Pío XII y la educación de la juventud (II)

San Juan Bautista de La Salle 03 03 San Juan Bautista de La Salle

Responded a la exagerada importancia hoy concedida a cuanto es puramente técnico y material con una educación que reconozca siempre el primer lugar a los valores espirituales y morales, a los naturales y, sobre todo, a los sobrenaturales.

La Iglesia, sin duda ninguna, aprueba la cultura física, si es ordenada; y será ordenada cuando no se encamine al culto del cuerpo, cuando sea útil para fortalecerlo y no para despilfarrar sus energías, cuando sirva también de recreo al espíritu y no sea causa de debilitación y de rudeza espiritual, cuando procure nuevos estímulos para el estudio y para el trabajo profesional y cuando no conduzca a su abandono, a su descuido o a la perturbación de la paz que debe presidir el santuario del hogar.
Oponed a la busca inmoderada del placer y a la indisciplina moral, -que querrían igualmente invadir hasta las filas de los jóvenes católicos, haciéndoles olvidar que llevan consigo una naturaleza caída cargada con la triste herencia de una culpa original-, la educación del dominio de sí mismo, del sacrificio y de la renuncia,empezando con lo más pequeño para pasar luego a lo mayor; la educación de la fidelidad al cumplimiento de los propios deberes, de la sinceridad, serenidad y pureza, especialmente en los años en que el desarrollo va llegando a la madurez. Pero nunca se os olvide que a esta meta no se puede llegar sin la potente ayuda de los Sacramentos de la Confesión y de la Santísima Eucaristía, cuyo sobrenatural valor educativo jamás podrá ser apreciado debidamente.

Desarrollad, en las almas de los niños y de los jóvenes, el espíritu jerárquico, que no niega a cada edad su debido desenvolvimiento, para disipar, en lo posible, esa atmósfera de independencia y de excesiva libertad que en nuestros días respira la juventud y que la llevaría a rechazar toda autoridad y todo freno, procurando suscitar y formar el sentido de la responsabilidad y recordando que la libertad no es el único entre todos los valores humanos, aunque se cuente entre los primeros, sino que tiene sus límites intrínsecos en las normas ineludibles de la honestidad y extrínsecos en los derechos correlativos de los demás, tanto de cada uno en particular cuanto de la sociedad tomada en su conjunto.
Finalmente, puesto que la educación del niño y del joven ha de ser la resultante del esfuerzo común de muchos elementos concordados, dad toda la importancia que se merece a la cooperación y al acuerdo entre los padres de familia, la escuela, y las obras que la ayudan y que continúan su labor cuando se sale de ella, como son la Acción Católica, las Congregaciones marianas, los centros de estudio y otras instituciones semejantes. Ayuda especial podrán necesitar no raramente los mismos padres de familia, que muchas veces no cuentan con la debida preparación para el ejercicio de sus deberes educativos; y de la buena inteligencia con ellos dependerá, de ordinario el éxito de la educación, aunque sean buenos los colegios y mejores los maestros.

Fuente: Pío XII, Radiomensaje al Congreso Interamericano de Educación Católica,6 de octubre de 1948

Pío XII y la educación de la juventud (I)

San Juan Bautista de La Salle 02 02 San Juan Bautista de La Salle

La esencia y el blanco de la educación -para expresarnos con las palabras de Nuestro inmediato Predecesor- consisten en la colaboración con la divina gracia para la formación del verdadero y perfecto cristiano. En esta perfección va incluido que el cristiano, en cuanto tal, se halle en condiciones de afrontar y superar las dificultades y corresponder a las exigencias de los tiempos en que le ha tocado vivir. Esto quiere decir que la labor educativa, al tener que realizarse en un ambiente determinado y para un determinado medio, tendrá que irse adaptando constantemente a las circunstancias de ese medio, y de ese ambiente donde la perfección ha de conseguirse y para el cual se destina.

Oponed, pues, a los perniciosos esfuerzos, que querrían apartar completamente la religión de la educación y de la escuela o por lo menos fundar la escuela y la educación sobre una base puramente naturalista, el ideal de una labor docente enriquecida con el tesoro inestimable de una fe sentida y vivificada por la gracia de Nuestro Señor Jesucristo.

