Oh Sagrado Corazón de Jesús


Oh Sagrado Corazón de Jesús, te adoro en la unidad de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Te adoro, oh Corazón de Jesús, como a Jesús mismo. Tú eres el Corazón del Altísimo hecho hombre. Al adorarte, adoro a mi Dios encarnado, Emmanuel. Te adoro, como parte de esa Pasión que es mi vida, porque Tú te desgarraste y quebraste en la agonía del huerto de Getsemaní, y tu precioso contenido se derramó a través de las venas y los poros de tu piel sobre la tierra. Y de nuevo fuiste drenado y secado en la Cruz; y luego, después de la muerte, fuiste traspasado por la lanza y entregaste los pequeños restos de aquel tesoro inestimable, que es nuestra redención.

Oh, sacratísimo y amantísimo Corazón de Jesús, Tú estás oculto en la Sagrada Eucaristía, y lates aún por nosotros. Ahora como entonces nos salvas. Yo te adoro con todo mi amor y temor, con mi ferviente afecto, con mi más sumisa y resuelta voluntad. Oh mi Dios, cuánto has aceptado sufrir para que yo te reciba, te coma y te beba. Haz tu morada dentro de mí, haz que mi corazón lata con tu Corazón. Purifícalo de todo lo que es terreno, de todo lo que es orgullo y sensualidad, de todo lo que es duro y cruel, de toda perversidad, de todo desorden, de toda muerte. Y así, llénalo de Ti, que ni los acontecimientos del día, ni las circunstancias del momento puedan confundirlo, sino en Tu amor y en Tu temor pueda estar en paz.

Fuente: Oración compuesta por San Juan Newman

Apóstol del Sagrado Corazón de Jesús

Santa Margarita María Alacoque junto a otros santos

Durante mi peregrinación en 1986 a la tumba de Santa Margarita María, pedí que, dentro del espíritu de lo que ella trasmitió a la Iglesia, el culto al Sagrado Corazón, fuera fielmente restaurado. Porque es en el Corazón de Cristo que el corazón humano aprende a conocer el verdadero y único significado de su vida y su destino. Es en el Corazón de Cristo que el corazón del hombre recibe la capacidad de amar.

Santa Margarita aprendió a amar por medio de la cruz. Ella nos revela un mensaje que sigue siendo actual: “hacernos copias viviente de nuestro Esposo Crucificado, expresándolo en nosotros por medio de nuestras acciones” (Enero 1689)

Es el amor de Cristo lo que hace al hombre digno de ser amado. El hombre recibió un corazón ávido de amor y capaz de amar.

“Tened en vosotros los sentimientos que estuvieron en Cristo Jesús” (Fip 2,5). Todos los relatos evangélicos deben ser releídos en esta perspectiva. El Hijo único de Dios, encarnándose, toma un corazón humano. A lo largo de los años que pasa en medio de los hombres, “manso y humilde de corazón”, revela las riquezas de su vida interior por medio de cada uno de sus gestos, sus miradas, sus palabras, sus silencios.

Y he aquí que somos llamados a participar en ese amor y a recibir, por el Espíritu Santo, esta extraordinaria capacidad de amar.

Aliento a los pastores, las comunidades religiosas y a todos los que llevan peregrinaciones a Paray-le-Monial para que contribuyan a la extensión del mensaje recibido por Santa Margarita María.

Fuente: San Juan Pablo II, Carta del 22 de junio de 1990

Meditando en el Vía Crucis (XI)


Decimoprimera estación: Jesús es clavado en la Cruz

Jesús contempla la Cruz que yace en tierra. Su Corazón acepta la hora suprema, la hora del cielo, la hora del infierno, la hora del odio, la hora del amor. Se tiende sobre la Cruz. Los verdugos le asen las manos y las atraviesan con sendos clavos. Luego los pies. ¡Espantoso sacrificio! Pero el Señor no exhala el menor grito de dolor. Sólo se oye de sus labios el “perdónalos, Padre, porque no saben lo que hacen”.

¡Salvador mío crucificado! Nadie ama más que quien da la vida por sus amigos, y lo escribiste con tu Sangre sobre el madero de la Cruz. Al considerar aquellas palabras “Dios es amor”, que tan potentes se manifiestan en tu sacrificio, caemos de rodillas junto a la Cruz, contemplando la sangre que corre hacia la tierra culpable. Pero si grande es el dolor de tus miembros, mayor es el de tu Corazón, por la ingratitud del mundo ante tu Cruz salvadora.

El símbolo de la salvación y del heroísmo es para muchos indicio de necedad. Aparta tu rostro airado de los impíos y detén tus miradas moribundas sobre estos fieles que llevan heroicamente la bandera de la Cruz en medio de un mundo vacilante.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

A la llaga adorable del Corazón de Jesús


¡Oh Jesús! tan amante, tan amable y tan poco amado, nos postramos humildemente al pie de la Cruz , para ofrecer a Vuestro divino Corazón, abierto por la lanza y consumido por el amor, el homenaje de nuestro respeto, de nuestras adoraciones y de toda nuestra ternura.

Os damos gracias, dulcísimo Salvador, por haber permitido al soldado traspasar Vuestro pecho adorable, y por allí habernos abierto una puerta de salvación en el arca misteriosa de Vuestro Sagrado Corazón, en donde podemos refugiarnos en estos tristísimos días; para librarnos, como en arca misteriosa, del diluvio de los escándalos que inundan la tierra.

Bendecimos mil veces la hora y el momento en que bajo el hierro de la lanza manaron sangre y agua de aquella herida de amor hecha a Vuestro Corazón. Dignaos ¡oh buen Jesús! aplicar eficazmente Vuestra Sangre, Vuestra llaga y Vuestro amor, en favor del mundo desgraciado y culpable. Lavad, purificad, regenerad las almas en las aguas salidas de esa verdadera piscina de Siloé.

Permitid, Señor, que echemos en ella nuestras iniquidades y las de todos los hombres, suplicándoos por el amor inmenso que abrasa vuestro Sagrado Corazón, que purifiquéis más y más y salvéis nuestras almas.

En fin, nuestro buen Jesús, permitid que fijando para siempre nuestra morada en este mismo adorable Corazón, pasemos santamente nuestra vida y exhalemos en paz y en vuestra gracia nuestro último suspiro.

Fuente: Manual de la Archicofradía de la Guardia del Sagrado Corazón de Jesús

Corazón de Jesús principio de todo bien


Oh Señor Jesús, el olor de tus perfumes más fuerte que el de todos los aromas, acaricia suavemente mi olfato; tus perfumes ejercen sobre mí una deleitable violencia que me atrae a Ti.

Allí, sobre el altar de tu Corazón, encuentro el puerto seguro que los vientos agitados no pueden jamás turbar; en tu Corazón encuentro el reposo al abrigo de las tempestades; en tu Corazón encuentro delicias exquisitas que no engendran el disgusto y no están expuestas a ninguna alteración; en tu Corazón encuentro una paz profunda que ninguna disensión podrá turbar, una alegría que ninguna tristeza podrá cambiar, una felicidad sin nubes, una dulzura infinitamente dulce, una serenidad infinitamente serena: es en tu Corazón que encuentro el principio primero de todos los bienes, la fuente primordial de toda suavidad, de toda santa alegría.

