Ataques contra la familia, de ayer y de hoy

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De la película ¡Qué bello es vivir!

Realmente, apenas cabe expresar el cúmulo de males que el divorcio lleva consigo. Debido a él, las alianzas conyugales pierden su estabilidad, se debilita la benevolencia mutua, se ofrecen peligrosos incentivos a la infidelidad, se malogra la asistencia y la educación de los hijos, se da pie a la disolución de la sociedad doméstica, se siembran las semillas de la discordia en las familias, se empequeñece y se deprime la dignidad de las mujeres. Y puesto que, para perder a las familias, nada contribuye tanto como la corrupción de las costumbres, fácilmente se verá cuán enemigo es de la prosperidad de las familias y de las naciones el divorcio, que nace de la depravación moral de los pueblos, y, conforme atestigua la experiencia, abre las puertas y lleva a las más relajadas costumbres de la vida privada y pública. (S.S. León XIII, Encíclica Arcanum Divinae Sapientiaesobre la familia)

Por todos los inventos de la ciencia moderna, se conculca y se pone en ridículo la santidad del matrimonio, mientras los divorcios, los adulterios y los vicios más torpes son ensalzados. Estas doctrinas las inculcan a toda clase de hombres, adultos y jóvenes, siendo a éstos principalmente, como más fáciles de seducir, a quienes ponen peores asechanzas.

Todavía hay que recordar, otro crimen gravísimo con el que se atenta contra la vida de la prole cuando aún está encerrada en el seno materno. Unos consideran esto como cosa lícita. Por lo que atañe a la indicación médica y terapéutica, cuánto Nos mueve a compasión el estado de la madre a quien amenaza, por razón del oficio natural, el peligro de perder la salud y aun la vida; pero ¿qué causa podrá excusar jamás de alguna manera la muerte directamente procurada del inocente? Porque, en realidad, no de otra cosa se trata. Ya se cause tal muerte a la madre, ya a la prole, siempre será contra el precepto de Dios y la voz de la naturaleza, que clama: ¡No matarás!

Es, en efecto, igualmente sagrada la vida de ambos y nunca tendrá poder, ni siquiera la autoridad pública, para destruirla. Son muy de alabar aquellos honrados y expertos médicos que trabajan por defender y conservar la vida, tanto de la madre como de la prole; mientras que, por lo contrario, se mostrarían indignos del ilustre nombre y del honor de médicos quienes procurasen la muerte de una o de la otra, so pretexto de medicinar o movidos por una falsa misericordia.

Finalmente, no es lícito que los que gobiernan los pueblos y promulgan las leyes echen en olvido que es obligación de la autoridad pública defender la vida de los inocentes con leyes y penas adecuadas; y esto, tanto más cuanto menos pueden defenderse aquellos cuya vida se ve atacada y está en peligro, entre los cuales, sin duda alguna, tienen el primer lugar los niños todavía encerrados en el seno materno. Y si los gobernantes no sólo no defienden a esos niños, sino que con sus leyes y ordenanzas les abandonan, o prefieren entregarlos en manos de médicos o de otras personas para que los maten, recuerden que Dios es juez y vengador de la sangre inocente, que desde la tierra clama al cielo. (S.S. Pio XI, Encíclica Casti Connubiisobre el matrimonio cristiano)

Convertíos a mí de todo corazón

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Conversión de Santa Magdalena

El tiempo de cuaresma nos invita a la conversión, y esta conversión debe ser pronta y completa.

«Convertíos a Mí de todo corazón.» El mismo Dios es quien nos convida, quien nos insta, quien nos manda que nos convirtamos a él de todo corazón.A vista de esta bondad de Dios, ¿qué pecador puede desconfiar? Pero al mismo tiempo, ¿qué pecador puede diferir el convertirse?

Si un Príncipe ofreciera gratuitamente el perdón un reo; si él mismo convidara a un cortesano caído de su gracia a volver a la corte, ofreciéndole su amistad y su generosidad, ¿se encontrarían muchos que dilatarían su regreso, que difiriesen su vuelta? ¿A quién parecería que el favor del Príncipe era muy costoso y que las condiciones con que se ofrecía eran demasiado pesadas? ¡Ay! ¿Y qué es el favor de un Príncipe de la tierra respecto de la amistad del soberano Señor del Universo, del Dios omnipotente, origen de todo bien y único árbitro de nuestro eterno destino? Y no obstante esto, ¿quién se rinde a su voz? ¿Quién responde con prontitud a sus convites? ¿Quién se apresura por volver a su amistad, aunque nos la ofrezca tan de veras y con tantas instancias?

Ninguno hay que no quiera convertirse; porque aun esas gentes del mundo, esos pecadores abandonados, esas mujeres mundanas, esos libertinos de profesión no querrían morir en desgracia de Dios; se quieren convertir; pero temen siempre no sea demasiado prontosi se convierten en este instante; y no advierten que la dilación de la conversión es el indicio más seguro y una señal poco equívoca de la impenitencia final.

Convertíos a Mí de todo corazón. Quien dice de todo corazón,pide una conversión entera, perfecta, sin división. Ninguna conversión es verdadera si no es de todo corazón. Reformar la exuberancia de los vestidos, cercenar el juego, romper las amistades culpables, no asistir más a espectáculos deshonestos, prohibirse toda diversión poco cristiana; esta es una conversión de mucha edificación. Pero si todavía queda alguna pasión dominante que domar, alguna mala inclinación que vencer, alguna injuria que perdonar, alguna frialdad que extinguir, algún lazo que cortar, la conversión no es entera, no es de todo corazón.

Pidamos a la Santísima Virgen nos alcance de su divino Hijo la gracia de una sincera, pronta y completa conversión de nuestra vida a Dios.

Fuente: cf. J. Croisset, SJ, Año cristiano

San Gabriel de la Dolorosa (III)


Al empezar Gabriel sus estudios en el seminario mayor para prepararse al sacerdocio, leyó unas palabras que le sirvieron como de lema para todos sus estudios, escritas por un sabio de su comunidad, San Vicente María Strambi. Son las siguientes: «Los que se preparan para ser predicadores o catequistas piensen, mientras estudian, que una inmensa cantidad de pobres pecadores les suplica diciendo: Por favor, preparaos bien, para que logréis llevarnos a nosotros a la eterna salvación».Este consejo tan provechoso lo incitó a dedicarse a los estudios religiosos con todo el entusiasmo de su espíritu.

