La Sangre de Jesús nos libra del yugo de Satanás


El hombre, por el pecado, dice Santo Tomás de Aquino, se constituyó voluntariamente el esclavo del demonio. Al renegar de Dios y de su dominio, se inclinó hacia Satanás, escogiéndole como apoyo y consejero y confiándole su destino. El poder que sobre nosotros ejercía el demonio podía decirse que era debido a una especie de contrato existente entre él y nuestro primer padre Adán, que al entregarle su voluntad le entregaba las nuestras encerradas en la suya y nos condenaba a todos sus descendientes al eterno castigo. Doble servidumbre esta, por la cual el príncipe de las tinieblas nos ataba al pecado y a los tormentos sin fin de que es merecedor.

Para romper tales cadenas, Jesús, nuestro Redentor, no dudó en pagar a la eterna justicia el precio de nuestro rescate, derramando su Sangre infinitamente preciosa. De esta manera quedó debilitado el poder de Satanás, y nuestra voluntad se hizo fuerte y capaz de resistir a todos los embates del infierno. Nos libramos, por lo tanto, de los suplicios que seguramente nos esperaban en la otra vida, recibiendo en ésta la gracia de gozar la gloriosa libertad de los hijos de Dios.

Jesús nos comunica los méritos y los efectos saludables de su Sangre divina, por medio de los sacramentos. El Bautismo nos regenera, nos hace renacer a una nueva vida (distinta de la vida de Satanás y de la vida del pecado), que es la misma vida de nuestro divino Salvador, es decir, la vida de la gracia, adquirida con el precio de la Sangre de Jesús; el sacramento de la Penitencia nos purifica de nuestros pecados, cura nuestras enfermedades espirituales y restablece en nosotros la salud por los méritos de nuestro Salvador. El sacramento de la Eucaristía termina la obra de nuestra restauración, al hacernos beber en las mismas fuentes de la vida, la sangre que nos redimió, nos purifico, nos regeneró e difundió en el alma las inclinaciones de Jesús, en lugar de las tendencias de Satanás. “Para mí hubiera sido inefable dicha, dice el bienaventurado Enrique Susón, recoger una sola gota de la sangre de Jesús, y he aquí que, por su Sacramento de amor, recibo en mi boca, en mi corazón, en toda mi alma, toda esta sangre preciosísima que adoran los ángeles del cielo”.

¡Oh Sangre de Jesús, infinitamente eficaz!, prepárame a realizar dignamente el acto de la Comunión. Apaga en mí todo fuego de sensualidad, santifica mi cuerpo y mi alma. Dame fe, pureza, confianza, devoción y docilidad para que Jesús reine en mí y no encuentre en mi voluntad la más pequeña resistencia a sus deseos y a sus atractivos.

Fuente: Manual de Meditaciones, pp. 274s.

Vía Crucis Eucarístico (XIV)


Decimocuarta estación: Jesús es depositado en el sepulcro.

Jesús quiere sufrir la humillación del sepulcro; es abandonado a la guarda de sus enemigos, haciéndose prisionero suyo.

Mas en la Eucaristía aparece Jesús sepultado con toda verdad, y, en lugar de tres días, queda siempre, invitándonos a nosotros a que le hagamos guardia; es nuestro prisionero de amor.

Los corporales le envuelven como un sudario; arde la lámpara delante de su altar lo mismo que delante de la tumba; en torno suyo, reina silencio de muerte.

Al venir a nuestro corazón por la comunión, Jesús quiere sepultarse en nosotros; preparémosle un sepulcro honroso, nuevo, blanco, que no esté ocupado por afectos terrenales, embalsamémosle con el perfume de nuestras virtudes.

Vengamos, por todos los que no vienen, a honrarle, adorarle en su sagrario, consolarle en su prisión, y pidámosle la gracia del recogimiento y de la muerte al mundo, pan llevar una vida oculta en la Eucaristía.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Vía Crucis Eucarístico (IX)


Novena estación: Jesús cae por tercera vez.

¡Cuántos sufrimientos en esta tercera caída! Jesús cae abrumado bajo el peso de la cruz y apenas si a fuerza de malos tratos logran los verdugos levantarle.

Jesús cae por tercera vez antes de ser levantado en cruz como para atestiguar que le pesa el no poder dar la vuelta al mundo cargado con su cruz.

Jesús vendrá a mí por última vez en viático antes de que salga también yo de este valle de destierro. ¡Ah, Señor, concededme esta gracia, la más preciosa de todas y complemento de cuantas he recibido en mi vida!

¡Pero que reciba bien esta última comunión, tan llena de amor!

¡Qué caída más espantosa la de Jesús, que entra por última vez en el corazón de un moribundo, que a todos sus pecados pasados añade el crimen del sacrilegio y recibe indignamente al mismo que ha de juzgarle, profanando así el viático de su salvación!

¡En qué estado más doloroso no se ha de ver Jesús en un corazón que le detesta, en un espíritu que le desprecia, en un cuerpo de pecado!

¿Y cuál será el juicio de esos desdichados? Sólo pensarlo causa temblor: ¡Perdón, Señor, perdón por ellos! Os ruego por todos los moribundos. Concededles la gracia de morir en vuestros brazos después de haberos recibido bien en viático.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Vía Crucis Eucarístico (V)


Quinta estación: El Cireneo ayuda a Jesús a llevar la Cruz.

Jesús aparecía cada vez más rendido bajo su peso. Los judíos, que querían que muriese en la cruz, para poner el colmo a sus humillaciones, pidieron a Simón el Cirineo que tomase el madero. Él se negó, y menester fue obligarle para que tomara este instrumento que tan ignominioso le parecía. Mas aceptó al fin y mereció que Jesús le tocara el corazón y lo convirtiera.

En su Sacramento Jesús llama a los hombres y casi nadie acude a sus invitaciones. Convídales al banquete eucarístico y se echa mano de pretextos mil para desoír su llamamiento. El alma ingrata e infiel se niega a la gracia de Jesucristo, el don más excelente de su amor; y Jesús se queda solo, abandonado, con las manos llenas de gracias que no se quieren: ¡Se tiene miedo a su amor!

En lugar del respeto que le es debido, Jesús no recibe, las más de las veces, más que irreverencias... Se ruboriza uno de encontrarlo en las calles y se huye de Él así que se le divisa. No se atreve uno a darle señales exteriores de la propia fe.

¿Será posible, divino Salvador mío? Demasiado cierto es, no puedo menos de sentir los reproches que me dirige mi conciencia. Sí, he desoído muchas veces vuestro amoroso llamamiento, aferrado como estaba a lo que me agradaba; me he negado cuando tanto me honrabais invitándome a vuestra mesa, movido por vuestro amor. Pésame de lo más hondo de mi corazón. Comprendo que vale mucho más dejarlo todo que omitir por mi culpa una comunión, que es la mayor y más amable de vuestras gracias. Olvidad, buen salvador mío, mi pasado y acoged y guardad vos mismo mis resoluciones para el porvenir.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Vía Crucis Eucarístico (III)


Tercera estación: Jesús cae por primera vez.

Tan agotado de sangre se vio Jesús después de tres horas de agonía y de los golpes de la flagelación, tan debilitado por la terrible noche que pasó bajo la guardia de sus enemigos, que, tras algunos momentos de marcha, cae abrumado bajo el peso de la cruz.

¡Cuántas veces cae Jesús sacramentado por tierra en las santas partículas sin que nadie se dé cuenta!

Mas lo que le hace caer de dolor es la vista del primer pecado mortal que mancilló mi alma.

¡Cuánto más dolorosa no es la caída de Jesús en el corazón de un joven que le recibe indignamente en el día de su primera comunión!

