Pronunciado por Pío XI (II)


Con las palabras severas el Obispo de Hipona reprende a los cónyuges depravados que intentan frustrar la descendencia y, al no obtenerlo, no temen destruirla perversamente: “Alguna vez llega a tal punto la crueldad lasciva o la lascivia cruel, que procura también venenos de esterilidad, y si aún no logra su intento, mata y destruye en las entrañas el feto concebido, queriendo que perezca la prole antes que viva; o, si en el vientre ya vivía, mátala antes que nazca. En modo alguno son cónyuges si ambos proceden así, y si fueron así desde el principio no se unieron por el lazo conyugal, sino por estupro; y si los dos no son así, me atrevo a decir: o ella es en cierto modo meretriz del marido, o él adúltero de la mujer”.

Lo que se suele aducir en favor de la indicación social y eugenésica se debe y se puede tener en cuenta siendo los medios lícitos y honestos, y dentro de los límites debidos; pero es indecoroso querer proveer a la necesidad, en que ello se apoya, dando muerte a los inocentes, y es contrario al precepto divino, promulgado también por el Apóstol: “No hemos de hacer males para que vengan bienes”.

Finalmente, no es lícito que los que gobiernan los pueblos y promulgan las leyes echen en olvido que es obligación de la autoridad pública defender la vida de los inocentes con leyes y penas adecuadas; y esto, tanto más cuanto menos pueden defenderse aquellos cuya vida se ve atacada y está en peligro, entre los cuales, sin duda alguna, tienen el primer lugar los niños todavía encerrados en el seno materno. Y si los gobernantes no sólo no defienden a esos niños, sino que con sus leyes y ordenanzas les abandonan, o prefieren entregarlos en manos de médicos o de otras personas para que los maten, recuerden que Dios es juez y vengador de la sangre inocente, que desde la tierra clama al cielo.

Fuente: S.S. Pío XI, Carta encíclica Casti Connubii

Misericordia de Jesucristo con los pecadores


Jesucristo nos ha revelado de manera maravillosa la misericordia divina: y ha querido ilustrar estas enseñanzas y subrayar su doctrina por medio de actos de bondad que nos maravillan y nos conmueven profundamente.

Veámosle esperando de la Samaritana y conversando con ella. Llegaba a Sicar en la hora señalada por su padre, para salvar a un alma predestinada desde toda la eternidad.

¿De qué alma se trataba? De la de una pobre pecadora, cuyos desórdenes, cuya miseria, conocía perfectamente; a ella, por preferencia sobre tantas otras, va a manifestarse.

Ni bien ha visto brotar en ella, en medio de tanta corrupción, una chispa de buena voluntad, está dispuesto a concederle toda suerte de gracias; porque ni bien ve en alguien sinceridad en la búsqueda de la verdad, le hace don de la luz, y muestra una satisfacción inmensa en recompensar este deseo del bien, y de la justicia.

Por eso va a ser a esa alma una doble revelación. Le enseña que “ha llegado la hora en la que los verdaderos adoradores han de adorar al Padre en espíritu y verdad, adoradores que el Padre busca”. Se manifiesta a ella como “Mesías enviado por Dios”, revelación que a nadie aún había hecho, ni siquiera a sus discípulos.

¿No es realmente algo admirable el que hayan sido hechas estas dos revelaciones en primer lugar a una miserable criatura, víctima del pecado, que no podía ostentar más título que su necesidad de salud y un poco de buena voluntad?...

Fuente: Dom Columba Marmion, Palabras de Vida, Ed. Desclée de Brouwer, 1956, p. 99

El Don de Dios de que habla Jesús


“¡Si conocieras del don de Dios! ...”, nos dice Jesús como a la Samaritana; si supieras, alma redimida, la hermosura, grandeza y nobleza que se encierra en el don que te traigo de parte de mi Padre, en este don que hace revivir al alma muerta por el pecado y se llama gracia santificante. Este don hará que de ti desaparezca la mancha del pecado original y las vergonzosas huellas de tus crímenes, aunque éstos fuesen más numerosos que las arenas del mar y más graves que las mayores iniquidades cometidas en la tierra. Este don restablecerá en ti la primitiva belleza, belleza destruida por el pecado de Adán. Te santificará y hará agradable a los ojos de los ángeles y a los de Dios, tres veces Santo. Gracias a él serás hijo adoptivo del Padre celestial, como yo soy Hijo natural.

¿Qué se desprende de esto? Pues que participarás de mis sagrados derechos; mis riquezas y méritos serán tuyos, mi doctrina, mi espíritu, mis sentimientos, mi corazón y mi vida, todo te lo comunicaré de tal suerte, que podrás decir como el Apóstol: “No soy yo el que vivo, sino que es Cristo quien vive en mí (Gal 3, 20)”. Además, el Espíritu Santo, que habitó en mí desde el momento de mi encarnación, como en la flor de Jesé, se dignara descender a ti, a pesar de tus culpas pasadas, para habitar en ti substancialmente con Dios Padre y con Dios Hijo.

Con este don divino eres rico en virtudes y dones de más precio que el Universo entero; tu alma ha sido formada a mi imagen y semejanza por el divino Paráclito, para que puedas participar un día de mi gloria celestial. ¡Si conocieras, alma redimida, el altísimo precio de la gracia que así te transforma, no dejarías un instante de aumentarla por tu fervor y fidelidad!

Jesús mío, tus palabras me emocionan. Hasta ahora no he sabido apreciar la felicidad de estar en tu divina gracia. Así como el pecado mortal es mal inmenso, así tu santa amistad es bien inapreciable que sobrepasa en excelencia a los demás bienes. Tu gracia es fuente de paz, principio de virtud y condición para el mérito. Quiero a toda costa conservarla, huyendo de las ocasiones y peligros de pecar, acudiendo a la oración y acercándome con frecuencia a tus santos sacramentos.

Fuente: Manual de Meditaciones, pp. 239s.

Vía Crucis Eucarístico (XI)


Undécima estación: Jesús es clavado en la cruz

¡Qué tormentos los que sufrió Jesús cuando le crucificaron! Sin un milagro de su poder no le hubiera sido posible soportarlos sin morir.

Con todo, en el calvario Jesús es clavado a un madero inocente y puro, mientras que en una comunión indigna el pecador crucifica a Jesús en su cuerpo de pecado, cual si se atara un cuerpo vivo a un cadáver en descomposición.

En el calvario fue crucificado por enemigos declarados, mientras que aquí son sus propios hijos los que le crucifican con la hipocresía de su falsa devoción.

En el calvario sólo una vez fue crucificado, mientras aquí lo es todos los días y por millares de cristianos.

