Descubrir en la aridez el llamado a una oración más profunda (II)


Introduciendo a las almas en la sequedad, Dios pretende elevarlas del modo demasiado humano y bajo de tratar con Él a otro más sobrenatural. En la meditación discursiva el alma se acercaba a Dios mediante el trabajo de su inteligencia, que aun siendo medio óptimo, siempre es inadecuado y pobre para conocer a Dios infinito y, como tal, inmensamente superior a la capacidad de nuestro entendimiento. Sometiéndola ahora a la aridez, le hace imposible la meditación y la obliga a ir a Él por camino diverso.

Este camino, según San Juan de la Cruz, es el de la contemplación inicial, consistente en comenzar a conocer a Dios añadiendo a la inteligencia algo de experiencia de amor, experiencia que no infunde en el alma ideas nuevas, pero que le comunica un “sentimiento” de la grandeza de Dios. Ya vimos, en efecto, que precisamente con la sequedad nace en el alma una pena aguda de no amar al Señor, de no sentir ya el amor, y esa pena no existiría si el alma no hubiera adquirido un sentimiento profundo de las grandezas divinas y de cuán digno es de ser amado.

Tal sentimiento no es fruto de raciocinios, que ya no puede hacer el alma, sino de su experiencia amorosa; y, en verdad, el alma ama a Dios mucho más que antes, aunque no se da cuenta, y la prueba mejor es aquella aguda pena que la tormenta por el temor de no amarlo. Precisamente por medio de su penosa experiencia de amor, consistente en la preocupación de no amar y servir a Dios, nace en el alma el conocimiento contemplativo, o sea, el “sentimiento” de Dios. Es este un conocimiento que por ahora tiene poco de consolador para el alma, pero sin embargo encierra muy subido valor, pues mejor que cualquier meditación, le infunde el sentimiento de la Divinidad y la enamora cada vez más de Dios, cuya amabilidad infinita intuye ahora mejor. Tales ventajas son tan dignas de aprecio que el alma debe, ante ellas, no sólo abrazarse con generosidad a la aridez que el Señor le envía, sino reconocer en ella una de las mayores misericordias que ha tenido con ella.

¡Dios mío! Sólo te pido una cosa: que en esta sequedad crezca mi amor y te sea yo siempre fiel; que, cuanto menos sienta el amor, más te ame con la realidad de las obras; que cuanto menos alegría encuentre en el amor, más gloria te procure a ti. Y, si para crecer en el amor es necesario sufrir, bendita sea esa prueba, pues tú me hieres para instruirme, me mortificas para sanarme y darme una vida mejor.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

Descubrir en la aridez el llamado a una oración más profunda (I)


Llévame, Señor, a ti por la vía que Tú prefieras y como Tú quieras: tan sólo te pido la gracia de seguirte siempre.

La aridez enviada por Dios tiene la ventaja no sólo de hacernos avanzar en la virtud, sino de introducirnos también en una oración más elevada. San Juan de la Cruz enseña que precisamente mediante esta especie de sequedad invita el Señor a las almas a una forma de oración más sencilla y profunda que llama “contemplación inicial”. Para poder distinguir esta sequedad de la originada por otras causas, nos da tres señales. La primera es que “así como el alma no haya gusto ni consuelo en las cosas de Dios, tampoco le haya en alguna de las cosas criadas”. También cuando la sequedad proviene de faltas cometidas, pierde el alma el gusto de las cosas divinas, pero entonces va en busca de satisfacciones humanas; mientras que en este caso, aun no sintiendo la alegría de estar con Dios, no se vuelve a las criaturas, antes bien, permanece fiel a su decisión de conservar el afecto desligado de ellas. La segunda señal es que, no obstante su aridez, el alma “ordinariamente trae la memoria en Dios con solicitud y cuidado penoso, pensando que no sirve a Dios”; en otras palabras, el alma sufre por su insensibilidad espiritual, teme no amar al Señor, no servirle, y con todo continúa buscándole con el ansia de quien no logra encontrar su tesoro. Consiguientemente permanece siempre ocupada en Dios, si bien en modo negativo y penoso, semejante a quien sufre la ausencia de una persona amada. Si por el contrario las sequedad es culpable, especialmente si proviene de un estado de tibieza habitual, el alma no se preocupa en modo alguno de no amar a Dios; se ha vuelto indiferente. La última señal consiste en “no poder ya meditar ni discurrir en el sentido de la imaginación como solía, aunque más haga de su parte. El alma querría meditar, lo pretende, se esfuerza cuanto puede, pero no lo consigue. Cuando es continuo este estado -si durase sólo algún período podría provenir de especiales circunstancias físicas o morales- y, si bien fluctuando entre días de mayor y menor intensidad, se apodera del alma haciéndole imposible habitualmente la meditación, entonces es el caso de descubrir en la aridez la llamada divina a una oración más profunda.

