Una mujer salvada por su materidad

“Las parteras tuvieron temor de Dios, y en lugar de acatar la orden que les había dado el rey de Egipto, dejaban con vida a los recién nacidos” (Ex. 1, 17)

Chiara se hace una revisión más a fondo. Esta ecografía es tridimensional y a color. La imagen de Maria Grazia Letizia se ve muy nítida. Se mueve, se chupa el dedo y da patadas. Y su problema se percibe perfectamente: la pequeña no tiene la caja craneal. El médico de turno le dice a Chiara que, si hubiera visto antes una ecografía, todavía se podría haber hecho algo. “¿Para prevenir la enfermedad?”. “No, para abortar”. Para ella, que acaba de ver a su hija moverse, es un golpe bajo. “Era claro y evidente que Maria no podría sobrevivir después de nacer. Pero era igual de evidente que estaba viva y estaba haciendo todo lo posible por crecer. Yo no me sentía inclinada a ir en contra de ella, sino a apoyarla como pudiera y no anteponerme a su vida”.

Ella y Enrico habían expresado el deseo de hacerse cargo de niños maltratados a los que nadie amaba, “y el Señor nos ha encomendado una criatura maravillosa, que muchos han desechado, odiado y arrojado al cubo de la basura de un hospital”, escribe Chiara.

Para muchos médicos, el aborto, en este caso, es una opción indiscutible. Hay quien duda que interrumpir este embarazo sea un aborto, como si la niña no existiera.

Una nueva vida no viene a robarnos nada, sino a enriquecernos con su presencia. Una mujer que aborta, es una mujer engañada. “Si te compras una casa con el dinero que has ahorrado matando a tu hijo, esa casa está maldita”.

“Si hubiera abortado, habría sido un momento que hubiera intentado olvidar. El día del nacimiento de María lo podré recordar, en cambio, como uno de los más bonitos de mi vida. Lo que quiero decir a las madres que han perdido a sus hijos es esto: hemos sido madres, hemos tenido este don. No importa el tiempo, lo que cuenta es que hemos recibido este don... y no es algo que se pueda olvidar”.

“Dios imprime la verdad dentro de cada uno de nosotros y no es posible malinterpretarla”. Abortar es rechazar un don. Los padres que acogen a un niño acogen a Dios.

Fuente: Cristiana Troisi, Nacemos para no morir nunca

Amar hasta dar la vida

“No hay amor más grande que dar la vida por aquellos que se ama...”

María Cristina Mocellin estaba enferma de cáncer cuando Ricardo, su hijo menor, tenía sólo dos meses de concebido. Su ejemplo, similar al de santa Gianna Beretta Molla, nos muestra lo que significa amar hasta dar la vida.

Vale la pena releer la carta que quiso dejar a su pequeño Ricardo antes de morir:

“Querido Ricardo, cuando supimos que existías, te amamos y quisimos con todas nuestras fuerzas. Recuerdo el día en el que el doctor me dijo que volvían a diagnosticarme tumor en la ingle. Mi reacción fue la de repetir varias veces: ¡estoy embarazada!, ¡estoy embarazada! Me opuse con todas mis fuerzas a renunciar a ti, tanto que el médico comprendió todo y no añadió nada más. Aquella tarde, en el coche, de regreso del hospital, cuando te moviste por primera vez, parecía que me decías: ¡Gracias mamá por amarme! ¿Y cómo podríamos no amarte? Pienso que no existe ningún sufrimiento en el mundo que no valga la pena por un hijo. El Señor ha querido llenarnos de alegría: tenemos tres niños maravillosos que, si Él así lo querrá, con su gracia, podrán crecer como Él desee. Sólo puedo dar gracias a Dios porque ha querido hacernos este regalo tan grande, nuestros hijos.”

El 22 de Octubre de 1995, antes de fallecer, repetía: “Hacer tu Voluntad Señor, es mi paz”. Su causa de beatificación ha sido iniciada en la diócesis de Padua donde vive todavía la familia Mocellin, difundiendo el luminoso ejemplo de la Sierva de Dios.

Oración: Oh Señor, fuente de todo bien, Tú has iluminado de manera admirable a esta joven madre, y se ha convertido en un ejemplo de fe, de vida familiar y de defensa de la vida. María Cristina ha preparado y construido una familia verdaderamente cristiana, haciendo que cada elección de su vida estuviera de acuerdo con el Evangelio. En la Eucaristía siempre encontró el consuelo y el valor para afrontar todas las dificultades de la vida. Te pedimos, oh Padre, que te dignes glorificar en la tierra a esta tu humilde Sierva, que por tu bondad, confiamos que ya la has recompensado en el cielo. Que su vida sea un ejemplo para nuestras familias cristianas. Te lo pedimos por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Fuente: Cf. amicidicristinaonlus.it

“Dios me ve”

El Beato Esteban Nehme, monje maronita

Los contemporáneos y amigos del beato Esteban relatan que siempre repetía, en secreto y en público, esta expresión: “Dios me ve”. Tenía ante los ojos a Dios, y hacía todo su trabajo como si estuviera en presencia de Dios. Repetía esta expresión seguro de que Dios le estaba mirando fijamente, penetrando en lo más profundo de su ser, para sondear sus pensamientos y sus deseos.

“Dios me ve” era el lema de su vida, meditaba en su significado espiritual y se refugiaba en él cuando las tentaciones y las dificultades turbaban la lucidez de su espíritu y la pureza de su mente. El pensamiento en Dios dominaba todos sus pensamientos. Dios y siempre Dios. Dios está aquí, murmura en su corazón, y así el trabajo se hace con más ánimo y el dolor se vuelve menos intenso. “Dios me ve” y la obediencia se vuelve más fácil, la pobreza se vuelve agradable, la tentación se aleja. “Dios me ve” y la intención se vuelve pura, los méritos se multiplican. “Dios me ve” y el pensamiento en Dios no nos abandona.

El beato tenía el pensamiento en Dios y a Dios a su alrededor. En el canto de los pájaros, el verdor de los árboles, en el trabajo, en todo esto veía a Dios. Lo veía en estas cosas aún más que en las fortunas y el dinero, y más que en la buena salud. No es suficiente para el amor la presencia del amado, sino hablar con él con respeto, confianza y alegría. Rezaba “Dios me ve” con mucho respeto. El Padrenuestro, que era un acto de esperanza y gratitud para él, lo rezaba de tal manera que la presencia de Dios llenaba su corazón de alegría y consuelo. Jamás empezaba un trabajo o una oración antes de decir con humildad: “Ahora voy a hablar a Dios, Dios me ve.” Así su interior se enciende más y más, se eleva con una piedad ardiente, y le cubre una paz celestial.

“Dios me ve” era el lema que había realizado efectivamente, haciendo todo lo que complace a Dios. Decidió vivir bajo la mirada de Dios, estar ante los ojos de Dios y gozar envuelto en su Divina Presencia, dándonos un ejemplo a imitar.

Fuente: Cf. estephannehme.org

Para Dios nada es imposible


Conozco a Abby desde hace años, tanto cuando estaba a un lado de la verja del centro que dirigía como al otro. He visto a cientos de creyentes rezando a sus puertas año tras año, no sólo por las madres y los niños, también por Abby y sus colegas. Al final el amor ganó el corazón de Abby, y Dios ha transformado su vida en un testimonio sorprendente e inspirador para muchas personas.

Nunca pudimos imaginar que iban a suceder estas cosas, pero afortunadamente Dios lo hizo así. Quiso que nuestro compromiso de oración y discernimiento se convirtiera en algo que llegara a cambiar la vida de tanta gente.

Ahora te toca a ti.

