Id a San José


San José es nuestro protector. Así lo siente la Iglesia. Su pensamiento dominante en el rezo litúrgico de este día, puede condensarse en estas palabras: El poder concedido antiguamente a José en Egipto es figura del poder sin límites concedido en el cielo al castísimo Esposo de María. Efectivamente, al rezar el Oficio de este día, cree uno estar oyendo al Señor, que dice a los hijos de su Iglesia lo que Faraón a los egipcios que acudían a él en demanda de auxilio: Id a José, pues en sus manos he puesto mi autoridad: él es el dispensador de mis gracias, y puede hacer por vosotros cuanto yo pudiera hacer por mí mismo. He aquí lo que la Iglesia repite entre cánticos; esta es la idea que quiere nos formemos del poder de San José.

Base y fundamento de este poder es la altísima dignidad que el mismo Dios le confirió. Tenía Dios en la tierra un doble tesoro, objeto de todas sus complacencias: Jesús, a quien llamaba su Hijo muy amado, y María, que, inspirada por el Espíritu Santo, había dicho de sí misma: El Señor me poseyó desde el principio de los siglos.

Y este doble tesoro, ¿a quién lo confió el Señor? ¿A los reyes y poderosos de la tierra? ¿A los ángeles del cielo? No; sino al humilde carpintero José. A él constituyó cabeza de su familia, dueño de su casa, príncipe de todo lo que más amaba. Sobre Jesús le dio los derechos de un padre sobre su hijo, y sobre María los derechos todos de un esposo sobre su esposa. Jamás estos derechos fueron más religiosamente respetados, pues nunca hubo hijo más obediente, ni esposa más sumisa.

¿Es concebible siquiera que estos títulos tan gloriosos de San José, a los que va unido un poder tan grande en la tierra, sean títulos vanos ahora que está en el cielo? Pensar que ya no tenga para con Jesús, que le llamó padre, ni para con María, cuyo esposo verdadero fue, más influjo y valimiento que el que resulta de una santidad eminente, ¿no equivaldría a admitir que al entrar en la mansión de la gloria ha perdido las más hermosas flores de su corona, y que para él ha sido una especie de desgracia lo que para todos es la más grande recompensa?

En esta consideración se apoya el sentimiento y la idea que atribuye a San José el poder de intercesor sin límites. De suerte que, si ha habido santos y sabios doctores que no han dudado en afirmar que María es la omnipotencia suplicante, que obtiene de Dios todo cuanto pide, tampoco han faltado quienes, al hablar de San José, han dicho, con San Bernardino de Sena, que los ruegos de tal esposo y de tal padre son órdenes para su Esposa y para su Hijo; que Dios, lejos de haberle despojado de los privilegios que hicieron la felicidad de su destierro, a pesar de tan penosas pruebas, los ha completado y consumado en su vida gloriosa. De él nos dice Santo Tomás: A algunos santos hales dado Dios gracia especial en determinadas necesidades. A San José le ha sido dado socorrer en todas, defender a cuantos a él acuden confiados, ayudarles y favorecerles con paternal solicitud.

He aquí por qué nos invita la Iglesia en este día a dirigimos a él con la confianza con que los egipcios se dirigían al primero, diciéndole: En tus manos está nuestra salvación: míranos tan sólo, y alegres serviremos al Rey. Hagámonos acreedores a su salvadora mirada.

Fuente: Cf. P. Saturnino Osés, S.J., Horas de luz

Amar hasta dar la vida

“No hay amor más grande que dar la vida por aquellos que se ama...”

María Cristina Mocellin estaba enferma de cáncer cuando Ricardo, su hijo menor, tenía sólo dos meses de concebido. Su ejemplo, similar al de santa Gianna Beretta Molla, nos muestra lo que significa amar hasta dar la vida.

Vale la pena releer la carta que quiso dejar a su pequeño Ricardo antes de morir:

“Querido Ricardo, cuando supimos que existías, te amamos y quisimos con todas nuestras fuerzas. Recuerdo el día en el que el doctor me dijo que volvían a diagnosticarme tumor en la ingle. Mi reacción fue la de repetir varias veces: ¡estoy embarazada!, ¡estoy embarazada! Me opuse con todas mis fuerzas a renunciar a ti, tanto que el médico comprendió todo y no añadió nada más. Aquella tarde, en el coche, de regreso del hospital, cuando te moviste por primera vez, parecía que me decías: ¡Gracias mamá por amarme! ¿Y cómo podríamos no amarte? Pienso que no existe ningún sufrimiento en el mundo que no valga la pena por un hijo. El Señor ha querido llenarnos de alegría: tenemos tres niños maravillosos que, si Él así lo querrá, con su gracia, podrán crecer como Él desee. Sólo puedo dar gracias a Dios porque ha querido hacernos este regalo tan grande, nuestros hijos.”

El 22 de Octubre de 1995, antes de fallecer, repetía: “Hacer tu Voluntad Señor, es mi paz”. Su causa de beatificación ha sido iniciada en la diócesis de Padua donde vive todavía la familia Mocellin, difundiendo el luminoso ejemplo de la Sierva de Dios.

Oración: Oh Señor, fuente de todo bien, Tú has iluminado de manera admirable a esta joven madre, y se ha convertido en un ejemplo de fe, de vida familiar y de defensa de la vida. María Cristina ha preparado y construido una familia verdaderamente cristiana, haciendo que cada elección de su vida estuviera de acuerdo con el Evangelio. En la Eucaristía siempre encontró el consuelo y el valor para afrontar todas las dificultades de la vida. Te pedimos, oh Padre, que te dignes glorificar en la tierra a esta tu humilde Sierva, que por tu bondad, confiamos que ya la has recompensado en el cielo. Que su vida sea un ejemplo para nuestras familias cristianas. Te lo pedimos por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Fuente: Cf. amicidicristinaonlus.it

San Agustín a los hombres de hoy


A quien busca la verdad le enseña que no pierda la esperanza de encontrarla. Lo enseña con su ejemplo, él la encontró después de muchos años de laboriosa búsqueda, y con su actividad literaria, cuyo programa fija en la primera carta que escribió después de su conversión: “A mí me parece que hay que conducir de nuevo a los hombres a la esperanza de encontrar la verdad”.

A los teólogos, que justamente se afanan por comprender mejor el contenido de la fe, deja Agustín el patrimonio inmenso de su pensamiento, siempre válido en su conjunto, y especialmente el método teológico al que se mantuvo firmemente fiel. Sabemos que este método suponía la adhesión plena a la autoridad de la fe, una en su origen, la autoridad de Cristo, se manifiesta a través de la Escritura, la Tradición y la Iglesia; la seguridad de que la doctrina cristiana viene de Dios.

Se sabe cuánto amaba Agustín la Escritura, y cuánto la estudiaba. La lee en la Iglesia, teniendo en cuenta la Tradición, cuyas propiedades y fuerza obligatoria pone de relieve. Es célebre su expresión: “Yo no creería en el Evangelio si no me indujera a ello la autoridad de la Iglesia católica”.

Frente al triste espectáculo del mal, recuerda a los pensadores que tengan fe en el triunfo final del bien, esto es, de aquella Ciudad “donde la victoria es verdad, la dignidad santidad, la paz felicidad y la vida eternidad”.

A los hombres de ciencia les invita también a reconocer en las cosas creadas las huellas de Dios.

