdotes

que me son más queridos,

al sacerdote que me bautizó,

al que me absolvió de mis pecados,

a los sacerdotes a cuyas Misas he asistido

y que me dieron tu Cuerpo y Sangre en la Sagrada Comunión,

a los sacerdotes que me enseñaron e instruyeron,

me alentaron y aconsejaron,

a todos los sacerdotes a quienes me liga

una deuda de gratitud.

Oh Jesús, que has instituido el sacerdocio para continuar en la tierra la obra divina de salvar a las almas, protege a tus sacerdotes en el refugio de tu Sagrado Corazón. Guarda sin mancha sus manos consagradas, que a diario tocan tu Sagrado Cuerpo, y conserva puros sus labios teñidos con tu Preciosa Sangre. Haz que se preserven puros sus corazones, marcados con el sello sublime del sacerdocio, y no permitas que el espíritu del mundo los contamine. Aumenta el número de tus apóstoles, y que tu santo amor los proteja de todo peligro. Bendice sus trabajos y fatigas y que, como fruto de su apostolado, obtengan la salvación de muchas almas que sean su consuelo aquí en la tierra y su corona eterna en el Cielo. Amén.

Fuente: Oración que rezaba Santa Teresa de Lisieux

Los santos levantan el mundo


Un alma abrasada de amor no puede estarse inactiva. Es cierto que, como santa María Magdalena, permanece a los pies de Jesús, escuchando sus palabras dulces e inflamadas; parece que no da nada, pero da mucho más que Marta, que anda inquieta y nerviosa con muchas cosas y quisiera que su hermana la imitase.

Lo que Jesús censura no son los trabajos de Marta. A trabajos como ésos se sometió humildemente su divina Madre durante toda su vida, pues tenía que preparar la comida de la Sagrada Familia. Lo único que Jesús quisiera corregir es la inquietud de su ardiente anfitriona.

Así lo entendieron todos los santos, y más especialmente los que han llenado el universo con la luz de la doctrina evangélica. ¿No fue en la oración donde san Pablo, san Agustín, san Juan de la Cruz, santo Tomás de Aquino, san Francisco, santo Domingo y tantos otros amigos ilustres de Dios bebieron aquella ciencia divina que cautivaba a los más grandes genios?

Un sabio decía: “Dadme una palanca, un punto de apoyo, y levantaré el mundo”. Lo que Arquímedes no pudo lograr, porque su petición no se dirigía a Dios y porque la hacía desde un punto de vista material, los santos lo lograron en toda su plenitud. El Todopoderoso les dio un punto de apoyo: Él mismo, Él solo. Y una palanca: la oración, que abrasa con fuego de amor. Y así levantaron el mundo. Y así lo siguen levantando los santos que aún militan en la tierra. Y así lo seguirán levantando hasta el fin del mundo los santos que vendrán.

Fuente: Santa Teresa del Niño Jesús, Historia de un alma

Santos Joaquín y Ana, un Matrimonio Bendito

Esposos santos en quienes Dios obró el Misterio de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, su hija Purísima concebida sin pecado original

Santa Ana, casada con san Joaquín, permaneció estéril durante veinte años, porque, según atestigua san Juan Damasceno, Dios quería con ello darle a entender que el hijo que habría de dar a luz sería un don de la gracia.

Santa Ana, que se aplicó intensamente a la oración durante el tiempo de su esterilidad, para obtener de Dios la gracia de verse libre de ella, mereció, por su asiduidad a la oración, traer al mundo a la Santísima Virgen, Madre de Jesucristo Nuestro Señor. Admiremos cuán alto honor le hizo Dios al elegirla como madre de tan santa y excelente hija, y para ser, por consiguiente, la primera que había de contribuir al sublime misterio de la Encarnación. Santa Ana, después de haber dado al mundo a la Santísima Virgen, la ofreció a Dios como algo que le era debido. Rectamente entendió que, habiendo sido honrada con tan sublime beneficio, debía manifestar a Dios su gratitud, ofreciéndole lo que de Él había recibido.

Admiremos, con la Iglesia, el honor que Dios dispensó a san Joaquín al escogerlo para ser padre de la Santísima Virgen y para dar inicio al misterio de la Encarnación; por lo cual resulta muy adecuado que se le diera el nombre de Joaquín, que significa preparación del Señor. Confesemos también con la Iglesia que tal elección fue para este santo un favor singularísimo; y reconozcamos, con san Epifanio, que todos los hombres tienen deuda muy grande con este santo patriarca, por haberles hecho el más excelente de todos los regalos, trayendo al mundo a la Santísima Virgen, Madre de Jesucristo, la más pura y excelsa de todas las criaturas. Honremos a este santo por haber contribuido a formar la Iglesia, que le debe lo que es, ya que engendró a la Santísima Virgen, Madre de Aquel de quien nació la Iglesia.

San Joaquín se dio perfecta cuenta de la particular gracia que Dios le había concedido, de ser padre de la Santísima Virgen. Así, tan pronto como ella estuvo en condiciones de ir al templo, la ofreció a Dios.

Fuente: San Juan Bautista de la Salle, Meditaciones

Casados y Santos

Los esposos Martin, (hoy celebramos su memoria litúrgica) canonizados en 2015, y los esposos Beltrame, beatificados en 2001. Los primeros Matrimonios de la Historia de la Iglesia en ser elevados juntos al honor de los altares

“Sí, queridas familias, en la Iglesia ha llegado la hora de la familia. Lo confirma la beatificación del matrimonio Luis Beltrame y María Corsini, que acabamos de celebrar. A su intercesión, unida a la de María Santísima, encomendamos de modo particular el compromiso misionero de las familias cristianas”. (San Juan Pablo II, Ángelus del 21 de octubre de 2001)

Oración a los Beatos Luis y María

Señor Jesús, Tú llamaste a los Beatos Luis y María, esposos y padres según tu Corazón, a vivir día tras día, en el mundo actual, la gracia santificante del sacramento del matrimonio, ayudándose con el amor sincero a recorrer juntos el “camino angosto” pero luminoso de la santidad cristiana. Tú, que imprimes en la familia humana tu divino sello del Amor del Padre, haz que el testimonio luminoso y la intercesión de estos esposos, unida a la de la Virgen Madre y San José, nos obtengan a todas las familias perseverancia en la oración, fortaleza en la tribulación, unión sincera, perdón recíproco, amor fecundo. Por su intercesión sostiene y protege a los jóvenes matrimonios. Hazlos fieles en el amor, y ábrelos al don divino de la vida. Haz que siguiendo su ejemplo, podamos vivir también nosotros fielmente nuestra vocación a la santidad. Amén.

