Necesidad de la fe en la divinidad de Cristo


Durante la vida mortal de Cristo, su divinidad estaba oculta bajo el velo de la humanidad; incluso para aquellos que vivían de continuo con Él, era su divinidad un objeto de fe.

No cabe la menor duda de que los judíos se daban cuenta de la sublimidad de su doctrina. “¿Por ventura ha hablado hombre alguno, decían ellos, como este hombre?” Eran testigos de obras que “sólo Dios, como ellos decían, podía realizar”. Pero veían asimismo que Cristo era hombre; y el Evangelio nos narra que ni siquiera sus propios parientes, que no habían podido conocerle más que en el taller de Nazaret, tenían fe alguna en él, a pesar de sus milagros.

Para nosotros, lo mismo que para los judíos de su tiempo, la fe en la divinidad de Jesucristo constituye el primer paso hacia la vida divina. Creer que Jesús es el Hijo de Dios, Dios como el padre, es la condición primordial para ser contado entre sus ovejas, para ser agradables al Padre.

El cristianismo no es más que la aceptación, en todas sus consecuencias doctrinales y prácticas incluso más lejanas, de la divinidad de Cristo en la Encarnación.

El reino de Cristo, y por medio de él la santidad, se establece en nosotros en la medida de la pureza, de la vida y de la plenitud de nuestra fe en Jesucristo.

Nuestra santidad no es más que el desarrollo de nuestra cualidad de hijos de Dios. Ahora bien, a esta vida de gracia que nos hace hijos de Dios nacemos en primer lugar por la fe: “Quien cree que Jesús es Cristo, ha nacido de Dios”.

No somos verdaderamente hijos de Dios más que si se basa nuestra vida en esta fe.

Fuente: Dom Columba Marmion, Palabras de Vida, Ed. Desclée de Brouwer, 1956, p. 110

Amigos de la Cruz (II)


Aprovechad los sufrimientos pequeños más que los grandes. Dios no repara tanto en lo que se sufre cuanto en cómo se sufre. Sufrir mucho, pero mal, es sufrir como condenados; sufrir mucho y con valor, pero por una causa mala, es sufrir como mártires del demonio; sufrir poco o mucho por Dios, es sufrir como santos.

Si podemos escoger nuestras cruces, optemos por las más pequeñas y deslucidas cuando se presenten junto a grandiosas y esplendidas. El orgullo natural puede pedir, buscar y aún escoger cruces grandiosas y brillantes. Pero escoger y llevar adelante las cruces pequeñas y sin brillo sólo puede ser efecto de una gracia singular y de una fidelidad particular a Dios.

Actuad, pues, como el mercader en su mostrador; sacad provecho de todo, no despreciéis ni la menor partícula de la Cruz verdadera, aunque solo sea la picadura de un mosquito o de un alfiler, las insignificantes singularidades del vecino, una pequeña injuria voluntaria, la perdida de algunos centavos, un ligero malestar, etc.

Sacad provecho de todo, como el tendero en su tienda, y os enriqueceréis según Dios, como se enriquece el, colocando centavo sobre centavo en su mostrador. A la menor contrariedad que os sobrevenga, decid: ¡Bendito sea Dios! ¡Gracias, Dios mío! Guardad luego en la memoria de Dios, que es como vuestra alcancía, la Cruz que acabáis de ganar y no os acordéis más de ella sino para decir: ¡Mil Gracias, Señor! o ¡Misericordia!

Fuente: San Luis María Grignion de Montfort, Carta circular a los amigos de la Cruz

Multiplicación de los panes y los peces


Contempla el maravilloso banquete que la bondad de Jesús da a la infinita muchedumbre, que come hasta saciarse sentada en el humilde césped; y pide al Señor fe y confianza en su providencia.

Considera la devoción y confianza de esta muchedumbre de gente, que sigue a Jesús tres días de camino en el desierto, sin pensar ni de qué se ha de alimentar, ni adónde ha de hospedarse. No se queja de las fatigas del viaje; se siente como enajenada escuchando las palabras de vida eterna de Jesús y encontrándose en su compañía. Le sigue como un rebaño de ovejas a su pastor. ¡Mira qué pocos son los que hoy siguen a Jesús en el desierto! ¡Qué pocos los que de Él se fían y se abandonan a su providencia!

Jesús tiene compasión de aquella pobre gente que estaba en ayunas y que le seguía hacía ya tres días. Si les mando ayunos a sus casas, desfallecerán en el camino. ¡Qué tierno y compasivo es el Corazón de Jesús! Cuenta los días, y aun los momentos de nuestros sufrimientos, y no deja de socorrernos cuando nos conviene. Cuando todo parece desesperado, entonces más bien debemos esperar de Él, porque en tales ocasiones es cuando Jesús suele obrar prodigios en favor nuestro. Si no tienes consuelo alguno de Dios, es, sin duda, porque buscas demasiado los consuelos de la tierra. Si Jesús no hace por ti ningún milagro, es señal de que no esperas en Él. Tengo compasión, dice, de esta pobre gente, porque hace tres días que están conmigo y no tienen qué comer. Es decir, que se ponen en manos de mi providencia y descansan sobre mi vigilancia. Descansa tú en la providencia de Dios, y ésta jamás te faltará. ¡Qué pocos son los cristianos que tienen fe viva y práctica en la providencia de Dios! Toda la confianza la ponen en sus bienes, en su talento, en su prudencia y en su industria; pero jamás en la bondad de Dios. Cuentan con el favor de los amigos, de su crédito y de sus facultades; pero no con el de Jesucristo, como si no conociera sus miserias y no pudiera, o no quisiera remediarlas. ¿Por qué no te abandonas a la providencia divina? ¿Por qué desconfías de su sabiduría, de su poder y de su bondad?

¡Oh Dios omnipotente! ¿Quién soy yo y quién sois Vos? Vos sois el Ser por esencia, y yo soy la nada; Vos sois la misma fortaleza, y yo la debilidad; Vos la luz, y yo todo tinieblas; Vos, finalmente, sois la misma santidad, y yo la malicia. Dios mío, esperanza mía, yo me abandono enteramente en vuestras manos, y en Vos sólo confío.

Fuente: Cf. V.P. Luis de la Puente, Meditaciones espirituales.

Una mujer salvada por su materidad

“Las parteras tuvieron temor de Dios, y en lugar de acatar la orden que les había dado el rey de Egipto, dejaban con vida a los recién nacidos” (Ex. 1, 17)

Chiara se hace una revisión más a fondo. Esta ecografía es tridimensional y a color. La imagen de Maria Grazia Letizia se ve muy nítida. Se mueve, se chupa el dedo y da patadas. Y su problema se percibe perfectamente: la pequeña no tiene la caja craneal. El médico de turno le dice a Chiara que, si hubiera visto antes una ecografía, todavía se podría haber hecho algo. “¿Para prevenir la enfermedad?”. “No, para abortar”. Para ella, que acaba de ver a su hija moverse, es un golpe bajo. “Era claro y evidente que Maria no podría sobrevivir después de nacer. Pero era igual de evidente que estaba viva y estaba haciendo todo lo posible por crecer. Yo no me sentía inclinada a ir en contra de ella, sino a apoyarla como pudiera y no anteponerme a su vida”.

Ella y Enrico habían expresado el deseo de hacerse cargo de niños maltratados a los que nadie amaba, “y el Señor nos ha encomendado una criatura maravillosa, que muchos han desechado, odiado y arrojado al cubo de la basura de un hospital”, escribe Chiara.