¿Ignorarás la llamada de Dios para "hablar por aquellos que no pueden hacerlo por sí mismos"?

Sabiendo que hay millones de vidas en juego, creo que tomarás la decisión correcta, urgido a poner en práctica tu fe. Y, cuando lo hagas, no dejaré de leer sobre las personas que cambiaron gracias a ti, sobre las vidas que salvaste, los centros que se clausuraron, los trabajadores convertidos y las almas que quedaron impactadas.

Quién sabe; quizá lo que hagas pueda ayudar a marcar el comienzo del fin del aborto en el mundo.

Fuente: Abby Johnson, Sin planificar

El amor conyugal en palabras de la emperatriz Zita


Los aniversarios del fallecimiento del emperador solían ser dolorosos para ella, ya que reavivaban los recuerdos y la hacían sentir de nuevo y con mayor intensidad la pérdida.

El 21 de marzo de 1924 escribía:

...Revivo ahora los crueles días de hace dos años y mi corazón se duele en lo más hondo. El corazón humano es así; ni siquiera la perfecta dicha de que goza en el cielo y la alegría que experimentó por él son capaces de llenar el terrible vacío que se hizo en mí hace dos años. Me dirá usted: ¡es Dios quien debe ocupar ese lugar! Lo sé, todo el mundo me lo dice y yo me lo digo a mí misma. Pero esto no pasa tan rápido, por bueno que sea el consejo. Por otra parte, el mismo Señor, que era Dios, ¿no buscó en el Huerto de los Olivos en tres ocasiones el consuelo de sus discípulos? Y sus discípulos no le entendían ¡e incluso ignoraban en parte quién era Él! En mi caso, se trata de un corazón meramente humano, y lo que Dios se ha llevado es ese otro corazón que Él me había entregado y con el que yo compartía todos los sentimientos, todos los pensamientos, todas las alegrías, todas las penas. Por eso comprenderá usted que esto no pase pronto ni fácilmente.

¡Qué bello testimonio de amor conyugal! Al otro se le considera un don de Dios, un corazón que Dios entrega para compartir. Y un corazón que Él retoma para darle la felicidad. Sin embargo, esta certeza de la fe y el abandono en la Divina Providencia no restan nada al dolor de la soledad: ahora es viuda y debe enfrentarse ella sola a la educación de sus hijos. Ya no tiene a ese otro yo que es el buen amigo en quien volcar todos los sentimientos, los de felicidad y los de pesar. En pocas palabras, le falta ese corazón sobre el que reclinar la cabeza, como hizo san Juan sobre el pecho del Señor. Y, sin embargo, quería amar a Dios, quien debía llenar ese lugar, pero por el momento solo era capaz de unirse al Mesías en la soledad de su agonía en Getsemaní.

Fuente: Cyrille Debris, Zita, Retrato íntimo de una emperatriz

Modelo atrayente


¿Cómo se figuran los jóvenes que podía desenvolverse la vida de santidad de Domingo Savio? Se desarrolló en la forma más alegre. Durante doce años, con sus padres; y luego, durante tres años, con San Juan Bosco, entregado a los estudios de su edad, con la conciencia que no le remordía de nada, sino que lo alegraba, pasó contento su vida, y a este gozo de la vida correspondió el gozo de la muerte.

Desde aquel día los jóvenes han tenido un nuevo modelo y patrono.

Imitad, jóvenes, a este modelo tan atrayente y tan fácil de imitar.

Los jóvenes odian el aburrimiento y aman la alegría. He aquí: esta vida es una vida toda de alegría.

Los jóvenes aman la gloria, y he aquí la gloria verdadera, la gloria auténtica, la gloria más hermosa. Este pequeño piamontés, al presente es conocido en todo el mundo.

Alegría, pues, y gloria y todo bien. Por otra parte, el imitarlo es fácil. No hizo penitencias especiales, no porque él no hubiera querido hacerlas, sino porque, prudentemente no le dieron permiso. Su gloria fue esta: “¡Prefiero morir antes que mancharme!” El amor a María y a la Santísima Eucaristía le dieron la fuerza y el medio para mantener aquellas palabras. Sea pues, vuestra palabra: “Prefiero morir antes que pecar y quiero encender en mi corazón cada día más, el amor por la Eucaristía y por María”. Y este modelo os ayudará a mantener vuestros propósitos.

Fuente: Card. Máximo Massimi, Discurso del 9 de marzo de 1950

Joven eucarístico


El Señor habita en sus tabernáculos: nosotros podemos hablarle todas las veces que lo deseemos, podemos llegarnos a Él, estar junto a Él. Esta es la respuesta que la humanidad debería dar a la Eucaristía, pero, desgraciadamente, no la da: Tabernáculos sin adoradores, Comunión no lo suficientemente frecuente, asistencia no devota a la santa Misa.

Pero Savio no obraba así. El Señor le concedió una doble gracia, porque cuando se solía retardar la Comunión, él fue admitido a hacerla a los siete años; cuando se trataba de establecer la frecuencia de la Comunión, él fue autorizado para hacerla diariamente. Todo lleno de amor a la Eucaristía, él razonaba así: “Soy feliz, nada me falta, falta solo el Paraíso que poseeré, el día en que pueda ver sin velos aquello que ahora adoro escondido en el altar; pero en realidad soy feliz desde ahora, porque lo que necesito, Él me lo da, ¡acudo a Él!”

No una sino varias horas permanecía delante de Jesús Sacramentado, como en aquel día célebre, en que, haciendo la acción de gracias a la Comunión, perdió por completo la idea del tiempo y fue hallado por la tarde, todavía en adoración.

Fervor eucarístico auténtico, es pues, el que Domingo nos enseña.

No tenía nobleza de blasón, porque era hijo de un herrero, pero, indelebles le corresponden los magníficos títulos de joven angélico, mariano y eucarístico.

Fuente: Card. Máximo Massimi, Discurso del 9 de marzo de 1950

Joven angélico


La razón exige que se combata el pecado, porque si el pecado es combatido, todo irá bien. Donde no está el pecado, está la belleza de la imagen de Dios y todo bien.

Cosa que Domingo comprendió perfectísimamente, desde el primer momento, porque, cuando a los siete años hizo la primera Comunión, escribió: “la muerte antes que pecar”. Estas palabras son sencillas, pero no se podrán decir otras más hermosas. Las expresó y durante toda la vida mantuvo constante este pensamiento. Y en la última noche de su vida dijo así: “¡Lo repito y lo diré mil veces: antes la muerte que pecar!” Aquí está la base de toda la gloria de Domingo Savio.

No fueron simples palabras, sino que toda su vida se inspiró en esta idea: “Quiero llevar una guerra sin cuartel contra el pecado mortal”. No solo buscó evitar el pecado en sí mismo, sino que trató de combatirlo en los demás, para arrancarlo del alma de los otros.

La lucha contra el pecado fue llevada victoriosamente por Savio, durante toda la vida. Es la gloria a que debería aspirar cada uno de nosotros. Es menester evitar el pecado por todos los medios, tratar de destruir el pecado en cualquier forma.

Obrando de esta suerte, Savio se asemejó a los Ángeles buenos que no pecaron. Mamá Margarita le decía al hijo (Don Bosco): “Mira cómo está Domingo en la iglesia, ¡está como un ángel del Paraíso!”

Fuente: Card. Máximo Massimi, Discurso del 9 de marzo de 1950

Un sueño de Don Bosco


Vi entonces una multitud de gente dispersa por aquellos jardines que se divertía en medio de la mayor alegría.

