Habrá niños santos - Venerable María del Carmen González

María del Carmen González nació en Madrid el 14 de marzo de 1930. Ya desde los cinco años era la encargada de dirigir el rosario en familia y de recitar de memoria las letanías de la Virgen en latín, algo de lo que sus padres se sentían muy orgullosos; también le gustaba pasar mucho tiempo mirando imágenes piadosas que iba guardando en una caja.

La persecución religiosa que había comenzado algunos años antes en España, se hizo entonces más fuerte. La familia de María del Carmen no se libró de estos sucesos porque a finales del mes de agosto el padre fue arrestado y conducido a prisión, donde le haría una emocionante confesión a su mujer: “Los niños son demasiado pequeños, no comprenden, pero cuando sean grandes diles que su padre ha luchado y dado su vida por Dios y por España para que se los pueda educar en una España católica donde el crucifijo presida todas las escuelas”. Días más tarde sería asesinado.

Tras la muerte de su marido, la madre de Mari Carmen se traslada a vivir a la embajada de Bélgica por correr peligro. Sus hijos quedaron al cuidado de su tía Sofía, que relataría más tarde la actitud de la niña ante aquellos difíciles momentos: “Durante su estancia en mi casa, la niña recitaba todos los días el rosario de las llagas del Señor para la conversión de los asesinos de su padre”. El 6 de abril de 1938 María del Carmen ofrece a Dios su vida por la conversión de los asesinos de su padre.

El 8 de abril, al regresar del colegio, debe guardar cama: se le ha declarado una escarlatina. Lo que al principio parecía insignificante, se agrava: primeramente aparece una otitis, luego una mastoiditis que degenera en septicemia cardíaca y renal.

El 17 de julio de 1939, María del Carmen exclamó: “Hoy me voy a morir, ¡me voy al cielo!”. Doña Carmen, su madre, congregó entonces a toda la familia alrededor de la pequeña. De pronto, la niña se volvió hacia ella y le dijo: “Pronto voy a ver a papá, ¿quieres que le diga algo de tu parte?... Ámense unos a otros”. “Jesús, José y María asistidme en mi última agonía, haced que muera en vuestra compañía”, fueron sus últimas palabras. Cuando hubo muerto, le pusieron el vestido de su primera comunión. El 12 de enero de 1996 fue declarada Venerable.

Fuente: cf. maricarmengv.info

Habrá niños santos - Siervo de Dios Domingo Zamberletti

Domingo Zamberletti 01 01

Domingo Zamberletti nació en Varese (Italia) el 24 de agosto de 1936. Amó a los suyos con un amor intensísimo y fue correspondido con un afecto igualmente intenso, fruto de una educación profundamente humana y cristiana. La oración lo atraía en tal forma que una vez se quedó abstraído, hasta que una monjita lo sacudió:

- “Domingo, ¿todavía no has terminado de rezar?”.
- “¿Ya es hora de irnos? No me doy cuenta del tiempo que pasa”, contestó sorprendido.
Para la música tenía una inclinación especial. Desde pequeño había comenzado a ejercitarse en el piano que tenían sus padres. A los 9 años era organista oficial en su parroquia.
Otra pasión suya era la atención a los monaguillos; los dirigía con un celo envidiable. Su deseo más grande tal vez era poseer el don de la bilocación: ¡hallarse en el órgano para tocar y en el presbiterio para servir!

Domingo era mimado por todos, obsequiado por camareros y servidores -su familia era económicamente acomodada, siendo propietaria de un hotel- podía permitirse una vida de gran señor. ¡Por el contrario, no! Estaba siempre listo a ayudar a las sirvientas, pese a ser el hijo de los dueños. Cada día tomaba el ferrocarril y luego el tranvía, para bajar e ir al colegio salesiano de Varese. Era inteligente y despierto.
Con la dirección del confesor, con la oración, la mortificación y el cumplimiento gozoso y exacto de sus deberes, logró avanzar allí donde pocos lo habrían conseguido. Descollaba por su alegría y serenidad, por la intensa vida interior y la gran caridad hacia los pobres: varios de ellos se presentaban en el hotel de los Zamberletti, y aquí Domingo había dado indicaciones en la cocina para que prepararan un plato más. ¡Esta santidad juvenil es tan necesaria el día de hoy!

A comienzos de enero de 1949 se presentaron los primeros síntomas de la pleuresía. Guardó cama hasta la muerte. Rezaba y ofrecía su enfermedad, que fue imparable. Aguantó dolores atroces hasta el 29 de mayo de 1950, cuando, antes de expirar, dijo a su madre que lo asistía: “Mamá, estoy bien, me voy al Cielo”. Tenía solamente 13 años y 9 meses.

Fuente: cf. boletin-salesiano.com

Debemos pedir con frecuencia la «perseverancia final»

Santa Teresa de Jesus 12 36 Muerte de Santa Teresa de Jesús

Si bien es cierto que la perseverancia final en la gracia de Dios [morir en estado de gracia] es un don de Dios enteramente gratuito y que nadie puede merecer, sin embargo, con la oración revestida de las debidas condiciones puede obtenerse infaliblemente de Dios este gran don de la perseverancia final.

La Sagrada Escritura nos dice con toda claridad que obtendremos de Dios todo cuanto le pidamos en orden a nuestra eterna salvación; y, como es obvio, ninguna otra cosa es más necesaria para conseguirla que la perseverancia final. La promesa divina consta con toda claridad en la Sagradas Páginas. He aquí algunos textos del todo explícitos e inequívocos:
Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla y a quien llama se le abre (Mt 7, 7-8)
Y todo cuanto con fe pidiereis en la oración, lo recibiréis (Mt 21, 22)
Y lo que pidiereis en mi nombre, eso haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo; si me pidiereis alguna cosa en mi nombre, yo lo haré (Jn 14, 13-14).
Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros pedid lo que quisiereis y se os dará (Jn 15, 7).
Y la confianza que tenemos en él es que, si le pedimos alguna cosa conforme con su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que nos oye en cuanto le pedimos, sabemos que obtenemos las peticiones que le hemos hecho (I Jn 5, 14-15)

He aquí cómo expone Santo Tomás los argumentos de razón:
«Con la oración podemos impetrar incluso lo que no podemos merecer. Porque Dios escucha a los mismos pecadores cuando le piden perdón, aunque de ningún modo lo merecen. (...) De otra suerte hubiera sido inútil la oración del publicano cuando decía: Compadécete de mí, Señor, que soy un hombre pecador (Lc 18, 13). De semejante manera podemos impetrar el don de la perseverancia final para nosotros o para otros, aunque no caiga bajo el mérito.» (S. Tomás, Suma Teológica) [Es decir, no hay ninguna obra que yo pueda realizar al presente y que me haga merecerinfaliblemente el morir en la gracia de Dios. Por eso es que debemos suplicar esta gracia en la oración.]

