Puerta del Cielo


María Santísima es invocada como Puerta del Cielo porque fue por Ella que Nuestro Señor Jesucristo pasó del Cielo a la tierra.

Fue voluntad de Dios, que aceptara voluntariamente y con pleno conocimiento el ser Madre de Jesús y no que fuera un simple instrumento pasivo, cuya maternidad no hubiera tenido mérito ni recompensa. Dios esperó la respuesta de Ella que con pleno consentimiento de un corazón lleno de amor de Dios y con gran humildad pronunció las sublimes palabras “hágase en mí, según tu palabra”. Fue por este consentimiento que se convirtió en la Puerta del Cielo, porque el Verbo Divino entró en el mundo al Encarnarse en el Seno Purísimo de María y habitó entre nosotros.

El amor y la devoción a María son el medio más eficaz y seguro para conseguir la gracia Divina y los dones de la fe.

La fe en la Santísima Humanidad de Jesucristo se aclara y se afirma; nos da luz, al reflexionar y meditar en la prodigiosa Maternidad Virginal de María. Por medio de Ella, conocemos también a Dios.

María Santísima es Madre del verdadero Dios y verdadero Hombre.

Podemos entender la decisiva importancia que tiene la verdadera devoción a la Excelsa Madre de Dios, devoción sólida y perseverante de amor efectivo, de obras buenas y de constante alejamiento del pecado.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Oh Corazón amabilísimo de Jesús


¿Qué diré de los que se llegan a la Sagrada Eucaristía, en la cual se nos da Jesús abrasado en nuestro amor? Unos llegan con suma frialdad; otros ni aun llegar quieren a esta Sagrada Mesa, sino compelidos de las censuras de la Santa Iglesia; otros reciben al Señor en pecado mortal con horrendo sacrilegio. Muchos se alimentan de este Pan de ángeles sin devoción, sin preparación, como si fuera un manjar puramente para saciar el apetito. ¿Qué diré del sacrosanto y tremendo Sacrificio de la Misa? Muchos sacerdotes le consideran sólo como un oficio útil para enriquecerse a poca costa; llegan al santo altar sin preparación alguna; dicen la Misa atropelladamente sin observar muchas de las rúbricas de la Santa Iglesia; manejan, tocan y mueven el sacrosanto Cuerpo de Jesús como si fuera un vil pedazo de pan; con tanta irreverencia que llena de pasmo, asombro y horror a los mismos ángeles. Muchos de los demás fieles asisten a este tremendo Sacrificio con negligencia, distracción de espíritu y tibieza digna de llorarse con lágrimas de sangre. ¡Esta es la correspondencia de los católicos a la fineza del amor, con que les ama Jesús!

¡Oh!, qué sentirá su Corazón amantísimo, al verse tan ingratamente correspondido. ¡Oh pueblo cristiano, ingrato, rebelde y desconocido a tanto amor! ¿Tienes corazón de carne, como los demás hombres, o antes bien de hierro y de diamante, pues no te ablandan ni el fuego de tanto amor, ni el golpe de tantos beneficios? Semejante insensibilidad ¿es de hombres, o de fieras?

¡Oh Corazón amabilísimo de Jesús! El más noble, el más generoso, el más tierno de todos los corazones.

Fuente: P. Juan de Loyola, Tesoro escondido en el Sacratísimo Corazón de Jesús

Hemos de consolar a Nuestro Señor


Hemos de consolar a Nuestro Señor Jesucristo. Él espera vuestros consuelos. Pedidle que suscite en su Iglesia sacerdotes santos, de esos sacerdotes apóstoles y salvadores que dan carácter a su siglo, que conquistan a Dios nuevos reinos. Consoladle de que se le considere tan poco como rey en su reino. Ya no reina sobre las sociedades católicas: hagamos que reine, al menos, sobre nosotros y trabajemos por extender su reinado por todas partes.

Nuestro Señor no desea tantos artísticos monumentos como nuestros corazones. Jesús los busca, y ya que los pueblos lo han expulsado, erijámosle nosotros un trono sobre el altar de nuestros corazones. ¡Cuánto ama Jesucristo nuestros corazones y cuánto los desea! Mendiga nuestro corazón. Pide, suplica, insiste... ¡Cien veces se le habrá negado lo que pide! ...; no importa. ¡Él tiende siempre la mano! ¡Verdaderamente es deshonrarse a sí mismo solicitar todavía, después de tantas negativas!

Sobre todo anda solícito tras de los católicos. Entre los católicos que hay en el globo, ¿cuántos le aman con amor de amistad, con ese amor que da la vida, con un verdadero amor del corazón? Amémosle siquiera por nosotros, amémosle por aquéllos que no le aman, por nuestros padres y por nuestros amigos; paguemos la deuda de amor de nuestra familia y de nuestra patria: así lo hacen todos los santos; imitad en esto a Nuestro Señor, que ama por todos los hombres y sale fiador por el mundo entero.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

El Gozo de todos los santos


De la esperanza al cumplimiento, del deseo a la realización, de la tierra al cielo: este parece ser, el ritmo según el cual suceden las tres últimas invocaciones de las letanías del Sagrado Corazón. Tras las invocaciones “salvación de los que en ti esperan”, y “esperanza de los que en ti mueren”, las letanías concluyen dirigiéndose al Corazón de Jesús como “gozo de todos los santos”. Es ya visión de paraíso: es anotación veloz acerca de la vida del cielo; es palabra breve que abre horizontes infinitos de bienaventuranza eterna.

El Corazón de Cristo es la fuente de la vida de amor de los santos: en Cristo y por medio de Cristo los bienaventurados del cielo son amados por el Padre, que los une a Sí con el vínculo del Espíritu, divino Amor; en Cristo y por medio de Cristo, ellos aman al Padre y a los hombres, sus hermanos, con el amor del Espíritu.

El Corazón de Cristo es el espacio vital de los bienaventurados: el lugar donde ellos permanecen en el amor, sacando de él gozo perenne y sin límite. La sed infinita de amor, misteriosa sed que Dios ha puesto en el corazón humano, se apaga en el Corazón divino de Cristo.

Elevando hacia ellos la mirada del alma y contemplándolos en torno a Cristo juntamente con su Reina, la Virgen Santísima, nosotros repetimos hoy, con firme esperanza, la alegre invocación: “¡Corazón de Jesús, gozo de todos los santos, ten piedad de nosotros!”.

Fuente: San Juan Pablo II, Ángelus del 12 de noviembre de 1989

Práctica del amor al Corazón de Jesús


Animarnos al amor del Corazón de Jesús

Mediante la consideración frecuente de su amor hacia nosotros. Para ayudamos a esto poseemos dos libros:

El santo Evangelio. En él tenemos: La vida de Jesús y su entrega al Sacrificio de la cruz por nosotros. El poema del amor que jamás imaginó ningún poeta. La historia del amor más grande, del amor que ha asombrado a los cielos y a la tierra. Las palabras de Jesús.