Domingo Savio se adelantó solo, dando unos pasos hacia mí y se detuvo tan cerca de donde yo estaba que si hubiese extendido la mano, ciertamente le habría tocado. Callaba y me miraba también él sonriente. ¡Qué hermoso estaba! Su vestido era realmente singular. Le caía hasta los pies una túnica blanquísima. Ceñía su cintura con una amplia faja roja. Todos llevaban la cintura ceñida por una faja roja.

Comprendí entonces que la faja de color de sangre, era símbolo de los grandes sacrificios hechos, de los violentos esfuerzos y casi del martirio sufrido por conservar la virtud de la pureza; y que, para mantenerse casto en la presencia del Señor, hubiera estado pronto a dar la vida, si las circunstancias así lo hubiesen exigido; y que al mismo tiempo simbolizaba las penitencias que libran al alma de la mancha de la culpa. La blancura y esplendor de la túnica representaban la conservación de la inocencia bautismal.

“¿Qué hizo de extraordinario Domingo Savio en sus casi 15 años de vida? Lo que también podéis hacer vosotros: eligió por lema "antes morir que pecar", se propuso hacer felices a sus compañeros, estar entre ellos como elemento catalizador, enseñar catecismo a los más pequeños; unió a una alegría grande, el estudio serio; y ha llegado a santo con una existencia no milagrosa, sino heroicamente generosa. Todos podéis asemejaros a Santo Domingo Savio si queréis; y os lo deseo de todo corazón” (San Juan Pablo II, Audiencia general del 6 de mayo de 1981)

Fuente: Cf. Los sueños de Don Bosco

Una joven que asumió su enfermedad como camino de santidad


“Una joven laica que se presenta como excelso modelo para la Iglesia de hoy, sobre todo para los jóvenes y para los enfermos”. Así definió el Cardenal Becciu, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos a Benedetta Bianchi, beatificada el 14 de septiembre de 2019. Benedetta padeció desde su adolescencia una poliomielitis que le produjo graves secuelas físicas y una rara enfermedad degenerativa que terminaría causándole una parálisis total y, finalmente, la muerte.

En la homilía de la Misa de beatificación el Cardenal Becciu destacó que la beata Benedetta Bianchi, fallecida en el año 1964 a los 27 años, “fue un verdadero testimonio de la cruz. Ella inmoló su propia vida siguiendo el ejemplo de Jesús y en unión con Él. Nos encontramos ante una existencia fascinante: la grandeza humana y espiritual de una joven extraordinariamente dotada, que consiguió superar valientemente, y traducir en clave evangélica, las condiciones más negativas que puedan acompañar a un individuo”.

El Cardenal destacó que, como consecuencia de su enfermedad, todo el cuerpo de Benedetta “se convirtió en un crucifijo viviente: sordera, ceguera, parálisis, insensibilidad, privación del olfato, afonía, la casi total anulación de las comunicaciones con las personas y con su entorno”. Sin embargo, “esta secuencia de sufrimientos y de destrucción física llevará a Benedetta a una profunda unión con Dios en la oración y, por lo tanto, a una gran heroicidad en el ejercicio de todas las virtudes”.

“Gracias a Benedetta, concluyó el Cardenal, comprendemos algo más la sabiduría de la Cruz y le estamos profundamente agradecidos por habernos conducido hacia la comprensión del sufrimiento que, abrazada a la cruz, abre las puertas del cielo y se convierte en vehículo de luz que aclara cuanto de absurdo e incomprensible pueda haber en la existencia humana”.

Fuente: aciprensa.com

Santa Margarita Bays laica, catequista y apóstol de la oración

Margarita Bays, Suiza 1815-1879, canonizada el 13 de octubre de 2019

Margarita Bays era una laica humilde, cuya vida estaba oculta con Cristo en Dios. Se trataba de una mujer muy sencilla, con una vida normal, en la que todos podríamos reconocernos. No hizo nada extraordinario y, sin embargo, su existencia fue un largo y silencioso camino hacia la santidad. En la Eucaristía, la cumbre de su jornada, Cristo era su alimento y su fuerza. A través de la meditación de los misterios del Salvador, especialmente del misterio de la Pasión, logró llegar a la unión transformante con Dios. Algunos de sus contemporáneos pensaban que sus largos momentos de oración eran una pérdida de tiempo. Pero cuanto más intensa era su oración, más se acercaba a Dios y más se dedicaba al servicio de sus hermanos. Porque sólo aquel que reza conoce realmente a Dios. De esta manera descubrimos el importante lugar que ocupa la oración en la vida del laico. La oración no nos aleja del mundo. Al contrario, libera el ser interior, dispone al perdón y a la vida fraterna. La misión vivida por Margarita Bays es la misión que incumbe a todo cristiano.

Cuando enseñaba el catecismo a los niños de su pueblo, trataba de presentarles el mensaje del Evangelio con un lenguaje comprensible para ellos. Se ocupaba también desinteresadamente de los pobres y los enfermos. Aunque nunca salió de su país, tenía el corazón abierto a las dimensiones de la Iglesia universal y del mundo. Con el espíritu misionero que la caracterizaba, introdujo en su parroquia las obras de la Propagación de la fe y de la Santa Infancia. En Margarita Bays descubrimos todo lo que el Señor hizo para hacerla llegar a la santidad: Margarita caminó humildemente con Dios, ejecutando cada gesto de su vida diaria por amor.

Margarita Bays nos exhorta a hacer de nuestra existencia un camino de amor y nos recuerda nuestra misión en el mundo: anunciar el Evangelio en cualquier ocasión, ya sea o no oportuna, y en particular a los jóvenes. Nos invita a hacerles descubrir la grandeza de los sacramentos de la Iglesia. ¿Cómo podrían los jóvenes de hoy reconocer al Salvador en su camino, si no se les inicia a los misterios cristianos? ¿Cómo podrían acercarse a la mesa eucarística y al sacramento del perdón si nadie les hace descubrir su riqueza, como supo hacerlo Margarita Bays?

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 29 de octubre de 1995

El testimonio de una madre


Me llamo Rosa Pich. Nací en Barcelona hace algo más de 50 años y soy la octava de 16 hermanos. Me casé en el 89 con quien ha sido mi más fiel acompañante, José María Postigo. Él era el séptimo de 14 hermanos.

Mi marido y yo teníamos la ilusión de formar una familia numerosa. Nos casamos jóvenes: él con 28 y yo con 23 años. Ambos proveníamos de familias numerosas. Al año de casarnos tuvimos la ilusión de ver llegar a nuestra primera hija, pero a las pocas horas de nacer tuvieron que llevársela de nuestro lado pues había nacido con una cardiopatía muy severa y debían trasladarla a un hospital con más medios técnicos. Esos primeros días, los médicos nos avisaron de que no viviría más de tres años; pero gracias a Dios, con operaciones y marcapasos, vivió hasta los 22. Nuestro segundo hijo, Javi, murió al año y medio, también a causa de un problema de corazón. Nuestra tercera hija, Montsita, murió a los 10 días, pues había nacido sin aorta. En menos de cuatro meses tuvimos que enterrar a dos de nuestros hijos y con la incertidumbre de que la mayor pudiera sobrevivir: fueron tiempos difíciles.

Los médicos nos aconsejaron que no tuviéramos más hijos pues, si hasta ese momento todos habían nacido enfermos, los siguientes también nacerían con problemas. “No tengáis más hijos” fue el mensaje claro y directo. Pero nacieron 15 más. La decisión de papá y mamá de engendrar una nueva vida es una decisión de los dos, y solo nosotros decidimos sobre estos aspectos.

