Defendiendo la vida

Abby Johnson, Amada Rosa Pérez, Gloria Polo, Patricia Sandoval, apóstoles de la defensa de la vida

“El Evangelio de la vida está en el centro del mensaje de Jesús”. Así lo afirma San Juan Pablo II al comienzo de su Carta Encíclica Evangelium Vitae, en la que con claridad y contundencia afirma: “Todo hombre abierto sinceramente a la verdad y al bien, aun entre dificultades e incertidumbres, con la luz de la razón y no sin el influjo secreto de la gracia, puede llegar a descubrir en la ley natural escrita en su corazón el valor sagrado de la vida humana desde su inicio hasta su término, y afirmar el derecho de cada ser humano a ver respetado totalmente este bien primario suyo. En el reconocimiento de este derecho se fundamenta la convivencia humana y la misma comunidad política”.

Obviamente, si todo hombre debe defender el “valor sagrado de la vida humana”, “los creyentes en Cristo deben, de modo particular, defender y promover este derecho”. No se nos esconde a ninguno que: “hoy este anuncio es particularmente urgente ante la impresionante multiplicación y agudización de las amenazas a la vida de las personas y de los pueblos, especialmente cuando esta es débil e indefensa. A las tradicionales y dolorosas plagas del hambre, las enfermedades endémicas, la violencia y las guerras, se añaden otras, con nuevas facetas y dimensiones inquietantes”.

La primera forma de defender la vida es con nuestra oración. Por eso la Iglesia celebra cada año la Jornada por la Vida el 25 de marzo. Orar para que el derecho a la vida de todo ser humano sea respetado, desde la concepción hasta la muerte natural, suplicando el fin del aborto y de la eutanasia, y de tantas otras formas de violencia contra la vida.

No olvidemos que la muerte entró en el mundo por envidia del diablo, y cuando la humanidad colabora con la “Cultura de la muerte”, el poder del diablo crece. No colaboremos con la “Cultura de la muerte”, sino luchemos por extender la “Cultura de la vida” y la “Civilización del amor”. El primer paso es la oración.

Fuente: eukmamie.org

La Comunión espiritual y su eficacia


La comunión espiritual es la devoción más fácil, breve y útil, a la par que la ocupación más dulce y placentera. Puede hacerse en todo lugar, en todo tiempo, y sin haberla de pedir, sin perder tiempo, y sin que sufran atraso nuestras tareas u ocupaciones, ni puedan impedirla las enfermedades: basta quererla. De aquí es que la beata Águeda de la Cruz comulgaba cien veces entre día, y otras tantas durante la noche; y la vida de la beata Juana de la Cruz puede decirse que era una no interrumpida comunión espiritual: tan fácil es. En cuanto a su utilidad, bastará decir que apareciéndose Jesucristo a la citada Juana, le dijo: que la gracia que se la comunicaba con la comunión espiritual es tanta, cuanta recibía al comulgar sacramentalmente. Aunque sea menor la que a ti se comunique por ser menos fervoroso, siempre será mucha, si procuras hacerlo con toda la devoción y fervor que puedas.

Consiste, pues, esta comunión espiritual en un inflamado deseo de recibir a Jesús sacramentalmente, y participar de las gracias y favores que Él prodiga a los que logran la feliz suerte de acercarse a la sagrada Mesa; pero este deseo exige que no se tenga pecado mortal en la conciencia, o que uno se excite primeramente a contrición de sus pecados.

Para facilitarla, he aquí algunos modos prácticos y tradicionales:

Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre; con el espíritu y fervor de los santos.

O bien la Fórmula de San Alfonso María de Ligorio:

Creo, Jesús mío, que estáis realmente presente en el Santísimo Sacramento del Altar. Os amo sobre todas las cosas y deseo recibiros en mi alma. Pero como ahora no puedo recibiros sacramentado, venid a lo menos espiritualmente a mi corazón. (Pausa en silencio para la adoración)

Como si ya os hubiese recibido, os abrazo y me uno todo a Ti. No permitáis, Señor, que jamás me separe de Ti. Amén.

Aquí calla, adora y entrégate a Jesús sin reserva. Crede, et manducasti,dice San Agustín: Si con fe viva deseas comulgar, ya comulgaste espiritualmente.

Fuente: Cf. Manual del cristiano, 1923

Amar hasta dar la vida

“No hay amor más grande que dar la vida por aquellos que se ama...”

María Cristina Mocellin estaba enferma de cáncer cuando Ricardo, su hijo menor, tenía sólo dos meses de concebido. Su ejemplo, similar al de santa Gianna Beretta Molla, nos muestra lo que significa amar hasta dar la vida.

Vale la pena releer la carta que quiso dejar a su pequeño Ricardo antes de morir:

“Querido Ricardo, cuando supimos que existías, te amamos y quisimos con todas nuestras fuerzas. Recuerdo el día en el que el doctor me dijo que volvían a diagnosticarme tumor en la ingle. Mi reacción fue la de repetir varias veces: ¡estoy embarazada!, ¡estoy embarazada! Me opuse con todas mis fuerzas a renunciar a ti, tanto que el médico comprendió todo y no añadió nada más. Aquella tarde, en el coche, de regreso del hospital, cuando te moviste por primera vez, parecía que me decías: ¡Gracias mamá por amarme! ¿Y cómo podríamos no amarte? Pienso que no existe ningún sufrimiento en el mundo que no valga la pena por un hijo. El Señor ha querido llenarnos de alegría: tenemos tres niños maravillosos que, si Él así lo querrá, con su gracia, podrán crecer como Él desee. Sólo puedo dar gracias a Dios porque ha querido hacernos este regalo tan grande, nuestros hijos.”

El 22 de Octubre de 1995, antes de fallecer, repetía: “Hacer tu Voluntad Señor, es mi paz”. Su causa de beatificación ha sido iniciada en la diócesis de Padua donde vive todavía la familia Mocellin, difundiendo el luminoso ejemplo de la Sierva de Dios.

Oración: Oh Señor, fuente de todo bien, Tú has iluminado de manera admirable a esta joven madre, y se ha convertido en un ejemplo de fe, de vida familiar y de defensa de la vida. María Cristina ha preparado y construido una familia verdaderamente cristiana, haciendo que cada elección de su vida estuviera de acuerdo con el Evangelio. En la Eucaristía siempre encontró el consuelo y el valor para afrontar todas las dificultades de la vida. Te pedimos, oh Padre, que te dignes glorificar en la tierra a esta tu humilde Sierva, que por tu bondad, confiamos que ya la has recompensado en el cielo. Que su vida sea un ejemplo para nuestras familias cristianas. Te lo pedimos por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Fuente: Cf. amicidicristinaonlus.it

Oración para antes de un viaje


Oh Dios, que hiciste caminar en un sendero seco a los hijos de Israel por en medio del mar, y que señalaste a los tres Magos el camino hacia Ti gracias a la estrella, concédenos, te rogamos, nos concedas un viaje próspero y un tiempo tranquilo, para que acompañados de tu santo Ángel, podamos felizmente llegar al lugar al que nos dirigimos y finalmente al puerto de la eterna salvación.

Oh Dios, que guardaste ileso a tu siervo Abraham en todos los caminos de su peregrinación, te rogamos que nos protejas a nosotros, siervos tuyos; sé para nosotros, Señor, amparo al emprender el viaje, alivio al proseguirlo, sombra en el calor, protección en la lluvia, abrigo en el frío, sostén en el cansancio y defensa en la adversidad; para que, con tu guía, lleguemos felizmente adonde vamos y, regresar sanos y salvos a nuestros hogares.

Te rogamos, Señor, atiendas nuestras súplicas, y ordenes prósperamente nuestra ruta, para que en todos los caminos de esta vida seamos siempre protegidos con tu auxilio.

Concédenos, te rogamos, omnipotente Dios, que ésta tu familia avance siempre por los senderos de la salvación, y que siguiendo las enseñanzas de tu precursor San Juan Bautista, lleguemos con toda seguridad a Aquel a quien anunció, Nuestro Señor Jesucristo. Amén.