¡Oh divino Salvador mío, os pido perdón por la inmortificación de mis sentidos, que ha costado expiación tan cruel!

Por vuestra Eucaristía, queréis crucificar mi naturaleza e inmolar al hombre viejo, uniéndome a vuestra vida crucificada y resucitada. Haced, Señor, que me entregue a Vos del todo, sin condición ni reserva.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Vía Crucis Eucarístico (IX)


Novena estación: Jesús cae por tercera vez.

¡Cuántos sufrimientos en esta tercera caída! Jesús cae abrumado bajo el peso de la cruz y apenas si a fuerza de malos tratos logran los verdugos levantarle.

Jesús cae por tercera vez antes de ser levantado en cruz como para atestiguar que le pesa el no poder dar la vuelta al mundo cargado con su cruz.

Jesús vendrá a mí por última vez en viático antes de que salga también yo de este valle de destierro. ¡Ah, Señor, concededme esta gracia, la más preciosa de todas y complemento de cuantas he recibido en mi vida!

¡Pero que reciba bien esta última comunión, tan llena de amor!

¡Qué caída más espantosa la de Jesús, que entra por última vez en el corazón de un moribundo, que a todos sus pecados pasados añade el crimen del sacrilegio y recibe indignamente al mismo que ha de juzgarle, profanando así el viático de su salvación!

¡En qué estado más doloroso no se ha de ver Jesús en un corazón que le detesta, en un espíritu que le desprecia, en un cuerpo de pecado!

¿Y cuál será el juicio de esos desdichados? Sólo pensarlo causa temblor: ¡Perdón, Señor, perdón por ellos! Os ruego por todos los moribundos. Concededles la gracia de morir en vuestros brazos después de haberos recibido bien en viático.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Vía Crucis Eucarístico (III)


Tercera estación: Jesús cae por primera vez.

Tan agotado de sangre se vio Jesús después de tres horas de agonía y de los golpes de la flagelación, tan debilitado por la terrible noche que pasó bajo la guardia de sus enemigos, que, tras algunos momentos de marcha, cae abrumado bajo el peso de la cruz.

¡Cuántas veces cae Jesús sacramentado por tierra en las santas partículas sin que nadie se dé cuenta!

Mas lo que le hace caer de dolor es la vista del primer pecado mortal que mancilló mi alma.

¡Cuánto más dolorosa no es la caída de Jesús en el corazón de un joven que le recibe indignamente en el día de su primera comunión!

Cae en un corazón helado, que el fuego de su amor no puede derretir; en un espíritu orgulloso y fingido, sin poder conmoverlo; en un cuerpo que no es más que sepulcro lleno de podredumbre. ¿Así por ventura hemos de tratar a Jesús la primera vez que viene a nosotros tan lleno de amor? ¡Oh Dios! ¡Tan joven y ya tan culpable! ¡Comenzar tan pronto a ser un Judas! ¡Cuán sensible es al Corazón de Jesús; una primera comunión sacrílega!

¡Gracias, oh Jesús mío, por el amor que me mostrasteis en mi primera comunión! Nunca lo he de olvidar. Vuestro soy, del mismo modo que Vos sois mío; haced de mí lo que os plazca.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Vía Crucis Eucarístico (I)


Primera estación: Jesús, condenado a muerte.

Jesús es condenado por los suyos, por aquellos mismos a quienes ha colmado de favores. Se lo condena cual si fuera un sedicioso, a Él, que es la bondad misma; como blasfemo, siendo así que es la misma santidad; como ambicioso, cuando se hizo el último de todos. Como si fuera el último de los esclavos, es condenado a la muerte de cruz.

Como vino a este mundo para sufrir y morir y para enseñarnos a hacer ambas cosas, Jesús acepta con amor la inicua sentencia de muerte.

También en la Eucaristía es Jesús condenado a muerte. Condenado en sus gracias, que no se quieren; en su amor, que se desconoce; en su estado sacramental, en que es negado por el incrédulo y profanado por horribles sacrilegios. Por una comunión indigna vende a Jesucristo un mal cristiano al demonio, entrégalo a las pasiones, lo pone a los pies de Satanás, rey de su corazón; le crucifica en su cuerpo de pecado.

Los malos cristianos maltratan a Jesús más que los mismos judíos, por cuanto en Jerusalén fue condenado una sola vez, en tanto que en el santísimo Sacramento es condenado todos los días y en infinidad de lugares y por un número espantoso de inicuos jueces.

Y a pesar de todo, Jesús se deja insultar, despreciar, condenar; y sigue viviendo en el Sacramento, para demostrarnos que su amor hacia nosotros es sin condiciones ni reservas y excede a nuestra ingratitud.

¡Perdón, oh Jesús, y mil veces perdón, por todos los sacrilegios! Si me acontece cometer uno sólo, he de pasar toda la vida reparándolo. Quiero amaros y honraros por todos los que os desprecian. Dadme la gracia de morir con vos.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

El toque de una conversión

“Dios escuchó el llanto del niño” (Gn. 21, 17)

Nunca he visto un aborto guiado por ecografía antes, me dije.

No podía imaginar hasta qué punto esos diez minutos sacudirían la base sobre la que se asentaban mis valores y terminarían cambiando mi vida.

¿Qué voy a presenciar? Mi estómago se contrajo.

“Trece semanas”, escuché a la enfermera decir después de medir el feto para determinar el tiempo de gestación.

Al principio, el bebé no pareció darse cuenta de la presencia de la cánula.

El siguiente movimiento fue la repentina sacudida de un pequeño pie. El bebé daba patadas, como si intentara huir del extraño invasor.

El médico había girado la cánula. Y entonces, el pequeño cuerpo empezó a desaparecer ante mis ojos. La última cosa que vi fue una columna vertebral, succionada por el tubo.

Me quedé paralizada.

Dios mío, ¿qué había hecho?

Un pensamiento emergió de lo más hondo: ¡Nunca más! Nunca más.

Al recordar ese día de septiembre de 2009, me doy cuenta de lo sabio que es Dios... Entonces intenté comprender las razones que me habían llevado a esa situación: a vivir en la mentira, a difundirla y a perjudicar a tantas mujeres que en realidad quería ayudar.

Y, sentí la necesidad de saber qué debía hacer a partir de entonces.

Fuente: Abby Johnson, Sin planificar

Joven angélico


La razón exige que se combata el pecado, porque si el pecado es combatido, todo irá bien. Donde no está el pecado, está la belleza de la imagen de Dios y todo bien.