A los hombres que tienen en sus manos los destinos de los pueblos les recomienda que amen sobre todo la paz y que la promuevan no con la lucha, sino con los métodos pacíficos, porque, escribe él sabiamente, “es título de gloria más grande matar la guerra con la palabra que los hombres con la espada, y procurar o bien mantener la paz con la paz, no con la guerra”.

A los jóvenes, a quienes Agustín amó mucho como profesor antes de su conversión, y como Pastor, después, él les recuerda su gran trinomio: verdad, amor, libertad; tres bienes supremos que se dan juntos. Y les invita a amar la belleza, él que fue un gran enamorado de ella. La belleza eterna de Dios, de la que proviene la belleza de los cuerpos, del arte y de la virtud. Agustín, recordando los años anteriores a su conversión, se lamenta amargamente de haber amado tarde esta “belleza tan antigua y tan nueva”, y quiere que los jóvenes no le sigan en esto, sino que, amándola siempre y por encima de todo, conserven perpetuamente en ella el esplendor interior de su juventud.

Fuente: San Juan Pablo II, Carta apostólica Augustinum Hipponensem

Hijo insigne de Don Bosco


En la glorificación de Domingo Savio se halla también la glorificación del sacerdocio católico, representado en la forma más digna por la magnífica y gigantesca figura de Don Bosco. Es verdad: los primeros artífices de la santidad de Domingo fueron el padre y la madre. Cuando lo presentaron a Don Bosco a los doce años, él era ya un tesoro. Pero luego el sacerdocio católico lo perfeccionó, lo llevó adelante en el camino de la santidad.

Como afirmó Pío XI: “El sacerdote es el principal apóstol y el asesor infatigable de la educación cristiana de la juventud”.

Pero ¡se lucha contra corriente! El sacerdote que lucha por defender el candor de las almas, ve que el mundo conjura, diabólicamente organizado, para manchar las almas en forma cada vez más terribles, después de haber abatido las tradiciones veneradas que representaban un baluarte para la virtud. ¡Parece casi imposible poder defender la pureza de los jóvenes! Parece una empresa desesperada, por lo que el sacerdote se sentirá tentado de decir “no puedo hacer sino llorar sobre estas magníficas inocencias manchadas”.

¡No es este el lenguaje que quiere de nosotros el Señor! ¡No es ésta la lección que nos viene de la glorificación de Domingo Savio! Siguiendo los ejemplos de San Juan Bosco, juntamente con los Religiosos dedicados a la educación de la juventud, con la protección del querido Domingo, lucharemos sin descanso, a cualquier costo, para salvar la inocencia de los jóvenes, seguros de no poder hacer nada que sea más agradable a Jesús y María, cuyo auxilio jamás habrá de faltarnos.

Fuente: Card. Máximo Massimi, Discurso del 9 de marzo de 1950

Modelo atrayente


¿Cómo se figuran los jóvenes que podía desenvolverse la vida de santidad de Domingo Savio? Se desarrolló en la forma más alegre. Durante doce años, con sus padres; y luego, durante tres años, con San Juan Bosco, entregado a los estudios de su edad, con la conciencia que no le remordía de nada, sino que lo alegraba, pasó contento su vida, y a este gozo de la vida correspondió el gozo de la muerte.

Desde aquel día los jóvenes han tenido un nuevo modelo y patrono.

Imitad, jóvenes, a este modelo tan atrayente y tan fácil de imitar.

Los jóvenes odian el aburrimiento y aman la alegría. He aquí: esta vida es una vida toda de alegría.

Los jóvenes aman la gloria, y he aquí la gloria verdadera, la gloria auténtica, la gloria más hermosa. Este pequeño piamontés, al presente es conocido en todo el mundo.

Alegría, pues, y gloria y todo bien. Por otra parte, el imitarlo es fácil. No hizo penitencias especiales, no porque él no hubiera querido hacerlas, sino porque, prudentemente no le dieron permiso. Su gloria fue esta: “¡Prefiero morir antes que mancharme!” El amor a María y a la Santísima Eucaristía le dieron la fuerza y el medio para mantener aquellas palabras. Sea pues, vuestra palabra: “Prefiero morir antes que pecar y quiero encender en mi corazón cada día más, el amor por la Eucaristía y por María”. Y este modelo os ayudará a mantener vuestros propósitos.

Fuente: Card. Máximo Massimi, Discurso del 9 de marzo de 1950

Joven angélico


La razón exige que se combata el pecado, porque si el pecado es combatido, todo irá bien. Donde no está el pecado, está la belleza de la imagen de Dios y todo bien.

Cosa que Domingo comprendió perfectísimamente, desde el primer momento, porque, cuando a los siete años hizo la primera Comunión, escribió: “la muerte antes que pecar”. Estas palabras son sencillas, pero no se podrán decir otras más hermosas. Las expresó y durante toda la vida mantuvo constante este pensamiento. Y en la última noche de su vida dijo así: “¡Lo repito y lo diré mil veces: antes la muerte que pecar!” Aquí está la base de toda la gloria de Domingo Savio.

No fueron simples palabras, sino que toda su vida se inspiró en esta idea: “Quiero llevar una guerra sin cuartel contra el pecado mortal”. No solo buscó evitar el pecado en sí mismo, sino que trató de combatirlo en los demás, para arrancarlo del alma de los otros.

La lucha contra el pecado fue llevada victoriosamente por Savio, durante toda la vida. Es la gloria a que debería aspirar cada uno de nosotros. Es menester evitar el pecado por todos los medios, tratar de destruir el pecado en cualquier forma.

Obrando de esta suerte, Savio se asemejó a los Ángeles buenos que no pecaron. Mamá Margarita le decía al hijo (Don Bosco): “Mira cómo está Domingo en la iglesia, ¡está como un ángel del Paraíso!”

Fuente: Card. Máximo Massimi, Discurso del 9 de marzo de 1950

Un sueño de Don Bosco


Vi entonces una multitud de gente dispersa por aquellos jardines que se divertía en medio de la mayor alegría.

Domingo Savio se adelantó solo, dando unos pasos hacia mí y se detuvo tan cerca de donde yo estaba que si hubiese extendido la mano, ciertamente le habría tocado. Callaba y me miraba también él sonriente. ¡Qué hermoso estaba! Su vestido era realmente singular. Le caía hasta los pies una túnica blanquísima. Ceñía su cintura con una amplia faja roja. Todos llevaban la cintura ceñida por una faja roja.

Comprendí entonces que la faja de color de sangre, era símbolo de los grandes sacrificios hechos, de los violentos esfuerzos y casi del martirio sufrido por conservar la virtud de la pureza; y que, para mantenerse casto en la presencia del Señor, hubiera estado pronto a dar la vida, si las circunstancias así lo hubiesen exigido; y que al mismo tiempo simbolizaba las penitencias que libran al alma de la mancha de la culpa. La blancura y esplendor de la túnica representaban la conservación de la inocencia bautismal.

“¿Qué hizo de extraordinario Domingo Savio en sus casi 15 años de vida? Lo que también podéis hacer vosotros: eligió por lema "antes morir que pecar", se propuso hacer felices a sus compañeros, estar entre ellos como elemento catalizador, enseñar catecismo a los más pequeños; unió a una alegría grande, el estudio serio; y ha llegado a santo con una existencia no milagrosa, sino heroicamente generosa. Todos podéis asemejaros a Santo Domingo Savio si queréis; y os lo deseo de todo corazón” (San Juan Pablo II, Audiencia general del 6 de mayo de 1981)

Fuente: Cf. Los sueños de Don Bosco

Una joven que asumió su enfermedad como camino de santidad


“Una joven laica que se presenta como excelso modelo para la Iglesia de hoy, sobre todo para los jóvenes y para los enfermos”. Así definió el Cardenal Becciu, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos a Benedetta Bianchi, beatificada el 14 de septiembre de 2019. Benedetta padeció desde su adolescencia una poliomielitis que le produjo graves secuelas físicas y una rara enfermedad degenerativa que terminaría causándole una parálisis total y, finalmente, la muerte.