Vayamos en paz. En el Nombre del Señor.

Fuente: Cf. Misal diario romano

Humildad y oración


¿Quieres adorar a Dios en verdad? Reconoce primero tu pequeñez, magnífica adoración que rendimos a Dios por el conocimiento propio; mi pequeñez, mi ruindad, mi pobreza. Aquí cabe muy bien esta palabra: la humildad es la verdad. La verdad está en conocer nuestra nada. ¿Por qué? ¿Qué somos? Segundo: conocimiento también junto con el de nuestra pequeñez, conocimiento de Su grandeza.

En esta Hostia está toda la omnipotencia, toda la sabiduría, toda la bondad de Jesucristo, porque está su Corazón vivo, como está en el cielo. Cuando así adoramos, lo hacemos en espíritu y en verdad. Después de la adoración hemos de abrir nuestro corazón a todos los demás afectos. Ya sabéis que en el Evangelio se nos presentan diferentes maneras de adorar; unas veces es postrarse profundamente guardando silencio. A veces a la adoración se unen lágrimas, gemidos y suspiros; a veces también acompañan palabras, expresiones, súplicas. Todas estas maneras diversas de adorar caben perfectamente ante Jesús Sacramentado. A veces basta que el alma se incline ante Jesús.

¿Qué hago yo si no se me ocurre nada decirle? ¿Que qué haces? Adora... Y espera. Si no sé decir nada... No importa, ese silencio basta; aunque sientas el corazón seco, árido, incluso molestado de tentaciones, no temas, sigue adorando, que esto solo ya es un acto magnífico ante Dios; y si luego consientes afectos de gratitud, de más inmolación, toma todos estos afectos que el Espíritu Santo te da y preséntaselos también a Jesús. Esta es una práctica principal que hemos de tomar.

Fuente: De los escritos de San José María Rubio, presbítero

Las virtudes heroicas de un joven laico (II)

Venerable Isidoro Zorzano

En Isidoro destacaría su perseverancia en lo ordinario, que implica lealtad: cumplió hasta el último día de su vida los compromisos que había asumido. Podría parecer que se trata de algo fácil, quizá por una concepción equivocada de lo que significa heroísmo: esta palabra no es sinónimo de hechos extraordinarios o hazañas sorprendentes, imposibles de realizar para una persona normal. Heroísmo es practicar las virtudes con constancia y durante un periodo de tiempo suficientemente largo, ahí donde uno está, en lo de todos los días, en el cumplimiento de sus obligaciones como trabajador, ciudadano, amigo, miembro de una familia, etc. Esto es lo que hizo Isidoro.

Le encantaba su profesión y sabía que Dios le llamaba a buscar la santidad en su trabajo. Por amor a Dios, por ejemplo, era el primero en llegar por la mañana a la oficina, llevaba con buen humor y visión sobrenatural los disgustos e injusticias ocasionados por algunos de sus jefes, buscaba hacer todo con competencia profesional, se esforzaba por ser amable en el trato con los demás, era conocido su sentido de justicia y su cercanía con los obreros que trabajaban bajo su dirección que sabían, además, que “con don Isidoro no cabían chapuzas”, porque se cercioraba personalmente que los trabajos se habían hecho a conciencia. Isidoro dio además clases en la Escuela Industrial de Málaga y sus alumnos recuerdan que era siempre paciente y que podían dirigirse a él para pedir cualquier explicación incluso yendo a su casa. Entre los estudiantes se repetía con frecuencia que “era un santo”.

Compaginaba su trabajo con una intensa vida de oración, tenía un gran amor a la Eucaristía, madrugaba todos los días para asistir a Misa y comulgar, colaboraba con obras asistenciales e intentaba acercar a sus amigos y colegas a Dios.

Oración. Dios Todopoderoso, que llenaste a tu siervo Isidoro de abundantes tesoros de gracia en el ejercicio de sus deberes profesionales en medio del mundo: haz que yo sepa también santificar mi trabajo ordinario y llevar la luz de Cristo a mis amigos y compañeros; dígnate glorificar a tu Siervo y concédeme por su intercesión el favor que te pido. Así sea.

Fuente: opusdei.org

Santa Margarita Bays laica, catequista y apóstol de la oración

Margarita Bays, Suiza 1815-1879, canonizada el 13 de octubre de 2019

Margarita Bays era una laica humilde, cuya vida estaba oculta con Cristo en Dios. Se trataba de una mujer muy sencilla, con una vida normal, en la que todos podríamos reconocernos. No hizo nada extraordinario y, sin embargo, su existencia fue un largo y silencioso camino hacia la santidad. En la Eucaristía, la cumbre de su jornada, Cristo era su alimento y su fuerza. A través de la meditación de los misterios del Salvador, especialmente del misterio de la Pasión, logró llegar a la unión transformante con Dios. Algunos de sus contemporáneos pensaban que sus largos momentos de oración eran una pérdida de tiempo. Pero cuanto más intensa era su oración, más se acercaba a Dios y más se dedicaba al servicio de sus hermanos. Porque sólo aquel que reza conoce realmente a Dios. De esta manera descubrimos el importante lugar que ocupa la oración en la vida del laico. La oración no nos aleja del mundo. Al contrario, libera el ser interior, dispone al perdón y a la vida fraterna. La misión vivida por Margarita Bays es la misión que incumbe a todo cristiano.

Cuando enseñaba el catecismo a los niños de su pueblo, trataba de presentarles el mensaje del Evangelio con un lenguaje comprensible para ellos. Se ocupaba también desinteresadamente de los pobres y los enfermos. Aunque nunca salió de su país, tenía el corazón abierto a las dimensiones de la Iglesia universal y del mundo. Con el espíritu misionero que la caracterizaba, introdujo en su parroquia las obras de la Propagación de la fe y de la Santa Infancia. En Margarita Bays descubrimos todo lo que el Señor hizo para hacerla llegar a la santidad: Margarita caminó humildemente con Dios, ejecutando cada gesto de su vida diaria por amor.

Margarita Bays nos exhorta a hacer de nuestra existencia un camino de amor y nos recuerda nuestra misión en el mundo: anunciar el Evangelio en cualquier ocasión, ya sea o no oportuna, y en particular a los jóvenes. Nos invita a hacerles descubrir la grandeza de los sacramentos de la Iglesia. ¿Cómo podrían los jóvenes de hoy reconocer al Salvador en su camino, si no se les inicia a los misterios cristianos? ¿Cómo podrían acercarse a la mesa eucarística y al sacramento del perdón si nadie les hace descubrir su riqueza, como supo hacerlo Margarita Bays?

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 29 de octubre de 1995

Sobre la Oración dominical, el Padre nuestro


A nosotros, cuando oramos, nos son necesarias las palabras: ellas nos amonestan y nos descubren lo que debemos pedir, pero lejos de nosotros el pensar que las palabras de nuestra oración sirvan para mostrar a Dios lo que necesitamos o para forzarlo a concedérnoslo.

