Amar la Voluntad de Dios es nuestra alegría


El encuentro con las manifestaciones visibles del amor de Dios puede suscitar en nosotros el sentimiento de alegría, que nace de la experiencia de ser amados. Pero dicho encuentro implica también nuestra voluntad y nuestro entendimiento.

El reconocimiento del Dios viviente es una vía hacia el amor, y el sí de nuestra voluntad a la suya abarca entendimiento, voluntad y sentimiento en el acto único del amor. No obstante, éste es un proceso que siempre está en camino: el amor nunca se da por “concluido” y completado; se transforma en el curso de la vida, madura y, precisamente por ello, permanece fiel a sí mismo.

Querer lo mismo y rechazar lo mismo, es lo que los antiguos han reconocido como el auténtico contenido del amor: hacerse uno semejante al otro, que lleva a un pensar y desear común.

La historia de amor entre Dios y el hombre consiste precisamente en que esta comunión de voluntad crece en la comunión del pensamiento y del sentimiento, de modo que nuestro querer y la voluntad de Dios coinciden cada vez más: la voluntad de Dios ya no es para mí algo extraño que los mandamientos me imponen desde fuera, sino que es mi propia voluntad, habiendo experimentado que Dios está más dentro de mí que lo más íntimo mío. Crece entonces el abandono en Dios y Dios es nuestra alegría.

Fuente: S.S. Benedicto XVI, Carta encíclica Deus caritas est

Santidad en Argentina - Beata Catalina de María Rodríguez


Josefina Saturnina Rodríguez de Zavalía, más conocida por su nombre eclesiástico Catalina de María Rodríguez, nació en la Córdoba de 1823. Su familia tuvo gran protagonismo político, social y religioso. Su padre secretario de los gobernadores Bustos y Paz, su primo Santiago Derqui, presidente del país. Ella y sus tres hermanas perdieron a los padres muy pequeñas y fueron criadas por sus tías

Catalina, a los 17 años hace sus primeros Ejercicios Espirituales. Se dedica a promover y sostener la obra de los Ejercicios. A los 29 años se casa con el Coronel Zavalía, viudo con dos hijos. Se van a vivir a Paraná, donde tienen una hija que se muere al nacer. Regresan a Córdoba y tiempo más tarde Catalina queda viuda, allí, a los 42 años renace su Sueño Dorado: Formar una comunidad de Señoras al servicio de las mujeres más vulnerables para catequizarlas, enseñarles a trabajar y vivir con ellas.

Pasan 7 años de pruebas, contratiempos, oscuridades en donde Catalina mantiene su deseo en alto porque esa idea estaba entrañada en su alma y en esos intentos encontraba consuelo en Dios de quien todo lo esperaba y cuya confianza no le faltó jamás. Finalmente el 29 de septiembre de 1872 nacen las Hermanas Esclavas del Corazón de Jesús. Primera Congregación de vida apostólica de la Argentina.

Por pedido del San José Gabriel Brochero y la decisión de Catalina en 1880, 16 hermanas cruzan las Sierras Grandes a caballo para atender la Casa de Ejercicios y el Colegio de Niñas fundados por el Cura Brochero.

Tras una prolífica obra al frente de la congregación, Catalina falleció el 5 de abril de 1896 a los 73 años. Entregó su alma a Dios diciendo: “¡Qué cosa tan dulce es morir esclava del Corazón de Jesús!”. Fué beatificada el 25 de noviembre de 2017.

Fuente: Cf. madrecatalinademaria.com

El culto al Corazón Eucarístico de Jesús (VI)


Hoy celebramos la Fiesta del Corazón Eucarístico de Jesús: jueves siguiente a la Solemnidad del Sagrado Corazón

Dignidad de esta devoción

Es el símbolo de un amor eterno. Y "amor con amor se paga". El amor tiene sus manifestaciones externas. Las de Cristo están claras. ¿Las nuestras? El culto al Corazón Eucarístico de Jesús no es una devoción melosa y dulzona. Aunque a veces haya sido objeto de una imaginería artísticamente desdichada, y una literatura piadosa no más feliz. ¿Puede haber algo más digno y hermoso que glorificar al Señor que nos ha amado desde la eternidad?

Saludables efectos que de ella se siguen

Nos damos cuenta en seguida de las deformaciones que esta excelsa devoción ha llegado a padecer.

Pero nos cuesta mucho ver los bienes que de ella provienen:

-Sobre nosotros está el gesto benévolo de la divina misericordia.

-Nos sentimos justificados por ese amor divino purificador de los falsos amores.

-El amor misericordioso nos aplasta de vergüenza. A pesar de todas las miserias Dios nos ama con amor infinito.

Devoción santificadora y sublime

Porque el Corazón de Jesús es en la eucaristía "horno ardiente de caridad" que nos santifica.

Porque esta devoción une en sí lo más sublime del Amor:

-El Corazón de Jesús, y

-El misterio del amor: la eucaristía.

MODO DE PRACTICARLO

En cuanto al Corazón Eucarístico de Jesús, supone tres cosas:

Amor

Nos lo pide el mismo Cristo:

"Dame, hijo mío, tu corazón" (Prov. 23, 26).

"Permaneced en mi amor" (Jn. 15,9).

Reparar

Nuestros pecados, ingratitudes, tibiezas, negligencias...

Los sacrilegios, blasfemias, e irreverencias contra la eucaristía.

Los escándalos del mundo; las burlas de los impíos.

La frialdad de los malos cristianos.

Pedir

La conversión de los infieles y pecadores.

La santificación y perseverancia de los justos.

El triunfo y dilatación de la Iglesia católica.

La paz del mundo en el reino de Cristo.

Fuente: Antonio Royo Marín, El Corazón De Jesús

El culto al Corazón Eucarístico de Jesús (III)

La eucaristía contiene el Corazón de Jesús

En ella honramos el objeto de esta devoción, que es el corazón real, no las imágenes que le representan.

Si el corazón de Cristo, por una desoladora hipótesis, se encontrase solamente en cielo, la distancia no modificaría la legitimidad del culto.

Pero la fe nos dice que está oculto y velado en la eucaristía, realmente, amándonos y deseando ser amado.

Allí debemos buscar su Sacratísimo Corazón.

Quiso permanecer muy cerca de nosotros, y se hizo prisionero en los sagrarios.

Jesús desea que le amemos en la eucaristía

Quiere que en este divino sacramento le amemos, visitemos como amigo y experimentemos mejor los efectos de su amor.

Quiere desde el sagrario ayudarnos en nuestras necesidades.

En la eucaristía como sacrificio -la santa misa- nos proporciona el medio de ofrecer al Padre una reparación infinita por nuestros pecados.

Cómo debemos practicar esta devoción

Honrando al Corazón de Cristo en la eucaristía.

Asistiendo a la misa con agradecimiento, respeto y amor.

Ofreciendo la misa al Padre:

-En acción de gracias por habernos dado el Sagrado Corazón, tan bueno y amoroso para nosotros.

-Para que el Sagrado Corazón sea mejor conocido y amado de todo el mundo.

-En desagravio por las injurias de los hombres a este Corazón Eucarístico.

Fuente: Antonio Royo Marín, El Corazón De Jesús

Corazón de Jesús, nuestro descanso y fortaleza


Vivir en el Corazón de Jesús, unirse a él estrechamente es, por tanto, convertirnos en morada de Dios. El que me ama será amado por mi Padre, nos anunció el Señor. Y Cristo y el Padre, en el Espíritu Santo, vienen al alma y hacen en ella su morada.