Cosa que Domingo comprendió perfectísimamente, desde el primer momento, porque, cuando a los siete años hizo la primera Comunión, escribió: “la muerte antes que pecar”. Estas palabras son sencillas, pero no se podrán decir otras más hermosas. Las expresó y durante toda la vida mantuvo constante este pensamiento. Y en la última noche de su vida dijo así: “¡Lo repito y lo diré mil veces: antes la muerte que pecar!” Aquí está la base de toda la gloria de Domingo Savio.

No fueron simples palabras, sino que toda su vida se inspiró en esta idea: “Quiero llevar una guerra sin cuartel contra el pecado mortal”. No solo buscó evitar el pecado en sí mismo, sino que trató de combatirlo en los demás, para arrancarlo del alma de los otros.

La lucha contra el pecado fue llevada victoriosamente por Savio, durante toda la vida. Es la gloria a que debería aspirar cada uno de nosotros. Es menester evitar el pecado por todos los medios, tratar de destruir el pecado en cualquier forma.

Obrando de esta suerte, Savio se asemejó a los Ángeles buenos que no pecaron. Mamá Margarita le decía al hijo (Don Bosco): “Mira cómo está Domingo en la iglesia, ¡está como un ángel del Paraíso!”

Fuente: Card. Máximo Massimi, Discurso del 9 de marzo de 1950

Los Clérigos predicarán con el ejemplo


Los que han sido llamados a ministrar en la mesa del Señor deben brillar por el ejemplo de una vida loable y recta, en la que no se halle mancha ni suciedad alguna de pecado. Viviendo honorablemente como sal de la tierra, para sí mismos y para los demás, e iluminando a todos con el resplandor de su conducta, como luz que son del mundo, deben tener presente la solemne advertencia del sublime maestro Cristo Jesús, dirigida no sólo a los apóstoles y discípulos, sino también a todos sus sucesores, presbíteros y clérigos: Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal pierde su sabor, ¿con que la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.

En verdad es pisado por la gente, como barro despreciable, el clero inmundo y sucio, impregnado de la sordidez de sus vicios y envuelto en las cadenas de sus pecados, considerado inútil para sí y para los demás; porque, como dice san Gregorio: “De aquel cuya vida está desprestigiada queda también desprestigiada la predicación”.

Los presbíteros que se comportan con dignidad son acreedores a un doble honor, material y personal o sea, temporal y a la vez espiritual, que es lo mismo que decir transitorio y eterno al mismo tiempo; pues, aunque viven en la tierra sujetos a las limitaciones naturales con los demás mortales, su anhelo tiende a la convivencia con los ángeles en el cielo, para ser agradables al Rey, como prudentes ministros suyos. Por lo cual, como un sol que nace para el mundo desde las alturas donde habita Dios, alumbre la luz del clero a los hombres, para que vean, sus buenas obras y den gloria al Padre que está en el cielo.

Vosotros sois la luz del mundo. Pues, así como la luz no se ilumina a sí misma, sino que con sus rayos llena de resplandor todo lo que está a su alrededor, así también la vida luminosa de los clérigos virtuosos y justos ilumina y serena, con el fulgor de su santidad, a todos los que la observan. Por consiguiente, el que está puesto al cuidado de los demás debe mostrar en sí mismo cómo deben conducirse los otros en la casa de Dios.

Fuente: San Juan de Capistrano, del tratado Espejo de los clérigos

Cristo nada quiere perdonar sin la Iglesia


Hay dos cosas que corresponden exclusivamente a Dios: el honor de recibir la confesión y el poder de perdonar los pecados. Por ello nosotros debemos manifestar a Dios nuestra confesión y esperar su perdón. Sólo a Dios corresponde el perdonar los pecados, por eso, sólo a él debemos confesar nuestras culpas. Pero, así como el Señor todopoderoso y excelso se unió a una esposa insignificante y débil, haciendo de esta esclava una reina y colocando a la que estaba bajo sus pies a su mismo lado, pues de su lado, en efecto, nació la Iglesia y de su lado la tomó como esposa, y así como lo que es del Padre es también del Hijo y lo que es del Hijo es también del Padre, a causa de la unidad de naturaleza de ambos, así, de manera parecida, el esposo comunicó todos sus bienes a aquella esposa a la que unió consigo y también con el Padre. Por ello, en la oración que hizo el Hijo en favor de su esposa, dice al Padre: Quiero, Padre, que, así como tú estás en mí y yo en ti, sean también ellos una cosa en nosotros.

El esposo, por tanto, que es uno con el Padre y uno con la esposa, destruyó aquello que había hallado menos santo en su esposa y lo clavó en la cruz, llevando al leño sus pecados y destruyéndolos por medio del madero. Lo que por naturaleza pertenecía a la esposa y era propio de ella lo asumió y se lo revistió, lo que era divino y pertenecía a su propia naturaleza lo comunicó a su esposa. Suprimió, en efecto, lo diabólico, asumió lo humano y le comunicó lo divino, para que así, entre la esposa y el esposo, todo fuera común. Por ello el que no cometió pecado ni le encontraron engaño en su boca pudo decir: Misericordia, Señor, que desfallezco. De esta manera participa él en la debilidad y en el llanto de su esposa y todo resulta común entre el esposo y la esposa, incluso el honor de recibir la confesión y el poder de perdonar los pecados; por ello dice: Ve a presentarte al sacerdote.

La Iglesia, pues, nada puede perdonar sin Cristo, y Cristo nada quiere perdonar sin la Iglesia. La Iglesia solamente puede perdonar al que se arrepiente, es decir, a aquel a quien Cristo ha tocado ya con su gracia. Y Cristo no quiere perdonar ninguna clase de pecados a quien desprecia a la Iglesia. Por lo tanto, no debe separar el hombre lo que Dios ha unido. Gran misterio es éste; pero yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia.

No te empeñes, pues, en separar la cabeza del cuerpo, no impidas la acción del Cristo total, pues ni Cristo está entero sin la Iglesia ni la Iglesia está íntegra sin Cristo. El Cristo total e íntegro lo forman la cabeza y el cuerpo, por ello dice: Nadie ha subido al cielo, sino el Hijo del hombre, que está en el cielo. Éste es el único hombre que puede perdonar los pecados.

Fuente: De los Sermones del beato Isaac de Stella, Liturgia de las Horas

Meditando en la Navidad (VI)


Llegan a Belén José y María buscando hospedaje pero no encuentran, ya por hallarse todos ocupados, ya porque se les deshace a causa de su pobreza. Empero, nada puede turbar la paz interior de los que están fijos en Dios.