En la homilía de la Misa de beatificación el Cardenal Becciu destacó que la beata Benedetta Bianchi, fallecida en el año 1964 a los 27 años, “fue un verdadero testimonio de la cruz. Ella inmoló su propia vida siguiendo el ejemplo de Jesús y en unión con Él. Nos encontramos ante una existencia fascinante: la grandeza humana y espiritual de una joven extraordinariamente dotada, que consiguió superar valientemente, y traducir en clave evangélica, las condiciones más negativas que puedan acompañar a un individuo”.

El Cardenal destacó que, como consecuencia de su enfermedad, todo el cuerpo de Benedetta “se convirtió en un crucifijo viviente: sordera, ceguera, parálisis, insensibilidad, privación del olfato, afonía, la casi total anulación de las comunicaciones con las personas y con su entorno”. Sin embargo, “esta secuencia de sufrimientos y de destrucción física llevará a Benedetta a una profunda unión con Dios en la oración y, por lo tanto, a una gran heroicidad en el ejercicio de todas las virtudes”.

“Gracias a Benedetta, concluyó el Cardenal, comprendemos algo más la sabiduría de la Cruz y le estamos profundamente agradecidos por habernos conducido hacia la comprensión del sufrimiento que, abrazada a la cruz, abre las puertas del cielo y se convierte en vehículo de luz que aclara cuanto de absurdo e incomprensible pueda haber en la existencia humana”.

Fuente: aciprensa.com

Las virtudes heroicas de un joven laico (II)

Venerable Isidoro Zorzano

En Isidoro destacaría su perseverancia en lo ordinario, que implica lealtad: cumplió hasta el último día de su vida los compromisos que había asumido. Podría parecer que se trata de algo fácil, quizá por una concepción equivocada de lo que significa heroísmo: esta palabra no es sinónimo de hechos extraordinarios o hazañas sorprendentes, imposibles de realizar para una persona normal. Heroísmo es practicar las virtudes con constancia y durante un periodo de tiempo suficientemente largo, ahí donde uno está, en lo de todos los días, en el cumplimiento de sus obligaciones como trabajador, ciudadano, amigo, miembro de una familia, etc. Esto es lo que hizo Isidoro.

Le encantaba su profesión y sabía que Dios le llamaba a buscar la santidad en su trabajo. Por amor a Dios, por ejemplo, era el primero en llegar por la mañana a la oficina, llevaba con buen humor y visión sobrenatural los disgustos e injusticias ocasionados por algunos de sus jefes, buscaba hacer todo con competencia profesional, se esforzaba por ser amable en el trato con los demás, era conocido su sentido de justicia y su cercanía con los obreros que trabajaban bajo su dirección que sabían, además, que “con don Isidoro no cabían chapuzas”, porque se cercioraba personalmente que los trabajos se habían hecho a conciencia. Isidoro dio además clases en la Escuela Industrial de Málaga y sus alumnos recuerdan que era siempre paciente y que podían dirigirse a él para pedir cualquier explicación incluso yendo a su casa. Entre los estudiantes se repetía con frecuencia que “era un santo”.

Compaginaba su trabajo con una intensa vida de oración, tenía un gran amor a la Eucaristía, madrugaba todos los días para asistir a Misa y comulgar, colaboraba con obras asistenciales e intentaba acercar a sus amigos y colegas a Dios.

Oración. Dios Todopoderoso, que llenaste a tu siervo Isidoro de abundantes tesoros de gracia en el ejercicio de sus deberes profesionales en medio del mundo: haz que yo sepa también santificar mi trabajo ordinario y llevar la luz de Cristo a mis amigos y compañeros; dígnate glorificar a tu Siervo y concédeme por su intercesión el favor que te pido. Así sea.

Fuente: opusdei.org

Las virtudes heroicas de un joven laico (I)

Venerable Isidoro Zorzano

Isidoro Zorzano, que fue un siervo bueno y fiel precisamente en lo poco: amó a Dios y al prójimo en las circunstancias de la vida ordinaria.

Era un hombre equilibrado, de carácter más bien reflexivo y reservado, trabajador infatigable. Quienes le conocieron recuerdan su afabilidad y simpatía, no exuberantes, y su espíritu abierto a las necesidades de los demás.

Isidoro buscó de modo constante la santidad en el mundo, como fiel laico, en el cumplimiento amoroso de sus deberes diarios, en el trabajo profesional y en las variadas circunstancias de la vida ordinaria.

Vivió ejemplarmente la diligencia en el trabajo, la lealtad y el espíritu de servicio hacia sus colegas, el amor a la justicia en la promoción de iniciativas en favor de los más necesitados, la fe y la caridad a través de labores de catequesis y de formación para los sectores más abandonados de la sociedad.

Isidoro Zorzano buscaba en todas sus acciones la gloria de Dios y el bien espiritual de quienes le rodeaban. Desarrolló un apostolado asiduo con sus amigos y con los jóvenes. Movido por una profunda conciencia de su filiación divina, se esforzó con perseverancia en el cumplimiento fiel de varias prácticas de piedad recomendadas por la Iglesia. Su vida interior tenía su centro y raíz en la Santa Misa; por eso albergaba una honda devoción eucarística y recibía con frecuencia el sacramento de la penitencia. Eran asimismo abundantes las muestras de su devoción a la Virgen Santísima. Daba una importancia primordial a la oración mental y vocal. Practicó el espíritu de penitencia y de mortificación, sobre todo en el cumplimiento del deber de cada instante y en recibir con alegría las dificultades y contrariedades.

Fuente: Decreto sobre las virtudes heroicas, 21 de diciembre de 2016

Todo el que se proponga vivir piadosamente será perseguido


Es preciso pasar por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios. Muchas son las persecuciones, muchas las pruebas; por tanto, muchas serán las coronas, ya que muchos son los combates. Te es beneficioso el que haya muchos perseguidores, ya que entre esta gran variedad de persecuciones hallarás más fácilmente el modo de ser coronado.

Pongamos como ejemplo al mártir san Sebastián, cuyo día natalicio celebramos hoy. Este santo nació en Milán. Quizá ya se había marchado de allí el perseguidor, o no había llegado aún a aquella región, o la persecución era más leve. El caso es que Sebastián vio que allí el combate era inexistente o muy tenue. Marchó, pues, a Roma, donde recrudecía la persecución por causa de la fe; allí sufrió el martirio, allí recibió la corona consiguiente. De este modo, allí, donde había llegado como transeúnte, estableció el domicilio de la eternidad permanente. Si sólo hubiese habido un perseguidor, ciertamente este mártir no hubiese sido coronado.

Pero, además de los perseguidores que se ven, hay otros que no se ven, peores y mucho más numerosos.

Del mismo modo que un solo perseguidor, el emperador, enviaba a muchos sus decretos de persecución y había así diversos perseguidores en cada una de las ciudades y provincias, así también el diablo se sirve de muchos ministros suyos que provocan persecuciones, no sólo exteriores, sino también interiores, en el alma de cada uno.

