Un sueño de Don Bosco


Vi entonces una multitud de gente dispersa por aquellos jardines que se divertía en medio de la mayor alegría.

Domingo Savio se adelantó solo, dando unos pasos hacia mí y se detuvo tan cerca de donde yo estaba que si hubiese extendido la mano, ciertamente le habría tocado. Callaba y me miraba también él sonriente. ¡Qué hermoso estaba! Su vestido era realmente singular. Le caía hasta los pies una túnica blanquísima. Ceñía su cintura con una amplia faja roja. Todos llevaban la cintura ceñida por una faja roja.

Comprendí entonces que la faja de color de sangre, era símbolo de los grandes sacrificios hechos, de los violentos esfuerzos y casi del martirio sufrido por conservar la virtud de la pureza; y que, para mantenerse casto en la presencia del Señor, hubiera estado pronto a dar la vida, si las circunstancias así lo hubiesen exigido; y que al mismo tiempo simbolizaba las penitencias que libran al alma de la mancha de la culpa. La blancura y esplendor de la túnica representaban la conservación de la inocencia bautismal.

“¿Qué hizo de extraordinario Domingo Savio en sus casi 15 años de vida? Lo que también podéis hacer vosotros: eligió por lema "antes morir que pecar", se propuso hacer felices a sus compañeros, estar entre ellos como elemento catalizador, enseñar catecismo a los más pequeños; unió a una alegría grande, el estudio serio; y ha llegado a santo con una existencia no milagrosa, sino heroicamente generosa. Todos podéis asemejaros a Santo Domingo Savio si queréis; y os lo deseo de todo corazón” (San Juan Pablo II, Audiencia general del 6 de mayo de 1981)

Fuente: Cf. Los sueños de Don Bosco

Una joven que asumió su enfermedad como camino de santidad


“Una joven laica que se presenta como excelso modelo para la Iglesia de hoy, sobre todo para los jóvenes y para los enfermos”. Así definió el Cardenal Becciu, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos a Benedetta Bianchi, beatificada el 14 de septiembre de 2019. Benedetta padeció desde su adolescencia una poliomielitis que le produjo graves secuelas físicas y una rara enfermedad degenerativa que terminaría causándole una parálisis total y, finalmente, la muerte.

En la homilía de la Misa de beatificación el Cardenal Becciu destacó que la beata Benedetta Bianchi, fallecida en el año 1964 a los 27 años, “fue un verdadero testimonio de la cruz. Ella inmoló su propia vida siguiendo el ejemplo de Jesús y en unión con Él. Nos encontramos ante una existencia fascinante: la grandeza humana y espiritual de una joven extraordinariamente dotada, que consiguió superar valientemente, y traducir en clave evangélica, las condiciones más negativas que puedan acompañar a un individuo”.

El Cardenal destacó que, como consecuencia de su enfermedad, todo el cuerpo de Benedetta “se convirtió en un crucifijo viviente: sordera, ceguera, parálisis, insensibilidad, privación del olfato, afonía, la casi total anulación de las comunicaciones con las personas y con su entorno”. Sin embargo, “esta secuencia de sufrimientos y de destrucción física llevará a Benedetta a una profunda unión con Dios en la oración y, por lo tanto, a una gran heroicidad en el ejercicio de todas las virtudes”.

“Gracias a Benedetta, concluyó el Cardenal, comprendemos algo más la sabiduría de la Cruz y le estamos profundamente agradecidos por habernos conducido hacia la comprensión del sufrimiento que, abrazada a la cruz, abre las puertas del cielo y se convierte en vehículo de luz que aclara cuanto de absurdo e incomprensible pueda haber en la existencia humana”.

Fuente: aciprensa.com

Los Clérigos predicarán con el ejemplo


Los que han sido llamados a ministrar en la mesa del Señor deben brillar por el ejemplo de una vida loable y recta, en la que no se halle mancha ni suciedad alguna de pecado. Viviendo honorablemente como sal de la tierra, para sí mismos y para los demás, e iluminando a todos con el resplandor de su conducta, como luz que son del mundo, deben tener presente la solemne advertencia del sublime maestro Cristo Jesús, dirigida no sólo a los apóstoles y discípulos, sino también a todos sus sucesores, presbíteros y clérigos: Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal pierde su sabor, ¿con que la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.

En verdad es pisado por la gente, como barro despreciable, el clero inmundo y sucio, impregnado de la sordidez de sus vicios y envuelto en las cadenas de sus pecados, considerado inútil para sí y para los demás; porque, como dice san Gregorio: “De aquel cuya vida está desprestigiada queda también desprestigiada la predicación”.

Los presbíteros que se comportan con dignidad son acreedores a un doble honor, material y personal o sea, temporal y a la vez espiritual, que es lo mismo que decir transitorio y eterno al mismo tiempo; pues, aunque viven en la tierra sujetos a las limitaciones naturales con los demás mortales, su anhelo tiende a la convivencia con los ángeles en el cielo, para ser agradables al Rey, como prudentes ministros suyos. Por lo cual, como un sol que nace para el mundo desde las alturas donde habita Dios, alumbre la luz del clero a los hombres, para que vean, sus buenas obras y den gloria al Padre que está en el cielo.

Vosotros sois la luz del mundo. Pues, así como la luz no se ilumina a sí misma, sino que con sus rayos llena de resplandor todo lo que está a su alrededor, así también la vida luminosa de los clérigos virtuosos y justos ilumina y serena, con el fulgor de su santidad, a todos los que la observan. Por consiguiente, el que está puesto al cuidado de los demás debe mostrar en sí mismo cómo deben conducirse los otros en la casa de Dios.

Fuente: San Juan de Capistrano, del tratado Espejo de los clérigos

Santa Margarita Bays laica, catequista y apóstol de la oración

Margarita Bays, Suiza 1815-1879, canonizada el 13 de octubre de 2019

Margarita Bays era una laica humilde, cuya vida estaba oculta con Cristo en Dios. Se trataba de una mujer muy sencilla, con una vida normal, en la que todos podríamos reconocernos. No hizo nada extraordinario y, sin embargo, su existencia fue un largo y silencioso camino hacia la santidad. En la Eucaristía, la cumbre de su jornada, Cristo era su alimento y su fuerza. A través de la meditación de los misterios del Salvador, especialmente del misterio de la Pasión, logró llegar a la unión transformante con Dios. Algunos de sus contemporáneos pensaban que sus largos momentos de oración eran una pérdida de tiempo. Pero cuanto más intensa era su oración, más se acercaba a Dios y más se dedicaba al servicio de sus hermanos. Porque sólo aquel que reza conoce realmente a Dios. De esta manera descubrimos el importante lugar que ocupa la oración en la vida del laico. La oración no nos aleja del mundo. Al contrario, libera el ser interior, dispone al perdón y a la vida fraterna. La misión vivida por Margarita Bays es la misión que incumbe a todo cristiano.

Cuando enseñaba el catecismo a los niños de su pueblo, trataba de presentarles el mensaje del Evangelio con un lenguaje comprensible para ellos. Se ocupaba también desinteresadamente de los pobres y los enfermos. Aunque nunca salió de su país, tenía el corazón abierto a las dimensiones de la Iglesia universal y del mundo. Con el espíritu misionero que la caracterizaba, introdujo en su parroquia las obras de la Propagación de la fe y de la Santa Infancia. En Margarita Bays descubrimos todo lo que el Señor hizo para hacerla llegar a la santidad: Margarita caminó humildemente con Dios, ejecutando cada gesto de su vida diaria por amor.