Cae en un corazón helado, que el fuego de su amor no puede derretir; en un espíritu orgulloso y fingido, sin poder conmoverlo; en un cuerpo que no es más que sepulcro lleno de podredumbre. ¿Así por ventura hemos de tratar a Jesús la primera vez que viene a nosotros tan lleno de amor? ¡Oh Dios! ¡Tan joven y ya tan culpable! ¡Comenzar tan pronto a ser un Judas! ¡Cuán sensible es al Corazón de Jesús; una primera comunión sacrílega!

¡Gracias, oh Jesús mío, por el amor que me mostrasteis en mi primera comunión! Nunca lo he de olvidar. Vuestro soy, del mismo modo que Vos sois mío; haced de mí lo que os plazca.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

La Comunión frecuente (II)


San Felipe Neri animaba a los cristianos a confesarse cada ocho días, y a comulgar aún más a menudo. Además, la Santa Iglesia manifiesta el vivo deseo de la Comunión frecuente por medio del Concilio de Trento, expresándolo en estos términos: “Sería muy conveniente que todo cristiano fiel mantuviese su conciencia en tal estado de pureza, que pudiese comulgar cada vez que asiste a la Santa Misa. Y esto no con la comunión espiritual, sino con la Comunión Sacramental, para que sea más abundante el fruto que se recoja de este divino alimento”.

Dirá quizás alguno: ¡Soy un gran pecador! Si eres pecador, procura ponerte en gracia de Dios mediante el Sacramento de la Confesión, y luego acércate a la Santa Comunión, donde encontrarás fuerza para perseverar en el bien.

Dirá otro: Yo comulgo raras veces para hacerlo con más fervor. Esto es un engaño. Generalmente se hace mal lo que se hace raras veces; por otra parte, si son muchas tus necesidades, frecuente debe ser el socorro que proporciones a tu alma.

Otros añaden: Yo estoy lleno de enfermedades espirituales y no me atrevo a comulgar con frecuencia. Jesucristo les responde: “Los sanos no necesitan de médico, sino los que están enfermos”. Por eso los más débiles y enfermos tienen mayor necesidad de ser visitados por el verdadero médico de nuestras almas, Jesucristo.

Viniendo frecuentemente a nosotros, nos da las gracias que necesitamos para no caer en faltas graves, y nos borra las culpas veniales. En efecto, se ve que son menos perfectas las personas que comulgan raras veces, que las que lo hacen con frecuencia. ¡Ánimo, pues! Si queréis hacer el acto más agradable a Dios, el más eficaz para vencer las tentaciones y perseverar en el bien, acercaos a menudo y con buenas disposiciones a la Santa Comunión.

Fuente: San Juan Bosco, La juventud instruida

La Comunión frecuente (I)


Habiendo instituido Jesucristo el Sacramento de la Eucaristía para bien de nuestras almas, desea que nos acerquemos a Él, no sólo algunas veces, sino muy a menudo. He aquí las palabras con que nos invita: “Venid a Mí todos los que andáis agobiados con trabajos y cargas, y yo os aliviaré”. En otra parte hace las más consoladoras promesas a los que se alimentan de su divina Carne: “Yo soy el Pan vivo, que descendí del Cielo; el que come de este Pan vivirá eternamente, y Yo lo resucitaré en el último día”. Para corresponder a estas invitaciones del divino Salvador, la Santísima Virgen y los cristianos de los primeros tiempos iban todos los días a oír la palabra de Dios, y todos los días se acercaban a la Santa Comunión. En este Sacramento encontraban los Mártires su fortaleza, las Vírgenes su fervor y los Santos su valor.

Si queremos secundar los ardientes deseos de Jesucristo y atender a nuestras necesidades, debemos comulgar con mucha frecuencia. Así como el maná sirvió de alimento diario a los Hebreos, durante todo el tiempo que estuvieron en el desierto hasta el día en que entraron en la tierra prometida, así la Santa Comunión debe ser nuestro Pan cotidiano, en medio de los peligros que nos rodean en este mundo, hasta que consigamos llegar a la verdadera tierra prometida que es el Paraíso. San Agustín escribe: “Si todos los días pedimos a Dios el pan corporal, ¿por qué no procuramos también alimentarnos todos los días con el Pan espiritual de la Santa Comunión?”.

Fuente: San Juan Bosco, La juventud instruida

Joven eucarístico


El Señor habita en sus tabernáculos: nosotros podemos hablarle todas las veces que lo deseemos, podemos llegarnos a Él, estar junto a Él. Esta es la respuesta que la humanidad debería dar a la Eucaristía, pero, desgraciadamente, no la da: Tabernáculos sin adoradores, Comunión no lo suficientemente frecuente, asistencia no devota a la santa Misa.

Pero Savio no obraba así. El Señor le concedió una doble gracia, porque cuando se solía retardar la Comunión, él fue admitido a hacerla a los siete años; cuando se trataba de establecer la frecuencia de la Comunión, él fue autorizado para hacerla diariamente. Todo lleno de amor a la Eucaristía, él razonaba así: “Soy feliz, nada me falta, falta solo el Paraíso que poseeré, el día en que pueda ver sin velos aquello que ahora adoro escondido en el altar; pero en realidad soy feliz desde ahora, porque lo que necesito, Él me lo da, ¡acudo a Él!”

No una sino varias horas permanecía delante de Jesús Sacramentado, como en aquel día célebre, en que, haciendo la acción de gracias a la Comunión, perdió por completo la idea del tiempo y fue hallado por la tarde, todavía en adoración.

Fervor eucarístico auténtico, es pues, el que Domingo nos enseña.

No tenía nobleza de blasón, porque era hijo de un herrero, pero, indelebles le corresponden los magníficos títulos de joven angélico, mariano y eucarístico.

Fuente: Card. Máximo Massimi, Discurso del 9 de marzo de 1950

Meditando en la Navidad (III)


María no cesaba de aspirar por el momento en que gozaría de esa visión beatífica terrestre: la faz de Dios encarnado. Estaba a punto de ver aquella faz humana que debía iluminar el cielo durante toda la eternidad. Iba a leer el amor filial en aquellos mismos ojos cuyos rayos deberían esparcir para siempre la felicidad en millones de elegidos. Iba a ver aquel rostro todos los días, a todas horas, cada instante, durante muchos años. Iba a verle en la ignorancia aparente de la infancia, en los encantos particulares de la juventud y en la serenidad reflexiva de la edad madura.

Haría todo lo que quisiese de aquella faz divina; podría estrecharla contra la suya con toda la libertad del amor materno; contemplarla a su gusto durante su sueño o despierto, hasta que la hubiese aprendido de memoria.

¡Cuán ardientemente deseaba ese día! Tal era la vida de expectativa de María. No nos contentemos con admirar a Jesús residiendo en María, sino pensemos que en nosotros también reside por esencia, potencia y presencia.

Sí, Jesús nace continuamente en nosotros y de nosotros, por las buenas obras que nos hace capaces de cumplir, y por nuestra cooperación a la gracia; por la manera que el alma del que se halla en gracia es un seno perpetuo de María, un Belén interior sin fin. Después de la comunión Jesús habita en nosotros, durante algunos instantes, real y sustancialmente como Dios y como hombre, porque el mismo Niño que estaba en María está también en el Santísimo Sacramento. ¿Qué es todo esto sino una participación de la vida de María durante esos maravillosos meses, y una expectativa llena de delicias como la suya?