Cuando -aunque sea sólo un poco- comprendemos esos fundamentos, nuestra manera de ser cambia. Tenemos hambre de Dios, y hacemos nuestras las palabras del Salmo: Dios mío, te busco solícito, sedienta de ti está mi alma, mi carne te desea, como tierra árida, sin agua. Y Jesús, que ha fomentado nuestras ansias, sale a nuestro encuentro y nos dice: si alguno tiene sed, venga a mí y beba. Nos ofrece su Corazón, para que encontremos allí nuestro descanso y nuestra fortaleza. Si aceptamos su llamada, comprobaremos que sus palabras son verdaderas: y aumentará nuestra hambre y nuestra sed, hasta desear que Dios establezca en nuestro corazón el lugar de su reposo, y que no aparte de nosotros su calor y su luz.

Fuego he venido a traer a la tierra, y ¿qué he de querer sino que arda? Nos hemos asomado un poco al fuego del Amor de Dios; dejemos que su impulso mueva nuestras vidas, sintamos la ilusión de llevar el fuego divino de un extremo a otro del mundo, de darlo a conocer a quienes nos rodean: para que también ellos conozcan la paz de Cristo y, con ella, encuentren la felicidad. Un cristiano que viva unido al Corazón de Jesús no puede tener otras metas: la paz en la sociedad, la paz en la Iglesia, la paz en la propia alma, la paz de Dios que se consumará cuando venga a nosotros su reino.

María, Regina pacis, reina de la paz, porque tuviste fe y creíste que se cumpliría el anuncio del Angel, ayúdanos a crecer en la fe, a ser firmes en la esperanza, a profundizar en el Amor. Porque eso es lo que quiere hoy de nosotros tu Hijo, al mostrarnos su Sacratísimo Corazón.

Fuente: San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa

El Corazón traspasado de Amor por los hombres

Jesús en la Cruz, con el Corazón traspasado de Amor por los hombres, es una respuesta elocuente -sobran las palabras- a la pregunta por el valor de las cosas y de las personas. Valen tanto los hombres, su vida y su felicidad, que el mismo Hijo de Dios se entrega para redimirlos, para limpiarlos, para elevarlos. ¿Quién no amará su Corazón tan herido?, preguntaba ante eso un alma contemplativa. Y seguía preguntando: ¿quién no devolverá amor por amor? ¿Quién no abrazará un Corazón tan puro? Nosotros, que somos de carne, pagaremos amor por amor, abrazaremos a nuestro herido, al que los impíos atravesaron manos y pies, el costado y el Corazón. Pidamos que se digne ligar nuestro corazón con el vínculo de su amor y herirlo con una lanza, porque es aún duro e impenitente.

Son pensamientos, afectos, conversaciones que las almas enamoradas han dedicado a Jesús desde siempre. Pero, para entender ese lenguaje, para saber de verdad lo que es el corazón humano y el Corazón de Cristo y el amor de Dios, hace falta fe y hace falta humildad. Con fe y humildad nos dejó San Agustín unas palabras universalmente famosas: nos has creado, Señor, para ser tuyos, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.

Cuando se descuida la humildad, el hombre pretende apropiarse de Dios, pero no de esa manera divina, que el mismo Cristo ha hecho posible, diciendo tomad y comed, porque esto es mi cuerpo: sino intentando reducir la grandeza divina a los limites humanos. La razón, esa razón fría y ciega que no es la inteligencia que procede de la fe, ni tampoco la inteligencia recta de la criatura capaz de gustar y amar las cosas, se convierte en la sinrazón de quien lo somete todo a sus pobres experiencias habituales, que empequeñecen la verdad sobrehumana, que recubren el corazón del hombre con una costra insensible a las mociones del Espíritu Santo. La pobre inteligencia nuestra estaría perdida, si no fuera por el poder misericordioso de Dios que rompe las fronteras de nuestra miseria: os dará un corazón nuevo y os revestiré de un nuevo espíritu; os quitaré vuestro corazón de piedra y os daré en su lugar un corazón de carne. Y el alma recobra la luz y se llena de gozo, ante las promesas de la Escritura Santa.

Fuente: San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa

El Corazón de Cristo (III)

Estampa del funeral del Beato Carlos de Austria

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús debe sernos grata a todos porque en ella se honra a Jesucristo, no ya en uno de sus estados o misterios particulares, sino en la generalidad y totalidad de su Amor, de ese Amor que nos da la clave de todos los misterios.

La práctica general de esta devoción tiende a devolver a Nuestro Señor amor por amor, a apoderarse de toda nuestra actividad, y penetrarla de amor que sea agradable a Jesucristo, de tal modo, que los ejercicios particulares no son más que medios de expresar a nuestro divino Maestro el recíproco amor que le tenemos. Es esto efecto, y muy precioso por cierto de esta devoción, puesto que toda la religión cristiana se reduce a dedicarnos por amor al servicio de Jesucristo, y por Él al servicio del Padre y del Espíritu Santo.

El cristianismo es el amor de Dios manifestado al mundo por Cristo, y toda nuestra religión cristiana puede reducirse a contemplar este amor en Cristo y responder al amor de Cristo para llegarnos hasta Dios.

Tal es el plan divino y lo que Dios quiere de nosotros. Si no nos amoldamos a él, no tendremos ni luz, ni verdad, ni seguridad, ni salvación.

Cuando recibimos a Nuestro Señor en la sagrada Comunión, hospedamos en nosotros aquel Corazón divino, hoguera de amor.

Pidámosle muy de veras nos haga Él mismo comprender este amor, porque un rayo que nos venga de arriba es harto más eficaz que todos los discursos humanos; pidámosle que nos haga amar a su divina Persona.

Fuente: Beato Columba Marmión, Jesucristo en sus Misterios

Santa Margarita María y su Consagración

Santa Margarita María de Alacoque

He aquí el texto de la Consagración que Santa Margarita María hizo de sí misma, dictado por el Sagrado Corazón, tal como lo escribió al P. Croiset.

“Yo, ... me entrego y consagro al Corazón de Nuestro Señor Jesucristo; mi persona y mi vida, mis acciones, penas y padecimientos, para no servirme de nada de mi ser, sino sólo para amarle, honrarle y glorificarle. Mi voluntad irrevocable es ser todo para El y hacerlo todo por su amor, renunciando de todo corazón a todo lo que no sea de su agrado. Te elijo, pues, Sagrado Corazón, como único objeto de mi amor, protector de mi vida, prenda de mi salvación, y remedio en mi fragilidad e inconstancia, reparador de todos los defectos de mi vida, y refugio seguro en la hora de mi muerte. Sé, oh Corazón bondadoso, mi justificación ante Dios, tu Padre, y no permitas que caigan sobre mí los rayos de su justa cólera: Corazón amante, en ti tengo puesta mi confianza, pues todo lo temo de mi malicia y fragilidad, pero lo espero todo de tu bondad. Haz desaparecer de mí todo aquello que te desagrade o se resista a ti. Tu purísimo Amor arraigue tan íntimo en mi corazón, que nunca pueda olvidarte o separarme de ti: Te suplico, por todas tus bondades, que mi nombre se escriba en ti, puesto que he cifrado toda mi gloria y felicidad en vivir y morir como esclavo tuyo. Así sea.”

Fuente: Dom Próspero Gueranger, El Año Litúrgico

La santidad está a nuestro alcance

En las vidas de todos los santos, encontramos las siguientes similitudes: Amor a Dios y al prójimo, determinación para seguir a Jesús y para levantarse de inmediato después de una caída, completa ruptura con el pecado grave, crecimiento en la virtud y la oración y, el cumplimiento de la Voluntad de Dios.