De tu Corazón, oh Dios, derivan toda felicidad, toda dulzura, toda serenidad, toda tranquilidad, todo gozo, toda paz, toda alegría, en una palabra, todos los bienes: ellos derivan como de su fuente única e inagotable, para llegar enseguida a los corazones de todos los hijos de Dios, que son los ángeles y los hombres. ¿Y qué bien podría existir y cómo podría ser bien si no viniera de ti, Señor, bondad verdadera, bondad soberana, bondad única? ¡Ah, qué bueno es sacar todo lo que es bueno de esta fuente inagotable del Sagrado Corazón! ¡Qué bueno es embriagarse de esta fuente de los gozos! ¡Qué perfecto, que delicioso e incomparable el olor de esos preciosos perfumes, quiero decir el olor de tus Virtudes, oh mi Jesús! Este olor invita a venir al altar, a ese santuario de tu Sagrado Corazón, atrae a aquellos que invita, conduce a aquellos que atrae, no engaña a aquellos que conduce; al contrario los fortifica de manera que sin peligro puedan de ahora en adelante reposar de sus trabajos en la paz de su Corazón.

Fuente: De los textos espirituales de Lanspergio, cartujo

Reparación al Corazón de Jesús


Muchos cristianos viven en tan profundo olvido de que Jesús reside en los altares y templos sólo por nuestro amor. ¡Cuántos se hallan que en muchos días no hacen una visita al Santísimo Sacramento! ¡Cuántos que en muchas semanas no entran en el templo! ¡Cuántos que en todo el año no reciben la Sagrada Eucaristía! ¿Qué diré de las irreverencias? ¿Qué de los sacrilegios? ¿Qué de otros pecados, que se cometen manifiestamente en los templos contra Jesús Rey de la gloria? Basta decir que no hay príncipe, por pequeño que sea, en cuya presencia no estén los hombres con más respeto que en la casa de Dios y a vista suya. No hay cosa más frecuente, ni más lastimosa que ver a muchos católicos, aun en el tiempo mismo del santo Sacrificio de la Misa estar, ya en pie, ya con sola una rodilla en tierra, ya sentados inmodestamente, ya hablando libremente, ya mirando curiosamente a todas partes, ya saludándose unos a otros, ya conversando sin reverencia ni atención al Dios de la majestad, en cuya presencia están, ya, en fin, portándose en todo con la misma libertad que si estuvieran en las plazas o en las calles. ¡Así reverencian los católicos a Jesús Sacramentado en sus templos!

Herido vivamente el amantísimo Corazón de Jesús de las ingratitudes de los hombres, pide a la piedad de los fieles suavicen su dolor, recompensen sus injurias y resarzan su honra vulnerada con tan sensibles ofensas.

Cuán propio sea de un ánimo cristiano corresponder a las finezas de aquel amante Corazón y desagraviar con todo género de obsequios sus injurias.

¡Oh Jesús dulcísimo! Si inspiraseis a vuestra amada Esposa la Iglesia Santa, que ella misma se emplease en los desagravios de vuestro sacrosanto Corazón, ingratamente injuriado, y empeñase a todos sus fieles y verdaderos hijos en su sagrado culto, para reparar de algún modo las malas correspondencias que sufre vuestro amor injustamente ultrajado y desatendido de los hombres, especialmente en el adorable Sacramento del Altar, misterio verdaderamente del amor de vuestro amantísimo Corazón.

Fuente: P. Juan de Loyola, Tesoro escondido en el Sacratísimo Corazón de Jesús

La Comunión Reparadora


La reparación es un deber de justicia y de amor. Expía las ofensas hechas a Dios y restablece el orden violado por nuestras culpas. Nos asocia a los sufrimientos de Cristo. Aplaca a Dios irritado por los pecados de los hombres y alcanza misericordia para los pecadores. Es lo que hizo y hace Jesús. Por eso le consuela.

Para que nuestra Comunión sea reparadora, basta agregar a las intenciones que tengamos, la de reparar. Podemos, pues, comulgar pidiendo una gracia cualquiera, y al mismo tiempo añadir a nuestra Comunión el valor de la reparación.

Es prueba de un amor real, y no de solas palabras. A ella lleva la devoción al Corazón de Jesús, que es devoción de amor y generosidad. Ojalá cada uno viviera vida de reparación, vida que encuentra su alimento en la Comunión Reparadora. Así tendrían todo su efecto las magníficas promesas del Corazón de Jesús.

La necesidad de reparar el amor ofendido de Dios es urgente porque: en el mundo reina el mal espíritu que quiere borrar a Dios del individuo, de la familia, de la Iglesia y de la sociedad; los mismos católicos, en su mayoría, llevan una vida de espaldas a la fe que profesan y conocen; muchos traicionan la fe y se vuelven contra el mismo Jesucristo.

Los que aman a Jesús sufren con Él las ofensas que se le hacen; lo que a Él lo hiere, a ellos los hiere también.

Por esto, cuanta más ofensas y frialdad contra Jesús, más se ha de excitar nuestra alma para manifestarle su amor; tener mayor cuidado en evitar las faltas propias y todo lo que de nuestra parte pueda agraviar su Corazón; más renuncia y mortificación de la propia voluntad; mayor unión con Cristo en sus sentimientos; procurarle más alabanza y gloria mediante la recepción frecuente de los Sacramentos, y una gran fidelidad al deber de estado.

Fuente: Cf.Folleto del Apostolado de la Oración, mayo de 1946

Meditando en el Vía Crucis (VI)


Sexta estación: Verónica enjuga el rostro de Jesús

Simón camina de prisa y Jesús apenas puede seguirlo. El sol ardiente de mediodía lo fatiga y un sudor copioso baña su frente. La sangre y el polvo ensombrecen el rostro divino y velan sus ojos. Una mujer atraviesa con paso firme las filas de soldados, se acerca a Jesús y le enjuga el rostro con un blanco lienzo.

¡Qué alivio para el Señor! Verónica al retirarse contempla emocionada el velo: los pliegues llevan impreso el rostro dolorido de Cristo.

Amado Salvador mío: el odio te maltrata y perdonas; encuentras amor reparador y lo recompensas generosamente. Haz que aprendamos de tu Corazón la gratitud y el amor, y de Verónica la caridad comprensiva; que así como tu Corazón está patente a todos, así el nuestro lo esté a ti y a nuestros hermanos. Verónica precede a las almas reparadoras que se esfuerzan en consolar tu Corazón afligido por la ingratitud humana. Aunque no tengamos la fortaleza suficiente para tomar sobre nosotros las cruces ajenas, siempre podemos enjugar las lágrimas de los ojos que lloran.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

Corran a la fuente del Corazón de Jesucristo


Pobre humanidad que, con la boca abierta, va buscando un sorbo de agua para aliviar un poco su ardiente sed y corre hacia las cisternas disipadas de los vicios, de las iniquidades y de los placeres mundanos, los cuales no pueden contenerla. No la encuentra, y está obligada a exasperarse, sin poder remediar su malestar... “Los rociaré con agua pura y ustedes quedarán purificados de todas sus iniquidades”, aguas santificadoras que, según la promesa de Dios, en la plenitud de los tiempos haría llover sobre el alma de los pobres pecadores y así purificarlos de todas sus iniquidades: aguas que se sacan de las fuentes de nuestro Salvador, de aquellas llagas recibidas por nuestra salvación y especialmente de la perenne fuente de su Santísimo Corazón.