Estando ya Gabriel bastante cerca de llegar al sacerdocio contrae la terrible enfermedad de la tuberculosis. Debe recluirse en la enfermería y allí acepta con toda alegría y gran paciencia lo que Dios ha permitido que le suceda. De vómito de sangre en vómito de sangre, de ahogo en ahogo, vive todo un año repitiendo de vez en cuando lo que Jesús decía en el Huerto de los Olivos: “Padre, si no es posible que pase de mí este cáliz de amargura,que se cumpla en mí tu santa voluntad”.

Al pensar y repensar en lo que Cristo sufrió en la Agonía del Huerto, en la flagelación y coronación de espinas, en la subida al Calvario con la cruz a cuestas y en las horas de mortal agonía que el Señor padeció en la cruz, sentía Gabriel tan grande aprecio por los sufrimientos -que nos vuelven muy semejantes a Jesús sufriente- que lo soportaba todo con un valor y una tranquilidad admirables.

Pero había otra gran ayuda que lo llenaba de valor y esperanza, y era su fervorosa devoción a la Madre de Dios. Su libro mariano preferido era Las Glorias de María, escrito por San Alfonso, un libro que consuela mucho a los pecadores y débiles y que, aunque lo leamos diez veces, todas las veces nos parece nuevo y extraordinario. La devoción a la Santísima Virgen llevó a Gabriel a grados altísimos de santidad.

A un religioso le aconsejaba: “No hay que fijar la mirada en rostros hermosos, porque esto enciende mucho las pasiones”.A otro le decía: “Lo que más me ayuda a vivir con el alma en paz es pensar en la presencia de Dios, el recordar que los ojos de Dios siempre me están mirando y sus oídos me están oyendo a toda hora y que el Señor pagará todo lo que se hace por él, aunque sea regalar a otro un vaso de agua”.

El 27 de febrero de 1862, después de recibir los santos sacramentos y de haber pedido perdón a todos por cualquier mal ejemplo que les hubiera podido dar, cruzó sus manos sobre el pecho y quedó como si estuviera plácidamente dormido. Su alma había volado a la eternidad a recibir de Dios el premio de sus buenas obras y sus sacrificios. Apenas iba a cumplir los 25 años.

Poco después comenzaron a obtenerse milagros por su intercesión. En 1926 el Sumo Pontífice lo declaró santo y lo nombró Patrono de los jóvenes laicos que se dedican al apostolado.

Fuente: ewtn.com

San Gabriel de la Dolorosa (II)

Estalla la peste del cólera en Italia: miles y miles de personas van muriendo día por día, y el día menos pensado muere la hermana que Gabriel más quiere. Considera que esto es un llamado muy serio de Dios para que se hiciera religioso. Habla con su padre, pero a éste le parece que un joven tan amigo de las fiestas mundanas se va a aburrir demasiado en un convento y que la vocación no le va a durar quizá ni siquiera unos meses.

Mas cierto día asiste a una procesión con la imagen de la Virgen Santísima. Nuestro joven siempre le ha tenido una gran devoción a la Madre de Dios (y probablemente esta devoción fue la que logró librarlo de las trampas del mundo) y en plena procesión levanta sus ojos hacia la imagen de la Virgen y ve que Ella lo mira fijamente con una mirada que jamás había sentido en su vida. Ante esto ya no puede resistir más. Va a donde su padre a rogarle que lo deje irse de religioso. El buen hombre le pide el parecer al confesor de su hijo y, recibida la aprobación de este santo sacerdote, le concede el permiso de entrar a una comunidad bien rígida y rigurosa, los Padres Pasionistas.

Al entrar de religioso se cambia el nombre y en adelante se llamará Gabriel de la Dolorosa. Gabriel, que significa el que lleva mensajes de Dios.Y de la Dolorosa, porque su devoción mariana más querida consiste en recordar los siete dolores o penas que sufrió la Virgen María. Desde entonces será un hombre totalmente transformado.

Gabriel había gozado siempre de muchas comodidades en la vida y le había dado gusto a sus sentidos; ahora entra a una comunidad donde se ayuna y donde la alimentación es tosca y nada variada. Los primeros meses sufre un verdadero martirio con este cambio tan brusco, pero nadie le oye jamás una queja, ni lo ve triste o disgustado.

Lo que Gabriel hacía, lo hacía con toda el alma. En el mundo se había dedicado con todas sus fuerzas a las fiestas mundanas, pero ahora, entrado de religioso, se dedicó con todas las fuerzas de su personalidad a cumplir exactamente los Reglamentos de su Comunidad. Los religiosos se quedaban admirados de su gran amabilidad, de la exactitud total con la que cumplía todo lo que se le mandaba y del fervor impresionante con el que cumplía sus prácticas de piedad.

Su vida religiosa fue breve, apenas unos seis años. Pero en él se cumple lo que dice el Libro de la Sabiduría: “Terminó sus días en breve tiempo, pero ganó tanto premio como si hubiera vivido muchos años”.

Su naturaleza protestaba porque la vida religiosa era austera y rígida, pero nadie se daba cuenta en lo exterior de las repugnancias casi invencibles que su cuerpo sentía ante las austeridades y penitencias. Su director espiritual sí lo sabía muy bien.

Fuente: ewtn.com

San Gabriel de la Dolorosa (I)

San Gabriel de la Dolorosa 01 01

Nació en Asís (Italia) en 1838. Su nombre en el mundo era Francisco Possenti. Era el décimo entre 13 hermanos. Su padre trabajaba como juez de la ciudad.

A los 4 años quedó huérfano de madre. El papá, que era un excelente católico, se preocupó por darle una educación esmerada, mediante la cual logró ir dominando su carácter fuerte que era muy propenso a estallar en arranques de ira y de mal genio.
Tuvo la suerte de educarse con dos comunidades de excelentes educadores: los Hermanos Cristianos y los Padres Jesuitas; y las enseñanzas recibidas en el colegio le ayudaron mucho para resistir los ataques de sus pasiones y de la mundanalidad.
El joven era sumamente esmerado en vestirse a la última moda; sus facciones elegantes y su fino trato, a la vez que su rebosante alegría y la gran agilidad para bailar, lo hacían el preferido de las muchachas en las fiestas. Su lectura favorita eran las novelas, pero le sucedía como en otro tiempo a San Ignacio, que al leer novelas, en el momento sentía emoción y agrado, pero después le quedaba en el alma una profunda tristeza y un mortal hastío y abatimiento. Sus amigos lo llamaban el enamoradizo. Pero los amores mundanos eran como un puñal forrado con miel: dulces por fuera y dolorosos en el alma.