Margarita Bays nos exhorta a hacer de nuestra existencia un camino de amor y nos recuerda nuestra misión en el mundo: anunciar el Evangelio en cualquier ocasión, ya sea o no oportuna, y en particular a los jóvenes. Nos invita a hacerles descubrir la grandeza de los sacramentos de la Iglesia. ¿Cómo podrían los jóvenes de hoy reconocer al Salvador en su camino, si no se les inicia a los misterios cristianos? ¿Cómo podrían acercarse a la mesa eucarística y al sacramento del perdón si nadie les hace descubrir su riqueza, como supo hacerlo Margarita Bays?

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 29 de octubre de 1995

El testimonio de una madre


Me llamo Rosa Pich. Nací en Barcelona hace algo más de 50 años y soy la octava de 16 hermanos. Me casé en el 89 con quien ha sido mi más fiel acompañante, José María Postigo. Él era el séptimo de 14 hermanos.

Mi marido y yo teníamos la ilusión de formar una familia numerosa. Nos casamos jóvenes: él con 28 y yo con 23 años. Ambos proveníamos de familias numerosas. Al año de casarnos tuvimos la ilusión de ver llegar a nuestra primera hija, pero a las pocas horas de nacer tuvieron que llevársela de nuestro lado pues había nacido con una cardiopatía muy severa y debían trasladarla a un hospital con más medios técnicos. Esos primeros días, los médicos nos avisaron de que no viviría más de tres años; pero gracias a Dios, con operaciones y marcapasos, vivió hasta los 22. Nuestro segundo hijo, Javi, murió al año y medio, también a causa de un problema de corazón. Nuestra tercera hija, Montsita, murió a los 10 días, pues había nacido sin aorta. En menos de cuatro meses tuvimos que enterrar a dos de nuestros hijos y con la incertidumbre de que la mayor pudiera sobrevivir: fueron tiempos difíciles.

Los médicos nos aconsejaron que no tuviéramos más hijos pues, si hasta ese momento todos habían nacido enfermos, los siguientes también nacerían con problemas. “No tengáis más hijos” fue el mensaje claro y directo. Pero nacieron 15 más. La decisión de papá y mamá de engendrar una nueva vida es una decisión de los dos, y solo nosotros decidimos sobre estos aspectos.

Mi marido se falleció el 6 de marzo de 2017 debido a un cáncer de hígado. Ahora nos cuida desde Arriba. Es muy duro, pero gracias a la fe en Dios Padre, estar delante del Santísimo, rezar el Rosario todos los días en familia, la Misa diaria, gracias a que me siento querida y arropada por 15 hijos es posible tomar la Cruz y seguir adelante.

Fuente: Cf. comoserfelizconunodostreshijos.com

Meditando en la Navidad (VI)


Llegan a Belén José y María buscando hospedaje pero no encuentran, ya por hallarse todos ocupados, ya porque se les deshace a causa de su pobreza. Empero, nada puede turbar la paz interior de los que están fijos en Dios.

Si José experimentaba tristeza cuando era rechazado de casa en casa, porque pensaba en María y en el Niño, sonreíase también con santa tranquilidad cuando fijaba la mirada en su casta esposa. El ruido de cada puerta que se cerraba ante ellos era una dulce melodía para sus oídos. Eso era lo que había venido a buscar. El deseo de esas humillaciones era lo que había contribuido a hacerle tomar la forma humana.

¡Oh Divino Niño de Belén! Estos días que tantos han pasado en fiestas y diversiones o descansando muellemente en cómodas y ricas mansiones, ha sido para vuestros padres un día de fatiga y vejaciones de toda clase. ¡Ay! El espíritu de Belén es el de un mundo que ha olvidado a Dios. ¡Cuántas veces no ha sido también el nuestro!

La bóveda de los cielos aparece purpurina por encima de aquellas colinas frecuentadas por los pastores. Las estrellas van apareciendo unas tras otras. Algunas horas más y aparecerá el Verbo Eterno.

Fuente: Fernando de Jesús Larrea, Novena de Navidad

Reina de todos los Santos


María es el canal por el cual Dios, autor y fuente de toda gracia, hace llegar hasta nosotros la virtud y la santidad.

En el cuerpo místico de Jesucristo, Ella hace, por decirlo así, el oficio de cuello: transmite a la Cabeza las súplicas de los miembros y desde la Cabeza hace llegar a todo el cuerpo místico aquellas gracias por las cuales crece toda virtud, toda perfección y santidad.

Para allanarnos el camino de la santidad, Dios nos propuso en Nuestra Señora un modelo de santidad creada, una luz más suave a nuestros débiles ojos, un modelo, el más cercano a la santidad infinita, que nos animara a imitarla.

Ella poseyó sin duda una perfección y una santidad sobrehumanas, pero una santidad creada, unida a aquella perfección a la que no llegará jamás ninguna criatura; se acerca y toca los confines del infinito.

La santidad de María es solo inferior a la santidad de Dios. María espejo, ejemplo y modelo perfecto de santidad, es lo que nos propone la Iglesia cuando la invoca como Reina de los santos.

Virgen Santa, excelsa Reina de todos los santos, ruega por nosotros.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Reina de las vírgenes


La Iglesia, no satisfecha con haber invocado a María con el título de Santa Virgen de las Vírgenes, la invoca como Reina de todos aquellos que profesan la virginidad, para hacernos conocer y apreciar las grandes ventajas que aporta a la Iglesia ese estado, que inició Aquella que es llamada por antonomasia la Santísima Virgen.

Ella fue la primera en profesar solemnemente la virginidad, que antes era considerada como ignominiosa entre las mujeres hebreas.

Elevó esta virtud a la más alta cumbre de perfección posible a la criatura.

Fue la suya una virginidad singular y única, asociada por prodigio Divino a la maternidad.

María es honrada con el título de Reina de las Vírgenes, porque el ejemplo y protección de Ella inspiran y proporcionan amor a la virginidad, guardan y conservan esta noble virtud. El ejemplo y la protección de esta Reina son admirablemente fecundos en la Iglesia.

La sabiduría inspirada de la Iglesia muestra al mundo cuán fecunda es la santa virginidad.

¡Oh Virgen Santísima, Reina de los Vírgenes! Te pedimos para todos los fieles nos alcances la gracia de la castidad, conveniente a cada estado de vida y la pureza del alma. Ayúdanos a cuidar nuestros sentidos, nuestro corazón y nuestra mente de todo cuanto pueda mancharnos.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Estrella de la mañana


La Iglesia que va recogiendo en las Letanías las más preciadas flores del pensamiento, de la naturaleza y del simbolismo para coronar a la Santísima Virgen, su Madre y Reina, le muestra su amor, combinando figuras y símbolos que expresan dignidad, elevación, fuerza, esplendor y hermosura singular, todo apropiado a la dulce Reina del Cielo.

Toda aspiración del alma, todo sentimiento, todo afecto del corazón, encuentra su eco en las Letanías.

En esta Invocación, la Iglesia toma por símbolo la Estrella, María no es una estrella común, es la Estrella de la mañana, el astro más brillante del cielo, después del sol. Figura expresiva y noble de María que por su excelsa dignidad de Madre de Dios, es el astro más brillante del cielo, después del Divino Sol de Justicia: Jesucristo.