Procurad que vuestros niños y vuestros jóvenes, a medida que van progresando en el camino de los años, reciban también una instrucción religiosa cada vez más amplia y más fundamentada; sin dejar de tener en cuenta que tanto la conciencia plena y profunda de las verdades religiosas cuanto las dudas y las dificultades suelen de ordinario presentarse en los últimos años de los estudios superiores, especialmente si el educando ha de hallarse en contacto, cosa hoy difícilmente evitable, con personas o con doctrinas adversas al Cristianismo; y que por eso la instrucción religiosa exige con todo derecho un puesto de honor en los programas de las universidades y de los centros de estudios superiores.
Haced de manera que con esta instrucción vayan estrechamente unidos el santo temor de Dios, la costumbre de recogerse en la oración, y la participación plena y consciente en el espíritu del Año litúrgico de la Santa Madre Iglesia, fuente de incontables gracias; pero en esta labor actuad con cautela y con prudencia, a fin de que sea el mismo joven quien siempre busque algo más y poco a poco, obrando por sí mismo, vaya aprendiendo a vivir y a actuar su vida de fe.

Contraponed a la escasez de principios de este siglo, que todo lo mide por el criterio del éxito, una educación que haga al joven capaz de discernir entre la verdad y el error, el bien y el mal, el derecho y la injusticia, plantando firmemente en su alma los puros sentimientos del amor, de la fraternidad y de la fidelidad. Si las peligrosas películas de hoy día, hablando tan sólo a los sentidos y de una manera excesivamente unilateral, traen consigo el riesgo de producir en las almas un estado de superficialidad y de pasividad anímica, el libro bueno puede completar lo que aquí falta desempeñando en la labor educativa un papel de importancia cada vez mayor.

Fuente: Pío XII, Radiomensaje al Congreso Interamericano de Educación Católica,6 de octubre de 1948

San Alberto Magno

San Alberto Magno 01 05 15 de noviembre: San Alberto Magno, maestro de S. Tomás de Aquino.

San Alberto Magno nos recuerda que entre ciencia y fe existe amistad, y que los hombres de ciencia pueden recorrer, mediante su vocación al estudio de la naturaleza, un auténtico y fascinante camino de santidad.

Aquí está uno de los grandes méritos de san Alberto: con rigor científico estudió las obras de Aristóteles, convencido de que todo lo que es realmente racional es compatible con la fe revelada en las Sagradas Escrituras. En otras palabras, san Alberto Magno contribuyó así a la formación de una filosofía autónoma, diferente de la teología, a la cual la une sólo la unidad de la verdad. Así nació en el siglo XIII una distinción clara entre los dos saberes, filosofía y teología, que, dialogando entre sí, cooperan armoniosamente al descubrimiento de la auténtica vocación del hombre, sediento de verdad y de felicidad: es sobre todo la teología, definida por san Alberto “ciencia afectiva”, la que indica al hombre su llamada a la alegría eterna, una alegría que brota de la adhesión plena a la verdad.
San Alberto Magno fue capaz de comunicar estos conceptos de modo sencillo y comprensible. Auténtico hijo de santo Domingo, predicaba de buen grado al pueblo de Dios, que era conquistado por su palabra y por el ejemplo de su vida.

Queridos hermanos y hermanas, pidamos al Señor que nunca falten en la santa Iglesia teólogos doctos, piadosos y sabios como san Alberto Magno, y que nos ayude a cada uno de nosotros a hacer nuestra la fórmula de la santidad que él siguió en su vida: “Querer todo lo que yo quiero para la gloria de Dios, como Dios quiere para su gloria todo lo que él quiere”, es decir, conformarse siempre a la voluntad de Dios para querer y hacerlo todo sólo y siempre para su gloria.

Fuente: Benedicto XVI, Audiencia general del miércoles 24 de marzo de 2010

Tres consejos para tiempos difíciles (II)

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b) En segundo lugar, que tengáis anhelo de santidad.

Sólo quien tiene puede dar; y el militante de la Acción Católica es tal precisamente para dar, para amar, para iluminar, para salvar, para llevar paz y alegría. La Acción Católica debe tender decididamente hacia la santidad.
Todo compromiso, aun de tipo social y caritativo, no debe olvidar jamás que lo esencial en el cristianismo es la redención, y esto es que Cristo sea conocido, amado y seguido.
El compromiso de la santidad implica, por esto, austeridad de vida, serio control de los propios gustos y de las propias elecciones, dedicación constante a la oración, una actitud de obediencia y docilidad a las orientaciones de la Iglesia, tanto en el campo doctrinal, moral y pedagógico, como en el campo litúrgico.
También vale para nosotros, hombres del siglo XX, lo que San Pablo escribía a los romanos: «No os conforméis a este siglo, sino que os transforméis por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, buena, grata y perfecta» (Rom 12, 2).
Hoy el mundo necesita ejemplos, edificación, predicaciones concretas y visibles. Esta debe ser la preocupación de la Acción Católica.

