La respuesta de la Virgen nos trae al Salvador

Fáciles son de imaginar los primeros movimientos del corazón humildísimo de la Virgen María, la más humilde de todas las criaturas, al recibir de parte del Ángel el anuncio de que sería la madre del Redentor del mundo, al cual llamarían Hijo del Altísimo y cuyo reino perduraría eternamente.

No podía comprender que Dios hubiese puesto los ojos en ella para el cumplimiento de tan alto y tan asombroso misterio. Por otra parte, la turbaba el título de madre, apreciando tanto el de virgen.Esto la obligó a preguntar cómo podía ser lo que el Ángel le decía, no habiendo convivido hasta entonces con hombre alguno, y estando resuelta a no convivir jamás, cosa que no habría preguntado la purísima doncella -dice San Agustín- si no hubiera hecho voto de virginidad.

Para sosegarla y satisfacerla, el Ángel le declaró que solo Dios sería el padre del hijo de quien ella había de ser madre; que concebiría por el Espíritu Santo, el cual formaría milagrosamente el fruto que había de nacer de sus entrañas, haciendo más pura su virginidad; y, en fin, que el hijo que había de dar a luz se llamaría y sería verdaderamente Hijo de Dios, en quien residiría corporalmente toda la plenitud de la divinidad, todos los tesoros de la santidad y de la sabiduría divina. Sabe, añadió, la maravilla que Dios acaba de obrar en favor de tu prima Isabel, la cual en su avanzada edad no podía ya esperar tener hijos naturalmente y, con todo, está encinta de seis meses. Nada es imposible al Todopoderoso, y el que pudo dar un hijo a una anciana después de tantos años de esterilidad también podrá hacer madre a una virgen.

Mientras hablaba el Ángel, se sintió María iluminada por una luz sobrenatural, con la cual comprendió toda la economía y todos los milagros de aquel inefable misterio; y aniquilándose delante de Dios exclamó: He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.

En ese momento feliz, desapareció el Ángel, y el Espíritu Santo formó con la purísima carne de la santísima Virgen un hermosísimo cuerpo; y habiendo creado al propio tiempo la más perfecta alma humana que hubo jamás, Dios unió el cuerpo y el alma sustancialmente a la persona del Verbo, y el Verbo se hizo carne.

En el mismo instante todos los ángeles adoraron al Hombre-Dios; en el mismo instante se convirtió en templo del Verbo encarnado el vientre de la más pura entre todas las vírgenes; y en el mismo instante se cumplieron todas las profecías que anunciaban la venida del Mesías.

Fuente: cf. J. Croisset, SJ, Año cristiano

Bautiza el siervo al Señor, el criado al Creador

Bautismo de Jesus 04 05

Jesús acude a Juan y es bautizado por él. ¡Cosa admirable! El río infinito que alegra la ciudad de Dios es lavado con un poco de agua. La fuente inconmensurable e inextinguible, origen de vida para todos los hombres, es sumergida en unas aguas exiguas y pasajeras.

Aquel que está presente siempre y en todo lugar, incomprensible para los ángeles e inaccesible a toda mirada humana, llega al bautismo por voluntad propia. Se le abrieron los cielos y se oyó una voz que venía del cielo que decía: «Éste es mi Hijo amado, en quien tengo mis complacencias.»
El amado engendra amor, y la luz inmaterial una luz inaccesible. Éste es el que es tenido por hijo de José, y es mi Unigénito según la esencia divina.
Éste es mi Hijo amado: el que pasa hambre y alimenta a muchedumbres innumerables, el que se fatiga y hace las fuerzas de los fatigados, el que no tiene dónde reclinar su cabeza y lo gobierna todo con su mano, el que sufre y remedia todos los sufrimientos, el que es abofeteado y da la libertad al mundo, el que es traspasado en su costado y arregla el costado de Adán.

Mas prestadme mucha atención, porque quiero recurrir a la fuente de la vida y contemplar la fuente de la que brota el remedio.
El Padre de la inmortalidad envió al mundo a su Verbo e Hijo inmortal, el cual vino a los hombres para purificarlos por el agua y el Espíritu; y, queriendo hacerlos renacer a la incorrupción del alma y del cuerpo, inspiró en nosotros un hálito de vida y nos revistió de una armadura incorruptible.
Por tanto, si el hombre ha sido hecho inmortal será también divinizado, y, si es divinizado por el baño de regeneración del agua y del Espíritu Santo, tenemos por seguro que, después de la resurrección de entre los muertos, será coheredero de Cristo.

