Mensaje a las mujeres


Y ahora es a vosotras a las que nos dirigimos, mujeres de todas las condiciones, hijas, esposas, madres y viudas; a vosotras también, vírgenes consagradas y mujeres solas. Sois la mitad de la inmensa familia humana.

En este momento en que la humanidad conoce una mutación tan profunda, las mujeres llenas del espíritu del Evangelio pueden ayudar tanto a que la humanidad no decaiga.

Vosotras, las mujeres, tenéis siempre como misión la guarda del hogar, el amor a las fuentes de la vida, el sentido de la cuna. Estáis presentes en el misterio de la vida que comienza. Consoláis en la partida de la muerte. Nuestra técnica corre el riesgo de convertirse en inhumana. Reconciliad a los hombres con la vida. Y, sobre todo, velad, os lo suplicamos, por el porvenir de nuestra especie. Detened la mano del hombre que en un momento de locura intentase destruir la civilización humana.

Esposas, madres de familia, primeras educadores del género humano en el secreto de los hogares, transmitid a vuestros hijos las tradiciones de vuestros padres, al mismo tiempo que los preparáis para el porvenir insondable. Acordaos siempre de que una madre pertenece, por sus hijos, a ese porvenir que ella no verá probablemente.

Y vosotras también, mujeres solitarias, sabed que podéis cumplir toda vuestra vocación de entrega. La sociedad os llama por todas partes. Y las mismas familias no pueden vivir sin la ayuda de aquellas que no tienen familia.

Vosotras, sobre todo, vírgenes consagradas, en un mundo donde el egoísmo y la búsqueda de placeres quisieran hacer la ley, sed guardianes de la pureza, del desinterés, de la piedad. Jesús, que dio al amor conyugal toda su plenitud, exaltó también el renunciamiento a ese amor humano cuando se hace por el Amor infinito y por el servicio a todos.

Mujeres que sufrís, en fin, que os mantenéis firmes bajo la cruz a imagen de María; vosotras, que tan a menudo, en el curso de la historia, habéis dado a los hombres la fuerza para luchar hasta el fin, para dar testimonio hasta el martirio, ayudadlos una vez más a conservar la audacia de las grandes empresas, al mismo tiempo que la paciencia y el sentido de los comienzos humildes.

Mujeres del universo todo, a quienes os está confiada la vida en este momento tan grave de la historia, a vosotras toca también, velar por la paz del mundo.

Fuente: San Pablo VI, cf. Discurso del 8 de diciembre de 1965

El valor de la obediencia


¡Oh Jesús obedientísimo! Hazme comprender el valor de la obediencia.

“Más quiere Dios en ti -dice San Juan de la Cruz- el menor grado de obediencia y sujeción que todos esos servicios que le piensas hacer”. ¿Por qué? Porque la obediencia te obliga a renunciar a tu voluntad para unirte a la de Dios, manifestada en los preceptos de los superiores, y precisamente en la completa conformidad de tu voluntad con la voluntad divina consiste la perfección de la caridad, consiste la esencia de la unión con Dios. Tu caridad será perfecta cuando en toda acción que ejecutes te regules según la voluntad de Dios, con la cual debes conformar la tuya, y no según tus inclinaciones y deseos personales. Esto es propiamente vivir en estado de unión con Dios, pues el alma “que totalmente tiene su voluntad conforme y semejante a la de Dios totalmente, está unida y transformada en Dios sobrenaturalmente”.

La voluntad de Dios se te manifiesta en sus preceptos, en los preceptos de la Iglesia, en las obligaciones de tu estado; al margen de esto, tu propia elección encontrará un campo anchísimo de acción, donde a veces no será tan fácil el conocer con certeza qué es lo que Dios quiere de ti. Por el contrario, a través de la voz de la obediencia, la voluntad de Dios toma una forma clara y precisa y se explicita abiertamente, sin peligro alguno de equivocación. Si como enseña San Pablo “no hay autoridad sino por Dios”, obedeciendo a tus legítimos superiores tienes la seguridad de obedecer a Dios. Cuando Jesús confió a sus apóstoles la misión de anunciar el Evangelio a todas las gentes, dijo: “El que a vosotros oye, a Mí me oye, y el que a vosotros desecha a Mí me desecha”, lo cual quiere decir que los superiores eclesiásticos son sus representantes y hablan en su nombre. Santo Tomás enseña que en toda autoridad legítima, aunque sea de orden natural, civil o social, existe una expresión clara de la voluntad divina, siempre que en sus preceptos guarde los justos límites de su poder. Por esto San Pablo no duda en escribir: “Siervos, obedeced a vuestros amos según la carne como a Cristo... como siervos que cumplen de corazón la voluntad de Dios”.

“¡Oh, qué dulce y gloriosa es esta virtud de la obediencia que reúne en sí todas las demás virtudes! Porque ella nace de la caridad, en ella se apoya la piedra de la fe santísima; es la reina, y quien la tome por esposa no siente ningún mal, sino paz y descanso. Las ondas tempestuosas del mal no pueden hundirla, porque navega sobre tu voluntad, Dios mío. Ningún deseo suyo puede dejar de ser satisfecho, porque la obediencia solamente te desea a ti, oh Señor, que puedes, sabes y quieres realizar sus deseos. ¡Oh obediencia, que navegas mansamente y sin peligro llegas al puerto de salud! ¡Oh Jesús! Yo veo a la obediencia hecha una cosa contigo, y contigo la contemplo sobre la navecilla de tu Cruz santísima. Dame, pues, Señor, esta santa obediencia, perfumada por la humildad, recta, sin curva alguna, que es portadora de la luz de la gracia divina. Regálame, Señor, esta piedra preciosa, escondida y pisoteada por el mundo, que se humilla, sometiéndose por tu amor a las criaturas” (Santa Catalina de Sena).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

La humildad de corazón (II)


La humildad de corazón es una virtud al mismo tiempo difícil y fácil: difícil porque es directamente contraria al orgullo que nos mueve siempre a encumbrarnos; fácil, porque no necesitamos ir muy lejos para buscar motivos. Los tenemos, y abundantemente, en nosotros mismos, en nuestra miseria. Sin embargo, no basta ser miserables para ser humildes, sólo es humilde quien reconoce sinceramente su propia miseria y obra en conformidad con tal convicción.

El hombre, soberbio por instinto, no puede llegar a este reconocimiento sincero sin la gracia de Dios, pero como Dios no niega a nadie las gracias necesarias, dirígete a Él y pídele con confianza y perseverancia la humildad de corazón. Pídesela en el nombre de Jesús, que tanto se humilló por la gloria del Padre y por tu salvación, pide en su nombre y recibirás (Jn. 16, 24). Si, no obstante tu deseo de llegar a ser humilde, sientes aún muchas veces que se levantan en ti movimientos de orgullo, de vanagloria, de vana complacencia, no te abatas, reconoce que todo esto es efecto de tu naturaleza viciada y tómalo como un motivo más para humillarte.

Recuerda que la humildad de corazón puedes practicarla siempre, aun cuando no puedas hacer actos externos, aun cuando nadie te humilla, aun cuando eres objeto de la confianza, de la estima y de la alabanza de alguno. Santa Teresa del Niño Jesús decía en tales circunstancias: “Nada de esto sería capaz, ciertamente, de inspirarme vanidad, pues traigo de continuo presente en la memoria el recuerdo de lo que soy”; y piensa que “si la reprensión no te hace más despreciable, así tampoco las alabanzas ajenas te hacen más santo” (Imit. II, 6,3). Cuanto más te exalten, más debes humillarte en tu corazón. Practicada así, la humildad de corazón te hará formar un concepto tan bajo de ti mismo, que nunca querrás ser preferido a ninguno, porque a todos los juzgarás mejores que tú y más dignos de estima, de respeto, de consideración; tú poseerás la paz, no serás turbado, ni por el deseo de superar a los demás, ni por las humillaciones que recibirás. La paz interior es fruto de la humildad; Jesús ha dicho: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mt. 11, 29).