Por tanto, al decir: Santificado sea tu nombre, nos amonestamos a nosotros mismos para que deseemos que el nombre del Señor, que siempre es santo en sí mismo, sea también tenido como santo por los hombres, es decir, que no sea nunca despreciado por ellos; lo cual, ciertamente redunda en bien de los mismos hombres y no en bien de Dios. Y cuando añadimos: Venga a nosotros tu reino, lo que pedimos es que crezca nuestro deseo de que este reino llegue a nosotros y de que nosotros podamos reinar en él, pues el reino de Dios vendrá ciertamente, lo queramos o no. Cuando decimos: Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, pedimos que el Señor nos otorgue la virtud de la obediencia, para que así cumplamos su voluntad como la cumplen sus ángeles en el cielo. Cuando decimos: Danos hoy nuestro pan de cada día, con el hoy queremos significar el tiempo presente, para el cual, al pedir el alimento principal, pedimos ya lo suficiente, pues con la palabra pan significamos todo cuanto necesitamos, incluso el sacramento de los fieles, el cual nos es necesario en esta vida temporal, aunque no sea para alimentarla, sino para conseguir la vida eterna. Cuando decimos: Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, nos obligamos a pensar tanto en lo que pedimos como en lo que debemos hacer, no sea que seamos indignos de alcanzar aquello por lo que oramos. Cuando decimos: No nos dejes caer en la tentación, nos exhortamos a pedir la ayuda de Dios, no sea que, privados de ella, nos sobrevenga la tentación y consintamos ante la seducción o cedamos ante la aflicción. Cuando decimos: Y líbranos del mal, recapacitamos que aún no estamos en aquel sumo bien en donde no será posible que nos sobrevenga mal alguno. Y estas últimas palabras de la oración dominical abarcan tanto, que el cristiano, sea cual fuere la tribulación en que se encuentre, tiene en esta petición su modo de gemir, su manera de llorar, las palabras con que empezar su oración, la reflexión en la cual meditar y las expresiones con que terminar dicha oración. Es, pues, muy conveniente valerse de estas palabras para grabar en nuestra memoria todas estas realidades.

Porque todas las demás palabras que podamos decir, bien sea antes de la oración, para excitar nuestro amor y para adquirir conciencia clara de lo que vamos a pedir, bien sea en la misma oración, para acrecentar su intensidad, no dicen otra cosa que lo que ya se contiene en la oración dominical, si hacemos la oración de modo conveniente. Y quien en la oración dice algo que no puede referirse a esta oración evangélica, si no ora ilícitamente, por lo menos hay que decir que ora de una manera carnal. Aunque no sé hasta qué punto puede llamarse lícita una tal oración, pues a los renacidos en el Espíritu solamente les conviene orar con una oración espiritual.

Fuente: De la carta de san Agustín a Proba, Liturgia de las Horas

Que nuestro deseo de la vida eterna se ejercite en la oración


¿Por qué en la oración nos preocupamos de tantas cosas y nos preguntamos cómo hemos de orar, temiendo que nuestras plegarias no procedan con rectitud, en lugar de limitarnos a decir con el salmo: Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida; gozar de la dulzura del Señor, contemplando su templo? En aquella morada, los días no consisten en el empezar y en el pasar uno después de otro ni el comienzo de un día significa el fin del anterior; todos los días se dan simultáneamente, y ninguno se termina allí donde ni la vida ni sus días tienen fin.

Para que lográramos esta vida dichosa, la misma Vida verdadera y dichosa nos enseñó a orar; pero no quiso que lo hiciéramos con muchas palabras, como si nos escuchara mejor cuanto más locuaces nos mostráramos, pues, como el mismo Señor dijo, oramos a aquel que conoce nuestras necesidades aun antes de que se las expongamos.

Puede resultar extraño que nos exhorte a orar aquel que conoce nuestras necesidades antes de que se las expongamos, si no comprendemos que nuestro Dios y Señor no pretende que le descubramos nuestros deseos, pues él ciertamente no puede desconocerlos, sino que pretende que, por la oración, se acreciente nuestra capacidad de desear, para que así nos hagamos más capaces de recibir los dones que nos prepara. Sus dones, en efecto, son muy grandes, y nuestra capacidad de recibir es pequeña e insignificante. Por eso, se nos dice: Dilatad vuestro corazón.

Cuanto más fielmente creemos, más firmemente esperamos y más ardientemente deseamos este don, más capaces somos de recibirlo; se trata de un don realmente inmenso, tanto, que ni el ojo vio, pues no se trata de un color; ni el oído oyó, pues no es ningún sonido; ni vino al pensamiento del hombre, ya que es el pensamiento del hombre el que debe ir a aquel don para alcanzarlo.

Así, pues, constantemente oramos por medio de la fe, de la esperanza y de la caridad, con un deseo ininterrumpido. Pero, además, en determinados días y horas, oramos a Dios también con palabras, para que, amonestándonos a nosotros mismos por medio de estos signos externos, vayamos tomando conciencia de cómo progresamos en nuestro deseo y, de este modo, nos animemos a proseguir en él. Porque, sin duda alguna, el efecto será tanto mayor, cuanto más intenso haya sido el afecto que lo hubiera precedido. Por tanto, aquello que nos dice el Apóstol: Sed constantes en orar, ¿qué otra cosa puede significar sino que debemos desear incesantemente la vida dichosa, que es la vida eterna, la cual nos ha de venir del único que la puede dar?

Fuente: De la carta de san Agustín a Proba, Liturgia de las Horas

Lectura orante de la Sagrada Escritura y lectio divina


La Palabra de Dios está en la base de toda espiritualidad auténticamente cristiana. Como dice san Agustín: “Tu oración es un coloquio con Dios. Cuando lees, Dios te habla; cuando oras, hablas tú a Dios”. Orígenes, uno de los maestros en este modo de leer la Biblia, está convencido de que la vía privilegiada para conocer a Dios es el amor.

En la lectura orante de la Sagrada Escritura, el lugar privilegiado es la Liturgia, especialmente la Eucaristía, en la cual, celebrando el Cuerpo y la Sangre de Cristo en el Sacramento, se actualiza en nosotros la Palabra misma. Así como la adoración eucarística prepara, acompaña y prolonga la liturgia eucarística, así también la lectura orante personal y comunitaria prepara, acompaña y profundiza lo que la Iglesia celebra con la proclamación de la Palabra en el ámbito litúrgico.

La lectio divina, es verdaderamente capaz de abrir al fiel no sólo el tesoro de la Palabra de Dios sino también de crear el encuentro con Cristo, Palabra divina y viviente. Quisiera recordar aquí brevemente cuáles son los pasos fundamentales: se comienza con la lectura (lectio) del texto: ¿Qué dice el texto bíblico en sí mismo? Sigue después la meditación en la que la cuestión es: ¿Qué nos dice el texto bíblico a nosotros? Aquí, cada uno debe dejarse interpelar y examinar, pues no se trata ya de considerar palabras pronunciadas en el pasado, sino en el presente. Se llega sucesivamente al momento de la oración, que supone la pregunta: ¿Qué decimos nosotros al Señor como respuesta a su Palabra? La oración como petición, intercesión, agradecimiento y alabanza, es el primer modo con el que la Palabra nos cambia. Por último, la lectio divina concluye con la contemplación, y nos preguntamos: ¿Qué conversión de la mente, del corazón y de la vida nos pide el Señor? La contemplación tiende a crear en nosotros una visión según Dios, de la realidad y a formar en nosotros la mente de Cristo. Conviene recordar, además, que la lectio divina no termina su proceso hasta que no se llega a la acción, que mueve la vida del creyente a convertirse en don para los demás por la caridad.

Fuente: S.S. Benedicto XVI, Exhortación apostólica Verbum Domini

El testimonio de una madre


Me llamo Rosa Pich. Nací en Barcelona hace algo más de 50 años y soy la octava de 16 hermanos. Me casé en el 89 con quien ha sido mi más fiel acompañante, José María Postigo. Él era el séptimo de 14 hermanos.

Mi marido y yo teníamos la ilusión de formar una familia numerosa. Nos casamos jóvenes: él con 28 y yo con 23 años. Ambos proveníamos de familias numerosas. Al año de casarnos tuvimos la ilusión de ver llegar a nuestra primera hija, pero a las pocas horas de nacer tuvieron que llevársela de nuestro lado pues había nacido con una cardiopatía muy severa y debían trasladarla a un hospital con más medios técnicos. Esos primeros días, los médicos nos avisaron de que no viviría más de tres años; pero gracias a Dios, con operaciones y marcapasos, vivió hasta los 22. Nuestro segundo hijo, Javi, murió al año y medio, también a causa de un problema de corazón. Nuestra tercera hija, Montsita, murió a los 10 días, pues había nacido sin aorta. En menos de cuatro meses tuvimos que enterrar a dos de nuestros hijos y con la incertidumbre de que la mayor pudiera sobrevivir: fueron tiempos difíciles.