El Corazón de Jesús. Es el libro del amor en el que los santos han aprendido, mejor que en los otros libros, el camino de la Verdad y de la salvación.

Mediante la oración. Por este “trato de amistad a solas con quien sabemos nos ama” (Santa Teresa), crecerá día tras día nuestro amor por El.

Mostrar nuestro amor al Corazón de Jesús

Con sentimientos: práctica del amor afectivo. Los afectos principales son: La complacencia. Contemplando sus perfecciones y gozándonos de su gloria. La benevolencia. Mostraremos nuestro amor a Jesús tomando como nuestros sus intereses y deseos, deseando que se realicen y mostrándonos dispuestos a cooperar en la medida de nuestras fuerzas y recursos. El deseo de unión. Ansiando vivir sólo para Jesús y aprovechando todos los medios que nos permitan unimos más a Él.

Con obras: práctica del amor efectivo. Prácticas generales. Evitar cuanto desagrada al Corazón de Jesús: el pecado. Y no resistir a las gracias con las cuales nos llama a una vida mejor y más santa. Hacer cuanto agrada al Corazón de Jesús. Guardar sus preceptos, seguir sus inspiraciones y consejos, obrar con la intención de glorificarle.

Prácticas particulares. La comunión de los nuevos primeros viernes. Práctica excelente, recomendada por la Iglesia.

Consagración al Corazón de Jesús: Consagración personal.

Consagración de las familias, las naciones y el género humano. Son las tres formas de reconocer el reinado social del Corazón de Jesús.

Fuente: Antonio Royo Marín, El Corazón De Jesús

Luchar contra el espíritu del mundo


El mundo hace los mayores esfuerzos para impedir que se ame a Jesucristo en el santísimo Sacramento con un amor práctico y verdadero, para impedir que se acuda a visitarle y lograr que se paralicen los efectos de este amor.

El mundo sujeta, cautiva y absorbe la atención de las almas con las ocupaciones y aun con las buenas obras externas desviándolas de la meditación seria y detenida del amor de Jesús.

Llega hasta combatir directamente este amor práctico, presentándolo como innecesario y como posible únicamente dentro de un claustro.

El demonio no cesa un instante de luchar contra nuestro amor a Jesús sacramentado.

Sabe que está allí Jesús sustancialmente y que está vivo, atrayendo directamente las almas y tomando posesión de ellas; y procura borrar en nosotros el pensamiento y la buena impresión de la Eucaristía: es decisivo para sus malvados fines.

Y, sin embargo, Dios es todo amor.

Desde la Hostia sacrosanta nos grita este dulce Salvador: “Amadme como Yo os he amado, perseverad en mi amor. Yo he venido a traer sobre la tierra el fuego del amor y mi deseo más ardiente es que abrase vuestros corazones”.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

El Sagrado Corazón es Dios hecho Hombre


Si queremos describir a Jesucristo, Dios y Hombre, con una sola palabra, si queremos comprender todo lo que es en un solo vocablo, todo lo que hace y hasta la razón de su ser, podemos decir: Jesucristo es su Corazón.

El Sagrado Corazón es Jesucristo totalmente Dios y Hombre, Verbo Encarnado. No es sólo su Corazón de carne que late en su pecho, ese Corazón humilde y manso que adoramos como el símbolo u órgano de su incomparable Amor; es todo su ser divino y humano.

El Sagrado Corazón es Dios hecho Hombre, es Jesucristo humillado, entregado, crucificado; es Jesús Eucaristía, inefable Hostia de amor, Jesús inmolado en el altar, Jesús prisionero del Tabernáculo.

Para designar a Dios, uno en tres Personas, ha sido suficiente una sola palabra de tres sílabas: Charitas! Para designar a Jesucristo con sus dos naturalezas unidas en una sola persona, ha sido menester un término compuesto de dos palabras unidas entre sí: ¡Sagrado Corazón! La primera es la divinidad, la segunda es la humanidad, y es preciso que estén unidas para designar a Jesucristo.

El Sagrado Corazón es la Caridad divina encarnada, el Amor Infinito humanado.

Fuente: Venerable Luisa Margarita Claret de la Touche, Al servicio de Dios-Amor

El combate de la Bondad contra la ingratitud


La Bondad de Jesús llega hasta mostrarse Él agradecido; se contenta con lo que se le da y además se muestra regocijado. Pudiera decirse que tiene necesidad de nuestras cosas...; hasta nos pide, nos suplica: ¡Hijo mío, Yo te pido...! Dame tu corazón.

Jesús aparenta tal debilidad en el santísimo Sacramento que se deja insultar, deshonrar, despreciar, profanar..., y a su vista, en su propia presencia, al pie de los altares... ¿Y el ángel no hiere a estos traidores? Nada de eso. ¿Y el Padre celestial permite tales ultrajes a su Hijo amado? Porque aquí es peor que en el calvario. Allí, al menos, se oscureció el sol en señal de horror; los elementos lloraban a su manera la muerte de su Criador; aquí... nada.

El calvario de la Eucaristía se levanta en todas partes. Principió en el cenáculo; está erigido en todos los lugares de la tierra y aquí ha de permanecer hasta el último momento de la vida del mundo. ¡Oh, Señor! ¿Por qué llegáis a tal exceso? Se ve que es el combate de la bondad contra la ingratitud. Jesús quiere tener más amor que el hombre odio; quiere amar al hombre aun a pesar suyo: hacerle bien, mal que le pese. Por todo pasará antes que vengarse; quiere rendir al hombre por su Bondad.

Esta es la Bondad de Jesús, sin gloria, sin esplendor, toda debilidad..., pero rebosante de Amor para los que tengan ojos y quieran ver.

¡Señor mío Jesucristo, Dios de la Eucaristía, qué Bueno sois!

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Jesucristo siempre nos espera


Jesucristo se nos da a todos sin reserva. Con una paciencia y una longanimidad admirables espera, siempre, que vamos a recibirle, dándose a todos sin excepción.

Espera lo mismo al pobre que al pecador. El pobre va por la mañana antes de dirigirse al trabajo y recibe para aquel día su dulce bendición. El maná caía en el campo de los israelitas antes de amanecer, para que no se hiciese esperar el celestial alimento.