Acerca de estas persecuciones, dice la Escritura: Todo el que se proponga vivir piadosamente en Cristo Jesús será perseguido. Se refiere a todos, a nadie exceptúa. ¿Quién podría considerarse exceptuado, si el mismo Señor soportó la prueba de la persecución?

¡Cuántos son los que practican cada día este martirio oculto y confiesan al Señor Jesús! También el Apóstol sabe de este martirio y de este testimonio fiel de Cristo, pues dice: Si de algo podemos preciarnos es del testimonio de nuestra conciencia.

Fuente: Del comentario de san Ambrosio sobre el salmo 118, Liturgia de las Horas

Santa Margarita Bays laica, catequista y apóstol de la oración

Margarita Bays, Suiza 1815-1879, canonizada el 13 de octubre de 2019

Margarita Bays era una laica humilde, cuya vida estaba oculta con Cristo en Dios. Se trataba de una mujer muy sencilla, con una vida normal, en la que todos podríamos reconocernos. No hizo nada extraordinario y, sin embargo, su existencia fue un largo y silencioso camino hacia la santidad. En la Eucaristía, la cumbre de su jornada, Cristo era su alimento y su fuerza. A través de la meditación de los misterios del Salvador, especialmente del misterio de la Pasión, logró llegar a la unión transformante con Dios. Algunos de sus contemporáneos pensaban que sus largos momentos de oración eran una pérdida de tiempo. Pero cuanto más intensa era su oración, más se acercaba a Dios y más se dedicaba al servicio de sus hermanos. Porque sólo aquel que reza conoce realmente a Dios. De esta manera descubrimos el importante lugar que ocupa la oración en la vida del laico. La oración no nos aleja del mundo. Al contrario, libera el ser interior, dispone al perdón y a la vida fraterna. La misión vivida por Margarita Bays es la misión que incumbe a todo cristiano.

Cuando enseñaba el catecismo a los niños de su pueblo, trataba de presentarles el mensaje del Evangelio con un lenguaje comprensible para ellos. Se ocupaba también desinteresadamente de los pobres y los enfermos. Aunque nunca salió de su país, tenía el corazón abierto a las dimensiones de la Iglesia universal y del mundo. Con el espíritu misionero que la caracterizaba, introdujo en su parroquia las obras de la Propagación de la fe y de la Santa Infancia. En Margarita Bays descubrimos todo lo que el Señor hizo para hacerla llegar a la santidad: Margarita caminó humildemente con Dios, ejecutando cada gesto de su vida diaria por amor.

Margarita Bays nos exhorta a hacer de nuestra existencia un camino de amor y nos recuerda nuestra misión en el mundo: anunciar el Evangelio en cualquier ocasión, ya sea o no oportuna, y en particular a los jóvenes. Nos invita a hacerles descubrir la grandeza de los sacramentos de la Iglesia. ¿Cómo podrían los jóvenes de hoy reconocer al Salvador en su camino, si no se les inicia a los misterios cristianos? ¿Cómo podrían acercarse a la mesa eucarística y al sacramento del perdón si nadie les hace descubrir su riqueza, como supo hacerlo Margarita Bays?

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 29 de octubre de 1995

San José, protector de la infancia


¿Qué hacemos nosotros para proteger a la infancia? Hay infantes entre nosotros que reclaman toda nuestra protección.

Unos abandonados por madres mercenarias o pecadoras, o que les procuran la muerte antes que vengan al mundo; otros expuestos al vicio y a la prostitución antes que sepan casi darse razón de lo que es malo; y todos o la mayor parte en peligro de perder sus almas, que es lo que más vale de este mundo, por los escándalos de palabras, de escritos, de láminas, etc., etc., o porque corrompen su inteligencia con el error que se les comunica en las escuelas laicas, de perdición y sin Dios.

Contra todos estos y otros innumerables e inminentes males que amenazan a la débil infancia, aprovechemos el patrocinio de san José, presentemos nuestras oraciones a Jesús y a María por manos del Santo, y la suerte de la infancia se mejorará.

¡Oh Santo protector de la infancia, que libraste a Jesús de las celadas y persecución de Herodes que quería darle muerte! Libra a la infancia desvalida de las asechanzas del Herodes infernal que quiere matar sus almas, robarles su inocencia y su gracia, para que, libres de sus garras, alcancen la salvación eterna. Amén.

Fuente: San Enrique de Ossó, El devoto josefino

El Gozo de todos los santos


De la esperanza al cumplimiento, del deseo a la realización, de la tierra al cielo: este parece ser, el ritmo según el cual suceden las tres últimas invocaciones de las letanías del Sagrado Corazón. Tras las invocaciones “salvación de los que en ti esperan”, y “esperanza de los que en ti mueren”, las letanías concluyen dirigiéndose al Corazón de Jesús como “gozo de todos los santos”. Es ya visión de paraíso: es anotación veloz acerca de la vida del cielo; es palabra breve que abre horizontes infinitos de bienaventuranza eterna.

El Corazón de Cristo es la fuente de la vida de amor de los santos: en Cristo y por medio de Cristo los bienaventurados del cielo son amados por el Padre, que los une a Sí con el vínculo del Espíritu, divino Amor; en Cristo y por medio de Cristo, ellos aman al Padre y a los hombres, sus hermanos, con el amor del Espíritu.

El Corazón de Cristo es el espacio vital de los bienaventurados: el lugar donde ellos permanecen en el amor, sacando de él gozo perenne y sin límite. La sed infinita de amor, misteriosa sed que Dios ha puesto en el corazón humano, se apaga en el Corazón divino de Cristo.

Elevando hacia ellos la mirada del alma y contemplándolos en torno a Cristo juntamente con su Reina, la Virgen Santísima, nosotros repetimos hoy, con firme esperanza, la alegre invocación: “¡Corazón de Jesús, gozo de todos los santos, ten piedad de nosotros!”.

Fuente: San Juan Pablo II, Ángelus del 12 de noviembre de 1989

Memoria del Beato Carlos de Austria

El Beato Carlos de Austria junto a su esposa Zita, Sierva de Dios

La historia del Beato Carlos tiene un atractivo universal. Su fe inspira a hombres y mujeres católicos, esposos y padres, militares, políticos y jefes de estado. Su influencia se extiende más allá de las fronteras de Austria y abraza al mundo con su ejemplo cristiano.

En un mundo donde muchos no creen en Dios, necesitamos la fe del Beato Carlos. Donde hay indiferencia hacia los más necesitados, necesitamos el ejemplo de caridad y limosna del Beato Carlos.

Donde invade el aborto, necesitamos la protección del Beato Carlos hacia toda vida humana. Donde el número de parejas que cohabitan sin la bendición del matrimonio es cada vez mayor, necesitamos el ejemplo de matrimonio cristiano del Beato Carlos y su esposa la Sierva de Dios Zita. Donde el divorcio es desenfrenado y los padres ausentes son muy comunes, necesitamos el amor constante del Beato Carlos por su esposa e hijos.

En países donde los políticos confían en las encuestas para crear sus políticas más que en principios morales y éticos, necesitamos la convicción moral del Beato Carlos. Donde los políticos buscan un cargo para obtener ganancias personales, necesitamos el desinterés del Beato Carlos. Donde los políticos católicos votan en contra de la enseñanza católica y su conciencia, para permanecer en el cargo, necesitamos la fidelidad a las enseñanzas de la Iglesia del Beato Carlos.