La estrella de la mañana anuncia el fin de la noche y la luz de la aurora, el principio del día: de la misma manera, la Virgen María anunció al nacer, el fin de la noche y de las tinieblas en la que los hombres de tantos siglos yacían sepultados. Ella es la bellísima aurora que anuncia un día todavía más hermoso en que el Sol divino: Jesucristo, ha de iluminar al mundo.

El largo y paciente trabajo de modelar nuestra vida sobre el ejemplo luminoso de María Santísima requiere el ejercicio de la mente y de la voluntad que deben ser confortados continuamente por la Divina gracia de los sacramentos. La estrella de los hijos, que debe brillar, por así decirlo, en el cielo de la familia, es el ejemplo de los padres, sin el cual para nada ayudarían ni la más cuidada educación ni las más prudentes correcciones.

Para nosotros, los mortales, que navegamos en el mar de la vida, María debe ser siempre la guía que nos conduzca al Puerto Seguro ¡el Corazón de su Divino Hijo!, para alcanzar la felicidad eterna.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

No temamos ser cristianos


Para trabajar por la conservación de la fe es necesario adoptar un lenguaje cristiano, usar el lenguaje de la fe. Cambiad el lenguaje del mundo. Por una culpable tolerancia hemos dejado que Nuestro Señor Jesucristo fuese desterrado de las costumbres, de las leyes, de las formas y conveniencias sociales, y en los salones de los grandes nadie se atrevería a hablar de Jesucristo. Aun entre católicos prácticos, parecería extraño hablar de Jesucristo sacramentado.

Hay tantos -dicen- que no cumplen con la Iglesia ni asisten al sacrificio de la misa, que teme uno molestar a alguno de los contertulios, y tal vez el mismo dueño de la casa se encuentra en este caso. Se hablará del arte religioso, de las verdades morales, de la belleza de la religión; pero de Jesucristo, de la Eucaristía... jamás. Cambiad todo esto; haced profesión de vuestra fe. En fin, es necesario demostrar que Nuestro Señor tiene derecho a vivir y a reinar en el lenguaje social. Es una deshonra para los católicos tener siempre a Jesucristo bajo el celemín, como lo hacen. Es preciso mostrarle en todas partes. El que hace profesión explícita de su fe y el que sin respetos humanos pronuncia reverentemente el Nombre de Jesucristo se coloca en la corriente de su Gracia. ¡Hace falta que todos sepan públicamente cuál es nuestra fe!

Se oye a cada paso proclamar principios ateos; por doquiera se encuentran gentes que se jactan de no creer en nada, y nosotros ¿hemos de temer afirmar nuestras creencias y pronunciar el Nombre de nuestro divino Maestro?

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Jesús manso y humilde de Corazón


En su forma eucarística, Jesús nos enseña a anonadarnos para asemejarnos a Él: la amistad exige la igualdad de vida y de condición; para vivir de la Eucaristía nos es indispensable anonadarnos con Jesús, que en ella se anonada.

Entremos ahora en el Alma de Jesús y en su Sagrado Corazón, y veamos qué sentimientos han animado y animan a este divino Corazón en el Santísimo Sacramento.

Nosotros pertenecemos a Jesús sacramentado. ¿No se da a nosotros para hacernos una misma cosa con Él? Necesitamos que su espíritu informe nuestra vida, que sus lecciones sean escuchadas por nosotros, porque Jesús en la Eucaristía es nuestro Maestro. Él mismo desea enseñarnos a servirle para que lo hagamos a su gusto y según su voluntad, lo cual es muy justo, puesto que Él es nuestro Señor y nosotros sus servidores.

Ahora bien, el Espíritu de Jesús se revela en aquellas palabras: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. El espíritu de Jesús es de humildad y de mansedumbre, humildad y mansedumbre de corazón, es decir, humildad y mansedumbre aceptadas y amadas por imitar a Jesús. Nuestro señor Jesucristo quiere formarnos en estas virtudes y para esto se halla en el Santísimo Sacramento y viene a nosotros. Quiere ser nuestro Maestro y nuestro guía en estas virtudes: sólo Él puede enseñárnoslas y darnos la gracia necesaria para practicarlas.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Memoria del Beato Carlos de Austria

El Beato Carlos de Austria junto a su esposa Zita, Sierva de Dios

La historia del Beato Carlos tiene un atractivo universal. Su fe inspira a hombres y mujeres católicos, esposos y padres, militares, políticos y jefes de estado. Su influencia se extiende más allá de las fronteras de Austria y abraza al mundo con su ejemplo cristiano.

En un mundo donde muchos no creen en Dios, necesitamos la fe del Beato Carlos. Donde hay indiferencia hacia los más necesitados, necesitamos el ejemplo de caridad y limosna del Beato Carlos.

Donde invade el aborto, necesitamos la protección del Beato Carlos hacia toda vida humana. Donde el número de parejas que cohabitan sin la bendición del matrimonio es cada vez mayor, necesitamos el ejemplo de matrimonio cristiano del Beato Carlos y su esposa la Sierva de Dios Zita. Donde el divorcio es desenfrenado y los padres ausentes son muy comunes, necesitamos el amor constante del Beato Carlos por su esposa e hijos.

En países donde los políticos confían en las encuestas para crear sus políticas más que en principios morales y éticos, necesitamos la convicción moral del Beato Carlos. Donde los políticos buscan un cargo para obtener ganancias personales, necesitamos el desinterés del Beato Carlos. Donde los políticos católicos votan en contra de la enseñanza católica y su conciencia, para permanecer en el cargo, necesitamos la fidelidad a las enseñanzas de la Iglesia del Beato Carlos.

Donde hay guerra, luchas, discordias y conflictos, necesitamos el anhelo de paz del Beato Carlos. Donde millones de personas sufren enfermedades, necesitamos el ejemplo del Beato Carlos, quien soportó todas las pruebas y tribulaciones con las palabras: “Hágase tu voluntad”. (Cf. Nathan Cochran, emperorcharles.org)

Oración al Beato Carlos de Austria

Padre Celestial, en la persona del Beato Carlos de Austria, has dado a Tu Iglesia un ejemplo de cómo podemos llevar a cabo una vida espiritual y exigente de manera convincente y valiente. Sus acciones públicas como emperador y rey y sus acciones personales como jefe de familia, estaban firmemente basadas en las enseñanzas de la fe católica. Su amor por la Eucaristía creció en tiempos de prueba y le ayudó a unirse al sacrificio de Cristo a través del sacrificio de su propia vida por su pueblo. El Emperador Carlos honraba a la Madre de Dios y rezó con amor el Rosario durante toda su vida. Fortalécenos mediante su intercesión cuando el desaliento, la debilidad, la soledad, la amargura y la depresión nos preocupan. Que sigamos el ejemplo de tu fiel servidor, y sirvamos desinteresadamente a nuestros hermanos según Tu voluntad. Concédeme alcanzar la gracia (mencione su intención aquí) por su intercesión, si es tu Voluntad, y para mayor gloria de Tu Nombre. Amén

Beato Carlos de Austria, ruega por nosotros.