Para muchos médicos, el aborto, en este caso, es una opción indiscutible. Hay quien duda que interrumpir este embarazo sea un aborto, como si la niña no existiera.

Una nueva vida no viene a robarnos nada, sino a enriquecernos con su presencia. Una mujer que aborta, es una mujer engañada. “Si te compras una casa con el dinero que has ahorrado matando a tu hijo, esa casa está maldita”.

“Si hubiera abortado, habría sido un momento que hubiera intentado olvidar. El día del nacimiento de María lo podré recordar, en cambio, como uno de los más bonitos de mi vida. Lo que quiero decir a las madres que han perdido a sus hijos es esto: hemos sido madres, hemos tenido este don. No importa el tiempo, lo que cuenta es que hemos recibido este don... y no es algo que se pueda olvidar”.

“Dios imprime la verdad dentro de cada uno de nosotros y no es posible malinterpretarla”. Abortar es rechazar un don. Los padres que acogen a un niño acogen a Dios.

Fuente: Cristiana Troisi, Nacemos para no morir nunca

La Escritura contiene palabras de vida eterna


La finalidad o fruto de la sagrada Escritura no es cosa de poca importancia, pues tiene como objeto la plenitud de la felicidad eterna. Porque la Escritura contiene palabras de vida eterna, puesto que se ha escrito no sólo para que creamos, sino también para que alcancemos la vida eterna, aquella vida en la cual veremos, amaremos y serán saciados todos nuestros deseos; y, una vez éstos saciados, entonces conoceremos verdaderamente el amor de Cristo, que excede todo conocimiento, y así quedaremos colmados hasta poseer toda la plenitud de Dios. En esta plenitud, de que nos habla el Apóstol, la sagrada Escritura se esfuerza por introducirnos. Ésta es la finalidad, ésta es la intención que ha de guiarnos al estudiar, enseñar y escuchar la sagrada Escritura.

Y, para llegar directamente a este resultado, a través del recto camino de las Escrituras, hay que empezar por el principio, es decir, debemos acercarnos, sin otro bagaje que la fe, al Creador de los astros, doblando las rodillas de nuestro corazón, para que él, por su Hijo, en el Espíritu Santo, nos dé el verdadero conocimiento de Jesucristo y, con el conocimiento, el amor, para que así, conociéndolo y amándolo, fundamentados en la fe y arraigados en la caridad, podamos conocer la anchura y la longitud, la altura y la profundidad de la sagrada Escritura y, por este conocimiento, llegar al conocimiento pleno y al amor extasiado de la santísima Trinidad; a ello tienden los anhelos de los santos, en ello consiste la plenitud y la perfección de todo lo bueno y verdadero.

Fuente: Del Breviloquio de san Buenaventura, obispo

San Agustín a los hombres de hoy


A quien busca la verdad le enseña que no pierda la esperanza de encontrarla. Lo enseña con su ejemplo, él la encontró después de muchos años de laboriosa búsqueda, y con su actividad literaria, cuyo programa fija en la primera carta que escribió después de su conversión: “A mí me parece que hay que conducir de nuevo a los hombres a la esperanza de encontrar la verdad”.

A los teólogos, que justamente se afanan por comprender mejor el contenido de la fe, deja Agustín el patrimonio inmenso de su pensamiento, siempre válido en su conjunto, y especialmente el método teológico al que se mantuvo firmemente fiel. Sabemos que este método suponía la adhesión plena a la autoridad de la fe, una en su origen, la autoridad de Cristo, se manifiesta a través de la Escritura, la Tradición y la Iglesia; la seguridad de que la doctrina cristiana viene de Dios.

Se sabe cuánto amaba Agustín la Escritura, y cuánto la estudiaba. La lee en la Iglesia, teniendo en cuenta la Tradición, cuyas propiedades y fuerza obligatoria pone de relieve. Es célebre su expresión: “Yo no creería en el Evangelio si no me indujera a ello la autoridad de la Iglesia católica”.

Frente al triste espectáculo del mal, recuerda a los pensadores que tengan fe en el triunfo final del bien, esto es, de aquella Ciudad “donde la victoria es verdad, la dignidad santidad, la paz felicidad y la vida eternidad”.

A los hombres de ciencia les invita también a reconocer en las cosas creadas las huellas de Dios.

A los hombres que tienen en sus manos los destinos de los pueblos les recomienda que amen sobre todo la paz y que la promuevan no con la lucha, sino con los métodos pacíficos, porque, escribe él sabiamente, “es título de gloria más grande matar la guerra con la palabra que los hombres con la espada, y procurar o bien mantener la paz con la paz, no con la guerra”.

A los jóvenes, a quienes Agustín amó mucho como profesor antes de su conversión, y como Pastor, después, él les recuerda su gran trinomio: verdad, amor, libertad; tres bienes supremos que se dan juntos. Y les invita a amar la belleza, él que fue un gran enamorado de ella. La belleza eterna de Dios, de la que proviene la belleza de los cuerpos, del arte y de la virtud. Agustín, recordando los años anteriores a su conversión, se lamenta amargamente de haber amado tarde esta “belleza tan antigua y tan nueva”, y quiere que los jóvenes no le sigan en esto, sino que, amándola siempre y por encima de todo, conserven perpetuamente en ella el esplendor interior de su juventud.

Fuente: San Juan Pablo II, Carta apostólica Augustinum Hipponensem

Evitar las malas lecturas


Si deseáis que os manifieste una cosa que me preocupa mucho, os la diré. Tenedlo bien presente: no leáis nunca libros de cuya excelencia no estéis seguros, sin pedir antes consejo a quien os lo pueda dar con recto criterio. Por caridad, no leáis ningún libro malo, y tampoco aquellos que no son convenientes para vuestra edad o para las circunstancias en que os encontrareis, y que por lo tanto pueden resultar peligrosos para vuestras almas. Entregádselos (si los tenéis) a los Superiores, o destruidlos inmediatamente.

Todo lo que se dice de los libros que atacan las buenas costumbres, se aplica también a los que van contra la religión, contra la Iglesia, contra sus ministros, contra las prácticas de piedad; porque no sólo se trata de preservar las buenas costumbres, sino que principalmente es necesario mantener nuestra fe pura e inmaculada; aquella fe sin la cual, dice San Pablo, es imposible agradar a Dios; que es la vida del hombre justo; aquella fe, en cuyo testimonio vertieron su sangre millares de mártires.

Y aun suponiendo que en libros de tal naturaleza pudieran encontrarse ciertas bellezas literarias, yo os pregunto: “¿Beberías vosotros gustosamente un licor que sabéis estar envenenado, sólo porque se os ofrece en copa de oro?” Indudablemente, no. Tanto más, cuanto que entre nosotros, los católicos, sin necesidad de recurrir a tales obras, pueden hallarse otras innumerables -en cualquier ramo de las ciencias divinas y humanas- aptas para distraernos e instruirnos sin peligro alguno, y por el contrario, con inmenso provecho de nuestras almas.

Fuente: San Juan Bosco, La juventud instruida

Los símbolos católicos escondidos en El Señor de los Anillos


Tolkien es considerado uno de los mejores escritores en lengua inglesa. Su novela “El Señor de los anillos” tiene millones de admiradores. Nació en 1892, pero casi no conoció a su padre y su madre falleció cuando tenía 12 años. Quedó al cuidado de los sacerdotes oratorianos y su tutor legal fue el Padre Francis Xavier Morgan. A través de él conoció las ideas del cardenal Newman. Por eso, el experto en Tolkien Joseph Pearce, autor del libro “Tolkien: hombre y mito”; dice que “El Hobbit” y “El Señor de los Anillos” reflejan su fe católica.