Estas características están al alcance de todo ser humano y en ellas no desaparecen las faltas o imperfecciones. En este punto, debemos hacer una distinción entre faltas y pecados. Una persona santa cumple los mandamientos y se ayuda de las disposiciones y capacidades que posee para que este cumplimiento sea un proceso de imitación de Cristo, un proceso de santificación. Sin embargo, tiene también una serie de debilidades que lo hacen escoger, constantemente, entre él mismo y Dios. Es en este vaciarse personalmente que cada uno, al irse llenando de Jesús, se va haciendo santo.

La santidad es una “experiencia de crecimiento” y éste consiste en el incremento del conocimiento, amor, autocontrol y todas las demás virtudes imitables de Jesús. No tenemos que perder de vista la santidad mientras avanzamos en la vida, ya que la santidad significa que Jesús es para nosotros lo que ninguna otra cosa puede ser en el mundo.

El santo es la persona que ama a Jesús como para querer ser como Él en la vida cotidiana. Como Él, cumplir amorosamente la Voluntad de Dios, sabiendo que de todas las cosas saldrá algo bueno porque es amado personalmente por Dios.

Los santos son gente común con la compasión del Padre en sus almas, la humildad de Jesús en sus mentes y el amor del Espíritu en sus corazones. Cuando estas bellas cualidades crecen día a día en las situaciones cotidianas, nace la santidad.

Fuente: Madre Angélica, La santidad es para todos

La virtud del Abandono en los santos (V)

Es el santo abandono aquel estado en que el alma amante se entrega sin condiciones ni reservas al beneplácito de Dios, y ello así en el orden de la naturaleza como en el de la gracia.

El alma que así se da al santo abandono quiere todo lo que Dios quiere, porque Él lo quiere y de la manera que Él lo quiere, en orden a su cuerpo, lo mismo si le da salud como enfermedad, así le coloque en un país como en otro y sin distinción de condiciones de casa, trabajo, alimento o sociedad que plazca a Dios. Todo le es igual, todo le resulta amable con estas solas palabras: Así lo quiere Dios, tal es su beneplácito. Como hijo a quien el porvenir no inquieta, el alma santamente abandonada a Dios duerme con sosiego en el seno maternal de la divina Providencia, o descansa a sus pies. El hijo que tiene una buena madre no se inquieta de lo que pueda venir, pues su madre piensa por él. Choquen los elementos entre sí, ruja la tempestad, amenace el mar tragarlo todo, tiemblen todos de espanto: el hijo del santo abandono duerme sin temores en el seno maternal de la divina Providencia. No hay tempestades para él. Los hombres son malos, quieren arrebatarle todo: bienes, libertad, reputación, mas él se deja despojar sin montarse en cólera ni desesperarse. Como le queda Dios, y Dios le ama, por harto feliz se tiene; tanto más cuanto que así se ve más libre para ir hacia el Padre celestial.

El alma que practica el santo abandono, como un niño, pone en manos de Dios su espíritu para que Él sea su luz y la luz que le plazca: clara o velada, luz de fe o luz manifiesta; no quiere saber más que lo que Dios quiere que sepa; es como un ciego a quien Dios abre o cierra los ojos según tenga por bien. Con toda sencillez entrega el corazón a Dios, para a Él solo amar en todas las cosas y en cualquier estado. Entrega del todo a Dios su propia voluntad para que Él la gobierne, la vuelva y revuelva según le plazca. El alma santamente abandonada a Dios, se da a su servicio sin elegir ni amar otra cosa que lo que Dios le escoge y le cambia a cualquier hora como le da la gana. Sirve a Dios haciendo uso de los medios del momento presente, sin apegarse ni a su estado, ni a los medios, ni a las gracias; no se apoya más que en la santa voluntad de Dios.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

El Padre Garrigou-Lagrange nos habla del Abandono

La esperanza heroica se echa de ver no sólo en su firmeza, sino también en el confiado abandono en los brazos de la Providencia y en la todopoderosa bondad de Dios. Este abandono difiere del quietismo, en cuanto que va acompañado de esperanza y de la constante fidelidad al deber, aun en las cosas pequeñas, según las palabras del Señor: “Qui fidelis est in minimo, et in majori fidelis est: El que es fiel en las cosas pequeñas, también lo es en las grandes” (Lc 16, 10). Y este tal tendrá el auxilio divino hasta para soportar el martirio, si es preciso. La constante fidelidad a la voluntad de Dios conocida en el deber de cada momento nos dispone a abandonarnos con entera confianza en la divina voluntad, de la cual, dependen nuestro futuro y nuestra eternidad.

No hay cosa que dé contento a nuestro corazón como el amor de Jesucristo, por el camino del desasimiento, que tan íntimamente nos une a la divina voluntad. Este amor de conformidad con la divina voluntad conocida por sus preceptos, consejos y sucesos de la vida, nos permite abandonarnos a lo que de esa voluntad no conocemos, y de lo que depende nuestro futuro. En este filial abandono está encerrada la fe, la confianza y el amor de Dios; y puede condensarse en estas palabras: “Señor, en vos confío”. El abandono es el camino que debemos seguir; la fidelidad de cada día y cada momento son los pasos que damos en este camino.

La práctica del puro amor consiste sobre todo en abandonarse en la divina Providencia y en el beneplácito de la divina voluntad. Tal acto de abandono supone la fe, y la esperanza, y un amor de Dios cada día más puro y ardiente.

Fuente: Réginald Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior

La voluntad de Dios es que seamos santos (IX)

Todos nosotros tenemos un corazón y un alma hecha sólo para amar, y capaz de amar lo indecible. A todos se propone el mismo Dios a amar, todos tenemos las mismas razones para amarlo; por lo tanto todos podemos amarlo cuanto queramos; en este amor consiste la verdadera y sublime santidad; por lo tanto podemos ser santos en el grado más sublime que queramos. Imaginen el amor más grande que haya tenido una criatura por Dios; cada hombre ayudado por la divina gracia, que Dios no niega nunca a quien se la pide con humildad, puede amarlo aún más. Y la razón principal es ésta: porque siendo Dios más amable cuanto más nos ama, puede amarse siempre más, y siempre más merece ser amado. ¡Oh Dios! ¡Oh Caridad! ¡Oh Divino Amor! ¿cuándo aprenderemos a amarte como se debe?.

Aprende de una vez, que en cualquier estado en que te encuentres eres capaz de amar a tu Dios, y de amarlo cuanto quieras; que en todos los estados hubo santos, y que se hicieron santos justamente por la gracia de este amor. Aprende, que tienes un alma, la cual te asemeja a Dios, creada por Dios, que es espiritual y que la envileces forzándola a amar a las criaturas. Aprende, que esta alma no puede encontrar reposo si no es en Dios.

Alza de una vez, alza esta alma y este corazón del mundo y lánzate en Dios, busca a Dios, ama a Dios y serás santo. Si alguno te dice que no debes hacerlo, te engaña; si alguno te dice que no puedes, te engaña todavía más. Animo entonces, animo. Todos debemos hacernos santos, todos podemos serlo; hagámonos santos de verdad. No es difícil el hacerse santos, lo difícil es querer serlo.

Fuente: San Antonio Gianelli, Homilía “De la obligación de hacernos santos”

La voluntad de Dios es que seamos santos (VIII)

No me digan: no podemos, porque puede darse que no puedan rezar por largo tiempo, arrodillándose con las manos juntas. No sabrían hacer meditaciones bien ordenadas, recitar oraciones estudiadas, bien compuestas y afectuosas según la manera de pensar de ustedes; mas piensen en las máximas eternas, piensen seriamente y digan de corazón al Señor aquello que saben, y no vayan a buscar otras cosas: el Señor mira el corazón, no las palabras.