Fuente: Fernando de Jesús Larrea, Novena de Navidad

Oh Corazón amabilísimo de Jesús


¿Qué diré de los que se llegan a la Sagrada Eucaristía, en la cual se nos da Jesús abrasado en nuestro amor? Unos llegan con suma frialdad; otros ni aun llegar quieren a esta Sagrada Mesa, sino compelidos de las censuras de la Santa Iglesia; otros reciben al Señor en pecado mortal con horrendo sacrilegio. Muchos se alimentan de este Pan de ángeles sin devoción, sin preparación, como si fuera un manjar puramente para saciar el apetito. ¿Qué diré del sacrosanto y tremendo Sacrificio de la Misa? Muchos sacerdotes le consideran sólo como un oficio útil para enriquecerse a poca costa; llegan al santo altar sin preparación alguna; dicen la Misa atropelladamente sin observar muchas de las rúbricas de la Santa Iglesia; manejan, tocan y mueven el sacrosanto Cuerpo de Jesús como si fuera un vil pedazo de pan; con tanta irreverencia que llena de pasmo, asombro y horror a los mismos ángeles. Muchos de los demás fieles asisten a este tremendo Sacrificio con negligencia, distracción de espíritu y tibieza digna de llorarse con lágrimas de sangre. ¡Esta es la correspondencia de los católicos a la fineza del amor, con que les ama Jesús!

¡Oh!, qué sentirá su Corazón amantísimo, al verse tan ingratamente correspondido. ¡Oh pueblo cristiano, ingrato, rebelde y desconocido a tanto amor! ¿Tienes corazón de carne, como los demás hombres, o antes bien de hierro y de diamante, pues no te ablandan ni el fuego de tanto amor, ni el golpe de tantos beneficios? Semejante insensibilidad ¿es de hombres, o de fieras?

¡Oh Corazón amabilísimo de Jesús! El más noble, el más generoso, el más tierno de todos los corazones.

Fuente: P. Juan de Loyola, Tesoro escondido en el Sacratísimo Corazón de Jesús

Es preciso comulgar bien


La sagrada Comunión es Jesús mismo recibido sustancialmente en nosotros, en nuestra alma y en nuestro cuerpo, bajo forma de alimento, para transformarnos en sí comunicándonos su santidad primero y después su felicidad y su gloria.

Por la sagrada Comunión Jesucristo nace, crece y se desarrolla en nosotros. Todo su deseo es que le recibamos y le recibamos a menudo; tal es también el consejo de la santa Iglesia, la cual pone a nuestra disposición todos sus medios de santificación para mejor disponernos a recibirle bien, así como todo su culto tiende a prepararnos la Comunión y a dárnosla.

Si conociéramos los dones y las virtudes que nos trae la Comunión, suspiraríamos de continuo por ella. Una Comunión basta para santificar a uno en un instante, por ser el mismo Jesucristo, autor de toda santidad, quien viene.

Mas es preciso comulgar bien, y una buena Comunión no se concibe sin la debida preparación y acción de gracias.

Adorad con viva fe a Jesús, presente en el santísimo Sacramento, en la sagrada Hostia que vais a recibir; adoradle exteriormente con el más profundo respeto del cuerpo y con la mayor modestia de los sentidos; adoradle también interiormente con profunda humildad, rendidle homenaje con todas las facultades del alma, diciéndole, con santo Tomás, a impulsos de vuestra fe: Vos sois mi Señor y mi Dios.

Dad gracias por don tan soberano del amor de Jesús, por esta invitación a su mesa eucarística que os dirige a vosotros.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

La Comunión Reparadora


La reparación es un deber de justicia y de amor. Expía las ofensas hechas a Dios y restablece el orden violado por nuestras culpas. Nos asocia a los sufrimientos de Cristo. Aplaca a Dios irritado por los pecados de los hombres y alcanza misericordia para los pecadores. Es lo que hizo y hace Jesús. Por eso le consuela.

Para que nuestra Comunión sea reparadora, basta agregar a las intenciones que tengamos, la de reparar. Podemos, pues, comulgar pidiendo una gracia cualquiera, y al mismo tiempo añadir a nuestra Comunión el valor de la reparación.

Es prueba de un amor real, y no de solas palabras. A ella lleva la devoción al Corazón de Jesús, que es devoción de amor y generosidad. Ojalá cada uno viviera vida de reparación, vida que encuentra su alimento en la Comunión Reparadora. Así tendrían todo su efecto las magníficas promesas del Corazón de Jesús.

La necesidad de reparar el amor ofendido de Dios es urgente porque: en el mundo reina el mal espíritu que quiere borrar a Dios del individuo, de la familia, de la Iglesia y de la sociedad; los mismos católicos, en su mayoría, llevan una vida de espaldas a la fe que profesan y conocen; muchos traicionan la fe y se vuelven contra el mismo Jesucristo.

Los que aman a Jesús sufren con Él las ofensas que se le hacen; lo que a Él lo hiere, a ellos los hiere también.

Por esto, cuanta más ofensas y frialdad contra Jesús, más se ha de excitar nuestra alma para manifestarle su amor; tener mayor cuidado en evitar las faltas propias y todo lo que de nuestra parte pueda agraviar su Corazón; más renuncia y mortificación de la propia voluntad; mayor unión con Cristo en sus sentimientos; procurarle más alabanza y gloria mediante la recepción frecuente de los Sacramentos, y una gran fidelidad al deber de estado.

Fuente: Cf.Folleto del Apostolado de la Oración, mayo de 1946

Aniversario del nacimiento del Beato Carlos de Austria

Fotografías de la infancia del Beato Carlos de Austria

El día 17 de agosto de 1887, Persenbeug, a cien kilómetros al oeste de Viena, está de fiesta. Sus habitantes adornan las casas, las campanas tocan a voleo, los petardos estallan por todas partes; se acaba de conocer la noticia del nacimiento del primer hijo del archiduque Otto y de María Josefa de Sajonia. La formación del joven Carlos fue especialmente cuidada. María Josefa tenía un alto sentido de sus deberes maternales. Paciente y muy piadosa, impartió a su hijo una profunda enseñanza religiosa y se dedicó a su educación con enorme afán. María Josefa contaba con la ayuda de Mlle. Liese, una excelente institutriz a la que Carlos profesaba un gran cariño.

La Princesa Wittgenstein cuenta que un día vio subir la escalera a una persona que, perdiendo el aliento, seguía al principito de tres años. De repente, con aire preocupado, el niño se volvió hacia la señora que no acababa de subir las escaleras y exclamó: "Bueno, ahora vamos a descansar un poco".

Carlos era alegre sin exageración, y proporcionaba alegría al palacio. Desde muy pronto dio pruebas del altruismo y la generosidad que más tarde caracterizarían su personalidad, y distribuía entre los niños desfavorecidos los regalos de Navidad o de cumpleaños que, con gran gozo, acababa de recibir. Se dice que a los cinco años había expresado al administrador su deseo de trabajar en el jardín para ganar algún dinero: "Mira, hay niños pobres, y yo querría ayudarles con lo que gane". También solía interceder ante su padre para evitar la reprimenda a algún sirviente.

Cuando Carlos tenía siete años, el dominico P. Geggerle, se encargaba de su instrucción religiosa, y nos traza el siguiente retrato del niño: "Era sincero, piadoso, modesto y extraordinariamente delicado de conciencia. Jamás le vi encolerizarse en el trato con sus compañeros; siempre, y en todas partes, se mostraba como un camarada excelente. Sobre todo era de una modestia desacostumbrada en un niño de su condición".

A partir de 1885, pasó a las manos de un nuevo preceptor, el conde Wallis, entonces capitán de caballería. La elección no pudo ser más acertada: católico ferviente, soldado de corazón, era la persona perfecta para encargarse de la educación militar e intelectual del joven archiduque. Al principio, el niño se sintió desconcertado ante la férrea disciplina que le impuso el capitán, pero muy pronto se crearon entre ambos unos profundos lazos de amistad.