Los médicos nos aconsejaron que no tuviéramos más hijos pues, si hasta ese momento todos habían nacido enfermos, los siguientes también nacerían con problemas. “No tengáis más hijos” fue el mensaje claro y directo. Pero nacieron 15 más. La decisión de papá y mamá de engendrar una nueva vida es una decisión de los dos, y solo nosotros decidimos sobre estos aspectos.

Mi marido se falleció el 6 de marzo de 2017 debido a un cáncer de hígado. Ahora nos cuida desde Arriba. Es muy duro, pero gracias a la fe en Dios Padre, estar delante del Santísimo, rezar el Rosario todos los días en familia, la Misa diaria, gracias a que me siento querida y arropada por 15 hijos es posible tomar la Cruz y seguir adelante.

Fuente: Cf. comoserfelizconunodostreshijos.com

Oración de Adviento


¡Dulcísima y amabilísima Madre de Dios y Virgen sacratísima! ya se llega la hora de vuestro bienaventurado parto, parto sin dolor, parto gozoso. Vuestra es esta hora, y nuestra es: vuestra es porque en ella habéis de descubrir al mundo los tesoros divinos que tenéis encerrados en vuestras entrañas, y el Sol que le ha de alumbrar, y el Pan del cielo que le ha de sustentar, y la Fuente de aguas vivas por la cual viven todas la cosas que viven. Y Vos, Señora, con este sagrado parto habéis de quedar más gloriosa, pues por ser Madre no se marchitará la flor de vuestra virginidad, antes cobrará nuevo frescor y nueva belleza, porque sois la puerta de Ezequiel cerrada, huerto cercado y fuente sellada, y todas las gentes os quedarán obligadas, y os reconocerán y venerarán por Madre de su Señor, y reparadora del linaje humano, y Reina de todo lo criado.

Pero también esta hora es nuestra, no solamente por ser para nuestro bien y principio de nuestro bien, sino porque desde que pecó Adán y Dios le dio esperanza con su promesa que le remediaría, todos los patriarcas la han deseado, todos los profetas la han prometido, todos los santos del Antiguo Testamento han suspirado por ella, todas las gentes la han aguardado y todas las criaturas están suspensas y colgadas de vuestro felicísimo parto, en el cual está librada la suma de la salud y felicidad eterna. Pues ¡oh esperanza nuestra! ¡oh refugio y consuelo de nuestro destierro!; oíd nuestros clamores, oíd los gemidos de todos los siglos y naciones, y los continuos ruegos y lágrimas del linaje humano, que está sepultado en la sombra de la muerte aguardando esta luz, y que Vos le mostréis su Salvador, su Redentor, su vida, su gloria y toda su bienaventuranza. Daos prisa, Virgen santísima, daos prisa, acelerad vuestro dichoso y bienaventurado parto, y manifestadnos a vuestro Unigénito Hijo, vestido de vuestra carne, para dar espíritu a los hombres carnales y hacerlos hijos de Dios, al cual sea gloria y alabanza en los siglos de los siglos. Amén.

Fuente: devocionario.com

Meditando en la Navidad (II)


Desde el seno de su Madre comenzó el Niño Jesús a poner en práctica su entera sumisión a Dios, que continuó sin la menor interrupción durante toda su vida. Adoraba a su Eterno Padre, le amaba, se sometía a su Voluntad; aceptaba con resignación el estado en que se hallaba conociendo toda su debilidad, toda su humillación, todas sus incomodidades.

¿Deseamos hacer una verdadera oración? Empecemos por formarnos de ella una exacta idea contemplando al Niño en el seno de su Madre. El Divino Niño ora y ora del modo más excelente. No habla, no medita ni se deshace en tiernos afectos. Su mismo estado, aceptado con la intención de honrar a Dios, es su oración; y ese estado expresa altamente todo lo que Dios merece y de qué modo quiere ser adorado de nosotros.

Unámonos a las oraciones del Niño Dios en el seno de María; unámonos al profundo abatimiento y sea este el primer efecto de nuestro sacrificio a Dios. Démonos a Dios, no para ser algo como lo pretende continuamente nuestra vanidad, sino para ser nada, para quedar enteramente consumidos y anonadados, para renunciar a la estimación de nosotros mismos, a todo cuidado de nuestra grandeza aunque sea espiritual, a todo movimiento de vanagloria.

Desaparezcamos a nuestros propios ojos y que sólo Dios sea todo para nosotros.

Fuente: Fernando de Jesús Larrea, Novena de Navidad

Reina del Santísimo Rosario


Cuan grande es el valor y la excelencia de la oración tanto vocal como mental, pero este valor y excelencia se acrecientan en el Santo Rosario, porque éste asocia y une la oración vocal y la mental. Como oración vocal, el Rosario pone en los labios lo más grande, noble y eficaz que nos enseñaron Jesús y la Iglesia, como oración mental ofrece a la mente y al corazón lo que nuestra religión contiene de más sublime y conmovedor.

La oración dominical (el Padre Nuestro) y la salutación angélica (el Ave María) forman la oración vocal del Santo Rosario; los Misterios de la vida de Cristo, constituyen la oración mental. El Rosario es un catecismo que nos recuerda los Misterios principales de nuestra Religión; ofrece a nuestra consideración la vida de Jesús y la de su santa Madre.

Cuando recemos el Santo Rosario, pongámonos en la presencia de Dios y mientras la boca va repitiendo las oraciones vocales trasladémonos con el pensamiento, por ejemplo a Nazaret y consideremos la humildad de la Virgen, y así considerar cada uno de los Misterios.

El Santo Rosario es fuente de gracias espirituales para las personas y para los hogares. Bienaventuradas aquellas familias que tienen la piadosa costumbre de rezarlo en común.

¡Virgen bendita! Poderoso auxilio de los cristianos, te suplicamos enciendas en nuestra mente y en nuestro corazón el amor hacia la prodigiosa oración del Santo Rosario, que podamos rezarlo en la forma más grata a Dios, la más honrosa para Ti y la de más fruto para nuestras almas.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Práctica del amor al Corazón de Jesús


Animarnos al amor del Corazón de Jesús

Mediante la consideración frecuente de su amor hacia nosotros. Para ayudamos a esto poseemos dos libros:

El santo Evangelio. En él tenemos: La vida de Jesús y su entrega al Sacrificio de la cruz por nosotros. El poema del amor que jamás imaginó ningún poeta. La historia del amor más grande, del amor que ha asombrado a los cielos y a la tierra. Las palabras de Jesús.

El Corazón de Jesús. Es el libro del amor en el que los santos han aprendido, mejor que en los otros libros, el camino de la Verdad y de la salvación.

Mediante la oración. Por este “trato de amistad a solas con quien sabemos nos ama” (Santa Teresa), crecerá día tras día nuestro amor por El.

Mostrar nuestro amor al Corazón de Jesús

Con sentimientos: práctica del amor afectivo. Los afectos principales son: La complacencia. Contemplando sus perfecciones y gozándonos de su gloria. La benevolencia. Mostraremos nuestro amor a Jesús tomando como nuestros sus intereses y deseos, deseando que se realicen y mostrándonos dispuestos a cooperar en la medida de nuestras fuerzas y recursos. El deseo de unión. Ansiando vivir sólo para Jesús y aprovechando todos los medios que nos permitan unimos más a Él.

Con obras: práctica del amor efectivo. Prácticas generales. Evitar cuanto desagrada al Corazón de Jesús: el pecado. Y no resistir a las gracias con las cuales nos llama a una vida mejor y más santa. Hacer cuanto agrada al Corazón de Jesús. Guardar sus preceptos, seguir sus inspiraciones y consejos, obrar con la intención de glorificarle.

Prácticas particulares. La comunión de los nuevos primeros viernes. Práctica excelente, recomendada por la Iglesia.

Consagración al Corazón de Jesús: Consagración personal.