¡Oh Jesús, qué pesada y amarga es la vida cuando os ocultáis a nuestro amor! ¿Qué hacéis entonces, o dulce Amigo? ¿No veis nuestras angustias, el peso que nos oprime? ¿Dónde estáis?, ¿por qué no venís a consolarnos, puesto que no tenemos otro amigo que Vos?

Pero si os place dejarme en este estado, ayudadme a aceptarlo por vuestro amor. Que os ame lo bastante para sufrir por vos todo lo que queráis, aún las penas del alma, las arideces, las angustias, las frialdades aparentes. ¡Ah! Es gran amor amar a Jesús sin sentir la dulzura de este amor: es un martirio...

Muchos ¡oh Jesús!, os sirven cuando les consoláis, pero pocos consienten en haceros compañía cuando dormís sobre las olas, o cuando sufrís en el jardín de la agonía... ¿Quién, pues, querrá serviros por Vos solo? ¡Ah... lo haré yo!

El santo Evangelio me enseña que dejas las ovejas fieles en el desierto. ¡Cuánto me dice esto!... Estáis seguro de ellas, no podrían descarriarse porque están cautivas del amor. Por eso le hurtas la presencia sensible para dar vuestros consuelos a los pecadores. O bien, si las conducís al Tabor, es por pocos instantes. Señor, haced de mí lo que os plazca. Si parece que me olvidáis, pues bien, sois libre de hacerlo, puesto que yo no soy mía sino vuestra... Antes os cansaréis vos de hacerme esperar que yo de esperaros” (Santa Teresa del Niño Jesús).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

Sequedad en la oración (II)

Meditar 10 10

Por medio de la sequedad el alma adelanta también en la humildad. En efecto, la incapacidad de meditar, de fijar su atención, de excitar buenos sentimientos en su corazón, la convence todavía más de su nada, se la hace tocar con la mano, de modo que no necesita esfuerzo ni razonamiento para ver que sin la ayuda de Dios no puede en verdad hacer nada. Y así, poco a poco, se va despojando de aquella estima de sí, de aquel sentimiento de confianza en las propias fuerzas que más o menos en secreto se habían adentrado en ella cuando todo le resultaba fácil y gustoso en su vida de oración.

Al mismo tiempo, viéndose tan pobre y necesitada delante del Señor, nace en ella un sentimiento de mayor respeto, de mayor reverencia a la Majestad infinita de Dios. Cuando lograba en la oración tratar con Él de corazón a corazón, quizás olvidaba un poco la infinita distancia que siempre media entre Dios y la criatura.