Entonces, mis oyentes, ¿ustedes sienten sed? ¿Ustedes quieren satisfacer sus deseos? Corran a la fuente del Corazón de Jesucristo que allí encontrarán aguas de salvación: “Sacarán agua con alegría de las fuentes del Salvador”, las que, apenas bebidas, perdonarán sus culpas y santificarán sus almas.

Piadosísimo Salvador mío, ya que, viéndome lleno de pecados y muy sediento de vuestra gracia, con amorosas llamadas me invitáis a beber de vuestras aguas “el que tenga sed -me dices- venga a mí y beba”, yo, necesitado, a causa de mi miseria y mucho más de vuestra misericordia, suplico, con la mujer samaritana, que me deis de beber esta agua de vuestra gracia, para que no tenga nunca más sed de los envenenados placeres ni persiga las vanidades mundanas. Y ahora pienso solamente en amar tu amabilísimo Corazón.

Fuente: De los escritos de San Cayetano Errico

Confidencias del Corazón de Jesús


“Un poquito y ya no me veréis, y otro poquito y me veréis, porque voy al Padre” (Jn 16,16-19) ¡Cuánto me quiere decir ese poquito! ¡Qué tesoros de condescendencia con mi flaqueza! ¡Qué conocimiento de mi inconstancia! ¡Qué remedio tan de madre! ¿No recuerda ese poquito a las madres haciendo pasar medicinas amargas a sus hijos enfermos? ¡Un poquito no más, hijo mío, y te pones bueno!, les dicen a cada sorbo. Y en verdad que el poquito aquel los pone buenos. Ese poquito dicho dos veces por Jesús, pone al descubierto su Corazón, ¡me lo hace sentir tan cerca de mí y tan humano! Sí, esa palabra me hace saber que Él conoce lo contenta, lo ágil para el bien y lo fuerte para perseverar que mi alma se siente cuando lo ve y lo oye, como también conoce lo triste e inconstante que se pone cuando Él se oculta... ¡Y conforta tanto al alma estar cierta de que Él ya ha previsto las lágrimas, las luchas, las persecuciones que nos cuesta esperar su venida!

“Vosotros lloraréis y os contristaréis y el mundo se gozará, pero...”, y aquí viene la otra enseñanza que me hace saber aquella palabra, “pero confiad; esto no será más que por un poquito de tiempo, vuestras lágrimas y tristezas se trocarán en gozo que nadie os podrá quitar... porque voy a mi Padre y vosotros vendréis conmigo”. Hermanos míos, si las lágrimas han enturbiado vuestros ojos y el constante penar ha puesto desfallecimientos en vuestra esperanza, acercaos al Sagrario, poneos muy cerquita, vais a oír de nuevo, de labios del Maestro que allí vive, la palabra reanimadora: Hijo, un poquito no más y... me veras...

Ángeles del Sagrario, confidentes perpetuos de las intimidades del Corazón de Jesús; llevad muchos, muchos corazones atribulados y acobardados allí, y haced que oigan y comprendan el poquito de sus penas, de sus luchas, de sus tentaciones, de sus persecuciones, de su valle de lágrimas y el eternamente consolador: “Voy a mi Padre y vosotros vendréis conmigo...”

Fuente: San Manuel González, Qué hace y qué dice el Corazón de Jesús en el Sagrario

Meditando en el Vía Crucis (IV)


Cuarta estación: Jesús encuentra a su Santísima Madre

Jesús sigue adelante con paso tembloroso. ¿No habrá nadie que comprenda su dolor y lo compadezca? De pronto sus manos se sienten oprimidas con cálida emoción. Demasiado conoce Él la ternura de aquellas manos que lo estrechan. Su Corazón se estremece de dolor y consuelo. Vuelve sus ojos y se encuentra con su desolada Madre. ¡Qué encuentro! La amargura paraliza sus lenguas, las miradas se confunden, las almas se compenetran. Ahora el mejor de los hijos y la mejor de las madres seguirán paso a paso el mismo camino, llevando a cuestas la misma Cruz.

Salvador mío, ¡cuánta ternura humana alberga tu Corazón en su grandeza divina! Tu pueblo y tu suelo patrio te son caros; no quieres pasar por este mundo como hombre extraño a tus familiares; amas a tu madre con profundo amor filial. Durante toda tu vida te esforzaste para librar a la familia del pecado y transformarla en la sociedad feliz de los hijos de Dios. Por eso observaste el cuarto mandamiento, desde la infancia hasta la muerte. Pero cuánto sufriste en este encuentro con tu madre al pensar que en los tiempos actuales los lazos de la familia serían desechos y profanados. Te prometemos soportar las dificultades de la vida de familia con el mismo espíritu de caridad que anima a tu Corazón en esta estación. La autoridad será ayuda servicial y la obediencia se cumplirá con alegría por amor a ti y a tu Madre santísima.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

Meditando en el Vía Crucis (III)


Tercera estación: Jesús cae por primera vez

Nunca presenció la creación escena tan desoladora. El que creó y sustenta el universo, desmaya y cae ante los ojos atónitos de sus criaturas. Hace pocos días, las turbas lo aclamaban su Mesías; ahora lo escarnecen tratándolo de traidor. Pero los labios de Cristo no exhalan la menor queja; con los ojos en el Cielo y el pensamiento en nosotros, se esfuerza por levantarse. Ha de subir al Calvario y continuará hasta la consumación.

Salvador mío: ¡cuánto nos enseña el silencio de tu caída! A pesar de la debilidad, de las burlas, del desprecio de tu pueblo, no arrojas la Cruz, antes sigues adelante obedeciendo los generosos impulsos de tu Corazón. Ves en nosotros la mediocridad y la tibieza, causantes de tu caída. En adelante confirmaremos con las obras nuestro nombre de cristianos, para reparar nuestros pecados y los de tantos que un día comenzaron a seguir tu camino y después de las primeras dificultades te abandonaron.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

Meditando en el Via Crucis (II)


Segunda Estación: Jesús cargado con la Cruz

La sentencia es injusta, pero el Corazón de Jesús no vacila y ansioso de sufrimientos abraza la Cruz. El Inocente se inclina bajo el madero de los malhechores. El símbolo del crimen pesa sobre los hombros de la bondad. El Rey de los reyes carga con el leño de la vergüenza. Jesús soporta la Cruz de nuestras culpas, no por temor ni por fuerza, sino por ser fiel a su misión salvadora.

Amado Salvador mío, vas con la Cruz a cuestas precediéndonos en el camino, pues ser cristiano no sólo significa estar bautizado, sino más bien vivir vida cristiana. Danos la gracia de reparar con el fiel cumplimiento de nuestros deberes, las infidelidades de tantos cristianos tibios. Cuando la cruz del dolor pese sobre nuestros hombros, cuando las enfermedades y miserias nos atormentan, haz que olvidando el dolor, atendamos a imitar los sentimientos de tu Corazón, a fin de santificarnos con el cumplimiento exacto de los deberes cotidianos.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

«Sagrado Corazón», título que trae lo Infinito a lo humano


El Cristo Histórico fue tan romántico como el amor. Mientras más profundamente pensamos sobre el asunto, mejor vemos que si Dios es bueno, nosotros debemos buscar Su Camino, Su Verdad y Su Vida; no solamente para que sea camino arriba de los cielos, sino también aquí abajo en el polvo de nuestras pobres vidas. Después de todo, lo que todos los pueblos han estado esperando en todo tiempo es un Ideal en la carne. No podrían continuar soñando ensueños y pintando símbolos. Los Judíos miraron hacia un Ideal en la carne; los Gentiles, que no conocían la revelación, en medio de su misma idolatría decían: “Bien, si Dios no baja hasta nosotros para ser Nuestro Camino, Nuestra Verdad, Nuestra Vida, entonces le haremos bajar. Construiremos Su imagen en piedra, oro y plata”. Pero la imagen, no podría satisfacer más que los sistemas de nuestros días. Había un abismo que sólo podía cubrir una Encarnación.