“¡Oh Verbo! Te humillaste hasta la muerte de Cruz, hasta querer ser tratado como el último de los hombres por los pecadores, por los demonios, por el Espíritu Santo, por tu Eterno Padre. Y todo esto para glorificar al Padre, para reparar la ofensa que nuestro orgullo cometió contra el Padre, para confundir y destruir nuestra altivez, para enseñarnos a detestar la vanidad y a amar la humildad. ¡Con cuánta verdad se puede decir que realmente la soberbia deshonra y desagrada gravísimamente a Dios, cuando para reparar tal deshonra, fue necesario que Tú, Hijo de Dios, te humillases hasta tal extremo! ¡Qué monstruosa es la vanidad, pues para aniquilarla, quisiste rebajarte hasta el grado más ínfimo de abyección! Ciertamente la humildad a los ojos de Dios es un tesoro preciosísimo y una alhaja que encanta al Señor, pues Tú, que eres su Hijo divino, has querido humillarte tanto para hacernos amar tal virtud, para estimularnos a imitarte en su ejercicio y para merecernos la gracia de practicarla” (San Juan de Eudes).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina.

El Don de Dios de que habla Jesús


“¡Si conocieras del don de Dios! ...”, nos dice Jesús como a la Samaritana; si supieras, alma redimida, la hermosura, grandeza y nobleza que se encierra en el don que te traigo de parte de mi Padre, en este don que hace revivir al alma muerta por el pecado y se llama gracia santificante. Este don hará que de ti desaparezca la mancha del pecado original y las vergonzosas huellas de tus crímenes, aunque éstos fuesen más numerosos que las arenas del mar y más graves que las mayores iniquidades cometidas en la tierra. Este don restablecerá en ti la primitiva belleza, belleza destruida por el pecado de Adán. Te santificará y hará agradable a los ojos de los ángeles y a los de Dios, tres veces Santo. Gracias a él serás hijo adoptivo del Padre celestial, como yo soy Hijo natural.

¿Qué se desprende de esto? Pues que participarás de mis sagrados derechos; mis riquezas y méritos serán tuyos, mi doctrina, mi espíritu, mis sentimientos, mi corazón y mi vida, todo te lo comunicaré de tal suerte, que podrás decir como el Apóstol: “No soy yo el que vivo, sino que es Cristo quien vive en mí (Gal 3, 20)”. Además, el Espíritu Santo, que habitó en mí desde el momento de mi encarnación, como en la flor de Jesé, se dignara descender a ti, a pesar de tus culpas pasadas, para habitar en ti substancialmente con Dios Padre y con Dios Hijo.

Con este don divino eres rico en virtudes y dones de más precio que el Universo entero; tu alma ha sido formada a mi imagen y semejanza por el divino Paráclito, para que puedas participar un día de mi gloria celestial. ¡Si conocieras, alma redimida, el altísimo precio de la gracia que así te transforma, no dejarías un instante de aumentarla por tu fervor y fidelidad!

Jesús mío, tus palabras me emocionan. Hasta ahora no he sabido apreciar la felicidad de estar en tu divina gracia. Así como el pecado mortal es mal inmenso, así tu santa amistad es bien inapreciable que sobrepasa en excelencia a los demás bienes. Tu gracia es fuente de paz, principio de virtud y condición para el mérito. Quiero a toda costa conservarla, huyendo de las ocasiones y peligros de pecar, acudiendo a la oración y acercándome con frecuencia a tus santos sacramentos.

Fuente: Manual de Meditaciones, pp. 239s.

La humildad de corazón (I)


¡Oh Jesús, dulce y humilde de corazón! Haz mi corazón, semejante al tuyo.

Sólo una vez Jesús dijo expresamente: Aprended de mí y fue precisamente hablando de la humildad: “aprended que soy manso y humilde de corazón” (Mt. 11, 29). Porque sabía muy bien lo difícil que sería a nuestra orgullosa naturaleza el ejercicio de la humildad verdadera, parece como si Él hubiese querido darnos un impulso especial. Su ejemplo, sus inauditas humillaciones, que le han hecho “el oprobio de los hombres y el desprecio del pueblo” (Sal. 21, 7), que “le hicieron pecado por nosotros” (II Cor. 5, 21) y portador de todas nuestras iniquidades, hasta ser “contado entre malhechores” (Mc. 15, 28), son el ejemplo más estimulante y la más encendida invitación a la práctica de la humildad.

Jesús nos habla directamente de la humildad de corazón, porque para que una virtud, o la reforma de la vida sean sinceras, tienen que proceder siempre del corazón, de donde “provienen los pensamientos y las acciones” (Mt. 15, 19). Una actitud externa y el hablar humildes, son vanos sin la humildad de corazón, más aún, a veces son la máscara que oculta un orgullo refinado y por ende más peligroso. “Limpia primero por dentro... -decía Jesús condenando la hipocresía de los fariseos- y límpialo también luego por de fuera” (Mt. 23, 26). Y Santo Tomás dice que “de la humilde disposición interna brotan ciertas manifestaciones externas en las palabras, en las acciones y en los gestos que expresan lo que se oculta en el interior”.

Por eso, si quieres ser verdaderamente humilde, ejercita en primer lugar la humildad de corazón profundizando siempre más y más en el conocimiento sincero de tu nada, de tu poquedad. Aprende a reconocer abiertamente tus defectos, tus faltas, y no las atribuyas a otra causa que no sea tu miseria. Al mismo tiempo aprende a confesar que todo el bien que hay en ti es puro don de Dios, y jamás lo creas propiedad tuya.

¡Oh Jesús, dulce y humilde de corazón! Líbrame del orgullo, haz humilde mi corazón, infúndeme un poquito de tu profundísima humildad. Tú lo sabes mejor que yo, ¿cómo podré yo, con mi voluntad soberbia, hacer humilde mi corazón? Un pobre no puede darse riquezas, tampoco un soberbio puede dar humildad a su corazón. Solamente tu bondad infinita puede remediar la soberbia.

“Y el remedio es éste: fijar la mirada en ti; oh Verbo Encarnado, clavado en la Cruz; y cuando Tú ves a un alma que, humillada te mira fijamente, te sientes obligado a devolverle tu mirada y tu mirada es como el rayo del sol, que, cayendo sobre la tierra, la seca y la dispone para que fructifique. Así Tú, Verbo, con el rayo de tu mirada secas el alma, atrayendo hacia ti toda la soberbia que hay en ella para consumirla con tu calor. Nadie, pues, puede alcanzar la humildad si no fija la mirada en ti, oh Verbo en Cruz” (Santa M. Magdalena de Pazzis).

Fuente: P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina.

Amar hasta dar la vida

“No hay amor más grande que dar la vida por aquellos que se ama...”

María Cristina Mocellin estaba enferma de cáncer cuando Ricardo, su hijo menor, tenía sólo dos meses de concebido. Su ejemplo, similar al de santa Gianna Beretta Molla, nos muestra lo que significa amar hasta dar la vida.