Carlos toma la primera comunión en 1898, en Viena. Uno de los asistentes comenta: "Si no supiéramos rezar, ese joven nos enseñaría a hacerlo".

Fuente: Cf. Michel Dugast Rouillé, Carlos de Habsburgo

Niños santos - Venerable Pilar Cimadevilla


Pilar, nació en Madrid el 17 de febrero de 1952. Fue hija del coronel Amaro Cimadevilla y de doña María del Rosario López-Dóriga. Desde temprana edad se caracterizó por su genio vivo que le ganó el apelativo de “la Brava”. Dócil e inteligente, empezó a destacar al poco tiempo por su piedad.

La Primera Comunión marcó un hito en su vida: “Mi Primera Comunión fue toda para Jesús”, diría ella misma.

A los nueve años fue internada en el Hospital Militar debido a un cáncer doloroso e irreversible. Pilar sufrió inapetencia y cansancio extraordinarios, a lo que se le sumó la aparición de un ganglio en el cuello. Fue atendida por las religiosas Hijas de la Caridad quienes le proponen formar parte de la Unión de Enfermos Misioneros, y ella se entusiasmó de tal modo con la idea de ofrecer sus sufrimientos por las misiones, sabiendo que sus sufrimientos podían ser convertidos por el Señor en fuente de conversión y salvación de muchos. Toda su vida se convirtió en un acto de entrega al Señor. Aquí es donde comenzó a mostrarse lo extraordinario de la niña: su heroísmo en el sufrimiento, no se quejaba de sus fuertes dolores, no solicitaba sino la ayuda indispensable, se preocupaba más de los demás que de ella misma...

Una mañana, al concluir su acción de gracias después de la comunión, sorprendió a sus padres con estas frases: “Abrid las ventanas y poneos muy contentos, pues me acaba de decir el Niño Jesús que sí, que me llevará con El, pero que todavía tengo que sufrir otro poco, porque puedo ser santa”. Un día después, el 6 de marzo de 1962, la niña cayó en brazos de su madre recién cumplidos los diez años de edad. El 19 de abril de 2004 fue declarada Venerable.

Fuente: Cf. aciprensa.com

Este es el Corazón que tanto ha amado a los hombres


El culto al Corazón de Jesús es el acto por el cual honramos ese divino Corazón lleno de amor por nosotros. Este culto es ante todo personal, ya que ha venido a "reinar sobre los corazones", y el corazón es algo propio de cada uno.

En la santa misa: Dando gracias a Dios por habernos dado a Jesús, que nos ha abierto los brazos de su paternidad. Pidiendo que ese Corazón escondido en el sagrario difunda su amor en nuestras almas y en todo el mundo. Ofreciéndola en reparación de las injurias que sufre en el sagrario, altar del sacrificio de su amor. En la comunión: Para recibir el torrente de gracias que nuestra alma necesita. Para darle la alegría de nuestra intimidad, que El busca ardientemente. En las visitas a su tabernáculo: ¿Podría Jesús desear con más ardor la presencia del amigo por quien murió y se encerró en el Sagrario? Es un deber no sólo de gratitud, sino de honor. Pero nos espera sobre todo para ser nuestra fortaleza y ayuda.

En cuanto a la consagración personal: quedamos totalmente bajo el influjo del divino Corazón para que haga de nosotros lo que quiera. Esta entrega, por expresa Voluntad suya, es la clave para consumar nuestra santificación, ya que nunca se deja ganar en generosidad. También es su voluntad que le imitemos: el amor lleva a identificación con la persona amada. Debemos imitar sus sentimientos, amar lo que El ama: la gracia, la virtud... Imitar sus virtudes: el amor al Padre, la conformidad con su voluntad, el espíritu de oración, la humildad de su encarnación. Y detestar lo que El detesta: pecados, tibieza para con Dios...

En el orden familiar el acto supremo de culto es la consagración, el reconocimiento del Sagrado Corazón como Rey del hogar. Es un reconocimiento de los derechos del Sagrado Corazón a reinar sobre la familia y un sometimiento a su voluntad. La familia es obra de Dios, por tanto le pertenece. Pero esta soberanía del divino Corazón hay que aceptarla no sólo como un derecho de El sobre nosotros, sino como un acto de nuestro amor hacia El, fruto de agradecimiento. El fin próximo es la regeneración de la familia en los principios cristianos: la familia en función de la gloria de Dios y de la salvación eterna. Y a través de esta regeneración se trasluce el fin remoto: la preparación del reinado social del Sagrado Corazón en todos los hombres. Es preciso hacer florecer en la familia la piedad intensa, que supera la simple obligación del propio estado; la frecuencia de sacramentos será la puerta que lleve a este estado de verdadera perfección.

¡Vamos a dar sentido cristiano a un día más en la semana: el viernes del Sagrado Corazón! Porque en él se manifestó su amor del modo más supremo. Porque en él su Corazón se abrió como un tesoro. Porque en él nos dio a su propia Madre, la Virgen María.

Fuente: Antonio Royo Marín, El Corazón De Jesús

La institución de la Solemnidad del Corpus Christi

El Beato Carlos de Austria y su familia en la procesión del Corpus Christi

Cristo, nuestro Salvador, estando para partir de este mundo para subir al Padre, poco antes de su Pasión, en la Ultima Cena, instituyó, en memoria de su muerte, el sumo y magnífico sacramento de Su Cuerpo y Su Sangre, dándonos el Cuerpo como alimento y la Sangre como bebida. Siempre que comemos este pan y bebemos de este cáliz anunciamos la muerte del Señor, porque dijo a los apóstoles durante la institución de este sacramento: “Haced esto en memoria mía”, para que este excelso y venerable sacramento fuese para nosotros el principal y más insigne recuerdo del gran amor con que Él nos amó. Es un memorial dulcísimo, sacrosanto y saludable en el cual renovamos nuestra gratitud por nuestra redención, nos alejamos del mal, nos afianzamos en el bien y progresamos en la adquisición de las virtudes y de la gracia, nos confortamos por la presencia corporal de nuestro mismo Salvador, pues en esta conmemoración Sacramental de Cristo está presente El en medio de nosotros, con una forma distinta, pero en su verdadera sustancia. Se ha dado, pues, el Salvador como alimento; quiso que, de la misma forma que el hombre fue sepultado en la ruina por el alimento prohibido, volviera a vivir por un alimento bendito; cayó el hombre por el fruto de un árbol de muerte, resucita por un pan de vida. De aquel árbol pendía un alimento mortal, en éste halla un alimento de vida; aquel fruto trajo el mal, éste la curación; un apetito malvado hizo el mal, y un hambre diferente engendra el beneficio; llegó la medicina adonde había invadido la enfermedad; de donde partió la muerte vino la vida.

¡Excelso y venerable sacramento, amable y adorado, eres digno de ser celebrado, exaltado con las más emotivas alabanzas, por los cantos inspirados, por las más íntimas fibras del alma, por los más devotos obsequios, eres digno de ser recibido por las almas más puras! ¡Glorioso memorial, deberías ser guardado entre los más profundos latidos del corazón, impreso indeleblemente en el alma, encerrado en las intimidades del espíritu, honrado con la más asidua y devota piedad!