Consagración de las familias, las naciones y el género humano. Son las tres formas de reconocer el reinado social del Corazón de Jesús.

Fuente: Antonio Royo Marín, El Corazón De Jesús

Memoria del Beato Carlos de Austria

El Beato Carlos de Austria junto a su esposa Zita, Sierva de Dios

La historia del Beato Carlos tiene un atractivo universal. Su fe inspira a hombres y mujeres católicos, esposos y padres, militares, políticos y jefes de estado. Su influencia se extiende más allá de las fronteras de Austria y abraza al mundo con su ejemplo cristiano.

En un mundo donde muchos no creen en Dios, necesitamos la fe del Beato Carlos. Donde hay indiferencia hacia los más necesitados, necesitamos el ejemplo de caridad y limosna del Beato Carlos.

Donde invade el aborto, necesitamos la protección del Beato Carlos hacia toda vida humana. Donde el número de parejas que cohabitan sin la bendición del matrimonio es cada vez mayor, necesitamos el ejemplo de matrimonio cristiano del Beato Carlos y su esposa la Sierva de Dios Zita. Donde el divorcio es desenfrenado y los padres ausentes son muy comunes, necesitamos el amor constante del Beato Carlos por su esposa e hijos.

En países donde los políticos confían en las encuestas para crear sus políticas más que en principios morales y éticos, necesitamos la convicción moral del Beato Carlos. Donde los políticos buscan un cargo para obtener ganancias personales, necesitamos el desinterés del Beato Carlos. Donde los políticos católicos votan en contra de la enseñanza católica y su conciencia, para permanecer en el cargo, necesitamos la fidelidad a las enseñanzas de la Iglesia del Beato Carlos.

Donde hay guerra, luchas, discordias y conflictos, necesitamos el anhelo de paz del Beato Carlos. Donde millones de personas sufren enfermedades, necesitamos el ejemplo del Beato Carlos, quien soportó todas las pruebas y tribulaciones con las palabras: “Hágase tu voluntad”. (Cf. Nathan Cochran, emperorcharles.org)

Oración al Beato Carlos de Austria

Padre Celestial, en la persona del Beato Carlos de Austria, has dado a Tu Iglesia un ejemplo de cómo podemos llevar a cabo una vida espiritual y exigente de manera convincente y valiente. Sus acciones públicas como emperador y rey y sus acciones personales como jefe de familia, estaban firmemente basadas en las enseñanzas de la fe católica. Su amor por la Eucaristía creció en tiempos de prueba y le ayudó a unirse al sacrificio de Cristo a través del sacrificio de su propia vida por su pueblo. El Emperador Carlos honraba a la Madre de Dios y rezó con amor el Rosario durante toda su vida. Fortalécenos mediante su intercesión cuando el desaliento, la debilidad, la soledad, la amargura y la depresión nos preocupan. Que sigamos el ejemplo de tu fiel servidor, y sirvamos desinteresadamente a nuestros hermanos según Tu voluntad. Concédeme alcanzar la gracia (mencione su intención aquí) por su intercesión, si es tu Voluntad, y para mayor gloria de Tu Nombre. Amén

Beato Carlos de Austria, ruega por nosotros.

Oh Sagrado Corazón de Jesús


Oh Sagrado Corazón de Jesús, te adoro en la unidad de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Te adoro, oh Corazón de Jesús, como a Jesús mismo. Tú eres el Corazón del Altísimo hecho hombre. Al adorarte, adoro a mi Dios encarnado, Emmanuel. Te adoro, como parte de esa Pasión que es mi vida, porque Tú te desgarraste y quebraste en la agonía del huerto de Getsemaní, y tu precioso contenido se derramó a través de las venas y los poros de tu piel sobre la tierra. Y de nuevo fuiste drenado y secado en la Cruz; y luego, después de la muerte, fuiste traspasado por la lanza y entregaste los pequeños restos de aquel tesoro inestimable, que es nuestra redención.

Oh, sacratísimo y amantísimo Corazón de Jesús, Tú estás oculto en la Sagrada Eucaristía, y lates aún por nosotros. Ahora como entonces nos salvas. Yo te adoro con todo mi amor y temor, con mi ferviente afecto, con mi más sumisa y resuelta voluntad. Oh mi Dios, cuánto has aceptado sufrir para que yo te reciba, te coma y te beba. Haz tu morada dentro de mí, haz que mi corazón lata con tu Corazón. Purifícalo de todo lo que es terreno, de todo lo que es orgullo y sensualidad, de todo lo que es duro y cruel, de toda perversidad, de todo desorden, de toda muerte. Y así, llénalo de Ti, que ni los acontecimientos del día, ni las circunstancias del momento puedan confundirlo, sino en Tu amor y en Tu temor pueda estar en paz.

Fuente: Oración compuesta por San Juan Newman

Letanías del Beato Carlos de Austria


Señor, ten piedad

Cristo, ten piedad

Señor, ten piedad.

Cristo, óyenos.

Cristo, escúchanos.

Dios, Padre celestial,

ten piedad de nosotros.

Dios, Hijo, Redentor del mundo,

Dios, Espíritu Santo,

Santísima Trinidad, un solo Dios,

Santa María, ruega por nosotros.

Beato Carlos, dócil al Espíritu Santo,

Beato Carlos, buscador de la voluntad de Dios en todo,

Beato Carlos, ejemplo de profunda vida espiritual,

Beato Carlos, guiado por la Palabra de Dios,

Beato Carlos, ejemplo para aquellos con responsabilidad política,

Beato Carlos, apóstol generoso y valiente del Evangelio,

Beato Carlos, promotor de la justicia y la paz,

Beato Carlos, siervo de Dios y de los hermanos,

Beato Carlos, ejemplo de la vida familiar,

Beato Carlos, esposo y padre devoto,

Beato Carlos, líder contra el espíritu del mal,

Beato Carlos, firme ante la injusticia y la difamación,

Beato Carlos, fiel en todas las pruebas,

Beato Carlos, sereno y paciente en cada dificultad,

Beato Carlos, unido al sacrificio de Cristo,

Beato Carlos, modelo de fe en el sufrimiento,

Beato Carlos, inflamado de amor por la Eucaristía,

Beato Carlos, devoto del Sagrado Corazón de Jesús,

Beato Carlos, amante del Santo Rosario,

Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, perdónanos, Señor.

Cordero de Dios que quita los pecados del mundo, escúchanos, Señor.

Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, ten piedad de nosotros.

Oremos. Oh Dios Todopoderoso y Eterno, Padre de misericordia y Dios de toda consolación, nos hemos reunido para dar gloria a Tu Nombre. Por el amor del Sagrado Corazón de tu Hijo, ayúdanos a nosotros y a todas las naciones en tiempos de necesidad. Acepta nuestras oraciones y sacrificios para extinguir la injusticia. Ayúdanos a seguir el ejemplo de tu siervo, el Beato Carlos de Austria, quien, a pesar del sufrimiento por la injusticia, la difamación y el exilio, se mantuvo fiel y siempre trató de cumplir tu divina voluntad. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Fuente: beatocarloinitalia.it

A la llaga adorable del Corazón de Jesús


¡Oh Jesús! tan amante, tan amable y tan poco amado, nos postramos humildemente al pie de la Cruz , para ofrecer a Vuestro divino Corazón, abierto por la lanza y consumido por el amor, el homenaje de nuestro respeto, de nuestras adoraciones y de toda nuestra ternura.

Os damos gracias, dulcísimo Salvador, por haber permitido al soldado traspasar Vuestro pecho adorable, y por allí habernos abierto una puerta de salvación en el arca misteriosa de Vuestro Sagrado Corazón, en donde podemos refugiarnos en estos tristísimos días; para librarnos, como en arca misteriosa, del diluvio de los escándalos que inundan la tierra.