Y así fue como bajó Dios. Descendió como la personificación de nuestros sueños -la carne y sangre de nuestras esperanzas- el Romance de amor que es tan cierto y real como la historia. Por eso es por lo que Él es amado; por eso es por lo que Él es adorado; por eso es por lo que Él es Dios.

Hay un título querido a todos los que hallan en el Camino, la Verdad y la Vida, un título que reconoció su Divinidad, que da a la creatura un fácil acceso al Creador, al pecador un fácil acceso a la Santidad, y a nuestros corazones rotos una puerta abierta al Amor reparador de lo Divino; y este título que trae lo Infinito a lo humano en la más amable, hermosa y dulce familiaridad, es el “Sagrado Corazón”.

Fuente: Venerable Fulton Sheen, El eterno Galileo

Este es el Corazón que tanto ha amado a los hombres


El culto al Corazón de Jesús es el acto por el cual honramos ese divino Corazón lleno de amor por nosotros. Este culto es ante todo personal, ya que ha venido a "reinar sobre los corazones", y el corazón es algo propio de cada uno.

En la santa misa: Dando gracias a Dios por habernos dado a Jesús, que nos ha abierto los brazos de su paternidad. Pidiendo que ese Corazón escondido en el sagrario difunda su amor en nuestras almas y en todo el mundo. Ofreciéndola en reparación de las injurias que sufre en el sagrario, altar del sacrificio de su amor. En la comunión: Para recibir el torrente de gracias que nuestra alma necesita. Para darle la alegría de nuestra intimidad, que El busca ardientemente. En las visitas a su tabernáculo: ¿Podría Jesús desear con más ardor la presencia del amigo por quien murió y se encerró en el Sagrario? Es un deber no sólo de gratitud, sino de honor. Pero nos espera sobre todo para ser nuestra fortaleza y ayuda.

En cuanto a la consagración personal: quedamos totalmente bajo el influjo del divino Corazón para que haga de nosotros lo que quiera. Esta entrega, por expresa Voluntad suya, es la clave para consumar nuestra santificación, ya que nunca se deja ganar en generosidad. También es su voluntad que le imitemos: el amor lleva a identificación con la persona amada. Debemos imitar sus sentimientos, amar lo que El ama: la gracia, la virtud... Imitar sus virtudes: el amor al Padre, la conformidad con su voluntad, el espíritu de oración, la humildad de su encarnación. Y detestar lo que El detesta: pecados, tibieza para con Dios...

En el orden familiar el acto supremo de culto es la consagración, el reconocimiento del Sagrado Corazón como Rey del hogar. Es un reconocimiento de los derechos del Sagrado Corazón a reinar sobre la familia y un sometimiento a su voluntad. La familia es obra de Dios, por tanto le pertenece. Pero esta soberanía del divino Corazón hay que aceptarla no sólo como un derecho de El sobre nosotros, sino como un acto de nuestro amor hacia El, fruto de agradecimiento. El fin próximo es la regeneración de la familia en los principios cristianos: la familia en función de la gloria de Dios y de la salvación eterna. Y a través de esta regeneración se trasluce el fin remoto: la preparación del reinado social del Sagrado Corazón en todos los hombres. Es preciso hacer florecer en la familia la piedad intensa, que supera la simple obligación del propio estado; la frecuencia de sacramentos será la puerta que lleve a este estado de verdadera perfección.

¡Vamos a dar sentido cristiano a un día más en la semana: el viernes del Sagrado Corazón! Porque en él se manifestó su amor del modo más supremo. Porque en él su Corazón se abrió como un tesoro. Porque en él nos dio a su propia Madre, la Virgen María.

Fuente: Antonio Royo Marín, El Corazón De Jesús

El culto al Corazón Eucarístico de Jesús (IV)


El culto al Corazón Eucarístico de Jesús tiene un carácter propio, que lo distingue del culto al Sagrado Corazón y del culto a la eucaristía.

Esta distinción no se encuentra en la substancia, pues las tres devociones tienen como finalidad propia el amor de Cristo; pero sí en el modo o enfoque. Y así:

-En la devoción al Sagrado Corazón de Jesús se adora el Corazón y se honra de manera especial el amor de Cristo.

-En la devoción a la eucaristía se adora a Cristo bajo la realidad de su cuerpo y sangre, oculta bajo los accidentes eucarísticos.

-En la devoción al Corazón Eucarístico se adora el amor de Cristo manifestado al instituir la eucaristía, para quedarse con nosotros y dársenos en alimento.

La devoción al Corazón Eucarístico de Jesús es:

-Signo de la caridad de Dios para con el hombre (1 Jn. 3,1)

-Vínculo que une al hombre con Dios (1 Jn. 4,16)

-Sello de la unidad de caridad en que se juntan Dios y los hombres (Col. 3, 11)

Los discípulos de Emaús reconocen al Señor resucitado “en la fracción del pan”.

En la Hostia Santa que divide el sacerdote y en la Hostia que comulgas reconoce al Corazón de Jesús y prepárate dignamente para recibirlo como premio.

Fuente: Antonio Royo Marín, El Corazón De Jesús

El culto al Corazón Eucarístico de Jesús (II)


Modo de adoración

El modo de adoración que conviene a la humanidad de Jesucristo y a sus diversas partes no es el mismo que le conviene al Verbo de Dios:

-A la persona divina se le adora primariamente y por ella misma.

-A la naturaleza humana, secundariamente y a causa de la divina.

Nosotros adoramos con culto de latría las diversas partes del cuerpo de Cristo, pero secundariamente y por razón de la persona divina a quien están unidas.

De esta forma adoramos al Corazón de Jesús oculto en la eucaristía.

EUCARISTÍA Y SAGRADO CORAZÓN

Entrañable unión de ambas devociones

La devoción a la eucaristía ocupa un puesto preeminente dentro de la devoción al Sagrado Corazón.

-Por la eucaristía se comprenden mejor las profundidades del Sagrado Corazón.

-Sin amor a la eucaristía no se ama al Sagrado Corazón.

Si la eucaristía es el sacramento del amor, el corazón es el órgano en que más claramente repercute el amor.

El Sagrado Corazón es el símbolo viviente del amor que llevó a Cristo a instituir la eucaristía.

Fuente: Antonio Royo Marín,El Corazón De Jesús

Corazón de Jesús, nuestro descanso y fortaleza


Vivir en el Corazón de Jesús, unirse a él estrechamente es, por tanto, convertirnos en morada de Dios. El que me ama será amado por mi Padre, nos anunció el Señor. Y Cristo y el Padre, en el Espíritu Santo, vienen al alma y hacen en ella su morada.