Por esto proclamo a la manera de un heraldo: Acudid, pueblos todos, al bautismo que nos da la inmortalidad. En él se halla el agua unida al Espíritu, el agua que riega el paraíso, que da fertilidad a la tierra, crecimiento a las plantas, fecundidad a los seres vivientes; en resumen, el agua por la cual el hombre es regenerado y alcanza nueva vida, el agua con la cual Cristo fue bautizado, sobre la cual descendió el Espíritu Santo en forma de paloma.
El que se sumerge con fe en este baño de regeneración renuncia al diablo y se adhiere a Cristo, niega al enemigo del género humano y profesa su fe en la divinidad de Cristo, se despoja de su condición de siervo y se reviste de la de hijo adoptivo, sale del bautismo resplandeciente como el sol, emitiendo rayos de justicia, y, lo que es más importante, vuelve de allí convertido en hijo de Dios y coheredero de Cristo.
A él sea la gloria y el poder, junto con su Espíritu santísimo, bueno y dador de vida, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Fuente: San Hipólito, Sermón en la santa Teofanía. Liturgia de las Horas.

La adoración de los Magos

Adoracion de los Magos 06 09

Considera cuales fueron los sentimientos de gozo, de admiración, de amor y de respeto en aquellos santos reyes cuando, habiendo llegado a Belén, vieron que no se habían engañado, y que no habían resultado falsas sus conjeturas. Encuéntrase a Dios siempre que se le busca; ¡y qué consuelo es hallarle después de haberle buscado!

¿Cuántos verían la misma estrella y tendrían el mismo pensamiento que los Magos, pero no tuvieron el mismo valor ni la misma docilidad? Por eso fue muy diferente su suerte. Esas mismas gracias que nosotros menospreciamos, esas mismas saludables inspiraciones que nosotros resistimos, quizá, y sin quizá, ganarán para Dios a muchas almas fieles. ¡Qué desdicha haber sido indóciles a ellas!

¿Cuántos mirarían con una falsa compasión la credulidad de los piadosos monarcas? ¿Cuántos se reirían de su sencillez? ¿Qué burla no se haría en sus cortes, y aun en las extranjeras, de su jornada? Pero cuando los Magos hallaron lo que buscaban, ¿se arrepentirían de haber sido tan prontos a seguir la voz de Dios? ¿Se avergonzarían de su candor? ¿Se quejarían de las fatigas, de los trabajos del camino? Infiere de aquí los sentimientos que tendrían a la hora de la muerte. Entonces, ¡qué dulce cosa será haber seguido la estrella! Ah, ¡y qué diferencia tan espantosa entre Herodes y los santos reyes!
Pero, ¿cuál fue el exceso de su gozo cuando advirtieron aquel divino Salvador, en el cual, alumbrados con superior luz, reconocieron que habitaba corporalmente toda la plenitud de la divinidad? Penetrados de los más vivos sentimientos de religión, ¡con qué profundo respeto, con qué devoción se postrarían en su presencia! ¿Es parecida nuestra devoción, nuestra piedad, a la de los reyes Magos? Y, sin embargo, el mismo Jesucristo que ellos tenemos nosotros realmente presente en el Sacramento.
¡Ah, dulce Jesús mío, y qué poco me he aprovechado hasta ahora de vuestra divina presencia! ¿Dónde estaba mi fe cuando os he tenido tan poco respeto? o ¿dónde estaba mi respeto cuando os creía presente por la fe? Lloro, Señor, lloro íntimamente mi ceguedad, y mi adoración comienza desde hoy a reparar mis irreverencias.

Fuente: J. Croisset, SJ, Año cristiano

El Corazón Amante del Hijo de María

Virgen Maria 10 22b

“La Eucaristía sabe a vida eterna y sabe a María, porque la carne que se nos da en la Eucaristía es carne tomada de María” (Sierva de Dios Teresa María de Jesús Ortega).

La devoción a la Eucaristía y la devoción al Corazón de Jesús no son solamente devociones gemelas, en realidad son una sola y misma devoción. Se completan y desarrollan una a otra; tan perfectamente se confunden juntas que una no podría ir sin la otra, y que su unión es absoluta. No sólo no puede una de estas devociones perjudicar a la otra, sino -porque se complementan y perfeccionan- se aumentan recíprocamente.
Si tenemos devoción al Sagrado Corazón, querremos hallarlo para adorarlo, amarlo, ofrecerle nuestras reparaciones y nuestras alabanzas, ¿y dónde habríamos de buscarlo si no es en la Eucaristía donde se halla eternamente vivo?

Si amamos a este Corazón adorable, querremos unirnos a Él, pues el amor busca la unión; querremos inflamar nuestro corazón con los ardores de este divino foco, pero para alcanzar este Corazón Sagrado, para asirle, para ponerle en contacto con el nuestro, ¿qué habremos de hacer? ¿Escalaremos el cielo para arrebatar el Corazón de Jesús triunfante en la gloria? Sin duda que no. Iremos a la Eucaristía, iremos al sagrario, recibiremos en la Misa la blanca Hostia, y, cuando la hayamos encerrado en nuestro pecho, percibiremos al Corazón Eucarístico latir verdaderamente dentro de nuestro corazón.
La devoción al Sagrado Corazón infaliblemente conduce a las almas a la Eucaristía, y la fe, la devoción a la Eucaristía necesariamente descubre a las almas los misterios del Amor Infinito, cuyo órgano y símbolo es el Corazón de Jesús.