Fuente: S.S. Urvano IV, Bula Transiturus De Hoc Mundo

María, Madre eucarística


Si queremos descubrir en toda su riqueza la relación íntima que une Iglesia y Eucaristía, no podemos olvidar a María, Madre y modelo de la Iglesia. Puesto que la Eucaristía es misterio de fe, que supera de tal manera nuestro entendimiento que nos obliga al más puro abandono a la palabra de Dios, nadie como María puede ser apoyo y guía en una actitud como ésta. Repetir el gesto de Cristo en la Última Cena, en cumplimiento de su mandato: “¡Haced esto en conmemoración mía!”, se convierte al mismo tiempo en aceptación de la invitación de María a obedecerle sin titubeos: “Haced lo que él os diga”. Con la solicitud materna que muestra en las bodas de Caná, María parece decirnos: “no dudéis, fiaros de la Palabra de mi Hijo. Él, que fue capaz de transformar el agua en vino, es igualmente capaz de hacer del pan y del vino su Cuerpo y su Sangre, entregando a los creyentes en este misterio la memoria viva de su Pascua, para hacerse así Pan de Vida”.

En cierto sentido, María ha practicado su fe eucarística antes incluso de que ésta fuera instituida, por el hecho mismo de haber ofrecido su seno virginal para la encarnación del Verbo de Dios. La Eucaristía, mientras remite a la pasión y la resurrección, está al mismo tiempo en continuidad con la Encarnación. María concibió en la anunciación al Hijo divino, incluso en la realidad física de su cuerpo y su sangre, anticipando en sí lo que en cierta medida se realiza sacramentalmente en todo creyente que recibe, en las especies del pan y del vino, el cuerpo y la sangre del Señor. Hay, pues, una analogía profunda entre el fiat pronunciado por María a las palabras del Ángel y el amén que cada fiel pronuncia cuando recibe el cuerpo del Señor. A María se le pidió creer que quien concibió “por obra del Espíritu Santo” era el “Hijo de Dios”. En continuidad con la fe de la Virgen, en el Misterio eucarístico se nos pide creer que el mismo Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, se hace presente con todo su ser humano-divino en las especies del pan y del vino.

¿Cómo imaginar los sentimientos de María al escuchar de la boca de Pedro, Juan, Santiago y los otros Apóstoles, las palabras de la Última Cena: “Éste es mi cuerpo que es entregado por vosotros”? Aquel cuerpo entregado como sacrificio y presente en los signos sacramentales, ¡era el mismo cuerpo concebido en su seno! Recibir la Eucaristía debía significar para María como si acogiera de nuevo en su seno el corazón que había latido al unísono con el suyo y revivir lo que había experimentado en primera persona al pie de la Cruz.

Fuente: San Juan Pablo II, Carta Encíclica Ecclesia De Eucharistia

El Corazón de Cristo (III)

Estampa del funeral del Beato Carlos de Austria

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús debe sernos grata a todos porque en ella se honra a Jesucristo, no ya en uno de sus estados o misterios particulares, sino en la generalidad y totalidad de su Amor, de ese Amor que nos da la clave de todos los misterios.

La práctica general de esta devoción tiende a devolver a Nuestro Señor amor por amor, a apoderarse de toda nuestra actividad, y penetrarla de amor que sea agradable a Jesucristo, de tal modo, que los ejercicios particulares no son más que medios de expresar a nuestro divino Maestro el recíproco amor que le tenemos. Es esto efecto, y muy precioso por cierto de esta devoción, puesto que toda la religión cristiana se reduce a dedicarnos por amor al servicio de Jesucristo, y por Él al servicio del Padre y del Espíritu Santo.

El cristianismo es el amor de Dios manifestado al mundo por Cristo, y toda nuestra religión cristiana puede reducirse a contemplar este amor en Cristo y responder al amor de Cristo para llegarnos hasta Dios.

Tal es el plan divino y lo que Dios quiere de nosotros. Si no nos amoldamos a él, no tendremos ni luz, ni verdad, ni seguridad, ni salvación.

Cuando recibimos a Nuestro Señor en la sagrada Comunión, hospedamos en nosotros aquel Corazón divino, hoguera de amor.

Pidámosle muy de veras nos haga Él mismo comprender este amor, porque un rayo que nos venga de arriba es harto más eficaz que todos los discursos humanos; pidámosle que nos haga amar a su divina Persona.

Fuente: Beato Columba Marmión, Jesucristo en sus Misterios

La Santa Misa

A la hora de tu muerte, tu mayor consuelo serán las Misas que durante tu vida oíste. Cada Misa que oíste te acompañará en el tribunal divino y abogará para que alcances perdón. Con cada Misa puedes disminuir el castigo temporal que debes por tus pecados, en proporción con el fervor con que la oigas. Con la asistencia devota a la Santa Misa, rindes el mayor homenaje a la Humanidad Santísima de Nuestro Señor. La Santa Misa bien oída suple tus muchas negligencias y omisiones. Por la Santa Misa bien oída se te perdonan todos los pecados veniales que estás resuelto a evitar, y muchos otros de que ni siquiera te acuerdas. Por ella pierde también el demonio dominio sobre ti. Ofreces el mayor consuelo a las benditas ánimas del Purgatorio. Consigues bendiciones en tus negocios y asuntos temporales. Una Misa oída mientras vivas te aprovechará mucho más que muchas que ofrezcan por ti después de la muerte. Te libras de muchos peligros y desgracias en los cuales quizás caerías sino fuera por la Santa Misa. Acuérdate también de que con ella acortas tu Purgatorio. Con cada Misa aumentarás tus grados de gloria en el Cielo. En ella recibes la bendición del Sacerdote, que Dios ratifica en el cielo. Al que oye Misa todos los días, Dios lo librará de una muerte trágica y el Ángel de la guarda tendrá presentes los pasos que dé para ir a la Misa, y Dios se los premiará en su muerte.

Durante la Misa te arrodillas en medio de una multitud de ángeles que asisten invisiblemente al Santo Sacrificio con suma reverencia. Cuando oímos misa en honor de algún Santo en particular, dando a Dios gracias por los favores concedidos a ese Santo, no podemos menos de granjearnos su protección y especial amor, por el honor, gozo y felicidad que de nuestra buena obra se le sigue. Todos los días que oigamos Misa, estaría bien que además de las otras intenciones, tuviéramos la de honrar al Santo del día.

“La Misa es el don más grande que se puede ofrecer al Señor por las almas, para sacarlas del Purgatorio, librarlas de sus penas y llevarlas a gozar de la gloria” (San Bernardino de Siena)

“El que oye Misa, hace oración, da limosna o reza por las almas del Purgatorio, trabaja en su propio provecho” (San Agustín)

“Por cada Misa celebrada u oídas con devoción, muchas almas salen del Purgatorio, y a las que allí quedan se les disminuyen las penas que padecen. Durante la celebración de la Misa, se suspenden las penas de las almas por quienes ruega y obra el Sacerdote, y especialmente de aquellas por las que ofrece la Misa” (San Gregorio Magno)

Puedes ganar también Indulgencia Plenaria todos los lunes del año ofreciendo la santa Misa y Comunión en sufragio de las benditas almas del Purgatorio. Para los fieles que no pueden oír Misa el lunes vale que la oigan el domingo con esa intención. Se suplica que apliquen todas las indulgencias en sufragio de las Almas del Purgatorio, pues Dios Nuestro Señor, y ellas le recompensaran esta caridad.

La Santa Misa es la renovación del Sacrificio del Calvario, el Mayor acto de adoración a la Santísima Trinidad. Por eso es obligación oírla todos los domingos y fiestas de guardar.

Fuente: cf.ewtn.com

La Eucaristía en el combate espiritual

Misa en Malvinas

A las almas que desean llegar a la santidad, el Divino Espíritu les recuerda frecuentemente aquellas palabras de Jesús: “Si alguien quiere venir conmigo, niéguese a sí mismo, acepte su cruz de sufrimientos de cada día, y sígame”. Y les invita a seguir a Cristo imitando sus santos ejemplos, venciéndose a sí mismo, y aceptando con paciencia las adversidades. Para esto les será de enorme utilidad el frecuentar los sacramentos, especialmente el de la penitencia y el de la Eucaristía. Éstos les permitirán conseguir nuevo vigor y adquirir fuerzas y energías para luchar contra los enemigos de la santidad.

