A la llaga adorable del Corazón de Jesús


¡Oh Jesús! tan amante, tan amable y tan poco amado, nos postramos humildemente al pie de la Cruz , para ofrecer a Vuestro divino Corazón, abierto por la lanza y consumido por el amor, el homenaje de nuestro respeto, de nuestras adoraciones y de toda nuestra ternura.

Os damos gracias, dulcísimo Salvador, por haber permitido al soldado traspasar Vuestro pecho adorable, y por allí habernos abierto una puerta de salvación en el arca misteriosa de Vuestro Sagrado Corazón, en donde podemos refugiarnos en estos tristísimos días; para librarnos, como en arca misteriosa, del diluvio de los escándalos que inundan la tierra.

Bendecimos mil veces la hora y el momento en que bajo el hierro de la lanza manaron sangre y agua de aquella herida de amor hecha a Vuestro Corazón. Dignaos ¡oh buen Jesús! aplicar eficazmente Vuestra Sangre, Vuestra llaga y Vuestro amor, en favor del mundo desgraciado y culpable. Lavad, purificad, regenerad las almas en las aguas salidas de esa verdadera piscina de Siloé.

Permitid, Señor, que echemos en ella nuestras iniquidades y las de todos los hombres, suplicándoos por el amor inmenso que abrasa vuestro Sagrado Corazón, que purifiquéis más y más y salvéis nuestras almas.

En fin, nuestro buen Jesús, permitid que fijando para siempre nuestra morada en este mismo adorable Corazón, pasemos santamente nuestra vida y exhalemos en paz y en vuestra gracia nuestro último suspiro.

Fuente: Manual de la Archicofradía de la Guardia del Sagrado Corazón de Jesús

Ángel de mi guarda, dulce compañía


Admiremos la bondad de Dios y agradezcámosle la merced que nos hizo al darnos un ángel para que cuide de nosotros, nos proteja y nos sirva. No se contentó Dios con habernos dado a su Hijo único para que nos librase del pecado; sino que, además, para no omitir ninguno de cuantos cuidados pueden afectar a nuestro interés y a mantenernos en la piedad y en su santo amor, envía a la tierra, para nosotros, a los santos ángeles, espíritus bienaventurados que gozan de Él en el cielo, para que estén siempre cerca de nosotros, con el fin de socorrernos y servirnos en todo tipo de situaciones. Les ordena que, de su parte, nos guarden, nos guíen y nos iluminen en todos nuestros caminos, para que podamos caminar derechamente hacia el cielo, con seguridad y sin descarriarnos. Bajo su guía, nos mantendremos invulnerables frente a todos los ataques del demonio.

¡Cuánta reverencia para con nuestro ángel bueno debe inspirarnos la ayuda que recibimos de él! ¿No debe inspirarnos también devoción hacia él, y movernos a confiar en su protección? Le debemos respeto, dice san Bernardo, a causa de su presencia; devoción, por su benevolencia para con nosotros; y confianza, por el cuidado que pone en protegernos. También tenemos obligación de agradecerle la extremada caridad con que obedece al mandato que recibió de cuidarnos en tan grandes y continuas necesidades.

Cada vez que nos sintamos acosados por alguna tentación violenta o que nos veamos oprimidos por alguna grave tribulación, invoquemos al ángel que nos guarda, nos guía y nos socorre tan favorablemente en nuestras necesidades y aflicciones. Dirijámonos a él con fervorosas y continuas oraciones, ya que está siempre presente y dispuesto a defendernos y consolarnos.

Fuente: San Juan Bautista de la Salle, Meditaciones

Meditando en el Vía Crucis (V)


Quinta estación: Jesús ayudado por Simón Cireneo

Las mejillas del Señor palidecen por momentos y sus pasos se hacen más vacilantes. Los verdugos se alarman: si falleciera Jesús en el camino terminaría el gran acontecimiento del día. Los orgullosos soldados romanos no se rebajan a llevar la Cruz.