Don Bosco y Pier Giorgio Frassati

Tumbas de San Juan Bosco y del Beato Pier Giorgio Frassati en Turín

Turín es una ciudad que en el sector religioso-educativo tiene tradiciones insignes y literalmente ejemplares. Presenta figuras selectas de hombres y de jóvenes que, aun habiendo vivido en época distinta a la nuestra, son de una sorprendente actualidad y pueden ofrecer lecciones validísimas al mundo moderno. Entre los muchos nombres que podría citar, elegiré solamente dos. El primero es el de San Juan Bosco, que fue un gran educador de los jóvenes, hasta el punto de que su obra en favor de ellos ha tenido una amplia irradiación no sólo aquí en la región circundante, sino también en Italia y en el mundo. El segundo nombre es el de Pier Giorgio Frassati, que es figura más cercana a nuestro tiempo y nos muestra al vivo lo que realmente significa, para un joven laico, dar una respuesta concreta al “Ven y sígueme”. Basta echar una ojeada, aunque sea rápida, sobre su vida, que se consumó en el arco de apenas 24 años, para entender cuál fue la respuesta que Pier Giorgio supo dar a Jesucristo. El cristianismo es alegría, y quien lo profesa y lo refleja en su propia vida tiene el deber de testimoniar esa alegría, de comunicarla y difundirla en torno a sí. He aquí por qué he citado estas dos, figuras. Don Bosco: he ido de nuevo a visitar su tumba, y me ha, parecido siempre alegre, siempre sonriente. Y Pier Giorgio: era un joven de una alegría contagiosa, una alegría que superaba también tantas dificultades de su vida porque el período juvenil es siempre también un período de prueba de las fuerzas. (San Juan Pablo II, Discurso en Turín el 13 de abril de 1980)

Esta tarde no puedo menos de señalaros como modelo a un joven de vuestra ciudad, el beato Pier Giorgio Frassati. Su existencia se vio envuelta totalmente por la gracia y por el amor de Dios, y se consumió, con serenidad y alegría, en el servicio apasionado a Cristo y a los hermanos. Joven como vosotros, vivió con gran empeño su formación cristiana y dio su testimonio de fe, sencillo y eficaz. Un muchacho fascinado por la belleza del Evangelio de las Bienaventuranzas, que experimentó toda la alegría de ser amigo de Cristo, de seguirlo, de sentirse de modo vivo parte de la Iglesia. Queridos jóvenes, tened el valor de elegir lo que es esencial en la vida. “Vivir y no ir tirando”, repetía el beato Pier Giorgio. Que María, a la que veneráis en vuestros santuarios marianos, y san Juan Bosco, patrono de la juventud, os ayuden a seguir a Cristo sin cansaros nunca. (Benedicto XVI, Discurso en Turín el 2 de mayo de 2010)

Recordando la Beatificación de Carlos de Austria

Fotografías de la Beatificación de Carlos de Austria


En 1925, se inició el proceso de canonización de Carlos de Austria. En 1949 fue declarado “Siervo de Dios”. El 12 de abril de 2003 el Santo Padre Juan Pablo II promulga el Decreto de sus virtudes heroicas otorgándole el título de “Venerable”. El 21 de diciembre del mismo año, la Congregación para las Causas de los Santos certificó, sobre la base de tres opiniones médicas expertas, que en 1960, se produjo un milagro por intercesión del Venerable Carlos; la curación científicamente inexplicable de una monja polaca residente en Brasil con debilitantes venas varicosas.

El 3 de octubre de 2004 el Papa beatificó en Roma a Carlos de Austria junto a otros cuatro Venerables Siervos de Dios. Estuvieron presentes más de cien descendientes del Beato Carlos, entre ellos, cuatro de sus ocho hijos que hasta el momento estaban vivos: Otto, el mayor, Carlos Luis, Félix, y Rodolfo, el menor de los varones. Un bisnieto del Beato presentó su reliquia en la ceremonia.

En su Discurso a los peregrinos, el Papa dijo: “Carlos de Austria quiso cumplir siempre la voluntad de Dios. La fe fue para él el criterio en su responsabilidad como soberano y padre de familia. Siguiendo su ejemplo, que la fe en Dios marque también la orientación de vuestra vida. Que los nuevos beatos os acompañen en vuestra peregrinación hacia la patria celestial”.

Un testimonio muy significativo sobre la admiración manifestada por San Juan Pablo II hacia el Beato Carlos es el del archiduque Rodolfo, quien relata: “Durante una audiencia privada que el Papa Wojtyla concedió a mi familia y también a mi madre, la emperatriz Zita, habló con gran entusiasmo de mi padre, el emperador Carlos. Y dirigiéndose a mi madre, la llamaba mi emperatriz y cada vez se inclinaba hacia ella. En un cierto momento, dijo: ¿Sabéis por qué en el bautismo fui llamado Carlos (Karol)? Precisamente porque mi padre tenía una gran admiración por el emperador Carlos I, a quien sirvió como soldado”.

Fuente: Cf. beatocarlos.com

El Padre Pío en los altares (V)


El Padre Pío fue generoso dispensador de la misericordia divina, poniéndose a disposición de todos a través de la acogida, de la dirección espiritual y especialmente de la administración del Sacramento de la Penitencia. Los peregrinos tomando conciencia de la gravedad del pecado y sinceramente arrepentidos, volvían casi siempre para recibir el abrazo pacificador del perdón sacramental.

Ojalá que su ejemplo anime a los sacerdotes a desempeñar con alegría y asiduidad este ministerio tan importante.

Este santo nos invita a poner a Dios por encima de todas las cosas, a considerarlo nuestro único y sumo bien.

En efecto, la razón última de la eficacia apostólica del Padre Pío, la raíz profunda de tan gran fecundidad espiritual se encuentra en la íntima y constante unión con Dios, de la que eran elocuentes testimonios las largas horas pasadas en oración y en el confesonario. Solía repetir: “Soy un pobre fraile que ora”, convencido de que la oración es la mejor arma que tenemos, una llave que abre el Corazón de Dios. Esta característica fundamental de su espiritualidad continúa en los Grupos de oración fundados por él, que ofrecen a la Iglesia y a la sociedad la formidable contribución de una oración incesante y confiada. Además de la oración, el Padre Pío realizaba una intensa actividad caritativa. Oración y caridad: he aquí una síntesis muy concreta de la enseñanza del Padre Pío, que hoy se vuelve a proponer a todos.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 16 de junio de 2002

El Padre Pío en los altares (II)


No menos dolorosas, y humanamente tal vez aún más duras, fueron las pruebas que el Padre Pío tuvo que soportar, por decirlo así, como consecuencia de sus singulares carismas. Como testimonia la historia de la santidad, Dios permite que el elegido sea a veces objeto de incomprensiones. Cuando esto acontece, la obediencia es para él un crisol de purificación, un camino de progresiva identificación con Cristo y un fortalecimiento de la auténtica santidad.

Muchos, encontrándose directa o indirectamente con el Padre Pío, han recuperado la fe, siguiendo su ejemplo. A quienes acudían a él les proponía la santidad, diciéndoles: “Parece que Jesús no tiene otra preocupación que santificar vuestra alma”.

Si la Providencia divina quiso que realizase su apostolado sin salir nunca de su convento, casi plantado al pie de la cruz, esto tiene un significado. Un día, en un momento de gran prueba, el Maestro divino lo consoló, diciéndole que “junto a la cruz se aprende a amar”.