En una de las 40 cartas que de él se conservan, le escribe -siendo ya religioso- a un antiguo amigo: “Mi buen colega: si quieres mantener tu alma libre de pecado y sin la esclavitud de las pasiones y de las malas costumbres tienes que huir siempre de la lectura de novelas y del asistir a teatros donde se dan representaciones mundanas. Mucho cuidado con las reuniones donde hay licor y con las fiestas donde hay sensualidad y huye siempre de toda lectura que pueda hacer daño a tu alma. Yo creo que si yo hubiera permanecido en el mundo no habría conseguido la salvación de mi alma. ¿Dirás que me divertí bastante? Pues de todo ello no me queda sino amargura, remordimiento y temor y hastío. Perdóname si te di algún mal ejemplo y pídele a Dios que me perdone también a mí”.

Al terminar su bachillerato, y cuando ya iba a empezar sus estudios universitarios, Dios lo llamó a la conversión por medio de una grave enfermedad. Lleno de susto prometió que si se curaba de aquel mal, se haría religioso. Pero apenas estuvo bien de salud, olvidó su promesa y siguió gozando del mundo.
Un año después enferma mucho más gravemente. Una laringitis que trata de ahogarlo y que casi lo lleva al sepulcro. Lleno de fe invoca la intercesión de un santo jesuita martirizado en las misiones y promete hacerse religioso. Al colocarse una reliquia de aquel mártir sobre su pecho se queda dormido y, cuando despierta, está curado milagrosamente. Pero apenas se repone de su enfermedad empieza otras vez el atractivo de las fiestas y de los enamoramientos, y olvida su promesa. Es verdad que pide ser admitido como jesuita y es aceptado, pero él cree que para su vida de hombre tan mundano lo que está necesitando es una comunidad rigurosa, y deja para más tarde el entrar a una congregación de religiosos.

Fuente: ewtn.com

Corazón de Jesús, Rey de los mártires

Sagrado Corazon 45 78

Todos los sufrimientos de los santos mártires son poca cosa, o mejor, no son nada en comparación con los dolores infinitos del adorable Corazón del Rey de los mártires. Contad si podéis todos los pecados del universo, cuyo número es incalculable, y habréis contado las agudísimas saetas que afligieron al divino Corazón del Salvador con infinidad de heridas, tanto más dolorosas cuanto más amor tenía ese corazón sacratísimo para con su eterno Padre, a quien veía infinitamente e infinitas veces ultrajado y deshonrado por ese ejército incontable de crímenes.

¡Oh Salvador mío, cuánto detesto y aborrezco todos mis pecados, que se cuentan entre los detestables verdugos que martirizaron vuestro benignísimo Corazón!
¡Oh Salvador mío! ¿Quién os hizo sufrir tantos tormentos, que por ellos vuestro Corazón se rompió de dolor, sino el amor infinito que tenéis a vuestro Padre y a nosotros? Luego se puede decir que moristeis de amor y de dolor y que vuestro Corazón se rompió, y que fue magullado y despedazado por el dolor y el amor de la gloria de vuestro Padre y el de nuestra Redención.
¡Oh adorable Corazón de mi Jesús! ¿Con qué pagaré todos esos excesos de vuestra bondad?

Fuente: San Juan Eudes, El Corazón de Jesús

El Corazón de Jesús lleno de amor a nosotros en su santa Pasión

Corazon Eucaristico de Jesus 07 11

Toda la vida pasible y mortal de nuestro adorabilísimo Salvador sobre la tierra fue un continuo ejercicio de caridad y de bondad para con nosotros. Pero fue en su Pasión donde nos dio los mayores testimonios de su amor. Porque, en este tiempo, en un exceso de su bondad, sufre tormentos espantosos para librarnos de los suplicios terribles del infierno y para adquirirnos la felicidad inmortal del cielo. Entonces se ve su cuerpo adorable cubierto de llagas y bañado en su sangre. Entonces se ve su cabeza sagrada taladrada por agudas espinas y sus pies y manos traspasados por gruesos clavos, sus oídos llenos de blasfemias y maldiciones, su boca abrevada con hiel y vinagre, y la crueldad de los judíos le arranca el alma a fuerza de tormentos. Entonces principalmente su divino Corazón se ve afligido con una infinidad de llagas sangrientas y dolorosas cuyo número es casi infinito.

Se pueden contar, sí, las llagas de su cuerpo, pero las de su Corazón son innumerables.

¡Oh Salvador mío, os doy mi corazón! ¡Oh Madre de misericordia, os doy este mismo corazón: dádselo a vuestro Hijo, y suplicadle que lo ponga en el lugar de los corazones santos que amarán a Hijo y Madre por toda la eternidad!

Fuente: San Juan Eudes, El Corazón de Jesús

«La Santa Reliquia» del Corazón de Jesús

Cerro de los Angeles 01 01

“La Santa Reliquia” es el nombre que lleva el Corazón del primer monumento del Sagrado Corazón del Cerro de los Ángeles al sur de Madrid, que fue fusilado y derribado el 7 de agosto de 1936. La telefonista de Getafe daba la noticia: Ha caído el Corazón de Jesús entre horribles blasfemias.

La madre Maravillas [santa carmelita] y sus hijas recibieron la noticia con profundo dolor. La madre las exhorta a mayor amor y fidelidad. Si han derribado al Señor de su trono, que cada una le levante un trono en su propio corazón, donde Él pueda mandar, gobernar según su Divina Voluntad en todo” (Lámpara viva, pág. 160).
El mundo no quiere que reine Jesucristo, y por todos los medios pretende quitarlo, si es posible, hasta de su vista. Fue el propósito de este acto sacrílego.