Sí, Dios quiere que tratemos con Él con gran confianza y nos invita de mil modos a su intimidad; con todo, Él permanece siempre el Inaccesible y nosotros la nada, la miseria. Por eso, es muy apreciable ese sentimiento de mayor reverencia que madura en el alma a través de la experiencia de su nada, y que le permitirá acercarse a Dios con verdadera humildad de corazón, aun en los momentos de intimidad más estrecha.
Por eso, si el alma no puede hacer en la oración otra cosa que humillarse delante del Señor, reconocer su propia nada, mostrarle las debilidades e incapacidades propias, y adorar su grandeza infinita, habrá empleado muy bien el tiempo.
En este estado de sequedad, sobre todo cuando el alma es atormentad por las distracciones, se tiene la impresión de que es poco el fruto de la oración; pero no se desanime, porque, como dice San Pedro de Alcántara, delante de Dios mucho hace quien hace todo lo poco que puede.
No es gran cosa perseverar en la oración cuando se halla consuelo, pero lo es cuando la devoción sensible es poca. Antes bien, acaece que la oración entonces es mucha y mucha la humildad, la paciencia, la perseverancia.

“¡Oh Jesús! A vuestro lado, nada. ¡Sequedad!... ¡Sueño!... Con todo soy demasiado dichosa de que no os toméis molestia por mí; tratándome así demostráis que no soy para Vos una extraña.
Que mis tinieblas sirvan, Señor, para esclarecer a las almas. Yo estaré contenta y consentiré, si es vuestra voluntad, en caminar toda mi vida por la ruta oscura que sigo con tal que un día llegue al término de la montaña del amor.
Sí, soy muy dichosa de no tener consuelo alguno, pues veo que así mi amor no es como el de las prometidas de la tierra, que miran siempre las manos de sus prometidos para ver si les llevan algún regalo, o bien su rostro, para sorprender en él una sonrisa de amor que las cautive... No deseo el amor sensible, sino sólo el conocido por Vos” (S. Teresa del Niño Jesús)

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Sequedad en la oración (I)

Roca de salvacion 01 01 Roca de salvación

Ayúdame Señor, a buscarte y unirme a ti, aun en la sequedad y debilidades de espíritu.

Aun sin la intervención de las causas físicas o morales que ya mencionamos anteriormente (en el tema de “La aridez”), se puede caer repentinamente de un estado fervoroso en la sequedad más absoluta. Esto acaece por obra directa de Dios que pone al alma en la imposibilidad de hacer oración ayudándose de la imaginación, y de ejercitarse, como antes, en actos sensibles de amor. Mientras antes el alma meditaba o se entretenía con Dios afectuosamente, con gusto y facilidad, ahora ya no saca jugo de nada: le es imposible reunir dos conceptos. Pensamientos y lecturas, que otras veces la conmovían tanto, la dejan ahora totalmente indiferente y el corazón permanece duro y frío como una piedra.
Aunque vigila cuidadosamente el mantenimiento fiel de la mortificación y generosidad, a pesar de intensificar la preparación a la meditación y de pedir fervorosamente al Señor que la ayude, no logra obtener de su corazón una gotita de amor. Entonces la pobrecilla se aflige e intimida, pensando que por alguna culpa pasada el Señor la ha abandonado y no sabe que esta especie de aridez esconde una grande gracia de Dios, gracia de purificación y de adelanto en los caminos del espíritu.

De hecho, mediante la sequedad, el Señor pretende librarla de las niñerías de la sensibilidad para trasladarla al grado más puro y sólido del amor de voluntad. Cuando el alma encontraba tanto consuelo en la oración, sin darse cuenta se apegaba un poco a las consolaciones sensibles, y así buscaba y amaba la oración no únicamente por Dios, sino también un poco por sí misma. Privada ahora de todo gusto, aprenderá a ocuparse en ella sólo por agradar al Señor.
Además, no encontrando apoyo alguno en los pensamientos sutiles y en las dulces emociones, aprenderá a vivir sólo con la energía de la voluntad, ejercitándose en actos de fe y amor completamente áridos pero tanto más meritorios cuanto más voluntarios. Así su amor a Dios será más puro, siendo más desinteresado y más sólido, por ser más voluntario.