Siempre está sobre el altar Nuestro Señor Jesucristo, adelantándose al visitante por mucho que éste madrugue para ir a verle. ¡Feliz aquel que recibe la primera bendición del Salvador! Por lo que hace a los pecadores, Jesús sacramentado les espera semanas enteras..., durante meses..., aun años; quién sabe si durante cuarenta, sesenta o más años no ha estado con los brazos abiertos esperando a alguno que termine por rendirse a sus instancias.

“Venid a mí todos”. ¡Ah, si pudiésemos comprender la alegría que experimenta Nuestro Señor cuando vamos hacia Él! ¡Se diría que está muy interesado en ello y que es Él quien sale ganando!

¿Estará bien que hagamos esperar tanto tiempo a este buen Salvador? Algunos, triste es decirlo, jamás se le acercarán, o solamente cuando, ya difuntos, sean llevados por otros.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Apóstol del Sagrado Corazón de Jesús

Santa Margarita María Alacoque junto a otros santos

Durante mi peregrinación en 1986 a la tumba de Santa Margarita María, pedí que, dentro del espíritu de lo que ella trasmitió a la Iglesia, el culto al Sagrado Corazón, fuera fielmente restaurado. Porque es en el Corazón de Cristo que el corazón humano aprende a conocer el verdadero y único significado de su vida y su destino. Es en el Corazón de Cristo que el corazón del hombre recibe la capacidad de amar.

Santa Margarita aprendió a amar por medio de la cruz. Ella nos revela un mensaje que sigue siendo actual: “hacernos copias viviente de nuestro Esposo Crucificado, expresándolo en nosotros por medio de nuestras acciones” (Enero 1689)

Es el amor de Cristo lo que hace al hombre digno de ser amado. El hombre recibió un corazón ávido de amor y capaz de amar.

“Tened en vosotros los sentimientos que estuvieron en Cristo Jesús” (Fip 2,5). Todos los relatos evangélicos deben ser releídos en esta perspectiva. El Hijo único de Dios, encarnándose, toma un corazón humano. A lo largo de los años que pasa en medio de los hombres, “manso y humilde de corazón”, revela las riquezas de su vida interior por medio de cada uno de sus gestos, sus miradas, sus palabras, sus silencios.

Y he aquí que somos llamados a participar en ese amor y a recibir, por el Espíritu Santo, esta extraordinaria capacidad de amar.

Aliento a los pastores, las comunidades religiosas y a todos los que llevan peregrinaciones a Paray-le-Monial para que contribuyan a la extensión del mensaje recibido por Santa Margarita María.

Fuente: San Juan Pablo II, Carta del 22 de junio de 1990

Meditando en el Vía Crucis (IX)


Novena estación: Jesús cae por tercera vez

Los soldados, impacientes por la demora, dispersan a las mujeres, pues se acercaba la hora del mediodía. En su apresuramiento, golpean y maltratan a la sagrada víctima entre exclamaciones y blasfemias. Jesús está extenuado y sin fuerzas. Desde la última cena le habían negado todo refrigerio. En un supremo esfuerzo llega hasta la cima del Calvario, donde su cuerpo exhausto se desploma sobre la dura roca. Pero el rostro de Jesús resplandece de alegría: ¡ha llegado!

Amado Salvador mío: Ni la honra ni la recompensa te mueve a sufrir por los hombres, sino sólo el amor. Ahora comprendo por qué tu Corazón acepta sin dudar el supremo sacrificio. Querías, con tu caída, convertir nuestros dolores humanos en dones y gracias. Con nuestros sufrimientos, podemos ayudarte en la salvación del mundo. Las continuas recaídas en el pecado te entristecen profundamente. Son muchos los que llevan sobre sus frentes el sello de la embriaguez y de la incontinencia. Odios y enemistades, discordias en las familias y en los pueblos, ocasionan continuas desgracias y ruinas. Para reparar tantas abominaciones dominaremos las tempestades que se levanten dentro y fuera de nuestra alma, anhelando escalar con amor entusiasta, las cumbres de la virtud.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

Confidencias del Corazón de Jesús


“Un poquito y ya no me veréis, y otro poquito y me veréis, porque voy al Padre” (Jn 16,16-19) ¡Cuánto me quiere decir ese poquito! ¡Qué tesoros de condescendencia con mi flaqueza! ¡Qué conocimiento de mi inconstancia! ¡Qué remedio tan de madre! ¿No recuerda ese poquito a las madres haciendo pasar medicinas amargas a sus hijos enfermos? ¡Un poquito no más, hijo mío, y te pones bueno!, les dicen a cada sorbo. Y en verdad que el poquito aquel los pone buenos. Ese poquito dicho dos veces por Jesús, pone al descubierto su Corazón, ¡me lo hace sentir tan cerca de mí y tan humano! Sí, esa palabra me hace saber que Él conoce lo contenta, lo ágil para el bien y lo fuerte para perseverar que mi alma se siente cuando lo ve y lo oye, como también conoce lo triste e inconstante que se pone cuando Él se oculta... ¡Y conforta tanto al alma estar cierta de que Él ya ha previsto las lágrimas, las luchas, las persecuciones que nos cuesta esperar su venida!

“Vosotros lloraréis y os contristaréis y el mundo se gozará, pero...”, y aquí viene la otra enseñanza que me hace saber aquella palabra, “pero confiad; esto no será más que por un poquito de tiempo, vuestras lágrimas y tristezas se trocarán en gozo que nadie os podrá quitar... porque voy a mi Padre y vosotros vendréis conmigo”. Hermanos míos, si las lágrimas han enturbiado vuestros ojos y el constante penar ha puesto desfallecimientos en vuestra esperanza, acercaos al Sagrario, poneos muy cerquita, vais a oír de nuevo, de labios del Maestro que allí vive, la palabra reanimadora: Hijo, un poquito no más y... me veras...

Ángeles del Sagrario, confidentes perpetuos de las intimidades del Corazón de Jesús; llevad muchos, muchos corazones atribulados y acobardados allí, y haced que oigan y comprendan el poquito de sus penas, de sus luchas, de sus tentaciones, de sus persecuciones, de su valle de lágrimas y el eternamente consolador: “Voy a mi Padre y vosotros vendréis conmigo...”

Fuente: San Manuel González, Qué hace y qué dice el Corazón de Jesús en el Sagrario

«Sagrado Corazón», título que trae lo Infinito a lo humano


El Cristo Histórico fue tan romántico como el amor. Mientras más profundamente pensamos sobre el asunto, mejor vemos que si Dios es bueno, nosotros debemos buscar Su Camino, Su Verdad y Su Vida; no solamente para que sea camino arriba de los cielos, sino también aquí abajo en el polvo de nuestras pobres vidas. Después de todo, lo que todos los pueblos han estado esperando en todo tiempo es un Ideal en la carne. No podrían continuar soñando ensueños y pintando símbolos. Los Judíos miraron hacia un Ideal en la carne; los Gentiles, que no conocían la revelación, en medio de su misma idolatría decían: “Bien, si Dios no baja hasta nosotros para ser Nuestro Camino, Nuestra Verdad, Nuestra Vida, entonces le haremos bajar. Construiremos Su imagen en piedra, oro y plata”. Pero la imagen, no podría satisfacer más que los sistemas de nuestros días. Había un abismo que sólo podía cubrir una Encarnación.