Si creemos en la Eucaristía, creemos en el Amor. Pero el Amor en Sí mismo es inmaterial; para fijar nuestros espíritus buscamos el Corazón de Dios. El Sagrado Corazón, la Eucaristía, el Amor: ¡son una misma cosa! En el tabernáculo, hallamos la Hostia; en la Hostia, a Jesús; en Jesús, su Corazón; en su Corazón, el Amor, la Caridad divina, Dios, principio de vida, vivo y vivificante. ¿Y de qué especial ternura no habrá hecho objeto Dios Hijo, de antemano, a la que El mismo debía crear para nacer de Ella un día?
Y más aún. El milagro inefable de la Eucaristía no puede explicarse sino por el Amor de Jesús, Dios y Hombre. Mas, el Amor de Jesús es su Corazón, en resumen; la Eucaristía no se explica sino por el Sagrado Corazón. (Nota: es de destacar que en muchos milagros eucarísticos, al ser analizados, se comprobó que se trataba de tejido cardíaco de una persona viva)
La Eucaristía aumenta nuestro amor por el Corazón de Jesús. Y, porque sabemos que hallaremos a este Corazón Sagrado sólo en la Eucaristía, vamos a ella, nos arrodillamos ante el Santísimo Sacramento -ante el Corazón Sacramentado-, adoramos la Hostia radiante en la custodia.

Fuente: Venerable Luisa Margarita Claret de la Touche, Al servicio de Dios-Amor

Ha nacido el Rey del Cielo

Navidad 03 44

¡El gran Niñito de Belén sea siempre la delicia de nuestro corazón!

¡Qué precioso el pobrecito recién nacido! Me parece ver a Salomón sentado en su gran trono de marfil, dorado y labrado, que no tenía igual en todo el reino, como dice la Escritura. Y el rey no tenía comparación con ningún otro en gloria y magnificencia. Pero cien veces prefiero contemplar a nuestro querido Niño en el pesebre, que ver a todos los reyes en sus tronos.
Al mirarlo sobre las rodillas de su Madre, o entre sus brazos, con su boquita como un botón de rosa, pegada a los lirios de los santos pechos maternos, ¡oh!, lo encuentro con mayor magnificencia en ese trono, que Salomón en el suyo de marfil...
El gran San José comparte con nosotros su consolación; la Madre soberana nos hace partícipes de su amor y el Niño quiere derramar, para siempre, sus méritos en nuestro corazón.

Os ruego, que reposéis lo más dulcemente posible junto al Infantito celestial. Él siempre seguirá amando vuestro corazón tal como es, aunque no tenga ternura ni delicadezas. ¿No veis cómo recibe el aliento de la mula y el buey, que no tienen sentimientos ni afectos? ¿Cómo no va a recibir las aspiraciones de vuestro pobre corazón, el cual, aunque sin ternura, se pone a sus pies para ser, por siempre, servidor inviolable de su Corazón y del de su santa Madre y del jefe de la familia del pequeño Rey?
Que la alegría y la consolación del Hijo y de la Madre sean por siempre el gozo de nuestras almas.

Fuente: cf. San Francisco de Sales, carta a santa Juana de Chantal del 25 de diciembre de 1613

Misa de Nochebuena

San Lorenzo de Brindis 01 01 Visión del Niño Jesús de San Lorenzo de Brindis

«Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy». La Iglesia comienza la liturgia de la Noche Santa con estas palabras del Salmo segundo. Ella sabe que estas palabras pertenecían originariamente al rito de la coronación de los reyes de Israel. El rey, que de por sí es un ser humano como los demás hombres, se convierte en «hijo de Dios» mediante la llamada y la toma de posesión de su cargo: es una especie de adopción por parte de Dios, un acto de decisión, por el que confiere a ese hombre una nueva existencia, lo atrae en su propio ser.

La lectura, tomada del profeta Isaías, presenta de manera todavía más clara el mismo proceso en una situación de turbación y amenaza para Israel: «Un hijo se nos ha dado: lleva sobre sus hombros el principado» (9,5). La toma de posesión de la función de rey es como un nuevo nacimiento. Precisamente como recién nacido por decisión personal de Dios, como niño procedente de Dios, el rey constituye una esperanza. El futuro recae sobre sus hombros. Él es el portador de la promesa de paz.
En la noche de Belén, esta palabra profética se ha hecho realidad de un modo que habría sido todavía inimaginable en tiempos de Isaías. Sí, ahora es realmente un niño el que lleva sobre sus hombros el poder. En Él aparece la nueva realeza que Dios establece en el mundo. Este niño ha nacido realmente de Dios. Es la Palabra eterna de Dios, que une la humanidad y la divinidad. Para este niño valen los títulos de dignidad que el cántico de coronación de Isaías le atribuye: Consejero admirable, Dios poderoso, Padre por siempre, Príncipe de la paz (9,5).
Sí, este rey no necesita consejeros provenientes de los sabios del mundo. Él lleva en sí mismo la sabiduría y el consejo de Dios. Precisamente en la debilidad como niño Él es el Dios fuerte, y nos muestra así, frente a los poderes presuntuosos del mundo, la fortaleza propia de Dios.