Si José experimentaba tristeza cuando era rechazado de casa en casa, porque pensaba en María y en el Niño, sonreíase también con santa tranquilidad cuando fijaba la mirada en su casta esposa. El ruido de cada puerta que se cerraba ante ellos era una dulce melodía para sus oídos. Eso era lo que había venido a buscar. El deseo de esas humillaciones era lo que había contribuido a hacerle tomar la forma humana.

¡Oh Divino Niño de Belén! Estos días que tantos han pasado en fiestas y diversiones o descansando muellemente en cómodas y ricas mansiones, ha sido para vuestros padres un día de fatiga y vejaciones de toda clase. ¡Ay! El espíritu de Belén es el de un mundo que ha olvidado a Dios. ¡Cuántas veces no ha sido también el nuestro!

La bóveda de los cielos aparece purpurina por encima de aquellas colinas frecuentadas por los pastores. Las estrellas van apareciendo unas tras otras. Algunas horas más y aparecerá el Verbo Eterno.

Fuente: Fernando de Jesús Larrea, Novena de Navidad

Madre Inmaculada


Esta invocación se refiere a la Inmaculada Concepción de nuestra Madre la Virgen María.

Esta verdad revelada es que Ella fue concebida en el seno de su madre, Santa Ana, sin mancha de pecado original.

El pecado original es el pecado de infidelidad y desobediencia a Dios, cuyas consecuencias hemos heredado, todos nacemos en ese estado y el sacramento del Bautismo es el medio por el cual somos liberados de él.

María nunca vivió en ese estado, fue exceptuada de él por un designio, por un decreto eterno de Dios y según este eterno decreto, el que había nacido desde toda la eternidad, nació en el tiempo para salvarnos, y la redención de María fue entonces resuelta de esta manera especial que llamamos Inmaculada Concepción (Ella fue redimida en previsión de los méritos de su Divino Hijo).

Fue el gesto sabio y providente del gran Pontífice Pío IX quien el 8 de diciembre de 1854, la insertó en el sagrado tesoro de la fe católica por el Dogma de la Inmaculada Concepción.

Este singular privilegio de haber sido preservada de la culpa original, coloca a la Virgen junto al eterno Hijo de Dios, con un linaje de gloria que es el mayor que puede concebirse.

Virgen Inmaculada, Madre de Dios y Madre nuestra, purifica nuestros corazones y prepáralos para recibir a Jesucristo, el Cordero Inmaculado, en el Sacramento del Amor.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Consuelo de los afligidos


Cuando el dolor se nos presenta en alguna de sus formas, se pregunta uno angustiosamente ¿por qué el dolor?

Solamente la fe nos da una respuesta tranquilizadora, digna de la Sabiduría de Dios y de la dignidad del hombre.

El pecado introdujo en el mundo el dolor y la muerte: del pecado provienen las adversidades.

El dolor recibió de Dios una misión providencial; es el artífice de toda grandeza moral. Para que el dolor cumpla en nosotros su misión debe ser acogido con fe consciente y con cristiana resignación.

Sin embargo, el dolor es siempre dolor y exprime del corazón las lágrimas que son la sangre del alma. ¿Quién podrá ofrecernos el alivio necesario? ¿Quién podrá consolarnos? María Santísima, nuestra amorosa Madre la Consoladora de los afligidos, Ella puede y quiere endulzar nuestras amarguras y aliviar nuestros dolores, si se lo permitimos.

María hace suyas nuestras aflicciones y se apropia nuestro dolor, si se lo entregamos, y una sola mirada de piedad y de amor de esta dulce Madre basta para tranquilizar el corazón más adolorado y suavizar las más fuertes adversidades.

¡Oh Madre piadosa, Consuelo de los afligidos, calma nuestras angustias!

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Madre del Salvador


Antes de su venida, Jesús era conocido como Mesías, pero cuando apareció en la tierra fue conocido bajo tres títulos nuevos: Hijo de Dios, Hijo del hombre y Salvador. El primero expresa su naturaleza Divina; el segundo su naturaleza humana; el tercero su ministerio personal.

El Ángel que se apareció a María le llamó Hijo de Dios; el que se apareció en sueños a José le llamó Jesús, que quiere decir Salvador; también le dieron este nombre los ángeles que se aparecieron a los pastores en la noche de su Nacimiento. Pero Él en el Evangelio se llama a sí mismo de un modo particular: Hijo del hombre.

Verdaderamente es nuestro Salvador, porque con su Pasión y Muerte nos ha redimido y nos ha liberado del pecado. Unió en la unidad de su Persona Divina la naturaleza divina y la naturaleza humana. Dios verdadero, debía ser verdadero hombre para poder realmente sufrir y morir y al mismo tiempo para que el precio de nuestro rescate, su Pasión y Muerte, tuviera el valor infinito que exigía la Majestad de Dios y la culpa cometida por el ser humano. Y, María Santísima es Madre de Jesucristo, Madre del Dios-Hombre; así, Ella es Madre del Salvador.

Pero hay una segunda razón de este título y es que Ella cooperó y coopera de modo singular en la obra redentora de Jesucristo, como corredentora al pie de la Cruz y como corredentora en el corazón de sus hijos. Sobre la Cruz debía consumarse el sacrificio de la redención y la victoria sobre el pecado y María Santísima está íntimamente asociada a la Cruz. Ella ofreció generosamente al Padre en el Calvario, la Carne y la Sangre del Hijo, que era también carne y sangre suya. Después del amor a Dios no hay afecto que tanto nos aparte del pecado y sea tan fuerte y eficaz para librarnos de él como el amor a María, Madre del Salvador y Madre nuestra.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Oh Corazón amabilísimo de Jesús


¿Qué diré de los que se llegan a la Sagrada Eucaristía, en la cual se nos da Jesús abrasado en nuestro amor? Unos llegan con suma frialdad; otros ni aun llegar quieren a esta Sagrada Mesa, sino compelidos de las censuras de la Santa Iglesia; otros reciben al Señor en pecado mortal con horrendo sacrilegio. Muchos se alimentan de este Pan de ángeles sin devoción, sin preparación, como si fuera un manjar puramente para saciar el apetito. ¿Qué diré del sacrosanto y tremendo Sacrificio de la Misa? Muchos sacerdotes le consideran sólo como un oficio útil para enriquecerse a poca costa; llegan al santo altar sin preparación alguna; dicen la Misa atropelladamente sin observar muchas de las rúbricas de la Santa Iglesia; manejan, tocan y mueven el sacrosanto Cuerpo de Jesús como si fuera un vil pedazo de pan; con tanta irreverencia que llena de pasmo, asombro y horror a los mismos ángeles. Muchos de los demás fieles asisten a este tremendo Sacrificio con negligencia, distracción de espíritu y tibieza digna de llorarse con lágrimas de sangre. ¡Esta es la correspondencia de los católicos a la fineza del amor, con que les ama Jesús!