En aquel momento pasa por allí un pobre labrador y le obligan a cargar el pesado madero. Los soldados y los fariseos se burlan. Jesús premia la bondad de Simón con una palabra de gratitud, y más tarde con la gracia de la fe.

¡Oh buen Jesús!, cuán comprensivo sois de nuestra naturaleza, que en ciertas horas dolorosas se niega a proseguir luchando. Tú conoces las agonías de la vida y el consuelo de un amor abnegado. Las manos bienhechoras de Simón simbolizan las manos de quienes se dedican generosamente a la caridad, interviniendo allí donde una cruz deja sentir su peso. Tu palabra nos anima: “Todo lo que hicisteis con uno de estos pequeños, conmigo lo hicisteis”. Te prometemos reparar la dureza de corazón que tanto te aflige, con el espíritu de Simón, haciendo el bien al prójimo. Si me has dado mucho, daré mucho; si poco, sacrificaré gustoso de ese poco, pues las obras de caridad nunca empobrecen.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

Oración por los Sacerdotes


¡Oh Jesús!

Te ruego por tus fieles y fervorosos sacerdotes,

por tus sacerdotes tibios e infieles,

por tus sacerdotes que trabajan cerca o en lejanas misiones,

por tus sacerdotes que sufren tentación,

por tus sacerdotes que sufren soledad y desolación,

por tus jóvenes sacerdotes,

por tus sacerdotes ancianos,

por tus sacerdotes enfermos,

por tus sacerdotes agonizantes,

por los que padecen en el purgatorio.

Pero sobre todo, te encomiendo a los sacerdotes

que me son más queridos,

al sacerdote que me bautizó,

al que me absolvió de mis pecados,

a los sacerdotes a cuyas Misas he asistido

y que me dieron tu Cuerpo y Sangre en la Sagrada Comunión,

a los sacerdotes que me enseñaron e instruyeron,

me alentaron y aconsejaron,

a todos los sacerdotes a quienes me liga

una deuda de gratitud.

Oh Jesús, que has instituido el sacerdocio para continuar en la tierra la obra divina de salvar a las almas, protege a tus sacerdotes en el refugio de tu Sagrado Corazón. Guarda sin mancha sus manos consagradas, que a diario tocan tu Sagrado Cuerpo, y conserva puros sus labios teñidos con tu Preciosa Sangre. Haz que se preserven puros sus corazones, marcados con el sello sublime del sacerdocio, y no permitas que el espíritu del mundo los contamine. Aumenta el número de tus apóstoles, y que tu santo amor los proteja de todo peligro. Bendice sus trabajos y fatigas y que, como fruto de su apostolado, obtengan la salvación de muchas almas que sean su consuelo aquí en la tierra y su corona eterna en el Cielo. Amén.

Fuente: Oración que rezaba Santa Teresa de Lisieux

Santos Joaquín y Ana, un Matrimonio Bendito

Esposos santos en quienes Dios obró el Misterio de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, su hija Purísima concebida sin pecado original

Santa Ana, casada con san Joaquín, permaneció estéril durante veinte años, porque, según atestigua san Juan Damasceno, Dios quería con ello darle a entender que el hijo que habría de dar a luz sería un don de la gracia.

Santa Ana, que se aplicó intensamente a la oración durante el tiempo de su esterilidad, para obtener de Dios la gracia de verse libre de ella, mereció, por su asiduidad a la oración, traer al mundo a la Santísima Virgen, Madre de Jesucristo Nuestro Señor. Admiremos cuán alto honor le hizo Dios al elegirla como madre de tan santa y excelente hija, y para ser, por consiguiente, la primera que había de contribuir al sublime misterio de la Encarnación. Santa Ana, después de haber dado al mundo a la Santísima Virgen, la ofreció a Dios como algo que le era debido. Rectamente entendió que, habiendo sido honrada con tan sublime beneficio, debía manifestar a Dios su gratitud, ofreciéndole lo que de Él había recibido.