Fuente: San Juan Pablo II, Discurso a los miembros de la Acción Católica Italiana,30 de diciembre de 1978.

Tres consejos para tiempos difíciles (I)

Lectura espiritual 02 02 Lectura espiritual

¿Qué puedo deciros, en este excepcional encuentro, que os acompañe y os sirva de aliento, para estos momentos no fáciles, en los que la Providencia quiere que vivamos?

Mucho se ha dicho ya y mucho se dirá todavía sobre esta segunda mitad del siglo XX, tan turbulento e inquieto, analizando los diversos fenómenos económicos, sociales y políticos que connotan su fisonomía. Pero quizá la característica que, entre otras muchas se va destacando siempre como más fundamental, es el “pluralismo ideológico”.
Sin duda que este concepto merece una profunda comprobación por lo que respecta a su contenido teórico y a sus implicaciones prácticas. Si queremos que este “pluralismo”, a nivel práctico, no implique exclusivamente la contraposición radical de los valores, la preocupante dispersión cultural, el “laicismo” unilateral en las estructuras estatales, la crisis de las instituciones e incluso una dramática inquietud en las conciencias, de lo que tenemos experiencia cada día tanto en las relaciones públicas como privadas, es necesaria la madura conciencia cristiana de la Iglesia, a la que se refería, de modo previsor, el Papa Pablo VI en la Encíclica Ecclesiam suam.

a) Lo primero de todo: que tengáis verdadero culto a la verdad.
Para poder comprometer auténticamente el tiempo propio y las propias capacidades en la salvación y santificación de las almas, primera y principal misión de la Iglesia, es necesario ante todo tener certeza y claridad sobre las verdades que se deben creer y practicar. Si hay inseguridad, incertidumbre, confusión, contradicción, no se puede construir. Especialmente hoy es necesario poseer una fe iluminada y convencida, para poder iluminar y convencer.
El fenómeno de la “culturización” de masas exige una fe profunda, clara, segura. Por esta razón os exhorto a seguir con fidelidad las enseñanzas del Magisterio. A este propósito, ¿cómo no recordar las palabras de mi predecesor Juan Pablo I en su primer y único radiomensaje del 27 de agosto pasado? Decía: «Superando las tensiones internas que se han podido crear aquí y allá, venciendo las tentaciones de acomodarse a los gustos y costumbres del mundo, así como las seducciones del aplauso fácil, unidos con el único vínculo del amor que debe informar la vida íntima de la Iglesia, como también las formas externas de su disciplina, los fieles deben estar dispuestos a dar testimonio de la propia fe ante el mundo: “Estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere” (1 Pe 3, 15)».

Hoy más que nunca son necesarias una gran prudencia y un gran equilibrio porque, como ya escribía San Pablo a Timoteo (cf. 2 Tim 4, 3-4), hay tentaciones de no soportar más la sana doctrina y de seguir, en cambio, “doctas fábulas”.
No os dejéis intimidar, o distraer, o confundir por doctrinas parciales o erróneas, que después dejan desilusionados y vacían todo fervor de la vida cristiana.

Fuente: San Juan Pablo II, Discurso a los miembros de la Acción Católica Italiana,30 de diciembre de 1978

Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo

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Cumplo con mi deber, obedeciendo los preceptos de Cristo, que dice: Ocupaos en examinar las Escrituras, y también: Buscad y hallaréis, para que no tenga que decirme, como a los judíos: Estáis en un error; no entendéis las Escrituras ni el poder de Dios. Pues si, como dice el apóstol Pablo, Cristo es el poder de Dios y la sabiduría de Dios, y el que no conoce las Escrituras no conoce el poder de Dios ni su sabiduría, de ahí se sigue que ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo.

Por esto quiero imitar al amo de casa, que de su provisión saca lo nuevo y lo antiguo, y a la esposa que dice en el Cantar de los cantares: He guardado para ti, mi amado, lo nuevo y lo antiguo; y, así, expondré el libro de Isaías, haciendo ver en él no sólo al profeta, sino también al evangelista y apóstol. Él, en efecto, refiriéndose a sí mismo y a los demás evangelistas, dice: ¡Qué hermosos son los pies de los que anuncian el bien, de los que anuncian la paz! Y Dios le habla como a un apóstol, cuando dice: ¿A quién mandaré? ¿Quién irá a ese pueblo? Y él responde: Aquí estoy, mándame.