Sí, la cruz de Cristo es la insigne escuela del amor; más aún, el manantial mismo del amor. El amor de este fiel discípulo, purificado por el dolor, atraía los corazones a Cristo y a su exigente evangelio de salvación.

Al mismo tiempo, su caridad se derramaba como bálsamo sobre las debilidades y sufrimientos de sus hermanos.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 2 de mayo de 1999

El sublime apostolado de la cruz y del sufrimiento

San Josemaría Escrivá junto al Venerable Isidoro Zorzano en su lecho de enfermo

¡Cuántos Hospitales y Orfanatos y Asilos cuentan con Adoradores Nocturnos que son nada menos que los enfermos, las enfermeras y los asilados! Con frecuencia estas almas son oro bruñido, admirables de generosidad en el sacrificio. Todo depende del fervor de los Directores de esos establecimientos de misericordia.

He visto en muchos de ellos maravillas de piedad y de penitencia. Y no es, por cierto, el menor beneficio de este apostolado del Sagrado Corazón en esas casas del dolor, el enseñarles el sublime apostolado de la cruz y del sufrimiento. Esto es: que sepan no sólo arrastrar la cruz de sus enfermedades y penas con resignación, sino que sepan convertirla en gracia y en vida, en precio de salvación para tantos pecadores.

Es preciso enseñar a sufrir y a llorar como apóstoles. Una lágrima vertida con amor y ofrecida al Sagrado Corazón puede convertir uno y muchos pecadores. Que no se pierdan inútilmente tantos dolores físicos, tantas agonías morales... Compremos con ese tesoro, y con la Preciosa Sangre del Cáliz, muchos pobrecitos al borde de un abismo; salvémoslos con nuestra cruz.

Fuente: P. Mateo Crawley, Jesús Rey de Amor

Invoquemos la intercesión de los Santos


Los Santos, que ya poseen a Dios en el cielo, cuidan de nuestra santificación y nos ayudan a adelantar en el ejercicio de la virtud con su poderosa intercesión y los buenos ejemplos que nos dejaron: debemos, pues, venerarlos; son poderosos intercesores: debemos invocarlos; son nuestros modelos: debemos imitarlos.

Debemos venerarlos, y, al venerarlos, veneramos a Dios y a Jesucristo en ellos.

Debemos invocarlos, porque, con su poderosa intercesión nos alcanzarán más fácilmente las gracias de que hemos menester.

Ante todo debemos imitar sus virtudes. Todos ellos trabajaron por copiar en sí los trazos del divino modelo, y todos ellos pueden decirnos con San Pablo: “Sed imitadores míos como yo lo fui de Jesucristo”. A cada cual pediremos especialmente la virtud en que sobresalió, seguros de que tiene gracia especial para alcanzárnosla.

Nuestra devoción, pues, será ante todo hacia los Santos que vivieron en la misma condición de vida que nosotros, que se emplearon en los mismos oficios y practicaron la virtud de que habernos mayor menester. Por otra parte, hemos de tener especial devoción a nuestros santos patronos, considerando como un indicio providencial, del que hemos de aprovecharnos, el hecho de llevar su nombre. Mas, si por razones especiales, la gracia nos inclina hacia éste o el otro santo, cuyas virtudes dicen mejor con las necesidades de nuestra alma, no hay inconveniente alguno en dedicarnos a imitarlos, siempre con el consejo de un sabio director.

Entendida así la devoción a los Santos, es provechosa en extremo: los ejemplos de aquellos que tuvieron las mismas pasiones que nosotros, padecieron las mismas tentaciones, y, con todo ello, favorecidos con las mismas gracias, alcanzaron la victoria, son un poderoso estímulo que aguijoneará nuestra dignidad, y hará que formemos enérgicos propósitos y trabajemos con constancia en ponerlos por obra. Las oraciones de ellos pondrán la última mano en la obra y nos ayudarán a caminar sobre sus huellas.

Fuente: Adolfo Tanquerey, Compendio de Teología ascética y mística

Santa Mónica, una madre ejemplar


Mónica trataba de reprimir las inclinaciones torcidas de Agustín y ponerle en condiciones de acercarse más fácilmente a Dios. Ponía sus mejores deseos y cuidados en que su hijo fuese casto, puro y santo. Ojalá que todas las madres cristianas aprendieran de este ejemplo para no desmayar en la obra de bendición que la Providencia les encomendara.

Mónica no cesaba de llorar día y noche y pedir a Dios por la conversión de su hijo. Y en su humildad profunda se recogía en la oración, y la confianza cristiana mitigaba algún tanto su amargo sufrimiento. Nunca perdió la esperanza de ser oída y de salir adelante en su empresa. No en vano la piedad cristiana nos la ha representado como la personificación del llanto y la esfinge augusta del dolor que redime y salva.

Las lágrimas de madre son siempre fecundas en sus propósitos y atraen las misericordias del cielo.

Pocos corazones en el mundo se habrán amado tan intensa y tiernamente como esta madre y este hijo. Por eso la historia y la poesía han identificado sus vidas en una sola epopeya de amor.

La obra de Mónica estaba concluida. Su misión de madre salvadora se ennoblecía al abrazar sobre su pecho al hijo convertido. Dios premió con creces su llanto y sus oraciones. Es imposible que perezca el hijo de tantas lágrimas. La Iglesia y el mundo son deudoras a Santa Mónica de eterna gratitud.

Fuente: Gabriel Riesco, Retorno a San Agustín

San Esteban de Hungría, gobernante y padre ejemplar


Este santo tiene el honor de haber convertido al catolicismo al reino de Hungría. Fue bautizado por San Adalberto y se casó con Gisela, la hermana de San Enrique de Alemania, la cual influyó mucho en su vida.

El cariño del rey Esteban por la religión católica era inmenso; a los obispos y sacerdotes los trataba con extremo respeto y hacía que sus súbditos lo imitaran en demostrarles gran veneración. Su devoción por la Virgen Santísima era extraordinaria. Levantaba templos en su honor y la invocaba en todos sus momentos difíciles. Fundaba conventos y los dotaba de todo lo necesario.

La cantidad de limosnas que este santo rey repartía era tan extraordinaria. El personalmente atendía con gran bondad a todas las gentes que llegaban a hablarle o a pedirle favores.

A su hijo lo educó con todo esmero y para él dejó escritos unos bellos consejos, recomendándole huir de toda impureza y del orgullo. Ser paciente, muy generoso con los pobres y en extremo respetuoso con la santa Iglesia Católica.

La gente al ver su modo tan admirable de practicar la religión exclamaba: “El rey Esteban convierte más personas con buenos ejemplos, que con sus leyes o palabras”.

Los últimos años de su vida tuvo que padecer muy dolorosas enfermedades que lo fueron purificando y santificando cada vez más. El 15 de agosto del año 1038, día de la Asunción, fiesta muy querida por él, expiró santamente.

Que nuestro Dios Todopoderoso nos envíe en todo el mundo muchos gobernantes que sepan ser tan buenos católicos y tan generosos con los necesitados como lo fue el santo rey Esteban.

Fuente: Cf. aciprensa.com

La fecundidad del apostolado reside en la oración y los sacramentos

Cristo convoca a todos a santificarse en la realidad de la vida cotidiana; por ello, el trabajo es también medio de santificación personal y de apostolado cuando se vive en unión con Jesucristo, pues el Hijo de Dios, al encarnarse, se ha unido en cierto modo a toda la realidad del hombre y a toda la creación.