«Hay también en la Sagrada Escritura muchas oraciones en las cuales se pide a Dios la perseverancia; por ejemplo, en el Salmo: Asegura mis pasos en tus senderos para que mis pisadas no resbalen (Sal 16, 5). Y en la epístola segunda a los Tesalonicenses (2, 16-17): Dios, nuestro Padre, consuele vuestros corazones y los confirme en toda obra y palabra buena.» (S. Tomás, Suma contra gentiles)

Todo hombre está obligado a asegurar su salvación por todos los medios a su alcance. Ahora bien, como la perseverancia final -condición indispensable para salvarse- no puede ser merecida por nadie, si no tuviéramos a nuestra disposición un medio seguro e infalible de conseguirla, sería vano e injusto el precepto divino que nos obliga a salvarnos. Tiene que haber, pues, un medio seguro e infalible de salvación colocado al alcance de todos los hombres, y ese medio no es otro que la oración de súplica revestida de las debidas condiciones.

Fuente: Cf. Fr. Antonio Royo Marín, op, Teología de la salvación

El tesoro del tiempo

Reloj del Corazon de Jesus 01 01

Los que andan en negocios humanos dicen que el tiempo es oro. Me parece poco: para los que andamos en negocios de almas el tiempo es ¡gloria!

Tengo que hablaros del tiempo, de este tiempo que se marcha. No voy a repetir la conocida afirmación de que un año más es un año menos... Tampoco os sugiero que preguntéis por ahí qué piensan del transcurrir de los días, ya que probablemente -si lo hicierais- escucharíais alguna respuesta de este estilo: Juventud, divino tesoro, que te vas para no volver... Aunque no excluyo que oyerais otra consideración con más sentido sobrenatural.
Tampoco quiero detenerme en el punto concreto de la brevedad de la vida, con acentos de nostalgia. A los cristianos, la fugacidad del caminar terreno debería incitarnos a aprovechar mejor el tiempo, de ninguna manera a temer a Nuestro Señor, y mucho menos a mirar la muerte como un final desastroso. Un año que termina -se ha dicho de mil modos, más o menos poéticos-, con la gracia y la misericordia de Dios, es un paso más que nos acerca al Cielo, nuestra definitiva Patria.

Al pensar en esta realidad, entiendo muy bien aquella exclamación que San Pablo escribe a los de Corinto: tempus breve est!, ¡qué breve es la duración de nuestro paso por la tierra! Estas palabras, para un cristiano coherente, suenan en lo más íntimo de su corazón como un reproche ante la falta de generosidad, y como una invitación constante para ser leal. Verdaderamente es corto nuestro tiempo para amar, para dar, para desagraviar. No es justo, por tanto, que lo malgastemos, ni que tiremos ese tesoro irresponsablemente por la ventana: no podemos desbaratar esta etapa del mundo que Dios confía a cada uno.

No existen fechas malas o inoportunas: todos los días son buenos, para servir a Dios. Sólo surgen las malas jornadas cuando el hombre las malogra con su ausencia de fe, con su pereza, con su desidia que le inclina a no trabajar con Dios, por Dios. ¡Alabaré al Señor, en cualquier ocasión! El tiempo es un tesoro que se va, que se escapa, que discurre por nuestras manos como el agua por las peñas altas. Ayer pasó, y el hoy está pasando. Mañana será pronto otro ayer. La duración de una vida es muy corta. Pero, ¡cuánto puede realizarse en este pequeño espacio, por amor de Dios!

Fuente: San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios

La voluntad de Dios es que seamos santos (I)

Beato Carlos 04 07 Beato Carlos de Austria

Diciéndoos que todos tenemos la obligación de hacernos santos, no quiero haceros creer que todos tenemos la obligación de hacer milagros y de obrar maravillas. Aquellos que nosotros llamamos santos por excelencia, suelen ser honrados por Dios con la gracia de los milagros, pero la verdadera santidad no consiste en hacer milagros. Éstos son indicios de santidad, pero no son la santidad. La verdadera santidad consiste en el exacto cumplimiento de la ley de Dios y en un empeño vivo de crecer en la virtud.

Digámoslo más brevemente. La verdadera santidad consiste en hacer la voluntad de Dios. Quien la hace, dice el Señor, entra triunfalmente en el reino de Dios: El que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ese entrará en el reino de los cielos.(Mt 7, 21).
¿Queréis persuadiros ahora de que todos estamos obligados a hacernos santos? Primeramente decidme: ¿Estamos obligados a intentar ir al Paraíso? ¿Quién puede dudarlo? Pero si en el Paraíso no entra sino el que trata de hacer la divina voluntad, y hemos dicho ya que es lo mismo que hacerse santos, ¿cómo podemos hacerlo, a menos de intentarlo? ¿Queréis un mandato más expreso y más claro?

Sabed -dice San Pablo- que la voluntad de Dios respecto a vosotros, es ésta, que os hagáis santos: Haec est voluntas Dei, santificatio vestra. Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación (I Tes 4, 3).
Entonces, ¿por qué razones creéis que el Señor os haya provisto de tantos instrumentos de gracia y de santidad: sacramentos, oraciones, indulgencias, el santo sacrificio de la misa, la palabra divina y la asistencia del Espíritu Santo? Son medios y ayudas para la santidad: no puede habérnoslos dado sino para que nos sirviéramos de ellos y hacernos santos. ¿Por qué razón, creéis que nos haya dado en su Pasión tantos ejemplos de pobreza, de humildad, de dulzura, de mortificación, de retiro, de penitencia, de padecimiento? ¿Por qué razón creéis que él haya llamado a los apóstoles y a los discípulos sus amigos, sus parientes, sus hermanos? Lo dice él mismo ante las turbas: porque hacían la divina voluntad, que es lo mismo que decir, porque eran santos.

Finalmente, ¿por qué razón creéis que el Señor ha tenido y tiene tanto cuidado de nosotros, unas veces afligiéndonos otras consolándonos, a veces con su gracia y otras veces con castigos?: porque nos quiere santos: Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación. Todo lo que Dios ha hecho por nosotros y todo lo que quiere que nosotros hagamos, tiende a la santidad.

Fuente: San Antonio Gianelli, Homilía “De la obligación de hacernos santos”

Habrá niños santos- Venerable Anna de Guigné

Anna de Guigne 01 01

Anna nació en Annecy (Francia), el 25 de abril de 1911. «Anna, si quieres consolarme, tienes que ser buena» le dijo un día su madre que había quedado viuda. Desde aquel momento la niña, a menudo desobediente, soberbia y celosa, llevará una lucha continua y acérrima para ser buena.