¡Oh!, qué sentirá su Corazón amantísimo, al verse tan ingratamente correspondido. ¡Oh pueblo cristiano, ingrato, rebelde y desconocido a tanto amor! ¿Tienes corazón de carne, como los demás hombres, o antes bien de hierro y de diamante, pues no te ablandan ni el fuego de tanto amor, ni el golpe de tantos beneficios? Semejante insensibilidad ¿es de hombres, o de fieras?

¡Oh Corazón amabilísimo de Jesús! El más noble, el más generoso, el más tierno de todos los corazones.

Fuente: P. Juan de Loyola, Tesoro escondido en el Sacratísimo Corazón de Jesús

Madre Bondadosísima


San Francisco de Sales escribió: “La Santísima Virgen ha sido siempre la Estrella, el Puerto de refugio de todos los hombres, que han navegado por los mares de este miserable mundo. Los que dirigen su navío mirando a esta divina Estrella, se librarán de estrellarse contra los escollos del pecado”; quienes, por desgracia se apartan de su dirección tutelar, no tienen más puerto seguro, en donde reparar sus averías y sacar provecho de ellas, que el Inmaculado Corazón de la más buena de las Madres.

Madre bondadosísima de Aquel que ha dicho “No son los que están sanos los que tienen necesidad de médico”, y en otra ocasión “Perdonad setenta veces siete”, ¿cuándo podrán nuestras caídas agotar vuestro poder y la ternura de vuestras solicitudes y cuidados? Según dice San Buenaventura, vais a buscar al pecador que todos han rechazado, lo abrazáis, lo reanimáis y le dais calor, y no descansáis hasta que lo habéis curado.

Yo también soy vuestro enfermo, salvadme. Este será mi grito de esperanza todos os días que dure mi destierro. Mientras más me acuerde de mis caídas pasadas, más me acordaré de Vos, que habéis tenido el poder y la bondad de levantarme de ellas; y mayor será mi seguridad de que no me abandonaréis mientras dure mi convalecencia.

Mi agradecimiento por vuestros cuidados, y el deseo de poner de manifiesto vuestro poder, me ayudarán a seguir vuestros consejos. Os amaré, os glorificaré, porque me habéis sacado de lo más profundo. Y al fin en el Cielo, ocupando tímidamente mi sitio, entre el número de quienes os deben su salvación porque en medio de sus miserias pusieron en Vos todas sus esperanzas, seré vuestra gloria, como un enfermo es la gloria del médico que ha salvado de las puertas de la muerte, no una vez, sino muchísimas. Entonces, y éste será el mejor fruto que haya producido la Gracia, mis faltas mismas serán el pedestal de vuestra glorificación y, al mismo tiempo, el trono de las divinas misericordias que quiero cantar eternamente.

Fuente: José Tissot, El arte de aprovechar nuestras faltas

Meditando en el Vía Crucis (IX)


Novena estación: Jesús cae por tercera vez

Los soldados, impacientes por la demora, dispersan a las mujeres, pues se acercaba la hora del mediodía. En su apresuramiento, golpean y maltratan a la sagrada víctima entre exclamaciones y blasfemias. Jesús está extenuado y sin fuerzas. Desde la última cena le habían negado todo refrigerio. En un supremo esfuerzo llega hasta la cima del Calvario, donde su cuerpo exhausto se desploma sobre la dura roca. Pero el rostro de Jesús resplandece de alegría: ¡ha llegado!

Amado Salvador mío: Ni la honra ni la recompensa te mueve a sufrir por los hombres, sino sólo el amor. Ahora comprendo por qué tu Corazón acepta sin dudar el supremo sacrificio. Querías, con tu caída, convertir nuestros dolores humanos en dones y gracias. Con nuestros sufrimientos, podemos ayudarte en la salvación del mundo. Las continuas recaídas en el pecado te entristecen profundamente. Son muchos los que llevan sobre sus frentes el sello de la embriaguez y de la incontinencia. Odios y enemistades, discordias en las familias y en los pueblos, ocasionan continuas desgracias y ruinas. Para reparar tantas abominaciones dominaremos las tempestades que se levanten dentro y fuera de nuestra alma, anhelando escalar con amor entusiasta, las cumbres de la virtud.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

El desaliento es la pérdida del alma


Es, al mismo tiempo, honra y tormento del hombre que ha caído el no poder acostumbrarse a sus faltas. Es como un príncipe destronado, sin ningún prestigio, por culpa de sus primeros padres; pero en el fondo de su alma conserva siempre el recuerdo de la nobleza de su origen y de la inocencia que tendría que ser su patrimonio. Apenas puede contener una exclamación de sorpresa en sus caídas, como si le hubiera ocurrido una desgracia inmerecida. Se diría que era Sansón, agotadas sus fuerzas por la mano malvada que le cortó los cabellos. Le gritaron los filisteos: “¡Levántate sobre ti!” Él se levantó, creyendo que, como otras veces, derribaría a sus enemigos; pero las fuerzas de otros tiempos le habían abandonado.

Por muy noble que este sentimiento sea en nosotros, sus resultados son nefastos y hay que combatirlo. El desaliento es la pérdida del alma; pero no podrá invadirnos, si el asombro que sigue a la falta no le abre el camino.

Contra este peligro nos va a prevenir San Francisco de Sales. Igual que otros eminentes doctores y otros sabios lúcidos, el bienaventurado Obispo siempre se enternecía a la vista de las flaquezas del hombre. “Miseria humana, miseria humana, repetía, ¡hasta qué punto estamos rodeados de debilidades! ¿Qué se puede esperar de nosotros, sino caídas?” Todas sus palabras y todos sus escritos muestran que desde la cumbre de la santidad a la que había llegado veía con especial claridad, sondeando con mirada profunda el abismo de miserias y de flaquezas que el pecado original había cavado en nosotros. Su espíritu abierto no lo olvidaba, al tratar a las almas que acudían a su dirección espiritual, y no se cansaba de recordarles su condición frágil: “Vivís, escribía a una señora, con mil imperfecciones, según me decís. Es verdad, hermana mía; pero ¿no tratáis sin descanso hacerlas morir? Es cosa cierta que, mientras vivimos oprimidos por este cuerpo tan pesado y corruptible, siempre habrá en nosotros algo que vacile”. En otro lugar decía: “Os quejáis de que en vuestra vida se entremezclan muchas imperfecciones y defectos, contrariando el deseo que tenéis de perfección de pureza en el amor de Dios. Os respondo que no es posible desasirnos del todo de nosotros mismos hasta que Dios nos lleve al Cielo; no llevaremos cosa de gran valor mientras tengamos que cargar con el peso de nosotros mismos. ¿No es regla general que nadie habrá tan santo en esta vida que no esté siempre sujeto a imperfecciones?”