“Bendito sea, Señor, tu nombre por todos los siglos, porque dispusiste que sufra esta tribulación. Yo no puedo evitarla, por eso recurro a ti para que me ayudes y me la conviertas en bien. Señor, estoy profundamente afligido, mi corazón no tiene reposo y está muy apenado por esta dura prueba ¿qué diré, oh Padre amadísimo? Estoy angustiado: sálvame, Señor. Esto me acaece para mayor gloria tuya, pues seré muy humillado y Tú me librarás después. Dígnate, Señor, librarme, porque solo, miserable como soy, ¿qué puedo hacer y a dónde iré sin ti?
Dame también ahora la gracia de la paciencia: ayúdame, Señor, y no temeré cualquier prueba. Y entre tanto ¿qué diré yo en medio de estas congojas? Señor, que sea hecha tu voluntad. He merecido, por desgracia, ser atribulado y agobiado por el dolor. Y me es útil el sufrir: al menos concédeme soportarlo con paciencia hasta que la tormenta pase y torne la calma” (Imitación de Cristo, III, 29, 1-2).

Fuente: cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

La aridez (II)

Santa Teresita 18 45 Santa Teresita rezando

Otras veces, por el contrario, la aridez espiritual proviene de causas físicas o morales completamente independientes de nuestra voluntad. Pueden ser indisposiciones, malestar, cansancio, nerviosismo o abatimiento por el excesivo trabajo o por preocupaciones dolorosas, etc., que pueden hacer desaparecer toda sensación de alivio espiritual, siendo a veces imposible por el momento poner remedio a tan doloroso estado. Es ésta una prueba que podrá prolongarse más o menos, pero en la cual hemos de ver con plena certeza la mano de Dios que todo lo dispone para nuestro bien, y que no dejará de concedernos la gracia necesaria para convertir en provecho este sufrimiento.

Aunque entonces no sienta consuelo ni atractivo alguno por la oración, el alma debe ejercitarse en ella por puro deber, porque es su obligación, valiéndose de los remedios que están en su mano para suplir su incapacidad. A este propósito enseña Santa Teresa de Jesús: «Así que, hermanas, oración mental; y quien ésta no pudiere, vocal, y lección y coloquios con Dios... No se deje las horas de oración.»

Y si a pesar de todo, el alma no consigue mover y encender su corazón, ejercítese en el amor al Señor y ámele con sola la voluntad. No será tiempo perdido; pues, por el gran esfuerzo que requiere semejante ejercicio, la voluntad se robustecerá y se hará capaz de un amor más eficaz, más generoso, quizás sin que el alma se dé cuenta de este crecimiento en el amor.
Se trata, en verdad, de un amor privado de sentimiento, pero no nos olvidemos que la substancia del amor no consiste en sentir, sino en querer a toda costa agradar a la persona amada. Por eso, quien, no hallando gusto alguno, sino más bien repugnancia en la oración, persevera en ella únicamente por agradar al Señor, le da una prueba hermosísima de que le ama sincera y verdaderamente.
El progreso en la vida espiritual no se mide por el consuelo y alivio que experimenta el alma; estas cosas ni siquiera se requieren para la vida espiritual, ya que la verdadera devoción se valora únicamente por la prontitud de nuestra voluntad para servir a Dios, prontitud y decisión que pueden darse aun en medio de la aridez y de la lucha que la voluntad debe sostener contra las repugnancias sensibles.

“Confío ilimitadamente, ¡oh Señor! en tu bondad, pues Tú mismo me enseñas a pedir, a buscar y a llamar. Por eso, cumpliendo tus palabras, pido y busco, y llamo. Ahora, pues, ya que me mandas pedir, haz que yo reciba; ya que me incitas a buscar, haz que yo encuentre; ya que me dices que llame, ábreme la puerta. Estoy enfermo, dame fuerzas; me encuentro perdido, vuélveme al buen camino; resucítame de esta muerte y dígnate dirigir y gobernar todos mis sentidos, pensamientos y acciones según tu beneplácito, para que yo viva de ti y me entregue a ti por completo” (San Agustín).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

La aridez (I)