¿No podrán dar limosnas? recen, compadézcanse, aconséjense, corríjanse. Su estado no les permitirá hacer largas oraciones y rigurosas penitencias, pues hagan sólo aquello que pueden; al menos ofrezcan al Señor sus dificultades, sus fatigas, sus sudores, al menos lleven con paciencia aquellas tribulaciones, aquellas desgracias, aquellas enfermedades, aquellas cruces que Dios les envía, y a Él le serán mucho más agradables que aquellas penitencias que ustedes quisieran hacer.

No pueden predicar y convertir el mundo a la fe; pero pueden dar buen ejemplo; vean que del ejemplo que dan en el vestir, en el hablar, en el conversar y en el actuar no se pueda aprender sino el bien, y entonces harán más bien que el que hacen los mismos predicadores. Si desean hacer algo más y no pueden, lloren en lo secreto de sus corazones, lloren no sólo sus propios pecados sino los pecados de todos los hombres, la desgracia de los herejes, de los incrédulos, de los infieles, de los obstinados.

¡Ah! ¡Mis queridos! ¡Si supieran que la santidad más grande está en el corazón y no en la apariencia de lo que se ve! Díganme con sencillez: ¿la sustancia de nuestra ley, no consiste en amar al prójimo y en amar a Dios? Y el prójimo y Dios ¿no se aman con el corazón? Y hablando especialmente de Dios ¿no es verdad que debemos amarlo con un amor entrañable, con un amor ardiente, con un amor tan grande que supere grandemente la esfera de nuestras acciones? Y he aquí, mis oyentes, el más grande motivo por el cual, no sólo, todos podemos y debemos hacernos santos, sino también por el cual Dios no ha querido poner algún límite a nuestra santidad, diciendo que debemos ser perfectos como Él.

Fuente: San Antonio Gianelli, Homilía “De la obligación de hacernos santos”

La virtud del Abandono en los santos (II)

Padre mío,

me entrego en vuestras manos.

Padre mío,

me abandono a Vos.

Padre mío,

haz de mi lo que os plazca.

Sea lo que hagáis de mí, os lo agradezco;

estoy dispuesto a todo;

lo acepto todo;

os agradezco todo;

con tal que vuestra Voluntad se haga en mí, Dios mío;

con tal que vuestra Voluntad se haga en todas vuestras criaturas, en todos vuestros hijos,

en todos aquellos que vuestro Corazón ama,

no deseo nada más Dios mío.

En vuestras manos entrego mi alma;

os la doy, Dios mío,

con todo el amor de mi corazón,

porque os amo

y porque para mí amarte es darme,

entregarme en vuestras manos sin medida;

me entrego en vuestras manos

con infinita confianza,

pues Vos sois mi Padre.

Amén.

Fuente: Beato Carlos de Foucauld, Escritos espirituales

Habrá niños santos - Venerable Raquel Ambrosini


Raquel, hija única del doctor Alberto Ambrosini y Filomena Sordillo, nació el 2 de julio de 1925 en Pietradefusi, Italia. Algunos testigos dicen que sus primeras palabras fueron “Ave María”, las que todos los días escuchó a su madre recitando durante la oración del Rosario.

Era una niña generosa, caritativa, humilde, silenciosa, extremadamente buena, como una pequeña azucena a la que se le permite por un corto tiempo darle a la tierra el encanto de su perfume.

Raquel recordaba el día de su primera comunión, el 12 de junio de 1932, como el más bello de su vida. Su primer encuentro con el Señor había puesto en su corazón el deseo de ser más virtuosa, de obedecer más a sus padres y en especial de abandonarse a la Voluntad de Dios.

Más tarde, se mudó a otra ciudad para realizar sus estudios y se unió a la Acción Católica. Se comprometía en sus estudios y tenía un profundo sentido del deber; era muy respetuosa con sus maestras y siempre estaba disponible para ayudar a sus compañeros de clase. Un día escribe a sus amigos: “Amen la vida como el único medio por el cual pueden alcanzar la felicidad eterna en el Cielo; ámenla como un regalo de Dios, abrácenlo con afecto aunque tenga la forma de una cruz”.

En el momento en que escribió estas palabras, la cruz ya está marcando su vida: primero una otitis purulenta, luego un malestar generalizado, finalmente una meningitis. Raquel fallece santamente el 10 de marzo de 1941. Fue declarada venerable el 10 de mayo de 2012.

Fuente: cf. fondazionerachelinambrosini.it

Contemplando a Jesús, herido por mí


Véante mis ojos, dulce Jesús bueno;

véante mis ojos, muérame yo luego.

Santa Teresa de Jesús


No me mueve, mi Dios, para quererte

el cielo que me tienes prometido,

ni me mueve el infierno tan temido

para dejar por eso de ofenderte.


Tú me mueves, Señor, muéveme el verte

clavado en una cruz y escarnecido,

muéveme ver tu cuerpo tan herido,

muévenme tus afrentas y tu muerte.


Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,

que aunque no hubiera cielo, yo te amara,

y aunque no hubiera infierno, te temiera.


No me tienes que dar porque te quiera,

pues aunque lo que espero no esperara,

lo mismo que te quiero te quisiera.


Anónimo


En esta tarde, Cristo del Calvario,

vine a rogarte por mi carne enferma;

pero, al verte, mis ojos van y vienen

de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.


¿Cómo quejarme de mis pies cansados,

cuando veo los tuyos destrozados?

¿Cómo mostrarte mis manos vacías,

cuando las tuyas están llenas de heridas?


¿Cómo explicarte a ti mi soledad,

cuando en la cruz alzado y solo estás?

¿Cómo explicarte que no tengo amor,

cuando tienes rasgado el corazón?


Ahora ya no me acuerdo de nada,

huyeron de mí todas mis dolencias.

El ímpetu del ruego que traía

se me ahoga en la boca pedigüeña.


Y sólo pido no pedirte nada,

estar aquí, junto a tu imagen muerta,

ir aprendiendo que el dolor es sólo

la llave santa de tu santa puerta.

Amén.


Gabriela Mistral

La vida ordinaria no es cosa de poco valor

Beato Carlos de Austria 08 12

No es la vida corriente y ordinaria, la que vivimos entre los demás conciudadanos, nuestros iguales, algo chato y sin relieve. Es precisamente en esas circunstancias donde el Señor quiere que se santifique la inmensa mayoría de sus hijos.

Es necesario repetir una y otra vez que Jesús no se dirigió a un grupo de privilegiados, sino que vino a revelarnos el amor universal de Dios. Todos los hombres son amados de Dios, de todos ellos espera amor. De todos, cualesquiera que sean sus condiciones personales, su posición social, su profesión u oficio. La vida corriente y ordinaria no es cosa de poco valor: todos los caminos de la tierra pueden ser ocasión de un encuentro con Cristo, que nos llama a identificarnos con El, para realizar -en el lugar donde estamos- su misión divina.

Dios nos llama a través de las incidencias de la vida de cada día, en el sufrimiento y en la alegría de las personas con las que convivimos, en los afanes humanos de nuestros compañeros, en las menudencias de la vida de familia. Dios nos llama también a través de los grandes problemas, conflictos y tareas que definen cada época histórica, atrayendo esfuerzos e ilusiones de gran parte de la humanidad.

Fuente: San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa

Habrá niños santos - Venerable Antonieta Meo

Antonieta Meo 01 01

Antonieta Meo, nació en Roma el 15 de diciembre de 1930. A los tres años frecuentó un jardín de infancia de religiosas y a los 5 años se inscribió en la Acción Católica, en el grupo de las más pequeñas.

A los 6 años de edad un osteosarcoma le obliga a la amputación de la pierna izquierda. Ya a aquella edad tenía un concepto del valor del sufrimiento incomprensible sin la gracia de Dios. Una religiosa enfermera de la clínica testimonió: «Una mañana, mientras ayudaba a la enfermera que ordenaba el cuarto de la niña, entró su papá, el cual, después de haberla acariciado, le preguntó: ¿Sientes mucho dolor? Y Antonieta respondió: Papá, el dolor es como la tela, cuanto más fuerte más valor tiene.»
La religiosa añadió: "Si no lo hubiese escuchado con mis propios oídos, no lo hubiera creído."