Y así fue como bajó Dios. Descendió como la personificación de nuestros sueños -la carne y sangre de nuestras esperanzas- el Romance de amor que es tan cierto y real como la historia. Por eso es por lo que Él es amado; por eso es por lo que Él es adorado; por eso es por lo que Él es Dios.

Hay un título querido a todos los que hallan en el Camino, la Verdad y la Vida, un título que reconoció su Divinidad, que da a la creatura un fácil acceso al Creador, al pecador un fácil acceso a la Santidad, y a nuestros corazones rotos una puerta abierta al Amor reparador de lo Divino; y este título que trae lo Infinito a lo humano en la más amable, hermosa y dulce familiaridad, es el “Sagrado Corazón”.

Fuente: Venerable Fulton Sheen, El eterno Galileo

Amar la Voluntad de Dios es nuestra alegría


El encuentro con las manifestaciones visibles del amor de Dios puede suscitar en nosotros el sentimiento de alegría, que nace de la experiencia de ser amados. Pero dicho encuentro implica también nuestra voluntad y nuestro entendimiento.

El reconocimiento del Dios viviente es una vía hacia el amor, y el sí de nuestra voluntad a la suya abarca entendimiento, voluntad y sentimiento en el acto único del amor. No obstante, éste es un proceso que siempre está en camino: el amor nunca se da por “concluido” y completado; se transforma en el curso de la vida, madura y, precisamente por ello, permanece fiel a sí mismo.

Querer lo mismo y rechazar lo mismo, es lo que los antiguos han reconocido como el auténtico contenido del amor: hacerse uno semejante al otro, que lleva a un pensar y desear común.

La historia de amor entre Dios y el hombre consiste precisamente en que esta comunión de voluntad crece en la comunión del pensamiento y del sentimiento, de modo que nuestro querer y la voluntad de Dios coinciden cada vez más: la voluntad de Dios ya no es para mí algo extraño que los mandamientos me imponen desde fuera, sino que es mi propia voluntad, habiendo experimentado que Dios está más dentro de mí que lo más íntimo mío. Crece entonces el abandono en Dios y Dios es nuestra alegría.

Fuente: S.S. Benedicto XVI, Carta encíclica Deus caritas est

Nuestra devoción al Sagrado Corazón


El alma devota del Sagrado Corazón de Jesús se ejercitará muy especialmente en actos de amor divino, puesto que este Corazón es ante todo el asiento y el símbolo de ese amor; y como el santísimo Sacramento es la prenda sensible y permanente del amor, en la Eucaristía el alma encontrará al Corazón de Jesús, y de este Corazón Eucarístico aprenderá a amar.

Nuestra devoción al Sagrado Corazón debe ser, por consiguiente, eucarística, debe concentrarse en la divina Eucaristía como el único centro personal y vivo del amor y de las gracias del Sagrado Corazón para con los hombres. ¿Por qué separar al Corazón de Jesús de su cuerpo y de su divinidad? ¿No es cierto que por su Corazón vive en el santísimo Sacramento y que por él se halla su cuerpo vivificado y animado? Jesús resucitado no muere ya. ¿Por qué separar ya su Corazón de su Persona y querer hacerle morir, por decirlo así, en nuestro espíritu? Este Corazón vive y palpita en la Eucaristía, no ya con la vida del Salvador pasible y mortal, capaz de tristeza, de agonía, de dolor, sino con una vida resucitada y consumada en la bienaventuranza.

Sepamos honrar al Sagrado Corazón de Jesús en la Eucaristía y hagamos de manera que siempre anden unidas estas dos cosas en nuestras devociones, sin admitir nunca separación entre el Sacratísimo Corazón de Jesús y la Santísima Eucaristía.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Santa María Magdalena, modelo de confianza en la Misericordia


¡Quién pudiera estar en presencia de Jesús y tener entrada en su amor por tu mediación, oh Magdalena! Ojalá borremos nuestras faltas y lavemos nuestras manchas como tú lo hiciste, recibiendo indulgencia plenaria de su boca y escuchando aquellas palabras: ¡Tus pecados te son perdonados! Ojalá me hiera con su amor como te hirió a ti y me diga un día estas consoladoras palabras: ¡Has amado mucho!

Sea yo pronto en escuchar la voz de Jesús y sus inspiraciones. No se acerque a mí el espíritu del error y de la ilusión, como no osaron los espíritus malos acercarse a ti desde que te acercaste a Jesús, obligados a alejarse y a respetar la presencia, el poder, la santidad del espíritu de Jesús que residía en ti. Participe yo de esa pureza de corazón y de alma, pureza incomparable que recibiste del Hijo de Dios cuando estabas a sus pies.

Seamos fieles y constantes en su amor, inseparables de Él, como nada ni su cruz, ni su muerte, ni el furor de sus enemigos ni el de los demonios pudieron apartarte un ápice de Él; no lograron separar el alma de Magdalena del cuerpo, del alma y del espíritu de Jesús; y siempre está ella a su lado, ya vivo y sufriendo en la cruz, ya muerto, ya enterrado en el sepulcro. Sólo el cielo es quien te arrebata a Jesús, y el poder del Padre Eterno quien lleva consigo y a la gloria a su Hijo; pero arrebatándolo, te lo devuelve secretamente, y para siempre jamás en la plenitud y en la claridad de la gloria.

¡Oh humilde penitencia! ¡Oh alma solitaria! Oh modelo de amor a Jesús, haz por tus oraciones y por tu poder en su amor, que sea yo herido de este amor, que mi corazón no descanse sino en su Corazón; que mi espíritu no viva más que en su Espíritu, y que seamos todos para Él libres y cautivos a la vez, libres en su Gracia y cautivos en el triunfo de su Amor y de su Gloria. Amémosle, sirvámosle, adorémosle y sigámosle con todas nuestras fuerzas y que, al fin, estemos contigo y con Él para siempre.

Fuente: Dom Próspero Gueranger, El Año Litúrgico

Predilección de Jesús por quienes son como niños


Oh Jesús amigo de los niños, bendecid a los niños de todo el mundo

Tú, Jesús, cuando los discípulos refunfuñaban contra los que te presentaban a los niños para que los tocaras y los bendijeras, lo llevaste a mal, y les dijiste: "Dejad en paz a los niños, y no les estorbéis venir a mí; porque de los que son como ellos es el reino de los cielos". Y estrechándolos contra tu pecho e imponiéndoles las manos los bendecías.