El ejército celestial alababa a Dios diciendo: «Gloria a Dios en el cielo... » (Lc 2,13s). Pero los hombres siempre han sabido que el hablar de los ángeles es diferente al de los hombres; que precisamente esta noche del mensaje gozoso ha sido un canto en el que ha brillado la gloria sublime de Dios. Por eso, este canto de los ángeles ha sido percibido desde el principio como música que viene de Dios, más aún, como invitación a unirse al canto, a la alegría del corazón por ser amados por Dios. Cantare amantis est, dice san Agustín: cantar es propio de quien ama. Así, a lo largo de los siglos, el canto de los ángeles se ha convertido siempre en un nuevo canto de amor y alegría, un canto de los que aman. En esta hora, nosotros nos asociamos llenos de gratitud a este cantar de todos los siglos, que une cielo y tierra, ángeles y hombres.

Fuente: S.S. Benedicto XVI, Homilía en la Misa de Nochebuena 24 de diciembre de 2010

Corazón de Jesús, formado por el Espíritu Santo en el seno de la Virgen Madre

Nuestra Senora de la Esperanza 01 01 Nuestra Señora de la Esperanza

Encontramos aquí el eco de un artículo central del Credo en el que profesamos nuestra fe en Jesucristo, Hijo único de Dios, que bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre. La santa humanidad de Cristo es, por consiguiente, obra del Espíritu divino y de la Virgen de Nazaret.

Es obra del Espíritu. Esto afirma explícitamente el Evangelista Mateo refiriendo las palabras del Ángel a José: Lo engendrado en Ella (María) es del Espíritu Santo, (Mt1, 20); y lo afirma también el Evangelista Lucas, recordando las palabras de Gabriel a María: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra (Lc 1, 35).

El Espíritu ha plasmado la santa humanidad de Cristo: su cuerpo y su alma, con toda la inteligencia, la voluntad, la capacidad de amar. En una palabra, ha plasmado su corazón. La vida de Cristo ha sido puesta enteramente bajo el signo del Espíritu. Del Espíritu le viene la sabiduría que llena de estupor a los doctores de la ley y a sus conciudadanos, el amor que acoge y perdona a los pecadores, la misericordia que se inclina hacia la miseria del hombre, la ternura que bendice y abraza a los niños, la comprensión que alivia el dolor de los afligidos. Es el Espíritu quien dirige los pasos de Jesús, lo sostiene en las pruebas, sobre todo lo guía en su camino hacia Jerusalén, donde ofrecerá el sacrificio de la Nueva Alianza, gracias al cual se encenderá el fuego que Él trajo a la tierra (Lc 12, 49).

Por otra parte, la humanidad de Cristo es también obra de la Virgen. El Espíritu plasmó el Corazón de Cristo en el seno de María, que colaboró activamente con Él como madre y como educadora.
Como Madre, Ella se adhirió consciente y libremente al proyecto salvífico de Dios Padre, siguiendo trémula, en silencio lleno de adoración, el misterio de la vida que de Ella había brotado y se desarrollaba.
Como educadora, Ella plasmó el Corazón de su propio Hijo, introduciéndolo, junto con San José, en las tradiciones del pueblo elegido, inspirándole el amor a la ley del Señor, comunicándole la espiritualidad de los “pobres del Señor”. Ella lo ayudó a desarrollar su inteligencia y seguramente ejerció influjo en la formación de su temperamento. Aun sabiendo que su Niño la trascendía por ser Hijo del Altísimo (cf. Lc 1, 32), no por ello la Virgen fue menos solícita de su educación humana (cf. Lc 2, 51).

Por tanto podemos afirmar con verdad: en el Corazón de Cristo brilla la obra admirable del Espíritu Santo; en Él se hallan también los reflejos del corazón de la Madre.
Sea el corazón de todo cristiano como el Corazón de Cristo: dócil a la acción del Espíritu, dócil a la voz de la Madre.

Fuente: cf. San Juan Pablo II, Ángelus del 2 de julio de 1989

La Iglesia a través de los sagrados ritos nos prepara para la Navidad

Misa Tridentina 02 19

El Padre, por su inmenso amor hacia nosotros, pecadores, nos envió a su Hijo único para librarnos de la tiranía y del poder del demonio, invitarnos al cielo e introducirnos en lo más profundo de los misterios de su Reino, manifestarnos la verdad, enseñarnos la honestidad de costumbres, comunicarnos el germen de las virtudes, enriquecernos con los tesoros de su gracia y hacernos sus hijos adoptivos y herederos de la vida eterna.