Joseph Pearce:

“Dijo que El Señor de los Anillos es una obra fundamentalmente religiosa y católica, inconscientemente al principio, conscientemente en la revisión. Hizo que cualquier cosa en la historia que no fuera fiel a la comprensión católica de la realidad, a la teología católica, se corrigiese para asegurarse de que el 'El Señor de los Anillos' se ajustara a la fe católica”.

Según Joseph Pearce, hay muchos eventos y fechas importantes que ocurren en “El Señor de los Anillos” que están relacionados con el catolicismo.

Joseph Pearce:

“El uso del anillo es cometer pecado, el acto del pecado. Sin embargo, llevarlo, llevarlo es como cargar la cruz. Entonces Frodo se convierte en un portador de la cruz y, por lo tanto, una figura de Cristo. Otra cosa interesante es la comunidad del Anillo que sale de Rivendel el 25 de diciembre. El viaje de Frodo de Rivendel a la Montaña de Fuego, que recuerda al Gólgota, es la vida de Cristo, desde su nacimiento hasta su muerte”.

Recuerda que en la novela, el anillo se destruye el 25 de marzo, fiesta de la Anunciación de la Virgen María. Algunos creen que ese día coincide con la fecha en la que Cristo fue crucificado. Por eso, la destrucción del anillo es el mismo día en que Jesús se hace hombre y también el día en que derrotó al pecado. Según Joseph Pearce, aunque al principio muchas personas pasan por alto el catolicismo de “El Señor de los Anillos”, Tolkien tenía la intención de comunicar la fe a través de la narración, un enfoque que Jesús usó también en sus parábolas.

Joseph Pearce:

“Entonces, si Cristo mismo santifica las historias, al enseñarnos algunas de las lecciones importantes a través de la narración de historias, podemos ver cómo las historias, cómo la ficción puede ser una forma muy poderosa de transmitir la verdad”.

Para Joseph Pearce, esta forma sutil de Tolkien de utilizar estas novelas de fantasía para comunicar la fe permite a los no cristianos entrar en la historia y también acercarse a Jesús.

Fuente: romereports.com

Sobre la Oración dominical, el Padre nuestro


A nosotros, cuando oramos, nos son necesarias las palabras: ellas nos amonestan y nos descubren lo que debemos pedir, pero lejos de nosotros el pensar que las palabras de nuestra oración sirvan para mostrar a Dios lo que necesitamos o para forzarlo a concedérnoslo.

Por tanto, al decir: Santificado sea tu nombre, nos amonestamos a nosotros mismos para que deseemos que el nombre del Señor, que siempre es santo en sí mismo, sea también tenido como santo por los hombres, es decir, que no sea nunca despreciado por ellos; lo cual, ciertamente redunda en bien de los mismos hombres y no en bien de Dios. Y cuando añadimos: Venga a nosotros tu reino, lo que pedimos es que crezca nuestro deseo de que este reino llegue a nosotros y de que nosotros podamos reinar en él, pues el reino de Dios vendrá ciertamente, lo queramos o no. Cuando decimos: Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, pedimos que el Señor nos otorgue la virtud de la obediencia, para que así cumplamos su voluntad como la cumplen sus ángeles en el cielo. Cuando decimos: Danos hoy nuestro pan de cada día, con el hoy queremos significar el tiempo presente, para el cual, al pedir el alimento principal, pedimos ya lo suficiente, pues con la palabra pan significamos todo cuanto necesitamos, incluso el sacramento de los fieles, el cual nos es necesario en esta vida temporal, aunque no sea para alimentarla, sino para conseguir la vida eterna. Cuando decimos: Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, nos obligamos a pensar tanto en lo que pedimos como en lo que debemos hacer, no sea que seamos indignos de alcanzar aquello por lo que oramos. Cuando decimos: No nos dejes caer en la tentación, nos exhortamos a pedir la ayuda de Dios, no sea que, privados de ella, nos sobrevenga la tentación y consintamos ante la seducción o cedamos ante la aflicción. Cuando decimos: Y líbranos del mal, recapacitamos que aún no estamos en aquel sumo bien en donde no será posible que nos sobrevenga mal alguno. Y estas últimas palabras de la oración dominical abarcan tanto, que el cristiano, sea cual fuere la tribulación en que se encuentre, tiene en esta petición su modo de gemir, su manera de llorar, las palabras con que empezar su oración, la reflexión en la cual meditar y las expresiones con que terminar dicha oración. Es, pues, muy conveniente valerse de estas palabras para grabar en nuestra memoria todas estas realidades.

Porque todas las demás palabras que podamos decir, bien sea antes de la oración, para excitar nuestro amor y para adquirir conciencia clara de lo que vamos a pedir, bien sea en la misma oración, para acrecentar su intensidad, no dicen otra cosa que lo que ya se contiene en la oración dominical, si hacemos la oración de modo conveniente. Y quien en la oración dice algo que no puede referirse a esta oración evangélica, si no ora ilícitamente, por lo menos hay que decir que ora de una manera carnal. Aunque no sé hasta qué punto puede llamarse lícita una tal oración, pues a los renacidos en el Espíritu solamente les conviene orar con una oración espiritual.

Fuente: De la carta de san Agustín a Proba, Liturgia de las Horas

Que nuestro deseo de la vida eterna se ejercite en la oración


¿Por qué en la oración nos preocupamos de tantas cosas y nos preguntamos cómo hemos de orar, temiendo que nuestras plegarias no procedan con rectitud, en lugar de limitarnos a decir con el salmo: Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida; gozar de la dulzura del Señor, contemplando su templo? En aquella morada, los días no consisten en el empezar y en el pasar uno después de otro ni el comienzo de un día significa el fin del anterior; todos los días se dan simultáneamente, y ninguno se termina allí donde ni la vida ni sus días tienen fin.

Para que lográramos esta vida dichosa, la misma Vida verdadera y dichosa nos enseñó a orar; pero no quiso que lo hiciéramos con muchas palabras, como si nos escuchara mejor cuanto más locuaces nos mostráramos, pues, como el mismo Señor dijo, oramos a aquel que conoce nuestras necesidades aun antes de que se las expongamos.

Puede resultar extraño que nos exhorte a orar aquel que conoce nuestras necesidades antes de que se las expongamos, si no comprendemos que nuestro Dios y Señor no pretende que le descubramos nuestros deseos, pues él ciertamente no puede desconocerlos, sino que pretende que, por la oración, se acreciente nuestra capacidad de desear, para que así nos hagamos más capaces de recibir los dones que nos prepara. Sus dones, en efecto, son muy grandes, y nuestra capacidad de recibir es pequeña e insignificante. Por eso, se nos dice: Dilatad vuestro corazón.

Cuanto más fielmente creemos, más firmemente esperamos y más ardientemente deseamos este don, más capaces somos de recibirlo; se trata de un don realmente inmenso, tanto, que ni el ojo vio, pues no se trata de un color; ni el oído oyó, pues no es ningún sonido; ni vino al pensamiento del hombre, ya que es el pensamiento del hombre el que debe ir a aquel don para alcanzarlo.