En esta escena conmovedora se me revela toda la ternura de tu Corazón dulcísimo para con los niños.

¡Cómo me alegro de contemplarte en el acto de mirar con intenso amor al joven que te preguntó qué había de hacer para obtener la vida eterna!

¡Y cuán estupenda respuesta diste a los Apóstoles el día que te preguntaron quién era el mayor en el reino de los cielos! Habiendo Tú colocado a un niño en medio de ellos, les dijiste: "En verdad os digo, que si no os volvéis y hacéis semejantes a los niños, no entraréis en el reino de los cielos". Y luego, para que los Apóstoles ardieran en amor y en celo por la educación de los pequeñuelos, te pusiste Tú mismo en la persona de ellos, añadiendo: "El que acogiere a un niño en nombre mío, a mí me acoge". Y aun no te diste por satisfecho; previendo que muchos demonios de carne y hueso atentarían contra la inocencia de tus pequeños, saliste en defensa de ellos fulminando una terrible amenaza: "Quien escandalizare a uno de estos niños, que creen en mí, mejor le sería que le colgasen del cuello una de esas piedras de molino, y así fuese sumergido en lo profundo del mar... ¡Ay de aquel hombre que causa el escándalo!"

Fuente: Pbro. José Zaffonato, Meditaciones para jóvenes

La vida matrimonial es un campo de santidad


La vida matrimonial es un campo de santidad, donde el amor es la semilla plantada por Dios. Este sacramento vivo debiera ser considerado con devoción, devoción hacia la pareja y devoción hacia el sacramento mismo. Las parejas casadas debieran tener la posibilidad de recurrir al poder de su propio Sacramento cuando las dificultades surgen. Hay escondido en este sacramento de la vida diaria, un poder especial. Este poder hace a dos personas capaces de vivir juntas en el amor, para traer al mundo otros seres humanos hechos a imagen y semejanza de Dios. Como el sacerdote, por el poder de su ordenación, ofrece un pedazo de pan y dice “este es mi cuerpo”, así los esposos, por el poder de su Sacramento Vivo, contemplan este niño, fruto de su amor, y dicen “este es nuestro cuerpo, este es Su templo”.

En la vida de cada pareja de esposos debe darse una continua edificación del Sacramento. Ya que cada sacramento nos trae la presencia de Dios de una manera especial, esta Presencia en el Matrimonio debiera ser una continua experiencia de vida. Los esposos debieran situarse en Su maravillosa Presencia diariamente poniendo sus vidas frente a Dios en un encuentro necesario de amor. Si un matrimonio empezara su día de la mano, se pusiera silenciosamente en la presencia de Dios, si fuera consciente de dicha presencia a su alrededor y en ellos, si tomaran de Dios las hermosas cualidades que les hicieran falta, si buscaran su bendición cada nuevo día, ese día empezaría inmerso en el amor de Dios, y ese Amor, más fuerte que la muerte, los mantendría unidos pase lo que pase.

Fuente: Mini libros de la Madre Angélica, El Sacramento Vivo: El Matrimonio

El culto al Corazón Eucarístico de Jesús (V)


"Si tuviera que adorar algo humano, no adoraría el polvo de la inteligencia del genio, sino las cenizas del corazón" (Lacordaire).

Vamos hoy a demostrar que la devoción y culto al Corazón Eucarístico de Jesús es de las más excelsas y convenientes:

-Por ser culto al Corazón de Cristo.

-Por ser culto a la eucaristía.

-Por ser estas dos devociones las más excelsas y convenientes.

AL CORAZÓN DE JESÚS

Qué significa el corazón

El corazón es la expresión del amor; en él se experimentan las afecciones del alma. El corazón sufre y el corazón se alegra. El corazón humano necesita amar. Jesús es tu amigo; tiene un corazón de carne como el tuyo. Lloró por Lázaro... Y tanto como a Lázaro te quiere a ti. La generosidad del corazón de carne no conoce edades: es siempre joven, siempre comienza. El amor es el que mueve a los hombres. Los latidos del corazón dan el impulso y marcan el ritmo de su vida.

El corazón divino de Jesús

Es la expresión del amor infinito de un Dios.

El centro de todas las humillaciones y sufrimientos que Cristo soportó por ti.

Obras son amores.

-Cristo se encarnó, "se hizo pecado", por ti y por mí (2 Cor. 5, 21). La encarnación es "la obra del amor" (Pío XI).

-Nos redimió hasta dar por nosotros la última gota de su sangre "consummatum est".

El Corazón de Cristo, el órgano más noble de su humanidad, la sede y centro de todas sus fatigas.

Cristo es Dios y hombre verdadero. El Corazón de Jesús, unido hipostáticamente a la divinidad, es el objeto más digno de culto que se puede pensar.

A LA EUCARISTÍA

Milagro de amor...

Cristo se inmoló por nosotros; un hecho histórico, hace ya veinte siglos. Pero Cristo se sigue inmolando hoy, y mañana... y siempre. Cuando un amigo, un pariente próximo tiene que separarse de nosotros, le despedimos con tristeza, con lágrimas quizás. "¡No te olvides de escribir!", es la última recomendación. Jesús también tenía que marcharse, y se fue; pero se quedó, aumentó su presencia entre sus amigos. Hoy vive entre nosotros, no en un rincón de Palestina, sino a unos pasos de la casa en que habitas, tras la puerta ante la que pasas tantas veces. ¿Se podrá exagerar amando a Jesús eucarístico?

Que exige correspondencia

"El amor... ¡bien vale un amor!". Amamos cuando nos sentimos amados.

Y el que ama de verdad hace lo que agrada a su amigo.

-Donde hay amor de Jesús no puede darse indiferencia.

-El amor desordenado de sí mismo no puede compaginarse con la entrega del Maestro. "Y habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin" (Jn. 13, 1).

-La incredulidad y la discordia, el sensualismo y las aberraciones del amor no pueden convivir con esta devoción.

Fuente: Antonio Royo Marín, El Corazón De Jesús

Este es el Corazón que tanto ha amado a los hombres


El culto al Corazón de Jesús es el acto por el cual honramos ese divino Corazón lleno de amor por nosotros. Este culto es ante todo personal, ya que ha venido a "reinar sobre los corazones", y el corazón es algo propio de cada uno.