El medio más excelente que existe para progresar en perfección es la Sagrada Eucaristía. De todas las armas espirituales es la más eficaz para lograr vencer a los enemigos de nuestra virtud y santificación.

Los otros sacramentos reciben toda su fuerza en los méritos de Cristo, de la gracia que Él nos ha obtenido y de su poderosa intercesión en favor nuestro. Pero la Eucaristía contiene al mismo Jesucristo, con su Cuerpo y su Sangre, su Alma y su Divinidad. Con los demás sacramentos combatimos a los enemigos del alma con los medios que nos proporciona Jesucristo. Con éste combatimos apoyados y acompañados por el mismo Redentor en persona, ya que Él dijo: “Quien come mi carne y bebe mi sangre, permanece en Mí y yo en él”.

Fuente: P. Lorenzo Scúpoli, El combate espiritual

Eficacia santificadora de la Eucaristía


Entre todos los ejercicios y prácticas de piedad, ninguno hay cuya eficacia santificadora pueda compararse a la digna recepción del sacramento de la Eucaristía. En ella recibimos no solamente la gracia, sino el Manantial y la Fuente misma de donde brota. Ella debe ser, en su doble aspecto de sacramento y de sacrificio, el centro de convergencia de toda la vida cristiana, la cual debe girar en torno a la Eucaristía.

La santidad consiste en participar de una manera cada vez más plena y perfecta de la vida divina que se nos comunica por la gracia. Esta gracia brota -como de su Fuente única para el hombre- del Corazón de Cristo, en el que reside la plenitud de la gracia y de la divinidad. Cristo nos comunica la gracia por los sacramentos, principalmente por la Eucaristía, en la que se nos da a sí mismo como alimento de nuestras almas. Pero, a diferencia del alimento material, no somos nosotros quienes asimilamos a Cristo, sino El quien nos diviniza y transforma en sí mismo. En la Eucaristía alcanza el cristiano su máxima cristificación, en la que consiste la santidad.

La comunión, al darnos enteramente a Cristo, pone a nuestra disposición todos los tesoros de santidad, de sabiduría y de ciencia encerrados en Él. Con ella, pues, recibe el alma un tesoro rigurosa y absolutamente infinito que se le entrega en propiedad.

Nunca tan perfectamente como después de comulgar el cristiano se convierte en templo y sagrario de la Divinidad. En virtud de este divino e inefable contacto con la Santísima Trinidad, el alma -y, por redundancia de ella, el mismo cuerpo del cristiano- se hace más sagrada que la custodia y el copón y aún más que las mismas especies sacramentales, que contienen a Cristo -ciertamente-, pero sin tocarle siquiera ni recibir de Él ninguna influencia santificadora.

Fuente: Fray Antonio Royo Marín, Teología de la perfección cristiana

Habrá niños santos - Venerable Antonieta Meo

Antonieta Meo 01 01

Antonieta Meo, nació en Roma el 15 de diciembre de 1930. A los tres años frecuentó un jardín de infancia de religiosas y a los 5 años se inscribió en la Acción Católica, en el grupo de las más pequeñas.

A los 6 años de edad un osteosarcoma le obliga a la amputación de la pierna izquierda. Ya a aquella edad tenía un concepto del valor del sufrimiento incomprensible sin la gracia de Dios. Una religiosa enfermera de la clínica testimonió: «Una mañana, mientras ayudaba a la enfermera que ordenaba el cuarto de la niña, entró su papá, el cual, después de haberla acariciado, le preguntó: ¿Sientes mucho dolor? Y Antonieta respondió: Papá, el dolor es como la tela, cuanto más fuerte más valor tiene.»
La religiosa añadió: "Si no lo hubiese escuchado con mis propios oídos, no lo hubiera creído."

Comienza a ir a la escuela primaria a los 6 años con una prótesis que le provoca muchos fastidios. Pero todo lo ofrece a Jesús: "Cada paso que doy que sea una palabrita de amor". El día del aniversario de la amputación lo quiere celebrar con un gran almuerzo y con una novena a la Virgen de Pompeya, porque gracias a este evento había podido ofrecer su sufrimiento a Jesús. Cuando encontraba un pobre, ella quería darle el centavo que tenía.
La noche de navidad de 1936 recibe con fervor la Prima Comunión y pocos meses después la Confirmación. La amputación de la pierna no había bloqueado el tumor, que se extendió a la cabeza, a la mano, al pie, a la garganta y a la boca. Tanto los dolores de la enfermedad como los tratamientos que trataban de curarla eran muy fuertes.

Son célebres sus cartas a Jesús y María: desde muy pequeña se las dictaba a su mamá y, cuando supo escribir, lo hizo ella misma. Cada noche las colocaba debajo de una estatuilla del Niño Jesús para que él viniera de noche a leerlas.
Le gustaba frecuentar la escuela y el catecismo. Escribía a Jesús en una de sus cartas: "Voy con entusiasmo, porque se aprenden tantas cosas bellas sobre Ti y sobre tus Santos".
La última carta está fechada el 2 de junio de 1937 y terminará en las manos de Pío XI, quien hará llegar inmediatamente a la niña la bendición apostólica. La madre recuerda: «Me senté a la cabecera de su cama y escribí lo que Antonieta me dictaba trabajosamente: "Querido Jesús Crucificado, yo te quiero tanto y te amo tanto. Yo quiero estar contigo en el Calvario". En ese momento a Antonieta le entró un violento ataque de tos y vomitó, pero en cuanto se le pasó quiso continuar: "Querido Jesús te quiero repetir que te quiero mucho mucho"...»
Murió el 3 de julio de 1937 en medio de terribles dolores. No había cumplido ni siquiera 7 años. Su vida ha sido un testimonio de santidad para todos los niños.

Fuente: cf. vatican.va y aciprensa.com

La Eucaristía nos hace santos

Beato Carlos de Austria 05 09

Reliquia del “Emperador de la Eucaristía”, Beato Carlos de Austria, sobre el Sagrario en la Iglesia de San Gottardo, Italia. El Beato Carlos vivía profundamente la Santa Misa a la cual asistía a diario y su amor por la Eucaristía creció a lo largo de su vida. Cuando se le preguntaba de donde le venía tanta alegría y optimismo respondía que de su comunión diaria. Incluso pidió matrimonio a la princesa Zita delante del Santísimo Sacramento, en el Santuario de la Virgen de Mariazell.

Jesucristo, aunque oculto a mis ojos, actúa eficazmente en la obra de mi santificación. Veámoslo: si yo me quiero hacer santo, tengo que principiar por vencer el orgullo, y hacer que la humildad ocupe su lugar; y ¿dónde encontraré ejemplo de humildad más eficaz que en la Eucaristía y dónde, fuera de ella, la gracia que necesito para conseguirla?

Jesús es quien pronunció estas admirables palabras: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29); mas si desde el principio del cristianismo no tuviéramos otros ejemplos de humildad que el recuerdo de los que nos dio el Salvador durante su vida mortal, la humildad no sería más que una palabra vana y sin sentido. Podríamos decirle con razón: “Pero, Señor, yo no te he visto humillado”.

En la Eucaristía Jesucristo responde a nuestras excusas y a nuestras quejas. Desde el tabernáculo, por debajo de los velos eucarísticos, especialmente, se escapa esta voz divina: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. ¡Aprended de mí a ocultar vuestras buenas obras, vuestras virtudes y sacrificios: descended... y venid a mí!
En el estado de anonadamiento de nuestro Señor en el Santísimo Sacramento es donde se encuentra la gracia de la humildad. Si Jesús, Rey de la gloria, se rebaja y humilla hasta ese estado, ¿quién, por muy elevado que esté, podrá temer el rebajarse? Aunque sea muy favorecido por la fortuna, ¿cómo no estimar la amable pobreza de Jesús sacramentado?