El creyente, en virtud del bautismo, que lo incorpora a Cristo, está llamado a entablar con el Señor una relación ininterrumpida y vital. Está llamado a ser santo y a colaborar en la salvación de la humanidad.

“Tomó, pues, Dios al hombre y lo dejó en el jardín de Edén, para que lo labrase y cuidase”. El libro del Génesis, nos recuerda que el Creador ha confiado la tierra al hombre, para que la “labrase” y “cuidase”. Los creyentes, actuando en las diversas realidades de este mundo, contribuyen a realizar este proyecto divino universal. El trabajo y cualquier otra actividad, llevada a cabo con la ayuda de la gracia, se convierten en medios de santificación cotidiana.

Difundid en la sociedad, la conciencia de que todos estamos llamados a la santidad. Esforzaos por ser santos vosotros mismos en primer lugar, cultivando un estilo evangélico de humildad y servicio, de abandono en la Providencia y de escucha constante de la voz del Espíritu. De este modo, seréis “sal de la tierra” y brillará “vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”.

Pero para cumplir una misión tan ardua hace falta un incesante crecimiento interior alimentado por la oración. La fecundidad del apostolado reside, ante todo, en la oración y en una vida sacramental intensa y constante. Este es, en el fondo, el secreto de la santidad y del verdadero éxito de los santos.

Que la Virgen haga de cada uno un testigo auténtico del Evangelio, dispuesto a dar en todo lugar una generosa contribución a la construcción del reino de Cristo.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilías del 17 de mayo de 1992 y 6 de octubre de 2002

Todas las vocaciones llevan a la santidad

Fotografía de la Basílica de San Pedro en la Beatificación de Ludovica de Angelis, José María Cassant, Pedro Vigne, Catalina Emmerick y Carlos de Austria

El memorable 3 de octubre de 2004, fue el día en que San Juan Pablo II celebró el último Rito de Beatificación de su vida. El Santo Padre propuso como modelos para toda la Iglesia a una religiosa italiana santificada en Argentina, un monje, un sacerdote misionero, una mística y un laico casado: el emperador Carlos de Austria, a quien el Papa profesaba un profundo afecto y devoción. En su homilía, nos decía:

La beata Ludovica, estuvo consagrada totalmente a la gloria de Dios y al servicio de sus semejantes. En su figura destacan un corazón de madre y la audacia propia de los santos. Con los niños enfermos tuvo un amor concreto; con sus colaboradores en el hospital de La Plata fue modelo de alegría y responsabilidad.

El monje José María puso siempre su confianza en Dios, en la contemplación del misterio de la Pasión y en la unión con Cristo presente en la Eucaristía. Así se impregnaba del amor de Dios, abandonándose a él. En medio de las pruebas ofrecía sus sufrimientos al Señor. Ojalá que nuestros contemporáneos, en especial los contemplativos y los enfermos, siguiendo su ejemplo, descubran el misterio de la oración, que eleva el mundo a Dios y da fuerza en las pruebas.

Contemplando a Cristo presente en la Eucaristía y la pasión salvífica, el padre Pedro Vigne se convirtió en un verdadero discípulo y un misionero fiel a la Iglesia. Que su ejemplo infunda en los fieles el deseo de obtener del amor a la Eucaristía y de la adoración al santísimo Sacramento la audacia para la misión. Pidámosle que toque el corazón de los jóvenes para que, si son llamados por Dios, acepten consagrarse totalmente a Él en el sacerdocio o en la vida religiosa.

La beata Ana Catalina contempló la dolorosa pasión de nuestro Señor Jesucristo y la experimentó en su cuerpo. Para ello sacaba la fuerza de la santísima Eucaristía. Aún hoy transmite a todos el mensaje salvífico: Con las llagas de Cristo hemos sido curados.

Desde el principio, el emperador Carlos concibió su cargo de soberano como un servicio santo a su pueblo. Su principal aspiración fue seguir la vocación del cristiano a la santidad. Que sea un modelo para todos nosotros.

Juntamente con toda la Iglesia, alabamos y damos gracias al Señor por las maravillas que realizó en estos siervos buenos y fieles del Evangelio.

Santa Teresita, gran devota de Santa Juana de Arco

Santa Teresita del Niño Jesús y Santa Juana de Arco a los pies de la Virgen

Teresa descubrió a Juana de Arco siendo todavía una niña, cuando leyó sobre su vida y sus muchos logros en el campo de batalla. Fue algo que tuvo un gran impacto sobre ella e influyó en su vocación, según cuenta en su autobiografía: "Al leer los relatos de las hazañas patrióticas de las heroínas francesas, y en especial las de la Venerable Juana de Arco, me venían grandes deseos de imitarla".

Decidida a ser una santa, Teresita entró en la Orden de los Carmelitas. Allí, conservaba el deseo de imitar el heroísmo de Juana de Arco y explicó en su autobiografía que sentía "la necesidad, el deseo de realizar por ti, Jesús, las más heroicas hazañas... Siento en mi alma el valor de un cruzado, de un zuavo pontificio. Quisiera morir por la defensa de la Iglesia en un campo de batalla...".

Teresa poseía un fogoso deseo de hacer muchas obras heroicas por Jesucristo e incluso quería que la enviaran como misionera a tierras lejanas. La virtud se convirtió en su bandera y la caridad derrotó cualquier rival que encontrara. Teresa repasaba constantemente la vida de Juana de Arco en búsqueda de inspiración. También escribió varias poesías dedicadas a Juana de Arco.

En 1920, el Papa Benedicto XV nombra a Santa Juana de Arco Patrona de Francia, y el 3 de mayo de 1944, Pio XII declara a Santa Teresita, Patrona secundaria.

Fuente: Cf. es.aleteia.org

Continuando en Argentina la santidad de Don Bosco

Los beatos: Laura Vicuña, Artémides Zatti y Ceferino Namuncurá

San Juan Bosco escribió una carta durante los años de su vida y su apostolado: una “carta viva” en el corazón de la juventud. Esta carta sigue siendo escrita en los corazones de los jóvenes, a quienes les llega el legado del santo educador de Turín. Laura Vicuña, “flor eucarística de Junín de los Andes, cuya vida fue un poema de pureza, de sacrificio, de amor filial”, leemos en su tumba. La suave figura de la Beata Laura, gloria purísima de Argentina y Chile, despierta un renovado compromiso espiritual en estas dos nobles naciones, nos enseña que, con la ayuda de la gracia, uno puede triunfar sobre el mal; y que el ideal de inocencia y de amor, aunque denigrado y ofendido, al final brillará e iluminará los corazones. (Palabras de San Juan Pablo II en la Beatificación, Turín, 3 de septiembre de 1988)

Artémides Zatti, coadjutor salesiano, salió con su familia de la diócesis de Reggio Emilia en busca de una vida mejor en la Argentina, la tierra soñada por don Bosco. Allí descubrió su vocación salesiana, que se concretó en un servicio apasionado, competente y lleno de amor a los enfermos. Artémides Zatti sembró en las tierras de Viedma, con su incesante y alegre actividad en favor de los enfermos, la misericordia que Jesús nos invitó a practicar. Su carácter jovial y su especial competencia, unidos a una disponibilidad sin límites, le hicieron acreedor de la simpatía y aprecio de sus contemporáneos, lo cual ha de pervivir hoy con una disposición a imitar sus valiosos ejemplos. (Palabras de San Juan Pablo II en la Beatificación, Roma, 14 de abril de 2002)