Fuente: José Tissot, El arte de aprovechar nuestras faltas

El Padre Pío en los altares (V)


El Padre Pío fue generoso dispensador de la misericordia divina, poniéndose a disposición de todos a través de la acogida, de la dirección espiritual y especialmente de la administración del Sacramento de la Penitencia. Los peregrinos tomando conciencia de la gravedad del pecado y sinceramente arrepentidos, volvían casi siempre para recibir el abrazo pacificador del perdón sacramental.

Ojalá que su ejemplo anime a los sacerdotes a desempeñar con alegría y asiduidad este ministerio tan importante.

Este santo nos invita a poner a Dios por encima de todas las cosas, a considerarlo nuestro único y sumo bien.

En efecto, la razón última de la eficacia apostólica del Padre Pío, la raíz profunda de tan gran fecundidad espiritual se encuentra en la íntima y constante unión con Dios, de la que eran elocuentes testimonios las largas horas pasadas en oración y en el confesonario. Solía repetir: “Soy un pobre fraile que ora”, convencido de que la oración es la mejor arma que tenemos, una llave que abre el Corazón de Dios. Esta característica fundamental de su espiritualidad continúa en los Grupos de oración fundados por él, que ofrecen a la Iglesia y a la sociedad la formidable contribución de una oración incesante y confiada. Además de la oración, el Padre Pío realizaba una intensa actividad caritativa. Oración y caridad: he aquí una síntesis muy concreta de la enseñanza del Padre Pío, que hoy se vuelve a proponer a todos.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 16 de junio de 2002

Meditando en el Vía Crucis (VII)


Séptima estación: Jesús cae por segunda vez

Jesús pareció cobrar nuevas fuerzas con la caridad de la Verónica, por eso los verdugos le cargan de nuevo la Cruz. Pero pesa tanto y el camino es tan escarpado. Extenuado y anhelante prosigue el camino, que apenas ve por el sudor y la sangre que le velan los ojos. Su pie tropieza con una piedra del camino y cae. Con gran dolor se desploma el santo cuerpo bajo la carga de la Cruz. Al volver del desmayo el Señor se pone otra vez de pie, y mirando al cielo, se alienta a continuar el camino doloroso.

Amable Redentor: lleno de gratitud me pongo de rodillas a tu lado. Caes y te levantas para merecernos la gracia de levantarnos después de haber caído en el pecado. Por toda recompensa, nos pides penitencias y reparación, pues “más gozo te causa un pecador penitente que noventa y nueve justos que no necesitan convertirse”.

Queremos ayudarte a expiar los pecados de orgullo, ya que nada hiere tanto tu Corazón como la actitud de esos hombres que creen poderlo todo con sus propias fuerzas. Para ellos no existe pecado ni caída, y por eso no necesitan un Salvador. Su Dios es su propio yo, tu Pasión y muerte les parece escándalo digno de desprecio. Nosotros viviremos en la humildad y la modestia, aun en el éxito, dando ejemplo de heroísmo cristiano con la abnegación de nuestra vida.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

Corran a la fuente del Corazón de Jesucristo


Pobre humanidad que, con la boca abierta, va buscando un sorbo de agua para aliviar un poco su ardiente sed y corre hacia las cisternas disipadas de los vicios, de las iniquidades y de los placeres mundanos, los cuales no pueden contenerla. No la encuentra, y está obligada a exasperarse, sin poder remediar su malestar... “Los rociaré con agua pura y ustedes quedarán purificados de todas sus iniquidades”, aguas santificadoras que, según la promesa de Dios, en la plenitud de los tiempos haría llover sobre el alma de los pobres pecadores y así purificarlos de todas sus iniquidades: aguas que se sacan de las fuentes de nuestro Salvador, de aquellas llagas recibidas por nuestra salvación y especialmente de la perenne fuente de su Santísimo Corazón.

Entonces, mis oyentes, ¿ustedes sienten sed? ¿Ustedes quieren satisfacer sus deseos? Corran a la fuente del Corazón de Jesucristo que allí encontrarán aguas de salvación: “Sacarán agua con alegría de las fuentes del Salvador”, las que, apenas bebidas, perdonarán sus culpas y santificarán sus almas.

Piadosísimo Salvador mío, ya que, viéndome lleno de pecados y muy sediento de vuestra gracia, con amorosas llamadas me invitáis a beber de vuestras aguas “el que tenga sed -me dices- venga a mí y beba”, yo, necesitado, a causa de mi miseria y mucho más de vuestra misericordia, suplico, con la mujer samaritana, que me deis de beber esta agua de vuestra gracia, para que no tenga nunca más sed de los envenenados placeres ni persiga las vanidades mundanas. Y ahora pienso solamente en amar tu amabilísimo Corazón.

Fuente: De los escritos de San Cayetano Errico

Sumergida en la Divina Misericordia (III)


Sor Faustina Kowalska dejó escrito en su Diario: “Experimento un dolor tremendo cuando observo los sufrimientos del prójimo. Todos los dolores del prójimo repercuten en mi corazón; llevo en mi corazón sus angustias, de modo que me destruyen también físicamente. Desearía que todos los dolores recayeran sobre mí, para aliviar al prójimo”. ¡Hasta ese punto de comunión lleva el amor cuando se mide según el amor a Dios!

En este amor debe inspirarse la humanidad hoy para afrontar la exigencia de salvaguardar la dignidad de toda persona humana. Así, el mensaje de la misericordia divina es, implícitamente, también un mensaje sobre el valor de todo hombre. Toda persona es valiosa a los ojos de Dios, Cristo dio su vida por cada uno.

Este mensaje consolador se dirige sobre todo a quienes, afligidos por una prueba particularmente dura o abrumados por el peso de los pecados cometidos, han perdido la confianza en la vida y han sentido la tentación de caer en la desesperación. A ellos se presenta el rostro dulce de Cristo y hasta ellos llegan los haces de luz que parten de su Corazón e iluminan, calientan, señalan el camino e infunden esperanza. ¡A cuántas almas ha consolado ya la invocación “Jesús, en ti confío”, que la Providencia sugirió a través de sor Faustina! Este sencillo acto de abandono a Jesús disipa las nubes más densas e introduce un rayo de luz en la vida de cada uno.