Mi marido se falleció el 6 de marzo de 2017 debido a un cáncer de hígado. Ahora nos cuida desde Arriba. Es muy duro, pero gracias a la fe en Dios Padre, estar delante del Santísimo, rezar el Rosario todos los días en familia, la Misa diaria, gracias a que me siento querida y arropada por 15 hijos es posible tomar la Cruz y seguir adelante.

Fuente: Cf. comoserfelizconunodostreshijos.com

Comienza la Novena del Beato Carlos de Austria

El Beato Carlos de Austria, modelo de laico santo

En 1908, uno de los allegados de Carlos dirá de él: “El sincero amor del joven archiduque hacia todas las bellezas de la naturaleza revelaba a un ser profundamente bueno que adoraba al Creador a través de todas sus obras, dejando adivinar a un hombre totalmente desprovisto de desconfianza y de odio, que acogía a todos con el corazón abierto”. En 1909, Carlos conoce a la princesa Zita de Borbón-Parma, cinco años más joven que él. Carlos obtiene autorización del emperador Francisco José para pedir su mano. Después de la Misa de compromiso, Carlos insinúa a Zita: “Ahora debemos ayudarnos mutuamente a ganar el Cielo”. Preparada mediante un retiro espiritual, la boda tiene lugar el 21 de octubre de 1911...

El 9 de marzo de 1922, en el destierro en Portugal, el emperador se resfría tras haber subido a pie desde Funchal, a la villa, para comprar un regalo de cumpleaños a uno de sus hijos. Sus últimos días son los de un santo. El día 29, Carlos confiesa: "¿No es una bendición tener una confianza ilimitada en el Sagrado Corazón?". El 1 de abril, primer sábado de mes, el emperador-rey deja tras él una viuda que espera su octavo hijo. El 13 de mayo, aniversario de la primera aparición de la Virgen en Fátima, Zita consagra su familia al Corazón Inmaculado de María, antes de abandonar Madeira hacia España.

Carlos I dio un admirable testimonio de conformidad a la divina Providencia. Por eso la Iglesia lo propuso como ejemplo por la beatificación. Puede aplicársele el siguiente pasaje del Libro de la Sabiduría: En cambio, las almas de los justos están en las manos de Dios y no les alcanzará tormento alguno. Creyeron los insensatos que habían muerto; tuvieron por quebranto su salida de este mundo, y su partida de entre nosotros por completa destrucción; pero ellos están en la paz, por una corta corrección recibirán largos beneficios, pues Dios los sometió a prueba y los halló dignos de sí (Sb 3, 1-5).

Para rezar las oraciones de la Novena al Beato, haga clic aquí http://www.arcadei.org/BlogAnterior/files/Beato-Carlos-de-Austria.php

Fuente: Cf. Dom Antoine Marie, Cartas Espirituales, Abadía San José de Clairval


Don Bosco y Pier Giorgio Frassati

Tumbas de San Juan Bosco y del Beato Pier Giorgio Frassati en Turín

Turín es una ciudad que en el sector religioso-educativo tiene tradiciones insignes y literalmente ejemplares. Presenta figuras selectas de hombres y de jóvenes que, aun habiendo vivido en época distinta a la nuestra, son de una sorprendente actualidad y pueden ofrecer lecciones validísimas al mundo moderno. Entre los muchos nombres que podría citar, elegiré solamente dos. El primero es el de San Juan Bosco, que fue un gran educador de los jóvenes, hasta el punto de que su obra en favor de ellos ha tenido una amplia irradiación no sólo aquí en la región circundante, sino también en Italia y en el mundo. El segundo nombre es el de Pier Giorgio Frassati, que es figura más cercana a nuestro tiempo y nos muestra al vivo lo que realmente significa, para un joven laico, dar una respuesta concreta al “Ven y sígueme”. Basta echar una ojeada, aunque sea rápida, sobre su vida, que se consumó en el arco de apenas 24 años, para entender cuál fue la respuesta que Pier Giorgio supo dar a Jesucristo. El cristianismo es alegría, y quien lo profesa y lo refleja en su propia vida tiene el deber de testimoniar esa alegría, de comunicarla y difundirla en torno a sí. He aquí por qué he citado estas dos, figuras. Don Bosco: he ido de nuevo a visitar su tumba, y me ha, parecido siempre alegre, siempre sonriente. Y Pier Giorgio: era un joven de una alegría contagiosa, una alegría que superaba también tantas dificultades de su vida porque el período juvenil es siempre también un período de prueba de las fuerzas. (San Juan Pablo II, Discurso en Turín el 13 de abril de 1980)

Esta tarde no puedo menos de señalaros como modelo a un joven de vuestra ciudad, el beato Pier Giorgio Frassati. Su existencia se vio envuelta totalmente por la gracia y por el amor de Dios, y se consumió, con serenidad y alegría, en el servicio apasionado a Cristo y a los hermanos. Joven como vosotros, vivió con gran empeño su formación cristiana y dio su testimonio de fe, sencillo y eficaz. Un muchacho fascinado por la belleza del Evangelio de las Bienaventuranzas, que experimentó toda la alegría de ser amigo de Cristo, de seguirlo, de sentirse de modo vivo parte de la Iglesia. Queridos jóvenes, tened el valor de elegir lo que es esencial en la vida. “Vivir y no ir tirando”, repetía el beato Pier Giorgio. Que María, a la que veneráis en vuestros santuarios marianos, y san Juan Bosco, patrono de la juventud, os ayuden a seguir a Cristo sin cansaros nunca. (Benedicto XVI, Discurso en Turín el 2 de mayo de 2010)

El Padre Pío en los altares (VI)


“Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has revelado estas cosas a los pequeños”.

¡Cuán apropiadas resultan estas palabras de Jesús, cuando te las aplicamos a ti, humilde y amado Padre Pío!

Enséñanos también a nosotros, te lo pedimos, la humildad de corazón, para ser considerados entre los pequeños del Evangelio, a los que el Padre prometió revelar los misterios de su Reino.

Ayúdanos a orar sin cansarnos jamás, con la certeza de que Dios conoce lo que necesitamos, antes de que se lo pidamos.

Alcánzanos una mirada de fe capaz de reconocer prontamente en los que sufren el rostro mismo de Jesús.

Sostennos en la hora de la lucha y de la prueba y, si caemos, haz que experimentemos la alegría del sacramento del perdón.

Transmítenos tu tierna devoción a María, Madre de Jesús y Madre nuestra.

Acompáñanos en la peregrinación terrena hacia la Patria feliz, a donde esperamos llegar también nosotros para contemplar eternamente la gloria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 16 de junio de 2002

El Padre Pío en los altares (V)


El Padre Pío fue generoso dispensador de la misericordia divina, poniéndose a disposición de todos a través de la acogida, de la dirección espiritual y especialmente de la administración del Sacramento de la Penitencia. Los peregrinos tomando conciencia de la gravedad del pecado y sinceramente arrepentidos, volvían casi siempre para recibir el abrazo pacificador del perdón sacramental.

Ojalá que su ejemplo anime a los sacerdotes a desempeñar con alegría y asiduidad este ministerio tan importante.

Este santo nos invita a poner a Dios por encima de todas las cosas, a considerarlo nuestro único y sumo bien.