Doy gracias al Señor en la beatificación de Ceferino Namuncurá. Deseó ardientemente llegar a ser salesiano y sacerdote, “para mostrar” a sus hermanos “el camino hacia el cielo”. Como modelo de vida eligió a santo Domingo Savio. “Sonríe con los ojos”, decían de Ceferino sus compañeros. Ya en Italia, Ceferino logró en pocos meses ser el segundo de la clase, a pesar de que tuviera alguna dificultad con la lengua italiana. En su expediente académico destaca su óptimo resultado en latín. Se le veía pasar largas horas en el santuario de María Auxiliadora, en íntimo diálogo con Jesús. Queda así esculpido en el centro de la cristiandad, el ejemplo de la santidad juvenil y, al mismo tiempo, queda reflejada la perenne validez de las intuiciones pedagógicas de don Bosco: en un siglo y medio, tanto en la Patagonia como en Italia, y en tantas otras partes del mundo, el sistema educativo de don Bosco ha dado frutos insospechados y ha forjado héroes y santos. (Palabras del Cardenal Tarsicio Bertone en la Beatificación, Chimpay-Argentina, 11de noviembre de 2007) Y el mismo día Benedicto XVI dijo en el Ángelus del Vaticano: Damos gracias al Señor por el testimonio extraordinario de este joven estudiante. Con su vida ilumina nuestro camino hacia la santidad, invitándonos a amar a nuestros hermanos con el amor con que Dios nos ama. Pidamos a María Auxiliadora que el ejemplo del nuevo beato, produzca abundantes frutos de vida cristiana, principalmente entre los jóvenes.

Ejemplo y legado

A la izquierda un bisnieto del Beato Carlos de Austria junto a su familia, y a la derecha una histórica foto

La pareja que aparece a la derecha de esta foto, eran el emperador Carlos y la emperatriz Zita de Habsburgo. Su biznieto el archiduque Imre de Habsburgo-Lorena, descifra esta histórica fotografía: “Esta foto siempre me ha conmovido muchísimo. Muestra a mis bisabuelos, el beato Carlos de Austria y la Sierva de Dios Zita, de rodillas junto a un tren detenido, en una misa al aire libre.

Fue tomada en octubre de 1921 durante el segundo intento de restauración en Hungría. En efecto, Carlos, rey legítimo de Hungría, había sido coronado y consagrado rey en 1916 y, para él, esta coronación representaba prácticamente un sacramento. Dios le había confiado Hungría y Carlos quería honrar su compromiso hasta su término. La misa a la que asistía la pareja tenía lugar justamente antes de un momento trágico. El almirante Horthy, en el poder en Hungría, estaba decidido a no dejar a Carlos subir de nuevo al trono, él que sin embargo había jurado fidelidad a mi bisabuelo unos años antes. Poco tiempo después, Carlos y Zita fueron apresados y finalmente embarcados en un barco que debía conducirles al exilio en Portugal.

Esta foto dice mucho de la manera como Carlos y Zita vivían su fe. Ambos asistían a misa cada día. Dios era claramente el centro de sus vidas, tanto en las alegrías como en las penas. Durante el reinado de Carlos, la pareja vivió momentos muy difíciles. Desde su ascenso al trono, el emperador no dejó de promover la paz en una Europa que se rasgaba. Había sido además el único monarca que aceptó la propuesta de paz de Benedicto XV. Pero conoció la traición, a veces incluso de sus mismos familiares, y la humillación de ver el imperio disolverse después de más de 600 años de vínculo entre una familia, los Habsburgo, y sus pueblos. A pesar de los momentos difíciles y la pobreza, el emperador nunca cultivó el rencor. A sus hijos les repetía que tenían que estar agradecidos por lo que tenían. Mi abuelo (hijo de Carlos y Zita) nos repetía a menudo que su madre había seguido este ejemplo. Para ella, la voluntad de Dios era perfecta, había un plan. Por tanto intentaba acoger cada uno de los episodios de su vida como los frutos de la voluntad divina.

Esta foto ilustra también la humildad. Ante Dios, Carlos y Zita tenían conciencia de no ser más que pequeños instrumentos. El emperador Carlos dirigía un imperio gigantesco. Él siempre vivió esta misión con un gran sentimiento de servicio. Esta dimensión de servicio se palpa en esta foto.

Su ejemplo está todavía muy presente en nuestra familia. El 3 de octubre de 2004, estuvimos todos presentes en la plaza de San Pedro para la beatificación de Carlos. Su fiesta es el 21 de octubre, día de su matrimonio. Carlos y Zita son una fuente de inspiración para todas las parejas. El día de su compromiso, ante el Santísimo Sacramento, se prometieron el uno al otro que se ayudarían a convertirse en santos. Como padre de familia, son un modelo en el día a día para nuestra pareja. Siguiéndolos a ellos, intentamos poner a Dios en el centro de nuestra vida, especialmente rezando el rosario en familia. Después, como todo cristiano, intentamos servir al bien común en nuestras actividades de cada día. A pesar de los grandes desafíos de nuestra sociedad, estamos animados por una gran esperanza en el futuro, que deseamos transmitir a nuestros hijos”.

Fuente: es.aleteia.org

Niños santos - Sierva de Dios Angela Iacobellis


Angela nació en Roma el 16 de octubre de 1948 y fue bautizada el 31 de octubre en la Basílica de San Pedro, su hermoso rostro era el espejo de su pureza. Recibió su Primera Comunión y Confirmación el 29 de junio de 1955 en Nápoles.

Del testimonio de los padres y de aquellos que la conocieron, sabemos que su amor a Jesús en la Eucaristía era inmenso y que el rezo del Rosario la acompañó a lo largo de su breve peregrinación terrenal. Angela decía: “Debemos darle el primer lugar a Dios”. Era una niña normal en sus afectos familiares, en la escuela, con sus amigos y en los juegos.

A los 11 años sufrió con paciencia y heroísmo los dolores atroces de la leucemia, consolando a los demás. Aceptó el tratamiento y cuando se dio cuenta de que su enfermedad avanzaba, no se impacientó ni se desanimó, sino que aceptó conscientemente la Voluntad de Dios, expresando toda su alegría y generosidad en la oración, en una conversación íntima y sencilla con el Señor. Predicó en silencio y con el ejemplo.

En la fase final de la enfermedad, Angela pasaba de un análisis clínico a otro, de una transfusión a otra hasta que una obstrucción intestinal definitivamente complicó el pronóstico. El suministro de oxígeno no mejoró la situación. Y el 27 de marzo de 1961, su alma voló al cielo.

“Bienaventurado eres, Padre del cielo y de la tierra, porque has revelado a los pequeños los misterios del reino de los cielos” (Mateo 11:25), esta cita del evangelio está grabada en la lápida de su tumba, y refleja fielmente la corta vida de Ángela Iacobellis.