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Habrá niños santos - Siervo de Dios Nelson Santana

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Nelson nació en Ibitinga, Brasil, el 31 de julio del 1955. Era el tercer hijo de João y Ocrécia Santana. Fue bautizado el 1º de octubre del 1955. La familia estaba compuesta por ocho hermanos. Recibió la primera instrucción religiosa en familia.

En 1964 fue internado en el hospital pediátrico de la Santa Casa de Araqua (San Pablo) a causa de fuertes dolores en un brazo. Durante su estancia allí, conquistó la simpatía y el amor de los médicos, enfermeros y otros niños también internados.
Fue particularmente importante para él Sor Genarina Gecchele, de la Congregación de los Apóstoles del Sagrado Corazón de Jesús, la cual notó la pureza del niño y durante todo el período de estadía se ocupó de transmitirle la catequesis. Nelson respondió con entusiasmo y gran interés a las enseñanzas cristianas. Hizo su Primera Comunión el 15 de julio de 1964 en la capilla del hospital donde se encontraba.

El Siervo de Dios tuvo la extraordinaria capacidad de entender el significado del sufrimiento de Nuestro Señor Jesucristo; nunca se lamentaba, es más, consolaba a los demás.
Un día dijo a su madre: “Promete a Jesús que no te lamentarás ante al sufrimiento y el dolor”. De hecho los dolores del pequeño Nelson aumentaban, le diagnosticaron un osteosarcoma, y la solución que se presentaba era la amputación. Sor Genarina comunicó esto al niño, pero él comprendió muy bien y con seguridad respondió: “He dicho que el dolor es muy importante para aumentar el verdadero amor y mantener valerosamente el amor ya conquistado”. Otros niños que estaban internados junto con el Siervo de Dios comprendían su sufrimiento y continuamente le hacían compañía.
Nelson cada día manifestaba el deseo de recibir la Comunión Eucarística. Respondió con extraordinaria devoción a las oraciones del ritual de la Unción de los enfermos y murió santamente la Vigilia de Navidad de 1964 a causa del tumor. Fue sepultado en el cementerio de San Benedetto, en la ciudad de Araracuara, y son muchísimos los devotos que cada día piden gracias y favores por intercesión de Nelson orando en su tumba que está siempre cubierta de flores.

Fuente: cf. postulazionecausesanti.it

Habrá niños santos- Venerable Anna de Guigné

Anna de Guigne 01 01

Anna nació en Annecy (Francia), el 25 de abril de 1911. «Anna, si quieres consolarme, tienes que ser buena» le dijo un día su madre que había quedado viuda. Desde aquel momento la niña, a menudo desobediente, soberbia y celosa, llevará una lucha continua y acérrima para ser buena.

Para Anna el faro que alumbra su camino de conversión es su primera comunión a los 6 años, que deseó con toda su alma, y que preparó con alegría. Llegado el momento, y porque a su corta edad necesitaba una dispensa, el obispo la sometió a un examen que aprobó con extrema facilidad. «Mi deseo es que tengamos todos el nivel de conocimiento de la religión de esta niña» dijo el examinador.

El transcurso de su corta vida expresa la paz de una gran felicidad íntima, alimentada por su amor a Dios que se extiende, a medida que va avanzando en edad, a un círculo cada vez más amplio de personas: sus padres, su familia, su entorno, los enfermos, los pobres, los incrédulos. Ella vive, reza, sufre por los demás.
Padeció de reuma muy joven, supo lo que era el sufrimiento y lo hizo ofrenda: «Jesús, te lo ofrezco»; o bien: «Oh no, no sufro, aprendo a sufrir». Pero en diciembre de 1921 sufrió una meningitis, que la obligó a quedarse en la cama. Repetía sin cesar: «Dios mío, quiero todo lo que Tú quieras», añadiendo sistemáticamente a las oraciones que hacían para su recuperación: «... y cura también a los demás enfermos».

Anna falleció al alba del 14 de enero 1922, después de un último intercambio con la monja que la acompañaba: «Hermana, ¿puedo ir con los ángeles? - Sí, mi niña bonita. - ¡Gracias, Hermana, oh gracias!»
El 3 de marzo 1990 el Papa Juan Pablo II firmó el decreto reconociendo la heroicidad de las virtudes de Anna de Guigné, proclamándola Venerable.

Fuente: cf. annedeguigne.fr

Habrá niños santos - Siervo de Dios Guido de Fontgalland

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Guido de Fontgalland nació el 30 de noviembre de 1913 en París, Francia, y fue bautizado el 7 de diciembre.

Después de su primera comunión, Guido solía decir: «Cuando se quiere comulgar es preciso pensar en ello desde la víspera y prepararse, "echando flores al Nino Jesús", como decía sor Teresita, ofreciendo pequeños sacrificios por su amor».
No escatimaba momento ni tiempo en propaganda para la Comunión. Quería que todos participaran de esta fiesta, de este manjar divino... que nadie se quedara sin recibir a Dios vivo como alimento.
En octubre de 1921 entró en el colegio de S. Luis Gonzaga. No atraía la atención hacia sí mismo, pero destacaba por su caridad y compañerismo.

En julio de 1924 la familia fue de peregrinación a Lourdes. Ante la gruta tuvo una revelación de que moriría pronto; era sábado, día dedicado a la Virgen Santísima.
En la noche del 7 al 8 de diciembre, cayó enfermo con difteria. Siguió un período de crisis y mejorías durante el cual, sabiendo que moriría a pesar del optimismo de los doctores, desveló su secreto a su madre y para consolarla le dijo: «Querida mamá, tengo que contarte un secreto: estoy a punto de morir. La Virgen vendrá a llevarme con Ella. La idea de dejar a papá y sobre todo a ti me hizo sufrir. Solo porque Dios lo quiere, me dejo llevar. La Virgen me dijo que desde tus brazos pasaré a los suyos. No llores, mamá, va a ser tan dulce morir así». Afrontó el dolor con valentía y murió el sábado 24 de enero de 1925 a la edad de 11 años.

La llamada a la santidad comienza en el bautismo; no tenemos que esperar a tener canas y ser ancianos para servir a Dios. Los santos jóvenes nos dicen algo de la santidad, y su ejemplo es especialmente luminoso, pues dedican sus jóvenes vidas a Dios. La juventud necesita héroes que admirar, cuya valentía, determinación y gran amor a Dios y a la Iglesia fueron el incentivo para superar tentaciones y dificultades. El ejemplo de los santos se contrapone al de los ídolos de paja que son, con demasiada frecuencia, los únicos que se proponen hoy en día.

Fuente: cf. hogardelamadre.org

Habrá niños santos - Sierva de Dios María Lichtenegger

Maria Lichtenegger 01 01

María Lichtenegger nació el 4 de agosto de 1906 en Graz, Austria. Ya de niña mostró una piedad extraordinaria. Adoraba al Espíritu Santo en la oración todos los días, y tenía un intenso amor y devoción al querido Salvador en el Santísimo Sacramento, ante el cual pasaba largos ratos.

Recibió la primera comunión el 11 de abril de 1915, y siguió comulgando a diario hasta el día de su muerte. Reverenciaba a la Madre de Dios, rezando el Santo Rosario todos los días.
Entre sus propósitos para el día de su Confirmación escribió: “Quiero levantarme prontamente a la hora establecida: sacudiré enseguida toda pereza y me incitaré a la generosidad en el servicio divino con un ferviente acto de amor a Dios”.