Cuando -aunque sea sólo un poco- comprendemos esos fundamentos, nuestra manera de ser cambia. Tenemos hambre de Dios, y hacemos nuestras las palabras del Salmo: Dios mío, te busco solícito, sedienta de ti está mi alma, mi carne te desea, como tierra árida, sin agua. Y Jesús, que ha fomentado nuestras ansias, sale a nuestro encuentro y nos dice: si alguno tiene sed, venga a mí y beba. Nos ofrece su Corazón, para que encontremos allí nuestro descanso y nuestra fortaleza. Si aceptamos su llamada, comprobaremos que sus palabras son verdaderas: y aumentará nuestra hambre y nuestra sed, hasta desear que Dios establezca en nuestro corazón el lugar de su reposo, y que no aparte de nosotros su calor y su luz.

Fuego he venido a traer a la tierra, y ¿qué he de querer sino que arda? Nos hemos asomado un poco al fuego del Amor de Dios; dejemos que su impulso mueva nuestras vidas, sintamos la ilusión de llevar el fuego divino de un extremo a otro del mundo, de darlo a conocer a quienes nos rodean: para que también ellos conozcan la paz de Cristo y, con ella, encuentren la felicidad. Un cristiano que viva unido al Corazón de Jesús no puede tener otras metas: la paz en la sociedad, la paz en la Iglesia, la paz en la propia alma, la paz de Dios que se consumará cuando venga a nosotros su reino.

María, Regina pacis, reina de la paz, porque tuviste fe y creíste que se cumpliría el anuncio del Angel, ayúdanos a crecer en la fe, a ser firmes en la esperanza, a profundizar en el Amor. Porque eso es lo que quiere hoy de nosotros tu Hijo, al mostrarnos su Sacratísimo Corazón.

Fuente: San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa

Argentina está para siempre consagrada al Corazón Divino


Amadísimos hijos de la República Argentina que, reunidos en la espléndida Buenos Aires, conmemoráis el centenario del Apostolado de la Oración con la consagración de vuestra patria al Sagrado Corazón de Jesús: ¡La República Argentina, la gran nación americana, el país de los solemnes triunfos eucarísticos está ya y para siempre consagrado al Corazón Divino!

Vosotros, dignos hijos de la República Argentina, habéis escrito toda vuestra historia bajo el signo de Jesucristo; pero hoy, en esta hora solemne, siguiendo principalmente el ejemplo de tantas naciones, hermanas vuestras de lengua y de sangre, -y de la misma gran madre de la Hispanidad- habéis decidido saltar al puesto de los que no se contentan con menos que con ofrecerlo todo. “Cuida tú de mi honra y de mis cosas -dijo un día Nuestro Señor a uno de sus confidentes, expresando el ideal de la consagración- que mi Corazón cuidará de ti y de las tuyas”. Hasta ayer, pues, podría decirse que erais todavía vuestros, desde hoy sois de manera especial de Jesucristo, hasta ayer disponíais de vuestra actividad y de vuestra libertad, de vuestras potencias y de vuestros bienes exteriores, de vuestro cuerpo y de vuestra alma; desde hoy todo eso se lo habéis ofrecido al Divino Corazón, que “quiere establecer su reino de amor en todos los corazones”. Vuestras empresas lo mismo que vuestros intereses, vuestras intenciones lo mismo que vuestros propósitos los toma Él como suyos, y vosotros, saboreando por anticipado dones que son del cielo, si os abandonáis totalmente a Él y a su suavísimo imperio, podréis gozar de la paz.

El paso, ¡oh católicos argentinos!, el gran paso está dado. Ofrecisteis ante el altar del Corazón Divino a vuestros niños, capullos que mañana serán flores; consagrasteis ante el mismo trono vuestras familias, sólido cimiento de todo el edificio social; toda la nación puesta de rodillas, en esta hora tenebrosa de la historia del mundo. El gran paso está dado; queda solamente ser fieles al pacto establecido; que si vosotros, en la integridad de la vida cristiana, en el ejercicio de la mutua caridad y en la sumisión y amor a la Santa Madre Iglesia vivís sinceramente vuestra consagración, Aquel que por nadie se deja vencer en generosidad sabrá haceros dignos y grandes ante Dios y ante los hombres. Un alma, una nación consagrada al Corazón de Jesús debe ser como un holocausto perfecto colocado sobre un ara; sean hoy Nuestras manos ungidas de Sacerdote Sumo las que presenten esta víctima y se extiendan luego en oración fervorosa; ¡Recibe, oh dulcísimo Corazón, esta hostia que hoy te ofrecemos y que el aroma de su sacrificio haga volver propicios tus ojos sobre todos y cada uno de los hijos de este pueblo; haz que las llamas, que brotan de tu herida, penetren sus corazones, los enciendan y les abrasen de tal manera, que desde hoy y para siempre solamente en Ti encuentren sus delicias, en tu servicio consuman toda su vida y un día, entre los esplendores de tu gloria, reciban el premio que reservas a tus escogidos!

Fuente: Venerable Pío XII, Radiomensaje del Domingo 28 de octubre de 1945

Consagración de Argentina al Corazón de Jesús


Fórmula de la Consagración de la Nación Argentina al Sagrado Corazón de Jesús, 28 de octubre de 1945:

“Corazón sacratísimo de Jesús, Verbo eterno, hecho hombre, que con el Padre y el Espíritu Santo nos has creado y que en las alturas del Calvario con tu pasión y muerte nos has redimido, siendo así doblemente Señor Nuestro, los Pastores de esta tu Nación privilegiada, juntamente con todo su pueblo, están postrados ante la Hostia sacrosanta en la que palpita real y verdaderamente tu divino Corazón. Desde las ciudades populosas y desde los pequeños poblados de nuestra Patria, desde sus amplias llanuras y desde sus altas montañas, desde los hogares modestos y desde las suntuosas moradas, nos hemos congregado a millares junto a Ti, con fe, con gratitud y con amor. La Fe católica que nos ha traído hasta aquí y que nos infundiste en el Bautismo, es la fe de nuestros próceres, de nuestras madres, de nuestros estadistas, que en el preámbulo de la Constitución te proclamaron fuente de toda razón y justicia. Nuestra gratitud profunda tiene origen en la inmensa caridad con que nos amaste desde toda la eternidad en el seno de la Trinidad Beatísima, y que se manifiesta en Belén al nacer, en la cruz al morir, en el Sagrario al quedarte en medio de nosotros, en los beneficios sin cuento que has derramado sobre nuestra Nación, que confesamos no merecer, y que, por lo mismo, comprometen en mayor grado nuestro sincero agradecimiento. ¿Cómo podríamos afirmar que agradecemos tus innumerables dones, si la llama del amor hacia Ti no abrasa a nuestro pobre corazón?