En efecto, la razón última de la eficacia apostólica del Padre Pío, la raíz profunda de tan gran fecundidad espiritual se encuentra en la íntima y constante unión con Dios, de la que eran elocuentes testimonios las largas horas pasadas en oración y en el confesonario. Solía repetir: “Soy un pobre fraile que ora”, convencido de que la oración es la mejor arma que tenemos, una llave que abre el Corazón de Dios. Esta característica fundamental de su espiritualidad continúa en los Grupos de oración fundados por él, que ofrecen a la Iglesia y a la sociedad la formidable contribución de una oración incesante y confiada. Además de la oración, el Padre Pío realizaba una intensa actividad caritativa. Oración y caridad: he aquí una síntesis muy concreta de la enseñanza del Padre Pío, que hoy se vuelve a proponer a todos.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 16 de junio de 2002

El Padre Pío en los altares (IV)


“Mi yugo es suave y mi carga ligera”. Las palabras de Jesús a los discípulos podemos considerarlas como una magnífica síntesis de toda la existencia del Padre Pío de Pietrelcina. La imagen evangélica del yugo evoca las numerosas pruebas que el humilde capuchino de San Giovanni Rotondo tuvo que afrontar. Hoy contemplamos en él cuán suave es el yugo de Cristo y cuán ligera es realmente su carga cuando se lleva con amor fiel. La vida y la misión del padre Pío testimonian que las dificultades y los dolores, si se aceptan por amor, se transforman en un camino privilegiado de santidad, que se abre a perspectivas de un bien mayor, que sólo el Señor conoce.

“En cuanto a mí, Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo”. ¿No es precisamente el gloriarse de la cruz, lo que más resplandece en el Padre Pío? ¡Cuán actual es la espiritualidad de la cruz que vivió el humilde capuchino de Pietrelcina! Nuestro tiempo necesita redescubrir su valor para abrir el corazón a la esperanza.

En toda su existencia buscó una identificación cada vez mayor con Cristo crucificado, pues tenía una conciencia muy clara de haber sido llamado a colaborar de modo peculiar en la obra de la redención. Sin esta referencia constante a la cruz no se comprende su santidad.

En el plan de Dios, la cruz constituye el verdadero instrumento de salvación para toda la humanidad y el camino propuesto explícitamente por el Señor a cuantos quieren seguirlo. Lo comprendió muy bien el santo fraile del Gargano, el cual, en la fiesta de la Asunción de 1914, escribió: “Para alcanzar nuestro fin último es necesario seguir al divino Guía, que quiere conducir al alma elegida sólo a través del camino recorrido por Él, es decir, por el de la abnegación y el de la cruz”.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 16 de junio de 2002

El Padre Pío en los altares (III)


El Padre Pío, además de su celo por las almas, se interesó por el dolor humano, promoviendo en San Giovanni Rotondo un hospital, al que llamó: “Casa de alivio del sufrimiento”. Sabía bien que quien está enfermo y sufre no sólo necesita una correcta aplicación de los medios terapéuticos, sino también y sobre todo un clima humano y espiritual que le permita encontrarse a sí mismo en la experiencia del amor de Dios y quiso mostrar que los milagros ordinarios de Dios pasan a través de nuestra caridad.

El Padre Pío solía repetir: “Abandonaos plenamente en el Corazón divino de Cristo, como un niño en los brazos de su madre”. Que esta invitación penetre también en nuestro espíritu como fuente de paz, de serenidad y de alegría. ¿Por qué tener miedo, si Cristo es para nosotros el camino, la verdad y la vida? ¿Por qué no fiarse de Dios que es Padre, nuestro Padre?

“Santa María de las gracias”, a la que el humilde capuchino de Pietrelcina invocó con constante y tierna devoción, nos ayude a tener los ojos fijos en Dios. Que ella nos lleve de la mano y nos impulse a buscar con tesón la caridad sobrenatural que brota del costado abierto del Crucificado.

Y tú, Padre Pío, dirige desde el cielo tu mirada hacia nosotros. Intercede por aquellos que en todo el mundo elevan a ti sus súplicas. Ven en ayuda de cada uno y concede la paz y el consuelo a todos los corazones.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 2 de mayo de 1999

El Padre Pío en los altares (II)


No menos dolorosas, y humanamente tal vez aún más duras, fueron las pruebas que el Padre Pío tuvo que soportar, por decirlo así, como consecuencia de sus singulares carismas. Como testimonia la historia de la santidad, Dios permite que el elegido sea a veces objeto de incomprensiones. Cuando esto acontece, la obediencia es para él un crisol de purificación, un camino de progresiva identificación con Cristo y un fortalecimiento de la auténtica santidad.

Muchos, encontrándose directa o indirectamente con el Padre Pío, han recuperado la fe, siguiendo su ejemplo. A quienes acudían a él les proponía la santidad, diciéndoles: “Parece que Jesús no tiene otra preocupación que santificar vuestra alma”.

Si la Providencia divina quiso que realizase su apostolado sin salir nunca de su convento, casi plantado al pie de la cruz, esto tiene un significado. Un día, en un momento de gran prueba, el Maestro divino lo consoló, diciéndole que “junto a la cruz se aprende a amar”.

Sí, la cruz de Cristo es la insigne escuela del amor; más aún, el manantial mismo del amor. El amor de este fiel discípulo, purificado por el dolor, atraía los corazones a Cristo y a su exigente evangelio de salvación.

Al mismo tiempo, su caridad se derramaba como bálsamo sobre las debilidades y sufrimientos de sus hermanos.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 2 de mayo de 1999

El Padre Pío en los altares (I)


Este humilde fraile capuchino ha asombrado al mundo con su vida dedicada totalmente a la oración y a la escucha de sus hermanos.

Innumerables personas fueron a visitarlo al convento de San Giovanni Rotondo, y esas peregrinaciones no han cesado, incluso después de su muerte. Cuando yo era estudiante, aquí en Roma, tuve ocasión de conocerlo personalmente.

“El que cree en mí, también hará las obras que yo hago, e incluso mayores”. Escuchamos estas palabras de Cristo y nuestro pensamiento se dirige al humilde fraile capuchino del Gargano. La vida de este humilde hijo de san Francisco fue un constante ejercicio de fe, corroborado por la esperanza del cielo, donde podía estar con Cristo.

¿Qué otro objetivo tuvo la durísima ascesis a la que se sometió el Padre Pío desde su juventud, sino la progresiva identificación con el divino Maestro, para estar donde está Él? Quien acudía a San Giovanni Rotondo para participar en su misa, para pedirle consejo o confesarse, descubría en él una imagen viva de Cristo doliente y resucitado. En el rostro del Padre Pío resplandecía la luz de la Resurrección. Su cuerpo, marcado por los estigmas, mostraba la íntima conexión entre la muerte y la resurrección. Para el Padre Pío la participación en la Pasión tuvo notas de especial intensidad: los dones singulares que le fueron concedidos y los consiguientes sufrimientos interiores y místicos le permitieron vivir una experiencia plena y constante de los padecimientos del Señor, convencido firmemente de que el Calvario es la montaña de los santos.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 2 de mayo de 1999

Tres Beatos padres de familia

Los Beatos José Tovini, Ladislao Batthyány Strattmann y José Toniolo

El 20 de septiembre de 1998, en la homilía de la beatificación de José Tovini, Juan Pablo II dijo: Un gran testigo del Evangelio encarnado en las vicisitudes sociales y económicas de la Italia del siglo pasado es, ciertamente, el beato Giuseppe Tovini. Brilla por su profunda espiritualidad familiar y laical, así como por el empeño con que se prodigó para mejorar la sociedad. Tovini, ferviente, leal y activo en la vida social y política, proclamó con su vida el mensaje cristiano, siempre fiel a las indicaciones del Magisterio de la Iglesia. La defensa de la fe fue su constante preocupación, pues, como afirmó en un congreso, estaba convencido de que “nuestros hijos sin la fe no serán jamás ricos; con la fe no serán jamás pobres”. Gracias a la competencia jurídica y al rigor profesional que lo distinguían, promovió y guió numerosas organizaciones sociales, con el deseo de dar a conocer la doctrina y la moral cristiana. Consideró el esfuerzo por la educación como una prioridad. La honradez y la coherencia de Tovini tenían sus raíces en su relación profunda y vital con Dios, que alimentaba constantemente con la Eucaristía, la meditación y la devoción a la Virgen. De la escucha de Dios en la oración constante obtenía la luz y la fortaleza para las grandes batallas sociales y políticas que debió sostener a fin de tutelar los valores cristianos.