Meditar 08 08

¡Oh Señor! Ayúdame a serte fiel, para que no se apague en mí, por mi culpa, el espíritu de oración.
Ordinariamente, al principio de una vida espiritual más intensa, el alma suele gozar de cierto fervor sensible que le hace fáciles y gustosos los ejercicios espirituales. Le brotan espontáneos los buenos pensamientos, los afectos, los impulsos amorosos del corazón; le es de suma alegría el recogerse a solas con Dios en la oración; pasa rápidamente el tiempo de la meditación y hasta le parece que la presencia de Dios se le hace sensible. Esta misma facilidad experimenta también en la práctica de la mortificación y de las demás virtudes. Pero, generalmente, este estado, esta disposición no dura mucho tiempo, de tal modo que a un cierto momento el alma se encuentra privada de todo consuelo sensible.

Esta supresión de la devoción sensible es lo que constituye precisamente el estado de aridez o sequedad, que puede depender de varias causas.
A veces puede ser efecto de la falta de fidelidad del alma, que se ha ido debilitando poco a poco por haber querido gustar ciertas pequeñas satisfacciones de pasatiempos, de curiosidad, de egoísmo o de amor propio, a que ya había renunciado. Si las almas comprendieran de cuántos bienes se privan por semejante conducta, abrazarían cualquier sacrificio antes de volver a caer en tales debilidades. El hábito de la mortificación, adquirido con tantos esfuerzos se pierde pronto, y el alma se ve de nuevo esclava de sus pasiones. El amor propio, que estaba adormecido, pero no muerto, se despierta con mayor vigor y se convierte en fuente no sólo de innumerables imperfecciones voluntarias, que ya habían sido vencidas, sino también de pecados veniales deliberados, e incluso puede arrastrar y sumergir en la tibieza a un alma que corría fervorosa por los caminos del Señor.

¿Cómo podrá esta alma, infiel a sus propósitos y hundida de nuevo en la mediocridad, asegurar al Señor en la oración que le ama y que quiere crecer en su amor? ¿Cómo podrá sentir la alegría de quien tiene conciencia de amar verdaderamente a su Dios? El alma, en consecuencia, cae necesariamente en la aridez espiritual. El único remedio para salir de este estado es volver al fervor primitivo. Esta nueva conversión estará sembrada de dificultades y exigirá del alma grandes esfuerzos; sin embargo es necesario que se empeñe decididamente en ella y que no se desanime nunca. El Señor se complace tanto en perdonarnos...

«Mira y ve mi aflicción, Tú que eres Santo, ¡oh Señor y Dios mío! Ten piedad de este tu hijo que engendraste con tan grandes dolores, y no mires mis pecados, de modo que te olvides de tu posesión. ¿Qué padre no desea librar a su hijo?; y ¿qué hijo no se corrige al sentir la mano piadosa de su padre? ¡Oh, Padre y Señor mío! Aunque pecador, no puedo dejar de ser tu hijo, pues me hiciste y me regeneraste. ¿Hay madre que pueda olvidar al hijo de sus entrañas? Pues aunque la hubiera, Tú, ¡oh Padre nuestro!, no te olvidarías de nosotros porque nos lo prometiste.
¡Heme aquí, Señor! Grito y no me escuchas; estoy desgarrado por el dolor, y no me consuelas. ¿Qué diré, qué haré, miserable de mí?
¡Oh Jesús! ¿Dónde están tus antiguas misericordias? ¿Permanecerás airado contra mí hasta el fin? Aplácate, Señor, y no apartes de mí tu rostro... Pequé, Señor, lo confieso; pero tu misericordia es infinita, por eso sobrepasa infinitamente mis culpas y pecados. Llora, alma mía, llora y gime, pues tu Esposo, Jesucristo, te ha abandonado. ¡Oh Señor omnipotente! No te irrites contra mí, pues no podré soportar el peso de tu cólera. Ten piedad de mí y no me dejes caer en la desesperación. Si yo hice cosas que me hacen digno de ser condenado, Tú no has perdido el poder y la misericordia para salvar a los pecadores» (San Agustín).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

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