Donde hay guerra, luchas, discordias y conflictos, necesitamos el anhelo de paz del Beato Carlos. Donde millones de personas sufren enfermedades, necesitamos el ejemplo del Beato Carlos, quien soportó todas las pruebas y tribulaciones con las palabras: “Hágase tu voluntad”. (Cf. Nathan Cochran, emperorcharles.org)

Oración al Beato Carlos de Austria

Padre Celestial, en la persona del Beato Carlos de Austria, has dado a Tu Iglesia un ejemplo de cómo podemos llevar a cabo una vida espiritual y exigente de manera convincente y valiente. Sus acciones públicas como emperador y rey y sus acciones personales como jefe de familia, estaban firmemente basadas en las enseñanzas de la fe católica. Su amor por la Eucaristía creció en tiempos de prueba y le ayudó a unirse al sacrificio de Cristo a través del sacrificio de su propia vida por su pueblo. El Emperador Carlos honraba a la Madre de Dios y rezó con amor el Rosario durante toda su vida. Fortalécenos mediante su intercesión cuando el desaliento, la debilidad, la soledad, la amargura y la depresión nos preocupan. Que sigamos el ejemplo de tu fiel servidor, y sirvamos desinteresadamente a nuestros hermanos según Tu voluntad. Concédeme alcanzar la gracia (mencione su intención aquí) por su intercesión, si es tu Voluntad, y para mayor gloria de Tu Nombre. Amén

Beato Carlos de Austria, ruega por nosotros.

Apóstol del Sagrado Corazón de Jesús

Santa Margarita María Alacoque junto a otros santos

Durante mi peregrinación en 1986 a la tumba de Santa Margarita María, pedí que, dentro del espíritu de lo que ella trasmitió a la Iglesia, el culto al Sagrado Corazón, fuera fielmente restaurado. Porque es en el Corazón de Cristo que el corazón humano aprende a conocer el verdadero y único significado de su vida y su destino. Es en el Corazón de Cristo que el corazón del hombre recibe la capacidad de amar.

Santa Margarita aprendió a amar por medio de la cruz. Ella nos revela un mensaje que sigue siendo actual: “hacernos copias viviente de nuestro Esposo Crucificado, expresándolo en nosotros por medio de nuestras acciones” (Enero 1689)

Es el amor de Cristo lo que hace al hombre digno de ser amado. El hombre recibió un corazón ávido de amor y capaz de amar.

“Tened en vosotros los sentimientos que estuvieron en Cristo Jesús” (Fip 2,5). Todos los relatos evangélicos deben ser releídos en esta perspectiva. El Hijo único de Dios, encarnándose, toma un corazón humano. A lo largo de los años que pasa en medio de los hombres, “manso y humilde de corazón”, revela las riquezas de su vida interior por medio de cada uno de sus gestos, sus miradas, sus palabras, sus silencios.

Y he aquí que somos llamados a participar en ese amor y a recibir, por el Espíritu Santo, esta extraordinaria capacidad de amar.

Aliento a los pastores, las comunidades religiosas y a todos los que llevan peregrinaciones a Paray-le-Monial para que contribuyan a la extensión del mensaje recibido por Santa Margarita María.

Fuente: San Juan Pablo II, Carta del 22 de junio de 1990

Letanías del Beato Carlos de Austria


Señor, ten piedad

Cristo, ten piedad

Señor, ten piedad.

Cristo, óyenos.

Cristo, escúchanos.

Dios, Padre celestial,

ten piedad de nosotros.

Dios, Hijo, Redentor del mundo,

Dios, Espíritu Santo,

Santísima Trinidad, un solo Dios,

Santa María, ruega por nosotros.

Beato Carlos, dócil al Espíritu Santo,

Beato Carlos, buscador de la voluntad de Dios en todo,

Beato Carlos, ejemplo de profunda vida espiritual,

Beato Carlos, guiado por la Palabra de Dios,

Beato Carlos, ejemplo para aquellos con responsabilidad política,

Beato Carlos, apóstol generoso y valiente del Evangelio,

Beato Carlos, promotor de la justicia y la paz,

Beato Carlos, siervo de Dios y de los hermanos,

Beato Carlos, ejemplo de la vida familiar,

Beato Carlos, esposo y padre devoto,

Beato Carlos, líder contra el espíritu del mal,

Beato Carlos, firme ante la injusticia y la difamación,

Beato Carlos, fiel en todas las pruebas,

Beato Carlos, sereno y paciente en cada dificultad,

Beato Carlos, unido al sacrificio de Cristo,

Beato Carlos, modelo de fe en el sufrimiento,

Beato Carlos, inflamado de amor por la Eucaristía,

Beato Carlos, devoto del Sagrado Corazón de Jesús,

Beato Carlos, amante del Santo Rosario,

Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, perdónanos, Señor.

Cordero de Dios que quita los pecados del mundo, escúchanos, Señor.

Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, ten piedad de nosotros.

Oremos. Oh Dios Todopoderoso y Eterno, Padre de misericordia y Dios de toda consolación, nos hemos reunido para dar gloria a Tu Nombre. Por el amor del Sagrado Corazón de tu Hijo, ayúdanos a nosotros y a todas las naciones en tiempos de necesidad. Acepta nuestras oraciones y sacrificios para extinguir la injusticia. Ayúdanos a seguir el ejemplo de tu siervo, el Beato Carlos de Austria, quien, a pesar del sufrimiento por la injusticia, la difamación y el exilio, se mantuvo fiel y siempre trató de cumplir tu divina voluntad. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Fuente: beatocarloinitalia.it

Comienza la Novena del Beato Carlos de Austria

El Beato Carlos de Austria, modelo de laico santo

En 1908, uno de los allegados de Carlos dirá de él: “El sincero amor del joven archiduque hacia todas las bellezas de la naturaleza revelaba a un ser profundamente bueno que adoraba al Creador a través de todas sus obras, dejando adivinar a un hombre totalmente desprovisto de desconfianza y de odio, que acogía a todos con el corazón abierto”. En 1909, Carlos conoce a la princesa Zita de Borbón-Parma, cinco años más joven que él. Carlos obtiene autorización del emperador Francisco José para pedir su mano. Después de la Misa de compromiso, Carlos insinúa a Zita: “Ahora debemos ayudarnos mutuamente a ganar el Cielo”. Preparada mediante un retiro espiritual, la boda tiene lugar el 21 de octubre de 1911...

El 9 de marzo de 1922, en el destierro en Portugal, el emperador se resfría tras haber subido a pie desde Funchal, a la villa, para comprar un regalo de cumpleaños a uno de sus hijos. Sus últimos días son los de un santo. El día 29, Carlos confiesa: "¿No es una bendición tener una confianza ilimitada en el Sagrado Corazón?". El 1 de abril, primer sábado de mes, el emperador-rey deja tras él una viuda que espera su octavo hijo. El 13 de mayo, aniversario de la primera aparición de la Virgen en Fátima, Zita consagra su familia al Corazón Inmaculado de María, antes de abandonar Madeira hacia España.

Carlos I dio un admirable testimonio de conformidad a la divina Providencia. Por eso la Iglesia lo propuso como ejemplo por la beatificación. Puede aplicársele el siguiente pasaje del Libro de la Sabiduría: En cambio, las almas de los justos están en las manos de Dios y no les alcanzará tormento alguno. Creyeron los insensatos que habían muerto; tuvieron por quebranto su salida de este mundo, y su partida de entre nosotros por completa destrucción; pero ellos están en la paz, por una corta corrección recibirán largos beneficios, pues Dios los sometió a prueba y los halló dignos de sí (Sb 3, 1-5).