En el otoño de 1940, el padre jesuita Alfonso Torres se encontraba dando ejercicios espirituales en el Carmelo del Cerro de los Ángeles. En uno de los paseos que acostumbraba a hacer por la explanada, se fijó en una de las piedras que estaban retirando los obreros.
Entonces, les pidió que le dieran la vuelta. Sumamente emocionado, descubrió que en ella estaba esculpido el Corazón de Jesús. Permanecía intacto. Tan sólo tenía alrededor varios impactos de bala.
El padre Torres pidió que lo metieran dentro de la clausura. Así quiso el Corazón de Jesús que se cumplieran las palabras que dijo a la madre Maravillas: “Quiero que tú y esas otras almas escogidas de mi Corazón me hagáis un lugar donde encuentre mis delicias”.
El monumento original se encuentra rodeado de cariño, venerado como preciosa reliquia por las carmelitas.
Años más tarde, llegó a conocimiento de las carmelitas que dos de los que fusilaron el monumento se habían arrepentido de lo que habían hecho y que felizmente murieron en gracia de Dios.
El 25 de julio de 1965, se alzaba la nueva imagen del Corazón de Jesús.

Fuente: corazondecristo.org

En tiempo de persecución se premia el combate

Martires de Nagasaki 01 01 Mártires de Nagasaki

Los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá.¿Quién, por tanto, no pondrá por obra todos los remedios a su alcance para llegar a una gloria tan grande, para convertirse en amigo de Dios, para tener parte al momento en el gozo de Cristo, para recibir la recompensa divina después de los tormentos y suplicios terrenos?

Si los soldados de este mundo consideran un honor volver victoriosos a su patria después de haber vencido al enemigo, un honor mucho más grande y valioso es volver triunfante al paraíso después de haber vencido al demonio y llevar consigo los trofeos de victoria a aquel mismo lugar de donde fue expulsado Adán por su pecado -arrastrando en el cortejo triunfal al mismo que antes lo había engañado-, ofrecer al Señor, como un presente de gran valor a sus ojos, la fe inconmovible, la incolumidad de la fuerza del espíritu, la alabanza manifiesta de la propia entrega, acompañarlo cuando comience a venir para tomar venganza de sus enemigos, estar a su lado cuando comience a juzgar, convertirse en heredero junto con Cristo, ser equiparado a los ángeles, alegrarse con los patriarcas, los apóstoles y los profetas por la posesión del reino celestial. ¿Qué persecución podrá vencer estos pensamientos, o qué tormentos superarlos?

La mente que se apoya en santas meditaciones persevera firme y segura y se mantiene inconmovible frente a todos los terrores diabólicos y amenazas del mundo, ya que se halla fortalecida por una fe cierta y sólida en el premio futuro. En la persecución se cierra el mundo, pero se abre el cielo; amenaza el anticristo, pero protege Cristo; se inflige la muerte, pero sigue la inmortalidad. ¡Qué gran dignidad y seguridad, salir contento de este mundo, salir glorioso en medio de la aflicción y la angustia, cerrar en un momento estos ojos con los que vemos a los hombres y el mundo para volverlos a abrir en seguida y contemplar a Dios y a Cristo! ¡Cuán rápidamente se recorre este feliz camino! Se te arranca repentinamente de la tierra, para colocarte en el reino celestial.
Estas consideraciones son las que deben impregnar nuestra mente, esto es lo que hay que meditar día y noche. Si la persecución encuentra así preparado al soldado de Dios, su fuerza, dispuesta a la lucha, no podrá ser vencida. Y aun en el caso de que llegue antes la llamada de Dios, no quedará sin premio una fe que estaba dispuesta al martirio; sin pérdida de tiempo, Dios, que es el juez, dará la recompensa; porque en tiempo de persecución se premia el combate, en tiempo de paz la buena conciencia.

Fuente: San Cipriano, Tratado a Fortunato. Liturgia de las Horas.

San Esteban, lleno de gracia y de fortaleza

San Esteban 04 05

Esteban, lleno de gracia y de fortaleza (Hech 6, 8) ¿Hubo jamás en menos palabras elogio tan magnífico? A solo el Espíritu Santo toca conocer bien y alabar dignamente a los santos que él mismo ha formado. Esteban, lleno de gracia y de fortaleza. Al saludar el ángel a María se sirve de la misma expresión. La plenitud es diferente, así por la excelencia de las gracias, como por lo que mira a la diferente capacidad de los sujetos; pero siempre es verdad que después de María no hay otro que San Esteban a quien se haya caracterizado con el magnífico título de lleno de gracia y fortaleza.

San Lucas no nos señala qué milagros y prodigios eran los que obraba San Esteban; pero ¿No era un milagro bastante grande su fortaleza y su intrepidez heroica? Son estos unos milagros que nosotros debemos intentar hacer, y que debemos esperar hacer con la ayuda de la gracia. No hay ninguno de nosotros que no tenga bastante gracia para hacerse santo; ninguno que no pueda tener bastante fortaleza y que no deba tener bastante ánimo para despreciar las engañosas máximas del mundo, tan contrarias a las máximas del Evangelio, para domar sus pasiones, para resistir a la tentación, y para practicar las obras de misericordia.

El odio reúne todas las sinagogas contra la Iglesia que acaba de nacer. Ésta fue su suerte en todos los tiempos, ver todas las sectas reunirse contra ella; pero su gloria fue no sufrir ni tolerar ninguna, combatir con todas, y verlas a todas arruinarse y extinguirse. Estando la religión fundada sobre la fe, que es como su alma, y siendo los fieles hombres, es decir, de un espíritu muy limitado, esclavos de sus sentidos y de su amor propio, parece no podía suceder que no hubiese herejes casi al mismo instante que hubo cristianos; pero en fin, la Iglesia ha tenido la gloria y el consuelo de ver nacer y morir todas las sectas: levante el infierno cuantas quiera hasta el fin de los siglos, todas tendrán la misma suerte.

Ninguna cosa es más violenta que el error confundido y humillado; para vengarse y sostenerse no se avergüenza de recurrir a los más indignos artificios y a las más negras imposturas; la calumnia, la venganza más maligna, la mala fe, los enredos, de todo echa mano. Esto se ve claramente en la rabia de los judíos contra San Esteban. Pero ¡qué consuelo, Dios mío, para vuestros siervos pensar que no son tratados sino como Vos lo fuisteis!