Vale la pena releer la carta que quiso dejar a su pequeño Ricardo antes de morir:

“Querido Ricardo, cuando supimos que existías, te amamos y quisimos con todas nuestras fuerzas. Recuerdo el día en el que el doctor me dijo que volvían a diagnosticarme tumor en la ingle. Mi reacción fue la de repetir varias veces: ¡estoy embarazada!, ¡estoy embarazada! Me opuse con todas mis fuerzas a renunciar a ti, tanto que el médico comprendió todo y no añadió nada más. Aquella tarde, en el coche, de regreso del hospital, cuando te moviste por primera vez, parecía que me decías: ¡Gracias mamá por amarme! ¿Y cómo podríamos no amarte? Pienso que no existe ningún sufrimiento en el mundo que no valga la pena por un hijo. El Señor ha querido llenarnos de alegría: tenemos tres niños maravillosos que, si Él así lo querrá, con su gracia, podrán crecer como Él desee. Sólo puedo dar gracias a Dios porque ha querido hacernos este regalo tan grande, nuestros hijos.”

El 22 de Octubre de 1995, antes de fallecer, repetía: “Hacer tu Voluntad Señor, es mi paz”. Su causa de beatificación ha sido iniciada en la diócesis de Padua donde vive todavía la familia Mocellin, difundiendo el luminoso ejemplo de la Sierva de Dios.

Oración: Oh Señor, fuente de todo bien, Tú has iluminado de manera admirable a esta joven madre, y se ha convertido en un ejemplo de fe, de vida familiar y de defensa de la vida. María Cristina ha preparado y construido una familia verdaderamente cristiana, haciendo que cada elección de su vida estuviera de acuerdo con el Evangelio. En la Eucaristía siempre encontró el consuelo y el valor para afrontar todas las dificultades de la vida. Te pedimos, oh Padre, que te dignes glorificar en la tierra a esta tu humilde Sierva, que por tu bondad, confiamos que ya la has recompensado en el cielo. Que su vida sea un ejemplo para nuestras familias cristianas. Te lo pedimos por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Fuente: Cf. amicidicristinaonlus.it

Castidad y caridad


La castidad, la caridad y la humildad carecen externamente de relieve, pero no de belleza; y, ciertamente, no es poca su belleza, ya que llenan de gozo a la divina mirada. ¿Qué hay más hermoso que la castidad, la cual purifica al que ha sido concebido de la corrupción, convierte en familiar de Dios al que es su enemigo y hace del hombre un ángel?

El hombre casto y el ángel son diferentes por su felicidad, pero no por su virtud. Y, si bien la castidad del ángel es más feliz, sabemos que la del hombre es más esforzada. Sólo la castidad significa el estado de la gloria inmortal en este tiempo y lugar de mortalidad; sólo la castidad reivindica para sí, en medio de las solemnidades nupciales, el modo de vida de aquella dichosa región en la cual ni los hombres ni las mujeres se casarán, y permite, así, en la tierra la experiencia de la vida celestial.

Sin embargo, aunque la castidad sobresalga de modo tan eminente, sin la caridad no tiene ni valor ni mérito. La castidad sin la caridad es una lámpara sin aceite; y, no obstante, como dice el sabio, qué hermosa es la generación casta, con caridad, con aquella caridad que, como escribe el Apóstol, brota del corazón limpio, de la buena conciencia y de la fe sincera.

Fuente: De las cartas de san Bernardo, abad

Confirmación del celibato sacerdotal

San José Gabriel del Rosario Brochero, modelo de sacerdote fiel

“Llegará el tiempo en que los hombres no soportarán más la sana doctrina...” (2 Tim. 4, 3)

El celibato sacerdotal, que la Iglesia custodia desde hace siglos como perla preciosa, conserva todo su valor también en nuestro tiempo.

Pero se ha manifestado la expresa voluntad de solicitar de la Iglesia que reexamine esta institución suya característica, cuya observancia, según algunos, llegaría a ser ahora problemática y casi imposible en nuestro tiempo y en nuestro mundo. Una serie interminable de dificultades se presentará a los que “no... entienden esta palabra” (Mt 19, 11), no conocen u olvidan el “don de Dios” (cf. Jn 4, 10) y no saben cuál es la lógica superior de esta nueva concepción de la vida, y cual su admirable eficacia, su exuberante plenitud.

Semejante coro de objeciones parece que sofocaría la voz secular y solemne de los pastores de la Iglesia, de los maestros de espíritu, del testimonio vivido por una legión sin número de santos y de fieles ministros de Dios, que han hecho del celibato objeto interior y signo exterior de su total y gozosa donación al ministerio de Cristo. No, esta voz es también ahora fuerte y serena; no viene solamente del pasado, sino también del presente. En nuestro cuidado de observar siempre la realidad, no podemos cerrar los ojos ante esta magnífica y sorprendente realidad; hay todavía hoy en la santa Iglesia de Dios, en todas las partes del mundo, innumerables ministros sagrados que viven de modo intachable el celibato voluntario y consagrado; y junto a ellos no podemos por menos de contemplar las falanges inmensas de los religiosos, de las religiosas y aun de jóvenes y de hombres seglares, fieles todos al compromiso de la perfecta castidad; castidad vivida no por desprecio del don divino de la vida, sino por amor superior a la vida nueva que brota del misterio pascual; vivida con valiente austeridad, con gozosa espiritualidad, con ejemplar integridad. Este grandioso fenómeno prueba una singular realidad del reino de Dios, que vive en el seno de la sociedad moderna, a la que presta humilde y benéfico servicio de “luz del mundo y de sal de la tierra”.

La vigente ley del sagrado celibato debe también hoy, y firmemente, estar unida al ministerio eclesiástico; ella debe sostener al ministro en su elección exclusiva, perenne y total del único y sumo amor de Cristo y de la dedicación al culto de Dios y al servicio de la Iglesia, y debe cualificar su estado de vida, tanto en la comunidad de los fieles, como en la profana.

Fuente: San Pablo VI, Encíclica Sacerdotalis caelibatus

La Nave y las tempestades


En medio de cada etapa de la historia, Dios nunca dejó de suscitar personalidades vigorosas que, no rindiéndose a las circunstancias, supieron enfrentar con lucidez y coraje la adversidad de la situación. Refiriéndose a esos hombres y mujeres providenciales escribía a fines del siglo XIX, época azarosa de la historia, monseñor Charles E. Freppel:

No conozco páginas más bellas en la historia que aquellas donde veo una gran causa en apariencia vencida, y que encuentra a su servicio hombres tan arrojados que no se entregan a la desesperanza. He ahí los grandes ejemplos que conviene proponer a la generación de nuestro tiempo, para inclinarla a que pongan al servicio de la religión y de la patria un coraje que no se deje quebrar por las derrotas pasajeras del derecho y de la verdad. Hablo a jóvenes que tendrán que luchar más tarde por la causa de Dios y de la sociedad cristiana, en las filas del sacerdocio, de la magistratura, de la administración, del ejército, o en cualquier otro puesto que haya complacido a la Providencia asignarles. La virtud de la fortaleza les será necesaria en toda circunstancia. Por qué no decirlo, queridos hijos, el período de la historia en que se desarrollará la vida de ustedes, no se anuncia como una era de tranquilidad, en que el acuerdo de las inteligencias y de las voluntades aleja el combate. Pero cualesquiera sean las alternativas de reveses o de éxitos que el futuro les reserve, la recomendación que yo querría darles es que jamás se entreguen al desaliento. Porque Dios, de quien somos y para quien vivimos, no nos manda vencer sino combatir. El honor de una vida, así como su verdadero mérito, consiste en poder repetir hasta el fin aquellas palabras del divino Maestro: “Lo que debimos hacer, lo hicimos” (Lc 17.10). El resto hay que dejado en manos de Dios, que da la victoria o que permite la derrota, y que hace contribuir a una y otra al cumplimiento de sus eternos e impenetrables designios.