Nadie piense que yo quiero resumir en pocas palabras el contenido de este libro, ya que él abarca todos los misterios del Señor: predice, en efecto, al Emmanuel que nacerá de la Virgen, que realizará obras y signos admirables, que morirá, será sepultado y resucitará del país de los muertos, y será el Salvador de todos los hombres.

¿Para qué voy a hablar de física, de ética, de lógica? Este libro es como un compendio de todas las Escrituras y encierra en sí cuanto es capaz de pronunciar la lengua humana y sentir el hombre mortal.

Dice el Apóstol San Pablo: Cuanto a los dotados del carisma de profecía, que hablen dos o tres, y que los demás den su dictamen; y, si algún otro que está sentado recibiera una revelación, que calle el que está hablando. ¿Qué razón tienen los profetas para silenciar su boca, para callar o hablar, si el Espíritu es quien habla por boca de ellos? Por consiguiente, si recibían del Espíritu lo que decían, las cosas que comunicaban estaban llenas de sabiduría y de sentido. Lo que llegaba a oídos de los profetas no era el sonido de una voz material, sino que era Dios quien hablaba en su interior, como dice uno de ellos: El ángel que hablaba en mí, y también: Que clama en nuestros corazones: «¡Padre!», y asimismo: Voy a escuchar lo que dice el Señor.

Fuente: cf. San Jerónimo, Prólogo al comentario sobre el libro del profeta Isaías.Liturgia de las Horas.

En torno a Sarmiento

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“Si los pobres de los hospitales, de los asilos de mendigos y de las casas de huérfanos se han de morir, que se mueran; porque el Estado no tiene caridad, no tiene alma. El mendigo es un insecto, como la hormiga. Recoge los desperdicios. De manera que es útil sin necesidad de que se le dé dinero. ¿Qué importa que el Estado deje morir al que no puede vivir por sus defectos? Los huérfanos son los últimos seres de la sociedad, hijos de padres viciosos, no se les debe más que de comer.”

Estas espantosas frases fueron pronunciadas por Domingo Faustino Sarmiento el 13 de septiembre de 1859, en un discurso en el Senado de Buenos Aires (cualquier similitud con la realidad actual no es pura coincidencia). Hoy, como ocurre cada 11 de septiembre, aniversario de su muerte, se lo propone como modelo de patriota argentino, «Padre del aula», el «gran maestro». Otro caso entre tantos de falseamiento de la historia por parte de los enemigos de Dios y de la Patria. Los verdaderos próceres son olvidados, opacados o desfigurados en la enseñanza impartida desde la niñez, mientras se ensalza a quienes han trabajado positivamente en la descristianización de la Nación.

Y no se piense que las frases anteriormente citadas sean una excepción entre las expresiones del «gran sanjuanino». Así de cínico era su pensamiento, y así lo expresó en numerosas ocasiones. Decía el ilustre prócer en 1840: “Es preciso emplear el terror para triunfar. Debe darse muerte a todos los prisioneros y a todos los enemigos. Todos los medios de obrar son buenos y deben emplearse sin vacilación alguna imitando a los jacobinos de la época de Robespierre.” Y, en carta a Mitre, se expresaba así: “No trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre de esta chusma criolla, incivil, bárbara y ruda, es lo único que tienen de seres humanos.” “En las provincias viven animales bípedos de tan perversa condición que no sé qué se obtenga con tratarlos mejor.”
En los periódicos “El Progreso” y “El Nacional” vertía los siguientes conceptos: “¿Lograremos exterminar los indios? Por los salvajes de América siento una invencible repugnancia sin poderlo remediar. Esa canalla no son más que unos indios asquerosos a quienes mandaría colgar ahora si reapareciesen. Incapaces de progreso, su exterminio es providencial y útil, sublime y grande. Se les debe exterminar, sin siquiera perdonar al pequeño, que tiene ya el odio instintivo al hombre civilizado.”
¡Qué diferencia con el espíritu de los monarcas, conquistadores y evangelizadores españoles, hoy anatemizados por la leyenda negra que la masonería labrara en torno a ellos! Y el mismo Sarmiento compartía ese odio visceral a la España católica: su anticlericalismo era una forma de este odio.