Fuente J. Croisset, SJ, Año cristiano

Sobre la restauración cristiana de la paz

Beato Carlos 03 06 Beato Carlos de Austria

“Asumió el gobierno en medio de la tormenta de la primera guerra mundial, y se esforzó por promover las iniciativas de paz de mi predecesor Benedicto XV”(Palabras de S.S. Juan Pablo II en la homilía de Beatificación de Carlos de Austria.)

La paz, este hermoso don de Dios, que, como dice San Agustín, «es el más consolador, el más deseable y el más excelente de todos», ha empezado a brillar al fin sobre los pueblos. Nos somos los primeros en alegrarnos de ello. Pero esta paterna alegría se ve turbada por muchos motivos muy dolorosos. Porque, si bien la guerra ha cesado de alguna manera en casi todos los pueblos y se han firmado algunos tratados de paz, subsisten, sin embargo, todavía las semillas del antiguo odio. Y, como sabéis muy bien, venerables hermanos, no hay paz estable, no hay tratados firmes, por muy laboriosas y prolongadas que hayan sido las negociaciones y por muy solemne que haya sido la promulgación de esa paz y de esos tratados, si al mismo tiempo no cesan el odio y la enemistad mediante una reconciliación basada en la mutua caridad

Desde que por secreto designio de Dios fuimos elevados a la dignidad de esta Cátedra, nunca hemos dejado, durante la conflagración bélica, de procurar, en la medida de nuestras posibilidades, que todos los pueblos de la tierra recuperasen los fraternos lazos de unas cordiales relaciones. Hemos rogado insistentemente, hemos repetido nuestras exhortaciones, hemos propuesto los medios para lograr una amistosa reconciliación, hemos hecho, finalmente, con el favor de Dios, todo lo posible para facilitar a la humanidad el acceso a una paz justa, honrosa y duradera. Al mismo tiempo hemos procurado, con afecto de padre, llevar a todos los pueblos un poco de alivio en medio de los dolores y de las desgracias de toda clase que se han seguido como consecuencia de esta descomunal lucha. Pues bien: el mismo amor de Jesucristo, que desde el comienzo de nuestro difícil pontificado nos impulsó a trabajar por el retorno de la paz o a mitigar los horrores de la guerra, es el que hoy, conseguida ya en cierto modo una paz precaria, nos mueve a exhortar a todos los hijos de la Iglesia, y también a todos los hombres del mundo, para que abandonen el odio inveterado y recobren el amor mutuo y la concordia.

Por lo cual, volviendo al punto de partida de esta nuestra carta, exhortamos en primer lugar, con afecto de padre, a todos nuestros hijos y les conjuramos, en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo, para que se decidan a olvidar voluntariamente toda rivalidad y toda injuria recíproca y a unirse con el estrecho vínculo de la caridad cristiana, para la cual no hay nadie extranjero. En segundo lugar exhortamos encarecidamente a todas las naciones para que, bajo el influjo de la benevolencia cristiana, establezcan entre sí una paz verdadera, constituyendo una alianza que, bajo los auspicios de la justicia, sea duradera. Por último, hacemos un llamamiento a todos los hombres y a todas las naciones para que de alma y corazón se unan a la Iglesia católica, y por medio de ésta a Cristo, Redentor del género humano.
Entre tanto, confiados en el patrocinio de la Inmaculada Virgen María, que hace poco hemos ordenado fuese invocada universalmente como Reina de la Paz, suplicamos con humildad al Espíritu consolador que «conceda propicio a la Iglesia el don de la unidad y de la paz» y renueve la faz de la tierra con una nueva efusión de su amor para la común salvación de todos.

Fuente: S.S. Benedicto XV, Carta Encíclica Pacem Dei munus

Madre Inmaculada

Inmaculada Concepcion 13 26

Considera que por la inmaculada concepción de la Virgen Santísima se entiende aquel insigne y singular privilegio por el cual preservó Dios a esta dichosa criatura del pecado original, que inficionó a toda la posteridad de Adán.

Imagina, si es posible, el precio, la grandeza, la excelencia de este privilegio. Es tal, dicen los Doctores y los Padres, que, si se hubiese dejado a elección de María o el ser Madre de Dios o el ser concebida sin pecado hubiera preferido la inmaculada concepción a todas las otras preeminencias y a la misma maternidad divina: conociendo a Dios la Santísima Virgen, y amándole en aquel alto grado en que le conocía y amaba, ninguna prerrogativa, ninguna gracia, ninguna dignidad le hubiera parecido capaz de indemnizarla de la desgracia de haber estado un solo momento en la enemistad de su Dios. ¡Aprendamos la idea que debemos formarnos del pecado!

¡Cuán justo y debido es celebrar este dichoso momento con todas las demostraciones de gozo y de la solemnidad más perfecta! Un hijo bien nacido mira como la más natural y más justa obligación el tomar toda la parte que puede en las prosperidades y en la gloria de su madre. La naturaleza, la razón, el reconocimiento inspiran a todos los hijos estos sentimientos. Se han visto soberanos que hacen dar a sus madres los honores del triunfo, que ellos mismos han rehusado para sí, deseando que los pueblos hiciesen fiestas sólo para honrar a sus madres. ¡Cuál debe ser, pues, el gozo, la veneración, la alegría de todos los verdaderos fieles en este día! ¿Con qué devoción, con qué gusto, con qué fervor no debemos celebrar la fiesta de la Inmaculada Concepción de la Madre de Dios? Nuestra tibieza y nuestra indiferencia en esta ocasión ¿No serían una prueba de nuestro poco reconocimiento, de nuestra poca confianza y de nuestro poco amor? El no tener sino una mediana devoción a la Inmaculada Concepción de la Madre de Dios ¿podría ser acaso una prueba sensible de nuestra veneración y de nuestra ternura?

Virgen santa, Virgen Inmaculada, yo creo firmemente que Dios te poseyó desde el principio; creo que no sólo tu concepción, sino también toda tu vida estuvo sin mancha, y que amaste a Dios sin interrupción alguna hasta el último instante de tu vida. Haz, Virgen santa, que por esta confianza que tengo en tu bondad, entre en la amistad de tu Hijo para no perderla jamás; y que, honrando toda mi vida tu Concepción Inmaculada, lo mejor que me sea posible, alcance por tu intercesión la gracia de una santa muerte. Amén.