Beatos Luis y María, rogad por nosotros.

“Los santos esposos Luis Martin y Celia Guérin vivieron el servicio cristiano en la familia, construyendo cada día un ambiente lleno de fe y de amor; y en este clima brotaron las vocaciones de las hijas, entre ellas santa Teresa del Niño Jesús”. (S.S. Francisco, Homilía del 18 de octubre de 2015)

Oración al santo matrimonio Martin

Dios de eterno amor, nos has dado en los santos esposos Luis y Celia Martin un hermoso ejemplo de santidad vivida en el matrimonio. Ambos conservaron su fe y su esperanza en medio de los trabajos y pruebas de la vida, y educaron a sus hijos para que llegaran a ser santos. Te pedimos que su ejemplo sostenga a las familias de hoy en la vida cristiana y nos ayuden a todos a caminar hacia la santidad. Amén.

Santos Luis y Celia, rogad por los matrimonios y las familias del mundo entero.

Santificados en la vida laical - San José Moscati


El doctor José Moscati nació en Benevento (Italia), el 25 de julio de 1880. Ingresó en la universidad para estudiar medicina y a los veintidós años de edad se graduó con las mejores calificaciones de su generación. Era gran devoto de la Santísima Virgen. Se levantaba diariamente muy temprano para ir a Misa y recibir la Comunión. Después se dirigía a las colonias pobres para ver algunos enfermos y a las ocho treinta de la mañana iniciaba el trabajo en el hospital. Cuando sucedió la erupción del Vesubio en 1906, fue de voluntario a Torre del Greco donde había un gran hospital, y durante más de veinte horas ayudó a trasladar enfermos a un lugar seguro. En la epidemia de cólera de 1911 en Nápoles, se mantuvo en su puesto con abnegación heroica. Luego fue nombrado director del Hospital de Incurables y se le encomedó la formación de los estudiantes de medicina. Su densa jornada, llena de ocupaciones en el hospital, la universidad, el consultorio y las visitas domiciliarias, quebrantaron su salud. El 12 de abril de 1927 por la mañana, como siempre, asistió al hospital, visitando a numerosos enfermos. Hacia las tres de la tarde se sentó en un sillón, donde entregó repentinamente su santa alma al Señor.

Fue beatificado en 1975 por el Papa Pablo VI y canonizado el 28 de abril de 1987 por el Papa Juan Pablo II, quien dijo en la homilía: "Por naturaleza y vocación, Moscati fue ante todo y sobre todo el médico que cura: responder a las necesidades de los hombres y a sus sufrimientos fue para él una necesidad imperiosa e imprescindible. El móvil de su actividad como médico no fue, pues, solamente el deber profesional, sino la conciencia de haber sido puesto por Dios en el mundo para obrar según sus planes y para llevar, con amor, el alivio que la ciencia médica ofrece, mitigando el dolor y haciendo recobrar la salud". Su fiesta se conmemora el 12 de abril.

Oración

Oh San José Moscati, médico lleno de caridad, míranos que recurrimos con fe a tu intercesión. Danos la salud física y espiritual, para que podamos servir con generosidad a Dios y al prójimo. Alivia las penas de los que sufren, conforta a los enfermos, consuela a los afligidos, da esperanza a los que no la tienen. Haz que los enfermos puedan encontrar médicos como tú, humanos y cristianos. Que los jóvenes encuentren en ti un modelo de vida, los trabajadores un ejemplo, los ancianos un consuelo, los moribundos la esperanza de la salvación eterna. Sé un guía para nosotros: enséñanos a trabajar con seriedad, honestidad y caridad, para cumplir cristianamente nuestros deberes cotidianos. Amén.

San José Moscati, ruega por nosotros.

Fuente: Cf. es.catholic.net

Santificados en la vida laical- Santa Ana Schäffer


Anna Schäffer nace el 18 de febrero de 1882 en Mindelstetten, Alemania. Aprendió la piedad y el amor de Dios de su madre que le enseñó a ser una buena cristiana. Después de hacer la Primera Comunión, ella se ofreció al Señor, siendo su más caro deseo entrar en una orden de Hermanas misioneras. Su vida fue marcada el 4 de febrero de 1901, estando en un trabajo como empleada, sufrió un accidente en el que sus dos piernas se quemaron con agua hirviendo, quedando ella invalida, aquejada por terribles dolores y postrada en su cama, pero fue desde ahí que inició su labor de apostolado mediante cartas y consejos. Fueron 24 años de sufrimiento, ofreciéndolo siempre al Señor, hasta que falleció el 5 de octubre de 1925, diciendo “Jesús, vivo por ti”.

En la homilía de su beatificación, el 7 de marzo de 1999, Juan Pablo II dijo: “Cuanto más se transformaba su vida en un calvario, tanto más fuerte era en ella la convicción de que la enfermedad y la debilidad podían ser las líneas en las que Dios escribía su Evangelio. Llamaba a su habitación de enferma taller del dolor, para conformarse cada vez más con la cruz de Cristo. Hablaba de tres llaves que Dios le había concedido: La más grande es de hierro y muy pesada, son mis sufrimientos. La segunda es la aguja, y la tercera, la pluma. Con todas estas llaves quiero trabajar día tras día, para poder abrir la puerta del cielo. Entre atroces dolores, Ana Schäffer tomaba conciencia de la responsabilidad que cada cristiano tiene de la santidad de su prójimo. Por eso utilizó su pluma. Su lecho de enferma se ha convertido en la cuna de un apostolado que se ha extendido al mundo entero. Las pocas fuerzas que le quedan las emplea en el bordado”. Fue canonizada por Benedicto XVI el 21 de octubre de 2012. Su fiesta se celebra el 5 de octubre.