Santa Faustina, concédenos percibir la profundidad de la Misericordia divina, ayúdanos a experimentarla en nuestra vida y a testimoniarla a nuestros hermanos. Que tu mensaje mueva a los pecadores a la conversión. Hoy, nosotros, fijando, juntamente contigo, nuestra mirada en el rostro de Cristo resucitado, hacemos nuestra tu oración de abandono confiado y decimos con firme esperanza: “Cristo, Jesús, en ti confío”.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 30 de abril de 2000

Meditando en el Vía Crucis (III)


Tercera estación: Jesús cae por primera vez

Nunca presenció la creación escena tan desoladora. El que creó y sustenta el universo, desmaya y cae ante los ojos atónitos de sus criaturas. Hace pocos días, las turbas lo aclamaban su Mesías; ahora lo escarnecen tratándolo de traidor. Pero los labios de Cristo no exhalan la menor queja; con los ojos en el Cielo y el pensamiento en nosotros, se esfuerza por levantarse. Ha de subir al Calvario y continuará hasta la consumación.

Salvador mío: ¡cuánto nos enseña el silencio de tu caída! A pesar de la debilidad, de las burlas, del desprecio de tu pueblo, no arrojas la Cruz, antes sigues adelante obedeciendo los generosos impulsos de tu Corazón. Ves en nosotros la mediocridad y la tibieza, causantes de tu caída. En adelante confirmaremos con las obras nuestro nombre de cristianos, para reparar nuestros pecados y los de tantos que un día comenzaron a seguir tu camino y después de las primeras dificultades te abandonaron.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

La Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo


No puede negarse que el Señor, siempre rico en misericordia, en todo tiempo ha suscitado aquellos medios válidos, capaces de llamar a las almas al estudio del Crucificado, y de esta forma contemplar en ellas la aplicación de la Redención de su divina Sangre. Excluyendo los primeros siglos de la Iglesia, siglos fecundos de mártires, en las épocas posteriores que nos recuerda la historia, ahora se ha combatido un dogma, ora otro, ahora se han visto denigradas las cosas sagradas en una parte del orbe católico, ora en otra; pero en nuestros desventurados tiempos es general la crisis de los pueblos, e indecible la perversión de las máximas y de las costumbres, donde se ocasionan injurias a la Redención y se ve frustrada por la malicia humana la aplicación de los méritos de Jesucristo que nos ha redimido con el precio de su Sangre.

Los pecadores abusan con horror de ella y el Señor en los arrebatos de su amor se pregunta: “¿Cuál es la utilidad de mi Sangre?” Por consiguiente, haya quien la proporcione con el sagrado culto, la adoración de desagravio y a la vez predique a los pueblos sus glorias, señalando que en esta devoción está compendiada la fe misma. Así decimos en la consagración del cáliz: “Misterio de la fe”; y en ella, por consecuencia, está puesta la salvación de las almas.

Se puede añadir que con esta devoción se reaviva la memoria del bautismo, donde la divina Sangre purifica nuestras almas, lo mismo que la de la penitencia y de los demás sacramentos. Y concluyendo, podemos decir: Porque nos redimiste, Señor, con tu Sangre, nos has hecho para nuestro Dios un reino de sacerdotes. Santo Tomás dice: “La Sangre de Cristo es la llave del paraíso”. Y san Juan Crisóstomo: “La Sangre de Cristo es la salvación de las almas, oro inestimable es la Sangre de Jesús”.

Fuente: De los escritos de San Gaspar del Búfalo

El Amor de los amores

Con razón San Bernardo llama al divino Sacramento de la Sagrada Eucaristía,Amor amorum, el Amor de los amores.

El amor del divino Corazón de Jesús le llevó a encerrarse en este sacramento, le obliga a morar en él continuamente, día y noche, sin salir jamás de él, para estar siempre con nosotros. Aquí está adorando, alabando y glorificando incesantemente a su Padre por nosotros, es decir para dar cumplimiento a las infinitas obligaciones que nosotros tenemos de adorarle, alabarle y glorificarle.

Dios envió a su Hijo para bendecirnos; y vino este Hijo adorable todo lleno de amor a nosotros, y con un deseo ardentísimo de derramar incesantemente sus santas bendiciones sobre los que le honran y le aman como a Padre suyo, principalmente por este divino Sacramento.

En la santa Eucaristía nos da bienes inmensos e infinitos, y gracias abundantísimas y muy particulares, si aportamos las disposiciones requeridas para recibirlas.

Vuestro amabilísimo Corazón, oh Jesús mío, está en este Sacramento del todo abrasado en amor a nosotros; y está obrando para nuestro bien mil y mil efectos de su bondad. Pero ¿qué es lo que os devolvemos, Señor mío? Ingratitudes y ofensas de mil modos y maneras, de pensamiento, palabra y obra, pisoteando vuestros divinos mandamientos y los de vuestra Iglesia. ¡Qué ingratos somos! Nuestro benignísimo Salvador nos ha amado tanto. Muramos, de dolor a vista de nuestros pecados; muramos de vergüenza, al ver que tan poco amor le tenemos; muramos con mil muertes antes que ofenderle en lo venidero. Oh Salvador mío, concedednos esta gracia. Oh Madre de Jesús, obtenednos de vuestro amado Hijo este favor.

Fuente: San Juan Eudes, El Corazón de Jesús

La santidad está a nuestro alcance

En las vidas de todos los santos, encontramos las siguientes similitudes: Amor a Dios y al prójimo, determinación para seguir a Jesús y para levantarse de inmediato después de una caída, completa ruptura con el pecado grave, crecimiento en la virtud y la oración y, el cumplimiento de la Voluntad de Dios.

Estas características están al alcance de todo ser humano y en ellas no desaparecen las faltas o imperfecciones. En este punto, debemos hacer una distinción entre faltas y pecados. Una persona santa cumple los mandamientos y se ayuda de las disposiciones y capacidades que posee para que este cumplimiento sea un proceso de imitación de Cristo, un proceso de santificación. Sin embargo, tiene también una serie de debilidades que lo hacen escoger, constantemente, entre él mismo y Dios. Es en este vaciarse personalmente que cada uno, al irse llenando de Jesús, se va haciendo santo.

La santidad es una “experiencia de crecimiento” y éste consiste en el incremento del conocimiento, amor, autocontrol y todas las demás virtudes imitables de Jesús. No tenemos que perder de vista la santidad mientras avanzamos en la vida, ya que la santidad significa que Jesús es para nosotros lo que ninguna otra cosa puede ser en el mundo.

El santo es la persona que ama a Jesús como para querer ser como Él en la vida cotidiana. Como Él, cumplir amorosamente la Voluntad de Dios, sabiendo que de todas las cosas saldrá algo bueno porque es amado personalmente por Dios.