Cuando en el año 1884 la Congregación del Santo Oficio advirtió a los católicos acerca de los peligros de la masonería, Sarmiento reaccionó expresándose en los siguientes términos: “Todos se estrellan contra la ceguedad vetusta de la cancillería romana; contra aquella roca endurecida por los siglos; contra ese obscurantismo clerical italiano que se llama Curia Romana...”
¿Acaso pertenecía Sarmiento a la “secta maldita”, como llamara León XIII a la masonería? No sólo perteneció, sino que fue uno de sus máximos exponentes en nuestro país. En el año 1860 él y Bartolomé Mitre son elevados a Soberanos Grandes Inspectores Generales, Grado 33. Y en 1882 Sarmiento es nombrado Gran Maestre de la Masonería Argentina.
Sabiendo esto no habrán de extrañarnos las siguientes frases del “ilustre sanjuanino”:
“Córdoba, en tres siglos de monjas, frailes y clérigos con colegios, universidades y seminarios, fundados por obispos, curas y jesuitas, sólo enseñó a ser, con orgullo, ignorantes por principio...”
“La educación monacal, clerical, de monjas y frailes mata la inteligencia y la estorba desenvolver su capacidad...”
El paroxismo del odio religioso eclosiona en Sarmiento cuando, en 1883, exclama: “Las congregaciones de hermanas docentes son bandas de mujeres emigrantes confabuladas que se apoderan de todas las escuelas públicas para embrutecer a las chicuelas del país... Son fanáticas e ignorantes... Tal hierba maligna es preciso extirpar.”
Otros insultos y blasfemias contra la fe católica y quienes la viven repugna reproducirlas aquí.
Terminemos este somero análisis del «Padre del aula» diciendo con Alberto Ezcurra Medrano: todo lo que podemos hacer por Sarmiento es rogar a Dios por su alma y esperar que le haya perdonado sus errores.

Fuente: cf. Blas Barisani, En torno a Sarmiento

Los dos fines naturales del matrimonio

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Santo Tomás expone en la Suma Teológica los dos fines naturales del matrimonio. El primero, la generación y educación de los hijos hasta la edad adulta, con la adquisición de las virtudes. El segundo será la mutua ayuda entre el hombre y la mujer, en la que se sustenta la amistad o el afecto conyugal.
Para edificar una moral del matrimonio no es preciso oponer los dos fines ni ponerlos en competencia, sino ponerlos en comunicación y conjugarlos. El fin principal, especialmente la educación de los hijos, no se puede obtener convenientemente sin la colaboración de los esposos entre sí, sin su afecto o amistad mutua. Hay ahí como una necesidad natural de la educación familiar.

Por otra parte, el rechazo del fin primero en el matrimonio entraña casi necesariamente el fracaso del fin segundo. El hijo es, en efecto, como el fruto propio, natural, del amor conyugal. Los esposos que lo rechazan condenan su amor a la esterilidad, incluso en el plano afectivo, y preparan su extinción en un plazo más o menos largo. El amor, en efecto, tiende naturalmente a la fecundidad, en todos los planos; es como una ley de generosidad inscrita tanto en el alma como en el cuerpo del hombre y de la mujer. No se puede quebrantarla voluntariamente sin comprometer la vida misma del amor, en su verdad y en su profundidad.
Es, por tanto, de primera importancia tener en cuenta la interdependencia y la interacción que poseen inseparablemente los dos fines del matrimonio. Hay ahí como una lógica de la realidad humana, más profunda y más fuerte, al cabo, que todas las ideas y las opiniones, los sentimientos y las pasiones.

Notemos también la influencia del individualismo sobre las relaciones entre el hombre y la mujer. La propensión a reivindicar la libertad individual ha conducido a considerar el dato natural que destina a la mujer a la maternidad y a una participación específica en la educación, como una constricción más que como una cualificación complementaria a la del hombre. La distinción de los sexos engendra entonces su rivalidad, así como la persecución de una imposible supresión de las diferencias, perjudicial tanto para el hombre como para la mujer. Sólo la aceptación franca y positiva de estas diferencias como actitudes complementarias permite restablecer entre el hombre y la mujer una colaboración y un equilibrio que descansan en el reconocimiento del otro y favorecen, en el apoyo mutuo, el despliegue de una libertad de calidad.

Fuente: Cf. Servais (Th.) Pinckaers, Las fuentes de la moral cristiana

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