Con estos sentimientos, humildemente contritos de nuestras faltas, como manifestación externa de nuestro acendrado amor, accediendo a tus más vivos anhelos, hoy estamos ante Tu presencia para suplicarte que te dignes aceptar nuestra consagración irrevocable y la de nuestra Patria a tu Divino Corazón. Corazón sacratísimo de Jesús: los Obispos y el Clero nos consagramos a Ti. Haz que los Pastores al apacentar tu grey seamos sucesores dignos de los Apóstoles y que los Sacerdotes con la palabra y el ejemplo, manifiesten que son otros Cristos. Corazón sacratísimo de Jesús: te consagramos nuestras Diócesis y nuestras Parroquias para que sean pregoneras celosas de tu Evangelio, y canales copiosos de tu gracia transmitida por los Sacramentos. Corazón sacratísimo de Jesús: te consagramos los Institutos religiosos: para que florezca siempre en ellos tu espíritu, y las asociaciones de piedad, de apostolado, de cultura y caridad, para que sean infatigables con la plegaria y la acción en dilatar tu reinado en medio de los hombres. Corazón sacratísimo de Jesús: te consagramos los hogares para que en ellos reine siempre la dulce paz de tu hogar de Nazaret, te consagramos los padres y las madres para que los ayudes a practicar los ejemplos de tu Madre María Santísima y de tu padre adoptivo San José; te consagramos los niños para que sean cual Tú eras en esa edad feliz; te consagramos los jóvenes para que dediquen la lozanía de la vida a la adquisición de sólidas virtudes, al estudio y al trabajo que los capacitará para ser ciudadanos honrados y eficientes; te consagramos los ancianos para que los reconfortes hasta los instantes postreros de su vida. Corazón sacratísimo de Jesús: los que tenemos la dicha de habitar este suelo que miras con bondadosa predilección, al consagrarnos a Ti para siempre recogiendo el clamor que brota incontenible del pecho de sus habitantes, te consagramos nuestra Patria, heredad bendita que recibimos de nuestros mayores para que sea como ellos la idearon: hija de tu Evangelio, hogar venturoso de paz y de concordia, morada feliz de hombres cultos, buenos y laboriosos al influjo de tus más selectas bendiciones, que imploramos.

Antes de terminar permítenos que, recordándote tu promesa, te supliquemos inscribas nuestros nombres en tu Sagrado Corazón y que durante nuestra vida no permitas que jamás nos separemos de Ti, para que por toda la eternidad podamos participar de tu gloria, Señor Jesús, que con el Padre y el Espíritu Santo vives y reinas por los siglos de los siglos. Así sea”.

El Corazón de Cristo es paz para el cristiano


Las tribulaciones nuestras, cristianamente vividas, se convierten en reparación, en desagravio, en participación en el destino y en la vida de Jesús, que voluntariamente experimentó por Amor a los hombres toda la gama del dolor, todo tipo de tormentos. Nació, vivió y murió pobre; fue atacado, insultado, difamado, calumniado y condenado injustamente; conoció la traición y el abandono de los discípulos; experimentó la soledad y las amarguras del castigo y de la muerte. Ahora mismo Cristo sigue sufriendo en sus miembros, en la humanidad entera que puebla la tierra, y de la que El es Cabeza, y Primogénito, y Redentor.

El dolor entra en los planes de Dios. Esa es la realidad, aunque nos cueste entenderla. También, como Hombre, le costó a Jesucristo soportarla: Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. En esta tensión de suplicio y de aceptación de la voluntad del Padre, Jesús va a la muerte serenamente, perdonando a los que le crucifican.

Precisamente, esa admisión sobrenatural del dolor supone, al mismo tiempo, la mayor conquista. Jesús, muriendo en la Cruz, ha vencido la muerte; Dios saca, de la muerte, vida. En nombre de ese amor victorioso de Cristo, los cristianos debemos lanzarnos por todos los caminos de la tierra, para ser sembradores de paz y de alegría con nuestra palabra y con nuestras obras. Hemos de luchar contra el mal, contra el pecado, para proclamar así que la actual condición humana no es la definitiva; que el amor de Dios, manifestado en el Corazón de Cristo, alcanzará el glorioso triunfo espiritual de los hombres.

La Iglesia, unida a Cristo, nace de un Corazón herido. De ese Corazón, abierto de par en par, se nos trasmite la vida. ¿Cómo no recordar aquí, los sacramentos, a través de los cuales Dios obra en nosotros y nos hace partícipes de la fuerza redentora de Cristo? ¿Cómo no recordar con agradecimiento particular el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, el Santo Sacrificio del Calvario y su constante renovación incruenta en nuestra Misa? Jesús que se nos entrega como alimento: porque Jesucristo viene a nosotros, todo ha cambiado, y en nuestro ser se manifiestan fuerzas -la ayuda del Espíritu Santo- que llenan el alma, que informan nuestras acciones, nuestro modo de pensar y de sentir. El Corazón de Cristo es paz para el cristiano.

Fuente: San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa

La Santísima Trinidad vive y reina en el Corazón de Jesús

Todo el mundo sabe que la fe cristiana nos enseña que en el misterio adorable de la Santísima Trinidad hay tres Personas: tres Personas que no son sino una misma divinidad, un mismo poder, una misma sabiduría, una misma bondad, una misma inteligencia, una misma voluntad y un mismo corazón. Por eso, nuestro Salvador, en cuanto Dios, no tiene sino un mismo Corazón con el Padre y el Espíritu Santo; y en cuanto hombre, su Corazón humanamente divino y divinamente humano no es más que una misma cosa con el Corazón del Padre y del Espíritu Santo, en unidad de espíritu, de amor y de voluntad. De aquí que adorar al Corazón de Jesús, sea adorar al Corazón del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

El Padre Eterno vive en el Corazón de su divino Hijo. El Verbo Divino y el Espíritu Santo viven y reinan en el Corazón de Jesús. Considerad que estas tres Divinas Personas viven y reinan en el Corazón del Salvador, como en el más sublime trono de su amor. ¡Oh, Santísima Trinidad, alabanzas infinitas os sean dadas eternamente por todos los milagros de amor que operáis en el Corazón de mi Jesús! Os ofrezco el mío, con el de todos mis hermanos, suplicándoos, muy rendidamente que toméis de ellos entera posesión y que aniquiléis en los mismos cuanto os desagrade, para establecer en todos el reino de vuestro amor soberano.

Fuente: S. Juan Eudes, El Corazón de Jesús

Dios nos entrega su Corazón

Hemos de luchar sin desmayo por obrar el bien, precisamente porque sabemos que es difícil que los hombres nos decidamos seriamente a ejercitar la justicia, y es mucho lo que falta para que la convivencia terrena esté inspirada por el amor, y no por el odio o la indiferencia. No se nos oculta tampoco que, aunque consigamos llegar a una razonable distribución de los bienes y a una armoniosa organización de la sociedad, no desaparecerá el dolor de la enfermedad, el de la incomprensión o el de la soledad, el de la muerte de las personas que amamos, el de la experiencia de la propia limitación.

Ante esas pesadumbres, el cristiano sólo tiene una respuesta auténtica, una respuesta que es definitiva: Cristo en la Cruz, Dios que sufre y que muere, Dios que nos entrega su Corazón, que una lanza abrió por amor a todos. Nuestro Señor abomina de las injusticias, y condena al que las comete. Pero, como respeta la libertad de cada individuo, permite que las haya. Dios Nuestro Señor no causa el dolor de las criaturas, pero lo tolera porque -después del pecado original- forma parte de la condición humana. Sin embargo, su Corazón lleno de Amor por los hombres le hizo cargar sobre sí, con la Cruz, todas esas torturas: nuestro sufrimiento, nuestra tristeza, nuestra angustia, nuestra hambre y sed de justicia.

La enseñanza cristiana sobre el dolor no es un programa de consuelos fáciles. Es, en primer término, una doctrina de aceptación de ese padecimiento, que es de hecho inseparable de toda vida humana.