Para Anna el faro que alumbra su camino de conversión es su primera comunión a los 6 años, que deseó con toda su alma, y que preparó con alegría. Llegado el momento, y porque a su corta edad necesitaba una dispensa, el obispo la sometió a un examen que aprobó con extrema facilidad. «Mi deseo es que tengamos todos el nivel de conocimiento de la religión de esta niña» dijo el examinador.

El transcurso de su corta vida expresa la paz de una gran felicidad íntima, alimentada por su amor a Dios que se extiende, a medida que va avanzando en edad, a un círculo cada vez más amplio de personas: sus padres, su familia, su entorno, los enfermos, los pobres, los incrédulos. Ella vive, reza, sufre por los demás.
Padeció de reuma muy joven, supo lo que era el sufrimiento y lo hizo ofrenda: «Jesús, te lo ofrezco»; o bien: «Oh no, no sufro, aprendo a sufrir». Pero en diciembre de 1921 sufrió una meningitis, que la obligó a quedarse en la cama. Repetía sin cesar: «Dios mío, quiero todo lo que Tú quieras», añadiendo sistemáticamente a las oraciones que hacían para su recuperación: «... y cura también a los demás enfermos».

Anna falleció al alba del 14 de enero 1922, después de un último intercambio con la monja que la acompañaba: «Hermana, ¿puedo ir con los ángeles? - Sí, mi niña bonita. - ¡Gracias, Hermana, oh gracias!»
El 3 de marzo 1990 el Papa Juan Pablo II firmó el decreto reconociendo la heroicidad de las virtudes de Anna de Guigné, proclamándola Venerable.

Fuente: cf. annedeguigne.fr

Vivir lo ordinario con alma extraordinaria

Maria de la Concepcion Barrecheguren 01 01 Sierva de Dios María de la Concepción Barrecheguren

María de la Concepción Barrecheguren nace en Granada el 27 de noviembre de 1905. La vida de María de la Concepción fue breve. No llegó a cumplir veintidós años. Pese a ello, supo utilizar su tiempo y vivirlo intensamente.

Al regreso de un viaje a Lisieux (octubre 1926), una leve ronquera es el anuncio de la tuberculosis. El desarrollo de la enfermedad de Concepción, y de los sufrimientos que la acompañan, provocan la admiración de quienes la conocieron. Su fe inquebrantable y su fidelidad, no dejan de sorprender. Lo extraordinario de ella es su vida ordinaria y común; pero, además, su modo de aceptar y afrontar la cruz no pasó desapercibido.

"Hoy cumplo veintiún años -escribe-. Esto quiere decir que la vida corre mucho más aprisa [de lo] que nosotros creemos; quizá haya transcurrido la mitad, la tercera parte de mi vida..., quizá muera dentro de poco..., y aun cuando viva muchos años, se pasarán con igual rapidez que los anteriores. ¿Qué es una larga vida, comparada con la eternidad? Menos que una gota de agua, comparada con el océano. Dentro de poco partiré de este mundo y de mi vida no quedará rastro alguno; así como tampoco deja señal de su paso la nave que atraviesa los mares. Y esta vida tan corta, tan fugaz, me la da Dios, para ganar una eternidad. ¡Desgraciada de mí si la desperdicio! ¡Desdichada de mí si la empleo en otra cosa que no sea amar a Dios! ¡Oh, Dios mío! En tu misericordia infinita me concedes estos años de vida; no sé si me quedarán ya pocos...; lo que sí sé es que me los das para que te ame, te sirva y, mediante esto, gane el cielo; haz que no los desaproveche, que no me entretenga con las cosas de la tierra y, mucho menos, ponga en ellas mi corazón, que mis días no sean vacíos, sino llenos de tu amor y de buenas obras. Te agradezco los innumerables beneficios y gracias que me has concedido en el transcurso de estos 21 años, y te ruego me perdones lo mal que he correspondido a ellos. Sí, Dios mío, vergüenza me da, pero es cierto que tú no has cesado de amarme y yo no he cesado de desagradarte. ¿Podías esperar esto de mí? Pero ya, Señor, quiero enmendarme, quiero amarte, quiero conformarme en todo lo que dispongas de mí. Haz que los años que me queden de vida sean sólo para ti".

Murió el 13 de mayo de 1927. Quienes la conocieron, supieron que estaban ante una persona especial, extraordinaria y santa.

Fuente: barrecheguren.com

En tiempo de persecución se premia el combate

Martires de Nagasaki 01 01 Mártires de Nagasaki

Los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá.¿Quién, por tanto, no pondrá por obra todos los remedios a su alcance para llegar a una gloria tan grande, para convertirse en amigo de Dios, para tener parte al momento en el gozo de Cristo, para recibir la recompensa divina después de los tormentos y suplicios terrenos?

Si los soldados de este mundo consideran un honor volver victoriosos a su patria después de haber vencido al enemigo, un honor mucho más grande y valioso es volver triunfante al paraíso después de haber vencido al demonio y llevar consigo los trofeos de victoria a aquel mismo lugar de donde fue expulsado Adán por su pecado -arrastrando en el cortejo triunfal al mismo que antes lo había engañado-, ofrecer al Señor, como un presente de gran valor a sus ojos, la fe inconmovible, la incolumidad de la fuerza del espíritu, la alabanza manifiesta de la propia entrega, acompañarlo cuando comience a venir para tomar venganza de sus enemigos, estar a su lado cuando comience a juzgar, convertirse en heredero junto con Cristo, ser equiparado a los ángeles, alegrarse con los patriarcas, los apóstoles y los profetas por la posesión del reino celestial. ¿Qué persecución podrá vencer estos pensamientos, o qué tormentos superarlos?

La mente que se apoya en santas meditaciones persevera firme y segura y se mantiene inconmovible frente a todos los terrores diabólicos y amenazas del mundo, ya que se halla fortalecida por una fe cierta y sólida en el premio futuro. En la persecución se cierra el mundo, pero se abre el cielo; amenaza el anticristo, pero protege Cristo; se inflige la muerte, pero sigue la inmortalidad. ¡Qué gran dignidad y seguridad, salir contento de este mundo, salir glorioso en medio de la aflicción y la angustia, cerrar en un momento estos ojos con los que vemos a los hombres y el mundo para volverlos a abrir en seguida y contemplar a Dios y a Cristo! ¡Cuán rápidamente se recorre este feliz camino! Se te arranca repentinamente de la tierra, para colocarte en el reino celestial.
Estas consideraciones son las que deben impregnar nuestra mente, esto es lo que hay que meditar día y noche. Si la persecución encuentra así preparado al soldado de Dios, su fuerza, dispuesta a la lucha, no podrá ser vencida. Y aun en el caso de que llegue antes la llamada de Dios, no quedará sin premio una fe que estaba dispuesta al martirio; sin pérdida de tiempo, Dios, que es el juez, dará la recompensa; porque en tiempo de persecución se premia el combate, en tiempo de paz la buena conciencia.