Así, pues, constantemente oramos por medio de la fe, de la esperanza y de la caridad, con un deseo ininterrumpido. Pero, además, en determinados días y horas, oramos a Dios también con palabras, para que, amonestándonos a nosotros mismos por medio de estos signos externos, vayamos tomando conciencia de cómo progresamos en nuestro deseo y, de este modo, nos animemos a proseguir en él. Porque, sin duda alguna, el efecto será tanto mayor, cuanto más intenso haya sido el afecto que lo hubiera precedido. Por tanto, aquello que nos dice el Apóstol: Sed constantes en orar, ¿qué otra cosa puede significar sino que debemos desear incesantemente la vida dichosa, que es la vida eterna, la cual nos ha de venir del único que la puede dar?

Fuente: De la carta de san Agustín a Proba, Liturgia de las Horas

El testimonio de una madre


Me llamo Rosa Pich. Nací en Barcelona hace algo más de 50 años y soy la octava de 16 hermanos. Me casé en el 89 con quien ha sido mi más fiel acompañante, José María Postigo. Él era el séptimo de 14 hermanos.

Mi marido y yo teníamos la ilusión de formar una familia numerosa. Nos casamos jóvenes: él con 28 y yo con 23 años. Ambos proveníamos de familias numerosas. Al año de casarnos tuvimos la ilusión de ver llegar a nuestra primera hija, pero a las pocas horas de nacer tuvieron que llevársela de nuestro lado pues había nacido con una cardiopatía muy severa y debían trasladarla a un hospital con más medios técnicos. Esos primeros días, los médicos nos avisaron de que no viviría más de tres años; pero gracias a Dios, con operaciones y marcapasos, vivió hasta los 22. Nuestro segundo hijo, Javi, murió al año y medio, también a causa de un problema de corazón. Nuestra tercera hija, Montsita, murió a los 10 días, pues había nacido sin aorta. En menos de cuatro meses tuvimos que enterrar a dos de nuestros hijos y con la incertidumbre de que la mayor pudiera sobrevivir: fueron tiempos difíciles.

Los médicos nos aconsejaron que no tuviéramos más hijos pues, si hasta ese momento todos habían nacido enfermos, los siguientes también nacerían con problemas. “No tengáis más hijos” fue el mensaje claro y directo. Pero nacieron 15 más. La decisión de papá y mamá de engendrar una nueva vida es una decisión de los dos, y solo nosotros decidimos sobre estos aspectos.

Mi marido se falleció el 6 de marzo de 2017 debido a un cáncer de hígado. Ahora nos cuida desde Arriba. Es muy duro, pero gracias a la fe en Dios Padre, estar delante del Santísimo, rezar el Rosario todos los días en familia, la Misa diaria, gracias a que me siento querida y arropada por 15 hijos es posible tomar la Cruz y seguir adelante.

Fuente: Cf. comoserfelizconunodostreshijos.com

Guiados por la liturgia esperemos el Nacimiento de Cristo


La Navidad ya está cerca. Mientras se dan los últimos toques al belén y al árbol navideño, es preciso preparar el corazón para vivir intensamente este gran misterio de la fe.

En los últimos días del Adviento, la liturgia pone de relieve en particular a la figura de María. En su Corazón, con su “He aquí” lleno de fe, como respuesta a la llamada divina, comenzó la encarnación del Redentor. Por eso, si queremos comprender el significado auténtico de la Navidad, debemos mirarla e invocarla a Ella.

María, la Madre por excelencia, nos ayuda a comprender las palabras clave del misterio del nacimiento de su Hijo divino: humildad, silencio, asombro y alegría.

Nos exhorta, ante todo, a la humildad, para que Dios encuentre espacio en nuestro corazón, no oscurecido por el orgullo y la soberbia. Nos indica el valor del silencio, que sabe escuchar el canto de los ángeles y el llanto del Niño, sin ahogarlos con el alboroto y la confusión. Junto a Ella nos presentaremos ante el belén con íntimo asombro, saboreando la alegría sencilla y pura que este Niño trae a la humanidad.

En la Noche santa, el astro naciente, “esplendor de la luz eterna, sol de justicia”, vendrá a iluminar a quienes yacen en las tinieblas y en las sombras de la muerte. Guiados por la liturgia, hagamos nuestros los sentimientos de la Virgen y esperemos conmovidos el nacimiento de Cristo.

Fuente: San Juan Pablo II, Ángelus del 21 de diciembre de 2003

Reina de la familia


Como en el belén, la mirada de fe nos permite abrazar al mismo tiempo al Niño divino y a las personas que están con él: su Madre santísima, y José, su padre putativo. ¡Qué luz irradia este icono de grupo de la santa Navidad! Luz de misericordia y salvación para el mundo entero, luz de verdad para todo hombre, para la familia humana y para cada familia. ¡Cuán hermoso es para los esposos reflejarse en la Virgen María y en su esposo José! ¡Cómo consuela a los padres, especialmente si tienen un hijo pequeño! ¡Cómo ilumina a los novios, que piensan en sus proyectos de vida!

El mensaje que viene de la Sagrada Familia es, ante todo, un mensaje de fe: la casa de Nazaret es una casa en la que Dios ocupa verdaderamente un lugar central. Para María y José esta opción de fe se concreta en el servicio al Hijo de Dios que se le confió, pero se expresa también en su amor recíproco, rico en ternura espiritual y fidelidad.

María y José enseñan con su vida que el matrimonio es una alianza entre el hombre y la mujer, alianza que los compromete a la fidelidad recíproca, y que se apoya en la confianza común en Dios. Se trata de una alianza tan noble, profunda y definitiva, que constituye para los creyentes el sacramento del amor de Cristo y de la Iglesia. La fidelidad de los cónyuges es, a su vez, como una roca sólida en la que se apoya la confianza de los hijos. Cuando padres e hijos respiran juntos esa atmósfera de fe, tienen una energía que les permite afrontar incluso pruebas difíciles, como muestra la experiencia de la Sagrada Familia.

Encomiendo a María, Reina de la familia, a todas las familias del mundo, especialmente a las que atraviesan grandes dificultades, e invoco sobre ellas su protección materna.

Fuente: San Juan Pablo II, Ángelus del 29 de diciembre de 1996

Consuelo de los afligidos


Cuando el dolor se nos presenta en alguna de sus formas, se pregunta uno angustiosamente ¿por qué el dolor?

Solamente la fe nos da una respuesta tranquilizadora, digna de la Sabiduría de Dios y de la dignidad del hombre.

El pecado introdujo en el mundo el dolor y la muerte: del pecado provienen las adversidades.

El dolor recibió de Dios una misión providencial; es el artífice de toda grandeza moral. Para que el dolor cumpla en nosotros su misión debe ser acogido con fe consciente y con cristiana resignación.

Sin embargo, el dolor es siempre dolor y exprime del corazón las lágrimas que son la sangre del alma. ¿Quién podrá ofrecernos el alivio necesario? ¿Quién podrá consolarnos? María Santísima, nuestra amorosa Madre la Consoladora de los afligidos, Ella puede y quiere endulzar nuestras amarguras y aliviar nuestros dolores, si se lo permitimos.

María hace suyas nuestras aflicciones y se apropia nuestro dolor, si se lo entregamos, y una sola mirada de piedad y de amor de esta dulce Madre basta para tranquilizar el corazón más adolorado y suavizar las más fuertes adversidades.

¡Oh Madre piadosa, Consuelo de los afligidos, calma nuestras angustias!