Oración

Señor, concédenos a través del ejemplo e intercesión de Santa Ana Schäffer, saber entender que en la oración, en el sacrificio y en la expiación se encuentra el gran medio para encontrar la Salvación eterna y la felicidad en la tierra. Concede la conversión a los pecadores, la unidad a la Iglesia, la paz a las familias, la firmeza y fidelidad a los sacerdotes, la piedad y la pureza a los jóvenes. Te lo pedimos por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Santa Ana Schaffer, ruega por nosotros.

Fuente: Cf. es.catholic.net

La Pura y Limpia Concepción de Nuestra Señora de Itatí


“Nos encontramos ante la imagen de la Inmaculada Concepción, venerada en el santuario de Itatí, fundado en el año 1615, y centro de la honda tradición mariana de esta región. Desde entonces, muchos miles de peregrinos han acudido ante esta imagen para honrar a María; para poner sus intenciones y sus vidas bajo su protección e intercesión.

Hoy queremos acudir también nosotros a la Virgen María, para atestiguar ese mismo amor y esa misma confianza en la que es Madre de Dios y Madre nuestra. Queremos ser buenos hijos que vienen a saludar a su Madre; hijos que se saben necesitados de su protección maternal; hijos que quieren demostrarle sinceramente su afecto”. (Homilía de San Juan Pablo II, en su visita a Corrientes, Argentina el 9 de abril de 1987)

Oración

Tiernísima Madre de Dios y de los hombres, que bajo la advocación de la Pura y Limpia Concepción de Nuestra Señora de Itatí, miraste con ojos de misericordia por más de tres siglos a todos los que te han invocado.

Atiende nuestras necesidades que tu mejor que yo las conoces.

Concédenos un gran amor a tu divino Hijo Jesús y un corazón puro, humilde y prudente, paciencia en la vida, fortaleza en las tentaciones y consuelo en la muerte.

Amén.

Santificados en la vida laical- San Nunzio Sulprizio

Tapiz de la Canonización de Nunzio Sulprizio

San Nunzio Sulprizio nació en Pescosansonesco, Italia, el 13 de abril de 1817. Tras quedar huérfano a edad temprana, fue confiado al cuidado de su abuela materna. De ella aprendió el arte de la oración y las verdades profundas de la fe. Con nueve años se quedó nuevamente solo. Se hizo cargo de él un tío materno, herrero, brusco de modales y violento. En la herrería, además de los maltratos del tío, comenzaron también los sufrimientos físicos: se enfermó gravemente de osteosarcoma y fue enviado a Nápoles, al Hospital de los Incurables. Un tío paterno lo confió al coronel Félix Wochinger, que se lo llevó consigo y lo cuidó como un verdadero padre. La recuperación duró 21 meses. Sufriendo entre los que sufren, llevaba consuelo y ayuda a los demás. Muy deteriorado y postrado en cama, murió el 5 de mayo de 1836, a los 19 años. La vida de este joven, dedicada totalmente a Dios, estuvo marcada por dos grandes amores: la Eucaristía y la Virgen María. Fue beatificado por Pablo VI el 1 de diciembre de 1963, e inscrito entre los Santos por el Papa Francisco el 14 de octubre de 2018. Su Memoria litúrgica se celebra el 5 de mayo.

Nunzio Sulprizio terminó santamente su vida temporal. En julio de 1859 Pío IX lo declaró Siervo de Dios, en virtud del decreto que introducía el proceso que ahora acaba de terminar, y León XIII, en 1891, declaró heroicas las virtudes del joven, comparando su figura a la de San Luis Gonzaga, con motivo del tercer centenario de la muerte de este santo, por la devoción que Nunzio Sulprizio le dispensó, y por la brevedad con que ambos cerraron el ciclo de su vida en la tierra, distintos en el aspecto histórico y social, los dos jóvenes proporcionan a la Iglesia el gozo y la gloria de una misma virtud: la santidad juvenil. (Palabras de San Pablo VI en la beatificación, 1 de diciembre de 1963)

Oración

Señor Dios todopoderoso, que de entre tus fieles elegiste a san Nunzio Sulprizio para que manifestara a sus hermanos el camino que conduce a Ti, concédenos que su ejemplo nos ayude a seguir a Jesucristo, nuestro Maestro, para que logremos así alcanzar un día, junto con nuestros hermanos, la gloria de tu reino eterno. Por Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo. Amén

San Nunzio, ruega por nosotros.

Fuente: Cf. causesanti.va

Oración para honrar los miércoles a San José


¡Oh patriarca santo! Nuestra salud está en vuestras manos; miradnos propicio tan solamente, y serviremos al Rey de la gloria con alegría y paz.

Acordaos que jamás se ha oído decir que ni uno solo de los que han acudido a vuestra protección haya quedado sin consuelo. Alcanzadnos, pues, de Jesús, vuestro Hijo, y de María Santísima, vuestra esposa, remedio en todas nuestras necesidades.

Son grandísimos los trabajos que nos oprimen. El mundo está ardiendo, quieren tornar a sentenciar a Cristo, quieren poner su Iglesia por el suelo, quieren borrar hasta el nombre cristiano de la tierra, y vos, oh excelso patriarca, que salvasteis un día a Jesús y María de una muerte cierta que les maquinaban sus perseguidores, ahora, en esta hora decisiva, alcáncenos vuestro poderoso auxilio, y haced que, destruidas todas las adversidades y errores, vivamos en paz, muramos en gracia y alcancemos la gloria.

Yo os consagro desde hoy para siempre, mi alma, vida y corazón con todos los obsequios y alabanzas que os han tributado y tributarán los justos de cielo y tierra. Logre con vuestro favor y poderoso patrocinio, santo mío de mi corazón, vivir en justicia, morir en gracia y alcanzar la gloria. Amén.