El 23 de marzo de 2003, en la beatificación del Venerable Ladislao, el mismo Papa dijo: “Lo débil de Dios es más fuerte que la fuerza de los hombres” (1 Co 1, 25). Estas palabras del apóstol san Pablo reflejan la devoción y el estilo de vida del beato Ladislao Batthyány Strattmann, que fue padre de familia y médico. Utilizó la rica herencia de sus nobles antepasados para curar gratuitamente a los pobres y construir dos hospitales. Su mayor interés no eran los bienes materiales; en su vida no buscó el éxito y la carrera. Eso fue lo que enseñó y vivió en su familia, convirtiéndose así en el mejor testigo de la fe para sus hijos. Sacando su fuerza espiritual de la Eucaristía, mostró a cuantos la divina Providencia ponía en su camino la fuente de su vida y de su misión. El beato Ladislao jamás antepuso las riquezas de la tierra al verdadero bien, que está en los cielos. Que su ejemplo de vida familiar y de generosa solidaridad cristiana anime a todos a seguir fielmente el Evangelio.

El 29 de abril de 2012, el Cardenal Salvatore De Giorgi, en la homilía de la beatificación de José Toniolo, dijo: El profesor Giuseppe Toniolo fue un ejemplo de padre de familia, como sabio educador de los jóvenes en la búsqueda de la verdad, como laico en la Acción Católica, testigo del Reino de Dios en el mundo de la cultura, la economía y la política. De ahí su firme decisión: “Quiero ser santo”. En su vida espiritual y profesional, valoró los medios siempre presentes del ascetismo cristiano: oración, meditación, misa diaria y comunión, confesión frecuente, examen de conciencia, dirección espiritual, retiros mensuales y ejercicios espirituales anuales. Un verdadero contemplativo de la acción. Casado y padre de siete hijos, consideraba a la familia el lugar principal de su santificación y misión.

Invoquemos la intercesión de los Santos


Los Santos, que ya poseen a Dios en el cielo, cuidan de nuestra santificación y nos ayudan a adelantar en el ejercicio de la virtud con su poderosa intercesión y los buenos ejemplos que nos dejaron: debemos, pues, venerarlos; son poderosos intercesores: debemos invocarlos; son nuestros modelos: debemos imitarlos.

Debemos venerarlos, y, al venerarlos, veneramos a Dios y a Jesucristo en ellos.

Debemos invocarlos, porque, con su poderosa intercesión nos alcanzarán más fácilmente las gracias de que hemos menester.

Ante todo debemos imitar sus virtudes. Todos ellos trabajaron por copiar en sí los trazos del divino modelo, y todos ellos pueden decirnos con San Pablo: “Sed imitadores míos como yo lo fui de Jesucristo”. A cada cual pediremos especialmente la virtud en que sobresalió, seguros de que tiene gracia especial para alcanzárnosla.

Nuestra devoción, pues, será ante todo hacia los Santos que vivieron en la misma condición de vida que nosotros, que se emplearon en los mismos oficios y practicaron la virtud de que habernos mayor menester. Por otra parte, hemos de tener especial devoción a nuestros santos patronos, considerando como un indicio providencial, del que hemos de aprovecharnos, el hecho de llevar su nombre. Mas, si por razones especiales, la gracia nos inclina hacia éste o el otro santo, cuyas virtudes dicen mejor con las necesidades de nuestra alma, no hay inconveniente alguno en dedicarnos a imitarlos, siempre con el consejo de un sabio director.

Entendida así la devoción a los Santos, es provechosa en extremo: los ejemplos de aquellos que tuvieron las mismas pasiones que nosotros, padecieron las mismas tentaciones, y, con todo ello, favorecidos con las mismas gracias, alcanzaron la victoria, son un poderoso estímulo que aguijoneará nuestra dignidad, y hará que formemos enérgicos propósitos y trabajemos con constancia en ponerlos por obra. Las oraciones de ellos pondrán la última mano en la obra y nos ayudarán a caminar sobre sus huellas.

Fuente: Adolfo Tanquerey, Compendio de Teología ascética y mística

El confesor y guía espiritual de santa Faustina Kowalska


Treinta y tres años después de su muerte, el Padre Miguel Sopocko (1888-1975), gran promotor del mensaje de la Divina Misericordia y confesor de Santa María Faustina Kowalska, fue beatificado en Polonia el 28 de septiembre de 2008. El Cardenal Estanislao Dziwisz, entonces Arzobispo de Cracovia, en su homilía dijo que “la Divina Providencia usó este sacerdote para que la invariable verdad de la Divina Misericordia pudiera alcanzar un camino especial hacia la mente y los corazones de la gente del siglo XX. Ese siglo se ha caracterizado de cierta manera por sus crueles sistemas totalitarios los cuales trataron de remover por la fuerza la esperanza de la vida de las personas, donde se trató de arrancar su dignidad, condenándolos a un sentimiento de desesperación. Entre los momentos de oscuridad de la vida, la lucha diaria con la maldad y las experiencias difíciles asociadas con la vida, había la necesidad de un rayo de luz y esperanza. Ese rayo fue un poderoso recordatorio de la verdad de nuestro destino el cual está en las manos de Dios misericordioso. El Beato Sopocko proclamó la misericordia de Dios no sólo a través de su participación directa en esta labor, la cual fue iniciada por la Hermana Faustina. El mismo fue un hombre de infinita confianza en la misericordia de Dios. Esa fue su actitud espiritual, una característica especial de su identidad cristiana”.

El Cardenal Ángelo Amato invitó a todos a seguir las enseñanzas del Beato Miguel Sopocko, especialmente en las relaciones familiares. Él dijo: “En las familias, hay una necesidad de misericordia cada día, cada día la esposa debe ser compasiva con su esposo y vise-versa, continuamente reconfirmando su fidelidad recíproca. Cada día los padres deben ser magnánimos al perdonar a sus hijos, al experimentar sus errores. Pero los hijos, también deben ser pacientes con sus padres. Todos en la familia, en el trabajo, en la sociedad, en todas partes, deben ejercer la misericordia”.

El Papa Benedicto XVI, después de su mensaje del Ángelus en Roma, dijo: “Saludo con afecto a los fieles reunidos para la beatificación del siervo de Dios Miguel Sopocko, confesor y guía espiritual de santa Faustina Kowalska. Por su sugerencia, la santa describió sus experiencias místicas y las apariciones de Jesús misericordioso. También gracias a sus esfuerzos se pintó y transmitió al mundo la imagen con la inscripción Jesús, en ti confío. Este siervo de Dios se dio a conocer como celoso sacerdote, educador y propagador del culto de la Misericordia divina”.

Fuente: marian.org

Santa Mónica, una madre ejemplar


Mónica trataba de reprimir las inclinaciones torcidas de Agustín y ponerle en condiciones de acercarse más fácilmente a Dios. Ponía sus mejores deseos y cuidados en que su hijo fuese casto, puro y santo. Ojalá que todas las madres cristianas aprendieran de este ejemplo para no desmayar en la obra de bendición que la Providencia les encomendara.