En la santa misa: Dando gracias a Dios por habernos dado a Jesús, que nos ha abierto los brazos de su paternidad. Pidiendo que ese Corazón escondido en el sagrario difunda su amor en nuestras almas y en todo el mundo. Ofreciéndola en reparación de las injurias que sufre en el sagrario, altar del sacrificio de su amor. En la comunión: Para recibir el torrente de gracias que nuestra alma necesita. Para darle la alegría de nuestra intimidad, que El busca ardientemente. En las visitas a su tabernáculo: ¿Podría Jesús desear con más ardor la presencia del amigo por quien murió y se encerró en el Sagrario? Es un deber no sólo de gratitud, sino de honor. Pero nos espera sobre todo para ser nuestra fortaleza y ayuda.

En cuanto a la consagración personal: quedamos totalmente bajo el influjo del divino Corazón para que haga de nosotros lo que quiera. Esta entrega, por expresa Voluntad suya, es la clave para consumar nuestra santificación, ya que nunca se deja ganar en generosidad. También es su voluntad que le imitemos: el amor lleva a identificación con la persona amada. Debemos imitar sus sentimientos, amar lo que El ama: la gracia, la virtud... Imitar sus virtudes: el amor al Padre, la conformidad con su voluntad, el espíritu de oración, la humildad de su encarnación. Y detestar lo que El detesta: pecados, tibieza para con Dios...

En el orden familiar el acto supremo de culto es la consagración, el reconocimiento del Sagrado Corazón como Rey del hogar. Es un reconocimiento de los derechos del Sagrado Corazón a reinar sobre la familia y un sometimiento a su voluntad. La familia es obra de Dios, por tanto le pertenece. Pero esta soberanía del divino Corazón hay que aceptarla no sólo como un derecho de El sobre nosotros, sino como un acto de nuestro amor hacia El, fruto de agradecimiento. El fin próximo es la regeneración de la familia en los principios cristianos: la familia en función de la gloria de Dios y de la salvación eterna. Y a través de esta regeneración se trasluce el fin remoto: la preparación del reinado social del Sagrado Corazón en todos los hombres. Es preciso hacer florecer en la familia la piedad intensa, que supera la simple obligación del propio estado; la frecuencia de sacramentos será la puerta que lleve a este estado de verdadera perfección.

¡Vamos a dar sentido cristiano a un día más en la semana: el viernes del Sagrado Corazón! Porque en él se manifestó su amor del modo más supremo. Porque en él su Corazón se abrió como un tesoro. Porque en él nos dio a su propia Madre, la Virgen María.

Fuente: Antonio Royo Marín, El Corazón De Jesús

El culto al Corazón Eucarístico de Jesús (IV)


El culto al Corazón Eucarístico de Jesús tiene un carácter propio, que lo distingue del culto al Sagrado Corazón y del culto a la eucaristía.

Esta distinción no se encuentra en la substancia, pues las tres devociones tienen como finalidad propia el amor de Cristo; pero sí en el modo o enfoque. Y así:

-En la devoción al Sagrado Corazón de Jesús se adora el Corazón y se honra de manera especial el amor de Cristo.

-En la devoción a la eucaristía se adora a Cristo bajo la realidad de su cuerpo y sangre, oculta bajo los accidentes eucarísticos.

-En la devoción al Corazón Eucarístico se adora el amor de Cristo manifestado al instituir la eucaristía, para quedarse con nosotros y dársenos en alimento.

La devoción al Corazón Eucarístico de Jesús es:

-Signo de la caridad de Dios para con el hombre (1 Jn. 3,1)

-Vínculo que une al hombre con Dios (1 Jn. 4,16)

-Sello de la unidad de caridad en que se juntan Dios y los hombres (Col. 3, 11)

Los discípulos de Emaús reconocen al Señor resucitado “en la fracción del pan”.

En la Hostia Santa que divide el sacerdote y en la Hostia que comulgas reconoce al Corazón de Jesús y prepárate dignamente para recibirlo como premio.

Fuente: Antonio Royo Marín, El Corazón De Jesús

El culto al Corazón Eucarístico de Jesús (III)

La eucaristía contiene el Corazón de Jesús

En ella honramos el objeto de esta devoción, que es el corazón real, no las imágenes que le representan.

Si el corazón de Cristo, por una desoladora hipótesis, se encontrase solamente en cielo, la distancia no modificaría la legitimidad del culto.

Pero la fe nos dice que está oculto y velado en la eucaristía, realmente, amándonos y deseando ser amado.

Allí debemos buscar su Sacratísimo Corazón.

Quiso permanecer muy cerca de nosotros, y se hizo prisionero en los sagrarios.

Jesús desea que le amemos en la eucaristía

Quiere que en este divino sacramento le amemos, visitemos como amigo y experimentemos mejor los efectos de su amor.

Quiere desde el sagrario ayudarnos en nuestras necesidades.

En la eucaristía como sacrificio -la santa misa- nos proporciona el medio de ofrecer al Padre una reparación infinita por nuestros pecados.

Cómo debemos practicar esta devoción

Honrando al Corazón de Cristo en la eucaristía.

Asistiendo a la misa con agradecimiento, respeto y amor.

Ofreciendo la misa al Padre:

-En acción de gracias por habernos dado el Sagrado Corazón, tan bueno y amoroso para nosotros.

-Para que el Sagrado Corazón sea mejor conocido y amado de todo el mundo.

-En desagravio por las injurias de los hombres a este Corazón Eucarístico.

Fuente: Antonio Royo Marín, El Corazón De Jesús

El culto al Corazón Eucarístico de Jesús (I)


Hace más de un siglo -en 1854- nació en Francia la devoción al Corazón Eucarístico de Jesús. A partir de entonces los Pontífices desde Pío IX a Juan Pablo II la han apoyado, concediéndoles abundantes indulgencias.

Su objeto es honrar en la eucaristía el Corazón de Cristo, que, aun cuando velado, se halla realmente presente, ardiendo con el mismo amor que le llevó a instituir este sacramento.

FUNDAMENTOS DOGMÁTICOS

Esta devoción no es un mero sentimentalismo, sino una “estimadísima práctica religiosa” (León XIII, Encíclica Annum Sacrum), con sólido fundamento dogmático.

El culto de latría

Es el honor que rendimos a Dios y que sólo a El corresponde. Pero Jesucristo es una persona divina (la segunda de la Trinidad) y por tanto a El le corresponde propiamente este culto.

Y adoramos por este culto a Jesucristo todo entero, es decir, como Dios y como hombre, ya que por la unión hipostática, estas dos naturalezas se encuentran unidas en una sola personalidad divina.

La unión hipostática exige que en Jesucristo se adore todo lo que está unido a la divinidad: el cuerpo, el alma, cada uno de los miembros del cuerpo y, por lo mismo, su propio corazón de carne.