Fuente: Cf. San Enrique de Ossó, El devoto josefino

Oración a San Pedro y San Pablo


Glorioso San Pedro, Príncipe de los Apóstoles y de la Iglesia Católica; por aquella obediencia con que a la primera voz dejaste cuanto tenías en el mundo para seguir a Cristo; por aquella fe con que creíste y confesaste por Hijo de Dios a tu Maestro; por aquella humildad con que, viéndole a tus pies, rehusaste que te los lavase; por aquellas lágrimas con que amargamente lloraste tus negaciones; por aquella vigilancia con que cuidaste como pastor universal del rebaño que se te había encomendado; finalmente, por aquella imponderable fortaleza con que diste por tu Redentor la vida crucificado, te suplico, Apóstol glorioso, por tu actual sucesor el Vicario de Cristo. Alcánzame que imite del Señor esas virtudes tuyas con la victoria de todas mis pasiones; y concédeme especialmente el don del arrepentimiento para que, purificado de toda culpa, goce de tu amable compañía en el Cielo.

Glorioso apóstol San Pablo, vaso escogido del Señor para llevar su santo nombre por toda la tierra; por tu celo apostólico y por tu abrasada caridad con que sentías las penas del prójimo como si fueran tuyas; por la inalterable paciencia con que sufriste persecuciones, cárceles, azotes, cadenas, tentaciones, naufragios y hasta la misma muerte; por aquel celo que te estimulaba a trabajar día y noche en beneficio de las almas y, sobre todo, por aquella prontitud con que a la primera voz de Cristo en el camino de Damasco te rendiste enteramente a la gracia, te ruego, por todos los apóstoles de hoy, y que me consigas del Señor que imite tus ejemplos, oyendo prontamente la voz de sus inspiraciones, pelee contra mis pasiones con total desapego de las cosas temporales y aprecio de las eternas, para gloria de Dios. Amén.

Fuente: cf. Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

Ser sumisos al Espíritu Santo

“Os voy a revelar un secreto para ser santo y dichoso. Si todos los días, durante cinco minutos, sabéis hacer callar vuestra imaginación, cerráis los ojos a las cosas sensibles y los oídos a todos los rumores de la tierra, para penetrar en vosotros mismos, y allí, en el santuario de vuestra alma bautizada, que es el templo del Espíritu Santo, habláis a este Espíritu Divino, diciéndole:

Oh Espíritu Santo, alma de mi alma, os adoro. Iluminadme, guiadme, fortalecedme, consoladme. Decidme que debo hacer; dadme vuestras órdenes: os prometo someterme a todo lo que deseéis de mí y aceptar todo lo que permitáis que me suceda. Hacedme tan sólo conocer vuestra Voluntad.

Si esto hacéis, vuestra vida se será feliz, serena y llena de consuelo, aun en medio de las penas, porque la gracia será en proporción a la prueba, dándonos la fuerza de sobrellevarla, y llegaréis así a la puerta del Paraíso cargados de méritos. Esta sumisión al Espíritu Santo es el secreto de la santidad”.

Fuente: de los escritos del Cardenal Mercier

Una gran figura del laicado católico

"El beato Federico Ozanam, apóstol de la caridad, esposo y padre de familia ejemplar, gran figura del laicado católico... hombre de pensamiento y de acción, sigue siendo un modelo de compromiso valiente, en la búsqueda de la verdad y en la defensa de la dignidad de toda persona humana". (Palabras de la homilía de S.S. Juan Pablo II en la beatificación de Federico Ozanam, 22 de agosto de 1997)

He aquí algunos breves escritos del beato Federico Ozanam: "Zarandeado algún tiempo por la duda, sentía una imperiosa necesidad de sujetarme con todas mis fuerzas a las columnas del Templo... extenderé mi brazo para mostrar la religión como un faro liberador a los que navegan por el mar de la vida, sintiéndome dichoso si algunos amigos vienen a agruparse alrededor de mí. El catolicismo se elevará súbitamente sobre el mundo y se pondrá a la cabeza de este siglo que renace....

Muero en el seno de la Iglesia católica, apostólica y romana. He conocido las dudas de nuestro siglo, pero a lo largo de mi vida me he convencido de que no hay reposo para el espíritu y el corazón más que en la Iglesia y bajo su autoridad...

Ruego por mi familia, mi esposa, mi hija y demás parientes para que perseveren en la fe y sean testigos a pesar de los escándalos y demás sufrimientos de la vida".

Oración para pedir por su canonización

Señor, has hecho del Beato Federico Ozanam un testigo del Evangelio, maravillado con el misterio de la Iglesia y le has dotado de una incansable generosidad al servicio de los que sufren. En familia, se reveló hijo, hermano, esposo y padre ejemplar. En el mundo, su ardiente pasión por la verdad iluminó su pensamiento, su enseñanza y sus escritos. En cada uno de los aspectos de su breve existencia, aparece su visión profética de la sociedad tanto como la evidencia de sus virtudes. Señor, si tal es tu voluntad, te pedimos que la Iglesia proclame su santidad, tan providencial para los tiempos presentes. Te lo pedimos por Cristo Nuestro Señor. Amén.

La santidad está a nuestro alcance

En las vidas de todos los santos, encontramos las siguientes similitudes: Amor a Dios y al prójimo, determinación para seguir a Jesús y para levantarse de inmediato después de una caída, completa ruptura con el pecado grave, crecimiento en la virtud y la oración y, el cumplimiento de la Voluntad de Dios.

Estas características están al alcance de todo ser humano y en ellas no desaparecen las faltas o imperfecciones. En este punto, debemos hacer una distinción entre faltas y pecados. Una persona santa cumple los mandamientos y se ayuda de las disposiciones y capacidades que posee para que este cumplimiento sea un proceso de imitación de Cristo, un proceso de santificación. Sin embargo, tiene también una serie de debilidades que lo hacen escoger, constantemente, entre él mismo y Dios. Es en este vaciarse personalmente que cada uno, al irse llenando de Jesús, se va haciendo santo.

La santidad es una “experiencia de crecimiento” y éste consiste en el incremento del conocimiento, amor, autocontrol y todas las demás virtudes imitables de Jesús. No tenemos que perder de vista la santidad mientras avanzamos en la vida, ya que la santidad significa que Jesús es para nosotros lo que ninguna otra cosa puede ser en el mundo.

El santo es la persona que ama a Jesús como para querer ser como Él en la vida cotidiana. Como Él, cumplir amorosamente la Voluntad de Dios, sabiendo que de todas las cosas saldrá algo bueno porque es amado personalmente por Dios.