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Santa Madre de Dios


Después de haber invocado a María con su Nombre, pasamos ahora a invocarla con una serie de títulos muy apropiados. Y ante todo con la más excelsa de sus dignidades, principio y fundamente de todas las demás, la sublime y singular dignidad de Madre de Dios.

La Divina Maternidad de María es Dogma y Artículo fundamental de nuestra fe.

En la base de nuestra religión tenemos dos inefables misterios: el Misterio de la Santísima Trinidad y el de la Encarnación del Verbo.

La Encarnación supone la Trinidad. El Hijo que se ha encarnado supone El Padre del cual ha sido engendrado, y si se ha encarnado por obra del Espíritu Santo, confirma la existencia de esta tercera Persona de la Santísima Trinidad y no se puede imaginar la Encarnación sin una Madre que proporcione la naturaleza humana al Verbo. He aquí cómo la divina Maternidad de María entra en el fundamento y en el nexo esencial de las supremas verdades de nuestra religión. Y así como los principales artículos de la fe revelada (la Redención, la Gracia, la Iglesia, los Sacramentos, la vida eterna, etc.) son consecuencias del Misterio de la Encarnación, así estas importantes verdades tienen una íntima e indiscutible relación con el Dogma de la Divina Maternidad de María.

Santa Madre de Dios porque Ella es madre de la naturaleza humana de Cristo; pero esta naturaleza humana está en Cristo indisolublemente, personalmente, hipostáticamente unida a la naturaleza divina en unidad de Persona, y ésta es divina. María es por lo tanto, Madre de esta Persona divina, Jesucristo, Dios y hombre verdadero.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

No temamos ser cristianos


Para trabajar por la conservación de la fe es necesario adoptar un lenguaje cristiano, usar el lenguaje de la fe. Cambiad el lenguaje del mundo. Por una culpable tolerancia hemos dejado que Nuestro Señor Jesucristo fuese desterrado de las costumbres, de las leyes, de las formas y conveniencias sociales, y en los salones de los grandes nadie se atrevería a hablar de Jesucristo. Aun entre católicos prácticos, parecería extraño hablar de Jesucristo sacramentado.

Hay tantos -dicen- que no cumplen con la Iglesia ni asisten al sacrificio de la misa, que teme uno molestar a alguno de los contertulios, y tal vez el mismo dueño de la casa se encuentra en este caso. Se hablará del arte religioso, de las verdades morales, de la belleza de la religión; pero de Jesucristo, de la Eucaristía... jamás. Cambiad todo esto; haced profesión de vuestra fe. En fin, es necesario demostrar que Nuestro Señor tiene derecho a vivir y a reinar en el lenguaje social. Es una deshonra para los católicos tener siempre a Jesucristo bajo el celemín, como lo hacen. Es preciso mostrarle en todas partes. El que hace profesión explícita de su fe y el que sin respetos humanos pronuncia reverentemente el Nombre de Jesucristo se coloca en la corriente de su Gracia. ¡Hace falta que todos sepan públicamente cuál es nuestra fe!

Se oye a cada paso proclamar principios ateos; por doquiera se encuentran gentes que se jactan de no creer en nada, y nosotros ¿hemos de temer afirmar nuestras creencias y pronunciar el Nombre de nuestro divino Maestro?

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Jesús está realmente entre nosotros


Nuestro Señor Jesucristo está en el Santísimo Sacramento para recibir de los hombres los mismos homenajes que recibió de los que tuvieron la fortuna de tratarle durante su vida mortal. Está allí para que todo el mundo pueda tributar a su santa humanidad honores personales. Deberíamos considerarnos dichosos por poder rendir a Jesucristo en persona los homenajes que dimanan de nuestros deberes de cristianos.

Nuestro Señor, como hombre, no está más que en el Cielo y en el santísimo Sacramento. Por la Eucaristía podemos aproximarnos al Salvador en Persona estando vivo, y podemos verle y hablarle... Sin esta Presencia el culto caería en una abstracción.

Mediante esta Presencia vamos a Dios directamente y nos acercamos a Él como cuando vivía en la tierra.

Por estar Jesucristo realmente en la Eucaristía, puedo yo hoy en día adorar como los pastores y postrarme ante Él como los magos: no hay por qué envidiar la dicha de los que estuvieron en Belén o en el Calvario.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Recordando la Beatificación de Carlos de Austria

Fotografías de la Beatificación de Carlos de Austria


En 1925, se inició el proceso de canonización de Carlos de Austria. En 1949 fue declarado “Siervo de Dios”. El 12 de abril de 2003 el Santo Padre Juan Pablo II promulga el Decreto de sus virtudes heroicas otorgándole el título de “Venerable”. El 21 de diciembre del mismo año, la Congregación para las Causas de los Santos certificó, sobre la base de tres opiniones médicas expertas, que en 1960, se produjo un milagro por intercesión del Venerable Carlos; la curación científicamente inexplicable de una monja polaca residente en Brasil con debilitantes venas varicosas.

El 3 de octubre de 2004 el Papa beatificó en Roma a Carlos de Austria junto a otros cuatro Venerables Siervos de Dios. Estuvieron presentes más de cien descendientes del Beato Carlos, entre ellos, cuatro de sus ocho hijos que hasta el momento estaban vivos: Otto, el mayor, Carlos Luis, Félix, y Rodolfo, el menor de los varones. Un bisnieto del Beato presentó su reliquia en la ceremonia.

En su Discurso a los peregrinos, el Papa dijo: “Carlos de Austria quiso cumplir siempre la voluntad de Dios. La fe fue para él el criterio en su responsabilidad como soberano y padre de familia. Siguiendo su ejemplo, que la fe en Dios marque también la orientación de vuestra vida. Que los nuevos beatos os acompañen en vuestra peregrinación hacia la patria celestial”.

Un testimonio muy significativo sobre la admiración manifestada por San Juan Pablo II hacia el Beato Carlos es el del archiduque Rodolfo, quien relata: “Durante una audiencia privada que el Papa Wojtyla concedió a mi familia y también a mi madre, la emperatriz Zita, habló con gran entusiasmo de mi padre, el emperador Carlos. Y dirigiéndose a mi madre, la llamaba mi emperatriz y cada vez se inclinaba hacia ella. En un cierto momento, dijo: ¿Sabéis por qué en el bautismo fui llamado Carlos (Karol)? Precisamente porque mi padre tenía una gran admiración por el emperador Carlos I, a quien sirvió como soldado”.

Fuente: Cf. beatocarlos.com

El Padre Pío en los altares (VI)


“Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has revelado estas cosas a los pequeños”.

¡Cuán apropiadas resultan estas palabras de Jesús, cuando te las aplicamos a ti, humilde y amado Padre Pío!

Enséñanos también a nosotros, te lo pedimos, la humildad de corazón, para ser considerados entre los pequeños del Evangelio, a los que el Padre prometió revelar los misterios de su Reino.

Ayúdanos a orar sin cansarnos jamás, con la certeza de que Dios conoce lo que necesitamos, antes de que se lo pidamos.

Alcánzanos una mirada de fe capaz de reconocer prontamente en los que sufren el rostro mismo de Jesús.

Sostennos en la hora de la lucha y de la prueba y, si caemos, haz que experimentemos la alegría del sacramento del perdón.

Transmítenos tu tierna devoción a María, Madre de Jesús y Madre nuestra.

Acompáñanos en la peregrinación terrena hacia la Patria feliz, a donde esperamos llegar también nosotros para contemplar eternamente la gloria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 16 de junio de 2002

El Padre Pío en los altares (I)


Este humilde fraile capuchino ha asombrado al mundo con su vida dedicada totalmente a la oración y a la escucha de sus hermanos.