Nadie puede ignorar que estamos pasando por circunstancias dramáticas no sólo en la historia del mundo sino también en la vida de la Iglesia. Recordemos la terrible frase del papa Pablo VI acerca del humo de Satanás que ha penetrado hasta el interior de la Iglesia, sumiéndola en “un momento de autodemolición”.

Aunque todo parezca naufragar, la Iglesia posee la promesa de la indefectibilidad, un hecho realmente milagroso: “Yo estaré con vosotros hasta la consumación del mundo” (Mt 28, 20). Cristo está siempre en la Iglesia. A veces parecerá que duerme, en medio de las borrascas, pero está.

Fuente: Cf. Alfredo Sáenz, La Nave y las tempestades I

Método para asistir con fruto a la Santa Misa


Al ver a tantos que voluntariamente asisten a la santa Misa con marcada irreverencia, distraídos, sin atención, sin modestia y sin arrodillarse, con dolor podemos asegurar que no asisten al divino Sacrificio como María Santísima y San Juan, sino como los judíos, crucificando otra vez a Jesucristo, con gran escándalo y deshonor de nuestra santa Religión.

Asistid, a tan augusto Sacrificio, pero con disposiciones de verdaderos cristianos, e imaginaos ver a Jesucristo sufriendo todos los tormentos de su dolorosa Pasión, y expuesto por nuestra salvación a los más bárbaros tratos.

Durante la Misa, estad con recogimiento y modestia, de manera que nada os pueda distraer; que vuestro espíritu, vuestro corazón y vuestros sentidos no se ocupen más que en honrar a Dios. Os recomiendo que tengáis gran empeño en no faltar nunca a la Misa; aun cuando tuvieseis algo que sufrir por ser fieles a esta piadosa práctica.

San Isidro, pobre labrador de una granja, se levantaba muy temprano para oír Misa, con el fin de ejecutar a su debido tiempo las órdenes de su amo. La constancia con que cumplió este acto de devoción le mereció, además de gracias muy especiales de Dios, toda clase de bendiciones sobre sus trabajos.

Acordaos también de aplicar la Misa en sufragio de las almas del Purgatorio y especialmente por las de vuestros parientes y bienhechores difuntos.

Fuente: San Juan Bosco, La juventud instruida

Un sueño de Don Bosco


Vi entonces una multitud de gente dispersa por aquellos jardines que se divertía en medio de la mayor alegría.

Domingo Savio se adelantó solo, dando unos pasos hacia mí y se detuvo tan cerca de donde yo estaba que si hubiese extendido la mano, ciertamente le habría tocado. Callaba y me miraba también él sonriente. ¡Qué hermoso estaba! Su vestido era realmente singular. Le caía hasta los pies una túnica blanquísima. Ceñía su cintura con una amplia faja roja. Todos llevaban la cintura ceñida por una faja roja.

Comprendí entonces que la faja de color de sangre, era símbolo de los grandes sacrificios hechos, de los violentos esfuerzos y casi del martirio sufrido por conservar la virtud de la pureza; y que, para mantenerse casto en la presencia del Señor, hubiera estado pronto a dar la vida, si las circunstancias así lo hubiesen exigido; y que al mismo tiempo simbolizaba las penitencias que libran al alma de la mancha de la culpa. La blancura y esplendor de la túnica representaban la conservación de la inocencia bautismal.

“¿Qué hizo de extraordinario Domingo Savio en sus casi 15 años de vida? Lo que también podéis hacer vosotros: eligió por lema "antes morir que pecar", se propuso hacer felices a sus compañeros, estar entre ellos como elemento catalizador, enseñar catecismo a los más pequeños; unió a una alegría grande, el estudio serio; y ha llegado a santo con una existencia no milagrosa, sino heroicamente generosa. Todos podéis asemejaros a Santo Domingo Savio si queréis; y os lo deseo de todo corazón” (San Juan Pablo II, Audiencia general del 6 de mayo de 1981)

Fuente: Cf. Los sueños de Don Bosco

Las virtudes heroicas de un joven laico (II)

Venerable Isidoro Zorzano

En Isidoro destacaría su perseverancia en lo ordinario, que implica lealtad: cumplió hasta el último día de su vida los compromisos que había asumido. Podría parecer que se trata de algo fácil, quizá por una concepción equivocada de lo que significa heroísmo: esta palabra no es sinónimo de hechos extraordinarios o hazañas sorprendentes, imposibles de realizar para una persona normal. Heroísmo es practicar las virtudes con constancia y durante un periodo de tiempo suficientemente largo, ahí donde uno está, en lo de todos los días, en el cumplimiento de sus obligaciones como trabajador, ciudadano, amigo, miembro de una familia, etc. Esto es lo que hizo Isidoro.

Le encantaba su profesión y sabía que Dios le llamaba a buscar la santidad en su trabajo. Por amor a Dios, por ejemplo, era el primero en llegar por la mañana a la oficina, llevaba con buen humor y visión sobrenatural los disgustos e injusticias ocasionados por algunos de sus jefes, buscaba hacer todo con competencia profesional, se esforzaba por ser amable en el trato con los demás, era conocido su sentido de justicia y su cercanía con los obreros que trabajaban bajo su dirección que sabían, además, que “con don Isidoro no cabían chapuzas”, porque se cercioraba personalmente que los trabajos se habían hecho a conciencia. Isidoro dio además clases en la Escuela Industrial de Málaga y sus alumnos recuerdan que era siempre paciente y que podían dirigirse a él para pedir cualquier explicación incluso yendo a su casa. Entre los estudiantes se repetía con frecuencia que “era un santo”.

Compaginaba su trabajo con una intensa vida de oración, tenía un gran amor a la Eucaristía, madrugaba todos los días para asistir a Misa y comulgar, colaboraba con obras asistenciales e intentaba acercar a sus amigos y colegas a Dios.

Oración. Dios Todopoderoso, que llenaste a tu siervo Isidoro de abundantes tesoros de gracia en el ejercicio de sus deberes profesionales en medio del mundo: haz que yo sepa también santificar mi trabajo ordinario y llevar la luz de Cristo a mis amigos y compañeros; dígnate glorificar a tu Siervo y concédeme por su intercesión el favor que te pido. Así sea.

Fuente: opusdei.org

Las virtudes heroicas de un joven laico (I)

Venerable Isidoro Zorzano

Isidoro Zorzano, que fue un siervo bueno y fiel precisamente en lo poco: amó a Dios y al prójimo en las circunstancias de la vida ordinaria.

Era un hombre equilibrado, de carácter más bien reflexivo y reservado, trabajador infatigable. Quienes le conocieron recuerdan su afabilidad y simpatía, no exuberantes, y su espíritu abierto a las necesidades de los demás.

Isidoro buscó de modo constante la santidad en el mundo, como fiel laico, en el cumplimiento amoroso de sus deberes diarios, en el trabajo profesional y en las variadas circunstancias de la vida ordinaria.

Vivió ejemplarmente la diligencia en el trabajo, la lealtad y el espíritu de servicio hacia sus colegas, el amor a la justicia en la promoción de iniciativas en favor de los más necesitados, la fe y la caridad a través de labores de catequesis y de formación para los sectores más abandonados de la sociedad.

Isidoro Zorzano buscaba en todas sus acciones la gloria de Dios y el bien espiritual de quienes le rodeaban. Desarrolló un apostolado asiduo con sus amigos y con los jóvenes. Movido por una profunda conciencia de su filiación divina, se esforzó con perseverancia en el cumplimiento fiel de varias prácticas de piedad recomendadas por la Iglesia. Su vida interior tenía su centro y raíz en la Santa Misa; por eso albergaba una honda devoción eucarística y recibía con frecuencia el sacramento de la penitencia. Eran asimismo abundantes las muestras de su devoción a la Virgen Santísima. Daba una importancia primordial a la oración mental y vocal. Practicó el espíritu de penitencia y de mortificación, sobre todo en el cumplimiento del deber de cada instante y en recibir con alegría las dificultades y contrariedades.