Bendecimos mil veces la hora y el momento en que bajo el hierro de la lanza manaron sangre y agua de aquella herida de amor hecha a Vuestro Corazón. Dignaos ¡oh buen Jesús! aplicar eficazmente Vuestra Sangre, Vuestra llaga y Vuestro amor, en favor del mundo desgraciado y culpable. Lavad, purificad, regenerad las almas en las aguas salidas de esa verdadera piscina de Siloé.

Permitid, Señor, que echemos en ella nuestras iniquidades y las de todos los hombres, suplicándoos por el amor inmenso que abrasa vuestro Sagrado Corazón, que purifiquéis más y más y salvéis nuestras almas.

En fin, nuestro buen Jesús, permitid que fijando para siempre nuestra morada en este mismo adorable Corazón, pasemos santamente nuestra vida y exhalemos en paz y en vuestra gracia nuestro último suspiro.

Fuente: Manual de la Archicofradía de la Guardia del Sagrado Corazón de Jesús

Recemos el Santo Rosario


Persevera en pedir a Dios, mediante el Santo Rosario, todas las gracias espirituales y corporales que necesitas, especialmente la divina Sabiduría, que es un tesoro infinito. Tarde o temprano, la obtendrás infaliblemente, con tal que no abandones el Rosario ni te desanimes a medio camino. Te queda aún largo camino. Sí, aún te queda mucho por andar, muchas adversidades por atravesar, muchas dificultades por superar, muchos enemigos por vencer. Te faltan muchos Padrenuestros y Avemarías para alcanzar el Paraíso y ganar la hermosísima corona que espera a todo fiel del Rosario.

No sea que alguien te arrebate el premio. Pon mucho cuidado en que otro más fiel que tú en rezar bien y diariamente el Rosario, no te arrebate la corona. Esa que constituye tu premio. Dios te la había preparado y la tenías casi ganada con los rosarios bien rezados. Pero por haberte detenido en el hermoso camino por el que avanzabas tan de prisa, otro pasó adelante; sí, otro más diligente y fiel adquirió y ganó con sus rosarios y buenas obras lo que necesitaba para comprar esa corona. ¿Quién, pues, te cortó el camino, hacia la conquista de tu corona? ¡Ah! ¡Los enemigos del Santo Rosario que son muchos!

¡Créeme! Sólo alcanzarán esa corona los valerosos que la arrebatan por la fuerza. Tales coronas no son para los cobardes, que temen las burlas y amenazas del mundo. Ni para los perezosos y holgazanes, que rezan el Rosario con negligencia, a la carrera, por rutina o a intervalos y según su capricho. Ni para los cobardes que se descorazonan y rinden las armas tan pronto ven a todo el infierno desencadenado contra su Rosario. Si quieres matricularte al servicio de Jesús y María rezando el Rosario todos los días, prepárate para la tentación: Hijo mío, si te decides a servir al Señor, prepara tu alma para la prueba. ¡No te hagas ilusiones! Los herejes, los libertinos, las “gentes de bien” según el mundo, los semidevotos y falsos profetas, en sintonía con tu naturaleza corrompida y los poderes infernales, te harán una guerra sin cuartel para obligarte a abandonar esta práctica.

Fuente: San Luis María Grignion de Montfort, El secreto admirable del Santísimo Rosario

Invocaciones a Nuestra Señora

Nuestra Señora en sus advocaciones del Buen Remedio y del Pozo


Nuestra Señora del Buen Remedio, Tesorera de las riquezas de Dios, con tu corazón rebosando de compasión hacia el más desesperado; Virgen del Buen Remedio verdadera fuente de ayuda y muy eficaz remedio de nuestras vidas, en los días oscuros y sin esperanza tu siempre nos acompañas y nos recuerdas que no estamos solos en nuestras aflicciones, en nuestras necesidades y problemas. ¿Quién podrá tanto alabarte, según es tu merecer? ¿Quién sabrá tan bien loarte, que no le falte saber? ¡Oh Madre de Dios y hombre! Tú que tienes por renombre, Madre de misericordia, pues para quitar discordia, tanto vales, da remedio a nuestros males. Tú que amorosamente das compensación a nuestras necesidades, que con entrega y afán resuelves nuestras preocupaciones, no nos dejes sin paliar todo lo que aflige a nuestros corazones, ¡oh Madre querida!, oh Virgen del Buen Remedio, tú que eres la gran mediadora estas dificultades ayúdanos a resolver. Tú que por gran humildad, fuiste tal alto ensalzada, que a par de la Trinidad, Tú sola estás asentada; y pues Tú, Reina sagrada, tanto vales, da remedio a nuestros males. Amén.

Nuestra Señora del Pozo, aliento de los desesperados, fortaleza de los abatidos, luz de luz, alegría de alegría esperanza de los tristes, amor de los afligidos consuelo de los pobres de espíritu, linterna que alumbra las noches de oscuridad. Danos tu luz, omnipotencia suplicante elévanos en la oración, sujetos a tus pies, humildes en la espera, firmes en la confianza, entregados a tu Maternidad Divina. Tú, Señora de la Alta Gracia llévanos a tu Hijo, Jesús ábrenos al Divino Espíritu de Amor enséñanos a conocer el Amor del Padre. Que tu luz sea nuestra luz. Que tu amor sea nuestro amor. Que tu esperanza sea nuestra esperanza. Que tu fe sea nuestra fe. Virgen del Pozo, serena nuestros corazones para que unidos a tu Inmaculado Corazón y con la alegría de ser tu fiel reflejo seamos capaces de unirnos a tu santa corredención. Amen.

El Padre Pío en los altares (VI)


“Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has revelado estas cosas a los pequeños”.

¡Cuán apropiadas resultan estas palabras de Jesús, cuando te las aplicamos a ti, humilde y amado Padre Pío!

Enséñanos también a nosotros, te lo pedimos, la humildad de corazón, para ser considerados entre los pequeños del Evangelio, a los que el Padre prometió revelar los misterios de su Reino.

Ayúdanos a orar sin cansarnos jamás, con la certeza de que Dios conoce lo que necesitamos, antes de que se lo pidamos.

Alcánzanos una mirada de fe capaz de reconocer prontamente en los que sufren el rostro mismo de Jesús.

Sostennos en la hora de la lucha y de la prueba y, si caemos, haz que experimentemos la alegría del sacramento del perdón.

Transmítenos tu tierna devoción a María, Madre de Jesús y Madre nuestra.

Acompáñanos en la peregrinación terrena hacia la Patria feliz, a donde esperamos llegar también nosotros para contemplar eternamente la gloria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 16 de junio de 2002

El Padre Pío en los altares (V)


El Padre Pío fue generoso dispensador de la misericordia divina, poniéndose a disposición de todos a través de la acogida, de la dirección espiritual y especialmente de la administración del Sacramento de la Penitencia. Los peregrinos tomando conciencia de la gravedad del pecado y sinceramente arrepentidos, volvían casi siempre para recibir el abrazo pacificador del perdón sacramental.

Ojalá que su ejemplo anime a los sacerdotes a desempeñar con alegría y asiduidad este ministerio tan importante.

Este santo nos invita a poner a Dios por encima de todas las cosas, a considerarlo nuestro único y sumo bien.