Fuente: San Cipriano, Tratado a Fortunato. Liturgia de las Horas.

Tras la tristeza, espera con alegría el gozo que vendrá

Job 04 05 Job y sus amigos

Me has pedido, dilectísimo hermano, que te transmita por carta unas palabras de consuelo capaces de endulzar tu corazón, amargado por tantos sufrimientos como te afligen.

Pero si tu inteligencia está despierta, a mano tienes el consuelo que necesitas, pues la misma palabra divina te instruye como a hijo, destinado a obtener la herencia. Medita en aquellas palabras: Hijo mío, cuando te acerques al temor de Dios, prepárate para las pruebas; mantén el corazón firme, sé valiente.
Donde está el temor está la justicia. La prueba que para nosotros supone cualquier adversidad no es un castigo de esclavos, sino una corrección paterna.
Por esto Job, en medio de sus calamidades, si bien dice: Que Dios se digne triturarme y cortar de un tirón la trama de mi vida, añade a continuación: Sería un consuelo para mí; aun torturado sin piedad, saltaría de gozo.
Para los elegidos de Dios, sus mismas pruebas son un consuelo, pues en virtud de estos sufrimientos momentáneos dan grandes pasos por el camino de la esperanza hasta alcanzar la felicidad del cielo.

Lo mismo hacen el martillo y la lima con el oro, quitándole la escoria para que brille más. El horno prueba la vasija del alfarero, el hombre se prueba en la tribulación.Por esto dice también Santiago: Hermanos míos: Teneos por muy dichosos cuando os veáis asediados por toda clase de pruebas.
Con razón deben alegrarse quienes sufren por sus malas obras una pena temporal, y, en cambio, obtienen por sus obras buenas los premios sempiternos del cielo.

Todo ello significa que no deben deprimir tu espíritu los sufrimientos que padeces y las correcciones con que te aflige la disciplina celestial; no murmures ni te lamentes, no te consumas en la tristeza o la pusilanimidad. Que resplandezca en tu rostro la serenidad, en tu mente la alegría, en tu boca la acción de gracias.
Alabanza merece la dispensación divina, que aflige temporalmente a los suyos para librarlos del castigo eterno, que derriba para exaltar, corta para curar y deprime para elevar.
Robustece tu espíritu con éstos y otros testimonios de la Escritura y, tras la tristeza, espera con alegría el gozo que vendrá.
Que la esperanza te levante ese gozo, que la caridad encienda tu fervor. Así tu mente, bien saciada, será capaz de olvidar los sufrimientos exteriores y progresará en la posesión de los bienes que contempla en su interior.

Fuente: De las cartas de san Pedro Damián, Liturgia de las Horas.

No tengamos miedo de tender hacia lo alto

Beato Carlos 02 05 Tapiz de la beatificación del Beato Carlos de Austria

Los santos manifiestan de diversos modos la presencia poderosa y transformadora del Resucitado; han dejado que Cristo aferrara tan plenamente su vida que podían afirmar como san Pablo: «Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20). Seguir su ejemplo, recurrir a su intercesión, entrar en comunión con ellos, «nos une a Cristo, del que mana, como de fuente y cabeza, toda la gracia y la vida del pueblo de Dios» (Lumen gentium).

¿Qué quiere decir ser santos? ¿Quién está llamado a ser santo? A menudo se piensa todavía que la santidad es una meta reservada a unos pocos elegidos. San Pablo, en cambio, habla del gran designio de Dios y afirma: «Él (Dios) nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor» (Ef 1, 4). Y habla de todos nosotros.
La santidad, la plenitud de la vida cristiana no consiste en realizar empresas extraordinarias, sino en unirse a Cristo, en vivir sus misterios, en hacer nuestras sus actitudes, sus pensamientos, sus comportamientos. La santidad se mide por la estatura que Cristo alcanza en nosotros, por el grado como, con la fuerza del Espíritu Santo, modelamos toda nuestra vida según la suya.

Quizás podríamos preguntarnos: nosotros, con nuestras limitaciones, con nuestra debilidad, ¿podemos llegar tan alto? La Iglesia, durante el Año litúrgico, nos invita a recordar a multitud de santos, es decir, a quienes han vivido plenamente la caridad, han sabido amar y seguir a Cristo en su vida cotidiana. Los santos nos dicen que todos podemos recorrer este camino. En todas las épocas de la historia de la Iglesia, en todas las latitudes de la geografía del mundo, hay santos de todas las edades y de todos los estados de vida; son rostros concretos de todo pueblo, lengua y nación. Y son muy distintos entre sí.

¡Qué grande y bella, y también sencilla, es la vocación cristiana vista a esta luz! Todos estamos llamados a la santidad: es la medida misma de la vida cristiana. Quiero invitaros a todos a abriros a la acción del Espíritu Santo, que transforma nuestra vida, para ser también nosotros como teselas del gran mosaico de santidad que Dios va creando en la historia, a fin de que el rostro de Cristo brille en la plenitud de su esplendor. No tengamos miedo de tender hacia lo alto, hacia las alturas de Dios; no tengamos miedo de que Dios nos pida demasiado; dejémonos guiar en todas las acciones cotidianas por su Palabra, aunque nos sintamos pobres, inadecuados, pecadores: será él quien nos transforme según su amor.

Fuente: S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del 13 de abril de 2011

La gloria de la Vendée

La Vendee-Capitanes 01 01 Los grandes capitanes católicos vendeanos

El levantamiento de la Vendée, 11 de marzo de 1793, constituyó una respuesta tajante a la feroz ideología ateizante que quería imponer en toda la nación la Revolución francesa. Tratóse de una guerra teológica para restablecer el orden social cristiano, la Cristiandad. De un lado la impiedad, el sacrilegio y las matanzas. Del otro, el testimonio de los mártires, sea de los que caían con las armas en la mano, dispuestos a morir por la causa sagrada, sea de las víctimas inermes.

Una pléyade de jóvenes heroicos se enrolaron en dicha cruzada, tras las huellas de grandes capitanes católicos. Frente a aquella Revolución, que a pesar de presentarse como renovadora había nacido decrépita, los caudillos que encabezaron el levantamiento encarnaban el ideal católico, joven y dinámico.