Los santos son gente común con la compasión del Padre en sus almas, la humildad de Jesús en sus mentes y el amor del Espíritu en sus corazones. Cuando estas bellas cualidades crecen día a día en las situaciones cotidianas, nace la santidad.

Fuente: Madre Angélica, La santidad es para todos

La virtud del Abandono en los santos (IV)

Providencia de mi Dios, admirable y divina Providencia, infinitamente ilustrada, que todo lo prevés y que todo lo provees. Providencia infinitamente sabia, que gobiernas todo con orden, peso y medida, te adoro en todas tus disposiciones. Me abandono en ti sin reserva; pongo mi suerte en tus manos. Te confío el cuidado de mi cuerpo, de mi alma, de mi salud y de mi reputación; de mis bienes y de mi fortuna, de mi vida y de mi muerte, y sobre todo mi salvación eterna, con la firme persuasión de que en ninguna parte estaré mejor que en tus manos. No quiero en adelante gobernarme más por mí mismo, quiero dejarme gobernar en todo por la Providencia. No quiero entregarme más a inquietudes inútiles ni a cuidados superfluos. Haciendo lo que Dios me ordena, confiaré a la Providencia el éxito de todas mis empresas y de todos mis trabajos; esperaré todo de su bondad y descansaré siempre en ella.

No emprenderé nada que no confíe a la Providencia, y en todas mis dificultades e inquietudes acudiré a ella como un recurso infalible. Pondré en ella toda mi confianza, esperando que me preservará de los males que temo o me dará la fortaleza de soportarlos con paciencia si me los envía y así me serán provechosos. No temeré sino el único mal que es el pecado. Tendré siempre presente esta verdad, que todo lo que me sucede es una disposición y un efecto de la Providencia, convencido de que Dios cuida de mí como si fuera único en el mundo.

Así, tranquilo en todo y contento con todo, quiero vivir y morir bajo el imperio y las órdenes de la divina Providencia; no quiero apartarme de ella un solo instante, no trataré ni de apresurarla ni de posponerla, esperaré pacientemente los momentos que ella fije y determine; toda mi atención será estudiarla y seguirla hasta en la cosas más pequeñas.

Santa y amable Providencia, te doy gracias por todos los cuidados caritativos que has querido prodigarle a una criatura tan pequeña y débil como yo. Te ruego humilde e insistentemente que continúes prodigándomelos. Conduce todos mis pasos, regula todas mis acciones, gobiérname en todos los momentos de mi vida; dispón de mí y de todo lo que me pertenece como te plazca, para tu mayor gloria y para mi salvación. Amén.

Fuente: Beato Juan Martín Moye, Oración de Abandono en la Divina Providencia

La virtud del Abandono en los santos (III)

Jesús al alma:

¿Por qué os confundís, angustiándoos? Dejad a mí la gestión de vuestros asuntos y todo se calmará. En verdad os digo que cada acto de verdadero, ciego y completo abandono en mí, produce el efecto que deseáis y resuelve los problemas más espinosos. Abandonarse en mí no significa atormentarse, alterarse o desesperarse, dirigiéndome luego una oración llena de inquietud. Abandonarse significa cerrar plácidamente los ojos del alma, apartar el pensamiento de la tribulación y confiarse a mí para que sólo Yo obre, diciéndome: “ocúpate Tú de ello”. La preocupación, la turbación, el querer pensar en las consecuencias de un hecho son cosas contrarias al abandono. Cerrad los ojos y dejaos llevar por la corriente de mi Gracia; cerrad los ojos y no pensad más que en el momento presente, alejándoos del pensamiento del futuro como de una tentación; reposad en mi creyendo en mi Bondad, y os juro por mi Amor que, diciéndome con estas disposiciones: “ocúpate Tú de ello”, yo lo haré por entero, os consolaré, os libraré, os guiaré.

Y cuando tenga que llevaros por un camino diferente de aquel que veis vosotros, yo os adiestraré, os llevaré en mis brazos, haré que os encontréis en la otra orilla, como niños dormidos en los brazos maternos. ¡Cuántas cosas realizo cuando el alma, tanto en sus necesidades espirituales como en aquellas materiales, se vuelve a mí, me mira y diciéndome: “ocúpate Tú de ello”, cierra los ojos y reposa. Si me decís de verdad: “hágase tu Voluntad”, que es lo mismo que decir: “ocúpate Tú de ello”, yo intervendré con toda mi omnipotencia y venceré las mayores dificultades.

No descansáis nunca, queréis valorarlo todo, escudriñarlo todo, pensar en todo, y os abandonáis así a las fuerzas humanas, o peor, a los hombres, confiando en su intervención. Es esto lo que obstaculiza. ¡Oh, como deseo vuestro abandono para beneficiaros!, ¡y cuanto me aflijo al veros turbados! Satanás tiende precisamente a esto: a turbaros para apartaros de mi acción y arrojaros a la merced de las iniciativas humanas. Confiad por eso sólo en mí, reposad en mí, abandonaos a mí en todo. Yo obro milagros en proporción del pleno abandono en mí, y a la ausencia de preocupaciones vuestras. Rogad siempre con esta disposición de abandono y tendréis gran paz y grandes frutos, incluso cuando yo os concedo la gracia de la inmolación de reparación y de amor, que importa el sufrimiento. ¿Te parece imposible? Cierra los ojos y di con toda el alma: “Jesús, ocúpate Tú de ello”. No temas, me ocuparé de ello y bendecirás mi Nombre humillándote. Mil plegarias no valen lo que un solo acto de abandono vale: recordadlo bien.

Fuente: Oración compuesta por el Siervo de Dios Dolindo Ruotolo

Ante tus ojos, Señor

Ante tus ojos, Señor, ponemos nuestras culpas, y los castigos que por ellas hemos recibido.

Si pesamos el mal que hemos hecho, es poco lo que padecemos, y más lo que merecemos.

Es más grave lo que hemos cometido, y más leve lo que por ello sufrimos.

Sentimos la pena del pecado, y no por ello abandonamos la obstinación en pecar.

En tus castigos se aniquila nuestra debilidad, mas no se muda nuestra iniquidad.

Se inclina el espíritu dolorido, pero no se doblega la cerviz.