Innumerables personas fueron a visitarlo al convento de San Giovanni Rotondo, y esas peregrinaciones no han cesado, incluso después de su muerte. Cuando yo era estudiante, aquí en Roma, tuve ocasión de conocerlo personalmente.

“El que cree en mí, también hará las obras que yo hago, e incluso mayores”. Escuchamos estas palabras de Cristo y nuestro pensamiento se dirige al humilde fraile capuchino del Gargano. La vida de este humilde hijo de san Francisco fue un constante ejercicio de fe, corroborado por la esperanza del cielo, donde podía estar con Cristo.

¿Qué otro objetivo tuvo la durísima ascesis a la que se sometió el Padre Pío desde su juventud, sino la progresiva identificación con el divino Maestro, para estar donde está Él? Quien acudía a San Giovanni Rotondo para participar en su misa, para pedirle consejo o confesarse, descubría en él una imagen viva de Cristo doliente y resucitado. En el rostro del Padre Pío resplandecía la luz de la Resurrección. Su cuerpo, marcado por los estigmas, mostraba la íntima conexión entre la muerte y la resurrección. Para el Padre Pío la participación en la Pasión tuvo notas de especial intensidad: los dones singulares que le fueron concedidos y los consiguientes sufrimientos interiores y místicos le permitieron vivir una experiencia plena y constante de los padecimientos del Señor, convencido firmemente de que el Calvario es la montaña de los santos.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 2 de mayo de 1999

Meditando en el Vía Crucis (V)


Quinta estación: Jesús ayudado por Simón Cireneo

Las mejillas del Señor palidecen por momentos y sus pasos se hacen más vacilantes. Los verdugos se alarman: si falleciera Jesús en el camino terminaría el gran acontecimiento del día. Los orgullosos soldados romanos no se rebajan a llevar la Cruz.

En aquel momento pasa por allí un pobre labrador y le obligan a cargar el pesado madero. Los soldados y los fariseos se burlan. Jesús premia la bondad de Simón con una palabra de gratitud, y más tarde con la gracia de la fe.

¡Oh buen Jesús!, cuán comprensivo sois de nuestra naturaleza, que en ciertas horas dolorosas se niega a proseguir luchando. Tú conoces las agonías de la vida y el consuelo de un amor abnegado. Las manos bienhechoras de Simón simbolizan las manos de quienes se dedican generosamente a la caridad, interviniendo allí donde una cruz deja sentir su peso. Tu palabra nos anima: “Todo lo que hicisteis con uno de estos pequeños, conmigo lo hicisteis”. Te prometemos reparar la dureza de corazón que tanto te aflige, con el espíritu de Simón, haciendo el bien al prójimo. Si me has dado mucho, daré mucho; si poco, sacrificaré gustoso de ese poco, pues las obras de caridad nunca empobrecen.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

Oración por los hijos a la Virgen del Perpetuo Socorro


¡Madre mía, socorre a mis hijos! Que esta palabra sea el grito de mi corazón desde la aurora. ¡Oh María! que tu bendición los acompañe, los guarde, los defienda, los anime, los sostenga en todas partes y en todas las cosas.

Cuando postrados ante la presencia del Señor le ofrezcan sus tributos de alabanza y oración, cuando le presenten sus necesidades, o imploren sus divinas misericordias.

¡Madre mía socorre a mis hijos!

Cuando se dirijan al trabajo donde el deber los llama, cuando pasen de una ocupación a otra, a cada movimiento que ejecuten, a cada paso que den y a cada nueva acción.

¡Madre mía socorre a mis hijos!

Cuando la prueba venga a ejercitar su debilísima virtud y el cáliz del sufrimiento se muestre antes sus ojos, cuando la Divina Misericordia, quiera instruirlos y purificarlos por el sufrimiento.

¡Madre mía socorre a mis hijos!

Cuando el infierno desencadenado contra ellos se esfuerce en seducirlos con los atractivos del placer, las violencias de las tentaciones y los malos ejemplos. ¡Madre mía socorre y preserva de todo mal a mis hijos!

Cuando se dirijan a buscar el remedio de sus males y la curación de sus heridas en el Tribunal de la reconciliación y de la paz. ¡Madre mía socorre a mis hijos!

Cuando se acerquen a la Sagrada Mesa para alimentarse con el Pan de los Ángeles, con el Verbo hecho carne por nosotros en tus purísimas entrañas. ¡Madre mía bendice a mis hijos!

Cuando en la noche se dispongan al descanso a fin de continuar con nuevo fervor al día siguiente su camino hacia la Patria eterna. ¡Madre mía bendice a mis hijos!

Que tu bendición, Madre mía, descienda sobre ellos, en el día, en la noche, en el consuelo, en la tristeza, en el trabajo, en el descanso, en la salud y en la enfermedad, en la vida y en la muerte y que esta no sea repentina, y por toda una eternidad. Así sea.

Fuente: es.aleteia.org

Instaurar todas las cosas en Cristo

S.S. Pio XII, canonizando al Sumo Pontífice Pio X el 3 de septiembre de 1954

El amable carácter de Pío X y la bondad de su corazón han sido atestiguados por todos cuantos tuvieron con él algún contacto. Pero sería un gran error creer que esta característica tan atrayente de Pío X le retratara plenamente o resumiera sus dotes y cualidades, nada más lejos de la verdad. Al lado de esta “bondad”, y felizmente combinada con la ternura de su corazón paternal, poseía una indomable energía de carácter.

Cuando surgía alguna cuestión en la que se hacía necesario definir y mantener los derechos y libertad de la Iglesia, cuando la pureza e integridad de la verdad católica requerían afirmación y defensa o era preciso sostener la disciplina eclesiástica contra la relajación o las influencias mundanas, Pío X revelaba entonces toda la fuerza y energía de su carácter y el intrépido valor de un gran Pontífice consciente de la responsabilidad de su sagrado ministerio y de los deberes que creía tenía que cumplir a toda costa. Era inútil, en tales ocasiones, que nadie tratara de doblegar su constancia; toda tentativa de intimidarle con amenazas o de halagarle con especiosos pretextos o recursos meramente sentimentales, estaba condenada al fracaso.

Su mirada, su conversación, todo su ser, respiraban tres cosas: bondad, firmeza, fe. La bondad del hombre, la firmeza del dirigente y la fe del cristiano, del sacerdote, del Pontífice, del hombre de Dios.

Tenía la clara visión de la rectitud, y esta clara visión no podían engañarla ninguna mentira, sofisma o hipocresía. Con calma, sin inmutarse, denunciaba y condenaba el error adondequiera que lo viese; ninguna consideración era capaz de doblegarle. Pío X demostró ser un verdadero dirigente. Su nombre permanecerá para siempre ligado a la reorganización de los Tribunales y Congregaciones Romanas y a la codificación del Derecho Canónico, trabajo colosal terminado con rapidez. Ningún Papa ha sido tan reformador y tan moderno como este valiente adversario de los errores modernistas. Fiel a su consigna, acometió la empresa de restaurar y renovar todas las cosas en Jesucristo.

Fuente: Cardenal Rafael Merry del Val, El Papa San Pio X: Memorias

Una antigua devoción

En el siglo XVI El Papa Nicolás V otorgó indulgencia a la devoción por los Catorce Santos Auxiliadores.