Comienza a ir a la escuela primaria a los 6 años con una prótesis que le provoca muchos fastidios. Pero todo lo ofrece a Jesús: "Cada paso que doy que sea una palabrita de amor". El día del aniversario de la amputación lo quiere celebrar con un gran almuerzo y con una novena a la Virgen de Pompeya, porque gracias a este evento había podido ofrecer su sufrimiento a Jesús. Cuando encontraba un pobre, ella quería darle el centavo que tenía.
La noche de navidad de 1936 recibe con fervor la Prima Comunión y pocos meses después la Confirmación. La amputación de la pierna no había bloqueado el tumor, que se extendió a la cabeza, a la mano, al pie, a la garganta y a la boca. Tanto los dolores de la enfermedad como los tratamientos que trataban de curarla eran muy fuertes.

Son célebres sus cartas a Jesús y María: desde muy pequeña se las dictaba a su mamá y, cuando supo escribir, lo hizo ella misma. Cada noche las colocaba debajo de una estatuilla del Niño Jesús para que él viniera de noche a leerlas.
Le gustaba frecuentar la escuela y el catecismo. Escribía a Jesús en una de sus cartas: "Voy con entusiasmo, porque se aprenden tantas cosas bellas sobre Ti y sobre tus Santos".
La última carta está fechada el 2 de junio de 1937 y terminará en las manos de Pío XI, quien hará llegar inmediatamente a la niña la bendición apostólica. La madre recuerda: «Me senté a la cabecera de su cama y escribí lo que Antonieta me dictaba trabajosamente: "Querido Jesús Crucificado, yo te quiero tanto y te amo tanto. Yo quiero estar contigo en el Calvario". En ese momento a Antonieta le entró un violento ataque de tos y vomitó, pero en cuanto se le pasó quiso continuar: "Querido Jesús te quiero repetir que te quiero mucho mucho"...»
Murió el 3 de julio de 1937 en medio de terribles dolores. No había cumplido ni siquiera 7 años. Su vida ha sido un testimonio de santidad para todos los niños.

Fuente: cf. vatican.va y aciprensa.com

Voy a hablarte de piedad... (III)

Beato Carlos de Austria 03 07 Beato Carlos de Austria en Misa

¿Os parece cansada y ridícula la repetición de cincuenta Ave Marías que forma el Rosario de María? Comprendo que lo sea para vosotros si no acompañáis el murmurio de los labios con el afecto del corazón. Dadme un corazón que ame a la Virgen; aquella repetición de súplicas y alabanzas le parecerá lo más natural. Al amor nunca le cansa repetir sus proclamas.

Examinad con este criterio todos los actos de la Religión; paraos en los sencillos ejercicios populares los que teméis rebajaros entregándoos a ellos. ¿Nunca habéis comprendido el afecto tiernísimo, el amor acendrado que encierran aquellos ósculos, aquellas cruces, aquellas fórmulas breves y sencillas? ¡Vuestra fría ilustración no las comprende! ¡Mirad en cambio cómo las comprende el corazón! ¡Mirad cómo las conserva y las transmite el pueblo fiel; cómo las entiende, cómo se regala con ellas, cómo las saborea! Es que siente en ellas el perfume de la piedad. Ama, y por esto comprende el idioma del amor, que para vosotros es extranjero.

No es buen juez el ciego en materia de colores, ni el corazón frío en punto a sentimientos. ¿No tenéis piedad? En vano es que os pondere sus excelencias. Pero sabedlo, aunque decoraseis toda la Biblia y pudieseis explicar en cátedra las obras de los mejores teólogos, sin piedad nada apenas sabríais de la Religión, nada poseeríais de ella. Sin el amor, sin la caridad, sin el sentimiento de la piedad nada seríais.
¿Por ventura no lo ha dicho con mayor y más subida elocuencia el Apóstol en aquellas palabras: «Cuando yo hablara todas las lenguas de los hombres y el lenguaje de los Ángeles mismos, si no tuviera caridad vengo a ser como metal que suena o campana que retiñe.»?
¿Lo oís, católicos a vuestro modo? ¿Podéis ser verdaderamente religiosos si nos sois profundamente piadosos?

Fuente: Pbro. Félix Sardá y Salvany, Revista Popular, marzo de 1872.

Voy a hablarte de piedad... (II)

Meditar 16 16

La Religión, aunque exige el homenaje exterior del hombre, es principal y esencialmente interior; del exterior puede prescindir algunas veces, del interior nunca. Este homenaje interior, este afecto del corazón es lo que llamamos devoción o piedad: he aquí, pues, por qué no se puede ser religioso sin ser piadoso. Y el que no es piadoso no es religioso. O más claro, el que no tiene piedad no tiene Religión. Esta consecuencia pudo parecer al principio inverosímil. ¿No es verdad que se la encuentra ahora muy ajustada?

Ama y haz lo que quieras, ha dicho con valentía un Santo Padre: si no amas, nada harás aunque hagas todo lo que quieras, podemos añadir nosotros. Comprendo hasta cierto punto que los pobres incrédulos hallen ridícula nuestra Religión. Lo comprendo. No viendo en ella más que un conjunto de prácticas exteriores, como lo es la de tantos católicos, claro está, la Religión es una puerilidad. Poned, empero, en cada uno de estos actos un átomo solo de amor, un latido solo del corazón, y lo que os parecía pueril, vano, ridículo, lo veréis grandioso, sublime y digno de llenar, como ha llenado, la existencia de los hombres más eminentes.

Todo es pueril y ridículo cuando no lo vivifica un sentimiento poderoso. Nada es pueril y ridículo cuando es inspirado por el corazón. El martirio por la Religión o por la patria, ¿qué es si prescindimos del corazón? Una terquedad. En cambio, ¿cuántos tesoros de sublimidad y de poesía no se encierra en el sencillo beso que unos labios amantes y fervorosos depositan en una imagen? ¡Y es la acción más vulgar, más trivial, más ordinaria!

Fuente: Pbro. Félix Sardá y Salvany, Revista Popular, marzo de 1872.

Voy a hablarte de piedad... (I)

Francisco Jose rezando 01 01 Francisco José rezando

Voy a hablarte, o lector despreocupado o ilustrado, de la piedad, de esa cosa tan de iglesia y tan de mal gusto que nuestro siglo ha creído deber relegar únicamente a las mujeres y a los viejos.

Voy a hablar de la piedad y a exhortarte a ser piadoso, a ti, trabajador o amo, estudiante o militar, bullicioso joven de veinte abriles o reposado varón de cuarenta y cinco octubres. Voy a decíroslo con el lenguaje franco de siempre: habéis de ser piadosos; y dando un paso más adelante, aunque os sorprenda y no me creáis por de pronto, voy a probaros que si no sois piadosos no sois religiosos. Con lo cual quedará demostrado que, en buena lógica, no hay en el mundo más que dos grupos, el de los devotos y el de los ateos.

¿Qué es la piedad? Es la intervención del corazón en las cosas de Religión.Es la afición, el gusto, el cariñoso afecto acompañando el ejercicio de sus prácticas. La piedad es el amor. Es amar lo que se cree, amar lo que se practica, amar la obligación que se impone, amar la prohibición aunque mortifique. Este amor se manifiesta en la afición, en el gusto, en la facilidad por las obras de la Religión. Véase ahora si esta facilidad, este gusto, esta afición no son los caracteres esenciales y distintivos de las personas verdaderamente piadosas, y se conocerá si es verdadera o no esta explicación que acabo de dar de la piedad.