Jacques Cathelineau "el santo de Anjou" -así lo apodarían-, proclamado Generalísimo de todo el Ejército, ató a la cintura el rosario y puso en sus camisas la insignia del Sagrado Corazón. "Amigos -les recordó-, no olvidemos que estamos luchando por nuestra Santa religión". Se arrodilló, hizo la señal de la cruz y entonó en alta voz el himno litúrgico Vexila Regis prodeunt (las banderas del Rey avanzan).
Maurice d'Elbée, fue llamado el "Pater" de la Vendée. Hizo rezar un Pater noster a sus tropas para que se retractaran de sus deseos de asesinar a sus prisioneros.
Louis de Lescure, "el santo de Poitou" lo llamaban. Antes de morir dijo: "...combatí a favor de Dios; espero en su Misericordia. Voy al cielo con confianza". Encontraron en su cuerpo las marcas de un cilicio.
Charles de Bonchamps. Lo último que exclamó este héroe fue: "Yo me atrevo a contar con la misericordia de Dios. No he combatido por la gloria humana. He servido a mi Dios, a mi Rey, a mi Patria. He sabido perdonar".
Henri de la Roquejaquelein. Con cien de sus mejores caballeros, escoltó al Santísimo Sacramento llevado en procesión a la cabeza de las tropas. En víspera de una batalla, Monsieur Henri, como el más humilde de los fieles, se acercó a recibir la Sagrada Comunión y durante más de dos horas permaneció en oración. Siempre era él quien daba la señal de ataque; trazaba sobre su cuerpo una gran señal de la cruz y se lanzaba hacia adelante.

Fuente: cf. P. Alfredo Sáenz, La Epopeya de la Vendée

Meditar en la elección del Cielo

Angel Custodio 03 04 Ángel Custodio

Ponte en la presencia de Dios. Humíllate en su presencia y pídele que te ilumine.

Consideraciones: Imagina que te encuentras en campo raso, solo con tu buen ángel, como el jovencito Tobías cuando iba a Rages, y que te hace ver: arriba el cielo, con todos los goces, y, abajo, el infierno, con todos los tormentos, arrodíllate delante de tu ángel:

1.Considera que es una gran verdad el que tú te encuentras entre el cielo y el infierno, y que uno y otro están abiertos para recibirte, según la elección que hubieres hecho.
2.Considera que la elección del uno o del otro, hecha en este mundo, durará eternamente.
3.Aunque ambos están abiertos para recibirte, según la elección que hicieres, es cierto que Dios, que está presto a darte o el uno por su misericordia o el otro por su justicia, desea, empero, con deseo no igualado, que escojas el paraíso; y tu ángel bueno te impele a ello, con todo su poder, ofreciéndote, de parte de Dios, mil gracias y mil auxilios, para ayudarte a subir.
4.Jesucristo, desde lo alto del cielo, te mira con bondad y te invita amorosamente: «Ven, ¡oh alma querida!, al descanso eterno: entre los brazos de mi bondad, que te ha preparado delicias inmortales, en la abundancia de su amor». Contempla, con los ojos del alma, a la Santísima Virgen, que te llama maternalmente: «Ánimo, hijo mío, no desprecies los deseos de mi Hijo, ni tantos suspiros que yo hago por ti, anhelando con Él, tu salvación eterna».

Elección
1. ¡Oh infierno!, te detesto ahora y eternamente; detesto tus tormentos y tus penas; detesto tu infortunada y desdichada eternidad, y, sobre todo, las eternas blasfemias y maldiciones que vomitas continuamente contra Dios. Y, volviendo mi alma y mi corazón hacia ti, ¡oh hermoso paraíso, oh gloria eterna, felicidad perdurable!, escojo irrevocablemente y para siempre mi morada y mi estancia dentro de tus bellas y sagradas mansiones, y en tus santos y deseables tabernáculos. Bendigo, ¡oh Dios mío!, tu misericordia y acepto el ofrecimiento que de ella te plazca hacerme. ¡Oh Jesús, Salvador mío!, acepto tu amor eterno y la adquisición, que para mí has hecho, de un lugar en esta bienaventurada Jerusalén, más que para otra cosa, para amarte y bendecirte eternamente,

1.Acepta los favores que la Virgen y los santos te hacen; promételes que te encaminarás hacia ellos; da la mano a tu buen ángel, para que te conduzca; alienta a tu alma para esta elección.

Fuente: cf. San Francisco de Sales, Introducción a la Vida Devota

Corazón de Jesús, esperanza de los que en ti mueren

Beato Pier Giorgio Frassati 10 10 Beato Pier Giorgio Frassati

“Preciosa es a los ojos del Señor la muerte de sus santos.” Salmo 115, 6.
La reciente conmemoración de todos los fieles difuntos nos invita hoy a contemplar, bajo una luz de fe y de esperanza, la muerte del cristiano, para la que las Letanías del Sagrado Corazón nos ponen en los labios la invocación: “Corazón de Jesús, esperanza de los que en ti mueren, ten piedad de nosotros”.
La muerte forma parte de la condición humana; es el momento terminal de la fase histórica de la vida. En la concepción cristiana, la muerte es un paso: de la luz creada a la luz increada, de la vida temporal a la vida eterna.
Ahora bien, si el Corazón de Cristo es la fuente de la que el cristiano recibe luz y energía para vivir como hijo de Dios, ¿a qué otra fuente se dirigirá para sacar la fuerza necesaria para morir de modo coherente con su fe? Como vive en Cristo, así no puede menos de morir en Cristo.

La invocación de las letanías recoge la experiencia cristiana ante el acontecimiento de la muerte: el Corazón de Cristo, su amor y su misericordia, son esperanza y seguridad para quien muere en Él.
Pero conviene que nos detengamos un momento a preguntarnos: ¿Qué significa “morir en Cristo”? Significa ante todo leer el evento desgarrador y misterioso de la muerte a la luz de la enseñanza del Hijo de Dios y verlo, por ello, como el momento de la partida hacia la casa del Padre, donde Jesús, pasando también Él a través de la muerte, ha ido a prepararnos un lugar (cf. Jn 14, 2); es decir significa creer que, a pesar de la destrucción de nuestro cuerpo, la muerte es premisa de vida y de fruto abundante (cf. Jn 12, 24).
“Morir en Cristo” significa, además, confiar en Cristo y abandonarse totalmente a Él, poniendo en sus manos el propio destino, así como Él, muriendo, puso su espíritu en las manos del Padre (cf. Lc 23, 46). Significa cerrar los ojos a la luz de este mundo en la paz, en la amistad, en la comunión con Jesús, porque nada, ni la muerte ni la vida... podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro (Rm 8, 38-39).
En aquella hora suprema, el cristiano sabe que, aunque el corazón le reproche algunas culpas, el Corazón de Cristo es más grande que el suyo y puede borrar toda su deuda si él está arrepentido (cf. 1 Jn 3, 20).

“Morir en Cristo” significa también, fortificarse para aquel momento decisivo con los signos santos del paso pascual: el sacramento de la Penitencia, que nos reconcilia con el Padre y con todas las creaturas; el santo Viático, Pan de vida y medicina de inmortalidad; y la Unción de los enfermos, que da vigor al cuerpo y al espíritu para el combate supremo.
“Morir en Cristo” significa, finalmente, “morir como Cristo” orando y perdonando;teniendo junto a sí a la bienaventurada Virgen. Como madre, Ella estuvo junto a la cruz de su Hijo (cf. Jn 19, 25); como madre está al lado de sus hijos moribundos, Ella que, con el sacrificio de su corazón, cooperó a engendrarlos a la vida de la gracia; está al lado de ellos, presencia compasiva y materna, para que del sufrimiento de la muerte nazcan a la vida de la gloria.