Para rezar las oraciones de la Novena al Beato, haga clic aquí http://www.arcadei.org/BlogAnterior/files/Beato-Carlos-de-Austria.php

Fuente: Cf. Dom Antoine Marie, Cartas Espirituales, Abadía San José de Clairval


Recordando la Beatificación de Carlos de Austria

Fotografías de la Beatificación de Carlos de Austria


En 1925, se inició el proceso de canonización de Carlos de Austria. En 1949 fue declarado “Siervo de Dios”. El 12 de abril de 2003 el Santo Padre Juan Pablo II promulga el Decreto de sus virtudes heroicas otorgándole el título de “Venerable”. El 21 de diciembre del mismo año, la Congregación para las Causas de los Santos certificó, sobre la base de tres opiniones médicas expertas, que en 1960, se produjo un milagro por intercesión del Venerable Carlos; la curación científicamente inexplicable de una monja polaca residente en Brasil con debilitantes venas varicosas.

El 3 de octubre de 2004 el Papa beatificó en Roma a Carlos de Austria junto a otros cuatro Venerables Siervos de Dios. Estuvieron presentes más de cien descendientes del Beato Carlos, entre ellos, cuatro de sus ocho hijos que hasta el momento estaban vivos: Otto, el mayor, Carlos Luis, Félix, y Rodolfo, el menor de los varones. Un bisnieto del Beato presentó su reliquia en la ceremonia.

En su Discurso a los peregrinos, el Papa dijo: “Carlos de Austria quiso cumplir siempre la voluntad de Dios. La fe fue para él el criterio en su responsabilidad como soberano y padre de familia. Siguiendo su ejemplo, que la fe en Dios marque también la orientación de vuestra vida. Que los nuevos beatos os acompañen en vuestra peregrinación hacia la patria celestial”.

Un testimonio muy significativo sobre la admiración manifestada por San Juan Pablo II hacia el Beato Carlos es el del archiduque Rodolfo, quien relata: “Durante una audiencia privada que el Papa Wojtyla concedió a mi familia y también a mi madre, la emperatriz Zita, habló con gran entusiasmo de mi padre, el emperador Carlos. Y dirigiéndose a mi madre, la llamaba mi emperatriz y cada vez se inclinaba hacia ella. En un cierto momento, dijo: ¿Sabéis por qué en el bautismo fui llamado Carlos (Karol)? Precisamente porque mi padre tenía una gran admiración por el emperador Carlos I, a quien sirvió como soldado”.

Fuente: Cf. beatocarlos.com

Ángel de mi guarda, dulce compañía


Admiremos la bondad de Dios y agradezcámosle la merced que nos hizo al darnos un ángel para que cuide de nosotros, nos proteja y nos sirva. No se contentó Dios con habernos dado a su Hijo único para que nos librase del pecado; sino que, además, para no omitir ninguno de cuantos cuidados pueden afectar a nuestro interés y a mantenernos en la piedad y en su santo amor, envía a la tierra, para nosotros, a los santos ángeles, espíritus bienaventurados que gozan de Él en el cielo, para que estén siempre cerca de nosotros, con el fin de socorrernos y servirnos en todo tipo de situaciones. Les ordena que, de su parte, nos guarden, nos guíen y nos iluminen en todos nuestros caminos, para que podamos caminar derechamente hacia el cielo, con seguridad y sin descarriarnos. Bajo su guía, nos mantendremos invulnerables frente a todos los ataques del demonio.

¡Cuánta reverencia para con nuestro ángel bueno debe inspirarnos la ayuda que recibimos de él! ¿No debe inspirarnos también devoción hacia él, y movernos a confiar en su protección? Le debemos respeto, dice san Bernardo, a causa de su presencia; devoción, por su benevolencia para con nosotros; y confianza, por el cuidado que pone en protegernos. También tenemos obligación de agradecerle la extremada caridad con que obedece al mandato que recibió de cuidarnos en tan grandes y continuas necesidades.

Cada vez que nos sintamos acosados por alguna tentación violenta o que nos veamos oprimidos por alguna grave tribulación, invoquemos al ángel que nos guarda, nos guía y nos socorre tan favorablemente en nuestras necesidades y aflicciones. Dirijámonos a él con fervorosas y continuas oraciones, ya que está siempre presente y dispuesto a defendernos y consolarnos.

Fuente: San Juan Bautista de la Salle, Meditaciones

Oración a San Miguel Arcángel


Gloriosísimo Príncipe de la milicia celestial, Arcángel San Miguel, defiéndenos en la lucha que mantenemos combatiendo “contra los principados y potestades, contra los caudillos de este mundo tenebroso, contra los espíritus malignos esparcidos por los aires”. Ven en auxilio de los hombres que Dios creó incorruptibles a su imagen y semejanza, y a tan alto precio rescatados de la tiranía del demonio. Con las huestes de los ángeles buenos pelea hoy los combates del Señor, como antaño luchaste contra Lucifer, corifeo de la soberbia y contra sus ángeles apóstatas. Ellos no pudieron vencer, y perdieron su lugar en el Cielo. La Iglesia te venera como su guardián y patrono, se gloría que eres su defensor contra los poderes nocivos terrenales e infernales; Dios te confió las almas de los redimidos para colocarlos en el estado de la suprema felicidad. Ruega al Dios de la paz que aplaste al demonio bajo nuestros pies, para que ya no pueda retener cautivos a los hombres y dañar a tu Iglesia. Ofrece nuestras oraciones al Altísimo, para que cuanto antes desciendan sobre nosotros las misericordias del Señor, y sujeta al dragón, la antigua serpiente, que es el diablo y Satanás, y, una vez encadenado, precipítalo en el abismo, para que nunca jamás pueda seducir a las naciones.

Fuente: Oración compuesta por el Papa León XIII

El Padre Pío en los altares (VI)


“Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has revelado estas cosas a los pequeños”.

¡Cuán apropiadas resultan estas palabras de Jesús, cuando te las aplicamos a ti, humilde y amado Padre Pío!

Enséñanos también a nosotros, te lo pedimos, la humildad de corazón, para ser considerados entre los pequeños del Evangelio, a los que el Padre prometió revelar los misterios de su Reino.

Ayúdanos a orar sin cansarnos jamás, con la certeza de que Dios conoce lo que necesitamos, antes de que se lo pidamos.

Alcánzanos una mirada de fe capaz de reconocer prontamente en los que sufren el rostro mismo de Jesús.

Sostennos en la hora de la lucha y de la prueba y, si caemos, haz que experimentemos la alegría del sacramento del perdón.

Transmítenos tu tierna devoción a María, Madre de Jesús y Madre nuestra.

Acompáñanos en la peregrinación terrena hacia la Patria feliz, a donde esperamos llegar también nosotros para contemplar eternamente la gloria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 16 de junio de 2002

El Padre Pío en los altares (V)


El Padre Pío fue generoso dispensador de la misericordia divina, poniéndose a disposición de todos a través de la acogida, de la dirección espiritual y especialmente de la administración del Sacramento de la Penitencia. Los peregrinos tomando conciencia de la gravedad del pecado y sinceramente arrepentidos, volvían casi siempre para recibir el abrazo pacificador del perdón sacramental.

Ojalá que su ejemplo anime a los sacerdotes a desempeñar con alegría y asiduidad este ministerio tan importante.

Este santo nos invita a poner a Dios por encima de todas las cosas, a considerarlo nuestro único y sumo bien.