Admiremos, con la Iglesia, el honor que Dios dispensó a san Joaquín al escogerlo para ser padre de la Santísima Virgen y para dar inicio al misterio de la Encarnación; por lo cual resulta muy adecuado que se le diera el nombre de Joaquín, que significa preparación del Señor. Confesemos también con la Iglesia que tal elección fue para este santo un favor singularísimo; y reconozcamos, con san Epifanio, que todos los hombres tienen deuda muy grande con este santo patriarca, por haberles hecho el más excelente de todos los regalos, trayendo al mundo a la Santísima Virgen, Madre de Jesucristo, la más pura y excelsa de todas las criaturas. Honremos a este santo por haber contribuido a formar la Iglesia, que le debe lo que es, ya que engendró a la Santísima Virgen, Madre de Aquel de quien nació la Iglesia.

San Joaquín se dio perfecta cuenta de la particular gracia que Dios le había concedido, de ser padre de la Santísima Virgen. Así, tan pronto como ella estuvo en condiciones de ir al templo, la ofreció a Dios.

Fuente: San Juan Bautista de la Salle, Meditaciones

Este es el Corazón que tanto ha amado a los hombres


El culto al Corazón de Jesús es el acto por el cual honramos ese divino Corazón lleno de amor por nosotros. Este culto es ante todo personal, ya que ha venido a "reinar sobre los corazones", y el corazón es algo propio de cada uno.

En la santa misa: Dando gracias a Dios por habernos dado a Jesús, que nos ha abierto los brazos de su paternidad. Pidiendo que ese Corazón escondido en el sagrario difunda su amor en nuestras almas y en todo el mundo. Ofreciéndola en reparación de las injurias que sufre en el sagrario, altar del sacrificio de su amor. En la comunión: Para recibir el torrente de gracias que nuestra alma necesita. Para darle la alegría de nuestra intimidad, que El busca ardientemente. En las visitas a su tabernáculo: ¿Podría Jesús desear con más ardor la presencia del amigo por quien murió y se encerró en el Sagrario? Es un deber no sólo de gratitud, sino de honor. Pero nos espera sobre todo para ser nuestra fortaleza y ayuda.

En cuanto a la consagración personal: quedamos totalmente bajo el influjo del divino Corazón para que haga de nosotros lo que quiera. Esta entrega, por expresa Voluntad suya, es la clave para consumar nuestra santificación, ya que nunca se deja ganar en generosidad. También es su voluntad que le imitemos: el amor lleva a identificación con la persona amada. Debemos imitar sus sentimientos, amar lo que El ama: la gracia, la virtud... Imitar sus virtudes: el amor al Padre, la conformidad con su voluntad, el espíritu de oración, la humildad de su encarnación. Y detestar lo que El detesta: pecados, tibieza para con Dios...

En el orden familiar el acto supremo de culto es la consagración, el reconocimiento del Sagrado Corazón como Rey del hogar. Es un reconocimiento de los derechos del Sagrado Corazón a reinar sobre la familia y un sometimiento a su voluntad. La familia es obra de Dios, por tanto le pertenece. Pero esta soberanía del divino Corazón hay que aceptarla no sólo como un derecho de El sobre nosotros, sino como un acto de nuestro amor hacia El, fruto de agradecimiento. El fin próximo es la regeneración de la familia en los principios cristianos: la familia en función de la gloria de Dios y de la salvación eterna. Y a través de esta regeneración se trasluce el fin remoto: la preparación del reinado social del Sagrado Corazón en todos los hombres. Es preciso hacer florecer en la familia la piedad intensa, que supera la simple obligación del propio estado; la frecuencia de sacramentos será la puerta que lleve a este estado de verdadera perfección.

¡Vamos a dar sentido cristiano a un día más en la semana: el viernes del Sagrado Corazón! Porque en él se manifestó su amor del modo más supremo. Porque en él su Corazón se abrió como un tesoro. Porque en él nos dio a su propia Madre, la Virgen María.

Fuente: Antonio Royo Marín, El Corazón De Jesús

Mostrar más publicaciones ...

Suscríbase al Blog de ARCADEI

 ......
Stacks Image 25