Oh Santos Auxiliadores: San Blas, celoso obispo y benefactor de los pobres; San Jorge, valiente Mártir de Cristo; San Acacio, útil abogado en la muerte; San Erasmo, poderoso protector de los oprimidos; San Vito, protector especial de la castidad; San Cristóbal, poderoso intercesor en los peligros; Santa Margarita, valiente campeona de la Fe; San Pantaleón, milagroso ejemplar de caridad; San Ciríaco, terror del Infierno; San Gil, despreciador del mundo; San Eustaquio, ejemplar de la paciencia en la adversidad; San Dionisio, brillante espejo de fe y confianza; Santa Catalina, victoriosa defensora de la Fe y la pureza; Santa Bárbara, poderosa patrona de los moribundos, Rogad por nosotros.

Oh Señor, que a través de la intercesión de San Blas,

nos confirmes en la Esperanza.

Que a través de la intercesión de San Jorge,

nos preserves en la Fe.

Que a través de la intercesión de San Acacio,

nos otorgues una muerte santa.

Que a través de la intercesión de San Erasmo,

enardezcas en nosotros tu Santo Amor.

Que a través de la intercesión de San Vito,

nos enseñes el valor del alma.

Que a través de la intercesión de San Cristóbal,

nos preserves del pecado.

Que a través de la intercesión de Santa Margarita,

nos preserves del Infierno.

Que a través de la intercesión de San Pantaleón,

nos des caridad para nuestro prójimo.

Que a través de la intercesión de San Ciríaco,

nos otorgues la resignación a tu Santa Voluntad.

Que a través de la intercesión de San Gil,

nos otorgues un Juicio piadoso.

Que a través de la intercesión de San Eustaquio,

nos des paciencia en la adversidad.

Que a través de la intercesión de San Dionisio,

nos des tranquilidad de conciencia.

Que a través de la intercesión de Santa Catalina,

acortes nuestro Purgatorio.

Que a través de la intercesión de Santa Bárbara,

nos recibas en el Cielo. Amén.

Fuente: Cf. es.aleteia.org

Ejemplo y legado

A la izquierda un bisnieto del Beato Carlos de Austria junto a su familia, y a la derecha una histórica foto

La pareja que aparece a la derecha de esta foto, eran el emperador Carlos y la emperatriz Zita de Habsburgo. Su biznieto el archiduque Imre de Habsburgo-Lorena, descifra esta histórica fotografía: “Esta foto siempre me ha conmovido muchísimo. Muestra a mis bisabuelos, el beato Carlos de Austria y la Sierva de Dios Zita, de rodillas junto a un tren detenido, en una misa al aire libre.

Fue tomada en octubre de 1921 durante el segundo intento de restauración en Hungría. En efecto, Carlos, rey legítimo de Hungría, había sido coronado y consagrado rey en 1916 y, para él, esta coronación representaba prácticamente un sacramento. Dios le había confiado Hungría y Carlos quería honrar su compromiso hasta su término. La misa a la que asistía la pareja tenía lugar justamente antes de un momento trágico. El almirante Horthy, en el poder en Hungría, estaba decidido a no dejar a Carlos subir de nuevo al trono, él que sin embargo había jurado fidelidad a mi bisabuelo unos años antes. Poco tiempo después, Carlos y Zita fueron apresados y finalmente embarcados en un barco que debía conducirles al exilio en Portugal.

Esta foto dice mucho de la manera como Carlos y Zita vivían su fe. Ambos asistían a misa cada día. Dios era claramente el centro de sus vidas, tanto en las alegrías como en las penas. Durante el reinado de Carlos, la pareja vivió momentos muy difíciles. Desde su ascenso al trono, el emperador no dejó de promover la paz en una Europa que se rasgaba. Había sido además el único monarca que aceptó la propuesta de paz de Benedicto XV. Pero conoció la traición, a veces incluso de sus mismos familiares, y la humillación de ver el imperio disolverse después de más de 600 años de vínculo entre una familia, los Habsburgo, y sus pueblos. A pesar de los momentos difíciles y la pobreza, el emperador nunca cultivó el rencor. A sus hijos les repetía que tenían que estar agradecidos por lo que tenían. Mi abuelo (hijo de Carlos y Zita) nos repetía a menudo que su madre había seguido este ejemplo. Para ella, la voluntad de Dios era perfecta, había un plan. Por tanto intentaba acoger cada uno de los episodios de su vida como los frutos de la voluntad divina.

Esta foto ilustra también la humildad. Ante Dios, Carlos y Zita tenían conciencia de no ser más que pequeños instrumentos. El emperador Carlos dirigía un imperio gigantesco. Él siempre vivió esta misión con un gran sentimiento de servicio. Esta dimensión de servicio se palpa en esta foto.

Su ejemplo está todavía muy presente en nuestra familia. El 3 de octubre de 2004, estuvimos todos presentes en la plaza de San Pedro para la beatificación de Carlos. Su fiesta es el 21 de octubre, día de su matrimonio. Carlos y Zita son una fuente de inspiración para todas las parejas. El día de su compromiso, ante el Santísimo Sacramento, se prometieron el uno al otro que se ayudarían a convertirse en santos. Como padre de familia, son un modelo en el día a día para nuestra pareja. Siguiéndolos a ellos, intentamos poner a Dios en el centro de nuestra vida, especialmente rezando el rosario en familia. Después, como todo cristiano, intentamos servir al bien común en nuestras actividades de cada día. A pesar de los grandes desafíos de nuestra sociedad, estamos animados por una gran esperanza en el futuro, que deseamos transmitir a nuestros hijos”.

Fuente: es.aleteia.org

Una reflexión del Beato Cardenal Newman


Si examinamos cuidadosamente cómo ha sido el curso del cristianismo desde el principio, sólo veremos una serie continua de dificultades y desórdenes de todo tipo.

Cada siglo se parece a todos los demás y a todos los que viven en un siglo determinado, siempre les parecerá que todo es peor comparado con todos los que lo precedieron. En todo tiempo, siempre, parece que la religión se termina, da la impresión de que los cismas se multiplican, que la luz de la Verdad empalidece.

Siempre, en todo tiempo, la causa de Cristo se halla en su última agonía, como si sólo fuera cuestión de tiempo y cualquier día de estos desfallecerá para siempre. En todo tiempo, siempre, pareciera que prácticamente no hay santos ya, que la Parusía de Cristo está a la vuelta de la esquina; y de esta manera el Día del Juicio siempre aparece como inminente; y constituye nuestro deber estar siempre vigilantes y aguardándolo expectantes; y nunca mostrarnos desilusionados porque a pesar de anunciarlo tan a menudo diciendo «ahora sucederá», luego sucede contrariamente a lo que creíamos.

Así es la Voluntad de Dios, que reúne a sus elegidos, primero a uno, y luego a otro, poco a poco, en los intervalos de buen tiempo que hay entre tormenta y tormenta, o bien rescatándolos de los oleajes de la iniquidad, incluso cuando las aguas se muestran más furiosas que nunca.

Bien pueden los profetas lanzar voces diciendo: “¿Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo continuarán estas cosas que no comprendemos? ¿Hasta cuándo seguiremos contemplando estos misterios de iniquidad? ¿Cuánto más durará este mundo moribundo, apenas sostenido por pálidas luces que luchan por sobrevivir en medio de esta atmósfera tenebrosa?”.