En efecto, la razón última de la eficacia apostólica del Padre Pío, la raíz profunda de tan gran fecundidad espiritual se encuentra en la íntima y constante unión con Dios, de la que eran elocuentes testimonios las largas horas pasadas en oración y en el confesonario. Solía repetir: “Soy un pobre fraile que ora”, convencido de que la oración es la mejor arma que tenemos, una llave que abre el Corazón de Dios. Esta característica fundamental de su espiritualidad continúa en los Grupos de oración fundados por él, que ofrecen a la Iglesia y a la sociedad la formidable contribución de una oración incesante y confiada. Además de la oración, el Padre Pío realizaba una intensa actividad caritativa. Oración y caridad: he aquí una síntesis muy concreta de la enseñanza del Padre Pío, que hoy se vuelve a proponer a todos.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 16 de junio de 2002

El Padre Pío en los altares (IV)


“Mi yugo es suave y mi carga ligera”. Las palabras de Jesús a los discípulos podemos considerarlas como una magnífica síntesis de toda la existencia del Padre Pío de Pietrelcina. La imagen evangélica del yugo evoca las numerosas pruebas que el humilde capuchino de San Giovanni Rotondo tuvo que afrontar. Hoy contemplamos en él cuán suave es el yugo de Cristo y cuán ligera es realmente su carga cuando se lleva con amor fiel. La vida y la misión del padre Pío testimonian que las dificultades y los dolores, si se aceptan por amor, se transforman en un camino privilegiado de santidad, que se abre a perspectivas de un bien mayor, que sólo el Señor conoce.

“En cuanto a mí, Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo”. ¿No es precisamente el gloriarse de la cruz, lo que más resplandece en el Padre Pío? ¡Cuán actual es la espiritualidad de la cruz que vivió el humilde capuchino de Pietrelcina! Nuestro tiempo necesita redescubrir su valor para abrir el corazón a la esperanza.

En toda su existencia buscó una identificación cada vez mayor con Cristo crucificado, pues tenía una conciencia muy clara de haber sido llamado a colaborar de modo peculiar en la obra de la redención. Sin esta referencia constante a la cruz no se comprende su santidad.

En el plan de Dios, la cruz constituye el verdadero instrumento de salvación para toda la humanidad y el camino propuesto explícitamente por el Señor a cuantos quieren seguirlo. Lo comprendió muy bien el santo fraile del Gargano, el cual, en la fiesta de la Asunción de 1914, escribió: “Para alcanzar nuestro fin último es necesario seguir al divino Guía, que quiere conducir al alma elegida sólo a través del camino recorrido por Él, es decir, por el de la abnegación y el de la cruz”.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 16 de junio de 2002

El Padre Pío en los altares (III)


El Padre Pío, además de su celo por las almas, se interesó por el dolor humano, promoviendo en San Giovanni Rotondo un hospital, al que llamó: “Casa de alivio del sufrimiento”. Sabía bien que quien está enfermo y sufre no sólo necesita una correcta aplicación de los medios terapéuticos, sino también y sobre todo un clima humano y espiritual que le permita encontrarse a sí mismo en la experiencia del amor de Dios y quiso mostrar que los milagros ordinarios de Dios pasan a través de nuestra caridad.

El Padre Pío solía repetir: “Abandonaos plenamente en el Corazón divino de Cristo, como un niño en los brazos de su madre”. Que esta invitación penetre también en nuestro espíritu como fuente de paz, de serenidad y de alegría. ¿Por qué tener miedo, si Cristo es para nosotros el camino, la verdad y la vida? ¿Por qué no fiarse de Dios que es Padre, nuestro Padre?

“Santa María de las gracias”, a la que el humilde capuchino de Pietrelcina invocó con constante y tierna devoción, nos ayude a tener los ojos fijos en Dios. Que ella nos lleve de la mano y nos impulse a buscar con tesón la caridad sobrenatural que brota del costado abierto del Crucificado.

Y tú, Padre Pío, dirige desde el cielo tu mirada hacia nosotros. Intercede por aquellos que en todo el mundo elevan a ti sus súplicas. Ven en ayuda de cada uno y concede la paz y el consuelo a todos los corazones.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 2 de mayo de 1999

El Padre Pío en los altares (II)


No menos dolorosas, y humanamente tal vez aún más duras, fueron las pruebas que el Padre Pío tuvo que soportar, por decirlo así, como consecuencia de sus singulares carismas. Como testimonia la historia de la santidad, Dios permite que el elegido sea a veces objeto de incomprensiones. Cuando esto acontece, la obediencia es para él un crisol de purificación, un camino de progresiva identificación con Cristo y un fortalecimiento de la auténtica santidad.

Muchos, encontrándose directa o indirectamente con el Padre Pío, han recuperado la fe, siguiendo su ejemplo. A quienes acudían a él les proponía la santidad, diciéndoles: “Parece que Jesús no tiene otra preocupación que santificar vuestra alma”.

Si la Providencia divina quiso que realizase su apostolado sin salir nunca de su convento, casi plantado al pie de la cruz, esto tiene un significado. Un día, en un momento de gran prueba, el Maestro divino lo consoló, diciéndole que “junto a la cruz se aprende a amar”.

Sí, la cruz de Cristo es la insigne escuela del amor; más aún, el manantial mismo del amor. El amor de este fiel discípulo, purificado por el dolor, atraía los corazones a Cristo y a su exigente evangelio de salvación.

Al mismo tiempo, su caridad se derramaba como bálsamo sobre las debilidades y sufrimientos de sus hermanos.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 2 de mayo de 1999

El Padre Pío en los altares (I)


Este humilde fraile capuchino ha asombrado al mundo con su vida dedicada totalmente a la oración y a la escucha de sus hermanos.

Innumerables personas fueron a visitarlo al convento de San Giovanni Rotondo, y esas peregrinaciones no han cesado, incluso después de su muerte. Cuando yo era estudiante, aquí en Roma, tuve ocasión de conocerlo personalmente.

“El que cree en mí, también hará las obras que yo hago, e incluso mayores”. Escuchamos estas palabras de Cristo y nuestro pensamiento se dirige al humilde fraile capuchino del Gargano. La vida de este humilde hijo de san Francisco fue un constante ejercicio de fe, corroborado por la esperanza del cielo, donde podía estar con Cristo.

¿Qué otro objetivo tuvo la durísima ascesis a la que se sometió el Padre Pío desde su juventud, sino la progresiva identificación con el divino Maestro, para estar donde está Él? Quien acudía a San Giovanni Rotondo para participar en su misa, para pedirle consejo o confesarse, descubría en él una imagen viva de Cristo doliente y resucitado. En el rostro del Padre Pío resplandecía la luz de la Resurrección. Su cuerpo, marcado por los estigmas, mostraba la íntima conexión entre la muerte y la resurrección. Para el Padre Pío la participación en la Pasión tuvo notas de especial intensidad: los dones singulares que le fueron concedidos y los consiguientes sufrimientos interiores y místicos le permitieron vivir una experiencia plena y constante de los padecimientos del Señor, convencido firmemente de que el Calvario es la montaña de los santos.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 2 de mayo de 1999

Tres Beatos padres de familia

Los Beatos José Tovini, Ladislao Batthyány Strattmann y José Toniolo

El 20 de septiembre de 1998, en la homilía de la beatificación de José Tovini, Juan Pablo II dijo: Un gran testigo del Evangelio encarnado en las vicisitudes sociales y económicas de la Italia del siglo pasado es, ciertamente, el beato Giuseppe Tovini. Brilla por su profunda espiritualidad familiar y laical, así como por el empeño con que se prodigó para mejorar la sociedad. Tovini, ferviente, leal y activo en la vida social y política, proclamó con su vida el mensaje cristiano, siempre fiel a las indicaciones del Magisterio de la Iglesia. La defensa de la fe fue su constante preocupación, pues, como afirmó en un congreso, estaba convencido de que “nuestros hijos sin la fe no serán jamás ricos; con la fe no serán jamás pobres”. Gracias a la competencia jurídica y al rigor profesional que lo distinguían, promovió y guió numerosas organizaciones sociales, con el deseo de dar a conocer la doctrina y la moral cristiana. Consideró el esfuerzo por la educación como una prioridad. La honradez y la coherencia de Tovini tenían sus raíces en su relación profunda y vital con Dios, que alimentaba constantemente con la Eucaristía, la meditación y la devoción a la Virgen. De la escucha de Dios en la oración constante obtenía la luz y la fortaleza para las grandes batallas sociales y políticas que debió sostener a fin de tutelar los valores cristianos.