Fuente: cf. San Juan Pablo II, Ángelus del 5 de noviembre de 1989

La esperanza de la resurrección

Santa Teresita 21 48 Santa Teresita del Niño Jesús

Cristo, esperanza de todos los creyentes, llama durmientes, no muertos, a los que salen de este mundo, ya que dice: Lázaro, nuestro amigo, está dormido.

Y el apóstol san Pablo quiere que no nos entristezcamos por la suerte de los difuntos, pues nuestra fe nos enseña que todos los que creen en Cristo, según se afirma en el Evangelio, no morirán para siempre: por la fe, en efecto, sabemos que ni Cristo murió para siempre ni nosotros tampoco moriremos para siempre.
Pues Él mismo, el Señor, a la voz del arcángel y al son de la trompeta divina, descenderá del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán.

Así, pues, debe sostenernos esta esperanza de la resurrección, pues a los que hemos perdido en este mundo, los volveremos a encontrar en el otro; es suficiente que creamos en Cristo de verdad, es decir, obedeciendo sus mandatos, ya que es más fácil para Él resucitar a los muertos que para nosotros despertar a los que duermen.
Mas he aquí que, por una parte, afirmamos esta creencia y, por otra, no sé por qué profundo sentimiento, nos refugiamos en las lágrimas, y el deseo de nuestra sensibilidad hace vacilar la fe de nuestro espíritu. ¡Oh miserable condición humana y vanidad de toda nuestra vida sin Cristo!
¡Oh muerte, que separas a los que estaban unidos y, cruel e insensible, desunes a los que unía la amistad! Tu poder ha sido ya quebrantado. Ya ha sido roto tu cruel yugo por aquel que te amenazaba por boca del profeta Oseas: ¡Oh muerte, yo seré tu muerte! Por esto podemos apostrofarte con las palabras del Apóstol: ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?

Fuente: San Braulio de Zaragoza, Carta 19. Oficio de Difuntos. Liturgia de las Horas.

No tendrás reposo hasta estar unido a Cristo

Meditar 14 14

El reino de Dios dentro de vosotros está, dice el Señor. Conviértete a Dios de todo corazón y deja ese miserable mundo, y hallará tu alma reposo. Aprende a menospreciar las cosas exteriores y date a las interiores, y verás que viene a ti el reino de Dios. Pues el reino de Dios es paz y gozo en el Espíritu Santo, lo cual no se da a los malos. Si le preparas digna morada en tu interior, Jesucristo vendrá a ti y te mostrará su consolación. Toda su gloria y hermosura es en lo interior, y allí se complace. Su continua visitación es con el hombre interior; con él habla dulcemente, es grata su consolación, tiene mucha paz, y admirable familiaridad.

Sé, pues, alma fiel, y prepara tu corazón a este Esposo, para que quiera venirse a ti y morar contigo; porque él dice así: Si alguno me ama, guardará mi palabra, vendremos a él, y moraremos en él._

Da pues lugar a Cristo, y a todo lo demás cierra la entrada. Si a Cristo tuvieres, estarás rico y te bastará. Él será tu proveedor y fiel procurador en todo, de manera que no tendrás necesidad de esperar en los hombres. Porque los hombres se mudan fácilmente y desfallecen en breve; pero Jesucristo permanece para siempre, y está firme hasta el fin.
No hay que poner mucha confianza en el hombre frágil y mortal, aunque sea provechoso y bien querido, ni se ha de tomar mucha pena si alguna vez fuere contrario. Los que hoy están a tu favor, mañana te pueden contradecir, y al contrario; muchas veces se vuelven como el viento. Pon en Dios toda tu esperanza, y sea él tu temor y tu amor. Él responderá por ti y lo hará como mejor convenga. No tienes aquí ciudad de morada; donde quiera que fueses serás extraño y peregrino, y no tendrás jamás reposo hasta que estés íntimamente unido con Cristo.

¿Qué miras aquí, no siendo éste el lugar de tu descanso? En el cielo ha de ser tu morada, y como de paso has de mirar todo lo terrestre. Todas las cosas pasan, y tú con ellas. Guarda, no te apegues a cosa alguna, porque no seas preso y perezcas. En el Altísimo esté tu pensamiento; y tu oración diríjase sin cesar a Cristo. Si no sabes contemplar las cosas altas y celestiales, descansa en su pasión, y mora muy gustoso en sus sacratísimas llagas. Porque si te llegas devotamente a las llagas y preciosas heridas de Jesucristo, gran consuelo sentirás en la tribulación, no harás mucho caso de los desprecios de los hombres y fácilmente sufrirás las palabras de los maldicientes.

Fuente: Cfr. Tomás de Kempis, Imitación de Cristo, Libro II, cap. 2.

La vocación del alma

Cascada 01 02

En el Banquete, después de considerar la fase negativa del amor y su paso de menesteroso que lo conduce a la belleza y al bien que no posee, Sócrates es interrogado por Diotima:

- El que ama lo bello, ¿qué busca en realidad?
- Que lo bello le pertenezca -responde Sócrates.
- ¿Y qué será del hombre, una vez que posea lo bello?
En este punto Sócrates guarda un silencio dubitativo. Pero Diotima, que conoce bien la naturaleza moral de su alumno, trueca lo bello por lo bueno y repite su interrogatorio:
- El que ama lo bueno, ¿qué busca en realidad?
- Que lo bueno le pertenezca.
- ¿Y qué será del hombre, una vez que posea lo bueno?
- Ese hombre será feliz -declara Sócrates ya seguro.
Pero más adelante observará Diotima que no basta poseer lo bueno para ser feliz: es necesario, además, poseerlo para siempre, sin lo cual no sería el hombre cabalmente dichoso. De lo que inferirá luego que “el amor se dirige a la posesión perpetua de lo bueno”.

Ese concepto de la felicidad en que Diotima concluye será el que sirva de comienzo a San Agustín cuando busque un día la noción de su Dios en el Palacio de la Memoria. En el libro décimo de sus Confesiones pregunta:
- «¿La dicha no es lo que todos quieren y a lo que todos aspiran? ¿Dónde la conocieron antes, para quererla tanto? Y no sólo se trata de mí -agrega- ni de un corto número de personas: todos, absolutamente todos quieren ser felices.»
Y Agustín dirige a todos esta pregunta:
- «¿Dónde prefieren encontrar la dicha, en la verdad o en el engaño?».
Y todos contestan que prefieren ser dichosos en la verdad. Porque -añade Agustín- “he visto a muchos que querían engañar, pero no he visto a nadie que quisiera ser engañado”.