Nuestra vida suspira en el penar, pero no se enmienda en el obrar.

Si nos esperas, no nos corregimos; si nos castigas, no lo soportamos.

Mientras dura el castigo, confesamos lo que hemos pecado; cuando pasa tu visita, olvidamos lo que hemos llorado.

Si extiendes tu Mano, prometemos obrar bien; si suspende el golpe, no cumplimos lo que hemos prometido.

Si nos castigas, clamamos para que perdones; si nos perdonas, de nuevo te ofendemos.

Aquí nos tienes, Señor, confesándonos culpables; reconocemos que si nos perdonas, es justo que nos castigues.

Concede, oh Padre clemente, que de la misma nada has creado a quien te ruega, otorgarle el Perdón que te suplica, aunque no lo merezca. Amén.

Fuente: Oración compuesta por San Agustín

Abandonarnos en Dios

Santa Teresita del Niño Jesús, nos dice en sus escritos que nuestro Abandono en las manos de Dios tiene que ser como un "barquito" con las "velas" del amor desplegadas en el "mar" de la divina Voluntad

Aquel pues que quiere gozar de la abundancia de todos los bienes no tiene que hacer sino una cosa: purificar su corazón, desapegarse de las criaturas y abandonarse enteramente a Dios. En esta pureza y este abandono encontrará todas las cosas.

¡Qué los demás, Señor, os pidan toda clase de dones, multiplicando sus palabras y sus ruegos; en lo que a mí toca, Dios mío, no os pido sino un único don, y no tengo más que esta sola súplica para haceros: Dame, Señor un corazón puro! ¡Oh corazón puro, qué dichoso eres! Pues ves a Dios en Sí mismo, por la vivacidad de tu fe. Lo ves en todas las cosas y lo ves en todo momento, obrando dentro y fuera de ti. Eres en todo su súbdito y su instrumento. El te conduce en todo y te conduce a todo. Las más de las veces ni siquiera piensas en ello, pero El piensa por ti. Lo que te ocurre y debe ocurrirte en virtud de su designio, basta con que lo desees; El oye tu preparación. En tu saludable ceguera, si tratas de discernir en ti mismo este deseo, no lo ves. Pero El sí lo ve bien. ¡Qué simple eres! ¿Ignoras acaso lo que es un corazón en el que se halla Dios? Al ver en ese corazón sus propias inclinaciones, Dios sabe bien que siempre permanecerá sumiso a sus designios. Sabe también que apenas si sabes lo que te es útil, y por eso El mismo se ocupa de dártelo. Poco le importa si para ello te contraría: pensabas ir al Oriente, y te conduce a puerto. Sin conocer mapas, ni rutas, ni vientos, ni marea, con El no haces sino viajes felices. Si los piratas surgen y aumentan ante ti, un inesperado golpe de viento te pone en un instante fuera de su alcance.

Fuente: Jean Pierre de Caussade, Tratado del Santo Abandono a la Providencia divina

La voluntad de Dios es que seamos santos (VIII)

No me digan: no podemos, porque puede darse que no puedan rezar por largo tiempo, arrodillándose con las manos juntas. No sabrían hacer meditaciones bien ordenadas, recitar oraciones estudiadas, bien compuestas y afectuosas según la manera de pensar de ustedes; mas piensen en las máximas eternas, piensen seriamente y digan de corazón al Señor aquello que saben, y no vayan a buscar otras cosas: el Señor mira el corazón, no las palabras.

¿No podrán dar limosnas? recen, compadézcanse, aconséjense, corríjanse. Su estado no les permitirá hacer largas oraciones y rigurosas penitencias, pues hagan sólo aquello que pueden; al menos ofrezcan al Señor sus dificultades, sus fatigas, sus sudores, al menos lleven con paciencia aquellas tribulaciones, aquellas desgracias, aquellas enfermedades, aquellas cruces que Dios les envía, y a Él le serán mucho más agradables que aquellas penitencias que ustedes quisieran hacer.

No pueden predicar y convertir el mundo a la fe; pero pueden dar buen ejemplo; vean que del ejemplo que dan en el vestir, en el hablar, en el conversar y en el actuar no se pueda aprender sino el bien, y entonces harán más bien que el que hacen los mismos predicadores. Si desean hacer algo más y no pueden, lloren en lo secreto de sus corazones, lloren no sólo sus propios pecados sino los pecados de todos los hombres, la desgracia de los herejes, de los incrédulos, de los infieles, de los obstinados.

¡Ah! ¡Mis queridos! ¡Si supieran que la santidad más grande está en el corazón y no en la apariencia de lo que se ve! Díganme con sencillez: ¿la sustancia de nuestra ley, no consiste en amar al prójimo y en amar a Dios? Y el prójimo y Dios ¿no se aman con el corazón? Y hablando especialmente de Dios ¿no es verdad que debemos amarlo con un amor entrañable, con un amor ardiente, con un amor tan grande que supere grandemente la esfera de nuestras acciones? Y he aquí, mis oyentes, el más grande motivo por el cual, no sólo, todos podemos y debemos hacernos santos, sino también por el cual Dios no ha querido poner algún límite a nuestra santidad, diciendo que debemos ser perfectos como Él.

Fuente: San Antonio Gianelli, Homilía “De la obligación de hacernos santos”

Oración por las vocaciones sacerdotales

Jesús, Pastor eterno de las almas, escucha la oración que te dirigimos por los Sacerdotes. Hacia ellos sientes el amor más afectuoso y más delicado de tu Corazón, ese amor profundo en que parecen reunirse todos los lazos íntimos que te unen a las almas.

Mira misericordiosamente a toda esa multitud de almas ignorantes, para las cuales el Sacerdote ha de ser luz; a todos los esclavos del pecado, que buscan a alguien que los libre de los engaños y que los salve en tu Nombre.

Piensa en todos esos niños, en todos esos jóvenes, que buscan un guía capaz de llevarles hasta Ti.

Piensa, Señor, en tantas criaturas que sufren y tienen necesidad de un corazón que las consuele y que las lleve a tu Corazón.

Piensa en todas las almas que podrían llegar a la perfección, si encontrasen en su camino la ayuda de un Sacerdote santo.