La Iglesia celebra cada año el misterio de este amor tan grande hacia nosotros, exhortándonos a tenerlo siempre presente. A la vez nos enseña que la venida de Cristo no sólo aprovechó a los que vivían en el tiempo del Salvador, sino que su eficacia continúa, y aún hoy se nos comunica si queremos recibir, mediante la fe y los sacramentos, la gracia que él nos prometió, y si ordenamos nuestra conducta conforme a sus mandamientos. La Iglesia desea vivamente hacernos comprender que así como Cristo vino una vez al mundo en la carne, de la misma manera está dispuesto a volver en cualquier momento, para habitar espiritualmente en nuestra alma con la abundancia de sus gracias, si nosotros, por nuestra parte, quitamos todo obstáculo.

Por eso, durante este tiempo, la Iglesia, como madre amantísima y celosísima de nuestra salvación, nos enseña, a través de himnos, cánticos y otras palabras del Espíritu Santo y de diversos ritos, a recibir convenientemente y con un corazón agradecido este beneficio tan grande, a enriquecernos con su fruto y a preparar nuestra alma para la venida de nuestro Señor Jesucristo con tanta solicitud como si hubiera Él de venir nuevamente al mundo. No de otra manera nos lo enseñaron con sus palabras y ejemplos los patriarcas del antiguo Testamento para que en ello los imitáramos.

Fuente: San Carlos Borromeo, Cartas pastorales

Corazón de Jesús, unido sustancialmente al Verbo de Dios

Sagrado Corazon 42 75

La expresión “Corazón de Jesús” nos hace pensar inmediatamente en la humanidad de Cristo, y subraya su riqueza de sentimientos, su compasión hacia los enfermos, su predilección por los pobres, su misericordia hacia los pecadores, su ternura hacia los niños, su fortaleza en la denuncia de la hipocresía, del orgullo y de la violencia, su mansedumbre frente a sus adversarios, su celo por la gloria del Padre y su júbilo por sus misteriosos y providentes planes de gracia.

Con relación a los hechos de la Pasión, la expresión “Corazón de Jesús” nos hace pensar también en la tristeza de Cristo por la traición de Judas, el desconsuelo por la soledad, la angustia ante la muerte, el abandono filial y obediente en las manos del Padre. Y nos habla sobre todo del amor que brota sin cesar de su interior: amor infinito hacia el Padre y amor sin límites hacia el hombre.

Ahora bien, este Corazón humanamente tan rico, “está unido ―como nos recuerda la invocación―, a la Persona del Verbo de Dios”. Jesús es el Verbo de Dios encarnado: en Él hay una sola Persona, la eterna del Verbo, subsistente en dos naturalezas, la divina y la humana. Jesús es igual al Padre por lo que se refiere a la naturaleza divina, e igual a nosotros por lo que se refiere a su naturaleza humana; verdadero Hijo de Dios y verdadero Hijo del hombre. El Corazón de Jesús, por tanto, desde el momento de la encarnación, ha estado y estará siempre unido a la Persona del Verbo de Dios.
Por la unión del Corazón de Jesús a la Persona del Verbo de Dios podemos decir: en Jesús Dios ama humanamente, sufre humanamente, goza humanamente. Y viceversa: en Jesús el amor humano, el sufrimiento humano, la gloria humana adquieren intensidad y poder divinos.

La Virgen vivió en la fe, día tras día, junto a su Hijo Jesús: sabía que la carne de su Hijo había florecido de su carne virginal, pero intuía que Él, por ser “Hijo del Altísimo” (Lc 1, 32), la trascendía infinitamente: el Corazón de su Hijo estaba “unido a la Persona del Verbo”. Por esto, Ella lo amaba como Hijo suyo y al mismo tiempo lo adoraba como a su Señor y su Dios. Que Ella nos conceda también a nosotros amar y adorar a Cristo, Dios y Hombre, sobre todas las cosas, “con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente” (cf. Mt 22, 37). De esta manera, siguiendo su ejemplo, seremos objeto de las predilecciones divinas y humanas del Corazón de su Hijo.

Fuente: cf. San Juan Pablo II, Ángelus del 9 de julio de 1989

Dios nos lo dijo todo en su Hijo

San Juan de la Cruz 05 19

La principal causa por que en el Antiguo Testamento eran lícitas las preguntas que se hacían a Dios y convenía que los profetas y sacerdotes quisiesen revelaciones y visiones de Dios era porque aún entonces no estaba bien fundamentada la fe ni establecida la ley evangélica, y así era menester que preguntasen a Dios y que él hablase, ahora por palabras, ahora por visiones y revelaciones, ahora en figuras y semejanzas, ahora entre otras muchas maneras de significaciones. Porque todo lo que respondía, y hablaba, y revelaba eran misterios de nuestra fe y cosas tocantes a ella o enderezadas a ella.

Pero ya que está fundada la fe en Cristo y manifiesta la ley evangélica en esta era de gracia, no hay para qué preguntarle de aquella manera, ni para qué él hable ya ni responda como entonces, porque en darnos, como nos dio, a su Hijo, que es una Palabra suya -que no tiene otra-, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra, y no tiene más que hablar.