El 23 de marzo de 2003, en la beatificación del Venerable Ladislao, el mismo Papa dijo: “Lo débil de Dios es más fuerte que la fuerza de los hombres” (1 Co 1, 25). Estas palabras del apóstol san Pablo reflejan la devoción y el estilo de vida del beato Ladislao Batthyány Strattmann, que fue padre de familia y médico. Utilizó la rica herencia de sus nobles antepasados para curar gratuitamente a los pobres y construir dos hospitales. Su mayor interés no eran los bienes materiales; en su vida no buscó el éxito y la carrera. Eso fue lo que enseñó y vivió en su familia, convirtiéndose así en el mejor testigo de la fe para sus hijos. Sacando su fuerza espiritual de la Eucaristía, mostró a cuantos la divina Providencia ponía en su camino la fuente de su vida y de su misión. El beato Ladislao jamás antepuso las riquezas de la tierra al verdadero bien, que está en los cielos. Que su ejemplo de vida familiar y de generosa solidaridad cristiana anime a todos a seguir fielmente el Evangelio.

El 29 de abril de 2012, el Cardenal Salvatore De Giorgi, en la homilía de la beatificación de José Toniolo, dijo: El profesor Giuseppe Toniolo fue un ejemplo de padre de familia, como sabio educador de los jóvenes en la búsqueda de la verdad, como laico en la Acción Católica, testigo del Reino de Dios en el mundo de la cultura, la economía y la política. De ahí su firme decisión: “Quiero ser santo”. En su vida espiritual y profesional, valoró los medios siempre presentes del ascetismo cristiano: oración, meditación, misa diaria y comunión, confesión frecuente, examen de conciencia, dirección espiritual, retiros mensuales y ejercicios espirituales anuales. Un verdadero contemplativo de la acción. Casado y padre de siete hijos, consideraba a la familia el lugar principal de su santificación y misión.

Santos Patronos de las embarazadas

San Ramón Nonato, San Gerardo Mayela y Santo Domingo Savio

Oh excelso patrono, San Ramón, a vos, glorioso protector acudo para que bendigáis al hijo que llevo en mi seno. Protegedme a mí y al hijo de mis entrañas ahora y durante el parto. Os prometo educarlo según las leyes y mandamientos de Dios. Escuchad mis oraciones, bendito protector mío, San Ramón, y hacedme madre feliz de este hijo que espero dar a luz por medio de vuestra poderosa intercesión. Amén.

A ti te invocamos, Dios y Padre nuestro, Señor de toda vida, que concediste a San Gerardo, a lo largo de su corta existencia, un especial cuidado por la vida naciente y las mujeres embarazadas. Bendice, por intercesión de san Gerardo, a todas las mujeres que esperan un nuevo nacimiento y a los hijos que llevan en sus entrañas, para que ambos lleguen sanos a un feliz alumbramiento. Y a toda tu Iglesia dale el don de amar, anunciar, defender y ofrecer la vida, como hizo nuestro Redentor Jesucristo, que vive y reina contigo por los siglos de los siglos. Amén.

Señor Jesús, por intercesión de Santo Domingo Savio, patrono de las mujeres embarazadas y de los matrimonios que tienen problemas para concebir, te ruego por esta dulce criatura que llevo en mi seno. Tú me has concedido el inmenso don de esta pequeña vida que crece dentro de mí. Humildemente te doy gracias por haberme escogido como instrumento de tu amor. En esta dulce espera, ayúdame a vivir en continuo abandono a tu divina voluntad. Concédeme el corazón de una madre pura, valiente y generosa. Te ofrezco todas mis preocupaciones, miedos y necesidades en favor de este bebé que está por venir. Haz durante la gestación no sufra ningún mal, que se forme en mi interior con toda normalidad, que el parto sea sin problemas y que este bebé pueda nacer sano. Aparta de él todo mal físico y todo peligro para su alma. Y a ti, oh María, que gozaste de las inefables alegrías de una maternidad santa, dame un corazón capaz de transmitir una fe viva y ardiente. Santifica y bendice mi dulce espera, y por medio de tu ayuda y la de tu Divino Hijo, concédeme, por intercesión de Santo Domingo Savio, que en el fruto de mi vientre pueda florecer una vida de virtud y santidad. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén

Fuente: Cf. devocionario.com

Invoquemos la intercesión de los Santos


Los Santos, que ya poseen a Dios en el cielo, cuidan de nuestra santificación y nos ayudan a adelantar en el ejercicio de la virtud con su poderosa intercesión y los buenos ejemplos que nos dejaron: debemos, pues, venerarlos; son poderosos intercesores: debemos invocarlos; son nuestros modelos: debemos imitarlos.

Debemos venerarlos, y, al venerarlos, veneramos a Dios y a Jesucristo en ellos.

Debemos invocarlos, porque, con su poderosa intercesión nos alcanzarán más fácilmente las gracias de que hemos menester.

Ante todo debemos imitar sus virtudes. Todos ellos trabajaron por copiar en sí los trazos del divino modelo, y todos ellos pueden decirnos con San Pablo: “Sed imitadores míos como yo lo fui de Jesucristo”. A cada cual pediremos especialmente la virtud en que sobresalió, seguros de que tiene gracia especial para alcanzárnosla.

Nuestra devoción, pues, será ante todo hacia los Santos que vivieron en la misma condición de vida que nosotros, que se emplearon en los mismos oficios y practicaron la virtud de que habernos mayor menester. Por otra parte, hemos de tener especial devoción a nuestros santos patronos, considerando como un indicio providencial, del que hemos de aprovecharnos, el hecho de llevar su nombre. Mas, si por razones especiales, la gracia nos inclina hacia éste o el otro santo, cuyas virtudes dicen mejor con las necesidades de nuestra alma, no hay inconveniente alguno en dedicarnos a imitarlos, siempre con el consejo de un sabio director.

Entendida así la devoción a los Santos, es provechosa en extremo: los ejemplos de aquellos que tuvieron las mismas pasiones que nosotros, padecieron las mismas tentaciones, y, con todo ello, favorecidos con las mismas gracias, alcanzaron la victoria, son un poderoso estímulo que aguijoneará nuestra dignidad, y hará que formemos enérgicos propósitos y trabajemos con constancia en ponerlos por obra. Las oraciones de ellos pondrán la última mano en la obra y nos ayudarán a caminar sobre sus huellas.

Fuente: Adolfo Tanquerey, Compendio de Teología ascética y mística

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