Fuente: Cf. angelaiacobellis.it

Los niños y el Reino de los cielos

El Siervo de Dios Ángel Bonetta

Los niños son, desde luego, el término del amor delicado y generoso de Nuestro Señor Jesucristo: a ellos reserva su bendición y, más aún, les asegura el Reino de los cielos. En particular, Jesús exalta el papel activo que tienen los pequeños en el Reino de Dios: son el símbolo elocuente y la espléndida imagen de aquellas condiciones morales y espirituales, que son esenciales para entrar en el Reino de Dios y para vivir la lógica del total abandono en el Señor: “Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Así pues, quien se haga pequeño como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos. Y el que reciba incluso a uno solo de estos niños en mi nombre, a mí me recibe”.

La niñez nos recuerda que la fecundidad misionera de la Iglesia tiene su raíz vivificante, no en los medios y méritos humanos, sino en el don absolutamente gratuito de Dios. La vida de inocencia y de gracia de los niños, como también los sufrimientos que injustamente les son infligidos, en virtud de la Cruz de Cristo, obtienen un enriquecimiento espiritual para ellos y para toda la Iglesia. Todos debemos tomar de esto una conciencia más viva y agradecida.

Además, se ha de reconocer que también en la edad de la infancia y de la niñez se abren valiosas posibilidades de acción tanto para la edificación de la Iglesia como para la humanización de la sociedad. Los hijos, como miembros vivos de la familia, contribuyen, a su manera, a la santificación de los padres, y se ha de repetir de los niños en relación con la Iglesia. Ya lo hacía notar Juan Gersón, teólogo y educador del siglo xv, para quien “los niños y los adolescentes no son, ciertamente, una parte de la Iglesia que se pueda descuidar”.

Fuente: San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Christifideles Laicis

Niños santos - Venerable Pilar Cimadevilla


Pilar, nació en Madrid el 17 de febrero de 1952. Fue hija del coronel Amaro Cimadevilla y de doña María del Rosario López-Dóriga. Desde temprana edad se caracterizó por su genio vivo que le ganó el apelativo de “la Brava”. Dócil e inteligente, empezó a destacar al poco tiempo por su piedad.

La Primera Comunión marcó un hito en su vida: “Mi Primera Comunión fue toda para Jesús”, diría ella misma.

A los nueve años fue internada en el Hospital Militar debido a un cáncer doloroso e irreversible. Pilar sufrió inapetencia y cansancio extraordinarios, a lo que se le sumó la aparición de un ganglio en el cuello. Fue atendida por las religiosas Hijas de la Caridad quienes le proponen formar parte de la Unión de Enfermos Misioneros, y ella se entusiasmó de tal modo con la idea de ofrecer sus sufrimientos por las misiones, sabiendo que sus sufrimientos podían ser convertidos por el Señor en fuente de conversión y salvación de muchos. Toda su vida se convirtió en un acto de entrega al Señor. Aquí es donde comenzó a mostrarse lo extraordinario de la niña: su heroísmo en el sufrimiento, no se quejaba de sus fuertes dolores, no solicitaba sino la ayuda indispensable, se preocupaba más de los demás que de ella misma...

Una mañana, al concluir su acción de gracias después de la comunión, sorprendió a sus padres con estas frases: “Abrid las ventanas y poneos muy contentos, pues me acaba de decir el Niño Jesús que sí, que me llevará con El, pero que todavía tengo que sufrir otro poco, porque puedo ser santa”. Un día después, el 6 de marzo de 1962, la niña cayó en brazos de su madre recién cumplidos los diez años de edad. El 19 de abril de 2004 fue declarada Venerable.

Fuente: Cf. aciprensa.com

Supliquemos al Señor que encienda nuestros corazones


La doctrina de la Iglesia se resume en una sola palabra: amor. Por el contrario, la palabra odio produce división y ruina, porque corrompe el corazón de los hombres.

El apóstol Pablo de Tarso -cuya profunda teología debiera ser familiar a todos, muy especialmente entre la juventud- lo expresa con palabras admirables, que servirían incluso de compendio de una vida: Hermanos, todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio, todo eso tenedlo en cuenta, y el Dios de la paz estará con vosotros.

Hagamos nuestras esas palabras. También nuestro dulcísimo Salvador, riqueza nuestra, esperanza nuestra, gozo nuestro, lo reafirma al darnos este mandato: Sed perfectos, como es perfecto vuestro Padre celestial. Y debemos entender que la perfección está en el amor, como maravillosamente escribió el apóstol predilecto de Jesús: Dios es amor.

Supliquemos al Señor del amor, que vino a prender fuego por toda la tierra, que encienda también nuestros corazones en su ardor; supliquemos al Espíritu Consolador, amor consustancial del Padre y del Hijo, que nos dé la caridad que nunca se sacia; supliquemos, finalmente, que nuestra alma, rotas las cadenas que la aprisionan en este mundo, se sumerja con angelical dulzura en la posesión del Amor.

Fuente: Beato Contardo Ferrini, Pensamientos y oraciones

Santidad en Argentina - Beata María del Tránsito de Jesús Sacramentado


Tránsito Cabanillas nació un 15 de agosto de 1821, en la Estancia Santa Leocadia, en lo que es hoy Villa Carlos Paz, junto al Lago San Roque (Córdoba). Sus padres eran de admirable vivencia cristiana.

La Beata, fue devota colaboradora en la obra de los Ejercicios Espirituales, infatigable catequista de los niños y fervorosa discípula de San Francisco de Asís como Terciaria franciscana. Abnegada enfermera durante las terribles epidemias del cólera en el año 1867 y de la fiebre amarilla en el año 1871.

En el año 1870, el Señor le inspiró fundar una casa de Penitencia de San Francisco pero, como no tenía ningún recurso, intentó responder a la llamada vocacional entrando primero entre las Carmelitas de Buenos Aires y después entre las Hermanas de la Visitación de Montevideo. Sin embargo la enfermedad la obligó a salir del claustro porque Dios la tenía destinada a otra misión.

En el año 1878, se llevó a cabo la fundación de las Hermanas Terciarias Misioneras Franciscanos. El señor Agustín Garzón, donó una manzana de terreno en el barrio de San Vicente de Córdoba. La Madre Tránsito, comenzó la construcción de un minúsculo convento al servicio de la niñez desvalida. Poco a poco el instituto progresó, se expandió y fundó el Colegio del Carmen de Río Cuarto y el Colegio San Francisco de Villa Nueva, en la Provincia de Córdoba.

El Padre Quirico Porreca, se interesa por el proyecto de la Madre y ella le solicita la dirección de la nueva Congregación por un tiempo. El Padre Quirico aceptó gustoso el cargo, pero con el tiempo y movido por sus ambiciosas aspiraciones, desplazó a la fundadora y comenzó a mandar el. La Madre del Tránsito, aceptó la humillación para evitar problemas y dificultades al Instituto y se retiró a una pobre celda, llevando una vida de silencio, oración y labores. Ella quería ser una humilde servidora del Señor y una lámpara viviente del Sagrario.

Este heroico gesto de humildad y de mansedumbre, purificó y hermoseó el corazón de la Madre Tránsito. Antes de morir hizo esta hermosa promesa: “Hermanas, yo ya no les hago falta, porque no puedo hacer nada, pero cuando muera, desde el cielo les haré mucho bien”.

La Madre Tránsito Cabanillas, murió santamente el 25 de Agosto de 1885 y fue beatificada el 14 de abril del 2002.

Fuente: Cf. santosargentinos.blogspot.com

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