María amaba y practicaba la pureza. Tenía una voz muy bella y cantaba con entusiasmo en el coro de la iglesia. Fue siempre alegre, modesta y llena de amabilidad para con todos.
El 8 de julio de 1923, con 16 años, falleció después de dos meses con una meningitis y pulmonía soportadas con paciencia, ofreciendo sus dolores por los que no aman a Dios. En el día de su entierro, su párroco dijo que “María era el brillo de luz de toda la comunidad” y encomendó su parroquia a su intercesión.

Fuente: cf. austria-catholica.blogspot.com

El Corazón Amante del Hijo de María

Virgen Maria 10 22b

“La Eucaristía sabe a vida eterna y sabe a María, porque la carne que se nos da en la Eucaristía es carne tomada de María” (Sierva de Dios Teresa María de Jesús Ortega).

La devoción a la Eucaristía y la devoción al Corazón de Jesús no son solamente devociones gemelas, en realidad son una sola y misma devoción. Se completan y desarrollan una a otra; tan perfectamente se confunden juntas que una no podría ir sin la otra, y que su unión es absoluta. No sólo no puede una de estas devociones perjudicar a la otra, sino -porque se complementan y perfeccionan- se aumentan recíprocamente.
Si tenemos devoción al Sagrado Corazón, querremos hallarlo para adorarlo, amarlo, ofrecerle nuestras reparaciones y nuestras alabanzas, ¿y dónde habríamos de buscarlo si no es en la Eucaristía donde se halla eternamente vivo?

Si amamos a este Corazón adorable, querremos unirnos a Él, pues el amor busca la unión; querremos inflamar nuestro corazón con los ardores de este divino foco, pero para alcanzar este Corazón Sagrado, para asirle, para ponerle en contacto con el nuestro, ¿qué habremos de hacer? ¿Escalaremos el cielo para arrebatar el Corazón de Jesús triunfante en la gloria? Sin duda que no. Iremos a la Eucaristía, iremos al sagrario, recibiremos en la Misa la blanca Hostia, y, cuando la hayamos encerrado en nuestro pecho, percibiremos al Corazón Eucarístico latir verdaderamente dentro de nuestro corazón.
La devoción al Sagrado Corazón infaliblemente conduce a las almas a la Eucaristía, y la fe, la devoción a la Eucaristía necesariamente descubre a las almas los misterios del Amor Infinito, cuyo órgano y símbolo es el Corazón de Jesús.

Si creemos en la Eucaristía, creemos en el Amor. Pero el Amor en Sí mismo es inmaterial; para fijar nuestros espíritus buscamos el Corazón de Dios. El Sagrado Corazón, la Eucaristía, el Amor: ¡son una misma cosa! En el tabernáculo, hallamos la Hostia; en la Hostia, a Jesús; en Jesús, su Corazón; en su Corazón, el Amor, la Caridad divina, Dios, principio de vida, vivo y vivificante. ¿Y de qué especial ternura no habrá hecho objeto Dios Hijo, de antemano, a la que El mismo debía crear para nacer de Ella un día?
Y más aún. El milagro inefable de la Eucaristía no puede explicarse sino por el Amor de Jesús, Dios y Hombre. Mas, el Amor de Jesús es su Corazón, en resumen; la Eucaristía no se explica sino por el Sagrado Corazón. (Nota: es de destacar que en muchos milagros eucarísticos, al ser analizados, se comprobó que se trataba de tejido cardíaco de una persona viva)
La Eucaristía aumenta nuestro amor por el Corazón de Jesús. Y, porque sabemos que hallaremos a este Corazón Sagrado sólo en la Eucaristía, vamos a ella, nos arrodillamos ante el Santísimo Sacramento -ante el Corazón Sacramentado-, adoramos la Hostia radiante en la custodia.

Fuente: Venerable Luisa Margarita Claret de la Touche, Al servicio de Dios-Amor

Venga tu Reino Eucarístico

Sagrado Corazon 44 77

“Venga a nosotros tu reino eucarístico. Reina tú solo para siempre sobre nosotros con el imperio de tu amor, por el triunfo de tus virtudes, por la gracia de la vocación eucarística, para tu mayor gloria”. San Pedro Julián Eymard

“Es necesario que tanto en la predicación como en las confesiones, en casa como fuera, en la medida de lo posible, se hable de la devoción al Corazón Eucarístico de Jesús”. P. Matthias Raus

“Nuestro Señor, Hombre-Dios, me ha hecho ver su Corazón en la sagrada Hostia; me cautivaban su Corazón y la Hostia. Los dos estaban perfectamente unidos, de tal manera el uno en la otra, que no puedo explicar cómo me fue posible distinguirlos. De la Hostia se difundían innumerables rayos de luz; de su Corazón salía una inmensidad de llamas que corrían como torrentes impetuosos. La Santísima Virgen estaba allí, tan cerca del Señor que parecía estar como absorbida por Él. Todos los rayos luminosos de la Hostia y todas las llamas del Corazón de Jesús pasaban a través del Corazón Inmaculado de María”. Beata Dina Bélanger

“Ninguna invocación responde mejor que ésta al inmenso deseo de mi Corazón Eucarístico de reinar en las almas: Corazón Eucarístico de Jesús, venga Vuestro reino, por el Inmaculado Corazón de María. Y a mi infinito deseo de comunicar mis gracias a las almas, ninguna invocación responde mejor que esta: Corazón Eucarístico de Jesús, abrazado de amor por nosotros, abrazad nuestros corazones de amor a Vos”. Nuestro Señor a la Beata Dina Bélanger

Habrá niños santos - Siervo de Dios Gustavo María Bruni

Gustavo Maria Bruni 01 01

Gustavo María nació en Turín el 6 de mayo de 1903. Su existencia fue muy corta, casi 8 años, pero espiritualmente intensa. En esa pequeña alma el Amor de Dios estaba visiblemente presente, porque no se explica que ya a la tierna edad de 3 años Gustavo manifestara su deseo de recibir a Jesús, con peticiones inocentes y no caprichosas, cuando era llevado a la iglesia por los padres.

En 1909, el Beato Miguel Rúa, sucesor de Don Bosco, lo admitió a recibir la Primera Comunión en la iglesia del Oratorio. Gustavo le dice a su padre:
- ¿Sabes, papá? Ahora que he comulgado siento que podré llegar a ser santo; antes, no.
Desde ese día de verdadero paraíso, todos sus pensamientos, todas sus obras, todas sus palabras, revelaron el amor que tenía por Jesús. El alma de los niños, llena de candor como el rocío de la mañana, es especial para captar al Jesús de la Eucaristía.
Tal fue el ardor de su alma, que deseaba convertirse en sacerdote pronto, para poder comunicar a Jesús a las almas.
Gustavo María Bruni, fue y es conocido como el “Pequeño Serafín de Jesús Sacramentado”, de hecho integró una Asociación infantil de adoración eucarística cotidiana.

Pronto fue probado por la divina voluntad con la enfermedad. Gustavo desde su cama ofreció sus sufrimientos con tal fortaleza y resignación que maravillaría hasta a los más perfectos.
Falleció santamente el 10 de febrero de 1911, edificando a sus padres y a todos los que lo visitaron en su pequeño Calvario.
Veinte días antes de su fallecimiento, el Beato Felipe Rinaldi, entonces Prefecto General de la Pía Sociedad Salesiana, quien lo había estado asistiendo, declaró: “Nuestro Gustavo ha alcanzado el más alto grado de perfección cristiana”. Esta declaración auténtica de un experto director de almas contiene la síntesis de la corta vida en la tierra de Gustavo, y a la luz de su ejemplar santidad y apostolado eucarístico, han surgido vocaciones sacerdotales y religiosas.

Fuente: cf. santiebeati.it

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