Y éste es el sentido de aquella autoridad con que comienza san Pablo a querer inducir a los hebreos a que se aparten de aquellos modos primeros y tratos con Dios de la ley de Moisés y pongan los ojos en Cristo solamente, diciendo: Lo que antiguamente habló Dios en los profetas a nuestros padres de muchos modos y de muchas maneras, ahora, a la postre, en estos días nos lo ha hablado en el Hijo todo de una vez. En lo cual da a entender el Apóstol que Dios ha quedado como mudo y no tiene más que hablar, porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado en Él todo, dándonos al Todo, que es su Hijo.
Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra alguna cosa o novedad.
Porque le podría responder Dios de esta manera: «Si te tengo ya habladas todas las cosas en mi Palabra, que es mi Hijo, y no tengo otra, ¿qué te puedo yo ahora responder o revelar que sea más que eso? Pon los ojos sólo en él, porque en él te lo tengo todo dicho y revelado, y hallarás en él aún más de lo que pides y deseas. Porque desde aquel día que bajé con mi Espíritu sobre él en el monte Tabor, diciendo: Éste es mi amado Hijo en que me he complacido; a él oíd, ya alcé yo la mano de todas esas maneras de enseñanzas y respuestas y se la di a él. Que si antes hablaba, era prometiendo a Cristo; y si me preguntaban, eran las preguntas encaminadas a la petición y esperanza de Cristo, en que habían de hallar todo bien, como ahora lo da a entender toda la doctrina de los evangelistas y apóstoles.»

Fuente: cf. San Juan de la Cruz, Subida del monte Carmelo. Liturgia de las Horas.

Meditaciones sobre el Adviento (I)

Virgen con el Nino 06 12

Hoy, hermanos, celebramos el comienzo del Adviento. Este apelativo, como el de casi todas las solemnidades, es familiar y conocido en todos los lugares. Sin embargo, no siempre se capta su sentido, pues los desgraciados hijos de Adán se despreocupan de los auténticos y saludables compromisos y van a la zaga de lo caduco y transitorio.

¿A quiénes se parecen los hombres de esta generación? ¿Con quiénes los compararemos, viendo que son incapaces de arrancarse de los consuelos terrenos y sensibles? Se parecen a los náufragos que zozobran en el mar. Fíjate cómo se agarran a lo poco que tienen. No sueltan por nada del mundo lo primero que llega a sus manos, sea lo que sea, aunque no sirva para nada. Son como raíces de grama o algo por el estilo. Si alguien se acerca a ellos para ayudarles, lo atenazan de tal modo que no pueden ni ofrecerles sus auxilios sin menoscabo de su salvación. Así se anegan en este inmenso mar; y perecen, miserables, afanándose en lo caduco y relegando los apoyos firmes, únicos remedios para salir a flote y salvarse.

Se dice a propósito de la verdad, no de la vanidad: La conoceréis y os librará.Hermanos, a vosotros, como a los niños, Dios revela lo que ha ocultado a sabios y entendidos: los auténticos caminos de la salvación. Recapacitad en ellos con suma atención. Enfrascaos en el sentido de este adviento. Y, sobre todo, fijaos quién es el que viene, de dónde viene y a dónde viene; para qué, cuándo y por dónde viene. Tal curiosidad es encomiable y sana. La Iglesia universal no celebraría con tanta devoción este Adviento si no contuviera algún gran misterio.
Ante todo, fijaos con el Apóstol, estupefacto y atónito, cuán importante es este que viene. Según el testimonio de Gabriel, es el Hijo del Altísimo; y Altísimo él también. No se puede ni pensar que el Hijo de Dios sea una realidad inferior al Padre. Creemos que es idéntico a él en sublimidad y grandeza. ¿Quién ignora que los hijos de príncipes sean príncipes, y reyes los hijos de reyes?

Fuente: San Bernardo, Sermones sobre el Aviento. Sermón primero.

Madre del Amor Hermoso (I)

Virgen con el Nino 04 10

Desde toda eternidad estuvo ya la Reina, íntima e inseparablemente unida al Verbo, en el plan providencial que éste debía realizar como Salvador de los caídos. ¡Con el Redentor, la Corredentora Inmaculada! Respetemos, pues, y adoremos los designios del Altísimo y conservemos perfectamente unidos los Corazones que Él ha unido, el de Jesús y el de María: ¡a ellos sean dados honor y gloria!

Mi camino para llegar hasta el Santo de los santos, hasta el Corazón mismo de Jesús, hasta lo más íntimo de ese santuario de justicia y de amor, lo tengo perfectamente trazado: ¡ese camino obligado y directo es María! Como nadie va al Padre sino por el Hijo, como nadie conoce al Padre sino aquel a quien el hijo se lo revelare, así, en otro orden y relativamente, podríamos decir que nadie va donde el Rey, sino aquel a quien le revelare su hermosura la Reina.
Por ella nos llega, desde el seno del Padre, el Verbo. Esto es, cabalmente, lo que manifiesta la voluntad explícita de Dios: que María entre de lleno en el plan divino, que así como Dios viene a los hombres por María, así los hombres rescatados vayan también a Dios por Ella. Porque lo quiso positivamente, Jesús hizo de su Madre el puente indispensable.