La devoción al Corazón Eucarístico es esta misma adoración tributada al Corazón de Jesús en la eucaristía.

Fuente: Antonio Royo Marín, El Corazón De Jesús

Corazón de Jesús, nuestro descanso y fortaleza


Vivir en el Corazón de Jesús, unirse a él estrechamente es, por tanto, convertirnos en morada de Dios. El que me ama será amado por mi Padre, nos anunció el Señor. Y Cristo y el Padre, en el Espíritu Santo, vienen al alma y hacen en ella su morada.

Cuando -aunque sea sólo un poco- comprendemos esos fundamentos, nuestra manera de ser cambia. Tenemos hambre de Dios, y hacemos nuestras las palabras del Salmo: Dios mío, te busco solícito, sedienta de ti está mi alma, mi carne te desea, como tierra árida, sin agua. Y Jesús, que ha fomentado nuestras ansias, sale a nuestro encuentro y nos dice: si alguno tiene sed, venga a mí y beba. Nos ofrece su Corazón, para que encontremos allí nuestro descanso y nuestra fortaleza. Si aceptamos su llamada, comprobaremos que sus palabras son verdaderas: y aumentará nuestra hambre y nuestra sed, hasta desear que Dios establezca en nuestro corazón el lugar de su reposo, y que no aparte de nosotros su calor y su luz.

Fuego he venido a traer a la tierra, y ¿qué he de querer sino que arda? Nos hemos asomado un poco al fuego del Amor de Dios; dejemos que su impulso mueva nuestras vidas, sintamos la ilusión de llevar el fuego divino de un extremo a otro del mundo, de darlo a conocer a quienes nos rodean: para que también ellos conozcan la paz de Cristo y, con ella, encuentren la felicidad. Un cristiano que viva unido al Corazón de Jesús no puede tener otras metas: la paz en la sociedad, la paz en la Iglesia, la paz en la propia alma, la paz de Dios que se consumará cuando venga a nosotros su reino.

María, Regina pacis, reina de la paz, porque tuviste fe y creíste que se cumpliría el anuncio del Angel, ayúdanos a crecer en la fe, a ser firmes en la esperanza, a profundizar en el Amor. Porque eso es lo que quiere hoy de nosotros tu Hijo, al mostrarnos su Sacratísimo Corazón.

Fuente: San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa

El Amor del Corazón de Dios hecho Hombre


El fundamento de la entrega que el Señor nos pide, no se concreta sólo en nuestros deseos ni en nuestras fuerzas, tantas veces cortos o impotentes: primeramente se apoya en las gracias que nos ha logrado el Amor del Corazón de Dios hecho Hombre. Por eso podemos y debemos perseverar en nuestra vida interior de hijos del Padre Nuestro que está en los cielos, sin dar cabida al desánimo ni al desaliento. Me gusta hacer considerar cómo el cristiano, en su existencia ordinaria y corriente, en los detalles más sencillos, en las circunstancias normales de su jornada habitual, pone en ejercicio la fe, la esperanza y la caridad, porque allí reposa la esencia de la conducta de un alma que cuenta con el auxilio divino; y que, en la práctica de esas virtudes teologales, encuentra la alegría, la fuerza y la serenidad.

Estos son los frutos de la paz de Cristo, de la paz que nos trae su Corazón Sacratísimo. Porque -digámoslo una vez más- el amor de Jesús a los hombres es un aspecto insondable del misterio divino, del amor del Hijo al Padre y al Espíritu Santo. El Espíritu Santo, el lazo de amor entre el Padre y el Hijo, encuentra en el Verbo un Corazón humano.

No es posible hablar de estas realidades centrales de nuestra fe, sin advertir la limitación de nuestra inteligencia y las grandezas de la Revelación. Pero, aunque no podamos abarcar esas verdades, aunque nuestra razón se pasme ante ellas, humilde y firmemente las creemos: sabemos, apoyados en el testimonio de Cristo, que son así. Que el Amor, en el seno de la Trinidad, se derrama sobre todos los hombres por el amor del Corazón de Jesús.

Fuente: San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa

La Santísima Trinidad vive y reina en el Corazón de Jesús

Todo el mundo sabe que la fe cristiana nos enseña que en el misterio adorable de la Santísima Trinidad hay tres Personas: tres Personas que no son sino una misma divinidad, un mismo poder, una misma sabiduría, una misma bondad, una misma inteligencia, una misma voluntad y un mismo corazón. Por eso, nuestro Salvador, en cuanto Dios, no tiene sino un mismo Corazón con el Padre y el Espíritu Santo; y en cuanto hombre, su Corazón humanamente divino y divinamente humano no es más que una misma cosa con el Corazón del Padre y del Espíritu Santo, en unidad de espíritu, de amor y de voluntad. De aquí que adorar al Corazón de Jesús, sea adorar al Corazón del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

El Padre Eterno vive en el Corazón de su divino Hijo. El Verbo Divino y el Espíritu Santo viven y reinan en el Corazón de Jesús. Considerad que estas tres Divinas Personas viven y reinan en el Corazón del Salvador, como en el más sublime trono de su amor. ¡Oh, Santísima Trinidad, alabanzas infinitas os sean dadas eternamente por todos los milagros de amor que operáis en el Corazón de mi Jesús! Os ofrezco el mío, con el de todos mis hermanos, suplicándoos, muy rendidamente que toméis de ellos entera posesión y que aniquiléis en los mismos cuanto os desagrade, para establecer en todos el reino de vuestro amor soberano.

Fuente: S. Juan Eudes, El Corazón de Jesús

El «Doctor Evangélico» y el Sagrado Corazón

San Antonio de Padua, llamado el "Doctor Evangélico", es uno de los santos que han descubierto para sí y han indicado a los demás ese refugio de las almas puras, esa arca de salvación para las arrepentidas que es el Corazón Deífico. Al declararle Doctor, la Iglesia ha señalado a los fieles que es necesario acudir al Santo taumaturgo en busca de su celestial doctrina.

"El hueco de piedra, dice San Antonio, donde el alma se puede refugiar, es la llaga del costado de Jesucristo. Hay en su carne numerosas heridas y está la llaga de su costado; ésta lleva a su Corazón, es hacia allí que Él llama al alma de la cual hace su esposa. Le extendió los brazos; le abrió su costado y su Corazón para que venga allí a esconderse. Retirándose en las profundidades de la tierra, la paloma se coloca al abrigo de las persecuciones del ave de rapiña; al mismo tiempo, encuentra una morada tranquila donde habita dulcemente... Y el alma religiosa encontrará en el Corazón de Jesús, como un asilo seguro contra todas las maquinaciones de Satanás, un delicioso retiro... No permanezcamos, por lo tanto, a la entrada de la gruta; vamos a lo más profundo. A la entrada de la gruta, en los labios de la llaga, encontramos, es verdad, la Sangre que nos rescató... Él habla, pide misericordia por nosotros. Pero el alma religiosa no debe detenerse allí. Cuando escuche la voz de la Sangre divina, que vaya hasta la fuente de la cual ella brota, a lo más íntimo del Corazón de Jesús. Allí ella encontrará la luz, la consolación, la paz, y las delicias inefables.