Fuente J. Croisset, SJ, Año cristiano

Consejos de Don Bosco para conservar la pureza

Alegoria de la Castidad 01 01

Presentamos un extracto de un sueño contado por Don Bosco a sus alumnos en el año 1884. El Santo contemplaba en sueños un bellísimo jardín, cuando he aquí que aparecen dos hermosas jovencitas y comienzan a dialogar sobre la inocencia, de la que eran figura. Del largo relato de Don Bosco, cuya lectura completa recomendamos, presentamos algunas líneas que hacen referencia a la necesidad de la mortificación para conservar dicha virtud.

Es un gran error el de los jóvenes creer que la penitencia la debe practicar solamente quien ha pecado. La penitencia es también necesaria para conservar la inocencia. Si San Luis no hubiese hecho penitencia, habría caído sin duda en pecado mortal. Esto se debería predicar, inculcar, enseñar continuamente a los jóvenes. ¡Cuánto más numerosos serían los que conservarían la inocencia, mientras que ahora son tan pocos!
Dice San Pablo: “Si vivís según la carne, moriréis; si, en cambio, con el espíritu dais muerte a las acciones de la carne, viviréis”.

Por tanto, mortificación para superar el fastidio que sienten en la oración.
Mortificación de la inteligencia mediante la humildad, obedecer a los superiores y a los reglamentos
Mortificación en decir siempre la verdad, en manifestar los propios defectos y los peligros en los cuales puede uno encontrarse. Entonces recibirá siempre consejo, especialmente del confesor.
Mortificación del corazón, frenando sus movimientos desordenados, amando a todos por amor de Dios y apartándonos resueltamente de aquellos que pretenden mancillar nuestra inocencia.
Mortificación en soportar valientemente y con franqueza las burlas del respeto humano.
Vencerán las mofas malignas pensando en las terribles palabras de Jesús: “El que se avergonzare de Mí y de mis palabras, se avergonzará de él el Hijo del Hombre cuando venga con toda su majestad...”

Mortificación de los ojos, al mirar, al leer, apartándose de toda lectura mala e inoportuna. ¡Un punto esencial!
Mortificación del oído y no escuchar malas conversaciones, palabras hirientes o impías. Se lee en el Eclesiástico: “Rodea con un seto de espinas tus oídos y no escuches la mala lengua.”
Mortificación en el hablar: no dejarse vencer por la curiosidad.
Mortificación del gusto: no comer ni beber demasiado.
Mortificarse, en suma, sufriendo cuanto nos sucede a lo largo del día, el frío, el calor, y no buscar nuestras satisfacciones. Mortificad vuestros miembros terrenos, dice San pablo.
Recordad lo que ha dicho Jesús: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz cada día y sígame.
El camino del inocente tiene sus pruebas, sus sacrificios, pero recibe fuerza en la Comunión, porque quien comulga frecuentemente tiene la vida eterna, está en Jesús y Jesús en él. Y la Santísima Virgen, a quien tanto ama, es su Madre.

Fuente: cf. Don Bosco, sueño “La inocencia”, relatado por Don Lemoyne en sus Memorias Biográficas de Don Juan Bosco. Traducción de Basilio Bustillo.

Una nueva forma de festejar el mes de María: con espíritu de reparación

Flores a Maria 02 14

¿Quién podría decir que -en general- la Santísima Virgen está contenta con la actual actitud de los hombres? Sería, pues, muy oportuno aprovechar este mes, todo él dedicado a Nuestra Señora, para enfocarlo y vivirlo como un acto de reparación.

Como todos saben, el mes de María es eminentemente festivo. Naturalmente nuestro espíritu se vuelve a festejar a Nuestra Señora durante todos los días del mes. Sucede, sin embargo, que existe un principio de sentido común por el cual no se festeja a una persona que está pasando por un pesar muy grande. Por ejemplo, a una madre que tiene a su hijo muy enfermo, no se va, durante la enfermedad del hijo, a hacerle una fiesta de aniversario. Porque su ánimo no está para eso.
Entonces, ésta es una ocasión para testimoniarle a Ella veneración, cariño, etc., pero manifestarlo de otra manera, es decir, solidarizándose con su dolor. Decirle dos cosas: "Yo me acuerdo que es tu aniversario. Esta fecha despierta en mí buenas disposiciones, pero considerando tu estado, tu situación, quería decirte también cuánto me pesa verte pasar por esta prueba difícil, y hago votos para que tu hijo se mejore". Es lo que cualquier persona sensata diría.

Bien eso es lo que nosotros también debemos decir a Nuestra Señora. Debemos decir que nos acordamos de todas las razones perennes de alegría que Ella significa para todos los católicos, en todas las circunstancias. Nuestra Señora es de tal manera causa nostrae laetitiae, causa de nuestra alegría, como se dice en las letanías Lauretanas, que significó una alegría para nosotros, incluso en la más triste de las situaciones, que fue cuando Nuestro Señor Jesucristo murió. Hasta en esa ocasión, su presencia era un elemento de alegría y de satisfacción para nosotros.
Por otro lado, hay que comprender que una actitud de mera conmemoración festiva no es oportuna, y que nosotros debemos unir al recuerdo de toda la alegría que Ella nos da, la consideración de toda la tristeza que Ella tiene en las circunstancias actuales, y tener en vista esa tristeza. Tener muy presentes y actuales las razones de su tristeza, por tantas ofensas contra Ella, contra su Divino Hijo y contra la Santa Iglesia que vemos cotidianamente en esta sociedad que cada día se vuelve más contra Dios y contra su Ley. Y si, viendo todos estos crímenes, mi indignación fuese pequeña, no se podrá sino concluir que la causa es que mi amor es pequeño. Se podría decir que la actitud que tenemos en relación a los enemigos de la Iglesia y de la Civilización Cristiana es el termómetro de nuestro amor a la Iglesia y a Nuestra Señora.

Quizá esas consideraciones nos hagan ver que nuestro amor es débil, escaso, pequeño... Ese será un buen motivo para pedirle a Ella, que en este mes hace llover de modo especial gracias sobre sus hijos, que nos conceda un mayor celo en la defensa de sus intereses, frente a la obra de demolición emprendida por las fuerzas de las tinieblas, y nos dé al mismo tiempo una creciente incompatibilidad con el mal, en todas las formas que él se presente ante nosotros. Esta sería una linda suplica en todos los días de este mes dedicado a Ella.