Fuente: Decreto sobre las virtudes heroicas, 21 de diciembre de 2016

Meditando en la Navidad (VII)


La noche ha cerrado del todo en las campiñas de Belén. Desechados por los hombres y viéndose sin abrigo, María y José han salido de la inhospitalaria población, y se han refugiado en una gruta que se encontraba al pie de la colina. Seguía a la Reina de los Ángeles el jumento que le había servido de cabalgadura durante el viaje y en aquella cueva hallaron un manso buey, dejado ahí probablemente por alguno de los caminantes que había ido a buscar hospedaje en la ciudad.

El Divino Niño, desconocido por sus criaturas, va a tener que acudir a los irracionales para que calienten con su tibio aliento la atmósfera helada de esa noche de invierno, y le manifiesten con esto su humilde actitud, el respeto y la adoración que le había negado Belén. La rojiza linterna que José tenía en la mano iluminaba tenuemente ese paupérrimo recinto, ese pesebre lleno de paja que es figura profética de las maravillas del Altar y de la íntima y prodigiosa unión eucarística que Jesús ha de contraer con los hombres. María está en adoración en medio de la gruta, y así van pasando silenciosamente las horas de esa noche llena de misterios.

¡Oh, adorable Niño! Nosotros también queremos ofreceros nuestra pobre adoración; no la rechacéis: Venid a nuestras almas, venid a nuestros corazones llenos de amor. Encended en ellos la devoción a vuestra santa Infancia, no intermitente y sólo circunscrita al tiempo de vuestra Navidad, sino siempre y en todos los tiempos; devoción que fiel y celosamente propagada nos conduzca a la vida eterna, librándonos del pecado y sembrando en nosotros todas las virtudes cristianas.

Fuente: Fernando de Jesús Larrea, Novena de Navidad

Arca de la Alianza


Todos los personajes más ilustres, los más notables sucesos y las cosas más nobles del Antiguo Testamento eran figuras de los acontecimientos y de los personajes del Nuevo, enseña el Apóstol San Pablo, por esto representaban a Cristo principalmente, a su Iglesia y a María su Madre, así eran figuras de Ella: el Arca de la Noé, el Arca de la Alianza, etc.

El Arca simbolizaba la firmeza y la constancia de María en la práctica de las más singulares y excelsas virtudes que poseía. El Arca estaba forrada por dentro y por fuera de oro purísimo y simbolizaba a María, llena de todas las virtudes, especialmente del amor a Dios y a la humanidad, que es la más preciosa de todas las virtudes. El Arca era la mayor gloria de Israel, Dios residía en ella, desde ella daba sus respuestas y daba a conocer al pueblo su voluntad. La Virgen Santísima, es después de Dios, la gloria y la alegría de la celestial Jerusalén y de la Jerusalén terrestre: la Santa Iglesia.

En resumen, en el Arca nos place ver especialmente el símbolo de María Inmaculada, que concibió al Verbo de Dios y lo dio a luz de modo inefable. Esta Arca mística fue también construida bajo el diseño Divino. San Bernardo la llama “escogida y conocida desde toda la eternidad por el Altísimo para que fuese un día su Madre”.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Casa de Oro


María es llamada Casa de Oro, porque sus virtudes y su pureza que tienen un brillo y una perfección deslumbradora, son como una admirable obra hecha de oro purísimo.

Ante todo se llama Casa. El Verbo de Dios, se lee en los Proverbios, erigió para sí mismo como morada, una noble casa; obra admirable de la eterna Sabiduría en el que habitó con su misma Divina Persona. Nuestro Señor en esta santa casa tomó su Carne y su Sangre. Era necesario que esta Casa fuese hecha de Oro, porque había de dar parte de este oro para formar el Cuerpo del Hijo de Dios.

Esta Casa tiene por sólido fundamento, la humildad más profunda, por paredes las más singulares virtudes; por adorno la riqueza de todos los dones de la naturaleza y de la gracia; por techo la Caridad más perfecta hacia Dios y hacia los hombres. Está cimentada sobre siete columnas que indican las Virtudes Teologales y Cardinales y los dones del Espíritu Santo.

María Santísima pasó por el sufrimiento como el oro por el crisol y cuando subió al cielo fue colocada junto al Rey.

Pidamos la intercesión de nuestra Madre Santísima, Casa de Oro, para que nos obtenga el perdón de los pecados y la perseverancia final para nuestra salvación y la de los nuestros. Dios nada le negará.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Espejo de Justicia


Por justicia no debemos entender aquí la virtud de la lealtad, de la equidad, de la rectitud en la conducta, sino más bien la justicia o perfección moral, en cuanto abarca, a la vez, todas las virtudes y significa un estado del alma virtuoso y perfecto, de tal manera que el sentido de la palabra justicia es casi equivalente al sentido de la palabra santidad.

Por esto, al ser llamada María, espejo de justicia, lo hemos de entender en el sentido de que es espejo de santidad, de perfección y de bondad sobrenatural. Ella reflejaba a Nuestro Señor, que es la Santidad Infinita.

María llegó a reflejar la santidad de Jesús viviendo con El. ¡Cuán semejantes llegan a ser los que se aman y viven juntos! María amaba a su Divino Hijo con un amor indecible ya que lo tuvo consigo durante treinta años. Si estuvo llena de gracia antes de haberlo concebido en su Seno, debió alcanzar una santidad incomprensiblemente mayor después de haber vivido tan íntimamente con El durante aquellos treinta años.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Virgen Clemente


La clemencia según Santo Tomás de Aquino es aquella virtud que templa el rigor de la justicia con la misericordia; que concede y obtiene el perdón o la disminución del castigo merecido. Esta hermosa y amable virtud, prosigue Santo Tomás, nace del amor. Quien ama a una persona no quiere que ésta sea castigada.

De esto se sigue que cuando el perdón total o la disminución de la pena son compatibles con el verdadero bien, entonces la amorosa clemencia perdona o impetra el perdón.

La clemencia, resplandece en María Santísima más que en cualquier otra persona. Ella se ocupa y se preocupa de impetrar el perdón para los pecadores. Por eso la Iglesia la honra con el título de Virgen Clemente. Nuestra Madre Santísima nos ama porque ama a Dios. El amor de Dios y el amor del prójimo son dos amores inseparables y nadie nos ama como Ella.

No se puede medir el amor Infinito del Corazón de Jesús, aquel Corazón inflamado con las llamas del Amor Divino y que fue atravesado por la lanza. Ningún otro corazón está tan cerca del amor de Jesús, como el de su Madre. Ninguno alcanza tan encendida caridad. Ella nos ama en Cristo, ama en nosotros la Sangre del Hijo derramada en el Calvario y aplicada en los Sacramentos. Ella más que nadie conoce en Dios el altísimo valor de un alma. No hay otro amor más hermoso y más fuerte que el de María porque brota de la purísima fuente del amor de Dios.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Virgen digna de alabanza


Debemos imitar las virtudes de la Virgen María y procurar que los demás también lo hagan y que se conozca y admire su singular santidad. Es una exigencia del amor, que es difusivo por naturaleza, propagar, glorificar, hacer conocer a la persona amada. Este es el sentido de esta invocación: Virgen digna de alabanza.