Había, agregaba el santo, en la ley antigua dos altares: el altar de bronce o de los holocaustos, y el altar de oro o de los perfumes... Jesucristo es al mismo tiempo estos dos altares: altar de bronce, en su cuerpo todo ensangrentado, inmolado a la vista de todo el pueblo; altar de oro, en su Corazón todo ardiente de amor... Sobre el primero, ofrecemos nuestras lágrimas de compunción y de arrepentimiento; sobre el segundo, el incienso de nuestra ternura y de nuestra devoción..."

Fuente: cf. Venerable León Dehon, Mes del Sagrado Corazón

La verdadera devoción al Corazón de Jesús

Tengamos presente toda la riqueza que se encierra en estas palabras: Sagrado Corazón de Jesús. Cuando hablamos de corazón humano no nos referimos sólo a los sentimientos, aludimos a toda la persona que quiere, que ama y trata a los demás. Y, en el modo de expresarse los hombres, que han recogido las Sagradas Escrituras para que podamos entender así las cosas divinas, el corazón es considerado como el resumen y la fuente, la expresión y el fondo último de los pensamientos, de las palabras, de las acciones. Un hombre vale lo que vale su corazón, podemos decir con lenguaje nuestro.

Al tratar del Corazón de Jesús, ponemos de manifiesto la certidumbre del amor de Dios y la verdad de su entrega a nosotros. Al recomendar la devoción a ese Sagrado Corazón, estamos recomendando que debemos dirigirnos íntegramente -con todo lo que somos: nuestra alma, nuestros sentimientos, nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras acciones, nuestros trabajos y nuestras alegrías- a todo Jesús.

En esto se concreta la verdadera devoción al Corazón de Jesús: en conocer a Dios y conocernos a nosotros mismos, y en mirar a Jesús y acudir a Él, que nos anima, nos enseña y nos guía.

Fuente: San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa

Corazón de Cristo, Tesoro inagotable de amor

Dios Padre se ha dignado concedernos, en el Corazón de su Hijo, tesoros inagotables de amor, de misericordia, de cariño. Si queremos descubrir la evidencia de que Dios nos ama -de que no sólo escucha nuestras oraciones, sino que se nos adelanta-, nos basta seguir el mismo razonamiento de San Pablo: El que ni a su propio Hijo perdonó, sino que le entregó a la muerte por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con El todas las cosas?

La gracia renueva al hombre desde dentro, y le convierte -de pecador y rebelde- en siervo bueno y fiel. Y la fuente de todas las gracias es el amor que Dios nos tiene y que nos ha revelado, no exclusivamente con las palabras: también con los hechos. El amor divino hace que la segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo, el Hijo de Dios Padre, tome nuestra carne, es decir, nuestra condición humana, menos el pecado. Y el Verbo, la Palabra de Dios, es la Palabra de la que procede el Amor.

El amor se nos revela en la Encarnación, en ese andar redentor de Jesucristo por nuestra tierra, hasta el sacrificio supremo de la Cruz. Y, en la Cruz, se manifiesta con un nuevo signo: uno de los soldados abrió a Jesús el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua. Agua y Sangre de Jesús que nos hablan de una entrega realizada hasta el último extremo, hasta elconsummatum est, el todo está consumado, por amor.

Al considerar una vez más los misterios centrales de nuestra fe, nos maravillamos de cómo las realidades más hondas -ese amor de Dios Padre que entrega a su Hijo, y ese amor del Hijo que le lleva a caminar sereno hacia el Gólgota- se traducen en gestos muy cercanos a los hombres. Dios no se dirige a nosotros con actitud de poder y de dominio, se acerca a nosotros, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres. Jesús jamás se muestra lejano o altanero, aunque en sus años de predicación le veremos a veces disgustado, porque le duele la maldad humana. Pero, si nos fijamos un poco, advertiremos en seguida que su enfado y su ira nacen del amor: son una invitación más para sacarnos de la infidelidad y del pecado. ¿Quiero yo acaso la muerte del impío, dice el Señor, Yavé, y no más bien que se convierta de su mal camino y viva?. Esas palabras nos explican toda la vida de Cristo, y nos hacen comprender por qué se ha presentado ante nosotros con un Corazón de carne, con un Corazón como el nuestro, que es prueba fehaciente de amor y testimonio constante del misterio inenarrable de la caridad divina.

Fuente: San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa

El Amor de los amores

Con razón San Bernardo llama al divino Sacramento de la Sagrada Eucaristía,Amor amorum, el Amor de los amores.

El amor del divino Corazón de Jesús le llevó a encerrarse en este sacramento, le obliga a morar en él continuamente, día y noche, sin salir jamás de él, para estar siempre con nosotros. Aquí está adorando, alabando y glorificando incesantemente a su Padre por nosotros, es decir para dar cumplimiento a las infinitas obligaciones que nosotros tenemos de adorarle, alabarle y glorificarle.

Dios envió a su Hijo para bendecirnos; y vino este Hijo adorable todo lleno de amor a nosotros, y con un deseo ardentísimo de derramar incesantemente sus santas bendiciones sobre los que le honran y le aman como a Padre suyo, principalmente por este divino Sacramento.

En la santa Eucaristía nos da bienes inmensos e infinitos, y gracias abundantísimas y muy particulares, si aportamos las disposiciones requeridas para recibirlas.

Vuestro amabilísimo Corazón, oh Jesús mío, está en este Sacramento del todo abrasado en amor a nosotros; y está obrando para nuestro bien mil y mil efectos de su bondad. Pero ¿qué es lo que os devolvemos, Señor mío? Ingratitudes y ofensas de mil modos y maneras, de pensamiento, palabra y obra, pisoteando vuestros divinos mandamientos y los de vuestra Iglesia. ¡Qué ingratos somos! Nuestro benignísimo Salvador nos ha amado tanto. Muramos, de dolor a vista de nuestros pecados; muramos de vergüenza, al ver que tan poco amor le tenemos; muramos con mil muertes antes que ofenderle en lo venidero. Oh Salvador mío, concedednos esta gracia. Oh Madre de Jesús, obtenednos de vuestro amado Hijo este favor.

Fuente: San Juan Eudes, El Corazón de Jesús

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