Los santos son gente común con la compasión del Padre en sus almas, la humildad de Jesús en sus mentes y el amor del Espíritu en sus corazones. Cuando estas bellas cualidades crecen día a día en las situaciones cotidianas, nace la santidad.

Fuente: Madre Angélica, La santidad es para todos

Ante tus ojos, Señor

Ante tus ojos, Señor, ponemos nuestras culpas, y los castigos que por ellas hemos recibido.

Si pesamos el mal que hemos hecho, es poco lo que padecemos, y más lo que merecemos.

Es más grave lo que hemos cometido, y más leve lo que por ello sufrimos.

Sentimos la pena del pecado, y no por ello abandonamos la obstinación en pecar.

En tus castigos se aniquila nuestra debilidad, mas no se muda nuestra iniquidad.

Se inclina el espíritu dolorido, pero no se doblega la cerviz.

Nuestra vida suspira en el penar, pero no se enmienda en el obrar.

Si nos esperas, no nos corregimos; si nos castigas, no lo soportamos.

Mientras dura el castigo, confesamos lo que hemos pecado; cuando pasa tu visita, olvidamos lo que hemos llorado.

Si extiendes tu Mano, prometemos obrar bien; si suspende el golpe, no cumplimos lo que hemos prometido.

Si nos castigas, clamamos para que perdones; si nos perdonas, de nuevo te ofendemos.

Aquí nos tienes, Señor, confesándonos culpables; reconocemos que si nos perdonas, es justo que nos castigues.

Concede, oh Padre clemente, que de la misma nada has creado a quien te ruega, otorgarle el Perdón que te suplica, aunque no lo merezca. Amén.

Fuente: Oración compuesta por San Agustín

Morir antes que pecar

Jóvenes mártires de la virginidad, las Beatas: Karolina Kozka, Pierina Morosini, Teresa Bracco, Albertina Berkenbrock, Anna Kolesarova y Verónica Antal


Karolina Kózka es considerada como la “María Goretti” de Polonia. Fue arrastrada entre matorrales y asesinada en 1914, por evitar que un soldado ebrio la violase. Sus manos ensangrentadas daban fe de la resistencia que opuso. Tenía 16 años de edad. Juan Pablo II la beatificó el 10 de junio de 1987.

Pierina Morosini, italiana; inscrita en la Juventud Femenina de la Acción Católica participó en la peregrinación a Roma para la beatificación de María Goretti en 1947. El 4 de abril de 1957, mientras regresaba a su casa, en un lugar solitario fue abordada por un joven que no le ocultó sus torpes propósitos. Pierina trató de hacerle entender la gravedad de sus intenciones y le opuso una fuerte resistencia. Fue inútil. Agredida, se defendió con todas sus fuerzas. Herida mortalmente en la nuca con una piedra repetidas veces, siguió pronunciando palabras de fe y de heroico perdón, hasta que entró en un coma irreversible. Tenía 26 años. Fue beatificada por Juan Pablo II el 4 de octubre de 1987.

Teresa Bracco, italiana; cuando conoció la vida de Domingo Savio quedó fascinada y desde entonces hizo suyo el lema “La muerte antes que el pecado”. Y mantuvo el propósito. Secuestrada en 1944 por un soldado alemán, trató de eludir sus brutales intenciones y, al ver que todo esfuerzo era inútil, prefirió renunciar a la vida antes que perder la virtud tan celosamente guardada. La hallaron, con el cuerpo martirizado, el 30 de agosto. Tenía 20 años. Juan Pablo II la beatificó el 24 de mayo de 1998.

Albertina Berkenbrock, brasilera; tenía dos puntos de referencia espirituales: la Virgen Madre de Dios y san Luis Gonzaga. El 15 de junio de 1931 se opuso con firmeza ante un violador para salvaguardar su pureza. Al no lograrlo, el hombre extrajo una navaja y le cortó la garganta, causándole la muerte en el acto. Albertina tenía 12 años. El 20 de octubre de 2007 Benedicto XVI la beatificó.

Anna Kolesarova, eslovaca. Su vida transcurrió tranquila hasta que el ejército ruso ocupó su aldea. Durante un ataque militar el 22 de noviembre de 1944, Anna y sus padres se escondieron, pero un soldado los descubrió y comenzó a hacerle insinuaciones la joven. Ella se resistió, para defender su castidad, y el soldado la asesinó de un tiro frente a su familia. Tenía 16 años. En su tumba se encuentra grabado el lema de Santo Domingo Savio: “Antes morir que pecar”. Fue beatificada por el Papa Francisco el 1 de septiembre de 2018.

Verónica Antal, la “María Goretti de Rumania”; a los 16 años conoce la obra de San Maximiliano Kolbe y no duda en entregar su existencia en manos de la Inmaculada y se convierte en Mílite (miembro laico de la Milicia de la Inmaculada). El 23 de agosto de 1958 fue apuñalada 24 veces por un joven que pretendió abusarla. Cuando encontraron su cuerpo tenía aferrado a sus manos el Rosario. Tenía 23 años. Fue beatificada el 22 de septiembre de 2018.

Fuente: cf. es.catholic.net

Corazón de Jesús, vida y resurrección nuestra

Esta invocación de las letanías del Sagrado Corazón, fuerte y convencida como un acto de fe, encierra en una frase lapidaria todo el misterio de Cristo Redentor; nos recuerda las palabras dirigidas por Jesús a Marta, afligida por la muerte de su hermano Lázaro: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá”. En el íntimo ser de Cristo, en su Corazón, la vida divina y la vida humana se unen armónicamente, en plena e inseparable unidad.

Jesús es vida para nosotros. “Dar la vida” es el objetivo de la misión que Él, Buen Pastor, recibió del Padre: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”.

Jesús es también la resurrección. Nada es tan radicalmente contrario a la santidad de Cristo como el pecado; nada es tan opuesto a Él, fuente de vida, como la muerte.

Un vínculo misterioso une pecado y muerte: ambas son realidades esencialmente contrarias al proyecto de Dios sobre el hombre, que no fue hecho para la muerte, sino para la vida. Ante toda expresión de muerte, el Corazón de Cristo se conmovió profundamente, y por amor al Padre y a los hombres, sus hermanos, hizo de su vida un “prodigioso duelo” contra la muerte (Misal Romano, Secuencia de Pascua): con una palabra restituyó la vida física a Lázaro, al hijo de la viuda de Naín, a la hija de Jairo; con la fuerza de su amor misericordioso devolvió la vida espiritual a Zaqueo, a María Magdalena, a la adúltera y a cuantos supieron reconocer su presencia salvadora.

Fuente: San Juan Pablo II, Ángelus del 27 de agosto de 1989

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