María vivió en la piadosa sombra de una oscuridad que conmueve, en profunda y perfecta humildad. Aparece en la primera parte del Evangelio y después solamente reaparece en el Calvario cuando participó en las penas de la Cruz.

Después de Jesucristo, el alma más santa y más excelsa fue sin duda la de María Santísima, por eso debe ser, la más exaltada y colmada de alabanzas.

Estas alabanzas y esta gloria tuvieron principio antes que Ella estuviera sobre la tierra participando del privilegio del Hijo. Fue exaltada mucho antes de nacer.

La Iglesia en su Liturgia, ha coronado a María con las fiestas en su honor introducidas en el año eclesiástico, los oficios, los himnos, las Letanías, las procesiones, la solemne coronación de sus imágenes, etc., que manifiestan el amor de la Iglesia hacia su Madre Celestial. Para Ella, el genio de los grandes Doctores de la Iglesia, la pluma de los Teólogos, la palabra enamorada de los oradores sagrados y la oración confiada de todos los que la aman.

Bienaventurada la boca que habla de María Santísima frecuentemente y con reverencia. Bienaventurada la persona que a través de la pluma celebra y escribe con santo entusiasmo las grandezas y la gloria de tan excelsa Madre.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Jesús manso y humilde de Corazón


En su forma eucarística, Jesús nos enseña a anonadarnos para asemejarnos a Él: la amistad exige la igualdad de vida y de condición; para vivir de la Eucaristía nos es indispensable anonadarnos con Jesús, que en ella se anonada.

Entremos ahora en el Alma de Jesús y en su Sagrado Corazón, y veamos qué sentimientos han animado y animan a este divino Corazón en el Santísimo Sacramento.

Nosotros pertenecemos a Jesús sacramentado. ¿No se da a nosotros para hacernos una misma cosa con Él? Necesitamos que su espíritu informe nuestra vida, que sus lecciones sean escuchadas por nosotros, porque Jesús en la Eucaristía es nuestro Maestro. Él mismo desea enseñarnos a servirle para que lo hagamos a su gusto y según su voluntad, lo cual es muy justo, puesto que Él es nuestro Señor y nosotros sus servidores.

Ahora bien, el Espíritu de Jesús se revela en aquellas palabras: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. El espíritu de Jesús es de humildad y de mansedumbre, humildad y mansedumbre de corazón, es decir, humildad y mansedumbre aceptadas y amadas por imitar a Jesús. Nuestro señor Jesucristo quiere formarnos en estas virtudes y para esto se halla en el Santísimo Sacramento y viene a nosotros. Quiere ser nuestro Maestro y nuestro guía en estas virtudes: sólo Él puede enseñárnoslas y darnos la gracia necesaria para practicarlas.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Es necesario tener paciencia


La fe nos enseña que las malas inclinaciones permanecen en nosotros, por lo menos en germen, hasta la muerte, y nadie puede, sin privilegio especial, como el que la Iglesia reconoce en la Virgen María, evitar todos los pecados veniales, al menos los no deliberados.

En la práctica, nos olvidamos con frecuencia de esta doble tesis, y será bueno que veamos cómo la desarrolla San Francisco de Sales, con su sencillo lenguaje: “No pensemos que, mientras estemos en esta vida, podremos vivir sin imperfecciones, porque esto no es posible, ya seamos superiores o inferiores, puesto que todos somos hombres; y todos necesitamos estar persuadidos de esta verdad, para así no asombrarnos de vernos todos sujetos a imperfecciones. Nuestro Señor nos mandó decir todos los días en el Padrenuestro: Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no hay excepción para este mandato, porque todos tenemos necesidad de hacer esta súplica. El amor propio puede ser modificado en nosotros, pero no por eso muere jamás; así, de vez en cuando, en ocasiones diversas, vuelve a echar brotes, que demuestran que, aunque está cortado por la base, no está desarraigado. A veces no se mueve, pero no debemos extrañarnos de encontrarlo vivo. Como el zorro, aparenta estar dormido alguna vez, pero de repente salta sobre las gallinas; por eso es necesario vigilarlo con constancia y defendernos de sus asaltos con suavidad y paciencia. Y si alguna vez nos hiere, estaremos curados si nos desdecimos de lo que nos ha hecho decir o deshacemos lo que nos ha hecho hacer”.

Pero estaremos curados sólo temporalmente, hasta que se declaren nuevas enfermedades, porque “hasta que nos veamos en el Paraíso”, añade nuestro Santo, y mientras dure esta vida, por grande que sea nuestra buena voluntad “es necesario tener paciencia, pues somos de naturaleza humana y no angélica”.

Fuente: José Tissot, El arte de aprovechar nuestras faltas

El Padre Pío en los altares (IV)


“Mi yugo es suave y mi carga ligera”. Las palabras de Jesús a los discípulos podemos considerarlas como una magnífica síntesis de toda la existencia del Padre Pío de Pietrelcina. La imagen evangélica del yugo evoca las numerosas pruebas que el humilde capuchino de San Giovanni Rotondo tuvo que afrontar. Hoy contemplamos en él cuán suave es el yugo de Cristo y cuán ligera es realmente su carga cuando se lleva con amor fiel. La vida y la misión del padre Pío testimonian que las dificultades y los dolores, si se aceptan por amor, se transforman en un camino privilegiado de santidad, que se abre a perspectivas de un bien mayor, que sólo el Señor conoce.

“En cuanto a mí, Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo”. ¿No es precisamente el gloriarse de la cruz, lo que más resplandece en el Padre Pío? ¡Cuán actual es la espiritualidad de la cruz que vivió el humilde capuchino de Pietrelcina! Nuestro tiempo necesita redescubrir su valor para abrir el corazón a la esperanza.

En toda su existencia buscó una identificación cada vez mayor con Cristo crucificado, pues tenía una conciencia muy clara de haber sido llamado a colaborar de modo peculiar en la obra de la redención. Sin esta referencia constante a la cruz no se comprende su santidad.

En el plan de Dios, la cruz constituye el verdadero instrumento de salvación para toda la humanidad y el camino propuesto explícitamente por el Señor a cuantos quieren seguirlo. Lo comprendió muy bien el santo fraile del Gargano, el cual, en la fiesta de la Asunción de 1914, escribió: “Para alcanzar nuestro fin último es necesario seguir al divino Guía, que quiere conducir al alma elegida sólo a través del camino recorrido por Él, es decir, por el de la abnegación y el de la cruz”.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 16 de junio de 2002

El Padre Pío en los altares (III)


El Padre Pío, además de su celo por las almas, se interesó por el dolor humano, promoviendo en San Giovanni Rotondo un hospital, al que llamó: “Casa de alivio del sufrimiento”. Sabía bien que quien está enfermo y sufre no sólo necesita una correcta aplicación de los medios terapéuticos, sino también y sobre todo un clima humano y espiritual que le permita encontrarse a sí mismo en la experiencia del amor de Dios y quiso mostrar que los milagros ordinarios de Dios pasan a través de nuestra caridad.

El Padre Pío solía repetir: “Abandonaos plenamente en el Corazón divino de Cristo, como un niño en los brazos de su madre”. Que esta invitación penetre también en nuestro espíritu como fuente de paz, de serenidad y de alegría. ¿Por qué tener miedo, si Cristo es para nosotros el camino, la verdad y la vida? ¿Por qué no fiarse de Dios que es Padre, nuestro Padre?

“Santa María de las gracias”, a la que el humilde capuchino de Pietrelcina invocó con constante y tierna devoción, nos ayude a tener los ojos fijos en Dios. Que ella nos lleve de la mano y nos impulse a buscar con tesón la caridad sobrenatural que brota del costado abierto del Crucificado.