¿Es obligatoria la piedad? Respuesta: Amarás a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma.
¿Es obligatorio este precepto del Decálogo? Claro que sí, y más que todos, como que es el primero y fundamental. Luego es obligatorio el amor en los actos de Religión. Es así que la piedad no es sino el amor acompañando los actos externos de la Religión: luego es obligatoria la piedad. ¿Qué se puede oponer a este raciocinio tan llano, tan corriente y tan natural?
Si nuestros actos exteriores, nuestras prácticas, nuestros rezos, nuestras devociones han de significar algo, ¿qué han de significar sino el afecto, el amor, el rendimiento del corazón? Si eso no significan, nada significan, son cuerpos sin alma, palabras sin sentido, son meras formalidades, puras ceremonias, sola exterioridad, pura hipocresía.

Fuente: Pbro. Félix Sardá y Salvany, Revista Popular, marzo de 1872.

Habrá niños santos - Sierva de Dios María Lichtenegger

Maria Lichtenegger 01 01

María Lichtenegger nació el 4 de agosto de 1906 en Graz, Austria. Ya de niña mostró una piedad extraordinaria. Adoraba al Espíritu Santo en la oración todos los días, y tenía un intenso amor y devoción al querido Salvador en el Santísimo Sacramento, ante el cual pasaba largos ratos.

Recibió la primera comunión el 11 de abril de 1915, y siguió comulgando a diario hasta el día de su muerte. Reverenciaba a la Madre de Dios, rezando el Santo Rosario todos los días.
Entre sus propósitos para el día de su Confirmación escribió: “Quiero levantarme prontamente a la hora establecida: sacudiré enseguida toda pereza y me incitaré a la generosidad en el servicio divino con un ferviente acto de amor a Dios”.

María amaba y practicaba la pureza. Tenía una voz muy bella y cantaba con entusiasmo en el coro de la iglesia. Fue siempre alegre, modesta y llena de amabilidad para con todos.
El 8 de julio de 1923, con 16 años, falleció después de dos meses con una meningitis y pulmonía soportadas con paciencia, ofreciendo sus dolores por los que no aman a Dios. En el día de su entierro, su párroco dijo que “María era el brillo de luz de toda la comunidad” y encomendó su parroquia a su intercesión.

Fuente: cf. austria-catholica.blogspot.com

La adoración de los Magos

Adoracion de los Magos 06 09

Considera cuales fueron los sentimientos de gozo, de admiración, de amor y de respeto en aquellos santos reyes cuando, habiendo llegado a Belén, vieron que no se habían engañado, y que no habían resultado falsas sus conjeturas. Encuéntrase a Dios siempre que se le busca; ¡y qué consuelo es hallarle después de haberle buscado!

¿Cuántos verían la misma estrella y tendrían el mismo pensamiento que los Magos, pero no tuvieron el mismo valor ni la misma docilidad? Por eso fue muy diferente su suerte. Esas mismas gracias que nosotros menospreciamos, esas mismas saludables inspiraciones que nosotros resistimos, quizá, y sin quizá, ganarán para Dios a muchas almas fieles. ¡Qué desdicha haber sido indóciles a ellas!

¿Cuántos mirarían con una falsa compasión la credulidad de los piadosos monarcas? ¿Cuántos se reirían de su sencillez? ¿Qué burla no se haría en sus cortes, y aun en las extranjeras, de su jornada? Pero cuando los Magos hallaron lo que buscaban, ¿se arrepentirían de haber sido tan prontos a seguir la voz de Dios? ¿Se avergonzarían de su candor? ¿Se quejarían de las fatigas, de los trabajos del camino? Infiere de aquí los sentimientos que tendrían a la hora de la muerte. Entonces, ¡qué dulce cosa será haber seguido la estrella! Ah, ¡y qué diferencia tan espantosa entre Herodes y los santos reyes!
Pero, ¿cuál fue el exceso de su gozo cuando advirtieron aquel divino Salvador, en el cual, alumbrados con superior luz, reconocieron que habitaba corporalmente toda la plenitud de la divinidad? Penetrados de los más vivos sentimientos de religión, ¡con qué profundo respeto, con qué devoción se postrarían en su presencia! ¿Es parecida nuestra devoción, nuestra piedad, a la de los reyes Magos? Y, sin embargo, el mismo Jesucristo que ellos tenemos nosotros realmente presente en el Sacramento.
¡Ah, dulce Jesús mío, y qué poco me he aprovechado hasta ahora de vuestra divina presencia! ¿Dónde estaba mi fe cuando os he tenido tan poco respeto? o ¿dónde estaba mi respeto cuando os creía presente por la fe? Lloro, Señor, lloro íntimamente mi ceguedad, y mi adoración comienza desde hoy a reparar mis irreverencias.

Fuente: J. Croisset, SJ, Año cristiano

Los buenos buscadores del Corazón de Jesús

Crucifixion 12 25

Los que buscan sólo su Corazón

¡Qué poquitos son!
Los que buscan a Jesús -más que por lo que da o promete- por lo bueno que es, por lo que se merece ser buscado. Es decir, por lo que es Él. ¡Por su Corazón! ¡En qué escaso número se encuentran en el Evangelio! ¡Somos los hombres tan indigentes en nuestro ser y tan interesados en nuestro querer!
Pero, aunque en corto número, en el Evangelio se encuentran, para gloria de Dios y honor del género humano, buscadores constantes, invariables, enloquecidos, si vale decirlo así, de su Corazón.

Los tres buscadores del Corazón de Jesús
Y, con más propiedad, diría tres tipos de buscadores con sus características muy marcadas que son: el grupo de las Marías, Juan Evangelista y la Madre de Jesús.
A este grupo no se le conoce en el Evangelio más que una ocupación para su vida y una sola dirección para sus pasos, sus miradas y sus anhelos. A saber: buscar el Corazón de Jesús, pero cada uno a su modo.
Dejo para más adelante presentaros el modo que cada uno tiene de buscar al Corazón de Jesús. Conténtome ahora con presentaros un solo cuadro en el que todos y solamente ellos, aparecen absorbidos por esa preciosa ocupación.

Las horas del Sacrificio
“Muchos son, dice el autor de la Imitación de Cristo, los que siguen a Jesús hasta partir el pan, hasta la mesa; pocos los que llegan con Él hasta beber el cáliz de la Pasión” (Libro II, c. 11).
Es decir, muchos son los seguidores y enamorados de las dádivas y regalos de Jesús. Pero pocos los de verdad enamorados de su Corazón, y menos aún en la hora de su Sacrificio.
Poned un momento vuestros ojos en la cima del Calvario en la hora de la crucifixión de Jesús. ¿Qué da allí Jesús?
Allí no hay multiplicación de panes ni peces. No hay curaciones milagrosas de ciegos y tullidos. No hay caricias para niños ni consuelos para los que lloran... Allí no hay más que una vida que se extingue, unos ojos vidriosos que se cierran, unas heridas que manan sangre, una boca cárdena que se reseca, unos miembros que se contraen, un amor infinito que se deshace en un infinito dolor. Y, cuando la vida se extingue del todo, queda de cuerpo presente un pecho abierto y un Corazón traspasado por la lanza de un soldado.

¿Quién está con Jesús en esa hora?
Responde el Evangelio: Estaban junto a la Cruz, María Madre de Jesús, Juan el Discípulo a quien Jesús amaba y las Marías (Cf. Jn 19,25).
¡Éstas son las almas que buscan a Jesús crucificado! “Sé, dirá poco después un ángel a una de ellas, que buscáis a Jesús crucificado" (Mc 16, 6)
Ésas son las buenas, las óptimas buscadoras de Jesús. Las que sólo buscan su Corazón, para, con Él y como Él, amar padeciendo o gozando, trabajando o descansando, muriendo o resucitando...