En efecto, la razón última de la eficacia apostólica del Padre Pío, la raíz profunda de tan gran fecundidad espiritual se encuentra en la íntima y constante unión con Dios, de la que eran elocuentes testimonios las largas horas pasadas en oración y en el confesonario. Solía repetir: “Soy un pobre fraile que ora”, convencido de que la oración es la mejor arma que tenemos, una llave que abre el Corazón de Dios. Esta característica fundamental de su espiritualidad continúa en los Grupos de oración fundados por él, que ofrecen a la Iglesia y a la sociedad la formidable contribución de una oración incesante y confiada. Además de la oración, el Padre Pío realizaba una intensa actividad caritativa. Oración y caridad: he aquí una síntesis muy concreta de la enseñanza del Padre Pío, que hoy se vuelve a proponer a todos.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 16 de junio de 2002

Nuestra Señora de los Dolores


Ayer celebramos la Cruz de Cristo, instrumento de nuestra salvación, que nos revela en toda su plenitud la misericordia de nuestro Dios. En efecto, la Cruz es donde se manifiesta de manera perfecta la compasión de Dios con nuestro mundo. Hoy, al celebrar la memoria de Nuestra Señora de los Dolores, contemplamos a María que comparte la compasión de su Hijo por los pecadores. Al pie de la Cruz se cumple la profecía de Simeón de que su corazón de madre sería traspasado (cf. Lc 2,35). María ama a cada uno de sus hijos, prestando una atención particular a quienes, como su Hijo en la hora de su Pasión, están sumidos en el dolor; los ama simplemente porque son sus hijos, según la voluntad de Cristo en la Cruz. (S.S. Benedicto XVI, Homilía del 15 de septiembre de 2008)

Oración a Nuestra Señora de los Dolores

Santa María, Madre de Dios, Madre de todos los cristianos. Tú nos has adoptado al pie de la Cruz en medio de los más amargos dolores. Todos los días la impiedad y la blasfemia hacen nuevas heridas a tu Corazón traspasado de dolor, insultan tus admirables virtudes, tus gloriosos privilegios, y parecen oponerse a los designios de tu incomparable amor.

En reparación de estos ultrajes, te ofrecemos el humilde tributo de nuestro dolor, de nuestras alabanzas y de nuestro amor; los unimos a los homenajes que los ángeles y santos te ofrecen en el cielo, y al culto que todas las almas piadosas te rinden sobre la tierra. Acepta, oh María, esta ofrenda; muestra que eres siempre nuestra Madre; ten compasión de nuestras miserias y de nuestra ceguedad; concédenos siempre tu poderosa protección cerca de tu divino Hijo.

Oh María ruega por nosotros, por quienes te desconocen, por la Iglesia tan cara a tu Inmaculado y Doloroso Corazón, por sus Pastores, y sobre todo por el que es en la tierra el Vicario y representante de tu Divino Hijo. Consérvanos a todos la fe que debe dirigirnos, sostenernos y conducirnos hacia Ti, para amarte y alabarte en la Gloria eterna. Amén.

Santos Patronos de las embarazadas

San Ramón Nonato, San Gerardo Mayela y Santo Domingo Savio

Oh excelso patrono, San Ramón, a vos, glorioso protector acudo para que bendigáis al hijo que llevo en mi seno. Protegedme a mí y al hijo de mis entrañas ahora y durante el parto. Os prometo educarlo según las leyes y mandamientos de Dios. Escuchad mis oraciones, bendito protector mío, San Ramón, y hacedme madre feliz de este hijo que espero dar a luz por medio de vuestra poderosa intercesión. Amén.

A ti te invocamos, Dios y Padre nuestro, Señor de toda vida, que concediste a San Gerardo, a lo largo de su corta existencia, un especial cuidado por la vida naciente y las mujeres embarazadas. Bendice, por intercesión de san Gerardo, a todas las mujeres que esperan un nuevo nacimiento y a los hijos que llevan en sus entrañas, para que ambos lleguen sanos a un feliz alumbramiento. Y a toda tu Iglesia dale el don de amar, anunciar, defender y ofrecer la vida, como hizo nuestro Redentor Jesucristo, que vive y reina contigo por los siglos de los siglos. Amén.

Señor Jesús, por intercesión de Santo Domingo Savio, patrono de las mujeres embarazadas y de los matrimonios que tienen problemas para concebir, te ruego por esta dulce criatura que llevo en mi seno. Tú me has concedido el inmenso don de esta pequeña vida que crece dentro de mí. Humildemente te doy gracias por haberme escogido como instrumento de tu amor. En esta dulce espera, ayúdame a vivir en continuo abandono a tu divina voluntad. Concédeme el corazón de una madre pura, valiente y generosa. Te ofrezco todas mis preocupaciones, miedos y necesidades en favor de este bebé que está por venir. Haz durante la gestación no sufra ningún mal, que se forme en mi interior con toda normalidad, que el parto sea sin problemas y que este bebé pueda nacer sano. Aparta de él todo mal físico y todo peligro para su alma. Y a ti, oh María, que gozaste de las inefables alegrías de una maternidad santa, dame un corazón capaz de transmitir una fe viva y ardiente. Santifica y bendice mi dulce espera, y por medio de tu ayuda y la de tu Divino Hijo, concédeme, por intercesión de Santo Domingo Savio, que en el fruto de mi vientre pueda florecer una vida de virtud y santidad. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén

Fuente: Cf. devocionario.com

Oración por los hijos a la Virgen del Perpetuo Socorro


¡Madre mía, socorre a mis hijos! Que esta palabra sea el grito de mi corazón desde la aurora. ¡Oh María! que tu bendición los acompañe, los guarde, los defienda, los anime, los sostenga en todas partes y en todas las cosas.

Cuando postrados ante la presencia del Señor le ofrezcan sus tributos de alabanza y oración, cuando le presenten sus necesidades, o imploren sus divinas misericordias.

¡Madre mía socorre a mis hijos!

Cuando se dirijan al trabajo donde el deber los llama, cuando pasen de una ocupación a otra, a cada movimiento que ejecuten, a cada paso que den y a cada nueva acción.

¡Madre mía socorre a mis hijos!

Cuando la prueba venga a ejercitar su debilísima virtud y el cáliz del sufrimiento se muestre antes sus ojos, cuando la Divina Misericordia, quiera instruirlos y purificarlos por el sufrimiento.

¡Madre mía socorre a mis hijos!

Cuando el infierno desencadenado contra ellos se esfuerce en seducirlos con los atractivos del placer, las violencias de las tentaciones y los malos ejemplos. ¡Madre mía socorre y preserva de todo mal a mis hijos!

Cuando se dirijan a buscar el remedio de sus males y la curación de sus heridas en el Tribunal de la reconciliación y de la paz. ¡Madre mía socorre a mis hijos!

Cuando se acerquen a la Sagrada Mesa para alimentarse con el Pan de los Ángeles, con el Verbo hecho carne por nosotros en tus purísimas entrañas. ¡Madre mía bendice a mis hijos!

Cuando en la noche se dispongan al descanso a fin de continuar con nuevo fervor al día siguiente su camino hacia la Patria eterna. ¡Madre mía bendice a mis hijos!

Que tu bendición, Madre mía, descienda sobre ellos, en el día, en la noche, en el consuelo, en la tristeza, en el trabajo, en el descanso, en la salud y en la enfermedad, en la vida y en la muerte y que esta no sea repentina, y por toda una eternidad. Así sea.

Fuente: es.aleteia.org

En la Beatificación del Papa Pio IX


En la Homilía del 3 de septiembre de 2000, S.S. Juan Pablo II dijo: Al escuchar las palabras de la aclamación al Evangelio: “Señor, guíanos por el recto camino”, nuestro pensamiento ha ido espontáneamente a la historia humana y religiosa del Papa Pío IX, Giovanni Maria Mastai Ferretti. En medio de los acontecimientos turbulentos de su tiempo, fue ejemplo de adhesión incondicional al depósito inmutable de las verdades reveladas. Fiel a los compromisos de su ministerio en todas las circunstancias, supo atribuir siempre el primado absoluto a Dios y a los valores espirituales. Su larguísimo pontificado no fue fácil, y tuvo que sufrir mucho para cumplir su misión al servicio del Evangelio. Fue muy amado, pero también odiado y calumniado.

Sin embargo, precisamente en medio de esos contrastes resplandeció con mayor intensidad la luz de sus virtudes: las prolongadas tribulaciones templaron su confianza en la divina Providencia, de cuyo soberano dominio sobre los acontecimientos humanos jamás dudó. De ella nacía la profunda serenidad de Pío IX, aun en medio de las incomprensiones y los ataques de muchas personas hostiles. A quienes lo rodeaban, solía decirles: “En las cosas humanas es necesario contentarse con actuar lo mejor posible; en todo lo demás hay que abandonarse a la Providencia, la cual suplirá los defectos y las insuficiencias del hombre”.