Sólo Dios sabe el día y la hora cuando aquello, finalmente, sucederá, aquello con que Él siempre está amenazando. Nunca desalentarnos, nunca desmayar, nunca dejarnos ganar por la ansiedad al contemplar los males que nos rodean. Siempre ha sido así, siempre lo será; es lo que nos toca en suerte.

Levantan los ríos, Señor,

levantan los ríos su voz,

levantan los ríos su fragor;

pero más que la voz de aguas caudalosas,

más potente que el oleaje del mar,

más potente en el cielo es el Señor. (Salmo 92:3-4)

Fuente: newmanreader.org

El culto al Corazón Eucarístico de Jesús (IV)


El culto al Corazón Eucarístico de Jesús tiene un carácter propio, que lo distingue del culto al Sagrado Corazón y del culto a la eucaristía.

Esta distinción no se encuentra en la substancia, pues las tres devociones tienen como finalidad propia el amor de Cristo; pero sí en el modo o enfoque. Y así:

-En la devoción al Sagrado Corazón de Jesús se adora el Corazón y se honra de manera especial el amor de Cristo.

-En la devoción a la eucaristía se adora a Cristo bajo la realidad de su cuerpo y sangre, oculta bajo los accidentes eucarísticos.

-En la devoción al Corazón Eucarístico se adora el amor de Cristo manifestado al instituir la eucaristía, para quedarse con nosotros y dársenos en alimento.

La devoción al Corazón Eucarístico de Jesús es:

-Signo de la caridad de Dios para con el hombre (1 Jn. 3,1)

-Vínculo que une al hombre con Dios (1 Jn. 4,16)

-Sello de la unidad de caridad en que se juntan Dios y los hombres (Col. 3, 11)

Los discípulos de Emaús reconocen al Señor resucitado “en la fracción del pan”.

En la Hostia Santa que divide el sacerdote y en la Hostia que comulgas reconoce al Corazón de Jesús y prepárate dignamente para recibirlo como premio.

Fuente: Antonio Royo Marín, El Corazón De Jesús

El culto al Corazón Eucarístico de Jesús (III)

La eucaristía contiene el Corazón de Jesús

En ella honramos el objeto de esta devoción, que es el corazón real, no las imágenes que le representan.

Si el corazón de Cristo, por una desoladora hipótesis, se encontrase solamente en cielo, la distancia no modificaría la legitimidad del culto.

Pero la fe nos dice que está oculto y velado en la eucaristía, realmente, amándonos y deseando ser amado.

Allí debemos buscar su Sacratísimo Corazón.

Quiso permanecer muy cerca de nosotros, y se hizo prisionero en los sagrarios.

Jesús desea que le amemos en la eucaristía

Quiere que en este divino sacramento le amemos, visitemos como amigo y experimentemos mejor los efectos de su amor.

Quiere desde el sagrario ayudarnos en nuestras necesidades.

En la eucaristía como sacrificio -la santa misa- nos proporciona el medio de ofrecer al Padre una reparación infinita por nuestros pecados.

Cómo debemos practicar esta devoción

Honrando al Corazón de Cristo en la eucaristía.

Asistiendo a la misa con agradecimiento, respeto y amor.

Ofreciendo la misa al Padre:

-En acción de gracias por habernos dado el Sagrado Corazón, tan bueno y amoroso para nosotros.

-Para que el Sagrado Corazón sea mejor conocido y amado de todo el mundo.

-En desagravio por las injurias de los hombres a este Corazón Eucarístico.

Fuente: Antonio Royo Marín, El Corazón De Jesús

El Amor del Corazón de Dios hecho Hombre


El fundamento de la entrega que el Señor nos pide, no se concreta sólo en nuestros deseos ni en nuestras fuerzas, tantas veces cortos o impotentes: primeramente se apoya en las gracias que nos ha logrado el Amor del Corazón de Dios hecho Hombre. Por eso podemos y debemos perseverar en nuestra vida interior de hijos del Padre Nuestro que está en los cielos, sin dar cabida al desánimo ni al desaliento. Me gusta hacer considerar cómo el cristiano, en su existencia ordinaria y corriente, en los detalles más sencillos, en las circunstancias normales de su jornada habitual, pone en ejercicio la fe, la esperanza y la caridad, porque allí reposa la esencia de la conducta de un alma que cuenta con el auxilio divino; y que, en la práctica de esas virtudes teologales, encuentra la alegría, la fuerza y la serenidad.

Estos son los frutos de la paz de Cristo, de la paz que nos trae su Corazón Sacratísimo. Porque -digámoslo una vez más- el amor de Jesús a los hombres es un aspecto insondable del misterio divino, del amor del Hijo al Padre y al Espíritu Santo. El Espíritu Santo, el lazo de amor entre el Padre y el Hijo, encuentra en el Verbo un Corazón humano.

No es posible hablar de estas realidades centrales de nuestra fe, sin advertir la limitación de nuestra inteligencia y las grandezas de la Revelación. Pero, aunque no podamos abarcar esas verdades, aunque nuestra razón se pasme ante ellas, humilde y firmemente las creemos: sabemos, apoyados en el testimonio de Cristo, que son así. Que el Amor, en el seno de la Trinidad, se derrama sobre todos los hombres por el amor del Corazón de Jesús.

Fuente: San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa

El Corazón traspasado de Amor por los hombres

Jesús en la Cruz, con el Corazón traspasado de Amor por los hombres, es una respuesta elocuente -sobran las palabras- a la pregunta por el valor de las cosas y de las personas. Valen tanto los hombres, su vida y su felicidad, que el mismo Hijo de Dios se entrega para redimirlos, para limpiarlos, para elevarlos. ¿Quién no amará su Corazón tan herido?, preguntaba ante eso un alma contemplativa. Y seguía preguntando: ¿quién no devolverá amor por amor? ¿Quién no abrazará un Corazón tan puro? Nosotros, que somos de carne, pagaremos amor por amor, abrazaremos a nuestro herido, al que los impíos atravesaron manos y pies, el costado y el Corazón. Pidamos que se digne ligar nuestro corazón con el vínculo de su amor y herirlo con una lanza, porque es aún duro e impenitente.

Son pensamientos, afectos, conversaciones que las almas enamoradas han dedicado a Jesús desde siempre. Pero, para entender ese lenguaje, para saber de verdad lo que es el corazón humano y el Corazón de Cristo y el amor de Dios, hace falta fe y hace falta humildad. Con fe y humildad nos dejó San Agustín unas palabras universalmente famosas: nos has creado, Señor, para ser tuyos, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.

Cuando se descuida la humildad, el hombre pretende apropiarse de Dios, pero no de esa manera divina, que el mismo Cristo ha hecho posible, diciendo tomad y comed, porque esto es mi cuerpo: sino intentando reducir la grandeza divina a los limites humanos. La razón, esa razón fría y ciega que no es la inteligencia que procede de la fe, ni tampoco la inteligencia recta de la criatura capaz de gustar y amar las cosas, se convierte en la sinrazón de quien lo somete todo a sus pobres experiencias habituales, que empequeñecen la verdad sobrehumana, que recubren el corazón del hombre con una costra insensible a las mociones del Espíritu Santo. La pobre inteligencia nuestra estaría perdida, si no fuera por el poder misericordioso de Dios que rompe las fronteras de nuestra miseria: os dará un corazón nuevo y os revestiré de un nuevo espíritu; os quitaré vuestro corazón de piedra y os daré en su lugar un corazón de carne. Y el alma recobra la luz y se llena de gozo, ante las promesas de la Escritura Santa.

Fuente: San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa

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