En efecto, ningún cristiano digno de ese nombre pretenderá tomar un camino que no sea María, el trazado por aquel que se llamó a Si mismo «el Camino». Sería pretender corregir los planes de Dios y rectificar una afirmación suya, hecha por el prodigio estupendo de la Encarnación, el no querer pasar por los brazos de la Reina Inmaculada, al ir en busca de Dios y al encuentro de su Hijo.
Es, más que interesante, conmovedor, el pensar que en Belén los pastorcitos, los reyes, el mismo José, deben recibir el Niño adorable de manos de María...
«¡Tú eres, Reina Inmaculada, el Puente tendido por Dios mismo entre el Paraíso que perdimos y el Paraíso que esperamos...» «¡Venga a nosotros Jesús por tus manos! ¡Llévanos por ellas, Reina y Madre, hasta las profundidades de su Corazón adorable!»

El primer Maestro en el amor de María es Jesús. La primera razón por la cual debo amarla, sin medir el caudal de mis ternuras con Ella, es que el primero de los amores del Corazón de Jesús, después de su Padre celestial, fue María. La amó como sólo Dios podía amar a la criatura más perfecta que salió de sus manos, la única santa. La amó como sólo Dios podía amar a Aquella en quien iba a tomar carne y sangre humanas para ser, por Pasión y Muerte, desde entonces, el Salvador del mundo. Consagraba por lo mismo a María desde esa hora en colaboradora directa, en Corredentora.
La amó Jesús con gratitud de Hijo suyo: vivió de la sangre purísima de María, durmió tranquilo en su regazo materno. Su Corazón gozó de ternura y desvelos, de caricias y de lágrimas amorosas que María, y sólo María era capaz de prodigar al Hijo del Dios vivo, ¡su Hijo!
La amó Jesús durante treinta años de intimidad; y en convivencia la más estrecha, se fueron fundiendo, si esto fuera posible, más y más los Corazones del Hijo y de la Madre en aquel diálogo perpetuo de sus dos almas, en aquella pasión y agonía secretas que les crucificaba a ambos, ya desde entonces, en la misma cruz.

Fuente: P. Mateo Crawley, Jesús Rey de Amor

Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo

San Jeronimo 04 09

Cumplo con mi deber, obedeciendo los preceptos de Cristo, que dice: Ocupaos en examinar las Escrituras, y también: Buscad y hallaréis, para que no tenga que decirme, como a los judíos: Estáis en un error; no entendéis las Escrituras ni el poder de Dios. Pues si, como dice el apóstol Pablo, Cristo es el poder de Dios y la sabiduría de Dios, y el que no conoce las Escrituras no conoce el poder de Dios ni su sabiduría, de ahí se sigue que ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo.

Por esto quiero imitar al amo de casa, que de su provisión saca lo nuevo y lo antiguo, y a la esposa que dice en el Cantar de los cantares: He guardado para ti, mi amado, lo nuevo y lo antiguo; y, así, expondré el libro de Isaías, haciendo ver en él no sólo al profeta, sino también al evangelista y apóstol. Él, en efecto, refiriéndose a sí mismo y a los demás evangelistas, dice: ¡Qué hermosos son los pies de los que anuncian el bien, de los que anuncian la paz! Y Dios le habla como a un apóstol, cuando dice: ¿A quién mandaré? ¿Quién irá a ese pueblo? Y él responde: Aquí estoy, mándame.

Nadie piense que yo quiero resumir en pocas palabras el contenido de este libro, ya que él abarca todos los misterios del Señor: predice, en efecto, al Emmanuel que nacerá de la Virgen, que realizará obras y signos admirables, que morirá, será sepultado y resucitará del país de los muertos, y será el Salvador de todos los hombres.

¿Para qué voy a hablar de física, de ética, de lógica? Este libro es como un compendio de todas las Escrituras y encierra en sí cuanto es capaz de pronunciar la lengua humana y sentir el hombre mortal.

Dice el Apóstol San Pablo: Cuanto a los dotados del carisma de profecía, que hablen dos o tres, y que los demás den su dictamen; y, si algún otro que está sentado recibiera una revelación, que calle el que está hablando. ¿Qué razón tienen los profetas para silenciar su boca, para callar o hablar, si el Espíritu es quien habla por boca de ellos? Por consiguiente, si recibían del Espíritu lo que decían, las cosas que comunicaban estaban llenas de sabiduría y de sentido. Lo que llegaba a oídos de los profetas no era el sonido de una voz material, sino que era Dios quien hablaba en su interior, como dice uno de ellos: El ángel que hablaba en mí, y también: Que clama en nuestros corazones: «¡Padre!», y asimismo: Voy a escuchar lo que dice el Señor.

Fuente: cf. San Jerónimo, Prólogo al comentario sobre el libro del profeta Isaías.Liturgia de las Horas.