Mónica no cesaba de llorar día y noche y pedir a Dios por la conversión de su hijo. Y en su humildad profunda se recogía en la oración, y la confianza cristiana mitigaba algún tanto su amargo sufrimiento. Nunca perdió la esperanza de ser oída y de salir adelante en su empresa. No en vano la piedad cristiana nos la ha representado como la personificación del llanto y la esfinge augusta del dolor que redime y salva.

Las lágrimas de madre son siempre fecundas en sus propósitos y atraen las misericordias del cielo.

Pocos corazones en el mundo se habrán amado tan intensa y tiernamente como esta madre y este hijo. Por eso la historia y la poesía han identificado sus vidas en una sola epopeya de amor.

La obra de Mónica estaba concluida. Su misión de madre salvadora se ennoblecía al abrazar sobre su pecho al hijo convertido. Dios premió con creces su llanto y sus oraciones. Es imposible que perezca el hijo de tantas lágrimas. La Iglesia y el mundo son deudoras a Santa Mónica de eterna gratitud.

Fuente: Gabriel Riesco, Retorno a San Agustín

Instaurar todas las cosas en Cristo

S.S. Pio XII, canonizando al Sumo Pontífice Pio X el 3 de septiembre de 1954

El amable carácter de Pío X y la bondad de su corazón han sido atestiguados por todos cuantos tuvieron con él algún contacto. Pero sería un gran error creer que esta característica tan atrayente de Pío X le retratara plenamente o resumiera sus dotes y cualidades, nada más lejos de la verdad. Al lado de esta “bondad”, y felizmente combinada con la ternura de su corazón paternal, poseía una indomable energía de carácter.

Cuando surgía alguna cuestión en la que se hacía necesario definir y mantener los derechos y libertad de la Iglesia, cuando la pureza e integridad de la verdad católica requerían afirmación y defensa o era preciso sostener la disciplina eclesiástica contra la relajación o las influencias mundanas, Pío X revelaba entonces toda la fuerza y energía de su carácter y el intrépido valor de un gran Pontífice consciente de la responsabilidad de su sagrado ministerio y de los deberes que creía tenía que cumplir a toda costa. Era inútil, en tales ocasiones, que nadie tratara de doblegar su constancia; toda tentativa de intimidarle con amenazas o de halagarle con especiosos pretextos o recursos meramente sentimentales, estaba condenada al fracaso.

Su mirada, su conversación, todo su ser, respiraban tres cosas: bondad, firmeza, fe. La bondad del hombre, la firmeza del dirigente y la fe del cristiano, del sacerdote, del Pontífice, del hombre de Dios.

Tenía la clara visión de la rectitud, y esta clara visión no podían engañarla ninguna mentira, sofisma o hipocresía. Con calma, sin inmutarse, denunciaba y condenaba el error adondequiera que lo viese; ninguna consideración era capaz de doblegarle. Pío X demostró ser un verdadero dirigente. Su nombre permanecerá para siempre ligado a la reorganización de los Tribunales y Congregaciones Romanas y a la codificación del Derecho Canónico, trabajo colosal terminado con rapidez. Ningún Papa ha sido tan reformador y tan moderno como este valiente adversario de los errores modernistas. Fiel a su consigna, acometió la empresa de restaurar y renovar todas las cosas en Jesucristo.

Fuente: Cardenal Rafael Merry del Val, El Papa San Pio X: Memorias

Aniversario del nacimiento del Beato Carlos de Austria

Fotografías de la infancia del Beato Carlos de Austria

El día 17 de agosto de 1887, Persenbeug, a cien kilómetros al oeste de Viena, está de fiesta. Sus habitantes adornan las casas, las campanas tocan a voleo, los petardos estallan por todas partes; se acaba de conocer la noticia del nacimiento del primer hijo del archiduque Otto y de María Josefa de Sajonia. La formación del joven Carlos fue especialmente cuidada. María Josefa tenía un alto sentido de sus deberes maternales. Paciente y muy piadosa, impartió a su hijo una profunda enseñanza religiosa y se dedicó a su educación con enorme afán. María Josefa contaba con la ayuda de Mlle. Liese, una excelente institutriz a la que Carlos profesaba un gran cariño.

La Princesa Wittgenstein cuenta que un día vio subir la escalera a una persona que, perdiendo el aliento, seguía al principito de tres años. De repente, con aire preocupado, el niño se volvió hacia la señora que no acababa de subir las escaleras y exclamó: "Bueno, ahora vamos a descansar un poco".

Carlos era alegre sin exageración, y proporcionaba alegría al palacio. Desde muy pronto dio pruebas del altruismo y la generosidad que más tarde caracterizarían su personalidad, y distribuía entre los niños desfavorecidos los regalos de Navidad o de cumpleaños que, con gran gozo, acababa de recibir. Se dice que a los cinco años había expresado al administrador su deseo de trabajar en el jardín para ganar algún dinero: "Mira, hay niños pobres, y yo querría ayudarles con lo que gane". También solía interceder ante su padre para evitar la reprimenda a algún sirviente.

Cuando Carlos tenía siete años, el dominico P. Geggerle, se encargaba de su instrucción religiosa, y nos traza el siguiente retrato del niño: "Era sincero, piadoso, modesto y extraordinariamente delicado de conciencia. Jamás le vi encolerizarse en el trato con sus compañeros; siempre, y en todas partes, se mostraba como un camarada excelente. Sobre todo era de una modestia desacostumbrada en un niño de su condición".

A partir de 1885, pasó a las manos de un nuevo preceptor, el conde Wallis, entonces capitán de caballería. La elección no pudo ser más acertada: católico ferviente, soldado de corazón, era la persona perfecta para encargarse de la educación militar e intelectual del joven archiduque. Al principio, el niño se sintió desconcertado ante la férrea disciplina que le impuso el capitán, pero muy pronto se crearon entre ambos unos profundos lazos de amistad.

Carlos toma la primera comunión en 1898, en Viena. Uno de los asistentes comenta: "Si no supiéramos rezar, ese joven nos enseñaría a hacerlo".

Fuente: Cf. Michel Dugast Rouillé, Carlos de Habsburgo

San Esteban de Hungría, gobernante y padre ejemplar


Este santo tiene el honor de haber convertido al catolicismo al reino de Hungría. Fue bautizado por San Adalberto y se casó con Gisela, la hermana de San Enrique de Alemania, la cual influyó mucho en su vida.

El cariño del rey Esteban por la religión católica era inmenso; a los obispos y sacerdotes los trataba con extremo respeto y hacía que sus súbditos lo imitaran en demostrarles gran veneración. Su devoción por la Virgen Santísima era extraordinaria. Levantaba templos en su honor y la invocaba en todos sus momentos difíciles. Fundaba conventos y los dotaba de todo lo necesario.

La cantidad de limosnas que este santo rey repartía era tan extraordinaria. El personalmente atendía con gran bondad a todas las gentes que llegaban a hablarle o a pedirle favores.

A su hijo lo educó con todo esmero y para él dejó escritos unos bellos consejos, recomendándole huir de toda impureza y del orgullo. Ser paciente, muy generoso con los pobres y en extremo respetuoso con la santa Iglesia Católica.

La gente al ver su modo tan admirable de practicar la religión exclamaba: “El rey Esteban convierte más personas con buenos ejemplos, que con sus leyes o palabras”.

Los últimos años de su vida tuvo que padecer muy dolorosas enfermedades que lo fueron purificando y santificando cada vez más. El 15 de agosto del año 1038, día de la Asunción, fiesta muy querida por él, expiró santamente.

Que nuestro Dios Todopoderoso nos envíe en todo el mundo muchos gobernantes que sepan ser tan buenos católicos y tan generosos con los necesitados como lo fue el santo rey Esteban.