Fuente: San Manuel González, Así ama el corazón de Jesús en la Eucaristía. Versión digital de alexandriae.org

El Corazón Amante del Hijo de María

Virgen Maria 10 22b

“La Eucaristía sabe a vida eterna y sabe a María, porque la carne que se nos da en la Eucaristía es carne tomada de María” (Sierva de Dios Teresa María de Jesús Ortega).

La devoción a la Eucaristía y la devoción al Corazón de Jesús no son solamente devociones gemelas, en realidad son una sola y misma devoción. Se completan y desarrollan una a otra; tan perfectamente se confunden juntas que una no podría ir sin la otra, y que su unión es absoluta. No sólo no puede una de estas devociones perjudicar a la otra, sino -porque se complementan y perfeccionan- se aumentan recíprocamente.
Si tenemos devoción al Sagrado Corazón, querremos hallarlo para adorarlo, amarlo, ofrecerle nuestras reparaciones y nuestras alabanzas, ¿y dónde habríamos de buscarlo si no es en la Eucaristía donde se halla eternamente vivo?

Si amamos a este Corazón adorable, querremos unirnos a Él, pues el amor busca la unión; querremos inflamar nuestro corazón con los ardores de este divino foco, pero para alcanzar este Corazón Sagrado, para asirle, para ponerle en contacto con el nuestro, ¿qué habremos de hacer? ¿Escalaremos el cielo para arrebatar el Corazón de Jesús triunfante en la gloria? Sin duda que no. Iremos a la Eucaristía, iremos al sagrario, recibiremos en la Misa la blanca Hostia, y, cuando la hayamos encerrado en nuestro pecho, percibiremos al Corazón Eucarístico latir verdaderamente dentro de nuestro corazón.
La devoción al Sagrado Corazón infaliblemente conduce a las almas a la Eucaristía, y la fe, la devoción a la Eucaristía necesariamente descubre a las almas los misterios del Amor Infinito, cuyo órgano y símbolo es el Corazón de Jesús.

Si creemos en la Eucaristía, creemos en el Amor. Pero el Amor en Sí mismo es inmaterial; para fijar nuestros espíritus buscamos el Corazón de Dios. El Sagrado Corazón, la Eucaristía, el Amor: ¡son una misma cosa! En el tabernáculo, hallamos la Hostia; en la Hostia, a Jesús; en Jesús, su Corazón; en su Corazón, el Amor, la Caridad divina, Dios, principio de vida, vivo y vivificante. ¿Y de qué especial ternura no habrá hecho objeto Dios Hijo, de antemano, a la que El mismo debía crear para nacer de Ella un día?
Y más aún. El milagro inefable de la Eucaristía no puede explicarse sino por el Amor de Jesús, Dios y Hombre. Mas, el Amor de Jesús es su Corazón, en resumen; la Eucaristía no se explica sino por el Sagrado Corazón. (Nota: es de destacar que en muchos milagros eucarísticos, al ser analizados, se comprobó que se trataba de tejido cardíaco de una persona viva)
La Eucaristía aumenta nuestro amor por el Corazón de Jesús. Y, porque sabemos que hallaremos a este Corazón Sagrado sólo en la Eucaristía, vamos a ella, nos arrodillamos ante el Santísimo Sacramento -ante el Corazón Sacramentado-, adoramos la Hostia radiante en la custodia.

Fuente: Venerable Luisa Margarita Claret de la Touche, Al servicio de Dios-Amor

La gloria de la Vendée

La Vendee-Capitanes 01 01 Los grandes capitanes católicos vendeanos

El levantamiento de la Vendée, 11 de marzo de 1793, constituyó una respuesta tajante a la feroz ideología ateizante que quería imponer en toda la nación la Revolución francesa. Tratóse de una guerra teológica para restablecer el orden social cristiano, la Cristiandad. De un lado la impiedad, el sacrilegio y las matanzas. Del otro, el testimonio de los mártires, sea de los que caían con las armas en la mano, dispuestos a morir por la causa sagrada, sea de las víctimas inermes.

Una pléyade de jóvenes heroicos se enrolaron en dicha cruzada, tras las huellas de grandes capitanes católicos. Frente a aquella Revolución, que a pesar de presentarse como renovadora había nacido decrépita, los caudillos que encabezaron el levantamiento encarnaban el ideal católico, joven y dinámico.

Jacques Cathelineau "el santo de Anjou" -así lo apodarían-, proclamado Generalísimo de todo el Ejército, ató a la cintura el rosario y puso en sus camisas la insignia del Sagrado Corazón. "Amigos -les recordó-, no olvidemos que estamos luchando por nuestra Santa religión". Se arrodilló, hizo la señal de la cruz y entonó en alta voz el himno litúrgico Vexila Regis prodeunt (las banderas del Rey avanzan).
Maurice d'Elbée, fue llamado el "Pater" de la Vendée. Hizo rezar un Pater noster a sus tropas para que se retractaran de sus deseos de asesinar a sus prisioneros.
Louis de Lescure, "el santo de Poitou" lo llamaban. Antes de morir dijo: "...combatí a favor de Dios; espero en su Misericordia. Voy al cielo con confianza". Encontraron en su cuerpo las marcas de un cilicio.
Charles de Bonchamps. Lo último que exclamó este héroe fue: "Yo me atrevo a contar con la misericordia de Dios. No he combatido por la gloria humana. He servido a mi Dios, a mi Rey, a mi Patria. He sabido perdonar".
Henri de la Roquejaquelein. Con cien de sus mejores caballeros, escoltó al Santísimo Sacramento llevado en procesión a la cabeza de las tropas. En víspera de una batalla, Monsieur Henri, como el más humilde de los fieles, se acercó a recibir la Sagrada Comunión y durante más de dos horas permaneció en oración. Siempre era él quien daba la señal de ataque; trazaba sobre su cuerpo una gran señal de la cruz y se lanzaba hacia adelante.

Fuente: cf. P. Alfredo Sáenz, La Epopeya de la Vendée

Madre Inmaculada

Inmaculada Concepcion 13 26

Considera que por la inmaculada concepción de la Virgen Santísima se entiende aquel insigne y singular privilegio por el cual preservó Dios a esta dichosa criatura del pecado original, que inficionó a toda la posteridad de Adán.

Imagina, si es posible, el precio, la grandeza, la excelencia de este privilegio. Es tal, dicen los Doctores y los Padres, que, si se hubiese dejado a elección de María o el ser Madre de Dios o el ser concebida sin pecado hubiera preferido la inmaculada concepción a todas las otras preeminencias y a la misma maternidad divina: conociendo a Dios la Santísima Virgen, y amándole en aquel alto grado en que le conocía y amaba, ninguna prerrogativa, ninguna gracia, ninguna dignidad le hubiera parecido capaz de indemnizarla de la desgracia de haber estado un solo momento en la enemistad de su Dios. ¡Aprendamos la idea que debemos formarnos del pecado!

¡Cuán justo y debido es celebrar este dichoso momento con todas las demostraciones de gozo y de la solemnidad más perfecta! Un hijo bien nacido mira como la más natural y más justa obligación el tomar toda la parte que puede en las prosperidades y en la gloria de su madre. La naturaleza, la razón, el reconocimiento inspiran a todos los hijos estos sentimientos. Se han visto soberanos que hacen dar a sus madres los honores del triunfo, que ellos mismos han rehusado para sí, deseando que los pueblos hiciesen fiestas sólo para honrar a sus madres. ¡Cuál debe ser, pues, el gozo, la veneración, la alegría de todos los verdaderos fieles en este día! ¿Con qué devoción, con qué gusto, con qué fervor no debemos celebrar la fiesta de la Inmaculada Concepción de la Madre de Dios? Nuestra tibieza y nuestra indiferencia en esta ocasión ¿No serían una prueba de nuestro poco reconocimiento, de nuestra poca confianza y de nuestro poco amor? El no tener sino una mediana devoción a la Inmaculada Concepción de la Madre de Dios ¿podría ser acaso una prueba sensible de nuestra veneración y de nuestra ternura?