Fuente: Adaptado de una conferencia de Plinio Corrêa de Oliveira del 1 de Mayo de 1967

Educación sexual

Pio XI 01 01 Pío XI

En estos días en que en nuestra Patria se alzan, gracias a Dios, muchas voces bienintencionadas en contra de la ideología de género, hemos escuchado en repetidas ocasiones frases como ésta: “Que es necesario que se imparta educación sexual a los niños en las escuelas, estamos todos de acuerdo; pero ideología de género, no.”

No estamos “todos de acuerdo” ni en la necesidad ni en la conveniencia de que, desde la escuela, se imparta educación sexual a nuestros hijos: ni de parte del Estado, ni de los docentes, ni de ningún “experto”. Y es justo y razonable que todo padre lúcido luche por mantener el derecho exclusivo de tratar estos temas con sus hijos.
Las palabras del Papa Pío XI en su encíclica Divini Illius Magistri, sobre la educación cristiana de la juventud, que citaremos a continuación, bien pueden considerarse como un estímulo por parte del Magisterio de la Iglesia a la aplicación de este criterio._

(...) Peligroso en sumo grado es, además, ese naturalismo que en nuestros días invade el campo educativo en una materia tan delicada como es la moral y la castidad. Está muy difundido actualmente el error de quienes, con una peligrosa pretensión e indecorosa terminología, fomentan la llamada educación sexual, pensando falsamente que podrán inmunizar a los jóvenes contra los peligros de la carne con medios puramente naturales y sin ayuda religiosa alguna; acudiendo para ello a una temeraria, indiscriminada e incluso pública iniciación e instrucción preventiva en materia sexual, y, lo que es peor todavía, exponiéndolos prematuramente a las ocasiones, para acostumbrarlos, como ellos dicen, y para curtir su espíritu contra los peligros de la pubertad.
Grave error el de estos hombres, porque no reconocen la nativa fragilidad de la naturaleza humana ni la ley de que habla el Apóstol, contraria a la ley del espíritu (cf. Rom 7, 23), y porque olvidan una gran lección de la experiencia diaria, esto es, que en la juventud, más que en otra edad cualquiera, los pecados contra la castidad son efecto no tanto de la ignorancia intelectual cuanto de la debilidad de una voluntad expuesta a las ocasiones y no sostenida por los medios de la gracia divina.

En esta materia tan delicada, si, atendidas todas las circunstancias, parece necesaria alguna instrucción individual, dada oportunamente por quien ha recibido de Dios la misión educativa y la gracia de estado, han de observarse todas las cautelas tradicionales de la educación cristiana, que el ya citado Antoniano acertadamente describe con las siguientes palabras: «Es tan grande nuestra miseria y nuestra inclinación al pecado, que muchas veces los mismos consejos que se dan para remedio del pecado constituyen una ocasión y un estímulo para cometer este pecado. Es, por tanto, de suma importancia que, cuando un padre prudente habla a su hijo de esta materia tan resbaladiza, esté muy sobre aviso y no descienda a detallar particularmente los diversos medios de que se sirve esta hidra infernal para envenenar una parte tan grande del mundo, a fin de evitar que, en lugar de apagar este fuego, lo excite y lo reavive imprudentemente en el pecho sencillo y tierno del niño. Generalmente hablando, en la educación de los niños bastará usar los remedios que al mismo tiempo fomentan la virtud de la castidad e impiden la entrada del vicio».

Fuente: SS Pío XI, Encíclica Divini Illius Magistri, 31 de diciembre de 1929

Restáuranos, Señor, por tu misericordia

Santa Catalina de Siena 05 06

Mi Señor dulcísimo, vuelve benignamente tus ojos misericordiosos a este pueblo y al cuerpo místico que es tu Iglesia; porque mayor gloria se seguirá para tu santo nombre al perdonar tan gran muchedumbre de tus creaturas que si tan sólo me perdonas a mí, miserable pecadora, que tan gravemente he ofendido a tu majestad.

¿Qué consuelo podría hallar yo en poseer la vida, viendo que tu pueblo está privado de ella, y viendo cómo las tinieblas del pecado cubren a tu amada Esposa, por mis pecados y los de las demás creaturas tuyas?
Deseo, pues, y te pido como una gracia especial este perdón, por aquel amor incomparable que te movió a crear al hombre a tu imagen y semejanza.
¿Cuál, me pregunto, fue la causa de que colocaras al hombre en tan alta dignidad? Ciertamente, sólo el amor incomparable con el cual miraste en ti mismo a tu creatura y te enamoraste de ella. Mas veo con claridad que por culpa de su pecado perdió merecidamente la dignidad en que lo habías colocado.

Pero tú, movido por aquel mismo amor, queriendo reconciliarte gratuitamente al género humano, nos diste la Palabra que es tu Hijo unigénito, el cual fue verdaderamente reconciliador y mediador entre tú y nosotros. Él fue nuestra justicia, ya que cargó sobre sí todas nuestras injusticias e iniquidades y sufrió el castigo que por ellas merecíamos, por obediencia al mandato que tú, Padre eterno, le impusiste, cuando decretaste que había de asumir nuestra humanidad. ¡Oh incomparable abismo de caridad! ¿Qué corazón habrá tan duro que no se parta al considerar cómo la sublimidad divina ha descendido tan abajo, hasta nuestra propia humanidad?

Nosotros somos tu imagen y tú imagen nuestra, por la unión verificada en el hombre, velando la divinidad eterna con esta nube que es la masa infecta de la carne de Adán. ¿Cuál es la causa de todo esto? Solamente tu amor inefable. Por éste tu amor incomparable imploro, pues, a tu majestad, con todas las fuerzas de mi alma, para que otorgues benignamente tu misericordia a tus miserables creaturas.