Y tú, Padre Pío, dirige desde el cielo tu mirada hacia nosotros. Intercede por aquellos que en todo el mundo elevan a ti sus súplicas. Ven en ayuda de cada uno y concede la paz y el consuelo a todos los corazones.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 2 de mayo de 1999

El Padre Pío en los altares (II)


No menos dolorosas, y humanamente tal vez aún más duras, fueron las pruebas que el Padre Pío tuvo que soportar, por decirlo así, como consecuencia de sus singulares carismas. Como testimonia la historia de la santidad, Dios permite que el elegido sea a veces objeto de incomprensiones. Cuando esto acontece, la obediencia es para él un crisol de purificación, un camino de progresiva identificación con Cristo y un fortalecimiento de la auténtica santidad.

Muchos, encontrándose directa o indirectamente con el Padre Pío, han recuperado la fe, siguiendo su ejemplo. A quienes acudían a él les proponía la santidad, diciéndoles: “Parece que Jesús no tiene otra preocupación que santificar vuestra alma”.

Si la Providencia divina quiso que realizase su apostolado sin salir nunca de su convento, casi plantado al pie de la cruz, esto tiene un significado. Un día, en un momento de gran prueba, el Maestro divino lo consoló, diciéndole que “junto a la cruz se aprende a amar”.

Sí, la cruz de Cristo es la insigne escuela del amor; más aún, el manantial mismo del amor. El amor de este fiel discípulo, purificado por el dolor, atraía los corazones a Cristo y a su exigente evangelio de salvación.

Al mismo tiempo, su caridad se derramaba como bálsamo sobre las debilidades y sufrimientos de sus hermanos.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 2 de mayo de 1999

Invoquemos la intercesión de los Santos


Los Santos, que ya poseen a Dios en el cielo, cuidan de nuestra santificación y nos ayudan a adelantar en el ejercicio de la virtud con su poderosa intercesión y los buenos ejemplos que nos dejaron: debemos, pues, venerarlos; son poderosos intercesores: debemos invocarlos; son nuestros modelos: debemos imitarlos.

Debemos venerarlos, y, al venerarlos, veneramos a Dios y a Jesucristo en ellos.

Debemos invocarlos, porque, con su poderosa intercesión nos alcanzarán más fácilmente las gracias de que hemos menester.

Ante todo debemos imitar sus virtudes. Todos ellos trabajaron por copiar en sí los trazos del divino modelo, y todos ellos pueden decirnos con San Pablo: “Sed imitadores míos como yo lo fui de Jesucristo”. A cada cual pediremos especialmente la virtud en que sobresalió, seguros de que tiene gracia especial para alcanzárnosla.

Nuestra devoción, pues, será ante todo hacia los Santos que vivieron en la misma condición de vida que nosotros, que se emplearon en los mismos oficios y practicaron la virtud de que habernos mayor menester. Por otra parte, hemos de tener especial devoción a nuestros santos patronos, considerando como un indicio providencial, del que hemos de aprovecharnos, el hecho de llevar su nombre. Mas, si por razones especiales, la gracia nos inclina hacia éste o el otro santo, cuyas virtudes dicen mejor con las necesidades de nuestra alma, no hay inconveniente alguno en dedicarnos a imitarlos, siempre con el consejo de un sabio director.

Entendida así la devoción a los Santos, es provechosa en extremo: los ejemplos de aquellos que tuvieron las mismas pasiones que nosotros, padecieron las mismas tentaciones, y, con todo ello, favorecidos con las mismas gracias, alcanzaron la victoria, son un poderoso estímulo que aguijoneará nuestra dignidad, y hará que formemos enérgicos propósitos y trabajemos con constancia en ponerlos por obra. Las oraciones de ellos pondrán la última mano en la obra y nos ayudarán a caminar sobre sus huellas.

Fuente: Adolfo Tanquerey, Compendio de Teología ascética y mística

El confesor y guía espiritual de santa Faustina Kowalska


Treinta y tres años después de su muerte, el Padre Miguel Sopocko (1888-1975), gran promotor del mensaje de la Divina Misericordia y confesor de Santa María Faustina Kowalska, fue beatificado en Polonia el 28 de septiembre de 2008. El Cardenal Estanislao Dziwisz, entonces Arzobispo de Cracovia, en su homilía dijo que “la Divina Providencia usó este sacerdote para que la invariable verdad de la Divina Misericordia pudiera alcanzar un camino especial hacia la mente y los corazones de la gente del siglo XX. Ese siglo se ha caracterizado de cierta manera por sus crueles sistemas totalitarios los cuales trataron de remover por la fuerza la esperanza de la vida de las personas, donde se trató de arrancar su dignidad, condenándolos a un sentimiento de desesperación. Entre los momentos de oscuridad de la vida, la lucha diaria con la maldad y las experiencias difíciles asociadas con la vida, había la necesidad de un rayo de luz y esperanza. Ese rayo fue un poderoso recordatorio de la verdad de nuestro destino el cual está en las manos de Dios misericordioso. El Beato Sopocko proclamó la misericordia de Dios no sólo a través de su participación directa en esta labor, la cual fue iniciada por la Hermana Faustina. El mismo fue un hombre de infinita confianza en la misericordia de Dios. Esa fue su actitud espiritual, una característica especial de su identidad cristiana”.

El Cardenal Ángelo Amato invitó a todos a seguir las enseñanzas del Beato Miguel Sopocko, especialmente en las relaciones familiares. Él dijo: “En las familias, hay una necesidad de misericordia cada día, cada día la esposa debe ser compasiva con su esposo y vise-versa, continuamente reconfirmando su fidelidad recíproca. Cada día los padres deben ser magnánimos al perdonar a sus hijos, al experimentar sus errores. Pero los hijos, también deben ser pacientes con sus padres. Todos en la familia, en el trabajo, en la sociedad, en todas partes, deben ejercer la misericordia”.

El Papa Benedicto XVI, después de su mensaje del Ángelus en Roma, dijo: “Saludo con afecto a los fieles reunidos para la beatificación del siervo de Dios Miguel Sopocko, confesor y guía espiritual de santa Faustina Kowalska. Por su sugerencia, la santa describió sus experiencias místicas y las apariciones de Jesús misericordioso. También gracias a sus esfuerzos se pintó y transmitió al mundo la imagen con la inscripción Jesús, en ti confío. Este siervo de Dios se dio a conocer como celoso sacerdote, educador y propagador del culto de la Misericordia divina”.

Fuente: marian.org

Santa Mónica, una madre ejemplar


Mónica trataba de reprimir las inclinaciones torcidas de Agustín y ponerle en condiciones de acercarse más fácilmente a Dios. Ponía sus mejores deseos y cuidados en que su hijo fuese casto, puro y santo. Ojalá que todas las madres cristianas aprendieran de este ejemplo para no desmayar en la obra de bendición que la Providencia les encomendara.

Mónica no cesaba de llorar día y noche y pedir a Dios por la conversión de su hijo. Y en su humildad profunda se recogía en la oración, y la confianza cristiana mitigaba algún tanto su amargo sufrimiento. Nunca perdió la esperanza de ser oída y de salir adelante en su empresa. No en vano la piedad cristiana nos la ha representado como la personificación del llanto y la esfinge augusta del dolor que redime y salva.

Las lágrimas de madre son siempre fecundas en sus propósitos y atraen las misericordias del cielo.

Pocos corazones en el mundo se habrán amado tan intensa y tiernamente como esta madre y este hijo. Por eso la historia y la poesía han identificado sus vidas en una sola epopeya de amor.

La obra de Mónica estaba concluida. Su misión de madre salvadora se ennoblecía al abrazar sobre su pecho al hijo convertido. Dios premió con creces su llanto y sus oraciones. Es imposible que perezca el hijo de tantas lágrimas. La Iglesia y el mundo son deudoras a Santa Mónica de eterna gratitud.