Fuente: Cf. aciprensa.com

Tres ejemplos de jóvenes Santos

Los Santos: Luis Gonzaga, Juan Berchmans y Estanislao de Kostka

Ferrante Gonzaga, marqués de Castiglione delle Stiviere hubiera querido que su primogénito Luis Gonzaga, que nació el 9 de marzo de 1568, siguiera sus huellas de soldado y comandante en el ejército imperial. Pero ese niño le daría fama a la familia de los Gonzaga, con otras armas. A los doce años, después de haber recibido la primera Comunión de manos de San Carlos Borromeo, resolvió entrar en la Compañía de Jesús. Las duras penitencias a las que se sometió son el signo de una determinación no común hacia una meta que se había fijado desde su infancia. Para que su alma se perfumara con las virtudes cristianas, Luis renunció al título y a la herencia paterna, y a los catorce años entró al noviciado romano de la Compañía de Jesús, y escogió para si los encargos más humildes, dedicándose al servicio de los enfermos, sobre todo durante la epidemia de peste que afligió a Roma en 1590. Quedó contagiado al encontrar en la calle a un enfermo y, sin pensarlo dos veces, se lo echó a la espalda y lo llevó al hospital. Murió a los 23 años el 21 de junio de 1591.

San Juan Berchmans nació en Bélgica, el 13 de marzo de 1599. Inició sus estudios en el Seminario de Malinas, luego entró en el Noviciado de los jesuitas de la misma ciudad. Más tarde pasó a Roma. En el Seminario y en el Noviciado se distinguió por su candor, estudio y piedad. Su devoción a la Virgen era proverbial. “Si amo a María, decía, tengo segura mi salvación”. Pululaban por entonces los errores de Bayo, quien afirmaba que María había sido concebida en pecado. El gran teólogo español Juan de Lugo atribuye el movimiento a favor de la Inmaculada a las oraciones de Berchmans. En el último año de su vida Juan se había comprometido, firmando con su propia sangre, a “afirmar y defender el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María”. Hacía cada cosa en su momento, y sobrenaturalizando la intención. Cuando hay que orar, decía, ora con todo amor. Cuando hay que estudiar, estudia con toda ilusión. Cuando hay que practicar deporte, practícalo con todo entusiasmo. Y siempre con más amor, en cada instante del programa diario, bajo la dulce mirada maternal de la Virgen María. Murió el 13 de agosto de 1621. Sus últimas palabras fueron: Jesús, María.

San Estanislao de Kostka era hijo de un rico senador de Polonia, y nació en 1550. A los 14 años partió a Roma, donde San Francisco de Borja lo recibió en la Compañía de Jesús. En el noviciado resultó ser un verdadero modelo de santidad para todos. Se propuso hacer extraordinariamente bien las cosas ordinarias. Solamente alcanzó a durar nueve meses en aquella vida religiosa, pero fueron suficientes para dejar gran fama de piadoso, amable, servicial, buen trabajador, y excelente estudiante. Su amor a Jesús Sacramentado era ardiente.

Un día le preguntaron qué hay que hacer para demostrarle a la Virgen que la amamos, y respondió: “Ofrecerle pequeños homenajes, pero no dejar nunca de ofrecérselos”. Y a un religioso le dijo: “Estoy pensando cómo será de grande y bonita en el cielo la fiesta de la Asunción de la Virgen María. Desearía ir este año a presenciarla”. Y así el 15 de agosto de 1568 voló a la eternidad.

Fuente: Cf. es.catholic.net

Todas las vocaciones llevan a la santidad

Fotografía de la Basílica de San Pedro en la Beatificación de Ludovica de Angelis, José María Cassant, Pedro Vigne, Catalina Emmerick y Carlos de Austria

El memorable 3 de octubre de 2004, fue el día en que San Juan Pablo II celebró el último Rito de Beatificación de su vida. El Santo Padre propuso como modelos para toda la Iglesia a una religiosa italiana santificada en Argentina, un monje, un sacerdote misionero, una mística y un laico casado: el emperador Carlos de Austria, a quien el Papa profesaba un profundo afecto y devoción. En su homilía, nos decía:

La beata Ludovica, estuvo consagrada totalmente a la gloria de Dios y al servicio de sus semejantes. En su figura destacan un corazón de madre y la audacia propia de los santos. Con los niños enfermos tuvo un amor concreto; con sus colaboradores en el hospital de La Plata fue modelo de alegría y responsabilidad.

El monje José María puso siempre su confianza en Dios, en la contemplación del misterio de la Pasión y en la unión con Cristo presente en la Eucaristía. Así se impregnaba del amor de Dios, abandonándose a él. En medio de las pruebas ofrecía sus sufrimientos al Señor. Ojalá que nuestros contemporáneos, en especial los contemplativos y los enfermos, siguiendo su ejemplo, descubran el misterio de la oración, que eleva el mundo a Dios y da fuerza en las pruebas.

Contemplando a Cristo presente en la Eucaristía y la pasión salvífica, el padre Pedro Vigne se convirtió en un verdadero discípulo y un misionero fiel a la Iglesia. Que su ejemplo infunda en los fieles el deseo de obtener del amor a la Eucaristía y de la adoración al santísimo Sacramento la audacia para la misión. Pidámosle que toque el corazón de los jóvenes para que, si son llamados por Dios, acepten consagrarse totalmente a Él en el sacerdocio o en la vida religiosa.

La beata Ana Catalina contempló la dolorosa pasión de nuestro Señor Jesucristo y la experimentó en su cuerpo. Para ello sacaba la fuerza de la santísima Eucaristía. Aún hoy transmite a todos el mensaje salvífico: Con las llagas de Cristo hemos sido curados.

Desde el principio, el emperador Carlos concibió su cargo de soberano como un servicio santo a su pueblo. Su principal aspiración fue seguir la vocación del cristiano a la santidad. Que sea un modelo para todos nosotros.

Juntamente con toda la Iglesia, alabamos y damos gracias al Señor por las maravillas que realizó en estos siervos buenos y fieles del Evangelio.

Santa Teresita, gran devota de Santa Juana de Arco

Santa Teresita del Niño Jesús y Santa Juana de Arco a los pies de la Virgen

Teresa descubrió a Juana de Arco siendo todavía una niña, cuando leyó sobre su vida y sus muchos logros en el campo de batalla. Fue algo que tuvo un gran impacto sobre ella e influyó en su vocación, según cuenta en su autobiografía: "Al leer los relatos de las hazañas patrióticas de las heroínas francesas, y en especial las de la Venerable Juana de Arco, me venían grandes deseos de imitarla".

Decidida a ser una santa, Teresita entró en la Orden de los Carmelitas. Allí, conservaba el deseo de imitar el heroísmo de Juana de Arco y explicó en su autobiografía que sentía "la necesidad, el deseo de realizar por ti, Jesús, las más heroicas hazañas... Siento en mi alma el valor de un cruzado, de un zuavo pontificio. Quisiera morir por la defensa de la Iglesia en un campo de batalla...".

Teresa poseía un fogoso deseo de hacer muchas obras heroicas por Jesucristo e incluso quería que la enviaran como misionera a tierras lejanas. La virtud se convirtió en su bandera y la caridad derrotó cualquier rival que encontrara. Teresa repasaba constantemente la vida de Juana de Arco en búsqueda de inspiración. También escribió varias poesías dedicadas a Juana de Arco.

En 1920, el Papa Benedicto XV nombra a Santa Juana de Arco Patrona de Francia, y el 3 de mayo de 1944, Pio XII declara a Santa Teresita, Patrona secundaria.

Fuente: Cf. es.aleteia.org

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