Santa Catalina de Siena, Diálogo sobre la divina providencia, Liturgia de las Horas

La vida que defienden los santos

San Juan Pablo II - Santa Teresa de Calcuta 01 01

“Con el tiempo, las amenazas contra la vida no disminuyen. Al contrario, adquieren dimensiones enormes. No se trata sólo de amenazas procedentes del exterior, de las fuerzas de la naturaleza o de los 'Caínes' que asesinan a los 'Abeles'; no, se trata de amenazas programadas de manera científica y sistemática. El siglo XX será considerado una época de ataques masivos contra la vida, una serie interminable de guerras y una destrucción permanente de vidas humanas inocentes. Los falsos profetas y los falsos maestros han logrado el mayor éxito posible. Más allá de las intenciones, que pueden ser diversas y presentar tal vez aspectos convincentes incluso en nombre de la solidaridad, estamos en realidad ante una objetiva «conjura contra la vida », que ve implicadas incluso a instituciones internacionales, dedicadas a alentar y programar auténticas campañas de difusión de la anticoncepción, la esterilización y el aborto. Finalmente, no se puede negar que los medios de comunicación social son con frecuencia cómplices de esta conjura, creando en la opinión pública una cultura que presenta el recurso a la anticoncepción, la esterilización, el aborto y la misma eutanasia como un signo de progreso y conquista de libertad, mientras muestran como enemigas de la libertad y del progreso las posiciones incondicionales a favor de la vida.
(...) María es la palabra viva de consuelo para la Iglesia en su lucha contra la muerte. Mostrándonos a su Hijo, nos asegura que las fuerzas de la muerte han sido ya derrotadas en El: «Lucharon vida y muerte en singular batalla, y, muerto el que es la Vida, triunfante se levanta»” (SS. Juan Pablo II, Evangelium Vitae)

“La amenaza más grande que sufre la paz hoy en día es el aborto, porque el aborto es hacer la guerra al niño, al niño inocente que muere a manos de su propia madre. Si aceptamos que una madre pueda matar a su propio hijo, ¿cómo podremos decir a otros que no se maten?
¿Cómo persuadir a una mujer de que no se practique un aborto? Como siempre, hay que hacerlo con amor y recordar que amar significa dar hasta que duela”. (Santa Teresa de Calcuta)

El bien verdadero y el bien aparente (II)

Adan y Eva 04 04

A pesar de toda la complejidad del problema del pecado, a pesar del atractivo del mal que pueden engendrar la pasión y el vicio, no por ello la razón y la voluntad del hombre dejan de estar orientadas en lo profundo al bien verdadero y no podrían jamás estar satisfechas sin él. Por consiguiente, el bien conocido, que es propio del hombre, permanece siempre ordenado al bien real, por oculto como esté por las capas del mal.

La elección moral no se efectúa, por tanto, entre el bien y el mal tomados como cosas contrarias según la determinación de la ley, sino entre dos bienes, uno de los cuales es real y el otro, aparente. La elección moral reclama un juicio de realidad y de verdad sobre la naturaleza del bien que se presenta, mientras que el mal no puede introducirse más que por la mentira y la duplicidad. La ley interviene aquí para esclarecer a la razón sobre la naturaleza y la calidad de las cosas.

Notemos, en fin, que la afirmación de que el bien propio del hombre es el bien en tanto que conocido, no debe entenderse en un sentido subjetivo como si el bien se identificara con nuestra idea, con nuestro sentimiento, con nuestra opinión sobre el bien. Esto sería directamente contrario, para Santo Tomás, a la noción misma de verdad, que designa la realidad del ser captada en sí misma por la razón, contrario también al amor de amistad que nos inclina a amar por y en sí mismo. El sujeto humano no hace ni crea la verdad ni el bien, sino que se hace a sí mismo al abrirse a la verdad por la razón y al bien por el amor justo. La concepción subjetiva de la verdad y del bien es sin duda una de las tentaciones más sutiles y más insidiosas para la inteligencia. Encierra y ata al espíritu, frecuentemente en nombre de la razón, en un universo de puras apariencias.

Fuente: Servais (Th.) Pinckaers, Las fuentes de la moral cristiana

El bien verdadero y el bien aparente (I)

Alegoria de la virtud y el vicio 01 01 Alegoría de la virtud y el vicio

A pesar de las diferentes fuentes del conocimiento moral de las que disponemos, puede ocurrir que nuestra estimación del bien no coincida con el bien real y que incluso se oponga a él. En realidad podemos tomar como un bien lo que es malo y como un mal lo que es bueno. Las causas de este error pueden ser tan múltiples como los componentes del juicio y de la elección práctica. Son los límites de una inteligencia que puede equivocarse en sus razonamientos tanto en moral como en otras cosas a causa de los límites de su campo de visión, a causa de un defecto de atención o de penetración, por inexperiencia, incluso. Serán también las disposiciones de la voluntad y del sentimiento, pues se juzgan las cosas según la disposición en que se está: las pasiones, como la cólera, influyen a su modo en la percepción del bien y causan la precipitación y la confusión del juicio. La voluntad misma puede dejarse pervertir por un afecto excesivo como en el avaro, o por el rechazo de lo que la contraría como la envidia o el odio.

La distancia que se puede establecer así entre el bien conocido y el bien real está en el origen del pecado y puede expresarse por la distinción entre el “bien verdadero” y el “bien aparente”.
Ganar dinero y hacer fortuna cometiendo la injusticia es un bien aparente, que posee un cierto peso de realidad y ejerce un poderoso atractivo sobre el corazón del hombre; pero es un mal verdadero y mucho más real porque la injusticia corrompe el corazón sin que el dinero pueda jamás satisfacerlo. Toda la fuerza de la tentación reside precisamente en la apariencia del bien, que reverbera y cautiva el espíritu y el corazón. El peligro más grande de la acción malvada es contribuir a fortificar esta apariencia, pues se acaba por pensar como se ha obrado. La injusticia repetida deforma el juicio tanto como pervierte el querer.

Sin embargo, cualquiera que sea el pecado del hombre, siempre subsiste en el fondo de él esta inclinación natural al bien y a la verdad sin la que no podría formarse en nosotros esta apariencia de bien de la cual tiene necesidad el mal para afectarnos y engañarnos. Así, una división, una contradicción ineluctable se instala en el fondo de la voluntad pecadora entre el atractivo del bien que se halla en su naturaleza misma y el mal que hace, entre el sentido de la verdad que le viene de la razón y el juego de apariencias que la cautivan. No hay paz en ella.

Fuente: Servais (Th.) Pinckaers, Las fuentes de la moral cristiana

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