Fuente: Gabriel Riesco, Retorno a San Agustín

Instaurar todas las cosas en Cristo

S.S. Pio XII, canonizando al Sumo Pontífice Pio X el 3 de septiembre de 1954

El amable carácter de Pío X y la bondad de su corazón han sido atestiguados por todos cuantos tuvieron con él algún contacto. Pero sería un gran error creer que esta característica tan atrayente de Pío X le retratara plenamente o resumiera sus dotes y cualidades, nada más lejos de la verdad. Al lado de esta “bondad”, y felizmente combinada con la ternura de su corazón paternal, poseía una indomable energía de carácter.

Cuando surgía alguna cuestión en la que se hacía necesario definir y mantener los derechos y libertad de la Iglesia, cuando la pureza e integridad de la verdad católica requerían afirmación y defensa o era preciso sostener la disciplina eclesiástica contra la relajación o las influencias mundanas, Pío X revelaba entonces toda la fuerza y energía de su carácter y el intrépido valor de un gran Pontífice consciente de la responsabilidad de su sagrado ministerio y de los deberes que creía tenía que cumplir a toda costa. Era inútil, en tales ocasiones, que nadie tratara de doblegar su constancia; toda tentativa de intimidarle con amenazas o de halagarle con especiosos pretextos o recursos meramente sentimentales, estaba condenada al fracaso.

Su mirada, su conversación, todo su ser, respiraban tres cosas: bondad, firmeza, fe. La bondad del hombre, la firmeza del dirigente y la fe del cristiano, del sacerdote, del Pontífice, del hombre de Dios.

Tenía la clara visión de la rectitud, y esta clara visión no podían engañarla ninguna mentira, sofisma o hipocresía. Con calma, sin inmutarse, denunciaba y condenaba el error adondequiera que lo viese; ninguna consideración era capaz de doblegarle. Pío X demostró ser un verdadero dirigente. Su nombre permanecerá para siempre ligado a la reorganización de los Tribunales y Congregaciones Romanas y a la codificación del Derecho Canónico, trabajo colosal terminado con rapidez. Ningún Papa ha sido tan reformador y tan moderno como este valiente adversario de los errores modernistas. Fiel a su consigna, acometió la empresa de restaurar y renovar todas las cosas en Jesucristo.

Fuente: Cardenal Rafael Merry del Val, El Papa San Pio X: Memorias

En la Beatificación del Papa Pio IX


En la Homilía del 3 de septiembre de 2000, S.S. Juan Pablo II dijo: Al escuchar las palabras de la aclamación al Evangelio: “Señor, guíanos por el recto camino”, nuestro pensamiento ha ido espontáneamente a la historia humana y religiosa del Papa Pío IX, Giovanni Maria Mastai Ferretti. En medio de los acontecimientos turbulentos de su tiempo, fue ejemplo de adhesión incondicional al depósito inmutable de las verdades reveladas. Fiel a los compromisos de su ministerio en todas las circunstancias, supo atribuir siempre el primado absoluto a Dios y a los valores espirituales. Su larguísimo pontificado no fue fácil, y tuvo que sufrir mucho para cumplir su misión al servicio del Evangelio. Fue muy amado, pero también odiado y calumniado.

Sin embargo, precisamente en medio de esos contrastes resplandeció con mayor intensidad la luz de sus virtudes: las prolongadas tribulaciones templaron su confianza en la divina Providencia, de cuyo soberano dominio sobre los acontecimientos humanos jamás dudó. De ella nacía la profunda serenidad de Pío IX, aun en medio de las incomprensiones y los ataques de muchas personas hostiles. A quienes lo rodeaban, solía decirles: “En las cosas humanas es necesario contentarse con actuar lo mejor posible; en todo lo demás hay que abandonarse a la Providencia, la cual suplirá los defectos y las insuficiencias del hombre”.

Sostenido por esa convicción interior, convocó el Concilio Vaticano I, que aclaró con autoridad magistral algunas cuestiones entonces debatidas, confirmando la armonía entre fe y razón. En los momentos de prueba, Pío IX encontró apoyo en María, de la que era muy devoto. Al proclamar el dogma de la Inmaculada Concepción, recordó a todos que en las tempestades de la existencia humana resplandece en la Virgen la luz de Cristo, más fuerte que el pecado y la muerte.

Oración: Señor Dios nuestro, que, en tiempos de grandes transformaciones culturales y sociales, guiaste el camino de tu Iglesia, confiándola al seguro magisterio, al infatigable celo apostólico y a la ferviente caridad de tu siervo el papa Pío IX, te pedimos humildemente, por la intercesión de la Santísima Virgen, a quien proclamó Inmaculada, que confirmes nuestra fe, que alimentes nuestra esperanza y fortalezcas nuestra caridad. Amén.

Aniversario del nacimiento del Beato Carlos de Austria

Fotografías de la infancia del Beato Carlos de Austria

El día 17 de agosto de 1887, Persenbeug, a cien kilómetros al oeste de Viena, está de fiesta. Sus habitantes adornan las casas, las campanas tocan a voleo, los petardos estallan por todas partes; se acaba de conocer la noticia del nacimiento del primer hijo del archiduque Otto y de María Josefa de Sajonia. La formación del joven Carlos fue especialmente cuidada. María Josefa tenía un alto sentido de sus deberes maternales. Paciente y muy piadosa, impartió a su hijo una profunda enseñanza religiosa y se dedicó a su educación con enorme afán. María Josefa contaba con la ayuda de Mlle. Liese, una excelente institutriz a la que Carlos profesaba un gran cariño.

La Princesa Wittgenstein cuenta que un día vio subir la escalera a una persona que, perdiendo el aliento, seguía al principito de tres años. De repente, con aire preocupado, el niño se volvió hacia la señora que no acababa de subir las escaleras y exclamó: "Bueno, ahora vamos a descansar un poco".

Carlos era alegre sin exageración, y proporcionaba alegría al palacio. Desde muy pronto dio pruebas del altruismo y la generosidad que más tarde caracterizarían su personalidad, y distribuía entre los niños desfavorecidos los regalos de Navidad o de cumpleaños que, con gran gozo, acababa de recibir. Se dice que a los cinco años había expresado al administrador su deseo de trabajar en el jardín para ganar algún dinero: "Mira, hay niños pobres, y yo querría ayudarles con lo que gane". También solía interceder ante su padre para evitar la reprimenda a algún sirviente.

Cuando Carlos tenía siete años, el dominico P. Geggerle, se encargaba de su instrucción religiosa, y nos traza el siguiente retrato del niño: "Era sincero, piadoso, modesto y extraordinariamente delicado de conciencia. Jamás le vi encolerizarse en el trato con sus compañeros; siempre, y en todas partes, se mostraba como un camarada excelente. Sobre todo era de una modestia desacostumbrada en un niño de su condición".

A partir de 1885, pasó a las manos de un nuevo preceptor, el conde Wallis, entonces capitán de caballería. La elección no pudo ser más acertada: católico ferviente, soldado de corazón, era la persona perfecta para encargarse de la educación militar e intelectual del joven archiduque. Al principio, el niño se sintió desconcertado ante la férrea disciplina que le impuso el capitán, pero muy pronto se crearon entre ambos unos profundos lazos de amistad.

Carlos toma la primera comunión en 1898, en Viena. Uno de los asistentes comenta: "Si no supiéramos rezar, ese joven nos enseñaría a hacerlo".

Fuente: Cf. Michel Dugast Rouillé, Carlos de Habsburgo

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