Cuando os hablo de dolor, no os hablo sólo de teorías. Ni me limito tampoco a recoger una experiencia de otros, al confirmaros que, si -ante la realidad del sufrimiento- sentís alguna vez que vacila vuestra alma, el remedio es mirar a Cristo. La escena del Calvario proclama a todos que las aflicciones han de ser santificadas, si vivimos unidos a la Cruz.

Fuente: San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa

El «Doctor Evangélico» y el Sagrado Corazón

San Antonio de Padua, llamado el "Doctor Evangélico", es uno de los santos que han descubierto para sí y han indicado a los demás ese refugio de las almas puras, esa arca de salvación para las arrepentidas que es el Corazón Deífico. Al declararle Doctor, la Iglesia ha señalado a los fieles que es necesario acudir al Santo taumaturgo en busca de su celestial doctrina.

"El hueco de piedra, dice San Antonio, donde el alma se puede refugiar, es la llaga del costado de Jesucristo. Hay en su carne numerosas heridas y está la llaga de su costado; ésta lleva a su Corazón, es hacia allí que Él llama al alma de la cual hace su esposa. Le extendió los brazos; le abrió su costado y su Corazón para que venga allí a esconderse. Retirándose en las profundidades de la tierra, la paloma se coloca al abrigo de las persecuciones del ave de rapiña; al mismo tiempo, encuentra una morada tranquila donde habita dulcemente... Y el alma religiosa encontrará en el Corazón de Jesús, como un asilo seguro contra todas las maquinaciones de Satanás, un delicioso retiro... No permanezcamos, por lo tanto, a la entrada de la gruta; vamos a lo más profundo. A la entrada de la gruta, en los labios de la llaga, encontramos, es verdad, la Sangre que nos rescató... Él habla, pide misericordia por nosotros. Pero el alma religiosa no debe detenerse allí. Cuando escuche la voz de la Sangre divina, que vaya hasta la fuente de la cual ella brota, a lo más íntimo del Corazón de Jesús. Allí ella encontrará la luz, la consolación, la paz, y las delicias inefables.

Había, agregaba el santo, en la ley antigua dos altares: el altar de bronce o de los holocaustos, y el altar de oro o de los perfumes... Jesucristo es al mismo tiempo estos dos altares: altar de bronce, en su cuerpo todo ensangrentado, inmolado a la vista de todo el pueblo; altar de oro, en su Corazón todo ardiente de amor... Sobre el primero, ofrecemos nuestras lágrimas de compunción y de arrepentimiento; sobre el segundo, el incienso de nuestra ternura y de nuestra devoción..."

Fuente: cf. Venerable León Dehon, Mes del Sagrado Corazón

Llevar a los demás el amor del Corazón de Jesús

Dios no nos declara: en lugar del corazón, os daré una voluntad de puro espíritu. No: nos da un corazón, y un corazón de carne, como el de Cristo. Yo no cuento con un corazón para amar a Dios, y con otro para amar a las personas de la tierra. Con el mismo corazón con el que he querido a mis padres y quiero a mis amigos, con ese mismo corazón amo yo a Cristo, y al Padre, y al Espíritu Santo y a Santa María. No me cansaré de repetirlo: tenemos que ser muy humanos; porque, de otro modo, tampoco podremos ser divinos.

El amor humano, el amor de aquí abajo en la tierra cuando es verdadero, nos ayuda a saborear el amor divino. Así entrevemos el amor con que gozaremos de Dios y el que mediará entre nosotros, allá en el cielo, cuando el Señor sea todo en todas las cosas. Ese comenzar a entender lo que es el amor divino nos empujará a manifestarnos habitualmente más compasivos, más generosos, más entregados.

Hemos de dar lo que recibimos, enseñar lo que aprendemos; hacer partícipes a los demás -sin engreimiento, con sencillez- de ese conocimiento del Amor de Cristo. Al realizar cada uno vuestro trabajo, al ejercer vuestra profesión en la sociedad, podéis y debéis convertir vuestra ocupación en una tarea de servicio.

Con ocasión de esa labor, en la misma trama de las relaciones humanas, habéis de mostrar la caridad de Cristo y sus resultados concretos de amistad, de comprensión, de cariño humano, de paz. Como Cristo pasó haciendo el bien por todos los caminos de Palestina, vosotros en los caminos humanos de la familia, de la sociedad civil, de las relaciones del quehacer profesional ordinario, de la cultura y del descanso, tenéis que desarrollar también una gran siembra de paz. Será la mejor prueba de que a vuestro corazón ha llegado el reino de Dios:nosotros conocemos haber sido trasladados de la muerte a la vida -escribe el Apóstol San Juan- en que amamos a los hermanos.

Pero nadie vive ese amor, si no se forma en la escuela del Corazón de Jesús.

Fuente: San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa

El Corazón traspasado de Amor por los hombres

Jesús en la Cruz, con el Corazón traspasado de Amor por los hombres, es una respuesta elocuente -sobran las palabras- a la pregunta por el valor de las cosas y de las personas. Valen tanto los hombres, su vida y su felicidad, que el mismo Hijo de Dios se entrega para redimirlos, para limpiarlos, para elevarlos. ¿Quién no amará su Corazón tan herido?, preguntaba ante eso un alma contemplativa. Y seguía preguntando: ¿quién no devolverá amor por amor? ¿Quién no abrazará un Corazón tan puro? Nosotros, que somos de carne, pagaremos amor por amor, abrazaremos a nuestro herido, al que los impíos atravesaron manos y pies, el costado y el Corazón. Pidamos que se digne ligar nuestro corazón con el vínculo de su amor y herirlo con una lanza, porque es aún duro e impenitente.

Son pensamientos, afectos, conversaciones que las almas enamoradas han dedicado a Jesús desde siempre. Pero, para entender ese lenguaje, para saber de verdad lo que es el corazón humano y el Corazón de Cristo y el amor de Dios, hace falta fe y hace falta humildad. Con fe y humildad nos dejó San Agustín unas palabras universalmente famosas: nos has creado, Señor, para ser tuyos, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.

Cuando se descuida la humildad, el hombre pretende apropiarse de Dios, pero no de esa manera divina, que el mismo Cristo ha hecho posible, diciendo tomad y comed, porque esto es mi cuerpo: sino intentando reducir la grandeza divina a los limites humanos. La razón, esa razón fría y ciega que no es la inteligencia que procede de la fe, ni tampoco la inteligencia recta de la criatura capaz de gustar y amar las cosas, se convierte en la sinrazón de quien lo somete todo a sus pobres experiencias habituales, que empequeñecen la verdad sobrehumana, que recubren el corazón del hombre con una costra insensible a las mociones del Espíritu Santo. La pobre inteligencia nuestra estaría perdida, si no fuera por el poder misericordioso de Dios que rompe las fronteras de nuestra miseria: os dará un corazón nuevo y os revestiré de un nuevo espíritu; os quitaré vuestro corazón de piedra y os daré en su lugar un corazón de carne. Y el alma recobra la luz y se llena de gozo, ante las promesas de la Escritura Santa.

Fuente: San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa

La verdadera devoción al Corazón de Jesús

Tengamos presente toda la riqueza que se encierra en estas palabras: Sagrado Corazón de Jesús. Cuando hablamos de corazón humano no nos referimos sólo a los sentimientos, aludimos a toda la persona que quiere, que ama y trata a los demás. Y, en el modo de expresarse los hombres, que han recogido las Sagradas Escrituras para que podamos entender así las cosas divinas, el corazón es considerado como el resumen y la fuente, la expresión y el fondo último de los pensamientos, de las palabras, de las acciones. Un hombre vale lo que vale su corazón, podemos decir con lenguaje nuestro.