Haz que tus Sacerdotes conduzcan hacia Ti a toda esta Humanidad que sucumbe de debilidad, para que toda la tierra se renueve, sea exaltada la Iglesia, y el Reino de tu Divino Corazón quede establecido en la paz.

Oh Virgen Inmaculada Madre del Sacerdote Eterno, que tuviste a Juan, el sacerdote amado de Jesús, como primer hijo adoptivo, y que, en el cenáculo presidiste como Reina la reunión de los Apóstoles, alcanza a la Iglesia de tu Hijo un continuo Pentecostés, incesantemente renovado. Así sea.

Fuente: Oración compuesta por el Cardenal Mercier

En la Fiesta de un joven Santo

Aquí aparece ante nuestros ojos la imagen de Domingo Savio, frágil adolescente, de cuerpo débil, pero de alma extendida en una pura oblación de sí al amor soberano, delicado y exigente de Cristo. En una edad tan tierna, uno esperaría encontrar más bien buenas y amables disposiciones del espíritu, y en su lugar se encuentran en él con asombro las vías maravillosas de las inspiraciones de la gracia, y una constante adhesión sin reservas a las cosas del cielo, que su fe percibía con una rara intensidad. En la escuela de su Maestro Espiritual, el gran Santo Don Bosco, él aprendió cómo la alegría de servir a Dios y de hacerlo amar por los demás puede convertirse en un poderoso medio de apostolado. El 8 de diciembre de 1854 lo vio elevado en un éxtasis de amor hacia la Virgen María, y poco después él reunía algunos de sus amigos en la “Compañía de la Inmaculada Concepción”, a fin de avanzar a grandes pasos en el camino de la santidad y para evitar incluso el menor de los pecados. Instaba a sus compañeros a la piedad, a la buena conducta, a la frecuencia de los sacramentos, al rezo del Santo Rosario, a escapar del mal y de las tentaciones. Sin dejarse intimidar por las malas actitudes y respuestas insolentes, intervenía con firmeza, pero con caridad, para llamar al deber a los imprudentes y perversos. Lleno en esta vida de la familiaridad y de los dones del dulce Huésped del alma, pronto dejó la tierra para recibir, con la intercesión de la Reina de los cielos, la recompensa de su filial amor. (Discurso de Pio XII con motivo de la Canonización, el 12 de junio de 1954)

Oración

Santo Domingo Savio, tu entregaste tu corta vida totalmente por el amor a Jesús y su Madre. Ayuda hoy a la juventud para que se dé cuenta de la importancia de Dios en su vida. Tú que llegaste a ser santo a través de la participación fervorosa de los sacramentos, ilumina a padres y niños en la importancia de frecuentar la confesión y la santa comunión. Tú que a una temprana edad meditaste en los sufrimientos de la Pasión de Nuestro Señor, obtén para nosotros la gracia de un ferviente deseo de sufrir por amor a Él. Necesitamos tu intercesión para proteger a los niños de hoy de los engaños de este mundo. Vigila sobre ellos y condúceles por el camino estrecho hacia el Cielo. Pide a Dios que nos de la gracia para santificar nuestras obligaciones diarias llevándolas a cabo de manera perfecta por amor a Él. Y recuérdanos la necesidad de practicar la virtud sobre todo en los tiempos de prueba y tribulación.

Santo Domingo Savio, tú que supiste preservar el corazón en la inocencia bautismal, ruega por nosotros. Amén.

Aviso para los casados

El matrimonio es un gran sacramento, lo digo en Jesucristo y en su Iglesia; es honorable para todos, en todos y en todo, es decir, en todas sus partes: para todos, porque aun las mismas vírgenes han de honrarlo con humildad; en todos, porque es igualmente santo entre los pobres y entre los ricos; en todo, porque su origen, su fin, sus utilidades, su forma y su materia son santas. Es el plantel del cristianismo, que llena la tierra de fieles, para completar, en el cielo, el número de los elegidos; de manera que la conservación del bien del matrimonio es en extremo importante.

Sobre todo exhorto a los casados al amor mutuo, que tanto les recomienda el Espíritu Santo en la Sagrada Escritura. El primer efecto de este amor es la unión indisoluble de vuestros corazones. El segundo es la fidelidad inviolable y mutua. El tercer fruto es la procreación y crianza de los hijos. Es un gran honor para vosotros los casados, el que Dios, al querer multiplicar las almas que puedan bendecirle y alabarle eternamente, os haga cooperadores de una labor tan digna, mediante la producción de los cuerpos, sobre los cuales, como gotas celestiales, hace llover las almas, creándolas, como las crea, al infundirlas en aquellos.

Dice San Gregorio Nacianceno que, en su tiempo, los casados festejaban el aniversario de sus bodas. Ciertamente aprobaría que se introdujese esta costumbre, con tal que no se hiciese con ostentación de fiestas, sino confesando y comulgando los esposos aquel día, encomendando a Dios, con mayor fervor que el de costumbre, el feliz éxito de su matrimonio, renovando los buenos propósitos de santificarlo cada día más con recíproco amor y fidelidad, y recobrando fortaleza en el Señor para sobrellevar las cargas de su estado.

Fuente: San Francisco de Sales, Introducción a la vida devota

Carta de una mujer santa

"Quiero decirte todo lo que siento, todo lo que está en mi corazón, pero no puedo. Pero tú ya sabes lo que son mis sentimientos, así que tienes que saber cómo comprenderme.
Mi queridísimo Pietro, estoy segura que siempre me harás feliz como lo soy ahora y que el Señor escuchará tus oraciones, que salen de un corazón que siempre lo ha amado y servido en una forma santa... Con la ayuda de Dios y su bendición, haremos todo lo que podamos para que nuestra nueva familia sea un cenáculo donde Jesús reine sobre todos nuestros afectos, deseos y acciones.
Mi Pietro, nuestro matrimonio está solo a unos días ahora y me siento conmovida por estar muy cerca a recibir el sacramento del amor. Trabajaremos con Dios en su creación y así podremos darle hijos que lo amen y lo sirvan.
Pietro, ¿podré ser la esposa y madre de tus hijos que siempre has querido? Eso espero porque lo mereces y porque te amo muchísimo".