Restáuranos, Señor, por tu misericordia

Santa Catalina de Siena 05 06

Mi Señor dulcísimo, vuelve benignamente tus ojos misericordiosos a este pueblo y al cuerpo místico que es tu Iglesia; porque mayor gloria se seguirá para tu santo nombre al perdonar tan gran muchedumbre de tus creaturas que si tan sólo me perdonas a mí, miserable pecadora, que tan gravemente he ofendido a tu majestad.

¿Qué consuelo podría hallar yo en poseer la vida, viendo que tu pueblo está privado de ella, y viendo cómo las tinieblas del pecado cubren a tu amada Esposa, por mis pecados y los de las demás creaturas tuyas?
Deseo, pues, y te pido como una gracia especial este perdón, por aquel amor incomparable que te movió a crear al hombre a tu imagen y semejanza.
¿Cuál, me pregunto, fue la causa de que colocaras al hombre en tan alta dignidad? Ciertamente, sólo el amor incomparable con el cual miraste en ti mismo a tu creatura y te enamoraste de ella. Mas veo con claridad que por culpa de su pecado perdió merecidamente la dignidad en que lo habías colocado.

Pero tú, movido por aquel mismo amor, queriendo reconciliarte gratuitamente al género humano, nos diste la Palabra que es tu Hijo unigénito, el cual fue verdaderamente reconciliador y mediador entre tú y nosotros. Él fue nuestra justicia, ya que cargó sobre sí todas nuestras injusticias e iniquidades y sufrió el castigo que por ellas merecíamos, por obediencia al mandato que tú, Padre eterno, le impusiste, cuando decretaste que había de asumir nuestra humanidad. ¡Oh incomparable abismo de caridad! ¿Qué corazón habrá tan duro que no se parta al considerar cómo la sublimidad divina ha descendido tan abajo, hasta nuestra propia humanidad?

Nosotros somos tu imagen y tú imagen nuestra, por la unión verificada en el hombre, velando la divinidad eterna con esta nube que es la masa infecta de la carne de Adán. ¿Cuál es la causa de todo esto? Solamente tu amor inefable. Por éste tu amor incomparable imploro, pues, a tu majestad, con todas las fuerzas de mi alma, para que otorgues benignamente tu misericordia a tus miserables creaturas.

Santa Catalina de Siena, Diálogo sobre la divina providencia, Liturgia de las Horas

Fiesta del glorioso mártir San Lorenzo

San Lorenzo 01 01

La Iglesia de Roma nos invita hoy a celebrar el triunfo de san Lorenzo, que superó las amenazas y seducciones del mundo, venciendo así la persecución diabólica. Él, como ya se os ha explicado más de una vez, era diácono de aquella Iglesia. En ella administró la sangre sagrada de Cristo, en ella también derramó su propia sangre por el nombre de Cristo. El apóstol san Juan expuso claramente el significado de la Cena del Señor, con aquellas palabras: Como Cristo dio su vida por nosotros, también nosotros, debemos dar nuestra vida por los hermanos. Así lo entendió san Lorenzo; así lo entendió y así lo practicó; lo mismo que había tomado de la mesa del Señor, eso mismo preparó. Amó a Cristo durante su vida, lo imitó en su muerte.

También nosotros, hermanos, si lo amamos de verdad, debemos imitarlo. La mejor prueba que podemos dar de nuestro amor es imitar su ejemplo, porque Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas. Según estas palabras de san Pedro, parece como si Cristo sólo hubiera padecido por los que siguen sus huellas, y que la pasión de Cristo sólo aprovechara a los que siguen sus huellas. Lo han imitado los santos mártires hasta el derramamiento de su sangre, hasta la semejanza con su pasión; lo han imitado los mártires, pero no sólo ellos. El puente no se ha derrumbado después de haber pasado ellos; la fuente no se ha secado después de haber bebido ellos.
Tenedlo presente, hermanos: en el huerto del Señor no sólo hay las rosas de los mártires, sino también los lirios de las vírgenes y las yedras de los casados, así como las violetas de las viudas. Ningún hombre, cualquiera que sea su género de vida, ha de desesperar de su vocación: Cristo ha sufrido por todos. Con toda verdad está escrito de él: Nuestro Salvador quiere que todos los hombres se salven y lleguen al pleno conocimiento de la verdad.

Entendamos, pues, de qué modo el cristiano ha de seguir a Cristo, además del derramamiento de sangre, además del martirio. El Apóstol, refiriéndose a Cristo, dice: A pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios. ¡Qué gran majestad! Al contrario, se anonadó a sí mismo, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. ¡Qué gran humildad!
Cristo se rebajó: esto es, cristiano, lo que debes tú procurar. Cristo se sometió: ¿cómo vas tú a enorgullecerte? Finalmente, después de haber pasado por semejante humillación y haber vencido la muerte, Cristo subió al cielo: sigámoslo. Oigamos lo que dice el Apóstol: Si habéis sido resucitados con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios.

Fuente: San Agustín, Sermones, Oficio de Lecturas del día, Liturgia de las Horas

Mostrar más publicaciones ...

Suscríbase al Blog de ARCADEI

Stacks Image 25