Elbiamor, como no ignoras ya la relación de lo bello con lo verdadero y lo bueno, has de comprender fácilmente la duda inicial de Sócrates y la definición de Agustín. Y deducirás que los gestos del alma son los que le dicta su vocación natural. Y su vocación (palabra que significa “llamado”) no es otra que la de poseer a perpetuidad lo verdaderamente bueno.
Ahora bien, esta conclusión trae consecuencias dignas de ser estudiadas por la tortuga razonante. Pues, quien dice posesión dice reposo de la voluntad, puesto que nadie se fatiga buscando lo que ya posee; y quien dice posesión perpetua dice reposo perpetuo.
Y atención ahora. El reposo perpetuo es dable sólo en la posesión de un bien concebido como único, fuera del cual no existieran otros bienes; pues, en el caso de existir otros bienes, el alma se movería sin cesar del uno (el adquirido) al otro (el por adquirir), y su voluntad así agitada no tendría la quietud o reposo con que sueña. Y además ese bien único tendría que ser infinito, puesto que, si tuviera fin, acabaría con él la posesión, y con la posesión el reposo del alma. De lo cual has de inferir que la vocación del alma es la de una dicha perpetua lograda en el descanso que da la posesión infinita del bien, y de un bien que necesariamente debemos concebir como Uno y Eterno.
He ahí como, por la simple noción de su anhelo, el alma logra tocar la noción de un bien cuyos adjetivos no sabrían convenir sino a Dios. Y he ahí cómo, al descubrir su vocación por la felicidad, San Agustín no está lejos de dar con la esencia del Dios que busca en el palacio de su memoria.

Fuente: cf. Leopoldo Marechal, Descenso y ascenso del alma por la belleza

Yo soy el Pan de Vida (III)

Ultima Cena 08 11 - “Este es el pan que descendió del cielo. No como el maná que comieron vuestros padres, y murieron. Quien come este pan, vivirá eternamente”.

San Agustín: Y bajó del cielo para que vivamos comiendo aquel pan los que no podemos obtener la vida eterna por nosotros mismos. Por esto sigue: “Este es el pan que descendió del cielo”.

Teofilacto: No comemos a Dios en su pura esencia, porque es impalpable e incorpóreo, como tampoco comemos la carne de un puro hombre, que de nada nos podría aprovechar. Mas como Dios unió a sí la carne humana, su carne tiene propiedades que dan vida, no porque se haya convertido en naturaleza divina, sino como sucede al hierro candente, que permanece hierro y tiene las propiedades del fuego. Pues así la carne del Señor es dadora de vida como carne del Verbo.

San Beda: Y para manifestar la diferencia de la sombra y de la luz, de la figura y la realidad, añadió: “No como el maná que comieron vuestros padres, y murieron”.

San Agustín: Aquello de que murieron quiere que se entienda en el sentido de que no viven eternamente, porque ciertamente en lo temporal también morirán los que comen a Jesucristo, pero vivirán eternamente, porque Jesucristo es la vida eterna.

Fuente: cf. Santo Tomás de Aquino, Catena aurea

Reina del Cielo bendita

Maria Reina 03 12

Considera cómo fue coronada esta Señora con la corona de doce estrellas, de que se hace mención en el Apocalipsis (Ap 12,1); porque como concurrieron en Ella las grandezas y virtudes de todos los órdenes de santos que hay en el cielo así fue coronada con los premios de todos ellos, figurados por las doce estrellas.

Resplandeció en Ella con grandes ventajas la fe y esperanza de los patriarcas, la luz y contemplación de los Profetas, la caridad y celo de los Apóstoles, la fortaleza y magnanimidad de los mártires, la paciencia y penitencia de los confesores, la sabiduría y discreción de los doctores, la santidad y pureza de los sacerdotes, la soledad y oración de los ermitaños, la pobreza y obediencia de los monjes, la caridad y limpieza de las vírgenes, la humildad y sufrimiento de las viudas, con la fidelidad y concordia de los santos casados; y, por consiguiente, recibió los premios y coronas de todos ellos con exceso incomparable; porque a ella cuadra con gran propiedad lo que dice el Sabio: Muchas hijas allegaron para sí riquezas, pero Tú has excedido a todas (Prov 31, 21); que es decir: muchas almas allegaron grandes tesoros de merecimientos y virtudes, pero Tú allegaste mucho más que todas ellas.

Levántate, pues, alma mía, en el espíritu, y mira con los ojos de la fe a esta Madre del verdadero rey Salomón, con la corona de gloria con que la coronó su Hijo en el día de su entrada en el cielo y en el día de la alegría de su corazón. Contempla el inefable gozo de esta Reina soberana, y el afecto con que renovaría su antiguo cántico, diciendo: Mi alma engrandece al Señor, y mi espíritu se alegró en Dios mi salvador; porque miró la pequeñez de su sierva; de hoy más me llamarán bienaventurada todas las generaciones; porque ha obrado en mí grandes cosas el que es Todopoderoso, y santo su nombre.

Coloquio.- ¡Virgen gloriosísima! Grandes cosas obró siempre en Vos el que es Todopoderoso; pero el día de hoy echó el sello a todas las coronas de gloria que os ha dado en premio a vuestra humilde pequeñez. Coronada estáis de estrellas, porque los santos que os siguieron son gloria y corona vuestra, y por vuestra intercesión y ayuda alcanzaron sus victorias. Y así, con mucha humildad arrojan sus coronas a vuestros pies, reconociendo que por vuestro medio las ganaron.
¡Oh medianera poderosísima! Socorredme con vuestra intercesión para que yo también sea gozo y corona vuestra, peleando con tanto valor en esta vida, que por vuestro medio gane la victoria y alcance la corona eterna de la gloria.

Fuente: P. Francisco de Paula Garzón, Meditaciones espirituales

Yo soy el Pan de Vida (II)

Eucaristia - Comunion 02 13

- “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna: y yo le resucitaré en el último día”.

San Beda: Y para que no entendiesen que se refería a esta vida y cuestionasen acerca de ello, añadió: “Tiene vida eterna”. Mas no la tiene el que no come esta carne ni bebe esta sangre, puesto que podemos tener la vida temporal prescindiendo de Él, pero de ninguna manera la vida eterna.
No sucede así respecto de la comida que tomamos para alimentar esta vida temporal, porque los que no la reciben, no viven, ni tampoco vivirá el que la tome, puesto que sucede que mueren todos los que la toman, o por enfermedad, o por ancianidad, o por cualquier otra causa. Mas respecto de esta comida y esta bebida, esto es, del cuerpo y la sangre del Señor, no sucede así. Porque el que no la toma no tiene vida eterna y el que la toma tiene vida y ésta es eterna.