Al tratar del Corazón de Jesús, ponemos de manifiesto la certidumbre del amor de Dios y la verdad de su entrega a nosotros. Al recomendar la devoción a ese Sagrado Corazón, estamos recomendando que debemos dirigirnos íntegramente -con todo lo que somos: nuestra alma, nuestros sentimientos, nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras acciones, nuestros trabajos y nuestras alegrías- a todo Jesús.

En esto se concreta la verdadera devoción al Corazón de Jesús: en conocer a Dios y conocernos a nosotros mismos, y en mirar a Jesús y acudir a Él, que nos anima, nos enseña y nos guía.

Fuente: San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa

Corazón de Cristo, Tesoro inagotable de amor

Dios Padre se ha dignado concedernos, en el Corazón de su Hijo, tesoros inagotables de amor, de misericordia, de cariño. Si queremos descubrir la evidencia de que Dios nos ama -de que no sólo escucha nuestras oraciones, sino que se nos adelanta-, nos basta seguir el mismo razonamiento de San Pablo: El que ni a su propio Hijo perdonó, sino que le entregó a la muerte por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con El todas las cosas?

La gracia renueva al hombre desde dentro, y le convierte -de pecador y rebelde- en siervo bueno y fiel. Y la fuente de todas las gracias es el amor que Dios nos tiene y que nos ha revelado, no exclusivamente con las palabras: también con los hechos. El amor divino hace que la segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo, el Hijo de Dios Padre, tome nuestra carne, es decir, nuestra condición humana, menos el pecado. Y el Verbo, la Palabra de Dios, es la Palabra de la que procede el Amor.

El amor se nos revela en la Encarnación, en ese andar redentor de Jesucristo por nuestra tierra, hasta el sacrificio supremo de la Cruz. Y, en la Cruz, se manifiesta con un nuevo signo: uno de los soldados abrió a Jesús el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua. Agua y Sangre de Jesús que nos hablan de una entrega realizada hasta el último extremo, hasta elconsummatum est, el todo está consumado, por amor.

Al considerar una vez más los misterios centrales de nuestra fe, nos maravillamos de cómo las realidades más hondas -ese amor de Dios Padre que entrega a su Hijo, y ese amor del Hijo que le lleva a caminar sereno hacia el Gólgota- se traducen en gestos muy cercanos a los hombres. Dios no se dirige a nosotros con actitud de poder y de dominio, se acerca a nosotros, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres. Jesús jamás se muestra lejano o altanero, aunque en sus años de predicación le veremos a veces disgustado, porque le duele la maldad humana. Pero, si nos fijamos un poco, advertiremos en seguida que su enfado y su ira nacen del amor: son una invitación más para sacarnos de la infidelidad y del pecado. ¿Quiero yo acaso la muerte del impío, dice el Señor, Yavé, y no más bien que se convierta de su mal camino y viva?. Esas palabras nos explican toda la vida de Cristo, y nos hacen comprender por qué se ha presentado ante nosotros con un Corazón de carne, con un Corazón como el nuestro, que es prueba fehaciente de amor y testimonio constante del misterio inenarrable de la caridad divina.

Fuente: San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa

El Amor de los amores

Con razón San Bernardo llama al divino Sacramento de la Sagrada Eucaristía,Amor amorum, el Amor de los amores.

El amor del divino Corazón de Jesús le llevó a encerrarse en este sacramento, le obliga a morar en él continuamente, día y noche, sin salir jamás de él, para estar siempre con nosotros. Aquí está adorando, alabando y glorificando incesantemente a su Padre por nosotros, es decir para dar cumplimiento a las infinitas obligaciones que nosotros tenemos de adorarle, alabarle y glorificarle.

Dios envió a su Hijo para bendecirnos; y vino este Hijo adorable todo lleno de amor a nosotros, y con un deseo ardentísimo de derramar incesantemente sus santas bendiciones sobre los que le honran y le aman como a Padre suyo, principalmente por este divino Sacramento.

En la santa Eucaristía nos da bienes inmensos e infinitos, y gracias abundantísimas y muy particulares, si aportamos las disposiciones requeridas para recibirlas.

Vuestro amabilísimo Corazón, oh Jesús mío, está en este Sacramento del todo abrasado en amor a nosotros; y está obrando para nuestro bien mil y mil efectos de su bondad. Pero ¿qué es lo que os devolvemos, Señor mío? Ingratitudes y ofensas de mil modos y maneras, de pensamiento, palabra y obra, pisoteando vuestros divinos mandamientos y los de vuestra Iglesia. ¡Qué ingratos somos! Nuestro benignísimo Salvador nos ha amado tanto. Muramos, de dolor a vista de nuestros pecados; muramos de vergüenza, al ver que tan poco amor le tenemos; muramos con mil muertes antes que ofenderle en lo venidero. Oh Salvador mío, concedednos esta gracia. Oh Madre de Jesús, obtenednos de vuestro amado Hijo este favor.

Fuente: San Juan Eudes, El Corazón de Jesús

Maravillas del Corazón de Jesús

Figuráos el mundo de la gracia que encierra infinidad de maravillas que sobrepujan incomparablemente las del mundo de la naturaleza, pues contiene todos los portentos de santidad que han sido operados en la tierra por el Santo de los santos; todas las maravillas realizadas en la Madre de la Gracia, en María Santísima; toda la santa Iglesia militante; todos los Sacramentos, tesoros de gracia inefable con todos los efectos maravillosos que dé ellos se derivan; todos los prodigios de la divina gracia realizados y por realizar en la existencia de todos los Santos que han sido y que serán hasta el fin de los tiempos. Ahora bien, ¿cuál es la fuente de todas estas maravillas? ¿No es acaso la caridad inenarrable del bondadosísimo Corazón de Jesús, que ha establecido y que conserva este mundo prodigioso de la gracia en la tierra por amor a los hombres?

¡Oh mi buen Jesús!, que todos estos portentos de vuestro Corazón amabilísimo, y que todas las potencias de vuestra divinidad y de vuestra humanidad no se cansen de bendeciros por siempre.

Elevad vuestro espíritu y vuestro corazón al cielo, para contemplar el mundo de la gloria, es decir, esta bella, inmensa y gloriosa ciudad en la que todos sus moradores están libres de penas y colmados de infinidad de bienes. Mirad esta falange innumerable de Bienaventurados, más resplandecientes que el sol, llenos de riquezas inestimables, de gozos indecibles y de gloria imponderable.

Considerad los goces inefables que os esperan en la Jerusalén celestial, pues el Espíritu Santo nos declara que jamás ojo humano vio, ni oído alguno oyó, ni corazón de hombre comprendió, ni comprender podrá jamás, los tesoros infinitos que Dios reserva a los que lo aman. Ahora bien, ¿quién ha hecho el cielo, y quién es el autor de cuantas maravillas encierra, sino el amor ardentísimo del amable Corazón del Hijo de Dios, que lo creó con su potencia infinita, que nos lo mereció con su Sangre y que lo colmó de un océano inmenso de delicias inenarrables, para dárnoslo por toda la eternidad como morada segura e imperecedera?

Fuente: San Juan Eudes, El Corazón de Jesús

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