Fuente: De las cartas de Santa Gianna a su novio Pietro Molla antes del casamiento

La oración nos fortalece en la batalla espiritual

Durante el tiempo de Pascua, la Iglesia lee el libro del Apocalipsis, en el que se encuentran las palabras referentes a la gran señal que apareció en el cielo: una Mujer vestida de sol, una Mujer que estaba a punto de dar a luz. El apóstol Juan ve aparecer, ante ella, un dragón rojo, dispuesto a devorar al niño en cuanto lo diera a luz.

Es una imagen que tiene expresiones también en nuestros tiempos, pues, cuando se ciernen sobre la mujer todas las amenazas contra la vida que está para dar a luz debemos volver nuestra mirada hacia la Mujer vestida de sol, Madre de la Vida, la Madre del Amor hermoso, para que rodee con su cuidado maternal a todo ser humano amenazado en el seno materno. Deseamos que nuestra oración sirva a la causa más grande de las familias humanas: la causa del amor y de la vida.

Quiera Dios que la oración nos fortalezca para la batalla espiritual de la que habla la carta a los Efesios: “Fortaleceos en el Señor y en la fuerza de su poder”. A esa misma batalla se refiere el libro del Apocalipsis, reviviendo ante nuestros ojos la imagen de san Miguel arcángel. Seguramente tenía muy presente esa escena el Papa León XIII cuando, al final del siglo pasado, introdujo en toda la Iglesia una oración especial a san Miguel: “San Miguel arcángel, defiéndenos en la batalla; sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio. Reprímale Dios, pedimos suplicantes; y tú, Príncipe de la milicia celestial, arroja al infierno con el divino poder a Satanás y a los otros espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén”.

Os invito a todos a no olvidar rezarla para obtener ayuda en la batalla contra las fuerzas de las tinieblas y contra el espíritu de este mundo.

Fuente: cf. San Juan Pablo II, Regina Coeli 24 de abril de 1994

La virtud del Abandono en los santos (II)

Padre mío,

me entrego en vuestras manos.

Padre mío,

me abandono a Vos.

Padre mío,

haz de mi lo que os plazca.

Sea lo que hagáis de mí, os lo agradezco;

estoy dispuesto a todo;

lo acepto todo;

os agradezco todo;

con tal que vuestra Voluntad se haga en mí, Dios mío;

con tal que vuestra Voluntad se haga en todas vuestras criaturas, en todos vuestros hijos,

en todos aquellos que vuestro Corazón ama,

no deseo nada más Dios mío.

En vuestras manos entrego mi alma;

os la doy, Dios mío,

con todo el amor de mi corazón,

porque os amo

y porque para mí amarte es darme,

entregarme en vuestras manos sin medida;

me entrego en vuestras manos

con infinita confianza,

pues Vos sois mi Padre.

Amén.

Fuente: Beato Carlos de Foucauld, Escritos espirituales

Comunión espiritual y visita al Santísimo

Un gran complemento de la comunión sacramental que prolonga su influencia y asegura su eficacia es la llamada comunión espiritual. Consiste esencialmente en un acto de ferviente deseo de recibir la eucaristía y en darle al Señor un abrazo estrechísimo como si realmente acabara de entrar en nuestro corazón. Esta práctica piadosísima, bendecida y fomentada por la Iglesia, es de gran eficacia santificadora y tiene la ventaja de poderse repetir innumerables veces al día. Algunas personas la asocian a determinada práctica que haya de repetirse muchas veces (por ejemplo, al rezo del avemaría al dar el reloj la hora). Nunca se alabará suficientemente esta excelente devoción; pero evítese cuidadosamente la rutina y el apresuramiento, que lo echan todo a perder.

Otra excelente práctica que no omitirán un solo día las personas deseosas de santificarse, consiste en pasar un ratito -repetido varias veces al día si es posible- a los pies del divino Maestro, presente en la Eucaristía. La hora más oportuna es al atardecer, cuando la lamparita del Santísimo empieza a prevalecer sobre la luz de la tarde que se va. Como es obvio, se trata de un detalle accidental que puede variarse según las necesidades u obligaciones del que practica la visita al Santísimo; pero en esta hora misteriosa, todo convida al recogimiento y al silencio, que son excelentes disposiciones para oír la voz del Señor en lo más íntimo del alma. El procedimiento mejor para realizar la visita es dejar expansionarse libremente el corazón en ferviente coloquio con Jesús. No hace falta tener letras ni elocuencia alguna para ello, sino únicamente amar mucho al Señor y tener con Él la confianza y sencillez infantil de un niño con su padre amantísimo. Los libros pueden ayudar a cierta clase de espíritus (los hay excelentes, sobre todo el de San Alfonso María de Ligorio), pero de ningún modo podrán suplantar jamás la espontaneidad y frescura de un alma que abra de par en par su corazón a los efluvios de amor que emanan de Jesucristo sacramentado.

Fuente: cf. Fray Antonio Royo Marín, Teología de la perfección cristiana

Misterios Dolorosos (I)

La agonía en el huerto (Lc 22, 39-46)

Va Jesús con ellos a una propiedad llamada Getsemaní, y dice a los discípulos: Sentaos aquí, mientras voy allí a orar. Y tomando consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a sentir tristeza y angustia. Y adelantándose un poco, cayó rostro en tierra, y dijo: Padre si quieres aparta de mí esta copa, pero no se haga mi voluntad sino la tuya. Y sumido en agonía, insistía más en su oración. Su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra (Mt 26, 36-37; Lc 22, 4 1-44).

Comentario de San Agustín

“Nuestro Señor Jesucristo, a punto de sufrir en la plenitud de los tiempos por nuestra salvación, previno a sus discípulos, diciéndoles: Velad y orad para no entrar en tentación. Esto debe ser preocupación constante del cristiano, para que no sea el sueño quien se adueñe de todas las noches; no obstante ello, para imitar al Apóstol, que dice: frecuentemente en vigilias, se ha constituido en esta noche la más sagrada y santa de las vigilias con el fin de que el mundo entero esté en vela por Cristo” (Sermón 223)

Fuente: Rosario con meditaciones de San Agustín

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