Teofilacto: Porque no es carne de un mero hombre, sino de Dios, quien deseando hacer al hombre divino, como que lo embriaga en su divinidad.

San Agustín: Y para que no creyesen que por medio de esta comida y esta bebida se ofrecía la vida eterna de tal modo que aquéllos que la recibiesen ya no morirían ni aun en cuanto al cuerpo, saliendo al encuentro de esta idea, continuó diciendo: “Y yo le resucitaré en el último día”, con el fin de que tenga entre tanto la vida eterna, según el espíritu, en el descanso donde se encuentran las almas de los justos. Mas en cuanto al cuerpo, ni aun éste carecerá de vida eterna, porque en la resurrección de los muertos, cuando llegue el último día, la tendrá.

- “Porque mi carne verdaderamente es comida: y mi sangre verdaderamente es bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí mora, y yo en él. Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, así también el que me come, él mismo vivirá en mí.”

San Agustín: Los hombres desean conseguir mediante la comida y bebida saciar para siempre su hambre y su sed; esto en realidad no lo satisface nada sino esta comida y esta bebida, que hace inmortales e incorruptibles a aquéllos que la reciben.
Después manifiesta en qué consiste comer su cuerpo y beber su sangre, diciendo: “El que come mi carne... permanece en mí y yo en él”. Esto es, pues, comer aquella comida y beber aquella bebida, a saber: permanecer en Cristo y tener a Cristo permaneciendo en sí.
Y por esto el que no permanece en Cristo y aquél en quien Cristo no permanece, sin duda alguna ni come su carne ni bebe su sangre, sino que, por el contrario, come y bebe sacramento de tan gran valía para su condenación. Pero hay cierta manera de comer aquella carne y de beber aquella sangre, para que el que la coma y la beba permanezca en Cristo y Cristo en él.

Fuente: cf. Santo Tomás de Aquino, Catena aurea

Yo soy el Pan de Vida (I)

Eucaristia - Comunion 01 12

- “Yo soy el pan vivo, que descendí del cielo. Si alguno comiere de este pan, vivirá eternamente. Y el pan que yo os daré es mi carne por la vida del mundo”. (Jn 6, 51)

San Agustín: Por tanto, comed el pan del cielo en espíritu y llevad vuestra inocencia ante el altar. Los pecados, ya que son diarios, que no sean mortales. Antes que os aproximéis al altar, ved lo que hacéis, ved lo que decís: perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Si perdonas, te serán perdonadas. Aproxímate tranquilo, es Pan, no veneno. Y si alguno comiese de este pan, no morirá, esto es, el que lo come interiormente y no exteriormente.

Alcuino: Mi vida es la que vivifica. Por esto sigue: “Si alguno comiere de este pan, vivirá”,no sólo en la vida presente por medio de la fe y de la santidad, sino “vivirá eternamente. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo”.

Teofilacto: Entregó su carne por la vida del mundo, porque muriendo destruyó la muerte. Yo también entiendo la resurrección en aquellas palabras “por la vida del mundo”. Porque la muerte del Señor concedió la resurrección general a todo el género humano.

San Agustín: Háganse cuerpo de Jesucristo, si quieren vivir del espíritu de Jesucristo, porque no vive del espíritu de Jesucristo sino el cuerpo de Jesucristo. ¿Acaso mi cuerpo vive de tu espíritu? El Apóstol da a conocer este pan diciendo (ICo 10,17): “Muchos somos un solo cuerpo, todos los que participamos de este solo pan”. ¡Oh sacramento de piedad! ¡Oh signo de unidad! ¡Oh vínculo de caridad! El que quiere vivir, tiene de dónde vivir; acérquese, crea, incorpórese para que sea vivificado.

- Comenzaron entonces los judíos a altercar unos con otros, y decían: “¿Cómo nos puede dar éste su carne a comer?” Y Jesús les dijo: “En verdad, en verdad os digo: Que si no comiereis la carne del Hijo del hombre, y bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros.” (Jn 6, 52-53)

San Beda: Creían pues los judíos que el Señor dividiría en trozos su propia carne y se la daría a comer; por esto disputaban porque no entendían.

San Crisóstomo: Y como decían que esto era imposible, esto es, que diese a comer su propia carne, les dio a entender que no sólo no era imposible, sino muy necesario; por esto sigue: “Y Jesús les dijo: en verdad, en verdad os digo que si no comiereis la carne”, etc. Como diciendo: de qué modo se da y cómo debe comerse este pan, vosotros no lo sabéis, mas si no lo comiereis, no tendréis vida en vosotros.

San Agustín: Como si dijese: vosotros ignoráis de qué manera alguien puede ser comido y cuál sea el modo de comer aquel pan, pero aun así “si no comiereis la carne del Hijo del hombre y bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros”.

Fuente: cf. Santo Tomás de Aquino, Catena aurea

El Dogma de la Asunción de la Virgen al Cielo

Asuncion de la Virgen Maria 04 16

Nos, que hemos puesto nuestro pontificado bajo el especial patrocinio de la Santísima Virgen, a la que nos hemos dirigido en tantas tristísimas contingencias; Nos, que con rito público hemos consagrado a todo el género humano a su Inmaculado Corazón y hemos experimentado repetidamente su validísima protección, tenemos firme confianza de que esta proclamación y definición solemne de la Asunción será de gran provecho para la Humanidad entera, porque dará gloria a la Santísima Trinidad, a la que la Virgen Madre de Dios está ligada por vínculos singulares.

Es de esperar, en efecto, que todos los cristianos sean estimulados a una mayor devoción hacia la Madre celestial y que el corazón de todos aquellos que se glorían del nombre cristiano se mueva a desear la unión con el Cuerpo Místico de Jesucristo y el aumento del propio amor hacia Aquella que tiene entrañas maternales para todos los miembros de aquel Cuerpo augusto.
Es de esperar, además, que todos aquellos que mediten los gloriosos ejemplos de María se persuadan cada vez más del valor de la vida humana, si está entregada totalmente a la ejecución de la voluntad del Padre Celeste y al bien de los prójimos; que, mientras el materialismo y la corrupción de las costumbres derivadas de él amenazan sumergir toda virtud y hacer estragos de vidas humanas, suscitando guerras, se ponga ante los ojos de todos de modo luminosísimo a qué excelso fin están destinados los cuerpos y las almas; que, en fin, la fe en la Asunción corporal de María al cielo haga más firme y más activa la fe en nuestra resurrección.

Por tanto, después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces e invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia; para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para acrecentar la gloria de esta misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, por la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y por la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma de revelación divina que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste.
Por eso, si alguno, lo que Dios no quiera, osase negar o poner en duda voluntariamente lo que por Nos ha sido definido, sepa que ha caído de la fe divina y católica.

Fuente: Pío XII, Constitución Apostólica “Munificentissimus Deus”

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