Virgen santa, Virgen Inmaculada, yo creo firmemente que Dios te poseyó desde el principio; creo que no sólo tu concepción, sino también toda tu vida estuvo sin mancha, y que amaste a Dios sin interrupción alguna hasta el último instante de tu vida. Haz, Virgen santa, que por esta confianza que tengo en tu bondad, entre en la amistad de tu Hijo para no perderla jamás; y que, honrando toda mi vida tu Concepción Inmaculada, lo mejor que me sea posible, alcance por tu intercesión la gracia de una santa muerte. Amén.

Fuente J. Croisset, SJ, Año cristiano

Oh cuánto Amor respira tu abierto Corazón

Sagrado Corazon 41 74

Santa Catalina de Siena preguntó un día al Señor: “Dulce Cordero sin mancha, tú estabas muerto cuando tu costado fue abierto. ¿Para qué, entonces, permitiste que tu Corazón fuese de tal forma herido y abierto a la fuerza?”

Jesús le contestó: “Por varias razones, de las que te diré la principal: Mis deseos hacia la raza humana eran infinitos y el tiempo actual de sufrimiento y tortura estaban al terminar. Ya que mi amor es infinito, yo no podía por este sufrimiento manifestarte cuánto te amo. Es por eso que yo quise revelarte el secreto de mi corazón, permitiéndote verlo abierto, para que puedas entender que te amé mucho más de lo que te podía probar por un sufrimiento que ha terminado”.

“¡Amor! He aquí la palabra que hay que lanzar a los hombres;
es el poderoso remedio para el mal que los aqueja,
es el foco ardiente que dará llamas
a este mundo helado que el egoísmo estrecha.

¡El Amor es tu esperanza, oh siglo veinte!
De todos tus enemigos él te hará vencer.
¡Ve, pues, a Dios! Ve a aprender cómo se ama:
¡delante de ti, Cristo te muestra su Corazón!”

(Venerable Luisa Margarita Claret de la Touché, 1900)

Sobre la Fiesta de Cristo Rey

Sagrado Corazon 40 73

Nos place, venerables hermanos, indicar brevemente las utilidades que en bien, ya de la Iglesia y de la sociedad civil, ya de cada uno de los fieles, esperamos y Nos prometemos de este público homenaje de culto a Cristo Rey.

a) Para la Iglesia
En efecto: tributando estos honores a la soberanía real de Jesucristo, recordarán necesariamente los hombres que la Iglesia, como sociedad perfecta instituida por Cristo, exige -por derecho propio e imposible de renunciar- plena libertad e independencia del poder civil; y que en el cumplimiento del oficio encomendado a ella por Dios, de enseñar, regir y conducir a la eterna felicidad a cuantos pertenecen al Reino de Cristo, no puede depender del arbitrio de nadie.

b) Para la sociedad civil
La celebración de esta fiesta, que se renovará cada año, enseñará también a las naciones que el deber de adorar públicamente y obedecer a Jesucristo no sólo obliga a los particulares, sino también a los magistrados y gobernantes. A éstos les traerá a la memoria el pensamiento del juicio final, cuando Cristo, no tanto por haber sido arrojado de la gobernación del Estado cuanto también aun por sólo haber sido ignorado o menospreciado, vengará terriblemente todas estas injurias; pues su regia dignidad exige que la sociedad entera se ajuste a los mandamientos divinos y a los principios cristianos, ora al establecer las leyes, ora al administrar justicia, ora finalmente al formar las almas de los jóvenes en la sana doctrina y en la rectitud de costumbres. Es, además, maravillosa la fuerza y la virtud que de la meditación de estas cosas podrán sacar los fieles para modelar su espíritu según las verdaderas normas de la vida cristiana.

c) Para los fieles
Porque si a Cristo nuestro Señor le ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra; si los hombres, por haber sido redimidos con su sangre, están sujetos por un nuevo título a su autoridad; si, en fin, esta potestad abraza a toda la naturaleza humana, claramente se ve que no hay en nosotros ninguna facultad que se sustraiga a tan alta soberanía.
Es, pues, necesario que Cristo reine en la inteligencia del hombre, la cual, con perfecto acatamiento, ha de asentir firme y constantemente a las verdades reveladas y a la doctrina de Cristo; es necesario que reine en la voluntad, la cual ha de obedecer a las leyes y preceptos divinos; es necesario que reine en el corazón, el cual, posponiendo los efectos naturales, ha de amar a Dios sobre todas las cosas, y sólo a Él estar unido; es necesario que reine en el cuerpo y en sus miembros, que como instrumentos, o en frase del apóstol San Pablo, como armas de justicia para Dios, deben servir para la interna santificación del alma. Todo lo cual, si se propone a la meditación y profunda consideración de los fieles, no hay duda que éstos se inclinarán más fácilmente a la perfección.

Haga el Señor, venerables hermanos, que todos cuantos se hallan fuera de su reino deseen y reciban el suave yugo de Cristo; que todos cuantos por su misericordia somos ya sus súbditos e hijos llevemos este yugo no de mala gana, sino con gusto, con amor y santidad, y que nuestra vida, conformada siempre a las leyes del reino divino, sea rica en hermosos y abundantes frutos; para que, siendo considerados por Cristo como siervos buenos y fieles, lleguemos a ser con El participantes del reino celestial, de su eterna felicidad y gloria.

Fuente: S.S. Pío XI, Carta Encíclica Quas Primas

Habrá niños santos

Corpus Christi 05 07

A pesar de sus pequeños defectos, en un niño pueden generalmente echarse de ver la simplicidad y la conciencia de su debilidad, sobre todo si está bautizado y ha sido cristianamente educado. La sencillez o ausencia de doblez es en él totalmente espontánea, sin afectación; generalmente dice lo que piensa y manifiesta sin ambages sus deseos, sin miedo del qué dirán. Tiene igualmente conciencia de su debilidad, porque por sí nada puede y en todo depende de sus padres.

Esta conciencia de la propia debilidad hace que sea humilde, y le dispone a practicar las tres virtudes teologales de una manera profunda en su simplicidad. En primer lugar el niño cree todo lo que le dicen sus padres, que muchas veces le enseñan a rezar y le hablan de Dios. El niño naturalmente tiene confianza en sus padres que le enseñan a esperar en Dios aun antes de que sea capaz de formular un acto de esperanza, que más tarde leerá en su catecismo y recitará mañana y tarde.

El niño, en fin, ama cordialmente a sus padres a quienes lo debe todo; y si ese padre y esa madre son verdaderamente cristianos, hacen que el afecto de ese tierno corazón se eleve hacia Dios y hacia su santa Madre. Dentro de tanta sencillez, de esa conciencia de su debilidad, y de esa simple práctica de las tres virtudes teologales, se encuentra el germen de la más alta vida espiritual.
Por esta razón, queriendo Jesús enseñar a sus apóstoles la importancia de la humildad, colocando un niño en medio de ellos, les dijo: “En verdad os digo, si no os volvéis y hacéis semejantes a niños pequeños, no entraréis en el reino de los cielos”(Mt 18, 3). En estos últimos tiempos, nos ha sido dado ver realizada la predicción de Pío X: “Habrá niños santos” llamados desde pequeños a la comunión frecuente.

Fuente: cf. Réginald Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior

Video sugerido: Habrá niños santos.

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