Sostenido por esa convicción interior, convocó el Concilio Vaticano I, que aclaró con autoridad magistral algunas cuestiones entonces debatidas, confirmando la armonía entre fe y razón. En los momentos de prueba, Pío IX encontró apoyo en María, de la que era muy devoto. Al proclamar el dogma de la Inmaculada Concepción, recordó a todos que en las tempestades de la existencia humana resplandece en la Virgen la luz de Cristo, más fuerte que el pecado y la muerte.

Oración: Señor Dios nuestro, que, en tiempos de grandes transformaciones culturales y sociales, guiaste el camino de tu Iglesia, confiándola al seguro magisterio, al infatigable celo apostólico y a la ferviente caridad de tu siervo el papa Pío IX, te pedimos humildemente, por la intercesión de la Santísima Virgen, a quien proclamó Inmaculada, que confirmes nuestra fe, que alimentes nuestra esperanza y fortalezcas nuestra caridad. Amén.

Niños Santos e intercesores de la infancia

Niños en peregrinación con las imágenes de los pequeños hermanos Francisco y Jacinta Marto; que se han convertido en los santos “no mártires” más jóvenes en la historia de la Iglesia, luego de haberse comprobado por su intercesión, la curación milagrosa de una grave lesión cerebral que padecía Luca Baptista, un niño brasileño.

“Yo te bendigo, Padre, porque has revelado estas verdades a los pequeños”. La alabanza de Jesús reviste hoy la forma solemne de la beatificación de los pastorcitos Francisco y Jacinta. Con este rito, la Iglesia quiere poner en el candelero estas dos velas que Dios encendió para iluminar a la humanidad en sus horas sombrías e inquietas. Mis últimas palabras son para los niños. La Virgen tiene mucha necesidad de todos vosotros para consolar a Jesús, triste por los pecados que se cometen; tiene necesidad de vuestras oraciones y sacrificios por los pecadores. Pedid a vuestros padres y educadores que os inscriban a la “escuela” de Nuestra Señora, para que os enseñe a ser como los pastorcitos, que procuraban hacer todo lo que Ella les pedía. Os digo que “se avanza más en poco tiempo de sumisión y dependencia de María, que en años enteros de iniciativas personales, apoyándose sólo en sí mismos” (san Luis María de Montfort). Fue así como los pastorcitos rápidamente alcanzaron la santidad, entregándose con total generosidad a la dirección de tan buena Maestra, alcanzaron en poco tiempo las cumbres de la perfección. Yo te bendigo, Padre, por todos tus pequeños, comenzando por la Virgen María, tu humilde sierva, hasta los pastorcitos Francisco y Jacinta. Que el mensaje de su vida permanezca siempre vivo para iluminar el camino de la humanidad. (Palabras de San Juan Pablo II en la homilía del 13 de mayo de 2000)

Como un ejemplo para nosotros, tenemos ante los ojos a san Francisco Marto y a santa Jacinta, a quienes la Virgen María introdujo en el mar inmenso de la Luz de Dios, para que lo adoraran. De ahí recibían ellos la fuerza para superar las contrariedades y los sufrimientos. (Palabras del Papa Francisco en la Misa de la Canonización el 13 de mayo de 2017)

Oración

Santos Francisco y Jacinta, vosotros que, aunque siendo niños fuisteis capaces de ofrecer grandes sacrificios a la Virgen María para la salvación de los pecadores, ayudadnos a no desperdiciar las pequeñas cruces cotidianas sino a transformarlas en ofrendas preciosas y agradables a Dios para la salvación del mundo. Nuestra Señora de Fátima, por intercesión de los Santos Pastorcitos Francisco y Jacinta, proteged y custodiad la inocencia de los niños en su infancia. Haz que ellos encuentren en vuestro Corazón Inmaculado y materno, refugio y protección. Amén.

¡Santos pastorcitos de Fátima, rogad por todos los niños del mundo!

Una antigua devoción

En el siglo XVI El Papa Nicolás V otorgó indulgencia a la devoción por los Catorce Santos Auxiliadores.

Oh Santos Auxiliadores: San Blas, celoso obispo y benefactor de los pobres; San Jorge, valiente Mártir de Cristo; San Acacio, útil abogado en la muerte; San Erasmo, poderoso protector de los oprimidos; San Vito, protector especial de la castidad; San Cristóbal, poderoso intercesor en los peligros; Santa Margarita, valiente campeona de la Fe; San Pantaleón, milagroso ejemplar de caridad; San Ciríaco, terror del Infierno; San Gil, despreciador del mundo; San Eustaquio, ejemplar de la paciencia en la adversidad; San Dionisio, brillante espejo de fe y confianza; Santa Catalina, victoriosa defensora de la Fe y la pureza; Santa Bárbara, poderosa patrona de los moribundos, Rogad por nosotros.

Oh Señor, que a través de la intercesión de San Blas,

nos confirmes en la Esperanza.

Que a través de la intercesión de San Jorge,

nos preserves en la Fe.

Que a través de la intercesión de San Acacio,

nos otorgues una muerte santa.

Que a través de la intercesión de San Erasmo,

enardezcas en nosotros tu Santo Amor.

Que a través de la intercesión de San Vito,

nos enseñes el valor del alma.

Que a través de la intercesión de San Cristóbal,

nos preserves del pecado.

Que a través de la intercesión de Santa Margarita,

nos preserves del Infierno.

Que a través de la intercesión de San Pantaleón,

nos des caridad para nuestro prójimo.

Que a través de la intercesión de San Ciríaco,

nos otorgues la resignación a tu Santa Voluntad.

Que a través de la intercesión de San Gil,

nos otorgues un Juicio piadoso.

Que a través de la intercesión de San Eustaquio,

nos des paciencia en la adversidad.

Que a través de la intercesión de San Dionisio,

nos des tranquilidad de conciencia.

Que a través de la intercesión de Santa Catalina,

acortes nuestro Purgatorio.

Que a través de la intercesión de Santa Bárbara,

nos recibas en el Cielo. Amén.

Fuente: Cf. es.aleteia.org

La fecundidad del apostolado reside en la oración y los sacramentos

Cristo convoca a todos a santificarse en la realidad de la vida cotidiana; por ello, el trabajo es también medio de santificación personal y de apostolado cuando se vive en unión con Jesucristo, pues el Hijo de Dios, al encarnarse, se ha unido en cierto modo a toda la realidad del hombre y a toda la creación.

El creyente, en virtud del bautismo, que lo incorpora a Cristo, está llamado a entablar con el Señor una relación ininterrumpida y vital. Está llamado a ser santo y a colaborar en la salvación de la humanidad.

“Tomó, pues, Dios al hombre y lo dejó en el jardín de Edén, para que lo labrase y cuidase”. El libro del Génesis, nos recuerda que el Creador ha confiado la tierra al hombre, para que la “labrase” y “cuidase”. Los creyentes, actuando en las diversas realidades de este mundo, contribuyen a realizar este proyecto divino universal. El trabajo y cualquier otra actividad, llevada a cabo con la ayuda de la gracia, se convierten en medios de santificación cotidiana.

Difundid en la sociedad, la conciencia de que todos estamos llamados a la santidad. Esforzaos por ser santos vosotros mismos en primer lugar, cultivando un estilo evangélico de humildad y servicio, de abandono en la Providencia y de escucha constante de la voz del Espíritu. De este modo, seréis “sal de la tierra” y brillará “vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”.

Pero para cumplir una misión tan ardua hace falta un incesante crecimiento interior alimentado por la oración. La fecundidad del apostolado reside, ante todo, en la oración y en una vida sacramental intensa y constante. Este es, en el fondo, el secreto de la santidad y del verdadero éxito de los santos.

Que la Virgen haga de cada uno un testigo auténtico del Evangelio, dispuesto a dar en todo lugar una generosa contribución a la construcción del reino de Cristo.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilías del 17 de mayo de 1992 y 6 de octubre de 2002

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